Capítulo 4: Conejo.
Tardé dos días en encontrar la salida del bosque. Podría haberlo hecho antes, pero convengamos que una vez se pasó el efecto de la euforia, caí en cuenta de que estaba hecho pomada. Y bueno, tener que llevar a cuestas una cabeza maloliente de al menos quince kilos tampoco ayudó.
La superficie me recibió con la agradable vista de las planicies. Lancé un pesado suspiro al cielo y me dejé caer sobre la gramilla. Con los parpados cerrados, me digné a buscar el descanso; pero claro, mi relajo no duró.
El sonido de botas aplastando la hierba llegó junto a la robusta sombra que me tapó el sol. Gruñí abriendo los ojos, encontrándome al fin con la silueta del mayordomo. No ofrecí declaración alguna, aunque a juzgar por su silencio, supongo que mi mirada lo decía todo. Apunté hacia la cabeza del monstruo junto a mí, y me retiré a mi siesta.
Y aquí, por segunda vez en menos de una semana, me encontré con mi «amigo» el Hombre-Dios. Esta vez, y para variar un poco, se presentó ante mí con una carcajada.
—¡He aquí el regreso triunfal de nuestro campeón! Al final sí lo consiguió, y yo que no daba nada por ello.
—¿Por qué no me la chupas un ratito? —musité ahogando una ligera risa—. Y también… gracias. No te voy a mentir, la vi negra.
—¡Hah! Pues eso es quedarse corto, amiguito. No estuvo mal para tu primera vez, pero… hubiese podido ser un poco más limpio. Te hace falta más experiencia trabajando bajo presión. No te preocupes, llegará sola.
—Ah, bueno saberlo… Pero por ahora lo único que quiero es tirarme y dormir… —bostecé dejándome caer de espaldas—. Espero no te importe.
—Sí, supongo que te lo ganaste. De todas formas solo pasaba para dejarte caer otro pequeño consejo.
Levanté la mirada, observándole sin moverme demasiado.
—Por favor, no más peleas a muerte. Al menos por un par de días.
—¡No, tonto! —carcajeó la deidad—. Todo lo contrario, creo que te gustará hacia dónde va esto.
—Buenoh… morderé. Venga el consejo.
Entusiasmado, el Hombre-Dios se reincorporó y caminó hasta ubicarse frente a mí. Desde mi perspectiva, el desgraciado parecía tapar el sol con su mera presencia, haciéndole ver mucho más imponente de lo que era en verdad. O bueno, de lo que había demostrado ser, al menos.
—Escucha bien… «Si quieres encontrar a Alicia, primero busca al Conejo Blanco. Una vez lo encuentres, síguelo, y él te llevará al país de las maravillas. ¡Pero cuidado! El Sombrerero vive ahí, por lo que será mejor no ser tú quien pasee por sus terrenos.»
—¿Alicia en el país de las maravillas? ¿En serio?
—Hey, está en tu cabeza. Solo trato de asociarlo con algo que conozcas —se hundió de hombros—. Por cierto, debiste haberlo terminado, es una historia muy interesante.
—Primero, es un libro infantil. Segundo, ¿no podrías ser un poco más específico?
El dios refunfuñó.
—¡Bien! Pero no eres divertido. Qué tal… «Busca tu estrella del Norte en el Oeste.»
No pude evitar el dejar salir un balbuceo frustrado. Claramente no estaba de ánimo.
—Tus acertijos me estresan.
—Mi amigo, a ti todo te estresa. No vas a llegar a viejo si sigues así.
«Es verdad, pero no se lo voy a decir.»
Una sonrisa pretenciosa se dibujó en el rostro del desgraciado, como si acabase de oír el sonido de mis pensamientos. Desde luego, no me agradó. Por supuesto, reflexioné en esto unos momentos.
—Voy a asumir que lo entenderé cuando pase… Veré qué puedo hacer.
—De verdad, cómo me gusta esa mentalidad tuya, Fil… Necesito a más muchachos como tú —me sonrió con un gesto de ternura forzada.
—Y yo necesito dormir… o un Fernet con coca, también estaría bien.
—No.
El bastardo sabía perfectamente lo que quería. Aunque debo agradecerle la bondad de dejarme dormir un poco en vez de lanzarme de cara a los problemas. En serio, lo necesitaba, y más con el maremoto de emociones que me esperaban al despertar.
Ahora, quiero ser claro con una cosa. Si Erron me hubiera explicado su plan desde el principio, es seguro que le hubiese dicho que se metiera su amistad en el culo. ¿Lo sabía? Probablemente. Es la razón más lógica para haber guardado el secreto tanto tiempo, pero una cosa no quita la otra.
Empecé a recobrar la conciencia. Un cosquilleo en las costillas me recibió; una picazón extraña e imposible que nacía de interior de dichos huesos. Muy incómodo. El sol descendía sobre el horizonte en un atardecer amarronado y enternecedor, como postal de año nuevo. Erron había preparado el campamento y me había dejado descansar a la cercanía del fuego mientras maquinaba al otro lado de la fogata.
Gruñí al levantarme, esperando el dolor próximo de las costillas rotas; mismo que, por extraño que pareciera, nunca llegó. Ya no estaba. El mayordomo alzó a la vista un frasco de vidrio vacío. Por la forma tan ornamentada que este presumía, no costaba mucho entrever el precio tan elevado del mismo. Era como si te gritase a la cara «valgo un ojo de la cara».
—Un ungüento encantado —señaló a la par que volvía a guardar la botella—. Lo tenía preparado para una urgencia, pero supongo que usted se lo ganó. De cualquier forma ya se estaba poniendo viejo.
Fruncí el ceño.
—Creo que me debes una explicación. O unas cuantas, ya que estamos.
Erron suspiró. Le vi levantarse y andar hasta posarse frente a mí, arrodillándose en una pierna y bajando la cabeza en señal de respeto. Mi respuesta estaba clara, pero a él no le importó.
—Levántate, hombre. Sabes que no me gusta cuando empiezas con eso.
—Trato de ofrecerle mis disculpas.
—Bueno las disculpas te las guardas. No quiero disculpas, quiero saber qué mierda está pasando —exclamé con molestia—. Esquivas mis preguntas, me llevas por donde se te cante en el momento, y ahora me drogas y abandonas a mi suerte para pelear con… ¡vaya a saber Dios qué cosa! ¡Basta de excusas! ¡Dime la verdad o doy media vuelta y me voy al carajo!
El grandote alzó la mirada sin mostrar sorpresa por mi desacato. Logré notar cierto brillo de arrepentimiento en sus ojos, mas este fue rápidamente escondido tras un semblante serio y decidido. Se levantó, y sin decir una palabra en contra tomó lugar junto a mí.
—¿Por dónde quiere que empiece? —musitó.
—¿Qué pregunta es esa? ¡Por el principio, por supuesto!
No obtuve respuesta. Dejé salir el aire de mis pulmones, tratando de recuperar un poco de la calma. Presioné las rodillas contra mis manos antes de volver a intentarlo.
—¿Hacia dónde vamos?
Esta vez, sí respondió. Sin embargo, su réplica fue… esperable, cuanto menos.
—A corto plazo, a ninguna parte. Como ya sabe, nuestro objetivo es acabar con su padre. Pero, en nuestra situación, sin armas, sin equipo, con información limitada y sin aliados, no seríamos capaces ni de acercarnos a sus terrenos. La idea inicial era aprovechar el tiempo; planeando, recolectando información, entrenando hasta que… nuestra oportunidad se surgiese.
«O sea, estábamos esperando… buenísimo.»
—¿Entonces no hay un plan? ¿Tu idea es vagar hasta que mágicamente ocurra algo?
—Dicho de mala manera, sí. Y de todas forma, «mágicamente» algo ocurrió. Solo que no era nada de lo que tenía en mente.
No me tomó más de unos momentos en darme cuenta.
—¿El Desastre de Mana?
—Sí. Fue un evento catastrófico; sacudió al reino entero, pero nos dio algunas cosas a favor y… algunas otras en contra. La más importante de ellas: ya no tenemos manera de contactar con la señorita Ariel. Ella… desapareció de la faz de la tierra, por así decirlo.
«Otra vez ese nombre»
—¿Quién es? —pregunté con amplio interés—. Juraría que escuché a Rufford mencionar a Ariel Anemoi en una oportunidad.
—Eso es bastante probable, sí. Verá, uno de los clientes más prolíferos de su padre era el señor Grabell Zafin; mejor conocido como «el próximo rey de Asura».
Ensanché la mirada. De nuevo, tardé unos instantes en procesar la magnitud de lo que acababa de salir de sus labios.
—Próximo rey… o sea un príncipe… ¿Un príncipe era cliente de Rufford, un viejo ganadero?
El mayordomo carcajeó con amargura ante mi reacción.
—Hay muchas cosas que su padre no compartió con usted, amo Filiu. Entre ellas, pues… el negocio familiar.
Aquí fue donde se destapó el quilombo en que estaba metido. La cuestión es que, la escala de mis problemas era mucho más grandes de lo que hubiese imaginado mi pequeño cerebrito. Si hasta el momento creí que estaba en problemas, es porque apenas estaba viendo la punta del iceberg.
La familia Vulture, a los ojos de la nobleza, eran conocidos como «los traficantes de información por excelencia». Nuestros delegados, quienes por supuesto no eran gente de bien, se encargaban de ir por la vida buscando los trapos sucios a lo largo y ancho del reino; los importantes, de familias con renombre, las alianzas, los rumores, incluso la situación vigente en el trono. Decir que eran una mafia es dejar la barra muy abajo.
Esto no era precisamente legal, pero el poder y las ventajas que este servicio brindaba a sus allegados era suficiente para tener cierto blanqueo a ojos de la ley. Por supuesto, mucho más si tu principal cliente es alguien perteneciente a familia real. Porque, mi amigo, cuando hasta tu vieja quiere ver tu cabeza en un plato, es lógico que estés dispuesto a pagar un poco para que tus asuntos no lleguen a oídos ajenos. Y si además puedes conseguir algo de ayuda contra estos, pues es un buen negocio a fin de cuentas.
La señorita Ariel, se encontraba en una situación similar a la mía; o sea, que nuestras amorosas familias nos quieren hacer boleta. Su hermano, el señor Grabell Zafin, pactó varios acuerdos con el Viejo Cornudo; uno a cambio de su protección, y el otro por la investigación de su hermanita. Con este as bajo la manga, y la atención del continente fijada sobre lo ocurrido en Fittoa, el mugriento se dio vía libre para actuar.
—El último dato seguro que pude conseguir de la señorita Ariel es sobre su fuga. No tengo idea de hacia donde, por cuanto tiempo, ni de qué manera lo hizo, pero ella y un grupo de sus sirvientes se vieron forzados a darse al exilio. Y hasta ahí mis avances con el plan…
Me quedé sin palabras. De repente, las piezas en mi cabeza se empezaron a conectar, y todo cobró sentido. El silencio, la insistencia con quedarnos lejos del ojo público, el por qué Rufford quería un heredero con condiciones, todo cuadraba. Yo no estaba en problemas… estaba putamente jodido.
—¿Ahora lo entiende? No podía arriesgarme a darle esta información antes, no con el riesgo de que le capturasen y todo esto saliese a la luz. Solo hay dos personas en el mundo que saben de este plan, amo Filiu… Yo, y ahora usted.
—Pero… ¿Qué hacemos entonces? ¿Hacia dónde vamos? —pregunté, el nerviosismo evidente en mi voz.
Erron suspiró, juntando a su vez las ideas en su cabeza.
—Dos opciones. La primera es seguir con el plan inicial; vagar por los campos hasta saber algo de la señorita Ariel. Y la segunda sería dar un salto de fe; viajar a la capital de Asura. Ese sitio está repleto de representantes de su padre, aunque también, de sus mejores recaderes. Si por algún motivo, alguien pudiese saber del paradero de la princesa, a la fuerza debe estar ahí.
—O sea que nuestras opciones son: no hacer nada, o ir a la boca del lobo.
—Sí… algo así —resopló ante la simpleza de mi respuesta—. Podría enviar a un intermediario, pero… en primer lugar, estamos cortos de dinero. Y en segundo, es muy probable que nos traicione a la mínima de sospechar quienes somos. Eso sería volver al escalón cero.
Apreté mi cabeza tratando de pensar en una salida. Las palabras de Hitogami resonaron cual eco; «primero busca al Conejo Blanco». La opción de arriesgarlo todo no era atractiva, eso desde luego. Pero seguir escondidos a la espera de un milagro se sentía más como una derrota a largo plazo; más si tenemos en cuenta que la cabeza de la princesita también está en juego. Y de repente, una idea me golpeó.
—Ya llevamos más de dos años de ausencia, ¿verdad? ¿Se ha sabido algo de nosotros?
El mayordomo arrugó el entrecejo.
—Pues… no que yo sepa. Su padre le sigue buscando, eso es seguro, pero ignoro si habrán encontrado pistas de nuestra presencia en los pueblos aledaños.
—Bien… Teniendo en cuenta esto, podríamos decir que no saben a quién están buscando —le sonreí—. Después de dos años, hay mucho de nosotros que pudo haber cambiado.
—¿Cuál es su punto con esto?
—Quiero decir, que si Filiu Vulture y Erron Di'Jager entrasen por la puerta principal de Asura, ¿cuántos sabrían que somos nosotros? ¿Y si no fuesen ellos? ¿Si fuesen solo un dueto que se le parece? —le guiñé un ojo.
El mayordomo pareció considerar esto unos momentos. Claro está, todas estas eran suposiciones, y a gran escapa era una idea terrible. Sin embargo, de momento nos las habíamos estado arreglando solo con migajas. Además, ¿a quién en su sano juicio se le ocurriría? Exacto… a mí.
—Es una locura —enfatizó en el hecho.
—Sí, y por eso creo que podría funcionar.
De nueva cuenta, el grandote suspiró.
—Necesitaríamos hacerlo muy bien, en todo caso… Hará falta ropa nueva. Deberíamos teñirnos el pelo y… yo… creo que podría afeitarme un poco.
«Dios… Nunca he visto a este hombre sin barba. Hasta a mí me costará reconocerlo.»
—La ciudad de Ars queda hacia el Oeste. Será un largo viaje, así que no crea que voy a dejarle descansar. Al contrario, entrenará el doble de duro hasta que lleguemos.
—Amigo, dame un descanso… Vengo de casi ser aplastado por un jabalí gigante.
—Y será casi aplastado por muchas más cosas en lo que nos queda de viaje. ¡Así que prepárese!
«Ugh… ojalá una de esas cosas sea una vaquillona asada con chimichurri… DIOS, CUANTA HAMBRE.»
—Sin embargo… —interrumpió volviendo a incorporarse—. Si vamos a arriesgarnos así, va a necesitar algo mejor que un par de dagas oxidadas y sin filo.
Bajé la mirada hacia mis fundas, y fue imposible negar aquello. Las pobres apenas sobrevivieron el recorrido anterior, tendría suerte si podía cortar un par de plantas con ellas. Fue ahí cuando mi compañero caminó hasta los arbustos. Volteó hacia mí, y con una sonrisa reveló mi nuevo arsenal.
Frente a mi estaba el fruto de mi esfuerzo; dos dagas de hueso puro. Reconocí la estructura, eran los colmillos de la cabeza del jabalí. Tengo que decirlo, en el instante en que tomé las empuñaduras, sentí una conexión especial como ellas. Era como si… hubiesen estado predestinadas a tocar mis manos. Pero necesitaban un nombre…
—Faca'Lis… Faca'Lis funciona.
Entonces, sentamos las bases de nuestro plan. Si bien, es verdad, tenía sus defectos evidentes, considero que era nuestra mejor baza. El problema más grande, sin embargo, era una pequeña cosita que Erron se guardó hasta más adelante. Cosa que en verdad me hizo considerar dar media vuelta.
¿A qué me refiero? Bueno, supongamos por un momento de que lográsemos contactar con la señorita princesa del reino. En dado caso, nuestro destino colgaría plenamente de la buena voluntad de una niña de doce años. En cuanto supe de esto, lo mejor que pude hacer fue rezar para que, al igual que yo, Ariel fuese otra pobre diabla arrastrada hasta este mundo en contra de su voluntad (Spoiler: no lo era).
Saltamos de la olla al fuego, pero eso ya se estaba haciendo costumbre. ¿Qué más me quedaba sino seguir bailando? El viaje continuaba… e incluso con mis dudas y miedo, yo también.
Nos desviamos un poco del camino. Echamos mano de lo que teníamos para conseguir nuestras nuevas identidades. Dejamos nuestros viejos ropajes de lado para armamos con nuevas fachas; mangas largas, chalecos de cuello largo y pantalones guerreros. El tipo lo hizo; se afeitó la barba y pasó sus cabellos bajo el baño de color. Hasta a mí me costó reconocerlo al principio, era como si hubiese rejuvenecido años con solo eso. En cuanto a mí, tengo que decir que el color oscuro me hizo sentir un poco más parecido a mi viejo yo, aunque ya me había acostumbrado a ser castaño, por lo que me sentí algo extraño.
De verdad parecíamos un dueto de mercenarios, o como los llaman de este lado, «aventureros»; para mí son lo mismo, pero fijo que habrá alguna diferencia. Y para hacer el papel más convincente, Erron gastó buena parte de nuestros ya escasos recursos en licencias falsificadas. Nuestros nuevos nombres eran «Larrinton Copper» alias «Maverick» para Erron; y «Valley Copper» alias «Gaucho» para su servidor (sí, me dejó elegir los apodos).
Entonces, a un mes de cumplir mi noveno cumpleaños, arribamos a las puertas de la ciudad más importante del continente. Cargamos un total de seis pieles de bestias en cada hombro (mismas que forzosamente casé, por cierto). La guardia en la entrada tenía lo que reconocí como «panfletos de se busca» con una decena de rostros; entre ellos, los nuestros.
Compartimos una mirada antes de decidirnos a continuar. Nos acercamos al dueto de guardias, mismos que se acercaron a nosotros mientras sus compañeros nos observaban en silencio.
—Motivo de su visita, caballeros.
Mi compañero dio un paso al frente y explicó con tranquilidad:
—Somos aventureros de rango D y C. Nos contrataron para transportar mercancía desde el paso inferior.
—El patrón dijo que lo encontraríamos en el mercado de Ars, pero yo nada más quiero tirarme un rato en la cama —le dediqué una sonrisa.
El guardia suspiró.
—Siempre lo mismo con ustedes aventureros… Mejor que no anden causando problemas. Denme sus identificaciones y los dejaré pasar.
Tragamos saliva. De manera un tanto nerviosa le extendimos las licencias. Mentiría si dijese que no apreté el culo cuando se quedó mirando la mía. Déjame decirte una cosa, ahí atrás no entraba ni un alfiler. Para nuestra buena fortuna, o las licencias eran muy convincentes, o el guardia era demasiado vago para percatarse de nuestra artimaña. El punto es que pasamos sin pena ni gloria.
—Tengan cuidado y avisen si ven algo fuera de lo común. Traten de no empezar peleas porque sí.
—¡Gracias oficial! —le saludé con entusiasmo.
A paso apresurado, nos adentramos en la ciudad dejando atrás al peso de la ley. Solo entonces nos dimos el lujo de respirar tranquilos.
—No puedo creer que en serio se lo creyera… —musitó el mayordomo.
—Te dije, la barba hizo el trabajo.
Ahora, la idea de una ciudad importante estaba en mi cabeza, pero Dios… No estaba preparado para lo que encontramos tras las murallas. Vi frente a mí un millar de casas blanquecinas, tan altas y elegantes como pudieses imaginar. Vimos personas de toda forma, color y raza; templos, estatuas, altares, hasta un maldito coliseo y un palacio que se elevaba sobre la cima de una montaña. Me sentí dentro de una escena de El Señor de los Anillos.
Era un escenario hermoso, y a su vez, abrumador. No importaba hacia donde mirase, había estandartes, logos, formas de todo tipo y color. Pudo haber sido por el tiempo que pasé en lo salvaje, pero estar rodeado de tantísimos estímulos hizo que se mi cabeza se volviese un poco loca; mi corazón se aceleró el corazón, y mis sentidos se vieron sobrecargados. Para más contexto, yo era un perro callejero, soltado por primera vez en lo domestico. Y créeme cuando te digo que eso asustaba.
Erron tuvo que tirar de mi brazo un par de veces hasta que entré en razón. No podía evitar distraerme con todo lo que me rodeaba, por lo que no entendí lo que pasaba hasta su tercer llamado de atención. Junto a nosotros, los soldados con el emblema de la familia Vulture andaban sin reparar un ojo en nuestra presencia. Éramos invisibles; pasábamos desapercibidos, como dos más del montón.
Volteé hacia mi compañero y le sonreí con picardía.
—No se confíe —advirtió—. Que no nos distingan no quiere decir que no sean capaces de reconocernos dada la ocasión. Trate de no sobresalir.
—Sin problemas… tío Lars.
—Y deje de llamarme así, acordamos en que no haríamos eso. Me hace sentir incomodo.
—Pero se supone que eres mi tío, tío Lars —ensanché el gesto.
Erron suspiró con derrota.
—Escuche… Doy por hecho que puedo dejarle solo un par de horas. Iré tratar con los recaderes de información. Por lo pronto, deshágase de las pieles y busque algún sitio donde quedarnos.
Antes de que pudiese prepararme, recibí el peso de su montón sobre mi brazo libre. Tambaleé casi al instante, cosa que causó gracia al mayordomo. Incluso estando en forma, no era bueno olvidar que todavía me faltaba crecer bastante. Tras esto, sacó de su haber la bolsa que contenía lo último de nuestros ahorros. En el instante que la puso dentro de mi bolsillo, me percaté de lo evidente; estábamos en la ruina, o como diría el tata, «en Pampa y la vía».
—Bueno… ¿Quieres que trate de venderlas? No creo que consiga mucho con esto.
—Sería recomendable de todas formas. Necesitamos el dinero, por poco que sea. Pero… insisto, trate de no llamar la atención, por favor.
—¡Hey! —fruncí el ceño—. Pensé que estábamos en confianza. Puedo cuidarme solo.
Traté de sonar tan serio como me era posible, pero imagino que la imagen de un pequeñín haciendo pucheros mientras sus brazos temblaban por el peso de veinte cuatro pieles era demasiado para el mayordomo. Por supuesto, volteó para el lado contrario para que no pudiese verlo reír.
—Lo estamos, en serio, pero… Es una situación complicada. Este no es un lugar donde nos podamos permitir cometer errores. Eso y… no quiero que le pase nada.
Esas últimas palabras salieron con una simpatía particular. Extraño, pero no podía enojarme con el grandote cuando se mostraba así conmigo. Aparté la mirada, bajando la cabeza como cachorro triste.
—Está bien, Tío Lars…
—Y vamos con lo de tío… Está bien, procure cuidarse, ¿está bien? Y también consiga un buen lugar para dormir, extraño mucho las camas.
Intercambiamos un par de sonrisas antes que el desgraciado se alejase, desapareciendo entre la multitud cual superhéroe.
«Tengo que pedirle que me enseñe a hacer el truco de Batman.»
Ahora, encontrándome frente a la completa soledad una vez más, volteé a ver la gran ciudad. Me sentí como una hormiga en una casa de muñecas. No era como lo que teníamos en casa, por supuesto, pero la sensación era similar. Podrá haber sido otra vida y estar en otro mundo, pero el sentimiento de pez fuera del agua nunca cambió. Puedes abandonar el campo, pero el campo nunca te abandona.
Me dirigí entonces al mercado. Me tomé un todo el tiempo del mundo para revisar precios, tratando de encontrar al mejor postor. Tristemente, y considerando el tiempo gastado con todo esto, la oferta era una clara estafa. Ni siquiera mostrándoles la identificación falsa pude hacerles cambiar de parecer. Fue un esfuerzo inútil. Acabé rascando un par de monedas extra a final de cuentas, pero el problema persistía; la bolsa estaba muy liviana.
Entonces, hice lo que toda persona quebrada ha hecho alguna vez en su vida; sentarme en la vereda y reflexionar sobre la vida. Mi mirada se perdió en el mar de gente que rondaba frente a los puestos y negocios. Personas con formas y manierismos alienígenas para mí, que entraban y salían de los negocios, discutían y disfrutaban de sus compañías. Los ancianos tardando milenios en ser atendidos, los niños gritando a sus padres por algún juguete, incluso los manteros corriendo detrás de los oportunistas de turno; todo tenía un aire muy familiar, un sentimiento que me fue imposible ignorar. Y junto con este, la nostalgia me invadió. Recuerdos de los recorridos que hacía con mi santa madre llegaron a mí; los años de infancia que estaban tan distantes y a la vez tan cercanos a la vez.
«Ya casi nueve años» me dije en silencio. «Mami… ¿estás bien? ¿Sigues sufriendo por la pérdida de tu gauchito, o ya pasaste página a favor de la tranquilidad? ¿Pudiste siquiera hacerlo? ¿Me sigues extrañando o…?»
Sentí un nudo en mi garganta; las lágrimas tratando de agruparse en mis ojos. Tuve que detener este pensamiento. Sin embargo, no fue solo a causa de esto. Una visión particular que cruzó frente a mis ojos; apenas perceptible, una fracción de segundo en la que me pareció ver un atisbo familiar. La silueta de una bola de pelos con ojos rojos se deslizó entre la muchedumbre, saltando entre ellos sin que nadie fuese capaz de reconocer su existencia. Con su maliciosa burla, volteó a guiñarme un ojo y esbozar una sonrisa.
Incrédulo ante lo que estos presenciaron, froté mis ojos para hacer desaparecer a la criatura. Mas en su lugar, algo más apareció.
Una chica, probablemente unos años mayor que yo, caminaba frente a un dueto de soldados. Pasó frente a mí, a varios metros, pero los justos para tener una vista clara de su figura. Su cabello era blanco como la nieve, arreglado, incluso perfecto diría. Sus ojos brillaban con un apagado tono rojo, esbozando una apatía absoluta por sus alrededores. Vestía de manera formal, con traje blanco y gris, y caminaba inflando el pecho de manera orgullosa. Y por supuesto, en hombro, el símbolo de la facción del Viejo Cornudo flameaba con gallardía.
En ese instante, una única cosa resonaba en mi cabeza: «Conejo blanco.»
Sin tardar, me di a las andadas. Seguí su figura mientras buscaba refugio en la muchedumbre. Si me acercaba demasiado me vería, y si me alejaba acabaría perdiéndola de vista. Tenía que ser preciso a la par que disimulado. Así mismo, esta persecución duró al menos una media hora. Me pareció que no tenían un rumbo fijo al cual dirigirse, sino que tan solo rondaba las calles como si tomaran un simple paseo. Esto fue, hasta que la ruta sufrió un cambio; decidieron encaminarse fuera del rango del mercado. Debido a la baja en el número de personas, la tarea de esconderme se complicó un poco. Para mi buena fortuna, sin embargo, solo cruzaron un par de calles hasta dar con las puertas una vieja taberna en el centro; misma a la que, sin reparo alguno, se dispusieron a entrar.
Ahora, un poco más tranquilo gracias a la soledad, me paré frente al edificio para analizar la situación. Era un sitio humilde pero respetable; de clase media, del tipo que no se llena de vagos conflictivos que rompen todo. A través de la ventana, vi a los soldados repartirse los asiento mientras que la muchacha se acercaba al encargado. El mismo le sonrió, ofreciéndole unos papeles que procedió a firmar.
Desvié entonces la atención hacia pizarra junto a la puerta. Uno de los anuncios avisaba de un torneo de póker de 5 cartas (o al menos, lo que yo conozco como tal) con fecha para realizarse ese mismo día. La entrada, por certeza del destino, se ajustaba de manera perfecta al dinero que llevaba en el bolsillo. Y ahí nacieron la duda y la tentación.
Una parte de mí, la más racional, me estaba gritando que diese media vuelta y me alejase cuanto fuese posible de ahí. La otra, la más tentadora, invitaba a lo contrario. Seguir adelante sin un plan o una idea razonable sobre qué hacer, era una locura; si algo fuese a salir mal y mi identidad se viera comprometida, estaría hasta las manos. Pero, de no arriesgar, el perdería demasiado por el solo hecho de no intentar. Y es que la verdadera apuesta estaba ahí; en el hacerlo o no.
Observé el monedero unos instantes, persiguiendo los fantasmas de la coincidencia entre el precio de entrada y el contenido del mismo. Mi vena cabalera palpitaba con locura, empujándome a tomar el camino de la apuesta. La plata me quemaba en las manos, y la imagen de la dama de blanco, ahora sentada con impaciencia en una de las mesas, no hacía sino invitarme a su encuentro. No debía… PERO QUERÍA.
«Si esto sale mal Erron me mata, pero ni el nono ni el tata perdieron nunca un buen juego limpio… ni tampoco jugaron uno para empezar.»
Me lamí los labios a la par que estos formaban una sonrisa maliciosa.
«Con sus enseñanzas de mi lado… no tengo posibilidades de perder. No hay miedo, ¡no existe el miedo! Solo Dios… ¡DIOS Y LA PLATA!»
Decidido, abrí la puerta de una patada, atrayendo así la atención de todo el lugar. Caminé alzando la frente con el peso de las miradas sobre mí, miré al encargado a los ojos y dejé caer el saco de monedas sobre el bar. Tenía las cuentas claras, aunque… sí, puede que mi juicio estuviese sesgado, no lo voy a negar.
Crucé miradas con la muchacha de pelo blanco. Ella me devolvió el gesto, solo que infinitamente desinteresado. No esbozó palabra alguna, solo volteó a la mesa y continuo escuchando a los demás guardias. Por supuesto, ¿quién pensaría que alguien buscado entraría a una taberna haciendo un escándalo?
«El disfraz funciona, buena señal.»
La cuestión ahora era simple; ganar la competencia. El sistema era sencillo. Cada quien abonaba la entrada y recibía la mitad de ese dinero en fichas. Solo se podía usar dicha cantidad durante las rondas, pero cada vez que ganase una el monto de los perdedores se apilaba a mi nombre. El ganador final conseguía quedarse con el rejunte, junto con otro par de premios del bar que no me interesaron. Siendo veinte el número de competidores total, al premio era considerable.
Como ya habrán podido suponer, no tenía pensado jugar limpio. Ahora mismo les compartiré «el secreto familiar». Un truco muy usado entre tramposos es el de distinguir las cartas. La gente suele dejar pequeñas marcas en el reverso de las cartas; esto ayuda a tener control sobre la menos del oponente. El problema de esto es que es una estrategia muy conocida, y los más experimentados saben reconocer cuando esto está pasando. Por si no quedó claro, esto es ilegal, o sea que puedes quedar descalificado o con la cara partida en el peor de los casos.
Ahora, ¿cómo adaptamos esto a nuestro favor? Cada ronda empezaba igual. El fingir desconocimiento fue punto clave al principio, pero eventualmente me vi forzado a dejar de lado esta charada. Comenzaba perdiendo un par de manos a propósito, mientras aprovechaba mis manos para empezar a marcar el reverse de algunos naipes con la yema de un dedo; no las rompía, solo desgastaba la tinta del cartón, de manera superficial y disimulada. Lo siguiente era saber engañar, buscar el momento indicado, apostar bien, y dejar que la tentación los trajese hacia mí trampa; ganar de a poco, en resumen.
Sangre cabalera y Viveza Argentina, amigo mío. Combinación ganadora.
Tomó su tiempo, pero logré pasar a través de las rondas sin mucho esfuerzo. Recibí más de una mirada extraña de los demás competidores, pero nadie pareció notar el problema con las cartas; no suelen hacerlo a no ser que sepas lo que quieres ver. Siendo partidas de cuatro personas, logramos llegar al final tras la friolera de cuatro horas. Y como si el destino lo hubiese querido así, el enfrentamiento final fue contra el conejo blanco y otros dos que ni recuerdo ni son importantes. Apenas duraron un par de manos.
Ahora, había estado atento a sus partidas anteriores. La forma de jugar que tenía esa mujer era «singular», por decir lo mínimo. Su mirada vivía fijada sobre el mazo, a veces ni siquiera miraba sus propias cartas. Y aún así la desgraciada no perdió una sola ronda. Sabía cuándo apostar, cuando retirarse, cuando pagar por ver, y cuando los demás estábamos mintiendo. Era como ver a una verdadera profesional, pero yo estaba seguro de que no era así.
Como ya dije, no pasó mucho hasta que la partida se convirtió en un duelo. Es ahí cuando la cosa se puso complicada.
—Impresionante —murmuró solo para mí—. La suerte parece ser tu amiga el día de hoy. Al final parece que sí tiene sus favoritos.
—Muchos dirían que soy afortunado —repliqué con una sonrisa—. A ti se te da muy, por lo que veo.
Hicimos el cambio de cartas. Nuestras manos se movieron al mismo tiempo, y uno de sus dedos rozó mi brazo con suavidad cuando regresó. Hizo esto un par de veces, pero esta fue especialmente notoria. Tengo que decirlo, me provocó cierta incomodidad.
—Soy más de apoyarme en mi habilidad, la fortuna y yo nunca hemos sido amigos. Me han dicho que tuve suerte de nacer. ¿Se supone que debo sentirme feliz por ello? —carcajeó con cierta ironía.
—¿Qué cosa más fea para decirle a alguien, no? Y más alguien como usted. Quiero decir… ¿familia Vulture? —apunté al símbolo en su hombro.
Su mirada se levantó, y nuestros ojos se encontraron por fin. Un escalofrío recorrió mi columna. Esa fue posiblemente la mirada más fría que había visto jamás; un atisbo que hacía palidecer incluso al del hombre que intentó acabar con mi vida. El recuerdo de la hiena en el bosque volvió a mí, y las sensaciones se correspondieron entre sí.
—La vida puede ser muy cruel… Creo que no iré esta ronda —resopló dejando de lado las cartas—. Pero supongo que entiendes sobre eso. Por tus ropas me figuro que has tenido ocasión suficiente para darte cuenta.
—Un buen par, diría yo —reí nervioso—. ¿Qué es la vida sino caerse y volverse a levantar?
—Exactamente. Mi padre siempre dice que los hombres se forjan al fulgor de las dificultades.
—Sí… Me suena haber oído eso antes.
Fue como si hubiese podido escuchar a Hitogami riendo a mis espaldas.
—Es un hombre muy sabio… Estricto, con su carácter, pero un gran hombre a fin de cuentas.
—Hah. Ojalá poder decir lo mismo del mío.
Algo llamó mi atención en ese preciso instante. Noté un movimiento errático en su ceño, como si se hubiese fruncido por apenas una fracción de segundo. Fue apenas un pestañeo antes de volver a su fachada indiferente. No escapó a mi visión, eso lo puedo asegurar.
—Estoy segura de que tiene buenos motivos para ser así. ¿Ha pensado usted en ver las cosas desde su perspectiva? Muchas veces son los hijos quienes no entienden a sus padres —apuntó condescendiente.
—No, estoy seguro que el problema no soy yo. Pero… preferiría no hablar del tema. Es más complicado que un simple malentendido.
Las cartas fueron dadas, y mientras yo levantaba las mías para ojear, ella ni siquiera se dignó a tocarlas. Las dejó ahí, como si no estuviesen para empezar.
—Tal vez, pero ¿no es más complicado vivir sin su afecto? ¿Levantarse cada mañana sabiendo que no recibirás ni siquiera un «buenos días», y afrontar el sentimiento de estar completamente solo en el mundo?
Las manos me temblaron un poco. Esas palabras bastaron para hacer acelerar mi pulso. Su mirada se clavaba sobre mí, asechándome y esperando a que yo hiciese mi próxima jugaba. Observé en la lejanía a los guardias, el símbolo de los Vulture flameando en sus pechos mientras permanecían atentos a la última ronda. La realidad es que, eso se escuchó terriblemente personal.
—Ugh… no me hagas caso. Son solo problemas personales —suspiró, llevando un brazo tras las fichas y arrastrando su poso al centro de la mesa—. All in.
Miré mis cartas tratando de calmar mis nervios. Un par de dos no me generaba ningún tipo de confianza. Falseé una gesto pensativo antes de tirar las cartas.
—No voy.
Mi respuesta pareció no complacerle. La mujer alejó su mirada y reposó el montón sobre su palma. De repente, pareció haber perdido el poco interés que tenía.
—Antes de que veas la siguiente mano, quiero advertirte de una cosa. No hay forma de que ganes este juego —expresó sin más, como si estuviese señalando a lo evidente—. Pero algo me dice que ya lo sabes, ¿no? O… puede que haya tenido mis expectativas muy altas.
Las cartas cayeron frente a nosotros. Esta vez, ni siquiera hice a tiempo para reparar en verlas.
—Ambos sabemos las cartas que hay sobre la mesa. El problema es que tú conoce solo un par, y yo puedo verlas todas. Puede alargar la partida lo que quiera, pero yo acabaré sobreponiéndome.
«¿Qué mierda está diciendo esta tipa? ¿Qué le pasa?»
Eso me molestó bastante. Si hay algo que no soporto es la gente que cree que lo sabe todo.
—Palabras muy fuertes para alguien que ni siquiera vio su mano —repliqué frunciendo el ceño—. All in.
Sus ojos viajaron de regreso hacia mí cuando arrastré las fichas al centro. Alzó una ceja tratando de entender lo que acababa de hacer, y finalmente suspiró antes de igualar la jugada.
—Es Full —apuntó con frialdad—. Tienes tres sietes y dos cuatros en la manos. Yo por otro lado, tengo póker de seis.
—¿Ah sí? —le sonreí—. ¿Y tan segura estás de lo que hay en juego? Yo no me dormiría en los laureles.
—No me estoy durmiendo. Simplemente sé lo que va a ocurrir, porque sé lo que tienes. Vamos. Muestra las cartas.
No pude evitar reírme un poco. Estaba confiada, demasiado diría yo. Ante esto, la muchacha gruñó en frustración dejó caer sus naipes frente a mí. Efectivamente, póker de seis. En respuesta, y de manera calmada, me dispuse a revelar una a una mis cartas. Las primeras fueron tres sietes, luego un cuatro y… un cuarto siete apareció frente a sus ojos.
En ese instante, la apatía en su rostro se hizo añicos. Fue reemplazada por un semblante de confusión y sorpresa absoluta, al cual no pude sino hacer honor con una carcajada.
—¡Sorpresa! Póker de sietes.
Abracé la montaña de fichas mientras recibía el visto ganador del croupier. La expresión en el rostro de la joven no tenía precio. No entendía lo que estaba pasando, por lo que decidí darle una pequeña pista de ello. Levanté un poco el brazo y le mostré lo que se ocultaba bajo mi manga; el color blanco y marrón de un par de naipes se reflejaron en sus ojos.
Fue entonces cuando cayó en cuenta de ello. Sus ojos cayeron sobre mí mientras su mano se posaba sobre sus labios para ocultar una ligera risa. Por supuesto no estaba enojada. Si hubiese estado más atenta a mí en vez de al mazo, se habría dado cuenta que me guardé un par de cartas para mí.
Dicen que la primera impresión es lo que cuenta. La mía, por ejemplo, fue del tipo que provoca a la otra persona a esperarte a las afueras del bar con una mirada de pocos amigos en el rostro. Para mi buena fortuna, no fue con intenciones violentas… o eso parecía, al menos.
Me paré entonces frente al conejo blanco. Su mirada me inspeccionó de arriba abajo antes de enfrentarme con el pecho en alto. Voy a decir la verdad, de pie era bastante más imponente que sentada; probablemente por la diferencia de alturas. La desgraciada me sacaba al menos una cabeza.
—Bien jugado.
—Sí, bueno… hace falta un buen tramposo para reconocer a otro —le sonreí con picardía—. Cuentas cartas. Es una técnica bastante complicada de aprender. Muchos creen que es solo ficción.
—Es solo aritmética, cualquiera puede hacerlo con algo de practica —replicó impasible—. Entonces, señor… ¿Valhey era tu nombre?
—Valley, o solo Val.
—Val… un nombre interesante —asintió con un gesto—. El mío es Cassandra.
—Qué elegante, digno de una jugadora que jamás se ensuciaría las manos.
Logré sacarle una carcajada, aunque creo que fue más por pena que por gracia.
—¿Me concederías un paseo? Hay un par de cosas que me gustaría discutir contigo.
Por supuesto, dudé ante la pregunta, mas antes de siquiera darme la chance de responder, la joven se aferró a mi en un gesto que, desde lejos, hubiese parecido bastante más cariñoso de lo que fue. Debajo de ese traje había más músculos de lo que parecía; era como si su bíceps estuviese estrangulando mi brazo. Volví a verle, y la sonrisa en su rostro fue todo lo que necesitaba saber.
—No tengo opción, ¿verdad?
—¿Tú qué creer, chico de las cartas?
Ese probablemente hubiese sido un sueño hecho realidad, de no ser porque la loca trabajaba para el hombre que quería matarme.
Comenzamos a andar. La tarde estaba cayendo, y el numero de personas en las calles se vio reducido. Lo máximo que podías ver por esos lares era a las parejas disfrutando de su caminada, y al pobre espantado de turno que olvidó sus quehaceres corriendo a la tienda de la esquina.
—Ahora dime, Val, ¿qué te trae hasta la ciudad de Ars? Claramente no eres de por aquí.
—Ah… Mira… Estoy de paso nada más, una visita de negocios con mi tío. Se supone que debía hacer una entrega a un tipo en el mercado, pero el pago se retrasó un poco. Así que nos quedaremos un par de días.
—Ya veo —asintió con la cabeza—. Lo mismo se puede decir de mí. Vengo desde muy lejos y decidí descansar un poco antes de partir hacia los reinos del norte. Tengo como destino la academia mágica de Runoa, ¿te suena de algo?
—No soy muy fan de la magia, para serte sincero… ni de la geografía en general.
—¿Un aventurero que no sabe dónde está parado? Qué irónico.
—Buenoh… mi compañero suele ser quien lleva los mapas —me reí incomodo—. Y… ¿qué tal la magia?
Cassandra ensanchó su sonrisa.
—Es fascinante. Comencé a estudiar por necesidad, pero logré encontrarle el gusto al estudio. Mis maestros solían decir que se me da muy bien, por lo que quiero probarme con, ¿cómo decirlo? «los más privilegiados».
—Ah, eso es impresionante… Mi tío dice que soy bueno lanzando cuchillos.
«Dios mío…»
Una vez más, las carcajadas de la muchacha solo sirvieron para que sintiera pena por mí mismo. Tuve que reírme de regreso, pero la realidad es que me sentí como un idiota. Y tras esto… un silencio muy extraño se asentó entre nosotros. Era como si la poca buena onda que teníamos hubiese sido absorbida de repente. Le observé con el rabillo del ojo. Su atisbo desapareció poco a poco hasta regresar a la falta de emociones. Algo había cruzado por su mente.
—Sabes… te pareces mucho a mi padre —susurró antes de voltear hacia mí, clavándome su mirada—. Pero no eres como él.
¿Cómo respondes a algo como eso? En ese momento yo solo quería salir corriendo. Ya ni me importaba la estúpida profecía falopa de Hitogami. Pero claro, ella no iba a dejarme… no todavía.
—Hay algo que me gustaría preguntarte, Val. Esos negocios que mencionaste… ¿Incluyen seguir a mujeres por la calle?
Un escalofrío me sacudió. Me había visto. ¿En qué momento me había visto? No la vi voltear en ningún instante, nunca miró hacia mí, y los guardias ni siquiera voltearon a sus espaldas. ¿Cómo lo supo?
—¿Te comió la lengua el gato? —musitó con saña—. Puede que no en el lugar de dónde vienes, pero aquí es de mala educación seguir a las damas. Podrías meterte en muchos problemas.
—Sí, eh… lo siento… Es que, te confundí con otra persona. Me dijeron que siguiese a un conejo blanco y yo…
—Un conejo blanco, ¿eh? Ah, sí… Suele pasar. Debiste haberte confundido por el pelo blanco y los ojos rojos. ¿Quieres saber por qué mi pelo es blanco, Val?
Cassandra clavó sus piernas a mitad de vereda. Me forzó a detenerme, y aunque lo intenté ni siquiera pude hacer que se moviese un centímetro. Sin embargo, a medida que dejé de luchar, ella también lo hizo. Su agarre se volvió suave, y su mirada empezó a mostrar atisbos de angustia.
—Te contaré una historia —suspiró apartando la mirada—. La historia de una niña que nació con todo; belleza, dinero, poder, una familia… Lo tenía todo excepto una cosa. Su padre, un hombre de prodigioso y de gran renombre, se negó a reconocerla como hija. No podía aceptarla como heredera legitima; «no tenía lo que hacía falta para encabezar la familia» solía decir. Pero la pobre se esforzó… y se esforzó… oh, cuanto se esforzó… Pero fue en vano. Su padre no la aceptaría; no sin un milagro.
Quería correr, largarme de ahí cuanto antes, pero las piernas no me reaccionaban. Estaba paralizado; en conflicto sobre qué es lo que debía hacer. ¿Quería hacerme daño? ¿Iba a delatarme? ¿Sabía quién era? Miles de preguntas me azotaron a la vez, miles de voces que solo se acallaron cuando volvió a voltear hacia mí. Esta vez, no había odio en sus ojos, no había tristeza ni rabia ni rencor ni nada; había… esperanza.
—Y entonces lo encontró. La niña encontró al milagro, o tal vez… él la encontró a ella.
Sentí que me faltaba el aire. Una vez más, escuché el retumbar de los latidos en mi oído, acelerándose tras cada palabra que salía de su boca. Su palma se levantó, y de manera lenta pero tranquila, posó sus dedos sobre mi pecho.
—El corazón te late muy rápido.
Traté de evitar que moviese mi brazo, pero su fuerza forzó mi mano sobre su pecho.
—A mí también.
Ella quería que yo lo preguntase. Estaba esperando el momento, el clímax de su juego enfermizo. No quería hacerlo, no quería la confirmación de mis sospechas, pero… ¿cómo no hacerlo?
—Me conoces… Sabes quién soy. ¿Quién eres?
Escuché su risa una vez más, una cacofonía sarcástica y juguetona, que se burlaba de mí con su mera existencia. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, empujó su cuerpo contra el mío. Me tomó por sorpresa. No había forma de ver eso venir. Ella me besó; sus labios que se impusieron contra los míos. No fue placentero, no fue romántico ni mucho menos. Y sus emociones… las emociones que me fueron transmitidas, complicaron incluso más las cosas. Ansiedad, rencor, dolor, odio, tristeza; pero también amor, deseo, pasión… lujuria.
Aquello duró demasiado, pero menos de lo que me pareció. Ella se despegó de mí, su sonrisa enfermiza aún clavada sobre mi rostro. Y tras esto, llevó entonces sus labios hasta mi oído, y dijo las últimas palabras que hubiese deseado oír.
—Filiu Vulture, mi nombre es Cassandra Vulture.
