Capítulo 16:

Primer Destello


Aviso: El siguiente capítulo tiene escenas que se pueden considerar sensibles. Se tocan temas delicados como el abuso, y el abandono. Por favor, sí te consideras sensible, se recomienda evitar su lectura, y avances al siguiente capítulo, de lo contrario, se recomienda discreción.


Un niño iba de la mano de su padre, caminando tranquilamente por el parque.

Había varios niños también acompañados de sus propios padres, jugando y riendo por aquí y por allá.

El sonido de risas infantiles llenaba el aire, mezclándose con el crujir de las hojas bajo los pies y el canto de los pájaros que se posaban en las ramas más altas.

Era una atmósfera dulce, cálida.

Pero no para todos.

Para un niño en particular, el parque era un espectáculo al que solo podía mirar desde lejos. Se ocultaba entre la maleza y los arbustos, observando a los demás con una mezcla de anhelo y resignación.

Admiraba en silencio todo lo que él no podía tener: las risas, los abrazos, las palabras cariñosas que flotaban en el aire como un sueño al que nunca podría aspirar.

—¡Papá! ¿Iremos al parque de diversiones mañana? —Preguntó un niño que pasó cerca, mientras su padre lo tomaba de la mano con ternura.

—¡Por supuesto! ¿Hay algo más que quieras para tu cumpleaños? —Respondió el hombre, sonriendo.

—¡Un robot gigante! —

—¿Gigante? —

Ambos rompieron en risas, una melodía que se alejaba junto con ellos.

El niño escondido en los arbustos bajó la mirada, sus manos apretando la tela de su camisa desgastada. Esa había sido su rutina desde que tenía memoria: escapaba de casa para venir al parque y observar, con la esperanza secreta de que ese día alguien lo notara, que alguna de esas risas también pudiera ser para él.

Por lo general, regresaba solo a su casa, con un vacío aún más grande que el que traía consigo.

Pero ese día fue diferente.

—¡Mira! Te dije que aquí estaba. —Una voz rompió el silencio detrás de él.

—¡Tienes razón! —Respondió otra, mientras dos figuras emergían de entre los arbustos.

Eran niños, quizás un poco mayores que él, y le dirigían una mirada curiosa.

—Mi amigo me dijo que aquí estaba un niño que también le gusta jugar. ¿Quieres jugar? —Preguntó uno de ellos, extendiendo su mano con una sonrisa que parecía genuina.

Yuya parpadeó, su corazón acelerándose. ¿Era una broma? ¿Un truco?

Su mente luchaba por procesar la invitación, pero algo en la calidez de sus miradas lo desarmó.

—¿Yo? —Preguntó, señalándose a sí mismo.

—¡Sí, tú! —Respondió el otro, como si fuera lo más obvio del mundo.

Después de lo que pareció una deliberación eterna, Yuya finalmente aceptó.

—¡Vamos! —Exclamó uno, tomándolo de la mano.

—¡Jugaremos a las atrapadas! —

El corazón de Yuya se llenó de una emoción que apenas podía nombrar.

—Sí... —Respondió con un murmullo que luego se transformó en una sonrisa tímida.

—¡Pero espera! —Interrumpió el niño que había hablado primero, señalándolo con entusiasmo. —Aún no sabemos tu nombre. —

Yuya se detuvo. Nadie nunca le había preguntado eso.

Titubeó, sintiendo un nudo en la garganta antes de murmurar:

—Es... Es Yuya. Sakaki Yuya. —

—¡Sakaki Yuya! —Repitió el niño con una risa brillante. —¡Perfecto! ¡Vamos, Sakaki! ¡Tú comienzas! —

—¡Las traes! —Agregó el otro, corriendo.

El sonido de sus risas era contagioso, y aunque Yuya tenía miedo de hacer algo que pudiera alejarlos, también rió. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que el mundo le daba un respiro, una pequeña luz en medio de su oscuridad.

"¿Esto es tener amigos? ¿Alguien con quién jugar?"

Sin embargo, como todo en su vida, la felicidad fue breve.

—Mi mamá ya me está llamando. —

—La mía también. ¡Nos vemos! —

Ambos niños se despidieron y desaparecieron tan rápido como habían llegado.

La luz del atardecer se apagaba, dejando a Yuya de nuevo en su soledad.

La noche lo recibió con un frío que calaba hasta los huesos, pero no podía quedarse más tiempo. Su padre seguramente ya lo estaba buscando... o tal vez no.

Comenzó a caminar hacia casa.

Las luces de la calle parpadeaban sobre su cabeza, y los transeúntes apenas le dedicaban una mirada antes de seguir su camino.

Un niño de cinco años caminando solo en medio de la noche podría haber sido extraño para muchos, pero no para quienes estaban acostumbrados a la indiferencia.


—¡Mi turno! ¿Oye, estás bien? —Preguntó Michio, con la preocupación claramente reflejada en su rostro.

Frente a él, Yuya apenas reaccionó.

Hace poco, el joven duelista había cautivado a todos con su energía vibrante, con esa chispa que parecía iluminar incluso los rincones más oscuros del estadio.

Cada movimiento suyo era audaz, cada estrategia ingeniosa, cada palabra una declaración de confianza.

Pero ahora...

Sus ojos, antes llenos de una voluntad inquebrantable, estaban apagados, como si un velo de sombra hubiera caído sobre ellos.

Su postura era rígida, sus manos temblaban ligeramente mientras sujetaba sus cartas, y el aire a su alrededor parecía pesar tanto que hasta el público se sumió en un inquietante silencio.

El duelo que antes maravillaba a todos, que arrancaba vítores y aplausos, ahora parecía desprovisto de vida, tan triste y moribundo como el propio Yuya.

Michio tragó saliva, sintiendo un nudo formarse en su garganta. Quiso seguir con su turno, pero su preocupación creció.

—Si te sientes mal, podemos... —Comenzó a decir, sus palabras cargadas de genuina empatía.

Sin embargo, Yuya no pareció escucharlo.

Su mirada estaba perdida en algún rincón lejano, en un lugar que Michio no podía alcanzar.


La rutina parecía repetirse, una y otra vez.

Yuya se escondía en los arbustos, y los mismos niños volvían a buscarlo.

Jugaban hasta entrada la noche, y Yuya regresaba a casa cuando la madrugada ya pintaba el cielo con un tenue gris.

Una y otra vez, la secuencia era la misma.

Era predecible, casi reconfortante en su monotonía.

Hasta que algo cambió.

—¡Yuya, llegué a casa! —

La voz retumbó desde la entrada, y como siempre, Yuya corrió emocionado hacia las escaleras para recibirlo.

—¡Papá! —Gritó con alegría, pero sus pasos se detuvieron en seco al notar a la persona junto a su padre.

—Ah, Yuya, como te prometí, te he traído a una nueva madre. —

La mujer a su lado esbozó una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Sus manos adornadas con perlas brillantes se movieron en un saludo perezoso, mientras el aroma de un perfume pesado llenaba el aire.

Yuya la observó con una mezcla de confusión y aprensión.

"¿Esta persona es la que ahora va a cuidar de Yuya?"

Su pensamiento apenas tuvo tiempo de tomar forma cuando su padre frunció el ceño, impaciente.

—¡Yuya! ¿Te he enseñado mal todo este tiempo? Cuando alguien nuevo llega, debes saludarlo correctamente. —

—¿Eh...? ¡Sí! —

Con el corazón acelerado, Yuya corrió hasta la mujer, inclinando la cabeza con torpeza.

—Es... Es un gusto conocerla. Éste... Éste es Sakaki Yuya. —

Su voz temblorosa apenas salió, pero la mujer sonrió, inclinándose para acariciar sus mejillas.

—¿No es Yuya una criatura adorable? —

Sus palabras eran suaves, casi melosas, y aunque su tono era cálido, algo en la forma en que sus dedos se demoraron en su rostro hizo que Yuya quisiera retroceder.

Su padre, satisfecho con la escena, asintió con aprobación.

—Él es mi hijo. Por favor, cuídalo bien. —

La mujer levantó la mirada hacia él, asintiendo rápidamente. Había algo en su entusiasmo que parecía fuera de lugar, pero Yusho no pareció notarlo. Para él, esta vez había tomado la decisión correcta.

—Ahora somos una familia —Dijo con un aire de satisfacción.

Durante una semana, todo pareció normal. Yuya se acostumbró a la presencia de la mujer, aunque nunca logró sentirse del todo cómodo.

Entonces llegó el día en que su padre anunció que debía partir nuevamente.

—No tardaré mucho, lo prometo. —

Con la misma promesa de siempre, salió apresuradamente por la puerta.

Desde las escaleras, Yuya lo observó alejarse. No dijo nada, como de costumbre. Sabía que su padre estaría fuera por más tiempo del que prometía, y que quejarse no cambiaría nada.

Suspiró y comenzó a subir a su habitación, pero antes de que pudiera llegar, la mujer lo llamó.

—Yuya, ven aquí. —

Su voz sonaba diferente, más baja, casi un susurro que se arrastraba por el aire.

Al voltear, la encontró de pie, vestida con prendas que apenas cubrían su cuerpo.

—¿Quieres jugar conmigo? —

La pregunta quedó suspendida en el aire, resonando en los pasillos vacíos como un eco siniestro.

Y luego...

Yuya sintió que algo dentro de él se rompía, como una cuerda que llevaba mucho tiempo tensa. Quería correr, quería gritar, pero las palabras se atoraron en su garganta.

No podía decir que no.

Esa noche quedó grabada en su memoria como una sombra.

Era algo que no podía entender por completo, pero que cargaba un peso insoportable.

Al día siguiente, Yuya regresó al parque, escondiéndose en los arbustos como siempre, pero esta vez no observaba a los niños con la misma curiosidad de antes.

Las lágrimas rodaban silenciosas por sus mejillas mientras miraba la distancia, sus ojos vacíos, como si una parte de él se hubiera perdido para siempre.


—¡Oye! ¿Realmente estás bien? —Insistió Michio, su voz ahora cargada de urgencia, al detener su carrera abruptamente.

Yuya no respondía. Estaba completamente absorto en algo que parecía tan lejano, tan distante, como si el duelo mismo hubiera dejado de existir en su mente.

Parpadeó repetidamente, como si intentara despejar una niebla invisible. Después, alzó la mirada, y forzó una sonrisa, una que no alcanzaba sus ojos, como si el dolor en su pecho nunca hubiese existido.

—¡Damas y caballeros! ¡El show está por comenzar...! —Exclamó, con un tono que se intentaba alegre, como un actor interpretando su papel, sin que realmente le importara el guion.

El público, en su ignorancia, reaccionó como siempre, aplaudiendo, vitoreando, celebrando lo que parecía una actuación más. Sin embargo, la calidez que solía envolver a Yuya, esa energía inconfundible que lo había hecho brillar, ya no estaba allí.

Ahora, todo parecía vacío.

Se había esfumado, como se había esfumado, en otro contexto mucho más cruel, el amor de su padre.


¿Cuánto fue que el niño de los arbustos aguantó? Justo el mes entero que su padre tardó en regresar.

Cuando el adulto llegó, gritando por su hijo, lo que esperaba encontrar era una amplia sonrisa, el calor del hogar, el amor de la nueva mujer. Pero...

Al subir las escaleras, el llanto de su hijo le atravesó los oídos.

Al abrir la puerta de la habitación...

La ilusión que mantenía a flote su razón se desplomó, pesada como un muro de concreto.

—¡¿Qué diablos estás haciendo?! —rugió, el nudo en su garganta presionando su voz, su furia brotando desde un lugar oscuro y helado en su pecho.

Tomó a su hijo, casi con desesperación, su cuerpo rígido, y lo arrastró de vuelta a su pecho, como si pudiera arrancarle de la realidad que veía.

—Yuya... —El susurro del padre sonó roto, vacío, como si su propia alma estuviera siendo desgarrada al mirarlo.

Era imposible reconocer a su hijo en ese estado. Su pobre niño, casi irreconocible entre el dolor y la confusión.

Yusho deseaba gritar, maldecir el aire, la tierra, los cielos... Quería golpear algo, a alguien, tal vez a la mujer, a sí mismo, destruir todo lo que había hecho para acabar con esta pesadilla.

Pero cuando sus ojos recorrieron el cuerpo de Yuya, la furia se congeló en su pecho.

No podía... no podía procesarlo.

La mujer, en un intento por justificar lo que no tenía excusa, balbuceó rápidamente.

—¡No es lo que tú crees! —Su voz era temblorosa, apresurada, como si tratara de cubrir algo mucho más grande que su culpa.

Pero ¿cómo podía negar lo que se veía tan claro, tan horrible? El niño estaba desnudo, su piel marcada por los rastros de algo mucho más allá de un simple castigo. La cinta sobre su boca parecía un recordatorio cruel de que no había forma de huir. Y los moretones que cubrían su cuerpo, cada uno hablaba de algo peor que el dolor físico.

Yusho no pudo soportarlo. El golpe de la realidad fue más fuerte que su furia. Tomó a su hijo, lo envolvió en su abrigo, y sin mirar atrás, salió de la habitación. El aire frío lo golpeó en la cara, pero su mente ya no estaba allí. Solo quedaba la sensación de que nada, absolutamente nada, volvería a ser como antes.

El hospital estaba cerca, pero no importaba. ¿Qué podría hacer un hospital cuando lo que había ocurrido estaba mucho más allá de lo que cualquier cura podría sanar?

Antes de salir, se giró, mirando a la mujer, en su provocativa ropa, aún en pie, como si nada hubiera sucedido.

—¡Lo pagarás! —Gritó como un juramento, la rabia y la desesperación colapsando su voz.

Su hijo no podía quedarse allí.


Cuando el duelo terminó, Yuya apenas tuvo tiempo de excusarse para ir al baño.

Al llegar...

PUAJ

Lo primero que hizo fue vaciar su estómago, como si todo lo que había dentro de él se negara a quedarse.

¿Qué demonios había sido eso?

¿En qué momento había pasado?

La cabeza de Yuya giraba, como si el mundo se desvaneciera y todo lo que quedara fuera de foco fuera la horrenda sensación en su pecho.

No podía recordar. Algo tan... terrible. Tan profundo. No podía recordar que le hubiera pasado nunca antes.

No.

Su madre siempre estaba allí, siempre. Y aunque su padre salía a veces para un evento, él nunca lo había descuidado de esa manera, hasta llegar a algo tan... grotesco.

Pero, ¿entonces...?

¿Qué significado tenía ese recuerdo que lo perseguía, que lo arrastraba hacia un abismo sin sentido?

¿Qué era esa vivencia, esa marca que ahora era parte de su piel? De su alma...

¿Realmente le había pasado?

Su cuerpo comenzó a temblar violentamente, como si cada fibra de él tratara de rechazar la realidad, pero no podía escapar de ella. A pesar de que intentó aferrarse al inodoro, sus manos resbalaron.

Su cuerpo cedió, desplomándose al suelo con un golpe sordo que resonó en sus oídos, como si lo hubieran arrancado de su propia conciencia.

Estaba atrapado. No podía moverse, ni pensar, ni siquiera respirar. El terror se apoderaba de él con cada latido de su corazón.

—¡Yuya! —

La voz del hombre llegó como un faro en medio de la niebla, aunque Yuya apenas pudo distinguirlo entre el caos que sentía.

Al ver la figura cerca, se aferró a él como si su vida dependiera de ello, y en un instante, las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—¡No me dejes solo! —

Su grito salió quebrado, un sollozo de desesperación que se rompió en medio de su garganta.

Parecía un niño, ese niño que alguna vez se había escondido entre los arbustos, en un rincón oscuro de su memoria.

Un mundo que ya no existía, ni volvería a existir.

Un mundo que nunca más sería el mismo.


Hoshiyomi dejó escapar un suspiro pesado, como si el aire mismo se resistiera a abandonarlo.

Sabía que traer de vuelta los recuerdos enterrados de Yuya era una jugada peligrosa. Dolorosa. Tal vez incluso imperdonable.

Pero aún así, lo hizo.

No porque fuera necesario, sino porque lo deseaba. Se convenció a sí mismo de que Yuya era fuerte, que tenía la capacidad de superar cualquier tormenta que él desatara. Es solo un obstáculo más, se repetía, aferrándose a esa idea como si fuera la única verdad.

Sin embargo, verlo llorar como un niño perdido durante el trayecto de la escuela de duelo hasta las industrias lo hizo tambalearse.

Los sollozos de Yuya eran pequeños cuchillos que atravesaban su determinación, que socavaban cada argumento con el que había justificado sus acciones.

¿Realmente deseaba verlo sufrir de esa manera?

¿Todo por el egoísta deseo de tenerlo de regreso?

—Maldición. —El insulto escapó de sus labios como un veneno, dirigido hacia sí mismo, hacia lo que había hecho, hacia lo que seguía haciendo.

Se sentía sucio. Corrupto. Un hombre que se ahogaba en sus propias decisiones, incapaz de redimirse. Pero incluso con esa náusea creciendo en su pecho, no se detuvo.

¿Cómo podría?

Ya había llegado demasiado lejos. Echar por la borda todo su esfuerzo sería un desperdicio.

Tal vez, si solo se tratara de él, habría considerado detenerse. Tal vez habría encontrado la fuerza para dar un paso atrás. Pero Hoshiyomi no estaba solo en esto. No se trataba solo de Yuya.

No, había más en juego. Más rostros que recuperar, más vidas que salvar. Yuya no era el final de su cruzada, aunque sí era el único que realmente importaba.

El único al que amaba con una desesperación que lo consumía por dentro.

Acarició el rostro de Yuya mientras dormía, sus dedos temblando ante el contraste entre su ternura y los estragos que él mismo había causado.

—Lo siento. —Las palabras apenas salieron como un murmullo, un susurro dirigido al niño que descansaba, ajeno a la tormenta que lo envolvía.

Era una disculpa rota, vacía de redención pero cargada de amor. Una disculpa que nunca podría borrar el daño, pero que, en el fondo, esperaba que alguna parte de Yuya pudiera escuchar.

Porque aunque la culpa lo carcomía, el amor lo ataba. Y Hoshiyomi no sabía cómo soltarse.


—¿No ha despertado todavía? —preguntó Astral, llevando la taza de café a sus labios, su tono calmado contrastando con el peso de la conversación.

El ambiente en la sala era aparentemente tranquilo, pero las emociones de Hoshiyomi, reflejadas en su mirada perdida, eran cualquier cosa menos eso.

—Ha despertado varias veces... —respondió su hijo, su voz cansada y rota—. Pero siempre lo hace sobresaltado, como si el mundo mismo lo amenazara. Prefiere estar dormido... a enfrentar la realidad.

Astral asintió lentamente, su rostro imperturbable pero sus ojos cargados de reflexión.

—Ya veo.

Mientras saboreaba las palabras de Hoshiyomi, su mente divagó hacia recuerdos que aún dolían, pero que el tiempo había permitido cicatrizar. Pensó en el día en que descubrió la verdad sobre su madre, el Don Milenario, que en realidad era Aren. Recordó los enfrentamientos, la maldición, y cómo aquella vida pasada había acabado en un sacrificio tan amargo como necesario. Era un peso que había cargado consigo durante siglos, pero que también le había enseñado algo valioso: la tragedia del pasado no define el futuro.

Bebió un último sorbo de café antes de romper el silencio con una pregunta que sobresaltó a Hoshiyomi.

—¿Crees que pueda ver a Yuya?

Hoshiyomi lo miró, desconcertado, entrecerrando los ojos con una mezcla de curiosidad y cautela.

—¿Por qué?

—Creo que puedo ayudarlo.

El silencio que siguió estuvo cargado de incertidumbre. Hoshiyomi, por naturaleza, no confiaba fácilmente, incluso en su propio padre. Pero la desesperación de no saber cómo consolar a Yuya pesaba más que sus dudas.

—Hazlo. —La palabra salió más como un susurro que como una orden, casi quebrándose en el aire.

Astral no necesitó más. Se levantó con calma y, dejando a su hijo detrás, caminó por los largos pasillos de la base. Cada paso resonaba en el silencio, como si el mismo lugar reconociera la solemnidad de lo que estaba a punto de hacer.

Al llegar a la habitación donde Yuya reposaba, abrió la puerta con un suave suspiro.

Allí estaba, el joven que una vez había sido tan vibrante, ahora reducido a un caparazón de lo que solía ser. Astral observó el temblor en sus manos incluso en sueños, el rastro de las lágrimas secas en sus mejillas. Entendía ese dolor demasiado bien.

Se acercó lentamente, tomando una de las manos de Yuya entre las suyas.

—¿Crees que puedes perdonar las ansias de mi hijo por recuperarte? —murmuró con voz suave, más un pensamiento en voz alta que una verdadera pregunta.

Con cuidado, liberó una porción de su propia energía, tejiendo un manto etéreo que envolvió a Yuya. Los ojos cerrados del joven temblaron un momento, antes de que su respiración se calmara por completo. Astral lo guió a un mundo que existía más allá del dolor, un lugar donde el pasado no tenía dominio y la maldad no podía alcanzarlo.


Era un espacio puro, donde las cicatrices del alma se aliviaban, aunque fuera por un momento.

—El pasado no puede cambiarse, Yuya —murmuró, su voz resonando suavemente en ese mundo creado por su energía—. Pero tu presente sigue aquí, y aún tienes la oportunidad de escribirlo.

Astral sabía que no podía borrar el dolor, pero podía mostrarle que incluso después de la oscuridad, siempre existía una chispa de luz esperando ser encontrada.

—¿Dónde estoy? —Preguntó Yuya, su voz temblorosa rompiendo el silencio.

A su alrededor, el horizonte parecía infinito.

Agua cristalina cubría el suelo, apenas alcanzándole los tobillos, extendiéndose hasta donde su vista llegaba. Sobre él, el cielo nocturno desplegaba una majestuosa vía láctea, adornada con incontables estrellas que titilaban como si estuvieran vivas. Bajo sus pies, la arena era compacta y suave, pero no había rastro de una orilla.

Todo estaba suspendido en una calma desconcertante.

"¿Estoy en el mar?"

Su pensamiento resonó en el aire como un eco distante, lo que le hizo dar un paso hacia atrás, sobresaltado.

—¿Qué...? ¿Qué está pasando? —Balbuceó, girando sobre sí mismo en un intento desesperado por comprender dónde estaba.

El mareo lo detuvo pronto, pero no la sensación de vacío. Nadie respondía a sus llamados. Estaba solo, y la soledad tenía un peso abrumador.

—¿Es otra pesadilla? —Murmuró con frustración, su voz cargada de hastío.

Estaba cansado de las sombras que lo perseguían en sus sueños. Cansado de recuerdos que desgarraban su alma.

Pero justo cuando la desesperanza comenzaba a invadirlo, algo apareció en el horizonte.

No, alguien.

Una figura emergió de la nada, un ser cuya presencia parecía más real que el mundo que lo rodeaba. Su piel azul resplandecía con un fulgor suave, casi celestial. Joyas brillaban en su cuerpo como fragmentos de constelaciones incrustadas, y sus ropas flotaban con una elegancia que desafiaba las leyes de la naturaleza.

Yuya se quedó inmóvil, incapaz de apartar la vista. Había algo en él que lo hacía parecer un Dios: benevolente, pero insondable.

El ser avanzó hacia él, cada paso apenas dejando huella en el agua. Y cuando estuvo lo suficientemente cerca, lo abrazó.

El contacto fue inesperado, cálido, y la barrera invisible que Yuya había levantado alrededor de su corazón comenzó a resquebrajarse.

—El pasado es pasado, el presente es el presente —Murmuró el ser, su voz profunda resonando en el aire como una melodía—. Aunque sientas que te desgarra el alma, no lo niegues. No niegues lo que pasó, y no niegues lo que puede pasar. Yuya, eres un ser humano precioso. Por favor, no te cierres a ti mismo. —

Yuya se apartó un poco, mirándolo con ojos llenos de lágrimas y confusión.

—¿Cómo? ¿Cómo no hacerlo? —preguntó, su voz quebrada—. Estoy tan confundido. —

El ser lo miró con infinita paciencia, como si ya conociera cada una de sus dudas.

—Nada de lo que pasó llega a definirte. Tú eres tú, y eso es a lo que en verdad debes darle valor. —

—¿Pero cómo voy a hacerlo? —Yuya dio un paso atrás, su desesperación brotando en forma de palabras aceleradas—. ¡No entiendo nada! ¡No entiendo qué eran esos recuerdos! ¿Cómo puedo? ¿Cómo puedo si ni siquiera me entiendo a mí mismo? —

El ser, cuya presencia era a la vez apaciguadora e intimidante, cerró los ojos por un instante. Pareció meditar en silencio, permitiendo que las palabras de Yuya se asentaran en el aire.

Y entonces, abrió los ojos nuevamente, sus pupilas brillando con una luz que parecía contener universos enteros.

—¿Deseas saber la verdad? —Preguntó finalmente, su voz resonando en cada rincón del espacio infinito.

Las palabras atravesaron a Yuya como una corriente eléctrica.

Algo en su interior se agitó, como si una puerta que había estado cerrada durante mucho tiempo estuviera a punto de abrirse.

El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez no era vacío; estaba cargado de posibilidad.