Un Lobo Guardian
El Spartan cargó a la chica con cuidado hasta una de las camillas, su armadura crujiendo ligeramente con cada paso. Al llegar, desenvainó el kukri con un movimiento fluido, la hoja brillando bajo las luces estériles de la enfermería. Sin vacilar, se inclinó sobre ella, listo para cortar el traje que envolvía su cuerpo.
—¡No! —La voz firme de la doctora rompió el momento, deteniendo su mano a escasos centímetros del tejido. Su tono era una mezcla de urgencia y autoridad— Los quarianos tienen un sistema inmunológico extremadamente débil. Si rompes el traje, podrías matarla. Necesitamos aplicarle antibióticos inmediatamente—
El Spartan asintió en silencio, guardando el kukri con un movimiento mecánico. Se giró hacia Anderson, quien ya estaba rebuscando entre los muebles de la enfermería con rapidez y precisión.
El capitán sacó un recipiente con antibióticos líquidos, su expresión grave pero enfocada. Sin perder tiempo, cargó el contenido en una jeringa mientras la doctora trabajaba rápidamente, aislando la zona afectada y esterilizándola con movimientos eficientes.
Seis, rápidamente, conectó los signos vitales de la quariana a su sistema interno, las lecturas parpadeando en su HUD. Sin demora, tomó la jeringa y administró los antibióticos directamente en la piel expuesta de la chica. Un leve quejido escapó de sus labios cuando la aguja atravesó su piel, apenas un susurro que llenó el silencio tenso de la sala.
—¿Esos trajes tienen algún sistema de soporte vital? —preguntó el Spartan, su voz profunda y cargada de pragmatismo mientras observaba a la doctora continuar su trabajo con la omniherramienta.
La mujer, con la mirada fija en la pierna de la chica, respondió sin detenerse.
—Creo que sí, aunque no sabemos mucho sobre los quarianos. Sus trajes están diseñados para manejar contingencias como esta, pero...—Antes de que pudiera continuar, una voz inesperada, entrecortada y nasal, resonó desde el fondo de la sala.
—¡Por supuesto que los tienen! —Seis giró ligeramente la cabeza hacia el origen del sonido.
En una camilla al otro extremo de la enfermería, un volus descansaba, su cuerpo envuelto en un traje presurizado que emitía leves zumbidos rítmicos. Sus palabras, aunque cargadas de una confianza peculiar, rompieron la tensión en la habitación.
—Soy un volus. Nadie mejor que yo para saber cómo funcionan—
El Spartan asintió en agradecimiento, un gesto breve pero respetuoso, antes de volver su atención a la chica herida. El volus, sin embargo, continuó mirándolo fijamente. Sus ojos ocultos tras los visores amarillos que brillaban débilmente, con una curiosidad evidente.
Internamente, la voz de Dot resonó en su mente, precisa y lista como siempre.
«¿Qué necesitas?»
«Hackea su traje» ordenó Seis, sin perder tiempo «Verifica si puedes activar algún soporte vital o sistema de desinfección»
«Entendido. Iniciando acceso al sistema del traje»
El Spartan permanecía inmóvil, como una torre de vigilancia, observando tanto a la doctora como a la quariana mientras los datos fluían por su HUD. Era una cascada de números y gráficos: Dot ya estaba trabajando, analizando cada aspecto del entorno.
La doctora, con movimientos precisos y tensos, logró retirar la bala del muslo. El proyectil cayó en una bandeja quirúrgica con un ruido metálico, teñido de sangre. Los signos vitales de la quariana, ya frágiles, comenzaron a decaer rápidamente. La pérdida de sangre era crítica, y su temperatura corporal descendía a niveles peligrosos.
—¡Señor, aplíquele medigel a la paciente! —ordenó, dirigiéndose al moreno.
Anderson actuó sin dudar. Con cuidado, aplicó el gel directamente sobre la herida. La sustancia iridiscente se infiltró en la carne dañada, cerrando parcialmente la lesión y deteniendo la hemorragia superficial, estimulando el tejido para que se reconstruya.
—Hecho —dijo con voz firme, aunque su mirada reflejaba preocupación—. Pero no creo que sea suficiente. Los quarianos son extremadamente vulnerables a las bacterias. Aún estoy trabajando en reparar el daño interno.
Antes de que pudiera continuar, un sonido alarmante perforó el aire: el monitor de signos vitales comenzó a emitir un pitido continuo.
—¡Está entrando en paro! —exclamó la doctora.
Sin perder tiempo, Michel los empujó suavemente hacia atrás y activó su omniherramienta, que brilló con una intensidad anaranjada.
—Sus trajes están diseñados para permitir la corriente eléctrica —murmuró mientras ajustaba el desfibrilador integrado.
La primera descarga hizo que el cuerpo se sacudiera ligeramente, pero no hubo respuesta. Una segunda descarga finalmente estabilizó sus signos vitales, aunque seguían siendo débiles.
—No entiendo —dijo la doctora, ajustando las lecturas de su herramienta—. Incluso con la vulnerabilidad bacteriana, el medigel debería haber mostrado una mejora más significativa.
El Spartan, que había estado procesando la información en silencio, se movió hacia la bandeja quirúrgica. Allí, tomó la bala que la doctora había retirado. La sangre aún cubría el proyectil, teñida con un brillo extraño bajo las luces frías de la enfermería.
«Dot, analízala», ordenó mentalmente.
No pasó mucho tiempo antes de que su compañero digital respondiera:
«La bala está compuesta de plomo. Hay envenenamiento por metales pesados»
Seis apretó los dientes, entendiendo al instante el alcance del problema.
—El proyectil contenía plomo —informó, su voz resonante llenando la sala. La doctora levantó la vista, sus ojos reflejando alarma mientras procesaba la información— Necesitamos un quelante para neutralizarlo, y rápido—
—No contamos con quelantes específicos para quarianos aquí. Esto es una enfermeria, no un hospital especializado —dijo ella, frustrada.
El Spartan, sin perder un segundo, giró hacia el volus que seguia en la camilla al otro lado de la habitación —¡Hey! ¿Sabes si tienen algún kit de emergencia?— El pequeño alienígena bajó lentamente de la camilla, caminando hacia ellos con una parsimonia que hizo que Seis apretara los puños, tratando de mantener la calma.
—Sí, claro —respondió el volus, su voz entrecortada por el regulador de su traje— Las ratas llevan parches y costuras para estas situaciones, en su mayoría, están fabricadas artesanalmente por ellos con distintos fármacos y funciones—
Ignorando el comentario despectivo, Seis se inclinó sobre el cuerpo inconsciente de la mujer. Sus dedos encontraron rápidamente varios compartimentos en el muslo y cinturón de su traje, de los cuales extrajo varios objetos: herramientas, efectos personales y los parches mencionados.
—Gracias —dijo con un leve asentimiento hacia el volus, aunque este parecía más enfocado en observar a la quariana.
—Oh... sí, de nada, terrano —murmuró distraído.
Sin perder más tiempo, analizó los parches. Cada uno contenía compuestos avanzados específicos para la biología y sistema inmune quariano: antibióticos, analgésicos, antivirales y, lo que buscaban, quelantes. La doctora, al ver el objeto, apresuro su trabajo. Tomándole unos segundos que se sintieron eternos antes de retirar sus instrumentos, dejando que el hombre, con precisión, colocara el parche sobre la herida abierta, cubriendo por completo la fisura del traje.
El adhesivo activó su protocolo en contacto con la piel: un pequeño resplandor fluorescente indicó que los agentes antibacterianos y antivirales estaban trabajando, mientras los absorbentes de toxinas comenzaban a neutralizar el plomo a nivel local.
—Esto debería mantenerla estable —dijo Seis, su tono firme, aunque su mirada seguía atenta al monitor de signos vitales.
Anderson, viendo que la situación parecía controlada por el momento, se acercó a la doctora —Gracias por la ayuda. Es genial no haber pasado por esto sola— Dijo ella, exhausta y aliviada casi a partes iguales. Secándose el sudor de la frente, se apartó un mechón de cabello de la cara mientras comenzaba a escribir notas en su pad de datos—Es mi trabajo. Pero admito que tener un equipo tan eficaz cerca hace las cosas más llevaderas— Seis permaneció junto a la chica postrada, observando atentamente los datos que seguían desfilando en su HUD.
—Pobre...su cuerpo tiembla por la fiebre —comentó Dot, sin tratar de ocultar su pesar por la joven. La preocupación en su voz se sentía palpable, a pesar de ser una inteligencia artificial, como si sus palabras pudieran aliviar al menos una fracción de la sufrimiento quariana.
Seis, apartando la vista de los monitores, centró su atención en los detalles del traje. A través de la fibra ceñida al cuerpo, se lograban distinguir algunas luces parpadeantes y cables que serpenteaban a lo largo de su figura, revelando la alta tecnología en la que dependía. Sin embargo, más allá de esos elementos claramente mecánicos, su atuendo presentaba una capucha y telas ornamentadas, bordadas con patrones intrincados que contradecían la frialdad del entorno. La combinación era extraña, como si su vestimenta intentara resistir la opresión de la tecnología que la rodeaba, como si intentara mantener viva una tradición en medio de la desesperada necesidad de supervivencia.
—¿Quién le habrá hecho esto a la pobre pequeña? —preguntó Dot, dejando que su tono mostrara una pena que rara vez manifestaba.
Las palabras de la IA atraparon por completo la atención de Seis. Pensó un momento en lo que acababa de decir y su mirada se desvió hacia la herida cubierta por el parche. La idea de que una persona hubiese sido atacada en un lugar tan lleno de gente le parecía difícil de procesar.
—Una quariana atacada en medio de La Ciudadela...¿Cómo puede ser posible? —murmuró, la incredulidad impregnando cada sílaba.
Anderson, que hasta entonces había permanecido en silencio, suspiró profundamente. Su rostro, generalmente impasible, se transformó en una expresión de pesar, como si comprendiera algo que el aún no había podido captar.
—Los quarianos son discriminados en todos lados. La habrán visto herida o desprevenida y la atacaron para quedarse con sus cosas o, quizás, por puro odio. Nadie ayudaría a un quariano...son considerados una plaga por la galaxia —La última palabra salió con amargura, como si estuviera condenado a ver esa realidad una y otra vez.
En ese momento, el volus, quien hasta entonces había permanecido callado a un costado, soltó una risa sarcástica, haciendo un sonido bastante asqueroso, como si se ahogara con una pasta viscosa.
—Bien merecido lo tienen estas ratas —dijo con desdén, su voz cargada de desprecio, y se alejó, regresando a su camilla tras el comentario.
Seis sintió una punzada de ira recorrer su pecho. La necesidad de contestarle de inmediato era abrumadora, pero algo dentro de él lo frenó. Mientras su mente se preparaba para lanzar un insulto, decenas de imágenes emergieron ante sus ojos, como fragmentos de un sueño turbio. Cada misión asignada por la ONI, cada vida que había tomado, surgió con la claridad de una cachetada mental, congelando sus pensamientos.
La violencia de aquellos recuerdos, las órdenes que había cumplido sin cuestionar, lo detuvo en seco. Aquellos momentos, aunque ya lejanos, todavía eran lo suficientemente vivos en su memoria como para hacerle sentir repulsión hacia sí mismo. La contradicción de su propia existencia lo golpeó fuerte. En su interior, las voces del pasado se mezclaban con el presente: ¿había llegado a disfrutar el derramamiento de sangre? ¿Cuántas vidas había segado en nombre de un objetivo que ya no entendía?
Ironías de la vida, pensó. Ahora estaba rodeado de alienígenas, algunos de los cuales aún miraba con desconfianza, pero estaba salvando a uno de ellos. ¿Qué la diferenciaba de los mismos que una vez había tenido que eliminar? ¿Acaso había cambiado algo dentro de él?
Las preguntas, vacías y sin respuesta, flotaron en el aire mientras observaba la figura de la chica. La joven quariana, tan frágil en su estado, parecía un símbolo de algo mucho más grande, un reflejo de la lucha constante por la supervivencia, incluso cuando las probabilidades estaban en su contra. Era una vida que merecía ser defendida, algo que, a pesar de todo lo que había hecho en el pasado, Seis sentía que debía proteger. Quizás eso era lo que todavía lo mantenía en pie, a pesar de todo el polvo y la sangre que había dejado atrás.
—Deberíamos irnos ya, la reunión habrá empezado —la voz de Anderson lo sacó de sus pensamientos. La realidad volvió a invadirlo, obligándolo a centrarse en la misión.
Seis estaba por responder, pero la imagen de aquella joven postrada en la camilla lo detuvo. La simple idea de dejarla allí, vulnerable, lo hizo sentir como un monstruo, uno que no estaba dispuesto ser. Un impulso que lo obligaba a quedarse.
—No podemos dejarla. El que la atacó podría volver por ella y nadie va a actuar —dijo, su voz decidida, sin apartar la mirada de la chica que permanecía inconsciente. La doctora, al notar la discusión, se acercó sin hacer ruido, como si se hubiera dado cuenta de la tensión en el aire. La propuesta de llamar a Seg-c cruzó la mente de Seis, pero la desechó casi inmediatamente. Recordó las palabras de Anderson con un peso demasiado grande para ignorarlas.
—No van a acudir. Consideran a los quarianos como simple escoria...¿Por qué se preocuparían por defender a una? —las palabras salieron de su boca con una dureza que reflejaba la amarga verdad de la situación. La doctora, al parecer, sabía que esas palabras eran demasiado ciertas como para ser refutadas. El silencio se extendió, pesado y real.
Anderson se acercó, su presencia imponente, pero aún así respetuosa con la decisión de Seis. Frente a frente, el veterano de la Normandía mantuvo su autoridad, pero su rostro mostraba una leve frustración.
—Ve tú, yo me quedaré con ella. El consejo necesitará que el capitán de la mision esté presente. Yo cuidaré de ella hasta que se recupere —dijo, con firmeza, aunque su tono era menos feroz que antes. Su voz parecía pesar mucho más que su tamaño.
Pero la negativa del moreno fue instantánea, mirándolo de brazos cruzados.
—No, no puedes. El consejo está al tanto de tu existencia y tus acciones en la misión. Quedará sospechoso si no apareces, podrías poner en riesgo el juicio —su frustración crecía, pero la imagen de la quariana luchando por respirar con la tos ruda en su pecho hizo que las palabras se quedaran atoradas en su garganta.
La mujer respiraba de manera agónica, luchando por mantenerse estable, y la idea de dejarla sola, sin protección, no era una opción.
—Los dos sabemos que no sacaremos nada, no tenemos pruebas. Y si voy a decidir entre proteger a un inocente o un juicio inutil, tomare la primera opcion —respondió Seis, firme en su resolución.
Anderson se quedó en silencio, sopesando las palabras de Seis. El debate interno se reflejaba en su rostro, la dura realidad de la situación dándole vueltas en su mente —Diles lo que acordamos...Soy un agente especial y estoy en una misión de máxima urgencia— Agrego Seis, viendo al hombre titubear tras sus palabras.
Finalmente, el capitán de la Normandía, resignado, dejó escapar un suspiro y retiró la manga de su brazo izquierdo. Con un gesto preciso, mostró un brazalete negro, que al retirarse, se transformó en un pequeño nodo, del mismo color que su traje.
—Toma mi omniherramienta —dijo, tendiéndosela a Seis— Si Udina o Shepard piden tu presencia, tendrás que atender por aquí. ¿Sabes usar una?—
Dot, quien había estado observando todo, se apresuró a señalar el lugar exacto donde debía colocarse el dispositivo. Al acoplarlo a su armadura, sintió un ligero zumbido mientras el nodo se expandía y generaba el brazalete que antes había visto en Anderson. La IA, nuevamente con su habitual claridad, le indicó cómo activar el dispositivo —Dot me enseñó algunas cosas en la Normandía, pero no soy un experto —comentó mientras activaba el omniherramienta, sintiendo la conexión entre él y el aparato.
Anderson, sin perder tiempo, se acercó a Seis y comenzó a señalar las funciones principales del omniherramienta. Pacientemente le mostró cómo utilizar las funciones básicas: dispensar medigel, acceder a los sistemas de comunicación e incluso conectarse al "Extranet", la vasta red intergaláctica de información y contactos, algo que Dot había mencionado con anterioridad. La explicación fue breve pero suficiente para lo necesario.
—Bien, puedes irte. Lo mejor es que te apresures —dijo Seis, ajustando el dispositivo en su muñeca mientras observaba al hombre.
El moreno asintió, aunque una sombra de preocupación cruzó su rostro antes de girarse hacia la salida —Cuida de la quariana. Volveré con Shepard para discutir también tu situación —respondió Anderson, con un tono que mostraba más confianza en el Spartan de la que quizá él mismo esperaba.
Sin más, el capitán desapareció por el pasillo, dejando a Seis el centro medico. En la camilla, el frágil cuerpo de la chica continuaba mostrando espasmos intermitentes, y una tos seca comenzaba a interrumpir el silencio. La doctora estaba revisando con cuidado los signos vitales desde su omniherramienta, preparada para reaccionar ante cualquier cambio repentino.
Seis, sin apartar los ojos de la joven herida, decidió preguntar:
—¿Cómo se encuentra? Doctora...—
La mujer, dejando lo que estaba haciendo, desactivo el dispositivo naranja con un gesto ágil y se acercó a él —Dra. Chloe Michel. Un gusto. La chica está estable, pero la situación sigue siendo delicada. Intenté identificarla con su omniherramienta, pero está completamente bloqueada. Por ahora, debemos monitorizarla. Pero con los parches y el medigel debería de estar despierta en poco tiempo—
Seis asintió, bajando la mirada hacia la quariana. Su respiración era irregular, y su cuerpo, tan delgado y envuelto en aquel traje aislante, temblaba por la fiebre. La tos, aunque al principio parecía esporádica, estaba empeorando rápidamente. Cada vez que intentaba toser, el modulador de su casco parecía saturarse, emitiendo un sonido distorsionado que solo hacía más evidente su fragilidad.
—¿Tienes alguna idea de quién pudo atacarla? —preguntó Seis mientras la observaba.
Michel apartó la mirada de los signos vitales, aunque su respuesta no fue particularmente alentadora.
—Pudo ser cualquiera, como dijo tu amigo. Los quarianos son blancos fáciles, y no todos están dispuestos a ayudarlos—
La doctora no parecía tener más información que ofrecer, lo que dejó a Seis con más preguntas que respuestas. Sin embargo, un sonido extraño, como un chasquido o un escupitajo, captó su atención. Provenía del volus, quien se había acomodado de forma extraña en la camilla, su pequeña estatura y traje voluminoso haciéndolo ver casi cómico, si no fuera por el contexto.
—O...pudo haber sido el Corredor Sombrío —intervino el volus, su voz resonando metálica a través del sistema de su traje.
La declaración lo hizo girar la cabeza hacia él.
—¿Qué es el Corredor Sombrío? —preguntó Seis, sintiendo un repentino interés en lo que aquel alíen tenía que decir.
El volus pareció disfrutar del cambio de atención hacia él, inclinándose ligeramente hacia adelante en la camilla mientras hablaba, como si lo que estuviera a punto de contar fuera un secreto bien guardado.
—Debes ser nuevo por estos lares...El Corredor Sombrío es, digamos, un traficante de información, para que lo entiendas —dijo el volus con un tono pretencioso y cargado de arrogancia, mientras agitaba distraídamente su pequeño brazo en el aire, como si lo que decía fuera evidente para cualquier persona medianamente informada. Sin esperar respuesta, continuó su monólogo con el mismo aire de superioridad.
—Mueve información que podría destruir gobiernos enteros...O eso se dice. Muchos de los grandes movimientos o acontecimientos importantes de la galaxia suelen tener su marca, una especie de sombra que lo vincula. Su influencia es enorme—
Seis escuchó con atención, conteniendo cualquier signo de irritación ante la actitud engreída del pequeño alíen. Aunque su tono era insoportable, la información que compartía podría ser crucial.
—¿Y por qué crees que fue el Corredor Sombrío? —preguntó, buscando más detalles.
El volus se inclinó ligeramente hacia adelante, como si estuviera a punto de revelar un secreto especialmente jugoso.
—Soy un corredor de información. Es mi trabajo saber lo que pasa en la galaxia —Hizo una pausa dramática antes de continuar— Hace unos días comenzaron a circular ciertos rumores...Cosas interesantes, como un ataque geth en Eden Prime, supuestamente planeado por una matriarca asari. Pero eso no es todo. También escuché algo acerca de un tiroteo en Ilium—
Se detuvo, dejando que sus palabras calaran en el aire, antes de añadir:
—Curiosamente, ese tiroteo involucró a mercenarios atacando una nave quariana llamada Honorata. Según mis fuentes, algunos de sus tripulantes lograron escapar y llegaron hasta la Ciudadela, trayendo consigo información muy valiosa...Información que, por lo visto, podría interesarle mucho a una matriarca asari—
El volus respiró profundamente, dejando un silencio intencionado mientras su mirada, aunque oculta tras el visor de su traje, parecía medir la reacción de Seis.
—No me sentiría muy cómodo si fuera tú. Cuando el Corredor Sombrío quiere algo, lo consigue. Y si está trabajando para esa matriarca, será mejor que la abandones —Hizo una pausa antes de concluir con voz grave— Pocos sobreviven a un comando asari—
Sin esperar una respuesta, el volus descendió torpemente de la camilla y comenzó a caminar hacia la salida, sus movimientos lentos pero determinados. Seis lo observó en silencio, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.
La puerta se deslizó con un suave zumbido cuando el alíen cruzó el umbral. Justo antes de desaparecer por los pasillos de los distritos, un murmullo apenas audible escapó de sus labios, un susurro que parecía más destinado a sí mismo que a cualquiera presente.
—La recompensa será jugosa...—
La puerta se cerró tras él, dejando al Spartan solo con sus pensamientos y el eco de esas palabras. Dot permaneció en silencio, pero ambos sabían lo que había escuchado.
—Escanea la zona en un radio de 60 metros —ordenó, su voz neutral, pero cargada de intención.
El vacío de la habitación, ahora libre de la presencia del volus, parecía expandirse, amplificando una sensación que Seis no lograba identificar por completo. Era intensa, sofocante, como una mezcla corrosiva de furia descontrolada y una pena que le estrujaba el pecho.
A lo largo de los años, su entrenamiento había moldeado cada aspecto de su mente y cuerpo. Había aprendido a mantenerse firme incluso en las situaciones más extremas, a identificar sus emociones y sofocarlas antes de que pudieran interferir con su juicio. Perder el control no era una opción; en su mundo, el descontrol significaba la muerte. Sin embargo, esta vez era distinto. Este sentimiento era algo completamente nuevo. No tenía nombre, pero crecía como una sombra dentro de él, amenazando con consumirlo desde las entrañas.
—Seis, detecto movimiento en los distritos —la voz de Dot resonó en su casco, calmada pero urgente— Distintas unidades armadas están acercándose rápidamente. Nos rodean—
El HUD frente a sus ojos comenzó a llenarse de puntos rojos que se acumulaban como un enjambre.
—Bloquea la puerta y comunícate con Seg-C. No pueden ignorar un tiroteo en los distritos—
Mientras daba la orden, Seis tomó su magnum y empezó a mover los muebles de la enfermería, arrastrándolos con fuerza hacia la entrada para reforzarla.
—¿¡Qué estás haciendo!? —gritó la doctora Michel, alarmada, intentando detenerlo.
El Spartan no se detuvo. Sus movimientos eran precisos, calculados, mientras continuaba apilando obstáculos frente a la puerta.
—Los hombres del Corredor Sombrío están buscando a la quariana, y saben que está aquí. Ese maldito volus nos delató—
Los ojos de Michel se abrieron con horror al escuchar sus palabras. Sin perder un segundo, corrió hacia la joven, que aún yacía inconsciente en la camilla.
—Toma todo el medigel que puedas y cúbrete con ella detrás de la columna —ordenó, su tono más firme que nunca.
La doctora asintió, cargando a la chica con esfuerzo mientras seguía las indicaciones. Se posicionó detrás de la columna de la sala, utilizando la estructura como escudo. La quariana dejó escapar un débil gemido de dolor, seguido de una tos ahogada, mientras Michel hacía lo posible por estabilizarla.
Seis, mientras tanto, se colocó frente a la puerta, su cuerpo tenso como un resorte a punto de liberarse.
—Seis, están interfiriendo mi señal —anunció Dot, su voz cargada de frustración— Están saturando la red. Toda la enfermería está aislada. He cerrado las puertas y bloqueado los accesos hasta esta zona, pero estamos solos—
Un gruñido bajo escapó de Seis. No era solo una emboscada, era una trampa perfectamente ejecutada. Ese maldito volus los había vendido.
Rápidamente evaluó la sala. El centro médico, aunque improvisado como zona de combate, ofrecía una ventaja estratégica. La semi-pared detrás de la cual estaban Michel y la quariana les proporcionaba cobertura sólida. Mientras permanecieran allí, no tendría que preocuparse completamente por su seguridad.
El radar en su HUD seguía llenándose de puntos rojos, cada vez más cerca. Afuera, los pasos resonaban con fuerza creciente, mezclándose con los ecos de gritos y personas corriendo en todas direcciones. El caos era palpable.
Seis inhaló profundamente, estabilizando su mente mientras cargaba su magnum. Con un movimiento fluido y ensayado, desenvainó su kukri, la hoja reflejando la tenue luz de la sala. Los músculos de su brazo se tensaron, listos para el enfrentamiento que sabía era inevitable.
El silencio dentro del centro médico contrastaba con el alboroto del exterior. Cada segundo parecía extenderse, cargado de tensión, mientras los pasos se acercaban más y más.
Seis ajustó su postura, fijando la mirada en la puerta cerrada.
—Doctora, no asome la cabeza y mantenga segura a la chica. Yo me encargaré de que no pasen —ordenó Seis, su voz tensa pero controlada, mientras ajustaba la mira de su magnum.
Los pasos resonaban justo frente a la puerta, deteniéndose abruptamente. El sonido familiar de un panel siendo manipulado rompió el breve silencio, seguido de un pitido continuo que alertaba sobre lo inevitable.
—¡Cúbrase! —gritó Seis, preparándose para el impacto.
El pitido finalizó con una explosión ensordecedora que destrozó la puerta. Fragmentos de metal y humo llenaron la sala, seguidos por el eco de gritos y disparos. Las balas atravesaban la enfermería sin misericordia, destruyendo muebles y equipos médicos en su camino.
Michel gritó aterrada, cubriéndose junto a la quariana detrás de la estructura. Mientras tanto, Seis devolvía fuego con precisión letal, usando los escáneres de su HUD para detectar movimientos a través de la nube de humo. Los disparos enemigos eran absorbidos por sus escudos superiores, manteniéndolo intacto mientras avanzaba calculadamente.
Entre el caos, las primeras figuras surgieron del humo: turianos y humanos armados hasta los dientes. Seis no dudó. Levantó su magnum y apretó el gatillo. En cuestión de segundos, tres de los intrusos cayeron al suelo, sus cuerpos desplomándose al unísono, como si la vida les hubiera sido arrancada de la misma manera que un soplido apaga la llama de una vela.
El último soldado, al ver los cadáveres de sus compañeros, se paralizó por el horror. Con un movimiento desesperado, giró para intentar huir hacia la salida. Pero su intento fue interrumpido por el estruendo de una escopeta.
El disparo lo alcanzó de lleno, derribándolo de forma brutal. Desde el humo emergió una figura imponente: un krogan.
—No toleraré cobardes —gruñó el alienígena, con una voz profunda y cargada de desprecio.
El krogan cruzó la puerta con confianza, apoyando su escopeta en el hombro mientras el humo del disparo aún se disipaba del cañón. Sus pisadas resonaron en el silencioso caos de la enfermería, cada paso pesado y deliberado. Parecía que hasta sus propios hombres preferían guardar silencio, como si temieran interrumpir la entrada teatral de la bestia.
La armadura negra y gruesa que portaba destacaba, marcando su autoridad y superioridad sobre los demás. Cada detalle de su equipo estaba diseñado para el combate, reforzado para resistir más que el soldado promedio.
Cuando su mirada se posó en Seis, una sonrisa amplia y amenazante se dibujó en su rostro reptiliano —¡JA, JA, JA! Pareces duro —dijo con burla y entusiasmo, su voz retumbando en la sala—Dejemos que mis pequeños amigos te ablanden para mi—
Detrás de él, cinco krogan más emergieron, alineándose como un escuadrón perfectamente entrenado. A diferencia de su líder, llevaban cascos y equipamiento más ligero, diseñado para agilidad en lugar de resistencia. Sus posturas eran tensas, listas para atacar, pero ninguno igualaba la imponente presencia de su comandante.
Seis sostuvo firmemente su magnum, sus ojos analizando cada movimiento.
El grupo se abalanzó sobre él con una coordinación casi instintiva, rodeándolo y cerrando cualquier espacio para maniobrar. La fuerza bruta de los krogan hacía casi imposible liberarse de ellos. Si bien lograba derribar a uno, los demás lo reemplazaban de inmediato, empujándolo y asestándole golpes contundentes que hacían vibrar su armadura.
Con un movimiento ágil, Seis esquivó otro embate, desplazándose hacia un costado. Aprovechando la apertura, blandió el kukri y cortó con precisión el abdomen de uno de sus atacantes. La hoja atravesó la armadura del krogan como si fuera papel, desgarrando carne y dejando al descubierto sus entrañas, que cayeron pesadamente al suelo en un espectáculo grotesco.
Por un breve instante, el resto del grupo vaciló, observando cómo su compañero parecía colapsar ante el ataque. Dándolo por muerto, Seis desvió su atención hacia los demás, preparándose para el siguiente enfrentamiento. Pero un rugido desgarrador lo tomó por sorpresa.
El krogan herido, lejos de sucumbir, se levantó con una furia incontenible. Con medio sistema digestivo colgando de su torso, se lanzó nuevamente hacia él, como si el dolor y la gravedad de su lesión fueran irrelevantes.
La resistencia del alíen era descomunal, mucho más allá de lo que había enfrentado hasta ahora. Por un instante, se permitió preguntarse cómo era posible que esa criatura continuara peleando en semejante estado.
—Los krogan tienen una capacidad regenerativa superior, sistema nervioso descentralizado y pueden entrar en un estado "berserker". Debes apuntar a la cabeza, no permitas que se regeneren—la voz de Dot apareció en su oído, rápida y tensa, antes de desvanecerse nuevamente.
Como una manada de bestias salvajes, los krogan aullaron al unísono antes de desatar una lluvia de disparos de escopeta a quemarropa. No había estrategia en sus movimientos, solo una agresividad primitiva que se intensificaba con cada herida que recibían. Su tenacidad y ferocidad le recordaban a los soldados de élite, aquellos que luchaban como si la derrota no fuera una opción. Sin tiempo para titubear, se lanzó contra ellos, igualando su brutalidad con una precisión quirúrgica.
Uno de los krogan disparó directamente contra él, debilitando su escudo y haciendo vibrar su armadura con el impacto. Sin detenerse a evaluar los daños, Seis respondió con rapidez, disparando al atacante en los brazos y desarmándolo. Aprovechando el caos, se deslizó por el suelo, el kukri en mano, cortando las piernas de dos enemigos en un movimiento limpio y certero. Los gruñidos de dolor de los krogan llenaron el aire mientras caían al suelo.
Recuperando impulso, se levantó de un salto, apuntó y disparó al cráneo de otro krogan. El disparo atravesó su casco y lo dejó inmóvil en el suelo, incapaz de entrar en el temido estado berserker. Sin perder el ritmo, volvió a disparar su magnum mientras caía directamente sobre el krogan con el estómago abierto, desestabilizándolo y hundiendo el kukri en su torso antes de rematarlo con un ultimo disparo en la sien.
Al levantarse, intentó girar para enfrentar al resto, pero los dos krogan aun en pie se abalanzaron sobre él, todo su peso cayendo como un alud sobre su cuerpo. Sintiendo sus músculos al límite por la fatiga, Seis reunió toda su fuerza, levantándolos por encima de su hombro con un grito de esfuerzo. Los lanzó contra la pared cercana, el impacto resonando por toda la sala. Antes de que pudieran reaccionar, dos disparos precisos atravesaron sus cráneos, dejando a ambos cuerpos inertes en el suelo.
Respirando pesadamente, recargó la magnum, sus ojos fijos ahora en la entrada. Allí, el jefe krogan, rodeado de mercenarios, permanecía de pie, evaluando la situación. Aunque su postura seguía exudando confianza, sus subordinados no podían ocultar la duda que se había apoderado de ellos. Los cuerpos de los krogan caídos en el suelo eran prueba suficiente de que enfrentarse a Seis no sería una tarea fácil, y esa incertidumbre entorpecía sus movimientos.
Sin embargo, antes de que el Spartan pudiera dar un paso, un grito furioso retumbó por la sala, acompañado del rugido de una escopeta disparada desde las filas de los mercenarios.
—¡NO TOLERARÉ COBARDES! —bramó el jefe krogan, con una rabia que eclipsaba cualquier temor en el ambiente.
Sin piedad, el alíen de armadura negra disparó contra sus propios hombres, eliminando a la mayoría de ellos en un parpadeo. Con un movimiento brutal, tomó a un batariano por la espalda, levantándolo como si no pesara nada, y lo lanzó con fuerza hacia Seis. El cuerpo del desafortunado mercenario impactó contra la pared con un sonido seco, seguido de un crujido espeluznante de huesos rotos. El batariano, incapaz de mover sus piernas, se arrastró torpemente por el suelo, gimiendo de dolor.
El grito resonó en la sala, lleno de furia e impotencia.
—¡Eres un bastardo! —rugió el Spartan, con la voz atravesando el caos del combate.
Frente a él, el krogan de armadura negra curvó sus labios en una sonrisa macabra, sus dientes afilados reflejando la luz tenue del lugar.
—Sí...—respondió con un tono goteante de burla y desprecio— Libera al guerrero. ¡ENÓJATE! Dame una pelea digna de recordar cuando me coma tus ojos—
Seis no respondió con palabras. La magnum en su mano habló por él. El disparo fue preciso, dirigido a la cabeza del krogan. El impacto destrozó los escudos cinéticos y astilló las placas naturales que protegían su cráneo. A pesar de su resistencia natural, el tambaleo, aturdido por el repentino ataque.
Aprovechando la apertura, Seis se lanzó hacia adelante, cerrando la distancia en un instante. Con un movimiento fluido, intercambió la magnum de mano, ajustando su agarre en el kukri. La hoja, aún cubierta del líquido amarillento de sus víctimas previas, brilló peligrosamente mientras la alzaba.
El filo alcanzó el cuello del krogan, mordiendo su piel endurecida. A pesar de la resistencia natural de su carne, la fuerza sobrehumana del Spartan prevaleció. La cuchilla cortó profundamente, y la sangre de color amarillo oscuro comenzó a derramarse en gruesos chorros sobre el suelo metálico.
El cuerpo del krogan tambaleó. Por un breve instante, parecía que caería. Pero entonces, sus ojos rojos se abrieron de par en par, llenos de una furia salvaje. Con un rugido que estremeció las paredes, el berserker krogan empujó a Seis con una fuerza bruta que lo hizo retroceder unos pasos.
Dot apareció en el visor del Spartan, su tono tan analítico como siempre, pero con un tinte de urgencia.
—Los señores de la guerra krogan poseen una resistencia y regeneración excepcionales. Su piel puede resistir cortes y contusiones severas, y sus placas pueden aguantar disparos de baja potencia sin escudos ni armadura. —La proyección de la IA lo observó fijamente mientras continuaba— Apunta a la cabeza. Es la mejor opción, ya que poseen órganos redundantes—
Mientras Dot hablaba, más tropas comenzaron a entrar al lugar. Algunos eran mercenarios, otros simples soldados contratados. Sin embargo, la masacre que presenciaron en la entrada los detuvo en seco. Sus miradas se dirigieron a los cuerpos despedazados de krogan esparcidos por el suelo y al batariano que aún se arrastraba, gimiendo de dolor.
Al alzar la vista, encontraron al berserker gritando como un desquiciado, su cuello chorreando sangre mientras seguía de pie. Luego miraron al Spartan, su figura imponente y bañada en sombras, sosteniendo su kukri ensangrentado y observándolos con una calma aterradora.
Algunos mercenarios comenzaron a retroceder, incapaces de ocultar el terror en sus rostros, mientras otros permanecían paralizados, como si el miedo los hubiera clavado al suelo. Entre el señor de guerra y el Spartan, era difícil discernir quién representaba el mayor peligro.
Sin embargo, para aquellos que tuvieron el valor de mirar más allá del horror, la respuesta era inconfundible.
No había dudas de quién era peor.
El krogan actuó en respuesta, abalanzándose mientras disparaba, dañando las barreras de su objetivo. Seis aprovechó un descuido del krogan durante su arremetida, su rabia controlada transformada en precisión mortal. Con un movimiento rápido, el kukri encontró su objetivo, cortando profundamente uno de los ojos del berserker. Un grito desgarrador salió de la garganta del krogan, una mezcla de furia y dolor. En su frenesí, disparó su escopeta a quemarropa, pero las barreras del Spartan volvieron a resistir sus impactos.
Sin embargo, el siguiente golpe del krogan fue devastador. La fuerza bruta del impacto lanzó a Seis al suelo y dejó sus escudos en números rojos, parpadeando al borde de colapsar. El aullido del krogan resonó como el grito de un animal salvaje, un eco primitivo de su especie.
El berserker levantó su escopeta, dispuesto a terminarlo, pero antes de apretar el gatillo, el arma cayó de sus manos. Un crujido grotesco llenó el aire, y el miró su puño. Los huesos de su mano se retorcían de manera antinatural, inutilizándola por completo.
Por primera vez, la expresión del mercenario cambió. En lugar de la feroz determinación de un guerrero, sus ojos ahora reflejaban algo completamente diferente: miedo.
Seis, aún en el suelo, levantó su magnum con calma implacable. La mirada aterrada del krogan se clavó en él, consciente de su destino. Ya no era una bestia salvaje ni un imponente guerrero. Ahora era solo una presa acorralada.
Una leve sonrisa apareció en los labios de Seis, apenas perceptible bajo su casco. Observó cómo el krogan comprendía, en sus últimos momentos, lo inevitable de su final.
El Spartan jaló el gatillo. El disparo fue certero, impactando directamente en la cabeza del alíen. Sus placas destrozadas no ofrecieron resistencia, y se desplomó al suelo con un ruido sordo que reverberó por todo el lugar.
El silencio reinó, roto únicamente por la respiración acelerada de Seis. Los mercenarios restantes, aún de pie, miraban incrédulos la escena que acababan de presenciar.
Con movimientos calculados, Seis limpió la sangre amarilla del filo de su kukri, su mirada fija en el líquido que goteaba al suelo. Cuando terminó, levantó la cabeza y observó a los mercenarios que lo rodeaban, todavía paralizados.
La voz de Seis resonó, baja pero cortante, como el filo de una daga atravesando el aire:
—¿Van a disparar?—
La tensión en el ambiente se rompió como un cristal frágil. Los mercenarios, recuperando la iniciativa, cargaron contra él con un frenesí desesperado.
El Spartan reaccionó con precisión letal, enfrentándose a cada oponente con movimientos calculados. Los turianos ofrecieron la mayor resistencia, su entrenamiento y fuerza les permitían soportar más castigo que el resto, pero ni siquiera ellos podían igualar la brutalidad y eficiencia del soldado.
En medio del caos, un destello naranja en su brazo capturó su atención. Su omniherramienta había comenzado a brillar; Shepard estaba llamando. La breve distracción fue suficiente para que varios disparos a quemarropa impactaran contra su barrera. Apagó el dispositivo con un gesto rápido y redirigió su atención al mercenario frente a él, eliminándolo con la frialdad que lo caracterizaba.
Un humano, en un acto de desesperación, intentó cargar contra él. Seis esquivó con facilidad, derribándolo con un movimiento fluido. El hombre terminó bajo sus pies, levantando las manos en señal de rendición. Sin perder un segundo, el Spartan lo noqueó con la empuñadura de su magnum, dejando su cuerpo inconsciente en el suelo.
Al barrer la sala con la mirada, notó que la mayoría de los mercenarios ya habían caído o habían huido, dejándolo solo con los restos de la batalla. Sin embargo, un dolor punzante en su pierna derecha le recordó el precio de enfrentarse a los krogan. Sus músculos protestaban, agotados por tantas horas sin parar, aun cargando con los daños de Reach.
Entonces, más pasos se hicieron presentes, un sonido que resonó en la sala como un anuncio de lo inevitable. Seis ajustó su postura, preparándose para el próximo asalto, pero esta vez no escuchó disparos.
En su lugar, una vibración baja, ominosa, llegó a sus sentidos. Su radar detectó un objeto inusual justo cuando una esfera oscura emergió desde la entrada, moviéndose a una velocidad alarmante. Antes de que pudiera reaccionar, la esfera impactó directamente contra su pecho.
El golpe fue devastador, lanzándolo hacia atrás con una fuerza que lo estampó contra la pared. Un sonido metálico resonó en el lugar cuando su armadura chocó contra el acero reforzado. Su visión se nubló brevemente mientras intentaba comprender lo que acababa de suceder. Esto no era un ataque común.
Desde la puerta, emergió una figura femenina de piel azulada, su armadura ligera brillaba bajo las luces parpadeantes de la estancia. Sin perder tiempo, alzó una escopeta y disparó directamente hacia el Spartan, las balas impactaron con fuerza, casi reduciendo por completo sus escudos.
Dot, siempre atenta, apareció en el HUD con una advertencia urgente:
—Seis, esa es una asari. Debe ser la comando de la que mencionó el volus. Su especie son diestras tanto en combate como en el uso de habilidades bióticas. Ten más cuidado que con el krogan—
Antes de que pudiera responder, otra esfera de energía morada salió disparada de la mano de la asari. Seis esquivó con rapidez y levantó su magnum, disparando tres proyectiles consecutivos hacia su atacante. Sin embargo, apenas notó un cambio en el ambiente: su peso comenzó a desvanecerse.
El Spartan se encontró flotando en el aire, levantado por las habilidades bióticas de la comando. Ella estaba rodeada de un aura morada brillante, y aunque parecía estar haciendo un esfuerzo considerable, su rostro mantenía una expresión concentrada.
Seis sintió una presión invisible envolviendo su cuerpo, y al instante siguiente, fue arrojado al suelo con una fuerza brutal. El impacto lo dejó aturdido por un breve momento, su armadura absorbiendo la mayor parte del daño, pero no sin consecuencias. De no ser por las mejoras, ese golpe habría roto un hueso o dañado algún sistema vital de su armadura.
La asari no perdió tiempo, disparando nuevamente su escopeta. Seis rodó por el suelo, evitando el ataque por un margen estrecho. Sin levantarse, apuntó con su magnum y disparó otra serie de proyectiles. Esta vez, los impactos dieron en el blanco, pero una barrera biótica absorbió las balas, disipando su energía con un destello azulado.
Seis intentó levantarse y cerrar la distancia, optando por un ataque cuerpo a cuerpo, pero antes de alcanzarla, la comando levantó su brazo, y su cuerpo se paralizó en seco. Una energía luminosa lo envolvió mientras ella recuperaba el aliento.
Aprovechando su ventaja, disparó a quemarropa. Los escudos de Seis se desmoronaron con el impacto, dejando su armadura vulnerable. Sin embargo, el Spartan permaneció firme. El siguiente disparo, dirigido directamente a su pecho, fue absorbido por las placas de su armadura. Las balas rebotaron y cayeron al suelo con un sonido metálico.
La expresión de la asari cambió de sorpresa a puro terror cuando el efecto de estasis terminó. Seis se abalanzó sobre ella, kukri en mano. Intentó levantar su brazo para usar otra habilidad biótica, pero el Spartan fue más rápido. El filo del kukri cortó con precisión quirúrgica, separando el brazo en un solo movimiento. La sangre brotó en un arco descontrolado mientras ella retrocedía, tambaleándose por el impacto. A pesar de la herida, su resistencia mental la mantenía consciente, aunque el dolor deformaba su rostro.
En medio de la arremetida, un grito desgarrador interrumpió el combate.
—¡Michel! —Exclamo Seis, reconociendo la voz de la doctora, llena de horror.
El llamado lo distrajo por un breve instante, tiempo suficiente para que la asari aprovechara la oportunidad. Con movimientos rápidos, lanzó su arma, obligándolo a retroceder mientras levantaba su otra mano, concentrando sus habilidades bióticas.
Seis respondió de inmediato, alzando su magnum hacia ella, pero antes de que pudiera disparar, un campo de masa gravitatoria se formó entre los dedos de la comando. El proyectil invisible no solo desarmó al Spartan, arrebatándole el arma de las manos, sino que lo empujó varios metros hacia atrás, haciéndolo tambalear.
Sin muchas opciones, tomó una decisión rápida. Con un movimiento preciso, lanzó su kukri a gran velocidad hacia la asari y comenzó a correr, aprovechando la breve distracción que el arma le provocó. El cuchillo voló por el aire, pero la biótica, con reflejos ágiles, detuvo la trayectoria del filo a escasos centímetros de su rostro, envolviéndolo en un campo de energía morada.
No obstante, no tuvo tiempo de reaccionar al rodillazo que le propinó Seis al llegar hasta ella. El impacto fue contundente, haciéndola tambalearse y aturdirse. Como si todo hubiera sido parte de un movimiento coreografiado, Seis atrapó el kukri en el aire al caer la biótica y trazó otro arco preciso con el filo.
La hoja atravesó su brazo con brutalidad, cortándolo limpiamente. Un grito de agonía resonó en la estancia mientras la comando caía al suelo, su cuerpo temblando violentamente mientras el líquido púrpura de su sangre se derramaba en el piso.
Seis, sin inmutarse, caminó hacia donde estaba su magnum caída. La recogió del suelo con calma, volviendo hacia la asari herida, ahora indefensa. Su mirada fija en ella, mientras levantaba el arma, apuntándole directamente entre los ojos.
La mujer lo miró fijamente, sin rastro de miedo ni odio. Solo un vacío profundo llenaba su mirada.
—Perdóname, mi amor...—susurró, sus últimas palabras dedicadas a un destinatario desconocido.
El dedo de Seis tembló en el gatillo, pero no dudó más. Un disparo resonó en la sala, seguido por el sonido sordo de su cabeza desplomándose. Sangre y fragmentos esparcidos quedaron como testigos de su final. Mas como acto de piedad que de odio, deteniendo su agonía.
Seis se giró lentamente hacia los pocos soldados restantes. Solo tres seguían en pie, sus armas temblando en sus manos. Respiró hondo, cansado de tantas muertes innecesarias.
—Váyanse de aquí. No les hare nada si se rinden —dijo, su tono firme pero agotado.
Uno de los soldados, desafiando las palabras, disparó un tiro directo al pecho de Seis. El proyectil golpeó sus escudos, pero no tuvo más efecto que el de una piedra rebotando en una pared de metal. El Spartan avanzó hacia ellos, cada paso pesado y deliberado.
Los mercenarios, aterrados, continuaron disparando, pero de repente, el fuego cesó. El eco de los disparos fue reemplazado por un silencio inquietante, y los tres cuerpos cayeron al suelo casi simultáneamente, cada uno con un agujero preciso en el costado de sus cabezas.
—Parece que llegué tarde a la fiesta —Una voz cargada de sarcasmo se escuchó desde la entrada. Seis levantó la vista para encontrarse con un turiano de armadura azul del Seg-C, su pistola aún humeante. Con un gesto ágil, el arma se compactó y se adhirió magnéticamente a su cintura.
El se acercó con calma, esquivando los cadáveres que cubrían el suelo como si fueran obstáculos en un entrenamiento rutinario.
—Eres tal y como te describen en los distritos: un gigante de metal —Su voz era serena, casi indiferente al caos que lo rodeaba. Uno de sus ojos estaba cubierto por un visor del mismo tono azul que su armadura.
El turiano examinó la escena con cuidado, sus ojos deteniéndose en el cadáver de la asari.
—Y parece que no faltas al apodo. Esto, más que una defensa, parece una masacre—
Seis siguió la mirada del Seg-c hacia el cuerpo del comando, sus pensamientos oscilando entre la fatiga y la realización de lo inevitable. La batalla podía haber terminado, pero el peso de sus acciones seguían presentes.
—Gracias por la ayuda —murmuró Seis, intentando desviar la conversación.
El turiano, con su armadura azul reluciente, lo siguió mientras se dirigía hacia el rincón donde estaban Michel y la quariana. Al asomarse, vio a la doctora al lado de la joven alienígena, cuyo cuerpo temblaba ligeramente. La mirada de Michel estaba perdida, fija en el brazo desmembrado de la comando que yacía cerca, manchado de sangre. Seis supuso que esa había sido la causa del grito que escuchó durante la pelea.
—Ya pasó, doc...—dijo el turiano, su voz ronca, mientras intentaba consolarla con una leve palmada en el hombro.
Sin decir una palabra, tomó el brazo cercenado de la asari y lo arrojó fuera del alcance de la vista de la doctora.
—Fue un gusto ayudarte, aunque me gustaría que respondieras un par de preguntas —Agrego, volviendo su atención al Spartan. Su postura era relajada, aunque sus mandíbulas se movían ligeramente, un tic nervioso que no podía ocultar. Acercándose, impuso su altura sobre el turiano. Aunque el agente era alto, lo sobrepasaba fácilmente por dos cabezas.
—Depende de cuáles sean esas preguntas —respondió, con un tono que intimidaba incluso al impasible Seg-c.
Sin embargo, el de azul logro mantener su semblante inexpresivo, mirándolo al oscuro cristal mientras hablaba —Formé parte de una investigación sobre Saren. Cuando Udina exigió el juicio y vi sus reclamaciones, nos ordenaron buscar pruebas. Pero no es fácil investigar a un espectro, y mucho menos al niño mimado del Consejo. No llegué a nada, y mis superiores cancelaron la investigación—Su voz se endureció mientras continuaba— Seguí por mi cuenta, porque algo no cuadraba en todo esto—
El Spartan no reaccionó de inmediato, analizando al contrario. Su actitud seguía siendo más relajada de lo que se esperaba de un agente común del Seg-C.
—Dime cómo sabías que estábamos siendo atacados —preguntó finalmente Seis, con un tono seco.
El turiano suspiró, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Mi investigación me llevó a un detective llamado Chellick, quien interrogó a un par de quarianos que se habían colado en una nave hacia la Ciudadela. Dijeron que tenían información sobre quién planeó el ataque a Eden Prime, algo relacionado con los segadores. Pero Chellick es un idiota y no les creyó. Los liberó—
El hizo una pausa, y sus ojos se fijaron en el parche del traje de la quariana, que parecía contarle más de lo que Seis podía entender.
—Seguí sus pasos, pero mientras más investigaba, más evidente era que alguien los estaba cazando. Mi rastro me llevó aquí...parece que la pobre pequeña logró sobrevivir, a diferencia de su amigo —Su voz se ensombreció con las últimas palabras, como si cargara con una culpa ajena.
Seis se giró, dejando al turiano y acercándose a Michel. La doctora seguía en el suelo, sus manos temblando levemente. Al verla, extendió una mano —Vamos— Ella levantó la mirada con ojos vidriosos y tomó su mano sin convicción, apenas poniendo fuerza para levantarse. Se tambaleó al ponerse de pie, y cuando su mirada se poso en los cuerpos mutilados de los mercenarios, su expresión cambió de golpe.
—¡Urghh! —Michel se inclinó hacia adelante y vomitó sobre el charco de sangre amarilla de los krogan.
El turiano se acercó rápidamente, colocando una mano en su espalda y frotándola con suavidad.
—Déjelo salir, doc... déjelo salir —dijo con un tono más gentil.
Michel continuó vomitando por unos momentos más, hasta que lo último de su estómago salió junto con un temblor en sus piernas. Lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas mientras intentaba recuperar el aliento.
—Tranquila...—susurró el turiano, sujetándola para evitar que se desplomara.
Seis decidió alejarse, dándoles espacio. Caminó hacia la quariana, quien seguía en el suelo frío de la clínica. Se arrodilló frente a ella, observándola con atención. Su respiración era entrecortada y pesada, mezclada con un sonido mucoso que saturaba su modulador de voz.
—Pobrecita...—murmuró Dot, su tono teñido de lástima.
Con cuidado, Seis pasó los brazos por debajo de la joven alienígena, levantándola con delicadeza. Su cuerpo menudo temblaba débilmente, y su tos, cada vez más violenta, sacudía su frágil figura. La sostuvo con firmeza, sintiendo una urgencia creciente por sacarla de aquel lugar.
Caminó hacia una de las pocas camillas que aún permanecían intactas. Durante el trayecto, sintió un leve roce en su casco. Deteniéndose, bajó la mirada y vio la pequeña mano de la quariana, temblorosa, tocando la visera. Al mirar con atención, notó dos puntos brillantes tras el cristal de su máscara: sus ojos.
—Tranquila, ya estás a salvo —le susurró, con un tono que intentaba ser tranquilizador.
Ella no respondió. Su mano cayó hasta su pecho, y los puntos brillantes que había visto momentos antes se desvanecieron al cerrarse sus ojos. Seis contuvo un suspiro y recostó a la chica con la mayor suavidad posible en la camilla acolchada. Un leve quejido salió de su modulador de voz, rompiendo el tenso silencio de la sala.
Unos pasos resonaron detrás de él.
—La doctora está mejor, pero prefirió salir del lugar —dijo una voz familiar.
Seis se giró ligeramente y vio al turiano de armadura azul acercándose. Este miró a la quariana recostada, su mirada perdiéndose por un momento en el cuadro que presentaba la habitación: cuerpos desparramados y charcos de sangre amarilla.
—Hoy no fue un buen día para nadie —continuó el turiano, con un tono más grave—. Demasiada sangre, incluso para mí.
Seis permaneció en silencio, permitiendo que el comentario quedara flotando en el aire mientras el turiano evaluaba la situación.
—Deberemos esperar a que ella se recupere para contarnos lo que descubrió, pero Shepard necesitará saber lo que sucede si queremos atrapar a Saren —dijo finalmente, desviando la atención hacia Seis.
El turiano extendió una mano con tres dedos, ofreciendo una especie de tregua en medio del caos.
—Por cierto, mi nombre es Garrus. Garrus Vakarian—
Seis estrechó su mano con firmeza.
—Llámame Seis—
Garrus entrecerró un ojo con un gesto de ligera molestia.
—Vaya, tienes un apretón fuerte. Casi me haces pensar en un krogan. Aunque nunca he estrechado la mano de uno, sería toda una experiencia, eso seguro—
Su tono era educado, marcado por una evidente etiqueta militar, pero su humor parecía surgir de manera natural, como si fuera su forma de lidiar con la tensión.
—Vi a Shepard mientras entraba a la Torre de la Ciudadela para asistir a la audiencia con el Consejo. Supongo que eres su compañero —continuó Garrus.
Seis asintió sin mucho entusiasmo, lo que arrancó una leve risa al turiano.
—Pues si eso es lo que puede hacer un amigo de ella, no quiero imaginar de lo que es capaz la candidata a espectro —Sus ojos se desviaron brevemente hacia los cuerpos regados por el suelo de la enfermería, una mezcla de respeto y sorpresa en su semblante.
—Me perdí la audiencia por defender a la chica —respondió Seis, ignorando el comentario sobre los muertos— Sospeché que quien la dañó seguiría persiguiéndola—
Garrus asintió, su tono más serio esta vez.
—Enorme coincidencia. Me alegra que tomaras esa decisión—
Mientras hablaba, Seis giró la cabeza hacia la camilla, donde la quariana comenzó a toser con mayor fuerza, su respiración dificultosa saturando el modulador. Se inclinó ligeramente hacia ella, evaluando la situación.
—Garrus —dijo Seis, con un tono autoritario que cortó la conversación— ve por Shepard. Avísale que estamos aquí—
Sus ojos recorrieron la sala, deteniéndose en los cuerpos apilados alrededor.
—Y también a Seg-C. No quiero que esto se malinterprete y la situación escale—
Garrus asintió de inmediato, su postura militar reafirmándose al recibir la orden. Sin perder tiempo, salió corriendo del lugar.
La joven quariana logró incorporarse con esfuerzo, aunque su cuerpo seguía sacudido por la tos.
—¿Q-qué pasó...? —preguntó con voz débil, su respiración aún agitada.
Dos puntos luminosos aparecieron de nuevo tras el cristal de su máscara, señal de que había recuperado algo de conciencia. Pero al ver a Seis frente a ella, la alarma se reflejó en su postura. Con un salto torpe, trató de retroceder en la camilla mientras activaba su omniherramienta. Sus movimientos eran desesperados, pero su debilidad por la herida y la fiebre le impidieron siquiera completar el gesto. Cediendo ante el dolor, cayó de nuevo sobre la camilla, jadeando.
—Tranquila, no te haré daño —intentó calmarla Seis, levantando las manos en un gesto apaciguador.
Sin embargo, la respiración de la quariana se agitó más, y su tos violenta casi la hizo ahogarse mientras intentaba apartarse de él.
Acercándose con cuidado, Seis posó las manos en sus hombros, aplicando la mínima presión necesaria para mantenerla quieta. La chica apenas opuso resistencia, sus movimientos debilitados, y el brillo en sus ojos comenzó a desvanecerse.
—Escucha —le dijo, su tono bajo y firme—. Sé que te persiguieron y trataron de matarte. Yo, junto con una doctora, te cuidamos cuando te desmayaste. Mira tu traje, fíjate en la herida.
La quariana lo miró con desconfianza al principio, pero su debilidad le impidió seguir resistiéndose. Dudando, hizo caso y bajó la mirada para examinar su cuerpo. Sus dedos enguantados tocaron con cuidado el parche en su traje, notando la textura del material que cubría la herida. Cuando levantó la cabeza, sus ojos brillaban con una nueva intensidad, y por un instante, pareció que las emociones superaban cualquier palabra.
—Gra... gracias... muchas gracias —logró decir con la voz quebrada.
Antes de que Seis pudiera reaccionar, la joven se inclinó hacia él y lo rodeó con sus brazos. El abrazo era tembloroso, casi desesperado, mientras su cuerpo delgado se apoyaba en el suyo. Un llanto contenido emergió a través del modulador, resonando suavemente en el caos silencioso del centro médico.
Cuando finalmente logró calmarse, se separó de Seis con lentitud.
—¿Te sientes mejor? —preguntó él, observándola con atención.
Ella asintió, aunque el movimiento fue apenas perceptible.
—Estoy mejor, sí —respondió, su voz aún algo nasal, pero más clara.
—Me llamo Seis —se presentó.
—Yo... Tali. Tali'Zorah nar Rayya —replicó ella, y aunque su tono era débil, una leve emoción se asomó en sus palabras.
—¿Puedes caminar? —preguntó él mientras dirigía la mirada hacia la salida—. Deberíamos salir de aquí. Este no es un lugar para hablar.
Tali no comprendió de inmediato a qué se refería, pero cuando miró más allá de Seis, lo entendió. Los cuerpos de los mercenarios y las marcas de disparos en las paredes hablaban de la violencia que había tenido lugar. Sus ojos volvieron a la visera de Seis, como si buscara confirmar algo en silencio. Él simplemente asintió. Ella bajó la cabeza al darse cuenta de todo lo que había sucedido mientras estaba inconsciente.
—...Te lo agradezco... —murmuró al fin.
Sin decir nada más, intentó sentarse nuevamente y forzó a sus piernas a sostener su peso, pero estas fallaron antes de que lograra incorporarse del todo. Seis reaccionó de inmediato, tomándola del brazo y deteniendo su caída.
—Te ayudaré. Avísame si sientes náuseas —le dijo con calma, ofreciéndose como apoyo mientras caminaban.
Con pasos lentos, avanzaron entre los restos del combate. Tali miraba con atención cada cuerpo que cruzaban, sus ojos fijos en las grotescas escenas de muerte. Su respiración tembló visiblemente al pasar junto al cuerpo de un krogan con la garganta abierta.
—No mires demasiado. Te hará vomitar. Céntrate en el camino —le aconsejó Seis.
Tali desvió la mirada hacia la puerta destruida que se encontraba al final del pasillo, manteniendo su atención fija en ella como si fuera una meta inalcanzable.
Al cruzar la puerta, el panorama era un caos controlado. Grupos de Seg-C mantenían el perímetro bajo control mientras una multitud de curiosos y residentes se agolpaban alrededor del centro médico. La gente hablaba en susurros o grababa la escena con dispositivos portátiles, pero lo que realmente atrajo la atención de Seis fue lo que sucedía en el centro de la multitud.
El único mercenario que había sobrevivido, un batariano, yacía en el suelo, acorralado por un grupo de civiles. Sus brazos levantados intentaban protegerse de los golpes que le llovían, mientras sus piernas, probablemente fracturadas o inutilizadas, lo mantenían inmóvil. Los gritos de rabia de los atacantes se mezclaban con los gemidos de dolor del mercenario, una especie de justicia improvisada nacida del resentimiento de la multitud.
Dot observaba la escena con una calma que rayaba en la indiferencia.
—Seis, los del Seg-C ya están aquí. No hace falta que hagas nada. Déjalo... que sufra un poco de karma social —comentó con un tono casi despreocupado, como si fuera un espectador más de un evento predecible.
Sin embargo, Seis no apartó la mirada del batariano. Por un momento, sopesó las opciones, pero en lugar de decidir, giró hacia Tali, quien aún se apoyaba débilmente en la pared junto a Michel.
—Tali, tú decides —dijo con voz firme, aunque su tono se suavizó al mirarla directamente—. Intentaron capturarte. Tú eres la víctima aquí—
Los gritos del batariano aumentaron, mezclándose con los golpes sordos de las botas contra su armadura. A pesar de la protección, el dolor debía de ser insoportable. Tali, con el rostro aún pálido bajo su máscara, observó la escena en silencio por unos segundos.
—Sálvalo...—dijo al fin, su voz quebrada por una nueva tos— Aun si no lo merece—
Seis asintió sin decir una palabra, dejó a Tali apoyada junto a Michel y avanzó hacia la multitud. Su figura, imponente y cargada de autoridad, bastó para que muchos de los civiles dieran un paso atrás al notar su presencia. Los ataques al batariano cesaron casi de inmediato, y un incómodo silencio se apoderó del lugar.
El batariano, cubierto de polvo y sudor, apartó los brazos al darse cuenta de que los golpes habían parado. Cuando sus ojos se encontraron con el cristal reforzado del casco, su expresión cambió del miedo a una aterradora comprensión. Seis se arrodilló frente a él con calma deliberada, pero el mercenario, preso del pánico, comenzó a arrastrarse hacia atrás con movimientos torpes y desesperados.
—Quédate quieto —ordenó Seis con voz firme, pero sin alzarla.
El batariano dejó de moverse, aunque su respiración agitada y los temblores en su cuerpo delataban su terror.
—La quariana que perseguías —continuó Seis mientras activaba el dispensador de medigel de la omniherramienta — Te dio este regalo. No lo desaproveches—
La frase, pronunciada con frialdad, dejó al alienigena inmóvil mientras trabajaba. Aplicó el medigel con precisión sobre las piernas del mercenario y añadió una dosis de analgésicos para controlar el dolor. El alienígena no dijo nada, ni siquiera un gemido; simplemente observaba a Seis con una mezcla de resignación y confusión.
Una vez terminado, lo levantó con un gesto firme pero cuidadoso, cargándolo como si fuera un simple peso muerto. Caminó hacia la entrada del centro médico y dejó al mercenario allí, justo frente a los agentes de Seg-C que comenzaban a ingresar al lugar.
—Ya está en sus manos —les dijo sin rodeos, girándose sin esperar respuesta.
Mientras Seis regresaba hacia Tali y Michel, podía sentir las miradas de la multitud clavadas en él. Aunque nadie decía nada, el aire estaba cargado de emociones encontradas: alivio, rabia y un respeto contenido que flotaba en el ambiente como una presencia palpable. Tali seguía apoyada en la pared, su figura menuda aún débil, pero su mirada detrás de la máscara era intensa. Los brillantes puntos que eran sus ojos seguían cada uno de sus movimientos, una mezcla de gratitud y cautela reflejada en ellos.
De repente, el ruido de la multitud aumentó, esta vez anunciando la llegada de un nuevo grupo. Shepard emergió entre las personas con Garrus a su lado, ambos moviéndose con la seguridad de quienes ya estaban acostumbrados a atravesar el caos. Detrás de ellos, Anderson y los miembros del equipo se abrían paso con determinación. El alivio momentáneo de ver caras aliadas no duró mucho.
Antes de que pudieran alcanzarlos, otro grupo irrumpió en la escena. Esta vez no eran civiles enfurecidos, sino un enjambre de periodistas que corrían directamente hacia ellos, sus omniherramientas activadas y drones flotando como pequeños testigos inquisitivos. Seis reaccionó al instante, colocándose junto a Tali. La quariana, al verlos acercarse, instintivamente se pegó a él, sus hombros tensos y su cuerpo tembloroso bajo el peso de la fatiga. Michel, por su parte, fue rápidamente rodeada por los reporteros, su rostro pálido y nervioso mientras intentaba mantener la compostura en medio del asalto de preguntas y cámaras.
—¿Fue usted el responsable del tiroteo? — preguntó uno, apuntando su omniherramienta directamente hacia Seis.
—¿Quién es su proveedor de equipo? — una asari elegantemente vestida acercó su dron a escasos centímetros de su casco, como si hacer eso fuera a funcionar.
—¿Está trabajando encubierto como espectro en una misión secreta? — otra voz lo interrumpió, acompañada por más preguntas caóticas que competían por atención.
—¿Esto fue un atentado terrorista contra los humanos?—
Las preguntas se sucedían a un ritmo frenético, cada una más invasiva que la anterior, mientras los periodistas buscaban cualquier respuesta que pudieran convertir en titulares explosivos. Las omniherramientas brillaban con interfaces activas alrededor de Seis, creando un cerco digital que trataba de invadir hasta el más mínimo espacio personal.
Mientras lidiaba con el asedio, otro periodista logró escabullirse entre el grupo y llegar hasta Tali. Era una mujer humana con una expresión maliciosamente curiosa, su voz lo suficientemente alta como para atraer aún más atención.
—¿Usted y él son pareja? — preguntó, sus ojos brillando con una mezcla de morbo y audacia.
La pregunta en sí ya era molesta, pero no se detuvo ahí.
—¿Cuáles son las posiciones que suelen usar...?—
Antes de que pudiera terminar la frase, Seis reaccionó con un movimiento rápido. Dio un paso adelante, su imponente figura eclipsando a la reportera mientras su mano tomaba el hombro de Tali con cuidado, protegiéndola del aluvión de acoso. La quariana, aún débil, se dejó guiar, pero su cuerpo la traiciono por su agotamiento. Tropezó ligeramente al intentar seguir el paso, tambaleándose entre las personas que ahora empezaban a acosarla con más preguntas.
—¡Déjenla en paz! —gruñó Seis, su voz resonando como un trueno en la tormenta, pero los gritos y las preguntas no cesaban. Los drones seguían girando a su alrededor, y las omniherramientas proyectaban haces de luz que se interponían en su camino.
Tali, con un hilo de voz y su cuerpo al borde del colapso, trató de hablar, pero sus palabras quedaron ahogadas por el estruendo de los periodistas. La tensión crecía con cada segundo, la atmósfera llenándose de un ruido ensordecedor que hacía imposible concentrarse. Seis sabía que debía actuar rápido antes de que la situación se desbordara por completo.
«Conéctanos por comunicador» ordenó. Dot reaccionó de inmediato, estableciendo la conexión.
Ella se sobresaltó cuando un sonido breve resonó en su omniherramienta, señal de que estaba vinculada. Su mirada, llena de confusión, se dirigió hacia el Spartan mientras revisaba apresuradamente su dispositivo, probablemente pensando que algo andaba mal.
—Soy yo. Tranquila —dijo Seis, su tono más suave, tratando de calmarla mientras las palabras viajaban directamente a sus oídos a través del comunicador.
Los ojos brillantes tras la máscara se fijaron en él. Aunque aún parecía desconfiada, asintió débilmente, entendiendo que no era momento para discutir.
—Voy a tener que cargarte. No nos dejarán avanzar de otra forma. No te asustes—
La declaración fue directa, pero la quariana no respondió. Su respiración era lenta y pesada, probablemente más preocupada por conservar las fuerzas que por cuestionar su decisión. Sin más preámbulos, pasó un brazo firme por detrás de su espalda y otro bajo sus rodillas, levantándola con facilidad. El delgado cuerpo de Tali apenas pesaba, pero el movimiento repentino hizo que se tensara, sus manos buscando apoyo en la armadura de Seis mientras lo miraba con una mezcla de sorpresa y vulnerabilidad.
El gesto no pasó desapercibido para los periodistas. Los murmullos de la multitud se intensificaron, las cámaras enfocaron con mayor insistencia, y el caos pareció alcanzar un nuevo pico.
—¡Miren eso!—
—¿Está rescatándola?—
—¡Esto es increíble! ¡Filma, filma todo!—
La avalancha de reporteros redobló sus esfuerzos, empujando más cerca, como si el acto de cargar a la quariana fuera un espectáculo digno de un primer plano exclusivo. Pero Seis no se detuvo. Su objetivo era claro. Con pasos firmes y calculados, comenzó a abrirse paso entre la marea de cuerpos, empujando ligeramente a los más insistentes. Algunos tropezaban al retroceder, mientras otros trataban de seguir grabando, pero su determinación era impenetrable.
Tali permanecía en silencio, su rostro parcialmente oculto tras la máscara, pero el ligero temblor de sus manos en el pecho de Seis revelaba que aún estaba nerviosa. Sin embargo, no opuso resistencia, dejándose llevar mientras él los sacaba del caos.
—¡Señor! ¿Es ella una sobreviviente?—
—¡Díganos su nombre!—
—¿Por qué la está protegiendo?—
Las preguntas seguían cayendo como una lluvia incesante, pero Seis las ignoró por completo. Cada paso lo acercaba más al grupo de Shepard, quienes ya habían comenzado a abrir espacio entre los curiosos para recibirlos. Sin embargo, Michel no tuvo tanta suerte. Al quedar atrapada en la masa de reporteros, su rostro reflejaba una mezcla de pánico y resignación mientras las cámaras la rodeaban.
—Pobre mujer —murmuró Tali, su voz debilitada por la tos, pero notablemente clara, sin la distorsión habitual del modulador de su traje.
Era la primera vez que escuchaba su voz natural, un sonido frágil pero auténtico, que lo hizo mirarla de reojo por un instante. Pero no era el momento para distraerse. Se concentró en avanzar, manteniéndola en sus brazos mientras atravesaba los últimos metros que los separaban del grupo. La multitud, aunque reticente, finalmente empezó a abrirse, dándoles el espacio suficiente para llegar al perímetro que Shepard y los demás habían asegurado.
La comandante, con los brazos cruzados y una mirada severa dirigida a los periodistas, dio un paso adelante al verlos llegar. Garrus estaba a su lado, examinando la situación con atención, mientras Anderson conversaba con un agente de Seg-C que parecía intentar organizar el desorden.
Seis respiró hondo, tratando de disipar el peso acumulado de los últimos minutos. Su atención seguía dividida entre la seguridad de Tali, todavía tambaleante junto a él, y el caos que había dejado atrás en la clínica. Pero al menos, por ahora, estaban a salvo.
Cuando se acercaron al grupo de Shepard, la primera en hablar fue Ashley, que cruzó los brazos mientras esbozaba una sonrisa sardónica.
—Parece que a nuestro Spartan le gusta meterse en problemas —bromeó, su tono ligero contrastando con el ambiente tenso. Sin embargo, su sonrisa se desvaneció en cuanto notó a la pequeña figura que Seis había estado cargando. Su mirada se suavizó, y su expresión adquirió un matiz de preocupación.
—¿Tú debes ser la quariana de la que habló Garrus, no?—
Tali, todavía algo inestable, se bajó de los brazos de Seis con cuidado, sus movimientos torpes y lentos. Ante la pregunta de Ashley, simplemente asintió, sin decir nada.
Kaidan, observándola con atención, frunció el ceño al notar el esfuerzo que le costaba mantenerse en pie.
—¿Está herida?—
—Sí —respondió Seis de inmediato— Recibió un disparo y esta enferma. Según sus signos vitales, tiene fiebre ahora mismo—
Al escuchar esto, Tali se alarmó y rápidamente desplegó su omniherramienta, tecleando frenéticamente en busca de información.
—¿Cómo pudiste entrar en mi traje? —preguntó de repente, su voz cargada de incredulidad y una pizca de alarma mientras seguía manipulando su interfaz.
Seis no tardó en responder, su tono calmo, casi clínico.
—Tu firewall es muy bueno, pero olvidaste aplicarlo a la información que transmite el traje—
Tali detuvo sus manos, congelándose por un momento antes de mirar su omniherramienta con una expresión de derrota. Tras unos segundos, su ritmo frenético se redujo a un par de toques más lentos, y finalmente agachó la cabeza, su postura reflejando una mezcla de cansancio y resignación.
—Eso... no lo tomé en cuenta—
Antes de que el tema pudiera ir más lejos, un oficial de Seg-C se acercó a ellos, su armadura azul destacándose entre las multitudes. Su expresión era seria, pero había cierto nerviosismo en sus movimientos.
—Señor, deberá dar su testimonio sobre lo que ocurrió aquí —dijo, dirigiéndose directamente a Seis.
Sin embargo, antes de que Seis pudiera responder, Anderson dio un paso al frente, su imponente figura y tono autoritario dominando la interacción.
—Perdón, oficial, pero él es un activo importante de la Alianza, y el embajador lo necesita ahora mismo—
El turiano apenas se inmutó ante la afirmación de Anderson, manteniendo su postura firme.
—No me importa quién sea. Necesitará testificar si quiere retirarse del lugar—
La paciencia de Seis se agotó en ese instante. Dio un paso adelante, acercándose al oficial hasta que quedaron frente a frente. Aunque el turiano era alto, no tenía la misma presencia intimidante que Seis, cuya armadura ennegrecida y postura fría lo hacían parecer una fuerza imparable.
Seis se quedó en silencio por unos segundos, observándolo fijamente. El turiano, que al principio había tratado de mantener la compostura, comenzó a parpadear nerviosamente bajo la intensa mirada del soldado.
—¿Me deja ir, oficial? —preguntó Seis, su tono más una afirmación que una solicitud.
La tensión en el aire era palpable. En el fondo, Garrus y Ashley no pudieron contener una risa breve y baja, lo suficientemente discreta como para que el oficial no la notara. Finalmente, el turiano, sintiendo el peso de la situación, desvió la mirada y retrocedió ligeramente.
—Sí... puedes irte. De todas formas, la situación está resuelta —murmuró antes de girarse rápidamente y caminar hacia sus compañeros, la cabeza gacha y los pasos arrastrados.
Shepard dejó escapar un suspiro, negando con la cabeza mientras miraba a Seis.
—Eso fue cruel, Seis —lo regañó, aunque había una pizca de resignación en su voz—. Pero admito que fue efectivo.
Anderson, caminando a su lado, suspiró pesadamente, claramente agotado por los eventos recientes.
—Es increíble. Te dejamos solo un rato, y todo termina en una masacre—
Seis no respondió, manteniendo su atención en el camino hacia el ascensor que los llevaría al Presidium. A su alrededor, las luces de los drones de los reporteros y el incesante sonido de las cámaras seguían acosándolos. Los gritos de la multitud eran una cacofonía ensordecedora, un recordatorio constante del caos que habían dejado atrás.
Pero la presencia de Anderson, junto con su voz autoritaria y la figura intimidante de Seis, logró abrir un pasillo entre las personas. El grupo avanzó rápidamente hacia el ascensor, dejando atrás los gritos, las cámaras y las miradas inquisitivas.
Finalmente, las puertas del ascensor se cerraron, aislando al grupo del caos del exterior. El silencio que llenó el espacio fue un alivio tangible, un respiro que llegó como un bálsamo después de la tormenta.
Seis relajó ligeramente los hombros por primera vez en lo que parecía una eternidad, aunque su mirada seguía fija, perdida en pensamientos que aún lo mantenían alerta. Al menos, por ahora, estaban lejos del peligro.
—Espero que tanto desastre haya valido la pena —dijo Shepard, rompiendo el silencio mientras se apoyaba contra la pared metálica del ascensor. Su tono era más curioso que recriminatorio, pero su mirada no dejaba lugar a dudas de que esperaba respuestas.
Tali, que se mantenía detrás de Seis, miraba de reojo al resto del grupo, como si todavía midiera si podía confiar plenamente en ellos.
—Puedes estar segura —respondió Seis con calma, girándose levemente hacia Shepard antes de mirar a Tali— Ella fue perseguida y atacada por asesinos del Corredor Sombrío, y una matriarca asari lideraba el grupo. Parece que esta última está relacionada con el ataque a Eden Prime—
Seis dirigió una breve mirada a la quariana, quien, aún apoyada ligeramente en él para sostenerse, levantó la vista con determinación.
—En mi grabación se escuchan dos voces. Una de ellas era la de un turiano. Supongo que esa pertenece al Corredor Sombrío del que hablan —añadió Tali, su voz modulada por el sintetizador de su máscara, pero con un acento que enfatizaba la seriedad de sus palabras.
Las palabras de Tali atrajeron la atención inmediata de Shepard y Garrus, cuyas expresiones se tensaron mientras conectaban las piezas en sus mentes. Anderson, por su parte, frunció el ceño al escuchar el nombre "Corredor Sombrío". Era evidente que el peso de aquella información resonaba entre ellos. La mirada que Shepard y Garrus intercambiaron lo decía todo: las pruebas contra Saren estaban cada vez más cerca.
El ascensor se detuvo con un suave tirón, y las puertas se abrieron hacia el Presidium. El grupo salió de inmediato, moviéndose con precisión casi militar, sin detenerse a admirar el entorno. Pero el lugar era imposible de ignorar. Un vasto lago artificial se extendía en el centro, rodeado de exuberante vegetación que parecía cuidadosamente diseñada para transmitir serenidad. Sobre ellos, un cielo artificial resplandecía con tonos cálidos, imitando la luz del día en su perfección.
Seis caminaba tras el grupo, sus pasos firmes resonando contra el suelo brillante. Sin embargo, se detuvo abruptamente cuando Dot, con sus habituales chispazos eléctricos, llamó su atención. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que algo faltaba. Tali ya no estaba a su lado.
Volvió sobre sus pasos, su mirada recorriendo el espacio hasta que la vio. Allí estaba ella, parada en medio del camino, completamente inmóvil. Personas de trajes elegantes pasaban a su lado, dirigiéndole miradas cargadas de desdén, pero Tali no parecía notarlo. Sus ojos, ocultos tras la el cristal morado, estaban fijos en el lago. Sus dedos se entrelazaban nerviosamente mientras contemplaba la inmensidad del lugar, como si intentara comprender algo que escapaba a su experiencia.
Seis se acercó a ella con pasos tranquilos y le tocó suavemente el hombro. Tali se sobresaltó levemente y giró hacia él, sus ojos brillando tras el visor de su máscara.
—Perdón, me distraje —dijo, su voz algo apenada. Pero en lugar de seguir caminando, volvió a dirigir su atención al agua. Sus palabras salieron lentamente, como si estuviera tratando de procesarlas mientras hablaba— No puedo imaginar el gasto de recursos que supone mantener este lugar. En mi Flotilla esto sería impensable—
Había algo en su tono, un acento marcado que se mezclaba con el efecto sintetizado de su modulador, dándole una cualidad melancólica y enérgica a la vez.
Seis la observó por un momento, luego asintió lentamente.
—Sí. Yo jamás había visto nada como esto—
Se quedaron allí unos segundos, dejando que el entorno los envolviera. Era un momento extraño, casi íntimo, en medio del bullicio. Pero la tranquilidad se rompió de pronto cuando Tali tosió con fuerza, su postura tambaleándose ligeramente.
—Mi fiebre está bajando —dijo, tratando de sonar optimista mientras la luz del modulador en su máscara parpadeaba con cada palabra—Pero esta tos no se detiene—
Seis la miró con preocupación, pero no dijo nada al respecto. En cambio, tocó su brazo con suavidad para llamar su atención.
—Vamos. Tendrás más tiempo para ver este lugar después. Te lo prometo—
Ella lo miró por un momento, como si evaluara el peso de su promesa, y luego asintió, dándose la vuelta para seguir caminando.
El grupo avanzó hasta la embajada, el edificio imponente con sus paredes blancas que irradiaban una pureza casi cegadora bajo las luces artificiales. Seis frunció el ceño al entrar, notando cómo el diseño parecía esforzarse demasiado en proyectar una ilusión de perfección.
Dot, siempre inquieta, se desplazó por el lugar, simulando tocar a las personas que pasaban junto a ellos.
—Yo pienso que es genial —dijo, girando en el aire como una figura holográfica despreocupada—En Reach todo era gris y oscuro, incluso antes de la guerra—
Seis apenas reaccionaba a las palabras de su compañera, su mente aún dividida entre el estado de Tali y los temas pendientes con su estadía. La quariana caminaba a su lado con una ligera cojera, esforzándose por mantener el ritmo pese a la incomodidad evidente. El Presidium, con su opulencia artificial, parecía más un mundo distante que una realidad alcanzable, un contraste abrumador para quienes venían de lugares marcados por el caos, la guerra o la precariedad.
Mientras avanzaban, el grupo subió unas escaleras ubicadas en las esquinas del complejo. El diseño era imponente, con paredes blancas y líneas arquitectónicas minimalistas que daban al espacio un aire casi clínico. Las puertas automáticas se abrían al paso del equipo, hasta que llegaron finalmente a una sala más pequeña pero igualmente intimidante. Al cruzar el umbral de la última puerta, el grupo se encontró cara a cara con Udina.
El hombre, sentado detrás de un impecable escritorio con una computadora holográfica frente a él, levantó la mirada al escuchar los pasos. Su rostro pasó rápidamente de la neutralidad al enojo, sus facciones endureciéndose con cada segundo que sus ojos analizaban la escena.
—¡¿Un tiroteo en los distritos y la destrucción de un centro médico?! —tronó Udina, su voz rebotando contra las paredes del lugar. Su mirada se fijó inmediatamente en el Spartan, como si buscara a un culpable fácil—¿Acaso el gigante comprende lo que significa actuar civilizadamente?—
Seis se mantuvo inmóvil, sin inmutarse ante los ataques del político. Udina, sin embargo, no se detuvo. Su mirada pasó de Seis a Tali, que estaba a su lado, apoyándose ligeramente con su brazo.
—¿Esto es un chiste? —continuó Udina, su tono goteando desprecio—Ahora traen a una quariana enferma. Esto debe ser una burla—
En ese momento, los insultos del embajador habían tocado una fibra sensible en Seis. Antes de que pudiera seguir despotricando, comenzó a avanzar hacia él con pasos firmes y calculados, su imponente figura eclipsando al diplomático. Udina se quedó sin palabras al instante, su discurso cortado en seco mientras un temor palpable se reflejaba en su rostro. Incluso el aire en la sala pareció cambiar, cargado de una tensión pesada y electrizante.
—Seis, tranquilo —intervino Shepard desde detrás, su tono firme pero cauteloso. Había un leve matiz de preocupación en su voz, consciente de lo que podría suceder si el Spartan se enojaba. Pero se detuvo justo frente al escritorio, mirando a Udina desde su considerable altura. El hombre de traje blanco tuvo que alzar al máximo el cuello para encontrarse con su mirada, aunque sus ojos revelaban más temor que autoridad.
—Cállate y entiende —sentenció Seis, su voz baja pero cargada de una furia contenida que retumbaba como una amenaza latente— Esa "quariana enferma" va a solucionar lo que, seguramente, fue un juicio terrible de tu parte—
Udina no respondió, ni siquiera intentó defenderse. Seis se quedó observándolo por un instante más, como si evaluara si valía la pena seguir hablando, antes de girarse bruscamente y caminar hasta colocarse junto a Anderson. Su postura era rígida, pero su enojo, hace unos momentos apunto de erupcionar como un volcán, había desaparecido repentinamente. Una muestra de su autocontrol.
El silencio reinó en la sala. El grupo permanecía inmóvil, todavía procesando el intercambio. Shepard cruzó los brazos, mirándolo de reojo, mientras que los demás parecían demasiado sorprendidos como para decir algo.
No obstante, Seis captó de reojo algo que lo distrajo de lo que sucedía: Garrus y Ashley compartieron una mirada furtiva, y aunque intentaron disimular, sus labios se curvaron en sonrisas apenas contenidas. Ambos apartaron la vista, pero no antes de que Seis notara que ocultaban su satisfacción por la manera en que había callado al diplomático.
Anderson, de pie junto a él, suspiró profundamente antes de tomar la palabra.
—Udina, con todo respeto, tenemos asuntos más importantes que resolver que las quejas de protocolo. Sugiero que nos centremos en lo que importa—
El comentario del capitan, aunque diplomático, dejó claro que no tenía intención de permitir que el asunto se desviara hacia reproches innecesarios. Udina, aún recuperándose del encuentro con Seis, asintió lentamente, aunque su rostro seguía marcado por una mezcla de molestia y vergüenza.
Mientras tanto, Tali permanecía en silencio, sus hombros ligeramente encorvados, como si el intercambio la hubiera afectado de alguna manera. Sin embargo, cuando Seis la miró, ella le devolvió la mirada con un leve asentimiento, un gesto sutil pero cargado de significado.
Con una determinación renovada, la chica dio un paso al frente, tomando la iniciativa en ese momento crítico. Apagó el ruido que aún rondaba en el ambiente y encendió su omniherramienta, el dispositivo brillando en la oscuridad del cuarto. Su voz se alzó clara, pese a la fatiga que todavía pesaba sobre su cuerpo.
—Durante mi peregrinaje, destruí junto a un compañero un grupo geth —comenzó, mirando al equipo mientras se concentraba en lo que debía compartir— A los cuales les extraje su memoria. Lo que no es fácil, ya que tienen un sistema que auto destruye toda la información. Sin embargo, las mismas estaban dañadas, por lo que solo obtuve fragmentos. Aun así, no espere encontrar... —hizo una pausa, levantando su omni, que proyectó una grabación holográfica en el aire—...esto—
La voz que emergió de la grabación era rasposa, claramente dolorida, como si el emisor estuviera luchando por respirar.
—El plan funcionó, pero por culpa de ese hombre casi falla todo. Mi pecho...aún...¡Duele! Aghhh— La voz gritaba en cólera y dolor, un hombre claramente sufriendo. Aunque la grabación no lo mencionaba, la identidad del hablante era clara: Saren—
—Aun con tus heridas, Eden Prime cayó, y conseguimos la clave para obtener el Conducto. Si Shepard alcanzó la baliza, no podrá saber nada...— Otra voz se sumó a la grabación, una femenina, grave y llena de una calma inquietante.
—¡Ahí está, nuestra prueba!—
Fue Udina quien, nuevamente, se atrevió a interrumpir, su voz llena de impaciencia.
—Debemos usarla ahora —dijo con autoridad, intentando cortar el flujo de la conversación.
Pero Anderson, que había permanecido en un silencio calculado, frunció el ceño ante el tono de Udina.
—Espera. Habla de un Conducto y la baliza. Eso debe ser relevante—
—¡Irrelevante! —exclamó Udina, cortando nuevamente a Anderson— ¡Debemos ir con el consejo, ahora mismo!—
Seis, quien había permanecido en silencio durante toda la discusión, sintió cómo la paciencia se le agotaba por la arrogancia del embajador. A punto de saltar a la confrontación, la atención de todos se centró nuevamente en Tali. Sin previo aviso, la grabación continuó, y la siguiente parte dejó a todos en silencio.
—...debemos de acelerar los planes, la llegada de los Segadores está muy cerca— La matriarca asari hablaba, su tono ahora cargado de un fervor casi devoto hacia los "Segadores".
El silencio en la sala se profundizó, y las palabras que siguieron solo aumentaron la tensión.
—Debemos de matar a ese guerrero de metal y a Shepard. A uno por entrometerse, y a la otra, por mirar lo que no debía...—
Saren, casi sin aliento, terminó de hablar, su voz raspando entrecortada, resonando de manera ominosa en el aire. Tali apagó su omniherramienta, el sonido cesando de golpe.
—Segadores...Siento que conozco ese nombre— Los ojos de Shepard se perdieron en la distancia, y murmuró algo en una lengua que nadie pudo comprender.
Tali, sin apartar la mirada de la pelirroja, continuó con calma, su voz sin temores, pero llena de reflexión.
—Los Segadores aparecen en la memoria del geth. Según lo que dice, los Segadores fueron una especie de máquinas que extinguieron a los proteanos y luego desaparecieron. Eso es todo lo que sabemos hasta ahora. Es extraño, aunque es poco para sacar conclusiones...—hizo una breve pausa, mirando a los demás para asegurarse de que comprendieran la gravedad — Deberíamos contarle al consejo. Si estos Segadores son reales, podrían ser la amenaza más grande de la galaxia—
Anderson, que había permanecido en silencio hasta ese momento, finalmente intervino. Su tono grave y decidido llenó la sala.
—Pues que así sea. Llamaremos de nuevo al consejo para dar por finalizado el juicio. Esta prueba hará caer al traidor— dijo el moreno, con voz firme y decidida, mientras el grupo comenzaba a abandonar la sala. La tensión que había acumulado el encuentro parecía desvanecerse, pero una sensación de incertidumbre aún flotaba en el aire.
Anderson se quedó junto a Udina, discutiendo detalles de los próximos pasos. Por otro lado, Seis observabo de reojo cómo Tali se acercaba a Shepard. No era un simple movimiento, algo en la postura de la quariana, la determinación con la que caminaba, hizo que Seis se sintiera impulsado a averiguar qué estaba ocurriendo entre ellas.
—¿Necesitas algo? —preguntó Shepard amablemente, deteniéndose para mirar a Tali. La voz de la pelirroja tenía un tono tranquilo, pero su mirada era decidida. Al ver cómo la quariana los seguía, añadió— Sé que sufriste mucho para traernos esta valiosa prueba. Te necesitaremos en el juicio, pero después de eso, ya no te molestaremos—
Tali, a pesar de su evidente agotamiento, no dudó ni un segundo en responder. Su voz ahora era más segura y firme, como si la fiebre que la aquejaba se esfumara por un segundo.
—Lo único que deseo es ayudarte —dijo con una sinceridad inquebrantable, su mirada directa a Shepard. La timidez que antes la caracterizaba parecía haberse desvanecido por completo, revelando a una mujer diferente, más fuerte, más decidida.
Ashley, que había estado observando en silencio, ahora intervino, una ligera confusión en su voz.
—¿Pero no estabas en medio de un peregrinaje? —preguntó, mientras Alenko se adelantaba por el pasillo. Garrus, por su parte, permanecía un paso atrás, mirando todo desde un costado.
—Sí, pero puede esperar. Nuestro peregrinaje demuestra que estamos dispuestos a dar de nosotros mismos por el bien común. Si le doy la espalda a esto, ¿qué dice eso de mí? —respondió Tali, su tono lleno de convicción. Sus palabras resonaron en la sala, como un recordatorio de que, aunque su misión personal no estaba completa, su compromiso con la causa más grande era firme.
Shepard se quedó en silencio, pensativa. Sabía que la decisión no era sencilla. Su mirada se dirigió hacia Seis, buscando su opinión.
—Tali puede ser un activo valioso —comenzó Seis, mirando a la comandante con seriedad, reconociendo sus capacidades— Demostró ser capaz de sobrevivir a mercenarios y tiene excelentes habilidades informáticas—
La quariana, quien aun mantenía su atención en la pelirroja, le devolvió la mirada por un instante al Spartan.
Con una mano en el mentón, reflexiva. Sopeso las palabras , lo que concluyo en una resolución clara—Bien, estás dentro. No me decepciones, Tali —dijo Shepard, y aunque sus palabras tenían la autoridad de la comandante, también había un toque de confianza en ellas.
La joven mecánica asintió con determinación, un brillo de gratitud en sus ojos. En ese momento, ella no era solo una peregrina. Era parte de un equipo, y su papel en ese grupo se sentía más sólido que nunca.
—No lo hará, tiene mi palabra —añadió Seis, cruzandose de brazos, seguro.
Shepard, después de un último vistazo, volvió a caminar. Sin embargo, Tali no se apartó de su lado. Se mantenía cerca de Seis, siguiéndole el paso sin decir una palabra, como si no fueran necesarias.
—Genial, tenemos nuevo miembro —dijo Garrus, rompiendo el silencio que había caído sobre el grupo. Su tono era casual, pero una sonrisa de satisfacción se asomaba en su rostro.
Seis lo miró de reojo, un tanto confundido por el comentario, hasta que se dio cuenta de algo más —¿A cuántos miembros nuevos has reclutado para tu equipo? —preguntó, una pizca de humor en su voz, al notar que el turiano formaba parte del grupo, caminando junto a ellos.
—Ninguno más, puedes estar tranquilo —respondió Garrus, con su tono característico— No te haremos socializar mucho. Sabemos que no es tu fuerte, grandote— Finalizo Ashley, como si se hubieran unido para darle un remate al Spartan.
La broma provocó una risa ligera de parte de Tali, que se sintió un poco más cómoda en ese momento. A pesar de la tensión de la situación, la risa compartida fue un pequeño respiro, un momento de camaradería que aliviaba la presión.
Seis, aunque algo reacio a las bromas, sonrió suavemente, una ligera carcajada escapando de él. La atmósfera se relajaba a medida que se acercaban al lago, donde Alenko ya se encontraba apoyado en la baranda, mirando el horizonte. El silencio se instauró de nuevo, pero era un silencio diferente, uno que invitaba a la reflexión y al respiro.
Todos se apoyaron en la baranda, disfrutando del paisaje artificial que los rodeaba. El bullicio de los distritos, tan lejano en ese momento, parecía desvanecerse mientras los pensamientos se dispersaban, dejándolos por un rato libres de las preocupaciones inmediatas. Era un breve respiro en medio de la tormenta.
—¿Oigan, quieren ver las grabaciones del centro médico? —preguntó Garrus, sacando su omniherramienta y activándola. La pantalla holográfica que proyectó mostró una imagen de Seis, capturada antes de que explotara la puerta del centro médico.
—¡Sí! —respondieron todos al unísono, incluidos Tali y Shepard, acercándose para ver mejor. La curiosidad los unió nuevamente, y la tensión momentáneamente se disolvió en risas y murmullos.
Tali, sin poder evitarlo, se giró hacia Seis, una sonrisa pequeña pero genuina tras el cristal morado de su visera. Cruzó los brazos y lo miró de manera traviesa.
—Me da curiosidad ver cómo luchaste —comentó, su tono juguetón y a la vez intrigado.
Seis soltó un largo suspiro, resignado, pero no pudo evitar sonreír ante la actitud del equipo.
—Y... ¡empieza! —dijo, mientras la grabación comenzaba a reproducirse.
