(Des)enmascarados
Capítulo 4. La noche más larga
—Usaré el sofá —dijo señalando por encima de su hombro con el pulgar.
—¿Qué dices? —preguntó Isobel conteniendo una risa más fruto de la tensión que del humor.
Jubal pareció confuso, pero sólo durante un segundo.
—Cierto. Tienes razón —murmuró parpadeando abochornado, y la siguió a su dormitorio.
Sin decir nada más, Isobel cogió su pijama y se metió en el baño.
Jubal miró a su alrededor frotándose la parte baja de la espalda, sin saber qué hacer a continuación. Se sentía tan ajeno en esa habitación. En circunstancias normales, habría sido una poco común muestra de confianza por parte de Isobel que lo invitara allí. De hecho, Jubal había estado en su dormitorio solamente una vez. Cuando David Owen la había atacado. En otra casa diferente. Ahora, habiendo -en cierto modo- forzado su propia presencia allí, Jubal se sentía tan invasor como Owen.
Con un suspiro algo apesadumbrado, se quitó el reloj dejándolo junto con su móvil en la mesilla de noche, y se metió en la cama. Ni siquiera se quitó la camiseta. Pasaría calor, pero no tanto como si se arriesgaba a entrar en contacto piel con piel...
Oyó el sonido de la ducha. ¿Era Isobel de las personas que prefieren ducharse antes de acostarse? Para Jubal hacerlo al levantarse era una necesidad. Lo despejaba. Aunque, si el día había sido especialmente duro, le gustaba hacerlo por la noche también... Supuso que el día debía haber sido muy estresante para Isobel.
Sin pretenderlo, su mente divagó y en ella se formó la imagen de Isobel entrando en la ducha, poniéndose bajo el chorro, dejando que el agua se deslizara por su espeso y oscuro cabello, por sus hombros desnudos...
¿Qué demonios-? Jubal, Isobel es tu jefa. No lo olvides.
Sacudió la cabeza. Necesitaba pensar en otra cosa. Se obligó a recordar los crímenes del psicópata que intentaban atrapar.
Isobel esperaba que la ducha la relajara, pero lo cierto es que no lo estaba haciendo. Todavía podía sentir la intensa, inesperada ternura teñida de apenas contenido ardor que los labios de Jubal habían dejado en los suyos. Huyendo del profundo impacto emocional, se sorprendió entonces preguntándose cómo se sentiría si él fuera ardiente de verdad, si tomara posesión de su boca.
Irritada, Isobel bajó bruscamente la temperatura de agua antes de que aquella secreta parte suya empezara a fantasear con que Jubal fuera tan osado como para reunirse con ella en la ducha.
Cuando salió del baño, ya con su cómodo pijama puesto, todas las luces estaban apagadas menos la de una de las mesillas de noche. Jubal estaba en la cama, boca arriba, tapado con el edredón. Parecía dormido, pero no lo estaba.
—Está conectado —informó en voz baja.
Reprimiendo un suspiro, Isobel se metió bajo las mantas. Tras pensarlo un momento, dejó un leve beso en la comisura de los labios de Jubal, apagó la luz, e intentó pretender que se quedaba dormida.
Jubal tuvo que esforzarse para reprimir el impulso de capturar su boca otra vez.
Isobel es tu jefa Isobel es tu jefa Isobel es tu jefa, se repitió en un severo mantra mental.
Ésta iba a ser una noche muy larga...
·~·~·
Tras un largo tiempo -un par de horas, tal vez- simplemente demasiado alerta para quedarse dormido, Jubal se estaba empezando por fin a relajar cuando notó que Isobel se movía en la cama. La vio levantarse lentamente y salir del dormitorio caminando con calma, descalza. A él le pareció un poco peculiar, pero lo achacó a que Isobel tal vez había ido a beber agua o algo así.
Al cabo del rato, le extrañó que Isobel no regresara. Pensó en ir a buscarla, pero no quería ser más molesto de lo que ya estaba siendo.
Sin embargo, el tiempo pasaba e Isobel seguía sin volver, y Jubal decidió que iría a echar un vistazo.
Encontró a Isobel en el salón, su esbelta silueta, una delineada sombra entre sombras. El pijama que llevaba no era realmente provocativo, pero su figura seguía siendo una maravilla de contemplar. Estaba de pie frente al ventanal, como si estuviera contemplando nostálgica las vistas.
Sólo que la cortina estaba echada.
—¿Isobel?
Ella no respondió y Jubal se acercó intrigado.
En su hermoso rostro, los ojos de Isobel estaban abiertos, pero no parecía estar mirando nada. Él le pasó la mano por delante de la cara. No hubo reacción.
¿Eres... sonámbula?, pensó Jubal sorprendido.
Se puso delante de ella, agitando las manos. Ella no se movió. La tocó suavemente por encima del codo y volvió a llamarla por su nombre. Nada.
Tras unos momentos de duda, Jubal decidió que era mejor llevarla de nuevo a la cama. Cogiéndola del brazo con cuidado, la condujo hacia el dormitorio. Afortunadamente, Isobel no se resistió.
Mientras iban hacia allí, ella empezó a buscar su contacto, como atraída por su calor. La noche había enfriado tanto la casa como el cuerpo de Isobel. Despacio, terminó abrazada a él en la penumbra del pasillo.
Eso los obligó a detenerse. Jubal vaciló. Tragando saliva con dificultad devolvió el abrazo, frotándole la espalda con suavidad, intentando ser reconfortante a la vez que luchaba por que no le alcanzara tan adentro tenerla así en sus brazos.
Haciendo a un lado sus secretos anhelos, Jubal empezó a separarse, sin hacer movimientos bruscos. Pero Isobel empezó a deslizar las manos por su torso hasta su pecho y lo sorprendió al besarlo delicadamente en el cuello. El intenso cosquilleo que se extendió por todo el cuerpo de Jubal lo dejó inoperativo por unos momentos.
—Te he echado de menos —musitó ella contra su piel—. Gracias por estar aquí conmigo...
Entonces Isobel le acarició la mejilla, y trasladó los labios hasta posarlos sobre los suyos, con una ternura que lo cautivó sin remedio. El corazón de Jubal había dejado de tener espacio suficiente dentro de él.
Se encontró correspondiendo sin querer. O tal vez sin querer evitarlo. Había esperado tanto tener la oportunidad de besarla otra vez.
Lo que no había esperado era que, poco a poco, la boca de Isobel se volvió más exigente, más fogosa. Sus brazos le rodearon el cuello, pegando su cuerpo contra él. El subidón de euforia fue espectacular.
Pero entonces los movimientos algo desmadejados de Isobel sembraron la semilla de una alarmante duda dentro de Jubal. La sujetó por la cintura e intentó retroceder. No lo consiguió. Isobel lo persiguió hasta que la espalda de él dio contra la pared del pasillo...
Estás despierta, ¿verdad?, se preguntó inquieto, mientras no podía evitar que su boca y su cuerpo reaccionaran plenamente al ansioso contacto de los de ella. Tenía que estar despierta; le había hablado. Y no podía besarlo así si no lo estaba.
Le tomó unos -maravillosamente deliciosos- segundos, pero Jubal logró reunir la voluntad para apartarla un poco de él, con cuidado pero con firmeza. Algo jadeante, la estudió con detenimiento en la penumbra. Isobel seguía con los ojos abiertos, pero su mirada estaba vidriosa, desenfocada y perdida.
Maldición.
Por supuesto. Isobel jamás habría sido así de apasionada con él en circunstancias normales, mucho menos sabiendo que la observaban... ¿Verdad?
Tenía que estar dormida, pero seguía tratando de volver a besarlo.
—Te juro que jamás te rechazaría si estuvieras haciendo esto conscientemente —murmuró él contra los labios de Isobel.
Pero, ¿qué haces hablándole, Jubal? ¡Está dormida! Renegando entre dientes, con un dolor sordo en el pecho y un suspiro tembloroso cargado de frustración, Jubal la giró con delicadeza sobre sí misma.
—Vamos, será mejor que te lleve a la cama- Quiero decir- Anda, vamos.
Cogiéndola por los hombros con los brazos estirados, la hizo caminar delante, todo lo separada de él como le fue posible.
Para luchar contra su decepción, se recordó a sí mismo que no habría podido dejar que ocurriera nada de todas maneras, teniendo a dos agentes suyos siendo potenciales testigos de todo...
Isobel se fue calmando de camino. Cuando Jubal la acostó, parecía estar quedándose adormilada. De hecho, se acurrucó bajo el edredón en cuanto él la tapó. Jubal se metió en la cama por el otro lado. Entonces, respiró despacio, procurando tranquilizarse. En ese momento, sentía su cuerpo encendido y en marcha como un parque de atracciones.
—Abrázame —pidió entonces Isobel en un murmullo.
El pulso de Jubal se saltó un latido. Se preguntó dolorido cómo se sentiría aquello si fuera real. Nunca lo sabría. Seguro que Isobel ni siquiera sabía que estaba con él, ni ahora ni antes en el pasillo, sino que creía estar con alguien de su pasado al que echaba de menos de verdad.
No, ni hablar. La ignoró. Lo último que necesitaba ahora mismo era tener a Isobel entre sus brazos.
No sirvió de nada. Ella se lo pidió de nuevo y empezó a deslizarse hacia él. Jubal casi entró en pánico. ¿Debía simplemente salir de la cama y huir?
No, Isobel podría seguirlo, y además no sabía si el asesino seguía mirando. Debía encontrar otro modo de lidiar con la situación.
La detuvo con manos amables antes de que se enroscara contra su costado y la movió hasta ponerla de lado, de espaldas a él. La abrazó desde atrás, de un modo lo más fraternal que pudo.
El olor de su pelo se lo estaba poniendo aún más difícil.
Esperó sufriendo, contando los segundos hasta que la respiración de Isobel se volvió profunda y pesada. Entonces se retiró hasta el lado más alejado de la cama, casi a punto de caerse. No podía fiarse de sí mismo en el estado en el que se encontraba.
Intentó pensar en otra cosa que no fuera la ardiente boca de Isobel y su ansioso cuerpo contra él. Pero fracasó por completo.
·~·~·
Por la mañana temprano, ni siquiera estaba completamente despierta cuando Isobel notó que alguien la estaba abrazando desde atrás. Su mente, adormilada, reconoció el familiar aroma de Jubal y se relajó sin pensarlo. Su cálido cuerpo la sostenía, trayendo placenteras sensaciones de afecto e intimidad. Su brazo rodeándola, su pecho contra la espalda, Isobel podía sentir su suave respiración, los constantes, serenos latidos de su corazón. Y la firme, caliente y alargada -inconfundible- presión en una de sus nalgas. Con un leve gemido, sin darse cuenta se recostó contra el abrazo, buscando aún más el agradable contacto.
No había dormido tan bien desde hacía semanas. Y había estado soñando con él. Estaban en el pasillo de su casa, besándose. Pero no como anoche. Esta vez había sido... ardiente. No recordaba mucho más, pero todavía tenía la sensación del torso de Jubal en las palmas de sus manos, del cuerpo de él contra el suyo, de su boca devolviendo su propia avidez.
El fuego que empezó a brotar dentro de ella le hizo percatarse por fin de lo que estaba haciendo ahora.
La inquietud y la culpabilidad la despejaron de inmediato y por completo. Con el rostro ardiendo, entre otras cosas por la reacción sensual que invadía su cuerpo, Isobel intentó apartarse de él. Desgraciadamente, sumido en su profundo sueño, Jubal no quiso dejarla marchar, y la atrajo más fuerte contra sí. Los ojos de Isobel se le entrecerraron cuando la cálida tentación casi la sobrepasó. Por unos momentos, no pudo evitar disfrutar de dejarse abrazar... Pero no. No debía permitir que aquello continuara. Maniobró con cuidado para liberarse, tratando de no despertarlo.
No funcionó. Aquello hizo a Jubal notar que la tenía entre sus brazos, además de provocar el gozoso -aún a través de las prendas- roce de las voluptuosas curvas del trasero de Isobel contra su entrepierna. Durante los largos segundos que le llevaron tomar consciencia de lo que estaba pasando, Jubal la pegó contra él, solazándose inconscientemente en ello con un quedo gruñido. Conteniendo el aliento, Isobel se quedó completamente inmóvil, paralizada entre deseo y responsabilidad.
Hasta que Jubal terminó de despertarse... y entró en súbito pánico.
Se había pasado la mayor parte de la noche huyendo del contacto con Isobel, obligándose a despertar cada vez que empezaba a dormirse, forzándose de hecho con gran esfuerzo a permanecer despierto, intentando por todos los medios no perder control de la situación porque le preocupaba que su subconsciente lo traicionaría. Pero, poco antes del amanecer el cansancio finalmente lo venció, y cayó dormido profundamente.
Ahora, precisamente lo que temía había sucedido. Debía de haber vuelto a abrazarse a ella en cuanto no había sido consciente de lo que hacía. En realidad, no había estado realmente estimulado al despertarse, sólo bajo una reacción física matinal no poco común, pero ahora... Demonios, ¡desde luego que lo estaba!
Maldiciendo entre dientes, Jubal salió de la cama de un brusco salto. Se quedó allí de pie un momento, las manos levantadas en un gesto de defensiva disculpa, mirando algo espantado el rostro obviamente avergonzado de Isobel durante unos instantes.
—¡Lo- lo siento! —exclamó.
Y salió huyendo al cuarto de baño.
Exhalando despacio, Isobel se rodeó el cuerpo con ambos brazos, pegó con fuerza los muslos. No podía evitar echar terriblemente de menos su cálido abrazo, a lo que podría haberlos conducido...
Maldición. Necesitaba una ducha fría.
Reprimiendo un sobresalto, Isobel recordó de pronto que el asesino podría estar observando. ¿Se habían delatado con aquella inconveniente reacción de Jubal? Controlando su repentina ansiedad, Isobel alcanzó su móvil con un movimiento que procuró pareciera casual. El último aviso, hacía algo menos de 1 hora, decía: "conectado".
Renegó mentalmente, temiendo que con aquel desafortunado incidente, lo habían echado todo a perder.
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