Un Corazón Perdido/R


—¡Increíble! — gritó Ashley con entusiasmo, saltando en su lugar mientras señalaba la grabación. Su emoción era tan desbordante que, sin querer, empujó a Kaidan, quien perdió el equilibrio y casi terminó en el agua.

—¡Quédate quieta, me vas a tirar! —protestó el biótico, empujándola suavemente para recuperarse su espacio. Sin embargo, el movimiento fue lo suficientemente brusco como para hacer tropezar a Garrus, quien perdió momentáneamente la postura.

—¡Ya déjense de comportar como niños! Quiero seguir viendo —regañó Shepard, adoptando un tono severo mientras cruzaba los brazos. Su autoridad, aunque teñida de cierta exasperación, logró que ambos se quedaran en silencio y agacharan la cabeza como niños atrapados haciendo travesuras. Algunas miradas curiosas de transeúntes se dirigieron al grupo, atraídas por el escándalo, lo que hizo que Ashley y Kaidan intercambiaran una mirada avergonzada antes de enfocarse de nuevo en la pantalla.

La grabación llegó al momento en el que Seis enfrentaba a los krogan. La tensión en el ambiente era palpable mientras el combate se desarrollaba en la holografía, mostrando cómo el Spartan lidiaba con los cinco reptiles con una facilidad que desafiaba la lógica.

—¡Wow! Es increíble cómo logras pelear como si nada con esas moles —dijo Garrus, claramente impresionado. La admiración en su tono era inconfundible, especialmente mientras observaba cómo enfrentaba a sus enemigos con fuerza y precisión letal.

—¡Es aterrador! ¡Los levantó como si no fueran nada! —exclamó Kaidan, señalando el momento en que Seis alzó a dos krogan al mismo tiempo y los arrojó contra una pared, dejando a los mercenarios atónitos.

—Eran pesados. Tuve que forzar mis músculos para hacerlo —respondió Seis con calma, intentando minimizar el asombro colectivo. Sin embargo, el esfuerzo era evidente en su postura. Una leve molestia comenzaba a asentarse en su pierna derecha, resultado de la tensión acumulada durante el combate.

Aunque no lo había considerado hasta ese momento, la realidad era que su cuerpo comenzaba a mostrar señales de agotamiento. Desde que había partido el Pillar of Autumn, no había ingerido alimentos ni descansado adecuadamente. Su organismo mejorado por los experimentos de la UNSC le permitía soportar condiciones extremas, pero incluso esas mejoras tenían un límite. Incluso con los aumentos obtenidos en el bunker Forerruner, las constantes demandas físicas y la falta de sueño adecuado empezaban a pasar factura, algo que hasta ahora había ignorado. El dolor en su pierna, aunque sutil al principio, se volvía más evidente con cada minuto.

Mientras reflexionaba sobre esto, su cuerpo enviaba señales claras: los músculos comenzaban a tensarse y a protestar contra el peso que debían soportar.

—Aun así, es demasiado impresionante —comentó Ashley, sin apartar los ojos de la grabación. Su tono reflejaba una mezcla de admiración y asombro, completamente absorta en los momentos de acción que se desplegaban ante ella.

Seis intentó estirar la pierna derecha para aliviar un poco la molestia, pero el movimiento liberó un suave quejido de dolor que, aunque apenas audible, fue captado por Tali. La quariana, atenta, desvió su atención de la grabación y se enfocó en él. Sus ojos tras el cristal purpura se fijaron en la pierna ligeramente flexionada de Seis, notando el esfuerzo que hacía para mantenerse erguido.

Sin decir nada, ajustó discretamente el modulador de su voz, asegurándose de que nadie más escuchara su conversación. Aprovechando el canal privado que había configurado Dot anteriormente para comunicarse con él, le habló en un tono que mezclaba preocupación y curiosidad.

—¿Te duele? —preguntó Tali, su voz resonando suavemente en el auricular de Seis. Su tono era suave.

Él tardó un momento en responder, sorprendido por la atención de la quariana. Sus ojos, protegidos tras la visera del casco, observaron a la joven mientras ella fingía prestar atención a la grabación, aunque su postura la delataba. Había dejado de lado el espectáculo de la pelea para concentrarse completamente en él, mostrando un interés genuino por su bienestar.

—No, estoy bien —mintió Seis, su tono firme, pero no convincente. Evitaba a toda costa terminar en una enfermería improvisada y ser interrogado o, peor aún, quedar atrapado en otro tiroteo.

—No mientas. Nadie te escuchará, solo yo —replicó Tali con calma, pero con una determinación que no podía ignorar. Disimuladamente, se acercó a él, aunque no era necesario; el resto del grupo estaba demasiado concentrado en las imágenes holográficas de la grabación, gritando y riendo ante cada golpe devastador que Seis había asestado.

Resignado por su insistencia, suspiró y asintió con un leve movimiento de cabeza.

—¿Cuánto? —preguntó ella sin rodeos, justo cuando el video mostraba a Seis enfrentándose al líder krogan.

—¡Dios santo, está destrozando a un señor de la guerra como si fuera un novato! —exclamó Ashley con un grito que resonó por todo el Presidium, atrayendo alguna que otra mirada de los transeúntes.

—Poco, solo es dolor muscular. Cuando termine esto, me haré un chequeo —dijo Seis, alejándose del equipo para escapar del griterío. Se apoyó en la barandilla, dejando que su mirada se perdiera en el cielo artificial.

Arriba, vehículos aerodeslizadores cruzaban de un lado a otro, dibujando líneas luminosas tras su paso. El ambiente tenía algo casi tranquilo, a pesar del bullicio detrás de él.

—No deberías ocultar tu dolor, no seas imprudente —dijo Tali. Su característico casco apareció en el borde de su visión, y un momento después estaba a su lado, imitando su postura mientras ambos observaban el enorme lago que reflejaba los destellos del falso sol.

—No lo soy. Aunque, si lo que quieres es devolverme el favor de haberte protegido, puedes hacerlo viviendo. No te pediré más —respondió sin apartar la vista del horizonte.

Frente a ellos, unas columnas de agua comenzaron a expulsar finos chorros, creando una llovizna ligera que caía sobre sus cabezas por la cercanía al lago. Las gotas resbalaban por las viseras de sus cascos, mientras las telas de la capucha de Tali comenzaban a empaparse lentamente.

—No te gusta que te cuiden, pero sí el sacrificarte. ¿Por qué? —preguntó Tali, girándose hacia él. Sus palabras eran tranquilas, pero cargadas de una genuina curiosidad.

Detrás de ellos, el grupo empezó a quejarse de haberse empapado, pero Seis apenas los escuchaba. Su atención estaba completamente centrada en la mujer frente a él. Las gotas de agua se acumulaban en su visor, y aunque sabía que no era necesario por los sistemas automáticos, sus dedos viajaron instintivamente hacia él.

—Deberías alejarte, tus telas terminarán húmedas —le advirtió Seis, aunque su tono carecía de firmeza.

Ella no respondió. En lugar de eso, se acercó más, ignorando el agua que seguía cayendo sobre ambos — ¿Por qué tu armadura parece un animal? —preguntó de repente, su tono curioso mientras extendía una mano hacia el Spartan.

Antes de que el pudiera reaccionar, sintió los dedos de Tali tocando su casco, limpiando con delicadeza el agua que lo empapaba. Su respiración se detuvo por un instante ante la cercanía, pero no se movió ni un centímetro, dejándola explorar con calma.

—Es...es por uno de mis alias. El primero, en realidad —respondió él, su voz más baja de lo habitual.

—Oh... entonces eres alguien de renombre. ¿Y cuáles serían esos apodos? —preguntó Tali con una risa suave, sus manos recorriendo los bordes del casco mientras inspeccionaba los detalles.

—Eres muy grande —comentó de pronto, poniéndose de puntillas en un intento de alcanzar la parte trasera del casco. Al verla esforzarse, Seis se inclinó ligeramente hacia ella, acercándose lo suficiente como para que pudiera alcanzar.

—¡Oh! —exclamó Tali con sorpresa al notar el movimiento repentino, pero rápidamente volvió a la tarea, sus dedos examinando las fibras y metales elásticos de la nuca.

Por un momento, todo ruido pareció desaparecer. La lluvia, las luces y el murmullo del Presídium se desvanecieron, dejando solo la conexión entre ellos. Era una escena pequeña, casi insignificante en el contexto de lo que enfrentaban, pero cargada de una intimidad inesperada que ninguno de los dos parecía dispuesto a romper.

La curiosidad de Tali tenía algo profundamente encantador. Era una mezcla de ternura he intensidad que el no podía ignorar. Mientras sus dedos se deslizaban con cuidado por las placas y fibras de la armadura, ella susurraba observaciones, como si intentara descifrar un rompecabezas complejo. Sus palabras eran suaves, casi un diálogo consigo misma, pero lo suficientemente audibles como para que él las captara.

—Podría decirse — respondió Seis, finalmente, rompiendo el silencio con su voz grave — Aunque muchos de esos apodos no me gustan. El que dio nombre al diseño de mi traje fue "Lobo Solitario"—

Sus ojos, ocultos detrás del visor polarizado, se encontraron con los de Tali, que brillaban con una mezcla de asombro y curiosidad. Era como si, de alguna manera, ella pudiera ver más allá del blindaje y cristal del casco, percibiendo algo más profundo.

Un suave "wow" escapó de Dot, que observaba la escena desde la periferia, casi como una espectadora más en aquel instante. Parecía que el tiempo se había ralentizado, creando una burbuja que los separaba del ruido del grupo detrás de ellos. Las gotas de agua seguían cayendo, trazando finas líneas por las viseras de ambos.

Tali carraspeó, desviando la mirada hacia su pecho, donde el movimiento de su respiración marcaba un ritmo lento y constante.

—¿Lobo Solitario? —repitió con un tono reflexivo —Curiosamente, sería de los peores para un quariano. En la unión está nuestra fuerza. Si alguno actuara por su cuenta o antepusiera sus deseos a los de la Flotilla, pondría en riesgo no solo a una flota, sino tal vez a toda nuestra especie—

Su voz tenía un matiz único, un acento marcado que parecía mecer las palabras, dándoles vida. Cada frase cambiaba de tono con naturalidad, como si reflejara la energía vibrante de su personalidad. A pesar de su dependencia del traje para sobrevivir, era increíblemente enérgica y natural, en un contraste absoluto con la reserva de Seis. Él, tan eficiente en sus palabras, hablaba con frialdad y precisión, como si incluso en la conversación buscara cumplir una función.

«Somos opuestos», pensó él, mientras seguía escuchándola.

—Si estás tan curiosa sobre Vargpald, puedo darte algo de información sobre cómo funciona —ofreció finalmente

Los ojos de Tali abandonaron las placas de la armadura y se alzaron hacia él, llenos de emoción renovada.

—¿En serio? —preguntó, casi sin aliento— No quiero ser molesta, pero tu armadura...¿Cómo la llamaste? ¿"Varpal"? Es increíble. Nunca había visto algo parecido. Parece como un enorme rompecabezas; las placas y fibras están seccionadas como si fueran músculos. Pero no entiendo la razón—

La emoción en su voz era evidente. Era como un torbellino de entusiasmo, moviéndose de un lado a otro mientras sus pensamientos fluían sin pausa.

—Vargpald —corrigió él con calma— Y sí, no hay problema. Se nota que te apasiona la tecnología. Tus herramientas y piezas en los compartimientos te delatan—

Tali detuvo su efusividad de golpe y comenzó a revisar instintivamente los bolsillos de su traje.

—¿Cuándo metiste tus manos en mis cosas? —preguntó, esta vez con un tono nervioso.

Seis ladeó la cabeza, como si no entendiera la sorpresa.

—Cuando te salvé la vida. Era eso o dejarte morir por el plomo y las bacterias filtradas—

Tali suspiró, rendida ante la lógica de su respuesta. Se apoyó de espaldas en la barandilla y tiró la cabeza hacia atrás, dejando que la lluvia resbalara por su casco.

—¿Ya te sientes mejor? —preguntó Seis, intentando cambiar el rumbo de la conversación. Ella volvió a mirarlo, cruzando los brazos frente a su pecho.

—Sé que tienes la información sobre mi sistemas —dijo, sin caer en la distracción. En su mente, Seis pudo escuchar la risa de Dot, que parecía disfrutar del intercambio.

—Estás evitando la pregunta que te hice antes —insistió Tali, su voz cargada de una mezcla curiosidad y leve desafío, apenas disfrazada por el tono suave que solía usar.

Un gruñido bajo escapó del Spartan, un reflejo involuntario de frustración. Había subestimado a la quariana, y ahora se encontraba atrapado en la conversación que había intentado evitar. Ella permanecía a su lado, su mirada fija en él, insistente pero tranquila, como si supiera que su silencio la beneficiaría.

Era paciente, aunque la intensidad en sus ojos detrás de la visera del casco no se desvanecía.—¿Por qué quieres saber mi respuesta? —preguntó finalmente Seis, cediendo un poco, pero sin ocultar la cautela en su tono.

Tali se acercó un paso más, relajando ligeramente su postura, como si quisiera que él supiera que no estaba allí para presionarlo, sino para comprenderlo. Sus ojos se apagaron levemente, reflejando una melancolía inesperada mientras formulaba su respuesta.

—Porque quiero entenderte— Sus palabras cayeron como una pequeña explosión en la mente de Seis.

No respondió al instante; de hecho, sintió como si las palabras se atascaran en su garganta. No sabía cómo manejar la sinceridad de Tali. Permanecieron en silencio durante lo que le parecieron segundos eternos, la única compañía el sonido de las gotas de agua que aún golpeaban sus cabezas.

Finalmente, Seis reunió las palabras, aunque con dificultad—No comprendo...¿Por qué quieres entenderme?—

Pudo enfrentarse a ejércitos, derribar a élites con sangre fría y soportar los peores castigos físicos, pero las preguntas de la quariana lo hacían sentir vulnerable, como un grunt perdido sin su tanque de metano.

Tali no respondió de inmediato. Permaneció de pie frente a él, sus ojos todavía fijos a través de la lluvia que seguía cayendo suavemente. Por un momento, sus figuras parecieron aisladas del resto del mundo, atrapadas en una burbuja de incertidumbre y emociones no dichas.

Seis desvió la mirada hacia el suelo, sin ser capaz de sostener el peso de su silencio. Su atención se centró en los pies de ella, pequeños comparados con los suyos, pero firmes. Cuando finalmente levantó la vista, vio que Tali retrocedía unos pasos, alejándose.

Antes de que pudiera preguntar por qué, otra voz rompió aquella burbuja.

—Grandote, ¿Quién te creó esa armadura? —preguntó Ashley, acercándose con los demás. La soldado de cabello castaño lo observaba con una ceja alzada, claramente intrigada.

Seis no tuvo tiempo de responder antes de que Garrus comenzara a inspeccionarlo con entusiasmo. El turiano se movió alrededor de él, estudiando cada parte de su armadura como si estuviera desmantelándolo con la mirada.

—¿Por qué preguntan? —dijo Seis, claramente incómodo con la cantidad de miradas clavadas en él.

Tali se mantuvo en silencio, ahora a un costado, observando la interacción sin intervenir. Sus ojos brillaban con un interés renovado, pero esta vez dejó que los demás llevaran la conversación.

—Pues, mira esto — intervino Garrus.

El turiano reaparecio por detrás de Seis, su omniherramienta activada, proyectando nuevamente el vid del centro médico. Las imágenes holográficas se desplegaron frente al grupo, iluminando sus rostros mientras navegaba con precisión a través de la grabación.

Al principio, Seis no entendió qué había de extraño en el material. Las primeras escenas mostraban su enfrentamiento con varios enemigos en rápida sucesión, una danza brutal de fuerza y estrategia. Pero entonces, Garrus adelantó el video, deteniéndose en un momento específico.

—De esto hablamos —anunció, fijando la reproducción justo cuando la comando asari lo levantaba del suelo y lo estrellaba con fuerza contra el piso metálico.

—Sí, gracias por recordarme ese golpe —comentó Seis con sarcasmo, su voz baja y seca.

Ashley rio entre dientes, aunque sus ojos permanecieron atentos al holograma. Garrus, sin embargo, ignoró las bromas y volvió a adelantar el video.

—No, al que nos referimos es... a esto—

Pausó la grabación. En la proyección, Seis estaba inmóvil, atrapado en estasis biótico, con la asari apuntándole con una escopeta. La escena se congeló justo antes del primer disparo.

Tali, quien había permanecido cerca de la barandilla, dio un paso adelante, su curiosidad evidente.

—¿Pero qué pasó? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia la proyección para observar mejor.

Garrus reanudó el video. El sonido del primer disparo resonó como una explosión, la potencia del arma saturó los micrófonos de la cámara, dejando un eco distorsionado en el audio.

—Oh, Keelah...—exclamó Tali, usando una palabra en su idioma nativo mientras observaba con asombro.

En el vid, los escudos de Seis colapsaron al recibir el impacto directo de la escopeta, dejándolo aparentemente indefenso. El segundo disparo le siguió de inmediato, un estruendo que hizo que la chica se sobresaltara y retrocediera un paso, incapaz de ocultar su sorpresa.

—¿Qué? —murmuró, girando su cabeza hacia el pecho de Seis, buscando algún indicio de daño en su armadura.

Ella ya había inspeccionado su traje antes, había repasado cada fibra y placa, pero no encontraba explicación para lo que estaba viendo. No había marcas de abolladuras ni signos de que una escopeta, a quemarropa, hubiera hecho el menor daño.

—Esto no tiene sentido...—murmuró para sí misma, acercándose un poco más para examinarlo de nuevo.

El video terminó abruptamente antes de que la grabación capturara el momento en que Seis le rebanara el brazo a la comando. Un alivio recorrió su cuerpo; las últimas palabras de la asari aun le provocaban una sensación incómoda en el pecho, como si una sombra se aferrara a él.

—Tienes que decirnos cómo sobreviviste a eso —dijo Ashley, interrumpiendo sus pensamientos. La soldado de cabello castaño se acercó y tocó las placas pectorales de su armadura, examinándolas con una mezcla de curiosidad y escepticismo.

Con el puño cerrado, raspo la superficie para comprobar su dureza, pero resultó en algo inesperado: el material de su propia armadura cedió, dejando al descubierto una malla negra debajo de sus placas dañadas.

—¿Qué demonios...?—murmuró, estupefacta, mientras examinaba su guantelete roto.

Un breve silencio siguió a su reacción, roto únicamente por el sonido del agua, moviéndose por la brisa artificial.

—No puedo recordar haber visto algo así. Es...realmente impresionante —dijo Garrus, apagando su omniherramienta mientras hablaba. Había un tono de genuina admiración en su voz.

Mientras tanto, Shepard permanecía en silencio, observando a Seis con una expresión pensativa. Su atención no estaba en la armadura, sino en algo más, algo intangible pero evidente en la intensidad de su mirada. Era como si intentara desentrañar un enigma oculto en él, más allá de la tecnología que lo cubría. Seis captó esa mirada y supo de inmediato en qué estaba pensando.

Repentinamente, el silencio fue interrumpido por un grito familiar que atravesó la atmósfera.

—¡Shepard!—

El grupo giró la cabeza al unísono. Anderson emergía del camino principal, caminando hacia ellos con pasos firmes y decididos tras haber salido de la embajada. Su presencia irradiaba autoridad, y su voz traía consigo una seriedad que desplazó cualquier rastro de la curiosidad que había dominado el momento.

La figura de Anderson, impecable como siempre, se detuvo a unos metros del grupo. Su mirada, aguda y penetrante, recorrió a todos antes de posarse directamente en Shepard.

—La audiencia ya fue acordada —anunció con tono solemne — Debemos ir ahora mismo—

Hizo una pausa breve, como si eligiera cuidadosamente sus palabras antes de continuar.

—Y tú también debes estar allí, Seis —agregó, dirigiéndose al hombre con la armadura reforzada.

Seis levantó la cabeza ligeramente, su visor polarizado brillando bajo la luz artificial del Presidium. Podía sentir la tensión en el aire, una mezcla de obligación y expectación que lo hizo tensar los músculos bajo la armadura.

—El Consejo está realmente molesto por tu ausencia —continuó Anderson, su voz adoptando un tono más firme, aunque no exento de comprensión. Había una gravedad en sus palabras, un recordatorio implícito de las repercusiones que podrían seguir —Y, para empeorar las cosas, por tu negativa a responder la llamada de la comandante Shepard—

Seis permaneció en completo silencio. Su postura rígida he impasible lo hacían parecer más una estatua que un soldado. Las palabras de Anderson resonaban en el aire con un peso que el Spartan entendía perfectamente. El Consejo no era una entidad que pudiera ignorarse sin consecuencias. Podía desafiar muchas cosas, pero hasta él sabía que jugar con la paciencia de los líderes galácticos era un camino peligroso.

Shepard, de pie junto a Anderson, cruzó los brazos y lo observó en silencio. Su mirada estaba fija en él, analizando cada pequeño gesto, cada mínimo cambio en su postura, como si buscara una respuesta que no llegaba. A su manera, la mujer era un espejo del Spartan: estoica, decidida, y no particularmente paciente cuando se trataba de responsabilidad.

Garrus, que permanecía cerca, rompió el tenso silencio con un leve silbido. Su tono era despreocupado, aunque su mirada revelaba un matiz de preocupación.

—Parece que alguien se metió en problemas —comentó con una ligera sonrisa torcida. Era difícil decir si hablaba en serio o si intentaba aligerar la situación. Con el turiano, parecia ser un poco de ambas.

Kaidan, por otro lado, no ocultó su frustración. Soltó un audible resoplido mientras cruzaba los brazos, su mirada reflejando desaprobación, mezclada con un cansancio acumulado de demasiadas complicaciones.

—Deberías haberlo visto venir —dijo, su tono sonaba más como el de un hermano mayor dando una lección mas que una reprimenda— Es el Consejo. No son precisamente conocidos por ignorar un desaire—

Anderson levantó una mano, buscando calmar los ánimos antes de que la conversación se desviara demasiado.

—Por suerte, no es tan grave —intervino, su tono volviendo a ser más conciliador — Les dijimos que estabas en el tiroteo del centro médico por vinculación al juicio de Saren. Con las pruebas que tienes ahora, podemos justificar tu ausencia. Pero esta vez, estarás presente—

Todos intercambiaron miradas. Incluso Seis y Tali compartieron una breve mirada de entendimiento. Para el Spartan, el hecho de haber escapado relativamente bien del lío burocrático era un alivio. Si bien no lo diría en voz alta, sentía que había esquivado una bala, al menos por ahora.

—Eso sí, no esperes que estén de buen humor —añadió Anderson, volviendo su atención a Seis—Estarán bastante agresivos contigo, considéralo un detalle de cortesía. Así que vámonos—

Con esas palabras, Anderson concluyó la conversación, girando sobre sus talones y liderando al grupo hacia su destino.

El equipo comenzó a avanzar desde la embajada hacia la torre del Consejo, caminando en formación relajada, aunque con un propósito claro. Siguiendo el sendero perfectamente pavimentado que atravesaba el Presidium. La estructura, diseñada con un equilibrio casi etéreo entre lo natural y lo artificial, se extendía ante ellos como un símbolo de la opulencia y elitismo entre especies. Los pies de cada miembro resonaban suavemente contra el suelo liso y brillante, un material que parecía pulido hasta el exceso, reflejando fragmentos de la luz que emanaba del techo, simulando el cielo.

El camino, que se ampliaba mientras más se avanzaba hacia la torre, era flanqueado por enormes columnas de agua cristalina, creando pequeñas lloviznas que la brisa artificial distribuía, llenando el aire con un leve rocío refrescante. A medida que caminaban, pequeñas partículas de luz refractada jugaban entre las gotas, proyectando un arcoíris efímero sobre el sendero.

El sonido del agua, constante pero apacible, acompañaba sus pasos como una melodía de fondo. Mientras continuaban el recorrido, arbustos perfectamente recortados y árboles de hojas verdes se intercalaban con bancos y hologramas de diversos diseños. La vegetación, cuidadosamente seleccionada y mantenida, añadía un toque de vida en un lugar dominado por la tecnología.

A lo lejos, una serie de monumentos y esculturas que parecían representar momentos históricos clave en la galaxia. Una figura asari de tamaño imponente sostenía una esfera luminosa entre sus manos, su postura denotando sabiduría y liderazgo. Más allá, una estatua turiana, con una lanza inclinada hacia adelante, parecía simbolizar la fuerza y la disciplina. Esta última llamó la atención de Garrus, quien redujo el paso momentáneamente.

—¿Quién será? —preguntó casi retóricamente, señalando la estatua con un gesto de la cabeza.

—Creo que es una representación simbólica—respondió Kaidan, caminando a su lado—
Una especie de homenaje a los ideales de unidad. Aunque, irónicamente, el Consejo no son todas las especies de la galaxia, solo tres tienen el título de "Razas del Consejo"—

Garrus dejó escapar un leve resoplido, entre divertido y amargo.

—Vaya, parece que ya entiendes cómo funciona esta política—

Ashley, que caminaba unos pasos más adelante, no pudo evitar un comentario.

—Si algo he aprendido de estar aquí, es que a los políticos les gusta fingir que todo está bajo control...hasta que algo explota—

Shepard le lanzó una mirada breve, evaluando el comentario, pero decidió no responder, permitiendo que la conversación fluyera de manera natural. La comandante parecía más interesada en observar al grupo en su conjunto, como si analizara cómo encajaban las piezas

Más adelante, un par de salarianos discutían en un tono animado, mientras un grupo de humanos y asari se mantenía a un lado, hablando en susurros sobre alguna intriga política. Voces se mezclaban en un murmullo constante, y aunque muchas se perdían en el aire, algunas frases eran lo suficientemente claras como para entender fragmentos de conversaciones sobre fraudes, alianzas y estrategias comerciales.

—Es casi surrealista, ¿no creen? —comentó Kaidan, rompiendo el silencio con una voz calmada mientras sus ojos recorrían el paisaje— Toda esta belleza...cuesta recordar que también es el centro de decisiones que afectan a toda la galaxia—

—Sí, es impresionante —respondió Tali, desviando su mirada a su alrededor. Su voz estaba llena de asombro, pero también de cierta melancolía — En la Flotilla, nunca podríamos soñar con algo así. Todo lo que tenemos es funcional, nunca hermoso por el simple hecho de serlo—

Garrus, que caminaba un poco más adelante, giró la cabeza hacia ella, mostrando una sonrisa amistosa que apenas se percibía en sus mandíbulas —Bueno, este lugar tiene sus propios problemas, créeme. Pero es cierto, saben cómo impresionar a primera vista—

Ashley, que iba junto a Shepard, sacudió la cabeza mientras observaba las copas de los arboles, moviéndose bajo una brisa de origen desconocido.

Seis caminaba detrás del grupo, su mirada vagando entre los detalles del Presidium. Por un momento, se detuvo frente a una columna de agua particularmente alta que parecía reflejar los colores del arco iris en la luz artificial. Mientras tanto, los sonidos continuaban rodeándolo: el murmullo de las fuentes, las voces ocasionales de los transeúntes y el susurro constante de las hojas. El espectáculo era hipnótico, casi suficiente para distraerlo de los pensamientos que rondaban su cabeza.

Dot apareció junto al hombre, flotando a su altura. Su figura delgada y brillante contrastaba con la armadura pesada que él llevaba, como una chispa de vida en medio de un guerrero endurecido. Lo observó en silencio por un momento antes de hablar.

—Bonito, ¿verdad?—

Seis no respondió de inmediato. Sus ojos recorrían el horizonte del Presidium, detenidos en la delicada armonía de sus paisajes y arquitectura. Finalmente, asintió con un movimiento leve, antes de retomar el paso con una expresión neutral que apenas ocultaba el rastro de pensamientos que lo atravesaban. Dot, siempre perceptiva, flotó a su lado. Su leve brillo parecía fusionarse con la luz que bañaba el lugar, casi como si perteneciera al entorno.

A medida que caminaban, el sonido de las botas de Seis golpeando el suelo pulido resonaba con un eco sutil, llamando la atención de algunos transeúntes. Las miradas curiosas, aunque breves, no pasaron desapercibidas para la IA, quien inclinó ligeramente su cabeza como si estuviera inspeccionándolos.

—Pareces un elefante en una tienda de porcelana, ¿lo sabías? —murmuró con un toque de humor, buscando distraerlo de su ensimismamiento.

Ashley, que iba unos pasos más adelante, notó la mirada distante de Seis y giró ligeramente la cabeza hacia él.

—¿Qué pasa, grandote? ¿Esto es demasiado para ti? —preguntó con un tono que mezclaba camaradería y desafío, una sonrisa apenas perceptible asomando en sus labios.

Seis parpadeó, como si volviera al presente.

—No, solo…—buscó las palabras adecuadas, pero terminó encogiéndose de hombros, un gesto que decía más de lo que sus palabras podían expresar.

La soldado lo miró de reojo, evaluándolo con curiosidad, antes de ofrecerle un comentario con una mezcla de amabilidad y pragmatismo.

—Tranquilo. Este lugar es un exceso incluso para nosotros. Solo no pierdas de vista lo importante—

La leve sonrisa que le dirigió antes de volverse al frente tenía un matiz casi reconfortante, un pequeño intento de construir un puente entre ellos.

El grupo llegó a una pequeña plaza al pie de la torre de la ciudadela, un lugar diseñado para inspirar tanto admiración como reflexión. A lo lejos, se alzaba un monumento a un relé de masa, una representación a menor escala de las imponentes estructuras que hacían posible los viajes entre sistemas. Las líneas curvas de la escultura parecían capturar movimiento, como si fuera a activarse en cualquier momento.

A su alrededor, una mezcla de naturaleza y diseño cuidadoso adornaba la plaza. Altos árboles con hojas de tonos verdeados ofrecían sombra contra la luz artificial que emanaba del cielo del Presidium. A un lado, un pequeño campo de césped verde delimitaba la plaza, separándola del lago artificial que se extendía más allá. Las aguas eran tranquilas, un espejo perfecto para el cielo iluminado y las estructuras circundantes.

El equipo se detuvo un momento, y Garrus rompió el breve silencio.

—Es curioso, ¿no? Todo esto, tan cuidadosamente diseñado, tan…perfecto. Pero la perfección a veces tiene una forma de ocultar lo que no queremos ver —comentó con un tono más reflexivo que de costumbre, observando el monumento a la distancia.

Shepard asintió ligeramente, sus brazos cruzados mientras sus ojos se posaban en la torre del Consejo, visible desde su posición.

—Eso es lo que hacen los símbolos, Garrus. Nos distraen, nos hacen olvidar las imperfecciones. Pero incluso aquí, en el corazón de la Ciudadela, las cosas no son tan perfectas como quieren que parezca—

El turiano inclinó la cabeza, como si estuviera procesando las palabras, antes de volver a su habitual tono escéptico.

—¿Crees que el Consejo tomará en serio la amenaza de Saren?—

—Dudo que lo hagan fácilmente —respondió Shepard, su tono firme y cargado de la seriedad que solo la experiencia podía dar— Pero nos escucharán. No tienen otra opción—

El de azul asintió en silencio, dejando que las palabras de Shepard marcaran el rumbo mientras retomaban el paso hacia el ascensor. Las columnas de agua se alzaban imponentes en el horizonte, sus caídas generando un eco constante que llenaba el espacio con una calma inquietante. Las luces jugaba en las gotas, proyectando destellos que parecían danzar sobre el suelo mientras el equipo avanzaba, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

Seis observó todo esto en silencio, sintiendo cómo cada paso lo llevaba más cerca de una confrontación que no era solo con el Consejo, sino con las crecientes tensiones en su interior.

El zumbido de las puertas del ascensor los recibió, rompiendo el ambiente casi etéreo del Presidium mientras entraban al estrecho y aséptico espacio. Las luces del ascensor, de un blanco frío, resaltaban el cansancio en sus rostros y el desgaste en sus armaduras. El ambiente se llenó con el leve sonido mecánico del sistema en funcionamiento, un contrapunto a la calma casi irreal que acababan de dejar atrás.

Tali seguía tosiendo de forma intermitente, un recordatorio de lo vulnerable que aún estaba. Su fiebre había disminuido considerablemente gracias a los medicamentos suministrados, pero la herida de bala en su muslo todavía le dificultaba moverse con libertad. Cada vez que el dolor se intensificaba, su cuerpo delataba un ligero temblor, obligándola a buscar algo en qué apoyarse, mientras su respiración se volvía más pesada, como si el esfuerzo de mantenerse en pie estuviera drenando sus fuerzas.

Seis, notando su incomodidad, se acercó sin decir una palabra y extendió la mano hacia ella para ofrecerle apoyo. Tali lo miró en silencio, sus ojos brillantes bajo el cristal púrpura de su visor. Durante un instante, su mirada se detuvo en la garra oscura en que se había convertido su mano derecha debido al parásito Azrael. Había algo en la forma retorcida y antinatural de sus dedos que parecía atraparla, una pregunta no formulada quedándose en el aire entre ellos.

El Spartan se dio cuenta de su vacilación y, sin darle tiempo a verbalizar sus dudas, retiró la mano derecha con un movimiento casi brusco y le ofreció la izquierda, todavía humana.

—Vamos, apóyate en mí —murmuró, su voz grave pero con un tono lo suficientemente suave como para romper la tensión.

Ella dudó por un segundo más antes de aceptar la ayuda. Su mano enguantada descansó sobre la suya, y aunque no dijo nada, la ligera inclinación de su cabeza fue suficiente para transmitir un agradecimiento silencioso. El ascensor se sacudió apenas mientras comenzaba a ascender, y el grupo se acomodó en silencio, dejando que el zumbido rítmico del mecanismo llenara el espacio.

Ashley, atenta, observó la interacción entre Seis y Tali con una expresión indescifrable antes de apoyarse en la pared metálica del ascensor, cruzando los brazos con aire pensativo. Garrus, por su parte, mantenía la mirada fija en el panel de control, aunque de vez en cuando lanzaba una rápida mirada hacia el Spartan, como si intentara entender mejor al hombre tras la armadura.

El ascensor finalmente se detuvo con un suave chasquido, y las puertas se abrieron, revelando el vasto interior de la torre del Consejo. Aquí, el ambiente era distinto al del Presidium, menos abierto y más cargado de una solemnidad casi palpable. Columnas altas de diseño minimalista se alzaban a ambos lados del pasillo, y los rayos de luz provenientes de las ventanas gigantescas iluminaban el espacio con un resplandor dorado.

El aire estaba lleno de voces. La mayoría discutían temas políticos, intercambiaban rumores sobre fraudes o debatían fervientemente sobre algún asunto burocrático. Sin embargo, Seis notó algo más. Había otros que no hablaban, simplemente se limitaban a observar. Sus miradas no eran casuales; eran calculadas, inquisitivas.

—Dot, ¿los detectaste también? — preguntó en un susurro apenas audible.

La IA apareció junto a él, aterrizando a su costado y siguiéndolo desde el suelo con movimientos ágiles.

—Sí. Según mis escáneres, están armados. Son trece —respondió con precisión.

La información apareció de inmediato en el HUD de Seis, destacando las posiciones de los presuntos agentes entre el bullicio de los políticos reales.

—Revisa otra vez. Conté quince —corrigió él, con una seguridad que no admitía dudas.

Dot resopló, aparentemente fastidiada por haber pasado algo por alto, pero después de un segundo, una leve risa escapó de su forma luminosa al confirmar que Seis tenía razón.

—Ventajas de las super mejoras, ¿eh? —bromeó antes de desmaterializarse, no sin antes acercarse a su rostro y tocarle la nariz en un gesto casi burlón.

Seis suspiró suavemente mientras seguía avanzando. A pesar de la aparente calma en su postura, su cuerpo estaba en constante alerta, sus ojos analizando cada detalle del entorno. El resto del equipo se había adelantado ligeramente, pero aún alcanzaba a oír cómo Ashley comentaba en voz baja sobre las decisiones tácticas que influían en el diseño del lugar.

—No es casualidad que esta torre esté construida con tantos niveles y puntos elevados. Es el sueño de un francotirador —murmuró a nadie en particular, aunque Garrus asintió en señal de acuerdo.

Seis también había notado esos detalles. Las escaleras largas y las plataformas abiertas eran estratégicamente útiles, tanto para la defensa como para el control. Era lógico que la sede del poder político supremo tuviera un diseño que asegurara su posición tanto simbólica como estratégicamente.

El grupo subió la última escalera, Tali y Seis, aún rezagados, aceleraron el paso para alcanzarlos. En su camino, pasaron junto a un ser de color verde que manipulaba una interfaz holográfica con movimientos metódicos y precisos.

—Un Cuidador. No tienen conciencia. Déjalos trabajar —intervino Dot en su oído, con un tono que dejaba claro que no había necesidad de preocuparse.

Seis obedeció, dejando al Cuidador en paz mientras continuaba su camino. A medida que avanzaba, el crujido apenas audible de las escaleras bajo su peso atrajo algunas miradas más, pero él las ignoró. Sus pensamientos estaban enfocados en el incierto curso de la reunión que los esperaba en la cúspide de la torre.

Cuando alcanzó al resto del equipo, encontró a Anderson detenido al pie de las últimas escaleras. Estas conducían a una pasarela elevada que conectaba con el corazón de la sala de audiencias. Allí, Udina ya estaba hablando con los consejeros, gesticulando con vehemencia mientras trataba de ganar tiempo. El diplomático, de alguna manera, había llegado antes que ellos, algo que Seis asumió como típico de alguien acostumbrado a moverse con rapidez entre los pasillos del poder.

—Bien. Alenko, Vakarian y Williams, tendrán que quedarse aquí —ordenó Anderson con un tono firme, haciendo que los tres se pusieran en posición.

Kaidan y Garrus asintieron sin problemas, entendiendo la lógica detrás de la decisión, pero Ashley no pudo ocultar su molestia. Cruzó los brazos y, con un suspiro exasperado, se apoyó contra la pared de las escaleras, claramente descontenta.

—¿Por qué siempre nos perdemos lo divertido? —murmuró para sí misma, aunque no lo suficiente como para que pasara desapercibido.

—Los que no mencioné, acompañen a la comandante —continuó Anderson, ignorando el comentario de Ashley mientras daba un leve asentimiento a la pelirroja.

Seis siguió al resto mientras Shepard encabezaba la marcha por las escaleras. Cada paso resonaba en el espacio, el eco amplificándose en el aire cargado de tensión. Al llegar a la cima, una pasarela estrecha con barandillas metálicas a ambos lados se extendía ante ellos. El diseño era limpio y minimalista, con una estética que combinaba la funcionalidad con la opulencia característica de la Ciudadela. Al final de ella, un panel se alzaba y bajo la misma, un jardín cerrado se desplegaba en una delicada armonía. Cristales altos y translúcidos enmarcaban el espacio, protegiendo una colección de plantas cuidadosamente mantenidas que parecían representar la unión entre las especies del Consejo.

Al centro de la sala de audiencias, donde se encontraban los concejales, estaba dominado por un podio donde un panel holográfico aguardaba a cada miembro del Consejo. Desde allí, la vista se extendía hacia los palcos elevados que flanqueaban la sala, donde observadores y diplomáticos se posicionaban para presenciar la audiencia. A espaldas de los consejero, un ventanal colosal ofrecía una panorámica deslumbrante de la Ciudadela, con dos árboles de hojas anaranjadas que se alzaban enmarcando la escena. Las sombras que proyectaban las hojas danzaban suavemente sobre el suelo mientras la luz artificial del Presidium inundaba la estancia.

Udina interrumpió su discurso al notar que los consejeros ya no lo miraban a él. Las pesadas pisadas de Seis resonaban en el recinto, atrayendo la atención de todos los presentes. La mirada del diplomático se endureció brevemente al verlos llegar.

—Genial, llegaron con el fenómeno —murmuró Udina con un dejo de fastidio, aunque lo suficientemente bajo como para que solo los más cercanos lo oyeran. Sin embargo, Seis, acostumbrado a captar hasta el más mínimo detalle, lo escuchó claramente. Eligió ignorarlo, concentrándose en el entorno.

El Consejo estaba compuesto por tres figuras que representaban el liderazgo de sus respectivas especies: una asari, un turiano y un salariano. Los tres se mantenían erguidos, emanando una mezcla de autoridad y condescendencia que impregnaba el ambiente.

Fue el turiano quien habló primero, dirigiendo su atención directamente hacia Seis. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, mientras consultaba un datapad en su mano.

—Usted debe ser el…—Hizo una pausa, como si deliberara la forma más adecuada de continuar—…Spartan—

Su tono goteaba con una mezcla de desprecio y arrogancia apenas disimulada, como si cada palabra fuera un recordatorio de que, para él, la presencia del hombre era poco más que una curiosidad pasajera.

—Supongo que le gusta mucho la historia de su especie, señor…—dejó la frase en el aire, como si esperara que Seis completara la idea.

Había algo en la forma en que el turiano hablaba que irritaba profundamente. Su prepotencia, combinada con un tono que recordaba demasiado a Udina, se clavaba bajo la piel de Seis. El ambiente se volvió asfixiante, casi desorientador, pero no era nada que el Spartan no pudiera manejar. Había enfrentado cosas mucho peores.

—Seis, concejal —respondió con voz firme, aunque el peso de la situación se reflejaba en la leve rigidez de su postura. Desde su costado, pudo percibir un leve suspiro de frustración de Shepard, un gesto casi imperceptible pero cargado de significado.

El turiano alzó una ceja, inclinando ligeramente su cabeza mientras una sonrisa sardónica se dibujaba en su rostro.

—Oh...Seis, me parece bien —repitió, alargando las palabras como si saboreara el sonido—. Ahora, dejando de lado su nombre en código…¿Cuál es su nombre real? El que su progenitora le dio al nacer, por favor—

El aire en la sala pareció tornarse más denso. Las miradas expectantes de los consejeros se clavaron en él, inquisitivas y tensas. No era solo una formalidad; era un acto de control, un intento de humanizar a alguien que percibían como una anomalía. Incluso Dot, quien permanecía suspendida a su lado, reflejaba una inquietud poco habitual, con su forma holográfica temblando levemente mientras lo observaba con tristeza.

—Tranquilo, estoy contigo —la voz de ella resonó suavemente en su oido, un aliento cálido en medio del frío juicio. Que fue acompañado de un ligero toque en su mano, desde su costado. Seis giro ligeramente la mirada, encontrando a Tali a través de su visor. Ella estaba allí, jugando nerviosamente con sus manos, sus ojos brillando tras el cristal púrpura de su máscara.

Shepard, en cambio, permanecía inmutable, como una estatua de hierro que no revelaba ni apoyo ni juicio.

El silencio se extendió por un momento más. Y luego, sin previo aviso, una imagen brotó en la mente de Seis. No era una proyección de Dot, no esta vez. Era algo más profundo, algo suyo.

Un niño solitario, apenas más que un susurro en la oscuridad. La habitación era fría, estéril, iluminada solo por la tenue luz de monitores que parpadeaban en las sombras. El niño temblaba en una cama metálica, sus pequeñas manos intentando cubrirse del frío, del dolor que le atravesaba el cuerpo tras cada cirugía.

Las voces de los científicos eran distantes, meros murmullos, ecos de una realidad que no entendía del todo. Pero entre esas voces sobresalió una. Clara, precisa y cálida como nunca había escuchado. Difuminada, esa figura se desvaneció tal y como apareció.

—¿Y bien? —

Anderson le tocó la espalda, sacándolo de su ensimismamiento.

—¿Su nombre? —insistió el consejero turiano, cruzándose de brazos mientras lo miraba con una mezcla de irritación y curiosidad.

—Mi nombre…—Seis vaciló, sus palabras eran un eco en su mente. Las imágenes seguían fluyendo: un niño, con los ojos llenos de incertidumbre, perdiéndose en los ecos de su propio miedo. Pero luego, ese mismo niño estaba allí, envuelto en la armadura MJOLNIR, con su nombre, y solo su nombre, como su única ancla en un mundo que intentó despojarlo de todo.

—Mi nombre es Maverick —dijo finalmente, su voz cortando el aire con una mezcla de resolución y melancolía.

El turiano arqueó una ceja, su expresión suavizándose ligeramente. Los demás consejeros asintieron meditativamente, aunque el interrogatorio aún no había terminado.

—¿Y vuestro apellido? —preguntó el turiano, su tono tan inquisitivo como siempre.

Maverick sintió que el aire se comprimía a su alrededor. Un apellido. La palabra resonó en su mente como un concepto extraño y ajeno. No tenía uno. Nunca le dieron uno.

En sus recuerdos, el niño en la cama metálica dejó de temblar. Ya no era un niño, sino un soldado, rodeado de su equipo. La escuadra Noble. Su única familia. Dot se materializó a su lado, como si también compartiera el peso de su memoria.

—Un apellido es un legado familiar, una forma de identificarte entre todos esos nombres —susurró Dot con delicadeza.

El niño, antes roto y aterrado, ahora estaba rodeado de figuras fuertes, un equipo que lo había levantado cuando todo lo demás falló. Eso era lo que importaba.

Seis levantó la cabeza, sus ojos tras el visor reflejando una determinación renovada. Su postura se enderezó, y con un aire estoico y una firmeza inquebrantable, miró directamente al Consejo.

—Noble. Maverick Noble es mi nombre, concejal —declaró, su voz resonando con una seguridad que acalló cualquier murmullo en la sala.

El turiano inclinó ligeramente la cabeza, su expresión prepotente cambiando a una de leve satisfacción.

—Excelente —dijo, casi condescendiente, pero sin ocultar del todo su aprobación.

Anderson le dio una palmada en la espalda, breve pero cargada de significado. Su gesto no necesitaba palabras; era el reconocimiento tácito de alguien que entendía lo que acababa de suceder. Entre los murmullos que resonaban en la sala, un suave "bien hecho" escapó de Dot, quien flotaba cerca, observando con una mezcla de alivio y orgullo. Su pequeño rostro digital, aunque compuesto de simples líneas y formas, reflejaba un entendimiento profundo. Ella sabía que para el, algo tan simple como reclamar un nombre era totalmente ajeno a su naturaleza.

Un nombre no era solo una etiqueta; era un cable a tierra, un ancla contra las mareas de deshumanización. Era lo único que le quedaba tras haber sido despojado de su inocencia, de su humanidad, y de cualquier elección que alguna vez tuviera.

El turiano del consejo asintió, satisfecho. A lo que su compañera asari retomo rápidamente la palabra con una actitud mucho mas práctica y conciliadora que su par.

—Con el tema del señor Noble solucionado —dijo, enfatizando el apellido como si aún lo estuvieran probando— solicitamos que su expediente militar nos sea compartido—

Las palabras hicieron que la atmósfera cambiara de inmediato, cargándose de una nueva tensión. Anderson, que hasta ese momento había permanecido detrás, dio un paso al frente con la misma confianza que siempre lo caracterizaba.

—¿Podría preguntar la razón? —inquirió con una voz firme, sin rastro de inseguridad.

La asari consejera lo miro durante unos instante, como si lo analizara. Cruzando delicadamente las manos sobre su regazo, antes de responder.

—Después de ser informados sobre la razón de la ausencia del agente Noble —explicó, con un tono que intentaba ser neutral pero dejaba entrever un ligero interés— Nos encargamos de buscar acerca del incidente en los distritos, y estamos francamente impresionados. Resistir un ataque de esa magnitud, en solitario, es...interesante—

—Lamentablemente, no pudimos obtener imágenes por el ataque del corredor sombrío —continuó la asari, sus palabras cargadas de una insinuación que Maverick ignoró deliberadamente— Sin embargo, podríamos considerar su caso en revisión para unirse al programa de los Espectros—

Seis mantuvo su expresión imperturbable, pero Dot, en cambio, apareció brevemente en su visor con una sonrisa traviesa. Entendiendo rápidamente el por qué no habían obtenido imágenes del incidente y quien era el verdadero culpable. Había sido cuidadosa.

El consejero turiano tomó el relevo, apuntando directamente al Spartan con un gesto casi teatral.

—Claro que entendemos que, actualmente, ocupa una posición como agente especial de la Alianza de Sistemas. Pero estamos evaluando todas las opciones, y sus capacidades son...singulares—

Anderson, sin perder la compostura, asintió con una ligera inclinación de cabeza, aceptando la atención del Consejo sin comprometer nada.

—Apreciamos su interés —dijo con una calma medida, antes de regresar al lado de Udina, quien parecía listo para retomar su propio papel en el intercambio.

La asari se inclinó levemente hacia adelante, marcando el cambio en la conversación con un tono más formal.

—Dejando lo demás atrás, procederemos con el juicio—

Su declaración fue clara, contundente, y dejó en el aire un eco que resonó en la sala. El juicio había comenzado, y con él, un nuevo desafío que Maverick sabía que no podía eludir.

Mientras las primeras palabras del juicio resonaban en el vasto salón, Seis permitió que su mirada se desviara brevemente hacia Dot, quien permanecía a su lado, invisible para los demás. Su presencia, aunque intangible, era un consuelo silencioso en un lugar donde las alianzas parecían tan efímeras como el viento. Por un instante fugaz, deseó que todo esto fuera más fácil. Pero en lo más profundo de su ser, sabía que la sencillez no formaba parte de su camino. Ese pensamiento solo reforzó su determinación, una que lo había sostenido a través de los peores momentos de su vida.

El juicio dio su primer giro cuando Tali, con un gesto decidido, tomó el lugar frente al consejo. Comenzó a reproducir la prueba que incriminaba a Saren, un espectro ausente, demasiado ocupado, probablemente, maquinando la destrucción de la galaxia mientras ellos perdían tiempo justificando su caso.

Los consejeros prestaron atención a la grabación con semblantes imperturbables, aunque algunos detalles parecían hacerlos fruncir el ceño en un destello de preocupación. Mientras tanto, los palcos superiores, que albergaban a diversos políticos y observadores, se llenaron de murmullos expectantes. No había duda de que muchos estaban allí para presenciar la caída de uno de los agentes más respetados del consejo.

Anderson aprovechó la distracción para acercarse discretamente a Maverick. Su voz, baja y apenas audible, rompió el silencio entre ellos.

—Me encargaré de crearte una identidad oficial. Necesitaré que me pases tu información para que sea congruente. ¿De acuerdo?—

El capitán no desvió la mirada del frente mientras hablaba, asegurándose de no llamar la atención. Maverick asintió levemente, sus ojos aún fijos en Tali mientras esta exponía la evidencia.

«Parece que tenemos un plan ahora. Dot, prepara un documento que recopile lo...aceptable. No quiero que sea demasiado complicado»

La pequeña inteligencia artificial asintió, proyectándose brevemente en su visera con un gesto de comprensión.

—Entendido —respondió en un susurro que solo él pudo oír.

Al menos, ese era un problema que podían resolver. Aunque a medias.

El grito de Udina, cortando su reflexión.

—¿Querían pruebas? Aquí las tienen—

Maverick parpadeó, regresando al presente. El audio había terminado, y ahora todas las miradas estaban sobre el consejo.

—Sí, las pruebas son irrefutables, embajador —intervino la asari, su tono cubierto de una conciliación forzada, como si intentaran caer de pie tras todo esto. Los consejeros podían ser maestros en ocultar sus emociones, pero incluso ellos no podían evitar que ciertos gestos delataran su incomodidad.

El turiano tomo la palabra, prosiguiendo:

—Saren perderá su rango de espectro y se tomarán todas las medidas necesarias para capturarlo y que rinda cuentas por sus crímenes—

La satisfacción de escuchar esas palabras era palpable, un alivio momentáneo en medio del caos. Pero el problema estaba lejos de resolverse.

De pronto, la voz de la asari resonó en el salón, cortando el aire con un peso inesperado.

—Reconozco la otra voz... la que habla con Saren—

Su tono denotaba algo más que simple conocimiento: era pena. Maverick observó cómo su rostro, normalmente sereno, ahora se teñía con una inquietud que no podía ocultar.

—Es la matriarca Benezia—

El salariano arqueó una ceja, intrigado, pero mantuvo su habitual postura analítica.

—¿Quién es? —preguntó Shepard, tomando la palabra por primera vez desde que había comenzado el juicio.

La asari suspiró, como si explicarlo solo hiciera más real la gravedad de la situación.

—Las matriarcas son asari que han alcanzado la fase final de su vida. Son sabias, poderosas y actúan como guías para nuestro pueblo. Benezia es una de las más influyentes, protegida por muchos seguidores. Si está del lado de Saren, será una gran aliada para él—

Maverick podía sentir cómo el peso de los enemigos se acumulaba. Era como si la lista nunca dejara de crecer, y el tiempo para detenerlos se redujera con cada palabra pronunciada.

El salariano rompió el silencio, desviando la conversación hacia un tema más inquietante.

—Yo estoy más interesado en la última frase. ¿Quiénes son estos "Segadores"?—

Sus palabras dejaron un eco en la sala, cargado de escepticismo y curiosidad. Anderson, siempre atento, respondió antes que Tali, recordando lo dicho en la embajada humana.

—Por lo que averiguamos de la memoria geth, son una especie de máquinas que extinguieron a los proteanos y luego desaparecieron—

—Los geth los veneran como dioses —añadió Shepard con un tono grave—. Y Saren quiere traerlos de regreso.

—Ellos planean usar algo llamado "el Conducto" —continuó Tali — La baliza parecía ser parte de ese plan—

El salariano entrecerró los ojos, procesando la información.

—¿Sabemos qué es ese "Conducto"?—

Shepard negó con la cabeza, su frustración palpable.

—No, pero Saren planea usarlo para traer a los Segadores. ¿No es eso suficiente peligro?—

El turiano soltó una carcajada seca, aunque su rostro reflejaba más preocupación que burla.

—¿Te escuchas, comandante? Una raza de máquinas que extinguieron toda una especie, y que luego desaparecieron sin dejar rastro. Es obvio que es una trampa de Saren para confundirnos—

Maverick pudo ver cómo la soberbia del consejero se imponía a su temor.

—Y peor aún, ¿insinúas que Saren los traerá de regreso con un artefacto que ni siquiera sabemos si existe?—

El argumento del turiano era como una sentencia. Uno de los consejeros ya se había cerrado por completo a la discusión. Las posibilidades de convencerlos se reducían con cada palabra.

Shepard, ahora visiblemente frustrada, alzó la voz.

—No me creyeron con la traición de Saren. No pueden ignorar este peligro, no pueden cometer el mismo error—

La asari negó lentamente con la cabeza, su tono casi condescendiente.

—Esto es muy diferente, comandante. Trajiste pruebas de la traición de Saren, pero no de los Segadores, ni del Conducto, ni de su existencia—

—Los Segadores son un mito —añadió, con una mirada severa— Una leyenda que Saren está utilizando para controlar a los geth—

Seis apretó los puños, la tensión endureciendo sus dedos hasta que el leve crujido de sus articulaciones llegó a sus oídos. La frustración bullía en su interior, un peso abrasador que luchaba por contener. El consejo estaba completamente en su contra, cada palabra que salía de sus bocas reforzaba la muralla de incredulidad que se alzaba entre ellos. No había opciones claras, solo un camino lleno de incertidumbre que se extendía como un abismo ante él.

Finalmente, alzó la voz, su tono grave y cargado de determinación rompió la tensa atmósfera que impregnaba la sala.

—Saren traerá a los Segadores con el Conducto, y ocurrirá lo mismo que hace 50,000 años. Incluso si no lo creen, debemos detenerlo—

Shepard y Anderson lo miraron brevemente, sus expresiones reflejando tanto sorpresa como un reconocimiento tácito a su audacia. Sin embargo, no dijeron nada. Sus cabezas se giraron nuevamente hacia los consejeros, cuyos rostros seguían siendo máscaras de aparente indiferencia. Pero detrás de esa fachada, el tiempo se agotaba, y ambos lo sabían.

El silencio fue roto por el turiano, su voz fría y firme resonando con una mezcla de desdén y autoridad.

—Parece que todos han caído en sus mentiras. No tomaremos en cuenta la teoría de los Segadores. Los privilegios de Saren han sido eliminados, y será catalogado oficialmente como traidor al consejo—

Las palabras parecían una broma de mal gusto, un intento patético de dar un cierre artificial al juicio. Udina, sin embargo, no lo aceptó. Su voz, normalmente comedida, ahora se alzó con una furia apenas contenida.

—¡No es suficiente! Deben enviar flotas al Través para buscar y proteger las colonias contra los ataques de los geth—

Por primera vez, Seis sintió que estaba de acuerdo con el embajador humano, algo que le pareció tan extraño como incómodo.

El salariano del consejo fue el primero en rechazar la propuesta, su tono firme y diplomático intentando calmar las aguas.

—Saren es un renegado. No enviaremos una flota de la Ciudadela por un solo hombre, y menos aún si eso implica arriesgarnos a entrar en guerra con los Sistemas de Terminus por unas colonias humanas—

La sala se sumió en una cacofonía de voces, una pelea verbal que parecía crecer con cada segundo. Pero entonces, Shepard dio un paso adelante, su voz cortando el caos como un cuchillo.

—Mandadme a mí, entonces—

El silencio fue instantáneo.

—La Normandía es una fragata preparada para misiones de infiltración —continuó Shepard, su tono lleno de convicción— Una sola nave no iniciará una guerra, y menos si no nos descubren—

Los consejeros asari y salariano intercambiaron miradas, una comunicación silenciosa que no pasó desapercibida ni para el turiano ni para los demás presentes. Udina abrió la boca para añadir algo más, pero el consejero turiano lo interrumpió, su tono cargado de incredulidad y reproche.

—¡Imposible! La humanidad todavía no está preparada para unirse a los espectros—

Shepard, cuyo temple había permanecido firme hasta ese momento, dejó entrever una chispa de furia. Sus siguientes palabras fueron un dardo envenenado que apuntó directamente al orgullo del turiano.

—Un espectro turiano cometió traición, asesinando a otro espectro de su misma especie. Yo, una humana, lo desenmascaré. Creo que lo hemos ganado, consejero—

El turiano quedó en silencio, sus mandíbulas tensas mientras los otros dos consejeros lo observaban con expresiones expectantes. Finalmente, asintió con resignación.

Los tres consejeros activaron sus interfaces holográficas, las luces danzando frente a ellos mientras intercambiaban miradas finales. Cuando terminaron, se giraron al unísono hacia la mujer.

—Comandante Shepard, dé un paso al frente—

El murmullo en los palcos se apagó, y todos los ojos se posaron en la figura de la comandante. Los espacios antes medio vacíos ahora estaban llenos de políticos, especialmente humanos, expectantes ante lo que sería un momento histórico.

El salariano tomó la palabra, comenzando un discurso cargado de formalidad y tradición.

—Has sido escogida, no entrenada. Un espectro se forja en el crisol de la batalla. Un espectro se refina en las frías aguas del silencio—

El discurso continuaba, su tono ceremonial acentuado por la gravedad del momento. Pero en un rincón de la sala, lejos de las miradas de los demás, Seis y Tali compartían una conversación que contrastaba con la solemnidad de la escena.

—Es toda una fiesta, ¿o no, señor Noble? —susurró Tali, su voz cargada de una burla ligera.

—Sí, aunque supongo que es algo trascendental para la galaxia, señora Zorah —respondió Seis con un deje de ironía, haciendo que la quarian soltara una risa suave.

El discurso se desdibujaba en el fondo mientras Tali se acercaba más a él, fingiendo observar la ceremonia. Cuando notó que él giraba ligeramente la cabeza hacia ella, su sorpresa se transformó en una risita infantil.

—Parece que sabes algo de mi cultura —comentó, ladeando la cabeza con curiosidad— No muchos saben usar nuestros apellidos correctamente. Aunque te falta la parte de "Nar Rayya"—

—Lo tendré en cuenta —respondió Seis con un tono seco, aunque no pudo evitar que una ligera sonrisa curvase sus labios.

Udina, que los había estado observando, frunció el ceño al notar su cercanía. Su expresión pasó rápidamente de una mezcla de desaprobación a un gesto forzado de neutralidad cuando Seis lo miró directamente. Tali, sin embargo, no pudo contener una carcajada al notar el cambio, lo que obligó a Seis a sostenerle el brazo con suavidad.

—Estamos delante del consejo, en un nombramiento de espectro. ¿Y te estás riendo?—

—Pues podrías dejar de hacerme reír, al menos hasta que termine esto —respondió ella, aunque su tono seguía cargado de diversión.

Ambos desviaron su atención hacia Shepard, quien permanecía inmóvil frente al consejo. Su postura era impecable, con la espalda recta y las manos firmemente entrelazadas detrás de ella. Su mirada se mantenía fija en los consejeros, como si cada palabra del discurso fuese crucial, pero sin mostrar emoción alguna. Era la imagen misma de una comandante acostumbrada al peso de la responsabilidad, consciente de que este era apenas el inicio de una batalla mucho más larga y complicada.

Mientras la ceremonia continuaba, Maverick giró la cabeza ligeramente hacia Tali, quien seguía observando fascinada todo lo que la rodeaba. Sus ojos brillaban con la intensidad de alguien que apenas comenzaba a procesar el alcance de lo que habían logrado. Por un instante, parecía una joven despreocupada, dejando que su curiosidad natural tomara las riendas ahora que la misión había concluido.

—Tali, ¿Cómo está tu herida? —preguntó Seis en voz baja, sus palabras teñidas de una mezcla de preocupación y casualidad.

Ella no respondió de inmediato. Su atención seguía fija en los consejeros y en el espectáculo que se desplegaba ante ellos, pero Maverick notó el ligero movimiento de sus ojos, como si sonriera al notar la insistencia en su tono.

—¿Sigues con eso? —replicó ella finalmente, sacudiendo la cabeza con suavidad— No te lo diré si tú no respondes mis preguntas—

Ambos mantenían su atención dividida, sus ojos alternando entre el consejo, que ya parecía estar finalizando el discurso, y la conversación que fluía entre ellos con naturalidad.

—Lo digo en serio, los analgésicos deberían dejar de hacer efecto a estas alturas —insistió Maverick.

Tali soltó un leve suspiro antes de mover su pierna herida con suavidad, demostrando que podía hacerlo, aunque un quejido de dolor la delato al instante. Maverick dejó escapar una breve risa ante su respuesta, aunque la dejo pasar.

—Bien, estás mejor entonces—

—Sí, mucho…—dijo ella, su tono más suave— Gracias por lo que hiciste por mí, a pesar de ser una desconocida—

Su voz, normalmente animada, ahora sonaba casi tímida. Tali bajó la mirada y comenzó a jugar con sus dedos, un gesto que Maverick notó pero decidió no comentar.

—No tienes que agradecerme —respondió él con sencillez, manteniendo el tono bajo para no llamar la atención de los presentes— No podía dejarte ahí—

El silencio que siguió no fue incómodo. Al contrario, tenía un aire relajante, como si ambos compartieran un momento de calma en medio del caos. Pero Tali rompió la pausa con una pregunta que Maverick no esperaba.

—Entonces…¿tu nombre realmente es Maverick Noble?—

Maverick asintió por reflejo antes de recordar que ella no lo estaba mirando directamente. Se sintió un poco tonto, pero igual respondió.

—Sí. Maverick es el nombre que me dio una científica durante mi proceso para convertirme en Spartan. Noble viene de mi antiguo equipo. Fueron mi primera familia en años…lo sentí correcto—

Habló con ligereza, como si las palabras fueran parte de una historia que ya había contado demasiadas veces. Pero había algo en su tono, una distancia emocional que Tali no dejó pasar desapercibida.

Ella inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera considerando su respuesta antes de hablar de nuevo.

—"Años"…¿cuántos, exactamente? ¿Qué edad tienes? Yo tengo 22—

Maverick parpadeó ante la pregunta. No era algo que se cuestionara a menudo, y menos aún porque ni siquiera él tenía la certeza de su propia edad.

«Dot, ¿Cuántos años tengo?» pregunto mentalmente, esperando la respuesta.

La IA flotó cerca, girando a su alrededor con un brillo tenue mientras respondía.

«Tienes 22 años, Seis»

Curioso. Aunque Dot hablaba con precisión, Maverick no podía evitar sentir que esa cifra no se correspondía con la realidad. A veces sentía que tenía siglos, una carga acumulada mucho mayor que la de un joven adulto.

—Tengo 22 —dijo finalmente, repitiendo las palabras de Dot mientras miraba a Tali.

Ella giró la cabeza hacia él con rapidez, sus ojos ampliándose detrás de la máscara en una expresión de sorpresa casi cómica.

—¿¡Tienes 22!?—

El tono de incredulidad en su voz lo tomó por sorpresa. Maverick asintió lentamente, desconcertado tanto por su reacción como por el hecho de que él mismo también estaba procesando esa información. Pero Tali parecía mucho más afectada que él.

—Sí, 22 —repitió con calma, aunque la sombra de una sonrisa cruzó por su rostro al verla tan impactada.

Tali mantuvo la mirada sobre Maverick por unos segundos más, intentando reconciliar aquella cifra que tanto la sorprendía con lo que ya sabía de él. Al final, sacudió la cabeza, dejando escapar una risa suave que iluminó el momento. El hombre, por su parte, suspiró con discreción. La breve conversación había servido como una pausa necesaria, un respiro ligero en medio del peso de todo lo que enfrentaban.

La quariana estaba por responderle algo más, pero el repentino silencio que inundó el lugar la obligó a regresar su atención al frente. Shepard y Anderson se tomaban de las manos en una especie de gesto solemne, indicando que la ceremonia estaba llegando a su fin.

—Mejor hablamos luego —dijo Tali, bajando el tono como si no quisiera romper la seriedad del momento a pesar de estar hablando a través de un canal privado. Maverick asintió, apartándose con discreción y dirigiéndose hacia Shepard, quien se encontraba inmersa en la formalidad de su nuevo rol.

—…Nave, tripulación y suministros... —enumeraba Udina con voz firme, gesticulando mientras hablaba, claramente concentrado en los preparativos. El embajador parecía ansioso, apurándose a detallar todo lo que Shepard necesitaría en su nueva posición como Espectro — Ahora tendrás acceso a entrenamiento y armamento especial. Tu equipo también, obviamente—

Mientras tanto, los demás comenzaron a acercarse al notar que los consejeros ya se habían retirado. Anderson, con su usual porte decidido, caminó hacia Udina con expresión seria.

—Anderson, acompáñame. Tenemos que dejar todo listo —indicó el embajador, con la determinación de alguien que sabía que no había tiempo que perder.

Pero el moreno hizo una pausa antes de seguirlo. Su mirada se dirigió hacia Maverick, llamándolo con un gesto y un tono que parecía cargar más significado del habitual.

—Noble, ven aquí. Tienes que tomar una decisión respecto a lo que mencionaste—

El uso de su apellido hizo que Maverick se tensara ligeramente, un reflejo de la formalidad de la situación. Tali, que había estado observando la interacción desde cerca, no tardó en intervenir.

—¿Qué pasa con él? —preguntó, acercándose con pasos firmes, aunque su voz delataba un atisbo de preocupación.

—Nada malo —respondió Anderson mientras comenzaba a caminar hacia la salida de la pasarela—Pero debe decidir qué hará con su futuro—

Todos dirigieron brevemente sus miradas hacia Seis antes de seguir al capitán, excepto Tali, quien permaneció a su lado, claramente inquieta.

—¿Vas a irte? —preguntó con voz baja mientras descendían por las escaleras.

La pregunta dejó a Maverick un tanto incómodo. Giró ligeramente la cabeza hacia ella, sin detener sus pasos.

—Es una posibilidad —respondió con simplicidad, cerrando el tema antes de que pudiera desarrollarse más.

Sin embargo, la afirmación no lo dejó indiferente. Había algo en esas palabras que le provocaba una sensación extraña, un peso desconocido que se asentaba en su pecho. Un sentimiento nacía dentro de él, pero no lograba encontrar las palabras para describirlo.

Cuando llegaron frente a la gran fuente que dominaba el centro de la entrada a la torre de la Ciudadela, el equipo ya se había reunido frente al ascensor. Conversaban entre ellos en voz baja, como si quisieran fingir demencia con lo que había sucedido hace unos minutos.

Dot apareció flotando a su alrededor, moviéndose con su habitual calma antes de posarse sobre su hombro.

—Recuerda lo que hablamos, Seis —murmuró la inteligencia artificial, su tono suave pero cargado de determinación—Quizá aún pesen las pérdidas del pasado, pero eso no significa que no puedas avanzar hacia algo más—

El comentario resonó en el, aunque su impacto emocional apenas comenzaba a tomar forma. Pero, antes de que pudiera reflexionar demasiado, Dot decidió romper el ambiente con su usual sarcasmo.

—Además, estoy disfrutando mucho mi novela titulada "Seis contra la sociabilidad"

La figura luminosa desapareció en un destello burlón, dejando tras de sí un rastro de ironía que Maverick no pudo evitar notar. Ignorando a su extravagante amiga, continuo su camino junto a Tali, quien se mantenía callada. Al llegar, Shepard se adelantó hacia el panel verde al costado del ascensor, llamándolo con un movimiento rápido.

Mientras el característico zumbido de la maquinaria llenaba el aire, las miradas del equipo se intercambiaron en silencio. Sin embargo, la mayoría terminaban inevitablemente sobre Maverick. Él las sostuvo con impasibilidad, aunque su mente era un torbellino de pensamientos y dudas, una maraña que aún no lograba desenredar.

El ascensor los llevó de regreso al presidium, lo que fue continuado hacia la embajada en un viaje silencioso, casi solemne. Nadie parecía querer romper esa atmósfera tensa, ni siquiera Tali, quien permanecía cerca de Seis, aunque sin atreverse a decir nada. De vez en cuando, algún murmullo se colaba entre los demás, especulaciones veladas sobre las posibilidades de que él se marchara. Esa incertidumbre parecía pesarle particularmente a Tali, aunque Maverick no alcanzaba a comprender del todo por qué. Peor aún, tampoco lograba entender el nudo que había empezado a formarse en su propio pecho, una sensación que no encontraba palabras para describir.

Al llegar, Udina y Anderson se separaron del grupo, alegando que había mucho que organizar para Shepard. Anderson se detuvo un breve instante antes de marcharse, lanzándole una mirada significativa a Maverick y señalándole hacia dónde debía dirigirse. Sin necesidad de palabras, el mensaje era claro.

Frente a la embajada humana, el almirante Steven Hackett esperaba en la entrada con su porte inconfundible. Shepard lo reconoció de inmediato y se adelantó, sorprendida.

—Almirante —dijo, haciendo una ligera inclinación de cabeza.

—Comandante —respondió Hackett, devolviendo el gesto con formalidad. Luego dirigió una mirada al resto del grupo antes de continuar— Disculpen la petición, pero necesito hablar a solas con el Spartan. Les pediré que esperen afuera un momento—

La solicitud cayó como un balde de agua fría sobre el equipo. Incluso Garrus frunció el ceño, visiblemente incómodo con el secretismo. Maverick notó las miradas de sospecha y preocupación que se intercambiaban entre ellos, pero no dijo nada. Cruzó el marco de la puerta detrás de Hackett, y lo último que vio antes de que esta se cerrara fue el semblante inquisitivo de Garrus.

Cuando se encontraron a solas, Hackett rompió el silencio, yendo directo al punto.

—Bien, repasé los informes que nos diste. —Su tono era tan severo como su expresión mientras sostenía un conjunto de datapads en la mano — Debo decirte que la mayoría de esos documentos tendrán que ser olvidados. Voy a destruirlos, excepto por las tecnologías y planos que podamos aprovechar. No veo ninguna razón para conservar tanta información que, francamente, me dio escalofríos mientras la leía—

Hackett dejó los datapads sobre la mesa con un gesto deliberado. Aunque su rostro mantenía su dureza habitual, Maverick notó un destello de incomodidad en su mirada, como si lo que había leído hubiera atravesado las barreras de su temple habitual.

—Lo entiendo, y lo agradezco. No deseo que los horrores de mi mundo perduren en el suyo —respondió Seis, con un tono grave que parecía cargar años de sufrimiento no dicho.

Hackett asintió levemente antes de empujar los datapads hacia él. Maverick los tomó y, con un poco de presión, los quebró en fragmentos, asegurándose de que nada pudiera ser recuperado.

—Excelente —Hackett observó los restos por un momento antes de volver su atención al Spartan— Ahora, tenemos que hablar sobre tu futuro aquí. ¿Ya tienes algo en mente?—

Maverick se tomó un instante para responder, sus pensamientos enredados en posibilidades que parecían demasiado lejanas.

—No lo sé. Mi mundo aún sigue en guerra. Debería volver... —Su voz se apagó al escuchar la negativa de Dot resonar en su mente. Sus ojos bajaron un instante antes de continuar— Pero no creo que exista forma de hacerlo. Soy una herramienta de guerra, almirante. No soy un diplomático ni un mercader—

Hackett lo observó con atención, su mirada firme pero comprensiva.

—Devolverte a tu realidad no será posible. Nuestra tecnología no está tan avanzada, ni siquiera con los documentos clasificados que compartiste—

Aunque esa afirmación era un alivio para Dot, Maverick sintió una punzada de culpa. ¿Era correcto abandonar su mundo? La pregunta lo atormentaba, pero no encontró respuesta.

—¿Podría unirme a Shepard? —preguntó finalmente, aferrándose a una idea que surgió de repente en su mente. Aunque no podía seguir defendiendo su realidad, tal vez aún podía proteger esta.

Hackett se tocó la barbilla, reflexionando sobre la propuesta. Maverick aprovechó el momento para avanzar un paso, inclinándose sobre una rodilla mientras sostenía su kukri frente a él.

—He visto demasiadas cosas, almirante. Los Segadores no son algo que me sorprenda ni algo que no pueda creer. Si realmente son una amenaza, y si alguien desea traerlos de vuelta, mi deber será detenerlos. Aunque mi juramento no sea con esta realidad, me comprometo a protegerla con mi vida, si usted me lo permite—

Hackett permaneció en silencio, evaluando la sinceridad en cada palabra. Finalmente, asintió con gravedad.

—Que así sea. Apoyarás a la comandante Shepard en su misión para detener a Saren—

Maverick aceptó sus palabras con un gesto solemne, llevando la hoja de su kukri a su pecho. Aunque la armadura era increíblemente resistente, el filo logró atravesarla lo suficiente como para dejar un corte superficial. Era un símbolo de su nuevo juramento. Guardó el kukri y se puso de pie, extendiendo su mano hacia Hackett, quien la estrechó con firmeza.

—Necesitaré algo antes de partir. Un desarmador MJOLNIR. Mi armadura es imposible de retirar sin esta estación, y...—hizo una breve pausa, con una leve sonrisa irónica— No quiero describirle lo incómodo que es llevarla tanto tiempo—

Hackett asintió y activó su omniherramienta, escribiendo algo rápidamente.

—Los planos ya fueron enviados. Tardarán unos treinta minutos. Por suerte, algunas de tus tecnologías son bastante parecidas a las nuestras, aunque quitamos la parte de la IA por razones obvias—

Con la conversación finalizada, Hackett se dirigió hacia la puerta, abriéndola con un gesto firme. Afuera, el grupo entero levantó la vista hacia ellos. Sus expresiones oscilaban entre la expectación y la curiosidad. El almirante caminó con paso firme hacia Shepard y, tras detenerse frente a ella, habló con una formalidad cortés.

—Comandante, la felicito por su nombramiento. Lamento no habérselo dicho antes, pero este asunto requería atención inmediata—

Extendió su mano, y Shepard la estrechó con la misma seriedad. Sin embargo, mientras ambos intercambiaban palabras, Maverick pudo sentir las miradas del resto clavadas en él. Esa atención no pasó desapercibida para Hackett, quien pronto se dirigió al grupo.

—Entiendo que todo esto pueda resultar confuso. Por ahora, solo deben saber que el teniente Maverick se unirá a su equipo y los asistirá en esta misión. Confío en que no habrá problemas, pero, comandante, si los hay, no dude en contactarme directamente—

Kaidan y Ashley reaccionaron con una mezcla de alivio y entusiasmo.

—¡Genial! —exclamó Ashley, con una sonrisa amplia mientras miraba a Maverick—Podremos seguir viendo cómo el grandote destroza a esos geth—

Antes de que nadie pudiera responder, rodeó el cuello de Kaidan con un brazo, provocando una protesta inmediata del biótico.

—¡Ashley, suéltame! —reclamó, tratando de zafarse, lo que desató una breve discusión entre ambos.

Garrus, que observaba la escena con una ceja alzada, no tardó en añadir un comentario sarcástico.

—Si seguimos así, vamos a terminar pareciendo un grupo de autoayuda—

El comentario arrancó unas risas ligeras del resto, pero Shepard permanecía en silencio. Sus ojos estaban fijos en Maverick, analizándolo con una mirada cargada de pensamientos. Finalmente, rompió el silencio, dirigiéndose tanto a Hackett como a su nuevo compañero.

—Todavía tengo muchas preguntas, pero creo que Noble podrá responderlas. Gracias por todo, almirante—

Hackett asintió con un gesto breve y decidido.

—Buena suerte, comandante.

Con eso, se retiró de la embajada, dejando al equipo con su nuevo integrante. Apenas el almirante cruzó la puerta, Tali se acercó con paso vacilante, quedando frente a Maverick. Durante unos segundos, pareció debatirse entre mantenerse al margen o interactuar con él directamente. Finalmente, amagó a tomarle el brazo, aunque su gesto denotaba cierta timidez.

—Bueno, Maverick, ahora sí que tienes muchas cosas que explicar —dijo ella con un tono entre la broma y la curiosidad.

El uso de su nombre de pila lo tomó por sorpresa. Era raro escucharlo, como si no fuera realmente él a quien llamaban. Sin embargo, por primera vez desde que llegó a este universo, sintió una chispa de algo nuevo: aceptación. Una posibilidad que nunca imaginó, la de construir una vida diferente, una que él pudiera elegir, lejos de las sombras del pasado y los fantasmas de Reach.

Miró a Tali, y antes de pensarlo demasiado, extendió una mano hacia ella en un gesto de camaradería. La quarian se congeló, visiblemente sorprendida por el repentino cambio en su comportamiento. Dudó un instante, pero finalmente aceptó su mano, apoyándose levemente en él como si el gesto fuera más significativo de lo que ambos querían admitir.

Sus ojos, escondidos detrás de la visera de su máscara, parecían brillar con una mezcla de emoción y algo más difícil de definir. Fue entonces cuando Maverick se dio cuenta: mientras Tali estaba presa de su naturaleza, encadenada por las limitaciones de su condición, él mismo se había ocultado detrás de sus propias inseguridades. Y tal vez, después de todo, no había razón para seguir haciéndolo.

—Parece que ahora somos compañeros oficialmente —dijo con un tono suave, casi desconocido en su voz.

Antes de que Tali pudiera responder, Maverick levantó su mano libre y se quitó el casco con un movimiento decidido. Por primera vez, dejó que el aire tocara su rostro y su cabello, sintiendo una ligera descarga de libertad en ese acto simple. El grupo, que hasta entonces mantenía una charla dispersa, se quedó en silencio. Ashley, Kaidan y Garrus lo observaban con las bocas ligeramente abiertas, sorprendidos tanto por su acción como por lo que representaba.

Shepard, quien había permanecido seria hasta entonces, dejó escapar una pequeña sonrisa. Aunque aún tenía preguntas sobre quién era realmente Maverick y de dónde venía, algo en ese gesto le dejó claro que el Spartan había cambiado en algún nivel profundo.

—Bienvenido, Maverick —dijo, con una simpatía inesperada.

Seis recorrió con la mirada a cada miembro del equipo, observando sus reacciones ante su gesto inesperado. Por primera vez en mucho tiempo, permitió que una sonrisa, pequeña pero genuina, se asomara en sus labios.

—Gracias —dijo con sinceridad.

Y esta vez, todos pudieron verla.

—Tenemos un traidor que atrapar y una extinción galáctica que detener. No creo que debamos perder tiempo. —La voz de Garrus rompió el silencio con un tono cargado de arrogancia, pero también de camaradería.

El turiano fue el primero en acercarse a Maverick. Con su andar relajado y la mirada siempre atenta, levantó un puño y le dio un suave golpe en el pecho, justo cerca del corte que Maverick se había hecho momentos atrás.

—Parece que te cansaste de que ni un krogan logre rayar esa linda armadura —dijo con una sonrisa astuta— Esperemos que siga así, teniente—

Se alejó con una carcajada contenida, dejando a Maverick con una sensación de aceptación que no esperaba. Este le devolvió el gesto con un asentimiento confiado.

—Yo también lo espero, oficial—

Garrus soltó una breve carcajada más antes de girarse y caminar hacia la salida de la embajada. Sus movimientos eran ágiles, casi despreocupados, pero había algo en la forma en que se giró para mirar al grupo que dejaba en claro que el turiano confiaba en el Spartan.

Ashley y Kaidan se acercaron a Maverick poco después. La mujer tenía una sonrisa amplia y enérgica, mientras que el biótico parecía más reservado, como si estuviera analizando cada detalle. La dinámica entre ellos era evidente: ella, audaz y algo errática; él, metódico y controlado. A pesar de sus diferencias, la química entre ambos resultaba innegable.

—Espero que te apures, grandote —dijo Ashley, cruzándose de brazos— Tanta política me está cansando, y yo no me convertí en soldado para escuchar a fanfarrones en traje—

Se dio media vuelta para irse, pero su sonrisa momentáneamente desapareció cuando sus ojos se cruzaron con los de Maverick. Había algo en su mirada, como si intentara medirlo, pero la calidez regresó rápido cuando le dedicó una última sonrisa.

Kaidan, en cambio, permaneció en su sitio. Clavó su mirada en Maverick, con cierto recelo inicial, pero terminó soltando un suspiro, como quien decide aceptar una situación sin comprenderla del todo.

—No empezamos con el mejor pie —admitió, con un tono sincero— pero no pareces mala persona. De hecho, diría que pareces... muy humano—

Extendió su mano, ofreciéndole un apretón firme. Maverick aceptó el gesto, pero Kaidan hizo una mueca de dolor casi al instante, retirando la mano con rapidez mientras se la masajeaba.

—Creo que me auto-condené —bromeó, soltando una risa ligera— Garrus tenía razón, pareces un krogan con esteroides—

El comentario desató una sonora carcajada de Ashley, Shepard y Tali, quienes hasta entonces habían observado la escena en silencio. La risa de Tali resonaba levemente distorsionada por su máscara, pero era inconfundiblemente auténtica.

—Vamos a la Normandía —dijo Kaidan con un bufido divertido— Hay que prepararse—

Antes de que pudiera dar un paso, Ashley le dio un golpe juguetón en la espalda, empujándolo hacia la salida.

—Vamos, chico duro, no querrás llegar tarde—

Kaidan rodó los ojos, pero no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa antes de seguir a Ashley. Los dos comenzaron a caminar juntos hacia la salida, discutiendo en voz baja mientras sus pasos resonaban en el mármol de la embajada. El resto del equipo los observaba con algo de diversión antes de dispersarse.

Shepard, acompañada de Garrus, ya había descendido por las escaleras de la embajada. El turiano, que la había esperado junto a la salida, caminaba a su lado, conversando mientras se dirigían hacia el Seg-C. La pareja de humanos tomó otro camino, desapareciendo rápidamente entre las intrincadas calles del presidium.

—Maverick...—La voz suave y algo vacilante de Tali lo sacó de sus pensamientos.

Al girarse, la vio de pie detrás de él, un par de escalones más arriba, lo que la colocaba casi a su misma altura. Sus ojos, escondidos tras la visera de su máscara, lo examinaban con curiosidad.

—Je...pensé que eras un quariano súper desarrollado —bromeó ella, avanzando un escalón para quedar más cerca. Su delgada figura parecía aún más pequeña junto a la imponente presencia de Maverick, pero no mostró reparo alguno al extender la mano hacia su cabello, tocándolo con cuidado. Su tono se tornó más suave mientras hablaba —Creí que tendrías ojos de un color extravagante, algo tan llamativo como tu armadura, pero...—hizo una pausa, inclinándose un poco más— son como una miel oscura—

Maverick la miró en silencio, permitiéndole continuar con su inspección. La cercanía no solía incomodarlo, pero el hecho de tener el rostro descubierto le generaba una leve inquietud. La vulnerabilidad que sentía se mezclaba con una extraña calma que Tali parecía transmitirle y mitigaba esa sensación, algo que no lograba comprender del todo.

—Lamento no cumplir tus expectativas —dijo finalmente, en un tono inesperadamente ligero— Si prefieres, me volveré a poner el casco para no arruinar tu fantasía—

Para su sorpresa, su intento de broma no falló. Una risa cristalina escapó de Tali, distorsionada levemente por su voz aun algo ronca y los filtros de su máscara.

—No, quédate así...—respondió, apartando la mano lentamente, aunque parecía reacia a hacerlo. Su voz bajó casi a un susurro— Con todo esto, tendré material de sobra para...Nerve Stim—

Maverick alzó una ceja, confundido por la mención, pero antes de que pudiera preguntar, Dot, su inseparable IA, apareció en su mente con un comentario seco y categórico:

«NO»

Luego, desapareció tan rápido como había llegado. Extrañado, Maverick miró de nuevo a la joven quariana.

—Tali, ¿Qué es Nerve Stim?—

Los dedos de la chica se detuvieron abruptamente, y un pequeño quejido escapó de su garganta.

—¿C-cómo? N-n-no, yo...—Las palabras tropezaban en su boca, el nerviosismo era palpable incluso a través del modulador de su casco. Maverick no pudo evitar esbozar una sonrisa al verla luchar por encontrar una respuesta coherente. Había algo genuinamente entretenido en su torpeza, aunque no entendía del todo qué era lo que la había puesto tan nerviosa.

—Tranquila, no importa —dijo Maverick con un tono tranquilo, intentando aliviar la evidente incomodidad de Tali.

Ella asintió levemente, pero no dijo nada más. Había algo en su silencio que persistía, una duda no expresada que flotaba en el aire mientras él comenzaba a bajar las escaleras. Seis caminaba con paso decidido, esperando que ella lo siguiera.

—Vamos, tengo ganas de quitarme esta armadura —añadió sin prisa, ajustando su postura mientras avanzaba hacia la salida.

Tali permaneció callada, pero Maverick notó cómo su cabeza se inclinaba ligeramente hacia un lado, como si estuviera procesando algo. Después de un momento de reflexión, se colocó a su lado y empezó a caminar junto a él, aún en silencio, con una tensión palpable entre ambos.

Sin embargo, antes de que avanzaran demasiado, Maverick oyó un murmullo bajo, casi como un suspiro, salido de los labios de Tali, que era tan suave que bien podría haberse considerado un pensamiento.

—¿Sabes que mis mejoras me permiten escuchar tus susurros, no? —dijo Maverick, girando la cabeza hacia ella con una sonrisa juguetona.

Tali se detuvo bruscamente, sus ojos se agrandaron al darse cuenta de lo que había dicho. Se quedó paralizada por un instante, procesando la sorpresa.

—¿Ósea…que escuchaste…lo que dije? —preguntó, su voz temblorosa, aunque el color de su rostro no era tan visible bajo su casco, Maverick podía intuir su vergüenza.

Él asintió con una sonrisa, disfrutando de la reacción de la quariana.

—Sí, lo escuché —respondió sin darle demasiada importancia. —Tranquila, no me molesta. Es algo natural, biologico. Además, puedes estar presente cuando desacople mi armadura, seguro te interesa ver cómo funciona—

Tali soltó un largo suspiro, algo entre frustración y diversión, pero Maverick no pudo evitar notar que su nerviosismo seguía siendo evidente. La incomodidad la envolvía, como una sombra invisible. Sin embargo, al llegar al ascensor, ella se apoyó en su espalda, dejando caer su peso sobre él. Fue un gesto inesperado, como si buscara algún tipo de consuelo en su cercanía.

—Bosht'et...—murmuró con voz baja, una mezcla de agotamiento y vulnerabilidad.

Extrañado por su repentina actitud, Maverick no dijo nada y simplemente la dejó estar, sin apartarse ni ofrecerle ninguna respuesta inmediata. Apretó el panel del ascensor, y durante un breve momento, sintió cómo el cuerpo de Tali se relajaba a sus espaldas, confiando en él, aunque no lo dijera en palabras. No pasó mucho tiempo antes de que ella se separara, colocándose a su lado nuevamente. Esta vez, su mirada se centró en el gran corte que adornaba el pecho de Maverick, observándolo con una curiosidad palpable.

Probablemente iba a preguntar por ello, pero él decidió adelantarse, como si pudiera leer sus pensamientos. Bajó la mirada, encontrándose con los ojos de Tali, mientras sus palabras fluían con una sinceridad calma.

—Esta es la marca que muestra mi nuevo juramento: Defender tu galaxia con mi vida—

Maverick inclinó ligeramente la cabeza hacia ella, con una expresión solemne. Su cabello comenzó a deslizarse hacia adelante, bloqueando parcialmente su rostro, pero aún así su mirada se mantuvo firme, no completamente oculta. Tali, sin decir palabra, acercó sus dedos al corte, siguiendo la línea de la herida con la yema de sus dedos, trazando un camino sutil a lo largo de las placas de su pecho. Luego, sus ojos se alzaron hacia su cabello, admirando los largos mechones oscuros que caían a su costado.

—¿Cómo es que lo tienes tan sedoso y limpio? —preguntó, como si su propio cabello fuera un enigma a resolver —Mi cabello es un desastre—

Maverick no pudo evitar una ligera risa ante la pregunta. Tomó su mano, apretándola suavemente, antes de responder con un tono más relajado.

—Es por el sistema de higiene de mi armadura. Te podría ayudar a implementar uno en tu traje, pero eso tendrá que esperar hasta que estemos en la nave—

Tali suspiró, como si ya estuviera imaginando lo que sería mantener su propio cabello limpio y ordenado en medio de todo esto. Cerró los ojos y, al instante, su cabeza cayó suavemente contra su brazo, buscando apoyo. Sus movimientos eran lentos, como si la fatiga la alcanzara de golpe.

—Tengo sueño...—murmuró, la voz suave, casi apagada, mientras su peso descansaba por completo sobre él.

Maverick observó en silencio a la pequeña quariana que ahora se apoyaba en su brazo. Había algo tranquilo y humano en este momento, algo que contrastaba con el caos de la misión que tenían por delante. Sin embargo, no dijo nada más, simplemente la acompañó, sintiendo cómo el tiempo parecía detenerse por un instante mientras ambos esperaban llegar a la nave.


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