(Des)enmascarados
Capítulo 2. Remar en el mismo sentido


Con un movimiento tenso y excesivamente controlado, Isobel abrió la puerta de su casa y dejó pasar a Jubal. Entrando también, cerró la puerta tras él dejando fuera la plomiza llovizna en la que se había convertido la neblina al ponerse el sol.
Ella no había dicho ni una sola palabra en todo el camino hasta allí. Era evidente que estaba enfadada. Dejó su abrigo y su bolso en el perchero de la entrada, y desapareció por el pasillo, dejando a Jubal allí plantado.

Con un suspiro rasposo, él puso en el suelo la bolsa que había llenado con la ropa y los artículos de aseo que tenía en su taquilla del 26 Fed. No había querido separarse de Isobel ni siquiera para ir a casa a por sus cosas.

Se quitó la chaqueta cubierta de pequeñas gotitas de lluvia, y chequeó la aplicación que Ian le había instalado en el móvil. El analista la había puesto en los dispositivos de ambos, para mantenerlos informados.

Sabían que el asesino conectaba con los sistemas de seguridad de sus víctimas para acecharlas. El software de monitorización que Ian había proporcionado les advertiría de si había una intrusión en el sistema de vigilancia de la casa y estaban siendo observados. Fuera, desde una furgoneta de incógnito, sus agentes vigilaban las imágenes de las cámaras, preparados para intervenir de inmediato si era necesario.

El móvil no tenía ningún aviso, lo que indicaba que el asesino no estaba conectado.

—Isobel —la llamó.

Ella, cambiándose de ropa en el dormitorio, no contestó.

Al cabo de un rato, Jubal no pudo resistirse e insistió.

—Vamos, ¿ahora me has retirado la palabra? —preguntó, molesto.

Isobel salió de la habitación vestida con ropa cómoda -pantalón de suave punto y jersey holgado- y fue hasta la cocina sin siquiera pararse a mirarlo. Él la siguió.

Allí, Isobel abría y cerraba los armarios con movimientos algo bruscos. Cuando localizó la tetera en una de las partes altas, se puso de puntillas para alcanzarla. Jubal se apresuró y cogió la tetera por ella.

Los labios levemente apretados, Isobel lo fulminó con la mirada de tal modo que lo dejó paralizado.

—Estás estorbando —dijo ella con sequedad, quitándole la tetera de las manos.

—Perdón —se disculpó Jubal con humildad—. Sólo... Sólo intentaba ayudar...

—Si querías ayudar deberías haberte quedado fuera de esto.

Isobel no alzó la voz, simplemente sonó fría y dura.

—¿Así van a ser las cosas entonces? —le increpó Jubal, cada vez más irritado.

Tras poner el agua a calentar, Isobel se volvió a mirarlo de nuevo, su cara casi totalmente inexpresiva, consciente de que sus agentes estaban observando.

—No esperarías que estuviera contenta con tu forma de proceder —su tono se había vuelto abiertamente hostil, sin embargo.

Afortunadamente, el sistema de seguridad no contaba con audio, o aquella conversación habría sido mucho más embarazosa. Ninguno de los dos quería que sus agentes se enteraran de cómo de mal estaban las cosas entre ellos ni de que la ausencia de Jubal se había debido a que ella lo suspendió de empleo y sueldo...

—Mira, siento haberme saltado así tu autoridad, Isobel —se apresuró Jubal a replicar—. Pero si queremos atrapar a ese malnacido tenemos que ser capaces de al menos hablar entre nosotros.

Isobel apenas controló un arranque de furia.

—¿Quieres dejar de quitar importancia a tus acciones y sus consecuencias? —dijo con la voz ronca—. Me enfurece casi más que tu juego sucio.

Bajando la cabeza, Jubal se frotó la nuca, avergonzado. No podía negar que sabía de dónde venía aquello. Suspiró abatido.

—Lo siento.

Que esta vez al menos sonara arrepentido, calmó ligeramente a Isobel.

De todos modos, a pesar de que la enfurecía que Jubal se la hubiera jugado otra vez, el hecho de que se hubiera saltado la cadena de mando era, paradójicamente, lo de menos. Su mente revivía los crímenes de las parejas, cómo el asesino había matado lentamente a los dos maridos. El modo en que Jubal se estaba poniendo en riesgo para nada la sacaba de quicio. Y que eso le importara tanto, aún más.

—Ponerte en peligro a ti mismo está siendo una estupidez, Jubal.

Él levantó la cara, el ceño fruncido.

—La misma estupidez que estás cometiendo tú.

La mirada de Isobel sobre Jubal se volvió implacable.

—No necesito niñera. ¿Es que no confías tampoco en mis habilidades?

Jubal acusó el bien dirigido golpe en el mismo corazón. Si en su momento no había querido contarle a Isobel lo de Tyler no había sido porque no confiara en ella, sino porque en parte se avergonzaba de sí mismo y, sobre todo, porque no quería que el asunto llegara a salpicarla.

Que ella no hubiera sido capaz de verlo y lo hubiera suspendido de todas formas lo había cabreado mucho en su momento, hasta el punto de no entender el gran error que había sido no contárselo para empezar.

Fue así hasta que habló con Tyler. Entonces Jubal se dio cuenta de había sido tan desagradecido con Isobel como su hijo estaba siendo con él. El hecho innegable era que, por su culpa, ella había quedado en entredicho también de todos modos. No había encontrado aún el coraje o el momento adecuado, o las dos cosas, para explicar todo aquello y disculparse como es debido.

A quien quería engañar. Si no lo había hecho todavía era porque temía que ella no lo perdonara. ¿Y cómo iba a hacerlo? Él no paraba de darle motivos en contra.

Isobel esperaba una respuesta con una ceja levantada.

—No es que no confíe... —Jubal se atascó con las palabras.

Es que estoy aterrado de que te pase algo. No se atrevió a decirlo, sin embargo. No tenía derecho. Ahora menos que nunca.

—No había ninguna necesidad de que corramos riesgo los dos —afirmó Isobel con vehemencia, pero manteniendo su rostro impasible.

Jubal resopló, frustrado. Era bueno manteniéndose bajo control, pero no tanto como ella, y no tanto en lo que concernía a Isobel. Nunca lo había sido.

—Pues yo creo que sí la hay —se encaró con ella, abriendo las manos—. Creo que hacemos un equipo cojonudo. Creo que juntos podemos hacerlo mucho mejor.

Eso dejó a Isobel sin palabras. A pesar de la confianza rota entre los dos, no pudo evitar estar de acuerdo con Jubal, al igual que no pudo evitar lo fuerte que eso hacía que le latiera el corazón. Pero una parte de ella se resistía ferozmente a admitir tanto lo uno como lo otro.

Aún seguía muy enfadada con él. Tanto que quería gritarle. Pero era cierto que eran un gran equipo. Lo habían sido, al menos. ¿Lo seguían siendo...? A Isobel le dolió pensar que ya no estaba tan segura.

En cualquier caso, no conseguirían nada si no remaban en el mismo sentido. Haciendo un esfuerzo, apeló a su sentido más práctico.

—Está bien. Una vez en esta situación, será mejor que colaboremos —concedió con severidad, aún irritada—. Ve a cambiarte. Me estás mojando el suelo. Prepararé un té.

Jubal parpadeó. Se había preparado para una discusión mucho mucho más dura. En parte se sintió muy decepcionado de que no lo hubiese sido. Tantas cosas habían quedado sin decir...

—Mmm... De acuerdo —murmuró—. Ahora... Ahora vuelvo.

Cogió su bolsa y se metió en el baño de invitados.

Cuando Jubal regresó en un pantalón de deporte y una camiseta, Isobel estaba sentada a la mesa de la cocina, bebiendo su té. Le sirvió en silencio una taza para él. Jubal tomó un asiento a su lado. Los minutos pasaron mientras bebían pausadamente.

—Entonces... ¿Cuál es el plan? —tanteó él, cauteloso.

—Ah, ¿ahora sí me pides mi opinión? —replicó ella sin mirarlo, mordaz.

Jubal hizo una mueca, pero no logró convencerse de que no se merecía aquella puya.

La miró de reojo. La expresión de Isobel se había tornado pensativa. Él se reprimió con dificultad de preguntarle qué tenía en la cabeza.

—Tal vez deberíamos ir pensando en qué cenar —dijo sin saber qué otro tema de conversación podría sacar—. Puedo preparar yo algo, si me dejas...

Ella tardó en contestar y Jubal llegó a pensar que Isobel estaba tan sumida en sus pensamientos que no lo había oído. O simplemente estaba pasando de él...
—Creo que deberíamos cocinar algo juntos —respondió ella entonces—. Así si el tipo se conecta, no nos verá ignorándonos en silencio —concluyó, con una sonrisa algo irónica.

Alzando las cejas, Jubal se rio por lo bajo.

—Me parece... muy buena idea. ¿Qué preparamos?

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Se decidieron por una pasta con una salsa de verduras. Juntos cortaron zanahorias, cebollas, pimientos, calabacines y tomate. Jubal terminó antes con su parte y puso una sartén al fuego. Mientras se hacía el sofrito de la cebolla, puso agua a calentar para la pasta: unos nidos de tagliatelle.

Haciendo por el momento a un lado su irritación, Isobel le contó la historia de la sencilla receta, que su madre inventó para ella cuando estaba en la universidad, y se quejó de la comida del campus. Mientras, Jubal se solazaba en la cómoda sincronía en que trabajaban, en la agradable familiaridad. Podría acostumbrarse a esto...

Entonces, sus móviles emitieron un sonido característico. Jubal comprobó el suyo. Isobel seguía cortando verdura.

—Se ha conectado— dijo él sin perder la calma, procurando no mover los labios.

Isobel controló con pericia el subidón de adrenalina. Hasta ese momento había dudado de que aquello fuera a funcionar.

Con más dificultad, tuvo que luchar contra la realidad de que su casa y su intimidad habían sido violadas de una vez más. Todas esas semanas en las que había estado lidiando sola con el acosador, poco a poco habían hecho mella. Tenía los nervios a flor de piel.

Logró ocultar que se le revolvió el estómago. Jubal la cogió suavemente del codo, ofreciéndole una sonrisa tranquilizadora, e Isobel supo que él se lo había notado de todas formas. El gesto logró calmarla de un modo que la conmovió hasta lo más profundo. Tuvo que reconocer que había echado de menos poder contar con él. Isobel se concentró en la zanahoria que estaba cortando para no delatarse.

—Deberías traerte aquí más ropa, más cosas tuyas —dijo haciendo un esfuerzo por adoptar su papel—, así te ahorrarías viajes a casa.

El acosador no podía oír lo que ella decía, pero Isobel necesitaba algo en lo que apoyarse para dar la impresión de mayor cercanía.

El trabajo encubierto no le era ajeno, se le había activado aquel modo en cuestión en unas milésimas segundos. Sin embargo, esta vez era diferente. No estaba asumiendo otra identidad, una mujer con otro nombre y otro pasado, otra personalidad. Esta vez era Isobel. Ella misma, pero fingiendo algo que no formaba parte de su vida. Algo que, además, no estaba segura de querer únicamente fingir.

Jubal tardó sólo un segundo en comprender que Isobel estaba trabajando la tapadera.

—¿Estás segura? —Se acercó a ella con naturalidad, entrando en el juego—. No quiero ser aún más invasivo...

Algo dentro de él se sintió confuso de lo cercano que le era ese sentimiento. Todavía temía que Isobel no fuera a perdonarlo nunca.

Ella giró la cabeza para mirarlo sonriendo de un modo cómplice.

—Por supuesto —respondió con ojos brillantes, y continuó cortando.

La calidez de su mirada y saber que todo era fingido, decididamente sacudió a Jubal de una manera agridulce, pero aprovechó el impulso de la ola emocional para suspirar con aire contento. Vaciló un segundo y se colocó detrás de Isobel, abrazándola desde atrás.

—¿Qué-? ¿Qué estás haciendo? —susurró ella entre dientes, repentinamente tensa.

Jubal luchó contra el escozor del rechazo y la estrechó suavemente contra él mientras enterraba la cara en su cuello.

—¿Quieres atrapar a este tío? —murmuró Jubal, sus labios casi rozando su piel al hablar—. Tenemos que ponerlo nervioso.

Envuelta en su calor, la caricia de su aliento hizo a Isobel estremecerse. Sintiendo sus mejillas arder, ella se obligó a parecer naturalmente relajada en sus brazos, aunque lo último que le estaba provocando la proximidad del cuerpo y la boca de Jubal era relax. Y eso que él sólo fingía besarla en el cuello, moviendo la cabeza, pero sin llegar realmente a tocarla. De algún modo, el hecho de que no lo estuviera haciendo de verdad, disparó el ansia de Isobel.

Afortunadamente, el rehogado necesitaba atención y Jubal se apartó antes de que Isobel no pudiera evitar hacer algo inapropiado. Fingiendo estar sumidos en un silencio más cómodo de lo que era en realidad, Isobel se puso con la preparación de la salsa mientras Jubal se ocupaba de la pasta.

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