Bajo las Estrellas (V)
Cuando Diana sintió la ráfaga de aire frío en la cara, sintió deseos de gritar ¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Qué carajos esperaba lograr comportándose así? Una y otra vez, como si estuviera constantemente pinchando a su vieja amiga, una y otra vez alejándose de ella. No era inteligente, no era lógico, era solo ella dejándose llevar por la amargura y el resentimiento. Lo sabía, lo tenía claro. Pero aún así… la imagen de Leona mirándola con tanta desconfianza, a veces casi con miedo, como si ella fuera… como si ella fuera… Y el recuerdo de su mano cálida rechazando la suya, a pesar de todo, y el recuerdo de su rostro confundido, contrariado, como si no pudiera darle sentido a sus actos, como si no pudiera concebir la posibilidad de que ese amor que habían compartido aún floreciera en el pecho de la Lunari… ¿Por qué le era tan difícil comprender algo tan evidente? ¿Tan ciega estaba ahora, tan inmersa en las mentiras Solari? ¿O tal vez…? ¿O tal vez solo era que ella misma había abandonado ese cariño? ¿Tal vez la campeona solar no podía concebir algo así… porque ella misma había enterrado aquellos sentimientos, condenándolos al olvido? Solo de pensar en esto, la peliblanca no podía evitar llenarse de rabia… no podía evitar quedar atravesada por el dolor ¿En verdad se habían separado tanto sus caminos? ¿Habría alguna forma de reconectarse… de alcanzarla? ¿Querría Leona ser alcanzada? La atormentaba sentir, una y otra vez, que la Solari aún sentía algo por ella, que tal vez aún floreciera en silencio aquel amor dentro de ella, pero que reprimía todo aquello porque ya no la veía como Diana, sino como la campeona de la Luna, su enemiga mortal. Aferrándose aún al credo que la había regido todos estos años, persiguiendo tercamente una luz que solo la cegaba. Una Sol que se negaba a dejar de huir de la Luna. La de ojos níveos no pudo evitar un sollozo de pura frustración. Qué estúpida era. ¿Qué importaba todo eso en la víspera de otra batalla con un ser abominable, la más terrible criatura a la que se hubiera enfrentado jamás? Ninguna guerrera que se preciara de tal perdería el tiempo con esos pensamientos y sentimientos inútiles. Y allí estaba ella, derramando lágrimas amargas por un amor que, muy probablemente, sólo perteneciera a un pasado ya ido. Con el corazón atribulado, elevó su mirada hacia su gentil señora, implorando claridad mental, implorando dejar de lado todo lastre para poder concentrarse en la tarea que tenía por delante. En ese momento sintió la puerta de la cabaña abrirse tras ella, y una esperanza necia casi la asfixió por un segundo, hasta que vio a la Sanadora Celestial atravesar el umbral cargada con un par de mantas. Su propia esperanza se transformó en una decepción tan pesada que sintió que se hundiría en el suelo.
- Hace frío aquí afuera, Diana - le dijo su anfitriona con voz dulce. A continuación le alargó una cobija diciendo - Debes abrigarte, por más Aspecto que seas.
Haciendo lo posible por disimular las lágrimas que aún corrían por sus mejillas, la de ojos níveos tomó la prenda que le ofrecían con un rígido asentimiento de cabeza. Cuando se cubrió con ella, una agradable suavidad y un aroma a hierbas y madera la envolvieron con gentileza. Sin decir una palabra, la del cuerno en la frente se sentó a su lado, muy cerca pero sin tocarla, envolviéndose ella misma en la cobija y dirigiendo su mirada soñadora hacia el firmamento. La Elegida de la Luna admiró su hermoso perfil bajo la luz de las estrellas un momento antes de bajar la mirada, soltando un suspiro quedo.
- Mira, Bendita de Argéntea - dijo entonces la de piel violeta, señalando algún punto en el horizonte - ¿Lo ves? Ya trepan los primeros rayos solares desde el Oriente.
La aludida miró en la dirección que le señalaba, pero no pudo ver nada.
- Ahora mira la carrera de la Luna en el manto estrellado ¿No te parece que acelera, ansiosa, como si quisiera escapar de su compañera dorada?
Diana soltó un bufido audible, sin poder contener el enojo y la amargura que brotaban de ella.
- No veo nada de lo que dice, Señorita Soraka - comentó sin poder evitar el tono irónico - No veo la aurora en ningún lado, y me parece que la Luna sigue su recorrido como siempre lo hace.
Ante esta respuesta, su interlocutora sonrió.
- ¿Mmm? ¿Estaré viendo cosas? Si la mismísima Elegida de la Luna lo dice, debe ser cierto.
La Lunari la observó con cierta hostilidad, sintiéndose burlada por la Celestial.
- No entiendo a qué quiere llegar, Hija de las Estrellas - replicó remarcando más de lo necesario aquel título.
En respuesta la de ojos dorados ensanchó su sonrisa, aunque sin decir nada por un momento. Entonces preguntó:
- ¿Conoces lo que se dice en otras regiones acerca de la Sol y de la Luna?
La guerrera lunar apartó la mirada, mohína. Sabía que su interlocutora quería transmitirle algo importante, pero no se sentía de humor para acertijos y rodeos. Ante el silencio, la Curadora Celestial continuó:
- Hace muchos, muchos años, las gentes de Demacia creían que la Luna era un zorro ladrón que había robado a la Sol parte de su brillo, para compartirlo con los seres de la noche. Creían que desde entonces la Luna siempre huye de la Sol furiosa, que siempre la persigue pero nunca la puede alcanzar - Ante estas palabras, la Elegida de la Luna frunció profundamente el ceño, disgustada por aquella muestra de ignorancia - Muy al sur de ellos y muy al este de aquí, en Ixtal, creían algo radicalmente distinto. Ellos pensaban que la Sol y la Luna fueron algunas vez hermanas que compartían el cielo, cada una dueña de un brillo equivalente. El equilibrio se rompió, según esos mitos, cuando la Sol, considerando a su hermana errática y caprichosa, le robó parte de su brillo, convencida de que aquella luz se malgastaba en las manos de su pálida hermana. Para los Ixtalíes, era la Sol quien huye de la Luna. En ninguna de las 2 culturas, sin embargo, se creía que las hermanas se reencontrarían… hasta el definitivo final de los tiempos.
Diana suspiró, atravesada de pronto por sus propias palabras, y preguntó:
- ¿Alguna de esas leyendas guarda alguna verdad, Señorita Soraka?
- Ambas y ninguna. Me parece que no me corresponde a mí darte esos detalles, Elegida de la Luna - contestó ella atrapándola en su mirada de miel - ¿Y tú, cuál crees que es la verdad?
La de ojos níveos desvió la mirada en dirección al firmamento, sabedora de que su salvadora no se estaba refiriendo exactamente a los mitos que acababa de narrar.
- Yo… pensaba que era la Sol la despiadada quien perseguía a su hermana por el firmamento. Después de todo, sus seguidores enterraron incluso la memoria de los seguidores de la Luna. Ahora, la verdad… no estoy tan segura.
Su interlocutora dejó salir un pequeño resoplido de satisfacción ante esta respuesta.
- Yo creo que ambas se persiguen, y al mismo tiempo, ambas huyen una de la otra - afirmó entonces con tono soñador, su vista fija en el firmamento pero viendo algo más allá de las luces titilantes en el manto oscuro - Ambas desean la compañía de la otra, desesperadamente, pero al mismo tiempo, ambas están aterradas de la perspectiva de finalmente reencontrarse.
- ¿Por qué lo temerían? - preguntó entonces Diana casi en un susurro.
- Llevan tanto tiempo atrapadas en ese ciclo que ya no sabrían qué hacer si se encontraran - contestó entonces de la piel violeta con expresión de pronto melancólica - ¿Se unirían en un abrazo largamente esperado, o se enzarzarían en amargo combate? Ambas posibilidades las aterran tanto como las seducen.
Otro silencio sobrevino a estas palabras, interrumpido solo por el aullar del viento entre las quebradas. La Lunari se preguntaba de qué dependería que la situación se decantara en uno u otro sentido ¿De cuán fuerte fuera su amor? ¿De cuánto quemara su ira y su dolor? ¿De cuánto desearan la compañía de la otra? ¿De cuán apegadas estuvieran a su propia soledad? Inevitablemente, su mirada se elevó hacia el cielo, buscando el pálido lucero entre las estrellas, reinando sobre todas ellas. La Luna avanzaba por el firmamento con paso de pigmeo, casi imperceptible, y sin embargo de pronto parecía realmente acelerar su carrera, presurosa de esconderse de la mirada ardiente de su hermana dorada ¿Cuántos milenios, cuantos cientos de milenios aquel ciclo se había repetido en el cielo infinito? La campeona Lunari no había leído ningún texto, manuscrito ni grabado en donde se mencionara la unión de ambos astros. Ambos luceros parecían haber estado siempre separados, siempre atrapados en aquella persecución sin objeto ¿Y si tal vez… y si tal vez aquel estado de cosas era como debía ser? ¿Y si sencillamente repitieran su carrera por la eternidad, sin jamás encontrarse? ¿Y si tal vez aquella separación fuera lo mejor? Imágenes inconexas destellaron rápidamente por su mente, recuerdos que no le pertenecían, dominados todos por un anhelo atosigante, asfixiante, desesperante. Diana bajó la mirada, de pronto abrumada. No. La reunión era inevitable. En aquella separación, en aquella carrera, tanto la añoranza como el enojo solo crecían en los corazones celestiales de la Sol y la Luna, una espina clavada permanentemente, un recordatorio de una promesa jamás pronunciada. La encrucijada era inevitable. Y siendo así… la de ojos albinos sabía que solo la unión sería realmente satisfactoria. Si se enfrentaran, ganara quien ganara, solo habría arrepentimientos y resentimientos, solo habría amargura y una soledad que ya jamás se podría aplacar. Sea como fuere, al final… se necesitaban la una a la otra, eso era lo único cierto. Y por eso, llegado el momento fatídico, la única opción era la confianza. Confiar en que el amor y la lógica primaran sobre el resentimiento y la ira. Solo de imaginarlo, el corazón de la Elegida de la Luna se estremeció. Depender no tanto de sí misma sino de la otra, depender de una circunstancia incierta en la que no tenía realmente agencia alguna… era una perspectiva realmente atemorizante. Viéndolo así, el conflicto casi parecía mejor, si solo era porque todavía tendría cierto control de la situación. Pero ultimadamente ese control demostraría estar hueco y lleno de gusanos. No había nada al final de ese camino. La Lunari nuevamente levantó la mirada, dejando que sus ojos pasearan sin rumbo por el manto estrellado. En aquel momento, deseaba fervientemente ser dueña de aquel misterioso poder de la Sanadora Celestial y leer en las constelaciones el futuro que aguardaba. No pudo evitar reírse de sí misma ante ese pensamiento. De niña, aquello que ahora era tan difícil ahora habría sido tan natural como respirar. Aquel simple acto de acercarse a aquella otra anhelada y confiar en ella había sido mucho más fácil antaño que ahora. Podría excusarse en que ahora sabía más, en que ahora era más consciente de las consecuencias de sus acciones… pero se preguntaba si no era simplemente que ahora el miedo la devoraba mucho más fácilmente que en sus tiempos más inocentes. Aún con un poder que hacía temblar los cielos y modificaba el paisaje, la vacilación y el miedo la carcomían, incluso si el rumbo era claro. Al final, ella también era nada más que una simple humana, débil y cobarde.
Diana cerró los ojos entonces y respiró hondo, dejando que el aire helado llenara por completo sus pulmones, intentando fijar en sí misma aquella frágil convicción. Luego, los volvió a abrir y miró a su actual acompañante, que observaba con aire soñador las estrellas.
- Gracias, Señorita Soraka - le dijo con la voz ronca por la emoción - Esta noche ha sido mi salvadora de tantas formas distintas…
- Acepto tus agradecimientos, Diana - contestó ella volteando a verla con una sonrisa que podría derretir las piedras - Pero has sido tú quien ha llegado a mí y quien ha aferrado la mano que te tendí. Ya te lo dije; no soy ninguna guía, solo una simple consejera.
La de ojos níveos soltó un bufido que bien podría haber sido un sollozo.
- La falsa modestia no es una virtud, Hija de las Estrellas - afirmó con una pequeña sonrisa mientras un par de lágrimas solitarias recorrían sus mejillas de alabastro. La de orbes dorados soltó una risita, poniendo una mano sobre una de las manos de su interlocutora, pero no dijo nada más.
Así se quedaron largo tiempo, embelesadas ambas por el espectáculo de aquel diáfano cielo nocturno. Las angustias, las penas, las molestias que aquejaban la mente y el corazón de la campeona lunar se disolvieron por un tiempo, dejando espacio solo a la maravilla de aquella noche serena. Pero aquel remanso de paz se desvaneció pronto. Las orejas de la Celestial se movieron, inquietas, y esta se levantó de su sitió presa de pronto de un entusiasmo infantil.
- ¿Pasa algo? - inquirió la Elegida de la Luna, sintiéndose inquieta ante el repentino cambio de estado de ánimo. Tras decir estas palabras, ella también pudo sentirlo. Aún estaba lejos, pero un gran poder había aparecido, como si se encendiera una candela… y parecía estarse acercando, a una velocidad imposible. La inquietud se tornó en franca preocupación, y la de ojos níveos buscó alguna respuesta en el rostro de su salvadora. Esta reunía con prisa las mantas que había traído, una sonrisa radiante destellando en su rostro.
- ¿Quién o qué es lo que viene? - preguntó nuevamente Diana, y la de piel violeta contestó con solo una palabra antes de dirigirse de vuelta a la cabaña con largas y elegantes zancadas de sus piernas caprinas. "Atreus" había dicho ella, y aquella respuesta fue tan buena como el silencio para la Lunari, hasta que recordó que aquel era un nombre, el nombre de una de las estrellas de la Constelación del Guerrero ¿Entonces quien se acercaba era aquel famosísimo y misterioso Aspecto de la Guerra? Mirando hacia la cuenca del Monte en dirección de aquella presencia pudo incluso verlo: un punto de rojo furioso cuyo fulgor se hacía más grande y claro, viniendo desde los valles como si fuera una saeta disparada por un arco enorme. La campeona lunar se sintió de pronto muy nerviosa ¿Qué clase de persona sería el tan mentado Atreus? Tanto el Protector como la Sanadora Celestial parecían tenerlo en alta estima, de modo que no podía ser una mala persona… Pero su estómago seguía tenso, como si algo dentro suyo la previniera, y a lo largo de tantas desventuras había aprendido a confiar en su instinto. Por un momento se preguntó si no debería ir a buscar su arma a la choza, solo por si acaso, pero cuando se dio vuelta vio a la de ojos dorados salir de ella veloz como un gamo, seguida por un Taric que parecía compartir su entusiasmo… y detrás de ellos los escoltaba a cierta distancia Leona, que parecía compartir su desconfianza. Todos ellos se reunieron alrededor de la peliblanca, con los ojos fijos en el lucero de fuego que poco a poco enrojecía el horizonte. No pasó ni un minuto antes de que lo tuvieran encima, un sol enfurecido que se precipitaba sobre la meseta, y pudo escuchar al propio Protector recomendar alejarse cuando el fuego los envolvió. Aquel no era un fuego común, puesto que su tacto no calcinaba, sino que era más bien como los rayos de la Sol en un día de mucho calor. Algo la hizo retroceder bruscamente, y cuando miró pudo ver un brazo recubierto con láminas doradas fungiendo de barrera protectora para ella. Pudo sentir como si le estrujaran el corazón, hasta que se dio cuenta de que Taric había hecho exactamente el mismo gesto, y la decepción la invadió durante unos instantes.
Aquel sentimiento no le duró mucho, puesto que por segundo un fulgor repentino la cegó, y pudo escuchar claramente el sonido amortiguado de la carne chocando violentamente contra el suelo, seguido por el desagradable estruendo de algo arrastrándose en el polvo. Recuperada la visión, la Lunari pudo ver de refilón un par de objetos brillantes salir despedidos por la fuerza de la colisión. Entonces se desvaneció aquel fuego, e incluso aquella enorme presencia se esfumó, dando paso a un bulto humeante despatarrado en medio del cráter que él mismo había creado. La Sanadora gritó angustiosamente mientras se apresuraba hacia el bulto, seguida de cerca por el Protector, y la de ojos níveos se dio cuenta de que aquel fardo amorfo era en realidad una persona. Esta yacía en el suelo en una posición muy incómoda, como si hubiera sido arrojado por una fuerza abominable hasta allí, y por un momento ella no pudo evitar pensar en su negro enemigo, aunque lo descartó inmediatamente. No sentía su abominable presencia, y ella ya no olvidaría aquella aura de terror absoluto. Luego recordó las leyendas que hablaban del Guerrero cayendo del cielo como un cometa… aunque ninguna lo retrataba como un saco de patatas incandescente chocando sin ningún control sobre el suelo. Pudo comprender lo que sucedía cuando vio al Protector y la Sanadora bañándolo con su energía curadora. Probablemente aquel hombre había ocupado lo último de sus fuerzas en llegar hasta allí, y no le quedaron más ni siquiera para controlar el aterrizaje. Su batalla con el Darkin debía de haber sido increíblemente feroz… y Diana no pudo sino preguntarse cómo había logrado sobrevivir a ella.
Tras casi un minuto entero siendo sanado, el recién llegado emitió un gruñido ronco y áspero antes de incorporarse con cierta dificultad. Además de estar cubierto de polvo, los manchones de sangre seca que lo cubrían por doquier revelaban hasta qué punto había sido herido… y bajo aquella cobertura de inmundicia, la peliblanca pudo observar una miríada de viejas cicatrices, testimonio de tantas otras batallas anteriores. La más llamativa era una que era claramente visible incluso así de sucio, atravesando completamente su pecho, deformándolo incluso. Era gruesa, irregular y horrorosa, evidentemente vieja pero con aspecto infectado, como si nunca hubiera podido cicatrizar adecuadamente. La campeona lunar comprendió entonces a qué se refería Taric cuando dijo "ya lo ha hecho antes". Evidentemente aquel Guerrero había desafiado mil veces a la muerte… y hasta ahora parecía invicto.
Distraída, la Lunari no pudo captar los pormenores de la conversación que había comenzado, pero sí le llamó la atención el cariño y la camaradería en el tono del Protector al dirigirse al recién llegado. Este hacía gala de palabras bruscas y modales ásperos, pero aún así el aprecio hacia el demaciano era patente. Ambos parecían polos opuestos, y sin embargo parecían llevarse bien. Aquella era una historia que su curiosidad necesitaba saber, luego, cuando estuvieran sentados a la mesa.
Mientras ella reflexionaba, el hombre se terminó de incorporar, y al completar el movimiento su yelmo cayó al suelo, revelando un rostro duro y marcial. A pesar de ser el más bajo entre todos ellos, su presencia imponía. Su cuerpo de acero, su mirada de halcón, su postura felina, todo en él gritaba sangre y acero. Todo en él gritaba "guerra". Cuando sus ojos tropezaron con los tatuajes dorados que coronaban sus sienes, lo comprendió. Aquel hombre era un Rakkor. Había sido entrenado para el campo de batalla desde que pudo sostener un arma. No era sorpresa que hubiera sido elegido por el Guerrero. Y sin embargo… a pesar de que inequívocamente era un guerrero consumado… no parecía ser nada más. Sus brazaletes y canilleras estaban opacos y gastados, su ropa y sandalias ajadas por el uso constante. Su capa, de la que se decía era un cielo estrellado, no parecía nada más que una tela gruesa y sucia. El yelmo caído junto a él estaba lleno de pequeñas mellas y abolladuras, y no había ninguna crin de fuego estelar, porque de la crin no quedaba ni siquiera el rastro. Aún más, a pesar de que podía sentir cierta energía celestial proviniendo de él, era tan poca que no sería apreciable si no estuviera tan cerca. La energía que desprendía mientras viajaba disparado hacia ese lugar era abrumadora, y ahora casi se había esfumado ¿Qué pasaba con él?
Mientras se entretenía en esos pensamientos, la Elegida de la Luna observó atentamente el intercambio entre el rakkor y la Sanadora Celestial. A pesar de que sus modales para con ella seguramente estaban sacando de quicio a la Solari, en su tono y en la forma en que suavizaba su rostro cuando se dirigía a ella se notaba un cariño particular. Se denotaba además en el intercambio una relación prolongada, y nuevamente la curiosidad picó a la de ojos níveos. Como pensamiento intrusivo, además, ella se preguntaba si existía alguien en aquel mundo o cualquier otro que pudiera odiar a la Señorita Soraka, y que no fuera alguna criatura abyecta incapaz de sentir cariño por nada.
Mientras divagaba, el avatar del Guerrero, el Protector y la Hija de las Estrellas se pusieron en marcha hacia la cabaña, pero cuando el primero de ellos se volteó a recoger su casco y se incorporó, su mirada y la de la campeona lunari se cruzaron. Ella pudo ver cómo aquellos ojos de acero se endurecían más aún y su ceño se fruncía en una mueca de disgusto. Casi como acto reflejo, su propio ceño se frunció y la molestia comenzó a borbotear dentro de ella ¿Quién diablos se creía ese tipo para mirarla como si fuera algo desagradable? ¿Qué estaba mal con él? Sin embargo, todo ese enfado pasó rápidamente a segundo plano cuando vio la mirada que le dirigía a su contraparte Solari, solo un metro alejada de ella. Si al verla sus ojos se endurecieron, al ver a la campeona solar sus ojos se tornaron en lanzas afiladas, los filos ansiosos de derramar sangre. La expresión de su rostro había trascendido largamente la molestia, y ahora demostraba un odio amargo y una ira ardiente. Como por instinto, la Elegida de la Luna se acercó un paso a la de ojos castaños.
- ¿Estas están con ustedes? - preguntó entonces el hombre a sus curadores con un tono más frío que el aire que los rodeaba.
La señorita Soraka, por primera vez desde que la conocía, reaccionó con inusitada severidad, casi enojada, pero el autor de semejantes palabras pareció no escucharla, fija su atención en la guerrera solar frente a él, que parecía enormemente desconcertada por lo que estaba sucediendo. Diana no pudo sino acercarse otro paso a ella, llena de ansiedad y recordando el mal augurio que sentía justo antes de que el intruso arribara. La pregunta por la identidad de aquel guerrero, por su historia y sus intenciones ocupaban ahora casi toda su mente ¿Por qué parecía tan… furioso con su compañera? ¿Sería capaz de llevar esa ira a la acción? Como un acto reflejo la campeona lunar buscó a tientas el pomo de su espada, y cuando no lo encontró se crispó aún más. Nada de aquello le estaba gustando en lo más mínimo. Mientras tanto el hombre se acercaba peligrosamente a Leona, soltando burlas llenas de veneno y desafiándola con la mirada. En cualquier otra circunstancia sería risible ver a un hombre levantar la mirada casi 20 centímetros sobre él para desafiar a nadie, pero si ese hombre tenía la reputación y las medallas de aquel rakkor…
Lo peor era que Leona hervía de a poco, también. Como tomando todos aquellos desafíos, la Solari se acercó a su vez a él preguntando por su identidad con tono altanero, inclinándose sobre él como si estuviera recalcando la marcada diferencia de estatura. Sin amilanarse, el avatar del Guerrero se acercó a su vez. Los rostros de ambos estaban tan cerca que podrían besarse… si no fuera porque evidentemente preferían ahorcarse. Ante la pregunta de Leona, el tipo al que llamaban Atreus dio una respuesta críptica que no contestaba nada y solo dejaba más dudas. En otras circunstancias, la Lunari daría voz a la duda que le carcomía la mente frente a sus palabras, pero justo ahora estaba más concentrada en saltar a defender a su compañera de ser necesario. Al parecer, tanto la Celestial como el avatar del Protector tampoco estaban tranquilos ante lo que ocurría, puesto que rápidamente se interpusieron entre la campeona solar y el recién llegado, recriminando al último su actitud. Mientras tanto, la insultada ardía a fuego lento en su sitio, pero no dijo nada más y dejó que ellos se encargaran de todo.
Y la de ojos níveos no podía dejar de preguntarse por todo aquello. Cuando el tipo la había mirado a ella, en sus ojos había verdadero desprecio, verdadero desagrado. Pero por algún motivo no había tenido la impresión de que estuviera viéndola a ella. Era, más bien, como si estuviera mirando a otra persona a través de ella ¿Podría ser… que aquel desagrado estuviera dirigido a quién la guiaba desde el firmamento infinito? La lógica dictaba que aquello era absurdo, imposible. Él mismo era un avatar de un Celestial ¿Cómo podría osar desafiar a una de ellos, lejana más allá de la imaginación y con un poder que las vulgares mentes humanas nunca podrían concebir? Encima como humano, pues porque por más avatar que fuera seguía siendo solo un pequeño, vulgar y miserable humano. Por lo demás ¿Qué clase de rencor podría guardar contra la Blanca Señora de la Noche? Y por otro lado ¿Qué carajos significaba todo aquello de ser "Pantheon" pero no ser "avatar de ningún Aspecto? Nada de aquello tenía sentido. La energía celestial, si bien muy tenue, todavía era notoria en él. Y había podido ver con sus propios ojos como aquel hombre había manifestado el poder del Guerrero durante unos momentos ¿Qué significado oculto tenía todo aquel sinsentido?
Lo que más la intrigaba, sin embargo, no era nada de eso. Hacia Diana el rakkor había manifestado desdén y degrado, pero hacia Leona… el sentimiento que evidentemente lo poseía era verdadero odio. Cuando sus ojos habían recorrido aquella faz de oro, se habían encendido con un fuego que anhelaba despedazar, destruir, aniquilar. Y en esta ocasión no estaba viendo nada a través de la campeona Solari, solo a ella misma. Se sentía casi personal ¿Qué diablos podría haber hecho ella para suscitar semejante reacción? A juzgar por la confusión inicial que evidentemente había embargado a la Elegida de la Sol, ella tampoco tenía ninguna idea de qué estaba pasando ¿Había matado a alguien valioso para aquel guerrero en alguna de sus purgas, tal vez? ¿Tal vez alguna orden suya había terminado en tragedia para él? ¿Qué cosa tan terrible podría haber desencadenado ella sin saberlo, para que aquel guerrero la aborreciera con tanto entusiasmo?
Mientras la Lunari divagaba, la Señorita Soraka y Taric parecían haber conseguido aplacar o al menos reprimir a quien llamaban Atreus, que ahora caminaba mohíno y cabizbajo hacia la choza de la primera. Sin embargo, la de ojos níveos no había recibido ninguna respuesta a sus preguntas mentales, y no pensaba permitir que todo aquello terminara tan fácilmente.
- Espera - lo llamó en voz alta con tono gélido - Señorita Soraka, disculpe mi atrevimiento, pero no creo poder luchar lado a lado con alguien que nos ha mostrado tanta animadversión. Explícate, Atreus o Pantheon, como te llames. No recuerdo haber hecho nada que merezca tu enemistad.
Cuando el aludido se dio la vuelta, su mirada era tan fría y cortante como la de la campeona lunar, y su gesto severo de mandíbulas apretadas anunciaba una tormenta. Pero cuando habló su voz, aunque severa, no portaba la hostilidad que había mostrado frente a su contraparte.
- Pasearse por Targón inútilmente mientras no solo tu pueblo sino todos los habitantes del Monte Targón necesitan de ti me parece motivo suficiente - retrucó el Rakkor con mirada desafiante y tono burlesco. Ante esta respuesta la ira invadió rápidamente a la Elegida de la Luna ¿Cómo se atrevía ese mequetrefe a tildar su odisea de "paseo"? ¿Qué idea podía tener él de todo lo que había pasado, todo lo que había sufrido en las encrucijadas del Monte, buscando a los suyos y a sí misma? Y sin embargo… su parte puramente lógica entendía aquel reclamo. Por más que fuera absolutamente necesario para ella aquel vagabundeo interminable… mientras ella estaba perdida en el corazón secreto del Monte, muchos habían sufrido y muerto clamando a su Blanca Señora, y ella, su representante, no había estado allí para ellos. Recordaba perfectamente, cuando por fin había encontrado la aldea escondida de los Lunari, las miradas que le dirigían algunos de sus hermanos. Ira, resentimiento, desprecio y tantas otras emociones similares llenaban su ojos al mirarla. La Elegida de la Diosa se presentaba recién ahora, demasiado tarde para responder a sus plegarias. Aquella forma de ver las cosas, podía entenderla. Pero por más que entendiera de dónde venía aquel razonamiento, no estaba para nada de acuerdo con él. Por más avatar que fuera, ella seguía siendo humana, incapaz de presentarse siempre donde la necesitaran. Y eso iba a alegar frente a aquella acusación injusta cuando el de tatuajes dorados siguió hablando, dejando fría con sus dichos a la Lunari.
- Pero incluso eso, podría entenderlo. En cambio, a esa mujer, no, a esa esclava de los dioses, no puedo ni quiero entender - terminó señalando a Leona. Cada palabra sonaba más discordante que la anterior, más teñida de una ira, un desprecio y un resentimiento… que de algún modo hacía eco con el tono afilado y enloquecido del monstruo llamado Aatrox. Incluso aquella mirada asesina con la que traspasaba a la Solari le recordaba vagamente a aquellos ojos carmesíes que parecían arder. Nuevamente, la guerrera lunar extrañó el peso tranquilizador de su arma en su cintura. Al parecer tanto la Señorita Soraka como Taric veían a aquel tipo como alguien agresivo y malhumorado, pero ella sabía que era mucho más que eso. En su pecho ardía una llama que bien podría alguna vez volverse contra ellos. Aquel hombre era un peligro.
Ignorando todo aquello, o probablemente herida en su orgullo y cegada por el enfado, la Elegida del Sol lo encaró una vez más. Por un momento su antigua amiga pensó en detenerla tomándola del brazo como hacía antaño… pero dudaba que eso tranquilizara o siquiera contuviera a la castaña. Largos y amargos años habían quitado a la Lunari la potestad de influir así en ella. De modo que se tuvo que conformar con presenciar pasivamente el agresivo intercambio verbal entre ambos avatares, quedándose muy cerca de la campeona solar y con los músculos tensos y listos para saltar a defenderla en cualquier momento. Las palabras de ambos chocaron en la cima de aquella planicie como una tormenta, sus tonos furiosos, amargos y sarcásticos relámpagos dirigidos hacia el otro, sus expresiones llenas de mutuo desprecio. Pero, Diana pudo notarlo, el rakkor parecía estar permanentemente aludiendo a un hecho que lo quemaba por dentro y que su adversaria no parecía reconocer. Llegó incluso a mencionar el nombre de su interlocutora, dejando en claro que al menos él la conocía desde antes, sin conseguir una reacción satisfactoria, hecho evidenciado en su rictus frustrado. Un sentimiento contradictorio surgió en el pecho de la Lunari mientras presenciaba la discusión. Era muy… propio de la Solari tener esa nefasta memoria selectiva. Parecía evidente que la campeona solar era responsable de algo que notoriamente quemaba por dentro a aquel guerrero, algo que llevaba pegado como un parásito y que avivaba ese odio que ardía detrás de esos ojos de pedernal… y la presunta causante de aquello ni siquiera recordaba nada, ni al suceso ni al afectado por él. Indolencia muy propia de los Solari. Muy a su pesar, la de ojos níveos se pudo ver a sí misma en ese rakkor furioso. Ella conocía muy bien el dolor y la amargura de ser pisoteada por gente que se creía tan por encima de todo que ni siquiera se molestaba en recordar lo que había hecho y a quién. Y la pregunta se hacía cad vez más pesada y angustiosa ¿Qué diablos había hecho o provocado Leona? Como respondiendo a su curiosidad, harto tal vez de la amnesia de su interlocutora, tal vez sencillamente sobrepasado por sus propias emociones, el avatar del Guerrero dejó los rodeos y dijo:
- Hace no tantos años atrás, 2 soldados rakkor acudieron a ti desesperados, derrotados, rogando por la gran Elegida de la Sol para salvar a su gente ¿Recuerdas lo que contestaste entonces, Solari? ¿Recuerdas cómo fueron recibidos los ruegos de esos soldados?
Un silencio de plomo siguió a estas palabras, mientras su autor miraba a Leona con inusitada intensidad, sus ojos despidiendo un brillo siniestro. Entonces la observada abrió la boca para responder, y lo que dijo dejó tan helada a la Elegida de la Luna como lo que había dicho el Rakkor minutos atrás. Jamás habría pensado escuchar nada parecido viniendo de su boca, y por un momento creyó estar escuchando al General Rahvun o a la Suma Sacerdotisa Aela.
- Recuerdo haber rechazado las exigencias de 2 guerreros patéticos que no podían hacerse cargo de unos simples bárbaros - afirmó ella con altanería levantando ligeramente la barbilla, en un gesto que la Lunari estaba segura haber visto antes en el ahora sub-comandante de los Ra'Horak.
Ante esta contestación, los ojos del rakkor se apagaron, volviéndose una sombra fría y afilada, una ira sin nombre inflamándolo mientras sus facciones de piedra despedían de pronto un odio asesino. La guerrera lunar pudo sentir como el poder celestial desaparecido se volvía a encender en él, aumentando descontrolado como un fuego salvaje, y supo que ahora todo se había descarrilado sin remedio. Apretando la mandíbula, avanzó con la intención de apoyar a Leona en la pelea inminente, mientras que esta bajaba su postura, preparándose para recibir el ataque. El guerrero bajó la mirada como si el peso de su odio lo superara, pero cuando volvió a alzar la cabeza, aquella llama se había apagado y una carcajada amarga desgarraba su garganta, una que parecía más bien un grito de agonía. Aquella reacción desconcertó y asustó aún más a la Elegida de la Luna, que a toda prisa empezó a bosquejar en su mente un plan para llegar a la cabaña y recuperar sus armas. El guerrero no hizo amago de pasar a la acción, sin embargo, y fijando unos ojos ahora desprovistos de vida y fríos como el abrazo de la muerte dijo, con una voz que parecía desprecio destilado:
- Sí, por supuesto que así lo vería la gloriosa Leona, Elegida de la Sol, la mirada tan encandilada de luz estelar que no es capaz de ver a quienes se arrastran por la tierra - por un brevísimo momento se detuvo, como buscando algo en el rostro de la interpelada, y continuó - Esos "guerreros patéticos" subieron luego al Monte para jamás regresar. Quien sí bajó fue el Aspecto de la Guerra a quien tú buscas, y que ya nunca encontrarás - su tono se volvió entonces cavernoso, y una sonrisa repugnante se formó en sus labios resecos - Tan enhiesto y orgulloso era él como tú, y así de arrogante desapareció del firmamento por la espada de un monstruo a quien la propia Sol ayudó a crear en su día. Ahora, El Guerrero ya no ilumina más los cielos nocturnos, y de él solo queda Pantheon.
Al principio la Elegida de la Luna no pudo procesar lo escuchado, y cuando lo hizo, se quedó de una pieza y se desentendió de todo lo que sucedía a su alrededor. Lo que aquel hombre decía era absurdo, no tenía sentido alguno, era imposible. Ese tipo estaba diciendo que un Darkin, un ser enormemente poderoso pero terrenal al fin y al cabo, había acabado con un ser celestial, un ser primordial que ya existía mucho antes de que el mundo tomara forma. Una idea tan ridícula solo podía ser producto de una mente infantil o sumamente perturbada… y sin embargo los escalofríos no dejaban de recorrerla, pues sabía que al menos una de las cosas que el rakkor decía era verdad. Diana era una estudiosa ferviente de los cielos, y hacía algunos años había notado cómo la Constelación del Guerrero parecía haber desaparecido de la vista. A veces una de sus estrellas brillaba en el oscuro firmamento, pero del resto de la constelación no parecía haber ni rastro. Cuando se había fijado en ese hecho, la Lunari se había perturbado sobremanera, pero cuando poco después había oído los rumores del Aspecto de la Guerra caminando nuevamente entre los mortales, había descartado todo temor. Pero ahora el que debía ser portador de dicho Aspecto anunciaba su muerte, mientras Atreus titilaba solitaria sobre él. No podía ser posible, no debería ser posible, y sin embargo…
- Entonces… ¿Es verdad? - soltó sin poder contenerse, su voz extrañamente plana y monótona mientras intentaba suprimir el caos de su mente - ¿Realmente la Constelación del Guerrero ha desaparecido de los cielos?
Quién había iniciado todo con sus declaraciones la miró casi con fastidio, pero ni una palabra salió de su boca, y fue la Señorita Soraka quien se adelantó para responder la pregunta.
- Atreus no miente. El Guerrero… subestimó al monstruo llamado Aatrox - dijo ella en tono fúnebre - Como resultado, su espada maldita logró desaparecer su fulgor del firmamento. De esa constelación ahora solo queda una estrella - terminó dirigiendo la mirada al rakkor al que llamaba por el nombre de aquel lucero.
Diana sintió su estómago volverse de plomo y hundirse profundo en las entrañas del Monte ¿Aquella cosa que debían enfrentar… era capaz de asesinar incluso a los propios celestiales que les otorgaban su poder? ¿Había victoria posible contra algo así? Y sin embargo, los 4 portadores de Aspectos allí presentes habían combatido contra él, y tanto los celestiales como sus portadores seguían vivos y bien ¿Tal vez solo bajo condiciones muy específicas aquel terrible enemigo podía quebrar así las leyes de la naturaleza? Casi por reflejo, su mirada de fulgor pálido buscó la de su contraparte, deseando saber qué pensaba ella. Pero los ojos cálidos que buscaba estaban nublados, su expresión una máscara de culpa y desesperación. Su enfado la había abandonado, y su tez dorada parecía cadavérica bajo la luz de la Luna. Su tensión se había esfumado, y parada allí parecía alcanzada por el rayo. El de tatuajes en las sienes, que había tenido los ojos fijos casi en todo momento en la campeona solar, sonrió de forma sarcástica y llena de amargura.
- Cientos de guerreros, tanto rakkor como bárbaros. Cientos de aldeanos: hombres, mujeres, niños, ancianos. Ninguno de ellos es importante para ti, sus vidas ni siquiera ameritan un pensamiento en esa cabeza tuya - le espetó, su voz vibrante de desprecio y de un dolor que parecía fresco, una herida aún sangrante - Pero un solo Celestial es suficiente para callarte la boca, Solari. Ni aún ahora te dignarás a bajar la vista de tus preciosas estrellas, de tus adorados dioses - acto seguido, el hombre escupió a sus pies, remedando el gesto de desafío y desprecio de los aldeanos y soldados rasos. Luego, acercó nuevamente su cara a la de su interlocutora, como si quisiera asegurarse de que no olvidara sus palabras - Tú luchas por criaturas más allá de las estrellas, a las que les importas tanto como a un titiritero una marioneta rota. Yo lucho por todos los que moran acá abajo y alzan sus miradas a las estrellas con esperanza, solo para encontrar indiferencia. Cada uno de ellos es mi hermano - el guerrero detuvo un momento su discurso, mirando atentamente el rostro de la Elegida de la Sol, nuevamente buscando algo que sólo él sabía. Evidentemente no lo encontró, puesto que dio un paso atrás y fijó su vista en la Lunari, que ahora estaba casi junto a su contraparte - Si es por derrotar a ese monstruo, lucharé al lado de gente como ustedes, pero no lo olviden, Leona, Elegida de la Luna: no estamos en el mismo bando, y probablemente no lo estaremos nunca.
La así interpelada fijó sus ojos pálidos en el rakkor, desafiante, pero este ya no prestaba atención, nuevamente con la vista fija en la campeona solar, que parecía aún alelada. Un destello de ira brilló en aquellos ojos oscuros y resopló despectivo antes de comenzar a alejarse. Un zumbido metálico sobresaltó a la campeona lunar cuando aquello que había salido despedido en el accidentado aterrizaje regresó volando por el aire, como respondiendo a una llamada. Los objetos eran una lanza y un escudo de exquisita fabricación, pro tan maltrechos como todo el resto del equipo del guerrero. En el segundo siguiente Taric, que había estado observando tras él el intercambio, lo alcanzó y comenzó a regañarlo en tono exasperado.
- Atreus, acabas de hacer algo muy estúpido y espero que lo sepas ¿Qué necesidad había de sacar AHORA todo eso? ¿No podías esperar hasta LUEGO de que hayamos ganado la batalla? - entonces el demaciano suspiró y se pasó una mano por la cara con gesto cansado - Y yo que creía haber logrado animar a Leona… ¿Qué harás si esto nos perjudica en combate?
- Si eso pasa, eso era todo lo que esa mujer valía - replicó secamente el regañado, sin detenerse ni mirar a su interlocutor. Diana esperaría que, luego de humillar así a quien alguna vez lo despreció, el tipo estaría contento, o al menos satisfecho de soltar el odio que evidentemente había guardado por años. Pero su expresión era más bien amarga, llena de decepción… casi triste.
- Por más enfadado que estés, espero que no lo digas en serio - continuó Taric, sin fijarse o sin importarle el estado de ánimo del rakkor - Tú mejor que nadie sabe que necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir, y por más que la odies, Leona es una guerrera consumada que nos será de gran ayuda llegado el momento…
Ambos hombres, uno detrás del otro, traspusieron el umbral de la cabaña, sus voces perdiéndose en el interior de la edificación. Mientras tanto, la Sanadora Celestial se había acercado con cautela a las Elegidas de la Sol y de la Luna.
- Lamento mucho lo que acaba de ocurrir - les dijo en voz baja, su voz melodiosa llena de tristeza y… ¿culpa? - Atreus es una persona que no se guarda nada, y su resentimiento hacia la Elegida de la Sol es, bueno… ya vieron cuán profundo es - mientras decía estas palabras, sus ojos dorados se desviaban nerviosamente hacia Leona, que parecía aún demasiado aturdida como para escuchar nada - Siendo sincera, no pensé que se pondría a ventilar todo apenas la vio, pero creo que debí haberlo previsto, de modo que… lo siento mucho. No deben preocuparse por él, Taric y yo nos encargaremos de mantenerlo a raya - aseguró retorciendo las manos en un gesto muy impropio de su gracia sempiterna.
- Señorita Soraka, usted no es la madre de ese tipo como para disculparse en su nombre - contestó la Lunari enojada con aquel disruptor, con voz más dura de la que pretendía. Dándose cuenta de esto, suavizó el tono para continuar - De cualquier manera, yo SÍ entiendo que todo brazo adicional es bienvenido, de modo que si usted y Taric aseguran que no hay peligro… lucharé junto a él. Pero no puedo quedarme callada, espero que no le moleste si le digo un par de cosas.
La del cuerno en la frente apretó los labios, insegura, y finalmente contestó:
- Siempre y cuando no busques pelea con él…
La de ojos níveos solo asintió, y ambas mujeres callaron un momento, sus miradas fijas en Leona, que parecía hipnotizada. Sus ojos, sin embargo, brillaban con lágrimas aún no vertidas, y su labios estaban retorcidos en su típica expresión de contener el llanto. Diana sintió su corazón pesado, puesto que… si lo que había dicho aquel hombre era cierto (y no parecía un mentiroso)... Era justo que el peso de sus acciones, de su arrogancia, le cayera encima. Suspirando, la guerrera lunar le dio la espalda a su vieja amiga y se encaminó a la cabaña. Tras ella, la de ojos dorados musitó:
- Yo me quedaré aquí con ella mientras…
- No - retrucó la Elegida de la Luna con voz segura - Ella… necesita estar sola justo ahora. Yo vendré a hacerle compañía cuando termine con el tal Atreus. Por favor no se preocupe.
Ante estas palabras y tras una leve vacilación, su anfitriona la siguió. En el umbral de la puerta se detuvo, echando la vista atrás, y pudo ver ríos plateados a la luz de la Luna surcando aquellas mejillas doradas. Nuevamente soltó un suspiro quedo, antes de que el agradable calor del interior la recibiera.
Dentro, tanto Taric como Pantheon estaban sentados a la mesa con tazas humeantes entre las manos. El primero aún sermoneaba al segundo, que tenía la vista fija en la mesa y parecía tan ensimismado y abatido como su enemiga fuera de la cabaña. Más, cuando ella entró, el guerrero levantó la vista y al verla su rostro inmediatamente se endureció, ocultando cualquier emoción de sus facciones. a su lado, el protector se tensó de inmediato, su mano sobre la mesa en posición idónea para apresar la del rakkor. Un silencio incómodo se apoderó del lugar mientras Diana y Atreus se medían con la mirada, en tanto el demaciano y la de piel violeta, que había entrado también, esperaban listos para evitar cualquier nueva confrontación. Tras unos segundos, sin embargo, la de ojos níveos avanzó con paso calmo hacia la mesa y se sentó frente al de tatuajes en las sienes. Presurosa, la Sanadora Celestial ocupó el puesto vacante y nuevamente se hizo el silencio, los afilados ojos marrones chocando con los fríos ojos de nieve. Finalmente, fue Atreus el que habló.
- Tienes algo que decir, Elegida de la Luna. Escúpelo ya, esto se está tornando desagradable.
- Diana. Mi nombre es Diana - replicó ella sin inmutarse. Las cejas de su interlocutor se alzaron de sorpresa ante esta respuesta, para que luego una pequeña sonrisa asomara a sus labios, la primera sonrisa real que le veía esa noche. Tomando nota mental de ello, la Lunari se volvió hacia el avatar de larga cabellera para preguntarle:
- ¿Te puedo pedir una taza de té, Taric? En verdad, el frío de aquí arriba se te pega a los huesos.
El consultado sonrió ampliamente, relajándose, para inmediatamente contestar con entusiasmo algo exagerado:
- ¡Claro! ¡Por supuesto, Diana! Disculpa mi descortesía, te debí ofrecer apenas entraste.
Ella solo negó con la cabeza, una pequeña sonrisa tensa en sus labios antes de volver a fijar su atención en el rakkor, que la estudiaba con gesto cauto desde el otro lado de la mesa.
- Si es cierto que El Guerrero murió ¿Cómo es posible que conserves tus poderes? - soltó entonces la Lunari, decidiendo empezar por lo importante. En respuesta, el preguntado frunció el ceño, pero no con gesto molesto si no más bien… inseguro.
- Preguntas a la persona equivocada, Diana - contestó al fin con una fugaz sonrisa burlona al pronunciar su nombre - Yo mismo no lo entiendo. Soraka aquí presente tiene una teoría que no puedo confirmar o refutar, y ella misma no tiene certeza sobre el asunto. Y no conozco a nadie más capacitado que ella para explicarte esto.
Sin decir nada, la Elegida de la Luna miró a la de ojos dorados, que captando de inmediato su intención, comenzó a explicar:
- Esto es solo una conjetura mía, Diana. Nunca había visto antes algo similar, y las estrellas mismas no previeron este suceso, de modo que… Bueno, para resumir, ummm… Esto… Esto sonará como un desvarío, pero… Creo… Creo que se dió una suerte de comunión entre el alma de Atreus aquí presente y el alma del Celestial ya ido. En el momento en que Atreus recuperó el control de su cuerpo…
- ¿"Recuperó el control de su cuerpo"? - interrumpió entonces la campeona lunar, totalmente confundida.
- El Guerrero no fue tan generoso conmigo como la Sol y la Luna fueron con ustedes - aclaró el de tatuajes en las sienes con un gruñido y un gesto de amargura - Ustedes conservan… más o menos, su libre albedrío, pero cuando yo llegué a la cima, ese bastardo me consideró indigno de blandir su poder. Ahora, ese imbécil sabía que Aatrox volvía a asolar Runaterra y que para detenerlo debía elegir un portador… de modo que sencillamente se apoderó de mi cuerpo, reemplazó mi voluntad con la suya y me tomó prisionero dentro de mí mismo.
La de ojos níveos se quedó sin palabras unos segundos. Nunca había oído de nada parecido ni jamás se hubiera imaginado que algo así era posible ¿Sería una potestad exclusiva de El Guerrero, o todos los Aspectos podían hacer algo similar? Y si ese fuera el caso… ¿Podría tal vez su Argéntea Señora secuestrar su cuerpo si lo considerara necesario? La sola idea la llenaba de una clase de pavor que nunca antes había experimentado.
Un breve carraspeo de la Sanadora Celestial la devolvió a la realidad.
- Como iba diciendo, cuando Atreus recobró el control de su cuerpo estaba lleno de fuertes sentimientos de desafío, con el deseo de poder y, por sobre todo, con el deseo de sobrevivir. Por otro lado, cuando El Guerrero recibió el fatal golpe de esa espada maldita… bueno, estoy especulando, pero creo que, siendo la clase de ente que era, puede que su consciencia se haya desvanecido, pero el inmenso poder que lo formaba tardó en disiparse. Creo que, de algún modo, esa energía conservaba residualmente el deseo de continuar existiendo, y ese deseo la sincronizó con Atreus, que la tomó de forma inconsciente aferrándose a todo lo que pudiera mantenerlo con vida. Creo que algo así… fue lo que pasó.
La Elegida de la Luna asintió sin expresión, incapaz de digerir del todo aquella enrevesada explicación. Nada de lo que la Celestial había dicho calzaba con sus conocimientos,, era demasiado absurdo… pero aquella noche lo absurdo era más real que lo lógico. Si conseguía sobrevivir a todo eso, tendría que revisar seriamente su propia visión del mundo.
Escuchada la explicación, volvió a mirar al sucesor de El Guerrero, que ahora apuraba su taza de té como si de pronto lo consumiera la sed.
- ¿Es por eso que… odias a los Aspectos? - preguntó entonces ella con cautela - ¿Es por eso que dijiste que "no estabas de nuestro lado"?
El consultado dejó la taza vacía en la mesa con más fuerza de la necesaria y asintió con expresión pétrea, sin decir nada pero con ojos llenos de sombras. La Lunari prosiguió:
- Pero Taric… él también sería un "esclavo de los dioses" ¿No es así?... ¿Tampoco estás de su lado?
Ambos hombres se miraron, uno con semblante sombrío y el otro con una ancha sonrisa burlona iluminando su rostro.
- No, al final tampoco estoy de su lado - contestó secamente el rakkor, mientras el Protector dejaba salir una risita.
- Y sin embargo no siento una pizca de hostilidad hacia él de tu parte - prosiguió implacable la de faz de plata.
- Tampoco he sido hostil hacia ti ¿No? - replicó inmediatamente el guerrero. Por toda respuesta la Lunari alzó una ceja, y su interlocutor nuevamente dejó salir una pequeña sonrisa ante este gesto - Contigo meramente he establecido distancias. Creo que has visto muy claramente cómo soy cuando me pongo hostil ¿No?
Ella resopló y dejó salir una pequeña sonrisa a su vez, pero ese destello de buen humor se esfumó rápidamente. Tocaba hacer la pregunta más irrelevante de todas… pero la más importante para ella. Con un suspiro, preguntó:
- No pareces una persona irrazonable, Atreus, entonces… ¿Por qué?
El ambiente que poco a poco se había distendido volvió a tensarse inmediatamente. La de piel violeta se levantó a rellenar su taza, mientras Taric intercalaba miradas nerviosas entre el rakkor y la campeona lunar. esta tenía la mirada fija en su interlocutor, esperando pacientemente la respuesta, y este le devolvía la mirada con expresión severa… pero con un destello de melancolía en aquellos ojos oscuros.
- Me has hecho muchas preguntas, Diana, y yo ninguna, de modo que te contestaré si me respondes esto: ¿Por qué eres tan protectora con esa mujer? Pensé que eran enemigas acérrimas - retrucó él finalmente, observándola como un halcón observa a su presa.
Diana abrió la boca y la volvió a cerrar. Mil posibles excusas se le pasaban por la cabeza, pero algo le decía que no podía mentirle a ese hombre, y que él no se conformaría con nada sino la verdad. Y ella no quería decirle la verdad a un tipo como él, que recién conocía y que muy por el contrario de la Señorita Soraka y de Taric no le parecía realmente fiable. Nuevamente se alargaron los segundos sin que nadie dijera nada, mientras plata y caoba chocaban otra vez sobre la mesa. Finalmente, tomando una decisión, la de ojos argénteos suspiró y dijo:
- Antes de ser mi enemiga, ella era… era… mi mejor y única amiga. Y creo… tengo la esperanza… de que podamos volver a serlo.
Tras decir eso, ella tragó saliva con las mandíbulas apretadas y miró con intensidad al de tatuajes en las sienes, que había bajado la vista, nuevamente ese toque de melancolía suavizando sus facciones. Sin levantarla, contestó con tono grave y pesado:
- Eres una estúpida, Diana. Y yo también lo soy. Supongo que nuestra humanidad se refleja en nuestra necedad - levantando la mirada, continuó con expresión seria pero sincera - Yo… yo también me dejé llevar por mis sentimientos. Cuando la vi… toda la rabia de todos estos años cayó sobre mí, y no pude sino… - cerró entonces los ojos y suspiró, una sonrisa de burla amarga en sus labios - Y al final, ni siquiera me recordaba. Al final… no era ni siquiera digna de mi ira.
Diana no pudo evitar fruncir el ceño y apretar los dientes, molesta ¿Se atrevía a juzgar con tanto desparpajo a alguien conociendo una parte tan limitada de ella? Más aquella respuesta horrorosa que dio su antigua amiga resonó en su mente, y la hizo darse cuenta de que… había una, o varias partes que ella tampoco conocía de Leona, ahora. Estaba segura de que dentro seguía siendo la misma… pero definitivamente ya no era igual. Más de una década las separaba ¿No estaba ella haciendo lo mismo que él, juzgando a su antigua compañera en base a información parcial y desactualizada? Suspirando, de pronto imposiblemente cansada, la Elegida de la Luna se levantó de la mesa y movió la silla a su lugar previo, para luego acercarse al camastro y recoger de él los edredones que necesitaría para capear el frío del exterior. Antes de salir, sin embargo, se volteó una última vez hacia Atreus y le preguntó:
- ¿Puedo confiar en que contengas tu odio llegado el momento?
Al escuchar esto, los ojos del rakkor se congelaron en su lugar, y una sonrisa atravesó su rostro, pero una que era cínica y burlesca.
- Lo intentaré - replicó, mirándola con ojos de pedernal sobre esa desagradable sonrisa. Ella se quedó un rato más devolviéndole la mirada, fría y altanera, y tanto el protector como la Sanadora Celestial debieron soportar aquello al borde de sus asientos, la ansiedad devorándolos. Finalmente, la Lunari asintió y se dio vuelta para salir de la cabaña. A su espalda pudo oír dos suspiros de alivio antes que dos voces, una grave y cálida y otra suave y ahora severa, comenzaran a soltar una retahíla interminable de sermones y regaños. Una sonrisa satisfecha adornaba su rostro cuando cerró la puerta tras ella.
8 meses y una semana después ¡He vuelto! ¿Me extrañaron? No se hagan, yo sé que no. No le sé a esto de aprovechar el vuelito, tristemente. Han pasado muchas cosas, me cambié de casa, dejé el LoL 2 veces para volver 2 veces (no me juzguen, lo intenté :c ), conseguí otro trabajo, lo perdí... pasas que cosan. He escrito un millón de cosas entremedio pero esas no las verán por aquí, me quedé trabado, me destrabé, me trabé otra vez... pero aquí está. Ahora esperen 8 meses más para el próximo. xDn't.
No tengo mucho que decir de este capítulo. Pensaba que este y el próximo fueran uno solo, pero me temo que me alargué un poquito demasiado en la parte de la llegada de Pantheon. Perdón por el repost. Espero que haya suficientes elementos nuevos como para justificar que la mitad del capítulo sean cosas que ya leyeron. Renuncié un poco a mantener a todos dentro de personaje, debo reconocerlo. No siento que se note tanto en este, pero en el próximo muy probablemente sí. Y estoy cachando (dándome cuenta) que más de la mitad del fic va a ser puro interludio. En un fic de pelea, más de la mitad serán conversaciones ¿Hace cuánto publiqué el último capítulo de acción? ¿1 año y medio? ¿2 años? Bueno, el siguiente debería ser el último, y volvemos a lo que (se supone) importa. Al ritmo al que vamos... sí, en un año y medio. Un tiempecito de nada.
Espero que hayan disfrutado la lectura, no pediré perdón por el retraso pero sí les doy las gracias a los que aún le tienen paciencia a este escritor disperso, y nada, cuidensela, nos estaríamos leyendo algún día ;)
