Capítulo 10: Dejando la villa (Parte 1)

Itachi avanzó solo unos pocos pasos antes de notar una anomalía.

El susurro del viento no era el único sonido en el bosque. Había algo más. Las hojas caían de forma extraña, demasiado rápido, demasiado desordenadas. Las ramas vibraban con un ritmo que no pertenecía a la brisa natural.

No estaba solo.

Sus sentidos afilados le advirtieron de inmediato sobre la posible emboscada. Su cuerpo se tensó ligeramente en alerta. Podía sentir la presencia de otros shinobis, pero aún no podía determinar cuántos eran ni su ubicación exacta. Sin embargo, eso no significaba que no estuviera listo.

Ante la nueva amenaza, Itachi se detuvo de inmediato. Sin vacilación, giró lentamente sobre sus talones, permitiendo que su Sharingan hiciera su trabajo. Sus ojos rojos se deslizaron de izquierda a derecha, analizando cada rincón del bosque, delimitando con precisión las siluetas ocultas entre las sombras.

No tardó en encontrarlos.

Mientras estudiaba la situación, su mente calculaba la mejor manera de responder para que la niña en sus brazos no sufriera más daño.

Entonces, una voz irrumpió en la tensión del momento.

—Este es un encuentro inesperado, ciertamente. — la voz, calmada y llena de un matiz calculador, hizo que Itachi dirigiera la mirada en su dirección.

Irónicamente, el hombre con más sombras en la aldea se acercaba a él desde la iluminada calle:

Danzō Shimura.

Caminaba con la misma serenidad que un hombre que ya ha ganado la partida, cada paso medido, cada movimiento impregnado de la seguridad de quien cree tener el control absoluto. Una pequeña sonrisa de triunfo se dibujaba en sus labios, su sola presencia hizo que el ceño de Itachi se frunciera sutilmente.

Danzō no esperaba que uno de sus agentes detectara la presencia de Itachi, cuando lo escoltaban de regreso a las instalaciones de Raíz. Pero, aunque el encuentro no había sido planeado, tampoco era completamente improbable.

Era solo cuestión de tiempo antes de que los sabuesos de la aldea, lo encontraran. Después de todo, quienes intentaban escapar de Konoha pronto descubrían que la villa podía volverse un pañuelo demasiado pequeño.

—Mis hombres ya han cerrado todas las posibles rutas de escape. Así que, en este caso, aunque huyas o te escondas, el final será el mismo. — pronunció Danzō con la certeza de haber reducido todas las opciones de su oponente a cero.

Itachi, sin embargo, se mantuvo imperturbable.

Sabía que el panorama no era favorable. Cualquiera podía darse cuenta de que, cuanto más tiempo pasara, más difícil sería evitar ser acorralado, pero la verdadera diferencia no estaba en la situación, sino en abrir una brecha en lo inevitable.

Danzō observó con calma cómo los ojos de Itachi se deslizaban, analizando su entorno con precisión. Era obvio que su atención estaba puesta en los tres escoltas que se mantenían a su espalda, inmóviles pero listos para actuar en cualquier momento.

Notaba como la mente del chico trabajaba en silencio por salir de esa encrucijada, pero el número no jugaba a su favor. Por muy hábil que fuera, enfrentarse solo contra ellos en ese instante convertiría cualquier intento en un movimiento inútil. — Te doy el mérito que te mereces por eliminar a Sugaru y a otros agentes en tiempo récord. Ni siquiera me cuestionaré cómo lo conseguiste, porque reconozco tu habilidad. De otro modo, no te habría escogido desde el principio. — las palabras de Danzō, calculadas y frías, flotaron en el aire como un veneno disfrazado de reconocimiento.

—El despropósito de esas palabras es inmenso. — replicó Itachi, su tono sin emoción, pero con una dureza que no pasó desapercibida.

Danzō ni siquiera se molestó en responder esas palabras. En cambio, decidió finalizar su oración anterior. — Pero, por más que te aferres a esa confianza, no hay genjutsu que pueda cambiar el hecho de que estás solo. Y los lobos cazan en manada.

El silencio que siguió pareció pesar más que cualquier amenaza. Pero Itachi no tardó en romperlo, su tono sereno, carente de prisa o nerviosismo, como si estuviera explicando una verdad evidente, se abrió paso.

—Sé que ya lo has analizado y que, en todos los escenarios posibles, me ves como la presa condenada de esta cacería. También sé que, en tu mente, mi confianza es un defecto y mi determinación, una simple necedad. Seguramente crees que me aferro a una arrogancia vacía… pero te equivocas. La realidad rara vez se pliega al cálculo de los hombres.

No había necesidad, pero Itachi habló de todos modos. No para justificarse, sino para dejar en claro que comprendía perfectamente la situación, los pensamientos de Danzō y la aparente inevitabilidad de su destino. También, para recordarle que aún no estaba derrotado.

Danzō resolló en respuesta, quiso replicar, pero algo lo detuvo. La claridad de la mañana, que hasta entonces se filtraba entre las copas de los árboles, comenzó a oscurecerse sutilmente. Observó hacia arriba y descubrió la presencia de unas aves de rapiña.

"Cuervos".

Una extensa parvada alzó vuelo en una sincronía inquietante, como si algo invisible las hubiera perturbado.

Danzō y sus agentes prestaron atención al fenómeno. No era un comportamiento común.

Las aves, que buscaron refugio entre las ramas de los árboles, no mostraban una actitud hostil, pero su presencia no era pasiva. Se mantenían atentas, en un silencio expectante, como si fueran testigos de algo que estaba a punto de suceder.

Nadie habló, pero la sensación ominosa que impregnó el aire no necesitaba ser pronunciada para sentirse en lo más profundo del instinto de cada uno.

Algo estaba cambiando, y ninguno de ellos sabía exactamente qué.

Con un dejo de sospecha, la mirada de Danzō regresó a Itachi. No podía confirmarlo, pero… "¿Podría tratarse de un contrato?"

Para invocar a una especie con la que se tiene un pacto, era necesario ejecutar los sellos de manos pertinentes, pero Itachi no tenía forma de realizarlos, ya que sus brazos estaban ocupados, sosteniendo a un infante. Tampoco había hecho el más mínimo ademán de usar ninjutsu, ni aparecía en la ficha ninja algo relacionado a los cuervos.

Aun así, la parvada no se dispersaba. Se mantenía firme, observando, expectante.

El aire a su alrededor se sentía pesado, cargado de algo que Danzō no podía nombrar, pero que no le gustaba en lo absoluto.

En busca de algo que pudiera proporcionarle pistas sobre una posible conexión entre Itachi y las aves, las afiladas pupilas de Danzō recorrieron con precisión cada detalle en su postura, gestos y posible movimiento de sus labios o dedos.

Entonces lo vio.

Finalmente observó con atención a quien Itachi sostenía. Pequeño, inconsciente, manchado de sangre, un pequeño cuerpo apenas sostenido por la firmeza calculada de los brazos del Uchiha. No era difícil darse cuenta: era la hija de Haruno.

La visión de la niña, desentonaba con la imagen del despiadado prodigio que había masacrado a su propio clan.

Sin importar el motivo que hubiera empujado a Itachi a realizar esa acción, era una desventaja mas a su ya complicada situación.

El silencio fue cortado por las palabras de Danzō, su tono sereno pero cargado de insinuación. — Ahora mismo podrías estar huyendo fuera de la aldea, y este encuentro nunca habría tenido lugar. — sus ojos se entrecerraron con suspicacia. — Entonces, ¿cuál es la razón de estar aquí?

Habían muchas maneras de formular esa pregunta, pero Danzō la hacía con la intención de provocar algo en Itachi, para empujarlo a reaccionar y así poder medir su respuesta o su silencio. Porque, al final, poco importaba si contestaba o no, los hechos estaban a la vista.

Itachi ladeó ligeramente el rostro, dejando caer la molesta máscara Anbu a un lado de sus pies. Levantó la cabeza y regresó sus pupilas a Danzō. Su expresión impertérrita pretendía ocultar que, en su interior, se estaba cuestionando exactamente lo mismo.

Sus propios pasos lo habían llevado hasta ese lugar, incluso antes de que pudiera detenerse a pensar con claridad, si era un movimiento correcto o un error.

Ya había concluido que sentía cierta simpatía por ella, pero ese no era motivo suficiente para posponer su huida. Su propia vida estaba en juego, la promesa que había hecho también.

Entonces, ¿por qué?

El aire era denso a su alrededor, pero dentro de su mente había un peso aún mayor, uno que se negaba a identificar.

No era empatía, ni amistad. Era otra cosa, algo más profundo… egoísta.

Pero no pondría palabras a ese pensamiento, ni le daría voz a esa verdad que amenazaba con emerger desde lo más hondo. Porque si lo hacía, tendría que enfrentarlo y reconocer lo que realmente sintió cuando la vio tendida en el suelo, cubierta de sangre. Ese vacío, esa desesperación y esa opresión en el pecho, no eran desconocidos para él.

Lo había sentido antes.

Una sensación similar a la que lo invadió cuando vio a Sasuke tendido en la hierba sin vida.

Esa punzada en lo más profundo de su ser. Esa certeza devastadora de haber perdido algo que no podría recuperar.

Y aunque no lo admitiría en voz alta, aunque su mente se negara a atar los hilos de esa verdad, en su interior, lo sabía.

Sakura estaba viva, pero por un momento, pensó que la había perdido también.

Con avidez, Itachi despejó su mente.

No estaba listo para enfrentar lo que aquello significaba. Tampoco era necesario para él, darle atención a esa incertidumbre.

A pesar de haber permitido que un pensamiento inútil se colara en su mente, su atención y sus ojos nunca se apartaron de su verdadero objetivo.

La situación en la que estaba metido requería toda su concentración, cada fragmento de su ser enfocado en lo único que realmente importaba en ese instante.

No podía permitirse distracciones, titubeos, ni entrar en los juegos mentales de Danzō.

Para hacerle frente a la desventaja, necesitaba estar enfocado y listo. Ahora más que nunca, debía ser frío, preciso e implacable.

—No veo cómo esa información le sería útil a alguien que ya ha decidido el desenlace de esta conversación.

Danzō dejó escapar una leve exhalación, apenas perceptible, como si hubiera esperado precisamente esa evasión.

—Bien. — musitó con su tono característicamente calmado. — No esperaba una respuesta clara de todos modos.

No sentía temor ante esos ojos ardientes, tan intensos como un fuego que nunca se consume. Después de todo, él no era un hombre que se dejara intimidar fácilmente. Como líder de Raíz, y como shinobi experimentado, estaba curtido en el arte de mirar el abismo sin pestañear.

Itachi no le inspiraba miedo, pero sí, cautela.

Porque el Uchiha sabía perfectamente lo que significaba ser una sombra, y eso lo convertía en una variable difícil de controlar.

—Desconozco si esto es parte de alguna 'jugada maestra' de tu parte, pero como bien sabes, muchas veces deben hacerse sacrificios de distintas magnitudes para conseguirse el bien mayor. — el tono de Danzō era sereno, casi didáctico, como si hablara de una simple estrategia en el tablero de la política shinobi. Para cualquiera que escuchara, sus palabras podían parecer una referencia a los sacrificios inevitables en la búsqueda de la paz dentro y fuera de la aldea.

Pero Itachi sabía que tenían doble filo, y que Danzō no hablaba en términos generales. Le estaba dejando un mensaje claro:

No le importaba si estaba usando a Sakura como rehén para escapar de la aldea, porque, en última instancia, Raíz no haría distinciones.

Si para eliminarlo era necesario asesinar también a la niña, lo harían sin dudarlo. No importaba que Hiruzen la tuviera 'bajo su protección', porque una vez muerto, podrían culparlo a él, ya que nadie cuestionaría la versión de la historia escrita por los sobrevivientes.

Danzō entrecerró los ojos con astuta indiferencia. — Si pretendes usar a la hija de Haruno como último recurso… ¿qué crees que sucederá?

Que Danzō lo acusara de secuestro era, cuanto menos, ridículo. Itachi no lo expresó en palabras, pero la idea le resultaba casi absurda. Ni siquiera creía que Danzō se lo tomara en serio; más bien, parecía decirlo con la única intención de sumar una nueva acusación antes de proceder y proteger su integridad, si la niña resultaba muerta.

—No me malinterpretes. — continuó Danzō, con calma. — Me da mucho gusto que este encuentro haya sucedido así. Ya que creo que este lúgubre y solitario bosque es el escenario perfecto para detener el vuelo de un ave solitaria.

Entonces, como si hubiera escuchado algo particularmente divertido, las comisuras de los labios de Itachi se elevaron ligeramente, dibujando una sutil sonrisa. Era un gesto mínimo, apenas perceptible. Pero en ese instante, su ligera expresión transmitió más de lo que cualquier palabra podría decir.

Danzō afiló los ojos, como si intentara perforar la coraza que Itachi portaba con la misma frialdad de una máscara impenetrable, como si buscara apuñalar lo que quedaba de su espíritu combativo. Pero Itachi permaneció inmutable, su postura firme, su expresión incólume.

—Hmp, cuánta arrogancia. — dijo con una mezcla de desdén y cautela.

En ese instante, unas hojas se desprendieron de un árbol cercano, agitadas por un movimiento imperceptible. Revolotearon en el aire antes de descender en espirales silenciosas, anunciando la tensión latente en el ambiente. Ese era el movimiento ansioso de agentes, que esperaban la orden de su maestro para atacar.

Los músculos de Itachi reaccionaron al instante. Un reflejo instintivo lo hizo tensarse, su postura ajustándose con la precisión de un guerrero acostumbrado a leer hasta el más mínimo cambio en su entorno. Sus ojos, fríos y calculadores, destellaron con el tenue resplandor del amanecer, listos para captar el primer indicio de ataque.

Naturalmente sabía que nadie se movería sin la orden de Danzō, pero no por ello, lo encontrarían con la guardia baja. Nunca cometería ese error, porque un solo parpadeo en falso podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

Danzō no perdió detalle de la constante vigilancia de Itachi. No era la reacción de alguien fingiendo superioridad en una situación desventajosa para intentar confundir al enemigo. Era la postura de un ninja preparado, delimitando a cada oponente, analizando cada variable para atacar antes de ser tocado.

Danzō se mantuvo en silencio, tamborileando los dedos contra la base de su bastón con movimientos pausados. A pesar de ello, la visión del número de sus agentes en contraste con la de Itachi, hacían ver al Uchiha como un animal acorralado.

Cuando finalmente habló, su voz estaba llena de serenidad. — Nadie en este mundo quiere morir. Pero cuando ya no quedan opciones, lo mejor es una muerte veloz. — las palabras flotaron en el aire, sombrías y pesadas. — No tengo intenciones de castigarte duramente. Aún mantengo mi promesa: si te entregas ahora mismo, te daré una muerte rápida y con el menor dolor posible.

Ese era el último acto de piedad que le brindaría.

Danzō inclinó levemente la cabeza, observando con detenimiento a Itachi.

—Por muy prodigioso que seas, sigues siendo un humano. — sus ojos, como los de un experimentado depredador, recorrieron la imagen de Itachi sin dejar escapar ningún detalle. — Tus ropas están cubiertas de sangre. Tu chakra, seguramente disminuido. Y además… eres superado en número. En otras circunstancias, estoy seguro que podrías sortear esta dificultad, pero ahora francamente, lo dudo mucho.

Itachi escuchó en silencio, la amenaza disfrazada de oferta.

El mensaje era, que no tenía escapatoria y que lo único que quedaba, era elegir cómo terminaría.

Si bien era cierto que lo último dicho por Danzō no era mentira, tampoco significaba que estuviera acabado.

Sí, su chakra estaba disminuido, sus ropas cubiertas de sangre y era superado en número, pero ninguna de esas cosas significaba derrota.

Danzō hablaba como si ya hubiese ganado, y su oferta fuera la única opción sensata.

Pero eso solo demostraba lo poco que lograba leerlo.

¿En que momento habían vuelto a tocar el tema?

Mostrando su desacuerdo, Itachi alzó ligeramente el pie y pateó la máscara Anbu que descansaba a su lado. El objeto rodó por el suelo con un sonido seco antes de detenerse justo frente a los pies de Danzō.

Un gesto pequeño, pero cargado de significado. Itachi no necesitaba palabras para dejar en claro su postura.

No se rendiría, ni aceptaría un final impuesto por ese hombre.

Danzō bajó la mirada hacia la máscara con expresión inescrutable, pero en el fondo, Itachi sabía que el mensaje había sido recibido.

Los tres hombres que se mantenían detrás de Danzō se lanzaron a toda velocidad, sus espadas destellando con intención letal. Habían esperado la señal de su maestro, y ahora tenían vía libre para proceder.

—Permítenos darte una demostración digna de Raíz. — vociferó uno de ellos con confianza.

Las palabras flotaron en el aire con la arrogancia de quien cree que su victoria es inminente. Pero, para Itachi, no eran más que un ruido sobrante.

Sin mover un solo músculo más de lo necesario, su mirada los siguió con la precisión de un depredador. Sin más, Itachi soltó a la niña en la hierba y corrió directo hacia sus oponentes.

Las espadas se alzaron en su contra, buscando su carne como prioridad, pero ninguna lo alcanzó.

Con una maestría impecable, Itachi comenzó a esquivar cada estocada, deslizándose entre los ataques como una sombra imposible de atrapar.

Los agentes no tardaron en notar algo inusual:

Itachi no contraatacaba.

Cada uno de sus movimientos era puramente defensivo. Lo atribuyeron a la fatiga, después de todo, el Uchiha había estado luchando toda la noche, y su chakra debía estar agotado.

Conforme pasaban los minutos, la velocidad de Itachi comenzó a disminuir. Sus devoluciones se volvieron más torpes, y sus esquivos, menos limpios.

El agotamiento del Uchiha se hizo evidente.

Y entonces, una apertura apareció en su postura. Un error que no había cometido antes, una oportunidad que los tres agentes no estaban dispuestos a desaprovechar. Confiados, comenzaron a presionar. Su ataque continuo buscaba arrinconarlo de una vez por todas.

No se dieron cuenta de lo obvio.

Solo uno de los agentes sintió que algo no cuadraba, algo en la forma en que Itachi se movía que lo hacía sentir intranquilo.

Pero los otros dos no parecían compartir su sospecha. Para ellos, la ecuación era simple: el número y el trabajo en equipo siempre superarían la habilidad de un solitario niño genio.

Pronto lo que predecían en sus mentes sucedió.

La espesa sangre brotó de distintos puntos del torso de Itachi, y cayó tiñendo la hierba con una cantidad alarmante.

El cuerpo del Uchiha cedió, como si su resistencia finalmente hubiera llegado a su fin. Su silueta inclinándose pesadamente hacia adelante, incapaz de caer, al estar aprisionada entre las espadas que le atravesaban el cuerpo.

Uno de los hombres, el que llevaba una máscara con franja azul, más precisamente, el único que notaba que algo no andaba bien, observó a Itachi con el rostro impregnado de sospecha y vio cómo delgados hilos carmesí resbalaban de sus labios hasta su mentón.

La sangre se veía real, su dolor también, pero algo le hacía sentir un horrible escalofrío.

No podía ser tan sencillo.

Instintivamente, su primer impulso fue corroborar sus pupilas, para verificar que la vida se apagaba en ellas como en cualquier misión de búsqueda y captura. Pero entonces se detuvo, porque este no era un enfrentamiento cualquiera. Estaban ante un Sharingan, y no podía permitirse cometer la estupidez de mirar directamente a sus ojos. Sus cejas se juntaron al instante, y su respiración se volvió más pesada.

Entonces lo vio.

Una sutil sonrisa comenzaba a formarse en los labios sangrantes de Itachi. La mirada del agente, se disparó hacia sus compañeros.

Sus cuerpos, tensos e inmóviles. La sorpresa estaba tallada en sus rostros. Acaso, ¿Habían visto lo mismo que él?

Poco a poco, el cuerpo que habían tenido aprisionado entre afiladas hojas de acero comenzó a desmoronarse. No con la crudeza de la muerte, sino con la distorsión imposible de una ilusión rota. La silueta de Itachi, se fragmentó en figuras oscuras que, en un parpadeo, tomaron forma de aves negras.

Los incontables cuervos irrumpieron en el aire, escapando en un torbellino de sombras, sus alas extendidas con una sincronía imposible. Volaban en una bandada caótica, girando alrededor de los hombres como si el propio bosque hubiera despertado para devorarlos. Los graznidos resonaron con un tono antinatural, perforando los oídos y retumbando en el pecho con la fuerza de truenos en una tormenta furiosa.

La oscuridad se cerraba a su alrededor.

Tres pares de ojos cautelosos e intranquilos comenzaron a danzar frenéticamente, tratando de seguir el caos de alas y sombras que los envolvía. Las plumas negras caían en montones, deslizándose por el aire como si el mismo cielo se estuviera descomponiendo. Poco a poco, el azul matinal desapareció, devorado por un manto oscuro que se expandía como una maldición silenciosa.

Era como una tempestad en formación, como un presagio ineludible:

Algo malo estaba por suceder.

Y verdaderamente algo malo sucedía, pero no por los cuervos, sino por el rumor de una molestia en el abdomen.

No, más bien, un dolor que de pronto se manifestó en sus cuerpos como si hubiera estado esperando pacientemente su momento.

No era particularmente insoportable, pero…

Algo en sus mentes, se negaba a procesarlo correctamente. La ubicación del dolor les resultaba familiar y aun así, no lograban ser plenamente conscientes de ello. Era como si la información les llegara atrasada, como si sus sentidos estuvieran desfasados de la realidad.

No podían comprender cómo o cuándo, había sucedido, pero de un segundo a otro, todo se acomodó en su lugar de golpe. Y cuando sucedió, la distorsión del dolor, que hasta entonces había sido un rumor lejano en el borde de sus conciencias, se volvió insoportable.

Los tres agentes sintieron el ardor lacerante que perforaba sus abdómenes.

El hombre con la máscara de franja azul, se percató de que todo el entorno alrededor de ellos parecía dispuesto a sugestionarlos. Cada sombra, movimiento, sonido, había sido manipulado para arrastrarlos a esa falsa realidad.

Sus sentidos aún intentaban acomodarse, pero la verdad ya los había alcanzado. Al percatarse del fallo, los tres se miraron la zona afectada que cada uno portaba. Un escalofrío recorrió sus espinas dorsales. No sabían cuándo había sucedido, solo que ya estaban heridos, y que, probablemente, había sido desde el principio.

—Genjutsu… — vociferó uno de los agentes, su voz cargada de incredulidad y horror. Por la simple acción de pronunciar esa palabra, su cuerpo cedió y toda la sangre que se había amontonado en su interior súbitamente subió, buscando un escape con desesperación. Un violento espasmo lo sacudió antes de que escupiera una bocanada carmesí, manchando la tierra frente a él.

El Anbu de máscara blanca y franja azul, observó a su compañero sangrar profusamente. Finalmente había logrado unir las irregularidades, pero era demasiado tarde para poder hacer algo. Habían estado atrapados, manipulados, jugados, heridos, y hasta ahora, regresados a la realidad.

Al tener ese pensamiento, se dio cuenta de un detalle que le heló la sangre:

Él nunca había intentado algún movimiento o sello para salir de esa ilusión. No porque no pudiera, sino porque hasta ese mismo instante, su mente nunca había sido consciente de que estaba atrapado. Entonces, ¿Itachi los había liberado al derrotarlos?

La bruma en su mente comenzó a espesar. El dolor intenso empezó a sentirse lejano, como un eco distante que apenas podía procesar.

La fatiga, la sangre escurriéndose lentamente, el frío abrazándolo, su cuerpo debilitándose al punto de sentirse desfallecer, le hablaban de otra opción.

Y con ese último destello de lucidez, lo entendió con pesar. Una de las tantas formas de liberarse de un genjutsu, era mediante un toque con chakra o por un daño lo suficientemente grave como para forzar la desconexión.

Su muerte inminente, fue quien lo devolvió a la realidad.

Una risa amarga, apenas un murmullo ensombrecido, escapó de sus labios ensangrentados.

Su compañero tenía razón, se trataba de un arte ilusorio…

La técnica ninja más avanzada dentro del combate, diseñada para distorsionar la percepción de la realidad, manipulando el chakra del oponente con el fin de romper la mente antes de que el cuerpo siquiera tenga oportunidad de reaccionar.

Lo sabía, lo entendía. Había estudiado sobre ello y presenciado en combate, pero nunca lo había experimentado de esta forma.

No sé confió. Sabía que no había mirado sus ojos, tampoco vio a Itachi realizar sellos manuales ni métodos convencionales.

Al parecer, no los necesitaba.

El Sharingan lo convertía en un genjutsuka natural, capaz de tejer ilusiones casi imposibles de romper.

Las técnicas ilusorias podían engañar los sentidos, provocar alucinaciones, e incluso hacer sentir sensaciones que no existían realmente, y eso explicaba por qué la información parecía llegar con retraso a su cerebro.

La comprensión final lo golpeó como una descarga eléctrica.

Parpadeó, enfocando su visión. Se obligó a salir de la bruma y ver la realidad tal cual era. Solo entonces fue consciente de la extensión del daño y lo sucedido.

La espada del agente que permaneció en silencio, atravesaba su carne. La suya propia, la que creyó haber enterrado en el cuerpo de Itachi, se había incrustado en el otro agente, en el mismo que escupía sangre en ese preciso instante.

Las espadas comenzaron a temblar ligeramente antes de que cada uno cayera pesadamente al suelo.

Dos se desplomaron muertos, solo uno de ellos agonizaba, su cuerpo convulsionando bajo el peso del dolor insoportable. Era, irónicamente, quien había ofrecido a Itachi una "demostración ejemplar".

Aunque pronto iba a compartir el destino de sus compañeros, necesitaba respuestas. Un burbujeo de sangre escapó de sus labios cuando intentó hablar. — ¿C-cómo…? Nunca… miramos tus ojos. — su voz era apenas un susurro ahogado, teñido de incredulidad y desesperación.

Itachi lo observó en silencio. Entonces, con la misma frialdad con la que había manejado toda la situación, respondió:

—A cualquier agente que haya formado equipo conmigo o estado bajo mi mando en Anbu, le sucederá lo mismo.

El hombre sintió su pecho oprimirse.

—Los hipnoticé para que se activara en el momento en que intentaran atacarme.

Un silencio tan denso como la sangre que se derramaba sobre la hierba, se prolongó. El Anbu sintió cómo una mezcla de odio y vergüenza comenzaba a consumirlo por dentro.

Nunca tuvieron oportunidad.

Con su último aliento, alzó la vista y vio a Itachi en el mismo lugar donde había estado antes de la pelea.

Nunca se movió, ni se molestó en luchar.

Nunca necesitó hacerlo.

Y en sus brazos, como si nada hubiera cambiado, seguía sosteniendo a la niña.

La humillación fue insoportable.

Habían sido reducidos a nada, frente a los ojos de su propio maestro.

—¿Cómo fue…

—Pensarás que, por haber estado luchando dentro de la ilusión, pasó bastante tiempo, — la voz de Itachi era serena e imperturbable. — pero aquí afuera, fueron derrotados en cuestión de segundos. — su tono no era burlón ni cruel. Solo estaba exponiendo un hecho. — Simplemente corrieron hacia ustedes y se apuñalaron entre sí.

El Anbu agonizante dejó escapar un sonido entrecortado, a medio camino entre una risa amarga y un suspiro ahogado por la sangre. — Nunca te fiaste de nosotros… — dijo, aún cuando la respuesta era obvia.

La mirada de Itachi, no se molestó en enfocarlo, porque se mantenía en vigilancia, observando cada movimiento del entorno. Aún así, le ofreció una respuesta. — No se trata de confianza, sino de certezas.

Adelantarse a posibles ataques era su prioridad absoluta, porque confiar en alguien dentro del mundo shinobi era un lujo peligroso.

Varios kunai surcaron el aire en un instante, impactando con precisión en el cuerpo del hombre agonizante. El sonido seco de los metales perforando la carne dio fin a la penosa imagen y conversación.

El silencio cayó como una losa sobre el bosque.

Itachi, inmutable, vio a Danzō bajar su mano con la misma calma con la que un ejecutor baja su espada tras una sentencia cumplida.

No había dramatismo en su gesto, ni emoción en su rostro. Solo una simple orden ejecutada sin titubeo. Porque para el líder de raíz, todo aquello era solo una limpieza necesaria.

—Es muy vergonzoso que ese agente, haya dicho semejante estupidez al principio. — el tono de Danzō era seco, carente de emoción, como si simplemente estuviera reprendiendo a un peón defectuoso. — La gente cargada de sí misma está destinada a morder el polvo prematuramente. — su mirada fría recorrió el cuerpo inerte de su agente, como si la muerte fuera poco más que una lección tardía. Pero su atención no se quedó allí por mucho tiempo. — De igual modo, esto aún no ha terminado. — dicho eso, un crujido sutil se oyó entre la maleza, luego otro, y otro más; hasta que docenas de sombras emergieron de la espesura, enmascarados y fuertemente armados, cada uno con una postura precisa y letal.

Los verdaderos cazadores habían estado esperando, y ahora, era su turno.

Itachi dibujó una línea panorámica con la mirada, escaneando a los enemigos que emergían de las sombras. Ya los tenía ubicados desde el principio, pero ahora, su intención no era simplemente contarlos, sino identificarlos.

Reconoció algunas máscaras familiares, notó la disposición de sus armas visibles, memorizó los movimientos sutiles de aquellos que ya lo habían enfrentado antes.

Luego, regresó sus pupilas a Danzō.

Cuando habló, su voz era sosegada, sin un atisbo de tensión:

—Como mencioné antes… muchos de tus agentes están a merced de mi dōjutsu. — su mirada penetrante, parecía perforar las sombras de Danzō. — ¿Estás dispuesto a arriesgar tantos peones sin conocer la extensión de dichas bajas?

No era una simple pregunta, era un recordatorio de lo que ya había sucedido, y de lo que aún podía suceder. Era una advertencia sin necesidad de ser explícita.

La mandíbula de Danzō se apretó, y un tic apenas perceptible tensó su rostro.

Las palabras de Itachi destilaban arrogancia, esa misma seguridad inquebrantable que había detestado en cada Uchiha que había conocido. Era indudable su provenir. Casi podía escuchar la altivez de Fugaku resonando de fondo en la voz de su hijo mayor. Esa insufrible certeza con la que hablaban de su kekkei genkai, como si el poder que les otorgaba los hiciera intocables. Le provocaba náuseas.

Danzō dejó escapar un leve resuello, como si la audacia del muchacho le resultara tan irritante como absurda. Sus ojos se afilaron, y su voz se volvió tan cortante como el filo de un kunai.

—¿Crees que puedes intimidarme con tus palabras, niño? — escupió, con una calma envenenada. — Años en la oscuridad me han enseñado más de lo que podrías imaginar en una sola vida. No subestimes lo que soy capaz de hacer para proteger a la gente de mi aldea.

—Ni siquiera busco intimidar, ni subestimarte. Solo te recuerdo que la multitud no siempre garantiza la victoria. — el tono de Itachi, era pausado y sereno mientras hablaba con claridad. — La realidad que te niegas a aceptar es tu mayor enemigo en este momento. Solo te hago consciente de ello.

Danzō dejó escapar una risa seca, carente de humor.

—Hablas como si la realidad fuera un ente imparcial. Como si no estuviera moldeada por las manos de quienes se atreven a someterla. La multitud, como la llamas, es solo una herramienta. Y la victoria pertenece a quien sabe usarla.

Esta vez, Danzō esbozó una sonrisa condescendiente, como si hablara con un niño que no entiende su lugar.

—Todos los Uchiha siempre han sido iguales… crees que eres invencible, pero no eres el primero que se aferra a esa ilusión. El poder sin control es solo una carga y el que se confía demasiado en él, termina cayendo bajo su propio peso.

—Quien teme al poder, lo llama una carga. Quien lo entiende, lo convierte en un medio.

La tensión entre ellos era casi tangible, como un filo invisible suspendido en el aire, pendiendo sobre el desenlace de aquella confrontación.

Contrariamente, momentos después, la postura de Danzō se relajó y compuso una expresión carente de calidez, apenas un gesto moldeado por la sombra de un pensamiento ruin.

—Me has hecho recordar a un Uchiha que también exhibía la misma altanería por su dōjutsu y terminó arrodillado ante mí, humillado en mis manos, y despojado de aquello que hacía valioso su renombre y existencia. — el tono de Danzō era frío y calculado, cada palabra meticulosamente elegida para hurgar en la herida. Sus ojos estudiaron el rostro impasible de Itachi, buscando una grieta o un mínimo temblor que delatara que había dado en el blanco. Sin embargo, no hacía falta buscar una reacción, Itachi y Shisui, eran buenos amigos y la herida de la muerte del último estaba mas que fresca. — ¿Qué proeza puedes lograr aquí, si tus ojos no valen ni una fracción de lo que valían los suyos? — sentenció con rotundidad.

El golpe fue dado.

—Eres astuto, sin embargo… — Danzō prosiguió, retomando el hilo de la conversación con la misma frialdad. — No tengo intención de jugar a las conjeturas contigo. En esta situación, prefiero arriesgarme y comprobar por mí mismo la veracidad de tus palabras. — su mirada se clavó en Itachi. El sacrificio de unos pocos agentes era un precio menor si con ello lograba acabar con el último Uchiha que quedaba. — Muéstrame cuántos de mis soldados han caído bajo el poder de tus ojos. Después de todo, es imposible que todos aquí estén atrapados en tu genjutsu.

La mirada de Itachi se endureció, fría como el acero forjado en la noche. No respondió. No era necesario. Pero su silencio no significaba indiferencia. Danzō había mencionado el nombre de Shisui con la única intención de herirlo, de hundir las palabras como un arma en una herida que jamás cerraría. Y aunque el rostro del Uchiha permanecía impasible, algo en su expresión cambió, como si un filo oculto se deslizara bajo su serenidad inquebrantable.

Como si respondiera a su voluntad, un cuervo posado en una rama cercana graznó con fuerza. El sonido áspero y rasgado irrumpió en el aire quieto, un eco que rebotó entre los árboles. Sus alas negras, brillantes como obsidiana pulida, batieron con un chasquido seco, como si cortaran el mismo viento.

Danzō notó el movimiento del ave. Lo había estado observando desde el principio, desconfiando de su presencia inusual. No era propio de un cuervo comportarse con tanta precisión, con una quietud expectante, como si aguardara el momento exacto para actuar. Pero el gesto de su mano ya había sido dado, la señal apenas perceptible entre la maraña de sombras y hojas.

Y entonces, la calma se rompió.

Desde las alturas, los agentes de Danzō descendieron como flechas lanzadas al corazón del enemigo. Sus movimientos eran certeros, sus espadas reflejaban la luz que se filtraba entre las copas de los árboles. No hubo gritos de guerra ni advertencias, solo la disciplina de soldados entrenados para matar. Avanzaron con la clara intención de acabar con Itachi en un solo movimiento, sin darle tiempo a reaccionar.

Pero el graznido del cuervo no había sido un sonido vacío, era una señal.

Como si su llamado despertara a la oscuridad misma, una parvada emergió del refugio de las ramas. Decenas, quizás cientos de cuervos se alzaron en vuelo, un torbellino de sombras y plumas que cubrió el cielo como una marea negra. Sus cuerpos brillaban con destellos metálicos bajo la tenue luz de la mañana, y sus graznidos, un rugido ensordecedor que se mezclaron con el sonido del acero desenvainado.

La nube de aves descendió sobre los agentes como un huracán viviente. Picos afilados y garras ganchudas se convirtieron en armas despiadadas, rasgando la piel con una facilidad aterradora. Los soldados blandieron sus armas en contra de las aves para protegerse, pero por cada cuervo que abatían, otro surgía, cayendo sobre ellos con la furia de una tempestad.

Entonces, ocurrió algo aún más aterrador.

Uno a uno, algunos agentes que combatían ferozmente, se detuvieron en seco. Sus cuerpos se tensaron, sus armas cayeron de sus manos con un sonido sordo contra el suelo cubierto de hojas. Sus miradas, antes llenas de determinación, se volvieron vacías, congeladas en un punto distante más allá del entendimiento. Y luego, como si se apagara la llama de su voluntad, sus cuerpos se desplomaron.

No estaban muertos. Pero tampoco estaban allí.

Danzō no necesitó más para comprender: el genjutsu de Itachi había sido activado.

Los cuervos se posaron sobre los cuerpos inertes con la voracidad de bestias carroñeras. Sus garras se aferraron con fuerza a la piel expuesta con la presión de un verdugo, y luego, sin vacilar, sus picos afilados descendieron en una sinfonía de desgarros. La carne cedió con un sonido húmedo y repugnante. Uno de los agentes, aún atrapado en la ilusión, apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir un dolor abrasador recorrerle el cuello. Sus labios se entreabrieron en un intento de gritar, pero todo lo que emergió fue un burbujeo de sangre antes de desplomarse por completo.

Otro, con la mirada perdida y los músculos agarrotados por el genjutsu, no sintió cuando una bandada de cuervos se abalanzó sobre su rostro. Picos y garras desgarraron su piel, arrancando jirones de carne con cruel precisión. La sangre manchó el suelo de tierra húmeda, oscureciendo las hojas caídas con brillo carmesí.

Los que aún estaban conscientes, aquellos que no habían caído bajo la ilusión, observaron la escena con una mezcla de horror y rabia. Sus compañeros caían sin resistencia alguna, mutilados por aves que no deberían ser reales.

Pero no había tiempo para conmociones.

Sus espadas y kunais centellearon bajo la tenue luz del amanecer, cortando el aire con movimientos precisos. Cada tajo derribaba a un cuervo, pero al tocar el suelo, no quedaban cuerpos ensangrentados ni plumas desperdigadas. Solo nubes de humo negro, disipándose como si jamás hubieran existido.

Danzō, con el ceño fruncido, observaba en silencio. Había esperado que algunos de sus agentes cayeran en la ilusión, pero no tantos. Su cálculo, aunque meticuloso, había subestimado el alcance de los ojos de Itachi. No, más bien subestimó…

Los cuervos seguían llegando. Los agentes aún en pie seguían luchando.

Pero el amanecer solo acababa de comenzar, y la sombra del Uchiha aún cubría aquel campo de batalla.

La batalla se convirtió en un caos meticulosamente orquestado, una danza letal de destreza, resistencia y desesperación. Los agentes de Danzō, entrenados para enfrentar cualquier adversidad, pronto sintieron el peso de la fatiga. Sus movimientos, antes certeros y calculados, comenzaron a perder precisión. Cada golpe se tornaba un poco más torpe, cada esquive un poco más lento. La repetición incesante de ataques y jutsus contra el enjambre de cuervos, que no mostraban señales de agotamiento, drenaba sus fuerzas con cada segundo que pasaba.

Los más estratégicos intentaban abrirse paso, apartando a las aves con ráfagas de viento o estallidos de fuego. Por un instante, lograban despejar su entorno, pero el alivio era efímero. Antes de que pudieran dirigir sus ataques hacia Itachi, nuevos cuervos descendían desde las alturas o emergían de las sombras, interponiéndose en su camino. Como un escudo viviente, las aves se agrupaban en parvadas densas, bloqueando shurikens, kunais y ráfagas de chakra con una sincronización imposible de creer.

Algunos, con la determinación de poner fin al caos, se arriesgaban a enfrentar directamente al Uchiha. Sin embargo, como Itachi había predicho, aquellos que intentaban atacarlo se encontraban, en un instante, atrapados en la pesadilla del genjutsu. Sus cuerpos se detenían de golpe, como si el tiempo los hubiera abandonado, y sus armas caían de sus manos inertes. Los que aún conservaban el control veían a sus compañeros desplomarse a su alrededor.

El aire estaba impregnado de hierro, sudor y muerte. El bosque, testigo silencioso del enfrentamiento, parecía contener la respiración mientras los graznidos de los cuervos y el sonido del metal chocando contra el viento llenaban el amanecer con una cacofonía inquietante.

Aunque al inicio había logrado responder con éxito al ataque coordinado, Itachi sabía que la ventaja no duraría. Bastarían unos cuantos jutsus más para que sus enemigos rompieran la barrera de cuervos y redujeran sus defensas. Y aunque seguía en pie, el constante uso de chakra le estaba pasando factura. No podía permitir que lo acorralaran.

Necesitaba una apertura. Algo que fragmentara la formación enemiga y le diera el margen de maniobra suficiente para llegar hasta Sakura, atrapada en el núcleo del conflicto.

El aire, ya denso por el olor a sangre y a tierra removida, se saturó con un calor abrasador cuando un muro de llamas surgió desde un costado. El fuego rugió al elevarse, dividiendo el campo de batalla con una barrera incandescente que obligó a los agentes a retroceder.

Sin darles tiempo a reorganizarse, otra llamarada estalló desde un ángulo diferente. Una gran bola de fuego creció rápidamente, iluminando la escena con su resplandor anaranjado y forzando a los ninjas a dispersarse con las justas. Las sombras danzaron entre las llamas y los gritos de los agentes quedaron ahogados por el crepitar del fuego.

El impacto fue inmediato. La repentina expansión de llamas no solo desbarató la formación enemiga, sino que cubrió sus pasos. En medio del caos, el verdadero Itachi avanzó como una sombra, esquivando los restos ardientes y dejando a su paso el eco de su estrategia.

Los cuerpos de aquellos que habían sucumbido al genjutsu fueron devorados por el fuego sin siquiera oponer resistencia. El resplandor de sus siluetas calcinadas se fundió con la danza violenta de las llamas, sellando su destino en un infierno que ardía con la misma intensidad que los ojos del Uchiha.

El humo se elevó denso y espeso, tragándose el cielo entre volutas grises que se enroscaban en el aire con una lentitud engañosa. El calor era insoportable, un sofoco que se adhería a la piel y quemaba los pulmones con cada respiración. Las llamas se arrastraban por la maleza seca y trepaban los troncos de los árboles con un crepitar voraz, consumiendo corteza y hojas como un depredador insaciable. El bosque, que había sido un refugio de sombras y humedad, ahora era un infierno incandescente.

La tos se extendió entre los agentes de Danzō como una plaga. Algunos se cubrían el rostro con los brazos, otros entrecerraban los ojos irritados, tratando de distinguir siluetas entre la bruma ardiente. La sensación de asfixia se sentía como un puño invisible cerrándose alrededor de la garganta, sofocante e implacable; cada bocanada de aire traía consigo el amargor del humo y la ceniza.

Los ninjas de estilo agua se movieron con rapidez, conjurando jutsus para domar el fuego desbocado. Chorros de agua cortaron el aire, estrellándose contra las llamas con violentos siseos, el vapor ascendiendo en columnas blancas que se mezclaban con el humo, creando una neblina sofocante. Otros ninjas, menos preocupados por el incendio, rastreaban con urgencia alguna fisura en el caos, un resquicio que les permitiera atravesar el fuego y cazar al Uchiha.

Danzō alzó un brazo y cubrió su rostro con la manga de su atuendo, pero ni siquiera eso evitó que la tos sacudiera su cuerpo. Su garganta ardía como si hubiera tragado brazas, y sus ojos, enrojecidos por la irritación, intentaban enfocarse entre la densa humareda. Los ataques de fuego, se habían originado en un punto completamente diferente al que ocupaba Itachi.

Una sospecha se instaló, y la urgencia de confirmarlo apremió.

"Podría tratarse de un aliado o…"

Sus ojos volvieron al centro del caos, donde Itachi debería estar. Buscó entre la bruma y las llamas vibrantes, tratando de confirmar sus sospechas.

Ahí estaba. Inmóvil, observándolo con la misma calma calculadora de siempre.

Pero algo no encajaba.

La silueta del Uchiha tembló, su contorno comenzó a distorsionarse como una pintura desdibujada por el agua. Partes de su cuerpo se separaron con movimientos erráticos, ennegreciéndose y fragmentándose como sombras vivas. Aquellas formas imprecisas se elevaron en el aire como si fueran aves a medio formar, para luego desvanecerse en la nada.

Un clon.

—Todo este tiempo… solo fue un clon. — susurró Danzō.

Sus dientes se apretaron y su expresión se endureció.

Antes incluso de que Danzō diera la orden, varios shinobis ya se habían percatado de lo mismo y se dirigían a toda velocidad hacia la dirección de donde había surgido la gran bola de fuego, decididos a seguirle los pasos al verdadero Itachi.

Entretanto, las llamas seguían consumiendo el bosque sin piedad. Los árboles, devorados por el fuego, crujían de manera inquietante antes de quebrarse y desplomarse, esparciendo brasas al impactar contra el suelo. El aire se tornaba espeso, cargado de humo y cenizas, dificultando la visión y la respiración. El lugar colapsaba sobre sí mismo, convirtiéndose en un infierno ardiente.

Priorizando la seguridad de su líder, varios shinobis abrieron un camino entre las llamas, apartando obstáculos y asegurando una salida para Danzō. Este, con el rostro endurecido por la furia, escrutó la última dirección en la que habían sido ejecutados los jutsus de fuego. Su agarre sobre el bastón se volvió tan férreo que la madera crujió bajo la presión de sus dedos.

—Los que no estén extinguiendo el fuego, peinen la zona y acaben con él. — su voz, grave y autoritaria, resonó por encima del crepitar de las llamas.

—¡A la orden! — respondieron sus hombres, desapareciendo al instante, dejando libre el camino para que Danzō abandonara la zona de peligro.

Giró sobre sus talones y se alejó, su silueta recortándose entre el resplandor anaranjado del fuego. Su mente trabajaba con precisión fría.

"Esos jutsus debieron requerir una cantidad exorbitante de chakra".

No había dudas en su cabeza: Itachi estaba al límite y exhausto. Además, también cargaba un peso adicional en sus brazos. Todas las rutas de escape habían sido selladas y estaban siendo fuertemente vigiladas por los Anbu de Hiruzen y los suyos de raíz. No importaba cuán hábil fuera, no podía correr para siempre.

Tarde o temprano, se vería arrinconado.

Y cuando comprendiera que no quedaba otra opción, no tendría más remedio que entregar su cabeza.

Fin del capítulo 10.

Aclaración por si fue muy confusa la lectura:

En el capítulo (), Itachi tiene que dirigirse a la torre del hokage para halarle sobre su entrada en Akatsuki, decide dividir su chakra usando el "Karasu-bunshin no Jutsu".

Itachi va a toda prisa hasta donde está el Tercero para informarle de su entrada en Akatsuki, y manda a su clon a buscar a Sakura con el fin de comprbar que no esté sufriendo alguna represalia por haber tenido contacto con él. (Esta necesidad "confusa" de comprobarlo, nace de todos los sentimientos que tiene por su hermanito y el profundo miedo de volver a vivir una perdida).

En su mente recae el recuerdo de haber sido vigilado por un largo periodo de tiempo y teme que tomen otra vida inocente, solo para hacerle un mal.

Cuando Itachi llega y pelea contra los dos agentes que están lastimando a Sakura, no es otro que el clon. El real está en camino.

Finalmente, cuando la bandada de cuervos comienza aparecer, es cuando el verdadero Itachi llega para llevarse a Sakura.

Aclarado eso, pasemos a las notas:

Solo hay una:

Un Genjutsuka (幻術家) es un término japonés que se usa para referirse a un especialista en Genjutsu. Es decir, un ninja que ha perfeccionado el uso de las técnicas ilusorias hasta un nivel avanzado.

En el mundo de Naruto, los genjutsuka son raros, ya que el Genjutsu es una disciplina difícil de dominar. Algunos de los más destacados incluyen:

Itachi Uchiha – Su Sharingan y Mangekyō Sharingan lo convierten en uno de los mayores genjutsuka de la historia, capaz de atrapar a sus enemigos en ilusiones prácticamente inquebrantables.

Kurenai Yūhi – Especialista en Genjutsu dentro de Konoha, aunque no al nivel de los Uchiha.

Tayuya – Usaba Genjutsu basado en sonido con su flauta.

Espero que el capíto haya sido de su agrado,

Si les va gustando o tienen algo qie resaltar, pueden dejarme sus comentarios. Me gustaria conocer que les parece hasta ahora.

¡Nos vemos en e siguiente capítulo!