Capítulo 2: Mayordomo.
Me gustaría decir que la mañana empezó tranquila. Después de los últimos dos días, yo creo que me hubiese merecido un pequeño descanso. Pero supongo que el universo no tenía intenciones de verme desayunar tranquilo. Entonces, déjame contarte como conocí a mi primer amigo.
Mi conciencia volvió de manera gradual. Poco a poco me separé del mundo de los sueños, y mis sentidos se activaron brindándome un ligero atisbo de lo que me rodeaba. Oh, pobre de mi viejo yo que estaba a punto de recibir un susto de muerte, y nunca mejor dicho.
El primero en llegar fue el olfato, dejándome percibir la no tan agradable fragancia metálica que parecía escurrirse por mi nariz. Era nauseabundo, me recordó a la atmosfera pesada y sucia que se respiraba alrededor de las fábricas y zonas industriales; o de las escuelas públicas, esas también eran un asco.
Tras esto empecé a sentí la incomodidad del sucio suelo, junto a la manta de hojas que utilicé para refugiarme de la escarcha y el frío. No fue solo esto, sin embargo, hubo algo más que capturó mi atención de manera poco agradable. Humedad; sentí el incomodo y pegajoso rose de algún tipo de líquido en mi piel.
Imagínate ahora mi reacción cuando, tras haber tenido posiblemente la experiencia más religiosa de mi vida con un mero sueño, me descubrí dormitando junto a un grupo de cuerpos inertes y destrozados. Te aseguro que mi reacción no fue precisamente la de salir a las carcajadas, y mucho menos al darme cuenta de que estaba durmiendo en una laguna tan roja como la salsa de tomate.
Salté del susto, horrorizado a la par que paralizado del miedo. Volteé en cada dirección posible para encontrar al causante de tal horror, sin siquiera pararme a pensar en qué haría en caso de cruzármelo. Ahora las preguntas. ¿Qué carajo había pasado? ¿Quién, cómo y por qué? Y bueno… resultó que para responder a eso solo hizo falta levantar un poco la mirada hacia los árboles.
Mi corazón dio un vuelco, y sentí que el pecho me iba a explotar en el momento en que nuestras miradas se encontraron. Un hombre de avanzada edad, de cabello negro y altura prominente yacía sentado en una rama sobre mi cabeza. Su silueta, elegante a la par que imponente, portaba un traje manchado por el polvo, pero sin una sola gota del fluido rojizo en el cual me encontraba parado. Ahí estaba el desgraciado, reposando con toda la tranquilidad del mundo mientras yo estaba a una palabra de hacerme en los pantalones. Aunque, de esto último… me aguanté las ganas… en serio.
—Al fin se despertó —apuntó al dejarse caer.
Retrocedí cuando su figura aterrizó. Se posó frente a mí, ofreciendo una reverencia con la gracia de una bailarina, sin inquietarse ni demostrar emoción alguna. Había caído al menos dos metros, y ni siquiera había hecho salpicar una gota de sangre. Mi viejo yo se habría roto las rodillas, y eso como mínimo.
—¡¿QUE QUIERE?! —exigí respuestas tratando de no sonar como cachorro asustado.
Le observé sin atreverme siquiera a parpadear. En un principio, no noté parentesco alguno en su rostro, mas a medida que hacía énfasis en sus rasgos comencé a unir los puntos en mi cabeza.
—Usted… es el mayordomo de Rufford —musité con timidez.
Y tras este reconocimiento, el desgraciado me sonrió.
—Permítame presentarme. Servidor Erron Di'Jager, primer encargado de la familia Vulture. Y sí, como usted dice, mayordomo de su padre.
Me tomó unos segundos procesar la situación. No hacía falta pensar mucho para darme cuenta que este tipo se había ventilado a al menos diez hombres, pero teniendo esto en cuenta, ¿cuáles podrían ser sus motivos? Lo más probable era que no quisiese hacerme daño, de ser así, lo más probable es que ya lo hubiese hecho; a no ser que fuese un puto psicópata, cosa que tampoco descartaba.
Entonces, como si fuese la picadura de un insecto, las palabras de Hitogami volvieron a mí; «Confía en el hombre de traje». Complicado aquello, a decir verdad. Este tipo era amigo de Rufford después de todo; o bueno… algo así, no es que Rufford haya tenido amigos para empezar. Pero mi punto se sostiene. ¿Cómo confiar en alguien así?
—¡No voy a volver! —declaré decido, esta vez mostrando un poco más de confianza—. ¡Dígale a ese viejo cornudo que se meta su herencia por el…
—¡STOP!
Antes de que siquiera pudiese terminar de hablar, Erron levantó el tono al punto de casi desprenderme la cera de los oídos. Su voz era grave y estridente, al punto de parecerse al ladrido de un dóberman. Decir que me vi sobresaltado sería quedarse muy corto. Di un pequeño salto hacia atrás, tropezando con el refugio y accidentalmente destruyéndolo. Cumpliste tu cometido, ahora descansa en paz, amigo…
—Entiendo que esté nervioso —continuó regresando a la tranquilidad—, pero eso no es excusa para decir groserías. Además, si yo lo quisiese en presencia de su padre, le aseguro que ya estaría frente a sus pies.
«Verdad… pero eso no me hace sentir más seguro.»
—Ahora… Voy a asumir que puedo tener una conversación seria con usted, amo Filiu. ¿Podría brindarme eso como mínimo? Solo unos minutos de su tiempo, y luego dejaré que se vaya si así lo prefiere.
Para aclarar, precisamente no me faltaban ganas de salir corriendo, pero era evidente que ese truco no iba a funcionar esta vez. El escape no era una opción, la confrontación tampoco, ¿y hablar? Pues… ¿Qué más daba?
Me reincorporé entonces, y con un gesto de manos le di permiso a continuar. Erron comenzó a andar por el lugar. Observó con indiferencia el caos que él mismo había causado, pero también se detuvo a observar los resquicios de mi pequeño refugio.
—Un niño de apenas seis años logró por cuenta propia el escapar de su padre y sus matones, conseguir ropa, esconderse de las autoridades, encontrar comida y escapar de la ciudad «CASI» sin ser visto. ¿Es eso correcto?
«Bueno, si lo dice así hasta parece más increíble de lo que ya es.»
—Ellos venían a buscarle, amo Filiu —apuntó a los cadáveres con una palma—. Querían llevarle ante su padre, y yo no estaba dispuesto a permitir eso. Así que hice lo que debía.
En ese momento, algo hizo click; la extraña sensación del día anterior, cuando crucé a través de los campos, de repente cobró sentido. Tuve que tomar unos momentos para asimilar esto. Me habían seguido, estuve al borde de ser atrapado y ni siquiera pude verlos. El solo pensarlo me erizó la piel.
—Yo… tenía que escapar. No me podía quedar ahí, ese hijo de p…
—STOP —volvió a interrumpir—. Groserías no.
Gruñí con molestia.
—Ese… hijo de su mala madre… quería mandarme a «la granja» o algo así. Los escuché hablando, a Rufford y Evelyn. ¿Qué se supone que hiciera sino?
Recibí un gesto comprensivo de su parte antes de que regresara a mi indiferencia usual.
—Felicidades. Usted es el primero que se atreve —resopló—. Posiblemente el peor de todos… fue el que escapó de las garras de su padre. Vaya ironía más grande.
«¿El peor? Ofensivo…»
—¿Espere, cómo es eso de «todos»? O sea… ¿hay, o hubo otros?
—Cinco, para ser exacto. Su padre los llamó «defectuosos». Los tres primeros ni siquiera lo vieron venir. Los dos siguientes lo supieron, pero no hicieron nada al respecto. Y usted, el sexto, fue el que se reveló.
Tragué saliva, esperándome la respuesta para la pregunta que estaba a punto de hacer.
—¿Qué pasó con ellos? Están…
—No. No que yo sepa, por lo menos. Pero, es posible que hayan encontrado un destino mucho peor. Dudo mucho que, lo que sea que su padre haya hecho con ellos, pueda considerarse como vida.
Decir que se me revolvió el estómago es quedarse corto. La idea de matar a tu propio hijo es algo monstruoso; algo que ni en mis peores pesadillas sería capaz de imaginar. Ahora, el que Rufford fuese capaz de llamar «defectuosa» a su propia sangre, y peor, de someterlos a tal castigo, era algo que de seguro me iba a acompañar en las noches, era un pensamiento que me iba acompañar en las noches. Te aseguro una cosa, eso le sumó muchos puntos en el «Medidos de Hijo de Puta».
—¿Qué quiere de mí? —pregunté tratando de sonar decidido.
Erron no respondió. En su lugar, pasó junto a mí con una calma imposible de alcanzar para alguien como yo. No reparó en mirarme, no trató de atacar ni sobreponerse a mí de ninguna manera; tan solo caminó hasta posarse entre los árboles. Y tras esto volteó, ofreciendo así una mirada que fungía de invitación para su cruzada. O debería decir, ¿nuestra?
¿Qué hacer ahora? ¿Obedecer al tipo raro que vi en mis sueños y decía ser Dios, o regalar mi suerte al destino y apartarme del demente que aparentaba querer ayudarme? Dos caras de una misma moneda; ambos se jactaban de querer ayudar con una mano al frente y otra a sus espaldas. Me ofrecían una salvación bajo sus propios términos. Y lo peor de todo, mi pobre yo estaba una vez más frente a una decisión ya tomada.
Comenzamos a andar. El mayordomo tomó la delantera, yo le seguí tratando de marcar distancia entre ambos. No es que esto sirviese de algo más haya de darme un falso sentimiento de seguridad. Eso sí, el verlo surcar los matorrales con un mínimo esfuerzo me hizo extrañar el tiempo en que tenía piernas largas. No podía esperar a que llegase el estirón…
—Le seré tan directo cómo es posible, amo Filiu —comenzó con firmeza—. Su padre es un ser despreciable que no dudará dos veces en arruinarle la vida si logra ponerle un solo dedo en cima. Es más, me atrevo a decir que, incluso si no lo consigue, hará todo en su poder para que jamás pueda dormir tranquilo.
—Sí, puede que haya llegado a esa conclusión hace unos momentos… Mi padre es un bas… una mala persona.
—Eso es decir poco —sonrió para sí mismo—. En cuanto a mí, solo por el hecho de haberle ayudado, me encuentro en una situación similar o mucho peor a la suya. Cuando su padre se entere, no va a tardar medio segundo en poner un valor sobre mi cabeza. Y teniendo en cuenta mi posición, va a ser una suma bastante generosa.
De nuevo, la tranquilidad con la que indicó aquello fue perturbador. El tipo estaba hablando de cómo le iban a mandar con San Pedro como si estuviese narrando la rutina del martes. Aunque, en retrospectiva, creo que el pobre ya tenía previsto que esto acabaría pasando tarde o temprano. Quiero decir, yo tuve que tomar una decisión limite, pero él habrá tenido tiempo de sobra para hacerse a la idea.
Tras un buen rato de caminar sin más, su andar se pausó. Lo vi detenerse en frente al sitio en que la espesura de la arboleda se enaltecía, y las ramas creaban un techo por el cual apenas entraban los rayos del sol. Suspiró entonces con pesadez, dejó de lado la modestia y con importante seriedad volteó a verme.
—Le diré lo que busco con usted, amo Filiu. Es algo difícil de explicar, mucho más a un niño tan joven; sin importar cuanta madurez quiera presumir. Tal vez no entienda la magnitud del problema en el que nos encontramos, pero…
—Quieres matar a Rufford.
El silencio cayó sobre nosotros, siendo interrumpido nada más por el arrullo de la naturaleza.
—En términos simples, así es —confirmó tras un suspiro—. No me malentienda, si estuviese en mis manos, yo mismo hubiese acabado con su vida hace mucho tiempo. El problema es que, si yo me manchase las manos con la sangre de su padre, no solo tendría sobre mi el peso de las autoridades, sus socios se dedicarían a cazarme como a un venado. No habría lugar tan recóndito bajo las piedras que pudiese esconderme de ellos.
«Claro… mejor que el pendejo bobo se mate por mí» pensé con cierta indignación.
—Sin embargo —retomó arreglándose el traje—, si usted, uno de los legítimos herederos de la familia Vulture, dispusiese de su progenitor… En ese caso, la responsabilidad y los arreglos con nuestros allegados pasarían a estar bajo su nombre. Existen otras complicaciones, sí, pero nada que no fuésemos capaces de solucionar a posteriori.
—Le está pidiendo a un niño de seis años que mate por usted… —me crucé de brazos con aparente escepticismo.
—Sí, y de todas formas parece no impactarle de la forma que uno se esperaría. Tiremos las cartas sobre la mesa, amo Filiu. La razón por la que estoy arriesgándolo todo es porque hay una posibilidad en usted. Cuando le miro a los ojos, no veo a un simple niño perdido, veo… «algo que no soy capaz de entender». Y le seré sincero, eso me aterra, pero también me da cierta esperanza
«Desgraciado observador.»
—¿Qué pretende entonces? ¿Qué corra a sus espaldas y le clave un cuchillo?
Erron lanzó una carcajada.
—Por supuesto que no. Usted no es capaz de matar ni a una mosca… «todavía». Seamos honestos, usted no llegaría al fin de semana por su propia cuenta. Usted me necesita, y yo le necesito a usted. ¿Qué más quiere saber?
Si hablamos de razón, la verdad es que tenía toda la del mundo, pero no se lo iba a admitir. El dilema que se me planteaba implicaba otro igual de grande; matar a una persona. En primera instancia, siendo esta alguien tan detestable como Rufford, la verdad es que no me parecía la gran cosa. Pero, la realidad es que, cuando te ves ante una situación semejante, ninguna persona (relativamente normal) está lista para tomar una vida; mucho menos un pibe de campo como yo. Se nos crio para ir en contra de ese tipo de pensamientos; no tenemos la frialdad mental para actuar así, razón principal de mis dudas.
Y también estaba el otro problema… ¿Por qué arriesgarlo todo? ¿Qué me estaba escondiendo?
—Entiendo su miedo —continuó el mayordomo—. Entiendo que lo que estoy pidiendo es una tarea titánica, y entiendo que no vea una solución sencilla para ello. Eso es porque en realidad no la hay; pero tampoco hay otra salida…
Una vez leí sobre un concepto conocido como «la mirada de las mil yardas»; unos ojos fríos e inertes que esconden un horror inconmensurable. No creí en ello hasta aquel momento; cuando, tras largos minutos de conversación, me encontré por fin con el atisbo en su rostro. Costaba creer que hubiese un alma detrás de aquellas ventanas; era como si estuviese muerto por dentro. Sin embargo, sí pude corroborar una de sus afirmaciones. Tenía miedo. Él estaba asustado, tal vez incluso más que yo. ¿El porqué de ello? Bueno… estaba mejor si saberlo aún.
—Una cosa antes que nada.
Tomé el borde de mis ropajes y los escurrí, dejando gotear la sangre de estos. No me había percatado hasta entonces, pero estaba hecho un desastre. La helada brisa del bosque alcanzó a enfriar mi piel, cosa que noté una vez desaparecieron los efectos de la adrenalina.
—Estoy cansado… tengo frío… y tengo hambre… ¿Me ayudar? ¿Por favor?
Tras unos instantes, el semblante de Erron dibujó una amable sonrisa.
—Por supuesto. Mi familia juró lealtad a la suya, amo Filiu. Mi padre… bueno. Esa es una historia para otro día. Solo digamos que estoy para ayudarle. Pero, por ahora, lo mejor será encargarnos de lo básico, y no dejar de movernos. No tardarán en encontrar los cuerpos, y no queremos estar aquí cuando lo hagan.
Asentí sin dudar. Así mismo, la promesa del Hombre-Dios se cumplió. Ahora tenía un aliado, alguien en quien confiar, lo cual para mí era más valioso que cualquier otra cosa. Sin embargo, en el momento en el momento en que comencé a seguir sus espaldas, un sentimiento extraño nació dentro de mí. No sabría decir si fue bueno o malo, la verdad. Sentí… alegría, como si hubiese cumplido con algún cometido premeditado… y a su vez, una tristeza sin igual. No fui, no soy, ni seré capaz de asociar aquello con nada. No tengo una explicación lógica que darte, pero… tal vez así es mejor. Después de todo, ¿qué es la vida sin algunos misterios? ¿y qué son los misterios sin alguien con quien compartirlos?
—¿A dónde vamos? —pregunté en mi inocencia.
—Su padre tiene muchos aliados, amo Filiu. Sin embargo, también tiene muchos enemigos. En mi caso, conozco a alguien en una situación comprometedora que podría ayudarnos. Nuestros intereses… se cruzan en ciertos aspectos.
—¿Quién es?
Erron lanzó una pequeña carcajada.
—El nombre, Ariel Anemoi, ¿le es familiar?
