Historia Paralela 4


¿Hoshiyomi fue consciente de que había engañado a Tokiyomi todo el tiempo?

Por supuesto que sí. ¿De qué otra forma lo obligaría a salir de su cueva—también conocida como la sala de control—y enfrentarse al frente?

¿Sentía algún tipo de culpa al respecto?

No.

Lo hacía de vez en cuando, así que... mucha culpa no tenía.

Aunque, tal vez, debería haberlo considerado mejor. Porque apenas Yuya se marchó como siempre a su hogar, quien llegó a visitarlo fue su padre... con una reprimenda lista y un Tokiyomi lloroso a cuestas.

—¿De verdad? ¿Me acusaste? ¿Qué tenemos, ocho años? —Le espetó Hoshiyomi, mirándolo con incredulidad.

—¡Eres un idiota, Hoshiyomi! ¡Un hijo de perra! —Sollozó Tokiyomi como si le hubieran robado su juguete favorito.

Pero antes de que pudiera continuar, Astral intervino, con el ceño fruncido y una voz firme.

—¡Cuida tu lenguaje, Tokiyomi! Está bien que mi hijo se comporte como un idiota, pero no permitiré que insultes a mi esposo de esa manera. —

Tokiyomi volvió a llorar con más fuerza, esta vez de manera aún más patética.

—¡Pero...! —Intentó argumentar, pero su voz se ahogó en sollozos.

Y así, el ciclo se repitió.

Mientras tanto, Hoshiyomi estaba arrodillado en el suelo, con las manos levantadas por encima de su cabeza, cumpliendo con el típico castigo japonés.

Su madre solía aplicárselo cuando era un niño, pero que ahora fuera su padre quien lo hiciera... eso era otro nivel de humillación.

¡Tsk!

Chasqueó la lengua con fastidio.

"¿Se imaginan que esto saliera a la luz? 'CEO regañado por su alumno'. Sería un escándalo."

Claro que aquel "alumno" era mayor que él en realidad, aunque su apariencia gracias a la magia lo hiciera parecer un adolescente de dieciséis años. Si contaban los años vividos por su padre Astral antes de conocer a su madre, la diferencia de edades era abismal. Pero Hoshiyomi no estaba interesado en hacer cuentas.

No ahora.

—¡Levanta más los brazos! —

Gruñó su padre, y Hoshiyomi obedeció con un suspiro exasperado.

—¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué mentirle a Tokiyomi? —

Le cuestionó con seriedad.

Hoshiyomi desvió la mirada, fingiendo estar concentrado en un rincón de la sala. ¿Qué iba a decirle?

"Papá, la verdad es que mandé a Tokiyomi al matadero para zanjar rápido el asunto de Yuya."

Por donde lo mirara, no sonaba a una justificación válida.

Así que, en su lugar, respondió con su tono más seguro:

—Yuya... —

Era la justificación perfecta, o al menos eso pensaba.

Sin embargo, su padre suspiró, claramente decepcionado.

—¿De verdad? —

Dijo, alzando una ceja.

Con tono cansado, añadió:

—Has causado tanto, Hoshiyomi. Pensaba que ese tipo de cosas vendrían del hijo de Vector, no de ti. —

—¡Ey! —Gruñó Tokiyomi desde el fondo, indignado.

—Así que discúlpame si tengo que implementar medidas. —

Hoshiyomi lo miró, incrédulo.

—¿Vas a castigarme? ¿A mí? ¿Con quinientos años de edad? ¿En serio? —

Quiso reírse de lo ridículo que sonaba, pero se contuvo al escuchar la respuesta de su padre.

—¡Así tengas milenios, sigues siendo mi hijo y eres menor que yo! ¡Y si tengo que ir al fin del mundo a jalarte las orejas y castigarte, lo haré! ¿Me escuchaste? —

—Ugh... —Hoshiyomi gimió con fastidio. Había olvidado que en su padre había un lado completamente influenciado por su madre.

—Sí... —Murmuró al final, abatido.

¿Y cuál fue su castigo?

El infierno encarnado: el maldito papeleo.

Hoshiyomi, sentado tras un escritorio abarrotado de documentos, escuchó la risa de Tokiyomi resonar en la sala.

—Volveré a hacerlo —Se prometió en voz baja, con los dientes apretados mientras tomaba el siguiente documento con un gesto mecánico.

Tokiyomi seguía riéndose en el fondo, pero Hoshiyomi ya planeaba su próxima jugada.


Cuando Yuya llegó a casa, su madre lo recibió como todos los días.

Le sirvió la cena y luego lo envió a bañarse, como parte de la rutina que había implementado desde hacía un tiempo.

Todo funcionaba perfectamente: cenar, relajarse, estudiar un poco más y después irse a dormir.

Sin embargo, había algo que no encajaba. Algo que, aunque parecía insignificante al principio, se había vuelto imposible de ignorar.

Sus sueños.

Cada vez que cerraba los ojos y se adentraba en el mundo de Morfeo, imágenes extrañas y fragmentadas lo invadían.

Destellos de momentos que no entendía y que lo dejaban con una sensación inquietante al despertar.

A veces, se veía a sí mismo desde una perspectiva externa, luchando en una arena oscura que parecía estar en un subterráneo. En su mano sostenía una baraja que no reconocía, y sus ropas... definitivamente no eran las más habituales.

Otras veces, estaba en un enorme estadio, rodeado de un mar de personas que gritaban con entusiasmo. En esas ocasiones, se veía sosteniendo una pequeña bandera, levantándola mientras gritaba un nombre que nunca lograba escuchar con claridad.

Y en las noches más confusas y... Ardientes, se encontraba en una escena completamente distinta: atendiendo a un hombre cuyo cabello blanco y ojos heterocromos—un rubí y un dorado—provocaban en su pecho un torbellino de emociones difíciles de comprender.

"¿Por qué...?"

Siempre despertaba con esa misma pregunta en su mente, acompañado por una extraña mezcla de vacío y ardor en el pecho. Una sensación tan impropia de él que, aunque trataba de ignorarla, se hacía cada vez más evidente con el paso de los días.

Al principio, pensó que eran solo sueños tontos, algo natural que a cualquiera podría pasarle. Pero la frecuencia y la intensidad de estas visiones lo llevaron a cuestionarse:

"¿Y si me estoy volviendo loco?"

La ansiedad lo asaltaba con fuerza en esos momentos, pero justo cuando sentía que sus pensamientos lo consumirían, el anillo en su dedo—ese regalo de Hoshiyomi, símbolo de las Industrias Arckumo—parecía traerlo de vuelta.

Era un objeto simple, discreto, y sin embargo, al verlo brillando bajo la luz tenue de su habitación, una inexplicable calma lo invadía.

"Es imposible que sueños tontos sean motivo para llamarme loco," se decía a sí mismo con una sonrisa que usaba para convencerse tanto a él como a los demás.

Así que al día siguiente, como siempre, salía a enfrentar el mundo con su habitual entusiasmo, ignorando por completo que ese anillo en su dedo era la causa de sus sueños, de sus cambios... y del desasosiego que lentamente comenzaba a enraizarse en su alma.


Y mientras tanto, en otro lugar donde su existencia apenas era considerada una fantasía, una ciudad de tonos cálidos brillaba bajo un sol de color rojo profundo, bañando las calles con su resplandor único.

Cerca de un portal resplandeciente, cuyos colores danzaban como olas en un océano etéreo, un joven de cabello rosa y mirada esmeralda se encontraba frente a alguien que intentaba detenerlo.

—¿Tienes que ir? —preguntó el hombre envuelto en una capa oscura, su voz cargada de una mezcla de tristeza y anhelo.

Tomó el brazo del joven, su agarre firme pero tembloroso, como si no pudiera soportar la idea de verlo desaparecer a través del portal. Sus alas negras se movían con un ritmo pausado, reflejando su pesar mientras su mirada llorosa suplicaba sin palabras que se quedara.

El joven suspiró suavemente, resistiendo la tentación de ceder ante aquellos ojos que parecían atravesarlo.

—No será por mucho tiempo, cariño. Sabes que es necesario, ¿verdad? —dijo con una calma que apenas lograba disimular la emoción en su voz.

El hombre encapuchado se removió incómodo, su conflicto interno reflejándose en el silencio que siguió. Pero, finalmente, aflojó su agarre.

El joven, viendo la oportunidad, dio un paso más cerca y, con un gesto delicado, depositó un beso suave sobre los labios del otro. Fue un instante breve, apenas un roce, pero cargado de promesas no dichas y emociones que ninguno de los dos se atrevía a expresar en voz alta.

Antes de que pudiera arrepentirse, el joven dio un salto ágil y atravesó el portal, dejando tras de sí el suave resplandor de los colores que se desvanecían.

Del otro lado, el hombre encapuchado permaneció inmóvil, mirando fijamente al portal que lentamente comenzaba a cerrarse, hasta que no quedó nada más que el cálido resplandor del sol rojo sobre la ciudad.