Sábado, 4 de junio.
La punta del cigarrillo mentolado brillaba en la penumbra mientras miraba las hortensias y los geranios. El patio trasero de los Wood era una maravilla, con el césped cubierto de gotas de rocío y el cielo nocturno completamente despejado.
El aire primaveral estaba impregnado del dulce perfume de las flores abiertas, mientras que a lo lejos oía la música de la fiesta. Intentó esbozar una mueca parecida a la felicidad, pero el malestar en su estómago no le permitió mantenerla.
Dio una calada desganada, el amargo gusto se transformó en una desagradable arcada. «¡Odio esto! ¿Por qué me siento tan putamente mal?»
Resignada a que (muy probablemente) su temporada de fumadora empedernida había llegado a su fin, lo arrojó sobre la hierba y se apagó con un siseo. Abrió su bolso en búsqueda de unas pastillas de menta, echó dos en su boca mientras continuaba recorriendo el bello lugar.
Lanzó un suspiro mientras recorría con la vista el pintoresco sitio, sobre un columpio de madera con mullidos cojines amarillos; las luces de alimentación solar y eléctrica, en colores blanco y verde, que iluminaban las magníficas plantas; una pérgola no muy lejos con un set de patio.
Era la octava vez en dos semanas que había intentado fumar y no había funcionado. El asco, el revoltijo y el dolor de cabeza no le dejaban disfrutar de su adicción. ¿Qué mosca le había picado? ¿Debería ir al médico? ¿Preocuparse?
Últimamente las respuestas a sus preguntas solo le habían traído malas noticias. «Y visitar a un médico para explicarme que no puedo fumar porque "me da asco" va a ser de puta risa.»
Muchas cosas en su vida habían cambiado apresuradamente desde la graduación. Desde aquel precioso momento, con la oscura toga y el birrete decorado sobre su cabeza, su vida no hizo más que caer en espiral.
Y todo desde la maldita fiesta.
Después de que Dennis "rompiera" con ella ya nada tenía sentido. Él había intentado contactarla, pero prefirió pasar de sus llamadas y mensajes por días.
Ni siquiera los paseos con su perra Polly-Sue y los dos trabajos podían mantenerla alejada de la tristeza. Todo le recordaba a él. Se dormía con las mejillas empapadas, rogaba poder olvidarlo y seguir adelante.
Sin duda era una estúpida. Pero no cualquiera: una mastodóntica estúpida. «Eso te pasa por enamorarte del idiota errático de tu mejor amigo.»
Dennis le demostró lo que ella más necesitaba: cariño y comprensión. Precisamente eso era lo que más le dolía haber perdido.
Parada sobre una baldosa en el serpenteante caminito de gravilla y hormigón, se había sentido más imbécil que cuando le había dado vuelta el rostro al rubio un rato antes.
Él llegó con aire campechano, esa media sonrisa asesina y ojos vidriosos. Estaba drogado y borracho, aunque lo vio risueño entre su grupo de amigos. Con su polo negra y vaqueros celestes, parecía una estrella de cine adolescente.
No fue la única que le echó el ojo. ¿Quién podría resistirse a semejante chico?
En un momento de la fiesta se percató de que la observaba. Aunque respondiese a los comentarios de sus amigos (y los ligues de otras chicas), sus ojos sufrían de una película triste al verla. ¿Por qué? ¿Quizá por haber cortado contacto con él?
Incluso se le acercó, la deliciosa fragancia francesa inundó su nariz mientras le balbuceaba algunas palabras. No pudo resistir el dolor en su pecho o al sentir el tacto de sus dedos sobre su piel, y se retiró del lugar visiblemente conmocionada.
Aquel perfume le retrotrajo a cuando quedaba tendida sobre él, después de unir sus cuerpos colmados de pasión. Ambos eran infinitos en el universo, solos dentro de la habitación en penumbra. Sus jóvenes cuerpos cansados, saciada el hambre que sentían por el otro.
Cómo lo extrañaba… A él, su cariño y su cuerpo. Nunca lo superaría, ni siquiera si un maravilloso hombre aparecía y le entregaba las estrellas.
Dennis Atkins marcó a fuego su alma. Hubo una vida antes de él, ahora solo tenía su triste versión del después.
Soltó un suave suspiro. La humedad nocturna se le pegaba a la piel como al vestido color crema, con falda plisada y tirantes tipo halter. Continuó su pesaroso recorrido.
La señora Wood, mamá de Francis y amigo de Clint (compañero de equipo de Dennis) había hecho un fenomenal trabajo de jardinería. Tuvo que reconocer que era una fantástica paisajista. Sus pies en sandalias rozaban el mojado césped, las uñas pintadas de negro se cubrían de pequeñísimas gotas. La música trap del interior le llegaba suavemente.
Una caseta para perro de techo azul llamó su atención, le pareció muy lindo sitio para el perro "Max". Dentro de la misma dormía la mona el enorme can, un Vizla de pelo dorado cálido. Ni se inmutó cuando lo acarició con amor.
Llegó a la pérgola, decorada con luces colgantes, sillones de mimbre para dos personas y pequeños sillones reclinables con almohadones de tela caqui. Plantas falsas y naturales salpicaban el ambiente. Tomó asiento en el precioso sillón doble cuerpo, gimiendo de placer ante el mullido contacto.
Sola, con los tobillos cruzados y el silencio a su alrededor. El enorme perro se sumó a su fiesta silenciosa unos minutos después, aletargado y entre suspiros. Se echó cansadamente a sus pies, relamiéndose hasta quedar tendido en paz y tranquilidad.
Cerró los ojos unos instantes, trataba de mantener la mente en blanco y disfrutar del pequeño rincón en aquel "jardín del Edén". Una minúscula pausa en una vida que no hacía más que cambiar. Dejaba de ser una simple adolescente para transformarse en una mujer; y entre su cambio generacional, también estaba el cambio estudiantil: de estudiante de secundario a estudiante universitaria.
«Pronto se inicia el ciclo en la Universidad, y pese a toda la mierda que me rodea me siento ilusionada.»
¿Cómo no estarlo? Saldría de un nido de víboras, jóvenes maltratadores y falsedad. Estudiaría en relación con su pasión de toda la vida, el arte, y se desarrollaría tal como ella quería: libre, brillante y llena de vida. ¿Había algo mejor que eso?
Aún no podría dejar toda su vida adolescente detrás, pero la perspectiva de trabajar poco a poco en eso la mantenía activa.
El teléfono vibró, y mientras lo extraía del bolso se congració con el emisor. Delaney, mejor amiga desde el kinder, preguntaba si todo iba en orden. Había visto a Chelsea muy afectada más temprano, y su desaparición prolongada la preocupaba.
Fue Dela la que notó su feo semblante a principios de la semana; la escuchaba en sus interminables mensajes de audio, llorosa y afligida. La invitó a la fiesta para arrancarla de su ensimismamiento, cosa que le estaba muy agradecida.
Replicó con una inocente mentira: "estoy bien bien en este patio, hay una pérgola lindísima y tiene sofás de muerte. Muy tranqui ando, sigan en la suya". Mordió el pellejito de su pulgar, el canto de grillo en la casa de al lado llenaba el ambiente.
Otro mensaje, aunque ese era de Dennis: "Oye, ¿dónde estás? Tenemos que hablar así como ya" ¿De qué? Se habían dicho lo suficiente hacía tiempo. Pensó en responderle, pero sus dedos no se deslizaron sobre las teclas virtuales.
¿Qué querría? ¿Por qué no lo hizo antes? Sonaba urgente, pero… ¿Valdría la pena? Meneó suavemente la cabeza. Pese a que quería creer que con su mejor amigo las cosas podrían haber valido la pena, le demostró a las claras que no.
Presionó el botón de bloqueo y depositó el teléfono nuevamente en su bolso. La sensación de desamparo volvió a nublarle el disfrute. Exhaló lentamente, la mirada perdida en la frondosidad del exterior.
Carraspeó la garganta cuando un nuevo arrebato de acidez le lastimaba y hacía picar. «Entre esto y las náuseas estoy para el bingo.»
Quizá estaba loca de remate y acongojada por la pena. Nunca fue demasiado inteligente (en eso Joe tenía razón), y su tendencia a perderse en un remolino descendente de pena y ansiedad era conocida por todos.
En la escuela lo sabían. Su familia lo sabía. Chelsea Vickers era un experimento fallido, un bebé Petri mal hecho.
Una nueva oleada la sacudió. Llevó una mano a su estómago, con el ceño fruncido.
—Ya déjame en paz, ¿no te parece? ¿No te basta el puto arroz, pollo y carne grillada?
Negaba suavemente con la cabeza hasta que oyó a alguien salir al patio. El perro Max levantó la cabeza ante el sorpresivo ruido, orejas en estado de alerta.
Era un chico, sin acompañantes y los gigantes hombros hacia abajo. Alto y de cabello corto, iba vestido de camiseta oscura, pantalones vaqueros azul oscuro y zapatillas negras, éstas tenían tiras blancas a los costados. Llevaba una lata de cerveza Heineken y engulló el contenido de un solo trago.
Exhaló audiblemente con su voz ronca y gutural; maldecía en voz baja a los invitados mientras encendía un fino cigarrillo de marihuana.
Aquellos gestos, su forma tan chulesca de moverse y el fumar… A Chelsea se le erizaron los vellos del cuerpo; su acompañante canino lanzó un resoplido inquieto, elevando su cuerpo hasta quedarse sentado a su lado.
El muchacho soltó el blanco humo luego de elevar el rostro, tosía mientras se dedicaba a recorrer el exterior. Caminaba calmo hacia el extremo opuesto del lugar, su zurda en los bolsillos mientras tarareaba. La luz de una farola iluminó un tatuaje sobre la nuca del joven, una serpiente de cascabel enrollada y que atacaba.
Joseph "Joe" Dewey. La castaña se cubrió la boca. «¡No puede ser, no puede ser! ¡No este hijo de puta de nuevo!»
El corazón le latía como caballo desbocado. Las tripas se le revolvieron ante el temor que la inundaba por dentro. Tenía que huir de ese lugar, mas su cuerpo quedó petrificado ante la funesta visión.
El Vizla soltó un gutural gruñido al ver al individuo caminar en su territorio, aunque fue bajo y de advertencia. La chica percibió como el pelaje de su lomo se erizaba, lanzaba gruñidos ladrados de vez en cuando y se ponía de pie.
«Hasta un perro sabe que es un peligro. Tengo que irme YA.»
Tenía que alejarse como fuera posible; giró la cabeza hacia la izquierda, hacia una alta verja de madera oscura con una puerta. Un farol iluminaba la superficie brillosa de un candado, era imposible usarla como medio de escape.
Joe lentamente se acercaba a su posición, la estela de humo blanco se arremolinaba sobre su cabeza mientras murmuraba y pateaba el césped. El can se posicionó frente a ella, en clara posición de alerta y de ataque. El muchacho lanzó un insulto a la "bola de pulgas" y, sin previo aviso, le arrojó la lata vacía al perro.
Max ladró enérgicamente, un sonido cortante que resonó como un disparo en el silencio de la noche. Chelsea dio un respingo, el terror apretándole la garganta como una soga.
La voz destilaba veneno e ira; su desagrado por las mascotas le era bien conocido. El dolor en sus tripas no hacía más que acrecentarse y las náuseas la sacudían violentamente.
Su respiración era agitada mientras se aferraba al asiento: deseaba volverse invisible antes de verse cara a cara con él. Si la agarraba… ¿qué le diría? ¿Lloraría pidiendo volver con él?
¿O le mostraría otra vez su "mala cara"?
No quería averiguarlo. Desde que la tomó por el cuello y la empujó contra una pared… Ese idiota era un peligro para otros.
Otra oleada de pánico la estremeció al recordar que tanto Dennis como él estaban compartiendo el mismo sitio. ¿Se habría visto las caras? Temblaba de solo pensarlo.
Su bolso vibraba y el sonido producto de la vibración estallaba sobre su regazo. El hombretón estaba a menos de diez metros suyo, la encontraría. Le haría daño de múltiples maneras, igual al año y tres meses en que estuvieron juntos.
El can ladraba, su cabeza gritaba y su cuerpo temblaba. No podía pensar de manera racional qué hacer. No podía permitirse que él la encontrara y le hiciese daño, no de nuevo. ¿Cómo acabaría sino?
Tenía los ojos nublados de lágrimas, los latidos de su corazón reverberaban en sus oídos.
Se puso de pie como pudo, tenía las piernas rígidas y la cabeza le flotaba sobre el cuerpo.
No podía desmayarse ante la impresión. Debía mantenerse firme para poder escapar. El movimiento llamó la atención de Joe y este aproximó con cautela.
Finalmente sabía que había alguien más con él. Como un depredador avanzó paso a paso, en silencio; ella, por su parte, emprendió a la carrera su huida.
«¡Vamos, estúpida! ¡VAMOS!»
Avanzaba entre zancadas, aferrada a su pequeño bolso colgante y a la idea de librarse de él entre la multitud. El pecho le quemaba ante la falta de aire. Tenía la vista enfocada en las blancas puertas corredizas, se imaginaba abriéndolas y sobreviviendo al terrible encuentro.
Medio camino había hecho cuando unas enormes manos la sujetaron de los hombros, fue empujada hacia atrás. Chelsea ahogó un grito mientras una corriente gélida atravesó su cuerpo.
Aquel instante en que enfrentó a su captor fue como abrir las puertas del infierno.
Se desgració al ver el mentón afilado, los labios finos, curvados hacia abajo, su nariz recta; ojos azules grisáceos, sin brillo o alma, fijos en ella. Cejas pobladas, fruncidas ante el enojo.
Diminuta y aterrada, balbuceaba incoherencias; aquella penetrante mirada leyó sus pensamientos mientras hundía los dedos en su puso sus manos en el enorme pecho, aunque la fuerza para apartarlo no bastó.
El perro ladraba furioso mientras los jóvenes forcejeaban. De un momento a otro corrió hacia la puerta y rascó el vidrio insistentemente.
—¡Déjame ir!
—¡Mira nada más lo que trajo la lluvia! —siseó él— A mi chica, escondida como una ratita asustadiza.
Trató de empujarlo un par de veces, aunque eso solamente lo enfureció más.
—¡Me haces daño, Joe!
—Oh, deja ya de lloriquear. Si te quisiera hacer daño ya lo hubiera hecho. —Le sostuvo el mentón y la obligó a mirarlo—. Estoy sorprendido de verte por aquí. ¿Desde cuando sales a fiestas?
—Desde que me invitan mis amigas. Es mi derecho de salir donde quiera y con quien quiera.
—¿Derecho? Tu eres una ermitaña, eres incapaz de hacer algo sin que te obliguen. —Ante sus contorsiones, la inmovilizó desde la muñeca—. ¡Deja ya de retorcerte, Chelsea! ¡Te lastimarás tu sola si no te quedas quieta!
—¡Déjame la…!
Él le tapó la boca con su enorme mano, que cubrió peligrosamente la boca y nariz.
—Solo sirves para chillar, bonita, y eso me molesta. —Pareció recordar algo, sonrió de forma siniestra—. Ya que te encuentro por aquí, voy a aprovechar para conversar contigo sin interrupciones. Tengo mucho que decirte.
Joe intentó arrastrarla hacia la pérgola mientras la chica ejercía resistencia.
—¡Pues yo no quiero ni siquiera tenerte cerca! ¡Vete a la mierda!
Carente de paciencia, la zamarreó bruscamente hasta que ella soltó un chillido. Su enorme mano de jugador de futbol americano entonces rodeó la circunferencia de su brazo.
No le quedó otra que ceder a ser arrastrada, mientras él gruñía cual bestia al retomar su marcha.
—Así me gusta, que me hagas caso —se burló—. Lástima que aprendieras eso después de que echaras a la basura un año de relación.
—Hijo de… —Arañó con sus negras uñas el dorso y dedos; no valió en nada. Solo lo oyó rezongar mientras la devolvía a rastras a su anterior escondite—. ¿Por qué haces esto, Joe? ¿Qué mierda ganas?
—Tu respeto y obediencia, eso quiero. No debería costarte entenderlo, ¿verdad?
—Tu nunca tendrás mi respeto después de todo lo que me hiciste. Después de que me encerraras en mi propia casa, me abofetearas o me arrastraras del cabello.
Él se detuvo en seco visiblemente ofendido. Sabía de qué momento hablaba, de qué día y porqué hizo eso. Todo tenía el mismo denominador en común: Dennis Atkins y su fiesta de cumpleaños.
—¿Quieres la verdad? Lo hice por tu bien. Tú andas muy campante por la vida haciendo lo que se te plazca, conmigo eso no existe.
—¿Por mi bien? ¿Tú siquiera te escuchas?
Joe soltó una risita socarrona para luego imitar sus palabras a modo de burla.
—¿Vas a hacer otra escenita patética como esa noche? ¿O seguirás siendo una niñita malcriada? —La respiración entrecortada de ella lo entretenía—. ¿Vas a hiperventilar? Vaya, claramente separarnos fue lo peor que te pudo haber pasado.
Llegaron al apartado; él la empujó contra uno de los sofás para que se quedara quieta.
En el aterrizaje la jovencita se dobló una muñeca y gimoteó de dolor; al voltear, casi que lo vio disfrutar de su desgracia.
—Veras, Chels… Me llegaron rumores de que estás demasiado fuera de tu elemento, y eso honestamente me preocupa. —Se cruzó de brazos. Al enumerar, levantaba sus dedos—. No respondes mis llamadas, ni mis mensajes ni nada. Exijo una respuesta.
El rostro de la joven se retorció por la incredulidad al tiempo en que frotaba su articulación.
—¿Fuera de mi elemento? ¿De qué carajos hablas?
—¿Siempre fuiste tan vulgar y poca cosa? En fin… —Meneó la cabeza. Al volver a mirarla, sus ojos lanzaban reproches—. Tú sabes perfectamente de lo que hablo, Chelsea.
—Ilústrame, porque no tengo ni puta idea de lo que hablas.
Joe encendió las luces del lugar luego de accionar un interruptor en una de las columnas; el brillo la encegueció momentáneamente. A continuación, extrajo su teléfono celular del bolsillo y rebuscó por unos segundos.
—¿Dónde estaba…? Aquí. —Aclaró teatralmente su garganta—. "Parece que Chelsea se está viendo con otro, hombre. En su colegio no se habla de otra cosa". "Vaya si es rápida, hace meses que se separaron y ya anda de paseíto por medio DC". ¿Sigo?
Chelsea no salía de su asombro. ¿Alguien la espiaba?
—Ya entendí a lo que vas. Gracias.
—Perfecto. Como finalmente hablamos el mismo idioma, me vas a decir exactamente con quién: nombre, apellido y escuela. Si lo haces, puede que le haga precio.
—No salgo con nadie más, Joe. Estoy sola, no veo a nadie ni me interesa.
El rubio solto un bufido.
—Estas mintiendo. Me doy cuenta.
—¡Te digo la verdad! Solo trabajo para vivir y cuidar de mis perros, nada más.
—¿Y por qué mentiría mi fuente ultrasecreta?
—Dios mío, ¿es en serio?
—No evadas, respóndeme.
Chelsea exhaló rápidamente.
—Es todo mentira. Tu fuente no solo te miente, sino que te hace enojar por nada.
—¿Y por qué haría eso? Después de todo, la fuente es un buen amigo. Mis amigos jamás me mienten.
«No va a dejarlo ir. Sus ojos lo delatan: va a sonsacármelo a como dé lugar.»
—Pues claramente este sí lo hace. Estoy sola y lo prefiero así.
Joe miró hacia el techo, cerró los ojos e intentó mantener una pobre compostura. Cuando volvió a prestarle atención, portaba un deje de sonrisa.
—¿Sabes? Me irrita mucho cuando haces esto. Me tratas como si tuviera dos años, pero sé que mientes. Es imposible no verlo en tus ojos o en la forma en que te mueves.
Trató de mantenerse fuerte, aunque sabía perfectamente bien que estaba perdiendo la pulseada. ¿Cómo es que él lo lograba? ¿Cómo podía verla entre líneas?
—Te juro por todo lo que más quiero que no lo estoy haciendo. Yo nunca te mentí, menos que menos voy a empezar ahora.
La castaña se cruzó de brazos a modo de pequeña protección. Lo vio apretar la mandíbula y cerrar las manos en puños.
—Ahí vas de nuevo —señaló, con el dedo acusador en alto—. Cuando te cruzas de brazos es porque escondes algo. Siempre lo hiciste, ¿o te olvidas de cuando te confronté por revisar mis cosas? ¿Mi teléfono, por ejemplo?
—Yo no…
—Ahórratelo: podemos hacerlo fácil o difícil. —Dio un paso hacia ella, acortando la distancia que los separaba—. Dímelo todo, me encargo del problema y se soluciona todo en un pis pas. Si no, lo haremos a mi modo.
Chelsea no podía respirar. Sus oídos zumbaban, la cabeza le dolía y le temblaba el cuerpo.
—Vamos, Joe. No seas así.
—Tu no me dejas alternativa, nunca lo haces. —Ella se reclinó contra el respaldo del sofá, pero él no detuvo su marcha—. Te lo voy a dejar en claro: no niegues más sobre haber estado acompañada, que con alguien te ves. Confiesa: ¿con quién fuiste una puta barata?
Tragó saliva en su boca reseca, confundida y sin poder formar oraciones coherentes. Bajó la mirada, derrotada.
—Yo…
Joe soltó una risita.
—¿Tendré que ponerme como policía malo contigo?
—No, Joe. Por favor, no lo hagas.
—Desembucha entonces, niñita. —Estaba acorralada. Se mordió los labios—. O entraré allí dentro y le haré yo las preguntas.
Sus palabras la despabilaron. Chelsea lo miró aterrada, ojos abiertos par a par.
—¿De qué hablas? ¿Hablar con quién?
Joe soltó una risotada cargada de sarcasmo. Se llevó la zurda al rostro, cubriéndose los ojos con media sonrisa dibujada. ¡Había sido tan fácil!
—Oh, lo sabía. Era verdad entonces…
—No sabes de lo que hablas.
—Si que lo sé. ¿Dennis Atkins? ¿En serio, Chelsea? —Se rompió el dique en su interior y comenzó a llorar como tonta—. Siempre supe que él quería algo contigo, podía verlo en sus acciones, pero nunca esperé algo como esto. ¿Tan básica te volviste desde que cortaste conmigo?
—Solo me llevó al baile, no tenía con quien ir. —Elevó la voz, trastornada—. Es mi mejor amigo, tú lo sabes.
—¡No! —Se paró frente a ella y colocó sus manos en cada apoyabrazos—. Ese buitre siempre te andaba atrás. Ahora ya sé porqué. —Sus ojos destilaban rabia y asco—. ¿Te divertiste con él? ¡Responde!
La joven supo en ese instante que lo mataría. Joe era capaz de dejarlo en el hospital si se lo proponía. Con la misma contextura física de su difunto padre, la cólera que empujaba sus movimientos y la capacidad de no sentir remordimiento alguno podría matar a Dennis.
Se tapó los oídos, incapaz de soportar un segundo más su arrolladora presión. Prefería ser ella la que sufriera el huracán destructivo de Joe Dewey.
—¡Yo pedí ir! ¡Es mi culpa! —gritó—. ¡Déjalo fuera de esto!
Se hundió en el asiento, llorosa e indefensa. Abrazó sus piernas frente a Dewey, quien meneaba la cabeza con desaprobación.
—Tanto que costó saber la verdad… —farfulló—. No te costaba nada decirlo en un principio, Chelsea. La mentira tiene patas muy cortas, ¿sabes? —Palmeó su hombro, socarrón—. Te lo agradezco, finalmente me das el pie que necesitaba.
Su tono de voz le heló la sangre. Lo miró aterrada.
—¿Qué vas a hacer?
—No te importa —dijo mientras guardaba su celular—. Volveré por ti en un rato. Quédate en tu sitio.
Echó a andar hacia la casa, decidido y hombros erguidos. El can aullaba contra la puerta; al verlo acercarse irradiando esa pestilente violencia se apartó, tenía echadas las orejas hacia atrás.
Chelsea se levantó como resorte: tenía que evitar a como diese lugar el enfrentamiento. Llegó hasta él y se le paró en frente, puso su diestra contra el pecho masculino.
—No lo hagas, Joe. No aquí, no ahora.
—Debo proteger lo que es mío, ¿no?
Quiso rodearla, sin embargo, ella volvió a detenerlo.
—Déjalo, por favor. No somos nada, él no quiere nada conmigo y yo mucho menos con él. Si realmente me quieres, no lo lastimarás.
Él le sostuvo el mentón, rostro peligrosamente neutro.
—Muy tarde, bomboncito.
La empujó hacia un lado, Chelsea cayó de bruces contra el césped. La mole humana siguió firme en su objetivo, parecía un toro embravecido buscando al torero.
Con el corazón en un puño, se aferró a su bolso mientras se ponía de pie y tomaba una decisión. «Es ahora o nunca.» El pánico brevemente cedió a la resolución, a la acción, siendo esa su única ventana para evitar perder a su gran amor.
Corrió hacia él y se aferró a su brazo, tiró con todas sus fuerzas hacia atrás para hacerlo retroceder. Dewey no esperaba aquella reacción, por lo que miró por sobre su hombro; en sus ojos pudo ver incredulidad y estupefacción. Ella siguió con los dientes apretados, firme, gruñía cual bestia salvaje.
Logró hacerlo retroceder unos cuantos pasos hacia el centro del patio, pero fue lo suficiente para que volteara y fuera hacia ella. La joven saltó hacia atrás, se hizo de unos preciosos centímetros antes de levantar su cartera y dirigirla hacia el rostro de su ex.
Joe esquivó el improvisado proyectil para luego dejar escapar un resoplido: aquel acto de insubordinación lo hizo estallar. Fue directo hacia ella completamente cegado, Chelsea volteó para correr hacia la pérgola, el sudor frío corría por sus sienes mientras se preparaba para lo peor.
Miro sobre su hombro en la carrera: parecía un perseguidor mutante, de esos que su hermana comentó haber sobrevivido en Raccoon City; implacable, una fuerza destructiva que no se detendría ante nada. Podía escuchar sus pesados pasos perseguirla con el objetivo de darle alcance.
Fueron segundos en donde sus nervios estaban hipersensibles, el vello de su cuerpo erizado y la respiración agitada. Llegó a un punto muerto: no había más lugar donde huir.
Era el fin: ahora tocaba aguantar lo peor del tormento.
La enorme mano masculina se cerró sobre su brazo, le arrancó un grito cuando la atrajo contra él y la garra masculina se apoderaba de sus mejillas. Lágrimas escapaban de sus ojos.
—No debiste hacer eso, Chelsea. —Sus dedos se clavaban como dagas, el aliento a cerveza mezclada con hierba era nauseabundo—. Nunca más volverás a hacerme eso. A mí, a tu hombre.
—Eres un monstruo, Joe. —Su boca se movía rápido por la adrenalina—. Un monstruo enloquecido y ciego. Eres un peligro para todos los que te rodean.
Ella arañaba su muñeca con todas las fuerzas que tenía. Líneas rojas se formaban en la pálida piel masculina, Joe no la soltó ni se inmutó. La vena en su frente se había hinchado y parecía latir, tenía la boca tan apretada que sus dientes parecían a punto de estallar.
—Antes de encargarme de Atkins, te enseñaré buenos modales.
Chelsea notó que su cuerpo comenzó a perder fuerza segundo a segundo, apretó sus labios y cerró los ojos. El mundo le daba vueltas mientras la bilis se subía a su garganta. No podía rendirse, no podía perderse en el negro manto de la inconsciencia; sin embargo, la resistencia la abandonaba, bajo la respiración entrecortada de su ex embrutecido.
En el fondo de la mente podía oír los desgarradores aullidos del perro Vizla, quien chillaba aterrado en la distancia. Exhaló una última vez y sus manos colgaron flojas de sus lados.
Perdió finalmente su integridad justo cuando él levantó el puño. Estaba sola, diminuta e indefensa a su merced, igual a la última discusión que tuvieron aquella tarde. No había nadie para salvarla y nadie para defender a su amigo. Todo había acabado.
El mundo se volvió negro. Dejó de sentir, de ser. No era nadie ni nadie era nada para ella. Quizá así se sintiera la muerte.
No supo ni cómo ni cuándo terminó sobre el duro suelo de madera, rodeada por sus amigas quienes revisaban su estado. Abrió los ojos y vio a Delaney bajo el techo de la pérgola, con sus preciosos ojos obsidiana y las calientes manos que le acariciaban la cara. La cabeza le dolía a rabiar, también el rostro y el cuerpo.
Veía desazón en su mirada, aunque estaba mezclada con una furia mordaz al igual que asco. La joven se acomodó tras las orejas el corto cabello negro, olía a una suave colonia femenina.
—Dela…
—Chss, no hables. Estás bien y eso es lo que cuenta.
Sam contaba su pulso sobre la derecha, habiendo acomodado su largo cabello rubio en una coleta. La vio determinada en su papel de enfermera, también atenta a los signos de violencia sobre su cuerpo.
Los recuerdos lentamente volvieron a su mente y la vergüenza la embargó. A lo lejos un grupo de jóvenes habían formado una ronda, daban apoyo en vítores y silbidos a la pelea a puñetazos en el centro. Escapaban de allí gruñidos, insultos y quejidos.
Cerró los ojos por unos segundos, luego movió la cabeza hacia el otro lado. Ally, con su fuerte contextura física, se arrodilló a su lado para impedirle ver la trifulca. Con su pequeño bolso la abanicaba, consternada por el estado de su amiga.
—¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?
—Te desmayaste en el patio de Wood, estábamos en la fiesta y viniste fuera. Apareció él y…
Chelsea abrió los ojos de par a par, aterrada.
—¡Dennis! —Ally y Dela sostuvieron sus hombros—. ¡Lo matará! ¡Dijo que lo haría!
—Cariño, hay que sacarla de este lugar —murmuró Ally a su pareja mientras se echaba sus trenzas tras los hombros—. No es seguro para ella.
—Lo sé, pero Dex…
El aludido soltó un insulto en la distancia, flashes de cámara filmaban su enfrentamiento. Carne impactó contra carne, los asistentes a la pelea soltaron una exclamación y finalmente intervinieron los amigos de los luchadores.
—Si se levanta, que lo haga despacio y sin sobresaltos — acotó Sam, quien daba el visto bueno a sus amigas—. Venga, que las ayudo.
Las cuatro chicas se pusieron de pie. Las tres amigas sostenían sus hombros mientras el anfitrión se entrometía entre los grupos de la pelea. El puñado de jóvenes se miraban desafiantes; Clint, Andrew y John sostenían a un desencajado y amoratado Dennis.
—¡Maldita sea, carajo! ¡Arruinaron la puta fiesta! —exclamó Will "Billy" Wood, desencajado—. Ahora tengo a mis padres al teléfono, que fueron avisados por los vecinos, de que su patio trasero es una maldita batalla campal.
El tumulto soltó algunas exclamaciones negativas al respecto, todos sabían que significaba: a casa antes de tiempo o ser interceptados por la policía.
—Todos ustedes fuera. — Billy Wood señaló a los contrincantes con los índices, luego echó su pulgar hacia atrás—. Arruinaron mi última fiesta antes de la universidad. Váyanse que en veinte minutos aparecerá la policía y mis padres.
Dela suavemente la condujo hacia la puerta corredera; las otras dos chicas le pisaban los talones. Cuando intentó echar una mirada por sobre su hombro se llevó una reprimenda de su amiga.
—No, C. —murmuró la morena, firme—. Ya vendrá. Lo esperaremos en el jardín, cerca del coche.
Chelsea asintió, aún conmocionada y desorientada. Creyó flotar cuando aguardaban en la acera, a unos metros de la casa Wood. Se aferraba a las chicas, quienes la abanicaban con sus pequeños bolsos y repetían que todo iría bien.
¿Cómo iba a estarlo si su examante y mejor amigo aún no aparecía? Vieron cúmulos de jóvenes salir, pero ninguno de ellos eran Dennis o sus amigos. Los segundos pasaban y su ansiedad aumentaba.
Para colmo de males había perdido su cartera, por lo que estaba incomunicada y sin las llaves de la casa. Lo que al inicio aparentaba ser una buena noche acabó siendo peor que una pesadilla.
Cuando era reprendida por Ally por preguntar por enésima vez si sabían algo de Dennis, susodicho apareció caminando con los otros tres chicos detrás. Las farolas de la calle iluminaban un rostro ensangrentado y amoratado, aunque solemne al encontrarse con las muchachas.
Chelsea no reprimió un gemido lastimero al verlo: su estado era deplorable. Su camiseta polo estaba rota en el cuello, el pantalón sucio y tenía varios cortes en la piel. Lo único rescatable era que tenía su accesorio en la mano, intacto, cosa que la sorprendió.
Por más que quisiese echarse en sus brazos y llorar amargamente contra su pecho, se contuvo. A su pesar debía guardar las apariencias. No intercambiaron palabras ni comentarios, solo se introdujeron en los coches con los que llegaron (las chicas se fueron en un mono volumen familiar) y emprendieron la huida.
Fue conducida a su casa por Clint en su flamante coche rojo de cuatro puertas. Aovillada y en silencio, trataba de mantener sus marcas ocultas de la mirada del muchacho Atkins. Sabía que la miraba por el rabillo del ojo, no obstante, no tenía fuerzas suficientes para hablar del tema. Solo quería volver a casa.
Dentro del automóvil no se dijo ni media palabra: estaban ciertamente consternados por lo sucedido. Las visuales, los alaridos e insultos flotaban en las mentes mientras la ciudad discurría por fuera, tranquila y oscura.
La castaña se encerró en sí misma. No quería recordar la violencia sufrida, mucho menos frente a los amigos de Dennis. Ellos no sabían ni entendían lo complicada que era su situación con Joe, y no les explicaría en media hora de trayecto.
Bajó en su casa, la vergüenza que la envolvía era tal que no pudo siquiera saludar a los demás. Llevaba medio camino hecho cuando oyó una puerta cerrarse. Sobre su hombro vio a Dex rodear el coche y acercársele; hizo un gesto con la mano para indicarle a sus colegas que se fueran, y a continuación rodeó sus hombros e ingresaron a la morada.
Dentro de la misma, Chelsea se movió como un autómata: asistió a sus mascotas y se deshizo de sus accesorios. Hizo caso omiso a la dura mirada color zafiro detrás de sí, quien se quitaba la camiseta y evaluaba sus daños.
El muchacho se quedó quieto por un momento, ella se movía sin inmutarse. Una desconexión absoluta con lo sucedido, como si todo fuese un mal sueño o un evento de meses atrás. Al muchacho lo sacudió una oleada de irritación al igual que inquietud ante la actitud de su amiga.
Antes hubiera gritado a los cuatro vientos ante la indignación que la carcomía; ahora, sin embargo, era sumisa a su situación, casi como si aceptara que era lo que merecía.
Era obvio que quería enterrarlo bajo la alfombra, algo que él no debía permitir. Chelsea volvió de la cocina con unas botellas de agua, le tendió una al joven y éste para ella y su amigo, quien no pudo aguantar su disconformidad.
—Demonios, Chelsea. —La aludida se quedó inmóvil, rostro de póquer—. Di algo, por Dios. Grita, enójate o lo que sea. Tu solías hacer eso, ¿por qué ya no?
Ella se quitó los aretes y dio un sorbo a su botella. Negó suavemente.
—No es necesario.
—Sabes que lo es, no te lo calles. No le des la satisfacción de tu silencio.
—Ya está, Dennis. ¿De qué sirve gritar ahora?
Tras sus ojos vidriosos ámbar no vio más que pasividad. Dennis no pudo controlarse.
—¡Maldita sea! —exclamó, mientras arrojaba su camiseta ensangrentada al suelo; la chica se sobresaltó—. ¡No puedes seguir como si nada, joder! Mucho menos después de esta noche y de lo que te hizo. —La señaló con sus manos—. ¡Tan solo mira cómo te dejó!
Lo vio pasarse una mano por el cabello sucio y enmarañado; tenía algunos restos de verde césped en él. Chelsea pudo ver cómo trataba de calmarse para no azorarla.
—Lo siento, de veras que lo hago. No debí haberte metido en esto.
—¿Eso es todo? ¿Te vas a disculpar por algo que él hizo? —Señaló el vestido manchado de tierra y verdor—. No puedes fingir que eso fue tu culpa o que no sucedió. O que fuiste tú la causa de las marcas en…
El muchacho guardó silencio, apretando sus puños y cerrando los ojos. Sufría por ella, por lo que otro le hizo. Chelsea bajó discretamente la mirada: su vestido favorito estaba arruinado; ya no podría usarlo por las implicancias emocionales que tendría a partir de allí.
Igual a su camiseta floreada favorita, o la que tenía inscripciones en francés. O los pantalones tipo Oxford que iban tan bien con zapatos bajos, como también la negra falda plisada… Soltó un suave suspiro.
—Ya está, ya paso. —Depositó su botella en la mesita de café—. Eso ya no importa, pero tus heridas sí. Siéntate en el sofá que te limpiaré un poco. Ya vuelvo.
Su amigo obedeció a regañadientes; se refugió momentáneamente en la soledad de su baño y exhaló silenciosamente. Mientras rebuscaba su botiquín de primeros auxilios evitó mirarse al espejo, donde vería a la otra chica. Una impostora con el maquillaje corrido y la mirada apagada. Pese a que el cuerpo era de Chelsea Vickers, su mente no lograba procesar la información.
No era ella misma, sino una muchacha frágil, inútil y patética. Un pensamiento surcó su mente: Joe siempre tuvo la razón.
Bajó la vista y cerró la puerta del mueble espejado. Fue por un poco de hielo para las magulladuras propias y del mentón de su amigo.
Cuando retornó con él, lo vio observando sus manos temblorosas en silencio. Absorto, no se dio cuenta de su vuelta. Ella levantó su mentón suavemente y comenzó su trabajo con manos trémulas. Procuró mantener una pobre compostura, a modo de último acto del día que si podía controlar.
—Este corte es algo profundo —musitó, dando golpecitos con un algodón embebido en desinfectante sobre la ceja—. No creo que necesites puntos, pero vas a tener que limpiarlo por unos días. —Cogió un paquete blanco y una cinta gruesa—. Te pondré una gasa, límpiatelo mañana en la mañana otra vez.
Dennis gruñó, el hielo contra su mentón.
—Gracias, enfermera.
Con un paño húmedo, le quitó tierra y mugre de las mejillas.
—Cuando te duches usa jabón blanco para el rostro. Haz espuma y límpiate los rasguños.
Asintió, ceño fruncido.
—No respondiste mis mensajes cuando estabas fuera —la reprendió—. Lo había visto bajar del segundo piso, y desde ese instante supe que habría problemas.
Ella evadió ágilmente su reprimenda; con delicadeza, levantó su barbilla y estudió otra herida.
—Estaba ocupada, perdóname.
—Podría haberte defendido en ese patio de porquería. Podría haber hecho más.
—Lo sé, lo siento. El corte del labio se ve limpio. En unos días estarás como nuevo. —Él sostuvo su muñeca—. Para los moretones no hay más que poner hielo y esperar.
—Detente, por favor.
—Quiero ayudarte como tú quisiste conmigo.
—Se que sí, pero ahora quiero que te quedes quieta y dejes de ignorar lo que sucedió. Te lo pido encarecidamente.
—Lo hecho, hecho está.
—No, C. No lo empujes lejos, mucho menos esto que pasó. —Le sostuvo la mirada, preocupado—. Te tenía agarrada de la cara. Parecía que te iba a levantar del suelo por cómo te sostenía.
—D: no exageres.
—Si, Chelsea, sí. Tenía el puño en alto, estaba listo para golpearte. —La voz se le quebró. Ella soltó el algodón sobre la mesa y le dio la espalda—. Lo vi con mis propios ojos. Los chicos lo vieron y…
—Basta, Dennis.
—No. Esta vez fue un paso más allá. Una cosa son las amenazas y las falsas promesas, pero esta vez cruzó la línea. Pide ayuda.
Dentro suyo estalló la represa. La joven no contuvo su enojo ni tampoco su frustración.
—¡Te dije que lo dejes estar! ¡Basta!
—¡No puedo ni lo haré! Mi mejor amiga fue atacada por ese psicópata, ¿y me pides que me quede callado? —Se puso de pie, inquieto—. Esto supera todo límite, estoy más aterrado por tu seguridad de lo que estás tú. —Se mordió los labios—. ¿Y si vuelve mañana a terminar lo que interrumpí? ¿Y si…?
No pudo continuar la frase. Ambos sabían a lo que se refería, pero ninguno fue suficientemente valiente como para decirlo.
—Ya está, pasado más que pisado. No volverá a aparecer por un tiempo, y menos después de la paliza que le hiciste tragar. —Le temblaba la voz y se abrazó a sí misma—. Ya le diste su merecido y estoy a salvo. Que se vaya a la mierda.
—Chels: no puedes enterrar esto y seguir como si nada. Él no lo va a hacer, lo vi en sus ojos. Te juro por Dios que lo vi, tan claro como el agua.
No pudo continuar, preso de una fuerte conmoción.
Tras el celeste hielo de los ojos de Joe Dewey, Dennis no vio más que rabia y desprecio. Quería… venganza, como si necesitase retribuirse por una falta en su contra. No había alma ni empatía, tampoco pena o vergüenza por haberle intentado dar un puñetazo a su ex.
Nada. Solo furia y deseo de revancha. Desde que los separaron se dio cuenta que la situación ya no sería como antes, sino que escalaría hasta límites insospechados.
Chelsea sabía perfectamente bien que él tenía razón, pero el peso de su relación con Joe era tal que le resultaba extremadamente abrumador.
Estaba atrapada entre sus redes y no podía salir. Ella lo sabía. Dennis lo sabía. Desvió la mirada e intentó evitar los penetrantes ojos zafiro. Sus palabras eran un murmullo apenas audible.
—D, no quiero que sigas preocupándote por esto. Esto es algo que resolveré a mi manera cuando sea posible, pero mientras tanto todo acabó. —Apretó los labios y continuó—. Lo de más temprano ya terminó, quedó atrás. El resto es mi problema y como tal me toca resolverlo a mí. Por favor, entiéndeme.
Volvió a tomar el algodón con dedos temblorosos y la mente nublada por la angustia que la consumía.
—Solo deja de insistir. ¿Puedes hacerlo? —Movió su rostro a un lado; él negó suavemente—. Seguir con esto no hará que cambie lo que pasó. Si me quieres, déjame a mi hacer las cosas.
Cesó la conversación, cada uno sumido en sus demonios. La joven esperaba que con esas palabras la dejase en paz, ya bastante humillación sentía de sí misma por haber vuelto a soportar los embistes de su ex.
Debía alejarlo para preservar su vida. Ese era el mejor regalo que podría hacerle para que no arruinase su vida enfrentando a un violento como Joe. Era la forma en que ella le demostraba su preocupación, afecto y amor, aunque Dennis no lo supiese ni lo entendiese.
Él lo hacía en base a rogarle que no se quedara de brazos cruzados; ella lo hacía en base a enfrentar el atropello de Joe, cuidando de su amigo.
Era su problema, y como tal, lo enfrentaría por su cuenta.
