Interludio:Bajo las Estrellas (VI)
Afuera, incluso antes que el frío, la recibió la solemne quietud de la noche. Desde la cabaña le llegaban las voces muy amortiguadas de sus ocupantes, pero el aullido sordo del viento entre las quebradas bastaba para silenciarlas, y ningún otro sonido se atrevía a perturbar la calma de la oscuridad. Las estrellas titilaban en el manto nocturno, abundantes como grama en las praderas, y la Luna montaba su guardia silenciosa, ya recostada sobre el horizonte al Oeste. Bajo ellas, pequeña e insignificante en aquel paisaje sobrecogedor, había un pequeño bulto de pálido dorado cerca del borde del acantilado.
Diana sintió los pies pesados. Incluso habiendo tomado una decisión, seguirla hasta el final era un asunto completamente distinto ¿Y si Leona seguía cerrándose a sus palabras, a sus sentimientos? ¿Qué haría si, nuevamente, todo lo que le dijera rebotaba implacablemente sobre esa gruesa armadura emocional que había construido en torno a ella? ¿Y si, aún peor, se enojaba? ¿Qué pasaría si decía algo mal, o ella la malinterpretaba, y solo conseguía agrandar la brecha entre ellas, que parecía más grande mientras más interactuaban? ¿Y si ella le decía… que ya no la amaba más? ¿Qué haría si su confesión se encontraba con la implacable realidad de que había malentendido todas las señales, y que en realidad Leona ya no sentía nada por ella? ¿O aún peor, la resentía, la detestaba… la odiaba? ¿Qué se supone que haría entonces?
Con los ojos aún fijos en aquella figura solitaria, la de cabellos de plata soltó un suspiro, exasperada ¿Qué carajos estaba pensando en un momento como ese? No era momento de titubeos. Y aún así, sus piernas se negaban a avanzar, en tanto su estómago estaba retorcido en nudos sobre sí mismo. Desesperada, levantó la vista buscando a la Luna en el firmamento, deseosa de un poco de coraje. Pero no la encontró donde la había visto hace solo unos minutos, ahora estaba mucho más cercana al horizonte de lo que debería ¿Acaso… se estaba moviendo más rápido? Con el corazón de pronto batiendo furiosamente en el pecho, volteó la vista en dirección contraria ¿No trepaban ya los primeros rayos del lucero dorado por las laderas, aunque todavía era demasiado pronto para eso? Una vez más se volvió hacia el Oeste, incrédula, y ahora la Luna estaba donde la había visto por primera vez, descendiendo lentamente y con parsimonia por el manto azulado. Al otro lado, el pálido fulgor que creía haber visto probó ser solo un producto de su imaginación, por cuanto una negrura profunda como el sueño era todo lo que enmarcaba el ó un par de veces más para estar segura, con el mismo resultado… y sintió unas ganas locas de reír a carcajadas. Las palabras de la Sanadora Celestial vinieron a su mente en ese momento: "¿Se unirían en un abrazo largamente esperado, o se enzarzarían en amargo combate? Ambas posibilidades las aterrorizan tanto como las seducen." Entre ambas posibilidades, ella ya había elegido la que prefería. Y si no era capaz de mantener su convicción, lo más probable era que la otra posibilidad fuera la que se tornara en realidad. Tenía que, al menos, intentarlo, sin importar el resultado. Estaba segura que de no hacerlo se arrepentiría toda su vida.
De pronto sus piernas volvieron a responderle, y una sonrisa tenue se dibujó en su rostro. Cerró los ojos e dejó que el aire helado llenara sus pulmones, antes de avanzar con paso decidido hacia la que estaba encogida en medio de la noche.
Cuando se acercó lo suficiente, pudo ver como los hombros de la castaña, encogida abrazando sus propias rodillas, temblaban levemente, sacudiéndola entera. La sonrisa en su rostro se hizo amarga y un nudo bloqueó su garganta, de modo que cerró rápidamente la distancia entre ellas y la cubrió gentilmente con uno de los edredones que traía. Inmediatamente los sollozos mudos se detuvieron y la de tez dorada levantó la cabeza, su cara arrasada de mocos y lágrimas.
- ¡¿Diana?! - preguntó hipando, como si no pudiera creer lo que veían sus ojos.
- Sí, soy yo - respondió ella mirándola directamente a los ojos.
Una sonrisa como un amanecer de invierno iluminó su rostro, para rápidamente quebrarse en una expresión de dolor infinito. Los hipos se volvieron sollozos suaves, y preguntó con una voz que era más bien un lamento:
- ¿Por qué?
- Estoy bastante harta de escucharte preguntar eso cada vez - soltó la de ojos níveos desviándolos hacia el valle con expresión amarga.
- Pe-pero nunca m-me has respon-respondido…
- No tengo por qué. Para cualquiera menos obtusa que tú sería evidente por sí mismo - contestó ella sentándose a su lado y arropándose con la otra manta. Su corazón batía furiosamente en su pecho mientras esperaba que su amiga respondiera, deseando mirarla pero sin atreverse a hacerlo.
- Diana, tú… ¿En serio? ¿A pesar de todo? ¿Después de todos estos años? - preguntó la de ojos caoba con voz temblorosa.
- Nunca digo nada a la ligera, ni entonces ni ahora - contestó la consultada,, encogiéndose un poco sobre sí misma. Ya estaba hecho. Había saltado al vacío, y ahora esperaba no chocarse contra rocas afiladas.
Su contraparte no dijo nada durante un minuto interminable, y la de faz pálida sintió que su interior se vaciaba fibra a fibra, mientras el pánico la llenaba. Cuando Leona, habló, sin embargo, se desvanecieron el pánico y el vacío, reemplazados por una ira amarga y afilada.
- ¿Por qué? - preguntó ella con voz derrotada.
- ¿No te dije que estaba harta de que preguntaras siempre lo mismo? - espetó Diana girando la cabeza hacia ella con expresión enfurecida. Lo que vió fue a la de melena castaña con expresión desolada, ido el brillo que anidaba en sus ojos, algo tan impropio de ella que la de faz argéntea sintió algo desagradablemente parecido al miedo.
- Diana, no te entiendo en lo absoluto. Hemos… nosotras… Hoy casi nos matamos. No ha pasado ni un día de eso. Y en este corto tiempo solo hemos discutido. Yo pensé… pensé que te habías dado cuenta. De lo indigna que soy. Pensé que me despreciabas por eso - dijo con la voz quebradiza como el cristal.
La aludida no dijo nada. Nunca había visto a su vieja amiga ser así de patética antes.
- Yo… yo… fallé. Como Solari, como Aspecto… como amiga y amante… fallé. No me di cuenta de nada, de absolutamente nada. Tan perdida en mí misma… No fui capaz de escucharte cuando debía. No fui capaz de darme cuenta de la amenaza real que se cernía sobre nosotras, sobre todos. No fui capaz de medir las consecuencias de mis acciones. Le fallé a mi pueblo, le fallé a mi diosa… te fallé a ti - al decir esto finalmente su rostro se retorció, todo el peso de sus fallos destrozándola - ¡Qué arrogante fui! ¡Que ESTÚPIDA fui! ¡Indigna, indigna, COMPLETAMENTE INDIGNA! - terminó con un grito quebrado mientras se tapaba la cara con las manos y dejaba que los sollozos nuevamente la sacudieran entera.
La de cabellera nívea sintió algo muy desagradable expandiéndose por su pecho. Una suerte de desprecio lamentable, una ira plana y mellada… una pena ardiente.
- Lamento bajarte de tu nube, Leona, pero incluso antes de volverte un Aspecto ya eras así. Siempre lo has sido - espetó entonces con tono metálico, casi sin poder contenerse.
Evidentemente la de tez dorada no se esperaba esa respuesta, porque nuevamente su llanto se interrumpió mientras bajaba las manos y miraba incrédula a la antigua compañera, pequeños hipos sacudiéndola. Su expresión era como si le hubieran dicho que no había ninguna Sol en el cielo.
- Siempre has sido igual, Leona - continuó la de ojos plateados ahora en tono bajo y contenido, desviando la mirada de aquella faz de oro - Siempre has sido obtusa, atrapada en tus propias ideas, negándote a ver lo que no te gustaba. Tú…
- ¿¡Entonces, POR QUÉ!? - Gritó ella histéricamente, tomando a su interlocutora por los hombros como si de ello dependiera su vida - Si soy tan indigna ¿POR QUÉ VIENES Y ME DICES QUE ME AMAS? Si siempre fui así de despreciable ¿POR QUÉ ME JURASTE TU AMOR EN ESE ENTONCES? ¿Por qué hiciste eso, Diana, si luego te darías cuenta de quién soy y me abandonarías? ¿Y por qué vienes a mí ahora? ¿Mi indignidad en ese entonces era de alguna forma peor que la de ahora? ¡¿Por qué…?! ¿Por qué…?
Su voz desesperada se fue apagando como una brasa en la ventisca, y sus brazos férreos perdieron la fuerza de su agarre y cayeron, mientras ríos de lágrimas recorrían sin descanso sus mejillas. Diana sentía que se podría ahogar en ellas… pero una ira asquerosa y sin nombre la quemaba por dentro.
- ¿Abandonarte? ¿Yo, abandonarte? - musitó con voz temblorosa, para luego gritar - ¿YO, ABANDONARTE? ¡TE ENTREGUÉ TODO, LEONA! ¡MI ALMA, MI MENTE, MI CUERPO, TODO TE LO DI! ¡SOLO TE PEDÍ QUE TE MANTUVIERAS A MI LADO! ¡SOLO TE PEDÍ QUE ME ACEPTARAS! ¿Y CÓMO ME PAGASTE MI AMOR, UH? ¿QUÉ ME DIJISTE EN ESE ENTONCES, CUANDO TE PEDÍ QUE ME ACOMPAÑARAS EN MI CAMINO HACIA LA BLANCA SEÑORA? ¿ME DIJISTE QUE ME AYUDARÍAS A CONVENCER A LOS SACERDOTES? ¿QUE HUIRÍAS CONMIGO, LEJOS, LEJOS DE TODAS ESA HIPOCRESÍA? ¡NO! ¡NO! ¡INTENTASTE REPRIMIRME, IGUAL QUE TODOS LOS DEMÁS! ¡NO FUI YO LA QUE TE ABANDONÓ! ¡FUISTE TÚ!
Cuando terminó, jadeante, la de tez pálida sentía como si todo ese dolor y esa ira estuviera tan fresco como aquel día fatídico, y como si todo aquello que la quemaba por dentro la estuviera aplastando. Y una pena honda como la noche misma se sumaba a todo ello. Sentía… que sus temores se habían hecho realidad. Y ella no solo no había podido lidiar con ello, sino que encima había ampliado la brecha ya insalvable que las separaba. No quería soltar todo eso, no en ese momento, no de esa forma. No esperaba que las cosas tomaran ese derrotero, mucho menos después de habérsele confesado a su amada. Y ahora su voz se elevaba hasta el cielo, acusándola, condenándola, llena de ira y de desprecio. Ya no había vuelta atrás. Lo había arruinado.
- ¿Cómo… cómo puedes decir eso, Diana? - soltó entonces su antigua amiga, su voz llena del dolor que la embargaba - ¿Sabes…? ¿Tienes…? ¿Tienes idea de cuánto sufrí, cuánto sacrifiqué, solo porque quería mantenerme a tu lado? ¿Sabes cómo me miraban los maestros, solo porque me negué a apartarme de ti? ¿Sabes lo que decían de mí nuestros compañeros, a mis espaldas, solo porque frecuentaba tu compañía? Yo… yo tenía… Yo era… ¡Cuántos amigos me dieron al espalda, solo por quedarme contigo! ¡Por estar contigo, por amarte, no me quedó nadie excepto tú! ¡Y pagué ese precio gustosa, porque tú lo valías, porque cada segundo a tu lado era precioso para mí! ¿¡Tienes idea cuánto temí por ti, cuanto supe que intentabas la Ascención!? Fui detrás tuyo, temerosa de cada bulto en la nieve ¡Viendo tu rostro en cada cadáver congelado y sintiéndome morir cada vez! - la de ojos marrones se detuvo un momento, jadeante, antes de continuar, ahora ella lena de ira - Escuché todo lo que tenías que decir, rumiándolo durante semanas, sin importar cuán ofensivo fuera, cuan confuso fuera para mí, porque quería entenderte ¡Oh, los cielos son testigos de cuánto intenté entenderte, porque quería que nada se interpusiera entre nosotras! ¡Te amaba, más cada día que pasaba, y quería que estuvieras a mi lado para siempre! Pero tú te fuiste en pos de tu diosa, y yo te intenté seguir… y luego… luego… - otro silencio siguió a estas palabras, ominoso, y cuando volvió a hablar el tono de Leona era ronco y fúnebre, lleno de remordimientos persistentes - ¿Tienes idea cómo me sentí al bajar de la Montaña y ver lo que habías hecho? Aquellos que yo había jurado proteger… masacrados, destrozados… por aquella que yo guardaba con más amor en mi corazón. Durante meses, aún siendo incontestablemente la Elegida de la Sol, nadie confió en mí; me miraban como si yo hubiera matado a todos esos hermanos con mis propias manos. Yo. Como si Rhaena, como si Alcasus, aquellos amigos que habían reído conmigo y que a pesar de todo nunca me dieron realmente la espalda, hubieran muerto bajo mi propia espada. Esas personas que a pesar de todo eran buenas y amables, y que ya nunca verían otra vez la gloria de un amanecer… ¿Y te atreves a decir que yo, YO te abandoné? Dices que me amas, entonces ¿Cómo puedes acusarme de eso, como si nunca hubieras visto cuánto luché por ti? Y yo… a pesar de todo… a pesar de saber que tenía un deber con los caídos… nunca fui… capaz de desterrarte de mi corazón.
Sorprendida, Diana volteó a ver a su interlocutora, que la miraba llena de agonía, un fuego sin llama encendiendo nuevamente su ojos. Las palabras de su voz desgarrada se repetían y enredaban en su cabeza, haciendo difícil entender nada ¿Era idea suya, o acababa de decir que también la seguía amando, a pesar de todo? Por otro lado ¿Acababa de decir qie había intentando entenderla? ¿Estaba acusándola de ser la causa de su soledad? ¿Estaba acusándola de no haber intentado entenderla a ella? De su corazón y de su mente surgían mil réplicas, llenas de ternura, llenas de ira, tristes, resentidas, amorosas, afiladas, suaves, y no podía conciliarlas en palabras. De modo que nuevamente desvió la vista y mantuvo la boca firmemente cerrada, intentando organizar sus pensamientos.
Pero Leona insistió, preguntando con tono amargo:
- ¿No dirás nada ahora, Diana? ¿Tú, que siempre tienes la respuesta presta en la lengua? ¿Cómo debería interpretar eso? ¿Cómo debería sentirme con eso? - la de los ojos castaños se interrumpió un momento mientras un sollozo apenas ahogado desbarataba su discurso, y en ese pequeño silencio mil insultos de lo más soeces surgieron en el fuero interno de la peliplata hacia su contraparte. Entonces ella se recompuso y continuó - 10 años. 10 malditos años desde que me dejaste ahí, tirada, en la cima del Monte. Cada noche, cada amanecer, te recordé, te anhelé. Cada uno de nuestros momentos juntas. Cada beso. Cada caricia. Esas tardes, solo para nosotras, lejos de todo y de todos, conversando hasta que el frío de la noche nos obligaba a volver. Y sin embargo, más fuerte que todo eso, eclipsándolo todo, aquella expresión que pusiste la última vez que nos vimos, aquella última mirada que me diste antes de marcharte. Como si… como si yo fuera… una cosa asquerosa - un nuevo sollozo la descompuso, pero se recuperó rápidamente, su expresión ahora llena de amargura - Todos estos años me pregunté, tontamente, cómo te había fallado. Me pregunté si había alguna esperanza de que terminara de otra forma. Al final, yo… ¡Lo sabía! ¡Sabía que no era suficiente para ti! Mientras más tiempo pasaba a tu lado, amándote cada vez más… me daba cuenta ¿Sabes? Nunca te pude seguir el ritmo. Todo lo que yo era, todo aquello de lo que estaba orgullosa, nunca significaron nada para ti. En aquel momento me dijiste… me dijiste que estaba ciega, encandilada ¡Y ahora veo que era verdad! ¡Siempre lo fue! ¡Pero tú…! Tú… ¡Siempre persiguiendo la Luna en el firmamento, sin mirar jamás hacia atrás, sin voltear ni una vez a ver cómo intentaba seguirte desesperadamente! ¡Yo yo…! Y yo… No te puedo culpar, maldita sea ¿Cómo podría? ¡Me encantaría estar aún más ciega y poder odiarte en paz…! Pero aún no estoy tan perdida en mi propio ombligo ¿Sabes, Diana? ¿Cómo podía alguien como yo, que ni siquiera era capaz de comprenderte, de seguirte el paso, ser capaz de retenerte en medio de un lugar que odiabas y donde te odiaban? Ni siquiera soy capaz de comprender a mi diosa, y la estudié toda mi vida ¿Cómo podría aspirar a entender la causa que guiaba tu corazón? Y aún así, de forma egoísta, quise hacerlo. Quise retenerte conmigo, porque no era ni soy nada si no soy una Solari. E intentando conciliar 2 deseos imposibles, fallé en todo. Yo… yo…
Su voz se derrumbó en sollozos quedos mientras las lágrimas dejaban surcos en sus mejillas, y la de ojos níveos sintió aquella húmeda calidez bajando por sus propias mejillas de alabastro, un horrible nudo como un peso de plomo cerrando su garganta. Sus propias palabras, las palabras de ella, rebotaban dentro de su cráneo como un millar de avispas enfurecidas, y por primera vez en mucho tiempo realmente estaba sin palabras. No era solo que aquella declaración había tomado derroteros totalmente inesperados para ella que… sentía que estaba más cerca que nunca de su amada, sus corazones casi tocándose, y a la vez sentía que estaban más alejadas que nunca, la barrera que las separaba alta, recia e impenetrable. Leona la amaba, pero quería odiarla. Ella amaba a Leona, pero estaba tan dolida que bien podría ahorcarla. Se sentía víctima de una injusticia infinita, y a la vez, sentía que lla misma había cometido una injusticia inenarrable. Toda ella era un caos y no conseguí hilar ideas coherentes, y a pesar de eso su boca se abrió y dijo, sencillamente, lo que sentía.
- ¿Sabes cómo me sentí en ese entonces, cuanto intentaste disuadirme de escalar el Monte? - murmuró con voz ronca y temblorosa, la mirada fija en el enorme vacío salpicado de nubes que se extendía ante ellas - Tú eras mi único cable a tierra, Leona, la única en quien confiaba. Yo… eras la única que realmente, realmente esperaba que me entendiera. Sé que de no ser por ti, yo… no… no habría sido capaz de soportar aquella vida. Y cuando me intentaste detener… pensé… me sentí… tan, tan infinitamente traicionada. Sentí que me estabas rompiendo el corazón, en aquel momento. Cuando escalé el Monte… yo… debería estar pensando en esa verdad que buscaba y que estaba tan cerca. Y por cierto que lo pensé, ese anhelo tan largamente atesorado. Pero la fuerza para seguir escalando… era solo de la ira. La ira que sentía porque debías haber estado conmigo en aquel momento - una risa quebrada salió de su garganta - ¿Qué sabía yo que estabas justo detrás de mí? Pensé que me habías abandonado. Deseaba tanto llegar, y encontrarme con la Blanca Señora, saber… y luego encontrarte una última vez, y restregarte por la cra lo equivocada que estabas. Cuando regresé con el conocimiento y el poder de mi diosa en las manos, y te vi allí, ataviada de dorado… estaba tan, tan, tan furiosa. Quise aplastarte. Y lo hice. Pero no sentí ninguna satisfacción al hacerlo, si acaso incluso más frustración. Verte ahí, mirándome así mientras te aferrabas a la consciencia… fue tan terriblemente doloroso que me sentí enferma, físicamente. Quería tomarte entre mis brazos y pedirte perdón, y llevarte a algún lugar lejano, conmigo, lejos de toda la mierda que te intoxicaba. Y quería atravesarte el corazón con mi acero y gritar de ira a los cielos inmisericordes. Sentía que me rompería en mil pedazos solo por estar contigo. De modo que simplemente te dejé ahí y bajé a enfrentar mi destino, mi misión. Yo… presentía, no, sabía que todo sería en vano. Si ni siquiera tú fuiste capaz de aceptarme, ningún Solari lo haría. Lo sabía, lo tenía claro. Tal vez… tal vez solo quería una excusa para castigarlos por haberme hecho sufrir durante tanto tiempo. Tal vez solo quería ver sus rostros deformados por la sorpresa y el miedo cuando se dieran cuenta lo equivocados que estaban. Tal vez… solo buscaba hacerte sentir aún peor. Y aún así, cuando los ancianos se levantaron chillando y exigiendo mi cabeza, cuando todos aquellos escenarios mentales se hicieron realidad… solo sentí miedo. Miedo, porque sabía lo que pasaría a continuación, lo que significaría para mí, para ti… para nosotras. Me sentí morir por dentro mientras los masacraba, porque sabía que después de aquello… tú… yo… no habría vuelta atrás para nosotras. Y aunque los maté llena de ira, no dejé de llorar un segundo mientras lo hacía, porque sabía que estaba matando no solo a esos bastardos que odiaba, sino que también todos aquellos momentos de felicidad, de calidez, que compartí contigo.
Al pronunciar la última palabra la voz de la de faz plateada se quebró, e intentó contener inútilmente los sollozos desgarradores que surgían a borbotones de su pecho, pero entre mocos y lágrimas se obligó a continuar.
- Te lo dije ¿No, Leona? Siempre has sido la misma. Obtusa. Terca. Horrible en ver el panorama general, a pesar de que puedes ver los elementos individuales tan bien. Eres increíblemente egoísta para ser tan generosa, y muchas veces eres impulsiva. Eres insufriblemente orgullosa, y te cuesta horrores admitir tus errores. Pero tu corazón es tan grande y brillante como la Sol. Eres incapaz de mentir ni queriendo, leal a toda prueba… y eres incapaz de ver a alguien sufriendo sin alargar la mano ¿Por qué, si no, adoptarías a una inadaptada como yo, que odos rechazaban? Por eso me enamoré de ti. Por todas esas cosas. No sé qué te pasó entremedio, en estos años terribles… pero quiero creer que aquella cálida jovencita que amé sigue ahí ¿Dices que eres indigna? Me trae sin cuidado. Esta noche lo he visto: yo también soy indigna de estos poderes que me han sido otorgados, puede que indigna incluso de la verdad con la que me bendijeron. Pero no me voy a detener por ello. Si mi diosa no confiara en mí, seguramente ahora sería un títere, y yo confío ciegamente en mi diosa. Y aunque no fuera así… creo que eso tampoco me detendría. Una vez decidido algo, lo llevo a cabo hasta el final, soy como una flecha arrojada. Y tú también ¿No es así? Nunca has sabido retirarte, incluso si eso te hacía daño. Lo sé, tanto mejor ahora que has contado todo lo que sufriste. Leona, es cierto que la Blanca Señora de la noche es la Sol de mi vida, pero… Te equivocas si crees que jamás volteé a verte ¿Cómo no podría hacerlo? Cuando me sentía harta, cansada, cuando sentía que ya no podía más… siempre estuviste ahí. Tú eras… eras la Luna de mis noches, Leona. Y desde que me fui de tu lado camino a tientas en la oscuridad, extrañando tu calidez y tu energía impulsándome a seguir adelante. Siento que sin ti me he vuelto aún más amargada e insoportable, e incluso mis propios hermanos me temen. Yo también he pensado en ti, anhelándote, cada vez que enrojecía el cielo al amanecer, cada vez que la Sol se despedía al anochecer. Yo también me preguntado miles de veces cómo pudo ser diferente, fantaseando con un mundo donde me despertaría y lo primero que vería sería tu rostro. Nadie más me ha hecho sentir como tú lo hiciste, y quiero recuperar eso. Quiero… quiero recuperarte, Leo. Quiero volver a tus brazos otra vez. Pero esta vez en mis propios términos, no en los de nadie más. Yo también me equivoqué, y solo ahora soy capaz de verlo. De algún modo, yo también estaba ciega. Quiero hacer las cosas mejor, esta vez. Déjame… dame otra oportunidad. Por favor.
Diana soltó todo aquello sin mirar a s compañera y todo aquello suspiró y cerró los ojos, como esperando el hacha del verdugo. Unos segundos eternos de silencio siguieron, hasta que Leona soltó una extraña risa quebrada.
- Debería ser yo la que te rogara por otra oportunidad para enmendar mis errores ¿No crees, Di? - dijo ella entonces con voz trémula, mientras tocaba tímidamente la mano de la de ojos níveos con la punta de los dedos. Ante esto abrió los ojos y volteó a ver a su amiga, que la miraba con sus ojos castaños llenos de ternura y admiración, una sonrisa temblorosa en su rostro mientras las lágrimas aún caían por sus mejillas de oro.
- Tú… tienes razón, Di - afirmó con una risita avergonzada - Siempre he sido obtusa y terrible tanto para darme cuenta de mis errores como para enmendarlos. No… No te puedo prometer que lo haré mejor ¿Sabes? Pero sí que me esforzaré, pondré todo de mí para hacerlo mejor. En eso, al menos, sí soy buena - al decir esto, su sonrisa se ensanchó, una luz como la hoguera del Festival en sus ojos - Me esforzaré más por comprender, intentaré que mis propios prejuicios no me nublen, escucharé con más atención a los otros, aunque me contrarien. Yo intentaré, emm… no actuar tan… impulsiva… es decir…
- Entiendo lo que quieres decir, Leo, no te enredes - dijo Diana con una risita, acercándose a la de ojos de caoba. Esta sonrió, prendada en los ojos de su compañera, antes de apartar la mirada, avergonzada.
La de cabellos de plata se sintió en caída libre, pero no era para nada una sensación desagradable. De pronto el viento frío era una caricia en su piel, y las estrellas titilaban solo para ellas. En aquel momento, todos aquellos años oscuros no habían pasado, y volvían a ser las jóvenes cándidas que alguna vez fueron. Una pequeña parte de su mente se preguntaba cómo era posible, pero por una vez, no le importaba en lo absoluto encontrar la respuesta. Todo lo que importaba era el tacto cálido de aquella mano contra la suya, poder estar así tan cerca de ella después de tanto tiempo, poder hablar con ternura, al fin habiendo dejado atrás toda la ira y la amargura.
- Yo pondré todo de mí en mirar un poco más allá y no ser tan corta de miras - prosiguió la de melena castaña, robándole miradas fugaces a aquellos ojos de plata - Pero soy muy mala en eso, lo sabes. Entonces, si de verdad quieres que volvamos… es decir…
- Si sigues cuestionando la veracidad de mis palabras me voy a enojar otra vez - la interrumpió Diana intentando atrapar su mirada, sin la menor pizca de enfado en su voz. La sonrisa en aquel rostro de amanecer se ensanchó, pero su mirada se mantuvo huidiza.
- Lo que quiero decir es… voy a necesitar tu ayuda en esto, Di. Sé que es descarado de mi parte hacerlo, pero… - finalmente aquellos ojos cálidos fijaron su mirada en los ojos de hielo - ¿Puedo… puedo pedirte que me ayudes en eso?
- Siempre que me escuches, por supuesto - contestó la consultada, acercándose un poco más al rostro de su interlocutora. Ella rió, desvanecida por fin esa congoja que ensombrecía su faz, y por un momento su mirada se deslizó hacia los labios de la de tez pálida. Aquel suave hormigueo, aquel dulce vacío… ¿Hace cuántos años no sentía algo así?
- A cambio, te prometo… que siempre estaré ahí para ti. Ya no… Ya nunca… tendrás que caminar sola en la oscuridad, Di. Incluso si no logro entenderte. Incluso si tienes a todo el mundo en contra. Incluso si… incluso si no sirve de nada - afirmó la de tez dorada con una sonrisa suave, acomodando un mechón níveo detrás de la oreja de su dueña - Haré todo lo que me sea posible, y lo que no. No te volveré a fallar.
- Te pienso cobrar la palabra, espero que lo sepas - dijo la de cabellos de nieve con tono burlonamente serio y una enorme sonrisa en los labios - Sabes que me tomo las promesas muy en serio.
- Me doy por enterada y por conforme - contestó Leona en un tono festivamente solemne. Ambas rieron al unísono, y Diana alargó una mano para limpiar los restos de lágrimas del rostro de su amada. Cuando terminó, una mano grande, callosa y gentil retuvo la suya, apretándola con suavidad.
- Te amo, Diana - declaró entonces de la ojos caoba con voz temblorosa, solo que ya no de tristeza - No te he dejado de amar un solo segundo y no creo que deje de hacerlo. Te extrañé tanto que pensé que moriría. Gracias por darme una segunda oportunidad. Esta vez, lo haré bien.
La de mirada argéntea estuvo a punto de decir en tono de broma "más te vale", pero incluso aquella mala broma se perdió en la calidez y firmeza de los ojos de su compañera. Después de todo, Leona siempre mantenía su palabra…incluso si muchas veces no era bueno para ella hacerlo. Sin poder contenerse, la peliblanca alargó su otra mano, tomando con delicadeza aquel rostro amado entre sus palmas. La de tez dorada la miró, sus ojos debatiéndose en medio del anhelo.
- Maldita sea, Leona ¿Por qué eres tan dura? - susurró amorosamente, su propio rostro a escasos centímetros del de su interlocutora - Si me hubieses escuchado desde el principio…
La aludida soltó una pequeña risita avergonzada.
- Muchas cosas han pasado desde entonces - respondió ella también susurrando, su ancha sonrisa mostrando sus dientes blancos.
La sonrisa de Diana se ensanchó aún más, tirando de sus mejillas. Su corazón batían tan rápido en su pecho que casi dolía, pero era un dolor que tomaría sin dudarlo siempre.
La de melena castaña se acomodó, orientándose hacia ella, y tímidamente alargó su mano hacia aquel rostro níveo, acariciando suavemente su mandíbula con las yemas de los dedos. Su tacto era áspero y sus yemas duras, pero la de cabellos de nieve cerró los ojos, disfrutando de aquella calidez. Las heridas, el cansancio, el mundo en peligro, la tensión con sus compañeros aspectos… todo se desvaneció ante esa caricia tan largamente anhelada. Nada más cabía en su mente, y no deseaba que nada lo hiciera. Solo por aquel pequeño momento al borde del acantilado, lo que había vivido aquella jornada, no, todo lo que había sufrido durante una década… había valido la pena.
- ¿Umm, Diana? - la llamó Leona entonces tímidamente.
La aludida abrió los ojos, quedando inmediatamente atrapada en la mirada ardiente de su amada.
- ¿Sí?
- ¿Puedo… besarte? preguntó la de faz aúrea, con voz trémula pero con ojos decididos.
Por un segundo la de tez nívea se quedó en blanco por la sopresa, y cuando se recuperó fue su turno de reír nerviosamente.
- Te advierto que, muy probablemente, haya olvidado cómo besar - le dijo con una sonrisa traviesa.
Leona sonrió de medio lado, sus ojos fijos en los labios de su amada.
- Yo tampoco he besado a nadie des de que nos separamos, pero… estoy segura de que mis la bios recuerdan a los tuyos. Entonces… ¿Puedo?
Por toda respuesta, Diana cerró la distancia que las separaba. Apenas sus bocas se encontraron, supo que la de melena castaña tenía razón. Fue como si el tiempo no hubiera pasado. Fue un poco torpe al principio, como cuando eran adolescentes y se encontraban furtivamente en los pasillos de la Academia, pero rápidamente retomaron el ritmo de aquellos encuentros tórridos, cobijadas en la inmensidad del Monte. Antes de darse cuenta, la de ojos plateados se aferraba desesperadamente al cuello de su amada, como temiendo que se le escapara. Ella, en tanto, la aferró por la cintura y la atrajo hacia sí con firmeza, tanta, que perdieron el equilibrio, cayendo la una sobre la otra en el polvo.
Durante un momento se miraron sorprendidas, antes de echarse a reír, sus voces repiqueteando alegremente en las infinitas quebradas bajo ellas. Leona, que había quedado arriba, intentó incorporarse, pero Diana le echó nuevamente los brazos al cuello, impidiéndole hacerlo.
- Aún no he tenido suficiente - le dijo en un murmullo lleno de intención.
- Te llenarás de polvo - contestó la de ojos de caoba sin mucha convicción.
- No sería la primera vez, y ciertamente sí la que más he disfrutado - contestó la de cabellos de plata con una sonrisa tan ancha que le dolían las mejillas.
La de faz dorada no insistió. Nuevamente bajó su rostro al de su compañera, uniéndose en un beso largo, suave y prolongado, como bebiendo ansiosamente de aquel momento, haciéndolo durar lo más posible. Cuando se separaron, jadeantes, la de ojos níveos pudo notar un pálido fulgor recortándose contra los picos lejanos al Oriente.
- Amanece - murmuró, sintiéndose ebria de alegría.
La de cabellos castaños se incorporó sobre sus brazos y miró a su espalda.
- Es verdad - murmuró a su vez, antes de levantarse del piso y ofrecerle su mano a Diana.
Cuando ésta la tomó, aquel poderoso brazo la levantó de un tirón, y para estabilizarla, Leona la atrapó con un poderoso abrazo de osa.
- Te extrañé como no tienes idea, Di - murmuró a su oído con la voz inflamada de emoción - Esta vez no te dejaré ir, lo juro.
Ella hundió su rostro en aquel seno cálido, rodeada de aroma de su compañera, y cerró sus propios brazos en torno a su cintura.
- Te amo, Leo. No te he dejado de amar un solo momento. No dejemos que nada nos separe, esta vez.
- Que venga Aatrox y se nos echen encima los Darkin del pasado, a ver si pueden siquiera intentarlo.
- No, creo que con Aatrox me basta - retrucó Diana, y en aquel momento aquella figura oscura no le causaba miedo alguno. Sus carcajadas suaves resonaron al unísono por la planicie, mientras el fulgor dorado se mezclaba delicadamente con la negra noche, como si la Sol intentara alcanzar con las yemas de los dedos a su pálida hermana.
"Mi Sol está aquí" pensó la de ojos plateados conmovida por el espectáculo "Y este abrazo que tanto esperé… es el destino que elegimos".
Voy a ser breve. Uno de los pilares de esta historia es el romance. Y escribiendo este capítulo, el cúlmine de eso en esta historia, me di cuenta... que no sé escribir romance. Lo sé, es tonto haber estructurado la historia en torno a un elemento que no domino, pero, de forma arrogante, pensé que podría hacerlo de forma decente. Le debo a los escritores de romance una disculpa y mis respetos. No está ná tirao, como decimos por aquí. Encima, no supe manejar las contradicciones que intenté plasmar y el resultado es... bueno, esto. Me temo que no confío para nada en poder mejorarlo ni en mes ni en 5, así que decidí publicarlo como está y pasar a lo siguiente. Final del Interludio, señores. Volvemos a los campos de batalla.
Deberían quedar 3 capítulos para el final, agregado a un más que probable (y de extensión aún desconocida) epílogo. Veo el final del túnel en el que yo mismo me metí. Vamos que por fin termino un fic que no sea oneshot.
Espero sinceramente que lo hayan disfrutado y que no les haya quitado las ganas de seguir leyendo. Nos leemos. Cuidensela ;D
