El sábado llegó y acompañar a Olga no fue divertido. La espera era larga y había muchísima gente en la tienda: novias, damas de honor, madres y futuras suegras o cuñadas discutiendo por las elecciones; chicas llorando al teléfono para aumentar el presupuesto, quejarse de las telas, los diseños, las piedras y un montón de tonterías.

Uf, casarse significaba un gasto ridículo y se preguntaba cómo era que Bob había financiado una parte, porque sabía que lo había hecho. Pero bueno, eso no era precisamente su problema. En la casa no faltaba comida en la mesa y las cuentas iban al día, así que... allá él si decidía sacar sus últimos ahorros para darle en el gusto a su hija preferida.

–Señoritas Pataki, gracias por su paciencia–dijo una de las vendedoras acercándose a las hermanas.

Olga se puso de pie y saludó estrechando la mano de la vendedora.

–Espero que recuerde a mi linda hermanita–dijo la novia.

Helga, recostada en el sillón y de brazos cruzados, se levantó con pereza. Era casi igual de alta que su hermana.

–Por supuesto–dijo la vendedora con una sonrisa–, tenemos listo su vestido para la última prueba y los ajustes finales

–¡Qué maravilloso! ¿Escuchaste, Helga?

–Sí, sí, como sea. Terminemos con esto pronto

La vendedora las guio a otro salón, donde encargó a una asistente llevarles algo para amenizar la espera, mientras a otra le dio instrucciones para buscar los vestidos. Luego se retiró indicando que volvería más tarde.

Cuando la primera asistente volvió, llevaba una bandeja con cubitos de queso y aceitunas. También dos copas, una botella de champaña y una de gaseosa.

Sirvió un trago en cada copa para luego preguntar si estaba bien con eso o si querían algo más.

–Esto es suficiente–dijo Olga–. Le agradezco

–Estamos para ayudarle–Añadió la mujer, para luego retirarse.

Helga miró la copa de gaseosa, mientras su hermana probaba la champaña. No pudo decidirse a beber antes que volviera la otra asistente.

–Ya pueden pasar a los probadores

–Me gustaría ver el tuyo antes de probarme el mío–dijo Olga y de inmediato añadió–. Por favor

–¿No sería mejor probarnos los vestidos al mismo tiempo?

–El vestido de novia es más complicado, así que tardaré mucho más. Sólo quiero ver el tuyo por un momento, luego puedes cambiarte en vez de esperarme con tu vestido puesto

–Está bien

Helga se levantó y siguió a la asistente. La chica colgó la bolsa al interior de un cubículo y bajó el cierre con cuidado, sacando el vestido. También dejó una caja de zapatos en una silla y salió del probador, dándole espacio para pasar.

–Puedo hacer esto sola, gracias–dijo la adolescente a la asistente antes de cerrar la cortina.

–Estaré aquí si me necesita, señorita Pataki

Helga se desvistió ignorando el espejo y tomó el vestido que Olga había elegido. Era de color violeta, se sentía ligero. Lo acomodó con cuidado, estirando la falda consciente de hacerlo suavemente, porque le daba pánico romperlo e imaginar lo que costaría arreglarlo. Tenía un cierre en la espalda y no lograba alcanzarlo.

–Disculpe, señorita–dijo, tratando de reprimir su molestia– ¿Podría ayudarme con el cierre?

–Por supuesto, señorita Pataki–Respondió la chica afuera.–. Con permiso

Abrió la cortina con cuidado. Mientras Helga le daba la espalda a la asistente pudo verla el espejo. La chica detrás de ella era alta y tenía un larguísimo cabello castaño claro que le hizo recordar a Valentina. Con una sonrisa se imaginó que a la chica le hubiera encantado estar ayudándola con el vestido, aunque no precisamente a cerrarlo. La idea la hizo reír por dentro.

«No, Helga. Basta»

La asistente acomodó la falda y le ajustó la cintura antes de apartarse.

–Está listo... ¿necesita ayuda con los zapatos?

–Creo que no. Gracias

La mujer salió, cerrando la cortina.

La chica abrió la caja y contempló un par de zapatos plateados, cerrados adelante y con tacones de una pulgada, lo suficientemente anchos para que no tuviera que hacer un esfuerzo ridículo al equilibrarse. Los calzó y volvió a mirarse al espejo.

El tono violeta le quedaba bien. El vestido mismo era simple, liso, con escote de corazón y una falda hasta las rodillas. Un hermoso tul complementaba el diseño, creando un efecto vaporoso, cruzándose sobre el escote como una bata, para subir a sus hombros y unirse en su espalda. También caía sobre falda añadiendo unos centímetros traslúcidos al final. Todo unido por un hermoso cinturón con flores en cuyo centro había piedras plateadas, que combinaban con los zapatos, que traían las mismas piedras en las correas.

Su cabello estaba suelto. Últimamente le gustaba usarlo así. Pero se dio cuenta que para la boda debía usar un peinado distinto, pero no sabía nada al respecto.

–Disculpe ¿Me podría ayudar con mi cabello?–Preguntó otra vez a la chica.

–¿Qué necesita?

–No sé cómo quedaría bien con esto... –Se indicó entera.– ¿Los vestidos incluyen algún tocado o algo?

–Su hermana no solicitó nada en particular, pero si me lo permite puedo buscar algún accesorio que combine y peinarla

–¿Eso costará extra?

–No, siempre que sea un peinado simple

–Gracias

La chica se retiró, dejando a Helga frente al espejo. Hasta ese momento no había pensado lo mucho que había cambiado su cuerpo. Seguía siendo delgada y atlética, porque jamás dejó de practicar deportes. Su busto no era exagerado y sus curvas comenzaban a notarse, aunque estaba lejos de la forma de reloj de arena de Olga.

Se preguntaba si su hermana era así por genética o había trabajado ese cuerpo. Al menos desde el compromiso sabía que Olga iba al gimnasio y estaba a dieta, algo que imaginó que hacían todas las novias, lo cual explicaría por qué eran tan irritables, matarse de hambre debía irritar a cualquiera.

La asistente regresó con un montón de implementos de peluquería. También llevaba una caja que Helga ignoraba qué tenía. Le cepilló con cuidado el cabello para desenredarlo un poco, luego separó varios mechones creando ondas con una plancha. Tomó su cabello hacia un costado, armando una trenza hasta su cuello. Soltó algunos mechones cerca de su rostro y repitió la operación de crear ondas.

–Cierre los ojos y aguante la respiración–Advirtió la mujer.

La chica infló las mejillas y cerró los ojos con fuerza. Escuchó el sonido del spray y notó el asqueroso olor de la laca que impregnaba su cabello. Sintió luego que la chica abanicaba.

–Ya puede respirar

Helga abrió los ojos recuperando el aliento.

–Ahora el tocado

Tomó unas cuantas flores idénticas a las del cinturón del vestido y las acomodó a lo largo de la trenza y en el elástico que la sujetaba. Al lado puesto añadió un broche decorado con las mismas flores.

–Ya casi terminamos–dijo la asistente abriendo la caja. Helga pudo ver que era maquillaje.–. Cierre los ojos y no se mueva

Obedeció. Sintió las brochas y pinceles pasar por su rostro, un rizador de pestañas, rímel. No era mucho y se demoró menos de dos minutos.

–Listo

Helga abrió los ojos y volvió a verse al espejo. ¿Esa era ella? Se veía agraciada y femenina. Sus ojos enmarcados con una suave sombra lavanda, sus pestañas encrespadas y con un tono café que las volvía más notorias y voluminosas. Sin rubor. Labios con un ligero brillo rosa.

–Tiene lindos ojos, sólo quise destacarlos un poco. Como es una jovencita, no creo que esté bien que tenga un maquillaje recargado–Le explicó la asistente.

–Guau, veo por qué trabaja aquí. Es una experta. Nunca me había visto tan... elegante...

–Cuando planifique su boda, puede volver aquí y le aseguro que se verá incluso mejor

Helga apenas pudo contener la carcajada, porque ni siquiera imaginaba que ese día podía llegar realmente.

–Tal vez–Sonrió.–. Volvamos con Olga

La asistente le sonrió de vuelta y la acompañó donde su hermana esperaba. Cuando apartó la cortina y la dejó pasar al área, Helga pudo ver como los ojos de su hermana se llenaban de lágrimas y la emoción en su rostro era evidente.

–Hermanita, estás hermosa–Pronunció con esfuerzo, acercándose a ella.

–Si crees que es demasiado, podemos simplificarlo un poco–dijo Helga, incómoda.

–No, claro que no. Me encanta, siempre quise verte así–Se cubría los labios con sus manos.–. Te estás convirtiendo en una mujercita preciosa

Helga rodó los ojos.

–Bueno, creo que el vestido me queda bien y que podríamos usar este maquillaje y peinado, así que ¿ya puedo quitármelo?

–¿Podrías girar un momento?

Helga obedeció, girando apenas moviendo sus extremidades, manteniéndose lo más rígida posible.

–Por favor, como si estuvieras bailando

–Te voy a cobrar esto algún día–masculló, mientras obedecía, girando con gracia. Luego hizo una reverencia con el vestido, cruzando una pierna extendiéndola hacia atrás.

–¡Es perfecto!–dijo la mayor, dando saltitos entusiastas– ¿Segura que no hay algo que ajustar?

–Me queda bien... y si decides hacer cualquier cambio voy a matarte

–No, no, ya no hay tiempo–Olga le hizo un gesto a la asistente– ¿Puede darme las fotos de su maquillaje y peinado?

–Claro

La mujer tomó una cámara y fotografío a Helga desde varios ángulos.

–Ahora puedes cambiar–dijo Olga.

Helga regresó al probador y se quitó los zapatos. Eran sorprendentemente cómodos, lo que agradecía, porque si bien la boda era poco antes de medio día, ella estaría usando esa ropa desde las 10 y la fiesta se extendería hasta las seis de la tarde. Quizá su hermana no era tan egoísta como ella pensaba.

Se quitó el vestido con cuidado, aún temerosa de dañarlo y ahora que estaba maquillada, también le preocupaba mancharlo. Se vistió rápidamente con su ropa: zapatillas, pantalones de mezclilla, polera blanca y una cangurera rosa. Eso era mucho más cómodo. Al quitarse los adornos y desatar su trenza, notó que le venían bien las ondas en el cabello.

–¿Quieres desmaquillante?–Preguntó la asistente al verla salir del probador.

–Sí, por favor

La mujer agitó un frasco con un líquido de dos colores que se mezcló al instante, luego lo puso en un algodón y se lo entregó junto a un espejo de mano. También le ofreció una toalla húmeda para que limpiara los restos y una crema hipoalergénica.

–El día de la boda tendrán maquillaje profesional de larga duración y a prueba de agua. Le recomiendo usar un buen desmaquillante a base de aceite para quitarlo sin lastimar su piel

–Gracias por los consejos–La miró– ¿Es tan obvio que no uso maquillaje?

–Sí, normalmente las jovencitas de su edad no saben usar bien los productos y dañan su piel, pero en su caso solo hay marcas de daño por sol

–¿Y sabe todo eso solo por verme? Guau

–Para eso estudié

–Y yo que pensaba que esto era más sencillo. Sin ofender, pero la industria de la belleza no es lo mío

La mujer se cubrió los labios ahogando una risita.

–¿Cuál es el chiste?

–Me recuerda a mi mejor amiga, supongo que por eso fue fácil saber qué le quedaría bien–Le sonrió con sinceridad.

Helga volvió a agradecerle su ayuda y se despidió de la asistente. Regresó al salón a esperar a su hermana. Notó que Olga había bebido casi todo el vaso de champaña. Debía estar nerviosa. Suspiró y bebió la soda. De su mochila sacó su reproductor de música y tras ajustar los audífonos presionó el botón de play, disfrutando las guitarras de Nirvana, cerrando sus ojos, relajándose.

Olga tardó casi cuarenta minutos más. Entendió entonces por qué el tiempo de espera había sido tan largo. También porqué los vestidos eran tan costosos. No era solo el diseño, las telas y la confección, había todo un conjunto de servicios asociados. Comprendió que la industria de las bodas no era un servicio de banquetes con servilletas finas, sino que su verdadero negocio era convertir en realidad el día soñado por muchas personas, en su mayoría mujeres.

Sacó su cuaderno y anotó esa idea. Sonaba tonto. Pero a veces le gustaba anotar tonterías.

–¿Y qué harás con esto, Helga Pataki? ¿Un reportaje criticando la mercantilización de los sueños e ilusiones?–Rio entre dientes.–. Lo que me recuerda que debo preparar mi ensayo para postular al periódico escolar el próximo semestre, esta vez en serio...

No era que tuviera que hacerlo todavía. Las postulaciones no eran hasta que empezaban las clases, pero le quedaban apenas unos meses de secundaria y al acabar el próximo verano estaría en preparatoria, lo que también significaba que tendría que empezar a hacer mérito para ingresar a la universidad y el periódico escolar parecía un buen plan. También quería unirse a algún club deportivo, pero no estaba segura de cual. Phoebe definitivamente se uniría al equipo de debate y algún club de ciencias. Helga no sabía si quería explotar su lado más artístico, porque odiaba que otras personas lo vieran, pero sabía que podía pedirle una recomendación al señor Simmons si quería ingresar fácilmente.

«Preparatoria... guau. Quién diría lo rápido que ha pasado el tiempo»

Entonces vio entrar a una de las asistentes que corrió la cortina, dejándola ver a su hermana.

La menor supo que si su mandíbula no hubiera estado unida a su cráneo por sus músculos, habría terminado en el suelo, junto con su lápiz y cuaderno, que cayeron cuando se puso de pie, pasmada por la escena. Por suerte el reproductor de música estaba a salvo en el enorme bolsillo de su cangurera.

Olga avanzó hasta el centro del salón, donde había un pequeño pedestal frente a tres espejos, pero en lugar de mirarse en éstos, les dio la espalda, mirando a Helga.

–¿Qué opinas?

–¿En verdad te vas a casar vestida así?–dijo Helga.

–¿No te gusta?

–¿Gustarme? Estoy... impresionada... te ves... espléndida. Estás como para una boda real, ¿Segura que Derek no es de un príncipe?

–Gracias, calabacita

El blanco vestido de la chica tenía un ajustado corsé con hermosas mangas de hombros caídos que le daban un efecto dramático «perfecto para Olga». La falda empezaba en la parte alta de la cintura y caía en forma de A, con varias capas de tul blanco, con hermosos bordados en hilos plateados y pequeñas piedrecillas brillantes que se acumulaban en capas y hacia la cola, dando la sensación de que vestía una lluvia de estrellas. El velo que cubría su cabello tenía la misma decoración y se extendía hasta el suelo, uniéndose con la cola.

Helga se acercó y con un gesto le pidió a su hermana que volteara hacia los espejos. La mujer obedeció y contempló las tres imágenes. Estaba desconcertada. Así como su hermana antes, tuvo la sensación de no ser la persona en los reflejos. Levantó la parte del velo que cubría su rostro y aunque veía las imágenes replicar su movimiento, no lograba convencerse de ser ella.

El maquillaje que le habían hecho también era suave y romántico. Nada recargado, pero un poco más elaborado que el de su pequeña hermana.

– Estás perfecta, Olga

«Como siempre»

– Gracias, hermanita

Sonrió moviéndose de lado a lado, sujetando la falda del vestido. Lo levantó un poco para enseñarle las zapatillas. Eran simples y cómodas. Y como no se verían con su vestido, bastaba con que fueran blancas, con una leve plataforma y tacón, dándole unos centímetros de altura.

Luego de tomar algunas fotos y hacer algunos ajustes, Olga volvió al probador para quitarse el vestido, mientras Helga regresó al asiento y recogió sus cosas, guardándolas en su bolso y volviendo a escuchar música.

Se quitó los audífonos al ver entrar a su hermana con su ropa habitual, ella si se quedó el maquillaje y el peinado. Estaba guardando su reproductor de música cuando Olga se sentó junto a ella.

–Aún falta algo, lo siento–Se disculpó la mayor.–. Te llevaré a comer y podrás pedir lo que quieras

–Quiero un filete gigante–dijo Helga–. Ya tengo hambre.–Añadió, mirando la bandeja ahora vacía.

Olga tomó su copa y se sirvió otro vaso de champaña.

–¿Quieres probar?

–Soy menor de edad–Rodó los ojos.

–Puedes beber conmigo, hermanita, no le diremos a mamá y papá–Le guiñó un ojo.

–¿Estás segura? Digo...

–No pasará nada porque bebas una copa

Helga no quería admitir que tenía miedo de probar alcohol, en especial después de haber pasado buena parte de su vida viendo las consecuencias que tuvo sobre su madre.

–Está bien... solo una copa

Rodó los ojos y sujetó el delicado objeto de cristal con una de sus manos. El olor del alcohol no era de sus cosas favoritas. Bebió un poco. Raro. Se obligó a volver a beber. Aún raro. Bueno, media copa era todo lo que tomaría. La dejó sobre la mesa y bebió de la botella de soda directamente. Eso estaba mejor.

–No entiendo qué le ven al alcohol, es horrible–Comentó.

–Lo entenderás cuando seas mayor–dijo Olga con una risita–. Los gustos cambian, calabacita

La vendedora que las había recibido regresó en ese momento y le entregó una hoja a Olga con todos los detalles de los ajustes restantes, los documentos para retirar los vestidos las otras damas de honor: amigas de la universidad, que ya habían ido a sus respectivas pruebas finales entre semana.

–Muchas gracias por su tiempo–dijo Olga–. Han hecho un trabajo excelente

–Ese es el sello de nuestra tienda–Respondió la dependienta con una sonrisa orgullosa.–. Señoritas Pataki, ha sido un placer poder brindarles nuestro servicio. Solo me queda desearle una hermosa boda y un próspero matrimonio

–Gracias

Al salir tomaron el autobús al centro comercial. Pasaron una tarde relajada comiendo y compartiendo tonterías. Olga incluso invitó a Helga a jugar a los arcades al ver lo mucho que le llamaban la atención y para sorpresa de la menor, resultó ser buena en uno que otro juego.

Ya en casa, cenando con sus padres, ellos preguntaron los pormenores de la prueba, actualizando a Olga sobre las llamadas recibidas ese día. Las últimas personas en confirmar y otros detalles de la boda. Helga casi no habló, pero no se sintió del todo incómoda.


...~...


Esa semana estuvo ocupada por las tardes, así que aprovechó sus almuerzos con Brainy al máximo, charlando con él, recostada en las butacas del auditorio, apoyando su cabeza en las piernas del chico, mientras él jugaba con su cabello o con sus dedos.

–Creo que debo conseguir un traje para acompañarte a la boda–dijo el chico de pronto.

–Oh... lo siento... no pensé en invitarte... es que... no pensé en invitar a nadie... apenas empezamos a salir... y siento que llevarte a la boda es algo muy serio–dijo Helga, sentándose, dándole la espalda.

–¿Es porque te avergüenzas de mí?

Helga quería decirle que no. Pero los dos sabían que sería una mentira o no estarían viéndose a escondidas.

–No lo sé, Brainy. Sin importar si fueras tú o alguna otra persona, no me siento cómoda con la idea de que mi familia conozca a alguien que me gusta...

–¿Te gusto?

–Claro que sí, tonto, ¿o crees que estoy contigo por lástima?

–Quizá

–Podría pensar lo mismo de ti

–¿Por qué te tendría lástima? Eres hermosa, inteligente, popular

–No soy popular

–Si lo eres, de cierta forma

–Como matona, quizá

–umh

No podía negarlo, pero fama era fama ¿no?

–Has visto lo más patético de mí, por años...

–¿Tu lado sensible y poético? No es patético, es hermoso

–Gracias–Tomó aire, lo que diría era un poco difícil.–. Lo siento por no invitarte a la boda, no me siento lista para que mi familia... bueno, que cualquiera sepa que salgo con alguien. Te juro que no es por ti

«Bueno, no especialmente por ti»

–¿Puedo verte con tu vestido después de la boda?

–Supongo que sí

–¿El sábado en nuestro lugar?

Helga asintió. Entonces el chico le movió el cabello hacia el lado, para poder besar su nuca, abrazándola con un gesto protector y sujetándole las manos en su vientre. Se quedaron así hasta que sonó la campana.


...~...


Y finalmente llegó el día de la boda. Incluso dentro de todo el caos que fue para la familia, una vez que empezó la ceremonia, todos pudieron relajarse un poco y disfrutar.

Helga estaba de pie en el lado de las damas de honor, sería la más cercana a la novia. Incluso sus padres le dijeron que se veía preciosa. Y aunque las amigas de su hermana eran igual de curvilíneas que Olga, la chica notaba que ella llamaba la atención. Se convenció de que solo estaba cumpliendo un papel y que, sin ese peinado y maquillaje, nadie la reconocería como aquella dama de honor.

Cuando Olga se paró en la puerta de la iglesia y comenzó a sonar la marcha nupcial, todos dejaron de respirar al unísono, mientras la novia avanzaba por el pasillo sujetando el brazo de su padre. Como Helga predijo, Bob no pudo contener la emoción al entregar a su hija -el sol en su cielo, la luz de sus ojos, el centro de su universo- en el altar. Miriam lo tomó del brazo, consolándolo, para apartarlo hacia los asientos de adelante, llorando de manera más contenida y limpiando sus ojos con un pañuelo.

Y Derek solo sonreía como un idiota enamorado, a punto de llorar. A Helga incluso le pareció de reojo que el chico se limpiaba una lágrima. Lo vio sonreír a Bob y Miriam como si agradeciera todo.

«Bien jugado, idiota»

La menor de las Pataki aguantó el protocolo religioso y esas tonterías insufribles resistiendo expresar asco. Cada tanto un sollozo se escuchaba en la multitud, pero era de emoción. Tanto la familia Pataki como la familia Miller parecían profundamente conmovidos.

Una vez que la ceremonia terminó, los novios salieron a tomar una limusina. Helga y su familia tomaron otra y la familia de Derek una tercera, mientras los demás invitados subieron a un bus, para dirigirse al lugar donde se llevaría a cabo la recepción y el almuerzo.

El centro de eventos era enorme y estaba bellamente decorado. Mesas redondas con delicados manteles blancos y lindos centros de mesa con azucenas blancas, jazmines y lavandas. Tarjetas escritas a mano y selladas con lacre mostraban el nombre y apellido de cada invitado, ubicándose sobre los platos, que junto con los cubiertos ya estaban en su lugar. Al fondo, un escenario con una banda en vivo y al costado los baños. Al otro lado, una enorme puerta daba al patio, donde estaba la barra y una pista de baile rodeada con algunas mesas y sillas.

Una vez que llegaron todos los invitados, la pareja hizo su entrada y los animadores presentaron al matrimonio. Empezó a sonar el vals de los novios. Luego de bailar entre ellos, la madre de Derek y Bob se acercaron a bailar con sus respectivos hijos. Luego los novios volvieron a juntarse, Bob bailó con la madre del novio y Miriam con el padre. Finalmente, Bob invitó a bailar a Helga y cuando volvió con Miriam, todas las otras damas de honor se emparejaron con los padrinos, incluyendo a la menor de las hermanas Pataki, quien solo aceptó por protocolo. Se juró que no haría absolutamente nada para arruinar el ánimo ese día, aunque tuviera que morderse la lengua.

Luego pudieron sentarse y la comida era deliciosa. Durante la comida diversos amigos y amigas de la pareja contaron anécdotas o dieron discursos deseándoles buena suerte o bromeando sobre cómo Derek había sido atrapado o como Olga era demasiado buena para él y que debía esforzarse por cuidarla. La torta estaba exquisita, húmeda y suave. Y como Olga no pudo elegir, cada uno de los cinco pisos tenía un sabor distinto.

Helga comió dos trozos con su familia y cuando fue por el tercero prefirió alejarse de la mayoría de la gente. Se sentó en una de las mesas que estaban al aire libre, a la sombra y mientras comía miraba como se desarrollaba la fiesta. Ese día no pudo llevar su reproductor de música, ni un libro, ni una libreta. Solo le quedaba su imaginación para distraerse, la que, por suerte, no era tan mala. Disfrutaba una fantasía sobre dominio mundial cuando algo la distrajo.

–Entonces le dije: cielos, parece un trabajo muy demandante

Helga reconoció la voz y miró alrededor.

–Es admirable–Continuó la chica.–que puedas hacer algo así

–Vaya, Lila–Respondió un chico que ella conocía.–eso suena interesante

–¿Lila? ¿Arnold?–Helga escupió su refresco y estuvo a punto de esconderse por costumbre, pero recordó que era la boda de SU hermana.

Se recompuso, mirando de reojo hacia donde los escuchó. Sí, eran el estúpido cabeza de balón y la señorita perfecta, los dos en ropa formal. ¿Qué demonios hacían en la boda? ¿Quién los había invitado?

–¡Hermana!–Saludó Olga, acercándose a Lila.–. Me alegra que hayas venido

Lila se levantó, abrazando a la ahora señora Miller. Helga pudo ver que llevaba un vestido simple, pero elegante, entre verde azulado y turquesa, con pequeños tirantes en los hombros, un escote cruzado y una falda plisada que llegaba hasta sus rodillas. Su largo cabello rojizo lo traía en su mayoría suelto, pero con una corona trenzada en la parte superior, decorada con piedras brillantes.

–Estás preciosa, Olga–dijo la más joven y se apartó un poco, sujetándole las manos y contemplándola con emoción–. Felicidades

–Gracias, Lila. Tú también te ves hermosa

–Lamento no haber llegado a la ceremonia

–Lo importante es que pudiste venir–dijo Olga con alegría, luego miró a Arnold– ¿Y este jovencito es tu novio?

Helga rodó los ojos.

–No, solo somos amigos–dijeron ambos.

–Soy Arnold–añadió el chico, levantándose para saludarla, ofreciéndole la mano.–. Ya nos conocíamos, me hiciste tutorías cuando estuviste ayudando en nuestra clase en cuarto grado

–¡Cierto! Lo lamento, has crecido tanto y con ese traje te ves tan maduro que apenas y te reconozco. Eres un jovencito muy guapo. ¿En serio no están saliendo? Hacen tan linda pareja

«Y las puñaladas no terminan. Gracias, Olga»

–No lo creo. Ninguno de los dos es esa persona especial que el otro busca–Explicó Lila.

–Es una lástima–dijo Olga–. Cuando tengas novio tendrás que presentármelo

–Por supuesto, eres mi hermana después de todo

–Bueno, aún debo saludar a otros invitados. Siéntanse cómodos, disfruten la comida

–Gracias de nuevo por invitarme–dijo Lila.

Olga se fue hacia otra mesa y Helga contempló la cuchara del postre preguntándose si podía usarla para sacarse los ojos. Decidió que tal vez, solo tal vez, si podía tener un trago dejaría de pensar en lo mucho que le asqueaba eso. Caminó hacia la barra y miró con atención la variedad de bebestibles, de los cuales no conocía ninguno. Tampoco estaba segura si le darían algo. Después de varios minutos de reflexión decidió no arriesgarse a hacer una escena.

–Dame una gaseosa

–¿Helga?–dijo Arnold detrás de ella, acercándose a la barra para detenerse junto a ella.

–Hola, Arnoldo–Respondió sin mirarlo.

–Me preguntaba dónde estabas, no te vi con tu familia cuando llegué. Te ves... increíble–La contempló de pies a cabezas varias veces.

Helga lo miró de reojo, alzó un lado de su ceja, cruzándose de brazos.

–Toma una foto, durará más–dijo.

–Lo siento–Se sonrojó–. Es raro verte así de arreglada

–Demasiado trabajo–Separó sus brazos para recibir el vaso y bebió un poco, evaluando al chico.

Arnold lucía un traje completo de tono azul piedra. Se había quitado el terno y llevaba un chaleco del mismo color sobre una camisa blanca con suaves líneas en color crema y una corbata verde oscuro que medio combinaba con el vestido de Lila.

Se veía guapo.

No quería verlo.

–No te ves mal, cabeza de balón

–Gracias

–Ve con Lila–dijo bebiendo otro sorbo–. Es de mala educación dejar sola a tu pareja

–Entonces ya la viste

–Los escuché hablando con mi hermana–Rodó los ojos

–Sabes que solo la acompaño como amigo

–No es asunto mío

–Claro–Arnold miró al barman–. Dos gaseosas por favor

–Y otra cosa, Arnoldo

–Dime

–Dile a la señorita perfecta que a menos que Olga nos reúna, ustedes y yo no nos conocemos de nada, no quiero pasar lo que queda de la tarde cerca de ustedes

–Pero...

–Pero nada, cabeza de balón

Helga regresó a su mesa y pudo ver que Arnold volvía donde Lila y le comentaba algo. La chica hizo un gesto de comprensión y le pidió al chico que se sentara con ella. Volteó para ver a Helga y le dedicó una sonrisa amistosa, antes de volver a mirar a Arnold.

«Esto es una pesadilla»

Luego de un rato su hermana la buscó para que se tomara fotografías con ella y las otras damas de honor. A lo que Helga se vio obligada a acceder. Luego siguieron las fotos familiares. Se esforzó en recordar que esa tortura duraría solo un día y que el premio mayor era que Olga ya no viviría con ella, pero -rayos- lo estaban volviendo difícil.

–Esperen, falta mi hermana–Olga se acercó a buscar a Lila, regresó con ella y Arnold.–. Ahora sí, quiero una foto con mis dos hermanas

Helga miró a la pelirroja con deseos de estrangularla, pero ella sólo le sonreía a la cámara, posando.

–¡Maravilloso! ¡Ahora una de ustedes con Arnold!–dijo Olga.

–¡Qué!–Dejó escapar Helga–¡No!

–Es que se ven tan lindos todos

–Pero yo no debería...–Comenzó a decir el chico, incómodo.

Olga lo sujetó del brazo.

–No digas tonterías, ve, párate ahí–dijo la recién casada, ubicándolo entre las chicas.–. Eso. ¡Sonrían!

Les tomaron varias fotografías. Los dos rubios lucían incómodos. De pronto Lila decidió mover a Arnold a un costado y ponerse entre él y Helga para una última fotografía. En ese momento la rubia se soltó del brazo de la pelirroja y se fue.

–¿Qué le pasa? Demonios

El padrino que bailó el vals con ella se acercó a ofrecerle otro baile

–En tus sueños – respondió cansada.

Logró volver a su mesa, obligándose a no cruzar sus brazos y forzando una sonrisa en cuanto notó que tanto Bob como Miriam la vigilaban como si estuviera a punto de explotar. Fue por otro trozo de pastel, pero no pudo ni comerlo. Estaba molesta y para no lidiar con nadie terminó escondiéndose en el baño.

–Estúpidas señoritas perfectas–dijo gruñendo, encerrándose en uno de los cubículos.

Bajó la tapa del inodoro para sentarse sobre el estanque y tener donde apoyar sus pies, se quitó los zapatos y los sostuvo por la parte de atrás colgando de sus dedos, cruzando los brazos sobre sus rodillas y apoyando su mejilla sobre sus brazos.

Una parte de ella deseaba quitarse el maquillaje, cambiar el peinado y desgarrar el vestido. Por primera vez no estaba -tan- celosa de que Arnold y Lila estuvieran juntos, pero dolía verlos ahí y Olga sólo echó sal a la herida.

Debió saber que Olga invitaría a la pelirroja, eran tan parecidas que le daba asco. Pero por qué de todas las personas Lila había invitado al cabeza de balón ¿Qué acaso no podía ser Stinky? ¿Lorenzo? ¿Eugene? ¿Curly? Bueno, tal vez Curly no era una buena idea.


Te ves... increíble


«¡Claro que no!»

La forma en que Arnold la miró cuando se encontraron en la barra... detestaba eso. Cada vez que ella se veía y actuaba como una señorita de buenos modales, dulce, amable y todas esas tonterías, parecía que él perdía la cabeza. Odiaba que él la halagara tanto en esas ocasiones.

Escuchó la puerta abierta y reconoció las risas de Olga y Lila. Rodó los ojos.

«Lo que me faltaba»

–¿Cómo lo estás pasando?–Comentó la mayor.

–Muy bien, todo es tan divertido, hermoso y perfecto. Debió ser mucho trabajo planear una boda así

–Lo fue, pero con la ayuda de mi familia y el maravilloso señor Miller, todo funcionó bien

–Es fantástico, Olga. Mereces una vida feliz

–Gracias, Lila, lo único que lamento es que no fueras una de mis damas de honor

«¿Es en serio?»

–Lo siento mucho–dijo Lila, contrariada–, pero no podía faltar a clases de ballet, tenemos una presentación pronto

«¿Aún practica ballet?»

–Espero con ansias la venta de entradas

–Te reservaré dos, para que vayas con tu esposo

–O podría ir con Helga

–No creo que a Helga le guste

La menor de las hermanas Pataki escuchó que el agua corría.

–Tienes razón

El agua dejó de sonar.

–¿Me ayudas a acomodar la vestido?–pidió Olga.

–Claro

–A veces lamento que Helga no sea más como tú, nos llevaríamos tan bien

«En tus sueños»

–Para eso me tienes a mí–Hizo una breve pausa.–. Creo que la falda ya quedó bien, pero hay que acomodar los hombros– Otro silencio.–. En verdad–Pareció dudar–, envidio un poco a Helga

«¡¿Que tú qué?!»

La chica escondida en el cubículo, casi deja caer sus zapatos, pero por suerte logró sujetarlos a tiempo sin hacer ningún ruido que llamara la atención.

–Ella–Continuó Lila.–es tan independiente, fuerte y decidida. Sé que puede ser hiriente con la gente, pero a veces me gustaría ser un poco más como ella y no tener miedo de incomodar a los demás...

«¿Qué significa eso?»

–Que tontita, Lila, ¿Cómo podrías incomodar a alguien?–dijo Olga–. Eres la dulzura en persona

–Gracias, Olga. Gírate un poco. Sí, así está bien. Listo ¿Volvemos a la fiesta?

–Gracias por tu ayuda, hermanita

Salieron del baño, dejando a Helga más molesta que antes. Sabía que necesitaba calmarse antes de volver o terminaría con Bob gritándole por cualquier mínimo error. Trató de pensar en cosas agradables y en cuánto deseaba que todo terminara para poder irse de allí.

«Y ver a Brainy»

«¡No!»

«¿Qué importa? Salgo con él, puedo querer verlo»

«¡Es un fenómeno!»

«Es mi fenómeno»

«Genial, estoy saliendo con un fenómeno»

Cuando decidió volver a la fiesta, buscó un lugar donde sentarse lejos de sus padres y escuchó a Olga comentar que Lila y Arnold tuvieron que irse temprano, lo que la tranquilizó y le dio la oportunidad de disfrutar lo que quedaba de la tarde.

Estuvo viendo como los amigos de los novios competían respondiendo preguntas de cultura general y bebiendo como castigo. En cuanto las damas de honor empezaron a perder decidió tomar las cosas en sus manos.

–Apártate, amiga–le dijo a una de las chicas, quitándole el micrófono, para dar las respuestas correctas de tres preguntas seguidas.

–¡No es justo!–Se quejó uno de los padrinos.– ¡Ella no está ebria como nosotros!

–¿Qué pasa?–dijo Helga– ¿Temen que les gane una chica de secundaria?

–¿Secundaria?–Los chicos se miraron entre sí.

Todos ellos tenían títulos rimbombantes e intelectuales de universidades importantes.

–¡Es imposible que sepa más que nosotros!–dijo uno

–Veremos–Continuó Helga con orgullo.

–¿Y qué harás si fallas?–dijo otro.

–No fallaré, amigo

–No es divertido así–dijo un tercero.

–Si Helga se equivoca, yo beberé el doble–dijo Olga, acercándose al grupo.

–¿Estás segura? ¿Te vas a emborrachar antes de tu noche de bodas?

–Claro que no. Helga no va a perder–La miró con seriedad.–. Destrúyelos, hermanita

La menor asintió y les dedicó una sonrisa diabólica. El juego continuó. Una a una respondió todas las preguntas de cultura general. Las otras damas tomaron confianza y también respondieron algunas preguntas. Terminaron humillándolos uno tras otro, hasta que los padrinos estaban demasiado borrachos para sostenerse en pie.

–Nos venció una niña de secundaria–chilló uno de los tipos.

–No cualquier chica de secundaria, los venció Helga G. Pataki–dijo, apuntándose a sí misma con su pulgar.

Las otras damas de honor la rodearon, agradeciendo su intervención, felicitándola y burlándose de los chicos.

–Bien hecho, hermanita–dijo Olga.–. Sabía que podías hacerlo

–Tenía que hacerlo. Lo único más molesto que un idiota arrogante es un grupo de idiotas arrogantes

Incluso Bob se acercó a abrazarla, gritando que el apellido Pataki era el apellido de los ganadores. Cuando la soltó, Helga se sentó con su familia, riendo de las estupideces que hacía el resto de los invitados que tenían demasiado alcohol en su sistema.

La gente comenzó a retirarse cerca de las cinco treinta y a eso de las seis la familia Pataki se despidió de los recién casados.