5. Banco

Aziraphale llega a las puertas de la ciudad penosamente, tras un par de horas de camino y se espera en la entrada un rato, pero enseguida se pone nervioso y se cansa.

Tiene que comprarse unas botas, (y un par de mantas extra y una cuerda) ir al banco… posiblemente pasar por la biblioteca de la ciudad para consultar los periódicos y encontrar algún patrón entre los ataques de los bandidos… o a algo parecido que se había inventado sobre la marcha, el caso es que cualquier excusa era buena para ir a una biblioteca y, sobre todo, ir a desayunar.

Acaba por pedirle a una señora en una tienda junto a la puerta de la ciudad, que si ven a un hombre pelirrojo vestido todo de negro en un caballo negro y cargando con una planta le digan que se ha ido al banco… aunque probablemente él ya sepa a donde ha ido, lo habían hablado.

Lo primero es conseguirse unas botas nuevas, porque no puede ir por la ciudad descalzo como un pordiosero. Y luego irse a desayunar porque tiene un hambre que no puede ni pensar.

Una vez hecho eso se siente de infinitamente mejor humor, así que ahí se dirige al banco.

Es un lugar grande y espacioso, lleno de lujos. Se nota que es el banco central de la capital del estado y no un pueblito hecho de casas de madera mal puestas como Tumbleweed.

Las escaleras son de piedra blanca y las puertas son exageradamente grandes. Recorre todo el hall de la entrada hasta la caja tras unas rejas de latón pulido que las hacen parecer de oro para hablar con uno de los empleados.

Tiene que pelear con varios de ellos ahí dentro porque aseguran que no hay irregularidades en sus contratos y que todo es legal y está pagado a tiempo.

Alguno le admite que sí es un poco raro que los asesores de Inversiones Archangel estén siempre en el lugar correcto en el momento adecuado, pero eso es casualidad no causalidad y que no se puede atar una cosa con la otra.

Así que como no ganamos para frustraciones, sale del banco bufando por la nariz de manera un poco más exagerada de lo que es requerido y se topa con uno de los antes nombrados asesores de su tío.

Es un hombre bajito, de mediana edad y semblante preocupado.

—S-Sandalphon —levanta las dejas al reconocerle, apretando el maletín que lleva contra su cuerpo.

—Señor Fell! —parpadea este al verle también—. ¿Qué hace aquí?

—Ah, ahm… —mira alrededor y sonríe un poquito—. Bueno, definitivamente uno no viene al banco por un corte de pelo —añade bromeando y el otro le mira con cara de no tener ni idea de lo que le habla. Aziraphale traga saliva—. Uhm. ¿Y u-usted? ¿De vacaciones en el campo?

—No, negocios. Unos asuntos de su tío con unos impagos.

—Oh, suena a algo feo —responde nervioso—. Uhm, bueno. Ha sido un gusto verle —hay personas que mienten mejor.

—Pero ¿y usted? ¿Qué hace tan lejos de casa? Me dijeron que había muerto su esposa recientemente —pregunta entrecerrando los ojos.

—Oh, sí. Fue un caso muy triste… Yo necesitaba un poco de aire fresco. Pensar en otra cosa, no sé si me entiende —vuelve a sonreír de manera forzada.

—Ya veo… ¿Dónde dice que se hospeda? Tal vez podría comer hoy con usted y me pone al día sobre los asuntos en Saint Denis.

—Ah… Ehm, sí, me encantaría, pero lamentablemente no pensaba quedarme por aquí. Hoy mismo sale mi tren, así que en otra ocasión será —levanta las manos dando un par de pasos para rodearle.

—Señor Fell, creo que debería esperarse y viajar con nosotros. A mí mismo me han robado esta semana yendo por la carretera. Viajar solo es peligroso —le toma del brazo—. Su tío no me lo perdonaría si dejara que le pasara algo. Será lo más seguro.

—L-Le agradezco el ofrecimiento, Sandalphon, pero no voy de vuelta a Saint Denis, si no en dirección contraria —señala a un lugar cualquiera pensando en si deben ser los mismos bandidos que les han atacado a ellos esta madrugada.

—¿A dónde? No hay nada para alguien como usted al oeste, señor Fell.

—Uhm, bueno, tengo unos amigos en Tumbleweed y…

—De ninguna manera voy a permitir que se marche usted solo —Sandalphon hace un gesto con la mano para llamar a un par de sus ayudantes que escoltan a Aziraphale con ellos amablemente dentro del banco de nuevo, mientras este piensa que donde demonios debe estar Crowley, ya debía haber conseguido recuperar la planta… y se muerde el labio pensando en si acaso lo habrán matado.

Mientras les entran a todos a un despacho privado del banco y les hacen sentarse en unas sillas de cuero, se imagina a Crowley llegando con la estúpida planta, levantando las manos, sujetando el tiesto y penosamente arrodillado en el suelo con la pistola de alguien en la cara. Bufa un poco porque, aunque la escena suena completamente como de una novela barata, pues con sus padres pasó algo así.

Frunce el ceño porque es que no podría ser más estúpido, maldita sea, ¡en cuanto volviera a tenerlo delante iba a hacerle comerse esa planta como si fuera una ensalada! Porque obviamente no podía estar muerto, dijeran lo que dijeran sus pensamientos intrusivos, porque como estuviera muerto iba a ir personalmente al infierno a buscarlo… ¡y luego a hacerle comerse esa planta!

Estando sentado junto a Sandalphon y sus hombres, algo de la conversación con el chico del banco le hace salir de su tren de pensamiento cuando les está diciendo que, si los bandidos les han robado unos documentos importantes, tendrán que ir a su central bancaria a conseguir las copias, que ellos no pueden hacer nada.

Un par de ideas cruzan la mente del rubio en ese momento, tal vez podrían conseguir un sello y firma de un apoderado de Inversiones Archangel para conseguir esos documentos en Saint Denis. Aunque eso implicaba el riesgo de que los descubrieran cometiendo fraude y robo de identidad.

O tal vez… él llevaba un caza-recompensas. Aun sería mejor si Crowley podía dar caza a los bandidos y arrebatarles los originales.

Hace veinte minutos estaba imaginándole siendo disparado a bocajarro en la cara y con los sesos esparcidos por toda la montaña y ahora opinaba que si entre una cosa y la otra no le importaría a Crowley perder un minutito y mirar entre el botín de los forajidos para robar un par de cosas. Entre otras una manta extra si además era eso posible.

Después de que Sandalphon pelee un poco con el tipo del banco, porque todos los administrativos en cualquier época son un poco especiales, se levantan y le aseguran a Aziraphale que se marcharan mañana en el primer tren, que esta noche la va a pasar en el hostal en el que se hospedan ellos.

El rubio suspira, pero antes de irse se acerca al hombre del banco para decirle que probablemente venga un amigo preguntando por él y que por favor le digan que se han vuelto a Saint Denis esperando que al menos se subiera al siguiente tren disponible o algo así.

Se dispone a hacer lo que mejor le sale en la vida con Sandalphon por las próximas tres horas y media: ser un absoluto dolor de culo.

Cuando todos los ayudantes de Sandalphon han reevaluado sus elecciones vitales y se sienten realmente mal por no haber estudiado arte porque iban a morirse de hambre a pesar de que era su pasión en la vida, es que le dejan por fin leer a ver si se calla.

Están todos en una sala de estar del hostal esperando la hora de la cena.

Aziraphale lee en una butaca individual junto a una tacita de té, Sandalphon revisa unos documentos en un escritorio junto a él y hay tres o cuatro hombres aleatorios de aspecto más bien desaliñado y salvaje esparcidos por el cuarto, limpiando sus armas o jugando a cartas.

Entonces las puertas se abren de par en par. Una silueta se recorta contra la luz del exterior. Una silueta negra, con un poncho, unas botas y un sombrero que le oculta la cara al estar mirando al suelo.

Se apoya en el marco de la puerta con un brazo, tira el cigarro al suelo y luego se levanta el sombrero, mirando dentro y sonriendo. Hasta su diente de oro brilla.

—Hey.

Para cuando Crowley hace su entrada espectacular que todo el mundo esperaba, los ojos azules le miran por encima de sus gafitas de leer y el libro. De la misma manera los demás también detienen sus actividades para levantar la vista a la puerta.

—¿Le conocemos, caballero? —pregunta Sandalphon.

—¿Qué haces aquí? —añade Aziraphale casi a la vez.

—Evitar que te metas en problemas —se encoge de hombros y entra tropezándose un poco con sus propios pies—. Perdón, obviamente no he tenido una muy buena mañana —asegura recuperando la vertical.

—Mr. Anthony J. Crowley! —exclama alguien por ahí que le reconoce y el nombrado aprieta los ojos con eso.

—No nos pongamos sentimentales ahora —pide el pelirrojo haciendo una sonrisa forzada.

—¿Sabes quién es este tipo? —pregunta Sandalphon al que lo ha dicho, ignorándole.

—Claro, es el famoso caza-recompensas. Antes era el Serpiente, patrón —asegura este.

—No estoy en problemas…—sigue Aziraphale y se detiene a mirarle—. ¿Serpiente?

—Eh… ¿Tú no hiciste cosas estúpidas en tu adolescencia? —Crowley se sonroja un poco porque le avergüenza esto de los apodos que se ponían.

—Uhm… ¿de dónde sale? —continua el rubio como si este fuera el momento de hablar de esto.

—¿No te gusta? Es solo un apodo —se encoge de hombros y sonríe forzadamente.

—¿Conoce a este hombre, señor Fell? —pregunta Sandalphon sacudiendo la cabeza para salir de la conversación absurda que no amerita en este momento.

—Más me valdría que no —el rubio fulmina un poco a Crowley todavía y se levanta, cerrando su libro y dejándolo en la mesita mientras guarda sus gafas.

—La verdad, parecías requerir ayuda según me han dicho en el banco… —señala con el pulgar a su espalda.

—Claro que no, no seas ridículo —se pone su chaqueta y su sombrero, tranquilamente—. Lo tengo todo controlado, esta no es una historia de forajidos.

—¿Qué está haciendo, señor Fell? —pregunta Sandalphon frunciendo el ceño.

—Ah, ha sido una velada encantadora. Dele recuerdos a la familia, por favor —sonríe en lo que hace un gesto de saludo con el sombrero y sale por la puerta tranquilamente, con su bolsa en la mano.

—¿Qué? ¡De ninguna manera! ¡Detenedle! —protesta Sandalphon para sus hombres, señalando a Aziraphale.

Crowley le mira de reojo cuando pasa por su lado y pone los ojos en blanco, sacando su revolver el primero y apuntando a Sandalphon a la vez que todos los demás sacan los suyos apuntándolo a él.

Aziraphale sigue ensillando su caballo con parsimonia fuera y una bola de cardo rueda en la calle mientras todo el lugar se mantiene en un silencio tenso.

—Bien… despacito y con buena letra, vamos a quedarnos todos muy tranquilitos y nadie saldrá herido —asegura lentamente Crowley moviéndose un poco hacia Sandalphon.

Este le mira a él y a su revolver con la boca abierta y las manos en alto mientras todos los demás siguen apuntándole en silencio.

—Me… voy a llevar esto —asegura el de negro estirando la mano para tomar el libro que Aziraphale ha dejado en la mesita y tomándolo muy lentamente sin dejar de apuntar a Sandalphon y luego vuelve a dar un par de pasos hasta la puerta, de espaldas.

Los demás le siguen con la mirada y los revólveres apuntándole en completa tensión.

—Porque a estas alturas ya debéis saber que es puto imprescindible —bromea y cuando nota el pomo de la puerta a su espalda, golpea esta con el lomo del libro. La misma tonadita que hizo Aziraphale en el baño de las Device. Reza para que lo entienda.

Y tras unos infinitos segundos que parecen horas, la puerta se abre suavemente a su espalda. Cuando Crowley lo nota, sonríe y la empuja con el culo a la vez que dispara al aire esperando provocar el caos mientras sale.

Efectivamente hay un montón de disparos dentro de la habitación y Crowley toma a Aziraphale, el hombre, del brazo para montarse en Aziraphale, el caballo, lo más rápido posible, que no es todo lo que el pelirrojo querría porque maldita sea con el señoritingo torpe, pero por lo menos consiguen salir de ahí a toda prisa antes que los hombres de Sandalphon puedan recomponerse lo bastante para seguirles.

Crowley hace a Aziraphale cabalgar por las calles de la ciudad a toda prisa, casi atropellando a alguien que intentaba cruzar.

—¿Qué haces? ¡Ve con más cuidado! ¡Casi matas a esa pobre mujer! —le riñe Aziraphale cabalgando tras él y teniendo problemas para seguirle el paso.

—Por si no lo has notado, Fell, ¡casi nos matan y estamos huyendo! —protesta Crowley de vuelta.

—¡No hay necesidad de agravar el problema añadiendo imprudencias a la lista! —sigue protestando.

—¿Y qué coño esperas? ¿Un paseo por el parque? Que los hombres de tu tío digan "mira que graciosa forma de trotar tiene ese tipo al que nos han pagado por atrapar, será mejor que nos quedemos aquí contemplándolo huir lentamente contra la figura del sol del atardecer" —replica, sarcástico.

—Igualmente deberíamos parar un poco. Tenemos que hacer un plan —casi suplica.

—No vamos a hacer ni mierda de plan. El plan es colarnos en el primer tren que salga de la estación y rezar para que no nos noten —explica mientras justamente se dirige a la estación.

—¡No vamos a ser polizones! ¡Podemos pagar unos boletos! —exclama, indignado.

—No es una cuestión de dinero, es que no quiero que el taquillero les diga a esos hombres que nos ha visto —le mira de reojo.

Aziraphale suspira un poco porque eso tiene sentido, pero igualmente no le gusta la idea de colarse en el tren.

Cuando llegan a la estación el próximo tren en salir es el que va a Blackwater en West Elizabeth, el pueblo costero a orillas del lago Flat Iron.

Es un suicidio de tren, porque es un viaje de varias horas y bordea siguiendo el curso del río San Luís el estúpido bosque de Tall Trees en la noche, pero los ciudadanos adinerados de Armadillo están dispuestos a hacer el sacrificio para que el tren esté en la costa de madrugada para cargar el pescado fresco y poderlo comer recién pescado al mediodía cuando el tren esté de vuelta.

De todos modos, todas las bandas organizadas saben que el tren va medio vacío en su viaje nocturno y que lo que se requiere para detenerlo no vale la pena jugárselo por algunas exportaciones de Armadillo que quizás no cupieron en el tren de la mañana.

Crowley les hace dar toda la vuelta a la estación para llegar a ella desde las vías y saltarse el control del andén y va mirando los vagones a ver alguno que vaya medio vacío.

Con un palo de hierro de por ahí hace palanca con mano experta para romper el cierre de manera que se nota que no es la primera vez que hace esto y luego le hace un gesto a Aziraphale de que se acerque.

Ahí va el rubio, compungido en su caballo y caminando despacito mirando a todas partes, claramente incómodo de estar haciendo esto.

—¡Vamos, que no tenemos todo el día! —protesta arriándole, a susurros.

—Pero… ¿y la rampa? —pregunta cuando ve la puerta del vagón de carga abierta.

—¿Qué rampa?

—Pues la rampa para el ganado.

—No hay rampa para el ganado, Aziraphale va a tener que ser un chico muy fuerte y saltar dentro.

—¿Qué? No podemos ir en este vagón ¡es de mercancías!, los caballos no pueden saltar tanto y no van a ir seguros ahí dentro.

—Fell, nos estamos colando en un tren huyendo de los hombres de tu tío —vuelve a explicarle—. La seguridad es un lujo.

—P-Pero… ¿qué?

—Mira, aparta —ahí va Crowley a tomar carrerilla, toma aire profundamente para prepararse y hace galopar a Bentley hasta saltar dentro del vagón de manera un poco tortuosa pero efectiva—. Venga, ahora tú —le hace un gesto al rubio desmontando de la yegua.

—¿Quieres que yo haga eso? ¡No seas ridículo! —protesta Aziraphale, el hombre, y Aziraphale, el caballo, da un par de pasos adelante y atrás nervioso porque opina algo parecido.

—Si no lo haces, vas a tener que dejar aquí el caballo y comprar uno nuevo en Blackwater.

—¡No quiero comprar otro caballo!

—Pues ya me dirás qué planeas —responde el de negro yendo a meter a la yegua al interior.

Aziraphale, el hombre, se muerde el labio porque es que en realidad quedarse no parece ser opción, Sandalphon no parecía muy abierto a negociar, pero esto… va hacia el mismo lugar donde se ha puesto Crowley con Bentley, trata de mirar al tren con fiereza como le parece que ha hecho el pelirrojo y tomar aire para luego espolear al caballo con fuerza.

Aziraphale, el caballo, galopa hasta el tren y cuando, un segundo antes de saltar, Aziraphale el hombre, aprieta los ojos y tira un poco de las riendas por el miedo, este se para antes de golpear el costado del tren con el pecho, sin saltar.

—¡No hay manera! Vamos a tener que buscar una alternativa —lloriquea Aziraphale, el hombre, para Crowley.

El pelirrojo aprieta los ojos y se quita las gafas para masajearse el puente de la nariz con frustración.

—Vale, sube al tren con Bentley —le pide al rubio—. Y hazle caso en lo que te diga, ella sabe mejor que tú lo que se hace.

—¿Y tú? —se nota que el hombre de blanco se alivia un poco con esto, descabalgando de todos modos—. No pretenderás que vaya yo solo de polizón en el tren.

—¿Quieres mejor cabalgar toda la noche? —le mira de reojo tomando las riendas del caballo blanco.

El rubio traga saliva porque… no.

Crowley se monta en Aziraphale… y todos sonreímos con esa idea, él incluido.

Cuando Aziraphale, el hombre, se ha subido al vagón, le mira de manera un poco preocupada.

—¿N-Nos veremos en Blackwater? Cuidaré de Bentley mientras llegas.

—Esto es una locura —protesta Crowley—. Apártate de la puerta.

Y ahí va el hombre rubio a asegurarse de esconderse pensando que Crowley no quiere que le vean.

El pelirrojo le da unos golpecitos en el cuello al caballo blanco y se va a ir un poco más lejos que con Bentley porque no, es que tiene que intentarlo al menos, cabalgar hasta Blackwater toda la noche es una pésima, PÉSIMA idea.

—Mira…—Empieza a hablarle a Aziraphale mientras le acaricia el cuello—. Ya sé que no te gusto mucho, pero puedes confiar en mí, ¿vale? Es solo un pequeño salto de fe y te prometo que no soy tan malo como parezco.

El caballo da un par de pasos adelante y atrás, bufando nervioso.

—Sé que todo esto da miedo, pero eres lo bastante fuerte. Lo haremos juntos, tú y yo, como un equipo —sigue, pensando que todo esto podría decírselo también al hombre rubio. Traga saliva y sostiene las riendas con fuerza, volviendo a tomar aire antes de espolear al caballo.

La diferencia con el otro jinete es que Crowley solo mantiene su fe en el último segundo, confiando en el caballo y rezando para que lo logre en vez de tirarlo y probablemente partirle el cuello, así que efectivamente consigue meterlo en el vagón para azoro de Aziraphale, el hombre… y un poco también del caballo, para ser honestos.

Crowley fingirá que no se ha cagado un poco del miedo, pero no le iría mal cambiarse la ropa interior mientras va a cerrar la puerta del vagón desde dentro y luego a tender su manta en el suelo en donde pretende dormir.

—¡Lo lograste! —exclama Aziraphale, el hombre, que podría ir abrazarle en este momento del alivio de no tener que cruzar medio país solo y escondido, pero se reprime y solo le sonríe.

—Tú caballo es como tú, solo le falta un poco de fe —le mira de reojito y sonríe de ladito porque solo se lo dice para molestarlo.

—¡A mí no me falta fe! —protesta este, efectivamente molestándose.

—Vale… —suspira rindiéndose y yendo a sentarse por ahí en el suelo después de sacar algunas tiras más de carne seca y pasarle algunas a Aziraphale, porque está cansado.

—¡No me digas vale así! —este de nuevo protesta y mira alrededor porque es que… este suelo está sucio y… cielos, deberían encontrar un lugar en el que haya lavanderas. Pronto—. Sigo enfadado contigo por el asunto de la planta, además.

Crowley le mira de reojo.

—Te recomiendo que te sientes si no quieres caerte cuando el tren se ponga en marcha, los trenes de mercancías son mucho menos delicados que los de pasajeros.

—Sobre eso… ¿Cómo has…? Tengo un millón de preguntas. ¿Cómo sabías que Bentley podía subirse? ¿Y cómo sabías como forzar el cierre de la puerta?

Crowley vuelve a suspirar con eso porque siente que no le va a quedar más remedio que explicarle.

—Lo habías hecho antes, ¿no es eso? No puede ser otra cosa. Es por lo de ser la serpiente o como sea, ¿verdad?

—Es "El Serpiente" —le corrige.

—¡Ese no es el punto! —le riñe—. ¡Llevo semanas viajando por todo New Austin contigo! ¿Cómo no me dijiste esto antes?

—¿Me habrías contratado de haberlo sabido?

—¡Por supuesto que no!

Crowley abre las manos como si eso lo explicara todo y el tren se pone en marcha haciendo trastabillar a Aziraphale, que acaba cayendo de culo sentado como el pelirrojo ya le advirtió que pasaría.

—¿Estás bien?

—¡No me cambies de tema! —vuelve a protestar, indignado, el de blanco.

—No sé qué quieres que te diga —responde este mirándole fijamente por encima de las gafas.

El de ojos azules le mira de vuelta con fiereza por unos segundos y bufa porque es que quisiera golpearlo por ser tan idiota, hacerle comerse la estúpida planta por la cual ha estado preocupado todo el día de que lo hubieran matado, estrangularlo por haber tardado tanto en venir por él y… ugh. Darle las gracias y abrazarlo porque sí ha temido por un buen rato que no viniera, el muy imbécil y está estúpidamente contento y aliviado de que al final esté bien.

Crowley se quita el sombrero y se pasa una mano por el pelo mientras se come su carne seca porque cree que lo que quiere es que le confiese los crímenes de su pasado y la verdad, prefiere no hacerlo, gracias.

Y así, este prometía que iba a ser un viaje laaaargo.

Tras un rato, Aziraphale vuelve a romper el silencio.

—¿Recuperaste tu planta, entonces?

—Lo hice —sonríe con esa pregunta porque obviamente, lo que hizo, además de recuperarla, fue atrapar a un par de los bandidos por los que le dieron una buena recompensa, porque una cosa no quita la otra.

—¿Sabes, Crowley? —frunce el ceño y aprieta los labios con rabia—. Eres un… un… temerario —suelta después de pensárselo un poco.

—¿Qué mierda de insulto es ese, Fell? ¡Hasta tú puedes hacerlo mejor! —protesta.

—Y, aun así, gracias por ayudarme —añade ignorando las protestas, haciendo que el pelirrojo se sonroje un poco y bufe en desagrado—. Estoy empezando a darme cuenta de que notar las cosas buenas que haces te molesta más que los insultos.

—¡No seas ridículo! —pone los ojos en blanco intentando ocultar lo obvio.

—Y por otro lado… Como vuelvas a preocuparme de ese modo por una estúpida planta te aseguro que haré que desees que la jardinería sea tu oficio a tiempo completo —le amenaza muy serio señalándole con el dedo, haciéndole tragar saliva—. ¿Queda claro?

—Como el cielo de un día de verano —hace un gesto con la cabeza.

—Bien —busca en su chaqueta sin mirarle mientras Crowley piensa que este hombre da bastante más miedo que cualquiera de los idiotas que corren por la montaña como cabras.

Aziraphale parpadea, luego busca en su bolsa, de manera un poco desesperada y luego en su chaqueta de nuevo. Palidece y mira a Crowley con la boca abierta por unos segundos.

—¿Qué? —pregunta este al notar que le mira.

—No, no, no, esto es malo. Muy malo. MUY muy malo —asegura volviendo a rebuscar por todas partes y el pelirrojo levanta una ceja sin entender.

—¿Has perdido algo? —inclina la cabeza.

—¡Sí! Creo que me lo he dejado en el hostal de Armadillo, ¿cómo puedo ser tan despistado? —se lamenta y el de negro sonríe de lado buscando en su chaqueta—. Es el único libro que traía y… —se lamenta mirándole y se le abre la boca cómicamente, notando que está él sosteniéndolo en las manos frente suyo.

—A este invita la casa —Crowley sonríe de lado y lo pone en el suelo, empujándolo para que se deslice hasta la pared frente a él donde se ha sentado el rubio.

Aziraphale lo toma, luego mira a Crowley bastante impresionado, sonrojándose un poco y ni siquiera se acuerda de reñirle por tirarle así las cosas.

—Y no me des las gracias, es solo para que no me estés molestando toda la noche —continúa, nervioso, apartando la cara como si esto no le importara.

El de blanco aprieta el libro contra sí mismo abrazándolo como si fuera un peluche, o más bien como si fuera Crowley mismo mientras el pelirrojo le mira sin entender que hace y pensando que es un poco raro, pero bueno, por lo menos parece feliz.

—¿Sabes? Mientras construían la casa en la que íbamos a vivir Muriel y yo tras las nupcias, hice excavar un sótano a espaldas de mi tío para construirme una biblioteca secreta. Me gusta coleccionar libros.

—No me digas.

—Tengo algunos muy valiosos. Primeras ediciones, incunables y hasta un códice medieval que es un tratado de botánica que compré a un marchante de arte europeo.

—Supongo que eso es… más impresionante de lo que suena —valora no muy seguro de haber entendido siquiera de lo que habla.

—Bueno, tú eres una especie de neófito en esto —se encoge de hombros.

—¿Debo ofenderme por eso? —frunce el ceño.

—¿Ofenderte? —parpadea sin entender.

—Suena como a un insulto.

—No —se ríe—. Un neófito es una persona recién iniciada en un tema, especialmente en una religión.

—Ah…

—Como yo, en el mundo del crimen organizado.

—Ay, por favor —protesta finalmente notando por donde va.

—Solo digo que entiendo que no quieras hablarme de ciertas áreas oscuras de tu vida, como es natural, pero si la clave de todo esto es la confianza... —sigue, porque la verdad, esperaba que funcionara lo de hablarle de un tema del pasado para tirarle de la lengua, pero está claro que hay que usar métodos más contundentes con este hombre.

—Ok, ok. No vas a parar hasta que te lo cuente, ¿No es así? —se queja—. Solo… después que murieron mis padres yo acabé en un orfanato social en Van Horn, en New Hannover, de los que tu tío construye con tanto esmero y que tantos votos le consiguen.

Aziraphale arruga la nariz con ese asunto. Crowley suspira.

—Lo llevaban unas monjas y todo lo que pasaba ahí dentro era la máxima expresión de la miseria humana, así que al llegar a la adolescencia robar parecía obligatorio —se detiene y le mira—. No me malinterpretes, no soy una víctima de la sociedad, solo una persona que hace lo que puede con las cartas que le ha repartido la vida. Podría haber seguido un camino más recto, pero esto era más fácil.

El rubio se muerde el labio, porque dirá lo que quiera, pero está claro que es una obvia víctima de la sociedad y esto no debió pasarle nunca.

—Empezamos pequeño como empieza todo el mundo, hurtos por aquí y por allá en una bandita de chavales a cuál más patético y acabamos dándonos un garbeo por el lado salvaje, no sé si me entiendes.

—¿Eh?

—Me refiero a que hay un momento cuando tocas el fondo, que… volver a subir se hace casi imposible.

—Pero todo el mundo dice que cuando tocas fondo el único camino posible es hacia arriba.

—Oh, bueno, deberían pensarse mejor que existe la opción de caminar por el fondo en horizontal —hace un gesto con la mano—. Hacerse de algunas cajas para sentarse y unas mantas y acomodarse ahí abajo.

—¿Y entonces?

—Bueno… En realidad, es impresionante como el ser humano puede acostumbrarse hasta al peor de los infiernos.

—Mmmm… de todos modos, eso significa que… Por eso conoces tan bien a las bandas de cuatreros, ¿no? No porque seas tan buen caza-recompensas.

—Pues todo ayuda, en definitiva —se encoge de hombros.

—¿Alguna vez trabajaste para mi tío?

—Ehm… No directamente, pero es posible. Al menos que yo sepa.

—Pero eso significa que sabes cómo se organizan las bandas interiormente.

—Ah… esa parte… —Crowley vacila.

—¡Quizás podrías ayudarme en esto entonces! —sonríe esperanzado—. En el banco me dijeron que no había manera de hacer la conexión entre las inversiones Archangel y los ataques de forajidos, así que todo era entonces perfectamente legal… A no ser que alguien de las bandas criminales pudiera dar testimonio de que realmente estaban trabajando juntos. ¡Tú podrías ser esa persona!

—Eh… verás… —vacila de nuevo.

—Es perfecto, porque pensaba que tendríamos que ir a perseguir a dichos criminales y… no sé, extorsionarlos o algo para que nos dieran sus documentos, tal vez torturarlos para que nos explicaran quienes eran las cabezas de la organización y robarles los contratos a punta de pistola.

—OK. Se acabó leer Hamlet para ti, devuélveme ese libro —replica Crowley ante esas ideas inclinándose hacia él.

—¡Crowley! —protesta sacándolo de su alcance.

—Pues es que ¡oye lo que estás diciendo!

—Bueno, sí, ya sé que robar está mal, pero ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.

—¡No es eso! Es que… ¡Ugh! —protesta en frustración.

—¿Qué? Además, si tú puedes hacer esa parte es un plan perfecto.

—Mira, yo no puedo hacer esa parte, ¿vale? Eso para empezar y segundo, es que ¡no te estás imaginando lo que es todo esto! —exclama.

—¿Por qué no puedes hacer esa parte? —frunce el ceño.

Crowley le sostiene la mirada con eso unos instantes y Aziraphale parpadea un poco, sin entender.

—¿P-Por qué no puedes? —insiste.

—Será mejor que te acuestes a dormir y te lo pienses, esta va a ser una noche larga y ayer ya dormimos como el culo. Mejor hablaremos de esto mañana —decide, haciéndose bolita bajo su manta, dándole la espalda, pensando que todo esto es revolver en su pasado bastante más de lo que lo tiene cómodo y ya no le hace tanta gracia.

Aziraphale suspira, pero le concede esa, decidiendo dejarle dormir mientras mira el cielo estrellado a través de la ventana del vagón y piensa en si no sería mejor dejar todo esto por la paz que parece mucho más difícil de lo que parecía al principio.