Capítulo 34: Lágrimas del príncipe de la montaña
—¿Me tienes lástima, Daozhang?
Xue Yang aferra su mano mientras Xiao Xingchen intenta curarlo; su primer impulso es zafarse con un gesto brusco, pero sólo se queda sin moverse, sin saber reaccionar. Podría pedirle ayuda a A-Qing para cuidar de aquel hombre que no deja de atormentarlo, aquel hombre al que no quiere deberle nada, ni su rabia. Cuando lo abandonó en Jinlintai, cegado de rabia, de dolor, ahogado de traición, se prometió no mirar atrás, extirparse la lástima. Pero Xue Yang se aferra a la vida y a él.
—Suéltame.
—Me tienes lástima, Daozhang. —Esta vez es una afirmación. Por el tono de su voz, Xiao Xingchen imagina la sonrisa ladina de Xue Yang. Si no tuviera vergüenza, pudor ni tristeza, pasaría las yemas de sus dedos por su rostro, buscando las comisuras de sus labios, intentando adivinar su expresión.
No puede evitar odiar aquel impulso patético. Se ha volcado en intentar odiarlo pero aquel sentimiento que consume el corazón no acude a él. Tan solo llegan los recuerdos, las manos de Xue Yang sobre su cuerpo, la manera en que sus dientes mordieron sus muslos, que sus manos lo llevaron hasta el nirvana, al abismo, a la nada, al todo. No puede evocar el odio para nada de eso.
Ya tampoco quiere preguntar por qué: conoce la respuesta y no puede evitar lamentar la tragedia de los hombres que no son dueños de sí mismos. Al final, no comprendió. Todas las veces que Xue Yang le enseñó la peonia de su hombro y la marca desfigurada de su otro brazo, el destino de los esclavos le pareció terrible, y los esclavistas le parecieron monstruos temibles. Pero no entendió. Creyó qué había entendido cuando se arrodilló frente a Jin Guangyao, dispuesto a entregar su libertad por uno de los hombres que amaba. Ahora lo asalta la terrible duda: quizá nunca comprendería, porque el hierro candente no se posaría nunca en sus hombros. No quiere comprender. Quiere odiar lo que todavía ama.
—Ah, Daozhang, yo nunca dejaré de ser un esclavo, tú nunca dejarás de ser un príncipe. A los de tu clase les está permitida la lástima, la dignidad por encima de la supervivencia. Pero no importa, Daozhang, supe siempre que te traicionaría.
No puede reaccionar y Xue Yang aun le impide huir. De repente, tan solo quiere llorar su propio abandono, arrodillarse frente a los hombres que ama, aferrarse a ellos aunque aquello lo arrastre al olvido y al infierno. Xue Yang dice mentiras: qué dignidad le queda, si se ha volcado con desesperación al cuidado de un hombre que lo traicionó y se ha resignado de ser la esposa olvidada de un general. Qué dignidad hay en esta existencia miserable, Xue Yang, en este desamparo.
—Tienes permitido odiarme, Daozhang. Sé que cuando las yemas de mis dedos te acarician, aun tiemblas.
No puede evocar ninguna expresión para Xue Yang en aquel momento, y lo intenta con desesperación. Aun no se acostumbra a no verlo; no quiere admitir que extraña su rostro, sus sonrisas, sus ojos burlones.
—¿No te avergüenzas? —Aprieta la mandíbula, intentando que su voz no lo traicione, que no exprese toda la tristeza.
—Ah, Daozhang, la vergüenza me la quitaron con el látigo. —Xue Yang se ríe y Xiao Xingchen vuelve a sentir el impulso de llorar, cuando se da cuenta de que también puede ser un hombre cruel con aquellos que ama—. Fueron los Wen. Eran creativos, si no otra cosa. Nos ataban a los postes hasta que sólo podíamos pararnos en la punta de los pies. Ni siquiera nos hacían contar los golpes. Les gustaba infligir dolor; se detenían cuando estabas a punto de suplicar la muerte, cuando tus alaridos podían confundirse con los de una bestia. ¿Crees que me queda vergüenza, Daozhang?
Xue Yang lo jala hacia así y, casi perdiendo el equilibrio, a Xiao Xingchen no le queda más remedio que quedar recargado contra su pecho desnudo, que estaba intentando curar. Tiembla ante aquel contacto. Cuántas lunas han pasado, Xiao Xingchen, desde la última vez que te tocaron con ternura y no quisiste suplicar perdón.
—No, Daozhang, no me avergüenzo. —Xue Yang lo aprieta contra sí y Xiao Xingchen puede escuchar el latido del corazón de aquel hombre traicionero—. No puedo.
—Xue Yang… —su tono de voz es una queja fútil. No sabe en realidad contra qué resistirse.
—Y tú, Daozhang, nunca fuiste mío, aunque lo desee con toda el alma —sigue Xue Yang—, aun cuando deseaste pertenecerme. ¿Lo recuerdas? La manera en la que extendiste tus piernas para mí y suplicaste, Daozhang. Entonces ya sabía que iba a traicionarte; no había otro destino posible para todos nosotros. Pero no pude resistirme. Fuiste lo primero que intente poseer. Y tú quisiste ser mío. Te arrodillaste ante mí y me suplicaste por el dolor. Desee poseerte de la manera en la que los amos poseen a sus esclavos, porque no conozco otro modo de aferrarse a algo. —Xiao Xingchen lucha por contener las lágrimas de sangre sin lograrlo y la venda blanca que usa sobre las cuencas vacías de sus ojos se tiñe de escarlata—. Nunca fuiste mío, Daozhang, y yo nunca le pertenecí al general. ¿No es acaso patético?
—Xue Yang…, ¿algún día dejarás de torturarme?
—Ódiame, Daozhang, te lo permito. Odia al general que te ha abandonado. ¿Serás capaz? —Xue Yang suelta una carcajada corta, llena de rencor—. Siempre supe cual sería mi destino. Está bien, Daozhang, mientras vivas, puedes odiarme. Significa que sentirás algo por mí.
Quiero odiarte, Xue Yang. Quiero mirarte y no recordar el amor, quiero no deberte nada. Quiero tocar tu piel y olvidar lo que me hace sentir. Quiero.
Pero nada de eso es lo que sale de sus labios.
—Eres verdaderamente cruel, Xue Yang.
Aquí estoy recargado contra tu pecho, porque eres lo único que tengo. Tiene miedo. La voz de aquel hombre aun puede hacer que sus rodillas tiemblen. Hubiera sido tuyo. Habría extendido mis manos gustosas, si tu hubieses colocado en ellas los grilletes. Quizá lo hice y por eso no puedo desprenderme de ti. Qué patético. Pum, pum, escucha el corazón de Xue Yang. Se pregunta si en aquella última mirada en Jinlintai, deseó suplicarle que no lo abandonara y, de todos modos, Xiao Xingchen se marchó dolido, herido, abandonado. Nunca lo sabrá. Nunca volverá a ver la sonrisa ladina ni a intentar interpretarla; estará a merced de sus instintos, de la crueldad que Xue Yang aun guarde dentro de sí.
—¿Por qué te traje de vuelta? —pregunta Xiao Xingchen al aire—. Qué cruel ha sido mi destino.
—Daozhang.
Xiao Xingchen tiembla al escuchar el tono de su voz.
—Nadie me ha tocado, Xue Yang —murmura—. Intento odiarte y sólo puedo…
—Ah, Daozhang.
—Eres un hombre cruel, Xue Yang, desvergonzado. Deseo olvidarte al beber la sopa del río Mo. Deseo que nunca nos volvamos a encontrar —declara. Interesantes palabras, se recrimina, para ser dirigidas al hombre con el que se ha acurrucado—. Deseo poder recordar los poemas de amor y no pensar en ti. « El anhelo es terco en interminable / ha hecho a un príncipe su conocido. / Hay árboles en las montañas y hay ramas en los árboles, / te adoro, ¡oh!, no lo sabes».
Cuando lo recita, un escalofrío recorre su espalda, algo despierta en su cuerpo. Xue Yang lo condicionó a no poder pensar en aquel poema sin pensar en él y en sus manos y en su cuerpo, y en la manera en que ambos encajaron en el lecho.
—Ah, Daozhang, lo recuerdas.
Sus manos aferran con desesperación a Xue Yang.
—Nadie me ha tocado, Xue Yang.
No puede detener el torrente patético de lágrimas, no puede evitar aferrarse a Xue Yang. Comprende que ha pasado tanto tiempo aferrado a la soledad a la que ha sido condenado que no puede evitar desear aquel contacto.
—Cuando me tuviste a tus pies, fuiste tan egoísta… —musita Xiao Xingchen. Odia aquella debilidad. No es propia de los héroes de los poemas, no es propia de la imagen del hombre que siempre deseó ser, no es propia del príncipe al que crío la ermitaña Baoshan-sanren—. Tú y Zichen, han sido tan egoístas. ¿Ninguno de ustedes se hará cargo? No me obligues a suplicarte, no te atrevas a ser tan cruel; si lo hago, creo que preferiré desaparecer en el firmamento para siempre.
—Ah, Daozhang.
—Me torturaste durante meses. Hiciste de mí lo que quisiste. Le enseñaste al general cómo hacer que mis rodillas temblaran, como hacerlo que me hiciera suplicar, me hiciste una buena esposa. Xue Yang… te atreviste a ser tan cruel, ¿no te harás cargo?
Deja que las manos y los brazos del otro muevan su cuerpo. Siente como Xue Yang desanuda el fajín del hanfu y lo va desvistiendo poco a poco. Permite que sus manos sean aprisionadas. «Mejor», piensa, «así no podré resistirme». Nadie lo ha tocado. Nadie le ha dedicado tan sólo una caricia. Siente a Xue Yang a horcajadas sobre él.
—Ah, Daozhang, ¿me odiarás finalmente si todavía oso aprovecharme de ti? Siempre me gustó verte perder la cordura, poco a poco. Tu cuerpo siempre reaccionó a mis manos, a mi voz, a mi lengua. Siempre me gustó pensar que, por un momento podías ser mío, que todo lo que dijeras me pertenecería. No se preocupes, no te obligaré a ponerte de rodillas ante mi esta vez. —Xiao Xingchen siente como una mano toca su pecho y, poco a poco, baja hasta su vientre—. Nadie te ha tocado —y suena el murmullo en su oreja—. No te preocupes. Recorreré tu piel. Te entregaré el dulce suplicio que buscas. Olvidarás incluso mi nombre.
Y Xue Yang limpia sus lágrimas de sangre con sus labios, una a una.
—Daozhang, seré cruel una vez más; no tendrás más remedio que permitírmelo.
Xiao Xingchen gime. No tiene tiempo de pensar en lo triste de aquella situación. Sólo piensa: nadie me ha tocado, aún quiero merecer el placer. El amor. ¿Serán tan crueles que ni siquiera me permitirán conservar mis afectos?
Aquella noche, Xiao Xingchen duerme en los brazos de Xue Yang; se permite la indulgencia y la debilidad. Ya nadie lo considera un guerrero o un héroe, su marido, el General, se ha encarado que no sea más que una consorte olvidada en el palacio frío de la fortaleza norte. Quizá tenga que acostumbrarse a aquel papel, a suplicar por el poco placer que le es permitido recibir, a dormir entre los brazos del hombre que lo arrastró hasta allí. Duerme y, entre sus brazos, no sueña. Oh, Xue Yang, ¿me permitirás odiarte por fin?
Cuando despierta, la respiración de Xue Yang aun es la constante de un hombre dormido. Allí, en el silencio de la mañana, cuando el sol aun se está asomando entre las dunas del desierto , Xiao Xingchen por fin se atreve a recorrer su costro con las yemas de sus dedos. Reconoce sus pómulos saltados y afilados, su barbilla, sus labios carnosos. Lentamente acaricia aquel rostro. Toca sus sienes, su frente, sus párpados. Lo reconoce poco a poco.
—Recuerdo que una vez me preguntaste sin preguntarme —empieza—, si valdría la pena que iniciara una guerra por ti.
Se asegura que su respiración aun sea constante y que Xue Yang siga dormido. No quiere que lo oiga decir todo aquello; Xiao Xingchen busca proteger su corazón, sus afectos. A él le queda vergüenza y se atreve a invocarla en aquel momento.
—Recuerdo que elegí el sacrificio. Por ti o por Song Lan, te dije. Debiste haberme escuchado entonces; quizá creías que decía una mentira, que no sería capaz o que eran sólo grandes declaraciones, como las mentiras que siempre has declarado cuentan los poetas. Pero debiste haberme escuchado. ¿Nunca creíste lo mucho que te quise? Tantas cosas podrían haberse evitado; por ti, Xue Yang, Zichen y yo habríamos iniciado una guerra. Pero nunca confiaste en nosotros. No… no dudo que nos quisieras. Tienes los instintos de un hombre desesperado y superviviente, por eso te creo. Pero nunca confiaste realmente en nosotros. Quisiste que fuera tuyo, quisiste pertenecerle al general, pero todo eso, Xue Yang, fue una mentira; no puedes ser poseído por lo que no conoces, no puedes entregarte a pedazos. Si hubieras sido honesto… Tengo miedo, Xue Yang, de cómo hubiera reaccionado. En el amor nunca he sido sabio, ese es el lugar al que va a perderse mi templanza.
»Mi madre me consiguió un matrimonio arreglado intentando protegerme de las vicisitudes del desengaño de los primeros amores y los cortejos embusteros. Esperó, por supuesto, que me enamorara, pero que ese amor conservara mi temple y que fuera un amor sabio. No supo nunca a quien me entregó. Zichen fue siempre el amor de mi vida; lo creé en mi mente, en mis deseos, en mis anhelos; Zichen fue llamado a la existencia cuando yo le supliqué a los cielos que me concedieran un buen esposo. Cuando tomó mi mano e hicimos las tres reverencias en nuestras túnicas de boda, supe que sería feliz. Me enamoré como el viento se enamora de las hojas de los árboles, como las dunas aman el oasis. Fue fácil.
»Tú… A ti no te creé; no puedo haber sido capaz. Xue Yang, fuiste aterrador. Fuiste cruel y observaste mis lágrimas hasta que caí a tus pies, pecador. Te deleitaste en la fantasía de poseerme, aún si nunca fui tuyo, aún si todo aquello estaba cimentado en una mentira. Si hubieras confesado la verdad, Xue Yang, yo hubiese extendido mi mano y te hubiera regalado la libertad que siempre debió pertenecerte. Me asusta eso de mí, porque sé que eres un hombre cruel y, cuando llegue el momento, sé que no tendrás piedad ni misericordia con aquellos que te arrebataron todo. Sé que no tendrás compasión, porque no la tuviste conmigo, y me amaste.
»Me asustas, Xue Yang, no soy capaz de odiarte. No seré capaz de perdonarte la traición, pero anhelo tus brazos.
Eso tendrá que ser suficiente, decide Xiao Xingchen, con las primeras luces de la mañana. La fortaleza norte sigue bajo asedio y él no es más que una esposa abandonada y anhelante. No le queda nada, ni dignidad, en los brazos del esclavo que lo llevó a la ruina y a quien, la noche anterior, suplicó por el placer.
—Quizá, Xue Yang —dice, aunque sabe que el otro no llegará a oírlo, aun perdido en el sueño—, el destino me permitirá conservar estos afectos terribles. Te equivocaste. Ya no me queda dignidad. He amado y mis amantes me la arrebataron.
Notas de este capítulo:
1) Si tuviera que dividir la historia en arcos, diría que este es el primer capítulo del final, pero todavía hay demasiados cabos sueltos por resolver. No terminaré sin haberlos atado todos.
2) Ya me quitaron la férula del codo izquierdo y ahora, bueno, me duele el brazo pero algo es algo.
Nea Poulain
