4. Acampada
A la mañana siguiente, Crowley se levanta perezosamente el último porque él no cree en las mañanas, pero cuando sale por detrás de la casa para ir al excusado, se encuentra a Aziraphale sentado en el lugar al abrir la puerta bostezando.
Crowley parpadea un par de veces mientras su cerebro aun medio dormido procesa lo que está viendo.
—Pero ¿qué? ¡CIERRE LA PUERTA, BOTARATE! —grita Aziraphale tomando la manija y tirando de ella, sacando al de negro de su estupor.
—¿Cómo me has llamado? —pregunta una vez ha soltado la puerta y está ya está cerrada.
—Botarate, pero ¿qué se ha creído abriendo la puerta de esta manera y sin golpear primero, no ve que hay tres damas en esta casa? —le riñe a través de la puerta—. Es tan fácil como hacer esto —hace una tonadita en ella desde dentro con los nudillos—. ¿Lo ve? —la repite—. Uno hace esto primero y así la otra persona sabe que está tras la puerta y quiere entrar.
—Pues, ehm… —vacila levantando las manos de manera inocente—. Lo siento, ¿vale? Ha sido sin pensar.
—Sin pensar es como lo hace todo, eso desde luego —sigue protestando.
—Ya me he disculpado, no sé qué más quieres —protesta de vuelta apoyándose en el costado de la caseta, brazos cruzados mirando hacia el establo donde los caballos están por ahí pastando.
Aziraphale no responde nada a eso durante unos segundos.
—Bueno ¿y qué? ¿Te vas a tardar mucho? —pregunta después de un rato mirando a la puerta de reojo.
—Me voy a tardar lo que necesite —protesta el rubio, haciendo bufar a Crowley.
—Si te hace sentir más tranquilo, ni siquiera he visto nada.
—¡Solo faltaría que hubiera usted visto algo! —exclama indignado.
—Bueno, salvo esa peca que tienes en la ingle… —se inventa, la verdad, solo para irritarle.
—¡Señor Crowley! —vuelve a protestar apretando los ojos.
—Solo digo… —se ríe un poco.
—No me está ayudando que esté ahí hablándome, váyase a desayunar o lo que sea.
—¿Es en serio? No te hagas pajas en el baño común, Fell. ¡Solo hay uno y es de todos! —protesta.
—No estoy… pero ¡¿qué se ha creído usted!? —la indignación otra vez.
—Solo digo que no suena como si estuvieras haciendo lo que se supone que la gente hace ahí dentro…
—¡A lo mejor si no me estuviera hablando todo el tiempo podría yo hacer lo que tengo que hacer!
—Vaaale, vale —Crowley suspira callándose otra vez unos segundos, pero es que por algún motivo… no puede—. Aunque como empieces a gemir sí que voy a oírte.
—¡Por el amor de Dios! —vuelve a protestar haciéndole reírse otra vez y se quedan callados de nuevo.
—Bueno, pero ¿y qué tanto haces? De verdad, tenemos que empezar a comer más verdura —vuelve a protestar Crowley.
—En serio, disfruto del humor escatológico como el que más, pero… —bufa Aziraphale.
—Es que llevas ahí como una hora.
—Ay, por favor… —vuelve a protestar—. Váyase, de verdad se lo pido.
—A cagar al campo con las vacas me voy a ir como no salgas, ¿qué es lo que te pasa?
—N-Nada —vacila.
—Eso… no suena como nada. ¿Estás bien? ¿Estás enfermo?
—¡No! —protesta—. Es solo qué…
—¿Qué?
—Uhm… Bueno, solo váyase, ¿de acuerdo?
—No me voy a ir ahora que sé qué te pasa algo, ¡nunca vas a salir de ahí si me voy!
—Es que… Ugh.
—Suéltalo ya, Fell —insiste—. Si puedes, mejor en el agujero —no puede evitar bromear de nuevo.
—Ugh, no hay ninguna necesidad de ser así de grosero —le riñe.
—Fell…
—E-Es que no hay… —vacila, súper incómodo.
—¿Qué? —insiste, un poco desesperado.
—N-Nada con lo que… O-O sea…
—¿Eh?
—¡Pues para limpiarse! —confiesa apretando los ojos.
—¿Cómo no? ¿No hay un almanaque colgado en un clavo? —levanta las cejas.
—¿Qué? —pregunta el rubio mirando alrededor.
—El Almanaque, tiene que estar ahí en algún sitio —mira la puerta de reojo.
—Es… ¡Una publicación sobre festividades, calendario de cosechas y cuidado del ganado! —nota, encontrándolo.
—Eso es. Usa un par de páginas, lo hacen de un papel muy suave —asiente Crowley.
—No voy a usar… ¡Es una publicación! —protesta.
—¿Con qué se limpian el culo los señoritingos en la ciudad si no es con eso? —pregunta levantando las cejas.
—¡Pues con lanas! Esto es antihigiénico e irritante. Además de irrespetuoso, ¡es un texto impreso! ¡Prácticamente un libro! —protesta igualmente arrancando una página para llevar a cabo el proceso de limpieza. Esta trata sobre una enfermedad de las ovejas que sinceramente espera que nadie necesite consultar en el futuro. Luego se viste y finalmente sale del cuartito, fulminando al otro.
Crowley sonríe de ladito, burlón y le hace un gestito como si llevara el sombrero como saludo.
Aziraphale le mira de reojo y se arregla un poco el cuello de la camisa, levantando la barbilla y yendo a lavarse las manos en la fuente de atrás de la caseta, en lo que Crowley entra.
Para cuando el caza-recompensas llega a la cocina, están todos alrededor de la mesa comiendo huevos y hablando animosamente del tiempo, así que ahí va él a dar la vuelta a la mesa saludando a todos a sentarse también.
Anathema le sirve un plato con huevos, que él procede a rociar con el contenido del botellín que lleva entre la ropa.
—Anda, si serás ridículo —le riñe Tracy—. Como si no estuvieran lo bastante picantes.
—Nada nunca lo está —responde él sonriendo de lado.
—Cualquier día le va a dar una úlcera —comenta Aziraphale.
—Eso ya se lo hemos advertido todos —asiente ella para el rubio, haciendo que el pelirrojo ponga los ojos en blanco.
—Bueno… ¿y cuál es el plan? —cambia de tema Crowley—. ¿Nos volvemos a Tumbleweed?
—La verdad, me lo he pensado y… —Aziraphale se vuelve a Tracy—. Dijo que algún rancho vecino sí tuvo que vender, ¿verdad? ¿Podrían darme los nombres? Creo que sería bueno recopilar más casos.
—Sí, los Pulsifer, por ejemplo —asiente la mujer—. Y hay más, algunos lo vendieron todo y se fueron a vivir a Armadillo, otros simplemente intentan sobrevivir a pesar de las cuotas abusivas como pueden, con el agua al cuello en deudas.
—Tal vez si recopilamos los casos de todas estas personas… —asiente Aziraphale con eso—. Podemos llevarlas al senado de New Austin, a lo mejor conseguimos pruebas suficientes para que no pueda presentarse en Lemoyne.
—Entonces ¿planeas ir de rancho en rancho por todo el estado? —pregunta Crowley.
—¿Tiene algo mejor que hacer? —le mira de reojo con eso y este se encoge de hombros.
—Le haré un mapa con algunos ranchos de la zona que conozco —propone Tracy levantándose para ir por ello.
—Muchacho —Agnes llama a Aziraphale, mirándole fijamente con su mirada densa y este la mira, sintiendo la intensidad y tragando saliva—. Si de verdad consigues esto… Dios esté contigo en tu viaje.
—Ah… ¡Ah! G-Gracias, señora —asiente con la cabeza.
—¡Y tú! —se gira a Crowley, riñéndole—. ¡Más vale que lo cuides y le ayudes y lo trates bien, que eres un gamberro!
—¿Por qué me gano yo un regaño? ¡Ni siquiera he hecho nada! —se defiende.
—Tú ya sabes por qué te lo digo —ella sigue comiendo como si nada.
Tras casi una hora de preparativos y recoger más tarde, habiéndole explicado a Aziraphale donde están los ranchos en el mapa y habiendo surtido a Crowley de comida sin chile que él consideraba para el ganado, es que ambos vuelven a reanudar la marcha en sendos caballos.
—Parece que les has caído bien a las Device —comenta Crowley—. Hay que reconocerte el mérito por ello.
—Ay, que exagerado, son encantadoras —le mira de reojo e igualmente sonríe porque la gente suele pensar que es raro y se sienten incomodos a su alrededor, así que caerle bien a alguien no pasa tan a menudo.
—¿Te parece? Veremos cómo te va en otros ranchos…
—¿Porque iba a irme mal? —le mira de reojo.
—No sé, no todo el mundo es tan paciente —se encoge de hombros.
—Aunque no lo crea, señor Crowley, yo puedo ser una persona muy diplomática.
—Salvo cuando hay asuntos de... evacuación implicados —hace un gesto un poco grosero con las manos para indicarlo, volviendo a sacar el tema de esta mañana en el excusado, porque quiere disculparse por eso, pero lo único que le sale decir son burlas.
—Ya, ya —frunce el ceño—. Como dijo usted, ojalá pudiéramos olvidar el tema.
—L-Lo que digo es que fue un accidente —aparta la cara y el rubio le mira de reojo, entrecerrando los ojos porque no sabe sí... el pelirrojo carraspea—. ¿Dónde vamos primero?
—Al rancho de los Pulsifer, dijo usted que eran sus amigos.
—Lo son —asiente y sonríe un poco.
—Bien, esto será fácil entonces —sonríe complacido y vuelve a comprobar su mapa y a mirar el camino.
El Rancho de los Pulsifer es parecido al de las Device, salvo que con menos estrellas y lunas y esoterismos y más chavales jóvenes montados a caballo sin camisa que hacen carraspear y apartar la mirada a Aziraphale más veces de lo que sería requerido.
Crowley se baja del caballo yendo a saludar a los dueños con un apretón de manos y un abrazo, bromeando sobre un par de cosas que el rubio no entiende y luego tiene la desvergonzada iniciativa de presentar a Aziraphale cuando este está aún embobado apreciando... l-los hermosos ejemplares que tienen por ahí.
Sí.
Eso.
¿L-Los caballos? Ah, sí, que hay caballos. Ejem. Muy bonitos también.
Y es que nadie iba a querer leer un Western en el que no hay... "Caballos" de piel bronce... P-Pelo. Digo... pelo. Pelo brillante, resplandeciendo al sol mientras se les marcan todos los músculos al moverse y cabalgar y... ¿Sabes qué estaría bien? vamos a tomarnos unos minutos a solas con los "caballos" para... lavarnos la cara y... Bueno. Ahora volvemos, ¿vale? vale.
¿Ya? ¿Todos bien? Bien.
Los Pulsifer les ofrecen un café y pasar dentro a la sombra. El rubio se resiste un poco porque estar encerrados en el interior con el buen día que hace sería un crimen y bien pueden hablar de lo que sea aquí afuera... P-Pero... Sí, vale, mejor será ir dentro si no quiere volver a perder el hilo de sus pensamientos por séptima vez.
La situación de los Pulsifer es parecida a la de las Device: otros personajes, otras ofertas, pero los mismos villanos y modus operandi: Un ataque desafortunado a manos de un grupo de bandidos organizados hasta llevar a la ruina a los propietarios.
Posteriormente la aparición de un ángel salvador en forma de las "Inversiones Archangel" dispuesto a comprarles el rancho por un módico precio, pagar los daños y subcontratar a todo el personal... y todo a cambio de un irrisorio alquiler.
Aziraphale se hace con una copia de los contratos de compraventa y posteriormente de alquiler, notando que están todos firmados por el mismo banco en Armadillo.
Cuando terminan con la historia se despiden de los Pulsifer, iniciando la macha nuevamente.
Van a ir pasando por todos los ranchos y plantaciones de Cholla Springs y Río Bravo, en unos cuantos días de camino, hasta que Aziraphale decide que ya hay suficiente.
—Creo que podríamos ir a Armadillo ahora, quiero hacer una visita a este banco que ha firmado todas estas hipotecas y prestamos abusivos —comenta señalando en el mapa, abriéndolo en su regazo mientras montan lentamente.
—A mí no me importa, pero va a haber que acampar. Todo esto son campos de cultivo y montes yermos millas a la redonda —comenta Crowley señalando en el mapa con un dedo, desde su yegua.
—Oh. Ya verá que no, seguro encontraremos otro de esos asentamientos que aparecen y desaparecen a voluntad los muy desconsiderados —se burla un poco.
—Lo que tú digas —le fulmina igual.
—Ha ido bastante bien, ¿verdad? han sido todos muy amables —comenta cambiando de tema y mirándole. Este le sonríe un poquito y asiente—. Es una pena todo lo que les está pasando a esta pobre gente... porque son buenas personas, como mi Muriel. Es lo que más me enerva de todo esto.
—El mundo no es justo. Nadie te prometió que si eras bueno te pasarían cosas buenas. Y si lo hicieron, te mintieron.
Aziraphale le mira de reojo y suspira.
—Suena a que lo sabe por propia experiencia.
—Tal vez, pero ahora ya no tiene importancia.
—¿No? ¿Cómo acaba alguien siendo... en su profesión?
—La mala suerte y las malas decisiones ayudan —sonríe de ladito.
—¿Malas decisiones? ¿Cómo cuáles?
—Eh... digamos que, algunos arcos de personaje son más interesantes que otros.
—No planea contarme, ¿verdad? —le mira de reojo.
—¿Por qué iba a hacerlo? Solo estrictos negocios, ¿no es eso lo que les has dicho en los ranchos? —señala con el pulgar por encima del hombro.
—Ay, ¡no puede haberse usted ofendido por eso! —protesta.
—No tanto como de que me sigas hablando de usted a pesar de que el otro día convenimos que ya no lo harías.
—Es solo... Me resulta complicado —confiesa apretando los ojos—. No deja de ser usted...
—¿Un trabajador al margen de la ley? —pregunta para acabar la frase y Aziraphale asiente—. Es solo una forma como cualquier otra de ganarse la vida.
—En realidad, si lo ponemos en perspectiva, no es algo tan malo —hace un gesto con la mano—. Al final está... estás atrapando a personas que hacen mal a los demás. Es como si fueras un Sheriff.
—Sí, bueno, más o menos —carraspea incomodo con este tema.
—A no ser que aceptes trabajos de dudosa moralidad —le mira de reojo porque sí es algo que le preocupa.
El pelirrojo no le mira porque prefiere que piense que sí los acepta a que sepa que en realidad tiene un maldito código ético tremendo que sigue a rajatabla y que bastante le jode la vida a ratos.
—Pero ¿por qué no comprarse un rancho como decías la otra noche? —sigue Aziraphale, que no puede callarse ni bajo el agua—. Un palmo de tierra en el que en el que te entierren, o algo así medio dramático.
—No es el momento, el mercado está muy al alza debido a algunos monopolios —explica encogiéndose de hombros y sonriendo de ladito.
—Es mi tío, no yo —Aziraphale frunce el ceño.
—¿No? ¿De qué vives tú?
—P-Pues de la explotación de mi finca q-que...
—¿Haces tú con tus manitas perfectas y de manicura cuidada?
Aziraphale aprieta los puños escondiendo las manos y un poco los labios.
—N-No, pero... pago con parte de la cosecha a los trabajadores ¡Y unos buenos sueldos!
—Más bien parece que ellos te paguen a ti porque les permitas trabajar tu tierra —valora.
Aziraphale le mira unos instantes, azorado porque nunca lo había pensado así, pero no es como que no tenga cierto sentido.
—¿Te imaginas que yo fuera el que está haciendo las cosas buenas y tú las malas? —se ríe un poco Crowley.
—S-Será mejor no especular —vacila, nervioso y sin querer hablar de esto ahora y se adelanta un poco con el caballo.
—Ya, ya... cómo no —sonríe un poco de lado igualmente dejándole espacio.
Pronto llegan a un camino que sube por la montaña y ya no caben ambos caballos al lado del otro, así que Crowley se queda atrás y empieza a gritarle instrucciones sobre qué hacer o por donde ir con el caballo.
Aziraphale las... medio sigue y medio discute, quejándose de que no le está indicando bien cada vez que el caballo se resbala un poco o se meten por donde no es.
Logrando unos ojos en blanco y una discusión de vuelta sobre como él es el que lleva el mapa o sobre cómo es que no le está escuchando.
Tal como dijo Crowley, debido a los caminos complicados, empieza a anochecer antes de que hayan llegado a algún pueblo.
—Esto no tiene ningún sentido, ¡la distancia en el mapa es la misma! ya no podemos estar tan lejos —protesta Aziraphale.
—No es una cuestión de distancia, es que no se avanza igual en estos caminos —replica Crowley.
—Bueno, eso lo entiendo, porque además alguien no para de meternos en caminos sin salida, pero lo que digo es que si solo avanzamos un poco más...
—No va a servir. Si quieres subamos a ese monte —señala—. Y verás donde es que se encienden las luces. Pero igual había que ir buscando un lugar para pasar la noche.
—Pero ¿y qué hay de los forajidos y todo eso? —pregunta y asiente para que se suban donde dice.
—Pues con suerte no vamos a cruzárnoslos. Somos dos personas con dos caballos, no llamamos mucho la atención. Además, suelen preferir atacar a carruajes porque normalmente llevan más cosas que pueden usar o vender.
—¿C-Con... suerte? —le mira de reojo.
—Lo que digo es que, si hay por aquí algún grupo y nos ven, sí somos una presa fácil.
Aziraphale traga saliva con eso.
—Pero venga, Fell, no vas a cagarte en las bragas ahora con eso ¿no? —se ríe un poco.
El rubio solo le mira preocupado y no le contesta, porque la verdad es que sí tiene un poco de trauma con lo que pasó con sus padres y considera que lleva mucho dinero encima y que sí podría ser una buena presa para los bandidos.
—Mira, ellos... este es un lugar recóndito, ¿vale? aquí no viene nunca nadie más que a cazar. La gente sigue el camino por el valle y ahí es donde van a buscar a víctimas a las que asaltar porque las probabilidades de que haya alguien como tú aquí son bastante escasas.
—Pero ¿Y qué pasa si tienen sus guaridas por aquí?
—No seas ridículo, ¿qué guaridas?
—Pues los lugares en los que viven, como en Tall Trees. Dicen que ahí están las guaridas de las bandas organizadas.
—¿Te estás imaginando que viven EN EL BOSQUE? —se muere de la risa.
—¿No lo hacen? —le mira de reojo.
—¿Así los imaginas? Viviendo en cuevas por la montaña, con una esterilla y algunos cacharros para cocinar... lavándose en el río y haciendo pequeñas hogueritas por aquí y por allá...
Aziraphale se muerde un poco el labio porque le está haciendo sentir estúpido por haber pensado esto así, pero... sí, ¡así lo ponen en los cuentos!
—T-Tal vez en algunos refugios de montaña o con cabañitas... —intenta preservar un poco su dignidad, porque pues es que nunca ha intentado ponerse en el lugar de esta gente e imaginar que haría él si acaso tuviera que vivir así.
—Mira, no te digo que no haya algunos que lo hacen, sobre todo al principio... o si tienen deudas o realmente un problema gordo de juego o de bebida, pero no. La mayoría viven en Armadillo o en algún pueblo y hasta puede que tengan trabajos honrados.
—¿Que tienen TRABAJOS? ¿Y entonces para qué hacen esto?
—La vida a veces es mucho más complicada de lo que parece.
Aziraphale reflexiona sobre eso mientras llegan arriba del todo y Crowley le muestra algunas lucecitas que se ven abajo de los acantilados.
Entre los dos se sitúan en el mapa, viendo cada pueblo cual es y cuál es el camino más adecuado para bajar mañana, así que el rubio finalmente se convence que no va a quedar otra que quedarse a pasar la noche aquí.
—¿Has dormido al raso alguna vez? —pregunta Crowley buscando un buen lugar, que esté un poco escondido del viento.
—Cuando era pequeño... mi tío nos llevaba a mí y a mis primos en verano su casa de campo en Strawberry, en West Elizabeth. A veces nos quedábamos en la noche hasta tarde en el jardín a ver las estrellas y a contar historias —explica recordándolo mientras le sigue—. Miguel encendía un fuego y cocinábamos salchichas y golosinas.
—Mmmm... Esto no es exactamente lo mismo. ¿Era muy grande la casa de campo? —mira alrededor y se baja de su yegua en un lugar que le parece correcto, desensillándola.
—Oh, sí. Está junto a unas plantaciones de café de unas amigas mías, yo siempre iba a jugar con ellas y mi tío me decía que no me acercara porque no eran de mi clase —suspira bajándose también de su caballo.
—¿Por qué no jugar con tus primos? —sigue trasteando con la yegua para hacer lo que haya que hacerle a una yegua para que esté cómoda en una noche en el bosque.
—Ellos... son tres, Miguel es la mayor de los cuatro, me llevo ocho años con ella. Luego voy yo. Luego viene Gabriel que es dos años menor que yo y por último Uriel. Nunca les caí yo muy bien —explica ahí de pie sin hacer ni mierda él por su caballo.
—¿Miguel es una chica? —levanta las cejas.
—Uhm, bueno, se llama Micaela, pero no le gusta su nombre —se encoge de hombros.
Crowley le mira de reojo deteniéndose un instante porque ha oído... historias, pero naaah, no pueden ser esas mismas.
—El caso es que ellos... Gabriel siempre ha sido muy serio, por decirlo de alguna forma. Es el heredero de todo por ser el único varón y a Miguel eso le molesta bastante —sigue.
—Tienes que desensillar a tu caballo, no va a pasar la noche cargando eso —le señala Crowley, mientras saca su planta y la acomoda con el tiesto en el suelo en un lugar que le parece húmedo y confortable, poniéndole un poco de agua de su cantimplora.
—¿Qué? —vacila saliendo de su tren de pensamiento.
—Aziraphale. Queremos que esté lo más cómodo posible.
—Eso... Sí, definitivamente debería ser prioritario —sonríe.
—Estoy hablando del caballo —sonríe también, señalándolo.
—No veo porque una cosa se contraponga con la otra... —se encoge de hombros.
—¿Y qué planeas? ¿Qué te lo desensille yo? —le mira.
—Si fueras tan amable... Anthony —Aziraphale, el hombre, le hace la madre de todos los ojitos de cachorro.
—¿Qué coj... Q-Qué? —vacila, porque le ha llamado Anthony y luego bufa, volviéndose al caballo.
—Gracias, querido—responde Aziraphale yendo a buscar una manta para estirarla en el suelo en un lugar en el que le guste y le parezca que no haya muchas piedras, como si no acabara de pasar todo esto.
Crowley se queda con un palmo de narices, aun procesando el estúpido "Anthony" y ahí va a desensillar a Aziraphale, el caballo, bufando un poco y refunfuñando algo sobre los señoritingos pirrurris.
Aziraphale, el hombre, inclina un poco la cabeza porque no pensaba que fuera a conseguir esto así de fácil y por las buenas. Esperaba algo de resistencia, o que le pidiera un extra monetario, pero viendo que no ha sido así, aún sonríe más.
—¿Entonces? —pregunta Crowley acercándosele—. ¿Y nuestra hoguera de experto chico de... jardín-en-la-casa-de-campo?
Aziraphale le mira aun sacando piedras minúsculas de debajo de su manta como si fuera la princesa del guisante.
—¿Yo? —se señala a sí mismo, levantando las cejas—. Yo no voy a encender una hoguera, eso lo hacía Miguel.
—¿Y nunca aprendiste nada de tu prima, la marimacho? —ahí va a buscar palitos y ramitas.
—Además, para qué queremos una hoguera, ¿no teníamos que pasar desapercibidos?
—Pues en el caso de los animales, prefiero que nos vean y no se acerquen —explica, dando vueltas por ahí.
—¿A-Animales? ¿Hay lobos aquí? —le mira tan asustado con eso.
—Pues...
—¡No podemos quedarnos aquí! —protesta levantándose—. Además, ¡mira esto! ¡A cada que quito una piedra aparecen tres más!
—Sí podemos, el fuego va a ahuyentarlos —Crowley pone los ojos en blanco, acomodando las ramitas en una pirámide. Aziraphale bufa igualmente, nervioso y le mira de reojo.
—¿Y con qué vamos a hacer las tiendas? —pregunta.
—¿Tiendas? —Crowley le mira levantando la vista de los palitos.
—Pues para dormir, estoy cansado.
—No vamos a hacer ninguna tienda y ¡mucho menos en plural!
—¡No podemos dormir sin al menos un techo! ¿Y si llueve?
—Pues nos despertaremos y... nos joderemos, en general.
—¿Q-Qué? pero...
—Pero si se te ocurre alguna idea... —hace un gesto con la mano para indicar que, adelante.
Aziraphale frunce el ceño y su cansancio y ganas de no moverse entran en conflicto con su necesidad de unos mínimos estándares de confort imprescindibles.
Se levanta yendo a ver de qué materiales dispone en las alforjas de los caballos y toma una cuerda y la manta de Crowley.
Ata la cuerda de un árbol a otro y pone la manta por encima.
Luego busca cuatro piedras para mantener las puntas abiertas y sonríe admirando su obra.
—¿Lo ves? no es tan difícil.
—Esa es mi manta —nota el pelirrojo al girarse a mirar.
—Pues sí, pero así se hace un techo —manos a las caderas, tan orgulloso.
—Está bien, si es lo que quieres... yo usaré la tuya.
—¿Qué? No, necesito la mía para ponerla en el suelo, dentro de la tienda —ahí va a buscarla.
—¿Y qué esperas entonces? ¿Qué durmamos los dos ahí dentro?
—¡No! Tú... puedes dormir por ahí, con los caballos —señala algún lugar indefinido.
—Verás... No, gracias.
—¡No vas a dormir aquí dentro! —protesta estirando la manta dentro de su tiendecita y volviendo a jugar a quitar TODAS las piedras obsesivamente—. Eso sería incómodo.
—Bueno, devuélveme mi manta entonces y dormiré en mi lado del fuego —señala donde mientras empieza a preparar algo de comer.
—¡No! necesito las dos para que haya al menos un poco de tienda —señala la tienda.
—¿Sí notas el conflicto? —le mira fijamente.
—Está bien. Te compro tu manta —decide.
—¿Qué? ¡No seas ridículo, no puedo pasar la noche a la intemperie y cubrirme de billetitos! —protesta.
—Puedes pasar una noche un poco mala y mañana comprar más mantas en la ciudad. Dijiste que necesitabas el dinero —se encoge de hombros y Crowley se muerde el labio con eso porque... Bueno, sí le iría bastante bien el dinero.
—¿Cuánto me das por ella?
—¿Cuánto quieres? —Aziraphale sonríe triunfante.
—Todo lo que llevas ahí —señala el maletín.
—¿Qué? ¡Claro que no! casi podría comprar una casita pequeña en un pueblo con eso.
—Bueno, pues ve y hazlo... y luego, ya que estás, te metes dentro a dormir —se burla.
—No puedo darte todo lo que llevo, no llevo más.
—Bueno, puedes pasar una noche un poco pobre y mañana sacar más dinero en el banco de la ciudad —le devuelve imitándole el acentillo—. Dijiste que necesitabas la manta.
—Ninguna manta vale tanto dinero, ¡esto es un abuso!
—Claro, porque que yo duerma con los caballos no lo es.
—Tú estás acostumbrado, ¡para ti no hay diferencia!
—Eso no lo sabes.
—¿Me vas a decir que no has pasado infinidad de noches al aire libre después de cómo has encendido la hoguera? No te creo —la señala con la mano.
—No sin al menos una manta —se encoge de hombros, moviendo algo que está cocinando en una sartén.
—Bueno, pues no hay más mantas —vuelve a protestar.
—Exacto. No es el valor de la manta, es lo de lo que tienes y lo que necesitas. Estos son los recursos de los que disponemos y como más escasos más valiosos.
—Sí. Sí entiendo lo que es la ley de la oferta y la demanda —le fulmina acercándose al fuego con un tronco en el que sentarse.
—¿Entonces?
—Entonces... ¿qué vamos a cenar? —pregunta cambiando de tema porque no quiere seguir discutiendo de esto, a lo mejor si se hace el loco y se va a dormir primero alegando tener mucho sueño persuada al pelirrojo de seguir siendo así de abusivo al dejarle sin tener más remedio que dormir con los caballos.
—Judías picantes al estilo de New Austin —sonríe mostrándole la amalgama naranja y roja cociéndose en la sartén. Aziraphale arruga la nariz.
—¿No nos dieron unas salchichas en alguna de las casas? —ahí se va a buscarlas.
Crowley le mira de reojo mientras va y luego mira la tiendecita apretando los ojos porque... Algo va a tener que hacer con eso. ¿Meterse dentro igualmente con él? Ugh. Probablemente sería lo más sensato, porque además las noches en este clima medio desértico con frías, pero es que eso implicaría... dormir con él. MUY cerca. No está seguro de que tengan esa clase de relación.
O sea, es un grano en el culo y seguro le acusa de quién sabe qué, ¡si ni siquiera le importa que se muera de frío!
Podría robarle la manta una vez se haya dormido y ponerse a su lado del fuego como planeaba hacer desde el principio... y luego oírle quejarse el resto del día y tal vez decidir prescindir de sus servicios.
Definitivamente no quería eso. Necesita el dinero, maldita sea.
Además, le... cae bien este idiota. De algún modo, con sus estupideces de señoritingo y sus comentarios mordaces.
Ugh, Crowley, no te encariñes de tus clientes, esto nunca sale bien.
Aziraphale rebusca y acaba sacando dos salchichas volviendo a la hoguera con dos palos de madera bastante limpios que le han gustado, sentándose de nuevo frente a Crowley y poniéndolos a quemar para esterilizarlos antes de clavarles las salchichas.
—Judías con salchichas, casi no parece una comida de campo.
—Y estoy casi seguro de que he visto menta ahí abajo.
—No es menta, son ortigas —le advierte.
—Claro que no, es menta. Si se huele hasta aquí —se levanta.
—De verdad, ¿Alguna vez has visto menta en algún lugar que no sea el té?
—En mis clases de plantas medicinales y además acabo de verla aquí —insiste, yendo para allá.
—El antídoto está en la silla de Bentley. Es un bote con un contenido amarillo que parecen meados.
—No voy a necesitar antídoto alguno porque n... ¡AU! —chilla llevándose la mano a la boca.
—Sigue, sigue a lo tuyo que pareces súper hábil en todo —se burla Crowley mientras Aziraphale se va a donde le ha dicho a buscar el bote, bufando.
—No son ortigas, es que me he pinchado con algo —insiste, igualmente sentándose otra vez.
—Anda, trae aquí, que eso te ha dolido más en el orgullo que en la mano —se burla tendiendo la mano para que le dé el bote y ponérselo él.
Así que ahí va el rubio levantando la barbilla, pero tendiéndoselo.
Crowley le toma la mano y el bote observando las puntas de los dedos que ya están enrojeciendo un poco y le hace una caricia que hace parpadear a Aziraphale.
Nota las manos del pelirrojo mientras le aplica el ungüento, todas nudosas, secas y con cicatrices, de piel más clara que las suyas, largos dedos y con pecas en el dorso. Son solo... U-Unas manos. Masculinas. No hay nada especial en ellas, ni siquiera son suaves o están muy limpias... ni son distintas a como las imaginaba, así que no hay motivo alguno por el que temblar un poquito o tragar saliva.
Y como no hay motivo para ello, no pretende hacerlo. Ni por un segundo. Está muy tranquilo con todo esto y no podría importarle menos porque en realidad, pues ni ortigas eran, no tiene ningún sentido nada de todo esto y ya debería Crowley de parar y hacer algo útil para vari...
Se le corta el tren de pensamiento cuando Crowley le suelta y le sonríe.
—Mi diagnóstico es que lamentablemente vas a sobrevivir.
Aziraphale recoge su mano, cerrando los dedos sobre el pecho y se la acaricia un poco con la otra porque... es que no hay una cosa que el pelirrojo haga bien, mira que soltarle tan pronto. Le frunce el ceño.
—No te apures, en como diez minutos podrás intentar convencerme de nuevo de que sabías perfecto lo que hacías y, de hecho, las ortigas nunca te picaron —sigue el otro, retirando ahora la comida del fuego.
Aziraphale bufa un poco tomando su salchicha con la otra mano porque además ¡Está herido! y lo único recibe son burlas.
—Pues que sepas que de las ortigas se hace una sopa muy buena.
—Supongo que si son la última planta sobre la faz de la tie... —a Crowley se le muere la palabra en la boca, porque ya ha notado antes que Aziraphale come de manera... peculiar.
Lentamente y haciendo algunos soniditos un poco guturales, pero es que ahora además está comiéndose una... salchicha.
Esto tampoco es un motivo válido para que nadie carraspee apartando la vista y se revuelva en su asiento o haya necesidad alguna de usar la palabra "obsceno" en ninguna acepción.
El rubio levanta la vista aun con el ceño fruncido y nota un poco... ¿El sonrojo?
¡No está sonrojado, Fell! Es que llevan varios días cabalgando por el desierto y él es especialmente sensible al sol. No seas ridículo. Ejem. Ejem.
El de blanco inclina un poco la cabeza sin acabar de entender está reacción y que de repente no le mire a los ojos, mientras el pelirrojo lucha por no preguntarle si alguna vez se ha comido una buena polla.
Crowley acaba engullendo sus judías casi sin masticar y habiéndose olvidado por completo de hasta ponerles chile.
Sigue luchando por mirar y no mirar a Aziraphale. Es hipnotizante, como ver a un desfigurado, pero definitivamente tiene un componente erótico que le pone los pelos de punta. Acaba por levantarse y lo que solo puede definir como HUIR con una pobre excusa a base de gruñidos y sonidos indefinidos.
Algo sobre el caballo. O el río. O lo que sea, pero más para allá, ¡porque tienes que estar interrogándole!
Aziraphale suspira acabándose su cena y comiéndose la salchicha de Crowley. O-O sea, la de carne, es decir, la… caliente. La que le gust... ¡La que ha dejado ahí!
Piensa en este asunto de Crowley tocándole las manos y lo muy... uhm, insignificante y poco digno de mención que había sido. Nada relevante. Completamente fútil y falto de interés en su totalidad.
Se acaricia de nuevo la mano a si mismo hasta que su pensamiento se desvía a su tío, el banco y en que es probable que no pueda sacar nada de Armadillo.
Seguramente ha encontrado algún vacío legal de algún modo o está haciendo las cosas estrictamente dentro del margen, probablemente desviando fondos para evitar impuestos o incluso blanqueando dinero de negocios fraudulentos.
No sabe cómo va a conseguir las pruebas que demuestren todo eso ni hasta donde realmente llega la red de corrupción, pero siente que solo está empezando a ver la punta del iceberg.
Y además está el tema de como denunciarlo, si las comisarías ya le habían negado ayuda por la denuncia por asesinato, todo este caso era un despropósito.
Se mete dentro de la tienda con una velita, quitándose las botas y decidiendo revisar los documentos que han recopilado a ver si al menos se duerme.
Crowley no tarda en regresar de donde fuera que estuviera, fumando y pensando también en este asunto... o más bien en el suyo propio.
¿Dónde se estaba metiendo? Aziraphale era un ingenuo y un soñador pensando que podía conseguir algo con todo esto y él se había prometido a si mismo que lo único que quería era sacarle todo el dinero posible y luego largarse si las cosas empezaban a ponerse feas.
Mira la tienda de reojo donde el rubio está metido, durmiendo, descalzo, tapado con los papeles que leía, con sus gafitas puestas y la velita encendida.
Se acerca al fuego poniendo un par de troncos más y luego vacila, mirando a Aziraphale de reojo... finalmente le apaga la velita de un soplido intentando no despertarle y se vuelve al fuego.
Con un palito juega poniendo las brasas de otro modo y piensa en... ¿qué va a hacer ahora? No puede creer que haya acabado metiéndose en la tienda e importándole tres kilos de mierda todo lo demás al muy bastardo.
Se desquita un poco de nuevo con las brasas golpeándolas con fuerza con la punta del palo.
Luego se pone los ojos en blanco a si mismo pensando en quitarle las gafas y ponerlas en un ladito y recogerle un poco los papeles para que no se arruguen. ¿No quieres también arroparle un poco y darle un besito de buenas noches? Ugh.
Bueno, pues si a él le iba a tocar dormir en el suelo sin siquiera una manta por lo menos que se le clavaran las gafas en los ojos al muy imbécil.
Se levanta y camina un poquito pateando una piedra y protestando porque es que Aziraphale ha sido un grano en el culo desde Tumbleweed, con sus estupideces, discutiéndole todo y no escuchándole en nada como en este asunto de las ortigas.
Más le valdría ahora mismo montarse en Bentley y hacerla cabalgar lo que quedaba hasta Armadillo y dejarlo ahí abandonado a su suerte si acaso era tan listo.
Se discute a si mismo de nuevo sobre sus necesidades monetarias y se acerca a la tienda de nuevo.
Vuelve a mirarle y suspira, quitándole las estúpidas gafas, recogiéndole los jodidos papeles y sacando por debajo de la tienda un palmo de manta para acostarse él en este, en la parte de fuera.
Tras un rato, consigue dormirse él también.
Cuando un par de horas más tarde el fuego se apaga, Crowley empieza a temblar y Aziraphale, que también tiene frío, se acerca a abrazarle buscando calor en sueños.
Unas horas más tarde, de madrugada les despiertan unos disparos.
Ni siquiera tienen tiempo de notar que estaban abrazados. Crowley le asegura que en el mejor de los casos solo seran cazadores.
Exaltados, confundidos y asustados se mueven de un lado a otro. Crowley corre a ensillar los caballos mientras Aziraphale recoge sus papeles.
—Vamos, Fell, ¡hay que irse! —le insta llegando donde está, aun recogiendo cosas—. No hay tiempo de esto, ¡venga!
—Pero es que no sé qué hice con mis botas y la manta...—da una vuelta alrededor.
Crowley estira de su manta en la cuerda y la hace una bola sobre su regazo, luego le señala hacia la dirección en la que se oye un grupo de hombres a caballo acercarse.
Aziraphale levanta las cejas y se tapa la boca porque tienen toda la pinta de bandidos.
El pelirrojo le tiende una mano al rubio para que se suba corriendo al otro caballo.
—¡Voy descalzo! Y mi cuerda... ¡y mi manta! —protesta Aziraphale, pero Crowley tira de él para cabalgar fuera de allí.
—¡Ya te comprarás unas en Armadillo!
—Esto es de lo más irregular, ¡ni siquiera he podido ir al baño! —continua el rubio, siguiéndole como puede.
—¿En serio? ¿Habrías preferido que te despertaran suavecito y con una taza de café? —pregunta Crowley retóricamente escuchando a ver si acaso oye algo.
—No hay ninguna necesidad de ser desagradable —le devuelve mientras bajan la marcha y de repente Crowley se paraliza, palideciendo.
—Tengo que volver —anuncia, parando.
—¿Qué? ¡No! ¡Apenas si nos hemos escapado de milagro! —se detiene también, mirándole.
—No es pregunta. Sigue el curso del río y nos veremos en la entrada de la ciudad —señala por dónde.
—¿Pero por qué tienes que ir? son muchos hombres y están armados —le mira, nervioso, porque aún no se siente a salvo.
—He olvidado mi planta —explica y ahí se va cabalgando de vuelta.
—¿Que has qué? ¡Vamos, hombre, no me...! —protesta Aziraphale quedándose ahí con un palmo de narices mientras ve a Crowley largarse, ¿¡Cómo va a volver por una estúpida planta!?
Aziraphale, el caballo, bufa, porque a él también lo han despertado de golpe y se lleva a Aziraphale, el hombre, sobre su lomo hasta el río a beber un poco de agua.
Aziraphale, el hombre, se lo permite, pero enseguida que acaba le hace caminar hacia donde Crowley ha dicho, pretendiendo alejarse tanto como le sea posible no sea que vuelvan y si el pelirrojo quiere suicidarse rescatando una estúpida planta pues es su asunto, no es como que no le hubieran dicho en Tumbleweed que el tipo está loco.
Un poco más abajo es que, aun descalzo, se baja del caballo. Mea tras un árbol apretando los ojos intentando cubrirse con unos matorrales, pero es que se está clavando todas las piedrecitas en los pies.
Luego se acerca al río y se lava la cara y suspira, mirando a Aziraphale, el caballo, de reojo.
—Será mejor que vayamos a la ciudad —le da unas palmaditas en el cuello antes de volver a subírsele al lomo.
