Futura mujer

Inuyasha

Me despedí de Kahori y subí a mi auto, aún con aquella marea de intensas emociones atravesando mi pecho. No podía creer que ella fuese capaz de haber comprendido todo y tomárselo de esa manera.

Idiota, ¿Qué esperabas? Si en parte fue esto lo que te enamoró de ella en el pasado.

Era verdad. En la época feudal, cuando la conocí bien, pude notar su nivel de comprensión y madurez (algo muy extraño en una mujer tan joven como ella) pero, justo aquello, era lo que le permitía ser una gran sacerdotisa, amén de sus poderes espirituales.

Sonreí a sabiendas de que había cerrado una deuda con mi pasado y, ¿Por qué no? Había ganado la permanencia de una persona especial en mi vida, sólo que dese otro lugar.

De repente, el móvil sonó, sacándome de mis pensamientos. Lo tomé y observé el nombre en pantalla.

Miroku.

- ¿Qué quieres?

- Hay un poco de palabra en tu amabilidad, coqueto. - si, quizás no fui el más cordial después de todo.

- Ya, ¿sucedió algo?

- No en realidad, sólo que siento que aún hay cosas que debemos hablar sobre Magatsuhi y demás. - me quedé en silencio, sabiendo que había mucho más para hablar. - ¿Inuyasha?

- ¿Tienes tiempo ahora? La realidad es que si, hay demasiadas cosas que tengo que decirte y dudo mucho que te agraden. - suspiré, sabiendo que lo que vendría, iba a ser letal para mi futuro.

- Definitivamente eso no me causa gracia, amigo.

- No debería.

- Bien, entonces, te espero. ¿Quieres que pida algo para comer? Supongo que ya has desayunado.

- Como quieras, estaré ahí en unos minutos.

- De acuerdo.

Continué manejando, con mis nervios a flote. ¿Hasta cuando iba a continuar esta montaña rusa tan cambiante y estresante?

Hasta que pueda poner un poco en orden mi vida personal y pueda concentrarme puramente en el enemigo.

Minutos después, tal y como había dicho, llegué a su casa. Tragué saliva, suspirando levemente mientras acortaba los pasos hacía la discusión más peligrosa de mi día. Me detuve frente a la puerta y toqué el timbre sólo para avisarle que iba a ingresar.

- Buenos días, mi querido cabecita blanca.

- Ahórrate tus apodos, ¿bien?

- Vaya, efectivamente te ves más gruñón que en los días normales.

- Créeme que cuando lo sepas, también te podrás de mal humor.

- Entonces escúpelo sin más.

- Bien. - hice una pausa. - Dejaré SexPlay...

- ¿Qué? - murmuró, abriendo sus ojos ampliamente.

- Kikyo está embarazada. - solté sin más, viendo como sus ojos se abrían más, algo que no creía posible. - Me casaré con ella, por lo que deberé renunciar a esta vida y muchas cosas. - me encogí de hombros, como si aquello pudiese aliviar un poco el peso que sentía sobre mi espalda.

- Inuyasha... ¿Qué hiciste?

- Espera, hay más. - sonreí, elevando mi mano. - Kahori recuperó la memoria y acabo de verla, por fin pudimos cerrar nuestra historia. No, no estaremos juntos, pero puedo decirte que ella es lo único que esta bien en mi vida en este momento.

- Inuyasha...

- Kagome me odia, no tengo dudas. - reí, siendo llevado por la locura mientras me sentaba frente a él. - Lo intenté, ¿sabes?, verdaderamente estaba dispuesto a dejarlo todo por ella, pero... las cosas se salieron demasiado de control y ella no lo soportó. - sonreí. - La entiendo, esto es demasiado incluso para mi.

- Lo está siendo para mi. - suspiró. - Y eso que sólo te estoy escuchando. - ambos nos quedamos en silencio por unos momentos, seguramente que aún estaba procesando todo lo que le había soltado. - Inuyasha, ¿Cómo pasó todo esto?

- Sólo pasó.

- Pero, ¿elegiste casarte con esa mujer porque si?

- Mi padre me obligó. - su semblante cambió de inmediato. - ¿Crees que yo elegiría una condena similar? - desvié mi mirada. - No lo quise, pero tendré un hijo con ella y... ese bebé no tiene la culpa de nada.

- ¿No crees que casarse es un poco extremo?

- No lo creo, lo sé. Pero... también sé que, si Magatsuhi no existiera en este momento, mi padre jamás me impondría algo como esto. Él... sólo quiere asegurarse de que proteja las vidas que puse en peligro.

- Esta bien, lo entiendo... aún así, me compadezco de ti. - efectivamente la figura de mi padre era demasiado como para contradecirla, incluso si se trataba de mi mejor amigo.

- Yo igual me compadezco de mi. - sonreí, tratando de mostrar una falsa calma que no poseía.

- ¿Y que hay de la señorita Kagome?

- Lo que escuchaste, ya no hay más nada que pueda hacer con ella.

- Pero... ¿te enamoraste?

- ¿Tienes dudas?

- No, es obvio que no. - me sonrió, compadeciéndose realmente. - Bueno, supongo que deberás esperar, coqueto. Mira lo que sucedió con Kahori.

- Si. - sonreí al recordarla. - Aunque... mira lo que sucedió también con ella. - hice énfasis en que todo había terminado con ella también.

- Oye, sólo tengo una duda. - me interrumpió. - Si no te hubiesen obligado a casarte con Kikyo, ¿hubieras regresado con Kahori?

Me quedé en silencio, ya que verdaderamente no sabía que responder. Es decir, quería estar con Kagome, pero...

En ese momento, mi móvil comenzó a sonar, provocando que me pusiera de pie.

- Salvado por la campana. - se burló y blanqueé mis ojos.

- ¿Quién habla? - si, rara vez mis respuestas iban a ser cordiales por llamada.

- El buen Taisho. - rio. - Espero haber interrumpido un preciado momento.

- ¡¿Qué demonios es lo que quieres, Bankotsu?!

- Sólo quiero asegurarme de que sepas todo.

- ¡¿Qué sepa qué?!

- Inuyasha. - murmuró Miroku. - No caigas en su juego, ya sabemos como es.

- Que sepas que fuiste el causante de las lágrimas de Kagome. - sabía que estaba sonriendo mientras pronunciaba aquellas palabras. - Pobrecita, debiste ver la expresión de su rostro. - rio y yo apreté fuertemente mis puños. - No soporto... verte al lado de esa mujer.

¿Esa mujer? La única a la que había visto en la calle era...

- ¡¿Acaso me estabas siguiendo?!

- Eso es lo de menos, Inuyasha. Lo importante aquí, es que Kagome también vio esa preciosa escena.

- ¿Cómo que nos vio? - murmuré. - ¡¿Estabas con ella?!

Una risa enloquecedora fue lo que obtuve por respuesta y aquello provocó que mi sangre comenzara a hervir.

- Oye. - nuevamente Miroku murmuró. - Cálmate.

- ¡¿Dónde está Kagome?!

- Relájate, perro con sarna, Kagome no estaba conmigo en ese momento, pero me la encontré después.

Maldición, ¿Cómo es posible que no me haya percatado de su aroma si estaba tan cerca?

- Fue una delicia el ver como su ilusión terminaba por romperse al ver la foto de como besabas a otra mujer. - la culpa comenzó a invadirme en ese momento. -No negaré que me dio un poco de pena, pero después recordé que sólo se trata de una estúpida...

- ¡No te atrevas a insultarla! O iré a buscarte a donde quiera que te encuentres y...

- ¿Y qué? - me interrumpió. - ¿Vas a matarme? No creo que eso arregle el hecho de que ella está con alguien más en este momento.

- ¿Qué?

- Al parecer, mi linda diablita ya no es tan tranquila como recuerdo. - la forma en la que se refería a ella, me asqueaba. - Se atrevió a abofetearme y tuvo que pagar el precio.

- ¿Pagar el precio? - mi rabia escaló a un nivel ya casi imposible de controlar. - ¡¿Qué le hiciste a Kagome?!

- Tranquilo, su herida no fue tan grave, por suerte su príncipe azul llegó al rescate.

- No creas que vas a lograr confundirme, imbécil.

- ¿Confundirte? ¿Crees que es imposible que Koga, ese lobo apestoso, haya llegado a salvarla?

Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Por supuesto que me parecía completamente posible que Kagome y Koga estuvieran juntos, ¿Por qué iba a sorprenderme? si él era un yokai como yo, por supuesto que iba a poder llegar hasta donde ella se encontrara mediante su olfato. Sin embargo, no podría evitar dudar, después de todo, quien me decía esto era Bankotsu, el tipo menos confiable del planeta.

- ¿Dónde están? ¡¿Dónde están Koga y Kagome?!

- No lo sé, no me interesé en seguirlos, ya sabes... su herida es pequeña, asique seguramente terminarán teniendo sexo desenfrenado, después de todo, a esa puta no le importa revolcarse con cualquiera.

- ¡ESCÚCHAME BIEN, MALDIO IMBÉCIL, SI VUELVES...! - y cortó la llamada, burlándose seguramente. - ¡MALDITO! - grité. - Tengo que llamar a Kagome, necesito saber que demonios le pasó y...

Comencé a buscar entre mis contactos y nada.

Por supuesto que nada, si eliminaste su número, maldito idiota.

- No puede ser... - murmuré, sentándome nuevamente.

- Inuyasha, no lograrás nada con alterarte. - se sentó frente a mi. - Si mal no entendí, Koga está con ella, ¿no es cierto? - asentí. - Entonces no tienes nada de que preocuparte.

- ¿Qué acabas de decir? ¡Es Kagome de quien hablas!

- Ya lo se, ya se que estas enamorado de esa mujer, pero también tu mismo dijiste que ya no había nada entre los dos. - me quedé en silencio. - Ya no puedes hacer nada por Kagome, al menos no ahora. ¿Por qué mejor no te concentras en tus cosas? Digo, ahora serás padre, tendrás una esposa y aún debemos ocuparnos de Magatsushi y demás. Koga la protegerá mientras tanto.

Aunque me doliera, era verdad, no podía hacer nada por Kagome. Aunque quisiera salir corriendo a buscarla, no iba a dar con ella, ¿Por qué? Porque, por alguna razón, mi olfato me estaba jugando muy malas pasadas. Y aunque odiara que Koga fuera el que la estaba cuidando, al menos esperaba que lo hiciera bien.

- Tienes razón. - pronuncié finalmente. - Yo... ya no puedo hacer nada por ella. - murmuré. - Pero... aún hay cosas que debes saber sobre Zero y Magatsuhi. - busqué cambiar el tema de inmediato.

- Y tú cosas que cambiarán aquí, ahora que has decidido irte. - me sonrió. - Pero... comienza tú.

Horas más tarde.

La tarde llegó demasiado rápido y no podía negar que estaba demasiado nervioso. Me estacioné frente a su edificio y le envié un mensaje. Bloquee el movil y me quedé mirando al frente.

¿De verdad está sucediendo? ¿Realmente voy a tener un hijo?

Parecía una locura, pero por momentos me parecía un sueño. Yo, Inuyasha Taisho, el yokai que sólo se enamoró en la época feudal, el mismo que se juró jamás ir más allá con nadie, ahora estaba a punto de presenciar la primera ecografía de su bebé.

La puerta abriéndose, me devolvió a la realidad, encontrándome con su sonrisa.

- Hola.

- Hola. - le devolví la acción. - ¿Estas lista?

- No puedo mentir, estoy nerviosa. - había algo en su rostro que lucía diferente, casi como si estuviese iluminado y, si debía ser honesto, me agradaba bastante.

- Yo también... ya quiero verlo.

- ¿Te entusiasma?

- ¡Claro! Es nuestro hijo.

- Si... es nuestro hijo. - murmuró, llevando su mirada al frente.

Encendí el auto y nos encaminamos hacia nuestro destino.

- ¿Cómo has estado? - pregunté casi involuntariamente y noté como me miró sorprendida. - Espero que no te hayas quedado pensando en lo que sucedió esta mañana.

- No. - respondió en baja voz. - No te preocupes, estuve demasiado emocionada con este momento como para pensar en eso.

- Me alegro por eso.

Nos mantuvimos hablando amenamente durante todo el camino hasta llegar a la clínica. Descendimos y comenzamos a caminar uno al lado del otro. La miré de reojo y, buscando aclimatarnos, la tomé de la mano, provocando que nuevamente me mirara sorprendida y sonrojada. No supe que decirle, por lo que sólo le sonreí.

Kikyo se anunció con la secretaría y sólo minutos después, nos llamaron.

- Buenas tardes. - nos sonrió la mujer.

- Buenas tardes. - respondimos al unísono.

- Por favor, señorita, recuestece en la camilla. - la señaló. - Joven...

- Taisho, Inuyasha Taisho, soy el padre del bebé.

- Lo imaginé. Por favor señorita, desabotónese el pantalón y suba un poco su camisa.

- Si. - asintió, sonriendo mientras la mujer preparaba todo.

Era la primera vez que veía todas estas cosas frente a mi y, si debía ser honesto, no comprendía nada, por lo que sólo me acerqué a Kikyo y volví a tomar su mano, intentando transmitirle seguridad.

- ¿Necesitas algo?

- No, pero... - apretó un poquito su agarre. - ¿Puedes quedarte ahí?

Sonreí, acariciando su mejilla con mi mano libre, asintiendo para asegurarle de que me quedaria a su lado.

La mujer comenzó a esparcir un poco de gel, provocando un pequeño respingo en ella.

- ¿Esta frio? - sonrió la mujer.

- Si, un poco.

La doctora colocó aquella sonda sobre su abdomen y comenzó a moverla con lentitud mientras que, en aquella pantalla, aparecían imágenes indescifrables para mi.

- ¿Todo está en orden? - preguntó Kikyo frente al silencio de ella.

- Si... todo esta bien. Miren... - se puso de pie. - Ahí está.

- ¿A donde? - entrecerré mis ojos, intentando ver en el lugar señalado. - ¿Eso de allí? Es... diminuto.

- Lo es, de hecho... estas comenzando el segundo trimestre. - miró a Kikyo. - Estas en los últimos días de tu semana 13.

- ¿De verdad?

- Si, pronto comenzará a notarse su barriga y, al parecer. - acercó sus ojos a la pantalla. - Todo está en perfectas condiciones.

Sentí una especie de alivio, entremezclado con una enorme calidez que tomó lugar en mi pecho, quitandome todo el estrés que traía acumulado hasta el momento. Miré a Kikyo, quién no dejaba de mirar la pantalla, con sus ojos llenos de lágrimas y su sonrisa desbordando su rostro, una sonrisa que sólo transmitía una cosa: Amor.

Y que linda que se veían en ese estado.

Volví mis ojos a la pantalla, aún incrédulo de que aquel pequeñísimo ser, se tratara de una vida. De una vida que yo mismo creé. ¿Se podía amar a alguien que ni siquiera se veía como un ser? Creo que acaba de confirmar que si, efectivamente este tipo de amor era real, y por fin lo estaba experimentando.

Luego de que nos explicara un par de cosas, le diera un par de consejos a Kikyo y le programaran un nuevo turno, para dentro de varias semanas, salimos de la clínica con la primera imagen de nuestro hijo en mano.

- ¿Vamos a mi departamento?

- ¿Lo decías de verdad?

- Te estoy sorprendiendo mucho hoy, ¿verdad?

- Demasiado. - sonrió. - Pero si, vamos.

Subimos al auto y nos marchamos. Nuevamente fuimos hablando de cosas triviales, riéndonos de alguna que otra tontería, hasta que nos detuvimos en un semáforo y tuve la pésima idea de mirar a un costado.

Mi respiración se detuvo ante aquella imagen: Koga y Kagome estaban saliendo de una de las heladerías que allí se encontraban. Ella sonreía, se veía tranquila y cómoda a su lado, como si todo lo que Bankotsu me hubiese dicho, hubiese sido mentira. Todo, salvo lo de Koga.

Kag...

- Inuyasha, luz verde.

Volví mis ojos al frente y avancé, sabiendo que ella jamás iba a saber que acababa de verla y que mi corazón ardía de celos y molestia.

- ¿Quieres comer algo? - pregunté, tratando de que mi mente abandonara todo pensamiento relacionado con ella.

- Puedo cocinar algo si lo deseas.

- Mmm, no, no te esfuerces, podemos pedir algo.

- Lo que prefieras.

El resto del camino lo transitamos en silencio, en parte por lo que acababa de ver y, por otra parte, porque tenía que prepararme mentalmente para cumplir con el deseo de mi padre: Pedirle matrimonio. ¿Cómo iba a hacerlo? Así, sin más. Sin vueltas, sin rodeos, sin declaraciones de amor. Sólo una simple pregunta.

Llegamos y nos dirigimos a mi hogar. Para esas alturas, ya no soportaba más la tensión interna que me generaba ser solo yo quién tenía toda esta carga, por lo que no esperé más.

- Kikyo. - pronuncié, inmediatamente al cerrar la puerta.

- ¿Qué? - la tomé de la mano, jalándola en mi dirección y abrazándola con fuerza. - ¿Inu... Inuyasha?

- No puedo más con todo esto.

- ¿Con todo?

- Yo... lo estuve pensando mucho y... quiero que estemos juntos en esto.

- ¿Juntos? - seguramente no estaba comprendiendo nada. - No te entiendo.

Me aparté, mirándola fijamente a los ojos, recordando las palabras de mi padre.

- No tengo el anillo ahora, pero... - me arrodillé, sosteniendo su mano, sin abandonar su castaña mirada, la cual se abrió ampliamente frente a mi acción. - Kikyo, ¿quieres casarte conmigo?

- Inuyasha... - murmuró, tapando su boca. - ¿Estas jugando conmigo? - no me esperaba otra respuesta. Sin dudas, podía esperarse cualquier cosa menos algo como esto.

- Jamás podría jugar con algo como esto. - respondí con firmeza. - Eres la madre de mi hijo y quiero estar contigo. - tragué saliva, tratando de que todo sonara más ameno de lo que en verdad era. - Si aceptas, prometo estar a tu lado para siempre. Prometo protegerlos con mi vida.

Sus lágrimas comenzaron a caer a ambos lados de sus mejillas, al mismo tiempo en que me ponía de pie lentamente.

- Nunca me imaginé esto... no puedo creerlo. - su sonrisa emergió en ese momento. - Si, Inuyasha, por supuesto que quiero ser tu mujer. - me abrazó fuertemente. - Te amo, te amo como no te imaginas.

- Kikyo. - sonreí, abrazándola, siendo incapaz de devolverle aquellas palabras.

- Mi esposo. - murmuró, apartándose y mirándome fijamente a los ojos. - Mi futuro esposo.

- Mi futura mujer.

Me acerqué, besando sus labios con suavidad. Beso que rápidamente escaló y terminó en la cama, conmigo entre sus piernas y ella con sus manos aferradas a mi espalda, gritando mi nombre mientras me perdía en su interior una y otra vez, marcando el inicio de nuestras nuevas vidas, siendo una familia.

Extra

Miroku

Un nuevo día de trabajo se asomaba y, particularmente este, parecía que iba a traer varias sorpresas. En ese momento, el timbre sonó, sacandome de mis pensamientos.

Y, al parecer, una de esas sorpresas ya había llegado.

Caminé hacia la puerta y la abrí, sonriéndole a la mujer que se encontraba frente a mi.

- Buenos días, preciosa Kagura. - tomé su mano, besando el dorso.

- Buenos días, mi querido Miroku. - su sonrisa coqueta me encantaba.

- Por favor, puedes pasar. - me hice a un lado mientras ella ingresaba.

Volteó a verme de manera sugerente, sin embargo, aunque lo deseara, ya era demasiado tarde para coqueterías.

- ¿Te había dicho que tu lugar es demasiado acogedor? - preguntó, mirando todo a su alrededor, creyendo que yo creía que lo que decía era cierto.

- No viniste a eso, Kagura. No tengo toda la mañana, ya es momento de discutir los términos y condiciones. - mi semblante se ensombreció y caminé hacia mi escritorio, sentándome detrás.

- Vaya, ¿siempre eres tan serio cuando se trata de esto?

- Ya te lo había dicho antes, esto es un trabajo para mi. - abrí el cajon del escritorio, tomando la carpeta y lanzándola sobre el. - Ahí tienes las reglas y las condiciones para firmar el contrato.

Se quedó en silencio, leyendo los documentos y elevando sus cejas conforme avanzaba.

- Si que tomas todo enserio. - me miró.

- ¿Qué esperabas? Esto no es una empresa de acompañantes.

- ¿Y qué si quiero ir más allá con uno de los clientes?

- Entonces deberás presentar tu renuncia o rezar porque no me entere. - sonreí irónicamente.

- Pensé que eras más divertido.

- Ya no te agrada el trabajo, ¿verdad? - me puse de pie. - Bien, seré sincero. La realidad es que no te necesito para nada, Kagura. - me encogí de hombros. - Sin embargo, si me gustaría expandirme o explorar nuevos horizones, por lo que, te recomiendo que leas el contrato completo. - lo tomé, marcando una página en particular.

- Oh... ¿tienes el poder de echarme? - rio. - Tiene que ser una broma.

- No, no lo es. Yo soy el dueño de SexPlay y tú, una linda socia. - volví a sonreír. - Tú, y las mujeres que quieras traer, serán mis empleadas. Por supuestos que gozarán de todos los beneficios, además de que ellas estarán bajo tu supervisión. Pero... si algo sale mal, se irán sin más.

Entrecerró sus ojos, mirándome fijamente mientras, con toda seguridad, meditaba su desición.

- Si esto te parece mucho, por supuesto que puedes desistir.

- No. - respondió con firmeza. - Lo haré.

- Bien. - volteé, regresando sobre mis pasos y tomando los formularios. - Dile a las chicas que quieras traer, que llenen estas formas y, cuando todo este chequeado, las llamaré.

- Bien. - tomó las cosas de mala gana y volteó, caminando hacia la salida.

- ¿No te despediras, bonita?

- Hm. - volteó, sonriendo. - Eres mi jefe y, según las reglas, no debes llamarme de esa manera.

- Aprendes rápido, me agrada.

Salió sin decirme más nada. Sonreí, sintiéndome un niño que está a punto de explorar un mundo nuevo, y es que si, contratar a mujeres podía expandir las cosas hacia aquel mundo lleno de lujuria y morbo que sólo los hombres humanos son capaces de crear.

Nuevamente regresé sobre mis pasos y me senté detrás del escritorio. Mi fachada tranquila se desvaneció poco a poco y, lentamente, caí en la realidad de aquel problema que, aunque silencioso, seguía presente: Magatsuhi.

Definitivamente necesito ponerme al día con Inuyasha.

No lo pensé, tomé mi móvil y marqué su número. Luego de un par de toques, por fin respondió.

- ¿Qué quieres?

- Hay un poco de palabra en tu amabilidad, coqueto. - sonreí, a sabiendas de que no importaba cuanto tiempo pasará, nada cambiaba.

- Ya, ¿sucedió algo?

- No en realidad. - suspiré. - Sólo que siento que aún hay cosas que debemos hablar sobre Magatsuhi y demás. - su silencio me sorprendió. - ¿Inuyasha?

- ¿Tienes tiempo ahora? La realidad es que si, hay demasiadas cosas que tengo que decirte y dudo mucho que te agraden.

- Definitivamente eso no me causa gracia, amigo.

- No debería.

- Bien, entonces, te espero. ¿Quieres que pida algo para comer? Supongo que ya has desayunado.

- Como quieras, estaré ahí en unos minutos.

- De acuerdo. - corté la llamada y me quedé observándo un punto fijo.

De repente, y sin que lo buscara, el rostro de ella pasó por mi mente.

- Sango. - murmuré.

Es verdad, no se nada de ella desde que estuvimos en su departamento. Me pregunto, ¿Qué estará haciendo ahora?

Nuevamente fijé mi mirada en el móvil y la llamé, esperando a que pudiera responderme.

- ¿Hola?

- Sango. - sonreí de sólo escuchar su voz. - ¿Cómo estas?

- Bueno, parece que siempre llama en un mal momento. - rio levemente.

- ¿Qué? ¿Está todo bien?

- Tranquilo, no es nada tan grave que no pueda solucionarse. ¿Y usted? ¿Sucedió algo que me está llamado?

- Nada, sólo pensé en ti. - un nuevo silencio al otro lado. - ¿Esta mal?

- No, supongo que no...

- ¿Tienes algo que hacer mañana por la noche? - me lancé sin más.

- Bueno... quedé con mis amigas para salir a una discoteca, asique...

- Vaya, que coincidencia, también iré a la misma, justamente al mismo horario que tú.

- De acuerdo, entonces quizás nos encontremos allí. - me siguió el juego.

- Puedes asegurarlo. - mordí mi labio inferior. - Bien, te dejaré para que vayas a solucionar aquello con lo que estabas lidiando.

- Esta bien, nos vemos mañana, joven Miroku.

- Nos vemos mañana, querida Sango. - corté y me quedé ahí, sonriendo.

¿Qué fue lo que me hiciste, mujer?

Sentía como si estuviese en una especie de trance, uno del que salí gracias a al timbre en la puerta de la oficina. Me puse de pie y caminé, encontrándome con la mirada de mi mejor amigo.

Sesshomaru

Desde que mi padre había llegado, no podía sacar de mi mente la idea de correr a Saoto del medio. Su hostilidad era algo con lo que simplemente ya no podía lidiar.

Mucho menos ahora que se había convertido en un obstáculo en mi camino.

Sin embargo, no podía negar que si me sorprendía la forma en la que me enfrentaba, ya que su mirada no mostraba ni un atisbo de duda o de miedo, sino todo lo contrario. Me detestaba, podía verlo en sus ojos y, paradojicamente, me gustaba.

Me acerqué a ella al mismo tiempo en que retrocedía y terminaba chocando contra su escritorio.

- ¿Sabes una cosa? Me agradan las mujeres con carácter, sobre todo cuando se trata de someterlas.

- Eres un infeliz. - elevó su mano, quizás creyendo que iba a ser capaz de ponerme un dedo encima.

Grave error.

No me interesaba en lo más mínimo, sin embargo, no perdía nada en intentar. Si ella se resistía, me quedaría en su conciencia como la escoria que cree que soy, y si funcionaba, tendría alguien más para pasar el rato.

- No hueles tan mal como parece, Saoto. - no mentía, verdaderamente no era desagradable.

- No te atrevas a tocarme o no responderé de mi. No creas que por ser un Taisho podrás hacer lo que quieras conmigo.

- No haré lo que quiera. - muchas palabras, ninguna acción para detenerme. - Puedo hacer lo que tú quieras.

- ¿Ah si? - y, en ese instante, supe que no iba a ceder de ninguna manera. - Bueno, en ese caso... muérete. - me empujó con bastante fuerza. - No vuelvas a acercarte a mi, tampoco hables en nombre de tu padre.

- No te vi incómoda con esto.

- Yo tampoco.

Vaya, tan ocupado estaba que ni siquiera reparé en la presencia de Rin.

- Por favor, que mi presencia no los detenga. - se adentró en su oficina, con su mirada llena de enfado y ¿celos?

- Supongo que estarás contento con esto, ¿verdad?

No era lo que esperaba, pero si así debían ser las cosas...

No le respondí, simplemente volteé y caminé hacia la oficina de Hitachi, ingresando sin pedir permiso. Cerré la puerta y pude sentir la tensión en el ambiente. Ella se encontraba acomodando cosas que no necesitaban ser acomodadas, clara señal de su enojo o frustración.

- Buenos días. - pronuncié y no respondió. - No recuerdo que hayamos pasado la noche juntos.

- Eso hubiese aumentado su ego, ¿verdad? - me miró, atravesando mi pecho con sus ojos. - ¿No le alcanzó con la señorita con la que durmió anoche?

Me quedé en silencio, completamente sorprendido de sus palabras, sin embargo, por supuesto que no demostré nada, sólo me limité a esperar unos segundos para ver si ella decía algo más, pero no lo hizo.

- Lo que yo haga, no le incumbe a nadie.

- Lo se, pero lo que usted quiera hacer conmigo, si me incumbe a mi. - entrecerré mis ojos. - Usted me llamó anoche, diciendo incoherencias y... ahora entiendo que las dice adrede, a ver si así logra que caiga en su juego perverso.

- ¿Juego perverso?

- ¿Ruleta rusa tal vez? Quien responda su llamada y acepte su propuesta, terminará en su maldita cama. ¿Y sabe qué? Yo no pienso ser una más. Si Sango quiere serlo, es su elección.

Por alguna razón, sus palabras me estaban molestando más de lo que deberían.

- No estoy aquí para hablar de mi vida amorosa o de con quien decido pasar la noche o no.

- ¿Qué sucede? ¿Le molesta que le digan lo que es?

- ¿Y qué es lo que soy?

- ¿Puedo pedirle que se retire?

- Te veías demasiado valiente hasta hace un momento, ¿Por qué no dices lo que piensas realmente?

- Porque no quiero faltarle el respeto. - mi enojo estaba escalando rápidamente, algo nuevo en mi, ya que nunca me importaba lo que los otros pensaran de mi.

Pero con ella... obviamente estaba siendo diferente. Por alguna razón, no soportaba que pensara que era una mala persona.

- Si lo dices por lo de anoche, realmente quería verte. - quizás si bajaba la guardia, ella lo haría también.

- ¿Ah si? ¿Estaba tan desesperado por verme que buscó consuelo en la primera persona que se le atravesó?

- Rin...

- No tiene que explicarme nada, señor Sesshomaru. Yo tengo mi pareja y él es la única persona que me debe ese tipo de cosas. - volvió sus ojos a sus cosas. - Si usted es un patán o no, no es mi asunto.

- Repite lo que dijiste. - mi voz resonó con demasiada seriedad.

- ¿Qué piensa hacer? ¿Va a hacerme daño si no repito lo que dije?

Y aquella fue la gota que rebalsó el vaso. Comencé a sentir como mi sangre hervía bajó mi cuerpo, mientras mis garras intentaban asomarse en mis manos. Mis ojos rojos se fijaron en los de ella, quién me miró completamente paralizada.

Maldición, la estoy asustando.

Volteé y salí lo más rápido que pude, antes de que mi naturaleza yokai fuese revelada casi por completo. Ni siquiera me importó el hecho de que mi hermano y mi padre ya se hubiesen ido, llevándose el auto. Simplemente detuve el primer taxi que se me atravesó y le indiqué su destino. Fui todo el camino tratando de calmar mis pensamientos, algo que me costó demasiado. Al llegar a la empresa, para mi mala suerte, me encontré con el indeseable de mi hermano.

- Vaya, ¿recién llegas?

- Eso no te incumbe. - pasé por su lado, esperando que con eso comprendiera que, verdaderamente, no estaba para juegos.

¿Qué te traes con Hitachi? ¿Era demasiado urgente el estar solo con ella en esa oficina?

De todas las estúpideces que podían salir de su boca, eligió la peor. Nuevamente sentí el calor de mi sangre y volteé, haciendole saber que, si pronunciaba algo más, su cabeza descansaría en mi mano con un simple movimiento. Por suerte, su pequeño cerebro comprendió el mensaje o quizás, su pobre instinto de supervivencia fue lo suficientemente listo como para que sus pies comenzaran a moverse, alejándose. Subí hasta mi oficina, rogándole al universo el no atravesarme con nadie en el camino.

Y por supuesto que eso no sucedió.

- Será mejor que calmes tu aura demoníaca, Sesshomaru.

- Padre. - mis ojos se encontraron con los suyos. - No es el momento.

- Necesito que estés tranquilo esta noche, ya que iremos a hablar con Kirinmaru.

- ¿Qué? - me sorprendí, entrecerrando levemente mis ojos.

- Prepárate para lo que sea. - miró las garras en sus manos. - Quizás hoy las volvamos a utilizar después de todo. - volvió sus ojos a mi, sonriendo.