Ayame y Koga

Bajo el arcoíris lunar

Su camino ya había terminado, la lucha había llegado a su fin, al menos para él. Los fragmentos ya no estaban en sus piernas y eso había borrado cualquier posibilidad que tenía de seguir adelante. Y eso lo frustraba.

- Koga, ¿te encuentras bien? - preguntó Ginta, al observar que su líder poseía un serio semblante. - ¿No tienes prisa por regresar con la manada?

- Ustedes pueden adelantarse si lo desean. - respondió, manteniendo su mirada en el suelo.

Ni siquiera se como podré mirar a los ojos a los nuestros cuando ni siquiera fui capaz de cumplir con mi objetivo. No pude vengarlos... no pude acabar con Naraku.

Elevó su mirada, mezclando el celeste de su mirada con el del cielo.

Y como si eso fuese poco, tuve que dejar a Kagome, ya que no iba a ser capaz de protegerla sin la fuerza que aquellos fragmentos me brindaban. Si, me duele el dejarla con ese perro asqueroso, pero se que es lo mejor, al menos para ella.

- Oye, tranquilo. - Hakkaku fue quién se pronunció. - Hiciste lo mejor que pudiste, eres un gran líder, Koga.

- ¡No! - gritó, sorprendiéndolos. - ¡No lo soy y ya no vuelvan a decir eso! - su frustración se hizo evidente a pesar de que, al despedirse de Inuyasha y los demás, parecía muy convencido de su decisión. - Por favor, adelántense, necesito estar solo.

- Koga... - murmuró Ginta, observándo a Hakkaku, quién asintió.

- Te estaremos esperando. - respondió este último al mismo tiempo en que ambos comenzaban a correr, dejándolo atrás.

Todo lo sucedido el día anterior aún daba vueltas en su cabeza, haciendo que su tormento fuese aún peor. El rostro de Kikyo pasó por su mente, provocando que, nuevamente, llevara sus ojos al cielo.

- Es verdad... yo perdí los fragmentos, pero sigo vivo.

Esa mujer... dio lo que quedaba de su vida sólo por destruir a Naraku y... nadie pudo salvarla.

- Maldito Naraku. - murmuró. - Sólo espero que Kagome te de tu merecido.

Kagome... ¿Qué estarás haciendo en este momento? ¿Estarás bien?

- Sólo espero que ese inútil de Inuyasha te cuide bien. - sonrió levemente. - Se que pronto tendré noticias de ti... y espero que sean buenas.

Mi amada Kagome.

Antes de darse cuenta, llegó a una especie de rio, en donde se sentó y trató de despejar su mente, llevándola a futuros escenarios en los que debería asegurar mejor la protección de lo suyos, después de todo eso era lo que un líder hacía.

Horas más tardes, en aquella madriguera.

La joven se encontraba sentada en aquella colina, contemplando la cascada mientras el atardecer pintaba de naranja aquel cielo azulado.

- ¿Señorita Ayame?

Volteó ante aquella conocida voz y sonrió al encontrarse con ese par.

- Ginta, Hakkaku. - se puso de pie. - Qué alegría verlos. - sin embargo, en ese instante notó que sólo ellos estaban presentes. - ¿Koga no vino con ustedes? - ambos compartieron una mirada de duda, la cuál la llenó de miedo. - No me digan que él...

- Oh no, no se preocupe señorita, Koga esta bien, sólo que decidió quedarse atrás.

- ¿Por qué? ¿Qué le sucedió?

- Naraku se apoderó de los fragmentos de sus piernas. - respondió Ginta. - Se lo veía bastante afectado, ¿verdad? - asintió.

- ¿Y usted que está haciendo aquí?

- Bueno... - miró en dirección de la cascada. - Nuestra manada no ha regresado a las tierras del norte desde el ataque de aquel ogro. - un brillo de tristeza emergió en sus ojos. - Estuvimos en diferentes lugares hasta que un demonio nos atacó... y dejó muy herido a mi abuelo.

- ¿Él se encuentra bien?

- Ayame. - los tres miraron en dirección de la cascada. - Ha despertado.

- ¿De verdad? - sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente, al mismo tiempo en que salía despedida hacía el interior de la madriguera.

- Kitisune. - Ginta se acercó a su compañero. - ¿Qué sucede?

- Hace alrededor de unas semanas, Ayame y parte de su tribu llegaron pidiendo ayuda. Fueron atacados por un demonio y el Gran Sabio fue gravemente herido, por un momento pensamos que moriría.

- Pobre de la señorita Ayame. - pronunció Hakkaku.

- Es verdad. - respondió su amigo. - Me pregunto... ¿Qué sucederá cuando Koga regrese?

La pelirroja llegó lo más rápido que pudo, mientras los lobos de su tribu daban un paso hacia atrás, dejándole paso.

- Abuelo. - murmuró.

- Ayame. - los ojos del lobo se abrieron ligeramente. - Estas a salvo.

- ¡Abuelo! - se arrodilló frente a él, apoyando su cara sobre el cuello del animal. - ¡Lo siento mucho!

- Tranquila, estaré bien.

- ¡No fui capaz de salvarlo! - desvió su mirada. - No merezco su perdón... aún soy muy débil.

- No lo eres, hija. - susurró. - ¿Dónde estamos?

- Estamos en la madriguera de los lobos yokais de...

- ¿De Koga? - terminó por ella.

- Si... después del ataque... no sabíamos que hacer, por lo que decidimos venir a pedir ayuda.

- Comprendo... ¿puedo hablar con él?

- Me temo... que él no está aquí. - secó las lágrimas que quedaban. - Le prometo que, cuando se sienta mejor, buscaremos otro lugar.

- Señorita Ayame, Gran sabio. - ella volteó ante la voz de Ginta. - Pueden quedarse aquí todo el tiempo que deseen, estamos seguros de que Koga no se opondrá a la idea.

- Se lo agradecemos, chicos. - se puso de pie. - Pero lo mejor será que nos marchemos en cuanto mi abuelo pueda recuperarse. - llevó su verde mirada a los lobos de su tribu. - Por favor, cuídenlo, regresaré enseguida.

- Ginta... - Hakkaku se paró a su lado, susurrando. - Ayame esta extraña, ¿no lo crees?

- Si, es como si... estuviese triste.

La joven salió de la cueva y se dirigió al bosque, en donde se sentó debajo de unos grandes árboles mientras el atardecer le daba paso a la noche.

Yo... no quiero permanecer en el mismo lugar que él, no después de haber aceptado finalmente que esta enamorado de alguien más.

- Tengo que entrenar más, necesito volverme más fuerte para poder proteger a mi abuelo y la tribu. Si, eso tengo que hacer.

- ¿Ayame?

Volteó ante la voz que ya conocía, no sin antes sentir que su corazón estaba por salirse de su pecho.

- Koga. - murmuró.

- Me pareció percibir tu aroma, ¿Qué estas haciendo aquí?

Se quedó en silencio, observándolo fijamente al mismo tiempo en que sus ojos se llenaban de lágrimas.

- ¡Koga! - sin previo aviso corrió hacía él, encerrándolo en sus brazos.

¿Qué?

Se quedó inmóvil, sin saber exactamente como responder.

- Qué alegría, estas bien. - murmuró, con su rostro en su pecho.

- Ayame. - susurró.

- Oh. - abrió ampliamente sus ojos al notar la situación. - Yo... lo siento. - se alejó rápidamente. - Sólo me alegra ver que no estas lastimado. - desvió la mirada. - Ginta me comentó lo que sucedió con tus fragmentos.

- Bah, eso ya no es lo importante. - se cruzó de brazos, mirando en otra dirección. Disimuladamente posó sus ojos en ella sin que se percatara de ello. - ¿Y tú por qué estas aquí?

Un pequeño suspiro abandonó los labios de la loba, quien le comentó todo lo sucedido, desde la última vez que se habían visto hasta que ellos habían llegado a su madriguera.

- Y el Gran Sabio, ¿se encuentra bien?

- Eso parece. - sonrió levemente. - No te preocupes, Koga, ya nos iremos a otro lugar.

- Yo no te dije eso. - le dio la espalda. - Pueden quedarse todo el tiempo que sea necesario.

- No queremos ser una carga.

- No lo son Ayame, y ya no quiero hablar sobre eso.

- Esta bien Koga, muchas gracias. - comenzó a caminar en dirección de la madriguera, pasando por su lado sin observarlo.

Por el contrario a su acción, él se quedó mirándola, en parte sorprendido por su actitud, la cuál era visiblemente diferente a la que poseía la última vez que se habían visto.

Ayame...

Yo... tengo que olvidarme de estos sentimientos. No tiene caso aferrarse a algo que nunca sucederá.

Sonrió tristemente, llevando sus ojos al cielo.

Lo haré... olvidaré aquella promesa y seguiré adelante.

Los siguientes días transcurrieron con total normalidad, al menos para el resto de la tribu, ya que, entre ambos lobos, se generaba un ambiente de tensión extraño cada vez que se topaban, algo que había llevado a la jovencita a alejarse cada vez que percibía la presencia del jefe de la tribu.

Esa mañana en particular el sol se encontraba más resplandeciente de lo que normalmente era. El lobo salió de su madriguera con la intención de ir a cazar algo y, al atravesar aquella cortina de agua, se encontró con la verde mirada de la loba, quien se encontraba sentada sobre la colina.

- Buenos días. - pronunció, elevando su mano.

- Hola. - sonrió levemente, poniéndose de pie y alejándose del lugar.

- Mhh. - gruñó. - ¿Qué demonios le sucede? - cruzó sus brazos.

- Al parecer mi nieta te esta evitando, querido Koga.

- Gran Sabio. - volteó. - ¿Seguro que se encuentra en condiciones de salir?

- Descuida, ya he ido al bosque.

- Oh, no lo vi. - volvió sus ojos a la misma dirección en la que la joven se había ido. - ¿Usted sabe que le pasa a Ayame?

- Bueno... lo cierto es que ella no quiere estar cerca de ti.

- ¿Qué? - se sorprendió. - ¿Y eso por qué? Yo no le hice nada.

- Koga...

Inicio del flashback.

El lobo abrió sus ojos, encontrándose con los demás miembros completamente dormidos, incluidos al líder, sin embargo, su nieta no estaba.

Se puso de pie y, con una leve dificultad, salió de la madriguera.

- Señor. - elevó su mirada. - ¿Qué hace aquí? - el joven, quien estaba a cargo de la vigilancia nocturna, se acercó a él.

- No puedo dormir. - olfateó el ambiente. - ¿Has visto a Ayame?

- Ella se fue hace un rato. - miró el bosque. - Al parecer tampoco podía dormir.

- Muchas gracias.

- ¿A donde va?

- Iré a buscarla.

- ¿No cree que es muy peligroso? ¿Quiere que lo acompañe?

- Descuida, no abandones tu puesto, estaré bien, además mi nieta no ha ido muy lejos.

El viejo lobo se adentró en el vasto lugar, siguiendo el rastro de la jovencita. Al cabo de unos minutos de caminata, se encontró con ella.

- Bien... ¡Ahora! - se elevó, lanzando unas cuantas hojas, las cuales cortaron el árbol que se posicionaba frente a ella. - ¿Hm? - miró a un lado. - Abuelo, ¿Qué hace afuera?

- Lo hiciste muy bien, Ayame. - se acercó.

- ¿Cómo se encuentra? - se arrodilló a su lado. - No debería salir, es muy peligroso en su condición.

- Tranquila, hija, ya me siento mucho mejor. - ella sonrió. - Pero no se si puedo decir lo mismo de ti.

- ¿Qué? ¿Por qué lo dice?

- Puedo ver en tu mirada... que hay algo que no esta bien. - la joven desvió sus ojos, sentándose finalmente mientras luchaba para que las lágrimas no emergieran. - Ayame. - sus miradas se encontraron. - Sabes que puedes decirme lo que sea.

- Lo se. - sonrió. - No es nada, abuelo, sólo...

- Lo que te sucede, ¿está relacionado con Koga? - no respondió. - Recuerdo que, el día en el que partiste de las montañas, fue en su búsqueda para casarte.

- No es su culpa. - finalmente, una pequeña gota recorrió su mejilla. - No puedo obligarlo a que me ame, sobre todo cuando esta enamorado de alguien más.

- Entonces, tu amor no es correspondido.

- Si. - sonrió, mirándolo. - Es por eso que ya no quiero estar aquí. No quiero estar cerca de Koga.

Fin del flashback.

- Entonces es por eso. - respondió él en baja voz.

- Ayame es una joven muy dulce, Koga. Quizás, por momentos puede ser un poco testaruda, pero tiene un gran corazón y, es por ello, que cuando aceptó que tú no la querías, trató de mantenerse al margen.

- Gran Sabio... yo... me encantaría, pero...

- No tienes que explicarme nada. - sus miradas se encontraron. - El corazón habla por si sólo. - volteó - Nosotros regresaremos a las tierras del norte al amanecer.

- ¿Qué? Pero aún no tenemos noticias de que Naraku haya sido asesinado, no sabemos lo que esta sucediendo allá afuera.

- No podemos quedarnos más tiempo. - se detuvo al lado de la cascada. - Yo ya no soy un lobo joven y, cuando muera, Ayame será la encargada de liderar la tribu, es por ello que su entrenamiento se ha intensificado y es necesario que este cerca de sus tierras.

- ¿Y que pasará si un demonio vuelve a atacarlos?

- Sabemos defendernos. - sonrió. - Estaré siempre agradecido por habernos recibido aquí.

El moreno asintió, observándolo hasta que el lobo desapareció.

Ayame... ¿de verdad...?

Suspiró, corriendo en dirección al bosque.

Alrededor de una hora después, luego de haber conseguido y distribuido el desayuno y asignado las tareas para sus compañeros, se dispuso a sentarse sobre uno de los árboles.

Las palabras del Gran Sabio resonaban una y otra vez, sin embargo el rostro de Kagome se interponía.

- Kagome. - murmuró. - Espero que ese perrucho sepa cuidarte.

- ¿Sigues preocupado por ella?

- ¿Ayame? - miró hacía abajo, encontrándose con su rostro. - No percibí tu aroma.

- Quizás porque estabas muy ocupado en tus pensamientos.

El lobo descendió, deteniéndose frente a ella.

- Hable con tu abuelo, ¿se irán al amanecer?

- Si. - su semblante lucía tranquilo. - Ha llegado el momento de regresar a nuestras tierras.

- ¿Están seguros? Aún no tenemos noticias de que hayan derrotado a Naraku. No sabemos que tan peligrosas están las cosas allá afuera.

- De igual forma, en algún momento tenemos que regresar. - ambos desviaron sus miradas. - ¿Estabas pensando en Kagome?

- Si. - respondió con sinceridad.

El sólo hecho de pensar que Kagome podría correr el mismo destino que Kikyo... hace que se me ericen los vellos.

- No llegué a conocerla bien pero... parecía una mujer muy fuerte.

- Lo es. - sonrió. - Y ese imbécil de Inuyasha también es fuerte, estoy seguro de que todo saldrá bien para ellos.

Un nuevo silencio invadió el ambiente.

- Koga... yo quería disculparme por mi comportamiento el día que nos encontramos por primera vez.

- Bah, no tienes que hacerlo.

- Sólo quería decirte que... puedes estar tranquilo. - sonrió. - Nuestras tribus estarán en contacto, en caso de que nos necesiten.

- Si... Ayame, ¿de verdad no quieren permanecer un tiempo más...?

- Koga. - lo interrumpió. - Esta bien así. Tengo que regresar a entrenar, nos vemos después, ¿si?

- De acuerdo. Suerte.

- Gracias. - le dedicó una última sonrisa antes de salir corriendo.

Alrededor de 10 meses después.

- ¡Koga!

- ¿Qué sucede? - preguntó, cargando sobre su hombro aquel jabalí.

- ¡La señorita Ayame!

- ¿Ayame? - su respiración se detuvo al escuchar su nombre.

Aún recordaba la mañana en la que se habían despedido, la tierna sonrisa en su rostro y la dulce mirada que le había dedicado, además de aquel cálido agradecimiento. No lo admitía ante nadie, pero desde aquel momento no había podido borrar el rostro de la pelirroja de su mente.

- ¿Qué sucede con ella? - preguntó, tratando de hacerse el desentendido.

Los tres se sentaron y, mientras comenzaban a comer, Ginta y Hakkaku le comentaban sobre lo sucedido.

- Entonces, ¿el gran sabio decidió cederle el mandato?

- Así es, al parecer la señorita Ayame ha entrenado lo suficiente como para hacerse cargo de la tribu.

- Comprendo, el Gran Sabio será quién la instruirá mientras viva.

- ¿Estas de acuerdo con su decisión?

- Ayame es la única descendiente que tiene, si no es ella, ¿Quién heredará su lugar?

- Koga... Ayame no parecía ser una chica muy fuerte que digamos.

- ¿Cómo puedes estar tan seguro de eso? - sus ojos se posaron en Ginta. - Hace meses que no sabemos de ella. - se puso de pie. - Ayame ya era una mujer muy fuerte y estoy seguro de que se ha esforzado mucho para fortalecerse aún más.

- ¿Qué te sucede, Koga? - intervino Hakkaku. - Tú siempre te quejaste de ella.

- Sólo no me agradaba su actitud.

Pero... el último tiempo que pasamos juntos, ella era diferente.

Comenzó a caminar sin un rumbo fijo.

- ¿Qué demonios me sucede? ¿Por qué de pronto tengo tantas ganas de verla?

¿Por qué no he podido dejar de pensar en ella?

Miró por sobre su hombro, asegurándose de que nadie lo estuviera siguiendo u observándo.

- Las montañas del norte están a una distancia un poco lejana pero...

Supongo que estaré aquí al atardecer.

Y sin pensar más, comenzó a correr.

Un par de horas después.

- Bien, creo que eso es suficiente. - sonrió la loba. - ¿Creen que es suficiente leña?

- Si, señorita. - respondió uno de los lobos, el cuál poseía su misma forma humanoide. - ¿Quiere que llamemos a más compañeros para transportarla?

- No te preocupes, Samui, nosotros podemos llevarlos.

- De acuerdo. - le sonrió, mientras ambos se agachaban y comenzaban a juntar los troncos, sin notar la presencia de aquellos ojos celestes que los observaban.

- ¿Pero quién demonios es ese? - murmuró, frunciendo el entrecejo. - No sabía que había este tipo de lobos yokai en esta tribu.

Qué estúpida perdida de tiempo el haber venido hasta aquí.

Volteó, con la intención de marcharse cuando su suave voz provocó que se detuviera.

- ¿Koga? ¿De verdad eres tú? - volteó y tuvo que tragar saliva al encontrarse con el brillo de sus ojos esmeralda.

- A...Ayame. - se sonrojó levemente. - Si... bueno, ¿Quién más si no? - cruzó sus brazos.

Una pequeña risa emergió de sus labios, lo que provocó que una involuntaria sonrisa se desprendiera de los labios del lobo.

- ¿Qué estabas haciendo aquí? - preguntó ella.

- ¿Qué estoy haciendo aquí? - en ese momento notó que, en realidad, no tenía un motivo sólido para ir a buscarla más que las simples ganas de verla. - Bueno... yo...

Maldición...

- Yo supe que vas a ser la líder de tu tribu.

- Oh, ¿te enteraste?

- Si y vine a felicitarte.

¿Vino desde tan lejos sólo para eso?

Pensó, observándolo con una expresión de confusión.

- No quise interrumpir tu momento con... - miró por sobre su hombro. - ¿Cómo se llama ese debilucho? - posó sus ojos en el rubio que continuaba levantando la leña.

- ¿Samui? - volteó, mirando al joven.

- Bah, tiene nombre de idiota. - desvió su mirada. - Bien, ya te felicite, es momento de marcharme.

De no conocerlo juraría que está celoso.

- Koga, espera.

- ¿Qué?

- ¿No quieres quedarte un momento? Mi abuelo estaría muy feliz de verte.

- Yo... lo siento. - el orgullo tomó el control. - Pero se me va a hacer tarde.

- Esta bien. - nuevamente aquella sonrisa comprensiva con la que tanto había soñado. - Te agradezco por haber venido, verdaderamente tenía muchas ganas de saber de ti.

¿Quería verme también?

- No es nada, Ayame. - le devolvió la sonrisa, marchándose rápidamente.

- Señorita. - la joven giró. - ¿Ese no era Koga, el jefe de la tribu de lobos del bosque?

- Si, era él... déjame ayudarte. - tomó algunos de los trozos de madera que sostenía.

Mientras tanto, el moreno se encontraba batallando internamente con la marea de emociones que le había provocado el simple hecho de haber entablado aquel pequeño diálogo.

Sus pies no se detuvieron en ningún momento, al igual que su mente. Fue así como, antes de darse cuenta, se encontraba en aquella reconocida aldea.

- ¿Qué? - se detuvo al divisarla. - ¿En que momento llegué hasta aquí? - se escondió detrás de uno de los árboles.

- Sango, ¿segura que puedes venir? Tu embarazo esta muy avanzado. - preguntó la anciana mientras sostenía la cesta con la que iba a recolectar las verduras.

- Descuide, Kaede. - sonrió. - Todavía no es el momento.

Esa es la amiga de Kagome. Escuché los rumores de que, luego de que acabaron con Naraku, ella se marchó. No puedo percibir su aroma por ninguna parte, ¿era cierto entonces?

Cerró sus ojos, olfateando el ambiente y a su nariz llegó aquel conocido olor, por lo que decidió ir hasta su sitio.

- Inuyasha. - pronunció mientras, a sus espaldas, el amanecer comenzaba a teñir de anaranjado el cielo.

- Keh, ya me parecía que algo olía muy mal por aquí. - respondió sin mirarlo.

- ¿Qué demonios haces sentado ahí? - se aceró al pozo.

- Eso no te interesa, ¿a que viniste? - su postura se mantuvo inmutable. Sus piernas cruzadas y sus manos dentro de las mangas de su haori.

- Sólo pasaba. - se asomó al interior. - No hay nada ahí dentro.

- ¿Y por qué debería haber algo?

El lobo entrecerró sus ojos, al mismo tiempo en que emitía un pequeño suspiro.

- Escuché por ahí que Kagome se marchó, ¿es verdad?

Pudo notar aquel brillo que se formó en los ojos del peliplata al escuchar el nombre de la joven.

- Si, es verdad. - respondió en baja voz, sin quitar su mirada del interior del pozo.

- ¿Qué sucedió? ¿Ella esta bien?

- Si, esta bien.

- ¡Ya deja de responder como si no tuvieras alma! - gritó, buscando una reacción por parte de él, sin embargo no la obtuvo. - ¡¿Por qué no está contigo?!

- No lo se.

- ¡¿Cómo que no lo sabes?! - la manera tan tranquila en la que le respondía verdaderamente lo irritaba.

- El pozo se cerró luego de que regresamos a su casa... y ya no pude volver a pasar.

- ¿El pozo? - volvió a mirar en su interior.

- Al otro lado de el, se encuentra el hogar e Kagome.

- ¿Me estas diciendo que ella viajaba a través de esta cosa?

- Cuando la perla desapareció... Kagome se quedó su época y yo regresé aquí.

Y jamás supe el porque ya no pude volver a buscarla.

- Vaya... y estás aquí porque la extrañas, ¿verdad? - no respondió, sin embargo entrecerró levemente sus ojos, dándole la respuesta que necesitaba.

- Lo importante es que esté a salvo.

No importa si eso implica que jamás volvamos a vernos. Yo sólo quiero que ella viva.

- No respondiste a mi pregunta, lobo sarnoso, ¿Qué demonios estás haciendo aquí? - trató de desviar el tema.

- Ya te dije que sólo estoy de paso. - se cruzó de brazos y el silencio prevaleció unos instantes. - Dime... ¿Naraku rogó por su vida?

- Feh, ¿Aún te pesa el no haber estado presente?

- Ya lo superé hace mucho tiempo, pero al menos estaré más tranquilo al saber que suplicó por no ser asesinado.

De la misma manera en la que mis compañeros lo hicieron.

- Tu venganza está completa, Koga. - respondió con seriedad. - Aunque eso jamás regresará las vidas de quienes se llevó.

- Lo sé, mis compañeros jamás van a volver.

- Al igual que Kikyo. - llevó sus ojos al cielo, el cuál ya se había oscurecido. - Pero al menos sus almas podrán estar en paz. - su dorada mirada se volvió a posar en el interior del pozo. - Kagome nos liberó a todos al destruir la Perla de Shikon.

Un nuevo silencio reinó durante unos segundos, hasta que el lobo volteó y comenzó a caminar en dirección del bosque.

- Oye, bestia. - se detuvo, mirándolo por sobre su hombro. - Estoy seguro de que Kagome también desearía estar aquí contigo.

Sin esperar respuesta, comenzó a correr en dirección a su madriguera. Alrededor de una hora después, por fin llegó.

- Koga. - pronunció Ginta, poniéndose de pie. - ¿Dónde estabas? Estábamos preocupados.

- No es necesario que se preocupen por mi, idiotas. Vayan adentro.

- ¿Qué? Pero, esta noche me toca la vigilancia. - respondió Hakkaku.

- Yo la haré, vayan a descansar.

- ¿Estas seguro?

- ¡¿Acaso estas sordo?!

- Ay... de acuerdo, pero no te enojes.

Ambos se marcharon, mientras él posaba su mirada en las estrellas.

Las siguientes horas las pasó inmerso en sus pensamientos, tratando de descifrar, comprender y tomar una decisión de una vez.

La manera en la que Ayame se comportaba lo había hechor repensar muchas cosas, sobre todo aquellas a las que se negaba rotundamente en el pasado. Rápidamente el rostro de la pelirroja fue suplantando por el de Inuyasha.

- Aquel perro sarnoso tenía una mirada llena de tristeza. Apuesto lo que sea a que vive pensando en Kagome.

Y que daría lo que fuera por volver a verla. Y yo que tengo la posibilidad...

- Ayame. - murmuró, llevando sus ojos al cielo. - ¿Qué? - se puso de pie. - ¿El arcoíris lunar?

Aquella estela resplandeciente destacaba por encima de las luces de las estrellas, al mismo tiempo que aquel recuerdo atravesaba la mente del lobo.

- Es verdad... yo le prometí... que íbamos a casarnos y me comporté como un patán.

Sin embargo, en ese momento realmente no tenía intenciones de hacerlo, pero ahora...

- Ayame, ¿Qué estarás haciendo en este momento?

Mientras tanto, en las tierras del norte.

- ¿Segura que no quiere venir, señorita Ayame?

- Descuida, Samui. - sonrió. - Voy a quedarme un poco más aquí afuera.

- De acuerdo. - sonrió y regresó al interior de la cueva.

La joven se dirigió a la cima de la montaña, sentándose en ella y enfocando sus ojos en aquel arcoíris que resplandecía. Inmediatamente llevó ambas manos a su pecho, recordando aquel instante vivido con el lobo muchos años atrás.

- No importa que no estemos juntos. - murmuró. - Siempre llevaré en mi corazón ese momento, Koga.

Siempre te amaré.

Cerró sus ojos en el mismo momento en que una lágrima rodaba por su mejilla.

Un mes después.

La joven golpeó el suelo, del cuál emergieron aquella hojas que cortaron rápidamente al oni, el cual no tuvo más remedio que salir disparado antes de ser asesinado. Ella cayó de rodillas, regulando su respiración.

- ¡Ayame! - Samui y los demás se acercaron. - ¿Se encuentra bien?

- Descuida. - sonrió, poniéndose de pie. - Fue más difícil de lo que pensé, pero estoy bien, ya podemos regresar a la cueva.

- De acuerdo, ¡vengan! - comenzaron a caminar junto a los demás animales.

Luego de unos cuantos metros ella deicidio quedarse atrás.

- Samui. - pronunció y él volteó. - Adelántense, los alcanzaré en un momento.

- ¿Estas segura? - asintió. Él le devolvió el gesto y siguieron su camino mientras ella se desviaba.

- Vaya, de verdad eras tú. - sonrió ampliamente al encontrarse con su mirada de cielo. - Por un momento pensé que me estaba imaginando tu aroma.

- Bah, ¿siempre esta contigo? ¿no hay nadie más que pueda acompañarte?

- ¿Hablas de Samui?

- Si ese, las dos veces que he venido, él esta presente.

- Bueno, es uno de los miembros más fuertes que tiene la tribu.

- Estoy seguro de que no debe ser más fuerte que yo.

- Koga. - sonrió, cruzándose de brazos. - Si no te conociera, pensaría que estas celoso.

- ¿Quién podría estar celoso de ese? - cruzó sus brazos, desviando su mirada.

Una pequeña risa abandonó los labios de la joven.

- Bien, ¿en que puedo ayudarte?

- ¿Ayudarme?

- Viniste hasta nuestras tierras, ¿para que si no es para pedirnos algo?

- ¡Yo no vine a pedirles nada!

- ¿Entonces?

¿Entonces...?

El calor escaló rápidamente en sus mejillas y su corazón comenzó a golpear fuertemente su pecho.

- Bueno, bueno... yo... vine porque...

- ¿Por que...?

- Porque quería verte. - murmuró, desviando su mirada.

- ¿Verme?

Un suspiro abandonó los labios del joven a sabiendas de que el momento había llegado. Su mirada celeste se posó en su rostro y supo que ya no podía esperar más.

- Yo te hice una promesa, Ayame, ¿la recuerdas?

- ¿Promesa? - los nervios la invadieron al escuchar aquella palabra. - ¿Hablas de la promesa del arcoíris lunar?

- Si, esa promesa.

- Bueno... tú dijiste que la olvidara.

- Lo se y te pido disculpas por eso.

- ¿Disculpas?

- Yo... actué como un completo idiota en ese momento. - desvió sus ojos. - Pero tenía un motivo.

- Lo se, estabas enamorado de esa mujer. - sonrió.

- Además de eso... estaba concentrado en acabar con Naraku y así vengar a mis amigos, mi mente no podía pensar en nada más, pero... cuando todo terminó para mi y regresé a la tribu, tú estabas ahí.

- Oh... - fue lo único que logró pronunciar.

- Tu actitud era muy diferente a la que tenías y eso me sorprendió para bien. - sonrió. - Pero... luego te fuiste y, por alguna razón, ya no pude dejar de pensar en ti.

- ¿Qué? - llevó sus manos a su pecho.

- El motivo por el que vine hasta aquí la otra vez fue porque de verdad deseaba verte. - nuevamente sus miradas se encontraron. - Lo de las felicitaciones sólo fueron una excusa.

- Koga...

- Hace un mes pude ver el arcoíris lunar de nuevo. - sus ojos se abrieron ampliamente. - Y supe que deseaba cumplir mi promesa... supe... que realmente deseaba estar contigo, Ayame.

Ella desvió su mirada, tratando de procesar todas las palabras que él había pronunciado.

- Tú... ¿estas hablando de verdad?

- Por supuesto que lo hago. - se acercó, tomando su mano. - Si tú también lo deseas, quiero que nos casemos y... unamos nuestras tribus, como te lo prometí en aquella ocasión.

- Koga... - susurró. - Yo... no se que decir.

Esta confundida y la entiendo, verdaderamente yo fui un idiota.

- Tranquila. - sonrió, tratando de ocultar su tristeza. - Si no lo deseas, lo entenderé... y si quieres pensarlo, yo te estaré esperando. - soltó sus manos y comenzó a alejarse.

Fui un estúpido, Ayame... y ahora por eso he perdido cualquier posibilidad que tenía de estar a tu lado.

Frunció el entrecejo al mismo tiempo en que el enojo consigo mismo comenzaba a escalar.

- ¡Koga!

Volteó y, sin previo aviso, ella encerró su rostro entre las palmas de sus manos, besándolo repentinamente. Él abrió sus ojos en señal de sorpresa, sin embargo no se alejó.

- ¿Qué fue...? - balbuceó en el momento en que ella se apartó sin dejar de sonreír.

- ¿Cómo pudiste pensar que no querría casarme contigo?

- Bueno... lo que dijiste...

- ¡Es lo que más deseo! - lo abrazó, apretándolo fuertemente contra su cuerpo.

Ayame.

Pensó, sonriendo mientras correspondía su abrazo.

- Yo igual, es lo que más deseo. Prometo que siempre estaré a tu lado, Ayame. Te protegeré con mi vida si es necesario.

Sus miradas se encontraron una última vez antes de fundirse en un profundo beso, uno que llenó sus corazones de una calidez que ambos habían anhelado y que, por fin, habían encontrado en los brazos del otro, dejando en claro que aquella promesa ya no sería una promesa, si no una perfecta realidad.