Volvieron a clases y sin que Helga lo notara se acercó el día de su cumpleaños.

No era gran cosa, intentó convencerse de que no lo era, porque, «demonios»... ¿Qué importancia tenía otro cumpleaños? Además, Olga logró acaparar toda la atención de su familia, «como siempre», ya sea que fuera o no su intención. Su boda sería a mediados de abril, un sábado por la mañana; y, quedando casi tres semanas, todo se había vuelto un caos: la torta pasó por seis sabores distintos y al menos tres diseños. Las flores de los centros de mesa eran discusión cada día y los vestidos de las damas de honor... «uf»... Helga le dijo a su hermana que usaría lo que quisiera, pero que solo iría a probarse el vestido cuando prometiera no cambiar más de opinión, lo que significó que para ese entonces ya había ido a tres pruebas y la última terminó en una gran discusión y con la mayor llorando, mientras Bob le gritaba a Helga por ser desconsiderada.

No era que Olga fuera una noviezilla que quería todo a su antojo, sino que todo le causaba dudas. Sus inseguridades calaron cada aspecto de la ceremonia y la casa Pataki vivía en un estrés constante, pero al menos esta vez tenía fecha de término, por lo que, después de calmarse, Helga se tragó su orgullo y fue a disculparse con su hermana, dejando que la abrazara, pero sin corresponder.

–Está bien, Olga, sé que estás estresada, es algo importante...–dijo, tratando de tranquilizarla, porque la súbita disculpa de la menor había causado otro ataque de llanto.

–Gracias, hermanita–Logró articular entre hipos y quejidos.

A Helga le causaba gracia que después de tanto tiempo aún no hubiera cambiado a un maquillaje a prueba de agua.

–Pero...–Helga dudó un segundo–quisiera hablarte de algo

–¿Sí, calabacita?–Olga se apartó, limpiando su rostro con una caja de pañuelos que su hermana tuvo la amabilidad de alcanzarle.

–Bueno. Le comenté a mi terapeuta sobre tu situación...

La expresión de sorpresa de Olga estaba cargada de tristeza y sospecha.

–¡No me mires así! Me estabas volviendo loca y tenía que hablarlo con alguien... no es que le hablara de ti, sino de cómo me molestaba

–Lo-lo enti-tiendo, hermanita–dijo tratando de ahogar los sollozos.

–Y Bliss dijo que tal vez actuabas así porque tenías miedo de algo

–¿Mi-miedo de-de algo?

Las dos se miraron largo rato, hasta que la mayor dio un largo respiro, pestañeó y volvió a limpiar su rostro.

–Olvida lo que dije, es una idea tonta–dijo la menor, intentando irse–. Lo siento

–Helga, espera–dijo su hermana con angustia– ¿Crees que Derek podría abandonarme antes de la boda?

–¿Cómo lo hizo Doug?

Olga asintió.

–Está bien, vas a odiarme por esto, pero Doug no te abandonó

–¿Q-qué quieres decir?

Helga rodó los ojos antes de contestar.

–Nos mintió a todos, a ti, a Bob y a Miriam. Y sí, al principio me hizo gracia, porque, ya sabes, detesto la atención que siempre recibes. Pero antes de la boda lo escuché hablar por teléfono con una chica y decirle que la extrañaba

–Tal vez era de su familia

–No. El idiota dijo que no podía verla porque estaba en una estúpida conferencia el mismo fin de semana que ustedes iban a casarse, si hubiera sido su familia le habría hablado de la boda... y de ti

–Pero...

–Te estaba engañando. En cuanto lo amenacé con remarcar para hablar con la chica y contarle de ti, confesó todo

–Pero su carta decía...

–Esa carta–Interrumpió, sujetándose el brazo, nerviosa–la escribí yo

Apretó sus párpados, esperando que su hermana la regañara, gritara o incluso la golpeara o llamara a sus padres para delatarla, lo que fuera. Pero unos segundos después Olga la abrazó.

–Gracias, hermanita

–Espera–La miró con sorpresa.–¿N-no me odias?

–¿Cómo podría odiarte? Apenas eras una niña y te enfrentaste a un mentiroso salvándome de un matrimonio horrible y miserable

–Después de todo eres mi hermana, no podía dejar que te hiciera eso

Helga miró en otra dirección, incómoda. Mientras su hermana apretaba un poco más el abrazo.

–¿Eso te deja más tranquila?–Quiso saber la adolescente.

La mayor de las hermanas Pataki se apartó, sentándose en la cama. Helga se dio cuenta que era la primera vez que la veía reflexionar respecto a lo que le pasaba. Intentar ignorar cómo se sentían parecía ser otro rasgo de familiar, después de todo sus padres también tenían la cualidad de reprimir y evadir sus problemas.

–¿Realmente quieres casarte con él?–dijo la menor.

–Claro que sí–Olga respondió con seguridad.

–¿Y quieres casarte... ahora?

Olga miró el suelo.

–Digo–continuó Helga, tratando de ayudarla como Bliss lo hacía con ella–, puedes querer casarte con él, pero quizá no todavía

–No es eso–Miró el suelo.–¿Podrías encender la radio?

La chica asintió, poniéndose de pie para encender el equipo de sonido de Olga, que era mucho mejor que el suyo, pues ella había heredado un viejo reproductor de música de ella.

–Quiero casarme con Derek y quiero casarme ahora, hermanita, eso no es de lo que tengo miedo, pero tu terapeuta tiene razón en que estoy asustada

–¿De qué?

–¿Qué pasa si todo sale mal? ¿Qué pasa si no soy buena ama de casa? ¿Y si no soy una esposa competente? ¿Qué ocurre si nos casamos y arruino nuestras vidas?

–¿Es en serio?

La menor alzó un lado de su ceja. No podía creerlo. Su hermana siempre fue la señorita perfección «original», ganadora de premios, el centro del universo de sus padres, la mejor estudiante de su generación, tanto en la escuela como en la universidad, incluso tenía un profundo lado humano y una gran pasión por ayudar infantes. Ella nunca fallaba, siempre hacía todo bien y conseguía cada cosa que quería ¿Cómo iba a tener miedo de hacerlo mal? ¡Ni que equivocarse en algo fuera una tragedia!

«Por supuesto»

Olga no sabía lo que se sentía fracasar, «en serio fracasar», ni qué hacer cuando las cosas no resultaban bien, por suerte para ella su hermana pequeña era una experta en sacudirse el polvo y ponerse de pie.

–Bueno, aunque me cueste admitirlo, creo que podrías ser una gran esposa. Sabes cocinar, eres diligente con las tareas del hogar, mucho mejor que Miriam y yo juntas, lo cual es sorprendente viendo su ejemplo

–Pero mamá...

–No interrumpas–Estiró sus brazos con las manos abiertas–. Déjame continuar–Cerró los ojos un momento, porque ser honesta con su hermana era aún más difícil que con sus amigos.

Decidió que sólo podía hacer eso sin mirarla, así que comenzó a caminar en círculos por la habitación.

–Sabes cómo cuidar de otros–Continuó mientras enumeraba con sus dedos–y hacerles sentir cómodos. Eres buena anfitriona, tienes miles de historias y recuerdo la forma en que me cuidabas cuando estaba enferma. Incluso tengo recuerdos vagos de cómo me leías por las noches antes de dormir

–Pero Helga, apenas eras una bebé

–¿Y qué importa? Recuerdo escuchar tu voz contándome historias y el aroma de la leche... no recuerdo las historias...– cerró los ojos–, pero recuerdo que me cuidabas... y creo que serías una gran esposa y una gran madre. Y, además, por el amor de Dios, Olga, eres una Pataki, Derek debería estar agradecido de que siquiera le prestes atención. Ni siquiera eres cualquier Pataki, eres Olga Pataki, la estudiante perfecta, que para cualquier idiota debe ser una diosa inalcanzable ¡Mírate! Eres guapa, inteligente, profesional, responsable y, nunca lo admitiré en público, pero tu comida es deliciosa. No cualquiera podría estar contigo... así que, Olga, haznos un favor a todos y deja de buscar excusas para sabotear tu maldita boda, porque si realmente quieres casarte y estar con el estúpido Derek, entonces hazlo, como has hecho cada cosa que has querido en la vida

Cuando terminó, notó que su hermana rompía en llanto y sabía lo que venía. Otro abrazo. Pero Olga no se movió, solo se quedó sollozando en su lugar, intentando en vano controlarse.

–¿Lo-lo dices en-en serio?–Logró pronunciar la mayor.

–Nunca he hablado tan en serio, excepto quizá cuando te envié a Alaska–dijo Helga, intentando bromear para aliviar la tensión–. Y relájate un poco con los detalles, todo saldrá bien, sé que serás una novia deslumbrante y que dejará a todos con la boca abierta cuando entres por el pasillo y avances hacia el altar. Y no sé cómo lo hará, pero te aseguro que Bob se encargará de que todo sea perfecto para ti ese día

–Gracias, hermanita–dijo con un sollozo y limpió su nariz con un pañuelo.

Por primera vez en mucho tiempo fue la menor quien se acercó a abrazarla, porque aunque resistió el impulso, comprendía que era lo que Olga necesitaba y que negárselo era injusto. Si hubiera sido al revés, su hermana le hubiera dado todo el apoyo que ella hubiera pedido, el único problema es que Helga G. Pataki odiaba pedir ayuda tanto como recibirla.

Después de esa charla, aunque aún cambió algunas cosas, los preparativos se llevaron a cabo con un poco menos de estrés, lo que le permitió a Helga relajarse un poco y a Olga tomar decisiones con más seguridad.


...~...


–¿Y piensas celebrar?–Preguntó Phoebe a su mejor amiga después de felicitarla.

Faltaban unos diez minutos para que empezaran las clases y se habían encontrado en uno de los pasillos de la escuela.

–No. Estoy harta de tanta planificación con la boda de Olga, lo último que necesito es pensar en otra fiesta–Contestó la rubia, cerrando su casillero.

–Pero Helga, es tu cumpleaños–Insistió Phoebe–. Podría preguntar a mis padres si podemos hacerte una fiesta en mi casa

–Gracias, pero, en serio, no

–¿Segura, Pataki?–Se involucró Gerald, justo antes de abrazar a Phoebe y darle un beso como saludo, provocando que Helga hiciera un gesto de asco que lo hizo reír–. Lo siento–Añadió cuando se calmó–, escuché mientras me acercaba. Feliz cumpleaños, por cierto–Le sonrió.

–Gracias–Contestó en tono seco.

–Podríamos preguntar a los abuelos de Arnold si podemos hacer una fiesta en la azotea de la casa de huéspedes, otras veces no ha sido problema

–Ustedes vayan y hagan su fiesta–dijo la chica, harta–. Porque claramente lo que quieren es una excusa para festejar. A mí no me interesa

Helga apresuró el paso hacia el salón, pero cuando entró Rhonda, Nadine, Stinky, Harold e incluso Curly la felicitaron por su cumpleaños. La chica se preguntaba quién carajo podía haberles recordado y entonces vio en su camino al estúpido Arnoldo sonriéndole mientras sostenía una pequeña caja.

–Aún no es día de los inocentes, cabeza de balón–dijo la chica, mirándolo–. Y no volveré a caer con eso

–Helga, no te hago una broma desde quinto grado–Respondió él con aire molesto.–. Así que sí, esto es un regalo de cumpleaños, en serio

–Pues... supongo que gracias–Lo aceptó con precaución.

Antes que decidiera abrirlo, el maestro entró al salón dando instrucciones y ella dejó el paquete en el cajón de su pupitre. Al terminar la primera clase, la chica sacó un cuaderno para hacer los deberes para la siguiente, porque lo había olvidado con todo el drama de Olga y se negaba a fallar en la clase de literatura. El siguiente descanso lo pasó charlando con su amiga y al almuerzo las otras chicas de la clase la invitaron a comer pastel y pudín de tapioca, así que pasó el tiempo con ellas. Al final del día Phoebe le pidió que al menos la dejara invitarle una hamburguesa.

–Solo si vamos solas–Concedió la rubia.

–Como tú quieras, Helga–dijo la chica, despidiéndose de su novio con un beso–. Nos vemos mañana, bebé. Hasta mañana, Arnold

–Hasta mañana–Respondieron a coro.

–Adiós, chicos–Comentó Helga, con indiferencia.

El rubio suspiró con tristeza y su amigo le puso la mano en el hombro sin decir nada, pero negando con la cabeza. Al parecer la señorita Pataki ya no estaba interesada ni una pizca en Arnold.


...~...


Helga y Phoebe cambiaron de opinión fueron por unas malteadas y luego que su amiga la actualizara sobre sus últimas citas con Gerald, se despidieron.

Esa tarde el viento era frío, pero no tanto como unas semanas atrás. Pensaba qué si el tiempo seguía así el día de la boda de Olga sería caluroso. Fue a sentarse a la misma banca donde las últimas semanas se reunía con Brainy y, como esperaba, el chico llegó minutos más tarde. Era absurdo cómo no tenía que hablar con él para que apareciera y le causaba gracia.

–Hola, tonto–le dijo cuando reconoció sus pasos.

Se había sentado dándole la espalda al camino, cruzando sus brazos sobre el respaldo y apoyando su mentón sobre las mullidas mangas de su abrigo.

–Feliz cumpleaños, Helga – dijo el chico.

–Gracias–Ella no volteó, pero de pronto notó una rosa asomar por su costado.–¡Qué cursi!–Comentó con una sonrisa.– Pero... gracias, supongo–La recibió, volteando a mirarlo un segundo, para luego volver a su posición, sosteniendo la rosa con una mano, observando el parque con una expresión vacía.

El chico se sentó a su lado, apoyando los antebrazos en sus piernas, jugando con sus manos, nervioso. Estuvieron en silencio unos minutos.

–Helga–dijo él de pronto–, he pensado que últimamente pasamos mucho tiempo juntos

–Casi a diario–Respondió ella.

–Y es agradable

–Si tú lo dices

–Me gustaría... ¿quieres salir conmigo?

–¿Dices–Ella lo miró con una expresión sarcástica–como tener citas y esas cosas?

Brainy asintió.

–¿Tomarnos de la mano?

Volvió a asentir.

–¿Y… besarnos?

–Sí quieres

–No veo por qué no–dijo ella encogiéndose de hombros.

Al chico le tomó unos segundos procesar la respuesta y casi se le caen los lentes cuando volteó a mirarla.

–¿En serio?

–Siendo sincera, no me gustas de la forma en que te gusto, pero lo paso bien contigo y no veo por qué no podríamos intentarlo

–Umh... oh... bueno...

–Lo siento, Brainy, es todo lo que te puedo ofrecer, pero entiendo si no es lo que buscas

El chico la contempló unos minutos. Ella no tenía idea cómo adoraba su cabello, ni de lo hermosos que eran sus ojos cuando miraba con tristeza las estrellas, lo bellas que eran sus largas pestañas, ni cuánto disfrutaba su voz. Le gustaba la poesía de tanto escucharla recitar y fantaseaba que algún día esos soliloquios fueran sobre él, aunque sabía que jamás pasaría. Reunir el valor de invitarla a salir le había tomado meses y mucha observación: Helga seguía alejando a Arnold y por sus interacciones sabía que él hizo algo para lastimarla, pero no tenía cómo conocer los detalles. Al comienzo pensó que se arreglarían, pero ya iban meses en que la chica insistía en mantener cierta distancia con alguna vez dueño de sus suspiros.

–¿Entonces puedo tener una oportunidad contigo, Helga?–dijo, necesitando confirmación.

–Puedes, Brainy–Contestó ella.–, pero no te emociones. Estás menos raro que en primaria, pero siempre serás un fenómeno... así que no me gustaría que nos vieran en la escuela o algo parecido... solo... mantengamos nuestras reuniones como hasta ahora

El chico asintió.

–Pero supongo que añadir esto estaría bien

Helga volteó hacia él y, sujetándolo por el mentón, lo besó. No era un beso apasionado como los que había dado a Arnold, pero era dulce, lento, cálido. Los labios de Brainy no sabían mal, su aliento no le molestaba y su boca parecía estar aprendiendo a seguirle el ritmo. Fue un beso largo, que Helga terminó con cuidado. Sabía que estaba jugando con el corazón de alguien más. Había estado en el mismo punto, dispuesta a aceptar migajas, incluso dispuesta a pelearlas. No quería lastimarlo y aunque sabía que no sentía por él ni una décima parte de lo que había sentido por Arnold, no podía negar que el chico le provocaba algo... no sabía exactamente qué, pero era algo.

Notar la sonrisa idiota en el rostro de Brainy cuando se apartó la hizo sonreír. Parecía que en cualquier momento iba a derretirse como en las caricaturas o que comenzaría a bailar dando saltos a su alrededor y la idea le pareció divertida, pero se equivocó. En cambio, lo que él hizo fue abrazarla y besarla otra vez, con una mezcla de intensidad y anhelo que Helga no pudo corresponder, pero que entendía y disfrutaba.

«Rayos»

Se sentía bien saber que le gustaba tanto a alguien que los últimos meses le había demostrado que podía escucharla y entenderla, alguien que la quería a pesar de lo patética, agresiva o molesta que era.

Cuando dejaron de besarse, volvieron a sentarse como estaban antes y se quedaron en silencio. Helga mirando el paisaje, Brainy a ella, de reojo, incapaz de ocultar su sonrisa y pellizcando sus manos, porque no podía creer que eso era real.

Esa noche caminó con ella hasta su casa. Y aunque él sabía que no le permitiría tomar su mano, sentía que iba en una nube.

–Gracias por acompañarme. Nos vemos mañana... donde siempre–dijo ella.

El chico asintió.

–Buenas noches, fenómeno

Helga ocultó la rosa dentro de su chaqueta y subió con precaución a su cuarto. En lugar de ponerla en agua, la metió entre dos hojas de cuaderno y la aplastó dentro de un libro. Esa noche una parte de ella se sintió feliz. Incluso si era el tonto fenómeno, era su tonto fenómeno.

Se abofeteó a sí misma.

–Basta, Helga–se dijo

«No estás enamorada de Brainy, sólo estás siendo amable y disfrutando un poco de su atención, lo cual sí, es un poco egoísta, pero tampoco es que lo estés utilizando, ¿cierto?»

–No más dilemas morales, Helga–Añadió–. No tiene nada de malo que salgas con alguien, eres una adolescente y no es que vayas a casarte con él, ¿cierto?

Se fue a dormir rumiando esa idea y deseó no haberlo hecho, porque el sueño de esa noche fue una pesadilla absurda y le recordó aquel sueño con Arnold, el tonto predictor de origami de la señorita Lloyd y esa estúpida promesa en la heladería. Al menos al despertar no se sintió de la misma forma que cualquiera de esos días. Tenía que ser realista.

Se tomó unos minutos extra para arreglarse para la escuela y de pronto notó que estaba feliz. Salió temprano y caminó tranquila. Se sentía extraña.

Cuando entró al salón no pudo evitar sonreír cuando Brainy la saludó desde su pupitre en el fondo, moviendo apenas la mano, pero sin hacer ningún gesto exagerado o intentos para acercarse a ella. Durante la clase lo miraba de reojo, a veces lo sorprendía observándola, otras enfocado en la clase, tomando notas y otras escuchando música con sus audífonos y jugando a ser D.J.

Era divertido tener un secreto así. Solo debía ser precavida, porque tenía una reputación que cuidar. Pero a esas alturas era una experta escondiendo cosas.

–Hola Helga–le dijo Arnold al descanso–. Quería saber si te gustó mi regalo

–Ah, sí... tu regalo...

Helga intentó hacer memoria y notó que lo había olvidado en su pupitre. Tenía dos opciones, abrirlo en ese momento o decirle a Arnold que le había gustado sin saber qué demonios era y arriesgarse a tener más problemas si él preguntaba.

–Bueno... yo...

–Pensé que lo usarías–dijo el chico.

–Bueno... yo...–Repitió, claramente incómoda.

–No lo abriste, ¿cierto?–dijo él, entrecerrando los ojos.

–Lo olvidé ayer en mi pupitre... lo abriré ahora

–No importa, Helga, déjalo así–Se sentó mirando al frente, con un claro gesto de frustración.

La rubia notó que algunas personas del salón la miraban. Stinky lamentaba la suerte de Arnold, secundado por Sid, mientras Rhonda y Nadine murmuraban entre sí. ¿En serio no tenían nada mejor que hacer que cotillear sobre eso?

Helga levantó la cubierta de su pupitre, pero no sacó la caja, solo la abrió con cuidado, viendo un lazo rosa similar al que había tenido antes. Odiaba el regalo de Arnold, pero no iba a decírselo. Era buena mintiendo, podía seguir haciéndolo. Cerró la caja y siguió con lo suyo. Podía hablar con él más tarde y disculparse. Aunque, qué demonios, no le debía una disculpa. Bastaba con decirle que era lindo y ya. No estaba obligada a usarlo.

«Perfecto, Helga, ya tienes un plan»

Al final de esa clase se puso de pie rápido y le impidió la salida a Arnold, quien la miró sin entender que pasaba. La tristeza en sus ojos le causó un ligero dolor a la rubia.

–Quería agradecerte el regalo

–¿Te gustó?

Ella asintió, intentando ignorar el dolor que le causaba el cambio de tristeza a ilusión en la mirada del chico.

–¿Quieres que te ayude... a atarlo a tu cabello?

–Oh... no... estoy tratando de probar otro estilo

–Entiendo, está bien, Helga, me alegra que te guste–Le sonrió con sinceridad.

«Criminal»

–Bueno, tengo que irme–dijo incómoda.

No pudo evitar mirar a Brainy, quien desde el fondo del salón la vigilaba.

«No, no, no... no es lo que crees»

Helga se fue de inmediato, molesta consigo misma. En verdad no quería hacerle daño a Brainy, le importaba, de una forma un poco retorcida, sí, pero le importaba. Hablaría con él más tarde. No quería que él pasara por todo lo que ella pasó: no saber, no entender, imaginar cosas y sufrir por ello.

Odiaba que le importara tanto como para estar pensando en eso todo el resto del día, desconcentrándola lo suficiente de la clase como para que le llamaran la atención.

Al salir de clases fue a la biblioteca a avanzar los deberes. No sabía qué hacía ni dónde estaría Brainy antes de la hora en que siempre lo veía en el parque, pero estaba ansiosa por encontrarlo ese día. Lo esperó en la banca de siempre, mirando nerviosa en todas direcciones, hasta que él llegó.

–¡Brainy!–Se puso de pie para acercarse a él, pero dudó, bajando la mirada.–. Yo... lo siento... lo de esta mañana... no es lo que piensas–Intentó explicarse con prisa.

El chico le sonrió.

–Helga, no espero que dejes de ser amiga de Arnold. Fuiste amable con él...–Le tomó las manos y ella levantó la mirada.–. Y entiendo si todavía piensas en él de vez en cuando

¿No estaba molesto? ¿Por qué? Su consideración era dolorosa.

–No pensaba en él

–No tienes que mentir. Vi cómo suspirabas distraída durante la clase

–Yo... –Ella levantó su mano para acariciarle la mejilla, pero él cerró los ojos por reflejo, lo cual la hizo sonreír con cierta melancolía.– pensaba en ti–Tocó su rostro, su piel era tibia.– y en como lo que pasó hoy podría mal interpretarse. No quiero lastimarte, Brainy, no más, ya te lastimé demasiado

Acercó sus labios para besarlo. El chico la abrazó con afecto protector. ¿Cómo era posible que lo hubiera ignorando tanto tiempo? Se sentía bien estar en sus brazos. La pubertad lo había ayudado bastante y aunque no era atlético, le gustaba su altura, sus brazos, su pecho, su cuello. Sus manos le ofrecían seguridad y la forma en que la besaba la hacía sentir querida.

La chica le acarició la nuca y él la apretó contra su cuerpo, sin dejar de besarse. Ella se preguntó cuánto tiempo fantaseó él con ese tipo de contacto y cómo podía ser que fuera tan paciente y comprensivo para tratarla así.

Cuando separaron sus labios, se miraron a los ojos, mientras él le acariciaba el rostro con una mano, sin dejar de sujetar su cintura con la otra. Ella tenía los labios ligeramente abiertos y jugaba con el cabello en la nuca del chico.

–Eres hermosa–dijo él.

–Gracias

No estaba nerviosa, él la hacía sentir cómoda, tranquila, segura y apreciada. Esa última sensación era nueva y confusa.

Se sentaron en la banca, tomados de la mano, en silencio, mirando alrededor y sonriéndose a ratos, hasta que se hizo tarde y luego de un par de besos más, él volvió a acompañarla a casa. Pero esta vez Helga lo detuvo en la esquina antes de llegar, lo empujó para ocultarlo y le dio un beso en los labios.

–Buenas noches, Brainy. Y gracias... por todo. Nos vemos mañana

–Nos vemos mañana, Helga, descansa, dulce valkiria

Ella se sorprendió por ese comentario y se quedó mirándolo mientras él se alejaba.

Subió a su habitación sin cenar y se dedicó a terminar su tarea, pero a ratos se distraía, escribiendo breves versos en los bordes de su cuaderno. Bueno, no decían nada comprometedor y podían quedar ahí. Parecía que se le había quedado el hábito de componer poesía cuando... «le gustaba alguien».

«Maldición, Helga»

Ni siquiera pudo enojarse en serio. Estaba encantada y contenta.


...~...


Los días que siguieron estuvo ocupada acompañando a Olga con cosas de la boda, así que no pudo ver al chico, lo que la hizo comprender que extrañaba pasar tiempo con él y comenzó a buscar por la escuela algún lugar para verse a escondidas. El fin de semana tampoco pudo verlo, nuevamente por compromisos familiares.

El domingo por la tarde estaba emocionada por ir a clases.

–¡¿Helga, estás despierta?!–Escuchó a su hermana llamando al otro lado de su puerta.

–Sí, pasa–dijo, mirando el cuaderno abierto, solo ejercicios de matemáticas.

–Hermanita... sé que hemos estado ocupados con la boda y que... mamá y papá olvidaron tu cumpleaños...

–No me importa, Olga

–Pero te compré pastel... y...

–Olga, mi cumpleaños fue hace días

–Lo sé, lo sé

–Admite que también lo olvidaste, no es terrible, solo otra de las tradiciones Pataki–Concluyó rodando los ojos.

–Lo siento–Olga se acercó a ella y dejó un trozo de pastel de chocolate con una vela sobre el escritorio.–. No fue mi intención...

–No te preocupes–Interrumpió con tono neutro.–, has estado ocupada con la boda. Lo entiendo

–No tengo excusas, siempre es lo mismo–Cerró la puerta y se sentó en la cama.– Y lo siento mucho. Sé que no lo compensa, pero Derek y yo te compramos un regalo

–¿Derek?–Preguntó sorprendida.

–Bueno, estaba con él cuando lo recordé y sugirió que te compráramos algo–Le ofreció una caja que no tenía diseño alguno que permitiera intuir su contenido.

Helga estiró sus manos y abrió el paquete con cuidado. Era un reproductor de CDs portátil y una tarjeta de regalo para una tienda de discos.

–No sabía qué música está de moda entre las chicas de tu edad... y la verdad tampoco estoy segura que te guste la música que está de moda entre las chicas de tu edad

–Esto...

–Podemos cambiarlo si no te gusta

Helga dejó el regalo sobre su escritorio y miró a su hermana con afecto.

–Gracias, Olga. Es un gran regalo, más de lo que esperaba. Agradécele a tu prometido de mi parte también

–No fue nada. Me alegra que te guste

Le acarició la cabeza y por primera vez notó lo suave que estaba el cabello de Helga. Se alegró de que lo estuviera cuidando.

–Oh, hermanita. El próximo sábado será la última prueba del vestido y mamá tiene que trabajar. Me preguntaba...

–Sí, claro, claro, iré contigo–dijo volviendo a su escritorio con su frialdad habitual, humedeciendo sus dedos para apagar la vela.

–Muchas gracias, Helga, en verdad lo aprecio

–Como sea–Miró de reojo su cuaderno–. Tengo que terminar los deberes de matemáticas antes de dormir

–Suerte con eso–Olga se levantó de la cama y salió, cerrando la puerta con cuidado.

–Estúpida Olga–murmuró Helga cuando estuvo sola, comiendo pastel con una sonrisa en su rostro.


...~...


Al día siguiente terminó de hacer su investigación y después de observar durante algunos descansos decidió que podía ver a Brainy en el auditorio a la hora de almuerzo. Le contó al chico durante su encuentro de esa tarde. Tanto la iniciativa como la propuesta de la rubia lo sorprendieron gratamente.

Juntarse con alguien en secreto y besarse a escondidas entre las cortinas del auditorio le dio toda una nueva perspectiva a la relación. Se sentía emocionante y prohibido, llenando a ambos de adrenalina.

Ir a la escuela volvía a ser agradable y salir con alguien hizo que interactuar con el cabeza de balón se volviera ridículamente fácil, así que a ratos el grupo de los novios y sus respectivos mejores amigos volvió a juntarse y compartir, aunque solo dentro de la escuela. Helga se negaba a volver a la dinámica previa al viaje, en la que ella y Arnold iban con los novios a sus citas. Los tortolitos iban a cumplir un año saliendo y definitivamente ya no necesitaban "chaperones" cuidando que se comportaran.