Destructor de Mundos
Cuando cayó sobre aquellos desdichados, cuan tormenta, el Caído ni siquiera se detuvo a disfrutar las expresiones de terror de sus víctimas, ni se deleitó con sus gritos y maldiciones. Un miedo más negro que la nada desgarraba sus entrañas mientras una fuerza irresistible se apoderaba de cada fibra de su ser, fragmentándolo, borrando el mundo de sus crudos sentidos e imponiéndole lenta pero inexorablemente La Cárcel, más negra que cualquier noche, más absoluta que las estrellas crueles del firmamento. Pero él no volvería allí, oh no, no esta vez. En cada ocasión en la que había podido escapar había jurado a los cielos inmisericordes que aquella sería la última, y aunque los crueles luceros que alguna vez fueran su guía se habían burlado de su desesperación, no podía sino aferrarse a ese miedo asqueroso que sentía ahora, a esa esperanza retorcida... aquello que le indicaba que aún no había sido aplastado por el destino. "No esta vez" se decía. "Esta vez, ahogaré al mundo en sangre y bajaré, una por una, a las crueles estrellas de sus altos sitiales, hasta que no quede sino oscuridad absoluta... la Paz Eterna". Y por eso no podía disfrutar de los aullidos de terror, de los rostros deformados por el miedo y el dolor, del sacramento de sangre por el que bautizaba a aquellos desafortunados mortales. No había nada más importante justo en aquel momento que no volver a caer, no permitirse ser aprisionado, y así seguir aterrorizando al mundo entero hasta poder cumplir su juramento.
Todo acabó rápido. 2 destacamentos Solari, más de 40 soldados ataviados en impolutas armaduras de oro, entrenados toda su vida para el combate, fueron aniquilados sin siquiera comprender qué les había pasado. Sus huesos, su carne y su sangre se transformaron en icor negro que cubrió las heridas del Aniquilador como si jamás hubieran estado ahí, y su cuerpo se vio fortalecido, cambiado, un poco más cerca de la perfección que alguna vez había encarnado, aunque ninguna cantidad de víctimas bastaría para devolverle aquel esplendor ido. Aatrox respiró, el aire fétido como efluvios de pantano en su garganta, pero todo aquello era un recordatorio de que seguía en pie, libre, listo para combatir, listo para hacerles pagar por su sufrimiento. Seguir adelante, inmisericorde, hasta finalmente completar su largamente esperada venganza.
Un quejido quedo lo sacó entonces de sus negras cavilaciones. Caminando para encontrar la fuente del sonido se topó con un soldado Solari agazapado detrás de una roca, mirándolo tembloroso como una brizna de hierba en una tormenta mientras se tapaba desesperado la boca. Una vez las miradas de ambos se cruzaron, el miserable se arrojó al suelo, rogando piedad, pidiendo perdón y orando a su diosa, todo mezclado en una confusa marabunta. El caído alargó su mano libre y atrapó con presteza al desdichado, levantándolo en el aire como si fuera un insecto.
- Pobre excusa de guerrero ¿Por qué ruegas por tu patética vida? - le espetó el darkin con ira.
El aludido abrió mucho los ojos ante aquella voz, temblando, incapaz de pronunciar una sola palabra más.
- Tus compañeros han perecido ante mí ¿Pero tú planeas continuar arrastrando tu miserable existencia, no mejor que la de una hormiga? No, no, no permitiré semejante cosa. Sé agradecido de tu destino, pues servirás ahora a una causa mayor que cualquier prospecto que dioses falsos podrían darte. Te liberaré de tu existencia patética e insignificante ¡Regocíjate! Pues ahora te unirás a esta, La Última Guerra.
El soldado abrió aún más sus ya desorbitados ojos e intentó gritar, pero antes de que ningún sonido saliera de su boca se había transformado en una pulpa sanguinolenta, aplastado dentro de su armadura en la enorme mano del Caído. Pronto, él también había pasado a ser parte de su cuerpo.
El Ascendido Caído alzó su mirada hacia la luz naciente del este, hacia ese sol cruel que ni siquiera llegaba a tiempo para bendecir una última vez con su luz a sus seguidores desesperados. Las palabras sibilinas de su hermana, de su enemiga, resonaron nuevamente en su mente torturada, y rechinó los dientes con ira al recordar su rostro sereno mientras se las decía. Como siempre, había mentiras mezcladas con verdades en ellas, y como siempre, no quedaba más remedio que aferrarse a la vana esperanza de que al menos la parte más importante fuera cierta.
- "Aquellos que moran más allá del Velo"... - murmuró en voz alta, transida por la angustia y la esperanza a partes iguales. Si aquel ser luminoso que alguna vez había sido lo viera ahora, escupiría sobre él, transido de asco y desprecio. Pero aquel sobre el que se habían cantado tantas canciones de alabanza no era sino un necio, engañado sobre las verdades de la vida y de la muerte, una marioneta que ni siquiera era consciente de las cuerdas que lo movían y que servía a amos dispuestos a abandonarlo a la menor oportunidad. Alguien que no sabía el verdadero significado de la palabra "horror". Él no habría podido comprender la justicia de la aniquilación, ni cuán bajo se podía caer en la búsqueda de las alturas supremas.
- Tú, que te vanagloriabas en una justicia podrida, tú, que te enorgullecías de pelear tus propias batallas, no podrías comprender la desesperación de luchar abandonado de todo y de todos por la única y verdadera justicia, la muerte - gruñó, vocalizando sus pensamientos como si aquel yo pasado estuviera realmente allí - Si haciendo esto realmente consigo mi venganza, entonces lo que hago es lo correcto, no importa que tan despreciable pueda parecer. Incluso si estrecho mis manos con una cobarde o abro las puertas a lo incomprensible, si logro traer la nada sobre este mundo resquebrajado y putrefacto, entonces yo seré la auténtica justicia, y no tú.
Sus palabras hicieron eco en las quebradas, mil voces odiosas repitiéndolas, alentándolo a continuar.
Una vez más respiró con fuerza un aire que le sabía rancio, y elevó su mirada hacia aquella cima maldita. Una sonrisa sin ápice de gozo se formó en su rostro monstruoso mientras aferraba con fuerza su espada entre las manos, una promesa de sangre y oscuridad.
"Vengan, desafíenme, marionetas. Vamos a librar la Última Guerra. Les traeré la desesperación... y luego una paz que engullirá incluso a las estrellas en las que tanto confían".
- ¿De dónde diablos me saliste tan altanero? ¿Quién carajo te crees que eres?- lo recriminaba Taric, exasperado.
- ¡Las Elegidas serán de vital importancia en la lucha que se avecina, Atreus! No importa qué tanto resentimiento guardes, es absolutamente necesario que luchen junto a nosotros ahora - continuaba Soraka, su dulce voz llena de severidad.
- "Lo intentaré" - se mofaba el demaciano - No, no intentarás nada ¡Te contendrás como una persona normal o yo mismo me encargaré de hacerte entrar en razón a golpes!
La retahíla de regaños continuaba como el fluir de un río bien alimentado, y el rakkor no tenía más alternativa que soportar en silencio. Después de todo, tenían razón. Su actitud había sido imposiblemente infantil, y si las Elegidas no accedían a apoyarlos en lo que se venía, pues... muy probablemente sus cadáveres quedarían tendidos bajo el firmamento como prueba de su estupidez. O aún peor, pasarían a formar parte de la carne corrupta del Ascendido corrompido. Al menos la Elegida de la Luna... Diana, parecía habérselo tomado con calma, y estar dispuesta a pasar por alto su idiotez. No estaba seguro de si podría convencer a su ¿enemiga? ¿vieja amiga? ¿compañera? de hacerlo también, pero con algo de suerte no todo estaba perdido. Y mientras tanto, en algún lugar del Monte, alguien estaba viendo aquella negra y colosal figura como último recuerdo de sus días mortales. Solo el pensarlo lo llenaba de ira, y sentía el impulso de abandonar ese jueguito de comedia y partir al encuentro de su enemigo sin más dilación, pero de hacerlo... no tenía confianza en poder siquiera comprar tiempo para sus compañeros. Había tenido suerte la vez anterior, después de repasar aquella batalla en su cabeza estaba seguro de ello, y no debería contar con que los cielos le sonrieran una tercera vez. De modo que no le quedaba más opción que comerse aquella ansiedad, o más bien, bebérsela en cálidas y reconfortantes tazas, y esperar a que todos estuvieran a punto para el combate. Contando a las Elegidas, por supuesto. Por más que hubiera fanfarroneado ante ellas, por más que su actitud indolente ante las penurias de la gente de Targón lo enervara sobremanera, tenerlas de aliadas era una baza decididamente grandiosa para enfrentarse a aquel ser abominable.
- ¿Creen que nos ayudarán? Las Elegidas, me refiero - preguntó en voz baja en medio de una perorata sobre el deber y la moderación de su compañero el Protector, interrumpiéndolo. Ambos se quedaron callados un momento, y fue la Hija de las Estrellas quien tomó la palabra.
- Lo harán. Diana es mucho más madura que tú - afirmó la celestial con confianza, aprovechando de ahondar en la llaga como solo una sanadora experta podía hacerlo - y confío en que el sentido del deber de Leona será mayor que cualquier desazón que la esté carcomiendo ahora. Solo... debemos darles un poco de tiempo.
- ¿Cuánto tiempo? - preguntó el guerrero.
- ¡Tú, mequetrefe! - saltó Taric - No estás en posición de apurar a nadie, señorito "estallé en la rabieta de un niño de 5 años cuando el mundo está en peligro"
Soraka lo calló con una mirada, antes de decir:
- Esperemos hasta el amanecer. La luz de la Sol será beneficiosa para Leona, estoy segura.
Pantheon la miró, intentando descifrar en su rostro a qué se refería exactamente con eso, y renunciando a descifrar nada en aquella faz milenaria, siempre llena de secretos. Decidió entonces simplemente dar voz a sus preocupaciones.
- ¿Cuánta gente creen que muera entre ahora y el amanecer?
Ninguno de los 2 contestó a la pregunta, ni siquiera el demaciano se atrevió a reprocharlo esta vez. Ambos sabían que cada segundo de inacción venía con un precio, un precio de sangre, horror y gritos de agonía. El silencio se mantuvo aún por un rato, mientras Taric se servía una nueva taza y se sentaba a la mesa, de pronto perdida toda esa energía que había demostrado, y la Sanadora Celestial dirigía la mirada hacia el techo de su choza, seguramente intentando descifrar en las estrellas que yacían detrás cuál sería el futuro que les aguardaba. El rakkor, en tanto, se sirvió una nueva taza, siendo aquella la ¿quinta? ¿sexta? Había perdido la cuenta en medio de la avalancha de reprimendas que le había caído. En aquel momento se detestaba a sí mismo por complicar todo, cuando ya deberían estar allá afuera a la caza del monstruo.
- Al final, no soy tan distinto de aquella a quién odié por años - musitó, más para él mismo que para sus compañeros - Dejar que me cegara la ira... ¿Qué tan distinto es a dejar que te ciegue alguna estúpida religión?
El demaciano abrió la boca, la cerró, suspiró y sencillamente dio otro trago a su té. Soraka lo miró un momento, pero no dijo nada tampoco. Y él no agregó nada más. No pensaba disculparse con la Elegida de la Sol... pero tampoco planeaba antagonizar más con ella. "Supongo que el ser ciego y estúpido... es, también, parte de ser humano" pensó amargamente mirando el fondo de su taza ahora vacía.
- Oye, Pantheon - lo llamó de pronto Taric, remarcando burlonamente su nuevo nombre, pero con un tono mucho más serio del habitual - ¿Lo decías en serio, eso de "no estar de mi lado"?
El aludido no contestó inmediatamente, intentando esta vez elegir las palabras correctas para dar voz a sus pensamientos.
- Si en algún momento El Protector te ordenara salvar la vida de una sola flor del Monte, dejando morir a decenas de personas de Targón - contestó tras un minuto entero- ¿Lo harías?
El de larga cabellera se lo pensó un momento, frunciendo el ceño. Luego, dio un sorbo a su taza. Y lo pensó durante otro largo momento aún, antes de responder:
- No... estoy seguro. Sería una orden rara ¿Sabes? "Cada vida es una rara gema" ha sido la filosofía que siempre he tenido, y que me llevó a ser elegido por él. Esa clase de elección estaría en contra de todo lo que me ha mostrado hasta ahora. Creo que antes cuestionaría si en verdad él me lo ordena ¿sabes? Después de todo, hasta ahora él nunca me ha "dado órdenes", simplemente me muestra a alguien en peligro y yo elijo si actúo o no. No todos los Celestiales son unos hijos de puta como El Guerrero. La hermosa señorita que nos cobija hoy debería darte muestra suficiente de ello.
El rakkor echó una mirada furtiva a Celestial encarnada que parecía más concentrada en lo que fuera que estuviera viendo que en aquella conversación, antes de refutar:
- Ella es una rara excepción. Después de todo, es la única que conozco que se ha dignado a bajar y a tomar carne, en vez de ocuparnos como peones en su gran juego. Zoe, Leona, Diana... todas ellas son tan indolentes con los cadáveres que dejan a su paso, que me llevan a pensar que, si es cierto lo que dices, El Protector es solo otra excepción. No conozco realmente a los Celestiales, excepto a una...bueno, dos. A mí El Guerrero nunca me mostró nada, nunca me dejó elección. Siempre he visto las cosas desde los ojos de un hombre, de un humano que sangra y sufre. No conozco el gran esquema de las cosas, solo el rango limitado de lo que puedo ver con mis ojos. No conozco realmente al Protector, tan lejano allá en las estrellas. Te conozco a ti, pero también sé que para los Celestiales, al final... somos un medio para un fin. De modo que, aunque realmente no creo que alguna vez esté en un bando opuesto al tuyo... tampoco puedo afirmar con seguridad que no lo llegue a estar, si llega el caso. No puedo decir sin dudar que "estoy de tu lado".
Taric escuchó atentamente toda la explicación, y luego suspiró, aunque una pequeña sonrisa iluminaba su agraciado rostro.
- Muchas palabras para decir que no lo afirmabas en serio - se burló, y Pantheon se movió en su silla, molesto, pero antes de que dijera nada el de larga cabellera prosiguió - Pero... entiendo lo que quieres decir, creo. Al final, conservas tu derecho a dudar de los actos de los seres que no puedes ver. Muy... humano, supongo.
El aludido resopló por la nariz, sonriendo a su broma.
- Al final, nunca he dejado de ser solo un hombre, incluso si fui... "bendecido" con el poder de un Celestial.
Si interlocutor rió ante su afirmación, y se levantó para servirse una nueva taza. Cuando se volvió a sentar, parecía haber recuperado su habitual optimismo.
- Bueno, señor "no confío en las estrellas porque un pedazo de basura me quitó mi libre albedrío", supongo que no me queda otra que demostrártelo con hechos, que puedes confiar en mí.
- Confío en Taric. No confío en El Protector - refutó con presteza el rakkor.
- Ya sé, ya sé. Pero, al final, todo lo que conoces y muy probablemente conocerás de él soy yo ¿No es así? Entonces, me temo que te tendrás que conformar con conocerlo a través de lo que yo haga. Algún día no te dejaré más opción que reconocer que, al final, estás de mi... de nuestro lado. Y cuando lo hagas, nunca te dejaré olvidarlo.
Pantheon soltó una risa ronca antes de decir:
- Incluso si alguna vez llego a pensarlo, nunca te daré la satisfacción de decirlo en voz alta.
- Bah, eres el más emocional de los emocionales, ya lo has demostrado, en algún punto se te escapará. Y yo estaré ahí para escucharlo, te lo puedo asegurar.
El guerrero sonrió, sin contestarle. Sabía que muy probablemente tenía razón.
Ambos se quedaron callados unos minutos, rumiando sus pensamientos, hasta que Soraka salió de su trance para decir, con voz extrañamente solemne:
- Ya asoma la Sol por las montañas.
Ambos hombres dirigieron sus miradas a las desiguales ventanas, para ver los primeros pálidos rayos de la astro tiñendo de cálido dorado la habitación.
Era hora.
Casi al unísono, ambos se levantaron de su sillas para dejar sus tazas en el rudimentario fregadero de piedra en un rincón. Taric mostraba esa sonrisa retorcida clásica de él cuando estaba nervioso, y en contraste Pantheon había vuelto a su mortal seriedad, la figura de sus pesadillas ocupando todos sus pensamientos. Con presteza tomó sus armas del lecho de Soraka, donde las había dejado, y se encaminó decididamente a la puerta, pero un gesto de la Celestial lo detuvo.
- ¿Me dejas ir a tantear el terreno, antes? - pidió ella con una mirada significativa.
El consultado sencillamente asintió con la cabeza y la miró trasponer el umbral, sin moverse de su sitio, su energía renovada y sus músculos ansiosos por ponerse en marcha de una buena vez. A su lado, el demaciano hacía estiramientos ligeros en medio de divertidos aspavientos que no consiguieron arrancar una sonrisa de su contraparte rakkor. Se sentía ansioso. De alguna forma, aquella batalla eclipsaba a cualquiera que hubiera combatido con anterioridad, y eso era decir bastante. Algo le decía que aquella sería la que definiera su futuro, y la de tantos otros que ignoraba y que ignoraban cuánto estaba en juego justo en aquel momento. Esta vez, y de una buena vez, la victoria era imperativa.
Un suave toque en la puerta lo hizo elevar la mirada, y una suave voz tras la madera y la piedra los llamó:
- Taric, Atreus, pueden salir. Discutamos nuestra formación de batalla.
Inmediatamente el guerrero traspuso el pórtico, para encontrarse a la de piel violeta inmediatamente. Un poco más atrás, sorpresivamente, Diana y Leona estaban abrazadas como camaradas que hubieran sobrevivido a una ardua batalla, uno de sus brazos aferrando los hombros de la otra. La Elegida de la Luna tenía una sonrisa franca y cálida en su rostro, y su contraparte, aunque lo miraba con recelo, estaba evidentemente mucho más relajada que la última vez que la había visto.
- ¡Miren eso, eso sí es una excelente manera de empezar el día! - exclamó Taric al ver semejante escena - Me alegra ver que pudieron arreglar sus diferencias, Diana, Leona. Las necesitamos más unidas que nunca, justo ahora.
La sonrisa de lo de ojos níveos se ensanchó ante estas palabras, iluminando todo su rostro en un gesto que el rakkor nunca había imaginado en su semblante hasta ahora adusto. La de tez dorada, en tanto, sonrío un poco pero desvió la mirada en un gesto avergonzado, algo tan impropio de ella que tuvo la tentación de burlarse, pero no dijo nada al respecto. En cambio, preguntó con el tono más neutro del que fue capaz:
- ¿Hay alguna preparación que daban hacer, Elegidas?
- En principio, recuperar las armas que dejamos adentro - contestó la de cabellera plateada, mirando con cierta intensidad al guerrero - y poco más. Vamos a ajustar cuentas con ese monstruo.
A su lado, la Solari asintió con decisión.
- Yo... les tengo una propuesta - intervino entonces la sanadora Celestial - Creo que... deberíamos irnos por caminos separados. Les indicaré un camino, a ti y a Taric, que debería ser el más directo hacia Aatrox. Las Elegidas y yo tomaremos otro, que debería ser más largo, pero con algo de suerte podremos tomarlo por sorpresa cuando lleguemos.
Las aludidas y el demaciano la miraron, los ojos muy abiertos, sin comprender su plan. Pantheon tampoco lo entendía, pero estaba seguro de que algo había visto que la llevaba a decir aquello, y por sobre todo...
- Puede que sea buena idea separarnos - afirmó, para sorpresa de todos - Si vamos los 5 juntos, ese maldito irá con todo desde el principio, e incluso si somos 5 será peligroso. Sobre todo para Soraka. Si se enfrenta primero a nosotros 2, puede que baje aunque sea un poco la guardia, y si eso deja alguna apertura para ustedes... Será decisivo.
- ¿Crees que ustedes 2 solos podrán soportar su asalto? - preguntó Diana, su incredulidad tiñendo su voz.
Pantheon no respondió, solo miró a Taric. Y este, ante dicha mirada, respondió:
- No sé si sea realmente buena idea, pero... si no se demoran mucho, creo que podemos contenerlo un rato. Ya lo contuve solo un rato antes, y Pantheon aquí presente es el más experimentado entre nosotros en luchar con esa bestia. Creo... creo que puede funcionar.
La Elegida de la Luna frunció el ceño, evidentemente dubitativa, pero finalmente dijo:
- Si es así... confío en el plan de la señorita Soraka. Solo... aguanten hasta que lleguemos. Entonces le haremos morder el polvo a ese hijo de perra.
Todos asintieron en respuesta, y la Celestial se adelantó. Señalando un hueco entre los árboles que colindaban con la planicie de su refugio, dijo:
- Tomen ese camino, y apenas surja el primer desvío a la izquierda, váyanse por ahí. No se preocupen, lo notarán inmediatamente. Una vez allí, en cada bifurcación que encuentren, tomen la de más a la derecha. Con eso deberían llegar en poco menos de una hora. Que los cielos bendigan sus brazos, guerreros.
- Que nuestro encuentro en la lid sea gozoso, Diana, Leona, Soraka - contestó Taric con una pequeña reverencia al modo demaciano.
Pantheon solo asintió ante estas palabras. En momentos como aquel, los rezos y plegarias, todos esos pequeños ritos antes del combate le parecían vacíos. Al final, durante el combate los dioses solían callar, dejando que la sangre y el acero hablasen. No importaba nada más que la fuerza de los brazos, la presteza de las piernas y la firmeza del corazón y la mente. Y sin embargo...
"Incluso si solo es hoy, ayúdennos, altos Celestiales" se encontró pensando el descreído rakkor "Si alguna vez tuvieron algún apego genuino por este mundo, háganlo valer hoy".
Pronto sus pies y los del demaciano corrían a través del bosquecillo, siguiendo la ruta propuesta por la Sanadora. Ninguno de los 2 soltó una palabra durante el recorrido, un nudo en su garganta trabando cualquier cosa que pudieran querer decir ¿Y qué más había que decir? A medida que se acercaban y la ominosa presencia del Darkin se hacía más y más notoria, asfixiante, devorando todo el horizonte como las nubes que tormenta que se acercaban desde el Este, más evidente se hacía la insignificancia de todo lo demás frente al peligro que los aguardaba. Solo había espacio para ellos, pequeños en medio de la oscuridad, y el valor de sus corazones en sus pechos. Lo demás estaba de más.
Entonces los infinitos corredores y recodos de la Montaña derivaron en un pequeño valle rocoso, despejado de todo excepto de arbustos raquíticos, musgos descoloridos y frágiles flores que crecían entre las grietas de las enormes piedras que cubrían el terreno. Y allí, alto y enhiesto como un caballero de algún señorío olvidado, los esperaba su enemigo. Con la espalda volteada hacia ellos, las alas caídas y una quietud de estatua, el demonio llamado Aatrox contemplaba como la sol se elevaba por el firmamento, una innegable dignidad mezclándose con el horror que emanaba de él. Por un breve momento Pantheon creyó ver un reflejo difuso sobre aquella figura, como un espejismo en el desierto, revelando una criatura enormemente similar pero radicalmente distinta, una criatura de oro y nieve cuya presencia traía esperanza y no desesperación. Entonces Aatrox se volteó, finalmente, a mirarlos, y el hechizo se rompió, solo la sed de sangre del darkin llenando el valle. Su rostro estaba mortalmente serio, pero sus desagradables ojos carmesíes ardían sin llama en sus cuencas. Aquellos ojos pasearon su mirada por la figura de ambos recién llegados, pero terminaron fijándose en los ojos oscuros del guerrero, insistentemente. Ni una palabra salió de su boca, sin embargo, y se limitó a ponerse en guardia en su lugar.
Al parecer sin poder resistir el tenso silencio, Taric se burló diciendo:
- Vaya, estás inusualmente silencioso hoy, Aatrox.
Ni un solo músculo se movió en la cara del aludido, y contestó en cambio, con voz contenida y amenazante:
- Esta vez hablará mi espada. Vamos, oh poderosos Aspectos de Targón. La tormenta se cierne sobre nosotros. Terminemos esto rápido.
Ambos Aspectos se miraron en silencio, dubitativos. En la lejanía se podían escuchar los ruidos amortiguados de la tormenta que se acercaba, sus ecos como el clamor de bestias gigantescas clamando por sangre. La expresión del rakkor se endureció, y miró fijamente a los ojos a su compañero, transmitiéndole su determinación. Taric, al ver esto, sonrió y asintió. Con un grito de batalla que resonó en las quebradas circundantes como un ejército en marcha, ambos cargaron de frente hacia el darkin.
Este los esperó, muy quieto en su lugar, para, justo antes de entrar en sus rangos de ataque, alargar su espada en un amplio corte horizontal y repeler los golpes entrantes. Sin perder el control de su espada, inmediatamente se preparó para una estocada que Pantheon no hubiera podido frenar. Para su inmensa fortuna, no estaba peleando solo, y la punta de la espada maldita chocó contra la barrera cristalina del Protector. Inmediatamente el guerrero soltó una estocada con su lanza aprovechando la brecha en la guardia de su enemigo, pero este se deslizó elegantemente por el aire, evitando su ataque. Ante este movimiento el rakkorano se preparó para saltar sobre él escudo en alto, pero un grito de su compañero lo disuadió, y retomó la formación a su lado. No podía dejarse llevar por el darkin. Su función era soportar lo más que pudieran contra ese enemigo bestial, y nada más. Debían ser pacientes. Debía ser paciente.
Aatrox aún esperó un segundo la siguiente carga, pero al ver que no llegaba, un rictus de fastidio atravesó su rostro y saltó en el aire atravesando la distancia que los separaba para dar una poderosa cuchillada descendente. Pantheon se puso en el medio, escudo en alto, y Taric conjuró una barrera sobre él. Pudo de esa forma repeler el ataque, pero casi sintió sus huesos crujir por el increíble peso que el golpe tenía detrás. Y el ataque aún no terminaba. Recuperándose a velocidad inhumana de su tajo fallido, el darkin soltó otra cuchillada, esta vez horizontal, apenas tocó el suelo. Con reflejos también sobrehumanos el rakkor alcanzó a posicionar su escudo y evitar lo peor del golpe, pero la fuerza de este lo envió varios metros más atrás. Mientras tanto Taric se enfrascó en un furioso intercambio de golpes con su enemigo. La fiereza del demaciano sorprendió a Pantheon, pero no así al caído, que a pesar de enfrentarse a una lluvia de pesados golpes de maza, se las arregló para ser él quien arrinconara a su compañero. Entonces Pantheon saltó escudo en alto, atravesando la distancia que lo separaba de su enemigo de una sola vez y cayendo sorpresivamente sobre él. O ese era el plan, porque este, como si estuviera esperando este movimiento, dió una prodigiosa cuchillada lateral que no solo atajó el embate del rakkor sino que lo envió rodando como un saco de papas por el duro suelo de roca. Mientras rodaba, el rakkor pudo escuchar un crujido quedo y el silbar del viento mientras un cuerpo enorme surcaba el aire, y se alcanzó a levantar a duras penas para saltar hacia un lado y esquivar el embate del darkin. El golpe, sin embargo, partió las rocas como si de una herida se tratase, y esquirlas de piedra y chorros de energía carmesí saltaron sobre el guerrero, dejándole un millón de rasmillones y unas cuantas quemaduras que ardían al tacto del aire. Taric volvió entonces a la pelea con un mazazo que falló en dar a su objetivo, pero que quebró las rocas bajo él y lo obligó a retroceder. Luces aguamarina rodearon a Pantheon, aliviando su dolor por momentos.
- Nos está separando a propósito. No hay que permitírselo - comentó el demaciano en voz baja.
Por toda respuesta, el rakkor soltó un gruñido. Mantener el terreno y recibir los golpes de su enemigo no encajaba bien con su estilo de pelea, y además, la diferencia solo en fuerza física era demasiada. Por no hablar de cómo el demonio aquel estaba frustrando cualquier intento de contraataque ¿Cuánto tiempo habría pasado desde el inicio de la batalla ¿10 minutos? ¿5? Puede que incluso menos que eso. Haber accedido a separarse le parecía ahora una idea estúpida, pero era demasiado tarde para arrepentirse.
El silbido del acero cortando el aire terminó con la pequeña pausa. Aatrox salvó la distancia entre ellos, su espada en alto, y nuevamente Pantheon alzó su escudo para recibir el embate, reforzado por la barrera cristalina de Taric. El darkin, sin embargo, ocupó el filo de su espada y la resistencia del rakkor como punto de apoyo, rebotando sobre este para dar una voltereta y soltarle otra cuchillada descendente al demaciano, si bien más débil pero aún así sorpresiva. Este logró bloquear el golpe con el mango de su maza, pero aún así tropezó varios pasos hacia atrás. A pesar de que la maniobra de su enemigo lo había dejado bastante desequilibrado, el guerrero se dió la vuelta y arrojó su lanza hacia la bestia, intentando hacerla retroceder. Pero este la desvió elegantemente con la hoja de su arma y soltó en cambio una cuchillada lateral, que obligó a Taric a conjurar la barrera sobre sí mismo. El chillido claro de la barrera mientras se resquebrajaba fue desagradablemente audible, y por un momento el rakkor temió que cediera. Sin pensarlo entonces, movido por la urgencia de la situación, Pantheon cargó escudo en alto sobre el caído, y logró interrumpir uno de sus ataques con su escudo. El darkin, entonces, soltó una de sus manos del mango de la espada y, como si se tratara de un martillo, dió un furioso puñetazo al guerrero, que sintió su pómulo resquebrajarse ante la violencia del embate. El dolor lo cegó un momento, y por mero instinto se arrojó a un lado, esquivando otro golpe de su enemigo. Siguió retrocediendo, escuchando cómo su compañero nuevamente intentaba contener a su enemigo mientras él se recuperaba. Podía sentir su cara hinchándose, y su ojo derecho era ahora una rendija. El dolor lo invadía en oleadas, impidiéndole concentrarse, y soltó un grito furioso, intentando aclarar su mente. No podía bajar el ritmo ahora, ni podía dejar que algo tan insignificante lo afectara. Respirando con fuerza, intentando obviar como su cara se sentía como si se estuviera cayendo a pedazos, Pantheon convocó de vuelta su lanza y con un aullido se arrojó de vuelta al combate. Concentrando energía en su brazo, el rakkor cayó sobre el darkin con una lluvia de estocadas que resonaron como truenos en las laderas circundantes, obligándolo a separarse de Taric y retroceder. El guerrero se preparó para continuar, pero nuevamente un grito de su compañero lo disuadió.
- ¡Nos está arrinconando, Taric! ¡No podemos solo defendernos! - rugió Pantheon, más por el dolor que le provocaba hablar que por la ansiedad que lo carcomía.
- ¡Solo un poco más, Atreus! ¡Solo un poco más!
El aludido rechinó los dientes, frustrado, y de inmediato se arrepintió de ello cuando el dolor lo volvió a atravesar como mil agujas ardientes en sus huesos.
- No se contengan, aspectos de Targón - dijo entonces el darkin, su rostro tan pétreo como el de una estatua - De lo contrario, morirán como las sabandijas que son y no como los guerreros a los que aspiran. Sean, al menos, dignos en la muerte.
Pantheon no respondió a la provocación, pero no pudo contener su ira al escuchar estas palabras. Ese monstruo inhumano hablando de dignidad, cuando una bestia como él jamás podría saber lo que era eso... Era demasiada desfachatez. De modo que, cuando el darkin nuevamente salvó las distancias entre ellos con un gran salto, el rakkor saltó a su encuentro. Esta vez dejó que su escudo recibiera el embate no de lleno sino de lado, dejando la hoja resbalar en su superficie, y aprovechando el breve hueco en su guardia, soltó una estocada que arrancó un poderoso aullido del aire. Aunque la hoja no alcanzó su objetivo, la energía del golpe quemó el costado derecho de la cara del darkin, que retrocedió gruñendo.
- Ahora estamos a mano, abominación - logró mascullar entre sus dientes el rakkor, sabiendo que aunque lo agujereara hasta dejarlo como un panal nunca le podría devolver todo el dolor causado.
Por toda respuesta, el darkin compuso una sonrisa odiosa, antes de cargar hacia adelante como un toro. La primera cuchillada fue esquivada sin gracia pero con efectividad por Pantheon , la segunda fue desviada a duras penas por su escudo, y la tercera fue detenida por la barrera cristalina de Taric. La siguiente fue interrumpida por un poderoso mazazo del Protector, que a cambio recibió una dura patada que lo hizo retroceder, maldiciendo en su lengua por el dolor. Rápidamente el guerrero intentó ponerse a la par de su compañero, pero fue interceptado nuevamente por el demonio con una sucesión de rápidas cuchilladas. "Este hijo de perra se está concentrando en mí" pensó con angustia Pantheon, mientras ponía todo lo que tenía en mantener el filo de la espada maldita lejos de su carne. Tal y como había temido, tras sus anteriores batallas el darkin ya los había medido, y seguramente había decidido que encargarse de él era más fácil o más rápido que encargarse de su compañero de sedosa cabellera. Y lo peor era que no estaba equivocado. Taric era mucho más hábil que él en mantenerse a la defensiva, y la bendición del Protector solo acentuaba ese rasgo innato de él. "Si es así... hacer esto es caer en su juego" pensó el rakkor. Entonces decidió que era hora de desechar la estrategia. Adelantándose nuevamente, desvió como pudo otro golpe de su enemigo con su escudo y desató una nueva oleada de lanzazos contra su enemigo, cada uno de ellos lleno del poder de aquel que se había desvanecido hacía años del firmamento. Este retrocedió, solo para encontrarse con la maza del demaciano, que debió esquivar mucho más exigido que antes. Y el rakkor aprovechó esta oportunidad. Sin cuidado pero con mucha fuerza, arrojó su lanza hacia el darkin, logrando alcanzarle en la cara externa del muslo derecho. Y Taric, a su vez, se lanzó con la maza en alto hacia el darkin y asestó un mazazo descendente que el monstruo no pudo esquivar apropiadamente debido a su herida reciente, destrozando parte del "casco" que protegía su frente. Icor negro manó de las grietas, pero el embate de los Aspectos no había terminado. Tomando su escudo con ambas manos, Pantheon cargó con este por delante, apuntando a la pierna herida de su enemigo, pero este se deslizó en el aire esquivándolo sin problema, y dio una voltereta hacia atrás, poniendo aún más distancia entre ellos.
- ¿Qué pasa, monstruo? ¿Cómo era eso de ser "dignos en la muerte"? - brabuconeó el demaciano, de forma poco convincente debido a sus jadeos al hacerlo. Mientras tanto, Pantheon llamó de vuelta su lanza, sabedor de que aquello solo estaba empezando.
Aatrox en tanto solo hizo una pequeña mueca de disgusto antes de retomar su guardia, plantar firmemente los pies en la tierra a pesar de su herida, con tanta fuerza que la roca bajo ellos se resquebrajó, y arrojarse salvajemente hacia adelante. El rakkor rápidamente se adelantó y se puso delante del demaciano, escudo en alto, imbuyendo de todo el poder divino que podía reunir, mientras Taric conjuraba una barrera adicional sobre eso. Cuando el golpe del darkin conectó, un estallido que bien pudo haber sido un volcán resonó por las quebradas de los alrededores, y una ola de energía color sangre trizó la barrera del demaciano, los hizo retroceder algunos metros y arrasó con todo lo que había detrás. Los arbustos ardieron, los pocos árboles fueron limpiamente partidos e incluso las rocas se derritieron frente al poder inconmensurable del darkin. El calor era insoportable, y había un hedor ácido que mareaba por su intensidad. Y el ataque no había terminado. Con otro salto prodigioso, Aatrox salvó la distancia que su propio ataque había creado entre ellos y soltó un corte descendente que logró terminar de destrozar la barrera cristalina y chocó con el escudo del guerrero. Una esquirla salió despedida y le cortó la cara a su dueño cuando el filo logró penetrar una de las capas de metal. Sin embargo, con una velocidad inusual en él, Taric salió de detrás de Pantheon y balanceó su maza con toda la fuerza de la que era capaz. Aunque el darkin la esquivó fácilmente saltando sobre ella, un lanzazo como la emboscada de una serpiente lo obligó a retroceder nuevamente. El rakkor no quiso dejar pasar la oportunidad, y con presteza se lanzó hacia adelante concentrando energía en su lanza. Ni bien su enemigo hubo tocado el suelo, una lluvia de lanzazos como mil relámpagos dorados cayeron sobre él, cada gota marcando a fuego las rocas circundantes. Pero ni una tocó a su objetivo, pues todas chocaron con el filo negro de la espada maldita, desatando una tormenta de chispas alrededor de los combatientes. Entonces la bestia dió un paso hacia adelante, interrumpiendo el camino del mango de la lanza con su espada y tomando por sorpresa al guerrero. En un solo movimiento fluido, esta vez fue Aatrox quien lanzó una estocada letal al vacío recién formado en la defensa de su enemigo, quien logró desviar apenas el golpe con el canto de su escudo. A pesar de ello, sintió el filo negro mordiendo profundamente su mejilla, y un ardor insoportable relampagueó a través de su rostro. Sin demorarse un instante, con los ojos brillando de forma malévola, en Ascendido caído giró su cuerpo con la intención de hacer la herida más grande, pero en ese momento resonó un desagradable golpe blando y el monstruo soltó un gañido de dolor, mientras el martillo de Taric le daba de relleno en el vientre descubierto. Sin dejarlo recuperarse, el demaciano invocó su poder nuevamente, cristalizando el aire frente a él y por fin paralizando a la oscura amenaza. Ahora, en vez de seguir atacando, decidió tomar a su compañero por la cintura y separarlo de su enemigo, otro pequeño respiro en aquella terrible lid. De inmediato un leve resplandor esmeralda rodeó a Pantheon, y el terrible dolor en su rostro fue mitigado poco a poco.
- Tendrás que perdonarme, pero eso dejará una fea cicatriz - murmuró el Protector con tono a medias serio y a medias cómico - No es que te puedas afear mucho más, así que no te preocupes por eso.
En respuesta Pantheon no pudo evitar sonreír, aunque inmediatamente se arrepintió de ello cuando otro relámpago de dolor atravesó su cara al estirar la herida aún abierta.
- Gracias - gruñó con los dientes apretados y los labios aún curvados hacia arriba.
- Es muy pronto para agradecer - retrucó el demaciano de pronto poniéndose completamente serio.
- No me esperaba escuchar algo sensato de ti por una vez - replicó el rakkor intentando mover los músculos de su cara lo menos posible, y sintiendo el dolor al fallar en su intento.
Un crujido audible interrumpió el intercambio, mientras grietas rojas y blancas aparecían en el cuerpo cristalizado de su enemigo, hasta que un grito que les retumbó en los huesos marcó el fin del hechizo que lo retenía. Sus ojos rojos relumbraban con ira, y un rictus odioso de sus labios reforzaba la amenaza de su mirada. Ambos aspectos retomaron la guardia de inmediato, un escalofrío recorriendo sus espinazos ante la imagen ominosa de su enemigo.
- Incluso siendo marionetas, sus amos los alimentan bien. - murmuró el monstruo sin alzar la voz, pero su murmulló sacó ecos de las laderas. Sus ojos brillaban de forma siniestra, mientras las primeras nubes de la tormenta que se avecinaba empezaban a bloquear la luz de la sol - Sin embargo, si creen que eso es suficiente, si creen que solo esto me detendrá... se equivocan.
Dicho esto, Aatrox retomó su guardia, su espada pulsando como si se tratara de un órgano expuesto. Los truenos de la tormenta que se avecinaba ya los alcanzaban con sus rugidos profundos levantando ecos en los acantilados circundantes. De pronto aquella figura oscura parecía la estatua de un dios olvidado, pero cuyo poder no había disminuido en lo más mínimo. Incluso Taric se quedó sin palabras contemplándolo, tal vez el mismo presagio funesto que apremiaba al rakkor cerrando su garganta.
- Tanta fanfarronería para encogerse como cachorros - se mofó el darkin con una pequeña sonrisa despectiva - Si no vienen ustedes... lo haré yo.
Las rocas bajo los pies de la bestia chirriaron, chillaron y se partieron, y de pronto aquel negro enemigo era un borrón oscuro en el aire, su grito de guerra repitiéndose por las laderas, como si se enfrentaran un en ejército de bestias enfurecidas. El demaciano reaccionó primero para recibir el ataque, pero el impacto de aquel fue tan fuerte que Taric salió despedido al encajarlo, el lugar donde chocaron sus armas emitiendo su propio trueno que hizo temblar el suelo donde se paraban. Sin perder un segundo el monstruo enfurecido redirigió su espada hacia el guerrero, desatando una ola de sangre y muerte que arrasó todo a su paso. Sin esperanzas de contener semejante ataque, Pantheon saltó como un gato hacia un lado, evitando lo peor del ataque, pero los trozos de piedra caliente y parte de la energía carmesí desatada por su enemigo lo alcanzaron, causándole pequeños cortes y quemaduras a lo largo de todo el cuerpo. Sin detenerse, Aatrox se recompuso y preparó una estocada que el rakkor no pudo más que desviar como pudo con su escudo, rechinando los dientes por el esfuerzo. Una manada de elnuks asustados le habría sido más ligera. Sabiendo que no podía mantenerse a la defensiva, con un rugido de dolor y de furia, el guerrero concentró sus fuerzas en su lanza y propinó una serie de estocadas, cada una de ellas un cometa que iluminaba el valle contra la creciente sombra de la tormenta. El Ascendido caído no se molestó en esquivarlas, sino que recibió cada una de ellas con su espada. El estruendo de los impactos acalló los truenos por un momento, cada uno de ellos haciendo estallar el aire a su alrededor. Entonces un grito de pura ira concentrada resonó tras ellos, señalando el regreso de Taric, que los separó con un mazazo que habría puesto en vergüenza la potencia de un alud en las montañas. Un enorme cráter apareció en el punto de impacto, obligando a ambos contendientes a retroceder, mientras una lluvia de esquirlas bañaba el espacio en todas direcciones. Inmediatamente el rakkor tomó la oportunidad que se le presentaba, y ocupando al demaciano como punto de apoyo saltó por sobre él, concentrando nuevamente energía en su lanza y asestando una estocada llameante en dirección a su enemigo. Más el darkin, veloz como un halcón, aferró la lanza con su mano libre en pleno vuelo, y aunque la energía que envolvía la lanza lo quemó, no solo desvió el ataque de su contrincante, sino que con un tirón poderoso lo hizo chocar contra el suelo con fuerza desmedida. Pantheon sintió sus costillas crujir, el aire abandonando sus pulmones mientras quedaba aplastado contra las rocas por su propio ímpetu y la fuerza agregada del darkin. En medio del dolor y la confusión, pudo ver el brillo siniestro de aquel filo maldito cerniéndose sobre él sin poder reaccionar, pero el ataque fue repelido exitosamente por la barrera que su compañero de armas conjuró sobre él. Entonces la maza del Protector entró en su campo de visión, y pudo presenciar a su negro enemigo cubriéndose apresuradamente del ataque con su brazo libre. Pudo oír el sonoro crujido de aquella extremidad rompiéndose, y pudo ver a su dueño retroceder varios pasos por la fuerza del embate. Inmediatamente la visión del guerrero se tiñó de esmeralda mientras el dolor de su espalda remitía y sus sentidos regresaban a su usual agudeza, permitiéndole incorporarse, jadeando ansioso en busca del aire que había perdido.
- ¿Por qué te sigues arrojando a él de esa forma? - lo recriminó el demaciano entre jadeos - ¿Quieres morir? Me dijiste que lo entendías ¡Creía que lo entendías!
- Mantenerme a la defensiva no es mi estilo - murmuró el aludido con la voz aún ronca por el dolor - Si me arrincona seguramente moriré. Y encima el hijo de puta sigue separándonos.
Por toda respuesta Taric soltó un bufido de frustración. Pantheon compartía ese sentimiento. Tenían la ventaja numérica, pero los que estaban siendo arrinconados eran ellos. La ilusión de poder contenerlo hasta la llegada de las Elegidas se desvanecía por momentos frente a la dolorosa realidad del inconmensurable poder de su enemigo, y la esperanza de durar hasta ese momento era cada vez más lejana.
- Aún así, eres demasiado temerario en tus acometidas. Sé más cauto, y roguemos a los cielos que eso sea suficiente - sentenció el protector con voz lúgubre. Su interlocutor gruñó en respuesta. No le gustaba nada eso de "dejar a los cielos" algo, mucho menos algo tan importante... y le gustaba aún menos la sensación de que en realidad en aquel momento sus vidas y las de tantos otros no estaban en sus manos, sino en la caprichosa voluntad de aquellos que moraban entre las estrellas.
Aatrox, en tanto, movía la mano del brazo roto con gesto amargo, probándola en medio de quedos gruñidos de dolor. Al menos ya no debería ser tan hábil ahora... o eso le habría gustado creer al rakkor, pero su experiencia previa le indicaba que aquella bestia de batalla no sería obstaculizado por algo tan pequeño como un brazo roto. Como para confirmar sus temores, el darkin retomó su guardia, sujetando su espada con ambas manos sin señales de dolor o incomodidad, su rostro reflejando toda su ira y determinación. Pero él no era el único que estaba furioso y determinado.
- ¡Al demonio la cautela! - rugió Pantheon sacándole miradas de incredulidad a su compañero - Esta será tú última guerra, monstruo ¡Sentirás en tus propias carnes como muerden estos cachorros!
Casi sin dejarse terminar a sí mismo, dejando que el escozor de su rostro y la presión en sus costillas alimentaran el fuego de su rabia, el guerrero cargó hacia adelante escudo en alto. Cuando vió esto, Aatrox sonrió y se apresuró a imitar a su enemigo. Una marea de rojo y dorado iluminó en valle cuando ambos contendientes chocaron, eclipsando a la propia Sol. Concentrando energías en su escudo, el rakkor logró soportar el brutal embate del darkin, y sin mirar, soltó un corte con toda la fuerza de la que era capaz hacia la que debería ser la posición de su enemigo. Pero Aatrox, tan ágil como si no pesara nada, saltó sobre al ataque, quedando apoyado en la punta del arma, y la ocupó como apoyo para encadenar su propia ataque. Esta vez Pantheon no se dejó sorprender, y sin pensar utilizó la fuerza de su propio giro para rodar en el polvo, evitando ser partido por la mitad. Ahora bien, el embate desató una oleada de energía carmesí que le quemó la espalda y lo envió varios metros más allá de lo que había calculado. Apenas se pudo incorporar, concentró fuerzas en su brazo izquierdo y sus piernas para dar una poderosa estocada hacia arriba, como queriendo perforar la propia bóveda celeste. Y su hoja se encontró con la figura de la bestia cerniéndose sobre él en otro devastador ataque. El frío metal rozó aquel rostro abominable en la mejilla justo debajo de uno de sus ojos, dejando un rastro negro de icor a su paso. La espada que se cernía sobre él, en tanto, se encontró con una barrera como luz hecha cristal, que aunque crujió y se trizó ante la violencia del embate, protegió al rakkor de lo que habría sido el fin de su pelea. Los dientes del monstruo crujieron de frustración antes de dar una prodigiosa voltereta hacia atrás, saliendo del camino de la maza que lo amenazaba, y luego otra que hizo que la lanza como un rayo que lo buscaba no diera en ningún blanco. Con un bufido de frustración, el darkin aterrizó solo para impulsarse nuevamente de vuelta a la lucha. El mango de la maza del demaciano y el filo de su espada chocaron nuevamente, eclipsando nuevamente a los truenos que ya se sentían en la lejanía. No era un intercambio justo. Taric debía poner toda su energía solo en contener el terrible peso de aquella espada, mientras perdía terreno poco a poco, pero aquella situación no duró. Ocupando toda la fuerza de la que era capaz, Pantheon embistió hacia adelante escudo en alto y golpeó la muñeca de la bestia con el canto de su escudo, arrancando una maldición y obligándolo a retroceder. El demaciano, una ira acerada en sus habitualmente apacibles ojos castaños, aprovechó este momento para la ofensiva. Un mazazo falló por poco la cabeza de su enemigo, el siguiente fue esquivado y no logró impactar sus piernas, el posterior erró su estómago por muy poco, y el último no logró acertar en su pecho, Pantheon, en tanto, ya recuperada su lanza, se unió a la arremetida. Una estocada, y otra, y otra más arrinconaron al darkin, cada una de ellas una flecha de luz que arrancaba rugidos al aire a su paso. Pero ninguna de ellas logró acertar en el blanco, nuevamente detenidas al límite por el filo negro de la espada maldita. Entonces, furioso, Aatrox dió un golpe en el suelo entre ellos, tan poderoso que la roca estalló en energía carmesí y millares de rocas calientes como si se tratara de un volcán en miniatura, obligando a ambos Aspectos a retroceder. O más bien, hizo a Pantheon retroceder, porque su compañero no fue lo suficientemente rápido y la onda de choque lo desestabilizó, la energía corrupta devorándolo como un fuego fuera de control. Su piel chisporroteó y se ennegreció en múltiples puntos, y ampollas aparecieron y reventaron en sangre y suero a lo largo de su usualmente inmaculada piel. La bestia, aprovechando la oportunidad que se le presentaba, se abalanzó sobre él con una estocada mortal, pero el ataque fue desviado por el rakkor, que saltó rápidamente frente a su compañero escudo por delante, logrando salvar su vida. Aún aturdido, entre gritos de dolor, el demaciano imitó a su enemigo y dió un furioso mazazo en su dirección, a ciegas, y sin embargo el darkin debió retroceder para no quedar atrapado en el ataque. Una nueva pausa se hizo en el combate mientras Aatrox se reposicionar y los Aspectos debían recuperar el aliento.
Su propia energía esmeralda rodeaba a Taric mientras las ampollas desaparecían y las quemaduras se reducían de tamaño, pero parecía que aquellas heridas se resistían a los poderes curativos del demaciano.
- ¿Sabes qué? Tienes razón, Atreus - admitió entre jadeos y quejidos - No resistiremos si somos cautelosos. Es tiempo de ir con todo.
Ni bien terminó de decir estas palabras, respiró hondo y elevó su maza hacia el cielo, como si deseara que su arma se elevara en la bóveda celeste, y en respuesta un resplandor solitario comenzó a descender, una estrella en miniatura manifestándose como respuesta a su gesto. Aunque le costó unos segundos, Pantheon entendió lo que su compañero estaba haciendo, y pudo ver la misma comprensión en los ojos de su enemigo, que con un grito iracundo se abalanzó en dirección al demaciano. "Al demonio la cautela, entonces" pensó el rakkor con una sonrisa, mientras concentraba energía en su lanza. Esta se prendió con un fuego del color del crepúsculo mientras era arrojada con todas sus fuerzas por el rakkor. Solo que el arrojado fue él, pues salió despedido, aún aferrado a la lanza, hacia adelante, mientras sentía la ya familiar sensación de ser nada más que una antorcha muy grande arrojada por un dios despreocupado. Su camino ardió en energía dorada, quemando lo poco que aún no había sido destrozado en la batalla, y como un cometa descontrolado chocó en el aire con su contendiente. Pudo sentir el mordisco de la espada en la piel de su hombro, pero de un segundo al otro la espada pasó de largo, como si de pronto su cuerpo estuviera hecho de nada más que luz, sin sustancia para que el darkin pudiera atacar. El dolor de sus heridas no solo remitió, sino que desapareció y así pasó también con toda la fatiga que había acumulado en el combate. Tras levantarse de rodar por el piso junto a su enemigo de manera nada elegante, el guerrero presenció a Taric apareciendo maza en alto, brillando suavemente como si su cuerpo hubiera sido tejido con luz estelar. Taric rugía mientras cargaba, y a su grito de guerra se unió Pantheon, dispuesto a destrozar al monstruo que los enfrentaba. Este evitó los ataques deslizándose hacia atrás con la gracia de un eximio bailarín, , pero como si tuvieran vida propia la lanza y la maza lo persiguieron, ávidas de su carne e icor. Fue su espada la que debió detener los ataques sucesivos, cada choque un trueno que resquebrajaba las piedras y arrancaba ecos distorsionados de las quebradas circundantes. Mazazo, estocada, corte, mazazo, todos fueron detenidos por la lluvia de cortes que desató el darkin para protegerse, y sin embargo cada rechazo lo hacía retroceder un poco, cada golpe que desviaba le exigía más que el anterior. Pero aquello no estaba destinado a durar. Tanto Pantheon como Taric se abalanzaban sobre él sin ningún cuidado de sí mismos, confiados en la protección de las estrellas que los resguardaba de cualquier daño posible. Pero nadie podría mantener semejante hechizo activo mucho tiempo, y el demaciano no era la excepción.. Y Aatrox lo sabía, y resistía la desesperada situación, hasta que la luz abandonó aquellos cuerpos mortales, dándole por fin su momento de revancha. El monstruo apenas vió esto dió un amplio corte horizontal que desvió las armas entrantes... y esta vez sus portadores estaban completamente expuestos ante los ataques sucesivos. Una terrible patada del Darkin asestó de lleno en el estómago del Protector, que salió despedido por la fuerza del impacto, y Pantheon a duras penas pudo contener con su escudo el corte descendente que le propinó el darkin, el metal celestial que lo formaba chirriando ante el asalto de la espada. Entonces Aatrox levantó su arma con un solo brazo, pero en vez de asestar otra cuchillada, golpeó con el mango de su arma. Esto tomó totalmente por sorpresa al rakkor, que recibió el embate con el hombro, el cual se rompió sonoramente. El guerrero dejó escapar un terrible gemido mientras de pronto el peso de su protección se hacía insoportable, cayendo de rodillas y soltando su escudo. Una patada de su enemigo le asestó de lleno en la cara, haciendo crujir los huesos de su cráneo mientras rodaba sin remedio en medio del ahora desolado yermo que cobijaba aquella batalla. Ciego de dolor, mareado, Pantheon intentó una estocada desesperada en la dirección opuesta al suelo, pero no impactó en nada mientras su otro hombro sentía la mordedura profunda del metal atravesando limpiamente carne, hueso y tendón y clavándolo en el lugar. En medio del dolor, sabedor de que su fin estaba cerca, el rakkor solo podía pensar en sus refuerzos y en Taric. "Tienen que llegar al menos a salvarlo, maldita sea" se decía a sí mismo en medio de una marabunta de otros pensamientos. "Esto no puede haber sido en vano".
Entonces, como respondiendo a sus plegarias sin objetivo, un calor gentil y una luminosidad inaudita lo rodearon, y por un segundo temió haber muerto. Pero el dolor imposible remitía, y sus sentidos se hacían más claros, por lo que no podía ser la muerte que se lo llevaba. Abrió los ojos para encontrarse nuevamente en el campo de batalla, el cuerpo oscuro y enorme de su enemigo ocupando todo su campo de visión, pero este no le prestaba atención ya. Entonces, en un movimiento rápido arrancó la espada del hombro del rakkor y dió una voltereta hacia atrás, como buscando esquivar un golpe. A continuación, una corriente de luz plateada atravesó el lugar donde había estado parado hacía un momento, pero lo que no se esperó fue una llamarada, como si la propia sol vomitara su ira en forma de luz sobre él, quemando al darkin e impidiéndole moverse. Una voz muy querida lo llamaba desde el otro lado del pequeño valle, mientras unas figuras ataviadas una de dorado y la otra de plateado se acercaban desde esa dirección. Los cielos habían respondido su llamada. Las Elegidas habían llegado, y ni un segundo demasiado pronto.
Una vez ambos hombres desaparecieron en la arboleda, Soraka se volvió hacia ellas.
- ¿Están realmente listas, Elegidas? ¿Sus fuerzas están completamente repuestas? ¿No les apetecería pasar a tomar un té antes de partir? Sobre todo tú, Leona. Las madrugadas aquí arriba son realmente frías.
La aludida negó con la cabeza, su ceño fruncido en contrariedad.
- No es que cuestione sus intenciones, señorita Soraka, pero permítame preguntarle, si puedo saberlo ¿Por qué los envió a ellos solos?
Diana escaneó atentamente aquel rostro en apariencia sereno, y creyó ver una pizca de preocupación y ¿tristeza? en aquellos ojos insondables.
- No puedo responderte satisfactoriamente, Elegida de la Sol, no porque no quiera o no pueda, sino por que... no estoy realmente segura.
Ante la mirada confundida de sus interlocutoras, la de piel violeta buscó algo en el horizonte con la mirada, y una vez lo encontró, lo señaló con uno de sus delgados dedos.
- Allí ¿Pueden verla?
Ambas elegidas fijaron la vista en lo que se les señalaba, y pudieron ver, tiñendo de gris oscuro el horizonte, una enorme tormenta que se acercaba desde el este, como huyendo de la Sol.
- ¿Una... tormenta? - preguntó la de cabellos castaños, llena de confusión.
- No. Solo lo es en apariencia, pero estoy segura de que no es una tormenta cualquiera. Y lo sé porque, desde el punto en el tiempo cuando nos alcanza esa tormenta... el futuro se desdibuja. Sea lo que sea eso, es algo que está nublando mi visión. Conozco pocas cosas que puedan lograr semejante hazaña, y ninguna de ellas es buena.
La Elegida de la Luna captó al vuelo como su voz vaciló al decir estas palabras, y un inexplicable escalofrío le recorrió el espinazo.
- Lo cierto es que... las demoré aquí conmigo para que repusieran sus fuerzas totalmente... y con la esperanza de que Atreus y Taric pudieran, aunque sea un poco, desgastar a Aatrox en su batalla, y así, con algo de suerte... que ustedes pudieran guardar fuerzas para lo que sea que se avecina.
Un silencio incómodo siguió a estas palabras. La de ojos plateados no se atrevía a decirlo en voz alta, pero se sentía como si la celestial estuviera tratando a los avatares como simples peones, como un general indolente enviaría a soldados al frente a morir solo para ganar una "ventaja táctica" sobre sus enemigos. Eso chocaba frontalmente con la camaradería que parecía tener con Taric, o con la preocupación casi maternal que le había mostrado a ellas y al rakkor.
- Sé lo que están pensando - dejo entonces la de ojos dorados con un tono evidentemente triste - y realmente no puedo refutar dichos pensamientos. Solo quiero que sepan que nunca habría propuesto algo así si pensara que su encuentro con Aatrox acabaría en su muerte. Creo sinceramente que ellos sobrevivirán el combate, y que cuando lleguemos no solo los salvaremos, sino que derrotaremos a nuestro enemigo. Por favor, confíen en mí.
Diana y Leona se miraron, entonces la primera suspiró, y la segunda dijo:
- Creemos en usted, señorita Soraka. Usted nos reunió, e incluso nos habló de sus planes, por más... retorcidos que parezcan - ante esto último la de piel violeta hizo una mueca - Seguiremos confiando en usted, y seguiremos confiando en que nos llevará a la victoria contra lo que sea que se nos oponga.
La de piel albina asintió, reforzando las palabras de su compañera.
- Muchas gracias, elegidas. Si piensan que están completamente repuestas, vayan a buscar sus armas. Nuestro camino será un poco más largo, pero les aseguro que llegaremos a tiempo para unirnos al combate.
Ambas Elegidas asintieron y se encaminaron hacia la cabaña. Diana no dijo nada, perdida en sus pensamientos, sintiendo poco a poco la ansiedad y el miedo que creía haber conjurado volver a nublar su corazón. Su compañera tampoco dijo nada, pero la de ojos níveos podía sentir su mirada insistente sobre ella. Cuando hubieron traspasado el umbral de la puerta, la Lunari se volteó hacia ella y le preguntó:
- ¿Qué es, Leo?
La de blanca cabellera pudo ver la pequeña sonrisa de su contraparte al escuchar su viejo sobrenombre.
- Nada, solo tuve la sensación de que estabas sobrepensando todo otra vez.
Diana abrió mucho los ojos, aunque no debería estar sorprendida. Después de todo, solo la propia Luna la conocía mejor que Leona.
- Confiemos en la señorita Soraka. Estoy segura que todo saldrá bien - continuó la de cabellera castaña con voz segura.
- Desearía tener esa clase de confianza... - murmuró la Lunari con un poco de frustración.
La Solari soltó una alegre carcajada en respuesta, y dijo:
- ¿Confías en mí, Di? Porque yo confío en ti, como compañera y como camarada de armas. Sé que si lucho a tu lado no debemos temer al darkin. Ambas en buen estado, me refiero.
- ¿Y qué me dices de lo que sea que nos espere en esa tormenta? ¿Todavía confías a pesar de no saber a qué nos enfrentamos?
- Sí - afirmó la consultada con una sonrisa, y a pesar de que se sintió un poco exasperada, Diana no pudo evitar sonreír. A pesar de que era muy poco lógico de su parte, solo el tener a Leona a su lado... le hacía sentir que no había razón para temer. Sí. Todos superarían esta crisis... y luego se aseguraría de tener un laaaargo tiempo a solas con Leona, como premio después de tantas peripecias. De modo que tomó sus armas, se las equipó y tomó la mano de la Solari para salir juntas por la puerta.
La Celestial y las Elegidas se adentraron en el bosque, pero pronto tomaron un sendero que parecía adentrarse en las quebradas más que descender al valle. Un laberinto de riscos las aguardaba, serpenteando y elevándose en la roca madre, a ratos iluminada por la luz de la Sol, a ratos oscurecida por la niebla matutina que parecía refugiarse de los rayos solares en medio de esos peñascos. Diana intentó con todas las fuerzas de su intelecto ubicarse a sí misma en medio de aquellos caminos, pero todos sus esfuerzos fueron infructuosos. Parecía que no solo no estaban bajando a los valles, sino que además los caminos se retorcían sobre sí mismos a tal punto que la de nívea cabellera solo podía imaginarse dando vueltas en círculos interminablemente. Cuando finalmente se rindió y le consultó a la Sanadora Estelar por ello, ella solo respondió "No te preocupes, estamos bajando. Este camino es solo para evitar que cualquiera nos detecte antes de tiempo". De modo que la Lunari eligió nuevamente confiar en la de piel violeta y se entregó a lo que pareció una eternidad vagando en aquellos estrechos senderos montañosos.
De pronto Soraka se detuvo, sus largas orejas moviéndose nerviosamente, como si escuchara algo. Alzó la vista al cielo entonces, y siguiendo la dirección de su mirada la de ojos níveos pudo ver algo extraño y hermoso. Una estrella rezagada, como negándose a ser eclipsada por la Sol, brillaba en el firmamento, y parecía descender lentamente hacia los valles.
- Debemos apresurarnos - dijo la Sanadora, de pronto ansiosa, y sin mediar palabra comenzó a dar grandes pasos de cierva, amenazando con dejar atrás a las Elegidas, que no tuvieron más opción que seguirla corriendo sin poder preguntar nada.
Como si el camino respondiera las necesidades de quienes lo transitaban, ahora todo era descenso en tramos casi rectos. Y pronto se pudieron escuchar los estruendos de la terrible pelea que se estaba librando cerca. Las 3 apretaron el paso y los acantilados dieron paso a un pequeño valle rocoso. O lo que quedaba de él, pues el lugar bien podría haber sido consumido por un incendio o asolado por un volcán. Piedras ennegrecidas y derretidas, restos calcinados de las plantas que alguna vez pusieron sus raíces en el lugar, cráteres enormes y otros más pequeños salpicando el paisaje. Y sobre todos ellos una figura negra y enorme, inclinada sobre otra más pequeña, tirada en el piso. Ninguna dijo nada, pero las 3 actuaron al mismo tiempo. Tras las Elegidas, Soraka lanzó su plegaria de bendición, y las estrellas, ocultas tras el resplandor de la Sol, respondieron a ella en cálida luz verde y amarilla. Diana concentró sus fuerzas y arrojó una cascada de luz lunar en dirección a la negra figura, mientras Leona elevaba su espada al cielo y hacía caer fuego sobre el enemigo a la vista, que evitó el ataque de la Lunari pero no el de la Solari. Ambas Elegidas se apresuraron a interponerse entre la enorme bestia y la figura caída, que resultó ser Pantheon, con la cara hinchada y un terrible boquete en uno de sus hombros. Más allá de él se acercó Taric, toda su piel salpicada de quemaduras y rasguños, boqueando por aire mientras se tomaba el estómago.
- Ni un segundo tarde - las recibió el demaciano con una sonrisa en medio de su expresión de dolor - Acaban de salvarnos de un trágico final.
A su lado, Diana pudo ver un pequeño asentimiento de la de piel dorada, y no pudo evitar mirar a su espalda, donde Soraka le estaba dando tratamiento a quien portaba los remanentes del Guerrero. El miedo crecía en ella mientras tenía la vista fija en el monstruo que aún estaba aturdido por el ataque de su compañera. Pantheon era evidentemente un guerrero forjado en mil batallas... y aún 2 contra 1, había quedado reducido a ese estado. Taric no parecía mucho mejor ¿De verdad serían capaces de lidiar con esa bestia de batalla, y con lo que fuera viniera después? Un pequeño codazo de Leona la devolvió a la realidad. Sus ojos esteban llenos de determinación, y una sonrisa desafiante iluminaba su rostro. Era cierto. Todo eso eran pensamientos inútiles. Que el darkin diera su mejor golpe, ellas estarían preparadas.
Entonces el darkin se sacudió. En su "piel" se veían numerosas áreas arrugadas y retorcidas, su "casco" estaba resquebrajado en la punta y de él manaba icor negro, su muñeca derecha estaba hinchada como una pelota y tenía un profundo corte en uno de sus pómulos. Y sin embargo, cuando esos ojos rojos llenos de ira los miraron, sus heridas parecieron insignificantes. Su presencia imponente parecía oscurecer aquel valle, más aún que las nubes de la tormenta que ya estaba sobre ellos.
- De modo que siguen vivas, marionetas de los astros - les dijo con voz tranquila, aunque su rostro era la máscara del odio - ¿Fuiste tú, no es así, Soraka? ¿Fuiste tú la que montó este espectáculo patético para intentar detenerme?
La aludida ayudó al rakkor a incorporarse y se adelantó, mostrándose frente a su enemigo.
- Fue el destino, Aatrox. El destino nos unió, en tu contra. Tu rabieta termina aquí.
Ante estas palabras los ojos del monstruo se agrandaron, y estalló en una carcajada reverberante, desagradable y sardónica.
- ¿Destino? ¿Te refieres a las caprichosas voluntades de los Celestiales? Por supuesto que fueron ellos los que montaron semejante farsa. Pero tú fuiste la mano ejecutora, Sanadora. No esperes una muerte pacífica.
Desafiante, la de piel violeta no dijo nada más, y su enemigo soltó otra carcajada.
- Bien. Espero con ansias quebrar esa dignidad tuya, Celestial. En cuanto a ustedes ¡Intenten detenerme, Aspectos de Targon! ¡Confíen en el guion que sus amos han preparado para ustedes! - mientras decía esto el darkin tomó una guardia distinta, con la espada frente a él como un guardia ceremonial. El arma pulsaba y se retorcía, envuelta en efluvios negros y carmesíes que parecían extenderse como una red alrededor del monstruo - Pero sepan que yo no soy ningún actor, y que no cumpliré con mi parte. Ahora ¡Desafíenme, y sean testigos! ¡Que los cielos mismos sean testigos de esta, mi Última Guerra!
Mientras decía esto, el polvo se volvía negro y pesado alrededor del darkin, y relámpagos rojos comenzaban a chispear en la atmósfera oscura que lo envolvía. Tanto Diana como Leona se aprestaron a cargar, temerosas de lo que sea que se estuviera preparando, pero Soraka las detuvo.
- Si van ahora, solo quedarán atrapadas en ese ritual maldito. No nos queda más que contemplar la gloria del darkin... antes de su derrota.
Como si el sol no pudiera atravesar el aura maligna que rodeaba al ascendido caído, una curiosa bola de sombras se proyectaba sobre aquel valle arruinado, hinchándose por momentos. Aquel fenómeno emitía una suerte de rugido silencioso que parecía acallar todo excepto los relámpagos cada vez más cercanos, y los 4 Aspectos, incluidos Pantheon y Taric que habían sido provisionalmente sanados, aguardaban nerviosos a qué cosa se revelaría a continuación. No tuvieron que esperar mucho, pues pronto aquella misteriosa sustancia pareció tomar forma, una forma colosal y alada, hasta hacerse carne y revelar...a Aatrox. Su figura, ya enorme, parecía ahora una pequeña colina en medio de los desfiladeros, y sus alas ocultaban al sol más que las primeras nubes de la tormenta. Su "piel" negra brillaba como el ébano, y el carmesí de su brazo izquierdo y torso parecía un rubí pulsante. Un curioso humo negro emanaba de él, como si estuviera ardiendo sin llama, un hedor como a sangre y humo envolviéndolo. La Lunari supo que, a partir de ese momento, cada vez que alguien hablara de un "dios oscuro" se le vendría a la mente la imagen que tenía frente a sí. Había una repulsiva majestad en aquella figura terrible que no podía sino llenarla de admiración... y temor.
Los 4 Aspectos y el darkin se quedaron así durante un momento, contemplando a la bestia, hasta que el negro enemigo de la vida se puso en guardia y balanceó su espada. Solo ese movimiento desató olas de energía carmesí que barrieron todo a su paso, dejando profundas marcas en la roca. Pero Leona, con un grito que resonó en todo el valle, se adelantó con el escudo levantado y se infundió de poder solar, que formó una protección dorada en torno a ella. Taric la rodeó con su propio baluarte cristalino, mientras los demás aspectos y la celestial se ponían detrás de ella. Como si de un risco se tratara, la energía chocó con la Solari y fue desviada a los lados. Diana pudo escuchar los dientes de su compañera rechinar, mientras el poder liberado la arrastraba hacia atrás. La protección cristalina se trizó y quebró sonoramente, pero la Solari resistió hasta que finalmente el ataque terminó. Sin esperar el siguiente ataque, la Lunari se imbuyó de energía plateada y cargó hacia adelante como una saeta. Por el rabillo del ojo pudo ver al maltratado rakkor siguiéndola por el otro lado. Cerniéndose sobre su titánico enemigo como un gamo, Diana soltó una cuchillada apuntando a sus pantorrillas. Pero esa cosa, esa masa de carne retorcida, saltó por sobre el ataque, tan grácil como una garza. Aún en el aire, utilizó su espada para desviar la estocada que le propinó el rakkor. En 2 movimientos anuló totalmente el ataque de pinza improvisado que los Aspectos habían armado, y en esos 2 movimientos los había dejado vulnerables a un contraataque.. si solo fueran los dos. Pero detrás de ellos cargó Leona, extendiendo su espada que se alargó como un rayo de sol hasta incrustarse en una de las pantorrillas del darkin. Acto seguido, como si su blanco la atrajera, la Solari se abalanzó sobre su enemigo, propinándole un potente golpe con el escudo en la rodilla. Aatroz soltó un bufido de dolor y dejó caer su espada con un corte descendente sobre la de piel dorada, pero el filo rebotó contra la protección cristalina de Taric. Con otro bufido, el darkin dió una prodigiosa voltereta hacia atrás, separándose de sus enemigos. O eso pensó Diana, pues inmediatamente el darkin retomó su guardia y esta vez fue él el que se arrojó sobre ellos. Leona nuevamente utilizó su escudo para protegerse, pero el darkin no la atacó, sino que la utilizó de apoyo para superarla... y quedar frente a Soraka. Un sudor frío recorrió a la Lunari cuando vió esto, y se apresuró a auxiliar a la Sanadora, incluso si la suerte ya estaba echada. Pero la suerte no estaba echada, pues Taric se encontraba cerca de ella y se interpuso frente a Aatrox con su maza y su protección cristalina. Se veía ridículamente enano frente a su enemigo, y cuando este le soltó un espadazo, a duras penas fue capaz de soportar semejante peso. Más entonces una lanza como unja flecha dorada surcó el aire y se incrustó superficialmente en uno de los hombros del darkin. Este debió entonces dejar a su presa, concentrándose en la de cabellera de plata, que lo envolvió en una lluvia de cuchilladas plateadas, bellos y letales trazos siendo dibujados por su hoja. Pero cada uno de sus ataques se vió repelido por la espada del darkin, cuyos reflejos superaban incluso a su velocidad. En el entretanto Soraka se había alejado acompañada cuán guardia por el demaciano, y Pantheon y Leona nuevamente rodearon al darkin. Una vez Diana se separó de él, jadeante, habiendo sido incapaz de superar su defensa, Leona y Pantheon se arrojaron a la vez sobre su enemigo. El rakkor descargó una tormenta de estocadas sobre su enemigo, cada una un pequeño relámpago, siendo nuevamente repelidas gracias a la agilidad marcial de aquel monstruo. El rakkor aún no había detenido su ataque cuando Leona aprovechó el espacio en su guardia y se arrojó escudo en alto, logrando impactar a su enemigo en la parte de atrás del muslo derecho. El darkin se tambaleó, y fue castigado por la punta de la lanza del guerrero con varias heridas sobre su pecho, si bien superficiales. Era evidente que el rakkor no podía usar su fuerza con el hombro a medio sanar . Por ello Diana entró justo detrás de su compañera y, dando un salto prodigioso, imbuida en energía lunar, pareciendo un cometa plateado en pleno vuelo, descargó una terrible cuchillada sobre el darkin. Este se apartó como pudo del ataque, pero de cualquier forma la hoja abrió limpiamente la carne de su hombro izquierdo, dando lugar a ríos de icor negro que rápidamente gotearon de su brazo al castigado suelo del lugar. Incapaz de mantener apropiadamente la fuerza de su agarre con aquel brazo, el darkin se cambió rápidamente la espada de mano y se deslizó hacia atrás. En sus ojos ahora no solo había odio. Había miedo, desesperación. Esta vez, el arrinconado era él.
- Si no puedes superar siquiera a las marionetas ¿De verdad esperas llevar tu masacre a los altos Celestiales? - lo cuestionó Leona con el desprecio llenando cada una de sus palabras.
El darkin la miró un momento, y se rió. Su risa resonó en los acantilados, como si su burla se repitiera infinitamente hasta llegar a los cielos, pero aquella risa parecía angustiada
- No lo espero. Lo haré. Porque tus amos me han dotado de este cuerpo repugnante, y me han maldecido con la eternidad ¡La eternidad es mía para maldecirlos, y aplastarlos, hasta finalmente ahogarlos en su propia sangre! ¿Tienes idea de cuántas pruebas me han puesto hasta ahora, pequeña y patética humana? Esta es solo otra prueba a superar, y la superaré. Con tu carne me alimentaré, y tu carne pondré en movimiento para cumplir mi propósito ¡Marioneta ridícula y ciega!
Mientras decía esto, aquel tenue humo negro que lo rodeaba se intensificó, y sus heridas lentamente se cerraron. Sin embargo, su forma pareció empequeñecer, como si se estuviera quemando.
- ¡Nada teman! ¡Esa criatura necia solo se está consumiendo a sí mismo en esta batalla! - gritó la Sanadora Celestial entonces, arrancando una mirada asesina del darkin - ¡Sigan así, y la victoria es nuestra!
- ¡No habrá otra victoria que la mía, traidora de los cielos y la tierra! - rugió la bestia antes de abalanzarse nuevamente sobre la de piel violeta. Esta vez, sin embargo, los Aspectos estaban preparados. Leona se interpuso en el camino de su enemigo, y en vez de quedarse a resistir, lo atacó un su espada llameante de fuego solar. Aatrox repelió el ataque casi con fastidio, pero entonces Taric apareció detrás de Leona y le propinó un mazazo en la pantorrilla. Ambos, Diana y Pantheon volvieron a flanquearlo entonces, el rakkor como una flecha envuelta en fuego y la Lunari grácil y fluida como un río de plata. Esta vez, el darkin soportó los ataques del rakkor sin esquivarlos, ganándose decenas de pequeñas heridas en el hombro y el pecho, ninguna fatal, y detuvo el ataque de la de ojos plateados de tal forma que la paró en seco. Entonces el darkin le propinó una patada que le sacó todo el aire de los pulmones y la hizo retroceder, adolorida y confusa. Inmediatamente Taric se adelantó para cubrirla, pero la bestia se volteó hacia Pantheon, que cargaba contra él escudo en alto. Con un tajo diagonal obligó al rakkor a detenerse, y entonces su hoja brilló con luces carmesíes antes de desatar una cuchillada descendente sobre el rakkor. Allá donde la luz tocó, la tierra erupcionó violentamente en energía escarlata, y aquello que tocaba la energía ardía sin llama hasta consumirse. El rakkor logró imbuir su escudo con el poder de su Constelación y evitó el terrible destino de arder, pero la onda de choque fue tan poderosa que él mismo salió despedido, aterrizando varios metros más allá como un saco de papas. Soraka inmediatamente fue a auxiliarlo, y detrás de ella fueron todos los demás, incluso Diana que aún se resentía del golpe propinado por Aatrox. Este intentó apresurarse a terminar el trabajo, pero la hoja de la espada de Leona, vuelta en penetrante rayo de sol, se incrustó en su muñeca derecha, seguida por supuesto de la loca arremetida de la Solari. Esta se enzarzó en una feroz pelea con el darkin, aunque su aportación fue más bien intentar desviar los terribles golpes con su escudo. Envuelta en radiante luz solar, Leona parecía un faro en medio de la semipenumbra del valle, ya cubierto de nubarrones gris-azulado, un monumento viviente a la gloria del sol. Frente a ella, enorme y amenazador, la figura oscura de Aatrox amenazaba con extinguir esa luz, cada golpe de aquel sanguinario filo eclipsando momentáneamente aquel fulgor. Esta visión llenó de temor y angustia el corazón de su compañera, así como también de una acerada determinación. Esa criatura que amenazaba su recién recuperada felicidad iba a caer, no importa que tanto se debatiera. Llena de helada ira, Diana avanzó como una saeta por el accidentado campo de batalla hasta llegar a su enemigo. Desató el mismo golpe que antes, pero esta vez hizo la finta de apuntar a su cuello y cuando el darkin reaccionó apartándose, la guerrera lunar desató un corte de titilante blanco que casi partió por la mitad cuan largo era el brazo derecho de la bestia. El icor manó abundantemente, y el humo negro amenazó con envolver completamente el brazo, que comenzó a arder sin llama, consumiéndose lentamente.
Aatrox vió esto con una inequívoca mirada de horror en su rostro, y entonces rugió como la bestia herida que era. Observó a los Aspectos con ojos desorbitados y gritó, su voz quebrada por la angustia:
- ¡No me entregaré a la negra noche!
Dicho esto se arrojó sobre ellos sin ninguna clase de precaución o reparo. Lo que siguió solo puede describirse como el baile más demente y destructivo jamás ejecutado. Cada movimiento del darkin era poderoso y letal, y esquivar semejantes ataques podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Con la gracia de un bailarín o un acróbata, Aatrox conseguía esquivar o desviar los golpes, manteniendo en jaque a los 4 Aspectos él solo. Aún en medio del combate, el temor comenzó a crecer en el corazón de Diana ¿Cómo podía ser que existiera una criatura con tanto poder y habilidad marcial como para arrinconar a 4 Aspectos sin ayuda? Pero entonces la Lunari observó que aquel brazo herido ya casi no existía, y la oscura niebla que lo rodeaba comenzaba a devorar del hombro para arriba. Aquella bestia ya estaba arrinconada, y aún todo su poder y terrorífica habilidad no podían salvarlo. Y de pronto, en medio de la refriega, se abrió un pozo a los pies del darkin, y en él se podían ver estrellas que no tenían nombre en ninguna lengua humana, y otros astros que se desconocían. Aquella oscuridad sideral pareció rodear al darkin y encadenarlo, deteniendo su letal baile. Con el rabillo del ojo la Lunari pudo ver a Soraka, con el bastón extendido y expresión de extrema concentración en el rostro. Era su oportunidad. Taric le soltó un potente mazazo que trituró su brazo restante, Leona envolvió su espada en llameante luz solar y atravesó su vientre con ella, Diana saltó y lo degolló y Pantheon atravesó con esfuerzo su lanza en aquel titánico pecho. De todas aquellas heridas pronto manó icor en abundancia primero y luego el humo negro, mientras aquel retorcido cuerpo artificial comenzaba a desmoronarse.
Los Aspectos retrocedieron con cautela, aún temiendo lo que el darkin pudiera hacer. Pero este solo se retorcía desesperadamente, gimiendo y gruñendo, como si haciendo eso pudiera evitar el destino que le esperaba. La espada, tirada en el suelo, absorbió el humo negro que se desprendía de lo que alguna vez hubiera sido un darkin, y un último y desesperado grito puso los pelos de punta a todos los que lo escucharon:
- ¡NO PUEDO MORIR...! ¡TRAIDORA...!
Entonces el humo negro terminó de desaparecer, y el único testimonio del horror que había caminado por allí fue un campo quemado y destrozado, y una espada solitaria en medio de él, pulsando débilmente.
