¡Hola, queridos lectores!

Les traigo este nuevo capitulo llamado "Fantasmas"

Recuerden que este fanfic está inspirado en los personajes de Twilight y en la trama de El Conde de Montecristo, con mi propio toque moderno para darle vida a esta historia llena de emociones, secretos y de venganza. ¡Gracias por acompañarme en cada capítulo!

Espero que disfruten esta nueva entrega y, como siempre, ¡estaré ansiosa de leer sus comentarios y teorías sobre lo que está por venir!


El siguiente viernes por la tarde, Jacob llegó a la casa para recoger a Tony. Cuando lo vi bajar del auto, no pude evitar notar algo extraño en su aspecto. Estaba más delgado, su rostro mostraba un cansancio evidente, con ojeras profundas y una expresión apagada, completamente distinta a su habitual seguridad.

—Bella, necesito pedirte un favor —dijo de repente, mirando al suelo antes de atreverse a mirarme a los ojos—. ¿Podrías acompañarme a una fiesta mañana?

Lo miré, sorprendida.

—¿A una fiesta?—pregunté sorprendida a su petición.

—Es una fiesta de accionistas, y van a llevar a sus esposas. Quiero…—respiro profundo— necesito que me acompañes. No quiero darles razones para hablar más de lo que ya lo hacen —dijo, con una nota de desesperación en la voz—. ¿Crees que puedas fingir que todo está bien y que… seguimos siendo una familia, al menos por un par de horas?

Me mordí el labio, sintiendo una mezcla de incomodidad y lástima. Aunque sabía que no debía dejarme llevar por la situación, acepté al ver su expresión de necesidad.

—Está bien, iré contigo —respondí con un leve asentimiento—. Pero ¿estás seguro de que estás bien, Jacob? Te noto… cansado.

Jacob negó con la cabeza y forzó una sonrisa, como si quisiera restarle importancia.

—Estoy bien. Paso por ti mañana a las seis. Es de etiqueta —dijo, sin dar más explicaciones.

Asentí y vi cómo se volvía hacia Tony, quien ya lo esperaba en la puerta. Tony, lleno de energía, empezó a hablar con Jacob apenas subieron al auto, compartiendo historias y detalles que al parecer llevaban toda la semana esperando ser escuchados. Pero Jacob apenas reaccionaba; su atención parecía estar en otra parte mientras conducía, respondiendo a medias a las preguntas y comentarios de Tony.

Cuando el auto se alejó, sentí una punzada de inquietud. No podía entender bien de dónde venía esa sensación, pero algo me decía que debía estar alerta. Tomé el teléfono y le envié un mensaje rápido a Tony: "Avísame cuando lleguen a casa, ¿sí?"

Al rato, marqué el número de Alice. Si iba a acompañar a Jacob a esa fiesta, necesitaría ayuda para encontrar algo adecuado y, en parte, quería distraerme de la ansiedad que me había dejado su visita.

Alice me sermoneó desde el momento en que le pedí ayuda con el vestido, mirándome con desaprobación y cruzando los brazos.

—¿Por qué sigues ayudando a Jacob, Bella? Sabes perfectamente todo lo que ha hecho. ¿De verdad quieres seguir cubriéndole las espaldas? —dijo, con esa dureza que pocas veces mostraba, pero que sabía manejar con precisión.

Respiré hondo, tratando de mantener la calma.

—Se supone que debo actuar como si no supiera la verdad —respondí, intentando apaciguarla—. No quiero levantar sospechas, y necesito saber qué está pasando con él.

Alice suspiró y, aunque su expresión no se suavizó del todo, noté que su dureza empezaba a ceder un poco.

—Es que, Bella, no puedo entenderlo. ¿Por qué tienes que exponerte a esto? ¿Por qué te importa tanto si Jacob está bien o no? Edward te advirtió de lo que él era, y de lo que había hecho.

Mis manos temblaban mientras intentaba explicarme.

—Basta, Alice. Sé muy bien quién es Jacob ahora, y sé el daño que le hizo a Edward. No creas que no siento un nudo de ansiedad solo al pensar en enfrentarlo, en escuchar de sus propios labios la verdad que ya sé. Pero Edward así lo quiso. Él decidió mantenerme al margen.

Alice me miró en silencio, con los ojos llenos de una mezcla de compasión y frustración. Finalmente, dio un suspiro de resignación y, sin decir nada más, empezó a buscar un vestido adecuado para la reunión.

—Muy bien, Bella, haré lo que me pides. Pero que quede claro que lo hago por ti —dijo al fin, con un leve asentimiento— No sé si esto Edward lo consideraría una traición. Estoy aquí, ayudándote a verte bien para una reunión con su enemigo.

Sonreí por la victoria.

—No le diré que me ayudaste—suspiró resignada.

Cuando Jacob y yo llegamos al salón, el lugar ya estaba lleno de gente importante. El sonido de las conversaciones se mezclaba con el murmullo de copas y platos, mientras luces suaves iluminaban a los asistentes, algunos de ellos entre los nombres más reconocidos en la ciudad. Caminamos juntos, y a pesar de que Jacob tenía una sonrisa en el rostro, podía notar su incomodidad. Aproveché el momento para intentar hablar con él.

—¿Por qué exactamente estamos aquí, Jacob? —le pregunté en un susurro, mientras saludábamos a un par de conocidos al pasar.

Él no me miró, pero la sonrisa que mantenía se tensó un poco más.

—Solo quiero dar una buena impresión —dijo, manteniendo su tono neutro, pero sentía la rigidez en sus palabras.

—¿Y qué ha pasado con la inversión? Lo que mencionaron en los noticieros… —dije, bajando la voz, queriendo entender qué tan grave era la situación.

Jacob soltó una risa breve y forzada, acompañada de una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Va a estar bien, Bella —me respondió—. Solo fue un tropiezo. Estoy seguro de que el valor de las acciones se va a recuperar en cuestión de meses.

Pero esa seguridad en su voz contrastaba con un leve temblor en sus manos. Me di cuenta de que era más evidente cuando sostenía una copa, como si apenas pudiera controlar el movimiento.

—Jacob, tus manos… —le hice notar en voz baja, preocupada.

Jacob miró sus manos, y rápidamente las escondió en los bolsillos de su pantalón.

—No he dormido bien —murmuró—. He estado teniendo… pesadillas. Viendo sombras donde no las hay —agregó con un tono distraído, como si hablara más para sí mismo que para mí.

Lo miré, extrañada.

—¿Pesadillas? —pregunté, intentando captar su atención. No recordaba la última vez que Jacob mencionara algo parecido—. Nunca has tenido pesadillas.

Jacob me miró de reojo y me sonrió con ironía.

—Bueno, es evidente que tú eras mi atrapasueños —dijo, con una sonrisa amarga—. Últimamente no paro de tenerlas. Quizá deberías dormir conmigo esta noche, así podré descansar para variar.

Le puse los ojos en blanco, dispuesta a ignorar su insinuación.

—No bromees, Jacob.

—No lo hago —respondió él, distraído, mientras su mirada se perdía en algún punto de la multitud.

Decidí dejar el tema, sintiendo un nudo de incomodidad en el estómago. Empezamos a caminar entre la gente, saludando y charlando de forma superficial. Sin embargo, pronto me di cuenta de que algo no estaba bien. Los invitados a nuestro alrededor no parecían simplemente amables o interesados, como en otras reuniones. Nos miraban con una mezcla de curiosidad y… lástima. Era casi como si todos los presentes ya supieran lo que estaba pasando, como si la situación de Jacob fuera un secreto a voces.

Mis sospechas se hacían más fuertes cada vez que alguien se acercaba para "saludarnos", con sonrisas corteses, que pronto se convertían en miradas fugaces de incomodidad hacia Jacob. Esto solo me confirmó que la situación debía ser más grave de lo que él mismo admitía.

Jacob iba y venía entre distintos grupos, con cada intercambio que presenciaba a la distancia, lo veía ponerse cada vez más tenso. Desde mi lugar, acompañada de un grupo de señoras hablando de cosas triviales, observaba de reojo cómo Jacob parecía estar en medio de una discusión acalorada. Su lenguaje corporal lo delataba: hombros rígidos, mandíbula apretada, y una mirada que no ocultaba su frustración. Los hombres que lo rodeaban fruncían el ceño, y algunos tenían expresiones de clara desaprobación.

Mientras intentaba mantenerme en la conversación con las mujeres, una de ellas, una dama, de cabello impecablemente peinado, llamó mi atención con una voz baja pero incisiva.

—Por lo que mi esposo me contó, tu marido está en graves aprietos financieros —dijo, en tono de confidencia, con una mirada que brillaba de curiosidad mezclada con lástima.

Desvié mi atención de Jacob hacia ella, intentando que mi rostro no reflejara el nerviosismo que sus palabras me provocaban.

—No es así, solo fue una mala racha —le aseguré, tratando de sonar convincente—. Pero se recuperará.

Antes de que pudiera decir más, otra mujer del grupo intervino, con una expresión de superioridad que se reflejaba en su sonrisa forzada.

—No es una mala racha, Isabella —dijo, con un tono apenas velado de arrogancia—. La empresa en la que invirtió casi la mitad de su fortuna es un fraude.

Mi corazón dio un vuelco, y no pude ocultar la alarma en mis ojos.

—¿Mas de la mitad? —pregunté, sintiendo cómo se me helaban las manos.

La mujer se encogió de hombros, como si disfrutara de ser la portadora de malas noticias.

—Es un secreto a voces —respondió, cruzando las manos en su regazo con una elegancia que parecía calculada—. Al menos, es lo que dice mi esposo, y ya sabes que en este mundo los rumores tienen consecuencias financieras.

Asentí débilmente, sintiéndome cada vez más intranquila. Lo que parecía ser solo un leve inconveniente para Jacob estaba tomando una dimensión completamente distinta. Miré de nuevo hacia él, viendo cómo intentaba defenderse, como si estuviera atrapado en una telaraña de críticas y sospechas.

Sabía que todo esto tenía que ver con Edward. Era claro que cada paso en falso, cada problema financiero que acosaba a Jacob esa noche, estaba minuciosamente planeado. Edward había regresado para hacer justicia y para destruir a quienes le habían arrebatado años de su vida. Y aunque en el fondo sabía que Jacob merecía esta caída, no pude evitar sentir una punzada de lástima. A pesar de todo, había pasado los últimos años a su lado. No había sido un buen esposo para mí, pero sí había sido un padre para mi hijo, dándole un hogar y una figura estable. Y aunque ahora me parecía casi grotesco verlo ahí, luchando por sostener su fachada, una parte de mí, enredada en la historia que compartíamos y en lo que representaba para Tony, sentía que debía protegerlo.

Pero no podía. No esta vez. Sabía bien qué había hecho, sabía de las traiciones, de la avaricia que lo había consumido hasta este punto. Mi lealtad hacia él era una mentira que había estado repitiéndome para proteger la estabilidad de nuestro hijo. Pero aquí, entre murmullos y miradas cargadas de sospecha, esa lealtad se sentía rota, como si estuviera finalmente admitiendo que las consecuencias eran inminentes y que, aunque doloroso, él debía enfrentarlas solo.

Yo afrontaría mis propias consecuencias; las decisiones que había tomado me habían llevado hasta aquí, y tendría que vivir en ellas, encararlas sin excusas ni escapatorias. Jacob tendría que enfrentar las suyas también. No sabía si la justicia que Edward había planeado era justa, pero sabía que su ira estaba más que justificada. Pero no podía decir que me deleitaría verlo caer. No era tan simple, no cuando pensaba en lo que significaría para Tony.

A pesar de lo ruin que podía ser, de los secretos y las mentiras, Jacob seguía siendo el único padre que Tony había conocido hasta ahora. Y por eso, dolía. Dolía pensar en la destrucción que vendría, en las consecuencias que alcanzarían no solo a Jacob, sino a mi hijo también. Sufriría no solo la pérdida de la imagen de su padre, sino la del hombre que alguna vez fue su héroe. Me dolía por él, por las preguntas que tendría, por la verdad que un día descubriría.

Cuando llegó la hora de la cena, Jacob se acercó a la mesa donde me encontraba. Estábamos rodeados de gente, todos hablando entre sí, ignorándonos casi por completo. Observé cómo Jacob ponía los ojos en blanco ante aquella situación, claramente fastidiado.

—¿Cómo has estado? —me preguntó con una voz que intentaba sonar casual.

—Bien —respondí, mientras él se acomodaba a mi lado.

—¿Has escuchado algo interesante? —Su tono pretendía ser sutil, pero sabía exactamente lo que quería saber: si había oído los rumores acerca de él.

—Sí, me he enterado de que has invertido más de la mitad de tu fortuna en una empresa fraudulenta —le respondí sin rodeos.

Jacob casi escupió el líquido que estaba bebiendo, aturdido por la franqueza de mis palabras.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó, recuperando la compostura.

—Muchas damas. Al parecer, todas están enteradas de tu situación financiera… menos yo —respondí con un tono crítico.

—Bueno, decidiste irte de la casa, así que no puedes reclamarme por no compartir mis preocupaciones contigo.

—Esto no es solo una preocupación, Jacob. ¿De verdad? ¿Más de la mitad de tu capital? —repliqué, tratando de contener la incredulidad y el enojo en mi voz.

—No fue tanto como crees. Es una gran cantidad de dinero, sí, pero lo solucionaré —dijo, intentando sonar confiado.

—¿Y qué dice tu padre al respecto? —pregunté.

De inmediato, el rostro de Jacob se endureció, adoptando una expresión amarga.

—Él no hace más que recordarme lo inútil que soy. Dice que si no me despide es solo para evitar más incertidumbre y que no arruine más la empresa.

Pude ver el dolor y la rabia escondidos detrás de esa respuesta, pero no encontré la compasión que normalmente habría sentido en el pasado. No esta vez.

—¿Y qué piensas hacer? —le pregunté, tratando de mantener la calma.

—No es tan grave, Bella —respondió Jacob, intentando sonar seguro—. Hablé con Masen, dice que solo es un malentendido.

Traté de ocultar mi sorpresa al oírle mencionar el nombre falso de Edward.

—¿Hablaste directamente con él? —pregunté, intentando que la curiosidad no se notara demasiado.

Jacob suspiró con frustración.

—No, ya te había dicho que es muy reservado. Hablé con uno de sus agentes. Me aseguró que lo del domicilio fue un error administrativo, que no había nada de qué preocuparse. Incluso me llevaron a las instalaciones reales. Ahí está todo: la armadora, los autos… Me mostraron los estados financieros, Bella, todo parece en orden. Es solo que, por rumores, todo se ha venido abajo, pero solo es cuestión de aguantar un poco más. Sí, las acciones ahora están por los suelos, pero cuando la empresa empiece a despuntar y todos vean que solo eran habladurías, las acciones subirán de valor rápidamente, y todo se solucionará.

Lo escuché con atención, pero no pude evitar sentir una creciente inquietud en el pecho. Cada palabra de Jacob mostraba su absoluta convicción en esa "solución", una que no veía como el principio de su ruina. Sabía demasiado bien que Edward había planeado todo esto y que, por mucho que Jacob intentara convencerse, las consecuencias de sus decisiones se acercaban con la misma certeza.

Y entonces lo vi.

Edward estaba al otro lado del salón, cerca de la salida, luciendo impecablemente vestido con un traje de etiqueta. Su cabello había crecido un poco y se había rasurado, lo que le daba una apariencia impresionante. Era como si el antiguo Edward hubiera regresado. Lo observé con los ojos como platos, preguntándome qué hacía allí. ¿Acaso se iba a revelar?

Sus ojos se encontraron con los míos, severos, poniendo un dedo en los labios como diciéndome que guardara silencio. Luego, se sentó en una mesa solitaria. Volteé a ver a Jacob, que estaba distraído, mirando hacia otro lado. Intenté calmar mi rostro para que no se diera cuenta de lo impresionada que estaba.

Fue entonces cuando vi claramente el momento en que Jacob lo vio. Su expresión cambió drásticamente; parecía haber visto un fantasma. Seguí la dirección de su mirada y supe que había reconocido a Edward, sentado en la mesa y levantando despreocupado su copa hacia él con una sonrisa descarada. Jacob se puso blanco de la impresión, y llevó las manos a los ojos como si quisiera despejarse de esa visión. Aprovechando ese instante, un hombre que no reconocí se interpuso de inmediato entre el campo de visión de Jacob y Edward para que este último se levantara y saliera del salón, dejando la mesa vacía, como si nadie hubiera estado sentado ahí en primer lugar.

Cuando Jacob volvió a mirar hacia la mesa y se dio cuenta de que no había nadie, su mirada se volvió desesperada. Me observó, con el rostro pálido.

—¿Lo viste? —me preguntó, claramente alterado.

Supe a que se refería el gesto que Edward me había hecho antes, una señal de que mantuviera el secreto.

—¿A quién? —pregunté, fingiendo que no lo había visto y tratando de ocultar la tensión que crecía dentro de mí.

Jacob no contestó, solo negó con la cabeza, sus ojos se centraron en el lugar donde Edward había estado sentado. Podía ver cómo le temblaban las manos, un ligero movimiento que no podía ocultar. En ese momento, comprendí que las pesadillas de Jacob no eran meras fantasías; él realmente estaba lidiando con algo más profundo. Presentía que cuando hablaba que veía sombras donde no las había, se refería a esto, a estas "apariciones".

La presencia de Edward era como un fantasma que acechaba su realidad, haciéndole sentir que todo estaba fuera de control. Sabía que Edward estaba jugando con su mente, apareciendo y desapareciendo, alimentando sus miedos y dudas. Jacob estaba al borde del colapso.

Sentía una extraña compasión por Jacob. Sabía lo que estaba pasando: no hace mucho, yo misma había sido presa de la desesperación al escuchar a Edward en la iglesia. Ahora, todo cobraba sentido. Edward me había hecho creer que lo había imaginado todo, jugando con mi mente de forma cruel. No era difícil entender cómo se sentía Jacob en este momento; la diferencia era que yo no tenía nada que esconder, mientras que él cargaba con la culpa.

Lo observé con atención el resto de la noche. La impresión de ver a Edward lo había dejado descolocado. Sus manos seguían temblando, tanto que apenas pudo cenar; se le veía tenso, con los ojos constantemente recorriendo el salón, saltando ante el menor acercamiento inesperado. Cada tanto, su mirada se dirigía al sitio donde Edward había estado, como si esperara verlo aparecer de nuevo en cualquier momento. Pero Edward no volvió a hacerlo.

Era evidente que la paranoia se apoderaba de él, que lo consumía lentamente, mientras intentaba aparentar control. Pero, aunque Jacob intentara engañarse a sí mismo, ya no podía ocultar el miedo que Edward había sembrado en su mente.

Al final de la noche, el fracaso de Jacob era palpable. Su intento de recuperar la confianza de los inversionistas había sido en vano; todos lo evitaban como si su mala suerte fuese contagiosa. Lo miraban de reojo, esquivándolo, y él apenas se daba cuenta. Sabía que, en realidad, su mente estaba muy lejos de los negocios y de los asistentes; estaba atrapada en el miedo que Edward había sabido instalar en él.

—Creo que será mejor que tomemos un taxi, Jacob— le dije, señalando sus manos temblorosas. Para mi sorpresa, no me discutió.

—Tal vez tengas razón— murmuró—Gracias por acompañarme.

Le pedí al valet que nos consiguiera un taxi, pero como íbamos en direcciones opuestas, nos pidió dos Ubers. Al observar la situación, tuve la sensación de que todo el esfuerzo por aparentar normalidad esa noche se había desmoronado en un instante. Era evidente que nos íbamos cada uno, por su lado, y probablemente eso no haría sino alimentar los rumores. Sin embargo, Jacob parecía ajeno a todo; estaba demasiado perdido en sus propios pensamientos como para preocuparse por su imagen.

Sentí una punzada de compasión al ver su rostro abatido y la paranoia en sus ojos. Pero al mismo tiempo, recordé que él no había mostrado ni una pizca de compasión por mí cuando fui yo quien estuvo en ese estado, cuestionando mi propia cordura. Observé cómo se alejaba en el Uber que le había pedido, su silueta casi encorvada por el peso de sus propios errores y fantasmas.

—Por aquí, señora—dijo el valet, señalando el vehículo que esperaba por mí. Asentí, agradecida, y subí al auto, dejando atrás el desastre que aquella noche había representado para ambos.

Pero para mí, la noche apenas comenzaba. Apenas el auto había avanzado un par de cuadras cuando una voz, familiar e inesperada, me llegó desde el asiento del conductor.

—¿Qué hacías con él? — preguntó, su tono impregnado de enojo y una pizca de amargura.

Era Edward.

Miré a mi alrededor, sorprendida y desconcertada por su presencia tan repentina. ¿Había planeado todo esto desde el inicio?

—Contéstame— insistió, con un tono que no admitía evasivas.

—Me pidió que lo acompañara— respondí, tratando de mantener la calma, pero su intensidad me desarmaba.

—¿Y tú aceptaste gustosa? — replicó, con una amarga ironía en su voz.

—No gustosa— me defendí —pero no vi nada de malo en ello. Después de todo, sigo casada con él.

Edward soltó una carcajada sarcástica, que dolía más de lo que esperaba.

—¿Y también cumples tus deberes maritales como buena esposa? — lanzó con una crudeza que me dejó helada.

—¡Claro que no! — respondí, ofendida. —No soy de las que pasan de una cama a otra, Edward. No hace mucho estuvimos juntos, y tú lo sabes.

—Pues el matrimonio no te impidió estar conmigo— me espetó, como si esas palabras fueran el golpe final. —¿Cómo puedo saber que el hecho de estar conmigo no te impedirá estar con él?

Lo miré con una mezcla de tristeza y cansancio. Sabía que en parte su furia nacía del dolor, pero esa herida aún estaba abierta, y yo misma estaba empezando a desmoronarme.

—Piensa de mí lo que quieras, Edward— respondí, apretando las manos en el regazo para contener la tormenta de emociones que se avecinaba. —Ya te dije la verdad sobre mis razones para estar con él, aunque tú prefieras no creerla.

Un pesado silencio llenó el auto mientras seguíamos avanzando por la noche, cada uno de nosotros encerrado en la prisión de su propio resentimiento y sus propios temores.

Edward tomó una curva brusca y se desvió del camino principal hacia un sendero oscuro y solitario. En ese instante, el pánico me recorrió como un rayo. No sabía hacia dónde me llevaba, y la firmeza con la que mantenía sus manos en el volante me dejaba claro que tenía un propósito en mente.

—¿A dónde vamos, Edward? — pregunté, tratando de mantener la calma, aunque el temblor en mi voz me traicionaba. No respondió, sus ojos estaban clavados en el camino, y aceleraba sin mirar hacia mí. Unos minutos después, el vehículo se detuvo abruptamente en un claro oscuro. No tuve tiempo ni de procesar lo que estaba ocurriendo cuando él salió del auto con un movimiento decidido y, casi al mismo tiempo, abrió mi puerta, sacándome con un tirón rápido.

—Edward, ¿qué estás haciendo? — exclamé mientras me arrastraba por el suelo fangoso. Sentía los tacones hundirse en la tierra y sabía que no podría mantener el paso. —No puedo caminar con estos zapatos— me queje, intentando detenerme, pero él apenas se detuvo un segundo. Sin darme aviso, me tomó en sus brazos y siguió caminando, sosteniéndome firmemente como si no pesara nada.

Después de avanzar unos metros, pude distinguir la silueta de una cabaña escondida entre la oscuridad. La tenue luz de la luna apenas iluminaba el contorno de la estructura, pero el lugar tenía una presencia intensa, casi como si fuera una extensión de la propia voluntad de Edward. Llegamos al porche, donde me bajó cuidadosamente, aunque su agarre no disminuyó.

La cabaña estaba rodeada de silencio, roto solo por nuestras respiraciones y algún leve sonido de la naturaleza. El coche estaba aún cerca; podía ver las luces de los autos pasar a lo lejos, pero el espacio se sentía completamente aislado, como si estuviéramos en un mundo aparte.

Antes de que pudiera decir nada, Edward abrió la puerta de la cabaña y me empujó dentro, cerrando tras de sí con un golpe que resonó en la oscuridad. Sentí cómo me jalaba hacia lo que parecía una habitación; no podía ver nada, pero de alguna forma, él se movía con seguridad en la penumbra, como si conociera el lugar a la perfección.

—Edward— intenté llamarlo, pero el miedo y la expectativa me hicieron susurrar. La oscuridad me envolvía, y mi corazón latía con fuerza, desconcertada y a la vez abrumada por la intensidad de su presencia. Antes de que pudiera reaccionar, sentí cómo me tumbaba sobre una cama con un movimiento decidido, y apenas tuve tiempo de asimilarlo cuando sus labios encontraron los míos. Su beso era urgente, demandante, y todo lo que quedaba en mi mente era él, su calor, su peso sobre mí, su respiración rozando la mía.

Sus manos recorrían mi cuerpo con la misma desesperación con la que me había traído hasta aquí, como si cada centímetro de piel que tocaba fuera un ancla que lo mantenía en el presente.

—Dime que solo eres mía, Bella— su voz estaba quebrada, revelando una vulnerabilidad que rara vez dejaba ver. — Necesito oírlo.

Lo miré en la penumbra, mis manos acariciando su rostro, sintiendo la tensión en su mandíbula. —Sabes que solo soy tuya, Edward. Siempre lo he sido.

Él cerró los ojos, y un leve temblor cruzó su cuerpo. Parecía absorber cada palabra, como si fueran las únicas que le mantenían en pie. Y sin esperar más, me besó de nuevo, esta vez con una intensidad más profunda, casi reverente. En ese instante, el pasado, el dolor y el tiempo parecieron desvanecerse; todo lo que había pasado, toda la distancia y el resentimiento, se quedaron atrás.

Sentía sus manos por todos lados, mientras yo me aferraba a sus hombros, tenía la necesidad de abrir más mis piernas, para dejarlo instalarse entre ellas y sentirlo, pero el vestido era demasiado ajustado para eso.

—El vestido—le dije entre besos, quería quitármelo.

—Te ves hermosa en el—dijo mientras baja su boca por mi garganta y me besaba en el borde del escote.

—Deja que me lo quite—le dije mientras lo empuja un poco del pecho, para que se levantara.

—No sabes cómo he deseado quitártelo en cuanto te vi

Y sin más se quitó de encima y me jaló de una mano para levantarme, el vestido que había elegido Alice era uno que se ajustaba hasta mis rodillas, obviamente sin dejarme mucho rango de movimiento. Edward me volteo para deslizar el cierre que se encontraba en la parte de atrás, conforme bajaba el cierre sus dedos acariciaban la piel de la espalda, haciendo que me estremeciera. El vestido callo sin más manipulación, deslizándose sobre mi cuerpo como una caricia.

Después todo fue desesperación, sus manos me dieron la vuelta, me tumbó en la cama, y se posicionó entre mis piernas mientras me besaba, su mano derecha recorriendo mi pierna, mi cadera, mi cintura y de nuevo mi cadera, mi pierna y enganchándose en mi rodilla para levantarla un poco y poder presionarse mejor contra mi centro, yo ya estaba lista para él, siempre estaría lista para él, anhelando sus caricias, sus besos. Con su otra mano se sostenía sobre mí, y yo acariciaba su bíceps y con la otra su hombro acercándolo más a mí. Sintiendo esa deliciosa fricción de nuestras pelvis.

Aunque se sentía delicioso, necesitaba tenerlo dentro, por lo que como pude le di la vuelta, él se dejó hacer, él seguía vestido, con su pantalón y camisa medio abrochada, no hubo tiempo. Sólo desabroche su pantalón, saque su miembro, yo hice a un lado mi panti y lo introduje en mí.

Los dos suspiramos de alivio, como si hubiéramos estado deteniendo la respiración y sólo ahora pudiéramos respirar plenamente.

Subí y bajé sobre su eje desesperadamente, Edward no dejaba de gruñir mientras sus manos tocaban todo mi cuerpo a su paso.

El orgasmo nos alcanzó rápido y explosivo.

Nos quedamos en silencio después de aquel instante apasionado, con las respiraciones aún entrecortadas y los cuerpos entrelazados. Apenas podía ver el contorno de su rostro en la penumbra, pero sentía sus manos firmes sosteniéndome, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba ahí. Finalmente, su voz rompió el silencio.

—Bueno, es obvio que no puedo mantenerme alejado de ti mucho tiempo— dijo en un tono bajo, con una mezcla de resignación y afecto que me estremeció.

Me quedé observándolo, intentando comprender cada matiz en sus palabras. Sonreí suavemente, aún sin aliento, y llevé una mano a su rostro, acariciando su mejilla con ternura.

—Entonces, ¿por qué sigues intentándolo? — susurré.

Él suspiró y miró hacia el techo de la cabaña, como si buscara una respuesta en las sombras.

—Porque se supone que debería odiarte por lo que hiciste— murmuró, su voz teñida de frustración y tristeza. —Y lo hago… pero, al mismo tiempo…

Acarició mi mejilla con suavidad, y sus dedos temblaron levemente, como si le costara controlar las emociones que lo embargaban.

—No puedo evitar desearte… desear todo lo que éramos. Hoy, verte a su lado, tan cerca de él… me llenó de celos. No sabes cuánto me costó mantener la calma en ese salón, con él a tu lado, mientras me consumía por dentro.

Sentí el peso de sus palabras, la tormenta en su mirada. Acaricié su rostro, buscando una manera de apaciguar esa tormenta.

—Edward… yo nunca quise hacerte daño— susurré, pero él cerró los ojos como si mis palabras le produjeran más dolor que consuelo.

Se quedó en silencio por unos segundos, luego abrió los ojos y me miró con esa intensidad que siempre hacía que el mundo se desvaneciera. —No tienes idea de lo difícil que es desearte y odiarte al mismo tiempo— dijo con voz desgarradora.

Suspiré, sintiendo cómo cada palabra de Edward se clavaba en mi interior, cómo su deseo y su resentimiento se entrelazaban, cortándome en cada roce. Sabía que me había equivocado, lo sabía desde mucho antes de que él reapareciera en mi vida. Casarme con Jacob fue un error; lo sabía. Había sido una decisión desesperada, un intento por llenar el vacío que Edward dejó cuando desapareció, y un modo de seguir adelante cuando todo en mí gritaba que él era quien debía estar a mi lado.

Pero ahora me preguntaba: ¿merecía estar aquí, escuchando sus reproches, aguantando cada comentario cargado de resentimiento? Quizá sí. Quizá este era el precio de mis decisiones, de no haber sido más valiente, de haber dejado que el miedo y la soledad decidieran por mí.

Tenerlo aquí, tan cerca y tan distante al mismo tiempo, era como una bendición envenenada. Sus caricias eran todo lo que había anhelado, pero cada momento de cercanía venía con un filo doloroso. Estar con él era como tocar el cielo, aunque sus palabras frías y sus miradas cargadas de reproche me congelaran por dentro.

"¿Podré soportarlo?" me pregunté en silencio, sintiendo cómo esa mezcla de amor y dolor me desgarraba. ¿Algún día me perdonaría realmente? ¿O estaba destinada a vivir atrapada en este ciclo, aferrada a cada momento de ternura que lograba asomar entre su resentimiento, y aguantando las punzadas de sus reproches con tal de tenerlo cerca?

Un día, quería creer, él entendería por qué tomé esa decisión. Porque, aunque doliera, él seguía siendo lo único que quería.


¡Y así termina este capítulo! ¿Cómo se sienten después de este encuentro lleno de pasión, reproches y esa mezcla desgarradora de amor y odio? Porque yo todavía estoy procesando todo lo que pasó en esa cabaña. 😅

¿Creen que Edward logrará superar ese tira y afloja emocional, o seguirá atormentándose con sus sentimientos encontrados?

¿Qué debería hacer Bella ahora? ¿Seguir aguantando el "Edward tour del reproche 2024" o dar un golpe sobre la mesa?

Por último, pero no menos importante, ¿cuánto tiempo creen que Edward podrá mantener esta postura de "te odio pero te amo"? ¡Hagan sus apuestas!

Como siempre, gracias por acompañarme en este capítulo lleno de turbulencia emocional. No puedo esperar para leer sus comentarios y teorías sobre lo que sigue. ¡Nos leemos pronto!