DISCLAIMER:Los personajes de InuYasha no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi. La obra es mía, escrita sólo con el fin de entretener – a ustedes y a mí. Sin fines de lucro.
—Insidia —
— X —
El cielo se encontraba nublado, señal clara de la amenaza de lluvia que podía comenzar a caer en cualquier momento, pese a que no corría nada de viento, por lo que el aire se sentía pesado. InuYasha se encontraba fuera de la cabaña, sobre la rama más alta de un árbol cercano, fingiendo dormir aún si no había podido hacerlo en días. Sus pensamientos no se habían detenido desde que llegaron a la aldea, y ya llevaban casi una semana ahí. Kagome había vuelto a su época en busca de mejores medicinas para Sango, porque las que había traído Shippō de donde Jinenji parecían no ser tan efectivas como deseaban, y la recuperación de la castaña estaba tardando más de lo que debería, según Kaede.
Refunfuñó por lo bajo, molesto. Había tenido tiempo suficiente para analizar la situación desde el principio, y ahora se sentía un idiota. Desde el momento en el que Sango lo había atacado por primera vez, supo que algo no estaba bien con ella. Y, en lugar de esforzarse por descubrir qué estaba pasando, se había enfocado en mantener a salvo a sus amigos, ignorando por completo que eso ponía en peligro a la taijiya. Tampoco hizo el intento de indagar en lo que podía causar el cambio tan repentino de su amiga, e incluso estuvo a punto de matarla él mismo cuando volvió a atentar contra la vida del monje. Sin embargo, la dejó ir, algo que ahora consideraba un error porque debería haberla ayudado de alguna forma. Y cuando finalmente decidió que ella volviera a viajar con ellos, la dejó desprovista de todas sus armas y de cualquier cosa que pudiera usar para atacarlos, lo que también la dejaba indefensa ante cualquier peligro. Lo peor era que, cuando tomó esa decisión, realmente no le importaba si le ocurría algo.
Se concentró en los sonidos en el interior de la cabaña, específicamente en los latidos del corazón de la castaña, y tensó la mandíbula. Ya no eran tan débiles como el día que llegaron, pero aún no tenían la fuerza que debían. Ella había estado a punto de morir, y en gran parte era por las decisiones que él había tomado.
Hizo una mueca, ni siquiera era capaz de mirar a Miroku a los ojos, no sabía qué decirle, porque si Sango hubiese tenido cómo defenderse, no estaría en esas condiciones, y él sabía que si ella no despertaba, o peor, no sobrevivía, el monje no lo soportaría. ¿Lo culparía por lo ocurrido, le echaría en cara su frialdad al tratar con el problema? ¿Le recriminaría no haber notado las trazas de veneno en la sangre de la taijiya? Porque él mismo estaba recriminándose todo eso, sintiéndose furioso consigo mismo.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el aroma de Kagome proveniente desde el pozo, indicándole que ella ya estaba de vuelta. Se apresuró en llegar a la estructura de madera, recibiendo las cosas que ella traía consigo, para finalmente ayudarla a salir del pozo y comenzar a caminar en dirección a la cabaña en donde estaban Sango y Miroku, quien no se había separado de su lado en todo ese tiempo.
—¿Sango aún no despierta? —Preguntó la azabache, evidentemente preocupada por su estado.
—No, pero su corazón late con un poco más de fuerza hoy —respondió él, haciendo una mueca.
—Eso es bueno —ella mostró algo de alivio, aunque sabía que no podían sentirse tranquilos todavía —. ¿Y Miroku-sama, cómo está?
—Igual, supongo —musitó, causando que Kagome lo mirara fijamente —. No ha salido de la cabaña.
—Y tú tampoco has entrado —ella supo de inmediato lo que ocurría.
—No puedo —reveló, sintiéndose impotente con toda la situación —. No sé qué decirle a Miroku. Todo esto es mi culpa, si yo no hubiese pasado por alto que Sango estuvo expuesta a ese veneno… Incluso después, en lugar de buscar una respuesta, la responsabilicé de todo y la expuse al peligro. De no ser por mis decisiones, ella no estaría en estas condiciones.
—InuYasha… —La azabache se detuvo, tomándole la mano para que él también lo hiciera y buscando su mirada con aprehensión. —No deberías culparte. Fue una situación complicada, pero no fuiste tú quien hirió a Sango. Naraku es quien manipuló todo y…
—Quizá tengas razón, pero fui yo quien la despojó de todas sus armas. Ni siquiera pudo defenderse…
Kagome suspiró, presionando su agarre en la mano del hanyō, mantuvo sus ojos fijos en los de él tratando de transmitirle su comprensión y apoyo, a pesar de que ella también de sentía responsable.
—No deberías pensar en eso, ahora lo importante es la recuperación de Sango —dijo, intentando sonreírle con calma.
—Supongo que tienes razón.
Llegaron finalmente a su destino y entraron a la cabaña, encontrándose con la escena que se mantenía casi inmutable desde que llegaron: Sango recostada en un rincón, inconsciente, con una compresa húmeda sobre su frente, y Miroku a su lado, sosteniéndole la mano y mirándola con preocupación, todo su gesto reflejando su súplica interna. Kirara también había permanecido siempre junto a su compañera, recostada a su lado o sobre ella mientras ronroneaba, seguramente trataba de cuidarla de esa forma. La colegiala se acercó a la castaña, arrodillándose a su lado para evaluar su estado, retirando la compresa y comprobando la temperatura de la taijiya, que había estado febril de forma intermitente desde hacía un par de días.
—La fiebre volvió hace un par de horas —le informó Miroku, observando a Kagome con aflicción —. Los paños fríos no parecen hacer efecto. Además, ella… —Desvió la mirada hacia el rostro de Sango, que en esos momentos parecía dormir tranquilamente, aunque a decir por la expresión del monje, algo había pasado.
—¿Qué pasó, despertó o…?
—N-No… pero a ratos se queja… Es muy leve, pero sé que tiene dolor…
—Oh… —Kagome se enfocó en el rostro femenino mientras volvía a colocar la compresa empapada en agua fría sobre su frente, notando que su gesto se contraía muy sutilmente, casi de manera imperceptible. —Quizá sea una buena señal… Puede que esté recuperando de a poco la consciencia.
El ojiazul esbozó una leve sonrisa, mientras su amiga se alejaba para preparar la medicina que había traído desde su época, con la esperanza de que pronto Sango se despertara. InuYasha, por su lado, se mantuvo observándolos en silencio, evitando intervenir porque estaba seguro de que nada de lo que hiciera sería de ayuda en esos momentos para la castaña. Sin embargo, también albergaba en su interior el deseo de que ella recobrara el sentido lo antes posible, quizá así la angustiante culpa que sentía tan profunda menguaría un poco al tener la certeza de que no moriría. Por lo menos por ahora, se aferraría a ese anhelo.
El sonido de la lluvia golpeando el techo era lo único que interrumpía el silencio que reinaba en esos momentos al interior de la cabaña, pues ya había caído la noche. Shippō dormía junto a Kagome, quien a pesar de que se encontraba recostada dentro de su bolsa de dormir, se mantenía despierta observando el techo, perdida en sus pensamientos. Ella, al igual que InuYasha, se sentía culpable y seguía cuestionándose cada acto que había realizado desde el día en que Sango los había traicionado, e incluso desde antes. Ella misma, junto con Kaede, había curado las heridas de la taijiya después de enfrentarse al yōkai de las púas, ¿cómo no sintió el veneno en su cuerpo? Podría haber evitado toda esa situación si tan sólo hubiese sido más minuciosa. Incluso después, tras todo lo que había compartido con la castaña, conociendo el dolor que cargaba y las preocupaciones que nunca la dejaban en paz; aún con sus sospechas, fue incapaz de insistir en descubrir la causa del repentino cambio en su amiga, resignándose a seguir las decisiones de InuYasha aún cuando podía no estar de acuerdo, porque confiaba en él y se sentía demasiado herida por la traición de Sango.
Observó a la taijiya con angustia, a pesar de las medicinas que había traído de su época, su estado no parecía mejorar y temía que la muchacha no despertara. ¿Qué harían si seguía inconsciente para siempre? No había querido pensar en esa opción, pero parecía cada vez más probable, lo que sólo aumentaba su abatimiento.
Se incorporó, sin dejar de mirar a Sango y consciente de que tanto InuYasha como Miroku tampoco dormían, porque ninguno podía conciliar el sueño en esas circunstancias. Se concentró en el rostro de la castaña, que en esos momentos comenzó a contraerse mucho más notoriamente que otras veces, alertando también al monje, que se apresuró a inclinarse sobre ella y acariciarle el rostro, sin soltar la mano que sostenía con firmeza desde el principio, tratando de aliviar el dolor que se adivinaba en sus facciones, aunque no lo lograba del todo.
—Sango…
La voz de Miroku pareció suavizar el gesto angustiante de Sango, que terminó calmándose después de unos segundos. Él soltó un suspiro, volviendo a sentarse y mirando de reojo a los demás, que se habían mantenido atentos en caso de que la castaña fuese a despertar. Negó suavemente, porque el temor de que eso no pasara era cada vez más grande y profundo.
—Miroku-sama, ella estará bien —Kagome intentó animarlo, notando la desesperanza en sus ojos —. Creo que es una buena señal que comience a mostrar signos de dolor, quizá su consciencia está volviendo…
—Eso espero, Kagome-sama —respondió, sin dejar de mirar el rostro de la castaña —. No sería justo si termina de esta forma.
—Lo sabemos…
—No, no lo saben —la interrumpió, mirándola directamente por primera vez en días —. Ustedes no vieron la angustia y desesperación en sus ojos ante mi desconfianza. Tampoco el miedo y la desesperanza al enfrentarse desarmada a Kohaku. Incluso cuando tuvo la oportunidad de huir para salvarse, no lo hizo y terminó así —presionó su puño derecho con impotencia e ira contenida, mientras un nudo se le formaba en la garganta —. Mucho menos sintieron el arrepentimiento y dolor en su mirada, mientras su vida se desvanecía entre sus brazos.
—Lo sentimos, Miroku —finalmente, InuYasha habló con evidente pesar en sus dorados ojos —. Nadie quería que esto pasara.
—¿De verdad? —El monje dirigió ahora su mirada hacia la del hanyō, con algo de reproche. —Confié en tu criterio, InuYasha. Pese a que en mi interior sabía que algo no estaba bien con Sango, dudé de mí mismo y decidí seguir tus instintos, porque cuando intenté descubrir qué ocurría, no logré hacerlo. Y pensé que tú habías hecho lo mismo, lo que significaba que ella realmente nos mintió todo el tiempo.
—No percibí nada diferente, la única explicación era que nos había traicionado —el ambarino frunció el ceño, entendía la molestia de Miroku, él mismo ya se sentía bastante culpable —. Cometí un error, pero en ese momento mi prioridad era mantenernos a salvo y Sango era una amenaza.
—¿Lo es ahora?
—¡Te apuñaló, Miroku! —Levantó la voz, molesto por la reciente pérdida de memoria del monje. —¿O lo olvidas? Estuviste a punto de morir, y no le bastó eso. ¡Intentó matarte mientras estabas convaleciente! Y no es todo, ¿acaso no recuerdas que nos envenenó? ¡¿Qué querías que hiciera, recibirla con los brazos abiertos?!
—¡Podrías haberte esforzado en descubrir qué había pasado! —El ojiazul también levantó la voz, demostrando su frustración y enfado. —Pero ninguno lo hizo, fue más sencillo que creyéramos en su traición, aún cuando había indicios de lo contrario.
—¿Qué indicios? Porque todo lo que hacía sólo aumentaba mi sensación de peligro, así que hice lo único que podía: protegernos. Puede que tú hayas estado dispuesto a morir en sus manos, pero no iba a permitir que Kagome o Shippō cayeran en más trampas.
—Si lo piensas bien, podría haber acabado con nosotros mucho más rápido, en lugar de envenenarnos de a poco, perfectamente pudo darnos una dosis mortal de inmediato —hizo su reflexión, eso era algo que había considerado extraño desde el principio —. Tiene suficientes polvos y extractos como para ocultar el veneno incluso de ti. ¿Por qué no lo hizo? Y cuando fui tras ella, me pidió más de una vez que no la enfrentara, porque si lo hacía, tendría que matarme. Quizá, inconscientemente, trataba de darnos la oportunidad de…
—¿De verdad, Miroku? —InuYasha se puso de pie, sin poder disimular su fastidio. —¿Me estás diciendo que atravesarte el pecho con su arma, es darte una oportunidad? ¿O volver para terminar contigo cuando estabas solo, sin posibilidad alguna de defenderte? ¡Y ni siquiera se detuvo ahí! ¡Llegó a aliarse con el maldito de Naraku! ¡¿Qué tenía que hacer, quedarme de brazos cruzados?!
—¡La dejaste desarmada! ¡Prácticamente, querías tenerla como una prisionera!
—¡Sólo fui precavido! ¡¿Acaso tú ibas a detenerla si decidía atacarnos?!
—¡Ya basta, los dos! —Kagome alzó la voz, interrumpiendo a sus compañeros, que siguieron asesinándose con la mirada. No había intervenido antes porque creía que necesitaban sacar lo que sentían, pero en ese punto ya no iban a lograr nada más que seguir una pelea sin sentido. —Miroku-sama, sé que está preocupado por Sango y entendemos su molestia, pero InuYasha hizo lo que creyó mejor en ese momento.
El ojiazul guardó silencio, no obstante aún le sostenía la mirada a su amigo, sin suavizar el resentimiento en su gesto, aunque el hanyō sabía que era por la impotencia que sentía en esos momentos.
—Lo siento, Miroku. Sé que cometí un error, y créeme que me arrepiento —InuYasha hizo una mueca, demostrando su pesar —. De verdad espero que Sango se recupere y podamos solucionar todo este asunto como corresponde.
El monje soltó un suspiro antes de volver a observar a la castaña, que seguía tan imperturbable como cuando habían llegado a la aldea. Presionó suavemente su mano antes de volver a hablar, esta vez con un tono bajo.
—Está bien… lamento haber reaccionado así, es sólo que… tengo miedo —admitió, sin dejar de mirar a su compañera —. Si ella no lo logra, también en parte será culpa mía, por haberme mantenido al margen. Debí insistir en lugar de quedarme callado…
—Supongo que todos pudimos hacer las cosas de otra forma —Kagome frunció los labios, ella se sentía igual de culpable que los otros dos —. Pero discutir no va a solucionar nada.
—Es verdad —Miroku sonrió cansinamente, acomodándose en su lugar para apoyar su espalda en la pared —. Lo mejor será que descansen, ya es tarde.
Los demás asintieron a la idea del monje, porque eran conscientes de que no solucionarían nada si seguían reprochándose y culpabilizándose. Después de todo, ya habían hecho las cosas de esa forma y ahora sólo podían esperar a que Sango se recuperara, ya luego podrían preocuparse de las causas de su engaño y decidir qué harían después.
Despierta, Sango.
La lluvia había cesado durante la noche, aunque las nubes no se habían alejado, por lo que el ambiente seguía siendo frío. InuYasha había comentado lo extraño que era tener un clima así en esa época del año, sin embargo, la última preocupación de Miroku era qué tiempo hacía en esos momentos.
En el interior de la cabaña, nuevamente se encontraban él, Sango y Kirara; Kagome y Shippō habían acompañado a la anciana Kaede por hierbas al bosque e InuYasha se mantenía vigilante en un árbol cercano. El monje dormitaba, el cansancio a esas alturas ya era demasiado como para poder vencerlo por completo, y pese a ello, sus sentidos seguían en alerta.
—Hōshi-sama…
La voz fue apenas un susurro, pero él logró escucharla, espantando la somnolencia de inmediato y acercándose a la taijiya, que tenía el rostro contraído en una mueca de dolor y presionaba con fuerza la mano con la que él sostenía la suya.
—¿Sango?
Ella reaccionó al escuchar su nombre, abriendo los ojos algo desorientada, mirando en todas direcciones hasta que se encontró con los azules, Miroku pudo notar la respiración agitada bajo las mantas y la expresión facial rápidamente cambiando al miedo. Kirara también se había despertado, observando la escena con atención, seguramente preparándose en caso de tener que proteger a su compañera. Él se apresuró en darle a beber algo de agua, ayudándola a incorporarse un poco, tras lo cual ella aún parecía confundida.
—¿Hō-Hōshi-sama…? ¿Qué…? —Hizo un esfuerzo para orientarse, la desesperación comenzó a ser visible en sus ojos. —¿Dónde estamos?
—Sango, cálmate, estás a salvo —él intentó tranquilizarla, presionándole de vuelta la mano —. Estamos en la cabaña de la anciana Kaede.
—¿Kaede…? ¿Por qué…? —Sus ojos mostraron confusión, pero sólo por un instante, porque pareció recordar lo ocurrido de golpe. Su rostro, ya bastante pálido por la pérdida de sangre, se volvió más lívido aún. —No… yo no debería… Kohaku…
Se llevó la mano al pecho, al lugar en donde el kusarigama de su hermano se había incrustado, y Miroku pudo sentir su angustia al recordar ese momento, las lágrimas acumulándose en los ojos castaños.
—No fue él, Sango. Naraku lo manipuló para hacerlo… —Le recordó, tratando de confortarla. —Él jamás te atacaría de esa forma.
La taijiya terminó derramando las lágrimas, consciente de que su hermano no sería libre hasta que Naraku fuese derrotado, y ella había cometido demasiados errores antes de entenderlo. Inhaló profundo antes de volver a buscar los ojos de Miroku, la aflicción palpable en su gesto, junto con el dolor, que no sólo era físico.
—¿Por qué estoy aquí? —Preguntó, el temor asomándose en su mirada. —Después de todo lo que hice, ¿por qué me salvaron? Pensé que… para ustedes, merecía morir.
—Jamás podría dejarte morir —admitió, aunque las palabras de Sango calaron profundo en él —. Prefiero morir yo antes. Creí que lo sabrías.
Ella desvió la mirada, sintiéndose indigna y culpable. Soltó la mano de Miroku, inhalando profundo antes de volver a hablar.
—No soy alguien confiable. Los traicioné de la peor manera, estuve a punto de matarlo, Hōshi-sama —presionó sus puños, sintiéndose despreciable —. No debería seguir preocupándose por mí.
—Eso es imposible —negó con un gesto, sabía que nunca podría hacerlo —. No podría seguir adelante sin ti.
Sango aguantó las lágrimas, era consciente de eso. El monje en más de una oportunidad había arriesgado su vida por ella, manifestando que no valía la pena sobrevivir si ella moría.
—¿Aún después de todo lo que hice, sigue pensando eso? No lo entiendo, debería odiarme. ¿Por qué es tan ingenuo?
—No creo que sea ingenuidad —le sonrió con calma, volviendo a tomar su mano —. Sólo confío en mi corazón, y en ti. Dijiste que todo esto no era una mentira para ti.
—Eso no borra el daño que les hice. Los engañé, intenté acabar con ustedes e incluso dejé que Naraku me manipulara para hacerles daño —se atrevió a mirarlo a la cara, sus ojos cargados de remordimiento y aflicción —. ¿Y sigue confiando en mí?
—Esa no eras tú, Sango —le reveló, sonriendo un poco más —. Descubrimos que estabas bajo los efectos de un veneno. Por eso hiciste todo eso.
Sango frunció el gesto, eso no tenía sentido para ella. Iba a seguir discutiendo con el monje, pero dejaron de estar solos: Kagome e InuYasha ingresaron a la cabaña, seguramente el hanyō la había escuchado y se apresuró en ir por la azabache para que evaluara su estado.
—¡Sango, qué alivio! —La muchacha se acercó con una sonrisa. —Nos tenías preocupados, me alegro de que hayas despertado —agregó, y notó que la castaña le dirigió una mirada temerosa al ambarino, que parecía indiferente —. No le hagas caso a InuYasha, él también quería que despertaras.
El aludido sólo desvió la mirada, porque había escuchado parte de la conversación que estaban teniendo antes de su llegada y no estaba seguro de cómo interpretar el repentino arrepentimiento de la castaña, aún si todo había sido producto del veneno.
La taijiya no tuvo oportunidad de decir mucho más, porque Kagome insistió en revisar las heridas, le sirvió comida y la instó a que tomara las medicinas que había preparado especialmente para ella. Se sintió un poco incómoda, porque desde su punto de vista, no merecía tanta atención ni cuidados, pero los demás parecían creer que sí. Después de un rato, finalmente Sango no pudo soportar más la situación, interrumpiendo a la azabache, que trataba de explicarle cómo debía cuidar su estado.
—Lo siento, Kagome, pero esto está mal —le dijo, causándole extrañeza.
—¿Por qué dices eso, Sango? —La aludida la observó confundida, sin comprender sus palabras.
—Actúas como si nada hubiese pasado, y no es así —le recordó, tensando la mandíbula —. Saben perfectamente que los traicioné, ¿acaso simplemente lo olvidarán?
—B-Bueno, fue a causa de un veneno, pero ya lo purifiqué…
—¿Y eso es todo? —Sango parecía frustrada, como si esa explicación no fuese suficiente.
—De acuerdo, si quieres hablar de lo que pasó, hagámoslo —InuYasha la miró con seriedad, él también necesitaba hablar sobre lo ocurrido —. ¿Tienes algo que decir?
—Y-Yo… —La castaña se mordió el labio, tratando de ordenar sus ideas antes de comenzar. —Lo lamento, no estoy segura de qué fue lo que pasó, quizá si haya sido por los efectos de un veneno, pero de pronto me pareció que la única forma de salvar a Kohaku era intercambiando sus vidas por la de él.
—Nos pudimos dar cuenta de eso —le espetó el ambarino, haciendo una mueca —. Fue bastante obvio.
—InuYasha, no seas tan duro —Kagome trató de calmarlo, porque no quería que el ambiente fuese aún más tenso —. Ya dijo que no sabe lo que pasó…
—Aún así, planeó perfectamente cómo lograr lo que quería, ¿no?
Sango bajó la mirada, sintiéndose aún más culpable que en un principio, porque el hanyō tenía un buen punto. Inhaló profundo, dispuesta a enfrentar la realidad porque sabía que no era digna del perdón de sus compañeros.
—Es cierto, yo… tenía esos planes desde antes —admitió, causando que Miroku y Kagome la observaran incrédulos —. Cuando nos conocimos, antes de saber que podía confiar en ustedes, pensé en cómo podía defenderme y dejarlos fuera de combate, en caso de ser necesario. No había pensado en matarlos, en realidad, pero al momento de ponerlos en marcha, no fue difícil modificarlos para que fuesen más letales…
—Entonces, ¿sí habías pensado en cómo acabar con nosotros?
—S-Sí… pero después me di cuenta de que no necesitaba defenderme, y la idea de no formar lazos fue desapareciendo. Hace mucho tiempo que había dejado esos pensamientos de lado, pero de pronto volvieron a surgir como la única forma de salvar a Kohaku…
—Es probable que el veneno haya interferido en su juicio —Miroku la defendió, considerando que reconocer eso no debía ser fácil —. Y que nos lo diga ahora, demuestra que podemos confiar nuevamente en ella.
Tanto Sango como InuYasha lo observaron con desconcierto y algo de incredulidad, porque siendo el más listo del grupo, era ilógico que planteara recobrar la confianza tan fácilmente.
—Agradezco sus palabras, pero creo que no lo está entendiendo —la castaña frunció el ceño, dispuesta a aclarar su punto —. No sé porqué tomé esa decisión, y no puedo asegurar que no vuelva a pasar en el futuro. Además, no es primera vez que los traiciono, sería muy estúpido de su parte ignorar todo eso y que las cosas vuelvan a ser como siempre.
Miroku esbozó una sonrisa suave, reflejando algo de anhelo y esperanza, porque él prefería aferrarse a eso que volver a temer una traición y alejarse de la castaña por ese motivo.
—Todos merecemos nuevas oportunidades de enmendar nuestros errores.
—¡Yo no quiero enmendarlos de esa forma!
La taijiya terminó levantando la voz, reflejando la frustración que sentía con la actitud tan indulgente del monje. Sin embargo, al agitarse el dolor constante que estaba intentando mantener a raya desde que despertó, se acentuó y la atravesó como si la estuviesen hiriendo de nuevo, al tiempo que comenzaba a toser por el escozor que se hizo presente en su garganta. Miroku la ayudó a recostarse, y Kagome, que había preferido no intervenir porque aún no podía decidir qué hacer, se apresuró en ofrecerle más agua, temiendo que pudiese abrirse su herida si no tenía el cuidado suficiente.
—Deberías descansar, aún no estás totalmente recuperada —le indicó, observándola con seriedad —. Luego podremos seguir hablando sobre esto con más calma.
—Kagome-sama tiene razón, acabas de recuperar el sentido —Miroku se mostró afligido, haciendo una mueca de remordimiento —. Lo mejor será que te enfoques en tu mejoría.
Sango asintió con un gesto, bebiendo el agua y acomodándose mejor en su lugar, aceptando que el ojiazul la cubriera mejor con la manta y resignándose a que, por ahora, ellos tenían razón. InuYasha soltó un bufido, pero no dijo nada más, consciente de que Kagome estaba en lo correcto, y en esos momentos su prioridad era que la castaña se repusiera por completo, luego tendrían el tiempo necesario para tratar ese problema y tomar una decisión al respecto.
¡Hola, nuevamente! Acá tenemos el siguiente capítulo, lleno de tensiones porque ahora se vienen las recriminaciones y remordimientos. ¿Qué habría pasado si tomaban otras decisiones? ¿Se habrían evitado todos los daños producidos, o hubiese sido peor? Es difícil saberlo, lo único claro es que cuestionándose no van a cambiar el pasado. Sólo les queda afrontar lo que se venga, sea lo que sea.
En fin, basta de mi cháchara, vamos a los agradecimientos: Rosa . Taisho, Lis-Sama, DAIKRA, Eramaan Viimeinen y Sayra Caratomate, muchas gracias por sus pabaras, siempre es un placer leer sus maravillosos reviews y saber qué es lo que han sentido con el capítulo. Espero este sea también de su agrado, estaré atenta a sus comentarios. Y no, Caratomate, no se me olvida que me tienes amenazada, pero contraté guardaespaldas, ejem.
Por ahora los dejo, quizá pueda traerles el siguiente antes de lo previsto. De cualquier forma, nos estaremos leyendo pronto (o eso espero).
Un abrazo, waffles con helado y un chocolate por las penas.
Yumi~
