Summary

Cuando la guerra terminó, Remus pensó y pensó, pero no había forma de evitarlo: sería el cumpleaños de Sirius, si no estuviera en Azkaban.


Arms Of A Stranger

I never thought that I would find out,
we were lovers in the dark.
You've knows someone for a longtime,
but you never really know how they are.

Hace algunos años jamás habría creído que pudiera acostarse con alguien, estaba demasiado intimidado e inseguro de sí mismo, pero ahora, después del apogeo y caos de la victoria sobre Voldemort, Remus sólo puede buscar no quedarse tan solo como se siente. Cómo realmente lo está. Y el sexo es la excusa perfecta.

En alguna época más colorida, aunque hubiera guerra, sería el cumpleaños de Sirius. Ahora ya no importa porque está enloquecido en Azkaban.

Remus detesta esta fecha, siempre la ha detestado, incluso cuando Sirius era un buen amigo, cuando le importaba fingir mejor que sí lo era.

Remus no lo entendía, ¿por qué despreciaría su cumpleaños? En aquel entonces asumió que se debía a sus padres y tal vez su hermano, pero no insistió porque él ya tenía su propio secreto, y no tenía ánimos de que su compañero de dormitorio, el mismo que hablaba con ademanes y expresiones aristócratas, supiera que dormía cerca de un hombre lobo. Un año más tarde, fue inevitable descubrir la verdad.

—Ya lo sabemos, Remus. Eres un hombre lobo.

Pero, contrario a todo lo que esperaba de sus compañeros de habitación, estaban ofendidísimos por atreverse a salir de noche sin ellos, sin avisar y con mentiras. Dejaron de ser compañeros de cuarto a ser sus amigos. Excepto Sirius. Él se convirtió en su entrevistador personal. "Remus cómo esto, Remus cuándo aquello, Remus pero por qué eso, Remus qué es esa, Remus, Remus, Remus".

Ahora, después de la guerra, los tiempos oscuros y los no tan grises, Remus se pregunta una y otra vez si Sirius le preguntaba todo aquello porque ya planeaba ser un mortífago, y peor, ya planeaba usar a los hombres lobo para apoyar al que no debe ser nombrado.

También piensa que por eso tampoco le gustaba su cumpleaños. Quizá, no estaba tan ansioso por salir al mundo y convertirse en adulto, mortífago o no.

Remus se culpa. Porque nunca lo notó, no se dio cuenta, quizá hasta lo justificó. Pero nadie podría culpar, no totalmente, también fue culpa de Sirius. Él pasó de ser su compañero de cuarto a un amigo, luego a su entrevistador o investigador personal, después quiso ser su cuidador, en algún momento cerca de 1975 jugó a ser su admirador secreto y cuando la guerra se asomó un poco más en 1976, Sirius se atrevió a colarse en su cama, en su boca y en sus pantalones.

—Pss, Remus —susurró Sirius en la oscuridad—. Pss, hazme un lugar, Lupin.

—¿Ocurre algo con tu cama, Sirius? —susurró adormilado.

—¡Sí! —gritó en un susurro—. Está helada.

Remus resopló y se movió hasta la orilla, Sirius no perdió el tiempo y se metió bajo las mantas, muy, muy cerca de su cuerpo.

—¿Rem?

—Mhm.

—Yo sé quién ha estado enviando cartitas para tí —susurró en su oreja—. ¿Te gustaría saber quién?

—Tal vez mañana, así podría agradecerle y pedirle que se detenga —resopló, finalmente abriendo los ojos. Escuchó el jadeo indignado de Sirius y le resultó inevitable contener una sonrisa.

—¿Por qué harías algo así? —preguntó indignado.

—No me gustaría alimentar sentimientos que no serán correspondidos, Sirius —dijo después de suspirar.

—¿De qué mierdas hablas? Si no sabes quién es, cómo puedes asegurar que…

—Soy un hombre lobo —interrumpió con voz monótona, como si aquello fuera una respuesta absoluta para cualquier pregunta.

Remus siente el movimiento de la cama, y por un breve instante teme que Sirius vuelva a su cama, pero no lo hace. En cambio, se sostiene sobre su brazo izquierdo mientras su mano derecha sostiene su mentón de forma muy tosca.

—Es la excusa más estúpida que jamás podrás decir, Lupin —gruñó con los dientes verdaderamente apretados, Remus podía escuchar las palabras difícilmente dichas—. Y si fuera válida, que sepas que me importa una mierda que seas un hombre lobo.

Y estrelló sus labios con los de Remus. No fue bonito, ni sensual, fue tosco y bruto. Un estúpido choue de labios que terminó por despertar a Remus. Sirius se apartó de su rostro pero no de sus labios.

—Yo escribí las cartas —confesó con brusquedad—. Ya me cansé de esconderme.

Y entonces lo besó. Realmente lo besó. Hizo que sus labios pudieran encajar para comenzar una lenta y dulce succión. Remus estaba atónito. Completamente inmovil.

—¿Quieres que me detenga? —preguntó sobre sus labios.

—No —respondió de inmediato. Así fue su turno de acercarse y convertir ese beso tosco en uno realmente sucio. Los labios llegaron hasta el inicio de las clavículas, la saliva hasta un poco más allá de la mandíbula, y las manos, oh, las manos, esas llegaron hasta el borde de las pijamas, debajo de los calzoncillos y tan, tan lejos después de eso.

Remus jamás creyó que podría acostarse con nadie. Le avergonzaban sus cicatrices, pero Sirius las conoció cuando curó algunas de ellas: le intimidaba mostrar su cuerpo desnudo, pero Sirius ya lo había visto cuando lo cubría después de la luna llena; le asustaba sostener la mirada tan cerca por temor a reflejar al lobo, pero Sirius adoraba jugar a sostener la mirada con él a cada rato; le aterraba que el lobo tomara el control cual depredador en momentos íntimos, pero Sirius lo conocía siendo un desquiciado furioso como hombre y como lobo. Sí, Remus jamás creyó que podría acostarse con alguien, pero Sirius no era alguien, era Sirius, su amigo y admirador ya no tan secreto.

No se volvieron cursis. Nunca lo habían sido. Las cartas de admirador secreto de Sirius eran meros recordatorios con insinuaciones infantiles. "No olvides llevar tu bufanda, hace frío afuera y alguien podría querer besarte el cuello si lo dejas al descubierto", "Deberías probar los panqués de naranja, se acabarán pronto y espero poder probarlos de tus labios", "No duermas en Historia de la Magia, no pasaré el examen si te observo dormir todo el rato".

No se volvieron muy diferentes a lo que eran, excepto que ahora las cartas cumplían lo prometido al terminar las clases.

—Te pedí que no te sentaras con Peter, Colagusano sólo te deja trabajar solo y te ves tan apetecible con ese cabello desordenado —dijo sobre sus labios, en alguna esquina oscura, con las manos dentro de su pantalón y los ojos más lujuriosos—. Ahora tendré que desordenarlo por mi cuenta.

Y en su cumpleaños era igual, tal vez sólo un poco irritable.

—Si se atreven a pronunciar algo sobre mi cumpleaños, me encargaré de meterlos en tantos problemas que tendrán castigos hasta su último día en Hogwarts —amenazaba—. Y tú, Lunático, si planeas algún obsequio, espero que sea el sexo mas sucio que jamás hemos tenido —le susurraba a él, sin vergüenza y con descaro, casi mordiendo su oreja cual perro.

Y Remus lo hacía. Se encargaba de organizar la noche más sensual, sucia, divertida y sexual de la historia. Año tras año. Incluso cuando la guerra se coló debajo de las puertas y nadie era de fiar, Remus le preparó una noche a la luz de las estrellas, música "del extraño artefacto muggle" y sexo sin más que halagos, monosílabos y gemidos. Sin ningún tipo de cambio de información.

Debió saberlo. Debió verlo. Pero no pudo.

No cuando carta tras carta, cumpleaños tras cumpleaños y beso tras beso, Remus se fue perdiendo en esos ojos grises, se exhibió frente al animago, se coló en el estudiante y se enamoró del hombre.

—¿Por qué no te apartaste aquella noche, Lunático?

—¿Uh?

—Cuando confesé que yo era tu admirador secreto y te besé, ¿por qué no me detuviste? —preguntó con ojos brillantes de curiosidad.

—Porque yo también lo quería, sólo no pensé que alguna vez tendría oportunidad de besarte —confesó con una sonrisa diminuta.

—Que afortunado eres, Lupin —rió él.

"Sí, lo soy" hubiera dicho Remus, pero la guerra y buscaba cómo entrar a las casas y Remus no quería perder el tiempo hablando.

Debió hacerlo. Debió decirle y quizá así habria notado cuando la curiosidad se volvió tramposa, la risa se tornó en locura, el amor en mentira y su amigo, su admirador, su compañero, en un mortífago.

No tiene caso. Eso no le devolverá a Lily, James y Peter. Se acabó.

Es primero de noviembre. El cementerio de Valle de Godric se quedó sólo hace horas, aún se oyen fiestas mágicas por la derrota de Lord Voldemort, pero nada de eso ayudó a Remus a borrar la imagen de Sirius en 'El Profeta', deshecho de risa, bañado en sangre, acusado por traición y asesinato, custodiado por aurores y con destino a Azkaban.

Peor, nada de eso, ni el funeral, ni las celebraciones, ni su captura, ayudarán a desaparecer la pequeña cena para dos que aguarda en su cocina, el disco de jazz esperando girar en su tocadiscos, las sábanas impecables de su cama y la promesa de un cumpleaños más acompañados bajo las estrellas, enterrados en el cuerpo del otro.

Jamás había querido evitar con tanta determinación su hogar. Su casa.

Por eso terminó en esa posada, pequeña y acogedora, ajena de las celebraciones mágicas. Por eso notó al hombre del mostrador, amable, sonriente y de cabello negro. Por eso aceptó sus cumplidos y siguió sus insinuaciones. Por eso fingió seguridad y lo invitó a su cuarto. Por eso terminó buscando la mirada gris, brillante de lujuria y diversión, en un par de ojos azules que jamás serían Sirius Black.

Durmió en los brazos del pelinegro amable y sonriente, sintiéndose vacío y traidor, con el desesperado deseo de superar al Sirius que creyó conocer, su compañero, amigo y admirador. O sólo del que se enamoró y lo dejó sin nada.