Capítulo 6: Confianza.
Es irónico. Tanto tiempo añorando el arrullo de una verdadera cama, y cuando tengo la oportunidad de estar bajo sus sábanas algo viene y me lo arruina. Sentí el insensible abrazo del silencio, que con su sola presencia me atormentaba en un mar de preguntas sin respuesta. Había tanta quietud, y tantísimo parecía el ruido a mi alrededor.
Me mantuve inmóvil en todo momento. Estaba recostado, con la mirada fija en el techo y las manos entrelazándose sobre mi estómago. Traté de ignorar la impía danza de las siluetas que pude ver por el rabillo del ojo. Aparecían cada cierto tiempo, acompañadas por sonidos distantes de origen tétrico e irreconocible. Parecían gruñidos, risas, el rasquetear de garras y hasta el lejano eco de pisadas lentas y profundas.
Quería mirar, quería confirmar que aquello no era más que una creación de mi mente intranquila, pero no tenía el valor para ello. ¿Qué pasaría si resultaba que no lo eran? ¿Qué pasaría si en verdad estaban allí, esperando al momento en que ratificara su existencia para tomar forma y actuar? Si parecían tan reales, ¿por qué no lo serían?
Y entonces me di cuenta… ellos solo querían que voltease a verlos; querían forzarme a mirar para llevar a cabo su maliciosa existencia. Estaban jugando conmigo, yo era su juguete. Tenía sentido, después de todo, no dejé de ser el juguete de medio mundo desde el instante en que puse un pie en esta tierra maldita. ¿Así me veían todos, un juégate con el cual divertirse? Pero ya no más… Ya no iba a seguirles el juego enfermo. No iba a darles lo que querían, esa… fue mi decisión.
Esa fue la peor noche, no solo de esta, sino de mis dos vidas. Y también, la gota que rebalsó el vaso.
—¿Amo Filiu?
La voz de Erron evitó que cayese dormido. Los músculos me dolían tras el intenso entrenamiento en ayuno. Apenas podía mantenerme de pie gracias a la noche de insomnio. Mis parpados parecían de concreto, y ni siquiera traté de disimularlo. Y ahí estaba mi querido mayordomo, fijándose en mi cansada figura con una preocupación inocente e hipócrita.
—¿Qué pasa? —gruñí deteniendo las repeticiones.
—No pude evitar notar… bueno, sus ojeras. ¿Tuvo una mala noche? ¿Pesadillas quizás?
—Sí… podríamos resumirlo en «pesadillas» … ¿Pero qué importa? Hay cosas que hacer —reanudé los ejercicios.
Mi falta de ánimos era más que evidente. Hubiese sido tan sencillo ignorar sus insistencias y continuar con las sentadillas, pero el grandote obstinado tomó cartas en el asunto. Se paró frente a mí y clavando su mejor cara de «Ni se le ocurra esquivar el tema», me obligó a detenerme. Por supuesto, esto no me hizo gracia.
—¡Hay muchas cosas en mi cabeza, ¿está bien?! ¡Problemas que se acumulan y se acumulan, y no me estás ayudando! ¿Por qué no te pones un traje y vas a jugar a ser un superhéroe por ahí? Solo… déjame tranquilo, hombre.
El asombro en sus ojos fue algo con lo que no esperaba encontrarme. Es entendible, desde su punto de vista esto pareció haber salido de la nada, por lo que no había motivos para esperar ese tipo de respuesta de mi parte. O al menos, eso pensé al principio.
—Lo entiendo a la perfección —suspiró dándome un poco más de espacio.
—Mira… no quiero hablar de eso ahora. Ya tuve demasiado tiempo para pensar en ello, y lo último que quiero es seguir dándole vueltas al asunto.
—Está bien, es entendible —asintió—. Es solo que torturarse a usted mismo tampoco le hará ningún bien, amo Filiu. Conversar las cosas en su cabeza no es una buena práctica, mucho menos en nuestra situación.
«Pues conversarlas con alguien tampoco parece ayudar…»
—Es bueno ser consciente de las cosas, no dejar que nos agobien. Y usted, por muy maduro que sea, es demasiado joven para pasar una noche a solas con sus demonios.
—Estoy bien, Erron —insistí frustrado—. Solo necesito… resolver esto. Lo resolveré y estaré bien.
No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que esto no era tan sencillo. El declive en su semblante reflejó tristeza; sus rasgos se tensaron hacia abajo y su mirada se apartó en dirección opuesta a la mía. El grandote tomó asiento a mi lado, ocasión que aproveché para hacer lo mismo. Y entonces lo dijo:
—Es mi culpa… ¿Verdad?
Guardé silencio por unos segundos.
—Mentiría si dijera que no… al menos, en parte. Siento… que el mundo está en mi contra, Erron.
—Sí… lo sé, conozco esa cara —resopló—. Yo también he peleado con mis demonios. Sé lo que se siente… cuando los malos momentos se acumulan, y sin importar cuanto haces para resolverlo, nada parece funcionar. He estado en esos zapatos, pero… debe para usted, debe de ser incluso peor. A veces olvido que usted aún es un niño…
—El problema es que lo soy cada vez menos —refunfuñé—. Erron… ¿qué parte de mí es un niño para ti? ¿Cuántas veces me hiciste volver cubierto en heridas y sangre? ¿Cuántas veces me golpeaste hasta el cansancio? ¿Y cuántas veces me viste levantarme para seguir con tu «entrenamiento»? No te equivoques, yo no soy un niño. En realidad… creo que jamás tuve la chance de serlo.
El mayordomo apretó lo parpados al escuchar eso. Pude sentir el dolor que causaron mis palabras. Sin embargo, sé que no fue a causa de mi brusquedad; más bien, creo que la razón de aquella punzada fue porque, en el interior, él sabía la razón de mis palabras. Pero no era solo esto último.
—Hay algo que quisiera contarle, amo Fil.
Suspiré con desanimo. En verdad no estaba interesado en escuchar sus excusas, pero no me dejaría ir hasta que no lo sacase de su pecho. Por lo tanto, aparté la mirada y le hice un gesto de manos para que empezara a hablar.
—¿Sabe por qué decidí revelarme contra su padre?
—Es todo un misterio, jamás te dignaste a contarme. Pero haciendo algo de memoria, recuerdo que mencionaste a…
—Mi padre —completó sin darse a la espera—. Sí… podríamos decir que él fue la primera chispa.
—Déjame adivinar, esto empieza con mi padre, ¿verdad?
—No. Con su abuelo.
Tras unos momentos, volví hacia el mayordomo con cierta curiosidad. Era la primera vez que escuchaba hablar sobre él; no es que el Viejo Cornudo se hubiese dignado a contarme de todos modos.
—Mi padre solía ser el mayordomo de su abuelo. Eran muy buenos amigos, y aunque le cueste creerlo hubiesen dado la vida el uno por el otro de ser necesario.
«¿Un Vulture que no está loco? Eso es nuevo.»
—Sin embargo, los problemas comenzaron luego de la trágica noche en que el Patriarca Vulture dejó este mundo. Verá, durante su infancia, Rufford tenía otros tres hermanos que aspiraban a asumir el cargo de líder de familia. Eran parecidos a él, pero… sí, podemos decir que eran bastante más crueles.
«Eso es inquietante…»
—No tengo pruebas para confirmar esto pero, no es muy difícil asumir que uno de ellos fue el causante de la muerte de tus abuelos. Esto dejó un vacío en el poder en la familia, mismo que acabó desencadenando una guerra silenciosa. Su padre y sus tíos lucharon para matarse entre sí.
—Sí, eso suena más a mi familia —comenté por lo bajo.
—Y luego, su padre tomó el poder —suspiró con cierto enojo—. Digamos que la desconfianza y los demonios que acarreo tras dicha guerra causaron un daño terrible, no solo a su familia… sino a la mía.
La seriedad en su voz era abrumadora. Traté de buscar su mirada en más de una ocasión, no encontrando más que un vacío rencoroso y profundo. No estaba ahí; Erron seguía hablando, pero su mente estaba desconectada de la situación. Revivía la escena, como probablemente lo había hecho una y otra vez a los largo de los años.
—Su padre envió a morir al mío —susurró con veneno en su lengua—. Fue una emboscada… una traición, sin razones ni motivos más allá de su inseguridad. Él pensaba que… que mi padre había matado al suyo.
Ahora, mi cabeza comenzó a conectar los puntos de la peor forma posible.
—¿Entonces es por venganza? Quieres que el bueno de Fil vengue a tu papi… ¿Es eso?
—Lo es —replicó sin mostrar ofensa alguna—. Es por venganza, amo Fil. El odio que siento en mi pecho se ha cultivado desde aquel día. No hay una noche en la que no sueñe con retorcer su cuello hasta arrancárselo… Pero… incluso así, hay algo más.
Arqueé una ceja, dándole lugar a explicar.
—Verá… hay una verdad que solo conocemos yo y… y bueno, su madre.
—¡Hah! ¿Y qué verdad podrías compartir con esa vieja alcohólica? ¿Le robaban el wiski a Rufford a sus espaldas?
Esta vez, sí conseguí una reacción de su parte, solo que no la esperada. Un atisbo de seriedad absoluta cayó sobre mí, acompañado de un silencio bruto. La sonrisa en mi rostro se desvaneció poco a poco, y de las cenizas emergió una idea; algo que en un principio hasta parecía imposible.
—Digamos que su madre y yo teníamos… nuestros secretos.
—N-No…
La carcajada de Erron me hizo saber que mi reacción fue la indicada.
—Me alegra no tener que explicárselo. No es que hubiese dudado de usted, pero… ya me entiende.
«No puede ser… Rufford se detonó a su papi, y este canalla se la devolvió con su mujer. Hah, hijo de puta, se la sirvió fría.»
—El punto es que, nuestros encuentros tuvieron sus consecuencias —continuó—. Al principio no lo creímos; no lo hacíamos con tanta frecuencia como para considerar la posibilidad real de… bueno, que «eso» pasara.
El aire abandonó mis pulmones, y de haberlos conservado, te aseguro que habría estallado en risas por la ironía del asunto. Resulta que, «el viejo cornudo» sí resultó ser cornudo después de todo.
—Y sin embargo ocurrió. Una niña llegó a este mundo; preciosa, de cabellos castaños y ojos rojos. Niña a la que, por supuesto, no pude reconocer como mía. De haberlo hecho, ¿cree que ese malnacido habría esperado más de medio segundo para… —no se atrevió a completar la frase—. No. No, no podía ser así. Entonces hicimos lo que debíamos. Evelyn hizo todo lo posible por convencerle de que era suya.
«Ojos rojos…» pensé ante la realización.
—Espera, ¿una niña de ojos rojos? No me digas que es…
El mayordomo asintió con la cabeza.
—La luz de sus ojos era mi felicidad —sonrió con melancolía—. Y qué niña resultó ser… Fuerte, ágil, inteligente, y toda una prodigio en magia. ¿Qué padre no se hubiese sentido orgulloso? Pero eso no le bastó al bastardo ese, no no no no no… Él quería un barón, quería su condenado heredero, y no podía aceptar a una muchacha como tal.
—¿Y qué pasó entonces? ¿Como se convirtió en lo que es ahora?
—Él le quitó su apellido —resopló con saña—. No se deshizo de ella. Rufford podrá ser muchas cosas, pero no es un estúpido. Él vio el potencial enorme de Cassandra, y decidió dejarla como sirvienta… es por eso que no es una Vulture. Su nombre, es Cassandra Di'Jager.
—Tu apellido…
—¿Irónico, no es así? Sí… la vida suele tener un sentido del humor muy oscuro.
—De eso no me cabe duda, Er. ¿Lo que no entiendo es por qué no me contaste nada sobre esto?
—Porque no necesitaba saber —replicó con frialdad—. Estos son problemas personales, amo Filiu. Y aunque mi lealtad le pertenece, y estaría dispuesto a dar mi vida por usted si fuese necesario, no le correspondía ni interesaba meterse en estos asuntos. ¿O hubiese cambiado algo el saber que Cassandra y yo estábamos relacionados cuando la conoció?
Considerando estas palabras, encontré cierta razón en su argumento. Es más, de haberlo sabido es posible que las cosas entre nosotros dos hubiesen acabado peor; habría hablado de más o dicho algo fuera de lugar que solo complicaría más las cosas. Sin embargo, incluso estando de su lado en esto, no quita que fuese la segunda vez que me escondía las cosas, y más habiendo prometido que ya no lo haría. Digamos que mi confianza en él no estaba en su mejor momento.
—Yo no sé sobre lazos familiares —me puse de pie—. Quiero decir, no me he encontrado con un solo familiar que no quisiese matarme. Pero sí hay algo que me consta, y eso es ¿qué haremos en caso de que tu querida hija decida venir por nuestras cabezas?
—Nada—esbozó al instante—. No haremos nada porque no pasará. Mataremos a Rufford mucho antes que eso ocurra, así no habrá motivos para que Cassandra nos busque. Y luego… y luego yo mismo me encargaré de hacerla entrar en razón. Hablaré con ella.
No pude evitar reírme de su aclaración.
—Ah, claro. Un ligero inconveniente, ¿es ese un plan o solo estás deseando que las cosas ocurran? Porque, digo yo… matar a Rufford podría no hacer más que enaltecer su sed de sangre. Y seamos sinceros, no es que tengas intenciones de pararla de cualquier modo, ¿o me equivoco, Papi?
Todo se ha dicho, mi cabeza estaba en otra parte, pero no sé en qué mundo pensé que sería buena idea decir eso. El pobre tipo me terminaba de contar las razones por las que dejó atrás su vida de acomodo, y yo literalmente le escupí en la cara. ¿Había verdad en mi postura? Sí, claro que la había. Solo digo que, tal vez hubiese sido mejor comunicárselo con palabras que no estuviesen a un paso de acabar con un ojo morado.
Erron me dio la espalda. Su respiración se tornó pesada; podía escuchar el iracundo entrar y salir del aire en sus pulmones. Su mano tembló mientras la llevaba hacia arriba para frotarse el entrecejo, buscando la calma con desesperación.
—Continue entrenando… —gruñó.
El estruendo del portazo precedió a mi completa soledad. Una vez más, me encontré en la desierta penumbra, acompañado por nada más que el eco de mis pensamientos. Resoplé, dejando salir parte de mis frustración y rabia.
—Pobrecito, toqué una fibra sensible… —musité en mi enojo.
Ahora, Erron y yo solíamos pelear bastante, pero era por pequeñeces. Cosas simples como la comida, los que haceres o la disparidad de opiniones. Pero esto era diferente. Para empezar, porque fue un problema enaltecido por el desgaste en mi paciencia. De verdad traté de ser comprensivo y ver lo mejor en sus intenciones, después de todo me había salvado y cuidado durante años… Pero había una grieta en mi confianza, una que no hizo sino crecer. Los errores, las mentiras y las verdades acabaron haciendo efecto. Y tras conocer sus motivos, y ver las razones por las cuales confiaba en mí… vi un problema; uno muy grande.
Me senté en la cama, sin animo alguno de seguir con el ejercicio. Analicé la situación una y otra vez, tratando de llegar a un acuerdo conmigo mismo. En un principio, pensé que el problema era yo; que había reaccionado de mala manera y sobredimensionando la situación. Y luego hice un rejunte de su historia. ¿Cuántas cosas me había ocultado? ¿Cuántas veces evitó decirme la verdad? ¿Cuánto era lo que desconocía todavía?
«¿Me está usando?»
No me gustó para nada la idea; no quería creer que me estaba usando, y tampoco parecía razonable el pensar así, pero… pero mientras más le daba vueltas, más me parecía. Era mi amigo, ¿no? Quiero decir, ¿cuántas veces había actuado como tal?
«¿Cuantas veces…? ¿Cuántas veces actuó como un amigo?»
En un principio, solo lo pensé de manera figurativa. Pero, de nuevo, ¿lo era?
«Se arriesgó por mí, ¿no? ¿O lo hizo por Cassandra? ¿O fue por venganza? O fue por… ¿por qué?»
Arrugué el entrecejo y me agarré la cabeza con ambas manos. Había entrado en un bucle; o más bien, en conflicto. Tenía las respuestas en mis manos, pero cada respuesta solo traía más y más preguntas. Parecía que a cada paso la cosa se complicaba más y más, al igual que mi vida desde el momento en que empezamos este estúpido viaje.
«¿Me miente? ¿Me está mintiendo? ¿Cuántas mentiras me dijo? ¿Cuánto de sus palabras es verdad y cuánto no?»
Entonces me di cuenta. Me golpeó; la verdad llegó en forma de realización. Yo no era el problema. Era él. Fue él todo este tiempo. Fue él quien no confió en mí, fue él quien no supo hablar las cosas, quien empezó este problema mucho antes de que reconociese que estaba ahí. Este plan siempre estuvo destinado al fracaso.
Estaba tan claro ahora. Nunca hubo un plan para empezar; Erron jamás se detuvo a pensar en nada. Él solo actuó, por esperanza, por miedo y por odio. Lo había dejado todo por un salto de fe, y esperaba que yo fuese la camilla que le salvase de romperse el cuello contra el suelo. Y lo más triste de todo es que… no pudo, o no quiso ver que yo ni siquiera era capaz de salvarme a mí mismo.
—Vamos directo a una muerte segura —mis brazos cayeron sobre las sábanas.
Decidí moverme. No podía quedarme ahí un segundo más, por lo que tomé mi mochila y me dispuse a abandonar la taberna. Y a las afueras encontré al dichoso mayordomo, lamentándose en su soledad. Estaba apoyado contra la pared del edificio, con la mirada perdida en la luna, tan pensativo como pocas veces lo había visto. Volteó a verme en el instante en que entré a su campo de visión y no tardó en preguntar.
—¿Amo Filiu? —arqueó una ceja—. ¿Qué está haciendo?
—Acabo de terminar el entrenamiento —mentí aprovechando el cansancio—. No me siento muy bien así que… Creo que iré a caminar para despejarme.
—Entiendo —suspiró—. Me supongo que no quiere que lo acompañe.
No hizo falta una respuesta, no era una pegunta después de todo.
—Traeré algunos suministros para el viaje. ¿Quieres algo?
Tras unos momentos, su cabeza se ladeó en señal de negación.
—Bien. Nos vemos al rato entonces
—Espere, por favor… —esbozó, casi pareciendo una súplica—. Yo… lo siento, ¿está bien?
—¿Por qué? No hace falta disculparse.
Tal vez fui demasiado evidente con mis intenciones. ¿Se habrá dado cuenta? ¿Habían dicho mis ojos lo que mis labios no pudieron, o fue tan solo el instinto del mayordomo lo que le avisó de mi inminente decisión? Poco importaba en este punto. Ya era tarde para intentar arreglar las cosas; el daño estaba hecho.
Mientras le alejaba, volteé un par de veces para corroborar la presencia del grandote en la distancia. Ahí estaba, observándome en medio de la calle cual novia despechada. No se movió, no intentó detenerme en ningún momento; me dejó marchar y ya.
«Qué tipo dramático. Voy a hacer unas compras nada más, no hace falta exagerar así» razoné para mí, a sabiendas de que el corazón planeaba algo diferente.
Pasé un buen rato dando vueltas por el mercado. Me tomé mi tiempo esta vez. Había mucho qué mirar, demasiadas cosas en las que ni siquiera reparé en mi primera venida. La comida me pareció extraña, los colores inusuales, y la ropa estrafalaria. Me aventuré hacia el interior de la única tienda que llamó mi atención; una de carpintería.
Me considero un fanático del trabajo en madera; era uno de los hobbies cuando estaba en casa del tata. A él siempre le fascinó mi paciencia a la hora de tallar. El pobre viejo apenas podía sentarse cinco minutos antes de dejar todo de lado. Asumí que, en este mundo lleno de magia y conceptos alienígenas, habría mejores formas de hacer el trabajo, pero siéndole fiel a mis principios me suficiente con nada más que una navaja y un par de tarugos.
«Ayudarán a pasar el tiempo» pensé con una sonrisa.
Tras me hice de un hallazgo al que solo puedo nominar como «legendario».
Entré a una tienda de alimentos con el objetivo de buscar comida para el viaje. Estaba buscando alimentos no perecederos que pudiesen durar un par de semanas, más mi atención se totalmente robada en cuestión de segundos. Un olor cautivador entró por mis fosas nasales, una esencia que llevaba toda una vida sin sentir. Me sentí como un dibujo animado siendo acariciado y arrastrado hacia su encuentro; un barril lleno de hierva polvorienta y verdosa. Me acerqué para que mi nariz pudiese confirmar el pensamiento.
«Yerba mate… Es… Es yerba mate» pensé conteniendo las lágrimas de felicidad.
En este mundo las personas la utilizan como condimento para la comida. ¿Puedes creer semejante locura? Barbaros… Salvajes. No podía permitir semejante falta de respeto a mi gente. Sin pensarlo compré una bolsa grande de ella, ignorando por completo la extrañeza en los ojos del vendedor.
«Voy a cambiar, no… ¡Voy a colonizar este mundo de tontos e incultos!»
Así mismo, recorriendo tienda tras tienda, comencé a recolectar todo lo necesario; alimentos, ropa invernal, un mapa de los posibles recorridos, e incluso me alisté con un set de cuchillos arrojadizos. Ya no iba a correr el riesgo de perder a Faca'lis. Y por cada negocio que entraba, una pregunta asaltaba a los vendedores; «¿Conoce alguna forma de viajar al norte?». Y todo ellos me dieron una misma respuesta; «Ve al punto de acceso de proveedores y mira el tablón de anuncios».
Luego de un rato, tomé lugar sobre el cordón para descansar las piernas. Miré la lista de recursos que había comprado. No era nada despreciable, valdría para aguantar unas buenas semanas de viaje… a una sola persona. Todavía me sobraba bastante dinero, el suficiente para comprar cosas para Erron; para hacer como que nada había pasado, volver a él y que todo siguiese como estaba hace una noche.
«¿Qué estás haciendo, gauchito?» me froté el entrecejo.
Decir que estaba en conflicto era poco. No quería alejarme del grandote; tenía miedo, pavor de no ser capaz de afrontar el resto el viaje por mi cuenta. Al mismo tiempo, quedarme con él era la última cosa que hubiese querido. Me peleé conmigo mismo por al menos media hora. «¿Qué hacer?» era la cuestión, y tanto «algo» como «nada» eran alternativas igual de escabrosas. Ninguna parecía a mi favor, al contrario, era como si simplemente estuviese eligiendo cómo quería que terminase esto.
Volteé hacia donde finalizaba la calle, encontrándome ahí uno de mis posibles destinos. Titubeé unos instantes antes de levantarme del suelo. Pensé que, incluso si no fuese a elegir todavía, podía dar un vistazo para corroborar ese supuesto tablón de anuncios. ¿Por qué no?
Me calcé la mochila al hombro y abordé la situación con disimulada tranquilidad. Parecía un sitio bastante humilde; lleno de zonas de acampar, caravanas y animales de carga. En resumen, lo que esperarías de comerciantes de edad media. Era una zona bastante concurrida, solo que no por personas «normales». En su mayoría, quienes ostentaban estos lares no eran otros que sujetos vestidos en ropa de mercenario (o sea, «aventureros»). Al principio no entendí el porqué de esto, pero cuando mis ojos hicieron contacto con el famoso madero, comprendí de inmediato.
Los anuncios que ahí se exhibían ofrecían transporte y comida a cambio de protección durante los viajes. En ellos se especificaba el destino, la cantidad de puestos disponibles para el trabajo y el peligro del trayecto en cuestión. Dicho de otra forma, esta contrataba a locos armados para que los mantuvieran bien cuidaditos. Un trato interesante, pero también peligroso.
La palabra «Runoa» en uno de los documentos atrapó mi atención casi de inmediato.
«Puesto 1C. Encargado a nombre de: Braier sin más. A la espera de: Cinco dementes con ganas de pasar frío. Nivel de peligro: Que se pudran la nieve y los osos.»
Sonaba como todo un personaje, desde luego alguien en quien tendría sentido confiar. Me di una pequeña vuelta por los alrededores intentando encontrar ese tal «Puesto 1C». Sin embargo, hubo un ligero cambio de planes en la cuestión. En vez de que fuese yo quien le encontrase, él me encontró a mí.
Me detuve en el sitio con la mirada más perdida que había tenido jamás. Mis oídos fueron asaltados por la repentina llegada de una melodía «familiar»; música, sí, pero nada como hubiese anticipado. Arranqué la atención de cualquier otro sonido de los alrededores solo para centrarme en este último. Tarareé la tonada en mi cabeza, acertando en cada nota como si la conociese de memoria. Y es que, en efecto así era, pero eso no tenía el más mínimo sentido. No había manera de que en verdad alguien estuviese escuchando…
«¿Cumbia? No, Pop… Mecha-Mecha.»
Seguí la dirección del sonido para encontrar su origen. Vi entonces a uno de esos «orejas largas», sentado al borde de una de las carretas mientras balbuceaba el tema de manera alegre. Tenía el cabello rizado de un color rubio claro. Vestía con ropajes humildes, un poco sucios pero sin caer en la roña. Junto a él, una extraña roca vibraba y se estremecía mientras la canción emanaba de «vaya a saber dónde». Estaba tallada, era redonda pero con una base firme para mantenerse quieta sobre el madero, y tenía un intrincado símbolo se dibujaba en su centro y brillaba al compas de las notas.
Me quedé perplejo ante su imagen, a decir verdad. Era demasiado surreal, como un sueño febril con cuarenta de grados. No estaba muy seguro de si era buena idea, pero el solo hecho de que estuviese escuchando una canción de otro mundo me impulsaba a hablar con él. Sumado a esto, su rostro era la viva imagen de la despreocupación, por lo que asumí que no habría peligro alguno en ello.
—Pasa compadre —me saludó con una sonrisa.
—Hey… Raro encontrar por aquí a alguien que conozco de música.
En el mero instante en que escuchó mi declaración, sus ojos se iluminaron.
—Ah, la conoces. Puede que me esté confundiendo pero, ¿estoy si acaso frente a «alguien de otro barrio»?
—De un barrio bastante lejano, si es lo que estás insinuando. Me comentarios sobre que hay más, pero… no esperé que también hubiese música.
—Una maravilla, ¿no? —carcajeó dándole una palmada a la piedra—. Empezaron a movilizarlas en secreto hace un tiempo. Es un pequeño artilugio de un reencarnado del sur. Encontraron la forma de almacenar sonido en piedras mágicas y lo usaron para hacer estas cosas. Ellos lo llaman «Mana-Bass».
Asentí con cierto interés.
—¿Cuántas hay?
—Difícil saberlo, pero a los altos no les gusta un pelo. Por eso se dice que es peligroso reproducirlos en público, pero… ¿Qué es la vida sin un poco de riesgo?
«Sep. Está del orto.»
—Sí, bueno… me dicen Gaucho.
—¿GAUCHO? No me digas… ¡uruguayo!
—No. Argentino.
—¡Diablos! Su servidor es mexicano, compadre. O bueno… más bien era —carcajeó—. Dime una cosa, ¿de qué año eres? ¿Ganamos la guerra contra los gringos?
Desentendido, Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—La guerra contra los gringos, ya sabes, territorio y todo eso.
—Eh… ¿En qué año dijiste que moriste?
—1847 —respondió con toda tranquilidad.
Primero, tenía puta idea de qué responder a su pregunta. Segundo, MUCHOS AÑOS. Tercero, ignorando los puntos anteriores, creo que México no salió precisamente bien parado del conflicto en cuestión, así que…
—Seeee, por supuesto. ¡Les rompieron el orto, como se merecen!
Braier pareció más que conforme con mi respuesta. Pobre tipo, espero que nunca se entere de la verdad.
—¡Maravilloso! No me encuentro todos los días con algún latino, o al menos no uno que admita serlo —se puso de pie de un salto—. Entonces, señor Gaucho, ¿cómo puedo ayudarle el día de hoy? Por su forma de vestir me imagino que viene en busca de negocios.
—Ah, algo así en realidad. Mira, necesito una manera relativamente segura de llegar al reino de Runoa, más precisamente a la academia de magia. Me preguntaba si podría hacernos un lugar a mi y a… bueno, mi compañero.
El elfo arrugó el entrecejo unos momentos antes de voltear a nuestro alrededor.
—¿Compañero? ¿Es invisible o algo así?
—No, no… Él no anda por estos lares. Más bien me gustaría saber si podríamos acompañarle.
—Hah, deja eso. Si saben defenderse son bienvenidos, así de simple. El problema sería… —su sonrisa decayó—. Ya tengo a otros cuatro a bordo de la caravana. Hay lugar para uno más, y yo no tendría problema en llevarme a los dos, pero si hago eso es probable que la comida escasee. Y créeme mijo, estos chicos se ponen muy intensos cuando no ven pan sobre la mesa.
La risa juguetona de Braier me obligó a carcajear, pero era evidente que había cierta disconformidad en ella. Ahí estaba yo ahora; de nuevo, cara a cara con la decisión que venía posponiendo y posponiendo.
Miré en dirección a la entrada del distrito.
—¿Habrá otros viajes a Runoa?
—Es difícil saberlo. La gente que suele ir para allá suele tener sus contactos o ser bien piche cabrón. Desde mi punto de vista, solo un loco iría ahí sin un buen motivo.
—Tengo una razón muy buena, en realidad —suspiré—. El problema es que…
Unos veremos momentos pasaron frente a nosotros, los suficientes para que los verdes ojos del elfo se iluminaran en realización.
—Ah… Tu amigo la cagó, ¿verdad?
—Un par de veces, en realidad. Es complicado. Es que, no le odio. Es un buen amigo… creo… el problema es que tiene demasiadas historias, y ya no sé cuáles son verdades y cual no. Es que… es solo… —fruncí el ceño—. Es un mentiroso, y no lo quiero cerca de mí.
Lo dije. Salió de mí, lo que tanto había estado guardando finalmente emergió a la superficie. Me sorprendí de lo fácil que fue admitirlo, y de lo bien que se sintió.
—Él quiere usarme para matar a alguien. Es una persona terrible, y se merece que alguien le castigue solo por ser como es. Pero no me parece justo que sea yo, porque… porque no quiero hacerlo.
Braier guardó silencio, su mirada perdida en mis palabras mientras asentía con la cabeza.
—Chale, mijo… ¿Estás seguro que es tu amigo entonces?
Volteé a verle de regreso, esta vez sin saber qué decirle.
—Ah… creo que ya entiendo. Tu problema es que es un hijo de madre, pero le agarraste cariño.
—Podríamos resumirlo en eso… sí.
—Está bien, son tus problemas, amigo —se hundió de hombros—. Yo no voy a decirte qué es lo que tienes que hacer. Sin embargo, y si me dejas opinar desde mi experiencia, creo que seguir junto a alguien que no es capaz de dar ni recibir confianza es una «receta segura para el desastre»; más considerando el tipo de vida que tienen los aventureros.
Tardé en caer. Al principio, la forma en que lo dijo me molestó bastante; creí que se estaba burlando de mí por no ser capaz de tomar la decisión más obvia. Estuve a punto de escupirle sus verdades en la cara, pero… En realidad, tenía razón. Repasé lo dicho un par de veces, tratando de ver entre letras lo que intentaba decirme; o más bien, lo que NO quería decirme.
—¿Pero qué voy a saber yo? Solo soy un mercader que sueña con empezar su negocio —me sonrió.
Lo entendí. Estoy seguro de que esa no fue su intención, pero la actitud relajada de Braier me hizo darme cuenta de algo muy importa. Desde la primera vez que abrí los ojos, Rufford, Evelyn, Hitogami, incluso Erron, ninguno de ellos me dio a elegir. Sí, me dieron opciones, pero no iba a desviarme de la elección más obvia. Es hasta irónico pensar que los únicos dos que me dieron vía libre para hacer mi voluntad, fueron el elfo idiota que conocí ese mismo día… y bueno… Cassandra. Ahí estaba la respuesta, tan clara como el cristal.
«Sí. Ellos me manipularon. Todos ellos.»
Me reí de mí mismo, de la ironía, de la rabia y de la impotencia contenida hasta ese entonces. Quería gritar, quería llorar y quería escupirle a este nuevo mundo a la cara por mi desgracia. Pero, como hubiese dicho el tata, «¿Y para qué, pibe…? ¿Para qué?».
—Hah… Mira el desastre que me hiciste, amigo. Me desarmaste la cabeza sin siquiera saber cómo.
Braier me miró con cierta consternación, pero al reconocer la sonrisa en mi rostro, supo que en realidad no era algo del todo malo.
—Bueno, hay veces que hace falta destruir para volver a crear, ¿no? Ya sabes, volver a empezar y esa chingadera.
—Sí… Sí, volver a empezar suena muy buen en este momento —me acerqué a él—. ¿Dijiste que todavía hay lugar en la caravana?
—Lo hay, pero no para dudas.
—Entonces me apunto. Necesito alejarme un tiempo; de todo y de todos.
Ese sí que era un tipo raro, pero con los tornillos indicados bien ajustado. Es irónico el cómo consiguió ayudarme; por una casualidad, un giro del destino que ayudó a encontrarnos en el lugar y el momento indicado. Pero supongo que así es como nacen las mejores historias. Alguien indicado, en el lugar equivocado. Y al final del día eso era yo, siempre lo fui y siempre lo seré… La persona indicada en el sitio equivocado.
Tras hacer los últimos arreglos, la caravana partió de Ars. Con el atardecer despidiendo la jornada, me encontré sentado dentro de la carreta a espaldas del elfo desgraciado. Los demás aventureros permanecieron lejos de nosotros, pero yo quería estar cerca de él. Los caballos tiraban al son de «Deja que salga la luna» de un tal «Pedro Infante». Era una canción bastante melosa, un poco triste incluso.
—Bellísima, ¿no es así? —preguntó mi nuevo amigo.
—Es de esas que te hacen recordar. A mi viejo le encantaban.
—Veo que el buen gusto viene de familia. Y diga, señor Gaucho. ¿Cuál es el motivo que lo lleva al reino de Asura?
Era una pregunta que me esperaba. Curioso, ya tenía esa respuesta preparada mucho antes de siquiera haber pensado las anteriores. Podríamos llamarlo mi «plan B» en caso de que todo se fuese al carajo.
—Voy a buscar a unos familiares. Se acerca una reunión y… no quiero ser yo quien hable con nuestro padre.
—¿Problemas paternales? Sí, es complicado. Yo también tuve problemas con mis nuevos padres. ¿Puedes creer que eran veganos?
—¿Veganos en la edad media? Y yo que pensé que era cosa de nuestra época. Dios me libre…
Por primera vez en mucho tiempo, me di el lujo de contemplar el horizonte con algo más que solo la incertidumbre. ¿Estaba tranquilo? No, bastante lejos de eso en realidad. Pero recordé mi encuentro en el bosque. Recordé sentirme solo, desamparado y sin esperanza. Recordé encontrarme al borde la muerte y mirando al abismo directo a los ojos. Y sin embargo ahí estaba; sentado junto a un amigo, riendo y compartiendo canciones tontas de hace décadas.
Cassandra tenía razón. Yo no era un guerrero, mucho menos un asesino. Pero si había logrado llegar hasta ahí sin serlo, entonces debía de haber algo especial en mi después de todo. Podríamos llamarlo… cierta viveza innata.
Pero no nos adelantemos. Estamos bastante lejos del final, amigos. Hasta me atrevo a decir que apenas estamos a medio camino; desde ya les voy avisando que el tramo restante no sería ni un poco más amable conmigo. Pero con nuevas dificultades también llegan nuevos aliados. Y en las tierras de Runoa, bajo la atenta mirada del sombrerero… Alicia, el Conejo Blanco y el Gato, estaban a mi espera.
