Queridos lectores,
Gracias por acompañarme en esta historia que combina dos mundos fascinantes. Este fanfic es una adaptación moderna de El Conde de Montecristo, que toma como base personajes y elementos de Twilight.
Gracias por leer y por dejarme compartir esta reinterpretación. ¡Espero que disfruten el viaje tanto como yo al escribirlo!
POV Bella
Me quedé en silencio, esperando a que el shock inicial de Alice se desvaneciera. Sus ojos pasaron de la sorpresa a una chispa de alegría.
—¿Estuviste con él? —preguntó, casi sin aliento.
Asentí.
—¿Pero estaba en el bar? —insistió, como si no pudiera creerlo.
Asentí de nuevo.
—¿Y qué hacía ahí? —Levanté los hombros, sin saber qué responderle.
—No lo sé.
—¿Y dónde estuvo todo este tiempo? —Alice había entrado en su modo analítico, con las preguntas fluyendo rápidamente.
—Me dijo que en una cárcel en Corea del Norte —respondí, aún tratando de procesar todo.
—¿Y qué piensa hacer ahora?
—Tampoco me lo dijo con exactitud, solo mencionó que… quiere vengarse.
Alice me miró como si hubiera dicho que Edward planeaba robar un banco.
—¿Vengarse? ¿De quién?
—De Jacob.
—¿De Jacob? —repitió, incrédula—. ¿Por qué?
Suspiré, sabiendo que esto sería lo más difícil de explicar.
—Porque dice que Jacob fue quien lo mantuvo encerrado allí.
El rostro de Alice cambió por completo. Ahora la confusión y el enfado competían por el control de su expresión.
—¿Cómo ocurrió eso? —preguntó, cada vez más ansiosa.
—Me dijo que cayeron en Corea del Norte, que los apresaron… y luego llegó el papá de Jacob, lo sacó solo a él, y dejó a Edward y a Ben.
Alice frunció el ceño, inclinándose hacia adelante. Sus ojos oscuros parecían escanearme, buscando alguna explicación en mis palabras.
—¿Y de qué los acusaron? ¿Por qué los apresaron?
Negué con la cabeza, notando que había muchas más preguntas que respuestas.
—No lo sé. No mencionó detalles de la acusación. Solo que los capturaron, y que luego fue el papá de Jacob quien llegó para sacar solo a su hijo, dejándolo a él atrás.
Alice dejó escapar una risa amarga y empezó a tamborilear los dedos contra su brazo, cada vez con más impaciencia.
—Espera un momento… ¿y cómo es que el papá de Jacob tuvo acceso a una cárcel en Corea del Norte? No es un país al que simplemente entras y sales cuando quieres.
Me encogí de hombros, sintiendo el peso de su incredulidad.
—No lo sé, Alice. No me explicó cómo ocurrió.
Alice chasqueó la lengua, exasperada.
—¿Y cómo demonios salió de Corea del Norte entonces? —Su voz iba subiendo de tono con cada pregunta.
—No… no lo sé —respondí, mirando al suelo. Su paciencia estaba claramente llegando a un límite.
Alice soltó un bufido, arrojando las manos al aire y mirándome con incredulidad.
—¡Estuviste con él toda la noche y toda la mañana y no le preguntaste nada de esto! —exclamó, sin poder creerlo—. ¿Qué hicieron tantas horas juntos, entonces?
Mi rostro se calentó al instante, y bajé la vista, sintiendo que mis mejillas se encendían.
Alice alzó las cejas, rodando los ojos.
—¡Claro! Apenas lo ves después de años, después de todo lo que pasó, y en vez de interrogarlo… te acuestas con él.
Bajé la cabeza, incapaz de sostener su mirada.
—Él no quiso hablar en ese momento —traté de defenderme en un susurro—. Sólo hasta esta mañana comenzamos a hablar, y…
Mi voz se quebró, y sentí cómo las lágrimas me nublaban la vista. Alice se detuvo un momento, su frustración siendo reemplazada por preocupación mientras me observaba con una mezcla de impaciencia y empatía.
—Está bien, Bella. —Suspiró, esta vez en un tono más suave—. ¿Y qué más te dijo?
Respiré hondo, tratando de recomponerme.
—Me pidió que no le dijera a nadie que está vivo… Solo a ti, porque aún no completa su plan. —Las palabras salieron entrecortadas—. Luego me dijo que…
Alice se acercó, inclinándose más, sus ojos encendidos de curiosidad.
—¿Que qué, Bella?
—Dijo que no necesitaba que intentara buscarlo, que no lo había recuperado, y que… que no me perdonaba por no haberlo esperado y, peor aún, por casarme con el hombre que lo traicionó. —Me cubrí el rostro, tratando de ahogar el sollozo que surgía, mientras las lágrimas se desbordaban.
Alice se quedó en silencio por unos segundos, su mirada se suavizó al ver mi estado, pero aún mantenía una chispa de análisis en su expresión.
—Entonces… todo esto de Anthony Masen, el supuesto socio de Jacob, ¿es para vengarse, verdad? —preguntó, tratando de conectar los puntos—. ¿Es por eso que apareció en la fiesta de Tony?
Asentí, limpiándome las lágrimas.
—Sí… es el mismo que vi en la fiesta. Parece que se hizo entrenador de Tony para… no sé, estar cerca de nosotros o algo así.
Alice frunció el ceño, y volvió a mirarme con una expresión de exasperación.
—¿Y qué más te dijo? ¿Por qué demonios está tan decidido a mantener esto en secreto? Si quiere que se haga justicia, ¿no debería querer que todos supieran la verdad?
Sacudí la cabeza, sin saber qué responder.
—Dijo que aún no era el momento. Que tenía un plan, pero no me explicó mucho más. Y tampoco quiere que Tony lo sepa, por lo menos no todavía.
Alice hizo una mueca de incredulidad.
—Perfecto. Así que, mientras tanto, tú te quedas aquí en un mar de dudas, Tony ignorando todo… y Edward jugando al misterio con todos nosotros. —Hizo una pausa, y me miró fijamente—. Bella, ¿qué piensas hacer tú con Jacob, entonces? Porque estás casada con él… ¿No te parece que esto te pone en peligro?
Suspiré, sintiendo el peso de sus palabras.
—No lo sé, Alice. Quiero hablar con Jacob, preguntarle qué pasó, pero no sé por dónde empezar. Y Edward fue claro en que solo tú debías saber de él, nadie más.
Alice se cruzó de brazos, mirándome con firmeza.
—Entiendo… pero, aun así, creo que debes estar muy atenta. Porque esto no suena a un plan inofensivo. Con lo enojado que Edward está, y sabiendo que va detrás de Jacob, las cosas pueden terminar muy mal.
Asentí, mientras Alice tomaba asiento frente a mí, y se quedó en silencio, su mirada perdida en algún punto más allá de la habitación. Sus labios estaban entreabiertos, como si quisiera decir algo pero no supiera por dónde empezar. Finalmente, respiro hondo y levantó la vista, con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y esperanza.
—Entonces… ¿Edward está vivo? — murmuró, sus palabras apenas un susurro. Era como si aún no se permitiera creerlo del todo, como si apenas estuviera asimilando el siginificado principal de nuestra conversación, que Edward estaba vivo, que no era una esperanza, o una suposición, sino algo real.
Asentí lentamente, observando como la compresión comenzaba a hundirse en su mente, más profunda, más real. Ella llevaba años viviendo en un mundo sin su hermano, y ahora, de repente, todo ese dolor, toda esa perdida, parecía resquebrajarse, revelando algo nuevo y desconocido.
—¿El… él está aquí realmente?— repitió en voz baja, casi para sí misma. Sus manos temblaban ligeramente, y pude ver que estaba conteniendo la emoción que asomaba en sus ojos.
—Si, está aquí Alice.
Dejó escapar una pequeña exhalación y se llevó la mano a la boca, tratando de procesar lo que acababa de escuchar. Cerró los ojos por un segundo, y cuando lo abrió, pude ver como una mezcla de alivio y ansiedad comenzaba a tomar forma en su rostro.
—Toda esta… toda esta vida sin él…— murmuró—Tenía razón—dijo mientras una pequeña risa salía de sus labios—Sabía que seguía vivo.
Me miró con la alegría brillándole en los ojos, le sonreí, también sentía los ojos húmedos, entendía su emoción, perfectamente.
En ese instante, nada más importaba. No el resentimiento de Edward hacia mí, ni sus ansias de venganza, ni siquiera el temor a las consecuencias que todo aquello podía desatar. Todo eso era insignificante ante la verdad innegable de que Edward estaba vivo.
La alegría era abrumadora, tanto que acallaba cualquier duda o temor. Podía soportar lo que viniera, cualquier dolor, cualquier venganza. Porque Edward estaba aquí, en este mundo, respirando el mismo aire. Y eso, en ese momento, era lo único que realmente importaba.
—Tengo que verlo, Bella. No puedo seguir hablando de él como si fuera un fantasma. Necesito… necesito saber que es real —dijo, su voz quebrándose levemente.
Sentí un nudo en la garganta al ver la vulnerabilidad en sus ojos. Era como si, finalmente, la esperanza que había mantenido oculta durante tantos años estuviera despertando.
—¿Pero… sabes cómo encontrarlo? ¿Dónde vive, algún teléfono, algo? —sus ojos se llenaron de urgencia—. Tiene que haber alguna manera de saber dónde está.
Negué con pesar.
—No me dejó nada. No quiso que lo busque. Solo me pidió que te lo dijera a ti, y luego… se fue.
Alice se quedó en silencio, asimilando la situación y buscando una alternativa. Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro, claramente debatiendo cómo podría resolverlo. Finalmente, se detuvo en seco, como si una idea hubiera cruzado por su mente.
—¿Y… qué hay de la casa donde estuvieron? ¿La dirección que mandaste anoche, la que usaste para que yo supiera dónde estabas?
Me quedé en silencio, recordando el mensaje de ubicación que le había enviado a Alice la noche anterior, en medio de la emoción y la necesidad de tranquilizarla.
—Alice —dije en voz baja, sopesando las palabras—, tenemos que intentarlo. Sabemos dónde estuvo, y esa puede ser nuestra única pista.
Ella me miró con determinación, aunque en su rostro se mezclaban la emoción y el miedo.
—Pero… —dudó, su voz llena de expectativa— ¿y tú?
Tomé aire, consciente de la realidad que Edward había dejado clara: no quería verme.
—Vas a tener que ir sola —le dije, tratando de mantener la calma—. Él no quiere verme ahora. Si alguien puede hablar con él, eres tú, Alice. Así… tal vez puedan… puedan platicar.
La determinación de Alice se encendió en sus ojos, y asintió, abrazándome antes de alejarse con la certeza de que, por fin, podría ver a su hermano y, quizá, empezar a comprender lo que lo había mantenido lejos todos esos años.
…
Alice entró a la casa y cerró la puerta detrás de ella, apoyándose un momento en la madera como si todo el peso de la decepción la hubiera alcanzado de golpe. Su expresión, agotada y triste, me dio una idea de lo que iba a decirme antes de que pudiera articular palabra.
—No estaba ahí, Bella —murmuró, con una mueca de frustración—. Pregunté a los vecinos, y nadie lo ha visto. Dicen que apenas hay movimiento… solo alguien que va de vez en cuando a limpiar.
La decepción se instaló en mi pecho, apretándome el corazón. Me costaba comprender que, aunque lo había tenido frente a mí apenas la noche anterior, Edward podía desaparecer tan fácil y rápidamente. Su regreso había sido tan real, tan inmediato, pero ahora, parecía un espejismo inalcanzable.
—Tiene sentido… —le dije en voz baja—. La casa… cuando estuve ahí, era tan inmaculada, Alice. Todo parecía nuevo, intacto, como si nadie viviera ahí realmente. Solo había lo básico en la cocina, ni siquiera una señal de… de vida normal.
Alice asintió, pensativa. La decepción en su rostro era evidente, pero también el ligero rastro de esperanza que aún se aferraba a la idea de encontrarlo.
—Debe tener alguna forma de aparecer solo cuando quiere —dijo Alice, con un tono de desesperación contenida—
Levanté la vista y vi cómo Alice fruncía el ceño, perdida en sus pensamientos, intentando comprender cómo podíamos localizar a Edward sin alertarlo o hacerlo sentir presionado a desaparecer nuevamente. Entonces, una idea se encendió en mi mente como una chispa.
—Claro que hay una forma —dije con cierta emoción contenida.
Alice me miró, un brillo de esperanza reemplazando su frustración.
—¿Cuál?
—Está usando el nombre de Anthony Masen y fingiendo ser el entrenador de Tony, ¿no? Podríamos… podrías ir a su entrenamiento. Así no tendría otra opción que vernos. Bueno, verte a ti, claro… porque seguramente no querrá verme.
Alice sonrió, asintiendo mientras procesaba el plan, y pude ver que se aferraba a esa posibilidad con determinación.
—Eso es. No podrá evitar encontrarse con nosotras, o al menos conmigo, si aparece para el entrenamiento de Tony. Es lo más directo que tenemos.
La emoción me llenó por un instante, pero luego me invadió una mezcla de temor y tristeza. La idea de estar tan cerca de Edward otra vez y no poder acercarme a él era dolorosa, pero a la vez sabía que esta era la única opción.
Edward POV
Conduzco hacia el gimnasio en completo silencio, aunque mi cabeza es un caos. Cada palabra que Bella pronunció ayer me sigue quemando, recordándome el error que cometí al ceder, al perder el control. Había jurado que no dejaría que me afectara, que me mantendría distante hasta que el plan estuviera completo, hasta que todo encajara. Pero bastó un instante, un momento de debilidad, y todas mis defensas se derrumbaron. Caí, otra vez, en la misma trampa de siempre. Ahora Bella sabe demasiado, y eso complica todo.
Aprieto el volante, mi mirada fija en la carretera mientras trato de darle orden a mis pensamientos. ¿Cómo pude dejarme arrastrar? Todo este sacrificio, años de soledad, de frialdad cuidadosamente mantenida, ¿para qué? Y para colmo, Bella había tenido la osadía de decírmelo en la cara: que había elegido mantenerme lejos. ¿Es que de verdad pensaba que todo había sido tan fácil?
Doy la vuelta en la esquina y veo el gimnasio a lo lejos. Dos figuras están paradas cerca de la puerta: Tony, en su uniforme de entrenamiento, y Alice, con los brazos cruzados y su mirada fija en mí. No me sorprende verla ahí. Conozco a mi hermana, sé que su paciencia tiene límites y que no iba a quedarse tranquila hasta verme en persona. También sé exactamente qué es lo que espera de este encuentro. Discursos de moralidad. Preguntas sobre la familia, sobre cómo pude ocultarme de todos estos años. No tengo ganas de enfrentarla, pero sé que no tengo elección.
Dejo escapar un suspiro al bajarme del auto, manteniendo la mirada en Alice. Bella le había contado todo, eso era evidente. Otro error más. Alice es imparable cuando algo se mete en su cabeza, y no iba a tardar mucho antes de que intentara meter a Esme y Carlisle a la ecuación, de querer que ellos también supieran la verdad. Pero ahora no puedo permitírmelo. No mientras quede algo de este plan por ejecutar.
Cada paso que doy hacia ellos me siento como si me pusiera una armadura para la batalla. Alice va a querer respuestas. Y yo… aún tengo en la garganta esas palabras de Bella, esa maldita acusación de que elegí permanecer lejos. Como si realmente hubiera tenido opción.
A medida que avanzo hacia ellos, veo el cambio en el rostro de Alice, una transformación inesperada que me desarma. Al principio, su postura y expresión me decían que estaba lista para lanzarse a una de sus clásicas reprimendas, algo que podía prever y bloquear sin demasiada dificultad. Pero a cada paso que acorta la distancia entre nosotros, sus facciones endurecidas empiezan a suavizarse. La mirada de Alice, que antes parecía determinada y reprochadora, se torna cálida, casi reverente, como si estuviera presenciando un milagro que no se atrevía a creer del todo.
Ese cambio me atraviesa con una mezcla de ternura y miedo. Siento cómo se me ablanda el corazón, como si la coraza que he construido durante años empezara a agrietarse bajo el peso de su emoción. Mis manos sudan y un nudo se forma en mi garganta, porque sé lo que esto significa. Alice está al borde de hacer algo impulsivo, de olvidar que aquí, en este preciso momento, no somos los hermanos que se reencontraron, sino un entrenador y la tía de su pupilo.
Mi mirada se desvía a Tony, quien también me sonríe, relajado, sin entender lo que pasa entre nosotros. Él cree que su tía ha venido solo a ver su entrenamiento. Pero, ¿qué pensaría si Alice, incapaz de contener su emoción, se abalanzara sobre mí, revelando en un segundo el secreto que tanto me ha costado mantener? ¿Qué haría él si viera a su "entrenador" convertirse en el hermano perdido de su tía y por lo tanto en su padre?
Intento mantenerme sereno, pero la urgencia de contener a Alice crece en mí como un grito sordo. Le lanzo una mirada significativa, tratando de recordarle sin palabras que este no es el momento. La veo tragar saliva, sus ojos se humedecen, y por un instante temo que no logre contenerse. Y yo… yo no sé si tengo fuerzas para detenerla.
Mientras me acercaba, Alice se quedó quieta, manteniendo el control que yo había subestimado. Parado a unos dos metros, saludé con un frío, "Buenos días," evitando sus ojos y mirando directamente a Tony. Él respondió con su habitual entusiasmo, sonriendo con un aire de orgullo.
—¡Este es mi entrenador, tía Alice! Sr. Masen… y ella es mi tía preferida en el mundo—
Extendí la mano a Alice y, con una voz apenas controlada, ella respondió, —Encantada, señor Masen— Al notar su emoción, sostuve su mirada unos segundos más, sin poder resistir una sonrisa. Mi pulso latía fuerte mientras sus dedos temblaban en mi mano, pero no hizo ningún intento de retirarla, como si cada segundo del contacto le asegurara que yo realmente estaba ahí.
La pausa se alargó, un instante de reconocimiento profundo, y vi sus ojos brillar, llenos de alegría y ternura. Sentí una sacudida de calidez en el pecho, apretando su mano suavemente, con una presión de apoyo y un toque de cariño que casi había olvidado.
Pero entonces, Tony carraspeó, interrumpiéndonos de golpe. —¿Todo bien? — dijo con un tono incómodo. Sus ojos me miraban con algo de desconfianza, claramente molesto por la escena.
Rápidamente solté la mano de Alice y puse distancia entre nosotros, reprendiéndome por haber perdido el control. Yo había sido el preocupado porque Alice no se contuviera, y al final, el que no había podido mantener la compostura había sido yo.
—Claro, Tony. Vamos a comenzar— respondí, asumiendo mi postura profesional. Pero por un instante, al cruzar la mirada con Alice, sentí que en su sonrisa había una promesa silenciosa de que esto no terminaría aquí.
Me giré hacia la puerta, listo para empezar el entrenamiento, y me congelé. Bella estaba allí, apoyada contra el marco de la entrada, con una mirada fija que me perforaba. No me había dado cuenta de su presencia hasta ese instante, y sentí cómo el pulso se me disparaba, tan impredecible como incontrolable.
Tony corrió a su lado, orgulloso, y anunció: —Ella es mi mamá, coach. Mamá, él es mi entrenador—
Bella no dejaba de mirarme, sus ojos traspasándome. El estómago se me encogió, y mi mente traicionera me bombardeó con recuerdos de la noche que habíamos compartido. Mi respiración se aceleró, y sentí el calor en las manos, que comenzaban a sudar. Traté de mantenerme entero, de calmar la marea interna, pero al hablar sentí la voz quebrarse.
—Buenos días... señora Black— logré decir, recalcando el apellido con un deje de veneno. Recordé de golpe por qué había planeado toda esta venganza, por qué era crucial mantener la distancia, y hallé en su nombre de casada la manera de reestablecer ese límite entre nosotros. La palabra salió como un escupitajo, y su rostro se contrajo por un instante, dejando claro que había entendido.
—Buenos días— respondió ella, con una voz tan suave que era casi imperceptible. Evité su mirada, sintiendo cómo todo el resentimiento me hervía dentro, y di media vuelta, entrando al gimnasio. Tony se apresuró a seguirme, pero cada paso retumbaba en mi cabeza, y el rastro de su presencia me perseguía como una sombra que no podía apartar.
Hoy, el entrenamiento de Tony se centraría en la técnica. Los años que había pasado en el ejército me habían dejado habilidades que podía enseñarle, como la técnica de carrera que perfeccioné en las competencias casi profesionales en las que participé. Pero Tony… él estaba en otro nivel. Cada salto sobre las vallas lo hacía con una precisión y una fuerza que dejaban claro que su talento superaba con creces lo que yo podría ofrecerle. Pronto, necesitaría un entrenador profesional, alguien que puliera su potencial para convertirlo en un atleta completo, tal vez alguien que incluso le abriera puertas en las mejores universidades. Aunque, claro, si todo salía como esperaba, él no tendría que preocuparse de nada. Podría donar una buena suma a la universidad de su elección para asegurarle la mejor oportunidad.
Mientras lo observaba, viendo su concentración, no pude evitar que una duda me atravesara. ¿Qué pasaría cuando él descubriera lo que estaba planeando? ¿Llegaría a verme con odio? Prefería pensar que, cuando todo saliera a la luz, él también comprendería, que vería en Jacob al verdadero culpable y se pondría de mi lado, eligiéndome a mí, a su verdadero padre. Pero… había visto cómo se iluminaba Tony cuando Jacob venía a recogerlo, las bromas que compartían, la cercanía entre ellos. Y esa imagen se me clavaba como una espina en lo más profundo, haciéndome dudar.
Mi plan estaba demasiado avanzado, y la sola idea de frenarlo parecía un acto de completa ingenuidad. Ya había puesto en marcha algo que no podía detener: una serie de acciones perfectamente calculadas para despojar a Jacob de todo lo que alguna vez me quitó a mí. La trampa estaba tendida. Los documentos y acuerdos estaban listos para colapsar la vida de Jacob. Para él, la ruina era solo cuestión de tiempo. Pero el dolor que podría causar a Tony en el proceso...
Mi mayor miedo no era la venganza en sí, ni siquiera el riesgo de que Jacob se defendiera. Mi verdadero terror era ver en los ojos de Tony el reflejo de un odio dirigido hacia mí, que mi hijo me mirara con desprecio cuando supiera que fui yo quien desmoronó su mundo. Si, al final de todo, él se quedaba al lado de Jacob, si yo era para él el traidor, el villano… No podía ni pensar en eso sin sentir cómo mi interior se desgarraba.
Pero prefería pensar que no sería así. Esa esperanza me había impulsado a acercarme a él. Por eso, había planificado todo meticulosamente para estar presente en su vida, para ganarme su confianza, para convertirme en una figura que pudiera admirar y respetar. No quería que el día en que descubriera que yo era su verdadero padre se encontrara con un desconocido. Quería que, al mirarme, viera a alguien en quien ya confiara, alguien con quien pudiera identificarse.
Había invertido cada momento en construir un vínculo real, uno que no estuviera manchado por la venganza que impulsaba todo lo demás. Con cada consejo, cada palabra de ánimo, cada sesión de entrenamiento, mi intención era hacer de esa conexión algo profundo y auténtico. Que el lazo que estábamos forjando fuera fuerte, suficiente para resistir lo que vendría.
Me aferraba a la esperanza de que, cuando llegara el momento de revelar la verdad, Tony no me viera como el villano en esta historia, sino como un padre que, a pesar de todo, luchó por ganarse su lugar a su lado.
El entrenamiento había terminado y Tony, sin rastro de cansancio, se acercó con una sonrisa ancha, limpiándose el sudor de la frente con la toalla. Le vi acercarse con esa energía inagotable y sentí un orgullo silencioso. Tony confiaba en mí. Podía verlo en sus ojos, en la forma despreocupada en que me hablaba, en cómo compartía sus pensamientos conmigo sin reservas.
—Coach, ¿le conté que tengo nueva vecina?—me soltó de repente, como si fuera la noticia más interesante del mundo.
Le devolví la sonrisa. El tonó intrigado en su voz me hizo pensar que había algo especial detrás de esas palabras.
—¿Ah sí? ¿Quién es esa misteriosa vecina?
—Se llama Maryrose —Tony hizo una pausa, bajando la mirada como si estuviera eligiendo sus palabras— Es divertida, y no se…, creo que nos llevamos bien. Me hace reír.
Lo observé, notando el leve rubor que intentaba disimular. Era la primera vez que lo veía hablar así, con esa mezcla de emoción y nerviosismo. No pude evitar sonreír.
—Parece que te ha impresionado—dije mientras le hacia un gesto con las cejas para que entendiera a que me refería. Él se rio y negó con la cabeza.
—No es así, coach, Es sólo que…no sé, me gusta hablar con ella.
Recordé el triángulo amoroso en el que Tony se había visto atrapado, enamorado de una chica que estaba enamorada de su mejor amigo.
—¿ Y que pasó con Emily?— pregunté con curiosidad.
Tony suspiró y se encogió de hombros, como si fuera algo que había dejado atrás hace mucho.
—Ya lo he superado. Tenías razón, Sam es mi amigo, no podría traicionarlo de esa manera, ni traicionarme a mi en el proceso. Mis amigos están felices juntos, estoy feliz por ellos, es lo correcto.
—Eso es muy noble de tu parte, Tony. A veces, reconocer que algo no era para nosotros es una de las decisiones más difíciles, pero también que nos hacen crecer.
El asintió procesando mis palabras.
—Sí, lo sé. Pero a veces pienso que mi papá no entiende por qué lo hice, él me dice que hay que ser perseverantes, y si realmente quiero a Emily no debería quitar el dedo del renglón, pero yo ya no quiero sentirme como un traidor, o tratar de parecerme a Sam, o resentirlo.
Asentí, sintiendo una mezcla de dolor y orgullo. Quería decirle que yo entendía mejor que nadie. Pero me limité a poner una mano en su hombro.
—Lo entiendo perfectamente, Tony. Y estoy aquí para apoyarte en cada paso. No necesitas justificar tus sentimientos ante nadie más que tú mismo.
Él me miró con agradecimiento y suspiró, relajado, como si hubiera aligerado un peso al compartirlo.
—Gracias….
…
Tony se fue con Bella, y antes de que pudiera siquiera girarme, sentí el paso apresurado de Alice acercándose. Al voltear, ya la tenía casi encima. No dudó ni un segundo y, sin decir palabra, se lanzó hacia mí, envolviéndome en un abrazo tan fuerte que me dejó sin aliento.
—¡Edward! —sollozó contra mi hombro, y toda la compostura que había intentado mantener hasta ahora se desmoronó.
Mis brazos, rígidos al principio, no tardaron en rodearla, y sentí cómo mi propia barrera de frialdad se rompía en mil pedazos. Todo lo que había reprimido en estos años —la soledad, el anhelo, el miedo, la desesperación de no saber si volvería a verlos— estalló dentro de mí.
—Alice… —susurré, y mi voz se quebró en medio de su nombre. Sentí el ardor en mis ojos y no pude contener más las lágrimas.
Nos quedamos así, aferrándonos el uno al otro como si el tiempo y el espacio se hubieran borrado, como si nada más importara. Podía oír sus sollozos entrecortados, y cada uno de ellos era como un recordatorio de todos los años perdidos. Las lágrimas me resbalaban por las mejillas, algo que no había permitido en mucho tiempo, pero ahora no me importaba.
—Pensé que nunca más te volvería a ver —dijo Alice, su voz apenas un susurro, entrecortada por el llanto—
—Lo sé, Alice, lo sé… —murmuré, apretándola con más fuerza
Finalmente, Alice se apartó un poco, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, intentando recomponerse. Su sonrisa, aunque débil, iluminaba su rostro con esa misma calidez de siempre.
—Te extrañe tanto —dijo, su voz más firme, y sentí cómo su rostro me reconfortaba el alma.
Era lo más cercano a la paz que había sentido en años, aunque sabía que el camino que había elegido aún estaba lleno de obstáculos.
Alice retrocedió solo un paso, pero no me soltaba del todo. Sus ojos me escudriñaban con esa intensidad inconfundible de cuando tenía mil preguntas esperando respuestas.
—¿Qué es eso de que te quieres vengar? —preguntó en un tono bajo, como si temiera lo que yo pudiera responder. Había en su voz un deje de incredulidad, mezclado con un reproche apenas contenido.
Suspiré y aparté la mirada, dándome un segundo para ordenar mis pensamientos. Sabía que este momento llegaría, pero enfrentarlo resultaba mucho más difícil de lo que había anticipado.
—Alice… no era algo que quisiera hacer en un principio —dije en voz baja—. Cuando todo sucedió… cuando todo se vino abajo por culpa de Jacob… —sentí cómo el enojo me quemaba por dentro, recordando esos años en los que lo había perdido todo—. Él me arrebató mi vida. Se quedó con mi lugar, con Bella… y ni siquiera lo hizo de frente. Fue un traidor.
—Edward… —su voz reflejaba tanto dolor como desconcierto—. ¿Y eso justifica que no volvieras de inmediato, cuando pudiste hacerlo, no sería mejor que dijeras a las autoridades lo que paso y que la justicia se encargue?
La miré, deseando que pudiera entender lo profundo de mi desesperación.
—Quiero que pague, Alice. Quiero que sienta, aunque sea una fracción, de lo que yo sufrí. No podía simplemente quedarme al margen, y esperar que alguien más se encargue. Ese… idiota me arrebató todo.
Ella negó suavemente, y sus ojos se llenaron de lágrimas nuevas.
—Pero ¿a qué costo, Edward? Estás hablando de venganza, y eso… eso no suena a ti.
—Lo sé —dije, cerrando los ojos un momento, sintiendo la carga de mis propias palabras—. Pero necesito que entiendas… No solo me quitó a Bella. Me quitó a Tony, me quitó años de mi vida, Alice. Me sentenció a una prisión, y todo el tiempo que él vivió como si nada, yo estuve encerrado.
Alice bajó la mirada, y vi en su expresión algo que me rompió por dentro: una mezcla de decepción y tristeza.
—Edward, la venganza puede destruirte a ti también —susurró, tocándome el brazo—No quiero perderte, y temo que este camino te lleve a un lugar del que no puedas regresar.
Me quedé en silencio, sintiendo el peso de sus palabras, preguntándome si realmente estaba en lo correcto. ¿Estaba dispuesto a arriesgar todo, incluso a quienes amaba, por esta vendetta?
—Es demasiado tarde, Alice —dije con voz baja, casi vencido—. He llegado demasiado lejos para detenerme ahora.
—Y aparte, no quiero detenerme —admití, con un tono que me sorprendió incluso a mí mismo. La amargura y el odio se sentían vivos dentro de mí, corriendo como fuego por mis venas—. El odio me hierve en las venas, Alice. Si no hago algo, si no me desquito, siento que… que voy a acabar quemándome, consumido por esta rabia.
Alice me miró con el corazón roto, como si no reconociera al hombre que tenía frente a ella. Ese silencio entre nosotros se volvió insoportable. Sentía el peso de mis palabras en el aire, cargadas de esa ira oscura que había guardado durante tanto tiempo.
—¿Y qué crees que ganarás con esto, Edward? —preguntó en un susurro, su voz temblorosa—. ¿Crees que el odio te va a sanar?
Cerré los ojos, luchando contra el tumulto de emociones que me invadían. Lo que Alice no entendía, o no quería entender, era que ese odio había sido lo único que me había mantenido en pie, la única ancla en esos años en los que estuve encerrado, sin más compañía que el recuerdo de todo lo que había perdido.
—No espero sanarme —dije, y al abrir los ojos sentí cómo la mirada de Alice buscaba una chispa de razón en mí—. Solo… quiero justicia. Quiero que él sienta lo que yo sentí.
Alice se quedó en silencio un momento, y luego, suavemente, puso una mano en mi mejilla.
—Edward, solo ten cuidado de no convertirte en aquello de lo que tanto huyes.
—No quiero hablar de eso, Alice —dije con frialdad, apartando la mirada—. Ya todo está hecho. Solo queda esperar a que todo empiece a caer.
Ella me estudió en silencio, su mirada tan profunda como siempre, intentando descifrar las partes de mí que aún guardaba celosamente.
—¿Y Bella? —preguntó finalmente, con un temblor en la voz que no pudo esconder—. ¿Está incluida en todo esto?
Me quedé en silencio. La pregunta colgaba en el aire, densa, como si cada palabra estuviera cargada de un peso insoportable. No tenía una respuesta que calmara la ansiedad de Alice, ni siquiera una que apagara el conflicto que ardía en mi interior. Por supuesto que Bella estaba en mis planes, aunque no de la forma que ella o Alice creían.
—Tal vez —respondí, apretando los dientes, sintiendo cómo el odio y el dolor se mezclaban y me envenenaban cada palabra.
Alice me miró, sus ojos llenos de una tristeza que apenas lograba sostener. Dio un paso hacia mí, buscando algo en mi expresión.
—Edward… Bella ha estado sufriendo todo este tiempo, ¿no lo ves? No pasó un solo día sin pensar en ti, en todo lo que perdió… Ella aún está—
—¿Sufriendo? —la interrumpí, dejando escapar una risa sarcástica, amarga—. ¿Así de mucho sufrió, Alice? ¿Tanto que corrió a casarse con otro? Qué curioso. Porque, mientras yo me consumía en una celda, ella estaba ocupada construyendo una vida, con una familia, con él.
Alice frunció el ceño, negando lentamente con la cabeza, como si mis palabras fueran algo que no estaba dispuesta a aceptar.
—No es justo, Edward —dijo en voz baja, con firmeza—. Lo que pasó entre ustedes… nada fue fácil. Bella creyó que habías muerto, no tenía forma de saber lo que te habían hecho.
Sentí el ardor en mi pecho, una herida aún abierta que su argumento solo hizo más dolorosa. Sabía que Alice intentaba razonar conmigo, hacerme ver el otro lado de las cosas, pero no había espacio en mi corazón para la compasión. Cada vez que recordaba a Bella a su lado, con él, ese hombre que había tomado mi lugar solo podía sentir el sabor amargo de la traición.
—Ya basta, Alice —murmuré con voz áspera—. Ella tomó sus decisiones, y yo ya tomé las mías. No necesito tus sermones. Bella eligió su camino, y yo… elegiré el mío.
Alice puso los ojos en blanco, exasperada, pero sin perder su ternura.
—Eres necio como tú solo, Edward —dijo, cruzándose de brazos—, pero no pienso discutir contigo sobre eso. Invítame un café, porque me vas a decir con puntos y comas todo lo que ha pasado.
Suspiré, tratando de recuperar la compostura, aunque sabía que Alice no iba a dar marcha atrás. Sabía que venía preparada para sacarme hasta el último detalle, y me era imposible negarle algo, no a ella, no cuando éramos tan parecidos en nuestra obstinación.
—Está bien, Alice —dije, con una ligera sonrisa a pesar de todo—, te invitaré el café. Pero no prometo hacerte la historia corta.
Ella me devolvió la sonrisa, y por un instante, sentí que volvíamos a ser solo nosotros dos, como en los viejos tiempos.
¡Y así llegamos al final de este capítulo lleno de confesiones y reencuentros! Espero que hayan disfrutado tanto como yo este momento especial entre Bella, Alice y Edward. ¿Qué les pareció? ¿Estaban listos para el reencuentro de los hermanos?
Espero con ansias sus comentarios y teorías sobre lo que vendrá. ¿Alguna idea de lo que piensa hacer Edward? No olviden contarme qué momentos les sorprendieron o emocionaron más. ¡Sus comentarios siempre son el mejor combustible para continuar esta historia!
Hasta el próximo capítulo!
