Kagome y Koga
Mi mujer
- Maldición. - miró por sobre su hombro mientras corría sin parar. - ¡Me van a alcanzar!
El gruñido de los lobos que lo perseguían retumbaba en sus oídos, haciéndole saber que aquella pesadilla era real. De repente y sin previo aviso, aquel hombre se le atravesó, provocando que cayera al suelo.
- ¿De verdad creíste que ibas a escapar? - el moreno, quien se encontraba en cuclillas, se puso de pie.
- Yo... yo no pensé que estaba haciendo nada malo...
- ¿Nada malo? - sonrió, cerrando sus ojos y empuñando sus garras. - ¿Crees que asesinar a mis lobos no es algo malo?
Nuevamente aquellos gruñidos se hicieron presentes, provocando que el hombre, aun en el suelo, girara y se encontrara completamente rodeado.
- Yo... sólo lo hice por necesidad.
- ¡¿Necesidad?! - gritó, recordando la manera cruel con la que había atacado a dos lobos que se habían apartado para buscar comida. La sonrisa en su rostro al realizar aquella acción se había quedado en su memoria. - Tu maldita especie me repugna. - se acercó lentamente hasta quedar a unos centímetros, en donde nuevamente se arrodilló.
- Por... por favor no me mates, yo... yo puedo hacer algo por ti, puedo trabajar para ti, puedo buscarte comida, puedo...
- Cállate. - sus garras atravesaron su pecho al mismo tiempo en que la sangre manchaba su brazo. - No necesito nada que venga de un humano como tú. - quitó su mano, poniéndose de pie mientras el hombre llevaba su vista a la prominente herida de su pecho. - Además, nada que puedas hacer traerá de regreso a mis lobos. - volteó, comenzando a caminar. - Pueden comérselo, muchachos.
Comenzó a correr mientras los aullidos de dolor se entremezclaban con los rugidos de los suyos.
Mientras tanto.
- ¿Hmm? - se puso de pie, observando el cielo.
- ¿Sucede algo, Kagome? - preguntó la anciana Kaede, quien se mantenía recogiendo las hierbas medicinales.
- Esa energía... - murmuró.
Es como si algo muy malo hubiese sucedido.
- Quizás sea por mi edad, pero no logro percibir nada.
- Señora Kaede. - la miró, sonriendo y sentándose a su lado nuevamente. - No se preocupe, quizás sólo soy yo quién esta imaginando cosas.
Kaede, la actual sacerdotisa de aquella aldea que se encontraba sumergida en el medio de la nada, pasaba los últimos días de su profesión entrenando a quien sería su reemplazo. Una joven que, muchos años atrás, había llegado a ese lugar de la mano de su madre luego de huir de una invasión que había destrozado su hogar.
- ¿Crees que con esto será suficiente?
- Si. - asintió. - Es momento de preparar el almuerzo.
- Oh descuida. - la anciana se puso de pie. - Yo puedo encargarme de eso.
- ¿Esta segura? - imitó su acción. - No es necesario...
- Kagome, sé que ya soy una anciana, pero a veces necesito sentirme útil para algunas cosas.
La joven sonrió ante su respuesta.
- Usted es muy útil, señora. De hecho, de no ser por usted, no se que habría sido de nosotras.
- No tienes que recordar aquellos momentos de tristeza, querida. - colocó su mano en su mejilla. - Eres una niña muy fuerte y lo has demostrado a lo largo de los años.
- Gracias. - sus ojos se cristalizaron.
Hubiese deseado que... mi mamá hubiese tenido la oportunidad de verme.
- Puedes tomarte un rato si lo deseas. - tomó su cesta. - Camina un poco, respira el aire puro, por la tarde tendrás que regresar al entrenamiento.
- Si. - asintió. - Muchas gracias.
La anciana comenzó a caminar de regreso a la aldea mientras ella se quedaba observándola, recordando aquella fatídica tarde en la que el destino las había encontrado.
Inicio del flashback.
- Mami. - pronunció mientras sostenía la mano de la mujer. - ¿A donde vamos?
- No lo se, hija. - la miró, sonriendo, tratando de transmitirle un poco de calma.
- ¿Y papi?
- Él... él ya vendrá por nosotras. - pudo notar como los ojos de su madre se llenaron de lágrimas. - Pero lo más importante en este momento es ponernos a salvo, ¿si?. Por favor, no te apartes de mi.
- Si.
El agarre sobre su pequeña manita se sentía bastante intenso, al igual que la rapidez con la que su madre caminaba, una que a ella le costaba imitar. Cada cierto tiempo Naomi miraba por sobre su hombro, quizás sintiendo que algo las podía estar siguiendo, pero ella no veía ni percibía nada extraño.
Aquella confusión incrementó en el mismo momento en que llegaron a una aldea remota, una que se encontraba en el medio del bosque.
- Si... - murmuró su madre con su voz amenazando con no traspasar su garganta. - Aquí estaremos seguras, mi amor.
- ¿Seguras? ¿No volveremos a casa?
- Claro. - unas pequeñas lágrimas rodaron por las mejillas de su rostro. - Ya lo entenderás, mi niña.
A medida que se acercaban, lograron divisar a una mujer entrada en años que se encontraba observándolas con detenimiento. El paso de su madre se aceleró al darse cuenta del tipo de vestimenta que ella poseía.
- ¡Sacerdotisa! - gritó, tomando a la niña en brazos y corriendo los últimos metros que las separaban. - ¡Gracias a dios!
- ¿Mami? - sólo en ese momento Kagome observó el estado deplorable en el rostro de su madre.
Pequeñas cortaduras que habían maraco su piel, amen de ciertos colores morados que amenazaban con intensificarse con el correr de las horas.
- ¡Sacerdotisa! - cayó de rodillas a los pies de Kaede, tomando con una de sus manos su hakama. - ¡Ayúdenos por favor!
Fin del flashback.
Resultó ser... que nuestra aldea fue atacaba por el clan de los lobos demonios y mi padre fue devorado. No recuerdo mucho de aquel día, pero al parecer mi madre y yo logramos huir de milagro... Y desde entonces jamás regresé a mi hogar, ni supe que pasó con mis amigos o los aldeanos con los que había crecido. Aunque estoy segura de que corrieron el mismo destino que papá.
Una lágrima rodó por su mejilla mientras tomaba su arco y comenzaba a caminar sin un rumbo fijo.
Unos años después mi madre murió... por lo que quedé a cargo de la anciana Kaede y ella descubrió mis poderes espirituales.
- Eres una niña muy fuerte Kagome, nunca te olvides de eso.
Sonrió, encaminándose hacia una especie de claro en donde se sentaría y contemplaría el día.
Mientras tanto, en aquel rio.
- ¡¿Pueden dejar de quejarse?! - gritó, sentado con sus piernas cruzadas. - Se que ese humano no era suficiente para llenarlos, pero por esta zona no hay animales.
Uno de los lobos se acercó, profesando unos pequeños alaridos.
- ¿Humanos? ¿Hay una aldea por esta zona? Qué extraño. - se puso de pie, olfateando el aire. - Oiga... al parecer tienen razón. - sonrió. - De acuerdo, pueden ir a comer allá entonces.
Sin esperar ni una palabra más, aquel pequeño grupo de lobos comenzó a correr en dirección al bosque.
Que extraño, el olor a humano es apenas perceptible, sin embargo... hay un aroma que se entremezcla con el suyo y... se esta acercando.
Pensó el líder, mirando en la dirección en la que los vastos árboles se elevaban.
La joven se encontraba a unos cuantos metros cuando notó que, aquella presencia que había percibido momentos atrás, ahora parecía estar encaminada hacía ella a una velocidad increíblemente rápida.
- ¿Qué es eso? - murmuró, empuñando su arco.
Entrecerró sus ojos, notando que efectivamente algo se acerba.
¿Lobos?
Lanzó su flecha antes de que mente procesara lo que estaba sucediendo y, de no ser por aquel acto reflejo, su vida se hubiese terminado en ese mismo momento.
Aquella energía purificadora impactó en el suelo, repeliendo completamente a los yokais, quienes fueron lanzados en dirección contraria a la que se dirigían.
- ¡¿Acaso están yendo hacia la aldea?! - gritó, tomando una nueva flecha. - ¡Ni se les ocurra avanzar!
Los animales gruñían sin parar, sin embargo no buscaban continuar, quizás teniendo en cuenta el peligro que aquello implicaba.
- No permitiré... que destruyan mi hogar de nuevo. - murmuró, apretando fuertemente sus dientes.
Para su sorpresa, en ese mismo instante, los lobos comenzaron a aullar.
¿Qué están haciendo? Es como si estuviesen...
Sólo unos minutos después, aquel remolino se presentó, deteniéndose a unos pocos pasos de donde ella se encontraba, aun con su flecha apuntándolos.
- ¿Qué demonios esta sucediendo aquí? - preguntó, poniéndose de pie.
- ¿Quién eres tú? - preguntó ella con una seriedad amenazante en su tono de voz.
Antes de que el moreno pudiese responder, los lobos se pronunciaron con sonidos inteligibles para sus oídos.
- Comprendo... - volvió sus ojos a la sacerdotisa. - ¿Por qué atacaste a mis lobos?
- Ya veo, tú eres su líder. - entrecerró su mirada.
- No respondiste a mi pregunta, niña. - empuñó sus garras. - ¡¿Por qué atacaste a mi manada?!
- ¡Porque tu manada se dirigía a mi aldea! - respondió visiblemente furiosa.
- Ja, ¿y eso que? Yo mismo los envié.
- Tú eres el responsable entonces. - susurró.
- Escúchame bien, niña, mis lobos tienen que alimentar...
No logró finalizar la frase, ya que la flecha que Kagome lanzó impactó a unos escasos centímetros de sus pies, elevando una estela luminosa que lo cegó momentáneamente.
¿Qué demonios fue ese poder?
La nube de polvo se disipó, dejándola ver empuñando una tercera flecha.
- Quiero que sepas... que te estoy dando la posibilidad de huir. - en ese momento una lágrima recorrió su mejilla, sin embargo esta contrastaba con la expresión de ira que sus ojos transmitían. - Pero si no lo hacen...
- ¡¿Crees que una mujer humana como tú va a poder intimidarme?! - la realidad era que verdaderamente sentía que, cuanto menos, debía ser cuidadoso. - ¡Te haré pagar por lo que hiciste!
Se abalanzó sobre ella, sin embargo luego de unos pocos pasos se detuvo, fijando sus ojos en los ojos de ella y notando la expresión facial que le gritaba que no dudaría en asesinarlo. Sus dientes apretados y el ligero temblor de las manos que sujetaban el arco le daban la pauta de lo que ella estaba atravesando emocionalmente.
Fueron sólo segundos, pero logró detenerse y volver sobre sus pasos, dándole la orden a los lobos de que lo siguieran. Ella se quedó absorta observándolos retirarse. Poco a poco la tensión en su cuerpo desapareció y sus piernas se aflojaron, cayendo al suelo al mismo tiempo en que el llanto la invadía y el aire que no sabía que había estado reteniendo, por fin escapaba.
Esa misma noche, en la madriguera.
- ¿Entonces por eso Koga esta de tan mal humor? - preguntó Hakkaku, mientras los animales asentían.
- ¿Tan poderosa era aquella mujer humana? - nuevamente asintieron. - Vaya, Koga debió sentirse realmente humillado.
- ¡¿Quién se sintió humillado, idiota?!
- ¡Ay, Koga! - ambos se pusieron de pie. - Tranquilo, no estábamos...
- ¡No me interesan lo que estaban hablando! - gritó. - ¡Lárguense!
- ¿Qué? Pero...
- ¡Les dije que se largaran!
Se sentó sobre la montaña, cruzando sus piernas y colocando su codo sobre ella y su mano sobre su palma. Su expresión denotaba una notable molestia.
- Esa estúpida mujer. - gruñó. - ¿Cómo se atrevió?
Pero no pienso dejar las cosas así.
Se puso de pie, dándole un vistazo a la madriguera por sobre su hombro.
- No tienes idea de con quien te metiste, niña.
Y sin más, comenzó a correr.
Un par de horas después.
Ambas sacerdotisas se encontraban en el templo, realizando sus oraciones. Una vez que finalizaron, se pusieron de pie, realizando una pequeña reverencia.
- ¿Qué sucede, Kagome?
- ¿Qué? - se sorprendió, observándola.
- Te he notado bastante tensa desde que regresaste de tu caminata. - sus ojos se encontraron. - ¿Sucedió algo?
- No... - sonrió, tratando de transmitirle tranquilidad. - Supongo que no descansé muy bien que digamos. - llevó su mano a su nuca.
No quería comentarle lo sucedido por la mañana, después de todo sabía que aquello no sólo la preocuparía, si no que podría desencadenar miedo entre los aldeanos.
- ¿Estas segura?
- Bueno... ¿podría quedarme un poco más?
- De acuerdo, pero asegúrate de apagar el incienso al salir, ¿de acuerdo?
- De acuerdo. - asintió.
La anciana salió del lugar sin notar aquellos ojos celestes que la observaban desde la oscuridad. La joven se quedó contemplando el lugar mientras aquella secuencia pasaba una y otra vez por su mente.
- ¿Cuál es la necesidad de atacar aldeas cuando hay tanta comida afuera? - murmuró, visualizando el rostro de aquel joven.
Se sentó, dejando que su mente viajara a través de los pocos recuerdos que le habían quedado de su época en la aldea que vivía con sus padres. Sonrió al recordar la sonrisa de su madre y el rostro de su padre y, momentos después, salió del templo.
La noche era silenciosa, al igual que todas, pero en esta podía percibir algo diferente.
Esa energía... ¿es la de...?
Aquella mano tapó su boca antes de que pudiese completar la frase en su mente. Ahogó un grito en el mismo momento en que sentía como otra mano la elevaba y comenzaba a desplazarse sin ver el camino.
- Eres demasiado distraída como para ser una sacerdotisa. - reconoció aquella voz de inmediato. - Espero que al menos tu carne sea sabrosa.
¿Es él? ¿Y piensa comerme?
Mordió su mano, arrancándole un grito.
- ¡Maldita mujer!
- ¡¿Qué estás haciendo?! ¡SUÉLTAME IDIOTA!
- ¡Cállate! ¡Pareces loca!
- ¡A MI NADIE ME CALLA!
Cerró sus ojos y, sin pensarlo y sin dejar de moverse, le propinó una bofetada que resonó en el medio del silencio. Aquel golpe logró desestabilizar al lobo, quien trastabilló y cayó, no sin antes soltarla. El dolor agudo que sintió producto del golpe recibido no se hizo esperar.
- ¡Eres una idiota! - gritó, poniéndose de pie. - ¡¿Cuantas veces...?! ¿He?
Se detuvo, acercándose a la joven quien había quedado inconsciente.
¿Esta desmayada?
- Bah, estúpida mujer. - se quejó, arrodillándose frente a ella. - Tú no tienes idea de lo que significa el peligro, ¿verdad?
O ni siquiera te importa.
Se quedó observándola. Su rostro estaba apoyado en el suelo, al igual que todo el frente de su cuerpo. Tomó uno de los mechones que cubría sus mejillas y lo apartó.
- Esta chica no es una sacerdotisa normal. - murmuró, colocándose en cuclillas.
Es... verdaderamente hermosa.
- ¡¿Pero que estoy diciendo?! - se puso de pie de inmediato, alejándose un par de pasos y dándole la espalda.
¿Qué demonios fue eso que sentí?
Cruzó sus brazos, volviendo sus ojos a la joven.
El corazón de un lobo funciona diferente al de otras especies, Koga. El corazón de un lobo será capaz de reconocer a aquella persona, que lo acompañará durante toda su vida, con sólo una mirada y, cuando ese momento llegue créeme que lo sabrás.
Las palabras de quien supo ser el antiguo líder de la tribu, pasaron por su mente.
- ¿Será que a esto se refería? - susurró, sintiendo el repiquetear de su corazón.
Esta muchacha no sólo es hermosa, también posee una valentía y determinación que no había visto en ningún humano, y sólo interactúe con ella dos veces.
Pensó, regresando y arrodillándose a su lado.
- Es verdad. - sonrió. - Estoy seguro de que serías una excelente compañera.
Un par de horas más tarde.
Los rayos del amanecer golpearon su rostro, provocando que sus ojos temblaran ligeramente hasta abrirse en su totalidad.
- ¿Hm? ¿Dónde estoy? - se elevó, sentándose. - ¿Qué me sucedió? ¡Mi cabeza! - llevó su mano a aquella zona. - Me duele.
- Estuviste inconsciente muchas horas, lo mejor sería que tomaras un poco de agua.
- ¡KYAAAAAAAAA! - se puso de pie de inmediato, encontrándose con el lobo a unos metros de ella. - ¡Tú! - intentó tomar una flecha, sin embargo no había nada.
¡No puede ser! Perdí mi arco...
- Tranquila, bonita, no tienes porque temer.
- ¿He?
¿Bonita? ¿De que esta hablando?
- Ya te dije que tienes que tomar un poco de agua. - extendió una piedra ahuecada, la cual contenía agua.
- ¿Qué estas tramando? - entrecerró sus ojos. - ¿Acaso quieres envenenarme?
- ¿Qué dices? - rio. - ¿Por qué querría envenenarte?
- ¡Me secuestraste anoche y todavía preguntas!
- Oh, eso, lo había olvidado.
¿Olvidado?
- Es que pase toda la noche contemplándote dormir y olvidé que te había traído a la fuerza.
- ¡¿Y por qué lo dices con tanta tranquilidad?!
- Escúchame. - dejó la roca en el suelo y se acercó, provocando que ella retrocediera. - Tranquila, no te haré daño.
- Eso no es lo que parecía anoche.
- Lo se y te pido disculpas por eso, pero aún no lo había notado.
- ¿No lo habías notado? ¿Qué intentas decirme?
- Sólo escúchame, ¿si? - ella no respondió. - Mi nombre es Koga y soy el líder de la tribu de los lobos yokais. Ayer, cuando nos encontramos por primera vez, me sentí muy insultado por tu ataque, además de que estuviste a punto de aniquilarme, no sólo a mi si no a los míos.
¿A donde quiere llegar con esta presentación?
- Fue por eso que anoche decidí que iba a llevarte a la madriguera y entregarte como desayuno para la manada.
Genial... que bueno que hayas cambiado de opinión.
Pensó, reflejando en su rostro aquella mezcla de sorpresa, rechazo y molestia, que estaba sintiendo internamente.
- Pero cuando me golpeaste y caí... tuve la oportunidad de contemplarte mejor y... he decidido que quiero que seas mi mujer.
¡¿QUÉ ACABA DE DECIR?!
Sus ojos se abrieron y sus labios se separaron ampliamente ante la pronunciación de aquellas palabras.
- ¿Tu mujer? - fue lo único que logró pronunciar mientras él asentía.
- Eres hermosa, fuerte y valiente, todo lo que busco en una mujer.
Esto tiene que ser una broma.
- De acuerdo... - murmuró, llevando su mano a su cabeza, rascándola sutilmente. - Oye... quizás te golpee muy fuerte y es por eso que te estas comportando de esta manera. Te agradezco mucho que hayas cambiado de opinión pero...
- Si me permites, puedo explicar...
- No, no no. - intervino. - No es necesario que me expliques nada, ¿Koga verdad? - asintió. - Bien, Koga, acepto tus disculpas, todos podemos cometer errores y nuevamente te agradezco que no hayas decidido entregarme como desayuno. - rio nerviosamente. - Pero, por favor, tengo que regresar a la aldea.
- ¿Puedes decirme tu nombre?
- ¿Qué?
¿Acaso no escuchó ni una palabra de lo que dije?
- Tu nombre, no se como te llamas. - sonrió, observándola con aquella mirada que la ponía más nerviosa de lo que esperaba.
Sus ojos se ven completamente diferentes... tiene una mirada, ¿dulce?
Meneó la cabeza, apartando aquel pensamiento que consideró ridículo.
- Kagome. - pronunció al fin.
- Kagome. - murmuró. - Tu nombre es igual de hermoso que tu rostro.
¿Podrías dejar de decir esas cosas?
- Gracias... ahora... adiós. - elevó su mano.
- Oh no. - se interpuso en su camino. - No puedo dejar que mi mujer deambule sola por este lugar tan peligroso.
- De acuerdo, Koga. - suspiró. - Primero, no soy tu mujer y segundo, tú fuiste quién me trajo aquí después de todo.
- Kagome, tienes que saber que cuando un lobo...
- Y tú tienes que saber que tengo que regresar a mis labores, la señora Kaede debe estar muy preocupada por mi, incluso es probable que hayan salido a buscarme y pueden encontrarse con tus lobos. - su mirada se endureció al pronunciar aquella frase. - No puedo permitir que ustedes vuelvan a destruirlo todo.
- ¿Qué? - se sorprendió. - ¿De que estas hablando?
- De nada. - pasó a su lado. - Por favor, ya no se acerquen a mi aldea.
- Oye, Kagome. - la tomó del brazo, deteniéndola. - No creas que voy a dejarte ir tan rápido.
- No entiendo porque dices lo que dices, pero al menos dime el camino para regresar.
- Yo te llevaré. - tomó sus manos. - Ya te dije que jamás permitiría que mi mujer caminara sola en este lugar...
- Y yo ya te dije que no soy tu mujer. - apartó sus manos. - Pero acepto que me lleves de regreso.
Y sólo porque para estas alturas ya no se que es más peligroso.
- Bien. - sonrió, tomándola en sus brazos.
- ¡¿Qué estas haciendo?! - se sonrojó levemente.
- Quizás no lo parece, pero estamos bastante lejos. - sus ojos se encontraron. - Tranquila, nada te sucederá mientras estés conmigo.
- No creo tener que recordarte que fuiste tú quien me puso en peligro. - entrecerró sus ojos.
Comenzó a correr y, en sólo un par de minutos, ya se encontraban cerca de aquel pequeño lugar.
- Hasta aquí llegas tú. - pronunció, obligándolo a que se detuviera y la soltara.
- Kagome. - volvió a tomar sus manos. - No pienso abandonarte en este lugar.
- Oye, de verdad me estas asustando. - volvió a apartar sus manos. - No se si te golpeaste fuerte la cabeza cuando caíste, pero no entiendo el porque de tu repentino cambio.
- Sólo déjame explicártelo...
- ¡Kagome!
- Anciana Kaede. - volteó. - Lo sabía, me han estado buscando. - volvió sus ojos al lobo. - Por favor, no regreses por aquí...
- Kagome...
- Prométeme que tus lobos no atacaran la aldea.
- ¿Qué? - se sorprendió al notar aquel retazo de tristeza que emergió en su mirada al pronunciar aquello.
- Tienen suficiente alimento en el bosque, no es necesario que destruyan las aldeas.
- ¿Por qué...?
- ¡Sólo promételo! - él asintió. - Gracias... adiós.
Volteó y comenzó a correr en dirección de las pequeñas casas mientras él se quedaba observándola.
Estas muy equivocada si piensas que te dejaré ir.
Sonrió.
Alrededor de un mes después.
- ¿Nuevamente te irás, Koga? - preguntó Ginta.
- Si, ¿Por qué preguntas?
- ¿Hay algo que nos estas ocultando? - Hakkaku se les unió. - Te estas comportando muy extraño desde que aquella mujer te atacó.
- ¡Eso no les incumbe a ninguno de los dos! - gritó. - Cuando sea el momento lo sabrán, mientras tanto, déjenme en paz, ¿de acuerdo? - ambos asintieron. - Regresaré al atardecer, cuiden de la manada.
- Esta bien.
Sin esperar más, comenzó a correr en la misma dirección en la que se iba todos los mediodía. Su velocidad parecían aumentar conforme se acercaba a su destino, sin embargo aún tenía tiempo de detenerse y tomar un pequeño obsequio.
Se arrodilló, olfateando las flores y escogió las que, él creyó, que serían de su agrado.
Mientras tanto en la aldea, Kagome se encontraba practicando el como intensificar sus poderes espirituales, disparando flechas a diferentes objetivos que la anciana Kaede había acomodado.
- Muy bien, Kagome. - sonrió, observando como aquel conjuro se dispersaba completamente ante el contacto de la flecha,
- Muchas gracias. - sonrió, acercándose.
Sus ojos se desviaron en diferentes direcciones, como si estuviese buscando algo.
- ¿Él vendrá hoy?
- ¿He? - se sonrojó. - ¿De que está hablando?
- Hay un joven lobo demonio que viene a visitarte, ¿verdad? - sonrió.
¿Cómo lo sabe?
- Bueno... - rio nerviosamente. - Supongo que no tiene caso mentirle.
- Así es... los he observado en algunos de sus encuentros y parece un buen muchacho.
- Lo es. - sonrió.
Aunque su comienzo no fue el mejor, debo reconocer que se ha esforzado bastante en demostrarme que no es un ser malvado.
Habían pasado un poco más de 30 días desde su primer encuentro y la realidad era que Koga no había dejado de visitarla en todo ese tiempo. Al principio ella trataba de evitarlo, sin embargo conforme avanzaron los días, lograron entablar una pequeña charla y, antes de que tuviese la oportunidad de ser consciente de ello, él se había vuelto parte de su rutina por la aldea.
- Bien, supongo que me iré, no quiero interrumpir sus charlas o lo que sea que hagan.
- ¡No hacemos nada malo! - se sonrojó. - ¡Señora...! - dio un paso pero se detuvo al escuchar su voz.
- ¡Kagome!
- Koga. - sonrió, volteando. - Hola.
- Buenos días, bonita. - se acercó. - Ten, son para ti, espero que te gusten.
- ¿De verdad? - tomó aquel pequeño ramo de rosas amarillas y la emoción se reflejó en sus ojos. - Son hermosas.
- No tanto como tú. - acarició su mejilla y ella cerró sus ojos, recostando su rostro en la palma de su mano.
- Muchas gracias. - abrió sus ojos, encontrándose con su celeste mirada.
- Kagome, necesito hablar contigo.
- ¿Sucede algo?
- No, pero quisiera... - extendió su mano, la cual ella tomó y ambos sonrieron.
Él la tomó en sus brazos y comenzó a correr en la dirección en la que aquel claro se encontraba. Una vez allí, ella descendió y ambos se sentaron en una de las rocas.
- ¿Qué querías decirme?
- Quería hacerte una pregunta.
- ¿Una pregunta?
- Si... hay algo que quiero saber desde que te conocí, pero nunca quise preguntarte.
- Koga, me estas asustando.
- Tranquila preciosa. - sonrió. - La mañana en la que te traje nuevamente a la aldea, me dijiste que no querías que nosotros volviéramos a destruirlo todo.
Oh... eso.
- He venido a este lugar desde entonces y jamás volviste a mencionar algo al respecto...
- Yo no nací en esta aldea. - lo interrumpió. - Mi madre y yo llegamos aquí luego de que... - aún se le formaba un nudo en la garganta al recordar aquellos momentos. - Luego de que tu tribu atacara mi aldea y... asesinara a casi todos los aldeanos, incluyendo a mi padre.
Sus ojos se llenaron de lágrimas en aquel instante mientras una culpa abrumadora invadía el pecho del lobo. En ese momento sintió la necesidad de rodearla con sus brazos y no se contuvo. La atrajo contra su cuerpo, abrazándola con fuerza, provocando su sorpresa.
- Koga...
- Lo siento mucho, Kagome. - murmuró. - Jamás me imaginé algo como eso...
Entonces... fue por eso que me atacó con tanta furia aquella mañana. Mi tribu... destruyó a su familia.
- No tienes que disculparte. - escondió su mirada en su hombro.
- ¡Si tengo! - se alejó, mirándola fijamente sin soltarla. - A mi tribu jamás le importó el bienestar de los humanos, jamás sentimos nada por ellos, pero... eso cambió cuando te conocí.
- ¿Qué? - susurró.
- He querido decirte eso desde esa mañana pero... no sabía si ibas a comprenderlo.
- Koga. - ella colocó una de sus manos sobre la mano de él. - Hemos compartido cada tarde del último mes y... aunque al comienzo mi actitud fue diferente, la realidad es que puedes decirme lo que sea. Tú no eres el responsable de lo que sucedió con mi aldea y yo no puedo simplemente condenarte por eso.
- Kagome. - sonrió, volviendo a abrazarla. - Se que ante tus ojos debí haber parecido un demente cuando te dije que eras mi mujer.
- Bueno... si, lo pareciste. - ambos rieron.
- Pero, la realidad es que los lobos somos muy diferentes a los demás yokais o humanos. - hizo una pausa. - Una vez el antiguo líder de la tribu me explicó como funcionan nuestros corazones...
El corazón de un lobo funciona diferente al de otras especies, Koga. El corazón de un lobo será capaz de reconocer a aquella persona, que lo acompañará durante toda su vida, con sólo una mirada y, cuando ese momento llegue créeme que lo sabrás.
- Y cuando contemplé tu rostro aquella noche... sentí una calidez abrumadora, algo que provocó que sonriera levemente por dentro y... lo primero que pensé era que eras hermosa. - desvió su mirada. - Y en sólo unos segundos mi mente lo comprendió... te enfrentaste a mi dos veces y en ambas ocasiones me dejaste en claro que no podría acabar contigo... que pelearías por tu vida con lo que estuviera a tu alcance, aunque sólo tu mano pudiese salvarte. - volvió a mirarla. - Además de hacer énfasis en que no nos lastimáramos a tu gente, eso sin contar que eres una sacerdotisa y se todo lo que eso implica. En sólo unos pocos segundos supe que eras una buena mujer, valiente, fuerte y preciosa. - sonrió ante aquella palabra. - Y eso es todo lo que yo imaginé de mi mujer algún día.
- Koga... - murmuró.
- Se que suena loco y no pretendo que entiendas como funcionan las cosas en nuestra especie, pero cuando un lobo se enamora va a ser el ser más leal y protector con su esposa y su tribu y... yo me enamoré de ti, Kagome. - ella no respondió. - Lamento si esto te incomoda, pero tenía que decírtelo.
En ese momento ella tomó su rostro entre sus manos, besándolo, algo que provocó una enorme y grata sorpresa en el moreno, quién cerró sus ojos, dejándose llevar por el mar de emociones que sintió ante aquella acción.
Segundos después se apartaron y, esta vez fue ella quien lo abrazó con fuerza.
- Tranquilo... es un honor para mi el ser tu mujer.
- ¿Qué? - murmuró. - ¿De verdad me aceptarías como tú...?
- Claro que lo haría. - sonrió, acomodando su mejilla en su pecho. - Me has demostrado quien eres en realidad y... eso me gusta.
- Kagome. - cerró sus ojos, apoyando su mentón sobre su cabeza. - Prometo que nadie se acercará a hacerte daño nunca más, yo te protegeré con mi vida. - susurró. - Y no te preocupes por mi tribu, ellos ya tienen prohibido atacar aldeas humanas.
- Muchas gracias, Koga. - susurró, cerrando sus ojos.
Eso... significa mucho para mi.
