Capítulo 1: Contrato.

Y bueno, así fue como pasamos de perrito cheto, a perrito callejero.

Tras mí no «tan glorioso» escape, me encontré vagando por las calles de un mundo nuevo y extraño; con mi bolsita al hombro y una adorable carita de niños perdido. Por primera vez entendí lo que sentía el tata cuando lo obligaban a cruzar a la ciudad. Esa sensación de estar constantemente fuera de lugar, de resaltar más que una uva en una almohada, no era agradable en lo absoluto.

Ahora la pregunta, ¿qué hacer como consiguiente? Bueno, como ya aclaré, empecé a planear mi escape hacía ya un par de meses, y si bien ideas no me faltaban, eran solo frases volando al son del viento. Dicho de otra forma, estaba en el horno. Asumí entonces la idea más razonable, la cual no era otra que intentar cubrir lo básico; comida, ropa, refugio, y por supuesto, evitar que Rufford me encuentre. Esto último, como era de esperarse, resultó ser el mayor de mis problemas.

Habiendo llegado la mañana siguiente, me dispuse a explorar. Caminé a través de las calles menos concurridas de la ciudad, tratando de evitar la tentación de buscar por el camino más rápido hacia el centro. Lo más seguro era que el «viejo cornudo» habría mandado a sus hombres a buscarme, por lo presentarme allí con mi aspecto conocido solo acabaría en tragedia. Así empecé mi cruzada por las zonas urbanas, tratando de evitar los barrios más turbios pero manteniendo los ojos bien abiertos a posibles oportunidades.

«Vamos por partes, loquito… Acodarte como lo hacíamos en casa» traté de darme ánimos.

El tata me enseñó a jamás alargar la mano en contra de otros. «Robar es la única vergüenza en la vida» decía, entre sus muchas otras vergüenzas. Ahora que lo pienso, repetía mucho esa frase… De cualquier modo. Está claro que la idea de robar no me era atractiva de ninguna manera, pero siendo un chico de seis años que es buscado por su padre psicópata, creo que podía doblar un poco mi brújula moral.

Haciendo uso de mí ya mencionada viveza argentina, alcancé hacerme con un «nuevo» set de vestir. Vi la ropa recién lavada en el tendedero, y no lo pensé dos veces en arrancarlas de su lugar. Un pijama y un traje de lentejuelas podrán no ser tan atractivos como un chaleco, pantalones y boina, pero serían perfectos para enmascarar mi procedencia; y los agujeros hacían más que solo añadir estilo. Me iba un poco grandes, mencionar eso, pero conseguí hacerlos funcionar.

Ahora, en cuanto a mis otras vestimentas, servirían muy bien para hacer algo de dinero. Encontrar a alguien que aceptase ropa de lujo de un niño perdido y extraño, sin embargo, sería algo más complicado. Pero una cosa era segura, y es que incluso teniendo una mínima idea de cómo funciona el dinero en este mundo, lo más seguro es que me fuese a estafar; ¿y qué estafar? Iba a ser tremendamente robado.

Con esto último en mente (y sin demasiada motivación por ello), crucé hacia el mercado.

Mantuve una buena distancia entre la guardia, yo, y cualquier persona que pareciese mínimamente importante. El estandarte de la familia Vulture flameaba orgulloso a donde quiera que girase; banderas, bordados y hasta escudos con el motivo del condenado buitre marrón. Más de una vez los escuché la mención de mi ausencia, sin embargo, algo que me pareció extraño, fue la falta de la palabra de mención de mi procedencia. Para aclarar, la palabra «hijo» parecía no existir si en la misma oración no se encontraba «sirviente» o «esclavo». Asumí varias razones para ello, aunque conociendo a Rufford, la verdad más probable sería siempre la peor.

Me centré en vender mis porquerías. Y de nuevo, no conseguí lo que hubiese deseado, pero estaba contento por tener algo en el bolsillo. Pero más importante, porque podría conseguir algo de comer, que el estómago ya rugía de ganas por llenarse. He de admitir una cosa, y es que me sentí muy tentado a comprar cualquier golosina mugrosa que se cruzase en mi camino, y de verdad me gustaría echarle la culpa a mi cerebro de infante por esto. No es como si el yo de grande no disfrutase de los caramelos… De todas formas, hice un esfuerzo y limité las compras lo necesario; o más bien, menos de lo necesario.

«Qué lo pario, loco… Ni en otro mundo una economía como la gente.»

Metí una mano al bolsillo, momento cuando en que realicé que estaba más seco que salamín al sol de verano. Caí en cuenta de que esa noche la acabaría pasando a la intemperie, y mentiría si dijese que no me asustaba aunque sea un poquito. Pero, una vez más, no estaba falto de ideas.

En mi razonamiento, llegué a la conclusión de que, si conseguía salir pronto de la ciudad, podría armar un pequeño refugio con los materiales que encuentre. Mi cuerpo era pequeño, y aunque me faltase fuerza, me creí con la habilidad para construir algo en condiciones. Como si fuese tan fácil como suena, ¿no? Aunque mis opciones eran intentarlo o buscar un sitio cómodo en alguna alcantarilla húmeda (mismas que tal vez ni siquiera existiesen).

Miré con tristeza a la última moneda a mi nombre, la eché al bolsillo, y me dispuse a dejar la ciudad. Al menos así ya no tendría que preocuparme por andar bajo búsqueda y captura.

Decir que estaba nervioso no sería una verdad entera; en realidad, sí, estaba algo asustado, pero tenía cierta templanza que me permitía seguir pensando con claridad. No sabría decir por qué, pero la idea de ser un vago sin oficio ni beneficio no parecía tan terrorífica. Pudo deberse a mi falta de conocimiento de esta nueva tierra, por la mente tan poco inocente y pobre de mi cuerpo actual, o tal vez solo estaba feliz de no tener que lidiar con el Viejo Cornudo y compañía. Eso no quita el hecho de que, me sentía más seguro de lo que debería, y eso nunca es bueno.

Sin embargo, sí he de mencionar que, aunque al principio no le di demasiada importancia, comencé a percibir el peso de ciertos ojos escudriñando mis espaldas. Asocié este sentimiento a la paranoia, mas no me resistí a la urgencia de mirar sobre mi hombro en numerosas ocasiones. Afortunadamente, no logré notar nada fuera de lo común, pero eso no alcanzó para limpiar aquella sensación tan incomoda.

Este presentimiento solo se intensificó una vez alcancé la libertad fuera de las murallas y comencé a alejarme del camino. La presión aumentó de manera considerable al encontrarme ahora en campo abierto, sitio donde debería ser imposible esconderse de la vista de cualquiera. No había nadie allí, ni siquiera algún animal triste y perdido; misma soledad que solo conseguía erizarme la piel.

Si el tata hubiese estado en mi lugar, es probable que hubiese asociado aquello a leyendas como las de «El Pombero» o «El Lobizón»; personajes a los cuales, según sus propias anécdotas, había enfrentado en más de una ocasión y vencido con fiereza. Por supuesto, nunca hubo nadie que pudiese confirmar la veracidad de dichas hazañas, pero a la vieja siempre le causaron gracia sus historias.

«Viejo gaga…» reí para mis adentros.

Pudo haber sido por tener la cabeza ocupada en otras cosas, pero hasta el momento no me había puesto a pensar en ellos; en mamá y papá, los verdaderos digo. Fue entonces, en medio de mi búsqueda por un sitio en el cual acampar, que me descubrí a mí mismo sonriéndole a la nada.

La quietud y el silencio del campo trajeron a mí la nostalgia, y esta misma, un ligero sentimiento de tristeza que poco a poco se fue acrecentando. Cada paso que daba era más lento que el anterior, ralentizando el movimiento a la par que una idea hacía mella en mi mente. De manera paulatina, la sonrisa en mi rostro acabó por desaparecer, momento en el cual la realidad acabó golpeándome como un puñetazo en el estómago.

«Mierda… No… No los voy a volver a ver…»

Me detuvo a mitad del campo, y ahondé en aquello. Fue desolador. Seis años desde mi llegada y ni una sola vez había caído en cuenta. Estaba solo, completamente. Fue como si de repente volviese a tierra; como si me volviese consciente del nudo en mi garganta.

Tuve que hacer un gran esfuerzo para no dejar caer las lágrimas que ahora asechaban bajo mis parpados. No quería llorar. El tata odiaba verme llorar. Y esto no era por esa creencia estúpida de que los hombres no lloran, por mucho que a él le gustase decir que sí. Más de una vez lo descubrimos secándose las lágrimas, y no era algo de lo que se avergonzase. En realidad, creo que lo que en realidad pasaba era que odiaba ver a otros sufrir…

Estoy seguro de que, si me hubiera visto entonces, probablemente me habría tirado una de las suyas diciendo que iba a sufrir un ataque al corazón si me veía llorando.

«Hah… Qué tipo exagerado. Prefería inventarse sus cuentos antes que hablar de lo que le pasaba.»

Me forcé a trabajar. No quería seguir pensando en esto, pero mientras más me esforzaba parecía que más recuerdos llegaban. Y mientras esto pasaba, las sombras se alargaban sobre mi cabeza. Ni siquiera me di cuenta cuando el refugio estuvo terminado, ni el momento en que frente a la fogata me senté, ni cuando en el atisbo de sus llamas me perdí.

Le hinqué el diente a una vieja manzana que conseguí en el mercado. La sensación de hambre había sido ahogada por la melancolía y la tristeza, pero de todas formas me obligué a comer. Me sentí sucio y cansado, más incluso que cuando tenía que empujar los animales de vuelta a sus chiqueros. Había cierta satisfacción en esas tareas; la sonrisa de mis viejos, un agradecimiento pequeño y bobo, pero bonito.

«¿Qué estarán haciendo ahora? ¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Qué tan duro les habrá pegado la noticia? ¿Lo habrán superado o…?»

El silencio y el chisporrotear de las brasas fue mi única respuesta. Alcé la mirada al cielo para contemplar las estrellas. Un millar de ellas posaron en torno a una luna gigantesca, dibujando en su haber un escenario imposible de imaginar; como una pintura salida de los sueños de algún artista. Y frente a tal imagen junté las manos, cerré los ojos y me puse a rezar.

¿A quién le recé? Eso no lo sé. Desde pequeño me enseñaron que Dios hay solo uno, pero frente a todo lo vivido, frente a las verdades que ahora me abofeteaban en el rostro… mantener esa fe resultaba muy complicado. Pero, como decía mi viejita «En algo hay que creer».

Así que pedí. Pedí por papá, pedí por mamá, pedí porque encontrasen la paz donde sea que estuviesen, pedí por su futuro y… y pedí por mí. Pedí porque, cual fuese la deidad que sobre mi velaba, tuviese un mínimo de compasión por mi desamparado espíritu. Esto lo hice sin detenerme un momento. Continué hasta que mis ojos no pudieron más, hasta que se cerraron y hasta que el cansancio me arrastró hasta la tierra de los sueños. Y ahí… me encontré con él por primera vez.

El sueño de esa noche fue… particular, por decir lo mínimo. Jamás lo olvidé; nunca se desvaneció como cualquier otro. Se quedó conmigo, atrapado en mis recuerdos por siempre.

Despertaba en medio de una planicie. Era un lugar familiar, o al menos así lo sentí. Me recordó a los campos de mis viejos, a pesar de ser completamente distintos. La brisa soplaba, pero no podía sentir su calidez. El césped era arrastrado por el viento, pero su caricia jamás tocó mi piel.

Me levanté del suelo, presa de la incertidumbre. Posé una mano sobre aquel extraño suelo, momento en el cual pude nota algo que acrecentó mi confusión. No eran las manos de un niño, sino las mías; las del viejo yo, quiero decir.

—Bueno… Mírate nada más. Eres todo un campesino después de todo.

Alcé la vista casi al instante. Lo que escuché, difícilmente puedo decir que fue con mis oídos. Más bien, diría que era un eco retumbante, lejano, que parecía reproducirse en mi cabeza sin origen ni voluntad. Era una voz, desconocida, imposible, jovial, pero también inquietante.

—Detrás de ti, amigo.

Volteé, y mi primer impulso fue el de saltar hacia atrás. Frente a mi yacía un hombre completamente blanco; piel, ojos, cabello, todo pertenecía a un mismo tinte radiante que emanaba un suave fulgor. Estaba sentado en canasta, sosteniendo un mate sobre una mano y saludándome con la otra. Y una inocente sonrisa se formaba en su rostro, misma que se asemejaba a la de algún maniquí o muñeca.

Por supuesto, mi respuesta no se hizo a esperar.

—¡LA LUZ MALA! ¡ES REAL! —clamé tapando mis ojos en exagerado horror.

De inmediato di media vuelta y traté de correr tan rápido como mis piernas me lo permitiesen. Cada zancada, cada intento por dar un paso fue en vano; sin importar cuanta fuerza pusiese sobre ellos, mis pies tan solo traspasaban el suelo mientras mi cuerpo permanecía suspendido en el aire. Era la típica experiencia de correr o luchar en sueños, pero mucho más vivida y tangible.

—Vaya… Me han dicho muchas cosas a lo largo de los años, pero ¿«Luz Mala»? Ese es nuevo —comentó el ente—. Pero, ¿no te parece que es un poco grosero llamar solo para insultarme?

—¡DEJAME! YO NUNCA LLAME A… ¿cómo? —me detuve en seco.

—Tú me llamaste. Me rezaste. A no ser que estuvieses invocando a algún otro Dios, por supuesto —carcajeó burlón—. Tal vez… ¿al de tu mundo?

Dentro de mi agitación, regresé a verle con cierta desconfianza. ¿Cuánta realidad había en esto? ¿Era un sueño? La verdad es que se sentía como uno, y a la vez no. Si en verdad lo estaba imaginando, entonces ¿quién era este tipo? Podría haber sido corto en muchos temas, pero hasta yo sabía que no se puede soñar con alguien a quien no conoces; tu cerebro simplemente no tiene esa facultad. Y otra cosa muy importante… estaba hablando español, no el otro idioma.

—¿Con quién… o más bien, con qué estoy hablando? —pregunté temeroso a la par que curioso.

El ente le dio una probaba al mate antes de hablar, asegurándose de hacer tanto ruido como fuese posible.

—Mi amigo, mi nombre es Hitogami. Soy el «Hombre-Dios», como se me conoce en estas tierras.

«Hombre-Dios… acá también hay de esos, pero no creo que este venga con su cruz incluida.»

Analicé su lenguaje corporal. No parecía hostil en lo absoluto, y con el mate en mano hasta me recordó a un viejo amigo.

—Ah… Hitogami, sí… me suena haberlo leído por ahí.

Un silencio incomodo se asentó entre ambos antes de que la deidad volviese a hablar.

—No sabes quién soy, ¿verdad?

—Ni la más remota idea —respondí con la sinceridad a flor de piel—. No voy a pretender engañarle, señor Hombre-Dios. Nada más estaba tirando rezos al aire. Espero no haberle molestado.

—¿Molestarme? ¡JA! Todo lo contrario, amigo mío. Si estoy aquí es para servir a gente como tú; a los pobres, los desvariados, la gente que fue escupida por la vida, tú entiendes.

—Ugh… ¿eso creo?

—Por cierto, esta cosa es una maravilla —alzó el mate antes de darle otra probada—. Es algo así como una bebida, y un desayuno, pero a la vez no. Es muy extraño pero delicioso al fin y al cabo. La gente de tu mundo tenía buenos gustos.

Sonreí un poco al oír eso.

—Me alegra que le guste. La cagada es que acá no exista.

—Aún —ensanchó su sonrisa a la par que me guiñaba un ojo—. Ahora, pasemos a algo más importante. ¿Sabes dónde nos encontramos ahora?

Miré a mi alrededor, perdiéndome en la lejanía de los campos y la tranquilidad del ambiente. Solo una respuesta vino a mi mente.

—¿En el cielo?

—EEEEEEEEEE, ESQUIVODO. Estamos dentro de tu coco.

—¿Eh? O sea… ¿mi cabeza? ¿Dentro de mi propia cabeza?

—Efectivamente, mi estimado. Y vaya que es un lugar extraño. Tienes varios tornillos flojos y muchas cosas fuera de lugar. Deberías limpiar de vez en cuando —carcajeó como si hubiese contado el chiste de su vida.

En ese momento, pude notar como se producía un cambio en su persona. Su mirada se volvió vacía, su voz tomó cierta seriedad y su mente se desconectó de su cuerpo; era como si estuviese hablando en piloto automático, allí conmigo, y a su vez en otra parte.

—No eres el primero en llegar, y seguramente tampoco el último. Hay muchos a lo largo de esta tierra que, como tú, mi raro amigo, encontraron su final en circunstancias desafortunadas y de alguna manera acabaron llegando aquí. ¡Al mundo del buen Hitogami! Pero… en tu caso… hay algo que me inquieta un poco.

Sentí mi presión sanguínea subir al escuchar aquello.

—¿Y qué sería eso?

De manera calmada, el Hombre-Dios dejó a un lado el mate y se inclinó hacia delante, sonriendo a la par que explicaba entre susurros.

—El viejo tú no desaparece. Es natural que muchos reencarnados se aferren a sus vidas pasadas; casi siempre debido a traumas o experiencias muy fuertes que los aten a sus recuerdos. Pero en tu caso, tú no quieres dejar ir esos recuerdos. No se difuminan, no se reescriben de ninguna manera, solo…

—¿Se quedan conmigo?

—Exacto. Decir que es llamativo sería quedarte corto. Pero además… no desea volver a tu mundo, ¿verdad? Quiero decir, si así fuese, no me cabe duda que al menos me habrías preguntado si es posible.

Suspiré y mi mirada se apartó de la suya, acción que el ente aprovechó para volver a su sitio.

—No es que no quiera —expliqué con cierta tristeza—. Lo que pasa es que… el tata, quiero decir mi padre, tenía uno entre tantos dichos que siempre repetía; «Todas las cosas pasan por algo». Él creía que, en la vida, todo tenía un por qué, que nada dependía de la suerte, sino de… bueno… un plan mayor, por así llamarlo. Yo… voy a ser directo, la palmé, me morí, se me terminó el baile. Y sea por el motivo que sea, entiendo que no está en mis manos el cambiar eso. Es… lo que tenía que pasar, y ya está.

Hitogami asintió, complacido por mi respuesta.

—Ahí está el tornillo flojo. Bien, me gusta eso. Te propongo algo entonces. Siendo que estás como pez fuera del agua y que, siendo sinceros, tu historia me apenas un poco, voy a tratar de darte una mano.

Seré sincero contigo, desde el primer instante en que esas palabras salieron de su «boca», sentí cierta falsedad. Es de esas cosas que uno piensa «tal vez es demasiado bueno para ser verdad». Y sin embargo, a sabiendas de esto, no me permití dudar de su palabra. Podríamos asociarlo a muchas cosas; mi situación, mi naturaleza religiosa, a lo amable que se había comportado conmigo, mierda incluso podría culpar a algún factor sobrenatural, pero poco importa el por qué a de cuentas. La verdad es que yo quería creer, punto.

—Se lo agradecería mucho, si puede ser…

—¡Ese es el espíritu! —alcanzó el mate y me lo extendió—. PERO… antes de bajar la cabeza como buen chico, tienes que saber una cosita. Algún día, que tal vez no llegue, voy a pedirte un pequeño favor. Va a ser algo sencillo, dentro de tus capacidades, te lo prometo. Pero deberás hacerlo sin rechistar; sin peros, sin quejas, y sin arrepentimiento, ¿clarín?

Ni siquiera había aceptado y ya me estaba arrepintiendo. Pero, por supuesto, no me iba a negar; no con las cosas como estaban. Así que, dejé de lado la voz en mi cabeza que gritaba, tomé el mate y le di un sorbo. Y por supuesto… sabía horrible.

—Es un asco. ¿Dónde aprendiste a preparar mates? No pudo haber sido de mí, yo jamás haría este desastre.

—Oye, no seas grosero, es mi primera vez… —replicó con un pequeño puchero—. ¡Ahora!

Hitogami estiró sus piernas, poniéndose de pie frente a mí. Era mucho más alto de lo que había previsto. Le observé en silencio mientras se movía a mi alrededor. No era un movimiento común; eran pasos suaves y simétricos, robóticos, demasiado perfectos para ser de un humano. Esto solo ayudó a acrecentar mi inquietud con su cercanía.

—Escucha bien, porque esto es muy importante. «Cuando despiertes, vas a estar rodeado de muerte, no tardarás mucho en confirmar eso. Sin embargo, no deberás temer, porque estarás a salvo. Y los seguirás estando, siempre y cuando confíes en el hombre de traje. Él será tu primer aliado, y tal vez hasta tu primer amigo. Trátalo bien y no lo pierdas por nada del mundo».

No supe cómo responder a eso. Me limité a asentir con la cabeza y tratar de grabar sus palabras en mi mente. Sentí sus manos posarse sobre mis hombros, estrujándolos con una agarre extrañamente cariñoso.

—Vas a empezar tu viaje, «Fil». Y voy a ser franco contigo, nada de lo que te espera es fácil o bonito. Pero no te preocupes, al final, todo valdrá la pena. Después de todo, todas las cosas pasan por algo, ¿no? ¿Y no es la felicidad para quienes persisten y lucha, mi amigo?

«Mi amigo…»

Esas palabras resonaron en mí una y otra vez. La parábola de la manzana y la serpiente volvió a mí. En ese mismo instante, me sentí como Eva; sentí sus palabras seduciéndome, endulzando el veneno de su lengua con palabras hermosas. Había algo muy mal en todo eso, yo lo sabía… pero cuan bello fue aceptar sus mentiras. Reconocí su interés, reconocí sus intentos de cercanía, de ganarse mi confianza ciega. Había una doble intención, eso era evidente… pero preferí ignorarla.

Elegí creer. Al menos… por ahora.