La Revolución de Mestionora
Los Cúmulos de maná
Era día del fuego. Estaban a mitad de semana. Todavía se estaba acostumbrando a su nueva rutina cuando el Sumo Sacerdote la llamó a su despacho pasada la quinta campanada. Que Heidemarie estuviera ahí sin esa aura fría de cada vez que la miraba por primera vez, sonriéndole de verdad, no hizo más que ponerla de buen humor.
–Hermana Heidemarie, me alegra mucho verla aquí el día de hoy.
–También me alegra verte, querida Myneira, sin embargo, acabas de recordarme que debemos trabajar más en tus nobles saludos.
No supo cómo contestar a eso. Los nobles eran como los Ents de Tolkien cuando se saludaban… demasiado tiempo invertido solo en eso.
–Ya que… sospecho que no has venido a corregir mis pobres expresiones y modales, ¿puedo preguntar a qué debo tu agradable presencia en el Templo, querida hermana?
Heidemarie volteó a ver al Sumo Sacerdote y este dio un último visitazo al trabajo de escritorio en su lugar. Hasta ese momento Myneira notó la cantidad estúpida de papeles y tablillas que el hombre había estado revisando sin terminar, según parecía.
–Hoy tendrás un chequeo médico completo. Veo que Fran ya ha llegado también, imagino que la habitación de la hermana Myneira estará lista entonces.
–Así es, Sumo Sacerdote. La hermana Jenni y la hermana Wilma han terminado ya con las preparaciones solicitadas.
Myneira volteó a ver a su asistente principal. De pronto comprendía porque la instaron a realizar el trabajo de oficina en la sala de libros… en definitiva no era un complot para distraerla de sus cuentas y documentos del orfanato y los pedidos a los diferentes gremios para preparar su nuevo taller de papel.
–Ahm, Sumo Sacerdote, acerca de lo que hablamos al respecto el otro día.
–Las he citado para el siguiente día de la hoja.
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–Myneira, si necesitas que te envíe algunos muebles para tu habitación oculta…
–Te agradezco el ofrecimiento, querida hermana, pero, creo que esto es suficiente por el momento.
La puerta se cerró, dejando solas a las dos chicas con el Sumo Sacerdote dentro de la habitación que parecía demasiado grande en ese momento. Por ahora lo único con que contaba era con un banco y un par de cojines junto a un biombo sencillo, una silla, una mesita pequeña y un único libro en el estante… mismo que Heidemarie no tardó mucho en tomar en sus manos para observarlo con asombro y algo más.
–Myne… ¿de dónde sacaste este libro?
–Lo encontré por casualidad en el mercado del sur. Me costó dos oros grandes, una suerte que tuviera suficiente capital en ese momento, aunque es el único libro que tengo por ahora. Lo he leído tantas veces que me sé de memoria cada página. Ahm… Sumo Sacerdote, ¿qué es eso?
En el medio de su habitación oculta se encontraba una especie de tapete con un complicado bordado circular que le recordaba a un mándala… y a sus amigos otakus. Ambos dirían que eso era, sin lugar a dudas, un círculo mágico.
–Eso es un círculo mágico especial para visualizar tus conductos de maná. Ahora, ve detrás del biombo y quítate la ropa.
Sus ojos se abrieron con horror antes de mirar a Heidemarie, la cual estaba sonrojada y confundida, mirando igual de horrorizada al Sumo Sacerdote y escondiéndola detrás de ella de inmediato.
–Milord, solo para estar seguros, no se está refiriendo a qué se retire toda la ropa, ¿cierto?
El Sumo Sacerdote dejó de revisar los viales que acababa de sacar de la bolsa en su cadera para mirar a Heidemarie y luego a ella, frunciendo el ceño lo suficiente para mostrar que estaba molesto y ofuscado.
–¡Por supuesto que no! Basta con que se retire los calcetines y deje su espalda al descubierto, Heidemarie. Debieron enseñarte al respecto en la especialidad de sanación.
Heidemarie soltó un suspiro de alivio y volvió a sonreír, guiándola hasta el biombo y sentándose en el banco para comenzar a ayudarla con su ropa.
–Lo hicieron, mi señor. Sin embargo, el modo en que dio la indicación nos hizo pensar otra cosa.
El Sumo Sacerdote pareció ignorarlas, o al menos Myneira no tenía forma de saberlo porque estaba ocupada quitándose las botas y peleando con sus calcetas, amarradas con listones a su ropa interior por la parte interna.
'¡Estúpida ropa noble! Debería introducir los diferentes tipos de ligueros que había en mi mundo… o por lo menos las pantimedias… no, con este tipo de calzones largos sería más engorroso ponerse y retirarse las pantimedias.'
Estaba terminando cuando Heidemarie le hizo señas de acercarse para poder ayudarla con los botones traseros de su túnica.
–Myneira, quizás sería mejor retirarte la túnica y dejarte solo con tu ropa interior. Es blanca de todas maneras. Sé que podría ser un poco incómodo, pero nos daría una lectura más precisa del estado de tu maná.
La niña solo suspiró con fastidio. La ropa interior noble era casi como un vestido primaveral japonés, perfecto para caminar por el parque o deambular por la playa.
–Voy a seguir vestida de todos modos. No tengo problemas si es para verificar mi estado de salud.
Heidemarie la ayudó entonces a retirarse la túnica y luego le abrió los botones de su camisola interior hasta la cintura, asegurándose de enrollarla hacia adentro para que no se moviera durante la revisión.
–¿Debería hacer algo con mi cabello? Entiendo que no pueda levantarlo todo mientras sea una menor de edad, pero, si se están tomando tantas molestias con mi espalda.
–Tienes razón. Lo trenzaré rápido. Por suerte tengo un par de listones para sostenerlo en su lugar.
Heidemarie recién estaba terminando de trenzarla cuando el Sumo Sacerdote comenzó a apurarlas.
Ambas salieron de detrás del biombo y Myneira fue colocada en el centro del círculo mágico. Heidemarie colocó sus manos en él y de pronto líneas de color rojo fueron visibles sobre la piel y la ropa de la niña, quién observaba aquello con mucha curiosidad.
–¡Es como si pudiera ver las venas de mi cuerpo!
De pronto sintió que alguien la estaba mirando demasiado fijo, congelándola un momento en su lugar.
–¿Qué significa esa palabra de recién? –la interrogó el Sumo Sacerdote–. ¿Yomiaku?
Una de sus manos voló a su rostro. De nuevo estaba hablando en japonés sin darse cuenta. Suspiró resignada antes de volverse a colocar tal y como Heidemarie le explicara antes.
–Son los conductos por los que viaja la sangre por todo el cuerpo para llevar nutrientes y oxígeno.
–Más palabras extrañas –suspiró el chico de inmediato–. ¿Tienes demasiada imaginación o solo inventas palabras conforme las necesitas?
–No estoy inventando palabras y puedo explicar que significa todo lo que digo… es solo que no sé… que palabras usar aquí.
Se mordió el labio cuando sintió un dedo sobre su espalda, guardando silencio para no meterse en más problemas.
–Nunca había visto tantos cúmulos de maná antes –murmuró Heidemarie–, en especial tan desproporcionados. Este de aquí es enrome, pero ella es tan pequeña.
–Parece como si hubiera muerto una vez, de ahí la cristalización. Debió de estar a nada de saludar a la pareja suprema… estos otros de aquí hablan de experiencias cercanas a la muerte por enfermedad… apenas su recipiente volviera a crecer, ella habría estallado sin duda alguna.
'¿No estaba exagerando cuando habló de que yo podría estallar? ¿Qué demonios soy? ¿Una especie de bomba de tiempo?'
–Myneira, quédate quieta por favor. –la regañó el Sumo Sacerdote.
La niña tomó aire entonces, dejándolo salir despacio para calmarse. La idea de volverse una niña bomba la tenía temblando. Necesitaba calmarse.
–No puedo creer la cantidad de cúmulos que tiene por todos lados… o el tamaño de cada uno. ¿Es por eso que parece tan pequeña?
–Así es, Heidemarie. No podrá crecer como sus pares ni hacer demasiado esfuerzo con tantos cúmulos. Hay que deshacerlos todos para que comience a crecer y mejore su salud.
–¿Podré ser una niña normal y correr como los demás?
De pronto el rostro del Sumo Sacerdote apareció frente a ella en tanto las líneas se desdibujaban y Heidemarie comenzaba a abotonarle la camisola de nuevo.
–Es probable. Con el tratamiento adecuado, podrías tener la estatura adecuada y la resistencia suficiente para cumplir incluso con las obligaciones de un sacerdote gris.
Sonrió sin más. Si Heidemarie no estuviera abotonándole la ropa, seguro habría saltado sobre el Sumo Sacerdote para abrazarlo debido a la esperanza que acababa de darle. No solo iba a sobrevivir, de hecho, podría tener una vida normal… nunca deseó más tener un cuerpo saludable y normal como en ese momento.
–Habrá que planearlo con cuidado. Tendremos que llevarla a recoger materiales para un jureve de la más alta calidad y…
–Lord Ferdinand, lamento discrepar, pero… con el tamaño de esos cúmulos y el tamaño de ella… ¿no sería mejor someterla a varios jureves de calidad media?
Su ropa estuvo lista y el Sumo Sacerdote de nuevo erguido en toda su estatura observando a Heidemarie e ignorándola tan fastidiado como Tetsuo cuando las cosas no se hacían a su modo.
Myneira volteó a ver a Heidemarie, esta solo le hizo un ademán de ir atrás del biombo en la misma postura que el hombre frente a ella. Myneira salió tan rápido como pudo a colocarse las calcetas y la túnica. Si los dos eran igual de tercos, esa discusión iba a ser acalorada.
–Precisamente por eso es por lo que un jureve de la más alta calidad es la mejor opción. Debería estar sumergida una o dos temporadas y sus cúmulos habrán desaparecido por completo.
–Eso solo en caso de que sobreviva a la recolección, milord. Entiendo que para usted recolectar ese tipo de materiales sería casi un juego de niños, estoy segura de que incluso para Justus sería una empresa sencilla y divertida, pero estamos hablando de una pequeña niña prebautismal y enfermiza… por no hablar del riesgo de tenerla sumergida dos temporadas, milord.
–Es la opción más rápida, Heidemarie.
–¡No, no lo es! No si tenemos en cuenta que le llevará un año entero, cuando menos, ir a recolectar todos sus ingredientes. Si usamos varios jureves de calidad media, podremos comenzar a sumergirla antes de que se termine el verano o durante la segunda mitad de viento bajo, milord.
–¿Tienes idea de cuantos jureves habría que prepararle?
Hubo un silencio ahí. En realidad, no tenía idea de sobre qué estaban discutiendo y no estaba segura de que salir para que Heidemarie la ayudara con los botones de su túnica fuera una buena idea, aún si ya tenía bien amarradas las calcetas, las botas puestas y la túnica encima.
–No, pero tengo confianza en que puedo ser yo quien la acompañe junto con Eckhart para su recolección. Podríamos utilizar ingredientes vegetales para evitar exponerla a bestias fey peligrosas.
No pudo mantenerse por más tiempo detrás del biombo, saliendo de inmediato para encontrar a Heidemarie con los brazos cruzados viendo hacia arriba y al Sumo Sacerdote con una mano en la cintura y la otra pellizcando el puente de su nariz.
–¿Bestias fey peligrosas? –preguntó la pequeña asomada desde el biombo.
El Sumo Sacerdote soltó un pequeño suspiro y Heidemarie relajó un poco su postura sin quitarle los ojos de encima a la persona frente a ella.
–Si hacemos lo que pide Lord Ferdinand, tendrás que ir con la orden de caballeros a cazar al Señor del Invierno, entre otras cosas.
Heidemarie parecía molesta.
El Sumo Sacerdote parecía igual de molesto.
Ella solo estaba asustada. MUY asustada de solo recordar la enorme tormenta de nieve del año anterior… o cuántos días estuvo en cama debido a la fiebre y el malestar de su cuerpo frente al frío infame.
–Sumo Sacerdote, a pesar de que confío en sus conocimientos… creo que preferiría intentar primero con la sugerencia de mi hermana Heidemarie, por favor.
El Sumo Sacerdote la miraba ofendido y fastidiado en cuanto Heidemarie parecía bastante orgullosa y feliz, caminando hacia ella para ayudarla a abotonar la túnica, llevándola de regreso detrás del biombo.
–Lord Ferdinand, le ruego que me deje probar lo que resta de la temporada, por favor. Si luego de sumergirla dos veces por mes no vemos ninguna mejoría notable, le informaré a Eckhart de que va a necesitar caballeros para ayudarla y protegerla en su recolección.
–¿No crees que estás arriesgando demasiado, Heidemarie?
–Usted me pidió que la acogiera como si fuera mi hermana y eso es justo lo que planeo hacer, mi señor. Por favor, permítame entonces preocuparme y tratarla como si en verdad lo fuera.
–¡Dioses!... Bien, pueden llevarla a recolectar los dos días que debe ir con ustedes al Barrio Noble. Si no hay señales de una mejoría considerable pronto, lo haremos a mi modo.
–Le agradezco, milord. Myneira, estás lista. ¿Quieres que vuelva a peinar tu cabello como lo tenías antes?
La pequeña tomó una de las trenzas en que su cabello estaba recogido, volteando y sonriendo a Heidemarie, sintiendo que empezaba a apreciar más a esta chica que conocía tan bien como ella el dolor de perder a los suyos.
–Me gusta así. Gracias, hermana. ¿Podrías solo colocar mi horquilla en este lugar, por favor?
La joven hizo como solicitó y luego le dio la mano para conducirla fuera del biombo y de la habitación oculta. Apenas salir, dos de sus doncellas grises se apresuraron a entrar para tomar de nuevo el tapete con el círculo mágico y el biombo para doblarlos y transportarlos.
–Hermanita, me encargaré de planear nuestro pequeño viaje de recolección y de mandarte a hacer una tina adecuada. También veré qué te traigan un equipo de formulación y una mesa para ello… quizás un banco pequeño para ayudarte a alcanzar la mesa. Estaremos muy ocupadas las próximas semanas. Será divertido. Lo prometo.
Tanto Heidemarie como el Sumo Sacerdote le dieron sus palabras de despedida, ella contestó lo mejor que pudo y luego siguió con su agenda.
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Al día siguiente estableció un horario para trabajar en el despacho del Sumo Sacerdote para hacer su propio trabajo de oficina y ayudarlo a él con el trabajo del templo. Para el final de la semana se dio cuenta de que la iba a utilizar ahora como una calculadora humana debido a los documentos que le tocó revisar.
El fin de semana, en efecto, pasó la mayor parte del tiempo explorando el bosque noble y recolectando una buena cantidad de frutos con ayuda de Eckhart y Heidemarie, quienes no dejaron de compartir con ella algunas anécdotas de cuando asistían junto a Lord Ferdinand a la Academia Real, volviendo a la casa Linkberg a tiempo para compartir la comida y las clases con Cornelius y Lamprecht.
Para cuando terminó el primer mes del verano la sumergieron en jureve por primera vez. Tardó tres días ahí dentro, siendo recibida por el Sumo Sacerdote.
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–Myneira, ¿puedes encargarte de verificar estás tablillas de aquí?
–¡Por supuesto, Sumo Sacerdote!
Gil, su nuevo asistente le llevó las tablillas indicadas y Myne confirmó por enésima vez en lo que iba de la temporada que no solo estaban usándola para hacer cuentas y verificar el balance de gastos e ingresos del Templo. Tenía un par de días que se dio cuenta de que algunas de las tablillas eran cuentas de otro lugar. Aun así, no dijo nada, solo realizó el trabajo lo mejor que pudo.
Estaba terminando las últimas cuentas cuando la puerta se abrió, dejando pasar a Fran y a uno de los asistentes del Sumo Sacerdote. Era hora de detenerse para comer.
Sonriendo, Myneira terminó de acomodar los documentos en su lado del escritorio del Sumo Sacerdote y luego se sentó en su lugar en la mesa de comida. El Sumo Sacerdote no tardó nada en acompañarla.
Al principio, el hombre se quejaba de tener que detenerse para comer con ella, sin embargo, luego de que comenzó a introducir mejoras en la comida y a presentar platillos inspirados en la gastronomía de su vida pasada, el Sumo Sacerdote dejó de protestar.
–¿Qué plato inventaste está vez? –preguntó el Sumo Sacerdote con curiosidad, luego de que terminaron la ensalada y sirvieron el siguiente platillo.
–Consomé. A Hugo le tomó mucho refinarlo hasta tener la confianza de poder servirlo. Le agradeceremos mucho sus comentarios.
Fran no tardó mucho en pararse a un lado con su díptico para hacer anotaciones. En cuanto al Sumo Sacerdote, Myneira jamás lo había escuchado hablar tanto sobre el mismo tema en un tiempo tan reducido… estaba incluso asombrada por lo rápido que el hombre terminó de comer… o de que pidiera repetir.
–A pesar de que parecía bastante quisquilloso al principio, parece que le ha gustado el consomé, Sumo Sacerdote.
El joven asintió antes de llevarse la cuchara a la boca para su segunda tanda antes de volver a hablar.
–A pesar de su pobre presentación inicial, debo admitir que me ha sorprendido bastante la profundidad del sabor en este líquido dorado que parece tan simple y sin embargo esconde semejante complejidad.
Otra cucharada y el Sumo Sacerdote siguió hablando tanto, que Myneira tuvo que tomar mucho aire para no reírse cuando la idea de que el Sumo Sacerdote se había enamorado perdidamente de un plato de comida se asentó en su mente. El hombre estaba creando todo un ensayo sobre el consomé, una verdadera oda a las promesas ocultas por el hábil cocinero en un plato de aspecto tan sencillo y a la vez refinado.
–Intercambiemos chefs –sugirió el Sumo Sacerdote en cuanto notó que su plato estabavacíodenuevo–. Te pagaré cinco oros grandes por él.
–Hugo no está a la venta, sin embargo, estoy dispuesta a venderle la receta por esos mismos cinco oros grandes.
–Si es solo la receta, entonces no estoy dispuesto a darte más de dos oros grandes.
–Cuatro oros grandes y uno pequeño junto con la promesa empresarial de no dejar que la receta se conozca por un año después de que sea estrenada en mi restaurante.
–Dos oros grandes y uno pequeño entonces.
El siguiente platillo fue servido y ambos dejaron de regatear debido al aroma. Un sentimiento de nostalgia la lleno de inmediato. Acaban de servir a cada uno un ave de corral pequeña bañada en vize con pequeñas verduras de temporada asadas y cortados de tal manera que parecía que el ave estuviera en una cama de flores y pasto. Incluso encontró un pequeño nido de germinados bañados en vinagreta con un par de diminutos huevos duros en su interior. El plato era tan hermoso que tenía miedo de probarlo, sin embargo, la mirada insistente del Sumo Sacerdote la hizo soltar un pequeño suspiro de tristeza antes de tomar sus cubiertos y comenzar a comer.
–Tres oros grandes si incluyes esta receta –insistió el Sumo Sacerdote en cuanto se pasó el primer bocado del ave y el primer bocado del acompañamiento.
–Cinco oros grandes por entrenar a su chef para preparar esos dos platillos. Aún si le doy la receta no podrá igualar el sabor si no se le educa primero. Temo que mis técnicas de cocina son… demasiado vanguardistas para la mayoría de los chefs ya formados.
El Sumo Sacerdote lo consideró un momento, llevándose algunos bocados más antes de mirar a Arno, su asistente en turno y hacerle una seña. Ni cinco minutos más tarde, Myneira observó como Arno entregaba las monedas a Fran sin que ella dejara de poner lo que Lutz llamaba, su sonrisa comercial.
–Como siempre, es un verdadero placer hacer tratos con usted, Sumo Sacerdote. Me sorprendió que fuera usted el que iniciara con el trato por su cuenta.
–Hay cosas que sé que debo tener en el momento en que las veo.
–En el momento en que las prueba, en este caso –se burló ella sin poder evitarlo, haciendo un esfuerzo por no reír a carcajadas ante la actitud demasiado digna y ofendida del Sumo Sacerdote a quien no tardó nada en pasarle una herramienta antiescuchas que su hermana Heidemarie le acababa de obsequiar luego de su último jureve.
El Sumo Sacerdote observó el aparato apenas un segundo y luego lo aceptó sin dejar de mirarla, ignorando el té y las galletas que estaban colocando frente a ambos.
–¿Vas a ofrecerme algo más? No sueles dejar de actuar como comerciante antes de exprimir al menos diez oros grandes de mi bolsa.
–Ojojojo, aunque admito que es muy tentador, en realidad me preguntaba sobre lo que acaba de decir.
–¿Qué cosa? –preguntó el joven llevando la taza de té a sus labios.
–Dijo que hay cosas que debe tener en el momento en que las ve. Alguien estuvo investigando sobre mí después del incidente con el trombe y usted arregló lo de mi adopción muy rápido, así que me preguntaba… si yo no seré una de esas cosas que quería apenas verla.
Lo observó sonreír apenas, divertido, en lo que dejaba la taza en el plato y sus orejas se coloreaban de un rosa tenue, demasiado notorio en la pálida piel del peliazul. Si no hubiera tardado tanto en explicarse, seguramente el pobre noble se habría atragantado o escupido su té en la taza.
'Habría dado lo que fuera por ver cómo se zafaba para verse elegante mientras escupía su té.'
Sonrió un poco en lo que se llevaba la taza a los labios. Heidemarie le explicó en su última visita que usar su taza de té era una excelente forma de enmascarar su boca cuando no podía controlarla.
–Antes de que me pregunte como estoy tan segura de que fue usted, le recuerdo que sé bastante bien que no ha dejado de mirarme como un proyecto de investigación desde que nos conocimos. Que estuviera febril no me impidió notarlo, Sumo Sacerdote.
Su oponente le dedicó una sonrisa de lo más venenosa en ese momento, relajando los hombros incluso antes de adelantar su cuerpo un poco sobre la mesa y descansar los brazos en ella.
–Debo admitir, señorita Myneira, que está resultando un proyecto de investigación de lo más caro. ¿Debería diseccionarla luego de comprar todo lo que pueda venderme o sería mejor optar por experimentos de otra índole?
La actitud irónica de villano de historieta de tercera debería asustarla, el problema es que Tetsuo solía portarse igual en ocasiones, incluso con ella… y solo recordar a dónde los habían llevado esas interacciones, o que su segunda hija fue concebida luego de una discusión similar, estaba haciéndola que se sonrojara demasiado, tanto que el muchacho frente a ella dejó su actitud insolente junto con la herramienta antiescuchas para acercarse más y comenzar a hacerle un chequeo. Su maná entrando en su pequeño cuerpo para revisarla antes de salir ya no se sentía alienígena ni la hacía temblar, era una sensación reconfortante que no esperaba sentir en ese momento y que, de hecho, solo sirvió para profundizar su sonrojo.
–No pareces tener fiebre, pero tienes el pulso demasiado rápido y tu maná está un poco descontrolado.
–Lo siento –murmuró cubriendo su rostro de inmediato, volviendo a la realidad y sintiendo sus ojos llenándose de lágrimas–, yo… lo siento, de veras. ¿Puedo retirarme?
La mirada de científico loco que esperaba ver ahí luego de su comportamiento errático no estaba, en cambio, podía notar preocupación y confusión en los ojos y los gestos del antiguo amo de su hermana adoptiva.
–Fran, asegúrate de que descanse. Ya sabes que hacer.
–¡Entendido, Sumo Sacerdote! –respondió su jefe de asistente antes de tomarla en brazos y llevarla a paso veloz a su recámara y acostarla en el lecho para luego dar algunas indicaciones.
Ahí, oculta en la enorme cama fría e incómoda tomó la herramienta antiescuchas con ambas manos antes de girarse para abrazarse a la almohada y llorar. Era injusto que siguiera de luto luego de tanto tiempo. Era de verdad injusto sentirse así de triste y nostálgica cuando se había estado divirtiendo… o que deseara recuperar todo lo que había perdido.
Ella era una niña de siete simulando tener seis que luego de tener una charla animada deseaba ser abrazada con fuerza por un muchacho diez años mayor. No estaba segura entonces si lo que la había puesto tan mal era el dolor de perder a Tetsuo o darse cuenta de que deseaba el afecto de otro hombre.
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El otoño llegó y con él la nueva temporada de bautizos.
Igual que las veces anteriores, lo primero que vio luego de pasar algunos días regando enormes rocas con una pequeña regadera con agua rosada, fue el rostro del Sumo Sacerdote inclinado sobre ella. Las manos y los brazos del tipo estaban más frías que el cálido y agradable líquido en qué estuvo sumergida, a pesar de ello, una especie de alivio la llenó mientras lo sentía dando palmadas en su espalda para ayudarla a toser.
A diferencia de las veces anteriores, Heidemarie no estaba ahí para recibirla con ese hechizo tan útil o una toalla para llevarla donde sus asistentes para que la bañaran de inmediato. Eran solo ella y el Sumo Sacerdote.
–¿Y Heidemarie? –preguntó más que nada por curiosidad.
–Debería llegar en cualquier momento. Te despertaste antes.
Asintió sin comprender del todo, disfrutando demasiado de ser sacada de la tina por esas manos enormes que no tardaron en convocar la varita que llamaban schtappe y dejarla seca de nuevo.
El Sumo Sacerdote la miraba ahora sin dejar de darse golpecitos en la sien, pensando conforme su mirada brincaba de ella a la tina y a otra cosa más.
–¿Sucede algo, Sumo Sacerdote?
–Heidemarie debería estar aquí para hacerse cargo de ti con tus asistentes en lo que el resto de tus grises se encargan de acomodar las cosas bajo mis indicaciones.
Una segunda mirada y comprobó que el tapete que dejaba ver sus conductos de maná estaba ahí.
–¿Quiere esperar a mi hermana? Podría decirme cuánto extrañó a su calculadora humana estos días.
El Sumo Sacerdote soltó un suspiro de fastidio y ella sonrió. Tenía poco que había hecho las paces con el hecho de saber que ese tipo le gustaba. No era amor, solo una atracción infantil al formar un vínculo de confianza. Por alguna razón, el antiguo Comandante de Caballeros la hacía sentir segura y cómoda más allá de que tuviera gestos que le recordaran a Tetsuo, estaba segura de que se sentiría igual incluso si no notara el parecido.
–Deberías entrenar a algunos grises para resolver cuentas matemáticas con tanta rapidez sin equivocaciones –replicó él al fin–. Haría menos correcciones cuando te ponemos a dormir.
Sonrió sin más, observando al muchacho que acababa de cruzarse de brazos mirándola con un extraño tipo de reproche.
–Puedo enseñar a algunos de los grises que han sido devueltos al orfanato. De hecho, los huérfanos y algunos de los grises mayores hace poco han empezado a reconocer letras y números, incluso los que están a dos años de ser bautizados.
Eso pareció picar la curiosidad del Sumo Sacerdote y el interrogatorio empezó.
Le habló de cómo todos aprendieron muy rápido a crear papel. Le habló también de los juegos de tarjetas de madera que Sasha, uno de los hermanos mayores de Lutz, le ayudó a desarrollar con Wilma decorando hasta dejar dos juegos con las letras e ilustraciones de los dioses y dos juegos más con números y símbolos que parecían ser de los instrumentos divinos, según los niños.
Estaban conversando sobre el interés que mostraban los grises por los juegos que les enseñó con los cuatro mazos de cartas y sus planes para que aprendiera a leer con rapidez utilizando otros juegos, cuando fueron interrumpidos por la voz de Heidemarie en la piedra intercom en la pared. Myneira se sentía un poco fastidiada, como cuando llegaba a la mejor parte del capítulo que estaba leyendo y alguien la interrumpía.
Soltando un suspiro de desagrado, la niña se bajó de la banca desviando la mirada un momento antes de posarla de nuevo en el enorme muchacho sentado en la única silla en su habitación oculta.
–Supongo que retomaremos esta discusión en otro momento.
–Supones bien. Ahora ve con tu hermana. Es hora de decidir si seguirás recolectando flores para formular o si te llevaré conmigo a cazar un par de bestias fey y a recolectar materiales en algunas zonas agrícolas.
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–Milord, le dije que los cúmulos de maná se desharían bien de esta manera.
No podía ver a Heidemarie, pero solo por su tono podía percibir que estaba bastante orgullosa.
–Eso veo… a este paso, debería estar libre de cúmulos dentro de un año, justo a tiempo para su bautizo.
–También lo creo, milord. Puede que los deshagamos antes si la llevo a recolectar ingredientes nuevos un poco más lejos.
–¿Qué tan más lejos?
No estaba segura porque, pero podía notar cierta tensión en la voz tenora del Sumo Sacerdote.
Hubo un pequeño silencio que la hizo voltear, devolviendo su mirada al círculo bajo sus pies casi de inmediato, cuando la enorme mano del Sumo Sacerdote la obligó a mantenerse en la misma posición.
–¡Heidemarie!
–¡Handelzen, milord! Lady Elvira desea llevarnos a conocer a su familia un poco antes de mediados del otoño, dijo algo sobre hablar con usted sobre los planes para Myneira durante la cosecha.
El silencio que siguió no le gustaba demasiado.
Pronto sintió como su ropa era cerrada de nuevo. A juzgar por la breve sensación de una mano cargada de maná sobre la piel de su espalda, estaba segura de que había sido el Sumo Sacerdote.
–Myneira permanecerá en el Templo al igual que yo. Al ser una doncella antes del bautizo, el Sumo Obispo no puede enviarla a ninguna provincia. En cuanto a mí, todavía no sé si se me enviará a alguna ruta o si deberé permanecer aquí para supervisar el Templo.
–Comprendo, milord. Se lo comentaré a Lady Elvira… por cierto, llevo tiempo preguntándome si ha estado tomando algunas opciones nuevas. Se ve mejor que nunca.
No pudo contenerse, volteando de un salto con una sonrisa enorme.
–El Sumo Sacerdote es un glotón, querida hermana. A veces incluso come una ración extra de toda la comida que mis chefs prepa, aaaaghhh, ¡Asilio! ¡Anana! (¡Auxilio! ¡Hermana!)
No entendía porque, pero el Sumo Sacerdote de pronto la tomó de las mejillas, jalando y estirando la piel bajo sus dedos sin dejar de estrujarla.
–¿Pero a ti quién te ha dado permiso de voltear o inmiscuirte en esta conversación, eh?
–¡Aahhhh! ¡Suo sacelote! ¡Luele! (¡Sumo Sacerdote! ¡duele!)
Sus mejillas fueron sacudidas y estrujadas un poco más hasta que Heidemarie comenzó a quejarse del maltrato que su pobre y pequeña hermanita estaba sufriendo, momento en que el chico la soltó.
Myneira llevó ambas manos a sus mejillas, frotándolas con cuidado para ayudar a que la sangre volviera a circular por ellas sin dejar de ver con un puchero al responsable de su dolor.
–¡Torturador de mejillas! ¡Abusivo! ¡Yo solo le estaba respondiendo a mi hermana! ¡Malvado! ¡Feo! ¡Tonto!... ¡Deje de burlarse de mí!
El hombre estaba intentando por todos los medios no reírse a carcajadas sin mucho éxito, provocando que Heidemarie la tomara en brazos y la sacara, curándole las mejillas con una breve bendición para luego empezar a dar indicaciones a los grises bajo su cargo.
Apenas Jenni y Rossina comenzaron a prepararle ropa limpia y un baño, su hermana soltó una breve risita que la hizo voltear.
Se cruzó de brazos e infló las mejillas volteando a otro lado. Tenía la apariencia de una niña de cinco, podía portarse tan infantil como le viniera en gana, aún si eso significaba que Heidemarie también se burlara de ella.
–¡Querida hermanita! ¡Eres tan adorable cuando te enfadas! –comentó su hermana adoptiva entre pequeñas risas que la hicieron sentirse incómoda.
–¿Qué es tan gracioso?
–¡Oh, nada! Además de que tengo una hermana preciosa y adorable, solo estoy feliz de que mi pequeña hermanita ponga de tan buen humor a Lord Ferdinand. Nunca lo había visto reír antes de ese modo. Eckhart morirá de la envidia cuando le cuente.
–¡No soy el bufón particular del Sumo Sacerdote! ¡No me gusta cuando se burla así de mí! ¡Se supone que lo estaba insultando, no entreteniéndolo!
Estaba de verdad molesta y frustrada de nuevo. Que Heidemarie pasara una de sus manos sobre una de las mejillas ofendidas con dulzura la hizo soltar su enfado, obligándola a voltear.
–Imagino que no es la primera vez que lo haces reír, ¿o sí?
Myneira negó despacio, rememorando todas y cada una de las veces. Por lo general el muchacho se reía de las bromas que parecían lanzarse entre ironías y sarcasmos, sentados en el mismo escritorio para revisar documentación y cuentas del Templo y solo los dioses sabían de donde más.
–Por favor, sigue llevándote igual de bien con él, Myneira. La vida de Lord Ferdinand no ha sido fácil. Sospecho que fuera de su hermano mayor, no hay nadie con quien pueda divertirse a sus anchas.
No pudo responder. Jenni la tomó en brazos para comenzar a preparar todo para asearla.
Cuando estuvo lista se despidió de Heidemarie y cenó con el Sumo Sacerdote, el cual evitó a toda costa hablar acerca de lo que ocurrió dentro de su habitación oculta.
