¡Hola, mis queridos lectores!

Antes que nada, quiero darles las gracias por estar aquí, acompañándome en cada capítulo de esta historia que tanto disfruto compartir con ustedes. Sus comentarios, teorías y emociones hacen que todo este proceso sea increíblemente especial.

En este punto de la historia, las cosas empiezan a tambalearse para Bella, atrapada "Entre dos frentes"

Sé que algunos me han dicho que esta versión de Bella no les gusta, que debería estar más del lado de Edward, o incluso que no les agradaría que Bella termine con Edward. ¡Y de verdad agradezco muchísimo esos comentarios! Es muy interesante leer las perspectivas de cada uno y me ayudan mucho a enriquecer esta historia.

Solo les pido que le den una oportunidad a esta Bella. No es perfecta y, como todos, ha cometido y cometerá errores en el camino. Pero eso es parte de su evolución, y espero que juntos podamos ver cómo crece.

Eso sí, sin ánimos de adelantar demasiado quiero que sepan que soy partidaria de los finales felices y de las parejas canon.

Disfruten el capitulo!


POV Bella:

Edward no movió la fecha de la inauguración, pero cumplió su promesa: al día siguiente regresó con un médico para evaluar a Tony. El diagnóstico fue claro: estaría listo para competir en tres semanas, justo a tiempo para la inauguración en cinco. Eso le daba dos semanas adicionales para recuperar el tiempo perdido y entrenar.

Mientras Tony se entretenía con películas, Edward empezó a venir todos los días. Pero nuestra relación se había convertido en algo frío y distante. "Hola" y "adiós" eran las únicas palabras que cruzábamos. Decidí no presionarlo más; cada intento de hablar con él terminaba en muros que no podía derribar. Por otro lado, Jacob seguía ausente y lo agradecía.

Dejé de ver las noticias. No quería saber qué estaba pasando en la vida de Jacob ni cómo Edward movía sus piezas en este juego de venganza que parecía consumirlo. Me refugié en lo cotidiano, en lo que estaba frente a mí: Tony, su recuperación, y la sensación constante de caminar sobre hielo delgado.

Entonces, el teléfono sonó.

Era Jacob.

Llegué al hospital con una mezcla de preocupación, temor y cansancio. Cuando lo vi, casi no lo reconocí. Estaba en los huesos, con unas ojeras tan profundas que parecía no haber dormido en semanas. No era la imagen que esperaba, y por un momento me sentí culpable de que algo tan malo le hubiera pasado, pero rápidamente traté de desvanecer esa culpa y recordar lo que había hecho.

—¿Qué tienes? —pregunté, tratando de mantener la calma, pero mi voz no sonaba tan controlada como quería.

—Los doctores dicen que es un cuadro severo de ansiedad. —Su voz era un susurro, y al escucharlo, una punzada de incomodidad me atravesó.

—¿Has visto las noticias?

Negué con la cabeza, resistiendo el impulso de preguntarle si realmente pensaba que me importaba. Aunque claro que me importaba, no por él, sino por mi hijo. Pero ese ya no es tu problema me recordé, Jacob estaba cosechando lo que había plantado. Ojalá sus despropósitos no nos hundiesen a todos.

—Mi papá me acaba de sacar de la junta directiva, Bella. Tengo varias demandas en mi contra. No tengo ni un peso. No sé qué voy a hacer.

—Pero ¿qué pasó?

Jacob soltó otra risa amarga, como si todo lo que le estaba ocurriendo fuera una burla de la vida misma.

—Resulta que Masen era un fraude. El muy canalla hizo que firmara todos los contratos, pero su estúpido nombre no aparece en ningún maldito papel. Todo era mentira. Y ahora todos los acreedores se están yendo contra mí. Mis abogados dicen que no hay nada que hacer, lo cual se me hace ridículo. Él fue quien me estafó. Yo no tengo nada que ver.

Lo miré, tratando de procesar sus palabras. Antes, quizás habría sentido algo de pena por él, pero ahora lo único que me invadía era una mezcla de incomodidad y frustración. Todo lo que decía resonaba como un eco de su propia avaricia, una consecuencia inevitable de sus decisiones. La ironía de la situación no pasó desapercibida: él, que alguna vez había tenido todo bajo control, ahora estaba atrapado en la red que él mismo había tejido.

Pero por más que su destino pareciera una especie de justicia poética, mis pensamientos no podían evitar volcarse hacia Tony. Todo esto lo afectaría ¿Cómo podría protegerlo de las consecuencias de mis errores? Esa preocupación, más que cualquier otra cosa, era lo único que me impedía dejar que la indiferencia se apoderara de mí por completo.

—¿Y ahora qué piensas hacer? —

Jacob se hundió aún más en la cama, mirándome con desesperación, como si esperara que yo fuera la solución a sus problemas. El nudo en mi estómago se tensó con cada palabra que pronunciaba.

—No sé. Pero... ¿crees que pueda quedarme contigo una temporada?

Mis ojos se abrieron de par en par, como si hubiera escuchado un absurdo. Estaba claro que ni siquiera se daba cuenta de todo lo que había puesto en peligro.

—Jacob, no —dije, ya sin paciencia.

—Por favor, Bella. Solo será un tiempo. Prometo no intentar nada. Me quedaré en el sillón, no molestaré.

—No, Jacob, no puedo.

Su mirada se tornó fría, desconfiada. Como si yo le estuviera haciendo algo personal.

—¿Ya tienes a alguien más, verdad?

Me quedé sin palabras, atrapada entre el enojo y la incredulidad. ¿Cómo podía pensar eso? Pero entonces, algo se retorció dentro de mí. ¿No era eso, en cierto modo, verdad? Edward no estaba en mi vida de la manera en que Jacob imaginaba, pero su presencia lo complicaba todo. Y quizá, al final, el resultado era el mismo.

¿Eso era lo que Jacob pensaba de mí? ¿Saltando de una cama a otra, incapaz de ser fiel? ¿No era eso, también, lo que Edward pensaba? ¿Que yo había cambiado de lealtades sin mirar atrás, sin importarme nada? Era una idea insoportable, pero, al mismo tiempo, imposible de ignorar.

Quizá me estaba engañando a mí misma, justificando cada decisión como si el amor fuera una excusa suficiente. Como si romper las reglas estuviera bien si lo hacía por amor. Pero no lo estaba. No podía estar bien.

El peso de esa realización se instaló en mi pecho, aplastándome. Tal vez era momento de dejar de martirizarme, de aceptar que no era tan noble como quería creer. Las cosas que estaba haciendo estaban mal y punto.

Estaba casada con Jacob. Podía ser el hombre más despreciable del mundo, pero eso no me daba permiso para ser como él. Al menos, no debía permitírmelo. No si quería mirarme al espejo y reconocerme.

—No es eso, Jacob. —Intenté mantener la calma, pero algo en mi voz traicionó la angustia que empezaba a surgir de mi interior —Es que apenas estoy agarrando rumbo. Y a mí también me ha ido mal con los banquetes. No podría con más gastos.

Me callé, pero mi mente no dejaba de pensar. ¿Por qué me importaba explicarle? ¿Por qué sentía que tenía que justificar mis decisiones ante él? No podía, no podía con más mentiras.

—¿Qué piensas hacer con la empresa? —pregunté, intentando desviar la conversación, pero ya sabía que no estaba interesada en escuchar sus respuestas vacías.

Él no respondió de inmediato. Su mirada se desvió hacia la pared blanca del hospital, y en esos ojos no había calma, sino un fuego oscuro, rabia contenida.

—Voy a buscar al maldito Masen y voy a hacer que pague.

Su voz estaba cargada de odio, un odio tan profundo que casi me quemó. Mi estómago se encogió al escuchar sus palabras. Sabía lo que venía. Era inevitable. Jacob nunca se conformaría con perder, y Edward, en su venganza, sabía cómo manejar a Jacob como nadie. Y ahora, todo esto me arrastraba, a mí y a Tony.

Quise gritarle que no lo hiciera, que dejara de buscar más destrucción, pero no podía. Las palabras se quedaban atrapadas en mi garganta. ¿Qué le decía? ¿Que Masen era Edward? ¿Que se estaba jugando su vida sin saber que su enemigo lo había estado observando todo este tiempo? ¿Que la peor pesadilla de todos estaba a punto de hacerse realidad?

Me limité a asentir mientras mi mente seguía corriendo en círculos, presa de la ansiedad.

Lo dieron de alta ese mismo día y terminé haciendo una reservación para Jacob en un hotel modesto. El departamento donde vivíamos antes no era suyo, sino de su padre, quien lo había echado sin contemplaciones.

—No tengo para pagar ese hotel —dijo Jacob mientras me miraba con frustración desde la acera frente al hospital—. Tengo las tarjetas hasta el límite.

Lo miré con una mezcla de cansancio y determinación. No iba a ser yo quien lo salvara de su propia caída.

—Ya lo solucionarás, Jacob—respondí, tratando de mantener la calma mientras me daba vuelta para irme.

Jacob me miró con la misma expresión de frustración, pero no dijo nada. Fue entonces cuando preguntó:

—¿Y cómo está Tony?

—Tienes su número, ¿no? Márcale.

—Está enojado conmigo...

—Pues pregúntale tú, Jacob. Yo ya no me voy a meter entre ustedes.

Frunció el ceño, claramente incómodo con mi respuesta.

—Pronto va a ser su carrera, ¿no? No recuerdo qué día era...

—Pregúntale.

—Bella, por Dios, dime algo...—preguntó frustrado

Lo miré con cansancio, deseando que esta conversación terminara.

—No tengo nada que decirte —respondí, sacando un billete de mi bolsillo y entregándoselo—. Para el taxi.

Jacob tomó el billete con una mezcla de orgullo herido y resignación, y subió al taxi sin decir una palabra más. Lo observé irse, sintiéndome agotada. Esto no era una solución, solo un parche temporal en un problema que seguía creciendo, y no tenía idea de cuánto más podría soportar antes de que todo terminara por estallar.

Llegué a la casa y los encontré en la sala. Edward y Tony estaban viendo una película, ambos concentrados en la pantalla.

—Ya regresé —dije, tratando de sonar tranquila mientras cerraba la puerta. —¿Tienen hambre? —pregunté sin saludar directamente a Edward. No porque no quisiera hacerlo, sino porque sabía que mantener las cosas neutrales era lo mejor para evitar conflictos. Las respuestas frías y calculadas de Edward seguían calándome en el alma más de lo que me gustaba admitir.

—Yo sí, mamá —respondió Tony con entusiasmo.

—Voy a hacer sándwiches.

Mientras me dirigía a la cocina, vi por el rabillo del ojo cómo Edward se paraba del sillón y me seguía. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. No quería que me preguntara a dónde había ido, pero parecía que no tenía esa suerte.

—¿A dónde fuiste? —preguntó con su tono bajo y directo.

Respiré hondo, sabiendo que no tenía sentido mentirle.

—Jacob me marcó —admití.

—¿Y acudes de inmediato a su llamada? —preguntó, cargado de reproche.

—Estaba en el hospital.

—Claro, qué conveniente —dijo con una sonrisa cínica, pero también satisfecha, como si hubiese esperado ese giro de los acontecimientos.

—Está en bancarrota —añadí sin mirarlo mientras sacaba los ingredientes del refrigerador.

Edward sonrió de lado, esa sonrisa que siempre había tenido el poder de desconcertarme, pero ahora lo hacía de una manera distinta.

—Bien —respondió simplemente, con un tono frío que daba por cerrada la conversación.

Me callé, consciente de que Tony estaba a menos de cuatro metros. No iniciaría una discusión ahora, no frente a mi hijo.

Mientras preparaba los sándwiches, mi mente se llenó de pensamientos que prefería no compartir con Edward. No sabía cuánto entendía realmente de mi situación. Tal vez creía que todo seguía igual, que yo manejaba mi negocio con la misma solvencia de antes. Pero la realidad era muy distinta: había despedido a casi todos mis empleados, y Angela, mi asistente más leal, ya estaba buscando otro trabajo porque no podía seguir pagándole.

Tenía esta casa, pero también estaba pagando los medicamentos de Tony, y aunque Edward había cubierto la cuenta del hospital, sabía que no podía depender de él. No quería mezclar mis problemas financieros con este caos que ya era suficiente por sí mismo.

Había días que no lograba dormir bien. La ansiedad por cuándo estallaría todo y la incertidumbre de si podría llegar a fin de mes sin quedarme completamente sin dinero eran un peso constante sobre mis hombros.

—¿Y para qué te quería? ¿Se quería desahogar? —preguntó Edward, burlón.

—si—respondí simplemente, sin ganas de decir más.

—¿Solo me respondes eso? —insistió molesto.

Sentí un nudo en el estómago y cerré los ojos por un momento antes de girarme hacia él.

—No pienso iniciar una discusión justo ahora con mi hijo a pocos metros. Si no te gustan mis respuestas, entonces no preguntes —dije con un tono más cortante de lo que planeaba.

Edward me observó, sorprendido por mi dureza. Por un momento, pensé que respondería algo igualmente cortante, pero se quedó en silencio. Sabía que estaba cruzando una línea, pero estaba agotada. Muy cansada.

Luchar contra todo esto me había desgastado más de lo que estaba dispuesta a admitir. Mi único objetivo ahora era proteger a Tony, ponerme frente a él y recibir los golpes por él mientras la tormenta seguía arrasando. Sabía que no saldríamos ilesos, pero haría lo que estuviera en mi mano para minimizar el daño.

Ya no me importaba si Edward me perdonaría o no. Era evidente que nunca lo haría. Y aunque la idea me dolía, había llegado a aceptar que no podía hacer nada para cambiarlo.

Tomé el plato con los sándwiches y lo extendí hacia él.

—Coman —dije secamente, sin mirarlo a los ojos, antes de dar media vuelta y dirigirme a mi habitación.

Cerré la puerta detrás de mí y me recargué contra ella, exhalando profundamente. A solas, en la oscuridad, sentí cómo las lágrimas llenaban mis ojos. Me permitiría llorar por Edward una última vez. Solo una vez más.

Los problemas se apilaban uno sobre otro, balanceándose peligrosamente sobre Tony y sobre mí. Dios, amaba a Edward. Tenerlo aquí era un recordatorio constante de lo que había perdido, de mi error garrafal, de la traición que había cometido contra él. Era como una herida abierta que nunca terminaba de cicatrizar. Y aunque en el fondo de mi corazón deseaba un milagro, estaba claro que ya no podía hacer nada.

Ya no hay más perdón para mí.

Jacob era harina de otro costal. Era lo opuesto a Edward en todos los sentidos. ¿Cómo me costaba mantener siquiera un trato medianamente educado con él? No lo soportaba ni un segundo más. Respirar su mismo aire me resultaba grotesco. Lo odiaba con cada fibra de mi ser, y aun así… no podía desentenderme de él.

No porque quisiera, sino porque no sabía cómo lo vería Tony. Él era su padre, ese lazo no se cortaba de la noche a la mañana. No podía ser yo quien decidiera por Tony; ya estaba lidiando con suficientes tormentas como para imponerle una más.

Estaba cansada, muy cansada. Quería gritar, golpear algo, desmoronarme en el suelo y dejar que todo el peso que cargaba me aplastara. Pero no podía. No me lo permitía. Mi único objetivo era proteger a Tony, y en este momento, eso significaba mantenerme de pie, sin importar cuánto doliera.

Solo quería agarrar a mi hijo y meterlo en un maldito búnker hasta que esta tormenta —esta avalancha que sabía que se avecinaba a toda velocidad— pasara. Pero la realidad era diferente. No había refugio, no había salida. Solo quedaba avanzar.

Me dejé caer al suelo, permitiendo que las lágrimas fluyeran sin contención por mis mejillas. Mi habitación, en su profundo silencio, parecía amplificar mi dolor, envolviéndome en una soledad que calaba hasta los huesos. Pero mientras sentía que me rompía en mil pedazos, hice una promesa silenciosa: sería fuerte por Tony, aunque mi interior se derrumbara. Porque ¿qué más podía hacer? Ya había intentado convencer a Edward de que esta venganza era un error, pero la conversación con Jacob dejó claro que era demasiado tarde. Edward lo había llevado al límite, dejándolo sin nada, tan derrotado que incluso me había pedido quedarse en nuestra casa.

Decidí dejar esa implosión emocional de lado y enfocarme en lo realmente importante: cómo íbamos a enfrentar a Tony con la verdad. Porque él merecía saberla, toda, aunque doliera. Y esa verdad, cruel e ineludible, era que yo había traicionado a Edward. Había sido una joven ingenua, aterrorizada y sin carácter. ¿Cómo era posible que ahora mi hijo tuviera que cargar con las consecuencias de mi cobardía y mis errores?

Me ahogué en esa oleada de pensamientos, incapaz de contenerla. En aquellos años, apenas y se hablaba de salud mental, pero ¿cuánto habría cambiado mi vida si hubiera buscado ayuda? Quizá un terapeuta habría podido sacarme de la espiral de desesperación en la que caí tras la desaparición de Edward.

¿Habría sido mejor enfrentar el miedo, quedarme sola y criar a Tony por mi cuenta? ¿Esperar a Edward sin importar las circunstancias? Tal vez, en su momento, habría parecido un destino más triste, pero al menos habría sido fiel a lo que sentía.

Sin embargo, pensar en el pasado era inútil. No importaba cuánto lo analizara, no podía cambiar lo que ya había sucedido. Y aunque no sabía si otras decisiones habrían llevado a un desenlace mejor, ya no podía permitirme vivir en el "qué habría sido". Solo me quedaba mirar hacia adelante.

Y ese camino, aunque incierto, era claro en un aspecto: estaba sola, con mi hijo. Esta vez no correría hacia Jacob ni hacia Edward. Sería fuerte. Aprendería a mantenerme de pie por mí misma.

Sostenerme a mí misma, era mi lema de las mañanas.

Con el corazón encogido, pero resignada, terminé por cerrar el local de banquetes. La renta era insostenible, y aunque el alivio de quitarme ese gasto me permitió al menos cubrir algo de la despensa de la semana, el cierre significaba algo más pesado: ya no tenía ingresos.

Había sido precavida y tenía un fondo de emergencia que, con algo de suerte, me duraría seis meses, tal vez siete. Claro, si Tony no seguía comiendo como si estuviera en una competencia. Aunque si lo estaba, en una competencia por recuperarse pronto y por volver a correr.

Edward prácticamente pasaba todo el día aquí, lo que, irónicamente, también representaba más gastos. Pero al mismo tiempo no: él se encargaba de todas las consultas médicas de Tony y eso era un alivio.

Decidí que era momento de replantearme las cosas. Primero, tenía que iniciar el trámite del divorcio. Había querido esperar un poco más porque sabía que, si lo pedía inmediatamente, tendría que enfrentar a un Jacob furioso, y un Jacob furioso era impredecible. Si había sido capaz de encerrar a su mejor amigo por más de una década, no sabía de qué sería capaz contra su exesposa. Me horrorizaba pensarlo, tanto que había relegado esa idea a un rincón oscuro de mi mente, pero ya no podía seguir evitando la realidad. Tenía que ser valiente. Era momento de enfrentar al toro por los cuernos y ver hacia dónde me llevaba este proceso.

Tendría que conseguir un abogado. No sabía con qué dinero lo haría, pero encontraría la manera. Después, debía prepararme para la reacción de Jacob. Sería complicado, pero necesario. Segundo, debía pensar en mi negocio.

Estaba sentada en el comedor, con la computadora abierta frente a mí, revisando ideas para un nuevo proyecto. Tendría que cambiar el nombre de mi empresa de banquetes; el escándalo de Jacob había destruido la reputación que tanto esfuerzo me había costado construir.

Mientras revisaba, me topé con un anuncio de una feria local para pequeñas empresas. Parecía la oportunidad perfecta para relanzar el negocio. Empecé a investigar costos y requisitos cuando escuché la puerta principal abrirse.

Para ese entonces, Edward ya tenía una copia de las llaves. No había discutido el tema; simplemente me lo pidió, y yo accedí.

Tony, que estaba en su cuarto, salió corriendo al encuentro de su padre.

—¡Ayuda a meter estas bolsas a la cocina! —le dijo Edward a Tony mientras se dirigía a la puerta—. Voy al auto por lo demás.

Me levanté de la silla y me acerqué con curiosidad al montón de bolsas que Tony había dejado en la mesa de la cocina con gran dificultad por su dedo roto. Al abrir la primera, encontré paquetes de arroz, frijoles, verduras frescas y leche. Mis dedos temblaron mientras sacaba uno de los productos y revisaba las otras bolsas. Carne, frutas, hasta un pan artesanal que Tony adoraba.

El aire pareció detenerse a mi alrededor.

Había pasado días haciendo cálculos mentales, buscando recetas económicas, tratando de estirar hasta el último billete para que Tony no sintiera la diferencia, para que tuviera todo lo que necesitaba, aunque yo pasara hambre. Ahora, al ver las bolsas llenas, la sensación de alivio me golpeó como una ola cálida y arrolladora.

Sentí un nudo en la garganta y apreté los labios, intentando contener el torrente de emociones que pugnaban por salir. Pero fue inútil. El alivio, la gratitud, y también la humillación de no poder proveer por mí misma me sobrepasaron.

Con pasos apresurados me dirigí al baño, cerrando la puerta tras de mí antes de que Edward regresara. Me apoyé en el lavabo, tratando de recuperar el aliento mientras las lágrimas empezaban a correr libres por mis mejillas.

Primero lloré en silencio, pero pronto un sollozo profundo escapó de mi pecho, como si toda la presión acumulada durante semanas estuviera saliendo de golpe. Me dejé caer hasta sentarme en el suelo frío, abrazándome a mí misma mientras el llanto me sacudía.

Era un alivio indescriptible saber que al menos por unos días no tendría que preocuparme por qué cocinar o por cómo decirle a Tony que no podía comprarle algo que quería. Pero al mismo tiempo, ese alivio traía consigo una carga de vergüenza que no podía ignorar.

¿Cómo había llegado a depender de Edward para algo tan básico como alimentar a mi hijo? Me sentía pequeña, impotente, como si todas las decisiones erradas de mi vida hubieran culminado en este momento de absoluta vulnerabilidad.

Las lágrimas siguieron fluyendo hasta que ya no me quedaba energía para llorar. Finalmente, me obligué a respirar hondo varias veces, limpiándome el rostro con las manos y tratando de recomponerme. Me miré en el espejo. Los ojos hinchados y enrojecidos no podían mentir. Pero al menos el nudo en el pecho había disminuido.

Volví a salir, tomando un momento para recuperar la compostura antes de entrar a la cocina. Tony y Edward ya se estaban comiendo un helado que, evidentemente, Edward había traído.

—Lo siento —dijo Edward con un tono casual, como si estuviéramos teniendo una conversación cualquiera—, el otro día me di cuenta de que me terminé tu yogurt. Decidí traer más provisiones.

Me detuve en el umbral, sintiendo cómo mi corazón daba un vuelco. Él lo decía como si fuera algo insignificante, un detalle sin importancia, pero yo sabía que significaba mucho más. Apenas pude asentir, temerosa de que mi voz no sonara tan tranquila como deseaba.

Tony, ajeno a todo, seguía disfrutando alegremente su helado, pero Edward no apartó su mirada de mí. Sentí cómo sus ojos me estudiaban, atentos, mientras yo trataba de evitar cruzar mi mirada con la suya. Sabía lo que veía: mis ojos, aunque ya secos, seguían enrojecidos, una señal imposible de ocultar.

El cambio en su semblante me tomó por sorpresa. La curiosidad inicial se había transformado en una mezcla de preocupación y algo más que no podía descifrar del todo. Ese gesto suyo, tan genuino, me desarmó por un momento.

Pero no le di la oportunidad de escudriñarme más. Me obligué a sonreír, aunque fuera apenas un atisbo.

—Estoy bien —dije rápidamente, aunque mi tono traicionaba algo de mi vulnerabilidad—. Gracias por la despensa. Luego les haré algo rico de comer con lo que trajiste.

Antes de que pudiera responder, tomé mi laptop del comedor y me dirigí hacia las escaleras. Subí a mi habitación con pasos rápidos, sintiendo su mirada fija en mi espalda hasta que desaparecí de su vista.

Cerré la puerta tras de mí y dejé escapar un suspiro profundo. No quería que Edward viera más de lo que ya había intuido.

El teléfono vibró, sacándome de mis pensamientos. Al ver el nombre de Alice en la pantalla, no dudé en contestar.

—¡Bella! Vi que cerraste tu tienda. ¿Todo está bien? ¿Cómo sigue Tony de su dedo? —preguntó con la energía y el cariño que siempre la caracterizaban.

Me dejé caer en la cama con un suspiro.

—Tony está bien. Y sobre la tienda… sí, tuve que cerrarla. No podía mantenerla con todos los gastos y la falta de clientes después de todo lo que pasó con Jacob.

Un silencio incómodo se coló entre nosotras. Sabía que Alice no sabía qué decir, pero su preocupación era evidente.

—¿Hay algo que pueda hacer? —preguntó finalmente.

—No, Alice, pero gracias. Estoy saliendo adelante poco a poco. Estoy pensando en reestructurar todo, cambiar el nombre y empezar de nuevo.

Hablamos un poco más sobre Tony y su recuperación, pero no tardó en cambiar de tema.

—He pasado a ver a Tony casi cada día, pero… también quiero ser honesta. Sé que lo hago para ver a Edward. ¿Cómo van las cosas con él? —preguntó con cautela.

Mi pecho se tensó. La pregunta de Alice me tomó desprevenida, aunque no debería.

—Es complicado —admití.

Ella esperó en silencio, dejando el espacio para que continuara, pero no lo hice. La conversación terminó pronto después de eso, y aunque me dolía, agradecí la soledad.

Después de colgar, me quedé mirando el teléfono, dándole vueltas a las palabras de Alice. Todo lo que dijo me hizo reflexionar, porque, en el fondo, tenía razón. Mi casa se había convertido en un punto de encuentro. Edward pasaba casi todo el día aquí, y aunque a primera vista era algo práctico —él estaba cerca para ayudar a Tony con su recuperación o simplemente pasar tiempo con él—, la verdad era que su presencia hacía mi vida más complicada.

Llegaba puntualmente cuando Tony volvía de la escuela, a las 2 de la tarde, como si tuviera un horario establecido que cumplir, y no se iba hasta después de la cena. Decía que venía por Tony, y sí, jugaba, hablaba y compartía con él, pero había momentos en los que, incluso sin decirlo, parecía estar ahí por algo más, algo que ninguno de los dos se atrevía a reconocer. Y luego estaba lo que hacía: ayudarme a mover muebles, arreglar cosas que no necesitaban ser reparadas, y ahora hasta comprar la despensa, como si quisiera hacerse indispensable.

Al principio me decía que era solo por Tony, pero esas pequeñas acciones que hacía por mí, por la casa, contaban una historia diferente. No eran gestos grandes, pero sí significativos. ¿Acaso él mismo se daba cuenta de lo que significaban para mí?

Me alegraba verlo cada día. Por más que quisiera negarlo, su presencia llenaba algo que llevaba vacío desde hacía años. Pero esa misma presencia me destrozaba. Era un recordatorio constante de lo que habíamos perdido, de lo que pudo ser.

Edward no decía nada sobre sus sentimientos. Ni una palabra, ni un gesto que indicara que pensaba en el pasado, en lo que fuimos. Y yo, fiel a mi decisión, me obligaba a respetar los límites, incluso cuando todo mi ser quería cruzarlos. Me decía a mí misma que era lo mejor, que su regreso debía ser exclusivamente por Tony. No quería que él sintiera que lo estaba presionando ni mucho menos.

Pero… ¿cómo no sentirme tentada? Cada mirada que compartíamos, cada pequeño roce accidental, era como una chispa. Cuando nuestras manos se rozaban al pasar un plato o al recoger algo, el calor de su piel me recorría como un rayo. Cuando me encontraba con su mirada, profunda y observadora, era como si todo a mi alrededor desapareciera.

Y lo peor era que él parecía percibirlo también. No lo buscaba, pero tampoco lo evitaba. Había momentos en los que nuestros ojos se encontraban y el silencio entre nosotros se cargaba de algo que ninguno de los dos mencionaba. Algo que me hacía contener la respiración y que siempre acababa interrumpido por Tony o algún ruido casual.

Por más que intentara convencerme de que debía mantenerme fuerte, había noches en las que me encontraba imaginando cómo sería si las cosas fueran diferentes. Pero luego me recordaba que esto, lo que teníamos ahora, era lo más cercano a una reconciliación que probablemente tendríamos. Y debía conformarme con eso.

Bajé después de algunos minutos, una vez segura que mi rostro ya no traicionaba las emociones que había dejado salir en el baño. Al cruzar hacia el comedor, los vi desde la ventana del patio. Edward estaba ayudando a Tony con unos ejercicios de movilidad, y la escena me arrancó una sonrisa. Tony, parecía un muñeco de trapo, dejándose manipular exageradamente mientras Edward, con una paciencia infinita, trataba de mantener el control.

—Tony, mueve tu pierna tú mismo, no soy yo quien debe hacerlo por ti. —Edward alzó una ceja, claramente intentando no perder la compostura.

—¿Y si dejo que tú hagas todo? ¡Es más fácil! —Tony le respondió con una sonrisa traviesa, dejándose caer de golpe hacia atrás en la silla que tenía detrás de él, lo que casi hace que Edward pierda el equilibrio.

—¿Fácil? —Edward lo sostuvo rápidamente antes de que pudiera desplomarse del todo—. Escucha, pequeño terrorista, si sigues haciéndote el dramático, voy a ponerte a hacer flexiones de brazos en lugar de esto.

—¡No puedo hacer flexiones, mi dedo está roto! —replicó Tony, claramente disfrutando el juego.

—¿Y tus piernas también están rotas? —Edward le dio un golpecito suave en la rodilla y ambos empezaron a reír.

Era una interacción tan simple, pero tan llena de calidez que me hizo detenerme por un momento más para observar. Edward era tan natural con Tony, tan diferente a la frialdad con la que a veces me trataba. Como si con nuestro hijo se permitiera ser ese hombre que yo había conocido, que yo había amado.

Sacudí la cabeza, alejando esos pensamientos. No podía pensar así.

Me dirigí a la cocina y abrí las alacenas, encontrándolas llenas. Luego, abrí el refrigerador, viendo cómo hasta las gavetas de los vegetales estaban repletas. Ese simple hecho, esa abundancia, amenazó con hacerme llorar de nuevo. "Basta", me regañé mentalmente, cerrando los ojos y respirando profundamente. Debía agradecer, no llorar. ¿Desde cuándo me había vuelto tan chillona?

Entonces mi estómago gruñó, recordándome que no había comido más que un café en todo el día. Volví mi atención a lo que podría preparar. La pasta en la alacena llamó mi atención. ¿Cuánto hacía que no comía una buena lasaña?

Sin pensarlo demasiado, saqué todos los ingredientes y me puse manos a la obra. Corté cebolla, ajo y pimientos mientras el aceite chisporroteaba en la sartén. El aroma a tomate fresco mezclado con las especias empezó a llenar la cocina, y por primera vez en semanas, me sentí casi… en paz.

Estaba extendiendo las láminas de pasta cuando Edward entró a la cocina con Tony, quien traía una toalla enredada en el cuello y el cabello mojado.

—¿Qué huele tan bien? —preguntó Tony, inclinándose sobre el mostrador para ver lo que hacía.

—Lasaña —respondí, tratando de sonar casual mientras apartaba la bandeja de su alcance.

—Mamá se lució hoy —bromeó, mirando a Edward—. Dile que siempre debería hacer lasañas.

Edward no dijo nada, pero vi cómo miraba los ingredientes sobre el mostrador y luego me miraba a mí. Sus ojos parecían analizarme, como si tratara de descifrar algo que no podía decir en voz alta.

—Huele increíble —fue todo lo que dijo antes de llevar a Tony hacia el comedor para ayudarlo a sentarse.

Me quedé mirando el lugar donde estuvo parado, sintiendo que ese pequeño gesto, esa breve mirada, significaba mucho más de lo que él estaba dispuesto a admitir.

No debía hacerme más ideas, me repetí a mí misma mientras seguía preparando la lasaña. Aunque la sensación de tener la casa llena, de ver cómo Edward y Tony compartían esos pequeños momentos juntos, me invadía de una forma que no sabía cómo procesar. No podía pensar demasiado en eso.

Mientras sazonaba la carne, mandé a Anthony a bañarse.

—¡Noooo, primero quiero comer! —protestó desde el comedor, como si ya tuviera toda la comida lista y no quisiera perderse ni un segundo de ella.

Lo imité, girándome para mirarlo desde la cocina.

—¡Noooo, primero el baño! ¡Hueles fatal! —le dije con firmeza.

—¡Mamá! —empezó a quejarse, cruzándose de brazos.

—Hazle caso a tu madre y vete a bañar. —La voz de Edward cortó el aire, mucho más dura de lo que alguna vez lo había escuchado hablarle a Tony. Fue un tono que me sorprendió, más firme, más autoritario, como si no estuviera dispuesto a discutirlo.

Tony se quedó paralizado por un momento, abriendo los ojos de sorpresa, claramente afectado por la intensidad en la voz de Edward. Pero como siempre, no pudo evitar su naturaleza bromista. Se enderezó rápidamente, poniendo una mano sobre su pecho como si estuviera ante un superior, y le hizo un saludo militar.

—¡Claro, coach! —dijo, enfatizando la última palabra, antes de darse la vuelta y marcharse a su habitación, aún con una sonrisa traviesa en el rostro.

No pude contenerme y estallé en risas, mirando a Edward, que ahora también estaba sonriendo, aunque intentando disimularlo. Era imposible no reír con Tony.

Edward me miró por un momento, como si evaluara mi reacción, y luego simplemente sacudió la cabeza.

—Lo que me toca. —Se acercó al fregadero a lavarse las manos antes de sentarse en una de las sillas del comedor, mientras Tony seguía en su misión de cumplir con el baño.

Yo seguí moviéndome en la cocina, pero esa risa que acababa de escapar, ese momento tan ligero, me hizo sentir algo que no había experimentado en mucho tiempo: alivio. El peso que había estado cargando desde que todo se desmoronó con Jacob, el estrés de cada día, las preocupaciones sobre el futuro... Todo eso pareció desvanecerse por un momento.

No pensaba en lo que venía después. Solo en el ahora, en ese momento simple y perfecto, entre risas y fragancias de comida que llenaban la casa.

Tony se había atascado de lasaña, comiendo de más como siempre, mientras yo reflexionaba en silencio. Había calculado mi fondo de emergencia, y aunque había pensado que podría durar seis meses, la realidad era que tal vez solo durara cuatro si Tony seguía comiendo a ese ritmo.

Estaba concentrada en los trastes, el sonido del agua fluyendo sobre las cerámicas de los platos ocupaba mi mente. Tony y Edward habían subido a la habitación, Edward ya se iba, y aunque escuchaba los pasos pesados de Edward al bajar las escaleras, el clic de la puerta nunca llegó.

Confusa, me detuve un momento. ¿No había escuchado bien? ¿Acaso Edward se había quedado? Miré hacia atrás, esperando ver la puerta cerrada, pero en su lugar encontré algo mucho más cercano...

Edward.

Estaba recargado en la encimera, sus ojos fijos en mí, y más específicamente, en mi trasero. El calor me subió a las mejillas al darme cuenta de lo que estaba haciendo, pero antes de que pudiera reaccionar, él se dio cuenta de que lo había pillado. Se sonrojó de inmediato, como si hubiera sido un niño sorprendido haciendo algo indebido.

—¿Qué..? —empecé a preguntar, pero me detuve al instante. Ya lo sabía, y como una vez le había dicho, si no quería escuchar la respuesta, no debía hacer la pregunta. Era tan fácil caer en esa trampa, caer en algo que ya no quería recordar. El último tema del que no quería hablar, su indiferencia.

Decidí no insistir. La pregunta murió en mi boca.

La tensión entre nosotros se extendió como un hilo invisible que nos conectaba, pero ni uno de los dos se movió para cortarlo. Nos quedamos ahí, en silencio, observándonos. Algo estaba en el aire, algo sin nombre que hacía que mi corazón latiera más rápido. Yo trataba de centrarme en los trastes, de continuar con lo que estaba haciendo, pero la sensación de su mirada sobre mí me desconcertaba.

Edward parecía estar luchando consigo mismo. Sus ojos no se apartaban de mí, pero sus manos se mantenían tensas sobre la encimera, como si no quisiera acercarse más, pero al mismo tiempo no podía irse. Sentí su presencia más cerca que nunca. La distancia entre nosotros era mínima, y en ese momento, la tensión era palpable. El aire estaba cargado, y yo sentía que la respiración de ambos se había sincronizado.

Quería hablar, preguntar qué estaba pasando, pero sabía que no era el momento. Lo que sucedía ahora entre nosotros no tenía nombre, no tenía forma, ni siquiera era algo que pudiera tocar. Era solo una sensación, una que me desgarraba por dentro.

Me quedé allí, paralizada, preguntándome si esta era la única forma de seguir adelante. Nos estábamos acercando, pero nadie daba el primer paso. Y, a pesar de todo, ni él ni yo sabíamos si estábamos listos para cruzar esa línea que había quedado entre nosotros.

No. No lo iba a hacer. Ya lo había decidido, y por mucho que lo deseara, por mucho que mi piel ardiera y mi sangre hirviera por el deseo, no lo haría. No podía cruzar esa línea, no después de todo lo que había pasado. A pesar de lo cercano que sentía su presencia, no iba a ser yo quien cediera.

Dejé de observarlo, centrándome de nuevo en los trastes. El agua caliente me quemaba las manos, pero era una distracción. Una manera de canalizar la tensión que se había acumulado entre nosotros, como si el aire se hubiera vuelto más denso de lo habitual. Apreté los dientes, intentando mantener mi compostura.

—¿Quieres decirme algo? —dije en tono un poco frío, sabiendo que mi voz traicionaría si me permitía mostrar lo que sentía.

No respondió de inmediato. De hecho, su voz sonó rara, casi estrangulada.

—No.

Pero lo que no dijo fue lo que me hizo más consciente de su cercanía. Sentí su paso, uno a uno, acercándose a mí, y no pude evitar tensarme. Su presencia me quemaba, me envolvía, y me hizo sentir vulnerable, expuesta. Cada paso suyo resonaba en mi pecho, como un tambor lejano. Me sentí desnuda en su cercanía, aunque físicamente estuviera cubierta por mi pijama.

Era lo más horrible que tenía en el armario: un short diminuto y una blusa de tirantes tan delgada que casi parecía transparente de tanto uso. Sabía que no había sido una buena elección para ese momento, pero también sabía que ya era casi hora de acostarse. Sin embargo, el aire cargado entre nosotros no tenía nada que ver con lo que llevaba puesto. Era él. Su mirada, su presencia, el peso de su silencio que lo hacía todo más intenso.

Apreté los dientes, concentrándome en la tarea de lavar los trastes, mientras mi mente luchaba con la fuerza de voluntad que se tambaleaba. ¿Por qué se acercaba? ¿Por qué lo sentía más cerca que nunca?

Fue entonces cuando Tony gritó desde arriba, cortando el ambiente cargado y haciéndome suspirar de alivio.

—¡Mamá! —su voz rompió la burbuja que se había formado entre Edward y yo.

Y lo agradecí, más de lo que podría haber imaginado. Mi fuerza de voluntad se estaba tambaleando, y solo Tony, con su inocente interrupción, me permitió mantenerme firme, aunque fuera por unos minutos más. Sabía que no debía dejar que nada entre nosotros cambiara.

No podía quedarme ahí, con él tan cerca, sintiendo cómo la tentación me consumía. No podía permitirlo. La lucha interna era cada vez más fuerte, pero algo dentro de mí me gritaba que no debía ceder. Sin pensarlo dos veces, me giré rápidamente, sin querer mirarlo más, y me dirigí hacia la escalera.

—Buenas noches —dije con firmeza, como una especie de muro invisible que tenía que levantar entre nosotros. No iba a dejar que se quedara allí, que siguiera aumentando esa presión silenciosa. Era hora de que se fuera.

Me apuré a subir las escaleras, casi como si huyera, como si mis propios pies no pudieran moverse lo suficientemente rápido para alejarme de la tensión que aún pesaba en el aire.

Pero en el momento en que llegué al pasillo y tomé el último peldaño, una pequeña voz me alcanzó.

—¡Mamá! —era Tony, parado en su puerta.

—¿Qué pasa, cariño?

—¿Me puedes traer otro cobertor? Está un poco frío.

Reí levemente, agradecida por la normalidad en su solicitud. Era un respiro. De alguna manera, el simple hecho de que Tony estuviera pensando en lo más sencillo me permitió relajarme un poco, aunque no pude evitar sentir una punzada de melancolía al pensar en todo lo que había sucedido. Pero por él, lo haría todo.

—Claro, en un momento te lo traigo —respondí, con la voz más suave que pude.

Me giré nuevamente hacia las escaleras, aliviada de que la noche estuviera finalmente avanzando. Edward no se había despedido, ni siquiera había intentado hablar más. Y yo… yo sentía que ya no podía seguir adelante con este tira y afloja. Necesitaba recuperar el control, por mí misma.

Jacob llamó a Tony. Lo supe incluso antes de que mi hijo me lo confirmara. Ese día, Tony irradiaba una felicidad tan intensa que parecía flotar en lugar de caminar. Su emoción era palpable, una mezcla de entusiasmo por que al fin le quitarían el yeso del dedo y el puro deleite de que Jacob lo hubiera invitado al cine. Durante el desayuno, lo escuché tararear canciones y, más tarde, lo encontré repasando las películas en cartelera con una emoción tan vibrante que parecía contagiosa.

Cuando la puerta se abrió, anunciando la llegada de Edward, ya eran las dos en punto. Su puntualidad inquebrantable siempre me dejaba sin palabras, una de las tantas formas en que demostraba lo mucho que le importaba Tony. Apenas Edward cruzó la puerta, Tony corrió hacia él como un torbellino de energía pura.

—¡Hola, papá! —exclamó, abrazándolo con tanta fuerza que casi lo tambaleó. Su sonrisa, amplia y radiante, podría haber iluminado la habitación entera.

Edward le devolvió la sonrisa, grande y sincera.

—Ya veo que estás contento porque te van a quitar ese yeso —respondió, su tono cálido pero sereno. Luego, hizo un gesto para que el médico que lo acompañaba entrara y comenzara a instalar los instrumentos necesarios.

Desde mi lugar, observé cómo Edward organizaba todo con precisión. Cada detalle era considerado para que Tony estuviera cómodo y no sintiera ni una pizca de incomodidad. Sabía que todo esto no era sencillo para él, y ese conocimiento me hacía apreciarlo aún más, aunque nunca se lo dijera.

Mientras el médico empezaba a trabajar, Tony, incapaz de contener su entusiasmo, soltó:

—Mi papá me invitó al cine —anunció con orgullo, mirando a Edward con un brillo especial en los ojos—. ¿Qué película me recomiendas?

La sala se llenó de un silencio repentino, pesado. Edward se tensó de inmediato. La confusión cruzó su rostro como un relámpago, seguida de algo más profundo, algo que parecía como una sombra de dolor. Respiró hondo, apretando ligeramente la mandíbula antes de recuperar la compostura. Su expresión se tornó neutral, inexpresiva, pero sus ojos, aquellos ojos que siempre lo delataban, estaban llenos de un silencio cargado de emociones reprimidas.

La reacción seguramente había sido porque Tony se refirió a Jacob como "papá" por accidente. A mi hijo le ha estado costado manejar esa dualidad. Desde la llegada de Edward intentaba diferenciar entre ambos, cuando hablaba de Jacob conmigo, seguía llamándolo así, papá, no porque quisiera menos a Edward, pero por simple costumbre, pero con Edward siempre intentaba llamarlo papá a él, y se refería a Jacob, simplemente como Jacob o como mi papá Jacob. En su emoción, la barrera se había desdibujado.

Edward, en un tono tan calmado que resultaba casi hiriente, respondió:

—No sé qué películas se estrenan.

Tony, ajeno al impacto de sus palabras, continuó hablando con la misma alegría, enumerando las películas que quería ver. Edward escuchaba, asintiendo de vez en cuando con una sonrisa que nunca llegó a sus ojos.

Entonces, como si nada hubiera pasado, Tony lanzó otra pregunta:

—Papá, ¿puedo invitar a Jacob a la competencia?

La sonrisa de Edward se mantuvo, aunque su mirada se volvió más opaca. Conociendo a mi hijo había notado el error que había cometido, ahora intercambiado el papa hacia Edward y nombrando a Jacob por su nombre.

—Claro que lo puedes invitar —dijo, su voz libre de cualquier sarcasmo o malicia—. Me aseguraré de que tenga un lugar en primera fila para que pueda verte competir.

Tony sonrió emocionado, completamente ajeno a la tensión que hervía bajo la superficie. Pero yo sentí un escalofrío recorrer mi espalda. En ese momento me di cuenta de lo que Edward estaba planeando. Su tono calmado, su actitud mesurada… todo era un preludio de algo más grande. ¡Lo iba hacer en la inauguración!

Mi corazón comenzó a latir con fuerza mientras las imágenes de lo que podría suceder inundaban mi mente. ¿Edward y Jacob enfrentándose delante de Tony? ¿Un caos en medio de un evento que debería ser motivo de celebración? No podía permitirlo. Quise sacarlo de la sala, confrontarlo, decirle que estaba cometiendo una locura. Pero me contuve.

Aún faltaban dos semanas. Tenía tiempo. ¿Verdad?

El médico terminó su trabajo, liberando a Tony de su yeso. Mi hijo movió los dedos con una sonrisa de satisfacción mientras el médico le daba algunas recomendaciones antes de marcharse.

Edward se levantó con la misma calma imperturbable de antes y, mirando a Tony, dijo:

—Nos vemos el lunes a la misma hora de siempre.

Y con eso, se fue, llevándose consigo el aire cargado de tensión que había llenado la sala.

Vi a Tony quedarse quieto por un momento, mordiéndose el labio, un hábito que tenía cuando algo lo preocupaba. Luego miró la puerta por donde Edward había salido. A pesar de su entusiasmo inicial, ahora su felicidad parecía teñida de una ligera culpa.

—¿Tony? —pregunté suavemente, pero él negó con la cabeza y subió a su habitación.

Me quedé sola en la sala, el silencio envolviéndome como una manta pesada. Todo esto estaba empezando a afectar a Tony. Y mientras tanto, yo me veía atrapada en medio de esta tormenta, tratando de mantener el equilibrio para protegerlo, aunque sintiera que el peso era cada vez más insoportable.

Fui tras él, consciente de que había momentos en los que Tony necesitaba espacio para procesar sus emociones y otros en los que mi presencia era indispensable. Este era un cuando era indispensable. Conocía a mi hijo lo suficiente como para saber que cuando estaba enfadado o irracional, lo mejor era darle tiempo para calmarse. Pero esta vez no era enojo; lo que había visto en sus ojos mientras subía a su habitación era tristeza, y no podía dejarlo solo lidiando con ella.

Subí las escaleras con pasos medidos y toqué suavemente dos veces en la puerta de su cuarto.

—¡Dejame sólo! —medio gritó Tony, su voz amortiguada por la madera.

No le hice caso. Abrí la puerta lentamente y lo encontré boca abajo en su cama, que ya le estaba quedando pequeña. Sus pies sobresalían del borde, y el contraste entre esa imagen y su creciente madurez me estrujó el corazón.

Me acerqué con cuidado y me senté en el borde de la cama.

—¿Qué pasó, hijo? —pregunté suavemente, tratando de que me confiara lo que lo tenía tan afectado. Aunque, en el fondo, ya tenía una idea. Edward había hecho todo lo posible por mantener una fachada imperturbable, pero Tony lo conocía lo suficiente para captar esas diminutas expresiones que traicionaban lo que realmente sentía.

Tony se giró en la cama, sus ojos rojos delatando que había estado llorando.

—¿Edward se molestó, verdad? —preguntó, su voz temblando ligeramente. Su mirada me buscaba, llena de incertidumbre y culpa.

—Hijo…

—¿Se enojó porque le dije a Jacob papá? —interrumpió antes de que pudiera responder—. Mamá, te juro que se me escapó. Intenté arreglarlo, ¡de verdad! Pero creo que lo arruiné y que ahora está muy enojado conmigo.

Mi corazón se rompió al verlo así, tan pequeño y vulnerable, cargando un peso que no era suyo.

—No es así, hijo…

—¡Sí lo es! —insistió, su voz cargada de una mezcla de angustia y desesperación—. Vi su cara, mamá. Se enojó cuando le dije a Jacob papá.

Suspiré y acaricié su cabello, tratando de transmitirle calma.

—Tony, escucha. Edward no está molesto contigo. A veces, cuando sentimos cosas fuertes, es difícil ocultarlas, pero eso no significa que esté enojado contigo. Él te ama, más de lo que te imaginas, y jamás se enojaría por algo así.

Tony me miró, sus ojos todavía llenos de dudas, pero al menos su respiración se había calmado un poco.

—¿De verdad? —murmuró, como si quisiera creerme pero no pudiera quitarse de encima esa culpa.

—De verdad.

Ya un poco más calmado, Tony me miró fijamente, como si tratara de entender algo que no alcanzaba a descifrar.

—¿Entonces por qué se enojó, mamá? Pensé que mi papá y Edward eran mejores amigos.

Suspiré, sabiendo que no podía darle toda la verdad, pero también que no podía mentirle del todo.

—Lo eran, hijo. Pero ya no. Es como conmigo… las cosas no van a volver a ser las mismas.

Tony frunció el ceño, procesando mis palabras con una intensidad que parecía más allá de sus años.

—¿Entonces Edward está enojado con mi papá?

—No —contesté rápidamente, una mentira suave, destinada a protegerlo.

Pero Tony no se dejó convencer. Me miró con desconfianza, y en un instante, el enojo se apoderó de él.

—Es por ti, ¿verdad? —espetó, y su afirmación me tomó por sorpresa.

A veces Tony parecía percibir cosas que ni los adultos entendían del todo. Su capacidad para leer las emociones de los demás era inaudita, casi como si pudiera leer la mente. No esperó a que respondiera.

—Es como cuando estaba enamorado de Emily. Edward y tú me dijeron que no estaba bien, mientras que mi papá me dijo que luchara por ella. Edward está enojado porque al final elegiste a mi papá —dijo, como si estuviera hablando en voz alta para ordenar sus pensamientos.

De repente, se volvió hacia mí, con los ojos verdes encendidos por la ira.

—¡Pero Edward no puede estar enojado con mi papá! ¡Él no sabía que estaba vivo!

Su furia me golpeó como un vendaval, y en ese momento, vi a Edward reflejado en él, en la pasión que ardía en sus ojos y en la manera en que defendía lo que él creía justo. Quise llorar. Quise que Edward pudiera verlo así, defendiendo a su otro padre con toda su alma, porque quizá, solo quizá, eso podría hacer que Edward reconsiderara su deseo de venganza.

—Sí —dije suavemente mientras le acariciaba el cabello, tratando de calmarlo—. Tu papá está enojado con Jacob.

—¡No, mamá! —gritó, con una frustración que no podía contener—. Mi padre es Jacob.

La firmeza en su voz era un golpe directo al corazón. Pero sabía que no podía permitirle borrar a Edward de su historia, no cuando él estaba intentando reconstruirla.

Me puse seria, y mi tono fue más alto de lo que hubiera querido.

—Tu padre es Edward —dije con firmeza—. Es tu padre biológico y está tratando de recuperarte. No puedes dejarlo de lado.

—¡Pero no tiene razón para estar enojado con mi papá! —levantó la voz, poniéndose de pie y pasando las manos por su cabello rebelde, como si intentara despejar su mente.

—Tony, escucha. —Tomé aire, tratando de mantener la calma—. Tienes que ser empático con Edward. Él no tuvo la culpa de lo que pasó. Quería estar contigo, pero le fue muy difícil regresar y encontrarse con que su amigo, alguien en quien confiaba, se había quedado con todo lo que era suyo.

—¡Pero mi papá tampoco tuvo la culpa! —gritó con vehemencia—. ¡No tiene por qué estar enojado!

—Tony —le dije con suavidad, pero con firmeza—, deja que ellos hablen. Por eso te pidió que le dieras tiempo. Ellos tienen que arreglarlo entre ellos.

Él me miró fijamente, con los puños aún apretados a los costados. Sus hombros subían y bajaban al ritmo de su respiración acelerada, pero poco a poco, el enojo fue cediendo lugar al agotamiento. Caminó de un lado a otro de la habitación, sus pasos tensos al principio, como si no pudiera contener toda la energía acumulada. Luego, se detuvo junto a su escritorio, fijando la mirada en una fotografía nuestra, una que habíamos tomado en su último cumpleaños.

Dejó escapar un largo suspiro, sus manos relajándose mientras se pasaba los dedos por el cabello desordenado. Había una lucha interna en sus ojos, como si intentara resolver un rompecabezas emocional demasiado complicado para su edad. Finalmente, volvió a la cama y se dejó caer pesadamente, el colchón crujió bajo su peso, y se quedó mirando al techo en silencio por unos momentos.

Cuando finalmente habló, su voz era más tranquila, aunque aún cargaba un leve tono de duda.

—¿Crees que puedan reconciliarse y ser amigos otra vez? —preguntó con un destello de esperanza en sus ojos, ese mismo brillo que siempre me recordaba que, pese a todo, seguía siendo un niño.

Lo miré, sin saber cómo responder.

—No lo sé, hijo.

Tony volvió a dejar caer su cabeza en la cama, soltando un suspiro largo.

—Yo creo que sí, mamá —dijo, con un optimismo que me sorprendió—. Yo los quiero a los dos. Sé que ellos también pronto se llevarán bien.

Sonreí, aunque por dentro me destruía. La esperanza cegadora de mi hijo era hermosa, pero sabía que lo que él anhelaba era un sueño que no podía cumplirse.

Llevé a Tony a su entrenamiento el lunes por la tarde, decidida a hablar con Edward. No podía permitir que, si planeaba enfrentarse a Jacob el día de la competencia, lo hiciera delante de Tony. Esa conversación tenía que suceder antes, y yo haría lo que fuera necesario para que ocurriera.

Al llegar al gimnasio, Tony me miró extrañado cuando me vio seguirlo en lugar de quedarme en el coche. Alzó una ceja interrogante.

—Necesito hablar con tu padre —expliqué.

Él solo asintió y seguimos caminando.

Edward ya estaba ahí, pero no estaba solo. Había una chica junto a él, una joven asiática de veintitantos años. Era hermosa, con un cabello largo, negro y lacio que le llegaba hasta la cintura. Su piel clara parecía perfecta, y estaba sentada muy cerca de Edward, sin ningún espacio entre ellos. Su mano descansaba sobre su rodilla, en un gesto que parecía querer consolarlo mientras él hablaba con el ceño fruncido. Por su expresión y gestos, parecía estar desahogándose con ella, aunque no alcanzaba a escuchar qué decía.

Ella fue la primera en notar nuestra llegada. Sus ojos se iluminaron al ver a Tony, y esbozó una pequeña sonrisa antes de posar su mirada en mí. Fue un instante breve, pero suficiente para que mi estómago se anudara de celos. De inmediato, inclinó la cabeza hacia Edward y le susurró algo, mientras palmeaba su pierna con suavidad.

Edward se giró hacia nosotros, con una expresión interrogante, pero se levantó de inmediato.

—Hola, hijo —saludó a Tony, acercándose a él.

—¡Hola, papá! —respondió Tony, algo tímido al principio.

Edward le sonrió, esa sonrisa que siempre lograba iluminar cualquier lugar.

—¿Qué tal la película? —preguntó, genuinamente interesado.

El rostro de Tony se iluminó, y los dos se sumergieron en una conversación mientras mi hijo se alistaba para su entrenamiento.

Mientras tanto, mis ojos no podían evitar volver hacia la chica. Seguía sentada en la banca, observando a Edward y Tony con una sonrisa tierna. Cada gesto de ella irradiaba confianza y calidez, como si no hubiera dudas sobre su lugar al lado de Edward.

Sentí cómo los celos se instalaban en mi pecho, un peso incómodo que no lograba sacudirme. Era joven, guapísima, con un cuerpo que parecía salido de una revista. Su labial rojo resaltaba sus labios perfectos, y su porte elegante hacía que yo me sintiera como un accesorio viejo y desgastado.

Involuntariamente, mi mente evocó la imagen de Blancanieves. Ella era Blancanieves, y yo, sin lugar a dudas, la madrastra malvada.

Me reí para mis adentros por lo absurdo del pensamiento. ¿Desde cuándo me había vuelto tan irracional? Pero los celos tenían esa capacidad de convertir las inseguridades más pequeñas en monstruos imposibles de ignorar.

Esperé a que Tony comenzara su calentamiento para acercarme a Edward. La chica, desde su asiento en la banca, me observó mientras avanzaba hacia él. No sabía quién era, pero esperaba que no le molestara mi proximidad.

—Edward, necesito hablar contigo —le dije una vez que estuve a su lado.

Sus ojos se encontraron con los míos, su mirada intensa siempre lograba desarmarme, pero no podía titubear.

—¿Qué pasó? —preguntó, desviando su atención momentáneamente hacia Tony, que comenzaba a trotar alrededor de la cancha.

—¿Podemos ir a tu oficina o a algún lugar más privado, por favor? —le pedí, esforzándome por mantener un tono neutral.

Edward me observó detenidamente, su mirada fija me calentaba las mejillas. Suspiró, y luego giró hacia la chica.

—Ahorita regreso —le dijo en voz baja.

Ella solo asintió, sin mostrar incomodidad alguna.

—Sigue con el calentamiento, Tony. Regreso en un momento —le gritó a nuestro hijo, que respondió con un asentimiento antes de retomar sus ejercicios.

Mientras lo seguía hacia su oficina, volví la vista hacia la chica. Su expresión tranquila, sin rastros de celos o preocupación, me hizo dudar de mi suposición inicial. Quizás no eran nada, después de todo. Parecía muy joven para él.

Una vez en su oficina, Edward cerró la puerta y se giró hacia mí.

—Dime —dijo con un tono neutral, pero sus ojos seguían analizando cada uno de mis movimientos.

—¿Cómo planeas decirle a Jacob que estas vivo? —pregunté directamente.

Edward se dejó caer en la silla con un suspiro, como si ya hubiera anticipado la conversación.

—Debí imaginar que se trataba de Jacob —respondió sin humor.

—Edward, necesito saberlo. No quiero que se lo digas frente a Tony.

Su mandíbula se tensó, y su mirada se endureció.

—¿Qué te importa a ti cómo se lo digo?

—Me importa mi hijo. Puedes decirle lo que quieras, pero no enfrente de Tony —respondí con firmeza, elevando un poco la voz.

Edward se puso de pie de golpe, claramente molesto.

—Eso ya no te concierne, Bella.

—¡Claro que me concierne! Es mi hijo. Si no me dices cuál es tu plan, no permitiré que Tony asista a esa competencia. No me importa si termina odiándome.

Su rostro se oscureció, y dio un paso hacia mí.

—Él también es mi hijo —dijo con furia contenida.

—Pero yo tengo su custodia —repliqué impulsivamente, sin medir las consecuencias de mis palabras.

Edward sonrió, una sonrisa maliciosa que me hizo retroceder.

—¿Así que quieres jugar a eso, Bella? ¿Quieres que te pelee la custodia de Tony?

Mi corazón se detuvo por un segundo, y sentí cómo el aire se volvía pesado. Había perdido el control de la conversación.

—No, Edward, no quiero eso. Solo quiero que me prometas que no le dirás la verdad a Jacob frente a nuestro hijo. No quiero que Tony salga lastimado.

Edward me miró por unos segundos antes de hablar.

—No va a salir lastimado. No te preocupes.

—Entonces prométeme que no le dirás nada cuando Tony esté en la competencia —insistí, mi voz casi rogándole.

Él suspiró, resignado.

—Está bien. Te lo prometo.

No pude evitar preguntar:

—¿Quién es ella?

Edward me miró, y para mi sorpresa, una sonrisa ladeada apareció en su rostro. Esa sonrisa que siempre había tenido el poder de acelerar mi corazón y, al mismo tiempo, desarmarme por completo.

—No quieres saber, Bella —dijo con un tono cargado de significado, dejando en el aire un enigma que me hizo arder de curiosidad y algo más... celos.

¿Que significaba aquello? Sentí un nudo en el estómago, pero intenté mantener mi voz firme.

—¿Es tu novia o algo parecido?

Él se quedó en silencio un segundo más del necesario antes de responder.

—Algo parecido —confirmó, su voz tranquila, como si no acabara de dejar caer una bomba.

Y en ese instante, el mundo se me vino abajo. Una mezcla de tristeza y enojo me invadió, y me pregunté por qué me afectaba tanto. Había jurado que podía manejar esto, que no debía importarme, pero estaba claro que aún no había aprendido a protegerme de él.

Él se quedó mirándome, con una expresión indescifrable, como si intentara medir mi reacción. Pero yo hice tripas corazón, obligándome a no mostrar lo que estaba sintiendo.

—Espero que cumplas tu promesa —le dije con voz firme, aunque el esfuerzo para mantenerme entera me desgarraba por dentro.

Sin esperar respuesta, me giré y salí de su oficina. Cada paso que daba sentía cómo las emociones intentaban aplastarme, pero me obligué a seguir adelante. Sí, la idea de que Edward pudiera seguir adelante con alguien más era como una bofetada inesperada, pero no iba a dejar que eso me destruyera. Ya había pasado por suficiente, y aunque me doliera, sabía que podía soportar más.

El nudo en mi estómago creció, tan intenso que apenas podía respirar. Aceleré el paso, dirigiéndome al baño más cercano, tratando de alcanzar un refugio antes de perder el control por completo. Apenas cerré la puerta y aseguré el pestillo, corrí al retrete. Me incliné y vomité con fuerza, sintiendo cómo mi cuerpo se rebelaba contra la montaña de emociones que intentaba contener.

El sabor amargo y la fuerza de las arcadas me dejaron exhausta, pero apenas salió agua. Sabía que llevaba días sin comer bien; la angustia me había robado el apetito, dejando mi estómago vacío, pero mi mente seguía llena de pensamientos desbordantes.

Cuando las arcadas finalmente se detuvieron, me quedé ahí, apoyada en el lavabo, jadeando. Dejé que las lágrimas cayeran mientras mi mente procesaba todo lo que había ocurrido. Pero mientras me limpiaba la cara y me enderezaba, un pensamiento se hizo claro: no podía permitirme caer más.

Me miré en el espejo, enfrentando mi propio reflejo. Mi rostro estaba pálido, mis ojos rojos, pero aún había algo en ellos, una chispa que no se apagaba.

"Esto no se trata de mí", me recordé. Tony necesitaba que fuera fuerte. Aunque me doliera hasta el alma, aunque la idea de haber perdido a Edward me dejara vacía, mi prioridad era proteger a mi hijo.

Salí del baño con los hombros un poco más rectos. El dolor seguía ahí, pero ahora era un recordatorio de que todavía estaba de pie. Y mientras tuviera algo por lo que luchar, no me detendría.


Antes de cerrar, quiero agradecerles por acompañarme en este capítulo. Sus comentarios, teorías y críticas constructivas me inspiran a seguir escribiendo y mejorando cada día.

Sé que esta historia los hace sentir de muchas maneras, y eso me llena de alegría porque significa que los personajes y su viaje han llegado a ustedes. Lo importante es que seguimos este camino juntos, explorando, aprendiendo y creciendo con ellos.

Les dejo una pregunta para reflexionar: ¿Qué harían si estuvieran en el lugar de Bella, atrapados entre dos frentes? ¿Qué peso creen que deberían tener las decisiones del corazón frente a las de la mente?

Gracias por leer, por comentar, y por darle una oportunidad a esta historia y a sus personajes, con sus virtudes y defectos.

¡Nos vemos en el próximo capítulo! Mantenganse saludables y felices!