Summary

Remus tiene demasiados sentimientos encontrados mientras recuerda algunas cosas sobre su relación con Sirius, una relación casi unilateral.


Cross Your Mind

Love the way you hurt me
and it doesn't even cross your mind, oh
Tell me that you love me
but I know you're out there runnin' wild, oh

La cuestión es que Remus se sabe manipulado. Pero no piensa hacer nada al respecto. Tiene la teoría de que Sirius ni siquiera sabe que lo está manipulando, que él genuinamente piensa que Remus hace lo mismo que él: ser un casanova, un cualquiera. "Una zorra" diría su buen amigo James.

Remus nunca lo ha visto como tal, pero vaya, él está siendo constantemente manipulado por Sirius. Y nunca hace nada al respecto, en algún momento le creyó, que sus problemas eran genuinos y sin solución. Así lo conoció.

Tenía alrededor de veinte años cuando fuertes golpes en la puerta de su dormitorio lo apartaron de su tarea, abrió la puerta y Sirius entró de inmediato, cerró la puerta a sus espaldas y dejó a Remus sin habla. Esa noche sólo vio a un muchacho con un pantalón de pijama descolorido, cabello negro desordenado y un par de ojos grises llenos de diversión.

—Lo siento, nadie me abría desde el segundo piso —saludó él.

—Es que son las dos de la mañana —resopló Remus, que lejos de estar fastidiado, intentaba recordar dónde había dejado el cuchillo más afilado, por si es que este muchacho era un loco asesino o algo así.

—Lo sé, lo siento de nuevo. Es que comparto habitación con mi hermano y accidentalmente hice algo que no debía, así que mi madre está aquí, acaba de llegar y sólo pensé en escaparme por la ventana —explicó atropelladamente—. El amigo lamebotas de mi hermano me está siguiendo, por eso me colé en este edificio, ¡pero nadie me abrió! Hasta que llegue a tu puerta. Dieciséis B. Fantástico. Es mi número de la suerte. Y soy Black, es decir, Sirius Black. Un gusto.

Remus parpadeó y estrechó la mano de Sirius, desorientado y aturdido por su perorata.

—Descuida, me iré en cuanto mi amigo James termine su… cita —bufó—. Entonces me iré con él a pasar la noche. Ya veré mañana cómo evitar a mi madre.

El escándalo y estrépito de las circunstancias bajo las que se conocieron debieron darle algún indicio a Remus de que no terminarían bien. Pero, en su defensa, él creyó que no lo vería jamás.

La cita de su amigo James nunca terminó, así que Sirius terminó pasando la noche en el departamento de Remus, hablando y hablando sin parar mientras él terminaba su tarea. Remus lo dejó quedarse porque se ofreció a preparar café y hotcakes a cambio de hospitalidad. De verdad era una tarea muy extensa.

Así fue como en una madrugada, alrededor de siete horas, conoció a Sirius Black y el drama familiar en el que estaba envuelto. Aparentemente era un Lord, ajá, esos que buscaban esposa hace cien años, pero ahora su única misión era no manchar el apellido de Condes, Duquesas, Lores y tal vez Princesas Black. Cosa que ya había hecho un sin fin de veces, por eso su madre estaba ahí, intentando arreglar un pequeño escándalo con una estudiante ligeramente menor que él.

—Tengo que volver a mis propias clases, Remus Lupin —anunció Sirius, luciendo fresco y sin ninguna pista de que no pegó el ojo en toda la noche—. Espero verte de nuevo, definitivamente fue encantador y oportuno conocerte —exclamó con tono aristócrata y burlesco, como lo haría un Lord de hace cien años—. De verdad, gracias Remus, ojalá nos veamos de nuevo.

—Buena suerte, Sirius.

Que ni siquiera la necesitó, nunca nadie jamás escuchó un escándalo entre Lores y menores, Remus supuso que todo había salido bien, tanto que no volvería a ver a Sirius en la vida.

Pero entonces: —¡Tú eres Remus Lupin! —exclamó James Potter, un compañero de algunas clases en el edificio E—. ¡Sirius me habló de tí!

—¿Lo hizo?

—¡Por supuesto! Dijo que eras su héroe de madrugada —citó con gestos petulantes exagerados—. La verdad es que no quise saber los detalles sucios.

—Nosotros no…

—¡Lo sé! Sólo te estoy tomando el pelo —rió—. Sin embargo, tienes que saber que eres un muy, muy buen amigo de la chica que me encantaría conocer.

—¿Cómo sabrías…?

—¡Es Lily Evans! ¿Verdad que sí son amigos? —exclamó más que preguntó—. En fin. ¿Te parece si organizamos una cita doble? Te prometo que Sirius mantendrá la boca cerrada, tanto como pueda, además, me lo debe. ¿Qué dices?

—Yo no…

—¡Bien! Te dejaré mi número en este papelito, justo en tus apuntes de finanzas. Sólo para que lo reconozcas, yo te enviaré un mensaje más tarde para darte detalles y se los puedas compartir a Lily —organizó con una sonrisa brillante—. Por cierto, ¿podrías darme tu número? Quizá fui grosero.

Ajá, quizá por eso James y Sirius eran amigos.

En menos de lo que jamás pensó que sería posible, Remus estaba envuelto en dos nuevas amistades y una cita doble. Misma a la que Lily accedió muchísimo después de lo que James tenía planeado.

Resultó bien. Para ellos, al menos. Para Remus… para él fue el comienzo de una extraña relación con Sirius.

—Gracias por hacer esto por Jamie —dijo Sirius, ambos observando los jardines del bonito restaurante desde el balcón mientras compartían un cigarrillo—. Le dije que tal vez ni siquiera recordarías quién soy.

—¿El hombre que entró casi desnudo a mi departamento de madrugada, con antecedentes aristocráticos en su sangre y una inmensa reputación en juego? Para nada, extraño, acabamos de coincidir en esa mesa.

Sirius rió y negó.

—Sabes de qué hablo —resopló—. Por lo general no hago esos espectáculos frente a chicos atractivos.

—Claro, porque detestas los espectáculos —rió Remus.

—No, no, los disfruto, más si soy el protagonista —admitió sonriente—. Pero no esperaba que alguien tan atractivo como tu estuviera detrás de esa puerta.

—¿Intentas seducirme para darle más tiempo a James a solas? —indagó con una ceja elevada, la única parte de su cuerpo que se mantenía escéptica y desinteresada, el resto estaba más que dispuesto a dejarse seducir.

—No, no lo hago por ellos —rió bajito—. Pero espero que sí esté funcionando.

Vaya que sí.

—Creo que a ellos les vendría bien un tiempo más para conocerse —asintió Remus—. Qué bueno que tú y yo no estamos en esas condiciones, ¿verdad?

—Bastante afortunados, sí.

Así, con un beso sabor a tabaco y champagne, en el balcón de un restaurante lujoso, Remus selló su destino junto a Sirius Black.

Fue encantador, por lo menos al inicio. La clásica neblina cursi que ciega a las parejas al inicio de la relación.

Salían a citas dobles con James y Lily, mismas de las que terminaban escapando para besuquearse, tenían citas por sí mismos a las afueras de la ciudad o en rincones insólitos de la universidad, y tenían sexo, tanto, tanto sexo. Remus estaba más que complacido de ver a Sirius, fueran las circunstancias que fueran, para una cita bajo las estrellas o el sexo más frenético en el asiento del auto. No importaba, Remus lo haría.

Y luego: —Lo siento, Rem, hay algo importante con mi hermano y no puedo faltar, ¿te puedo compensar mañana?

—Claro, es tu hermano, no te preocupes.

—Sabía que entenderías —sonrió Sirius. Besó sus labios por un rato bastante largo y se fue.

Remus habría estado bien con eso, con esa basta explicación y ese dulce beso, pero necesitaba un libro de la biblioteca para un ensayo urgente. Así que salió a la biblioteca y, entre el pasillo de Folklore Clásico y Formación Neoclásica, Regulus Black le devolvió la mirada.

—Lupin —saludó el menor Black—. ¿Te importaría mencionarle a mi hermano que madre viene la próxima semana? Sería encantador que nos acompañara para cenar, y que te extienda la invitación, por supuesto.

—Seguro, pero tal vez se lo puedas mencionar antes de que yo lo haga —sugirió con una sonrisa diminuta.

—¿Bromeas, cierto? No he visto a mi hermano en las últimas dos semanas, andará… perdiendo el tiempo, quizá.

—Bueno, le diré cuando lo vea, entonces.

—Gracias. Nos vemos, Lupin, tengo una práctica.

—Adiós, Regulus.

¿Lo peor? Remus quería insistir en ignorar su corazón rompiéndose. Sirius estaba con alguien más. No tenía ninguna prueba más allá de su mentira, pero el hombre contaba con un antecedente muy extenso de aventuras lujuriosas y nulas relaciones formales. ¿Acaso él era una de esas aventuras?

Sí, definitivamente.

Entonces se decidió por no serlo. Esperaría a que Sirius apareciera nuevamente y le diría que se acabó. Que serían mucho mejores si se mantienen como amigos. Que fue muy bonito, el sexo espectacular y las citas, las cosas de realeza del siglo XXI y todo eso, pero que no quiere ser una aventura.

Sólo que Sirius apareció diciendo: —¡Hey, Rem! ¿Adivina quién vendrá de nuevo? ¡Mi madre! Y creo que sería la oportunidad perfecta para presentarte, ¿qué dices?

Debió decir que no. No y soltar todo el discurso que había preparado.

—Claro, me encantaría conocerla.

—¡Genial! Necesitarás un traje, déjame ver tu armario.

Remus mantuvo sus sentimientos y pensamientos para sí mismo hasta que conoció a Walburga Black, una encantadora mujer que delataba con cada fibra de su ser la estrecha relación de su apellido a la realeza. Su ropa, cabello, joyería, personalidad, modales, forma de hablar, caminar, comer y sonreír, toda Walburga Black era una mujer que denotaba gracia, belleza, realeza y un poquitín de terror. La clase de terror que desprende una mujer cuando de sus hijos se tratan.

Remus, de traje y con los mejores modales que recordaba de su madre y abuela, se supo interrogado hábil y discretamente por Walburga, un interrogatorio común en una madre preocupada por su hijo, su primogénito, su fuente de problemas.

Cuando la velada terminó, Waburga le sonrió con algo que bien pudo ser aprobación y empatía, estrechó su mano y besó su mejilla, prometió volver y pidió su indudable presencia a la mesa la próxima visita.

—Eso fue una sorpresa —soltó Regulus.

—Te dije que Remus era naturalmente encantador —sonrió Sirius, tomando su mano entre la suya y depositando un beso en el dorso.

—Tu madre es muy hermosa —halagó él—, me alegró conocerla.

—Pues bienvenido a la familia, Remus —declaró Regulus. El hermano menor ni siquiera se imaginaba lo certero que sería su oración.

Remus se vio envuelto en más imprevistos dentro de la agenda de Sirius, léase mentiras, cartas de Walburga Black y saludos a la distancia de Regulus desde la biblioteca, el campo y los pasillos de la universidad. Y todo esto provocó una ola de cambios en su vida, por ejemplo, sus profesores ahora lo llamaban por su nombre completo y aumentaban su amabilidad, sus compañeros lo saludaban con frenesí o lo ignoraban fallidamente, recibía regalos de extraños, era mencionado en el internet como la pareja de Sirius Black, el heredero de la fortuna Black, y recibía solicitudes a entrevistas personales.

No le gustaba en absoluto. Pero lo mantuvo. Lo mantuvo porque Regulus ahora se acercaba a Remus y le pedía consejos sobre la universidad, sus amigos y libros; lo mantuvo porque Walburga repetía en cada carta que se sentía tranquila al saber que su hijo estaba con un hombre como él, honesto, amable, responsable y encantador; lo mantuvo porque James ahora mensajeaba con él y eran buenos amigos, esos que salen a beber y platicar, que intercambian trabajos y hablan de su pareja con una sonrisa; lo mantuvo porque Lily nunca lo dejó y lo apoyó con cada cambio en su vida, Lily lo animó y defendió sin esperar una explicación; lo mantuvo porque amaba a Sirius, lo que tenían y cómo lo hacía sentir, aunque fuera una mentira.

Lo mantuvo hasta que explotó.

—No es cierto —dijo entre dientes una noche nublada.

—¿Qué? —preguntó Sirius, ceñudo y tenso.

—Que no es cierto —repitió lentamente, todavía con la mandíbula apretada y la furia corriendo por sus venas—. No irás con Regulus a ningún club importantísimo. Regulus tiene una práctica nocturna esta noche. Tampoco irás con James, él y Lily tienen una cita en otra ciudad. Y el…

—¿Me estás llamando mentiroso? —preguntó indignado, entrecerrando sus ojos y haciendo sus manos un puño.

—Sí —respondió fácilmente.

—No tienes ni puta idea, Lupin —gruñó—. Y no tienes ningún derecho de…

—Me importa un carajo el título que te quieras poner, Sirius, sigue siendo una mentira —exclamó Remus—. Siempre lo han sido.

—¿Y decidiste no decir nada hasta ahora? —bufó Sirius, entonces resopló, le dedicó una larga mirada y sonrió arrogante—. Claro, no querías perder toda la atención que habías ganado, y por eso no dijiste nada hasta…

—¡Cállate! ¡Yo no pedí la atención de nadie, eso fue tú culpa! —gritó—. No te atrevas a insinuar por un minuto que esto es mi culpa, porque no lo es.

—¿No? —susurró Sirius, fingiendo sorpresa antes de volver a sus facciones furiosas—. ¿Entonces por qué no lo mencionaste antes? ¿Uh?

No respondió. Y Sirius no esperó que lo hiciera. Salió de su departamento dando un portazo, sin soltar más mentiras ni la promesa de regresar.

Remus respiró agitado minuto tras minuto hasta que las lágrimas se desbordaron por sus ojos, saliendo desde las grietas más pequeñas de su roto corazón.

Sabe que caminó a la cama entre lágrimas porque no soportaba ver la puerta, que apagó las luces porque no quería ver nada que le perteneciera a Sirius y que su llanto fue la canción de cuna más espantosa con la que había caído rendido jamás.

Despertó sintiendo una naríz fría de alguien en su cuello, las manos con dedos larguísimos en su cadera, y el pecho descubierto en su espalda.

—Lo siento, Rem —habló Sirius, sonando abatido, lloroso y ebrio—. No quería gritarte, yo… He tenido unos problemas que… que no conoces y me avergüenzan, no quise mentir. Perdóname, Remus. De verdad lo siento.

—Estás ebrio.

—No sabía cómo olvidar lo que pasó —lloriqueó—. No pude. Así que volví. Perdóname. Te contaré todo, sin más mentiras. Lo prometo.

—Mañana. Ahora, descansa.

—Pero, ¿sí me perdonaste? —insistió.

—Sí, Sirius. Te perdono.

La cosas que le avergüenzan a Sirius, según él y su torpe explicación de esa mañana, es que tiene problemas con el alcohol. Por eso su hermano ya no se molesta en buscarlo, su madre insiste en vigilarlo y James en acompañarlo. Ciertamente no le enorgullece, pero, con tal de no perderlo, será honesto.

Remus no le cree.

La marcas en su cuello, los olores de su ropa y las vibraciones de su celular no le permiten creer en él ciegamente. Pero aún así.

—Debiste decirme y ahorrarte el escándalo.

—Sabes que me encantan.

—Pues a mi no.

—Lo siento —repitió por sexta vez desde que despertó—. ¿Estamos bien? ¿Juntos?

Ni siquiera lo pensó, ni lo dudó.

—Juntos.

Nunca se detiene.

Han pasado tres años desde aquella noche de pelea y nunca se han detenido las excusas, las mentiras, las peleas y las disculpas. Remus aún recibe cartas de Walburga, visitas de Regulus y bastante tiempo con James, Lily y su hijo, solicitudes de entrevistas escandalosas y obsequios de gente desconocida.

Sirius tiene buenos ratos, arma citas y vacaciones sorpresa, se enrollan como un par de adolescentes que recién descubrieron el sexo o como adultos en abstinencia, ríen, juegan y comparten amor. Pero también discuten, gritan y lanzan insultos al aire para que alguien los atrape y vuelva a lanzar. Remus se cansa de la rutina absurda, pero no está dispuesto a dejarlo.

—Rem, te prometo que no tardaré —prometía Sirius cada vez, apuesto y encantador como siempre. No es la clase de atuendo que uno usa para ver una carrera, tampoco es el horario común de una carrera de autos.

Remus se rindió hace mucho a cada mentira.

—Prométeme que volverás —pedía Remus, todas y cada una de las veces que Sirius salía por la puerta de su ahora hogar.

—Por supuesto que voy a volver —reía él, como si hubiera diversión y chiste en la petición de Remus—. ¿Con quién te casarías si no lo hiciera, eh?

Besaba sus labios y salía por la puerta sin hora o fecha de regreso.

—Con nadie —admitía Remus, muy a su pesar, una contundente verdad.