Summary
Después de visitar a Remus en el verano, Sirius está teniendo serios problemas para no pensar en él.
Everywhere
When I think I'm all alone
and my heart's under control
Why is loving you not fair?
You're everywhere
Sirius tiene un problema. Bueno, tiene como diecisiete, entre que seguramente Slughorn encontrará unas plumas risueñas y explosivas de tinta en la sala común de Slytherin, que hay una interesante carta de su madre esperando ser abierta sobre su baúl, la tarea incompleta de herbología, su promesa de ir a la práctica de quidditch de James a la misma hora que quedó con una bonita hufflepuff, y otras cosas; pero un problema en específico está acabando con él: Remus Lupin.
Lo peor es que ni siquiera se había dado cuenta de que era un problema hasta que le explotó en la cara.
Todo empezó cuando su madre pensó que estaría un fin de semana en casa de los Potter. Juró y aseguró en cada oportunidad que eran una buena familia sangre pura, que tal vez Fleamont lucía un poco chiflado pero se debía a las pociones que hacía constantemente. Walburga aceptó de mala gana, y seguramente lo hizo para que Sirius dejara de fastidiar. De cualquier forma fue un éxito.
Euphemia Potter, por otro lado, sólo le bastó conocer a la mamá de Remus, y asegurar que su casa también estaba abierta para recibirlo cuando fuera, para dejarlos pasar el famoso fin de semana en casa de los Lupin.
—¿Y no crees que tu madre vaya a buscarte a casa de los Potter? —preguntó Remus.
—Nah, no le gusta tener que hablar con otros magos o brujas —aseguró sonriente—. Entonces, ¿qué esperamos? ¿No dijiste que había un interesante bosque con criaturas mágicas, Lupin? ¡Andando!
Fue un buen fin de semana, lo mejor del verano sin duda.
Recorrieron algunos senderos del bosque con la intención de encontrar hadas mágicas, sólo vieron luciérnagas, pero fueron bastante mágicas para iluminar su acampada. Acamparon en el patio de los Lupin, e incluso prendieron una fogata, comieron frente a ella y contaron las más ridículas historias de terror.
Jugaron quidditch de formas imposibles, se corretearon en la tierra, se metieron a nadar en el lago, se retaron a renombrar las constelaciones, comieron un montón, rieron a carcajadas y también hablaron bajito.
—¿Qué te hace pensar que Evans te hará caso este nuevo año? —se burló Sirius.
—Es el destino, Black. Saldré con ella y después será mi novia.
—Claro —rió Remus—. Sobre todo porque te encuentra irresistible.
—De ignorar, seguro —continuó Sirius.
—Bien. Burlense lo que quieran, pero cuando salga con Evans y sea el primero de ustedes en besar a una chica, veré sus caras mortificadas para reírme —alardeó James.
—¿Ahora de qué mierda hablas? —gruñó Sirius—. ¿Qué te hace pensar que no hemos besado a una chica?
—Duh —resopló James—. Tú no pararías de hablar de eso con todo el mundo, y Remus repele a las chicas como si tuvieran viruela de dragón.
—Tonterías —negó Remus—. No las repelo —imitó con voz arrastrada—, y sí he besado a una chica.
—¡Lo ves! —exclamó Sirius victorioso, entonces las palabras de Remus recobraron su orden y sentido en su cabeza—. Espera, ¿qué? ¿Cuándo?
—¿Y cómo? —intervino James, claramente interesado en la parte menos relevante. Sirius gruñó y apuntó a Remus con la linterna que los mantenía iluminados dentro de la casa de acampar.
—¡Cualquier estúpido puede besar, Potter! ¡Pero los amigos no pueden esconder tal acontecimiento así como así!
—Sólo fue un beso con una chica de la biblioteca —rió Remus, ajeno e imperturbable ante el escándalo de sus amigos—. Supongo que era su forma de agradecerme por prestarle unos apuntes.
—¿Agrade… apun? ¡Remus! —chilló Sirius—. No creo poder perdonarte.
Sí, Sirius convirtió ese beso en un evento por el cual Remus se había vuelto un mal amigo. Y desde entonces, incluso cuando estaba nuevamente entre las frías paredes de Grimmauld Place, no podía pensar en otra cosa más que en ese beso.
¿Cómo había sucedido? ¿Con qué chica? ¿Qué tan agradecida estaba? ¿Estaban saliendo? ¿Por qué no les dijo? ¿Por qué no alardeó sobre dar su primer beso? ¿Acaso no fue su primer beso? ¿Se avergonzaba?
Sirius no podía dejar de pensar en ello durante el verano. Pero finalmente volvieron a Hogwarts, Remus juró solemnemente que no revelaría detalles de ningún tipo y Sirius se enfadó. Se enfadó como por cinco minutos antes de resoplar y hablar de lo asombroso que sería el nuevo año porque tenía el plan perfecto para convertirse en animagos.
Así que ahora iba a la biblioteca y, aunque supiera perfectamente que estaba ahí para encontrar la forma de colarse a la sección prohibida, sus ojos no paraban de buscar a Remus y alguna chica que estuviera cerca de él para preguntarse: "¿será ella la chica agradecida?".
Un par de semanas después, cuando consiguieron un libro de transformaciones humanas del despacho de McGonagall, la chica ya no le importaba tanto, lo que le importaba era Remus. ¿Por qué había accedido a ser besado? ¿Por qué no quiso presumir? ¿No le había gustado? ¿Quizá estaba enamorado?
Y así se encontró observando a Remus más de la cuenta.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Remus con una mueca preocupada.
—No, ¿por qué?
—Porque me has estado observando desde el desayuno, Sirius, ¿tengo algo en la cara? —Sirius todavía tiene el descaro de recorrer el rostro de Remus con la mirada antes de negar.
—No, todo bien.
—Bien, deja de mirarme. Me estás poniendo nervioso —resopló—. Más te vale que no encuentre una bomba apestosa en mi cama o mis asientos el resto del día.
—Para nada —aseguró.
Y ahí comenzó el problema: Sirius ya no necesitaba ver a Remus para pensar en él.
A veces ya ni siquiera importaba el beso, Sirius simplemente se descubría pensando en como sonreía, la forma tan extraña en la que gira su cabeza para morder un panecillo, como gira la pluma en su mano constantemente, los resoplidos que suelta ante una pregunta tonta, los movimientos de sus ojos durante una conversación, su risa bajita y la estruendosa, en su… mierda. Así de sencillo se perdía pensando en Remus.
¿Lo peor? No sabía por qué, pero tampoco quería detenerse.
Tampoco es que pudiera detenerse a voluntad. La más mínima cosa servía como detonante para pensar en Remus.
—Slughorn perderá la cabeza cuando descubra esas plumas en la sala común, ¿no crees? —preguntó Peter cuando el pobre chico Slytherin entró a su sala común sin saber que sus plumas eran bastante diferentes.
—Tal vez, pero Remus dijo que no podíamos acercarnos tan fácil a las otras salas comunes —respondió Sirius con una sonrisa de suficiencia.
Ahí estaba Remus otra vez.
—Black, la lechuza endemoniada de tu madre te está esperando arriba —bufó James—. Me echó de la habitación, por cierto.
—Es una lechuza, Potter, ¿cómo…?
—¡Está maldita! —aseguró con un grito que escandalizó a la sala común—. Y no me convencerás de lo contrario.
—Bien, haré que se vaya, pero te apuesto a que Remus no se habría dejado intimidar por ella.
Ah, también está aquí.
—Black, es tarde para que estés afuera —habló Lily Evans a sus espaldas.
—¿Quién lo dice? —respondió con voz baja, desanimada y aburrida.
Escuchó el suspiro de Evans y sus pasos acercarse.
—Luces terrible, ¿por qué no sigues con… lo que sea que estés haciendo adentro, uh? Antes de que venga otro prefecto —intentó con una voz más amable, su voz de prefecta. Sirius gruñó y apuntó las dos macetas aparentemente vacías frente a él.
—De hecho, estoy esperando al prefecto de Gryffindor —resopló—. Dijo que vendría a hacer la tarea de herbología.
—¿Remus?
—¡Sí, ese impuntual…! ¡Bah! —gruñó nuevamente y apartó las macetas de un manotazo, de inmediato salió a la superficie una hoja con rostro, uno evidentemente furioso, se podría decir que incluso tenía las manos a la cintura, si no fuera una planta—. Lo siento —le susurró a la plantita—. Los dejaré tranquilos.
Sin más, se puso de pie y encabezó la marca al interior del castillo, no sin antes gritarle a Evans: —Si ves a Lupin… no le digas nada. Lo veré en la habitación de cualquier forma.
Sí, también estaba ahí.
Y Sirius… Sirius no estaba en ninguno de los lugares donde se supone que esté, ni en cuerpo ni en mente.
—¡Sirius! —gritó Remus desde el inicio de las escaleras, apresurandose a subir un escalón antes de que decidiera cambiar de lugar—. ¿Qué está haciendo aquí? Ni siquiera llegaste a dormir a la habitación. ¿Dónde estabas?
—¿Quién pregunta? ¿Remus o el prefecto Lupin? —dijo entre dientes y sin devolverle la mirada.
—Sirius… —suspiró.
—Estaba en el invernadero —respondió finalmente—. Te estuve esperando para hacer la tarea, tal como quedamos, y Evans me metió al castillo porque ya era tarde. Así que tuve que esperar a que todos los prefectos estuvieran lejos de las salidas para escabullirme y hacer el apunte.
—¿De qué rayos hablas, Black? ¡Quedaste conmigo hoy! —exclamó Remus con fastidio—. ¡Por eso te estoy buscando como loco!
—¿De qué rayos hablas tú, Lupin? —resopló, finalmente alzando la vista para encontrarse con los ojos de Remus—. Nunca dijiste que hoy.
—El viernes tú dijiste que no podrías hacer la tarea en todo el fin de semana, y tampoco el lunes, y que el martes irías con una chica a dar una vuelta por el lago, así que quedamos hoy en el invernadero, ¡y fui! ¡Y no estabas tú, ni las plantas berrinchudas!
Oh, es cierto.
—Espera, ¿James está en el quidditch justo ahora? —preguntó verdaderamente confundido. Remus resopló y se sentó a su lado.
—¡Eso es mañana!
De ser así… tal vez su lista de problemas ya está como en trece. Pero Remus no deja de mirarlo con esos ojos clarísimos y bastante preocupados, fastidiados y, ¡basta!
—¿Qué te pasa, Sirius? —preguntó bajito—. ¿Es por la carta de tu mamá?
Catorce problemas.
—No. Sólo… —no puede decirle. Está loco si cree que Remus sabrá lo que le pasa, él también creerá que está loco—. Estoy distraído, es todo, quizá sí sea por mi madre. Como sea, no tenemos tarea ni planes para hoy, hay que ir a espantar algunos Slytherin, ¿qué dices?
—No. Algo te pasa —insistió con su evidente mirada de preocupación—. Está bien si no quieres decirme, pero no me mientas.
—Te lo diré después —soltó con facilidad mientras se encogía de hombros—. Lo prometo.
—Bien —resopló Remus, no del todo convencido pero con una sonrisa—. ¿No prefieres escaparte a los pasadizos del sexto piso? Estamos cerca, y estoy seguro que alguno llevará fuera de Hogwarts.
¿Pasadizos? ¿Esos que a veces son demasiado estrechos y obligan a caminar muy, muy juntos? ¿Con Remus?
—¿Vienes o tienes un mejor plan?
Bueno, ¿qué diferencia hay con un problema más?
—Vamos.
De todos modos ya piensa en Remus sin importar qué haga.
Y no le molesta, tal vez incluso le guste.
—Oh, por cierto, mi mamá escribió ayer, los invita a visitarnos en las próximas vacaciones. Le agradaste mucho, Sirius.
Quince problemas.
