3. Limpia

—¿Hay algo que las chicas Device no sepan hacer? —pregunta discretamente haciendo un gesto señalando al cartel—. Además de seguir las normas de ortografía…

—Cocinar —responde el de negro sonriendo de lado por la pregunta—. Y no meterse en la vida de los demás, pero no les digas que te lo he dicho.

Aziraphale traga saliva con eso porque la verdad es que tiene hambre, cuando una mujer pelirroja y de mediana edad sale corriendo al encuentro de ambos al grito de "Anthony" para su sorpresa.

Crowley sonríe y desmonta de la yegua de un salto, acercándole las riendas del corcel marrón a esta.

—¡Tracy! ¡Es un gusto verte! —saluda mientras ella las toma y le pellizca un poco la mejilla a este.

—Uhm, señora —saluda Aziraphale con un gesto con el sombrero, mientras se baja también del caballo.

—Ya te echábamos de menos, gracias, querido —le sonríe—. ¿Quién es tu acompañante?

—Aziraphale Falafel, es un chico muy… —explica y se queda a medias sin saber cómo continuar esa frase.

—Ah, un gusto señor Falafel —interrumpe ella al notar la vacilación—. Pasen, pasen, yaya Agnes estaba haciendo gumbo.

—Ah, qué bien —comenta Crowley haciendo cierta sonrisa forzada y negando con la cabeza a Aziraphale, que frunce el ceño.

—D-De hecho, es Señor Fell. Aziraphale Fell —corrige el rubio mientras Crowley se va para dentro.

—Ah. Uhm, está bien, querido, no se preocupe —responde ella sin entender muy bien qué es lo que dice, pero estirando la mano hacia él para que le dé las riendas del caballo también.

—Le agradezco que nos deje... uhm… que nos invite —asegura, encajándole la mano sin darle las riendas y al notar que no era eso lo que ella quería carraspea y decide mejor seguir a Crowley, incómodamente.

Tracy se queda ahí con un palmo de narices y se va a acomodar los caballos al establo.

—¡El retorno del hijo pródigo! —exclama Crowley al entrar a la casa, que es de suelos de madera y paredes de mampostería, girando a la izquierda, siguiendo la luz de la lumbre y el olor fuerte y especiado hasta la cocina de armarios pintados de un amarillo brillante, donde hay dos mujeres, una anciana cocinando en una olla sobre un fuego y una muchacha de color estudiando en una mesa.

—¡Anthony! —exclama la menor levantándose y sonriendo para ir a abrazarle mientras Aziraphale entra pidiendo permiso a susurritos.

—Tú, ¡maleante! —ahí va la anciana también a saludar al pelirrojo, sonriendo y señalándole con una cuchara de madera del que gotea un mejunje de color indefinido.

—Oh, ¿traes a un amigo? —pregunta la menor al notar al otro hombre entrando, aunque Aziraphale está demasiado embelesado con la cantidad de ramilletes con plantas y botes de cosas que hay en las paredes de la estancia como para hacer caso.

—Es… Un amigo por otro, digamos —le hace un "cejas, cejas" a ella y esta se sonroja, porque… bueno, sí hasta hace un segundo le estaban echando la bronca por haber colado a un hombre en la casa.

—¡No somos amigos! —protesta Aziraphale sin que nadie le preste atención realmente.

—A ver cuánto me lo sacas de encima, voy a tener que subir el precio de la oferta—protesta la anciana agitando la cuchara hacia Crowley.

—Pero, Yaya…—lloriquea la menor.

—Ni yaya ni yayo, tú a estudiar —la riñe y da un golpe en la mesa con la cuchara, así que esta vuelve a sentarse—. Y tú —se gira a Crowley mirándole de arriba abajo—. Más te vale que comas que estás en los huesos y esta vez no me protestes —le riñe también y luego se gira a Aziraphale y vacila como si acabara de aparecer y obviamente sin saber quién es ni que hace en su casa—. Y tú…

—Él está bien —asegura Crowley poniéndose entre la temible cuchara de la señora y Aziraphale—. Está conmigo, ha venido a explicaros unas cosas.

—Bueno, pues que se siente a comer también, pero no pienso comprarle ninguna biblia —decide la anciana, yéndose de vuelta a su olla.

Aziraphale mira a Crowley para que le traduzca de qué va ese asunto de las biblias y este se encoge de hombros mientras se sienta a la mesa con la chica joven, Aziraphale decide sentarse a su lado.

—Mira, he venido con Aziraphale y este señor, ella es Anathema Device —les presenta Crowley.

—Mucho gusto, señorita —saluda él.

—¿Él es Aziraphale? —pregunta ella sin entender, mirando a Crowley.

—No, Aziraphale es el caballo —explica, haciendo que el susodicho frunza el ceño.

—¿Y él como se llama?

—Aziraphale —sonríe.

—No, el caballo no, ¡él! —protesta Anathema.

—¿Podría dejar de crear confusiones y malentendidos? —protesta Aziraphale y luego se vuelve a Anathema, sonriendo amablemente—. Mi nombre es Aziraphale Fell y por algún motivo mi caballo se llama Aziraphale también.

—Oh, está bien, gracias, Señor Fell —ella le sonríe de vuelta con un leve asentimiento.

El rubio se gana unos ojos en blanco porque "ñañaña, esto no tiene gracia." Crowley se cruza de brazos, regañado.

—¿Y hace mucho que se conocen? —sigue Anathema porque prefiere charlar que estudiar, la verdad.

—No, somos… ¿socios? —resume Crowley y le mira de reojo a ver si eso le parece mejor.

—De hecho, quería contarles mi situación y ver si podían ayudarme —explica el de blanco fulminando un poco al pelirrojo cuando la mujer que estaba con los caballos entra de nuevo al fin.

Y ahí va la anciana a acercarse al hombre de blanco y a tomarle de los hombros, mirándole a los ojos muy fijamente en silencio.

Aziraphale parpadea con eso sin habérselo esperado, mirándola de vuelta a los ojos empañados con cataratas y tragando saliva porque siente que esta persona le está revisando hasta el alma. Tras unos segundos completos que parecen horas, en los que hasta suda un poco de nervios, es que desvía la mirada hacia Crowley pidiendo ayuda.

Pero las otras dos mujeres y el pelirrojo solo esperan, conteniendo el aliento, al veredicto de la anciana.

Aziraphale los mira a todos porque esto dista un poco de la medicina convencional, o ya no hablemos de los ritos religiosos en los que él cree y no tiene ni idea de lo que está pasando.

Finalmente, la anciana se separa, soltándole y con aire solemne mira a los otros tres.

—Tracy, trae el palosanto, los cristales y las velas. Anathema, ve a por un huevo al establo y agua fresca. Anthony… cállate —ordena mirando a cada uno. Las dos mujeres más jóvenes se levantan y se dirigen a donde las han mandado.

—¿Q-Qué está pasando? —vacila Aziraphale a quien hasta se le corta un poco la voz y cuando Crowley va a abrir la boca la anciana vuelve a agitar su cuchara.

—¡Anthony! —le riñe interrumpiendo cualquier cosa que fuera a decir. Este la mira un instante con la boca abierta y luego la cierra y levanta las manos en señal de rendición, echándose atrás en su asiento.

La anciana se vuelve a Aziraphale y saca una baraja de cartas de un bolsillo del delantal. Después de organizarlas un poco, se las tiende al rubio.

—Elige una carta —pide con absoluta solemnidad y seriedad. Incluso con un aire oscuro en su mirada.

—Oh. ¡OH! —Aziraphale levanta las cejas con eso y sonríe un poquito—. ¿Va a hacerme un truco de magia? He visto algunos con las cartas, son muy divertidos. Yo me atrevo a llamarme a mí mismo mago aficionado y puedo decir que no se me da nada mal —explica tan emocionado, cambiando un poco el tono de toda la escena general haciendo que Crowley intente mearse de la risa lo más silenciosamente posible ahí atrás.

—No, muchacho —protesta la anciana y da un golpe con la temible cuchara de madera en la mesa—. ¡Voy a ver tu futuro en ella!

—Oh, claro, claro. Las lecturas de Tarot —entiende por fin, asintiendo y tomando una carta—. Por cierto, se escribe con T de tierra, no con C de casa.

La anciana no hace caso de las sugerencias gramaticales, tomando al hombre de la muñeca y quitándole la carta en un revuelo, mirándola con el ceño fruncido. Crowley se levanta a mirar por encima del hombro de la mujer con curiosidad de saber qué carta le ha salido.

—El Loco —susurra ella con el mismo tono preocupante, mirando al rubio.

—¿Qué? ¡Claro que no estoy Loco! —protesta Aziraphale, ofendiéndose un poco con esto y frunciendo el ceño. A lo que Crowley vuelve a esconder una risita por ahí atrás.

—El Loco significa inicios de algo nuevo —explica la anciana mostrándole la carta.

—Ah, debe ser un cambio de dirección en mi búsqueda de justicia —sonríe hacia Crowley y este le sonríe de vuelta de manera bastante sincera sin siquiera darse cuenta.

La anciana mira a uno y luego al otro, pero no dice nada porque ahí vuelven las otras dos mujeres rompiendo el momento.

—Aquí están las cosas —explica la mujer de mediana edad dejando lo que ha traído en la mesa, empezando a vaciarla.

—¿Vamos a empezar con la limpia o con el mal de ojo? —pregunta la chica, estirando un mantel negro de terciopelo con un pentagrama y unas runas dibujadas sobre la mesa.

—El mal de ojo —explica la anciana sacando algunas yerbas y situando las velas y los cristales en su sitio.

Aziraphale lo mira todo con los ojos muy abiertos porque para nada era como esperaba que se iba a desarrollarse esta reunión y Crowley se retira discretamente a un rincón para no interferir en los rituales de las mujeres.

—Señor Falafel, ¿podría descalzarse si es tan amable? —pide la mujer madura mientras la chica joven va a pasar las cortinas y a bajar el fuego de la lumbre para crear un ambiente más oscuro y misterioso.

Aziraphale vacila, pero asiente mientras la anciana prende algunas barras de incienso mezcladas y las velas.

—E-Ehm… E-Es Fell —corrige igualmente sin poder evitarlo.

—La tarifa básica de todo esto, muchacho, es de un montó irrisorio pero importante —asegura la anciana mientras el rubio se quita botas y calcetines según le ha indicado la mujer—. Dependiendo de qué tan difícil sea lo que quiere resolver y que tan impedido por los espíritus se encuentre puede que el precio incremente, ¿está de acuerdo?

—Ah, pero yo no… —empieza y con mano experta, la mujer madura le hace poner los pies dentro de una palangana de agua helada, sin que se lo espere, haciéndole dar un salto y desviar la vista—. ¡Ah!

—Si lo está, por favor, ponga algunos billetes aquí —pide la muchacha, suavecito, tendiéndole un plato y el rubio vacila un poco porque todo esto parece una emboscada, pero ahora se siente un poco incómodo decirles que paren.

—Ehm, sí, sí, yo… —se siente un poco obligado a aceptar buscando su cartera que curiosamente está perfectamente a mano en este momento, aunque está seguro de haberla dejado en las alforjas del caballo. Así que la toma y pone un par de billetes en el plato.

—Entenderá, señor Aziraphale, que tres mujeres tienen que mantenerse —Anathema le frunce el ceño porque no es suficiente.

—Uno pensaría que si son capaces de resolver los problemas económicos de sus clientes ustedes no tendrían unos propios —se queja un poco el rubio, pero vale, vale, ahí van dos billetes más.

—No es así como funciona la magia —ella le sonríe y hace un gesto con la cabeza, caminando hacia atrás para apartarse y dejar paso a las otras dos mujeres que en una coordinada maniobra que casi parece ensayada, empiezan a hacer unos canticos en lo que inicia el ritual.

Hay bailes, juegos de luces y de cristales. Hierbas quemadas en el fuego provocando llamaradas. Las mujeres dibujan runas alrededor con tiza y realizan cánticos que se alinean con el latir del corazón. Le dan a Aziraphale algo de beber que huele bastante mal y lo hace marearse un poco y luego le pasan un huevo crudo por la cabeza que posteriormente cascan en un plato. El interior es una gelatina completamente negra.

—Tiene usted mal de ojo, muchacho —sentencia la anciana al ver el huevo, con tono muy serio, mostrándoselo para probar sus palabras.

—¡No! —Aziraphale se lamenta, levantando las cejas y persignándose con ello, porque el muy inocente se ha dejado llevar.

—No se preocupe, podemos arreglarlo —la anciana le sonríe y le pone una mano sobre el hombro de manera tranquilizadora y se sienta frente a él—. Cuéntenos su problema ahora.

—Han… A-Asesinado a mi esposa —explica suavecito, vacilando un poco.

—¿Quién? —pregunta la anciana.

Las otras dos mujeres se sientan a ambos lados de ella y barajan cartas, eligiendo algunas que ponen en la mesa con gestos de preocupación y desaprobación. La chica joven de manera un poco menos experta que la madura, mientras esperan que hable.

—Ehm… El señor Archangel, no sé si lo conocen —explica Aziraphale y de repente, como si un disco hubiera salido de su carril de tocadiscos, todo se detiene.

—¡No se le ocurra nombrar a esa persona en esta casa! —chilla la anciana mientras las otras dos mujeres recogen todo lo que hay en la mesa.

—¿Q-Qué? Pero yo esperaba… —vacila Aziraphale mirando alrededor otra vez, buscando a Crowley con la mirada.

—Shhh —Anathema le pide silencio estirando una mano hacia él y negando con la cabeza. La luz vuelve a su nivel normal y es como si no hubieran estado haciendo rituales paganos hace cinco segundos.

—Pero ¿qué ha pasado? —sigue preguntando Aziraphale.

—Ese bastardo rufián innombrable. Él y sus hombres fueron los que asesinaron a mi hijo —protesta la anciana.

—Oh… —Aziraphale vacila con eso, porque Crowley ya le había dicho que ellas tenían asuntos pendientes con su tío también—. P-pero… ¿Y qué hay del mal de ojo y del huevo?

—Olvida eso, los hago yo con pintura negra y un alfiler —explica Anathema, Aziraphale parpadea sin estar entendiendo nada.

—Fue un muy mal asunto —suspira Tracy—. No te creas que mi Shadwell tuvo mucha mejor suerte.

—Pero entonces… tienen pruebas de que fue él o… ¿algo? —pregunta el rubio.

—No, claro que no, pero todo el mundo sabe que nadie más sería capaz de algo así —explica la anciana.

—Además luego vinieron sus gestores a hacernos una oferta por el rancho que era insultante —añade la muchacha.

—No es el único rancho en el que ha pasado, ¿recuerdas que los Pulsifer tuvieron que vender? —comenta Tracy mirando a la anciana.

—Pero ¿qué fue lo que pasó entonces? —insiste Aziraphale.

—Hace cinco años, mi hijo y algunos de los chavales viajaban a vender las cabezas de ganado a Blackwater, después de los mercados de Armadillo, porque ahí se pagan más caras a pesar del viaje, pero los asaltaron al cruzar Tall trees.

—Oh… ese bosque. Siempre han dicho que está plagado de forajidos, hasta las líneas ferroviarias se desvían siguiendo el curso del río para evitarlo —Aziraphale asiente haciendo un gesto con las manos como dibujando el recorrido del tren en un mapa.

—Y algunos funcionan con "mecenas privados". Son una verdadera mafia —protesta Agnes.

—¿Se sabe quiénes? —pregunta el rubio.

—Claro que no —responde Crowley, saliendo de su rinconcito y volviendo a la mesa—. Ellos entre ellos saben cómo se organizan, pero a la que atrapas uno rara vez admite para quien trabaja. A veces ni con reducciones de condena. Todos saben que el que cante va a tenerlo jodido cuando salga del talego. Si es que los otros no consiguen matarlo incluso aun ahí dentro.

—Pero, entonces ¿cómo saben…? —sigue Aziraphale.

—Pues porque es obvio, muchacho. Es un nido de cucarachas. A la que levantas una piedra salen mil corriendo hacia todas direcciones —explica la anciana ilustrando el hecho con gestos con los dedos—. Pero la justicia se mantiene sospechosamente ciega.

—Y espera a que se meta en el gobierno —comenta la jovencita.

—Eso me pasó a mí también —admite Aziraphale—. Vengo viajando de Saint Denis y nadie ha querido tomar mi caso.

—Ni van a hacerlo —le previene la mujer madura, echando estofado de la olla en unos cuencos y sirviéndolo a todos alrededor de la mesa—. A la justicia no le importa lo que suframos la gente de a pie.

—Y no es solo eso —añade Anathema—. Como saben que estamos completamente desprotegidos intentan cobrarnos cuotas para "protegernos".

—¿Los forajidos? ¿Protegerlas? —Aziraphale levanta las cejas.

—Más bien es a cambio de no atacarlas —específica Crowley—. Si no pagan acaban quemándoles los cultivos o envenenando las fuentes.

—Habla como si los conociera a la perfección —nota Aziraphale.

—Pues sí, Fell, este es mi trabajo —se encoge de hombros.

—Así que en realidad no hay manera de realmente demostrar el enlace entre los Archangel y las bandas de maleantes —resume—. Más que con rumores y suposiciones.

—¿Cómo sabe usted que fueron ellos quienes mataron a su esposa? —pregunta Tracy.

—De hecho, no lo sé —suspira—. Supongo que mi ti… —empieza y Crowley carraspea exageradamente cortándole, como si estuviera atragantándose para luego mirarle fijamente y negar con la cabeza—. Que el señor Archangel no fue personalmente a poner el veneno en la copa de mi Muriel, porque no creo que él fuera a exponerse de esa manera.

—¿La envenenaron?

—Sí, hay hasta un informe forense falsificado diciendo que murió de unas fiebres desconocidas. Lo tengo aquí en el maletín.

—¿Cómo sabes que es falso? —pregunta Crowley.

—Pues porque no hace ningún sentido, ella no estaba enferma antes, pero se inventaron una historia clínica y ahora no puedo demostrar que es falsa porque Muriel ya no está, aunque sea evidente para todos los que la conocíamos que ella no mostraba esos síntomas.

—Tal vez si alguien atrapara al líder de alguna de esas bandas, podrían demostrar todos esos negocios turbios —propone Anathema mirando a Crowley, que traga saliva.

—B-Bueno, pues claro, pero no te creas que no hay gente buscándolos por todo el país. Se dan por ellos las mayores recompensas, pero nadie está seguro de quienes son —asegura el pelirrojo.

—Dicen por ahí que todos los miembros de la banda se hacen tatuajes y que se hacen llamar los Diablos.

—Eso solo son cuentos de viejas, ¿por qué iban a hacerse todos tatuajes para que las autoridades puedan identificarlos? —protesta Crowley más nervioso todavía.

—Supongo que para reconocerse entre ellos —valora Aziraphale—. Si dice que se matan entre ellos en cuanto capturan a uno que sabe más de lo que debería tendría sentido.

—De todos modos, tampoco hay mucho que se pueda hacer —suspira Tracy—. Le recomiendo que se tome esto con tranquilidad y que se vuelva a su casa a disfrutar de la vida que le queda.

—Tal vez me ayudaría… ¿tienen copias de esos documentos? ¿Libros de registros de las cabezas de ganado que iban a vender y de las ofertas por el rancho o de protección?

—Sí, hay algunos documentos guardados, permítame que vaya a buscarlos —asiente Anathema yendo a ello.

Crowley decide salirse a fumar cuando se ponen todos a revisar los papeles porque no sabe en qué dirección va a ir todo esto ahora, pensaba que venir aquí haría entender a este hombre que no era el único viviendo una injusticia y que lo que la mayoría de la gente acababa por hacer era simplemente resignarse a ello, no remover cielo y tierra para ahora querer enfrentarse a una banda criminal peligrosa.

Saca el libro robado de su bolsillo interior mientras está sentado en el porche, alumbrándose con un farolillo bajo un cielo estrellado infinito y lee la portada "Viaje al Oeste, de Wu Cheng'en" No sabe lo que significa Wu Cheng'en, le parece algo como se diría en chino, sin que pueda saber que tan en lo cierto está de pensarlo.

Tampoco está seguro del todo de porque robarle un libro a este hombre o porque acompañarle siquiera, o sea, había unas pequeñas y verdes razones impresas también en papeles, pero… ¿sería solo eso?

Un rato más tarde oye un ruido que le hace esconder el libro y fingirse medio dormido en una mecedora de madera mirando al horizonte, cuando la puerta se abre para que salga Aziraphale.

—¿Señor Crowley? —pregunta este suavemente, a lo que el pelirrojo levanta la mirada y mueve un poco la mecedora en la que estaba—. Dicen las chicas que será mejor que pasemos aquí la noche, tienen varios cuartos en la parte de atrás y ya está muy oscuro para regresar hoy a Tumbleweed.

—Eso está bien, Fell, ve a disfrutar de tu merecido descanso —le sonríe y hace un gesto con la mano.

—Me estaba preguntando… —empieza el rubio ignorando la recomendación y sentándose en otra mecedora—. ¿Qué opina usted de todo esto?

—¿Quieres mi opinión profesional? —le mira de reojo, por encima de las gafas de sol.

—Quiero… —vacila un poco—. Saber qué le diría a un amigo —admite mirándose las manos porque la verdad es que se han sentido terriblemente solo en todo este viaje.

—Oh, ¿ahora quieres que YO sea tu amigo? —levanta las cejas.

—Bueno, tampoco hace falta ser grosero —protesta, haciendo por levantarse.

—¿Les hablas de usted a tus amigos? —pregunta, deteniéndole y este pone los ojos en blanco.

—Quiero saber qué opinas, Crowley. Solo eso —le mira de reojo.

—Que estás jodido, eso opino. Y que tendrías que estar loco si crees que tienes alguna posibilidad en todo esto —suspira—. Pero todo el mundo lo está y nadie hace ni mierda justamente por lo mismo… Y eso tampoco parece estar funcionando.

—Ni siquiera estoy muy seguro de por dónde empezar… —confiesa.

—También pienso que debías quererla mucho —añade mirándole.

—¿A mi Muriel? Como a mi propia hermana —asegura.

—Qué cosa más incómoda que decir de la mujer con la que te acuestas, Fell —arruga la nariz.

—¡Que forma más burda de referirse a alguien! —protesta de vuelta—. Pero no. Muriel y yo… era un matrimonio concertado ¿Sabes? Por mi propio tío. Nunca la vi de ese modo, ni creo que ella me viera así a mí —levanta la vista hacia el cielo—. Pero éramos amigos. Era mi mejor amiga.

—Oh, este señor cada vez me cae mejor —responde tan sarcástico.

—¿Verdad? No entiendo porque ahí dentro dicen que defecarían en toda su familia, ahora me siento sucio —responde mirándole y sonriendo de lado… haciéndole reír.

—No te lo dije antes de entrar, pero justo por eso es mejor que mantengas en secreto ese detallito —asiente.

—Oh, bueno, me parece que hay un par de cosas que no me dijiste antes de entrar… ¿Sabes que aún tengo los pies mojados? —protesta, haciéndole reír de nuevo.

—Pero es que… ¡tu cara al ver el huevo!

—No, y me han desplumado otra vez ¡a este paso no tendré ni para el viaje de vuelta a Saint Denis! —vuelve a protestar, sonriendo.

—Tranquilo, si es para que te largues, hasta podría rebajarte la cuota —le mira sonriendo de ladito.

—Oh, es bueno saber que aún estamos abiertos a negociación —sonríe de vuelta y de repente se hace un pequeño silencio entre ambos. Aziraphale vuelve a mirar el cielo—. Esto sí voy a echarlo de menos. No hay cielos como este en la ciudad.

—Tal vez a eso deberías aspirar: tener un pequeño rancho, algunas cabezas de ganado y un trozo de tierra donde caerte muerto. Así podrías vivir al margen de tu familia y… escribir… o lo que sea que hagan los insoportables señoritingos de ciudad en su tiempo libre.

—¿Eso es con lo que tú sueñas, Crowley? —pregunta y el pelirrojo se sonroja, atrapado—. Es muy difícil saber lo que estás pensando si sigues llevando esas gafas que te tapan los ojos a todas partes. Ni siquiera hay sol ahora.

—¿Y de que te quejarás si me las quito? —bromea de nuevo intentando desviar el otro tema que le ha parecido demasiado personal.

—Oh, no te apures por eso, seguro se me ocurrirá algo. Se me da especialmente bien —responde sarcástico.

—Ja, ja, ja —finge reírse y se levanta—. Será mejor que descanses por ahora. Mañana podemos volver al pueblo y con la cabeza un poco más clara, hacer un plan.

—Ah, sí, claro. Uhm… Buenas noches, Crowley.

—Que no te coman las arañas, Fell —se despide, sonriéndole de ladito, con un gestito de su sombrero y yéndose para dentro.