El Valor de la Verdad/R


Los pasillos de la nave eran un hervidero de actividad, una marea incesante de personas moviéndose en todas direcciones. Oficiales gritaban órdenes, técnicos conversaban sobre reparaciones críticas, y la voz del piloto resonaba por los altavoces mientras coordinaba a los tripulantes necesarios, añadiendo un toque de caos organizado a la escena. Este era el ritmo habitual de una nave militar espacial en plena operación.

Entre todo ese bullicio, la presencia del Spartan destacaba como un faro en medio de una tormenta. Incluso en su realidad, era imposible que un soldado de su tamaño y presencia pasara desapercibido. Pero ahora, con una armadura imponente que parecía diseñada para intimidar, decorada con detalles de un lobo, las miradas se multiplicaban. Los susurros no eran nada sutiles, y el espacio alrededor de él parecía abrirse automáticamente, como si su sola presencia exigiera un perímetro.

Bajó del ascensor con calma, sus pasos resonando con un eco metálico que, de alguna manera, silenciaba momentáneamente el ruido general. Cansado del alboroto, algo que por sus sentidos mejorados le era imposible ignorar, decidió que ya había tenido suficiente. Activó el sistema de aislamiento sonoro de su casco, reemplazando todo por un reconfortante silencio. Necesitaba ese respiro, aunque fuera breve.

Sus ojos, medio cerrados por el cansancio, miraban sin enfocarse realmente mientras avanzaba hacia la enfermería. Como Spartan, podía ignorar y resistir el sueño mucho más allá de lo humanamente posible, pero su cuerpo llevaba horas al límite. No había descansado adecuadamente ni comido, y aunque su entrenamiento le permitía seguir adelante, sabía que no tardaría en escuchar a Dot regañándolo como una niñera preocupada.

Siendo su armadura, conectada a el neuronalmente, la única razón por la que el aun era capaz de sostener sus armas y equipo. Cada paso era deliberado, cada movimiento calculado. Su cuerpo estaba en modo automático, mientras que su mente se encontraba atrapada en un remolino de pensamientos desconectados.

De repente, un chispazo de energía atravesó su visión. Un leve sobresalto recorrió su cuerpo, acompañado de una notificación en su HUD. Dot, con su habitual estilo sarcástico, había dejado un mensaje, un recordatorio nada sutil para que cuidara de sí mismo.

No pudo evitar soltar un leve resoplido, mezcla de irritación y algo parecido al cariño.

—Gracias, Dot. Como siempre, tu amor es tan sutil como una granada de plasma —murmuró para sí, dejando que un atisbo de humor aliviara momentáneamente su agotamiento mientras continuaba su camino hacia la enfermería.

La puerta de la enfermería se abrió con un leve zumbido mecánico, dejando entrar a Seis. La doctora Karin Chakwas, ocupada revisando una pantalla médica, levantó la vista al sentir su presencia. Tragó saliva con discreción al ver la imponente figura del Spartan, sus ojos reflejaban una mezcla de profesionalismo y algo de incomodidad. Aun sorprendiéndose a pesar de que ya le habían informado del hombre.

Se levantó de su asiento y se acercó a Shepard, quien estaba tendida en una camilla cercana, su respiración regular pero con expresiones inquietas en su rostro.

—¿Cómo se encuentra, doctora? —preguntó, con un tono neutral, pero lo suficientemente firme como para captar toda su atención.

Chakwas se tensó levemente antes de responder, desviando la mirada hacia la mujer postrada.
—Pues...parece que está teniendo sueños muy frenéticos. Gran actividad cerebral, sus ojos no dejan de moverse, y susurra cosas...extrañas. Si no fuera doctora, diría que está hablando en otro idioma—

Antes de que pudiera continuar, la puerta de la enfermería se abrió nuevamente. Esta vez, un hombre entró con un porte que exudaba autoridad. Vestía un traje militar impecable, y las líneas en su rostro, combinadas con su postura firme, delataban años de experiencia y veteranía.

—Tú debes ser el Spartan —dijo con voz firme, sin un ápice de duda. Sus palabras eran más una afirmación que una pregunta.

Seis giró su casco hacia él, respondiendo con el mismo tono firme.
—Sí, usted debe ser el capitán de la nave —

El hombre asintió levemente, su mirada nunca apartándose de la visera oscura del Spartan.
—Pues así es. Soy el capitán Anderson. Y, según el informe de los miembros del equipo...hemos perdido un soldado. Una baliza proteana ha sido destruida junto con daños aun sin calcular a mi mejor soldado...— Enumero con sus dedos, caminando con autoridad por la sala, manteniendo los ojos fijos en el soldado —...una colonia estuvo a punto de caer, y un espectro fue asesinado por un turiano que, según un testigo aterrorizado, se llama Saren —Anderson se inclinó ligeramente hacia adelante, su voz subiendo en intensidad, rozando un grito contenido— Y entre todo este desastre, aparece un soldado de la nada, capaz de enfrentarse a hordas de geth por su cuenta, pero cuya información es "clasificada"— Dijo, haciendo enfasis en la ultima palabras con un gesto rápido, pero que enmarcaba bastante bien su irritación — Bien, Spartan B-312...¿Cómo debería actuar?—

La tensión en la sala permanecía suspendida en el aire, como una cuerda a punto de romperse. El de tez morena sin ceder un solo instante en aquella batalla de miradas contra el cristal oscuro, buscando cualquier indicio de emoción, de humanidad, que pudiera explicar quién era realmente el soldado en frente suyo. Pero el casco y la imponente armadura del teniente solo devolvían un reflejo impenetrable, una pared de frío metal.

Pasando los segundos que parecían ciclos solares, finalmente, Seis habló, su voz resonando con una calma controlada, como si cada palabra estuviera cuidadosamente calculada.
—Si yo le dijera quién soy o de dónde vengo...todo terminaría aún peor. Esto trasciende cualquier conflicto político. Y cualquier cosa que tenga que comentar sobre mí, lo mejor es que sea entre nuestra especie. Será mucho más sencillo—

Anderson alzó ligeramente una ceja ante la respuesta, su expresión endurecida como una roca. Permaneció inmóvil unos segundos más antes de desviar su mirada hacia Shepard, aún inconsciente en la camilla. El capitán parecía debatirse internamente, pero su experiencia como oficial veterano le permitió mantener su compostura. Finalmente, exhaló un suspiro pesado y asintió con un gesto breve.
—Hablaré de ti con el almirante Hackett. Esto cae dentro de su jurisdicción como oficial comandante de la Quinta Flota y la Estación Arturo—

Sin añadir nada más, la tensión en la sala comenzó a disiparse lentamente, como una cuerda aflojándose tras estar siendo tironeada. La puerta de la enfermería se deslizó con un suave zumbido, dando paso a una figura familiar. Una mujer de coleta alta entró en la habitación, su expresión relajada pero animada, un contraste marcado con el ambiente cargado que acababa de presenciar.

—Gracias, señor —dijo al capitán, su tono respetuoso pero firme como siempre. Anderson, asintiéndole en silencio, se despidió de Chakwas, quien había estado pasando uno de los momentos mas tensos de su vida, casi rezando para que no terminaran destrozando su llegar de trabajo. Marchándose en dirección a su camarote para hacer los preparativos de su reunión con Hackett.

La recién llegada, Ashley Williams, se acercó al Spartan con una sonrisa burlona en los labios.
—No dejas esa gran armadura nunca, ¿eh, grandote? —bromeó, dándole un ligero golpe en el hombro.

Seis giró ligeramente la cabeza hacia ella. Aunque su casco ocultaba su rostro, la inclinación apenas perceptible de su postura insinuaba que su guardia se relajaba, aunque fuera por un breve instante.

El ligero gruñido somnoliento proveniente detrás de ellos cortó la risa de Williams de inmediato. La doctora se apresuró hacia la cama para analizar a Shepard con su omniherramienta.
—¿Qué pasó? —preguntó la pelirroja, su voz aún rasposa por el estado en el que se encontraba. Se sentó en la cama con esfuerzo, su cabello suelto en desorden y sus manos temblando mientras buscaban apoyo en los bordes de la camilla.

—La baliza te atrapó y explotó. El equipo de tierra te cargo, subiéndote a bordo — explicó Chakwas con calma. Shepard giró la cabeza hacia el hombre, sus ojos oscuros y vidriosos parecían atravesar el espacio mientras lo observaba. Su mirada estaba cargada de incredulidad, como si aún estuviera atrapada en un sueño.
—Spartan...Sí. Esperaba que toda la misión fuera un loco sueño...pero hasta esa pesadilla fue real —murmuró para ella misma.

Ashley avanzó rápidamente hacia ella, intentando disculparse, pero, adelantándose a la soldado, levantó una mano para silenciarla con un gesto firme.
—No fue tu culpa, tranquila —dijo Shepard, su tono sereno pero autoritario.

Aceptando esto, Williams volvió a tomar distancia junto al Spartan. Los minutos fueron pasando entre cada chequeo y análisis que le hacia Chakwas, asegurándose de que todo estuviera en orden, con alguna charla entre medio. Sin embargo, esto quedo a medias cuando Anderson apareció tras el marco de la puerta, su rostro ahora más relajado al ver a la comandante conciente.
—Me alegro de verte despierta —dijo con una ligera sonrisa. Shepard le devolvió la expresión, aunque visiblemente agotada. Mientras se masajeaba los ojos, intentando reducir un dolor que lo aquejaba, retomó su tono profesional —Leí el informe. Debo advertirte sobre algo: esta misión afecto seriamente tu nombramiento. Pero aún más importante; el asesinato de Nihlus y la traición de Saren...—hizo una pausa antes de girarse hacia Seis, quien seguía inmóvil.

Entendiendo el mensaje implícito, comenzó a caminar hacia la salida, dispuesto a dejarlos continuar con la conversación. Sin embargo, la voz cansada pero firme de Shepard lo detuvo.
—Él debe quedarse. Ayudó a mi equipo, a la colonia y luchó contra Saren. Sin él, la colonia habría sido destruida. Merece saber que esta sucediendo—

Anderson permaneció en silencio, su expresión seria mientras meditaba las palabras de su protegida. Después de unos tensos segundos, su mirada se dirigió hacia Seis, dándole un breve asentimiento, casi imperceptible. El Spartan lo interpretó como un "sí" y regresó al lado de Ashley, erguido, con la mirada fija, preparado para lo que fuera necesario escuchar.

—Bien... básicamente, Saren es un espectro del consejo, y no es que le agraden los humanos. Su poder político y militar es alto, considerado el mejor de los mejores. No será fácil que acepten a su mejor agente como un traidor —Anderson hablaba con calma, pero la amargura se deslizaba de su voz. Sus palabras se detuvieron un instante, y su expresión se endureció antes de continuar —Ya de por sí estamos tensos con la pérdida de Jenkins y el fracaso del bautismo de la Normandía—

La mandíbula de Shepard se tensó visiblemente al escuchar el nombre del cabo caído. Sus puños se apretaron ligeramente, pero se mantuvo en silencio, dejando que Anderson continuara.

Anderson miró a los presentes con una mirada firme pero cansada.
—No solo estamos enfrentando un enemigo con recursos y habilidades superiores, sino también a un sistema que podría preferir negar la verdad antes que aceptar que uno de los suyos está detrás de esto. La situación es más delicada de lo que parece. —

Seis, escuchando en silencio. Evito hacer algún gesto, manteniéndose inexpresivo.
«Dot, averigua qué es el consejo y todo lo que puedas sobre Saren», pensó. Dándole una orden la cual ella comenzó rápidamente sin darle ninguna respuesta.

Ashley tomo la palabra. Su rostro estaba marcado por una mezcla de rabia y dolor —Hay que detenerlo, pero hay algo que todavía no encaja. ¿Por qué se uniría a los geth para obtener una baliza proteana? Suena a un sacrificio demasiado grande por una reliquia — La frustración en su tono reflejaba el impacto que las pérdidas recientes habían tenido en ella. Demasiadas vidas perdidas, olvidadas en un conflicto que solo parecía volverse más grande y complejo.

Shepard alzó la vista hacia el grupo, sus ojos oscuros y llenos de sombras.
—La baliza...esa cosa me transfirió visiones. Un mensaje. Puedo ver muerte, máquinas y destrucción...— Su semblante sombrío no pasó desapercibido, y las ojeras bajo sus ojos parecían más profundas, a pesar de haber estado inconsciente.

Antes de que alguien pudiera responder, Dot apareció proyectada junto a Seis, flotando a su lado y apoyándose ligeramente en su casco como si estuviera reflexionando.
—Seis, si lo que dice es cierto...—comenzó, con un tono cauteloso pero curioso— He recopilado algo de información sobre los proteanos. Dejaron ruinas y artefactos importantes tras su desaparición. Pero algo no cuadra...como dejar una nave gigantesca con cuidadores orgánicos y propulsores por todos los sistemas sin tener...—

Antes de que pudiera emocionarse demasiado, desactivó la proyección con un simple comando, volviendo a centrarse en la discusión principal.

Shepard, sentada aun en el borde de la camilla, mantuvo la mirada en Seis por unos instantes antes de bajarla. Sus hombros se hundieron un poco mientras su mente luchaba por encontrar claridad en el caos de las imágenes que había recibido.
—Puede ser. Está muy fragmentado...no logro comprender su contenido—Su voz era un susurro cansado, y su rostro palideció de repente, como si las mismas imágenes estuvieran drenando su fuerza vital. Por un momento, su expresión se ensombreció, como si su espíritu hubiera abandonado su cuerpo, dejando solo una cáscara vacía. Pero tras un par de segundos, volvió en sí, sacudiéndose las sombras de su mente.

Anderson, quien había observado todo en silencio, dio un paso adelante, intentando tomar las riendas de la conversación —Es inútil seguir especulando. Lo que sabemos es suficiente para llevar a juicio al turiano. Con las pruebas que tenemos no esta asegurado que ganemos, pero debemos intentarlo —Su tono era firme, su intento de devolver algo de control a la situación evidente.

El capitán dirigió su mirada a Shepard, buscando su aprobación. La pelirroja asintió lentamente, como si el simple acto de afirmar su decisión pesara sobre ella.
—Que así sea. No podremos hacer nada más por ahora — Tomó una respiración profunda, tratando de recobrar su compostura —Descansen—

Anderson asintió una última vez, observando brevemente a cada uno de los presentes antes de girarse hacia la puerta —Iremos hacia la Ciudadela—

Con esas palabras finales, el capitán Anderson salió de la enfermería. La puerta se deslizó detrás de él con un suave zumbido, dejando a Shepard y los demás en un silencio reflexivo que llenó el ambiente. Ashley avanzó unos pasos hacia la mujer, su postura relajada pero con un aire de camaradería. Extendió una mano hacia la pelirroja, acompañando el gesto con una leve sonrisa.

—Bueno, espero que te recuperes pronto, Capi—

Shepard, aún sentada en la camilla, alzó la vista hacia la soldado. Su expresión, inicialmente pensativa, se transformó en algo más curioso al notar la confianza en el gesto de Ashley. Este cambio no pasó desapercibido para la mujer de cabello castaño, que enderezó los hombros con cierto orgullo.
—Ah... Sí. Anderson me invitó a unirme después de ver el informe —respondió, con un toque de satisfacción en su voz.

Shepard parpadeó, sorprendida por un instante, pero pronto una amplia sonrisa iluminó su rostro —Bueno, eso es genial. Te lo tienes merecido —comentó, su tono ligero pero genuinamente cálido.

Ashley inclinó ligeramente la cabeza, un destello de agradecimiento en su mirada.
—Gracias, Capi. Además, no quiero perderme el espectáculo del grandote destruyendo más Geths — añadió, señalando con el pulgar hacia Seis, quien permanecía al fondo de la sala con su imponente figura.

El comentario arrancó una suave risa a Shepard, quien negó con la cabeza de forma divertida antes de recuperar la compostura. Ashley, por su parte, volvió a adoptar una postura más firme, y su semblante se tornó solemne. Enderezó la espalda y llevó una mano a su pecho con un gesto que denotaba respeto.
—Prometo servirle y no fallarle, Comandante—

Lo que dejo una leve sonrisa cálida y tranquilizadora curvara sus labios, observando la determinación en los ojos de Ashley.

—Sé que no lo harás—

Con un asentimiento respetuoso, relajó su postura y se dirigió hacia la puerta de la enfermería. Sin embargo, antes de salir, la voz de Seis resonó detrás de ella.
—Llámame "Seis"—

Ashley giró ligeramente la cabeza hacia él, su sonrisa reapareciendo con un toque de picardía.
—"Grandote" queda mejor, aunque lo tendré en cuenta. Adiós, Grandote—

La puerta se cerró tras ella, dejando tras de sí un suave silencio que se asentó como una brisa tranquila en la sala. El tecleo constante de la doctora Chakwas en su terminal se mezclaba con el zumbido casi imperceptible de la nave, creando un ambiente relajante.

Shepard, aún algo inestable, se levantó de la camilla, apoyándose ligeramente en la mesa cercana. Su respiración era pausada, aunque firme, mientras sus ojos seguían la figura imponente de Seis, quien comenzaba a caminar hacia la salida, imitando el rumbo que había tomado Williams momentos antes.

—Espera, Seis —Su voz, ahora más suave, llevaba un tono de sinceridad latente que parecía casi raro en ella— Gracias por ayudarnos en tierra, aun mas cuando yo caí inconsciente. Te lo debo —

Seis se detuvo por un instante al escuchar la voz de Shepard, su cuerpo inmóvil como una estatua viviente. Lentamente, giró su cabeza hacia ella. Su casco, con sus detalles intimidantes y oscuros, ocultaba cualquier expresión, pero su postura y la calma en su presencia transmitían una seguridad inquebrantable, una certeza que parecía inmutable.

Finalmente, inclinó ligeramente la cabeza, una señal de respeto. Su voz grave rompió el silencio con una intensidad controlada.
—Aprecias y cuidas a tus hombres. Lo respeto —Dejó que sus palabras flotaran en el aire, cargadas de significado. Luego, tras una pausa que parecía casi reflexiva, continuó—Me preguntaste quién era. Soy un Spartan, y mi deber es proteger a la humanidad con mi vida—Shepard lo miró fijamente, dejando que cada palabra penetrara en su mente. Sus labios amagaban una respuesta, pero se detuvieron. En lugar de hablar, dejó que el silencio hiciera su trabajo, permitiéndose un momento de introspección. Y luego, casi como una chispa inesperada en la penumbra, una pequeña sonrisa cruzó su rostro. No era la sonrisa confiada y feroz que usualmente llevaba, sino algo más íntimo, más humano.

—No sé si estás loco, pero agradezco tus palabras —Su voz era más cálida, más tranquila de lo que se había escuchado en toda la conversación.

Seis asintió nuevamente, un gesto firme pero contenido. Dio un paso hacia ella, colocando suavemente una mano enguantada sobre su hombro, su toque transmitiendo tanto apoyo como una despedida.
—Recupérate—

Con esas palabras, giró sobre sus talones y se dirigió hacia la puerta. Sus pisadas resonaron con un ritmo constante, el peso de su armadura marcando su paso.
—Adiós —La voz de Shepard llegó desde detrás de él, un eco suave que pareció envolver la habitación mientras la puerta se cerraba con un leve zumbido.

El comedor volvió a sumirse en un silencio expectante cuando Seis cruzó la entrada, sus pasos resonando levemente contra el suelo metálico. Los pocos presentes en el área común desviaron la mirada hacia él, aunque ninguno se atrevió a sostenerla. Los murmullos cesaron, dejando solo el tenue zumbido de los sistemas de ventilación llenando el aire.

A punto de salir del lugar y continuar con su camino, un quejido de dolor ahogado detuvo a Seis en seco. Giró la cabeza con rapidez, identificando el origen del sonido: uno de los soldados que habían bajado junto a Shepard. Kaidan Alenko, el biótico del grupo, estaba sentado en la mesa, con un vaso de agua medio vacío en una mano mientras se masajeaba la sien con la otra. Su rostro reflejaba fatiga, los músculos de su mandíbula tensos por el esfuerzo de soportar el dolor.

Seis se acercó lentamente, con algo de duda, deteniéndose a una distancia prudente antes de hablar —¿Te sientes bien? —preguntó, su tono neutro pero con un leve matiz de preocupación que suavizaba la dureza habitual de su voz.

Kaidan levantó la vista hacia él, su expresión entre sorprendida y resignada. Asintió lentamente, aunque la mueca de disgusto en su rostro no logró disimular del todo su malestar.
—Sí, solo es un poco de migraña —respondió, esforzándose por adoptar un tono ligero, como si pretendiera restarle importancia a lo evidente.

Por un momento, el biótico desvió su atención hacia el vaso que sostenía en la mano. Sus dedos lo rodeaban con fuerza, como si el objeto fuera un ancla en medio de su incomodidad. Observó el líquido restante con una mirada perdida. Finalmente, llevó el vaso a sus labios y bebió lo que quedaba. Al terminar, exhaló profundamente, dejando escapar un suspiro pesado.

Seis lo observó sin decir nada, estudiando cada pequeño gesto, cada movimiento. Había algo en la actitud de Kaidan que le resultaba familiar: un intento de minimizar un problema que, aunque soportable, dejaba cicatrices.
—¿Por qué no le dices a la doctora que te revise? —preguntó finalmente, su voz firme pero no exenta de preocupación. Aunque la pregunta sonaba casi como una orden, el Spartan estaba sinceramente interesado en la respuesta.

El biótico negó con la cabeza, dejando el vaso vacío sobre la mesa con un suave golpe. El sonido pareció resonar más fuerte de lo esperado en el comedor ahora silencioso.
—Ella ya sabe de mis migrañas. Es por mis amplificadores —explicó, su tono teñido de resignación. Había una cadencia monótona en sus palabras, como si las hubiera repetido demasiadas veces antes—Los L2. Son potentes, pero tienen efectos secundarios... ya sabes—

Seis asintió levemente, comprendiendo más de lo que expresó. Sus palabras colgaban en el aire, llenas de la aceptación cansada de quien ha aprendido a convivir con algo que no puede cambiar. Sin embargo, antes de que pudiera responder, la figura translúcida de Dot apareció proyectada detrás de Kaidan. Su silueta, aunque etérea, tenía una presencia inconfundible, y se inclinó ligeramente hacia adelante, como si estuviera examinando la cabeza del soldado con curiosidad científica.

—Seis, sus niveles neuronales muestran una sobrecarga significativa —informó, su tono neutro pero cargado de interés. Sus ojos, brillando con un matiz azul, parpadearon con cada palabra —Es fascinante...Su cerebro posee núcleos de elemento cero, nodos alrededor de su sistema nervioso—

La inteligencia artificial parecía absorta en sus observaciones, pero no tardó en cambiar el foco de su análisis hacia el concepto mismo de los bióticos.

—Los implantes son una interfaz, un sistema en el que acoplar los amplificadores que permiten al biótico manifestar sus capacidades naturales—continuó, su voz casi emocionada por el descubrimiento— Este universo posee un elemento llamado Eezo, que posee propiedades muy parecidas a las del elemento X. Es como magia...pueden manipular la masa y la energía cinética de los objetos. Seis, deberías tener cuidado con estos bióticos. Podrían ser los pocos enemigos realmente peligrosos en esta realidad—

Dot comenzó a procesar más información, su entusiasmo palpable mientras recopilaba datos de lo que ahora era un universo nuevo para ella.

—Sí, supongo que el poder requiere sacrificios —murmuró Seis, sus palabras casi apagadas mientras bajaba la mirada hacia su propia mano. La superficie de metal oscuro, ahora reflejando el tenue brillo cálido de las luces del comedor, era un recordatorio constante del precio que él también había pagado. Su tono tenía un dejo de amargura que no pasó desapercibido para Kaidan, quien notó el cambio de atención.

El soldado inclinó ligeramente la cabeza, fijando su mirada en el brazo del Spartan con interés.

—Tu mano...es distinta a toda tu armadura. ¿Ese es acaso tu poder?—

El comedor estaba en un silencio inquietante, interrumpido solo por el murmullo lejano de la nave. Las luces cálidas del lugar proyectaban sombras suaves, envolviendo la conversación en un aura casi íntima. Estaban alejados de los demás, como si el universo entero se hubiera reducido a ese pequeño rincón.

Seis levantó ligeramente el brazo, observándolo con una mezcla de resignación y desdén.

—Una maldición es más correcto. Nada más que eso —respondió con frialdad, dando por terminada la conversación mientras se levantaba.

La pausa que siguió fue corta, pero suficiente para marcar una distancia. Seis caminó hacia el ascensor con pasos decididos, sus botas resonando suavemente contra el suelo metálico. Antes de cruzar la esquina, se giró apenas lo suficiente para lanzar una última mirada a Kaidan.

—Llámame Seis—

Las puertas del ascensor se cerraron con un suave susurro, llevándolo hacia la zona de carga. El soldado quedó en el comedor, inmóvil, con una mezcla de curiosidad y una vaga inquietud que no pudo disipar.

La doctora Chakwas le dedicó a Shepard una sonrisa cálida y maternal mientras guardaba sus instrumentos. Había terminado el chequeo con la misma eficiencia tranquila que caracterizaba todo su trabajo.

—Todo parece estar en orden, comandante. Puede retirarse —dijo, apoyando las manos en la mesa frente a ella.

Shepard asintió, pero en lugar de levantarse, inclinó ligeramente la cabeza hacia la mujer.

—Gracias, doctora. ¿Podría pedirte un favor? —preguntó, con un tono más serio que casual.

Chakwas, perceptiva como siempre, dejó que un destello de curiosidad cruzara su rostro antes de asentir y acomodarse en su silla giratoria.

—Por supuesto, ¿qué necesitas, querida?—

La pelirroja tardó un segundo en responder, como si eligiera cuidadosamente sus palabras.

—¿Podrías hacerle un examen físico a Seis? Cuando estábamos abajo, parecía dañado tras la pelea con Saren—

El interés profesional de la doctora se encendió de inmediato. Arqueó una ceja y se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando un codo sobre el escritorio.

—¿Al hombre de metal? —repitió, su tono inicial clínico pronto dando paso a uno más juguetón—Sería interesante ver si es humano o un robot bajo toda esa inexpresividad—

El comentario, aunque revestido de curiosidad científica, traía consigo un matiz de humor que no pasó desapercibido. Chakwas soltó una risa baja, y la contraria, aunque intentaba mantenerse seria, no pudo evitar torcer los labios en una leve sonrisa.

—Hace mucho que no veía a la comandante Shepard con una expresión tan diferente. Pasaste de ser la joven que apenas podía sostener su arma a la líder que solo acude aquí por rutina— Dijo, señalando aquella sonrisa traicionera que se le había formado a la pelirroja.

Los ojos de la doctora se perdieron un instante en el pasado, recordando días más simples. Shepard, aunque inicialmente incómoda con el rumbo de la conversación, dejó escapar un suspiro y esbozó una sonrisa ligera.

—Sí, lo recuerdo. Una vez me disloqué el hombro durante un entrenamiento. Estaba tan asustada que corrí llorando hacia ti. Con un solo movimiento, me lo acomodaste, como si fuera la cosa más fácil del mundo— Chakwas rio con suavidad, mirándola con serenidad, un gesto casi maternal.

—Y después me miraste como si acabara de salvarte la vida. Ahora, fuera de aquí, querida. Ve a hacer algo útil y tráeme al Spartan para el chequeo— Con eso, volvió a su consola, sus dedos tecleando con agilidad. Era su forma de dejar claro que la conversación había terminado.

Shepard salió de la enfermería con pasos firmes, completamente renovada de aquella fatiga que la aquejaba. Mientras caminaba hacia el comedor, sus ojos se movían de un lado a otro, buscando a Seis. En lugar de él, se encontró con Alenko, que venía de frente con su andar siempre compuesto.

—Comandante —saludó el biótico, su voz tan formal como su postura.

—Hola, Kaidan. ¿Sabes dónde está Seis?—

El hombre asintió, inclinando ligeramente la cabeza hacia el ascensor.

—Se fue al área de carga. Probablemente esté con Ashley—

Shepard le agradeció con un gesto y lo vio marcharse, dirigiéndose hacia los baños. Ella, por su parte, se dirigió al ascensor, presionando el botón para descender.

El tiempo en el elevador parecía eterno. Ansiosa, tamborileó los dedos contra el panel de control, dejando escapar un suspiro impaciente.

—Deberíamos mejorar estos ascensores. Es ridículo que sean tan lentos en la nave más rápida de la Alianza —murmuró para sí misma, cruzando los brazos mientras las puertas finalmente se abrían.

La zona de carga se desplegó ante ella como el espacio más amplio de la Normandía. Las luces frías del techo iluminaban el Mako estacionado en un costado, su imponente figura blindada proyectando sombras alargadas sobre el suelo metálico. Cada pequeño sonido parecía amplificado en aquel entorno: el zumbido constante del núcleo motriz Tantalus, que brillaba desde su espalda, bañando la sala con un tenue resplandor azul que se filtraba desde ingeniería, y el eco de las botas de Shepard resonando en el metal pulido.

Un leve sonido, casi imperceptible, rompió el ritmo constante del lugar. Antes de que pudiera girarse, la profunda voz de Seis surgió a sus espaldas, grave y firme como una roca.

—¿Necesitas algo?—

Ella dio un pequeño salto, girándose bruscamente mientras su corazón daba un vuelco.

—¡No hagas eso! —exclamó, llevándose una mano al pecho—¿Cómo puedes moverte tan sigilosamente con esa armadura?—

El Spartan se quedó inmóvil, la figura imponente bajo las luces fluorescentes. Aunque su casco ocultaba cualquier expresión, un sonido bajo, que bien podía interpretarse como una risa reprimida, escapó de él. Shepard frunció el ceño, sin poder decidir si su reacción era más exasperación o alivio.

Antes de que pudiera continuar, el sonido de pasos acercándose llamó la atención de ambos. Ashley apareció desde el otro lado del área, con su rifle de asalto apoyado en el hombro y su rostro serio, aunque una ligera mueca de diversión traicionaba su intento de mantener su semblante.

—Parece que aquí no falta la diversión —comentó, lanzando una mirada rápida al Spartan y luego a la pelirroja.

Esta ultima respiró hondo, recuperando la compostura antes de hablar —Seis, necesito que vayas a la enfermería para un chequeo. Es protocolario después de una misión— El hombre giró ligeramente la cabeza hacia ella, su casco inexpresivo haciendo casi imposible saber su reacción—No es necesario. No sufrí daños durante el combate. Además, no soy un miembro oficial de la nave—

—Eso no importa —replicó Shepard, cruzándose de brazos y adoptando un tono firme— Nos ayudaste, y eso te hace parte de esta tripulación, al menos temporalmente. Además, todos vimos cómo apenas podías moverte después de la pelea con Saren. Y el grito que soltaste...—

Dejó la frase en el aire, permitiendo que el silencio hablara por sí mismo. El Spartan no respondió de inmediato. En cambio, su casco se inclinó ligeramente hacia un lado, como si estuviera sopesando sus opciones.

Un momento de pausa se prolongó en su mente, interrumpido por una voz familiar que resonó con suavidad —Seis, deberías aceptar. Podríamos obtener información sobre la medicina avanzada de este universo...incluso podríamos deshacernos de Azrael— Seis cerró los ojos bajo el casco, como si intentara ignorarla, pero sabía que no tenía sentido.

«Bien...» ,pensó. Sabiendo que ella lo escucharía a través de su enlace neuronal.

Finalmente, asintió, aunque su postura rígida dejaba claro que lo hacía con resignación.

—Está bien. Iré—

Shepard esbozó una sonrisa satisfecha.

—Gracias por esto—

Antes de que Seis pudiera reaccionar, ella lo tomó por el brazo y lo empujó suavemente hacia el ascensor. Presionando el botón de subir, dejaron atrás a Ashley, quien cruzó los brazos con una expresión seria que pronto se transformó en una risa burlona justo antes de que las puertas se cerraran.

Dentro del ascensor, el ambiente se volvió incómodamente silencioso. Seis, con su tamaño ocupaba parte del reducido espacio, mientras Shepard se mantenía junto a los controles.

—¿Era necesario? —preguntó él, su tono cargado de irritación al notar la lentitud del ascensor.

—Sí —respondió con calma, sin mirarlo directamente — No quiero que tus daños escalen por tu irresponsabilidad, además, te lo debo—

El Spartan dejó escapar un suspiro leve, apenas audible a través del casco. Permaneció en silencio mientras el ascensor finalmente llegaba al nivel de la enfermería. Shepard, sin perder tiempo, lo guio con paso firme hacia la sala médica, mostrando una mezcla de determinación y satisfacción consigo misma.

La doctora Chakwas, ocupada con su omniherramienta, levantó la mirada al escuchar el eco metálico de las pesadas botas de Seis contra el suelo. Su sonrisa maternal se amplió al ver al imponente soldado acompañado por la pelirroja.

—Doc, te lo encargo. Tengo que reunirme con Anderson —dijo Shepard, despidiéndose rápidamente y dejando a Seis solo con la doctora.

La mujer asintió sin perder la compostura y señaló la camilla —Bien. Siéntate y empecemos con algunas preguntas rutinarias —dijo la doctora Chakwas, su tono profesional pero cálido, mientras se preparaba frente a su escritorio.

El Spartan observó la camilla por un instante, evaluándola. La estructura metálica parecía lo suficientemente robusta. Finalmente, con una mezcla de cautela y resignación, decidió probar. Al sentarse, la camilla emitió un leve crujido, un sonido que lo mantuvo alerta, aunque permaneció inmóvil.

La doctora lo miró con una sonrisa tranquila, aunque sus ojos no dejaban de analizar cada uno de sus movimientos.
—A ver... ¿nombre? —preguntó con tono calmado, iniciando el cuestionario mientras permanecía de pie frente al hombre, sosteniendo una libreta física en sus manos.

El la miró en silencio, su casco reflejando las luces estériles de la enfermería. Había algo en su postura, algo que denotaba cierta resistencia, como si procesara la pregunta más de lo necesario. La doctora arqueó una ceja, percibiendo la vacilación del soldado, aunque no dijo nada al respecto de inmediato.

—Debes decírmelo. Esto quedará entre nosotros, código profesional. Te aseguro que no hay micrófonos aquí —añadió Chakwas, su sonrisa adquiriendo un matiz tranquilizador, aunque su curiosidad brillaba bajo la superficie.

Dentro del casco del Spartan, la voz de Dot rompió el silencio.
«¿Es seguro?»

Seis mantuvo su mirada fija en la doctora, mientras la IA revisaba cualquier señal sospechosa.
—No hay señales de dispositivos de escucha. Puedes proceder —respondió Dot con naturalidad.

Tras un breve momento de duda, el hombre finalmente respondió, su voz profunda resonando en el espacio reducido.
—Maverick—

La doctora asintió con naturalidad, sin mostrar sorpresa alguna. Tomó su pluma y anotó el nombre en la libreta con movimientos precisos, como si cada trazo tuviera un peso específico.
—¿Alguna enfermedad o alergia, Maverick?

—Ninguna —respondió el Spartan, su tono seco y directo, sin dar lugar a interpretaciones.

Chakwas levantó la vista de la libreta por un instante, registrando su respuesta en su mente antes de continuar con la siguiente pregunta.
—¿Edad?—

—No lo sé—

La doctora parpadeó, visiblemente sorprendida, pero recuperó la compostura casi al instante. Escribió algo en su libreta, sus trazos más lentos esta vez, como si reflexionara sobre algo en especifico.
—Bien...¿familiares con enfermedades hereditarias?—

—No lo sé —repitió Seis con la misma neutralidad impenetrable.

Chakwas inclinó ligeramente la cabeza, su expresión mostrando un atisbo de empatía mezclado con curiosidad. Algo en sus respuestas la intrigaba, aunque no dejó que esa emoción interfiriera con su profesionalismo —¿Posees modificaciones físicas o bióticas?—

—Tengo mejoras físicas y genéticas, además de un sistema de nanobots integrado en mi cuerpo—

Por un momento, la doctora se detuvo, su pluma suspendida en el aire. Sus ojos brillaron con una mezcla de asombro y curiosidad profesional.
—Nanobots...fascinante —murmuró, dejando la libreta sobre el escritorio. Activó su omniherramienta con un movimiento fluido y comenzó a ajustar los parámetros del dispositivo.
—Perfecto, ahora procederé con un análisis físico—

Chakwas se acercó al Spartan con paso decidido, sosteniendo el brazo extendido de su herramienta. Seis permaneció completamente inmóvil, su presencia tan imponente como una montaña, mientras la luz naranja proyectaba un tenue resplandor sobre su armadura.

—Quédate quieto. Esto solo tomará un momento —indicó, su voz serena mientras sus dedos ajustaban las configuraciones del dispositivo para adaptarlo al análisis de un organismo tan poco convencional como el de Seis.

Dentro de su casco, el Spartan se dirigió a Dot, su tono mental cargado de precisión.
«Hazte imperceptible. No necesitamos que descubra nada más de lo necesario»

«Entendido. Adaptando sistemas a modo pasivo»

La respuesta fue inmediata, pero Seis mantuvo su postura rígida, sin mostrar alteración alguna. En esos momentos, la doctora Chakwas comenzó a escanear su cuerpo con una concentración absoluta. Cada movimiento era preciso, meticuloso, y Seis pudo notar cómo sus ojos brillaban con una fascinación creciente. La luz de la herramienta pasó lentamente sobre su armadura, pero pronto se adentró en su fisiología, escaneando cada músculo, hueso y tejido de su cuerpo.

La doctora levantó la vista de su dispositivo, incapaz de esconder su asombro.

—¡Wow! ¡Es cierto! —exclamó, sorprendida por lo que había descubierto—. Veo algunas partículas pequeñas en tu torrente sanguíneo y en tu cerebro. Están conectadas a tu cuerpo y mente perfectamente. Esta tecnología... es realmente avanzada.

Chakwas comenzó a teclear rápidamente en su omniherramienta, ajustando los parámetros para explorar más a fondo. Se movió alrededor de su cuerpo, pasando de una zona a otra con una velocidad que reflejaba su destreza.

—No puedo creerlo —continuó, más para sí misma que para él—. Tienes los músculos y huesos más densos y desarrollados que haya visto. Las mejoras de un soldado de N7 parecen un juego comparado con las tuyas. Aunque, debo decir que algunas de estas mejoras... son ilegales —agregó con una sonrisa, mientras sus ojos brillaban de fascinación y travesura.

Seis permaneció en silencio, atento a cada palabra que salía de la boca de la mujer. No sentía ninguna necesidad de responder, y la inquietud que sentía por los comentarios sobre las mejoras ilegales pasaba desapercibida para él. La doctora estaba concentrada en su trabajo, sin demostrar señales de juicio.

Chakwas continuó con su exploración, pasando de un sistema a otro, como si estuviera revelando un secreto tecnológico que desafiaría cualquier conocimiento médico convencional. Su tono seguía siendo profesional, pero no podía ocultar el asombro.

—Un krogan estaría muriéndose de la envidia si pudiera verte, chico —comentó con una ligera risa, que, por un momento, suavizó la atmósfera que hasta ese momento había sido rigurosa.

Pero de repente, la atmósfera cambió. La doctora se detuvo, y sus ojos se entrecerraron al llegar a la última parte de su análisis: la garra negra. Un silencio incómodo llenó el aire mientras Chakwas observaba, estudiando con cautela el miembro alterado, que parecía fuera de lugar dentro de la perfección del resto de su anatomía. La curiosidad en su mirada se transformó en una ligera preocupación. Seis, por su parte, se mantuvo estoico, esperando a que la doctora tomara la iniciativa de hablar.

—¿Por...qué mierda te sucedió? —La doctora Chakwas soltó su habitual tono técnico, reemplazado por uno mucho más agresivo, al ver la condición de la mano de Seis. Su omniherramienta se movió rápidamente por todo su brazo, haciendo ajustes en los parámetros y analizando el daño con creciente preocupación—Tienes la mano destruida. Tus nervios y venas apenas son reconocibles. ¿Cómo puede ser esto posible? Necesito curarte o perderás la mano—

Seis permaneció en silencio, su mirada fija en la doctora mientras su tono de voz cambiaba a algo más urgente. Ella, al no recibir respuesta, se alejó y comenzó a moverse hacia su escritorio, claramente decidida a actuar.

—No, no puede curarme —La voz de Seis fue firme, pero la doctora no pareció detenerse.

—No, voy a curarte. No puedo creer que Saren te hiciera esto y tú no nos dijeras nada —Chakwas replicó con enojo, el tono de su voz elevándose al detectar la falta de respuesta.

Antes de que pudiera continuar, Seis detuvo su mano, sujetándola con firmeza para impedir que tocara la mano afectada. La doctora se giró hacia él, sorprendida, pero la mirada del Spartan era intensa, decidida.

—Escuche, haga un analisis el metal de mi brazo —dijo él, con una calma desconcertante.

La incredulidad se reflejó en los ojos de Chakwas, pero algo en la firmeza de su tono la hizo detenerse. Lentamente, se acercó al metal oscuro que cubría la mano de Seis, inclinándose con cautela mientras lo observaba más de cerca.

—En serio...¿qué te sucedió? —preguntó, su voz perdiendo el tono agresivo, pero el asombro seguía presente— El metal es muy extraño. Contiene Eezo...o al menos, algo con propiedades similares, pero es una aleación del mismo. Emite energía, y podría decirse que... respira, al ver las fluctuaciones de mis instrumentos. No sé qué podría causar si se uniera a tu cuerpo—

La doctora comenzó a realizar un análisis interno del metal, moviendo su omniherramienta con destreza mientras trataba de comprender su composición. Seis permaneció inmóvil, permitiendo que ella continuara.

—Tu mano ya no es orgánica. Fue absorbida por completo —continuó Chakwas, mirando con detenimiento— Lo mejor sería quitarte el metal, pero en este estado...es imposible—

Seis sintió la mirada de lástima de la doctora, pero no la desvió. En lugar de mostrar vulnerabilidad, simplemente permitió que ella continuara con su análisis.

—Supongo que esto te lo hiciste a ti mismo —comentó ella, mirando el daño con una mezcla de comprensión y preocupación.

Seis asintió lentamente, una leve pena reflejada en su rostro, aunque no la mostró completamente.

—Te pondré Medigel, y esto aislará ese metal. Así que no tendrás que ir por ahí con la mano destruida —dijo Chakwas, preparándose para aplicar el gel. Su tono era profesional, aunque la frustración aún era palpable— Pero podrías necesitar cambios de Medigel, eso es lo único que puedo hacer por ahora—

Ella aplicó el gel con su omniherramienta, y la sensación fue suave, aunque incómoda. Seis sintió una ligera presión mientras el Medigel se extendía sobre su brazo, cubriendo la herida y comenzando a estabilizar la condición de su mano. La incomodidad se desvaneció lentamente, reemplazada por una sensación de entumecimiento. Sin embargo, a medida que esa sustancia hacía su efecto, la sensibilidad regresó a su mano, mucho más intensa que cuando Dot usaba los nanobots como soporte. A pesar de que la mano aún no estaba completamente curada, la mejoría que sentía era una sorpresa, algo que no había esperado tras la intervención de la doctora.

Chakwas, observando de cerca el proceso, continuó monitoreando los signos vitales y la reacción del cuerpo. Aunque la mejora era evidente, su expresión no abandonaba la preocupación.

—Vuelvo a sentir mis dedos...gracias, doctora —dijo Seis, su voz grave resonando en la habitación mientras la sensibilidad regresaba por completo.

La doctora, aún seria, apagó su omniherramienta y se sentó en su silla, mirando el dispositivo mientras asimilaba la situación.

—Eres un enigma, Maverick —comentó con tono grave— Ten cuidado, no creo que eso sea bueno para la salud—

Seis asintió en silencio, sin decir palabra, mientras se levantaba de la camilla. Caminó hacia la salida, dejando atrás a la doctora que seguía pensativa sobre lo que acababa de presenciar.

Al salir de la enfermería, la voz de Dot resonó en su mente, volviendo a materializarse junto a él.

—Eso fue intenso, Seis —dijo la IA, con una leve preocupación en su tono.

—Sí...me siento cansado, ha sido un día demasiado largo —respondió, caminando lentamente por los pasillos de la nave, sintiendo el peso de la fatiga en su cuerpo.

Dot, como era habitual, se posó sobre su hombro distraídamente. Mirando a su alrededor, una idea surgió al ver a los tripulantes reunidos en el comedor, comenzando a cantar suavemente una canción antigua, algo familiar de tiempos pasados, que parecía provenir de su propio mundo.

—Recuerdo esa...solían cantarla durante los entrenamientos de los Spartan II, los guardias —comentó Seis, con una leve sonrisa en su voz, a pesar de su cansancio.

A medida que avanzaba por la nave, Seis sintió cómo sus pasos se volvían cada vez más pesados. La fatiga lo alcanzaba con fuerza, y el cansancio se asentaba en su cuerpo, envolviéndolo como un peso ineludible. Sus párpados, agotados, caían lentamente, y la suave melodía de Dot, acompañada de sus palabras, lo arrullaba en un estado de somnolencia. El zumbido constante del núcleo motriz y el movimiento de la nave lo mecían, haciéndolo sentir que flotaba entre recuerdos y pensamientos dispersos.

—Puede sonar mal, Seis...Pero me gusta este universo. No sé si volver sea posible, pero aun si lo fuera, este lugar es genial —dijo Dot, interrumpiendo su canto al llegar a la zona de carga.

Seis detuvo su avance, mirando la vasta área del carguero. Contrastando con el gran bullicio del puente y comedor, este lugar era silencioso, solo percibiéndose a Ashley trabajando en la mesa de armas y los ronroneos de ingeniería que creaban una atmósfera relajante.

—No podemos escapar de nuestra tarea, lo sabes —respondió, encontrando una esquina oscura en la que se sentó sobre una caja olvidada. El leve movimiento de la nave dándole mucho mas énfasis al peso de sus parpados. Siendo sostenidos unicamente por el torbellino de pensamientos que tenia en ese momento el joven veterano.

—Yo creo que ya cumpliste tu tarea, diste tu vida por Reach y por la humanidad. Mereces algo de paz, Seis —comentó Dot con una suavidad que intentaba calmar esa misma borrasca que nublaba su juicio, invadiendo la mente del Spartan.

Seis apoyó su espalda contra la pared fría y lentamente acercó sus manos a su casco, como si su peso físico pudiera aliviar la carga emocional que lo apretaba. La vida, pensaba, no era cuestión de merecer algo. Nadie le debía nada. Nada de lo que había hecho, nada de lo que había sacrificado, le daba derecho a más.

—La vida no trata de merecer algo o no, yo no merezco nada porque nadie me debe nada —dijo, apretando el casco con una rabia reprimida que se reflejaba en su voz. Dot lo observaba, sin apartar la mirada de él, su presencia constante y atenta.

—Sabes que no es así—respondió Dot, con firmeza —El equipo no querría esa vida para ti, ellos se sacrificaron por la humanidad y por ti. Dieron todo para que al menos uno de ellos viviera para recordarlos. ¿Qué le dijiste a Ashley? "Honra a tus compañeros viviendo" —El gruñido que escapó de los labios de Seis fue una respuesta muda, pero su pecho se apretó al escuchar las palabras de Dot. Un vacío desagradable se abrió en su interior.

Sin pensarlo, se quitó el casco y lo dejó caer con un sonido seco al suelo metálico del carguero. El ruido resonó en el vacío de la sala, marcando la acción con una pesadez que reflejaba su estado de ánimo.

—¿No haz notado tu cambio? Hace unas horas actuabas como con noble, hablabas y te reías —dijo Dot, sentándose a su lado. En un gesto inesperado, la IA lo abrazó, cerrando los ojos con la esperanza de transmitirle algo de consuelo. Sin pensar realmente como es que lograba sentir sus brazos rodeándolo, las lágrimas comenzaron a deslizarse por las mejillas de Seis, calientes y pesadas. Su respiración se volvió entrecortada, y su mirada se perdió en algún punto, incapaz de escapar de los recuerdos que lo asfixiaban. Sus mechones de pelo negro se pegaron a su cara, mojados por las lágrimas que caían sin control.

—Los extraño...los extraño demasiado —murmuró con la voz quebrada, su dolor tangible en cada palabra. Las gotas de agua salada continuaban cayendo mientras su cuerpo se sacudía con la intensidad de la emoción reprimida. Dot, sin decir palabra, comenzó a cantar de nuevo la misma canción, la melodía suave y constante que lo arrullaba, mientras los recuerdos de sus compañeros caían sobre él como una lluvia imparable.

La mente de Seis se retorcía al recordar sus rostros, sus voces, las risas y los gritos de guerra. Sus amigos. Sus hermanos. La intensidad de la pérdida, de la ausencia, lo consumía mientras el entorno de la nave seguía girando a su alrededor, pero él ya no podía escapar de los recuerdos que lo mantenían atrapado en ese dolor profundo.

La voz irritante de Joker resonó a través de los altavoces de la omniherramienta de Shepard, rompiendo el silencio de la noche en la nave.

—¡Shepard! ¡Despierta, bella durmiente! —su tono travieso y burlesco hizo que ella, medio somnolienta, se incorporara de la cápsula de sueño completamente perdida.

—¿Es en serio? —murmuró, frotándose los ojos y echando una mirada rápida a las otras cápsulas. La mayoría seguía durmiendo, mientras que algunos otros estaban de turno en ingeniería o en guardia, ajenos al repentino bullicio.

Joker continuó, sin perder el ritmo.

—Sí, bueno. Anderson me dijo que te avise cuando falten 5 horas para llegar a la Ciudadela, ya sabes, toda esa parafernalia de preparaciones y cosas militarescas—

Ella levantó una ceja, claramente poco impresionada, y respondió con un tono que oscilaba entre la irritación y la broma.

—Sí, sí. Ya cállate. Avísame cuando estemos arribando—

Una risa burlona se escuchó de fondo antes de que Shepard apagase la omniherramienta, dándose la vuelta y caminando hacia la cocina. El lugar estaba tranquilo, silencioso casi en su totalidad, mientras se dirigía a preparar algo para comer. Tomó una ración etiquetada como #135, que, según Kaidan, era una de las mejores, aunque su paladar era especialmente peculiar. Sin darle demasiada importancia, la preparó con rapidez y se sentó a la mesa.

El envoltorio plástico que protegía la comida fue retirado con un movimiento fluido, revelando lo que parecía ser avena con leche rehidratada. Junto a eso, su té, el que siempre guardaba para sí misma como una pequeña indulgencia. Comió con rapidez, saboreando la tibieza de la comida reconfortante. El té lo dejó para el final, como era costumbre, disfrutando cada sorbo lentamente.

Cuando terminó, se levantó y desechó lo que quedaba, antes dejando el vaso con el saquito de té sobre la mesa. La nave seguía en su habitual silencio, la oscuridad invadiendo cada rincón. El frío había aumentado repentinamente hacía poco, un cambio notable en la temperatura que sugería que el sistema SCI había sido activado. Un escalofrío la recorrió y, decidida, se apresuró a tomar el té caliente, permitiendo que el calor se filtrara lentamente en su cuerpo, dándole algo de alivio.

Un suspiro de satisfacción escapó de sus labios, pero el frío regresó poco a poco, inquebrantable. Con una resolución, decidió dirigirse al núcleo de la nave, sabiendo que la temperatura allí sería mucho mas cálida.

El ascensor descendió sin hacer ruido, las luces tenues del pasillo iluminaban débilmente a medida que Shepard llegaba a su destino. Al salir del ascensor, divisó a Ashley en una esquina cercana al Mako. El área estaba casi vacía, con cajas apiladas en una esquina, un espacio aislado que no interfería con las actividades habituales de la nave. El ambiente estaba en completo silencio, un aire denso que invadía el lugar mientras ella se acercaba con pasos suaves.

Cuando estuvo cerca, notó que la de rodete estaba asomada al vehículo, mirando hacia las cajas. Shepard, con su presencia firme, le tocó el hombro, provocando que saltara de golpe.

—¡¿Quién mierda...?! Oh, Comandante. Disculpe —la de pelo castaño reaccionó de inmediato, dejando ver una mezcla de sorpresa y pena, que rápidamente se disipó.

—Tranquila. ¿Qué estabas haciendo? —preguntó Shepard con una mirada curiosa. Ashley, con una sonrisa juguetona, le devolvió la mirada, mientras sus ojos brillaban de diversión.

—Mire lo que encontré cuando revisaba el Mako —Dijo antes de asomarse nuevamente por el vehículo, señalando hacia una figura en la oscuridad. La comandante siguió su mirada y vio a Seis apoyado en la pared, sin su casco, durmiendo profundamente. Se podía oír un leve ronquido que salía de él, un sonido profundo y calmado.

—Es el grandote —dijo la soldado, observando la escena con gracia. Mirandola con una sonrisa, su tono revelaba cierto tono juguetón —Y yo pensaba que era un robot, pero la verdad es que es hasta atractivo —Ashley no mentía. Seis tenía una ligera barba, su cabello largo de color negro caía sobre su rostro cubierto de cicatrices, y su mandíbula estaba perfectamente definida —Pero no es mi tipo. Muy alto. No quisiera que me vieran como una enana a su lado —Ashley soltó una pequeña risa mientras Shepard no pudo evitar imaginar la escena.

—No sé qué hace aquí, creo que no sabe que hay cápsulas para dormir — La pelirroja se detuvo un momento, un pinchazo de culpa la golpeó de repente. Se dio cuenta de que se había olvidado de indicarle a Seis dónde encontrar su cápsula de descanso. En lugar de eso, había terminado en la zona de carga, durmiendo en medio de un frío incómodo, con su pesada armadura puesta.

Ashley, sin embargo, se adelantó, dándose cuenta también de la situación.

— Tampoco creo que entre en alguna. Deberíamos despertarlo, está muy fresco y lleva todo su equipo puesto —dijo ella, mirando a Seis con algo de preocupación.

—Cierto, no noté el frío del lugar —respondió Shepard, apurándose un poco. Juntas se acercaron a él, y Ashley, con un toque suave, le tocó el hombro moviéndolo ligeramente. Seis soltó un gruñido y tosió débilmente, pero permaneció en su estado de descanso.

—Espero que no se resfriara —comentó mientras movía su hombro de nuevo, y esta vez, uno de los ojos de Seis se entreabrió ligeramente, parpadeando con pereza.

—Seis, despierta —dijo Ashley con firmeza, tocando su hombro una vez más. La mano de Seis se cerró alrededor de la de ella sin esfuerzo, y sus ojos volvieron a cerrarse al instante, claramente sin ganas de levantarse.

—Kat... luego... haré la guardia —dijo con voz grave, casi ronca, mientras sus párpados caían nuevamente.

Shepard y Ashley se miraron, entendiendo que necesitarían ser un poco más persistentes. Volvieron a intentar despertarlo, y esta vez, el hombre se obligó a abrir completamente los ojos, aunque aún claramente adormilado.

—Vamos, muévete, grandote —dijo del rodete con tono bromista. Con esfuerzo, se levantó, estirando sus músculos como si estuviera saliendo de un largo descanso. Su voz, más grave y ronca de lo normal, salió entre sus labios.

—¿Qué pasa? —preguntó, mirando a su alrededor, confundido.

—Dormiste en el carguero con tu equipo puesto —informó Shepard mientras observaba su estado, claramente preocupada por el frío que había soportado.

Seis parpadeó, mirando su cuerpo como si estuviera procesando la información.

—Ah...Si, me sentía muy cansado —respondió con una mueca fatigada, como si lo que acababa de decir no fuera más que una trivialidad. Se agachó y recogió su casco del suelo, limpiándolo con movimientos meticulosos, eliminando la suciedad que se había acumulado durante su descanso.

—Falta un poco más para llegar a la Ciudadela, deberías ir a dormir en las cápsulas. Hace mucho frío aquí —Shepard sugirió, observando al Spartan que, a pesar de su cansancio, seguía mostrando una actitud resistente.

Seis, sin embargo, comenzó a acomodarse el largo cabello, cubriéndose con su casco nuevamente y ocultando su rostro. La acción transmitió un ligero sentimiento de evasión, pero también de resolución.

—No será necesario, ya me siento mejor. Aunque podría necesitar un baño —respondió, ahora con un tono más accesible. Algo en su postura y palabras indicaba un cambio. Ya no era tan distante como antes, los silencios entre sus frases comenzaban a disminuir.

—Lastimosamente no hay bañeras, aunque se van a implementar una vez estemos en la Ciudadela —Shepard sonrió levemente ante la ironía de la situación, pero luego notó que Williams, detrás de Seis, parecía sorprendido por algo.

—¡Wow! ¿Cuántos es que pesas? — Ashley exclamó, sorprendida al ver cómo la caja de metal donde Seis había estado descansando se había abollado. Seis se encogió ligeramente, como si estuviera avergonzado por el hecho.

—Perdón, me olvido a veces de eso —dijo, con un tono más suave.

—Bueno, debo volver a mi trabajo. Adiós, Grandote. Comandante —Ashley dijo con un tono desenfadado antes de alejarse hacia la mesa de armas, comenzando a limpiarlas con movimientos rápidos y profesionales. Seis, ahora más relajado, observó a la de pelo castaño marcharse. Mientras tanto, la de pelo rojo tomó un último sorbo de su té, ahora, tibio antes de dar un paso en señal de marcha.

—Yo voy a completar unos informes pendiente, nos vemos en el CIC en cuatro horas —añadió mientras se dirigía hacia el núcleo de la nave. Al pasar junto a Seis, lo observó una vez más. Su imponente figura, de pie en la oscuridad del carguero, dejó una impresión fugaz en su mente. La quietud de su presencia era casi palpable.

—Adiós, Shepard —la voz profunda del Spartan resonó, grave y firme, antes de que ella entrara a ingeniería, donde encontró al ingeniero Adams trabajando en su habitual concentración. La nave seguía su curso, pero en ese momento, con la familiaridad de las tareas cotidianas, el vasto espacio de la nave pareció un poco más cercano.

Dot y Seis habían pasado la mayor parte del tiempo investigando sobre distintos tópicos y conceptos de la galaxia, rastreando todo lo que podían, hackeando sistemas para obtener información adicional. Sabían que la reunión con Steve Hackett se acercaba, y necesitaban estar preparados para lo que los esperaba, buscando la manera de llegar a una solución viable.

De repente, una voz salto de los altavoces, resonando en la nave —Comandante Shepard, Oficial Pressly y equipo de la comandante, se requiere su presencia en CIC—

Seis, que se encontraba revisando documentos de la alianza en la zona de carga, se levantó lentamente del suelo. Dot desapareció con un resplandor, llevándose consigo aquellos archivos. La información que habían recopilado les aclaro bastantes cosas; una de ellas era el hecho de que las IA estaban prohibidas. Por lo que habían tenido bastante suerte hasta ahora, agradeciendo la dificultad para comunicarse del Spartan, lo último que necesitaban era que Dot se convirtiera en un objetivo.

Caminando hacia el ascensor, noto que el tiempo parecía avanzar con rapidez. Llegó al centro de operaciones de la nave, donde el bullicio del tecleo y las conversaciones llenaban el aire. El ambiente era aún más caótico que en el comedor, lo que significaba que las miradas y las sorpresas aumentaban. Se había mantenido en la zona de carga para evitar a los tripulantes, pero ahora, al caminar por el CIC, todos lo observaban a medida que pasaba.

Cruzando a un costado del mapa galáctico, avanzo hasta la escalera del pasillo que daba al timón. Pero, cuando coloco su pie en el primer escalón, el delgado metal rechino hasta agrietarse, cediendo bajo su peso, lo que provoco que todas las miradas se volvieran hacia él.

«Genial», pensó Seis.

Dot, materializándose fugazmente, aplaudió de manera irónica antes de desaparecer de nuevo. Decidió ignorar el sonido y saltarse los demás escalones, aprovechando su altura para continuar caminando, sin prestar atención a las miradas incrédulas de los tripulantes.

Al llegar a la zona del timonel, una figura de cabello rojo y armadura negra con el símbolo N7 se destacó entre los presentes, saludándolo —Hola, Seis. Parece que comenzaste con entusiasmo tu llegada al puente —burló la mujer mientras observaba la escena frente a la nave. Joker, el piloto, no pudo evitar reírse sin disimular, mientras un hombre con uniforme militar lo analizaba de pies a cabeza con cautela.

Seis extendió la mano en saludo hacia este ultimo, a lo que el la miró con semblante inquisidor por unos segundos —Teniente Seis B-312 —dijo con firmeza.

—Charles Pressly, oficial de navegación —respondió, dudando un momento, pero aceptando finalmente el saludo. Ambos soltaron el apretón y Pressly volvió a concentrarse en su pad de datos.

Una vez presentado, se acerco al timonel. Que solo le guiño el ojo fugazmente, devolviendo su atención a las múltiples pantallas holográficas frente a el. Sin dar mas espacio para charlas, Joker pulso un botón resaltado, activando los altavoces de la nave y, como si se tratara de un viaje turístico, exagero su tono de voz—Damas y caballeros, bienvenidos a la joya de la galaxia; la Ciudadela—

La gigantesca estación espacial se desplegó ante la vista de todos, tal y como Dot la había descrito. Ashley, que había aparecido por detrás de Seis, se acercó a las ventanas, maravillada por la vista.

La Ciudadela se desplegaba ante ellos como una pieza de arte colosal en el vacío del espacio, un monumento al poder y la ambición galáctica. Los tonos metálicos y los brillos de las luces artificiales parecían bailar a través del cristal de la Normandía, capturando la atención de todos en el puente. Ashley, quien rara vez dejaba entrever su asombro, no pudo contenerse —Es realmente impresionante —comentó, su tono cargado de genuina admiración.

Por un momento, su actitud seria y profesional se desvaneció, reemplazada por la simple fascinación, y no se le podía culpar. La estación poseía unos enormes brazos que se extendían como si fuera una flor y sus pétalos, de los cuales se lograban ver las enormes masas de personas que lo habitaban, moviéndose como estrellas fugaces.

Seis se dignaba a solo admirar las vistas. Jamás, en ninguna de sus innumerables misiones para la ONI o el equipo Noble, había presenciado algo como esto.

— Aquí SSV Normandía, solicitando permiso de aterrizaje —

El ruido de estática continuo a la solicitud de Joker, pero fue rápidamente intercambiada por la voz de la torre de control resonando a través del comunicador mientras el de gorra ajustaba los controles con precisión.

—Permiso concedido, diríjase al puerto tres—

Anderson hizo acto de presencia, caminando hacia el grupo reunido en el puente. Su mirada se posó primero en Seis antes de pasar a la comandante.
—Shepard, estamos a punto de sumergirnos en muchos temas políticos. Vengo a informarte que el Spartan tendrá que venir conmigo. Su presencia en Eden Prime, especialmente con su implicación en lo que ocurrió con Saren, puede causar problemas si no lo aclaramos de inmediato —

La pelirroja adoptó una postura firme, asintiendo sin vacilación.
—Entendido, señor—

—Me alegra que así sea —Anderson exhaló ligeramente aliviado antes de mirar nuevamente a Seis, buscando su confirmación.

Seis inclinó la cabeza en un gesto de aprobación.
—No obstaculizaré —

El moreno pareció relajarse más y lo guio hacia la compuerta de salida mientras Joker maniobraba la nave con destreza.

El calor ambiental aumentó cuando el núcleo motriz de la Normandía ronroneo al entrar en la gigantesca estación. Las luces y los sonidos envolvieron el espacio, mientras la nave se acoplaba a unas extremidades gravitacionales que la sostenían con precisión.

—Es curioso cómo utilizan el efecto de masa para todo —murmuró Seis, casi para sí mismo. Su mirada se perdió por un instante mientras Dot, siempre curiosa, proyectaba pequeños análisis sobre el funcionamiento de los sistemas de acoplamiento.

«A Kat le habría fascinado esto...», pensó brevemente, antes de sacudir la cabeza para centrarse en el presente.

—Normandía acoplada. Sistemas principales apagados. Inicio de mantenimiento de la nave, sistemas requeridos activos —La voz robótica de la IV resonó, marcando el fin del aterrizaje.

El capitan se giró hacia Shepard y su equipo.
—Aquí nos separamos. Reúnanse con Udina en la embajada. Él les dirá cómo abordar todo esto. Yo me reuniré con ustedes en la cámara del consejo —

Con esas palabras, Anderson y Seis descendieron de la nave, dejando a Shepard la tarea de organizar a su equipo.

El templado de la estación contrastaba con el ambiente cálido de la Normandía. Las luces de la Ciudadela, brillando con una intensidad artificial, parecían casi abrumadoras mientras los dos hombres caminaban hacia el ascensor.

—Hackett nos espera —Anderson comentó, presionando el botón del elevador mientras ambos se colocaban en su interior.

Las puertas se cerraron, y el ascensor comenzó su descenso a una velocidad notablemente más rápida que la de la Normandía. El silencio en el pequeño compartimiento era interrumpido solo por el leve zumbido del mecanismo y el suave resplandor de las luces en movimiento.

—Eficiente —comentó Seis, más como una observación que como un cumplido. Su acompañante asintió distraídamente, su mente claramente absorta en los eventos que estaban por desarrollarse.

Dot apareció en frente de Seis, su figura flotando con curiosidad mientras observaba los alrededores —La Ciudadela...realmente es un monumento interesante. La arquitectura es tan avanzada, y sin embargo, tan...extraña. ¿Cómo habrán logrado mantener todo esto durante tanto tiempo? —Seis no respondió, pero la ligera inclinación de su cabeza mostró que había escuchado.

El ascensor se detuvo con un suave chirrido. Las puertas se deslizaron con un susurro mecánico, revelando el bullicio de una plataforma llena de actividad. Anderson enderezó su postura, como si se estuviera preparando para lo que se avecinaba. Seis, en contraste, avanzó con la calma y determinación que lo caracterizaban, su figura imponente atrayendo miradas en cada paso.

La plataforma estaba repleta de humanos y alienígenas que se cruzaban en el lugar, cada uno enfrascado en su propia tarea. Mujeres y hombres con armaduras azules, probablemente personal de seguridad de la Ciudadela, patrullaban junto a figuras altas y esbeltas con rostros angulares, que ahora eran capaces de reconocer como turianos. También había mujeres con piel azulada y protuberancias similares a tentáculos en sus cabezas: asaris.

Las instalaciones, aunque bien organizadas, parecían pequeñas en comparación con la magnitud de la Ciudadela que se vislumbraba más allá. El moreno avanzó por los pasillos con paso seguro, y Seis lo siguió de cerca, su presencia eclipsando a quienes pasaban a su lado. Así estuvieron durante unos minutos hasta que llegaron a una clase de delegación controlada por humanos, mirando hacia la entrada del lugar, el símbolo de la Alianza de Sistemas se alzaba por encima.

Irónicamente, el acceso era custodiado por un turiano con una armadura bien cuidada. Al acercarse, el alienígena alza una mano para detenerlos.
—Identifíquese —dijo con tono cortante, mientras activaba su omniherramienta. Anderson replicó el gesto, mostrando su identificación.

El guardia verificó los datos y asintió, moviéndose a un lado para dejarlos pasar.
—Credenciales aceptadas. Pueden proceder—

Cuando cruzaron la entrada, se adentraron en algo parecido a unas oficinas gubernamentales. Por ella, distintas personas uniformadas caminaban apresuradamente, con cajas repletas de pads o escoltando a alguien. Evitándolos, el capitán los guio hasta una puerta en el otro extremo, decorada con mas insignias y símbolos militares. Al ingresar, el bullicio de antes desapareció tras las paredes, como si estuvieran en una burbuja. Era una sala bastante pequeña, con una gran mesa en el centro y pantallas holográficas que mostraban imágenes de la Alianza, a su alrededor. La luz del lugar era mayormente provista por estas proyecciones, dándole al ambiente un brillo azulado.

En una de las sillas, un hombre de edad avanzada esperaba. Sus rasgos curtidos y una cicatriz prominente en su rostro hablaban de una vida llena de experiencias y batallas. Era el almirante Hackett, un nombre que Seis había investigado arduamente en los informes robados de la Alianza. El hombre levantó la vista al verlos entrar, haciendo un leve gesto hacia un asiento cercano.

—Siéntate, por favor —Su tono era directo pero sin hostilidad, casi con cortesía.

Seis miró la silla y luego a Hackett. Negándose rápidamente al ver los frágil que era.
—No quiero romper la silla, gracias igualmente —Su respuesta fue breve y pragmática.

El almirante no insistió. En cambio, guardó silencio mientras se frotaba las manos pensativamente. Anderson, por su parte, se acercó a una mesa donde había una cafetera y comenzó a servirse una taza de café.

Finalmente, Hackett se levantó, caminando hacia Seis con pasos deliberados. Su mirada se fijó en la figura imponente del Spartan, examinándolo con detenimiento.
—Eres bastante interesante, Spartan —La voz del almirante tenía un tono calmado, pero cada palabra llevaba el peso de la autoridad— Tu armadura, tu estatura, tus capacidades y tecnología. Todas y cada una de esas características que posees no son comunes—

El hombre cruzó los brazos frente a su pecho, sus ojos nunca abandonando la visera de Seis, como si intentara perforar el cristal.
—Y bueno...no es que hayas contado mucho sobre ti. Así que te lo pregunto directamente: ¿podrías decirnos quién eres?—

El silencio llenó la sala por unos instantes, solo roto por el zumbido suave de las pantallas holográficas. Hackett mantuvo su mirada fija en Seis, paciente pero firme, una mezcla de escepticismo y curiosidad oculta tras su expresión inquebrantable.

Seis inhaló profundamente, sintiendo el peso del momento. Su casco le parecía más sofocante que nunca, como si el metal comprimiera no solo su cráneo, sino también sus pensamientos. Finalmente, rompió el silencio.
—No sé cómo sonará esto... pero no pertenezco a este lugar—

Anderson, con la taza de café aún en la mano, frunció el ceño y la dejó sobre la mesa con un ruido sordo. Hackett levantó una ceja, apenas perceptible, mientras inclinaba ligeramente la cabeza hacia un lado, instándolo a continuar.

—No me refiero al espacio del Consejo, ni a esta galaxia. Hablo de una realidad completamente distinta. Una donde la guerra y la muerte son constantes, donde la humanidad lucha por su propia existencia cada día —Las palabras de Seis cargaban un peso casi tangible, como si estuviera reviviendo cada batalla con cada frase.

Seis hizo una pausa, tomando el casco que portaba entre sus manos. Con un leve movimiento, lo retiró, dejando al descubierto su rostro. Las cicatrices en su piel y el cansancio en su mirada parecían contar una historia que sus palabras no podían.
—Soy un humano modificado, creado para salvar a la humanidad. Soy parte del Proyecto Spartan—

Anderson se pasó una mano por la cara, sus ojos llenos de incredulidad mientras procesaba las palabras del soldado. Hackett, por su parte, no dejó que su expresión se suavizara, pero la chispa de interés en su mirada fue innegable.
—Dices que vienes de otra realidad...—Hackett habló lentamente, sus palabras cuidadosamente elegidas— Parece una broma, pero... no tengo muchas teorías que puedan explicar lo que lei en los informes ¿Qué pruebas tienes?—

Antes de que Seis pudiera responder, Dot apareció como un destello frente a el, su figura proyectada con decisión y una resolución clara. Dándole un asentimiento con seguridad, su expresión mostrando una mezcla de confianza y cautela.

En ese rápido intercambio, Seis había movido los ojos levemente, lo suficiente para que Hackett notara el cambio en su enfoque. El almirante entrecerró los ojos, como si ya anticipara que algo estaba por venir.
—Tengo pruebas... aunque no van a gustarles —advirtió Seis.

Dot, sin perder tiempo, comenzó a manipular el sistema. Las pantallas holográficas parpadearon de manera intermitente, como si resistieran el intruso que intentaba tomar el control. En cuestión de segundos, el aislamiento de la sala se activó y las imágenes de la alianza comenzaron a llenarse de datos y registros.

—¿Qué demonios está pasando? —gruñó Anderson, poniéndose de pie rápidamente, su rostro crispado de preocupación.

Antes de que pudiera decir más, Seis lo detuvo colocando una mano firme en su hombro.
—Tranquilo, esto es necesario—

Entonces, Dot apareció en las pantallas, su rostro digitalizado proyectado en todas ellas al mismo tiempo.
—Hola, soy Auntie Dot. La inteligencia artificial que acompaña al Spartan, Noble Seis —dijo con una calma que contrastaba con el caos que había provocado.

Hackett permaneció inmóvil, su mirada fija en la figura proyectada mientras procesaba lo que veía. Anderson, por otro lado, se cruzó de brazos con una mezcla de enfado y resignación mientras dirigía una mirada fulminante a Seis.
—Sí, realmente se ve mal, Spartan. Muy mal —murmuró Anderson, volviendo a sentarse pesadamente en su silla.

La sala quedó en silencio mientras Dot, proyectada en las pantallas holográficas, comenzaba a hablar con un tono controlado pero firme.

—Lamento la brusquedad de mi presentación, pero sus defensas eran muy buenas y necesitaba hacerlo rápido. La información que verán ahora es parte de nuestra realidad. Seis y yo formamos parte de la UNSC, una organización dedicada a la defensa de la humanidad y a la creación de los Spartan. Este proyecto fue diseñado para asegurar nuestra supervivencia frente al Covenant, un conjunto de razas aliadas por un fervor religioso que son enemigos jurados de la humanidad—

Mientras hablaba, las pantallas comenzaron a mostrar imágenes y documentos clasificados: batallas devastadoras, Spartan en acción, y las brutales atrocidades cometidas por el Covenant. Las expresiones de Anderson y Hackett cambiaron drásticamente, sus semblantes endurecidos ahora marcados por la sorpresa y la incredulidad.

—Esto...esto es igual a la guerra del primer contacto...no...es incluso peor —murmuró Anderson, su voz quebrada por la consternación mientras sus ojos recorrían las imágenes.

Hackett apartó la vista de las pantallas y giró hacia Seis. Su mirada, antes imperturbable, ahora reflejaba un matiz de asombro.
—Te creo. Esto...esto no existe en nuestra realidad...y espero que nunca llegue a hacerlo—

Con un suave parpadeo, las pantallas se apagaron y Dot desapareció. El ambiente en la sala se volvió aún más tenso mientras el almirante suspiraba profundamente, llevando una mano a su barbilla pensativa.
—Es mucho que procesar —admitió el hombre, finalmente rompiendo el silencio— Pero podría sernos útil. Podrías proporcionarnos información y algunas de tus tecnologías — Hackett tomó un vaso de agua de la mesa cercana, vaciándolo de un trago antes de devolverlo con un golpe seco. Anderson, por su parte, comenzó a caminar por la sala, frotándose la cabeza mientras intentaba digerir la situación.

—Tenías razón, esto sobrepasa algo meramente político. No podemos decirle al Consejo nada de esto. Nosotros mismos no te creímos hasta que vimos las pruebas. Ellos no lo tomarán igual—

Hackett asintió lentamente.
—Lo mejor será ocultar esta información. Te haremos pasar como un agente especial de la Alianza, pero tendremos que encubrir lo referente a tus modificaciones. Las leyes sobre ingeniería genética son estrictas, y según lo que entendí de los documentos, tú las superas por mucho—

Se apoyó en la mesa, sus dedos tamborileando ligeramente sobre la superficie mientras Anderson se detuvo y aclaró la garganta, recuperando su compostura.
—Preferí no mostrar información sobre los Forerunner. Supuse que sería demasiado para procesar en este momento —comentó Dot, apareciendo brevemente frente a su compañero, mirando de reojo a los dos hombres descompensados.

Hackett se irguió de nuevo, cruzándose de brazos mientras miraba a Seis.
—Por ahora, serás un miembro oficial de la Alianza y un agente especial a ojos de la galaxia, probablemente deberemos de darte el rango de N7, o crearte una división especial para explicar tus capacidades. Esa será tu coartada en lo que respecta a la situación con Saren—

El almirante mantuvo su mirada fija en Seis, su tono más severo.
—A cambio, requeriremos que compartas información sobre tu realidad: armas, tecnologías, tácticas. Todo lo que pueda ser útil—

Seis asintió lentamente, pero antes de que pudiera responder, Anderson tomó la palabra.
—Y sobre tu IA...también tendrás que mantenerla oculta. En circunstancias normales, te la habríamos confiscado por el riesgo que implica, pero no podemos juzgar tu situación con las mismas reglas que usamos para los nuestros. Aun así, espero que la mantengas bajo control y oculta—

Dot apareció brevemente, proyectada en el casco de Seis, con una expresión ofendida antes de desaparecer abruptamente.
—Conozco sus conflicto y los entiendo, pero Dot es una amiga leal —dijo Seis con firmeza, su voz cargada de resolución.

Hackett exhaló con fuerza, dejando pasar el tema.
—Será mejor que vayas a buscar a Shepard. La reunión con el Consejo será en pocas horas—

Con un movimiento rápido, el almirante ajustó su uniforme y se dirigió hacia la puerta, abriéndola para permitir que Seis y Anderson salieran. Abandonando la delegación.

El guardia de la entrada permaneció firme mientras los dos hombres avanzaban por los pasillos abarrotados. La actividad de la estación parecía haber aumentado, y las miradas curiosas se posaban constantemente sobre la imponente figura de Seis. Algunos transeúntes activaban sus omniherramientas, probablemente para tomar fotos.

Anderson avanzaba junto a Seis, pasando desapercibido entre la multitud que llenaba los pasillos y áreas de los distritos. A diferencia del capitán, el Spartan no podía evitar llamar la atención. Su figura imponente y la armadura de diseño peculiar que portaba destacaban como una anomalía en el bullicioso entorno. Las miradas curiosas, asombradas y hasta temerosas lo seguían a cada paso, pero Seis, acostumbrado a estas reacciones, mantuvo su enfoque en el camino.

Dot, en cambio, no podía ocultar su asombro al observar el entorno.
—Esto es increíble. Los colores, las estructuras, el diseño...todo es tan distinto a lo que conocemos —comentó, su voz mostrando una mezcla de fascinación y asombro.

A medida que se alejaban del Seg-C y se adentraban en los distritos inferiores, el entorno se volvía aún más vibrante y animado. El número de personas aumentaba con cada paso, y el ruido se intensificaba hasta convertirse en una cacofonía constante. Tomaron un ascensor que los dejo en una zona aún más iluminada y concurrida. Sin embargo, justo cuando el panorama parecía abrirse a más maravillas, un agudo dolor en la mano de Seis lo detuvo en seco.

El Spartan dejó escapar un leve gruñido de dolor, y Anderson, al notar su cambio de postura, giró rápidamente hacia él.
—¿Qué sucede? —preguntó con seriedad, arrodillándose frente al gigante.

Seis levantó su brazo lentamente, señalando su mano con un movimiento torpe.
—Necesito medigel...Chakwas dijo que debía aplicármelo peridicamente—

Anderson sacó su omniherramienta para aplicarle, pero soltó una maldición al darse cuenta de que se le había acabado.
—No tengo medigel conmigo. Necesitamos encontrar un puesto médico, y rápido—

Intentó ayudar al Spartan a levantarse, pero no logró moverlo ni un centímetro. Anderson frunció el ceño, visiblemente preocupado.
—Eres demasiado pesado. Vamos, muévete. Hay una enfermería cerca de los distritos —ordenó con un tono que intentaba disimular la urgencia.

Mientras avanzaban, los pasos de Seis se volvieron más torpes y lentos. Su visión comenzó a nublarse, y el dolor en su brazo se intensificó. Dot reaccionó con rapidez, su voz resonando los oidos del Spartan.
—¡Seis, la corrupción está avanzando! El medigel fue completamente desintegrado. Estoy enviando nanobots para ralentizarla, pero necesitas ayuda ya—

El Spartan apenas podía escuchar las palabras de Dot mientras el fuego abrasador en su brazo amenazaba con consumirlo por completo. Cada paso era una lucha, y sentía cómo su carne era destruida y reconstruida al mismo tiempo por la batalla entre Azrael y los nanobots.

Finalmente, llegaron a la enfermería. La doctora que atendía el lugar se quedó petrificada al verlo entrar, una figura enorme, claramente herida, y dirigiéndose directamente hacia el dispensador de medigel. Seis tomó una dosis sin decir una palabra y se la extendió a Anderson, quien la recibió con rapidez.

—¡Aplica esto! —ordenó Seis, su voz cargada de esfuerzo mientras se apoyaba contra una de las paredes.

Anderson rompió el sello del medigel y comenzó a aplicarlo con cuidado sobre la mano y el brazo del Spartan. Su mirada se detuvo por un momento en el extraño material negro que se extendía como un cáncer por la extremidad de Seis, y no pudo evitar preguntar en voz baja:
—¿Qué demonios es esto...?—

La respuesta no llegó de Seis, sino de Dot, quien apareció brevemente frente a el, su expresión digital cargada de preocupación.
—Por ahora, está bajo control...Pero esto no puede seguir así, Seis. Necesitamos una solución definitiva, y rápido—

El hombre respiró profundamente mientras el medigel y los nanobots trabajaban para estabilizarlo. Por ahora, la expansión de Azrael se había contenido, pero tanto él como Dot sabían que no sería suficiente de forma permanente. La amenaza seguía latente, y cada pulsación en su brazo negro era un recordatorio de la batalla constante que libraba en su propio cuerpo.

—Una caja de sorpresas, Spartan —comentó la IA, su tono cargado de sarcasmo, aunque la preocupación en su voz era evidente.

—Ojalá no serlo —murmuró Seis, observando su mano ennegrecida mientras la flexionaba, asegurándose de que aún tuviera control sobre ella.

—Eh...¿hola? —Una voz femenina interrumpió el momento, haciendo que ambos hombres giraran hacia la doctora que los había estado observando en silencio.

La mujer, claramente desconcertada, levantó una mano tímidamente.
—¿Todo...todo está bien?—

Seis asintió con firmeza, guardando su tono habitual de neutralidad.
—Disculpe, doctora. Tenía un problema con mi mano, pero ya se solucionó—

Ella pareció aceptar la respuesta sin más preguntas, aunque su expresión mostraba claramente que prefería no insistir. Seis y Anderson comenzaron a dirigirse hacia la salida, dejando atrás el lugar.

Sin embargo, justo cuando estaban por cruzar la puerta, una figura delgada apareció repentinamente frente a Seis, tropezando contra sus placas. Reaccionando rapido, tomo a la persona entre sus brazos para evitar que cayera.

El contacto hizo que un gemido de dolor escapara de una especie de modulador en el casco que cubría el rostro de la figur —¡Doctora, se está desangrando! —exclamó Seis al notar una herida en el traje, de la cual brotaba un liquido carmesí, empapando el área con rapidez.

La pequeña alzó la cabeza débilmente, su voz temblorosa y apenas audible mientras murmuraba unas última palabras de su modulador:

—A-ayúdame...—


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Primeros avances, contenido adicional he interacción

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