Un Lobo Acorralado/R


La escena era caótica y cargada de tensión. Shepard mantenía su mirada fija en la lucha que se desarrollaba frente a ellos. A un lado, un turiano, ágil y experimentado, hacía lo posible por esquivar los ataques de un coloso con una armadura que parecía más una fortaleza móvil que un equipo de combate. El titán no solo era imponente por su tamaño, sino también por su velocidad y precisión, características que resultaban alarmantemente incompatibles con su corpulencia.

El metal relucía bajo la tenue luz del cielo de Edén Prime, y cada movimiento del gigante hacía crujir el suelo bajo sus pies. Su destreza era casi inhumana. El turiano, por su parte, no se dejaba vencer fácilmente; sus movimientos eran rápidos y calculados, pero cada vez parecía más obvio que estaba siendo superado.

Shepard no podía apartar los ojos de la escena, su mente debatiéndose entre la necesidad de intervenir y la incertidumbre de quién era realmente el enemigo en esta situación.

—¿Comandante, qué hacemos? —preguntó Kaidan, su tono cargado de urgencia. Shepard sintió el peso de la pregunta como si fuera un proyectil directo a su pecho. La indecisión era algo que rara vez experimentaba, pero esta situación era diferente.

El comentario de Ashley llegó con un matiz de confusión y alarma.
—¿Abrimos fuego al hombre de hierro? —preguntó, aunque sus palabras parecían carecer de verdadera convicción. Su mirada estaba fija en el gigante, claramente luchando con el hecho de que este había sido su salvador momentos antes.

Shepard respiró profundamente, tratando de evaluar la situación. Frente a ellos, el combate se inclinaba a favor del coloso. Sus movimientos eran certeros, cada golpe dirigido con una precisión quirúrgica. Finalmente, un puñetazo aterrizó en el rostro del alienígena, enviándolo al suelo con una fuerza brutal. El impacto resonó en el área, y el turiano quedó tendido, su cuerpo inmóvil y su respiración entrecortada.

La pelirroja apretó los puños. Las implicaciones de lo que estaban presenciando eran demasiadas para ignorarlas. Este hombre, si es que lo era, no era una amenaza cualquiera. Era algo completamente diferente, un factor inesperado en una misión que ya de por sí estaba fuera de control.

—Kaidan, Ashley... no disparen —ordenó finalmente Shepard, sus palabras firmes y calculadas. Se dio cuenta de que, en ese momento, tomar una decisión apresurada podría tener consecuencias desastrosas. La incertidumbre era palpable, pero no podía permitir que el caos tomara el control.

Con la duda aún clavada en su pecho, preparó el rifle de francotirador y ajustó la mira, fijándola en el soldado de pie. El gigante alzaba una cuchilla, claramente dispuesto a rematar al turiano tendido a sus pies.

«Dos heridos son mejor que un muerto», pensó mientras sostenía la respiración, ajustando el arma con un pulso firme. A través de la mirilla, el guerrero parecía una majestuosa escultura, cada movimiento cargado de propósito y poder.

Apretó el gatillo.

El retroceso golpeó su hombro, y el zumbido del disparo resonó en sus oídos mientras el humo se disipaba. Sus ojos se clavaron en la figura del gigante, esperando el impacto.

Nada.

La bala se detuvo en seco, apenas un roce contra la armadura del coloso. Ni siquiera su barrera cinética se activó; el disparo no había sido más que un toque insignificante en su hombro.

El gigante giró su cabeza con precisión inhumana hacia la fuente del disparo. Su visera, marcada y oscura, parecía perforar el alma de Shepard, quien tragó duro mientras un escalofrío que nunca antes había sentido recorría su columna vertebral. Fue un momento primitivo, un instinto que le gritaba peligro.

—Shepard... creo que...Dios...—Kaidan titubeó mientras el gigante comenzaba a caminar hacia ellos con pasos deliberados.

La comandante sintió el terror apoderarse de su cuerpo, pero sabía que su equipo dependía de ella. Guardó el francotirador y desenfundó su pistola, sus dedos tensándose alrededor del gatillo.

—Escuchen —ordenó, su tono firme pese a la presión que sentía— Tendremos que enfrentarnos a él, pero manténganse juntos. Si él solo pudo con un espectro, la amenaza que supone es enorme. Tendremos que hacerlo rápido, los geth estarán a punto de llevarse la baliza—

Dirigió su mirada hacia Williams, quien se mantenía en silencio, su expresión marcada por la confusión y la frustración.

—No importa si antes nos ayudó, ahora solo es un asesino que obstaculiza una misión directa del Consejo y la Alianza. ¿Entendido?—

Kaidan asintió, y Williams, después de un instante de vacilación, murmuró una maldición antes de prepararse junto al grupo. Cada uno tomó posiciones estratégicas, cubriendo los puntos ciegos del otro mientras esperaban el enfrentamiento inevitable.

El silencio que los rodeaba se hizo pesado, interrumpido solo por el sonido de la turbia brisa del planeta y las pisadas metálicas del coloso que se acercaba tras las coberturas. Cada paso resonaba con el peso de kilos de metal, músculo y hueso.

Shepard se tensó, deseando, aunque fuera por un instante, que lo que había bajo esa armadura fuera algo mortal.

El deseo, la sed y el hambre de muerte comenzaron a aflorar como una tormenta que amenazaba con desbordarse. Sentía su antebrazo arder, un dolor punzante que se intensificaba con cada paso que daba hacia los soldados que osaron dispararle. La cuchilla, Azrael, parecía viva, un ser propio que susurraba en los rincones de su mente.

—¿Es venganza lo que buscas? No...—murmuraba una voz oscura en su interior— Quieres más que eso. Mátalos. Destruye sus frágiles cuerpos. Dame de beber su sangre—

Seis se detuvo en seco, sobresaltado por el torrente de pensamientos que no eran suyos, pero que sentía como si surgieran de lo más profundo de su ser. Cerró los ojos bajo el casco, respiró hondo y canalizó toda la disciplina que años de entrenamiento como Spartan le habían inculcado. Era un soldado, no un monstruo.

Con un suspiro largo, su voz resonó suave pero firme:
—Dot...—

La figura de la IA se materializó, su forma translúcida y vibrante llenando un poco el vacío que sentía. Por un breve momento, las facciones del hombre se relajaron. Si alguien lo hubiera visto, habría pensado que estaba al borde de una sonrisa.

Ella lo observaba con intensidad, sus ojos llenos de una preocupación palpable. Aunque no era más que un programa, había cambiado tanto desde aquel día fatídico en Reach que hasta su forma de interactuar parecía haber adquirido una humanidad inusitada. Sus dedos virtuales se movían ansiosamente, jugueteando entre ellos en un gesto nervioso.

—¿Seis? —preguntó, su voz rompiendo el silencio cargado.

Él no respondió de inmediato. Sus pensamientos seguían atrapados en la maraña de emociones que lo atormentaban. Su mirada permaneció fija en las manos de Dot, en sus gestos, y sintió una punzada en el pecho al recordar cuánto habían cambiado ambos. Las pérdidas, las luchas, todo lo que habían atravesado había dejado marcas indelebles, incluso en algo tan intangible como ella.

—¿P-puedes hablar, por... favor? —insistió Dot, su voz temblando ligeramente, como si sintiera su lucha interna.

El silencio del lugar era sofocante. Solo las respiraciones irregulares y tensas de los tres soldados delante de él rompían la calma, un sonido que lo irritaba profundamente. Esa irritación crecía, alimentando las voces que querían más, que exigían más.

El cerró los ojos nuevamente, intentando encontrar algo de paz en medio de ese caos interno. Las voces en su mente le susurraban, insistiendo en que acabara con ellos, que silenciara sus miedos para siempre. Pero la presencia de Dot lo anclaba, al menos por ahora.

Al abrirlos nuevamente con lentitud, fijo su mirada en los soldados que se escondían tras su cobertura, sus armas listas pero sus cuerpos traicionando el miedo que sentían.

—No voy a perderme, Dot —murmuró, su voz apenas un susurro, como si tratara de convencer a algo más profundo que él mismo.

Ella lo miró, sus ojos cargados de preocupación, pero no respondió de inmediato. Sabía que algo no estaba bien, pero no comprendía del todo qué estaba sucediendo en su interior. Finalmente, con un asentimiento lento y vacilante, desapareció, dejando que enfrentara su lucha interna en soledad.

Pero esa soledad fue un error.

Los susurros volvieron, con más fuerza y claridad que antes, resonando en su mente como un coro oscuro que se burlaba de su resistencia.

—Obedece, criatura orgánica...—La voz era grave, casi burlona, impregnada de una autoridad que no admitía desafío— La ingenuidad de tu tipo solo me fortalece, justo como lo hicieron a quienes llamas Forerruner. El inicio y final de tu existencia convergen en mí. Ahora... soy tu amo—

Seis se tambaleó ligeramente, apretando los dientes mientras el ardor en su brazo se intensificaba hasta convertirse en un fuego abrasador.

—Sucumbe a mi...forma parte del ciclo...— aquella voz murmuro como un gruñido de una bestia en las penumbras. Al bajar la mirada hacia su antebrazo y lo que vio lo llenó de horror: la corrupción de Azrael se había extendido más. La mitad de su brazo estaba cubierta por un metal negro, brillante y aberrante, que parecía palpitar como si tuviera vida propia. La textura de su carne había desaparecido, reemplazada por un material que reflejaba su casco distorsionado.

—No... no otra vez... —murmuró con desesperación, tratando de recuperar el control mientras las voces aumentaban su intensidad, como si se deleitaran en su sufrimiento.

Un grito desgarrador resonó en su mente, como si un millón de almas estuvieran siendo consumidas a la vez. El sonido hizo que cayera de rodillas, su visión nublada por el dolor y el miedo.

—¡FUERA... FUERA! —gritó con toda la fuerza que pudo reunir, pero su voz no era más que un eco ahogado ante la presencia imponente de Azrael en su mente.

El calor en su brazo se volvió insoportable, y sintió que el metal negro intentaba extenderse aún más, como si buscara reclamar el resto de su cuerpo. Su respiración era errática, su corazón latía con una fuerza casi dolorosa, y la sensación de perderse, de ser consumido por algo más grande que él, lo invadió por completo.

—Seis... ¡Seis, responde! —La voz de Dot irrumpió en su mente, fuerte y clara, como una luz que perforaba la oscuridad. Su figura volvió a materializarse en su visera, sus ojos amplios y llenos de pánico—¿Qué está pasando? ¡Seis, háblame!—

Pero no podía responder. Las voces lo dominaban, arrastrándolo más y más hacia el abismo.

Dot, desesperada, continuó manipulando los sistemas de la armadura, profundizando en cada rincón de los registros y sensores, buscando cualquier pista sobre cómo detener lo que estaba sucediendo. Sus cálculos y análisis se volvieron frenéticos cuando los datos comenzaron a pintar un cuadro aterrador: el metal negro no solo estaba interfiriendo con el sistema nervioso, estaba asimilándolo, integrándose en su cuerpo y mente como si intentara convertirse en parte de él.

—¡Es Azrael! —exclamó, su voz cargada de urgencia y desesperación— ¡La espada está intentando controlarte de nuevo!—

Seis, tambaleándose, trató de aferrarse a un fragmento de claridad en medio del caos. Apretó los puños, el negro de su brazo brillando con un resplandor ominoso mientras sentía cómo su voluntad flaqueaba.

—Dot...—logró murmurar, su voz cargada de esfuerzo y desesperación —No puedo...mantenerlo...—

La figura de su compañera se proyectó frente a su visera, inclinándose hacia él, como si pudiera tocarlo. Sus ojos estaban llenos de una determinación desesperada.

—¡Sí puedes, Seis! —le gritó, su voz resonando con una intensidad que nunca antes había mostrado— ¡Escúchame! Esto no eres tú. Has luchado contra cosas peores. Has sobrevivido a lo que nadie más podría. No voy a dejar que pierdas esta pelea, ¿me oyes?—

Las palabras de Dot atravesaron la niebla de su mente como un cuchillo afilado. Por un instante, la oscuridad retrocedió, pero solo para dar paso a algo peor. Un dolor indescriptible explotó en su brazo, un calor abrasador que subió como un torrente hacia su cabeza.

La sensación de ser desgarrado desde dentro lo hizo caer de rodillas. Dot, en una maniobra desesperada, había cortado los nervios que conectaban su brazo derecho con el resto de su cuerpo, aislando la corrupción de Azrael para evitar que se propagara. La decisión, rápida pero calculada, lo había salvado de ser completamente consumido, pero el precio fue brutal.

Un grito desgarrador escapó de Seis, resonando en la desolación a su alrededor mientras el dolor atravesaba cada fibra de su ser. Se desplomó de rodillas al suelo, jadeando y temblando

El grito desgarrador que resonó en el aire fue como un disparo en el corazón de todos los presentes. Shepard, Williams y Kaidan se miraron por un instante, congelados ante el sonido. La figura del gigante, arrodillado, parecía más un demonio derrotado que un soldado invencible. Humo negro se alzaba de su brazo derecho, donde la extraña placa de metal ennegrecido brillaba con un resplandor opaco y ominoso.

—Por Dios santo...—murmuró Williams, su rostro reflejando una mezcla de asombro y horror al ver cómo la criatura se sujetaba el brazo con una mano temblorosa, su cuerpo encorvado como si estuviera siendo aplastado desde dentro.

Alenko rompió el silencio, su voz cargada de urgencia y miedo.
—¡Hay que matarlo! Seguro fue tu disparo. ¡Se puede matar! ¡Shepard, reacciona! —Dicho esto, buscó nuevamente su arma, pero antes de que pudiera apuntar, la pelirroja levantó una mano y lo detuvo con un grito.

—¡Detente! —La fuerza en su tono logró acallar la situación por un momento. Su mirada era firme, pero bajo esa máscara de autoridad, su mente estaba inundada de dudas. Tragó con dificultad y añadió — Acerquémonos a él. Estuvo retorciéndose todo este rato, y no por mi disparo...—

Kaidan frunció el ceño, inseguro, pero obedeció. Apretó los labios en una mueca de frustración, ajustó su arma y siguió los pasos de Williams, quien ya había comenzado a moverse cuesta abajo hacia la figura encorvada, mucho mas ilusionada y contenta por la decisión tomada.

Shepard suspiró, una exhalación pesada que parecía contener todos los temores que estaba intentando reprimir. Sus dedos temblaron al apretar el mango de su pistola, su mente debatiéndose entre la lógica y el instinto. Por un lado, sabía que este hombre, si es que realmente era un hombre, era una amenaza de proporciones incalculables. Pero, por otro lado, había algo profundamente humano en su postura, en la forma en que parecía estar luchando contra un dolor que ningún ser vivo debería soportar.

La comandante avanzó, manteniendo su arma lista, pero con el dedo fuera del gatillo. El terreno irregular dificultaba sus pasos, pero la distancia entre ellos y el Spartan disminuía rápidamente. Cada metro que se acercaban intensificaba la sensación de peligro, como si estuvieran entrando en la guarida de un depredador herido.

Al llegar a unos pocos metros, levantó su puño, deteniendo a sus compañeros. El soldado seguía en la misma posición, inmóvil salvo por el aliento pesado y irregular que se filtraba a través de su casco. El humo de su brazo había comenzado a disiparse, pero las quemaduras en la placa negra eran claramente visibles, una mancha oscura y corroída que parecía estar viva.

Alenko levantó su rifle, apuntando directamente al casco del extraño. Su voz era baja, pero firme.
—Esto es una mala idea, Shepard. Está débil ahora. Es nuestra mejor oportunidad para acabar con él—

—No hasta que sepamos qué está pasando —respondió, sin apartar los ojos del soldado arrodillado. Dio un paso más cerca, apenas unos metros lo separaban de él ahora. Su voz se suavizó un poco, aunque mantuvo su tono autoritario— ¿Puedes oírme? No queremos luchar—

El silencio que siguió fue insoportable. La pelirroja podía sentir cómo el sudor frío corría por su nuca mientras esperaba una respuesta. Por un instante, pensó que quizás estaba inconsciente, o peor aún, muerto. Pero entonces, el Spartan levantó lentamente la cabeza.

La visera de su casco reflejaba la luz tenue del ambiente, pero más allá de eso, no se podía distinguir ninguna emoción en su postura. Solo su respiración pesada rompía el silencio.

El aire alrededor era denso, casi tangible, como si la misma atmósfera pesara más tras el terrible episodio que acababa de experimentar. De rodillas, con el aliento entrecortado, intentaba recuperar la compostura mientras sentía cómo el dolor latente de su brazo se mezclaba con la fría realidad que Dot acababa de exponer.

—Destruí los nanobots infectados y tuve que fragmentar tu brazo del resto de tu cuerpo. Así que no podrás usarlo correctamente. Perdón—La voz de Dot sonaba carente de emoción, pero conocía bien esa entonación. Era la preocupación disfrazada de racionalidad, el equilibrio entre la lógica y la culpa de lo que había hecho para salvarlo.

Su visión, borrosa hasta ese momento, comenzó a aclararse lentamente. Parpadeó varias veces antes de mirar hacia abajo, hacia su brazo. Desde el exterior, parecía intacto; el metal negro permanecía frío y rígido, como un miembro perfectamente funcional. Pero él sabía la verdad. Por dentro, estaba muerto.

—Me salvaste —Las palabras de Seis resonaron en el aire, apenas un murmullo, mientras su mirada permanecía fija en la extremidad inútil. Había gratitud en su tono, pero también una pesada resignación. Sin que el lo notara, aquel grupo de soldados se había acercado, las botas resonando levemente sobre el terreno desigual. Uno de ellos, un hombre de porte firme y mirada desconfiada, lo apuntaba con su arma, listo para reaccionar al menor movimiento sospechoso. Parecían estar esperando algo, quizás una respuesta o acción que él no había escuchado.

Sus pensamientos se interrumpieron bruscamente cuando una voz familiar rompió el silencio.

—¡Ey! ¿Spartan, me recuerdas? —La pregunta lo sacó de su ensimismamiento. Giró la cabeza, y su mirada se encontró con la figura de una mujer de armadura blanca. Era inconfundible.

—Sí, eres la soldado Williams.—Su tono era neutral, casi distante, mientras intentaba ponerse de pie. Sin embargo, el peso inútil de su brazo, sumado al cansancio que estaba comenzando a afectarlo gravemente, lo desequilibró, obligándolo a apoyarse torpemente en la rodilla.

—Wow, tranquilo. Déjame ayudarte. —Ashley avanzó con rapidez, extendiendo una mano para estabilizarlo. Sus movimientos eran decididos, pero su expresión delataba una mezcla de asombro y respeto— Te vi pelear con ese turiano. Eres un bastardo duro, en serio—

Seis arqueó una ceja ante el comentario, pero antes de que pudiera responder, ella pareció darse cuenta de su falta de tacto. Bajó la mirada, claramente incómoda, y corrigió con un leve rubor en las mejillas.

—Disculpe, señor —Su tono era más formal ahora, intentando recuperar compostura.

Antes de que pudiera decir algo, otra voz surgió desde detrás de Ashley. Era firme, con un tinte de precaución evidente.

—¿Es seguro? —La pregunta vino del hombre de armadura oscura que lo había estado apuntando todo ese rato. Se acercaba, acompañado de una mujer alta cuyo porte reflejaba autoridad y confianza. Ambos evaluaban la situación con miradas calculadoras.

—Sí, Kaidan, es seguro. —Respondió la de blanco, girándose hacia ellos. El hombre, que claramente respondía al nombre de Kaidan, seguía observándolo con cautela. Fue la mujer quien habló a continuación, su tono directo y sin adornos.

—Perdón por lo de antes, pero no transmite mucha confianza ver a alguien peleando con un turiano y el cuerpo de un espectro tirado al lado —Sus palabras llevaban un peso implícito, dejando claro que esperaban una explicación.

Seis enderezó la espalda con esfuerzo, enfrentando las miradas inquisitivas. Su voz salió áspera y cargada de cansancio, como si cada palabra trajera consigo el peso del recuerdo.

—¿El alien? Sí, estaba por matarlos a los dos por sorpresa, pero el del brazo raro disparó al de rojo —Sus ojos se oscurecieron al recordar la escena— Así que preferí hacerlo sufrir por traidor—

Un silencio tenso cayó sobre el grupo. Ashley miró al hombre de armadura oscura, como si buscara una reacción bajo su casco, mientras Shepard fruncía ligeramente el ceño, procesando la información. Fue Kaidan quien rompió el silencio con un tono incrédulo —¿¡Qué?! —La sorpresa se reflejaba en su rostro mientras sus ojos se estrechaban, buscando una mentira en las palabras de Seis. Manteniendo su arma ligeramente levantada, no dejo de esperar por algún movimiento en falso.. Sus ojos escudriñaban al Spartan, como si buscara un mínimo indicio de mentira en su relato. Finalmente, rompió el silencio con un tono duro.

—¿Cómo sabemos que esto es real? Podría ser mentira.

La tensión en el aire era palpable. Seis no se inmutó, pero su postura, aunque controlada, denotaba una alerta constante. Con un leve gesto de su cabeza, señaló hacia donde habían quedado los alienígenas.

—Tengo a alguien que puede corroborar lo que dije —Su voz era firme, sin un atisbo de duda— Cuando derroté al "turiano", vi a un hombre escondido entre las cajas. Él les puede confirmar lo sucedido—

La líder del escuadrón, Shepard, lo observó con intensidad antes de retirar su casco. Su cabello rojo, recogido de manera práctica, enmarcaba un rostro que irradiaba autoridad y determinación.

—Espero que no mientas. —Su voz era fría y calculada mientras levantaba una pistola compacta, apuntándole brevemente antes de hacer un gesto con la mano para que avanzara.

El levantó las manos lentamente por encima de su cabeza, acatando las órdenes. Aunque sabía que las armas del escuadrón eran insignificantes frente a su equipo, entendía que cualquier movimiento en falso podría empeorar la situación.

—Sabes que sus armas no son rivales, pero mantente dócil. Es probable que ellos también lo sepan —La voz calmada de Dot resonó en su oído, casi burlándose.

Mientras caminaban hacia el lugar señalado, los sentidos agudizados de Seis captaron algo que el equipo de Shepard no había notado aún: la respiración agitada de alguien entre las cajas, mezclada con el nervioso tamborileo de dedos en un arma.

Llegaron finalmente al área, pero solo encontraron el cuerpo de Nihlus. Los restos del turiano yacían en el suelo, inmóviles. La soldado Williams fue la primera en reaccionar.

—Desapareció el del brazo extraño—Su tono era una mezcla de alerta y frustración mientras inspeccionaba el área.

Entonces, de repente, una figura humana emergió de entre las cajas, tambaleándose ligeramente.

—¡Ah! ¡Esperen, no disparen! —exclamó el hombre, alzando las manos en señal de rendición.

Los soldados del comandante reaccionaron de inmediato, apuntando sus armas hacia él. La tensión escaló rápidamente, pero antes de que alguien pudiera tomar una decisión, una serie de explosiones sacudieron la estructura. El suelo vibró bajo sus pies, y el sonido ensordecedor llenó el aire.

—Shepard, comenzaron a destruir el lugar. —La voz grave del Spartan interrumpió el momento. Sin esperar permiso, tomó su magnum de su cinturón magnético.

El gesto fue suficiente para que el biótico levantara su arma y lo apuntara directamente, seguido por el resto del escuadrón.

—¡Wow, wow! ¡Quieto! —advirtió Kaidan, con un tono que apenas escondía su nerviosismo.

—Debo detener las explosiones. — Su voz no temblaba. Hablaba con la seguridad de alguien que ya comprendía las consecuencias de no actuar — Podría haber personas en el radio de explosión. Soy más rápido—

Shepard lo observó detenidamente, evaluando sus palabras. Finalmente, apretó los dientes y asintió brevemente, bajando su arma.

—Vete. Nos aseguraremos de interrogar al hombre y te apoyaremos si realmente estás de nuestro lado.

Seis no perdió tiempo. Asintió una sola vez y comenzó a correr hacia el origen de las explosiones. Perdiéndose de la vista del equipo en pocos segundos. Al acercarse al borde de los raíles, extrajo el modulo de propulsión del Nexus-X, tomando impulso mientras el dolor de su brazo inutilizado intentaba imponerse. Consumió un estimulante rápidamente para suprimir la sensación y continuar.

Mientras tanto, Shepard se giró hacia el hombre que había emergido de las cajas. Su tono era firme pero calmado, diseñado para desarmar cualquier resistencia.

—Bien, ya que el Spartan se fue, necesitamos saber qué pasó con los turianos. —El hombre la miró, todavía tembloroso, pero la tranquilidad en su voz pareció calmarlo.

—Somos de la Alianza — dio un paso adelante, presentándose— Comandante Jane Shepard, puedes confiar en mi —

El hombre tragó saliva, observó al resto del escuadrón y finalmente asintió.

—Está bien... les diré lo que pasó. —Su voz temblaba, pero era clara. Con eso, comenzó a relatar los eventos que había presenciado.

El recorrido fue un borrón de velocidad, con el módulo de propulsión zumbando mientras se deslizaba por los raíles del tranvía. En cuestión de segundos, aterrizó en el puerto con un impacto metálico, sus botas resonando contra el suelo. Sin perder tiempo, desactivó el módulo y lo guardó con precisión, permitiéndose apenas un momento para inspeccionar su entorno.

El radar de su HUD brilló con múltiples señales enemigas, dispersas por toda la estación. Evaluó rápidamente sus posiciones y rutas de movimiento. La situación no dejaba margen para errores. Sacó su magnum del cinturón, sosteniéndola con su mano derecha. Pero al intentar ajustarla en su agarre, la empuñadura resbaló entre sus dedos, cayendo al suelo con un ruido sordo.

Gruñó con furia contenida, el sonido reverberando en su casco. Por un instante, había alimentado la esperanza de que su brazo aún pudiera servirle. Ahora, esa ilusión se había hecho añicos. Se inclinó para recoger el arma, pero antes de que pudiera moverse, una figura translúcida apareció frente a él.

—¿Dot? —preguntó, su tono más sorprendido que inquisitivo.

La IA holográfica lo miró con su característica sonrisa juguetona, haciendo un gesto con la mano para que se mantuviera quieto. Permaneció así por unos segundos, con una teatralidad que resultaba casi irritante, hasta que señaló su brazo inutilizado con un movimiento burlón.

—¿Qué...? —murmuró Seis, confundido.

Siguiendo la insinuación, intentó mover su mano una vez más. Esta vez, contra toda lógica, los dedos respondieron. Lentamente, pero con un rango de movimiento que no debería ser posible.

—¿Cómo...?—

Dot se inclinó ligeramente hacia él, su voz cargada de satisfacción.

—Solo un pequeño truco de mi parte. Resumiré: mis nanobots están actuando como nervios y uniendo músculos. Pero no te emociones demasiado. Si la fuerzas, vas a arrepentirte—Con una última sonrisa burlona, desapareció en un destello azul, no sin antes hacer un exagerado gesto de despedida.

El miró su mano, ahora funcional, flexionando los dedos para confirmar su nueva movilidad. El alivio que sintió fue inmenso, pero no permitió que lo distrajera. Recuperó su magnum, esta vez asegurándola con firmeza, y la sostuvo con una confianza renovada.

Sin más preámbulos, comenzó a moverse hacia las posiciones enemigas. Sus pasos resonaban con una cadencia constante, cada uno acercándolo más a su objetivo. La misión era clara: detenerlos a cualquier costo. Y ahora, con su brazo parcialmente restaurado, no había nada que lo hiciera retroceder.

El avance del soldado era implacable, como una fuerza de la naturaleza desatada. Cada paso que daba resonaba en el suelo metálico, y los destellos de chispas y fuego iluminaban su figura mientras los geth caían uno tras otro.

—¡Izquierda! Bien, derecha. Ahora desde arriba. ¡Excelente, Seis! —La voz de Dot sonaba en su mente con precisión calculada, guiándolo a través del caos. Aunque su tono era juguetón, sus instrucciones eran vitales.

Los enemigos eran numerosos, y cada esquina parecía escupir nuevas unidades. Su única opción era un estilo de combate agresivo, avanzar con la intensidad de una avalancha y no darles tiempo para reagruparse.

El kukri mejorado de Emile brillaba con un filo letal, cortando los cuerpos metálicos de los robots como si fueran simples láminas. El arma, diseñada para soportar un trato extremo, también le servía para escalar. Su magnum, igualmente modificada, rugía con potencia devastadora. Sin embargo, las mejoras también aumentaban la precisión necesaria para manejarla, y la torpeza de su brazo recién restaurado complicaba las cosas. El retroceso era manejable mientras no disparara en ráfaga, pero el menor descuido podría hacer que el arma se le escapara de las manos.

—Seis, detecto bombas. Si no las desactivas, destruirán todo el lugar. Mis sensores muestran una gran concentración de geth cerca de ellas —informó Dot con una seriedad inusual.

—Están protegiendo algo, eso es seguro —respondió, su tono tenso mientras evaluaba la situación.

Con un salto ágil, clavó el kukri en una pared y comenzó a escalar hacia una posición elevada. Sus movimientos eran mecánicos pero efectivos, cada uno calculado para evitar un uso innecesario de su brazo. Al alcanzar el techo, una plataforma móvil entró en su campo de visión. Sobre ella, el escuadrón de Shepard avanzaba hacia el combate.

—Perfecto. Les daré apoyo —murmuró mientras materializaba su DMR, una herramienta letal a media distancia.

Desde su posición elevada, abrió fuego con precisión quirúrgica, eliminando a los geth que bloqueaban el avance del escuadrón. La pelirroja lo notó, y tras un breve intercambio de miradas, asintió en reconocimiento. Aquella distracción de Seis les dio un respiro necesario, permitiendo que se movieran con mayor libertad entre las coberturas.

El tiempo era crucial. Las bombas marcaban el límite de lo que podían permitir.

—Dot, conecta con Shepard. Necesitamos coordinación —ordenó, mientras se lanzaba sobre un geth más grande. Su peso aplastó al robot, y el chasis metálico crujió bajo el impacto.

La maniobra llamó la atención de las demás unidades enemigas, que desviaron su fuego hacia él. Las balas rebotaban contra sus escudos, pero cada impacto los empujaban hacia el límite de su resistencia.

La comandante aprovechó el momento para acercarse, sus movimientos fluidos, cargados de determinación.

—¿Eres el Spartan? —preguntó, su voz firme pero no sin un dejo de incredulidad.

Seis respondió mientras disparaba con su magnum, eliminando a varios enemigos.

—Sí. Necesito que ustedes desactiven las bombas mientras yo los cubro. Rápido—

Sin esperar respuesta, Seis corrió hacia una de las bombas, agachándose detrás de una cobertura improvisada —¡Dot, desactívala!— Ordeno, manteniendo el fuego de supresión. Una horda de maquinas se abalanzaba sin ningún instinto de autopreservación, desesperados por detenerlo. Sus manos se movían con rapidez, recargando he intercambiando entre su magnum y DMR cuando una se quedaba sin mas balas, pero también con una torpeza que le recordaba constantemente la fragilidad de su agarre.

Su compañera actuó de inmediato, trabajando en silencio bajo el caos. El Spartan no necesitaba una respuesta de su parte, sabiendo que ella ya habría estado haciéndolo incluso antes de pedírselo.

Shepard no perdió tiempo tampoco y comenzó a coordinar a su escuadrón. La primera bomba quedó inactiva. Al completar su tarea, el teniente salto fuera de su cobertura, evitando que lo dejaran atrapado en esa esquina. A pesar del alivio temporal, el tiempo seguía siendo un enemigo implacable, y el pitido constante de los dispositivos restantes le recordaba la urgencia de la misión.

Durante su trote hacia el siguiente objetivo, su camino se vio bloqueado por una imponente figura de color blanco. Su atención se dirigió hacia un geth, uno que superaba por mucho el tamaño de sus pares. Avanzaba hacia él con movimientos amenazantes y rápidos, que resultaban sorprendentes considerando lo robusto que era. Calculó rápidamente la trayectoria de su ataque y cargó directo hacia las piernas mecánicas del robot. El impacto fue brutal; una de las extremidades metálicas se dobló con un crujido seco antes de romperse por completo. La máquina cayó al suelo, luchando por mantenerse de pie, pero Seis no le dio oportunidad. Con un corte limpio y preciso, destruyó su visor brillante, apagando la chispa de vida artificial que animaba al enemigo.

—Bien hecho —la voz de Dot resonó en su mente, cargada con su característico tono de satisfacción.

Involuntariamente, Seis sintió cómo su cuerpo levantaba un pulgar en un gesto casi humorístico.

—¿Dot, cuántos trucos te estás guardando? —preguntó mientras recargaba su magnum detrás de una cobertura. Deshaciendo aquella acción que la IA lo había obligado a hacer.

—Secreto de dama —respondió ella, su tono burlón contrastando con la gravedad de la situación. Un chispazo lo obligó a levantar la vista, dando un respingo por lo repentino que fue. A la par de lo que estaban haciendo entre ellos, la intensidad del combate seguía aumentando —¿Ni en una situación así pararás? —murmuró mientras se levantaba para avanzar.

—Deja de quejarte. Sé lo que tu cuerpo puede hacer. Te estás conteniendo —replicó Dot con firmeza.

Antes de que pudiera procesar una respuesta a las tontearías de su compañera, un grupo de geth emergió entre las sombras, moviéndose como uno. La reacción fue inmediata, casi automática, como si los años de combate fueran una programación en su cerebro. En un abrir y cerrar de ojos, apretó el gatillo cuatro veces. Cada disparo encontró su marca exacta, perforando los puntos vitales de las máquinas con una precisión quirúrgica.

—Puede ser —murmuró mientras avanzaba, el eco de los disparos disipándose en el aire. A pesar de su letalidad, una sombra de duda cruzó su mente. Había algo en él que todavía contenía al asesino despiadado que había sido, un instinto que luchaba por no ceder. Tal vez era el miedo a lo que podía suceder si cruzaba esa línea nuevamente, o quizás una lucha interna contra la influencia de Azrael, que se retorcía como un veneno en sus pensamientos.

Y no se le podría culpar. Su pasado como el Headhunter personal de la ONI era un peso constante sobre sus hombros, un recordatorio de lo que había hecho y de lo que aún podía ser si permitía que la oscuridad lo consumiera por completo. Ahora, esa amenaza se hacía más tangible, una presencia que parecía respirar junto a él, alimentada por cada batalla.

El caos del campo de combate pareció intensificarse a su alrededor, como si el mundo mismo conspirara para arrastrarlo al abismo que intentaba evitar. Los músculos se tensaron, cada fibra de su cuerpo lista para responder. Las balas pasaban rozando su cuerpo, disparos enemigos que parecían incapaces de alcanzarlo mientras él avanzaba con precisión inquebrantable.

Los geth, como si hubieran identificado a la verdadera amenaza, comenzaron a concentrar su fuego sobre él. Cada paso que daba desviaba la atención de los enemigos, dejando al equipo de Shepard un respiro que no tardaron en aprovechar.

Los disparos resonaban como un tamborileo frenético. Seis se movía entre ellos con una mezcla de agresividad y gracia, sus movimientos calculados para minimizar su exposición mientras cerraba la distancia con los enemigos. Los recuerdos de su pasado lo perseguían, pero no permitiría que lo definieran.

No hoy.

Desenvainó su kukri con un movimiento fluido, el reflejo del filo brillando bajo las luces parpadeantes de la estación, como si desafiara la muerte a su alrededor. Sin perder tiempo, lo clavó con precisión en la pared metálica, usándolo como punto de apoyo para impulsarse hacia un geth que intentaba flanquearlo. Su cuerpo cayó sobre la máquina con fuerza devastadora, aplastándola contra el suelo. Los circuitos chispearon y se apagaron con un zumbido final.

Cada acción parecía cuidadosamente planeada, pero al mismo tiempo, tenía la ferocidad de un depredador en plena cacería. Sus disparos, cortes y movimientos eran una sinfonía letal, ejecutada con la precisión de alguien que había pasado más tiempo en la guerra que fuera de ella. Era un huracán de destrucción que arrasaba todo a su paso, una figura que combinaba técnica con instinto puro, un recordatorio palpable del motivo por el que tantos lo consideraban imparable.

Mientras el Spartan enfrentaba a los geth, el escuadrón del comandante aprovechaba la oportunidad para avanzar rápidamente hacia las bombas. Kaidan se inclinó sobre una de ellas, desactivándola con manos rápidas y expertas, mientras Ashley y Shepard cubrían su posición.

—Ese desgraciado se está quedando con toda la diversión —bromeó el biotico, sin apartar la vista de los cables que manipulaba.

Ashley levantó una ceja, sorprendida por el comentario.

—¿Ahora parece que te cae bien?—

—No diría tanto, pero es como trabajar con un krogan...solo que sin la joroba y con más anabólicos —contestó Kaidan con una sonrisa burlona.

Shepard no dijo nada, pero sus ojos se dirigieron al Spartan que luchaba a la distancia. Había algo fascinante en su estilo de combate, pero también en el misterio que lo rodeaba. Su equipo era más avanzado de lo que cualquier alienígena o humano hubiera visto, y las menciones ocasionales a algo llamado "UNCS" lo hacían aún más intrigante.

Finalmente, llegaron a la última bomba. El escenario que los rodeaba era una absoluta carnicería sintética. Restos de geth estaban dispersos por todo el lugar, sus partes metálicas esparcidas en todas direcciones, una prueba palpable de la furia con la que Seis había arrasado todo lo que se le cruzó. En el centro de la escena, el Spartan estaba sentado encima del cadáver destrozado de un juggernaut, su enorme cuerpo metálico desmoronado. En su mano, el kukri, era afilado con una pieza improvisada de uno de los robots caídos. A pesar de que mostraba una postura relajada, la realidad era que una terrible fatiga le estaba pesando en sus maltratados músculos, siendo disimulada únicamente por lo inexpresivo que era.

Kaidan rompió el silencio, diferenciándose a los intercambios anteriores con el soldado por una clase de amabilidad por cortesía profesional, si es que así se le podría llamar.

—No desactivaste la bomba—

El Spartan no levantó la vista de su cuchillo ni respondió de inmediato. Solo el sonido sordo del metal raspando contra metal rompía la quietud del momento. El tiempo parecía haberse detenido por un instante mientras todos esperaban una respuesta. Sin embargo, apenas unos segundos después, la luz parpadeante de la bomba se apagó por sí sola, dejando claro que había sido neutralizada. La eficiencia del Spartan era, en muchos aspectos, aterradora. No necesitaba palabras para hacer su trabajo.

Ashley se acercó lentamente, atraída por el kukri que seguía afilando. Sus ojos lo observaban con una mezcla de admiración y curiosidad, como si tratara de entender la historia que ese arma llevaba consigo.

—Es increíble. Mi abuelo tenía uno de esos, aunque era más una reliquia que otra cosa —comentó con un tono nostálgico, casi como si estuviera reviviendo un recuerdo lejano, una parte de su familia que había dejado atrás. Había algo en su voz que reflejaba una conexión con el pasado, con un tiempo más sencillo, o tal vez con una generación diferente.

El Spartan, sin cambiar de posición, dejó de afilar su cuchillo y levantó la mirada, su rostro completamente oculto bajo el cristal negro de su casco. No era posible leer sus emociones, si es que las tenía. Su voz, cuando finalmente habló, fue baja, pero cargada de una gravedad palpable, como si esas palabras fueran las más sinceras que hubiera dicho en mucho tiempo.

—Este pertenecía a mi hermano. Murió con el mango en sus manos y el filo en la garganta de un enemigo—

El silencio que siguió a sus palabras fue denso, cargado de una verdad fría y directa que dejó a todos sin palabras. Ashley, de alguna manera, se sintió pequeña ante esa confesión. Bajó la mirada, una señal de respeto o tal vez de incomodidad, pero también una reacción natural ante la crudeza de la revelación. Había algo profundamente humano en ese relato, algo que transcendía la máquina de guerra que era el Spartan. Su hermano, su sacrificio... Todo se sintió más real en ese instante.

Kaidan, al notar la tensión que había llenado el aire, dio un paso hacia su lider, distanciándose un poco del silencio que se había formado. Shepard, por su parte, seguía observando al soldado, intentando comprender más allá de lo que sus palabras podían revelar. Finalmente, fue ella quien rompió el silencio, su tono firme y pragmático, como siempre.

—Debemos avanzar—

Seis se levantó con lentitud, sus movimientos eran calculados y sin prisa, pero había una determinación silenciosa en cada uno de ellos. Con cuidado, guardó el kukri en su funda, asegurándose de que estuviera bien protegido. Luego, giró hacia la pelirroja, como si fuera natural para él seguir sus órdenes, como si fuera una parte del equipo, aunque la verdad era que su presencia seguía siendo un enigma.

—¿Eres un soldado especial? —preguntó Shepard, su tono inquisitivo, una muestra de la curiosidad que siempre la acompañaba, sobre todo cuando se trataba de algo tan ajeno a su comprensión.

El Spartan, como era de esperar, respondió con brevedad, sin dejar entrever ninguna emoción en su voz ni en su postura.

—Algo así—

La comandante continuo con sus intentos sacar más información con preguntas adicionales, pero las respuestas evasivas del teniente solo confirmaron lo que ya sospechaba: no revelaría nada. Aunque ahora, tras las pocas palabras intercambiadas, Shepard tenía un atisbo más claro de quién era realmente. Pero ese atisbo, más que aclarar las cosas, las volvía aún más confusas. Había algo en él que no encajaba, que no era ni completamente humano ni completamente máquina. Su silencio, sus respuestas limitadas, todo lo que hacía y decía estaba impregnado de una sensación de pertenecer a otro mundo.

La estructura que protegían los geth era imponente, una baliza proteana que brillaba con una luz verde intensa, desafiando el tiempo y el espacio con su presencia. Ashley se acercó, sus ojos recorriendo la estructura con una mezcla de escepticismo y desdén.

—Tanto sacrificio para una baliza inútil —murmuró, su tono cargado de frustración, como si hubiera esperado algo más grande, algo que justificara tanto el sacrificio. Pero sus palabras quedaron colgando en el aire, disonantes ante la calma ominosa que rodeaba la baliza.

De repente, como si hubiera estado esperando una señal, la baliza emitió una luz brillante que la atravesó, cubriéndola con un resplandor verde. Ashley se sintió atraída hacia ella, hipnotizada, como si algo más allá de su control la estuviera guiando. Fue entonces cuando Shepard, reaccionando en un impulso, se percato de lo que sucedió.

—¡Ashley, aléjate! —gritó, mientras corría hacia ella, tomándola y sacándola del alcance de aquella luz verde. La de armadura blanca, al volver en si, intento ayudar a su comandante, pero antes de que pudiera alcanzarla, la baliza estallo en una explosión de energía que lanzó a la jefa de artilleria a varios metros de distancia. La onda expansiva arrastró a todos, y Seis, con la mirada fija en el cuerpo de Shepard, corrió hacia ella, ignorando el ardor que emanaba de sus músculos maltrechos.

Sin embargo, cuando había logrado acortar la distancia entre ellos, la baliza volvió a emanar otra onda expansiva que lo lanzó hacia atrás, golpeándose contra los contenedores metálicos de la estación con un estruendo sordo. Por un momento, la visión se le nubló, pero rápidamente se obligó a mantenerse consciente. No podía permitirse perder el control ahora. Tenía que llegar a Shepard.

Con esa ultima explosión, el artefacto proteano se había destruido en cientos de pedazos, pero el aire seguía vibrando con la energía expulsada. Seis, sintiendo su corazón acelerado, se levantó con dificultad, sintiendo cada músculo como si fuera a ceder bajo su peso. Caminó hacia la mujer, quien había quedado tendida en el suelo, inconsciente. Con esfuerzo, la levantó en sus brazos, sintiendo el cuerpo de la comandante al igual que una pesada carga, pero también con la determinación de que no la dejaría caer.

—¡La tienes! —gritó Kaidan, su voz aliviada, aunque cargada de agotamiento. Se levantaba, apoyándose en su rifle, mientras observaba la escena con una mezcla de respeto y preocupación.

—Está viva, pero inconsciente —respondió con calma, sin dejar de mirar el rostro pálido de Shepard, su respiración entrecortada.

El aire estaba cargado de incertidumbre. Ashley, que había estado cerca de la baliza, observaba a Seis y luego a la pelirroja, sin saber qué hacer. Con una mueca, le habló al biotico.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó, su voz tensa, aunque no esperaba respuesta. Todos estaban aún procesando lo que había ocurrido, siendo ella la segunda personas mas confusa entre los presentes, solo quedándose atrás de la propia comandante.

Kaidan, sin perder tiempo, sacó su comunicador.

—Aquí equipo de tierra. Necesitamos una extracción inmediata. La comandante está inconsciente. Mantendremos la posición —Su tono de voz era firme, profesional, pero Seis podía percibir la sombra de preocupación en él.

Mientras esperaban, el silencio que se apoderó del lugar era pesado, denso, como si la estación misma estuviera esperando algo más. Dot, como siempre, apareció en la mente del Spartan con su voz tranquila, su presencia siempre confiable, pero con un matiz de tensión.

—Los proteanos, al igual que los forerunner en tu universo, eran una especie antecesora. Fueron ellos quienes construyeron los relés de masa y la Ciudadela. Su tecnología permitió a los humanos y otras especies avanzar siglos en desarrollo. Esta baliza seguramente contenía información clave, pero su activación parece haber tenido un costo fuera de calculo—

Seis asintió mentalmente, su mente llena de preguntas. Los paralelismos con los forerunner eran más inquietantes ahora que lo pensaba. ¿Qué más sabían? ¿Qué secretos guardaba esa baliza?

Mientras tanto, Shepard, aún en brazos de Seis, comenzó a moverse levemente, su rostro contorsionándose por lo que parecía ser una pesadilla. Sus labios murmuraban palabras ininteligibles, pero no pudo evitar sentir una punzada de empatía al verla tan vulnerable. Las pesadillas de la comandante parecían ser peores que cualquier amenaza física que pudiera haber enfrentado.

Finalmente, el sonido familiar del viento chocando junto a un zumbido constante rompió el pesado silencio. Una nave descendió lentamente hacia ellos, iluminando la oscuridad de la estación con sus luces azules.

—La Normandía...—murmuró Seis, sus ojos fijos en la pequeña fragata que se acercaba con elegancia a la zona de aterrizaje.

Kaidan, en un suspiro de alivio mezclado con agotamiento, esbozó una ligera sonrisa.

—Sí, la joya de la galaxia —Su tono, aunque fatigado, reflejaba un sentido de orgullo por la nave y su tripulación.

Con la Normandía descendiendo, el equipo comenzó a moverse rápidamente hacia la nave, preparándose para evacuar. Seis cargó a Shepard con facilidad, pero con una sensación extraña en su pecho, como si el peso de esta misión hubiera aumentado. Sabía que las respuestas estaban más allá de lo que había visto en esa baliza, pero algo le decía que el futuro los llevaría a desafíos aún mayores.

Mientras abordaba la nave, el aire dentro parecía pesar menos, pero Seis no podía sacudirse la sensación de que había algo más en juego aquí, algo más grande que todos ellos. Y aún no lo entendía completamente. Pero pronto lo sabría.


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