Capítulo 15:

Un Escenario, Diferentes Perspectivas


Una vez más, Yuzu se encontraba a la defensiva.

En la Academia de Duelos, casi todo seguía igual. Excepto por dos cosas.

Yuya y ella misma.

Yuya, quien los había dejado atrás, provocando malentendidos con Yoko, a pesar de que ella, con toda su buena voluntad, se había ofrecido a aclarar las cosas. Ahora, él disfrutaba de todo lo que jamás habría imaginado.

Ropas elegantes, joyas brillantes, cartas exclusivas, dinero, estatus.

Todo parecía caer en las manos de Yuya sin esfuerzo alguno.

¿Qué si había ganado contra el campeón actual de la Ciudad Miami?

¿Qué si lo había hecho frente a millones de personas, en un estadio repleto?

Para Yuzu, nada de eso importaba. Todo seguía siendo injusto.

¿Cómo era posible que un don nadie, alguien a quien antes veían con lástima o burla, de pronto estuviera en la cima?

¿Cómo podía ser que un simple golpe de suerte transformara a aquel tonto en alguien reconocido?

¿Cómo?

Yuzu no podía entenderlo. Realmente, no podía.

Sin embargo, como buena amiga, lo soportaba.

Aunque Yuya parecía ahora buscar cualquier excusa para evitarla, ella lo soportaba.

Porque, después de todo, ella era su amiga.

Así se lo había recordado una vez, durante uno de sus descansos en la secundaria.

—¡Yuya, eres malo! Aunque es verdad que hubo un malentendido, eres malo porque... te has olvidado completamente de mí. —

—Yo jamás… —

—¡No mientas! —Gritó ella, dejando que sus lágrimas fluyeran sin contención—. Ahora que te has unido a Arckumo, has cambiado... y también me has cambiado a mí, a pesar de que prometiste que no lo harías. —

—No he cambiado en absoluto. Fuiste tú... al mentirle a mi madre. —

—¡Yo no le mentí, Yuya! Jamás le mentiría. —

—¿Entonces por qué comenzó a gritarme apenas llegué a casa? Dijo que le habías dicho algo que no era cierto. —

—¡Eso no es verdad! Yo solo quería ayudarte con tu situación. ¿No fue el señor Tsukumo quien empezó todo? —

—Las cosas no pasaron así, Yuzu. Aunque quisieras ayudar, no me preguntaste primero, y eso provocó que me regañaran frente a él. —

—¡Eso no es mi culpa! Si tú me hubieras explicado primero, esto no habría sucedido. —

—¿Por mi culpa? —

—Sí, porque fuiste egoísta. ¿Qué crees que diría tu padre si te viera ahora? ¿Estaría orgulloso de ti? Yuya, me alejaste de ti en cuanto aceptaste esa oferta del señor Tsukumo. Me abandonaste. —

Yuya permaneció en silencio, incapaz de defenderse ante las acusaciones.

—Pero estoy dispuesta a olvidarlo, solo porque soy tu amiga. '

—¿Vas a olvidarlo? —

La voz de Yuya sonó insegura, llena de dudas. Pero sabía que no podía perderla. No cuando, en el fondo, sentía que era cierto que la había descuidado por su apretada agenda.

—Está bien. Voy a olvidarlo todo. Porque soy tu amiga, y los amigos se perdonan, ¿verdad? —

—Sí… —

Yuya había sido un hueso duro de roer aquel día, pero al final, Yuzu había conseguido lo que quería: mantenerlo a su lado. Aunque fuera únicamente en la escuela formal.

Y, aunque aún quedaba una nube de animosidad entre ambos, no pasó mucho tiempo antes de que retomaran una relación parecida a la que tenían antes.

Yuya compartía sus historias, sus secretos, sus miedos. Yuzu se limitaba a escucharlo, como siempre.

Sin embargo, había algo que no la dejaba tranquila.

Algo que la consumía por dentro, como un veneno lento.

Yuzu se sentía a la sombra de Yuya.

Yuzu estaba al borde del colapso emocional. Su frustración, celos y el peso de sentirse eclipsada por Yuya habían afectado profundamente su humor.

—¡Yuzu! Hora de cenar. —

La voz de su padre resonó desde la planta baja del establecimiento, pero ella ni siquiera pensó en responder. No quería bajar.

No quería enfrentarlo.

Detestaba el consuelo que, aunque bienintencionado, solo la hacía sentirse más pequeña.

En un arrebato impulsivo, decidió que lo mejor sería salir por la ventana.

"Es una buena idea... No quiero que nadie me vea así", pensó.

Pero a medio camino, mientras descendía por el borde del marco, se dio cuenta del error.

"¡Está demasiado alto!"

El pánico la golpeó como un balde de agua fría. Intentó retroceder, pero sus manos, sudorosas por los nervios, resbalaron.

—¡AH! —

El mundo se desdibujó mientras caía, y un grito desgarrador escapó de sus labios. Pero justo antes de que el pavimento la recibiera, un par de brazos fuertes rompieron su caída.

—¿Estás bien? —

La voz que escuchó era grave, tosca, pero tenía un tono suave que la descolocó. No era lo que esperaba.

Aturdida, Yuzu se aferró al desconocido, temblando mientras las lágrimas caían sin control.

—Creí que iba a caer... — Susurró con la voz entrecortada.

Para su sorpresa, el hombre no la reprendió ni la soltó. En lugar de eso, la rodeó con sus brazos protectores, como si quisiera protegerla del mundo.

—Tranquila. No pasó nada. Estás a salvo, y eso es lo único que importa. —

Las palabras deberían haberla calmado, pero en su lugar solo la hicieron sentir más vulnerable. Algo en ellas sonaba demasiado... personal.

—Gracias... — Murmuró. Pero antes de que pudiera apartarse, el hombre dijo algo que la hizo congelarse.

—No sabes cuánto te he estado buscando. Ruri... Me alegra tanto que estés bien. —

"¿Ruri?"

El nombre resonó en su mente como una alarma. Levantó la mirada, aún temblando, y se encontró con los ojos intensos de un hombre de aspecto rudo. Su ropa estaba desgastada, y sus ojos parecían cargados de un cansancio profundo, pero había algo más en ellos: una mezcla de desesperación y esperanza que la hizo estremecerse.

—Ahora que estás aquí, nadie podrá separarnos otra vez. Lo prometo. —

Sus palabras sonaban sinceras, pero Yuzu no podía ignorar la sensación de peligro que se colaba en su pecho.

"¿Quién es este hombre? ¿Por qué me llama Ruri? ¿Qué quiere de mí?"

Cada pregunta la hacía sentir más pequeña. Quiso apartarse, pero su cuerpo no respondía.

—Ruri... — El hombre volvió a decir el nombre con tanta emoción que Yuzu sintió un escalofrío.

—No... Yo no... —

Antes de que pudiera articular una frase coherente, el hombre sacó un pañuelo blanco y lo extendió hacia ella, con evidente torpeza.

—Lo siento. No quise asustarte. —

El gesto la desconcertó aún más.

"¿Por qué se disculpa? ¿No iba a... secuestrarme? ¿Qué está pasando aquí?"

—Soy Shun. ¿No me reconoces? —

"¿Shun?"

—Ruri, he cruzado dimensiones buscándote. ¿De verdad no me recuerdas? —

Cada palabra que decía era como un golpe a su comprensión. Nada tenía sentido. Dimensiones, Ruri, buscarla...

—¿Qué...? —

El miedo y la confusión se mezclaron, y finalmente gritó:

—¡Yo no soy Ruri! ¿Quién demonios eres tú? —

El hombre retrocedió, sorprendido por su reacción, pero su mirada no perdió esa extraña mezcla de anhelo y dolor.

Antes de que pudiera responder, una voz familiar rompió el momento.

—¡Yuzu! ¿Dónde estás? —

El corazón de Yuzu dio un vuelco al reconocer la voz de su padre.

—¡Papá! — Gritó con toda la fuerza que le quedaba, como si su voz pudiera protegerla.

Alejándose, corrió hacia la puerta con las piernas temblando, dejando al extraño detrás.

—¡Yuzu! —

Apenas vio a su padre, se lanzó a sus brazos. La calidez y seguridad que sintió la hicieron romper en llanto.

—¿Dónde te habías metido? Fui a buscarte a tu habitación y no estabas. —

—Papá... —

Entre sollozos, confesó:

—Pensé que... que él iba a llevarme. —

—¿Quién? ¿Quién quería llevarte? —

—¡Shun! —

Pero cuando señaló la calle, el hombre ya no estaba.

—¿Quién es Shun? Oye, Yuzu, mírame. ¿Qué pasó? —

Su padre estaba frente a ella, preocupado, pero Yuzu no podía apartar la vista de la calle vacía.

"Si tan solo Yuya estuviera aquí... Esto no habría pasado."

El pensamiento la golpeó como una verdad amarga.

"Es su culpa. Todo esto es por su culpa. Si no estuviera tan ocupado siendo el centro de atención, yo no estaría aquí... sola."


Un nuevo día llegaba, y con él una nueva mañana llena de posibilidades. Sin embargo, Yuya no se permitió disfrutar de su sábado como cualquier joven lo haría. Tal como lo había solicitado Hoshiyomi, salió temprano hacia la dirección que le había dado, ansioso por tratar ese asunto tan importante que el adulto había mencionado.

Mientras caminaba apresurado, los pensamientos invadieron su mente.

"¿Se trata de lo que mencionó la última vez? ¿Sobre el Campeonato Juvenil Junior?"

Con la duda rondándole, llegó al restaurante en cuestión. Miró a ambos lados hasta que localizó al rubio sentado en una mesa junto a una ventana. Hoshiyomi levantó ligeramente la cabeza al verlo, y la calidez de su sonrisa fue suficiente para que Yuya sintiera un leve rubor.

—¡Buenos días! ¿Me tardé mucho? — preguntó Yuya mientras se acercaba rápidamente.

—Yuya, buenos días. No, no te preocupes. Llegaste justo a tiempo. ¿Desayunaste? —

El joven dudó. Había salido corriendo de su casa tan rápido que, por educación, quiso declinar.

—Bueno, yo... —

Un rugido traicionero de su estómago lo interrumpió, delatándolo sin piedad. Yuya quiso desaparecer en ese mismo momento, pero Hoshiyomi simplemente soltó una risa suave, indulgente.

—Tal parece que no — dijo, claramente divirtiéndose.

Levantó una mano, llamando a un mesero con un movimiento fluido y elegante.

—Por favor, ¿podría traer un desayuno completo para mi invitado? Un pan de masa madre con embutido, un bowl de fresas con arándanos, tostadas con huevo y un jugo de naranja.

Yuya levantó las manos rápidamente, intentando detenerlo.

—¡No hace falta! De verdad, puedo comer cualquier cosa. —

Pero Hoshiyomi negó con la cabeza, su sonrisa adoptando un toque juguetón que lo hizo ver incluso más encantador.

—Es una lástima, Yuya, porque ya lo pedí — dijo con un tono deliberadamente despreocupado.

Yuya resopló, intentando no mirar lo satisfecho que se veía Hoshiyomi. Sabía que el hombre lo había hecho a propósito, pero no tenía manera de rechazarlo sin sonar maleducado.

—Está bien... — murmuró mientras tomaba asiento frente al rubio.

Intentando desviar la conversación, Yuya fue directo al grano.

—Dijiste que hablaríamos de algo importante.

Hoshiyomi no dejó de sonreír, pero sus ojos brillaron con un aire de seriedad.

—Y así es. Pero, ¿por qué no llenas tu estómago primero? Es difícil tomar decisiones importantes con hambre.

—Llenar mi estómago... — repitió Yuya, confundido por el comentario.

Mientras el mesero colocaba los platillos sobre la mesa, Hoshiyomi comenzó a explicar.

—La última vez me mencionaste que estabas interesado en participar en el próximo campeonato, ¿cierto? Como tu patrocinador, me tomé la libertad de investigar los requisitos necesarios para inscribirte. Y, curiosamente... —

Con un gesto elegante, deslizó una tableta hacia Yuya.

—...descubrí que apenas cumples uno de los dos requisitos.

—¡¿Qué?! —

La pantalla mostraba los datos oficiales de Yuya: sus estadísticas, duelos, victorias y derrotas. Aunque se consideraba en buena racha, los números no mentían.

—El LDS exige que los participantes hayan tenido al menos cincuenta encuentros oficiales dentro de Ciudad Miami y que cuenten con un sesenta por ciento de victorias. Tú apenas alcanzas un cincuenta y seis por ciento.

Yuya cubrió su rostro con las manos, abrumado por la frustración.

—Ah, no puede ser...

—No es tu culpa — dijo Hoshiyomi con calma, retirando la tableta de la vista de Yuya. —Esto no se trata de buscar culpables, sino de ver cómo solucionarlo.

El tono sereno y paciente del rubio hizo que Yuya lo mirara con sorpresa. La mayoría de las personas habrían comenzado a reprocharle su rendimiento o a señalar sus errores, pero Hoshiyomi simplemente le sonrió, como si el problema no fuera más que un pequeño obstáculo en el camino.

—Y por eso mismo te he llamado — continuó Hoshiyomi, apoyando un codo en la mesa mientras sostenía su mentón con una mano, su mirada fija en Yuya. —Como tu patrocinador y tu representante, es mi deber ayudarte a cumplir con ese requisito que te falta.

—¿Cómo? — preguntó Yuya, su voz cargada de inseguridad.

Hoshiyomi dejó escapar una leve risa, inclinándose ligeramente hacia él.

—Buscando los cuatro duelos que te hacen falta, por supuesto.

Yuya abrió los ojos, sorprendido.

—¿En serio harías eso?

—¿Dudas de mí, Yuya? — respondió Hoshiyomi, fingiendo estar ofendido. Pero la chispa traviesa en sus ojos delataba su diversión. —Sabes que haré lo que sea necesario para ayudarte.

La sinceridad en sus palabras hizo que Yuya sintiera un calor extraño en el pecho. Desvió la mirada, intentando ocultar su sonrojo.

Mientras Yuya comenzaba a comer, aún algo apenado, Hoshiyomi lo observaba con paciencia infinita, asegurándose de que disfrutara cada bocado.

"Es tan fácil preocuparse por él", pensó Hoshiyomi con una leve sonrisa.

Y como si esa fuese una señal, luego que de Hoshiyomi le insistiera a desayunar, lo llevo rápidamente a un nuevo lugar.

—¿Escuela de Duelo de Cocina? —preguntó Yuya, leyendo el elegante letrero dorado que adornaba la entrada.

—Así es. Aquí conocerás a tu próximo contrincante —respondió Hoshiyomi, con una voz tan segura que parecía dictar los hechos más inevitables.

Tan pronto cruzaron las puertas, un cálido y tentador aroma los envolvió. Era como si todas las delicias del mundo se hubiesen reunido en ese lugar.

"¿Me invitó a desayunar solo para que no tuviera problemas aquí?"

Yuya pensó mientras su mirada viajaba por las relucientes estaciones de cocina. Las dudas que solían acompañarlo se desvanecieron por un momento, reemplazadas por una mezcla de admiración y gratitud. Había algo en Hoshiyomi, en la manera en que anticipaba cada necesidad suya, que empezaba a hacerse evidente, aunque Yuya aún no podía ponerlo en palabras.

—¿Qué opinas? —preguntó Hoshiyomi, sus ojos observando atentamente cada reacción del joven.

—Es… increíble —respondió Yuya, sus ojos brillando con una mezcla de asombro y emoción—. ¿De verdad esto es una escuela de duelos?

—No cualquier escuela. La mejor —dijo Hoshiyomi, su tono desprendía orgullo, pero su rostro permanecía imperturbable.

Justo cuando Yuya iba a hacer más preguntas, una voz estridente resonó en la sala.

—¡Pero si es Sakaki Yuya en persona! ¡Bienvenido a la Escuela de Duelos de Cocina más prestigiosa del mundo!

Yuya giró la cabeza y se encontró con un rostro que no había visto en mucho tiempo.

—¡¿Nico Smiley?!

—¡El único e inigualable! —respondió Nico, haciendo un gesto grandilocuente con los brazos. Vestía un llamativo traje amarillo que parecía brillar bajo las luces de la sala—. Y hoy tengo el honor de ser el narrador de este emocionante encuentro.

Yuya no pudo evitar una pequeña risa. La personalidad excéntrica de Nico siempre lograba romper cualquier tensión. Sin embargo, Nico pronto dirigió su atención a la figura imponente que estaba detrás de Yuya.

—Un momento… —dijo Nico, frunciendo el ceño mientras su mirada evaluaba a Hoshiyomi—. ¿No es ese Tsukumo Hoshiyomi?

La atmósfera pareció cambiar de inmediato. Los murmullos de los asistentes llenaron la sala, como si la simple presencia de Hoshiyomi hubiese alterado el equilibrio del lugar.

—Así es —respondió Hoshiyomi, su sonrisa perfecta y calculada.

—¿Qué hace el reconocido CEO aquí? —preguntó Nico, con una mezcla de respeto y curiosidad.

—Acompaño a uno de mis duelistas patrocinados. —Hoshiyomi habló con una tranquilidad que no dejaba espacio para objeciones, pero el peso de sus palabras era claro.

—Vaya, esto sí que es inesperado… —dijo Nico, bajando ligeramente la voz mientras observaba al hombre con más atención—. ¿Tal vez el Señor Tsukumo está pensando en incursionar en el mundo de los duelos?

—Un cambio de aires nunca le hace mal a nadie —respondió Hoshiyomi, su tono impecable, pero con un destello de advertencia en sus ojos.

—¡Oh, entiendo, entiendo! —Nico levantó las manos en un gesto conciliador, claramente percibiendo los límites del terreno que pisaba—. Entonces espero que la presentación de hoy esté a la altura de sus estándares.

—Mis expectativas siempre son altas —replicó Hoshiyomi, con una sonrisa que era tan fascinante como intimidante.

Mientras la conversación llegaba a su fin, Nico cambió el enfoque hacia el contrincante de Yuya, quien ya se encontraba esperando en el centro del campo de duelo.

—Damas y caballeros, permítanme presentar al chef más joven y prometedor que jamás haya pisado esta escuela: ¡Mokota Michio!

El chico, con su uniforme impecable y una actitud que irradiaba confianza, dio un paso adelante y realizó una reverencia.

—Es un honor enfrentarme a un oponente tan… básico como tú, Sakaki Yuya —dijo Michio, con una sonrisa que no dejaba dudas sobre su desprecio.

Yuya, ajeno al insulto disfrazado, asintió con entusiasmo.

—¡No pienso perder!

Mientras los duelistas se preparaban, Hoshiyomi se retiró hacia el área designada para espectadores, donde tomó asiento con una elegancia despreocupada. Sin embargo, su atención no estaba en el duelo que comenzaba, sino en algo mucho más importante.

Su mirada se posó en el anillo que Yuya llevaba en su mano, y una chispa oscura cruzó sus ojos.

"Acción, Duelo"

El campo de batalla cobró vida mientras ambos contrincantes desplegaban sus cartas con una sincronía electrizante. Las estrategias de Michio brillaban como un espectáculo, combinando su maestría culinaria con movimientos de duelo meticulosamente calculados. Yuya, por su parte, luchaba con pasión y agilidad, adaptándose a cada jugada con la creatividad que lo caracterizaba.

Pero Hoshiyomi apenas reparaba en el desarrollo del enfrentamiento. Su atención estaba fija en Yuya y en los pequeños gestos que lo delataban: el ligero temblor en sus manos al jugar una carta decisiva, la forma en que mordía su labio inferior cuando dudaba.

Con un movimiento casi imperceptible, Hoshiyomi levantó su mano y el anillo que Yuya llevaba comenzó a brillar débilmente.

"Todo está saliendo según lo planeado."

El rostro de Hoshiyomi permaneció sereno, pero en su mente, una oscura satisfacción crecía.

"Es solo cuestión de tiempo antes de que recuerdes quién eres en realidad, Yuya. Y cuando eso suceda…"

Una sonrisa apenas curvó sus labios mientras observaba el caos que lentamente comenzaba a gestarse en la mente de su protegido.

Yuya sacudió la cabeza, intentando enfocarse, pero algo lo distraía, algo que no podía nombrar.

—¡Vamos, Yuya! —gritó Nico desde la cabina de narración—. ¡El público está esperando tu próxima jugada!

Y aunque Yuya se esforzaba por mantener la compostura, no podía evitar sentir que algo dentro de él estaba cambiando, algo que ni siquiera entendía del todo.

Hoshiyomi, mientras tanto, cruzó las piernas y entrelazó las manos, su expresión impecable. Todo iba según lo planeado, y nadie, ni siquiera Yuya, lo sospechaba.