La Revolución de Mestionora

El Asqueroso Sumo Obispo

La reunión de los sacerdotes azules llegó sin que comprendiera del todo lo que estaba pasando. Las miradas que algunos de los hombres en túnicas brillantes le daban eran de fastidio, a pesar de todo, ella siguió andando con la cabeza en alto y un paso firme. Pocos eran los que la miraban con curiosidad.

—Bien, bien, veo que todos estamos aquí… incluso la pequeña Myneira —comentó de repente el viejo hombre de cabello cano y barriga considerable mirándola con una sonrisa bonachona que la hizo dudar de su primera impresión—. Escuché hace poco que eres hija de la familia Liljaliv.

—Así es, Sumo Obispo. Mi hermana mayor, Heidemarie lamenta no poder llevarme a casa hasta no unir sus estrellas con su prometido para poder adoptarme como su hija.

—Tu hermana es… una mujer extraña. Podría haberte dejado al cuidado de Caroline para que crecieras junto a Estefan.

Myneira miró al Sumo Sacerdote, el cual solo negó un momento antes de responder por ella.

—Temo que Lady Heidemarie temía que la segunda esposa de su difunto padre estuviera demasiado ocupada siendo la Wiegenmilch de Estefan, en especial luego de que dicha mujer sacara de la casa a Heidemarie a pesar de ser la heredera del nombre y la propiedad de los Liljaliv.

—¡Son solo detalles, Ferdinand! —desestimó el Sumo Obispo con una mirada cargada de fastidio dedicada al Sumo Sacerdote antes de mirarla de nuevo a ella con esa sonrisa falsa y zalamera de hacía un rato—, tengo entendido que la vida de los huérfanos y las mejoras en el Templo son debido al dinero que has estado donando cada mes, Myneira. No puedo menos que agradecer a los dioses por traerte a nosotros y alejarte así de las intrigas que tu hermana mayor pudiera estar complotando en contra de la honorable Lady Caroline.

No estaba muy segura de que responder. Se sentía incómoda por el cambio tan marcado de actitud que este hombre mostraba. De pronto se encontró deseando que estuviera ebrio y en medio de una resaca para que sus facultades mentales estuvieran tan nubladas como para pasar por alto cualquier desliz.

—Yo también estoy agradecida —respondió con una sonrisa nerviosa antes de mirar al Sumo Sacerdote, recibiendo un asentimiento de cabeza y nada más, reconfortándola de algún modo.

—Esperamos poder tenerte con nosotros por mucho tiempo más, pequeña Myneira. Aun si logras volver a la sociedad noble, puedes considerar el Templo tu hogar tanto como lo desees.

De pronto estaba sintiéndose mal. El hombre parecía un abuelo amable y dispuesto a proteger a su pequeña nieta caída en desgracia tal y como ella habría dado asilo y apoyo a sus propios nietos cuando todavía eran pequeños… sin embargo, algo en el hombre la hacía seguir pensando que todo ese bonito discurso era una forma velada de decirle que esperaban contar con su dinero en los años por venir. Una mirada al Sumo Sacerdote y comprendió que él había captado también ese último significado. Parecía molesto a pesar de estar tan serio como de costumbre.

El Sumo Obispo procedió a felicitar a algunos azules. Myneira notó que eran los mismos que la habían mirado de manera despectiva. Para quienes la miraron con curiosidad no hubo felicitación o regaño alguno.

Pronto una doncella de hábito gris extendió un mapa sobre la mesa y el Sumo Obispo procedió a nombrar uno por uno a cada sacerdote azul junto con una cantidad dispar de lo que ella pensaba eran pueblos o algo así. Tuvo que estirar su cuello tanto como pudo para poder leer el mapa. En efecto, los nombres dados por el Sumo Obispo eran nombres de diferentes zonas agrícolas, villas y un par de ciudades.

—Ferdinand, ya que estás… apoyando a Lady Heidemarie con la hermana Myneira, espero que comprendas que deberás quedarte aquí por esta ocasión para asegurarte de que la niña… esté bien protegida.

—Cómo usted ordene.

Las miradas preocupadas que le dedicaron al Sumo Sacerdote algunos de los sacerdotes con menos asignaciones y las sonrisas desdeñosas, cargadas de burla de todos los otros, no le pasaron desapercibida. ¿Exactamente qué estaba pasando ahí?

—Bien, bien, de momento es todo. Nos reuniremos de nuevo una semana después de terminar con el festival de la cosecha. Hermana Myneira, espero que disfrutes tu estadía en el Templo durante nuestra ausencia.

Ella solo asintió sin atreverse a decir nada, confundida todavía por lo que acababa de pasar.

Más tarde, cuando ella y el Sumo Sacerdote estuvieron de nuevo a salvo en la habitación/despacho del Sumo Sacerdote, la niña no pudo seguir conteniendo sus dudas por más tiempo, colocando la herramienta antiescuchas entre las tablillas que estaban revisando en ese momento.

—¿Qué ocurre?

—Eso es lo que quisiera saber. Parecía que algunos de los sacerdotes lo estaban viendo con lástima y otros con burla por no ir al Festival. ¡No lo entiendo!

El Sumo Sacerdote soltó un suspiro un poco cansado sin dejar de revisar, escribir o atreverse a soltar el pequeño cascabel que ella le pasó.

—Los sacerdotes azules deben ir a las provincias agrícolas para recolectar impuestos y realizar los ritos de bautizo, mayoría de edad y unión estelar. De los impuestos recolectados, se les asigna un porcentaje como pago por su trabajo.

Myneira dejó de escribir en ese momento, asustándose cuando una gota grande y gorda de tinta cayó en su tablilla, limpiándola con apuro antes de mirar al Sumo Sacerdote más preocupada al captar el significado de su explicación.

—¿Va a quedarse sin dinero por cuidarme? ¡Eso no está bien!... y… si a los sacerdotes se les da un porcentaje de lo que recauden… a menos que el Sumo Obispo haya repartido las provincias en base a la cantidad de impuestos que van a pagar…

—Myneira, no digas ni una palabra más. Las cosas son tal como imaginas desde hace mucho tiempo y no hay nada que podamos hacer.

—Pero…

—¡No hay nada que puedas hacer! ¿O pretendes usar tu fondo personal para equilibrar la diferencia de entradas de dinero a los azules? ¿O a mí?

Quizás debido a que habitaba en el cuerpo de una pequeña niña enferma que apenas volver a su casa por las noches era mimada y consentida con abrazos, besos y sonrisas hasta el hartazgo cuatro o cinco días a la semana, no estaba segura, solo sabía que tenía ganas de gritar y llorar y darle una patada entre las piernas al Sumo Obispo cuando notó que acababa de inflar las mejillas sin poder leer o escribir nada de lo que tenía en frente.

—Te preocupas demasiado. —comentó el Sumo Sacerdote sin darle una segunda mirada, afanado con el trabajo de escritorio que tenía sin hacer.

—Pero… no entiendo si el Sumo Obispo lo está dejando de verdad para cuidarme o si es por desprecio… y si es por cuidarme me siento terriblemente responsable por dejarlo sin el dinero que debe necesitar y…

—No moriré de hambre ni dejaré desprotegidos a mis grises por no asistir al Festival de la Cosecha de este año. No te preocupes. Tengo dinero suficiente para mantenerme algunos años sin tener que mover un dedo.

Eso la dejó bastante confundida. ¿Tanto dinero ganó como Lord Comandante?

No, por más que lo pensaba, no tenía sentido. Estaba tentada a preguntarle cuando notó que el muchacho frente a ella estaba de verdad inmerso en su trabajo. En circunstancias normales estarían terminando en ese momento, la junta de hace un rato, sin embargo, les había robado poco más de media campanada y ahora estaban atrasados. Que el Sumo Sacerdote y ella misma tuvieran tan poco personal capacitado para trabajar en la oficina lo volvía todavía más tedioso.

—Entiendo. Aunque eso no me deja claro si soy responsable o no de que lo excluyeran de una actividad necesaria.

—No lo eres. Ahora concéntrate antes de que llenes más cosas de manchas.

Myneira se concentró tanto como pudo. Apenas sacar las cuentas de tres tablillas más, su mente volvió a insistir. Si ella no era responsable, significaba que el Sumo Obispo lo estaba haciendo adrede… eso explicaba la manera en que se refería a él.

No lo llamaba Sumo Sacerdote. Tampoco Hermano Ferdinand, ni Lord Ferdinand… era solo Ferdinand a secas y con un tono de voz extraño que la hacía pensar en un yakuza de las películas tratando de intimidar a algún oficinista con estudios, pero sin suficiente poder para quitárselo de encima.

—¿El Sumo Obispo es así de… desagradable todo el tiempo o solo cuando alguien le hace algo y en realidad es rencoroso?

La pluma del Sumo Sacerdote se detuvo entonces y los ojos dorado pálido abandonaron las letras para mirarla a ella al mismo tiempo que un suspiro de cansancio apenas disimulado escapaba de él.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno… no estoy muy segura si el Sumo Obispo lo trata como si fuera una mascota o si solo siente algún tipo de rencor hacia usted, Sumo Sacerdote.

—¿Qué te hace pensar eso?

—Además de que se refiere a usted sin honoríficos, ni títulos y que parece que escupiera su nombre cada vez que habla con usted… por no mencionar el cambio de actitud tan drástico que tiene cuando le habla…

—No es algo que te incumba o en lo que deberías meterte, Myneira. Por favor, concéntrate en la parte que te toca el día de hoy para que puedas irte a estudiar. Heidemarie dijo que vendrá en tres días para empezar a darte clases de historia y geografía.

'¿Clases con Heidemarie? ¡Eso debe significar que me traerá libros!'

Sabía que estaba sonriendo porque de pronto su humor estaba mucho mejor que un momento atrás. Por supuesto, apenas terminó la siguiente tablilla le lanzó una pequeña amenaza al Sumo Sacerdote.

—Esperaré a que el Obispo se haya ido entonces para retomar el tema. No me gusta que traten mal a las personas que no lo merecen y usted claramente no lo merece.

Lo escuchó soltar una ligera risilla sarcástica que la hizo tensarse. Tetsuo se reía igual cuando se daba cuenta de que alguno de sus proyectos iba a fastidiar a alguno de sus colegas que, además, no le agradaba.

—¿Cómo puedes estar tan segura de que no lo merezco? ¿O de que estoy siendo maltratado?

—Tengo dos ojos y dos oídos que funcionan a la perfección. Además, no soy tan tonta cómo para no darme cuenta de las cosas. Voy a conseguir respuestas, eso puede apostarlo.

—Deja de meter las narices donde nadie te llama y concéntrate en ti misma. Tienes mucho que aprender todavía y muchas tablillas que calcular por lo que veo.

Frunciendo el ceño y la boca para mostrar cuan enfadada estaba, la niña dio un jalón a la cadena de su herramienta mágica, enfurruñándose un poco más al notar que el Sumo Sacerdote estaba dejando escapar una risa burlona muy pequeña.

'Usted no es el único que puede ser bastante molesto cuando quiere, así que me concentraré en mis libros nuevos. ¡Libros, libros, libros, libros, libros! ¡Libros, libros, libros, libros, libros! ¡Tendré, libros nueeevos! ¡ow!'

—¿Qué tarareas, Myneira? No recuerdo haber escuchado antes esa melodía.

—Me encantaría decirle, Sumo Sacerdote, pero le recomiendo que se concentre en usted mismo. Tiene muchas responsabilidades que cumplir y muchos documentos que revisar todavía.

Esta vez no fue el Sumo Sacerdote, sino los asistentes grises que los estaban apoyando quienes soltaron pequeñas risitas mal disimuladas a su alrededor.

Podía sentir con claridad la mirada cargada de reprobación del Sumo Sacerdote, pero en serio, ella no iba a dudar en devolverle sus palabras, después de todo, ella no era su hermana Heidemarie ni Lord Eckhart para ponerlo en un altar inalcanzable.

.

Estaba orgullosa y feliz.

Su padre y Lutz la estuvieron apoyando al llevar a los huérfanos al bosque a recolectar provisiones y material para hacer papel una vez por semana.

La semana anterior, tanto su familia como la familia de Lutz la apoyaron para que los huérfanos pudieran participar en la matanza del cerdo… aun si ella terminó con náuseas debido al aroma. Estaba más que consciente sobre de dónde venía la carne que comía y el proceso por el que debía pasar, pero como buena japonesa, ella siempre había comprado la materia prima muerta, limpia y lista para su consumo, así que, ver la sangre, las vísceras y soportar el hedor de aquello fue demasiado abrumador.

Justo ahora estaba volviendo del despacho del Sumo Sacerdote con una sonrisa enorme por haber recibido permiso de su guardián en el Templo para que los grises del orfanato pudieran preparar cera para hacer velas a las que se les quitaría el hedor y pegamento, además de que su mimeógrafo llegó esa misma mañana y funcionaba a la perfección, por lo que podría comenzar a imprimir de inmediato el primer tomo de la Biblia para niños. Estaba más que segura de que, así como las cartas de karuta, los naipes, la lotería y el memorama, los libros de la biblia infantil serían un éxito comercial que podrían utilizarse para mejorar la lectura.

—Hermana Myneira, que alegre coincidencia encontrarla aquí justo ahora.

La voz del Sumo Obispo la hizo detenerse y dejar de sonreír del todo, dejando solo una sonrisa amable y formal.

—Sumo Obispo, espero que este teniendo un buen día.

—Parece que no hace más que mejorar. Dime. Escuché que serás bautizada en el verano.

—Así es.

El Sumo Obispo seguía sonriéndole, lanzando una mirada despectiva a Fran y luego otra que no le gustó nada a Jenni.

—Escuché que has estado educando a tus grises para que sean capaces de leer, escribir y llevar a cabo la contabilidad del Templo entre otras tantas cosas.

—Así es –respondió de inmediato.

—Me preguntaba si podrías prestarme a Jenni para que me ayude. Mis asistentes actuales no están tan bien educados y necesito que revisen algunos documentos y hagan cotejos con el material que estaré llevando conmigo. De hecho, ¿por qué no me permites llevarla a ella o a Hanna como apoyo para el Festival de la Cosecha? Tendrían la oportunidad de salir del templo y ganarían una propina por sus servicios.

Algo en el modo en que estaba mirando a Jenni no le gustaba para nada, de echo le estaba provocando náuseas que tuvo que tragarse antes de mirar a Jenni y notar la mirada cargada de terror o la sonrisa vacía con que intentaba cubrir su desagrado.

–Sumo Obispo, aunque comprendo su petición, temo que no puedo prestarle a ninguna de mis doncellas, ya que todas son malas en cálculo. Si tanto necesita ayuda y está dispuesto a dar una compensación, podría prestarle a Fran. Es excelente en todo aspecto y…

—Creo que no lo comprende, hermana Myneira. Fran no me sirve para esto. Necesito el toque femenino que solo una doncella bien educada puede dar.

Era peor de lo que pensaba. Volteó a verlos a ambos antes de ordenarle a Fran que le entregara las cosas que llevaba cargando a Jenni para que llevara todo a su habitación a fin de preparar sus lecciones, justo antes de voltear.

—Cómo usted dijo durante la reunión, soy demasiado joven para ser de ayuda durante el Festival de la Cosecha, sin embargo, me parece que puedo auxiliarlo antes de que se vaya. No hay necesidad de darle a mis doncellas sabiendo que no van a cubrir sus expectativas en este momento.

El viejo gordo respingó sin cubrir muy bien su enfado, cambiando pronto su cara a una que la hizo temblar, luego de ello volteó a ver a sus asistentes.

—Fran, conmigo. Jenni, ve que mis lecciones sean reagendadas para mañana y asegúrate de que Hugo y Elah preparen la comida para enviarla al orfanato. Avisa que hoy tomaré la cena con el Sumo Obispo, por favor.

No quería ir. Tenía la ligera impresión de que estaba yendo directo a la boca del lobo, pero tampoco iba a poner en riesgo a la gente bajo su cargo, así que tomó aire, levantó la barbilla y comenzó a caminar fingiendo que estaba tranquila conforme escuchaba la perorata incesante del Sumo Obispo sobre lo maravilloso que era tener una joven tan hábil en el Templo y lo mucho que le sería su ayuda esa tarde.

Cuando llegaron, el Sumo Obispo le ordenó a Fran que cerrara la puerta y le dio algunas asignaciones que, para sorpresa de Myne, debería cumplir fuera de la habitación, en la cual solo había doncellas grises. Una de ellas tenía un moretón asomando apenas por la manga de su hábito y de otra podía ver a la perfección un chupetón que parecía doloroso, asomando demasiado cerca de su cuello.

—¿Y bien? ¿Cómo puedo serle de ayuda con sus preparaciones?

—Hermana Myneira, es usted una niña tan preciosa y responsable. ¿Seguro quiere iniciar con algo tan aburrido como las preparaciones y el trabajo? ¿No preferiría sentarse un momento y descansar?

La pequeña miró en derredor, caminando hacia la mesa vacía y no hacía la cama llena de almohadones que el Sumo Obispo había señalado.

—Le agradezco, Sumo Obispo. Ya que Fran se fue, ¿podría una de sus doncellas ayudarme a subir? Mi hermana suele decirme que mi tamaño no es un pretexto para perder la gracia de mis movimientos.

El fastidio y la desilusión asomaron a las facciones del Sumo Obispo por un segundo o dos antes de que volviera a colocar su rostro de amable Santa Claus, caminando despacio hacia ella y haciéndole una seña a las doncellas, las cuales corrieron de inmediato a abrir las sillas. Una de ellas la tomó en brazos con cuidado para sentarla.

Apenas Myneira estuvo en su asiento, intentó tomar su díptico, recordando de pronto que Fran se lo había llevado consigo al ir a atender las múltiples tareas que el Sumo Obispo le encomendara.

—¿Y dime, Myneira? ¿puedo llamarte solo por tu nombre?

El tono empalagoso y santurrón que el hombre estaba usando no le agradaba, menos aún que quisiera tutearla, sin embargo, en ese preciso momento llevaba las de perder.

—Aunque me honra su proposición, Sumo Obispo, temo que no podría pedirle que se saltara las reglas de ese modo.

—Tú puedes llamarme Beezewants, de ese modo, ninguno estaría rompiendo las reglas.

La falta de té o galletas para cubrir su incomodidad fue algo que en verdad echó de menos. Esta persona parecía no tener nada de modales, según veía.

—No me atrevería, Sumo Obispo. Usted es… demasiado importante y talentoso para que pueda llamarlo por su nombre, después de todo, usted es la cabeza del Templo. El líder religioso de Ehrenfest.

El viejo pareció comenzar a brillar ante los halagos, enderezándose más e incluso sumiendo un poco la panza sin dejar de sonreírle.

—Myneira, Myneira —dijo el Sumo Obispo entre risitas extrañas—, ahora me explico que Ferdinand te haya tomado bajo su ala. Eres una nenita tan inteligente como atractiva. Seguro que en unos años estarás nadando en oros.

Sonrió como pudo, no muy segura de estar comprendiendo correctamente a qué se refería ese hombre con aquello de nadar en oros.

—El Sumo Sacerdote ha sido muy amable en tomar a una niña como yo bajo su custodia. Sé que cuando aceptó ayudar a mi hermana Heidemarie a criarme estaba tomando una enorme responsabilidad. El Sumo Sacerdote tiene, por tanto, todo mi agradecimiento.

—Oh, vamos. Era natural que aceptara. Un simple bastardo como él no podría aspirar a algo más. Es una desgracia saber que no llegarás muy lejos si te quedas como su pupila, Myneira preciosa. Marca bien mis palabras. Yo sería un guardián más adecuado para ti y tus pequeños emprendimientos.

'¿Pequeños emprendimientos? ¿Mejor guardián? ¿Bastardo? ¡¿Qué demonios está pasando aquí?!'

Desesperada por no tener con qué disimular sus pensamientos, la pequeña cerró su puño para toser dentro de él un par de veces. Esto pareció poner al Sumo Obispo sobre aviso porque de inmediato comenzó a ordenar a gritos nada educados o amables a las chicas en su habitación que sirvieran agua y llevaran algo para picar.

Apenas tuvo una copa llena de agua para refrescarse, se apresuró a tomarla con cuidado y tomarse su tiempo, simulando beber cuando en realidad no lo estaba haciendo.

Algo que había notado muy pronto, tanto en el Templo bajo la guía del Sumo Sacerdote, como cuando iba a la casa de los Linkberg era que los nobles siempre probaban la comida y bebida que estaban ofreciendo y este hombre no había hecho nada de eso. Algunos libros de novela histórica y datos curiosos comenzaron a aparecer con rapidez en su mente sobre la historia de la Europa medieval en la Tierra. ¿Cuántos nobles murieron envenenados en la antigüedad porque la comida iba alterada? ¿Cuántos otros hacían que sus lacayos probaran todo antes de ponerse a comer?

Recordó cuando estuvo leyendo "Canción de Hielo y Fuego" y lo sorprendida que estaba por la muerte del primogénito de la reina Cersei.

Estaba segura de que no había veneno en su copa, pero ¿quién le aseguraba que no habría otras sustancias ocultas ahí?

Por suerte, la manera de beber que el Sumo Sacerdote, Heidemarie e incluso Lady Elvira le estuvieron taladrando una y otra vez no solo servía para comer de una manera elegante, también para simular estar bebiendo uno o dos sorbos iniciales cuando la taza ya estaba vacía o cuando no se deseaba probar de verdad. En ese momento cayó en la cuenta de porqué los nobles pasaban el dedo por encima de sus tazas de té o de la comida que ofrecían luego de probarla. Eran pruebas de que sus alimentos no estaban envenenados.

—Le agradezco su atención, Sumo Obispo. Entonces, ¿con qué desea que le ayude?

El hombre parecía un tanto incómodo e impaciente ahora. La forma en que evitaba tomar de su copa o como se limpiaba las manos sobre las rodillas cada tanto no le pasó inadvertida, poniéndola más nerviosa aún.

—Antes de que nos pongamos serios y comencemos a trabajar, tú eres solo una pequeña niña, Myneira. Estoy seguro de que mueres de ganas por jugar y divertirte como otros niños de la nobleza, sin embargo, ese odioso de Ferdinand no ha parado de utilizarte y ponerte a trabajar como si fueras un adulto. Y encima de todo están todas esas clases que te están dando. Estoy seguro de que debes desear un descanso más que nada y hacer cosas divertidas, por supuesto.

Le daría la razón si de verdad fuera solo una niña de seis años sin preocupaciones por su familia. Le daría algo de razón si no se fuera todas las noches a su casa para bañarse en el afecto de su hermana o de sus padres. Incluso clamaría que deseaba divertirse si no se divirtiera tanto abrazando a su madre y contándole historias al vientre donde residía su próximo hermano o hermana menor. Estaba tan entusiasmada con el prospecto de ser la hermana mayor de alguien, que todos los días, mientras caminaba de vuelta a casa, no paraba de pensar en los juguetes que haría y los libros que produciría, repasando una y otra vez el material que tenía disponible y a su alcance.

—Bueno, le agradezco por su preocupación, sin embargo, de vez en cuando juego con los huérfanos a mi cuidado, cuando mi salud me lo permite, por supuesto. También descanso muy bien cada noche. En cuanto al trabajo con que ayudo al Sumo Sacerdote, me parece entretenido, sin olvidar que estoy aprendiendo bastante y contribuyendo con el Templo que me ha recibido y resguardado a la vez.

El Sumo Obispo fingió una risa divertida que, para su desgracia, sonó como un extraño Jo jo jo.

El hecho de que las doncellas ahora evitaran mirarla a toda costa no le gustaba en lo absoluto.

—Eres una niña muy buena, Myneira. Te diré con qué necesito que me ayudes, pero solo si juegas antes un juego conmigo. A los adultos también nos gusta jugar en ocasiones. Verás que es divertido, querida.

Tuvo que fingir que tomaba otro sorbo sin que la copa o el líquido llegaran a tocar sus labios de verdad, pensando en cómo negarse. No le gustaba nada.

—Sumo Obispo… yo… tengo algunos juegos nuevos que estuve desarrollando con los niños del orfanato. Son divertidos y pueden jugarse sentados en una mesa.

—¿Juegos en una mesa? Myneira, no puedes encontrar eso realmente divertido. Los niños necesitan moverse. Correr, saltar. Tocar y probar cosas nuevas…

'¿Tocar y probar cosas nuevas? ¡Este hombre suena más y más como un, un…'

—Si, he visto a muchos niños jugando de esa manera, Sumo Obispo… ahm… lamentablemente mi salud es muy precaria. Usted sabe. Mi madre murió poco después de que yo nací y Heidemarie tuvo que encontrar un modo de mantenerme con vida. Creemos que eso fue lo que me llevó a tener un cuerpo tan frágil, que podría desmayarme si corro o salto así sea un poco.

La respiración se le cortó. Los vellos de la nuca y de sus brazos se levantaron en punta. La sensación inequívoca de que estaba caminando en hielo demasiado delgado la invadió provocando que su corazón latiera demasiado rápido. Todo a causa de la mirada de descarada depravación y la lengua rosada asomada por entre la barba y el bigote blancos del Sumo Obispo que parecía estar por tirar a la basura su máscara de buen Santa Claus.

—Oh. No puedes correr ni saltar. No te preocupes, querida, no dejaré que corras o saltes. Te enseñaré un juego divertido que puedas llevar a cabo sin tener que moverte demasiado.

El hombre se puso en pie en ese momento, caminando sin dejar de mirarla como si fuera un montón de dinero o un apetitoso plato de comida. Myneira se removió en su asiento sin saber que hacer. No podía escapar. La puerta estaba cerrada y las doncellas estaban a su alrededor sin atreverse a mirarla, pero en lugares estratégicos para atraparla en cuanto bajara de la silla o tratara de escabullirse.

—Dime, linda Myneira —preguntó el hombre luego de agacharse un poco, pasando un dedo rechoncho por su mejilla como si fuera lo más natural del mundo sin dejar de mirarla—, ¿no te gustaría jugar conmigo? Me pondré muy triste solo de pensar que juegas con el Sumo Sacerdote todos los días, pero no conmigo. ¿No te gustaría ser mi amiga, también?

Iba a vomitar. Estaba más que segura de que iba a vomitar. Volteó a todos lados a punto de comenzar a gritar para llamar a Fran cuando sonaron algunos golpes en la puerta de a dos en dos hasta que contó ocho.

Para su alivio, el Sumo Obispo se enderezó sin ocultar su furia y una de las doncellas se aproximó a la puerta para abrir. El Sumo Sacerdote entró en ese momento.

—¡¿Ferdinand?! ¡¿Qué estás haciendo aquí?! ¡¿No se suponía que estabas ocupado con los documentos de viaje de los otros azules?!

Los ojos del Sumo Sacerdote se posaron en ella por un par de segundos. Su ceño frunciéndose y su boca más tensa de lo normal antes de esconderlo todo detrás de una sonrisa brillante.

—Lamento mucho interrumpirlo, Sumo Obispo. Temo que no logro encontrar las tablillas con las rutas de uno de sus preferidos. Pensé que alguna de sus asistentes lo habría tomado por error y vine a buscarlo antes de que me quede sin tiempo para revisarlo.

El Sumo Obispo pareció gruñir por un momento. Las dos doncellas que estaban detrás de ella emitieron breves chillidos de miedo en ese momento, antes de comenzar a correr como locas por la habitación, buscando las dichosas tablillas.

El Sumo Sacerdote desvió su mirada apenas un momento, mirando la copa y luego a ella. No fue demasiado difícil dejarse engullir por el miedo, tirar la copa y caer de espaldas contra el respaldo de la silla.

—¡Fran! —llamó el Sumo Sacerdote con una voz de trueno que no escondía para nada su descontento.

—¡¿Qué crees que estás haciendo, maldito bastardo?!

El Sumo Sacerdote ignoró al Sumo Obispo, entrando de inmediato y caminando hacia ella cuando Fran no apareció, llegando en menos de un segundo a su lado y comenzando a hacerle un examen médico.

—¡Tú! La que sigue en la puerta perdiendo el tiempo, ¡trae algo para limpiar este desastre de inmediato y busca a Fran! —ordenó el Sumo Sacerdote antes de colocar su mano sobre la nuca de ella, dándole una descarga de mana algo mayor a la usual sin soltar la mano en que debía estarle tomando el pulso.

—¡Maldita sea, Ferdinand! ¡Que seas el bastardo de Adalbert no te da ningún derecho a entrar de ese modo a mi habitación y darle órdenes a mis asistentes! ¡Tú no eres nadie en este lugar! ¡¿Me oyes?! ¡No eres más que otro asistente para MI, igual que esa niña Liljaliv! ¡Maldito bastardo!

Estaba tan asustada que comenzó a temblar. Una nueva descarga de maná entró en su sistema y luego el Sumo Sacerdote comenzó a presionar algo sobre su frente, algo frío que le trajo recuerdos de la primera vez que vio esos inquisitivos ojos oro pálido mirándola con atención.

—La hermana Myneira está bajo MI protección. No tengo idea de qué le dio o que estaba haciendo aquí, pero tiene fiebre en este momento. Debo llevarla a su habitación de inmediato.

—¡No puedes hacerlo, Ferdinand! ¡Y esa mocosa no puede estar tan mal! ¿Qué es un poco de fiebre de todos modos? Si te preocupa tanto solo retírale el hábito y acuéstala en mi cama para que descanse y le baje la fiebre.

Una tercera dosis del maná de Ferdinand entró en ella justo antes de que la soltara.

Los temblores ya eran incontrolables. Le costaba trabajo respirar. El maná que tenía en su interior estaba saliendo a raudales, mezclándose con las tres dosis de maná ajeno sin que pudiera doblarlo o guardarlo de nuevo en su caja debido a la certeza de lo que el Sumo Obispo quería hacer con ella. Podía sentir lágrimas gruesas y ardientes a punto de escapar de sus ojos en tanto el Sumo Sacerdote colocó otra de esas piedras frías en su frente para drenarle el maná.

—¿Quieres volverte un cráter en el suelo, Sumo Obispo Beezewants? —amenazó el Sumo Sacerdote con una voz gélida y apenas alterada por la ira—. Si esa es tu intención, bien, haré lo que deseas. El maná de la hermana Myneira se está descontrolando demasiado a causa de la fiebre. Si no recibe el tratamiento adecuado va a estallar… pero tal y como usted ha dicho, yo no soy nadie en este Templo, solo uno más de sus sirvientes, así que, dígame, ¿recuesto a la hermana Myneira entre sus almohadones para que estalle en menos de un cuarto de campanada o me permitirá llevarla a un lugar adecuado donde tratarla?

No supo si fue la amenaza de que moriría junto con ella o la seriedad en las palabras del Sumo Sacerdote, lo cierto, es que el Sumo Obispo palideció de inmediato, dando varios pasos atrás.

—¡Llévatela! No podemos permitir que una doncella con sangre archinoble suba la altísima por falta de cuidados. Hablaría demasiado mal del templo.

Sin esperar ni un segundo más, el Sumo Sacerdote la tomó en sus brazos del mismo modo que el día en que la sacó del trombe y salió con ella tan apurado como lo permitía el decoro.

Sabía que no estaban corriendo, pero también sabía que iba caminando con bastante rapidez.

Con las pocas fuerzas que tenía se aferró a la túnica del Sumo Sacerdote, notando la voz de Fran demasiado cerca de ambos y cómo abrían una puerta demasiado pronto.

—¡Todos fuera, ahora! ¡Fran! ¡Que nadie entre!

Su cuerpo le picaba. Sentía como si sus manos estuvieran en llamas ahora. De pronto ya no era solo el calor de su maná desbocado o una fiebre por miedo o enfermedad sino algo más.

Una puerta se abrió y pronto ambos se encontraron en una habitación llena de estantes con frascos y libros… estaba segura de que ahí dentro había más libros que en la sala de lectura y más frascos que en la cocina del orfanato donde estaban enseñando a cocinar a algunos niños que mostraron suficiente habilidad dos semanas atrás.

El Sumo Sacerdote la depositó con cuidado en algo más acolchado que la cama de sus padres o el sofá del Jefe Gustav. No pudo soltarlo, estaba aterrada a pesar de saber que se había salvado de ser abusada por muy poco.

—Myneira, necesito buscar algunas cosas para tratarte. Tienes que soltarme ahora.

La voz del Sumo Sacerdote era reconfortante y preocupada. Aun así, comenzó a negar desesperada, sintiendo lágrimas hirvientes mojarle el rostro sin que pudiera detenerlas.

—Me dieron algo… Traté de no beber… nada… pero… tuve que sostener la copa… mis manos me arden… por favor… por favor… no me deje morir… Lord Ferdinand.

El entendimiento no tardó en llegar a los ojos que la miraban. Lo observó asentir. Lo sintió tomarle las manos para ayudarla a abrirlas despacio hasta que lo liberó, luego lo notó yendo y viniendo, bajando frascos y una piedra negra de un tamaño considerable.

Sintió que sus manos eran frotadas contra algo y luego un waschen en ellas y en su ropa, dándose cuenta hasta ese momento que algo del agua que tiró había salpicado sus ropas y alcanzado las palmas de sus manos.

Lord Ferdinand se apresuró a colocar la enorme piedra con cuidado sobre su frente, sosteniéndola todo el tiempo mientras ella sentía como el maná era succionado con rapidez hasta que pudo comenzar a manejarlo para doblarlo, alisarlo, enrollarlo y guardarlo dentro de la caja hipotética.

Se sentía menos cansada, pero moría de sed. Las palmas de las manos le seguían ardiendo y pronto comenzó a sudar.

—Ordonannz. Justus, necesito que vengas al templo de inmediato con los reactivos y las herramientas especiales para… eso. Date prisa.

Ya no temblaba, pero su respiración era superficial y su corazón seguía latiendo con fuerza. Aun así, pudo escuchar pasos alejándose y luego la voz del Sumo Sacerdote de nuevo.

—Fran, Lord Justus viene en camino, ve a esperarlo y tráelo en cuanto llegue. No importa si alguien lo ve, es una emergencia.

Los pasos volvieron y entonces notó algo extraño. En medio de su visión semi cristalizada por las lágrimas, el tono azul de las túnicas del Sumo Sacerdote se veía diferente. Cuando estiró su mano no pudo encontrar la tela holgada o las mangas colgantes sino tela más ajustada.

—No te haré nada, lo prometo. Parece que la copa de la que bebiste tenía algún veneno que no puedo reconocer. Tuve que retirar la parte superior de mi túnica para no exponerte más.

—Yo… lo entiendo… confío… en usted.

Su mano siguió avanzando hasta tomar la tela que debía ser la camisa interior del Sumo Sacerdote, esa que asomaba por entre su túnica siempre. Necesitaba algo a lo que aferrarse.

—Myneira, ¿qué hacías ahí dentro? ¿No tienes sentido de la autopreservación?

No sabía si eran los efectos del supuesto veneno o si se veía tan mal que el Sumo Sacerdote la estaba intentando regañar con más compasión y preocupación que reproche en el tono.

—Lo siento… él… me encontró… quería llevarse... a Jenni… dijo que… era para poner… documentación en orden.

—¡Tonta! Él no tiene ninguna documentación con la que puedan ayudarle, siempre deja toda la documentación para que nosotros dos nos hagamos cargo. ¿No lo habías notado?

—Lo sé… tenía que… protegerla… le ofrecí a Fran… pero… dijo que… necesitaba… el toque femenino…

—¿Y decidiste irte con él? —podía notar la preocupación debajo de la furia y la indignación. No lo culpaba. Ella se habría sentido igual de haber salvado a su hija o a su nieta de algo como lo que estuvo por pasarle… y de igual modo, se habría lanzado a tomar el lugar de sus hijas como lo había hecho con sus asistentes—. ¿Es que no piensas? ¿Por qué no lo dejaste llevarse a Jenni?

—Ella es… mi responsabilidad… si no la protejo… ¿quién va a protegerla?

Estaba tan cansada que no podía mantener los ojos abiertos ahora. Su mano se negaba a soltar la ropa del Sumo Sacerdote. De pronto sintió un peso sobre su vientre y mana que la hizo soltar un gemido lastimero y… extraño… si tenía dudas, ahora sabía exactamente que había sucedido, porqué el Sumo Obispo ni siquiera tocó su copa a pesar de todo, sonriendo de ese modo despreciable al verla bebiendo.

Soltó la ropa, levantando la mano hasta alcanzar lo que estaba sobre su vientre, suspirando de nuevo ante la textura sedosa y agradable entre sus dedos.

—Myneira, deja mi cabello por favor. Es desvergonzado.

—¿Es su cabello?... ¿qué hace… recostado en mí?

—… Te estoy revisando.

Esa era una mentira, pero no quería señalarlo. Era reconfortante de un modo extraño, tan reconfortante que cuando se separó de ella su mano cayó sobre su vientre en un intento de atrapar su cabeza y devolverla o al menos mantener la sensación agradable de tenerlo encima.

—Es peor de lo que pensé —susurró el Sumo Sacerdote—. ¿Cómo se atrevió a darte algo como eso? Por todos los dioses, ¡eres una niña tan pequeña…!

Había algo más que indignación en la voz del Sumo Sacerdote. No dijo nada, fingió que no lo escuchaba.

La sensación solo empeoró. El calor en sus palmas no dejaba de expandirse hasta alcanzar su intimidad, asustándola. Había estado segura de que no sentiría eso de nuevo mientras fuera una menor de edad… o al menos, mientras las hormonas del crecimiento no dieran la orden a sus hormonas sexuales de comenzar con su ciclo… porque tendría un ciclo, ¿cierto? Su madre tenía uno después de todo. Sabía a la perfección para qué era que su madre usaba esos largos jirones de tela que guardaba en hatillos enrollados y que desaparecían de manera misteriosa cada mes.

Su respiración debía ser demasiado ruidosa mientras recuerdos de su difunto marido aparecían y desaparecían una y otra vez, como una respuesta a lo que su pequeño cuerpo estaba experimentando. Su mano fue sujetada de nuevo. Su frente también. Cuando sintió la descarga de maná en su nuca no pudo evitar soltar un jadeo y le nombre de Tetsuo… no… la súplica por tener a su amante de regreso escapó con total descaro de sus labios.

—Myneira… ¡Myneira!

Sabía que era la voz del Sumo Sacerdote, pero se sentía cada vez más y más lejana… igual que su vida como plebeya, doncella del templo y futura noble.

Tetsuo… ¿estás ahí?... te necesito tanto… te necesito tanto justo ahora, Tetsuo.

Estaba llorando. Su cuerpo ardía y dolía. La sensación en su nuca volvió una vez más haciéndola tensarse y buscar con las manos a alguien que no estaba ahí. Podía escuchar una conversación amortiguada sin lograr comprender nada de lo que estaban diciendo… lo peor es que ninguna era la voz de su esposo. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no iba a buscarla?

¡Tetsuo!

Alguien la tomó de la espalda, obligándola a sentarse. Sintió que frotaban algo contra sus labios que parecía un vaso muy pequeño. Negó con la cabeza y apretó los labios. No quería más estimulantes. No quería más de esa cosa, solo quería que Tetsuo llegara a protegerla y a hacerla sentir bien.

Lo que fuera que intentaban poner en su boca desapareció por un momento. Sintió algo suave frotando su boca. Algo un poco frío pero aterciopelado y con un aroma familiar. Dejó de apretar los labios y notó que parecía ser la piel de alguien. La sensación de cosquillas agradables la llevó a dejar de moverse, abriendo la boca y adelantando su cara para succionar de inmediato.

Un segundo dedo enorme fue agregado y lo tomó de inmediato, notando de repente que había algún líquido resbalando entre ellos. Bebió todo sin dejar de succionar mientras una de sus manos comenzaba a jalonear la ropa que tenía encima y que le estaba estorbando demasiado. Era demasiado áspera y voluminosa, no podría recibir a Tetsuo como era debido con todo eso encima. Necesitaba retirársela, pero no podía. Cada vez que intentaba arrancarla, alguien le arrebataba la tela de las manos.

El líquido dejó de ingresar a su boca y los dos dedos que había estado succionando comenzaron a retroceder. Se aferró con ambas manos, incapaz de dejar ir aquel sabor dulce y delicioso que le recordaba tanto a un postre de su tierra natal, lloriqueando luego de que volvieran a acostarla y sus manos perdieran fuerza, dejando escapar los dos deliciosos dedos que había estado succionando.

No… Tetsuo… Tetsuo, vuelve… por favor.

Sabía que estaba llorando. Se sentía patética y demasiado necesitada, demasiado vestida. Por fortuna ni el llanto ni las emociones abrumadoras duraron demasiado. Pronto se quedó dormida, sumida en una profunda oscuridad fresca y liberadora.

.

Tres días.

Su pequeña incursión a esa habitación de mala muerte le costó tres días en cama. El afrodisíaco que el Sumo Obispo coló en su copa para que la absorbiera por la piel y a saber si en el agua, la dejó tan cansada, que Fran tuvo que envolverla en una tela negra para llevarla a casa con la ropa plebeya que le había comprado a él y a sus doncellas al poco tiempo de ingresar al templo.

Su padre estaba preocupado y furioso de que ella cayera tan enferma. Su madre y su hermana estaban preocupadas. Ella no se atrevió a decirles lo que había pasado, optando por culpar al polvo en el aire y decir que estuvo demasiado tiempo supervisando las preparaciones en el orfanato para hacer las velas y el pegamento. Por suerte sus padres no dudaron en llamarle la atención por sobre esforzarse e incluso se ofrecieron a ir en su lugar para ayudar a los niños y los jóvenes de túnica gris con sus proyectos de otoño.

Cuando volvió al templo, el Sumo Sacerdote no paraba de evitar mirarla, con las orejas rojas. La sensación de que había hecho algo indebido frente a él no dejó de darle vueltas conforme hacia cuentas una tras otra hasta que Fran y Arno los interrumpieron para comer.

La comida habría pasado en el mismo silencio incómodo si el Sumo Sacerdote no hubiera sacado uno de esos aparatos de rango específico para acomodarlo sobre la mesa en cuanto les sirvieron té y galletas de mantequilla.

–Tengo demasiadas preguntas que hacerte, pero lo primero es informarte sobre lo que te dieron en la alcoba del Sumo Obispo.

Ella asintió sin atreverse a mirar a su guardián a pesar de que su tono era amable y tranquilo.

Tal y como pensaba, le administraron una droga en polvo para estimularla. Viendo los resultados de esa exposición sencilla, el Sumo Sacerdote le confirmó que, de haber bebido, su cuerpo no habría soportado el exceso de estimulación y ella, en efecto, habría volado fácilmente la mitad del Templo.

–Tu maná estaba tan fuera de control… sospecho que el estimulante provocó que tu cuerpo generara mucho más maná del que puedes contener… aunque esa fuera tal vez una terrible coincidencia y tu maná se anticipara a tu propio crecimiento. También debo disculparme, te di algo de mi maná para forzar una fiebre que me permitiera sacarte de ahí. Cómo sea, debes jurar que no volverás a entrar a esa habitación jamás, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera para proteger a tus doncellas.

Se aferró a su túnica, arrugando la ropa. Casi parecía que la estaba culpando por lo que pasó.

–Mis doncellas y los huérfanos son mi responsabilidad. Incluso Fran, Luca y desde hace poco, Gil, son mi responsabilidad. No puedo prometerle que no me pondré en peligro de nuevo para salvarlos a ellos.

Hasta ese momento se dio valor para mirarlo. El muchacho de diecisiete de pronto parecía haber envejecido varios años, luciendo como Benno, sino es que más grande que él. Debía haberse preocupado demasiado por ella para dejar de verse como un muchacho.

–¡Tú, en serio! Si ese es el caso, entrega a quien sea que te pidan y luego ven a buscar ayuda conmigo. ¡No puedes volver a exponerte de ese modo, bajo ninguna circunstancia!

Se tragó las lágrimas. Se sentía impotente y aliviada a la vez, recordando de pronto las palabras dichas dentro de aquella habitación infernal.

–El Sumo Obispo dijo que usted era un sirviente sin poder aquí… y lo llamó… lo llamó…

–Eso no importa, puede llamarme como quiera ¡y en verdad no importa, Myneira!

Estaba furiosa. Con todo lo que había pasado no se dio cuenta de cuánto le molestaba todo eso. De pronto quería la cabeza de ese asqueroso viejo gordo y vicioso colgada en una pica a la entrada de la ciudad. Si le decía a su padre, seguro estaría de acuerdo en adornar la puerta Este, donde ahora era capitán, con la cabeza de ese cerdo inmundo.

–¡Myneira, contrólate! Estás dejando que tu maná escape.

Con el regaño vino una piedra que pegaron a su frente, luego una segunda y una tercera hasta que ella estuvo más serena.

–¡Por todo lo sagrado! A veces pienso que es más sencillo lidiar con el Señor del Invierno que contigo.

Eso la hizo sentir bastante ofendida pero no dijo nada. Tenía derecho a estar furiosa por como lo trataban. Estaba segura de que, sin el Sumo Sacerdote, el Templo sería un verdadero caos para ese momento.

–Dijo que tenía demasiadas preguntas que hacerme. Creo que puedo imaginar la razón.

El Sumo Sacerdote asintió y luego dijo algo que la descolocó por completo.

–¿Qué o quién es Tetsuo?

Se quedó congelada ahí mismo. De pronto recordó que había estado llamándolo antes de perder la conciencia y que incluso había… había…

Se sintió sonrojar al darse cuenta de que no imaginó los dedos que estuvo chupando… cuando se dio cuenta de quién eran y como debió verse en ese momento.

El color y todo rastro de calor debieron abandonarla entonces porque el Sumo Sacerdote forzó una galleta en su boca luego de tomarle la temperatura.

–Tenía la intención de leer tu mente, pero Heidemarie vino ayer en lugar de las herramientas necesarias a rogarme que no lo hiciera, así que, en lugar de interrogante con ellos, jurarás por la diosa de la Luz. Si ya terminaste de comer, levántate. Voy a interrogarte en el cuarto de oración.

Ella solo asintió con un nudo en la garganta y en el corazón. Esto no iba a ser como confesarle la verdad a Lutz y no estaba segura de que le creyeran incluso si juraba por todos los dioses, que eran en serio demasiados.

Una vez en el cuarto de oración, nadie más entró. El Sumo Sacerdote la obligó a arrodillarse y luego tomó la corona del altar para hacerla jurar que respondería con la verdad a todas sus preguntas. La corona brilló luego de eso, robándole un poco de maná y el Sumo Sacerdote retiró la reliquia para devolverla a su lugar en el altar. Luego de eso, llevó un par de sillas y la ayudó a sentarse.

–Sumo Sacerdote, antes de comenzar a responderle… ¿qué pasaría si yo mintiera?

–Morirías incinerada por romper el juramento hecho con la diosa. Solo quedaría tu piedra fey.

Asintió, considerando las implicaciones de aquello.

–¿Y si me niego a responder algo?

–Morirás igual. Si fuera tú, no me arriesgaría a guardar silencio, no importa qué tipo de secreto estás guardando o a quién creas que estás protegiendo.

Myneira suspiró entonces para tranquilizarse, cerrando los ojos un momento y tomándose de las manos para darse algo de valor, abriendo los ojos al final y mirando al Sumo Sacerdote con una mirada decidida.

–En ese caso, debo presentarme de nuevo. Mi nombre es Myne, pero antes fui Urano Miyamoto, esposa de Tetsuo Miyamoto. Morí a los 76 años durante un accidente de tráfico.