Disclaimers: Hey Arnold no me pertenece, son propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon.

QUÍMICA

CAPÍTULO 7. DESENREDANDO.


Un joven moreno de mucho afro camina por las calles de Hillwood con su mochila a la espalda rumbo a la casa de quien ha sido su mejor amigo de toda la vida. No es fan del chisme (al menos eso es lo que él afirma), pero la información que requiere no es cualquier tema. Llega y por fortuna es tanta la familiaridad de verlo por allí que pasa sin ningún problema, los huéspedes lo saludan y le permiten seguir su camino. Toca brevemente la puerta y no escucha bien la respuesta, pero asume que puede abrirla.

— ¿Se puede? —pregunta entre abriendo la puerta, cerciorándose antes de entrar.

— Adelante, Gerald —le indicó obligándose a esbozar una sonrisa.

Gerald terminó de entrar y cerró la puerta.

—Siéntate —toma el control y oprimiendo un botón hace que salga un sillón de la pared —, mientras yo termino de acomodar mi cama.

El moreno estudia a su compañero, sacando sus conclusiones, parecen positivas, aumenta su interés en sacar "El tema" a flote pronto. Sin embargo, no quiere verse tan desesperado. Permanece sentado, con las manos entrelazadas, ocultando sus intenciones.

Apenas unos segundos, Arnold termina de tender su cama, el resto de la habitación luce bastante pulcra, y se acerca al moreno.

— ¿Qué te trae por acá la mañana del sábado?

— Acaso uno no puede venir a ver a su hermano — se hace el ofendido.

— Disculpa, Gerald, no quise ser grosero —asegura Arnold tan bonachón como siempre.

— Relájate, viejo —abre su mochila y saca dos guantes de béisbol y una pelota del mismo juego —. Vengo a que juguemos "lanzar la bola".

— Ammm…, claro —expresa con una ceja en alto y sin dejar de mirar el guante que su amigo le ha entregado con tanta singularidad —¿De verdad quieres jugar "lanzar la bola"?—lo observa entrecerrando los ojos, enjuiciando su comportamiento.

—Por supuesto, ¿tú no?

— Quizás más tarde—se permite decir, aunque sigue sentenciandolo de ser "raro".

— Perfecto —agrega con simpleza, le reclama el guante y lo guarda todo de nuevo en la mochila—. ¿Qué tal si platicamos?—le dice con una sonrisa de oreja a oreja.

— ¿De qué?—Ahora sí, ya sabe, pero pregunta haciéndose el desentendido solo por diversión, luego toma asiento a un lado de su amigo, la charla tal vez se prolongará.

—¿Cómo que de qué? Ayer ya no supe más de ti. Te desapareciste después de que seguías a Helga.

— Aaah…, de eso —impasible, aún haciéndose el desentendido, si su amigo podía hacerse el ofendido lo justo es que él también pueda fingir emociones.

— Dime algo, ¿ya son novios? —se le habían agotado las fuerzas para contener esa pregunta. Esa pregunta que lo había hecho llegar allí en primer lugar.

— No — asintió con tristeza —, solo hemos vuelto a hablarnos.

Gerald ahora se siente algo tonto y confuso. El esperaba una respuesta positiva y en su lugar se encontró con un deprimido Arnold.

— Ni siquiera pude sincerarme, no me dejó hablar —hizo una pequeña pausa—, tal vez nunca seremos más que amigos—se detuvo a pensar. A Arnold lo desanimaba lo entusiasmada que Helga se veía con Owen en esos últimos días y como le había dicho antes que las cosas entre los dos se habían acabado, eso junto lo hacía concluir que probablemente ahora la rubia ya no lo veía definitivamente con el amor que alguna vez dijo tenerle en una confesión.

—Viejo, te aseguro que no soy el único que ha llegado a pensar, solo con verlos, que ustedes dos, eventualmente, terminarán juntos —confesó el moreno, tratando de animarlo.

Arnold observó a su amigo detenidamente, lo conocía lo suficiente para saber que no le estaba mintiendo. Un rayo de esperanza llegó hasta su corazón, alumbrando todo en su interior. Se detuvo, meditando en esos dos años que permanecieron como amigos incondicionales, juntos en todo momento. Helga había dicho algo en su última discusión "¿No te parece cruel querer mantenerme como tú amiga?", es decir, ella tal vez, le había dicho esto de no querer seguir siendo su amiga mientras hubiera otros sentimientos más de fondo. Ahora tenía otra perspectiva, la preocupación que le generaba Owen se mermaba. Una pequeña y cálida sospecha apretó su pecho con fuerza, se permitió mantener las esperanzas que creyó pérdidas. Quizás esos sentimientos seguían ahí y aún podría rescatarlos si él se confesaba ahora.

A él le gustaba mucho ser amigo de Helga, pero definitivamente ya no quería ser solo eso. Necesita ser más que un amigo. Helga ya había hecho algo por ese amor en algún momento y él se había quedado sin respuesta. Y entonces por fin entendió, es su turno. Es hora que él haga algo, ahora le toca a él declarar su amor y esperar a que esta vez no sea ella la que se quede sin respuesta.

Sin querer había pasado un rato en sus pensamientos. Johanssen se había recostado sobre su cama, aburrido, lanzaba la pelota al aire.

— ¿Quieres jugar "lanzar la bola" o prefieres otra cosa? —le pregunta en otro intento de traer de nuevo a tierra al rubio.

—En otra ocasión —le pide, ya sonriente—. Hoy tengo mejores planes. Se levanta del sillón y sin más ni menos se retira de su habitación olvidándose por completo de la presencia de Gerald. No le dio espacio al chico de contarle que Phoebe y él ya se habían arreglado y seguían siendo novios, tampoco pudo hablar de su genialidad de anoche con respecto a Santirso, es más ni siquiera dio tiempo al chico de preguntarle a dónde iba. Aunque la verdad es que podía apostar sin temor a perder.

En casa de los Pataki extrañamente ese día todo está avanzando como familia funcional. Hoy habían tenido un desayuno muy variado por cortesía de Miriam que se había despertado muy temprano para reunirse con sus amigas para luego ir a impartir las clases de curso de fin de semana de natación en la piscina pública. No pagaban mucho, sin embargo resultaba estimulante para ella salir de rutina.

Por otro lado el "Imperio de Big Bob" había inaugurado nueva sucursal en el último trimestre sin dejar de mencionar que Olga va por muy buen camino en eso de su carrera en actuación. La menor, por su parte siente que su familia no pudo escoger un mejor momento para actuar más normales, era bastante sanador en este tiempo, espera que el gusto le dure un rato.

En eso el timbre de la casa suena.

— ¡MIRIAM!— se hace oír en un estrepitoso grito desde su sillón favorito frente al televisor, es costumbre en él. Pero pronto se percata que su esposa ha salido y que sus dos hijas están ocupadas en la habitación de Olga con música alta. Con una mezcla de fastidio y resignación se levanta de su cómodo asiento, refunfuña, y se acerca a abrir la puerta. Al abrirla se encuentra con un joven rubio no más alto que él y con la cabeza en forma de balón.

— Buenos días, señor Pataki —sonríe con desagrado lo más amable que puede.

— No daré dinero a los pobres.

— No vengo a pedirle dinero, señor —Arnold se ofende.

— No te daré dinero de cualquier manera.

Arnold lo miró con duda, pero no iba a entrar en discusión, lo mejor era ignorar ese comentario.

— ¿Se encuentra, Helga?

— ¿Para qué la quieres?

"¡Rayos!". El chico no venía preparado para un interrogatorio paternal, quizá estaba frente a su suegro y eso lo hacía sentir vulnerable.

—¡Papá! —reprime, desde la mitad de las escaleras. La rubia ha llegado como caída del cielo para el angustiado Arnold. Se acerca a los dos y se coloca a un lado del joven —No trates a Arnold como si fuera un desconocido —lo sujeta del antebrazo y del hombro —Vamos Arnold pasa, ahorita le hablo a mi hermanita.

— Gracias, Olga —la observa y nota que lleva un paliacate en la cabeza color rosado manchado de pintura verde y un overol blanco igual de manchado. "¿Para qué papel se estará preparando ahora?"

Bob instintivamente lo observa con cuidado, pero Olga lo distrae con una palmada suave.

—¡Helga podrías venir a ayudarme!—desde el primer escalón en dirección a arriba. A Olga le ha salido el grito más ruidoso de lo que se podría esperar de ella, afirmando que aunque dulce, también es Pataki.

—¡Te dije que era mejor que yo bajara por el periódico! —se queja también en un grito, antes de bajar las escaleras. Ella también está manchada de pintura aunque en menor cantidad que su hermana mayor.

— Helga me está ayudando a redecorar mi habitación—explica con una amplia sonrisa, contrastando con la apariencia de hace un instante.

La menor de la familia por fin llega abajo y ve a Arnold. Se asombra muchísimo. Lo último que le dijo fue "Nos vemos pronto" antes de irse de la preparatoria y cuando lo dijo no se refería a "nos vemos mañana antes del mediodía".

— ¿Arnold…?

— ¡Ves, Olga! Tu hermana tampoco sabe por qué el chico está aquí.

—Oh, papá, por favor, ¿qué tal si vamos a la cocina por panecillos? —lo dirige en dirección a la cocina tal como se convence a un niño.

—¿Dormiste bien? —es lo primero que se le viene a la mente, una vez se quedan solos, se golpea la frente mentalmente ante la falta de creatividad.

— Si dormí bien, no me quejo —sonríe ella, divertida.

— Qué gusto... ahmm... ¿Te parece si vamos a divertirnos un rato y platicamos afuera?

—No lo sé, Arnold. Ya quede con Olga, estamos pintando su cuarto, luego la acompañaré al mall para ir de compras, comeremos un helado o algo así y finalmente vendrá conmigo a jugar bolos.

— Vaya…, lo tienen todo planeado.

— Podemos posponerlo—interrumpe Olga.

—¿Qué demonios haces espiandonos? —se molesta— Creí que estabas comiendo panecillos.

—Oh no, recuerda que yo no puedo comer tantas calorías —menciona sin dejar de sonreír—, ahora vayan a divertirse— los sujeta a ambos del brazo y los conduce hacia la salida.

— Pero...

— Nada, solo diviértete. Yo puedo pintar mi cuarto sola.

— Harás un desastre y por lo menos deja cambiarme esta blusa manchada— señala la rubia menor aún siendo empujada por su hermana mayor.

— Toma esto —alcanza una chaqueta del perchero que está muy cerca de la puerta.

— Esto no es mío.

— Te lo presto, diviértanse chicos —espetó antes de guiñar su ojo hacia el rubio y cerrar la puerta.

Ambos rubios se sonrojan un poco.

— No puedo creer que me eche de esa manera, de mi propia casa —Helga esquiva, indignada, suaviza el ambiente y se coloca la chaqueta—, la haré pagar por esto.

— No es tan grave.

— ¿Jamás dejas de ver el vaso medio lleno?, ¿eh?

— Sería bobo negarlo—le contesta a modo de burla, con Helga eso es muy común.

—¿Y bien?, ¿a dónde piensas llevarme? Espero qué sea mejor que los planes que tenía o también te irá mal a ti.

— Estaba pensando en ir a Slausen's por el helado que te debo.

Helga recuerda que el melenudo le debe un helado desde la última vez que se encontraron en el parque, cuando este se lo tiró al suelo por accidente.

— No has podido cargar con eso en tu conciencia, ¿cierto, Arnoldo? —bromeó, obsequiando una sonrisa traviesa.

Los chicos caminaron a el Slausen's sin mucha platica de por medio y muchos espacios de silencios incómodos.

Al llegar al lugar Helga escogió un cono de chocolate y Arnold un barquillo de napolitano, se sentaron juntos en una de las mesas.

—¿Has hablado con Gerald de lo que pasó después de que nos fuimos?

— Lo vi esta mañana, pero no platicamos mucho.

— Phoebe me llamó anoche y me contó que...

Los jóvenes por fin comenzaron una plática más fluida, más agradable, Helga le relataba lo que su mejor amiga le había informado por teléfono y Arnold escuchaba atento para después reír juntos de la situación que se perdieron. De algún modo terminaron hablando no solo de eso, si no de una gran variedad de temas. Duraron mucho tiempo en ese lugar conversando hasta que se dieron cuenta que tenían que seguir consumiendo para quedarse en esa mesa y "no somos un dueto de Harold como para pedir un montón de porciones de helado y terminar con todas" explicó la rubia mientras Arnold reía relajado.

Por iniciativa de Arnold caminaron por el parque recordando viejas y recientes anécdotas entre risas, se retaron a subir a un árbol tal cual niños, después volaron un papalote y hasta se encontraron con un mimo que los seguía e imitaba los pasos de Arnold. Hillwood es una escena extraña, pero divertida.

Terminaron en una sala de cine viendo la nueva película de terror en 3D. Al salir, Arnold pensó que era el momento indicado para abrir su corazón después de todo llevan horas juntos.

— ¿Te estás divirtiendo? —se detiene justo frente a ella.

— Tal vez—él la mira a los ojos. No puede mentir cuando esos ojos verdes la miraban de esa forma —. Está bien, ¡ya!, lo admito me estoy divirtiendo mucho, ¿contento?

—La verdad sí —le informa satisfecho —, me agrada mucho estar a tu lado Helga —la mira con dulzura y antes de que ella pueda tomar acción, con ambas manos se apodera de la mano izquierda de la joven —¿Aún me amas? —le pregunta con nerviosismo—Yo he querido decirte que me gustas mucho — Helga ha quedado atónita. No puede evitar la sorpresa y sus ojos se vuelven cristalinos. Odia como su cuerpo puede delatarla—. Realmente me gustas mucho. Lamento no haberlo dicho antes.

— Para, ¿por qué haces esto, Arnold?

— ¿Significa que ya no sientes nada por mi?

— ¡Claro que no, tonto!...—sus defensas caen — Yo te amo, te amo como el primer día, te he amado desde que tengo memoria, te he dedicado cada poesía, durante todos estos años es contigo con quien sueño todas las noches a la espera de que uno de estos días tu sintieras lo mismo por mi.

—Ya no tienes que esperar, estoy aquí —afirma sujetando su mano con más fuerza.

—No tienes que corresponder a lo que dije, cabezón —pequeñas gotas se deslizan por sus mejillas. Son lágrimas.

— No es por eso que lo digo —sujetó con delicadeza su rostro. Odiaba verla llorar. Odiaba saber que él era el culpable.

—Extrañar a alguien no es lo mismo que amar, Arnold —Helga lo retira con gentileza —, ¿qué tal si olvidamos lo que sucedió y seguimos igual?

Arnold se frustra, Helga se adelanta unos pasos.

—Volvamos a casa que ya es tarde—sugiere ella.

—Primero me acusas de ser cruel por mantener una amistad mientras ignoro tus sentimientos, pero ahora tú haces exactamente eso conmigo.

—Lamento lo que dije, estaba muy molesta.

—¿Otro calor del momento?, ¿eh, Pataki? —comenta con ironía

—Tu no quieres estar conmigo, Arnold —reflexiona—, yo no soy tu tipo de chica.

—¿Y según tu, quien sí lo sería?

De pronto alguien comienza a llamarlos con señas, causando estupor en ambos. Debería estar a varios kilómetros de la ciudad, pero no. Está ahí, justo frente a ellos. La chica parecía haber llegado de la nada, como si Helga la hubiese invocado con solo pensarla. "Qué adecuado". Estando a tan pocos metros, corre hacia ellos para saludarlos.

—Arnold, Helga, chicos —al fin llega—, qué gusto encontrarlos. —Es Lila, que estaba en la ciudad junto a su padre, pasaba por ahí después de haberse reunido con Sheena en un restaurante de hamburguesas. Su tono de voz derrocha dulzura. Se da cuenta al ver a sus amigos que su presencia es inoportuna y trata de despedirse urgentemente.

"Ahí tienes tu respuesta", la sola expresión de Helga era suficiente para interpretar la frase. Arnold negó con una mueca en los labios.

Lila da un paso atrás.

—Lo mismo digo, linda, qué gusto verte de regreso —la rubia interviene—. No, no no, yo ya estuve mucho tiempo fuera de casa, pero ustedes conversen, pónganse al día —avanza con cuidado.

"No lo hagas" advierte Shortman con la mirada, pero Helga jamás ha sido obediente.

— ¡Espera! —se opone, pero esta vez Helga avanza con rapidez—¡No te vayas!

—No se apuren —vuelve su cabeza —, sé el camino.

Gira en la siguiente esquina y detiene al primer taxi que ve. Arnold no logra alcanzarla, ella sube al auto y escapa.

La pelirroja llega detrás del rubio, a paso normal. La joven ha dejado de peinarse con dos trenzas y ahora lleva su cabello suelto, aún conserva su gusto por el color verde pues lleva una linda blusa y falda de ese color, uno menos encendido que otro respectivamente.

—Esto es tuyo—apenada y femenina, devuelve la gorra al joven, esta se había caído de su cabeza en la persecución.

—Gracias, Lila— la recibe desilusionado y la coloca de vuelta a su sitio. Suspira con pesadez.

—Creo que interrumpí algo importante, lo lamento.

—Descuida, no es tu culpa que Helga sea tan difícil… ni de que yo me haya equivocado tanto —comenta afectado.

—De verdad, de verdad, lo lamento—la chica no sabe qué es lo que hizo, pero deseaba regresar el tiempo y no estar en medio de esta situación. Ve a su amigo afligido y no sabe si debe preguntar o simplemente dejarlo ahí solo.

—De hecho…, soy yo quien te debe una disculpa—Arnold se avergüenza, siente que se ha equivocado tanto, pero ve la oportunidad de ir arreglando esos enredos—. Hace unos meses…, cuando confesé estar enamorado de una chica, disculpa, pero no hablaba de ti—soba detrás de su cuello con una mano y desvía la mirada sobretodo porque no es la primera vez que cae un error semejante con ella—, siento no haber aclarado esto en su momento.

Un silencio incómodo surge entonces.

—Respecto a eso… —se sonroja—, debo confesarte que en ese tiempo había estado tratando a un chico…, —suspira aliviada, porque ha dejado de cargar con el peso de ese relato oculto—, pero este terminó invitando a alguien más a la graduación poco antes de esta… No quería llegar al baile sola, Arnold—intenta justificarse aunque comprende que no puede—, no debí insistir tanto contigo esa noche y no debí insistir tanto en acordar una cita, solo después, entendí que no estuvo bien, no debí tomar la decisión de salir contigo solo por tener roto el corazón. Había resultado muy conveniente que Helga me buscará para hablarme de ti y resultó aún más conveniente que tuviera que salir de la ciudad para evitarme está confesión.

—Bueno, eso empareja las cosas —Arnold cavila en voz alta con empatía, su actitud sosegada calma a la chica.

—Supongo que sí. Esto demuestra que no somos perfectos.

Antes de despedirse, ella le cuenta que solo está de paso y se irá esa misma noche, relata un poco de su nuevo lugar de residencia y le pide que le cuente, que le diga que ha hecho él y la padilla. Arnold no se niega y le cuenta con brevedad lo que considera más relevante de cada uno.

—Debo irme, ya es muy tarde y mi papá podría preocuparse —extiende su mano —. Eres un buen chico Arnold y sé que Helga también es una linda persona —asegura —, sé que le importas mucho. Creo que podrán arreglar lo que sea que haya pasado—ella adivinó sus sentimientos—. Tratala bien, Arnold.

Arnold le agradece amablemente y le pide un taxi, abre la puerta como todo un caballero para que la joven suba.

—Hasta luego, Arnold —le sonríe con melancolía poco después el auto avanza.

Arnold ve como se aleja el taxi al que se había subido Lila, desde la acera en la que se encuentra. Se siente liberado de al menos una cosa, Lila también era una buena persona, admite. Quiere ir con Helga, pero ya es muy noche. En su casa también deben estar muy preocupados, no le había avisado a ninguno de los inquilinos o mejor dicho de su familia y había salido desde muy temprano. Aunque quisiera apresurar las cosas, decide que lo mejor es que regrese a su casa y espere al día siguiente.

Al otro día, Helga se vestía para ir al acuario, la noche anterior había llamado a Phoebe. Le contó sin muchos detalles lo que había ocurrido. Su amiga le sugirió pasar ese día juntas y platicar más a gusto. Helga aceptó, ahora sí necesita desahogarse con alguien y nada mejor que su mejor amiga, si se arrepentía de último momento al menos estaría fuera de casa, intentando distraerse.

— ¡Ya me voy! —advirtió abriendo la puerta principal.

— ¡Diviértete querida y no olvides que esta noche se presenta tu hermana en el teatro circular!

— No olvido, Miriam.

Helga cerró la puerta, bajó las escaleras del pórtico y caminó.

Al girar en la esquina...

!Pass! Cayó al suelo como costal de papas.

— ¿Qué demonios te sucede? —espetó desde el suelo. La misma escena año tras año, estación tras estación.

— Lo siento... —se apresura a ayudarla a levantarse —, iba camino a tu casa.

— ¿Mi casa? —se impresiona.

— Sí, tu casa.

— No estoy sorda, cerebro de mosca —volviendo a ser hostil —. ¿Qué diablos quieres?

— Quiero decirte que...

Helga recordó — No te molestes, cabeza de balón, no vale la pena.

—¿Ahora de qué hablas tú?

— Oh bien, vienes a repetir lo que dijiste o vienes a disculparte por lo que dijiste ayer, bla,bla, bla. No te preocupes ya lo olvidaré.

— Deja de asumir... porque yo no vine a eso.

— ¿Ah no? —con un tono gélido pues sí seguía asumiendo —, entonces, ¿cuál es tu negocio, chico futbolero?

— Lila te envió sus saludos y ya se fue.

— Vaya…, eso fue rápido, supongo que estarás triste…

—Para nada, no lo estoy —sonríe coqueto

—¡Fantástico!, qué bueno por ti—vacila—, es decir, te conseguiremos otra chica, melenudo, descuida.

Arnold se sintió aliviado, ella lucía nerviosa. Su radar captó la oportunidad.

—Tengo a alguien en mente—se acercó con picardía en sus ojos —. Helga… —sujeto sus manos. El corazón de Helga comenzó a palpitar con fuerza —, esto no es nuevo, yo no solo te extrañé, ¿has oído hablar que no ves lo que tienes hasta que lo pierdes? Owen me hizo perderte, me hizo sentir como es estar sin ti. Me sentí miserable. Y me doy cuenta que no puedo verte hablar con otro chico en un plan más allá de amistad porque me muero de celos —reveló —. Me hizo terminar de aceptar este sentimiento, que te repito, no es nuevo, pero me daba miedo. Creo que sabes a lo que me refiero, creo que ahora sientes exactamente lo mismo que yo, pero piénsalo un momento, ¿perderemos la oportunidad por temor? —le rodeó la cintura con sus brazos y la apretó hacia él —Helga yo te amo. Te amo— Moría por besarla.

— Estás totalmente loco si piensas que puedes hacerlo —amenazó en un susurro que Arnold ignoró.

Actualmente es más alto que ella, se inclinó juntando sus frentes, cerró sus ojos y tomó sus labios en un suave y tierno beso, al que Helga simplemente no pudo rehusarse.

— ¿Sé mi novia, Helga Pataki? —le pidió también en un susurro cuando finalizó aquella caricia.

Pataki quedó perpleja, llevó su mano izquierda hasta su boca sintiendo el colapso de sus emociones, está tratando de proteger ese recuerdo en su memoría y ocultar el rosado debajo de sus ojos. Siente la mirada boba y anhelante de Arnold y quiere correr, otra vez, pero sus piernas no responden, estima que podría desmayarse en cualquier momento. Sus orejas también se han puesto rojas.

—Sí… —apenas perceptible, como negarse, como negarse a lo que más a deseado. Su vida no podía ir mejor. —, ¡sí!

Ambos se abrazan fuertemente aferrándose a su amor. Aferrándose a una nueva historia juntos fuera de su imaginación y Helga aferrándose a estar de pie porque da por hecho que efectivamente va a desmayarse.

Es Lunes un día odiado por muchos.

La campana escolar suena por primera vez en el día.

Los alumnos se dirigen a sus respectivas clases.

Dos jóvenes rubios entran al aula de química, van tomados de la mano. Se les ve sonrientes e intercambiando miradas que decían más que mil palabras.

—¿De qué me perdí?—pregunta Nadine en voz alta, está sentada en su silla junto a Rhonda después de una semana de ausencia.