Capítulo 7: Runoa.

A ver, recapitulando los hechos: la palmé, reencarné en el país de las maravillas, mi supuesto viejo casi me mata (o peor), me escapé, un jabalí casi me mata (o peor), me escapé, mi hermana casi me mata (o peor), me volví a escapar, y llegué a la conclusión de que Erron es un hijo de puta. No contento con lo anterior, ahora me dirigía hacia un lugar altamente peligroso para buscar a unos hermanos que, de manera casi segura, estaban más jodidos que yo.

En picada y sin frenos, pero llegado a este punto ya era como mi habitad natural. Dicho esto, y a pesar de todo lo malo que había escuchado de este sitio, Runoa no estaba tan mal. El clima era agradable, los bosques recubiertos de nieve eran bonitos, las ciudades erguidas sobre montañas eran increíbles, y los abrigos de piel me mantenían calentito por las noches. Es un estilo de vida no muy difícil de adoptar; claro, esto si quitamos del medio «los problemitas».

Y es que, a pesar de que llegué a este sitio con la más positiva de las actitudes, a pocas horas de haber arribado a mi destino… me encontraba atado de pies y manos, en un cuarto oscuro, y con dos personitas que ostentaban frente a mí sin parecer más contentas lo que yo estaba. Hasta pude ver mi reflejo en la espada de ese tipo; sí que estaba afilada…

Pero no nos adelantemos a los hechos. ¿Cómo llegamos a esto? Bueno… primero déjame contarte qué tal fueron mis «vacaciones».

Conocí a mi nuevo grupo durante los primeros días de viaje. Exceptuando a Braier, todos ellos parecían tener bastante experiencia en lo que a matar bichos se refiere. Eran dos espadachines, un mago y una cazadora, si mal no recuerdo. No los llamaría veteranos, pero sí tenían un nivel muy superior al mío; se defendían bien y no encontraban problemas al tomar decisiones limite. La tenían clara, era evidente que llevaban años en el negocio.

No tuve demasiado tiempo de calidad con ellos, la verdad. Por algún motivo, nuestra relación simplemente no se dio; no pude entrar en su grupo de confianza, y lo mismo podía decirse de ellos conmigo. Lo siento por no encontrar la seguridad para abrirme a desconocidos armados, creo que no es necesario explicar por qué. Éramos «compañeros de laburo» y hasta ahí, incluso estaba contento con ello, siendo sincero.

En cuanto al viaje, este empezó siendo bastante más tranquilo de lo que tenía en mente. Los primeros meses pasaron sin pena ni gloria, no hubo mucha emoción más allá del ocasional encuentro con «los amigos de lo ajeno». Peleamos un par de veces, pero siempre se retiraban antes de que todo escalase a más; cosa de la que estaba agradecido, por cierto. Llegué a pensar que, si todo el recorrido iba a ser así, tal vez llegaríamos incluso antes de lo acordado. ¿Te imaginas eso? ¿Yo teniendo buena suerte? Eso sería digno de ver…

El tema empezó a complicarse cuando llegamos a los terrenos alpinos. Amigo, deja te explico. Cuando la temperatura bajó y los copos de nieve empezaron a caer desde la montaña, el panorama general sufrió un cambio muy drástico. Las criaturas de repente duplicaron su tamaño. Los animales rapaces fueron reemplazados por bestias con pelaje voluminoso y musculatura abultada; osos grizzli de mirada muerta, búfalos adaptados al consumo de carne, murciélagos gigantes habituados a cazar en enormes bandadas. Mierda, incluso recuerdo que el mago casi fue despedazado por un árbol viviente; sí, como los amigos de Frodo. Y ya no solo los seres vivos, incluso el clima se había vuelto en nuestra contra. Hubo semanas enteras en que la caravana no pudo avanzar debido a las tormentas de gélidas, solo para que de repente saliese el sol y tuviésemos treinta grados de mínima.

Fue en este punto donde la diferencia entre los muchachos y yo se empezó a notar. Digamos que no tenía ni el equipo, ni las habilidades, ni el conocimiento para hacer frente a los peligros del monte. Era un amateur, o incluso menos que eso. Sin embargo, hubo algo que me hizo sobresalir de entre ellos; y eso fue (por supuesto) mi maldita viveza argentina.

Le pedí (robé) a Braier un libro y un poco de su tinta. Comencé a tomar nota de los hechos más importantes con los que acababa cruzándome, en especial todo lo relacionado a las bestias. Me agencié una buena cantidad de detalles interesantes; sus fuertes, sus flaquezas, como suelen comportarse y, mi parte favorita, qué partes de cada eran útiles y para qué. Claro, podrá no haber sido tan genial como luchar a cara de perro contra un oso de tres metros, pero a medida que el tiempo pasaba, mis contribuciones se volvieron cada vez más importantes para el grupo.

Por ejemplo, descubrí que los grizzli son especialmente débiles al fuego; su denso pelaje y su musculatura están adaptados para conservar su calor corporal, mas no reducirlo. Y con esto en mente, no fue difícil el confeccionamos un buen par de abrigos, tanto para nosotros y como para los pobres caballos que tiraban de las carretas.

Todo esto desembocó en mi inevitable relegamiento a la tan cómoda y tan humillante «banca de espectador». No se sentí tan bien mirar como los demás hacían el trabajo sucio por mí, aunque te aseguro que tampoco me quejé demasiado. Como decía el tata, «Soldado que huye sirve para otra guerra», aunque en este caso no estaba huyendo ni peleando, pero nos entendemos, ¿verdad?

El punto es que aprendí muchas cosas durante el tiempo que duró nuestra pequeña travesía, y no solo en referente al entorno. Digamos que… empecé a estudiar a mis compañeros sin que ellos se diesen mucha cuenta. Vi sus técnicas, sus estrategias, sus formas de afrontar distintas situaciones, y no pude evitar hacerles un apartado en las últimas páginas del libro.

Quiero recalcar además que tuve un interés bastante especial con la cazadora. Su modus operandi, su manera de actuar y moverse, se apegaba muy bien a mis fortalezas. Fue por esto que decidí centrar mi atención y estudiarla más a fondo. Me agencié un buen par de trucos, y le robé el diseño de algunas trampas para criaturas grandes; mismos que con unos cuantos ajustes podría adaptar a mi necesidad.

«Gaucho ve, Gaucho aprende.»

Ah sí, y también tuve un pequeño malentendido con ella en una vuelta… Digamos que, mientras le observaba cazar, recibí un flechazo certero que me impactó directo en la rodilla. Resulta que pensó que yo la estaba acosando y tenía pensado «algo en lo que no entraré en detalles». Aunque, en retrospectiva, tal vez habría sido buena idea el avisarle de antemano que estaría por los alrededores. Lo bueno, es que tuvo la piedad suficiente para arrastrarme hasta el campamento; el mago me curó, y después me comí su bronca con todo y malas palabras. Una chica agradable, espero que le vaya bien.

Ahora… Yo sé que todo esto puede sonar un tanto maquiavélico, sí, pero si tener en mente estas cosas reducía la posibilidad de acabar carbonizado por una bola de fuego, pues llámame Maquiavelo si quieres… Ok sí, ese fue muy malo.

Fueron tiempos movidos, pero bastante tranquilos en comparación con mis años anteriores. De manera irónica, me sentía bastante peor estando con Erron que siendo la compañía de locos armados, monstruos carnívoros y un elfo mexicano que cantaba cumbia. Pero sí, no voy a negar los hechos, me encontré pensando en el grandote más veces de las que estoy dispuesto a admitir. Trataba de mantenerlo lejos de mi cabeza, pero la obviedad del asunto era que estaba un poco preocupado por él. Qué tontería, ¿no? El tipo sabía cuidarse solo, no voy a pretender lo contrario. Y sin embargo ahí estaba; maquinando sobre el desgraciado que intentó manipularme en vez de pensar en mis propios problemas. Bien hecho Filiu, bien hecho.

Pero bueno… Día a día nos fuimos acercando a nuestro destino; metro a metro, paso a paso y comida tras comida. La rutina trajo consigo el despiste; las joviales charlas con Braier, las reuniones con los muchachos, las discusiones que surgían por pequeñeces, todo contribuyó a que me acabase olvidando del objetivo del viaje. Y una buena noche, tranquila como cualquier otra, mi amigo el orejas largas me lanzó una bomba para la que no estaba listo aún.

Fue una de esas ocasiones extrañas en que el cielo yacía despejado y podíamos disfrutar del ferviente brillo de las estrellas. Estábamos sentados sobre un par de rocas, refugiados en el fulgor de la fogata mientras esta crepitaba a causa del viento y la escarcha. Su abrazo ya se había hecho costumbre, no nos molestaba.

—Insisto, wey. Cuando te llegue la hora, tienes que probar una buena ruca de estas «personas-bestia». No tiene perdida, te lo aseguro.

—No sé, amigo. No me atrae tanto la idea de garras y pelo por todos lados —le pasé el mate bien cargado.

—Y te haces llamar norteño. Tú te lo pierdes. Y ni se te ocurra volver llorando cuando me veas con un par de esas valkirias. PIERNOTAS DE LEÑADOR, wey… piernotas de leñador.

Me reí, viendo a través de sus palabras como si fuesen el cristal puro.

—¿Me repetís cuánto tiempo llevas lejos de la civilización? Porque el otro día te vi haciéndole ojitos a un alce. Y yo no voy a juzgar pero…

—¡Deaaa vete al carajo! En el frente teníamos un dicho. «Lo que pasa en el campo se queda en el campo», ¿capiche?

—Capiche, capiche.

Alcanzó entonces la bebida, y sonriente la acercó a su boca para recibir el beso de su esencia. Y de repente, antes de que la bombilla fuese a tocar sus labios, se detuvo. Su sonrisa desapareció, y su ceño fruncirse mientras una idea cruzaba su mirada; una realización de la que parecía no haberse percatado hasta el momento.

—¿Estás bien, wacho? —pregunté un tanto preocupado.

—¿Eh? Ah sí, claro. Es solo que… Ya pasamos la cordillera, ¿sabes?

Arqueé la ceja un tanto desentendido.

—Eh… sí, hace ya un par de semanas. ¿Qué pasa con eso?

—¿No te das cuenta? Estamos a nada de llegar. A lo mucho nos queda un par de semanas más hasta pisar los terrenos de Runoa.

Arrugué el semblante. Al principio no terminaba de conectar con la idea; me costó entender y empecé a repasar lo acontecido durante el viaje. Fue entonces cuando mis ojos se abrieron como platos, y la idea me golpeó con la misma intensidad. Y claro, salté de mi asiento.

—¡¿Ya casi llegamos?!

Braier estalló en risas.

—¡Claro que sí, amigo! ¡Dos años y medio de viaje llegan a tu fin!

—Mierda… —me caí de culo, literalmente—. Mierda, hermano. ¿En serio pasó tanto tiempo?

—Parece increíble, ¿no? ¡Estoy a un giro de esquina de abrir mi negocio! ¡Voy a mostrarle a este mundo lo que es la verdadera gastronomía! —gritó hacia el vacío de la noche.

—Vos y tus comidas raras. Ya veo que va a ser tanto esfuerzo para que los indígenas estos ni atención le presten.

—¡Tu solo confía! Va a pasar lo mismo que con la infusión rara esta que me mostraste. Es solo cuestión de plantar la semilla de la curiosidad en la gente, y ellos vendrán solos.

—Sí claro, ahora dices eso. Sigo sin perdonarte que tirases el primero que te serví —repliqué con seriedad.

—Es que… Bueno mi punto se sostiene —ensanchó su sonrisas—. ¿Y qué harás tú ahora que lleguemos? ¿Qué depara al nativo de la Patagonia en esta travesía por tierras lejanas?

Resoplé, refugiándome en un silencio pensativo, y levanté la mirada al cielo en búsqueda de una respuesta. Tanto que hacer y tantos rumbos que tomar. Tenía un par de ideas separadas, fragmentos para un supuesto plan final, pero faltaba la parte más importante.

—¿Por dónde empezar? —resoplé.

Estoy seguro de que Braier notó mi dubitación. No es como si intentase esconderla de cualquier modo. El tipo no era distraído, sabía ver a través de las personas, eso me lo demostró en más de una ocasión. Es por eso mismo que me sentí bastante agradecido de que, en lugar de insistir con el tema, decidiese cambiar a algo más casual.

—Ah, bueno. Ya se te ocurrirá algo. Pero continuando con lo de las mujeres-bestia… piernotas de leñador.

Así fue se acabó la tranquilidad que había construido en mi cabeza; desmoronada, masticada y escupida. La ansiedad y los problemas regresaron como una tormenta, misma que me dificultó el descanso en las noches venideras. Estos sentimientos no ayudaban en lo más mínimo, mucho menos a la hora de planificar. Pero una cosa era segura, y eso es que una vez te encuentras en el baile, y solo te queda bailar; y eligiese la opción que eligiese, mi pareja de baile debía ser la misma… Cassandra.

Y como no podía ser de otra forma, cuando las maquinaciones regresaron, también lo hizo él. Si bien mi somnolencia fue un problema importante, eso no impidió el regreso de cierto personajito luego de su tan larga ausencia. Oh sí… ya saben a quién me refiero. Como siempre, hizo su aparición en un escenario abierto, adornado con las hermosas planicies de mi tierra natal, pero despropiada de toda su calidez. Pero esta vez fue diferente. Esta vez no hubo saludo jovial, no hubo sonrisas ni bienvenidas. La cosa era complicada.

Cruzamos miradas. El solo ver su lumínica figura, su aspecto artificial y alienígena y su postura que trataba de imitar lo ya conocido, hacía que mis entrañas se revolviesen. El tenerlo ahí, mirándome en silencio con ese semblante vacío que simulada la tranquilidad, encendía las fraguas de la ira en mi pecho. Quería escupirle, insultarlo, incluso saltarle encima y golpearle como un animal. Pero claro, no soy tan estúpido como para intentarlo.

Y tras una espera innecesariamente larga, la deidad habló:

—No hay palabrotas el día de hoy… Huh… entonces sí es serio.

El aliento se me escapó con cierta pesadez.

—¿Y qué te parece? Ya había pasado mucho sin que alguien viniese a mentirme en la cara. ¿Tengo que suponer que estabas «ocupado»?

—Sí, bueno… algo así. Me figuro que no querrás escuchar lo que tengo que decir.

—¿Por qué mejor no se lo vas a decir a Rufford? Seguro que él aprecia más tu ayuda. Podrías incluso decirle donde estoy, así me desayuno con un batallón a mis pies.

—Heh, vaya sorpresa que sería eso, ¿no? —carcajeó de manera extraña—. Pero, el hecho es que… esto es solo un malentendido, ¿sabes?

Hitogami abandonó su asiento. Su figura paseó a mi alrededor mientras apuntaba la frente al cielo.

—Ah, claro. Un malentendido, entiendo… —repliqué sin despegarle un ojo de encima.

—No, de verdad. Mira, lo que pasó entre tu padre y yo no es sino una gran pila de acontecimientos desafortunados.

Vi su sonrisa ensancharse momentos antes de que su mirada volviese a caer sobre mí. Había malicia en esos ojos, picardía, una maldad traviesa y burlone; pero también… pude ver cierta preocupación. Estaba escondiendo algo, algo que le incomodaba de verdad.

—Todo empieza con un bebé. Un pequeño niño reencarnado, nacido en cuna de oro con pañales sucios… un infante que «no debió haber sido».

—¡Basta! —interrumpí alzando la voz—. ¡Estoy cansado de las mentiras! ¿Por qué sigues con esta farsa? Los dos sabes que quieres algo, no sé qué y no me lo vas a decir, pero al menos deja de hacer como si te importase. Ahórrate los monólogos y tus «amigo» de papel, por favor… Ya tengo demasiados problemas, ve al puto grano.

Hitogami ladeó la cabeza, como si mi arrebato le hubiese confundido.

—Hmmm… Un pequeño inconveniente con tu teoría, estimado. Sí, tengo mis intereses en ti. No, no te diré mis asuntos. Pero, contéstame una simple pregunta… —se inclinó hacia el frente—. ¿En qué te he mentido hasta el momento? Te prometí que estarías bien, y lo estás. Te prometí que te llevaría con la princesita esa, y ya vas en camino.

—¡El problema es que estoy metido en esto por tu culpa! —me levanté de un salto—. Le dijiste que iba a matarlo… mucho antes de que siquiera fuese a aparecer aquí.

En ese momento, el Hombre-Dios estalló en carcajadas. Sentí que mi puño se movía por voluntad propia, como si mi cuerpo estuviese esforzándose para arremeter contra él. Mas pude controlarme.

—¡Oh, pobre aquel perseguido por la desgracia! Mi estimado, es lo que estoy tratando de explicarte. Aunque te sea imposible de creer, yo no planeé nada de esto. No fue otra cosa que la suerte lo que hizo que nos encontráramos.

—¡La suerte dice! ¡Anda a cagar!

—Estás enojado, Fil… Lo entiendo —replicó condescendiente—. Con todo lo acontecido es natural que te sea difícil confiar en otros. Pero te juro que estoy siendo sincero, mi amigo. No puedes culparme por nada de lo que te está ocurriendo.

No voy a mentir, tenía razón, sin embargo mi punto se sostenía. De cada tres palabras que salían de su boca, dos eran una farsa disfrazada de la verdad. No tenía pruebas para mis sospechas, pero tampoco podía confirmar su inocencia. Ese era su juego. Se burlaba de mí, bailando sobre la delgada línea de lo creíble, manoseando al sentido de urgencia y a la tan humana curiosidad. Una vez más, me vi tentado a morder el anzuelo.

—¿Y qué pasó entonces? Porque la idea de que todo esto pasó de pura casualidad me sabe a basura.

—Es más complicado que solo eso —su voz expresó seriedad—. Para empezar, tienes que saber sobre tu otro tú; o sea el Filiu original. Digamos que… el día en que tu naciste, él tuvo que pasar a segundo plano para darte un espacio a ti. Dicho de otra forma, tu no deberías haber existido, Fil; tu historia es una que jamás debió contarse, un… ¿Cómo le dicen en tu mundo? ¿Fallfic? ¿Funfiction? Dah, tu entiendes.

—¡Basta de analogías! —exclamé irritado—. ¿Escuchas lo que dices? Nada de lo que sale de tu boca tiene sentido.

—Que no puedas entenderlo no quiere decir que no lo tenga. Mira, te daré un pase rápido. Sí, tenía un plan. Pero tú, mi querido amigo, llegaste de improviso. Tu sola presencia hizo añicos cualquier idea que hubiese podido pasar por mi cabeza, y fue… perfecto.

—Ah, gracias. Eso sin duda me facilita las cosas. ¿Me puedo ir ya? Estaba teniendo un sueño muy bonito en el que no me verseaba un tremendo hijo de puta…

No le hizo gracia; ni siquiera un poco. Algo cambió en la deidad en ese mismo instante. Su sonrisa desapareció, su semblante se transformó expropiándole de todo sentimiento que hubiese podido existir en ese rostro suyo. Su tono dejó de lado cualquier ápice de jovialidad, dando lugar a la voz más vacía que había escuchado nunca.

—Era Cassandra. La persona de la cual advertí a Rufford, era ella.

Sentí mi presión sanguínea acelerarse al escuchar esto.

—En los acontecimientos originales, en esa historia en la que tú no existes, ella pasó toda su infancia buscando la aprobación del noble. El pobre diablo continuó teniendo hijo tras hijo, pero ninguno de ellos cumplió sus expectativas. El tiempo acabó por vencerle; el maldito sufrió un paro cardiaco mientras defecaba en el baño. Un final apropiado, ¿no te parece? Y sin ningún otro heredero en condiciones de asumir el puesto… ¿quién crees que se convirtió en la cabeza de familia?

—No veo en como eso me afecta…

—Oh, pero lo hace, Fil. En verdad creo que lo hace —su sonrisa regresó con anchura y perversidad—. Estaba destrozada… la pobre nunca pudo conseguir el amor de su papi querido, pero con el tiempo aprendió a vivir con eso. Ahora, en nuestra historia… con el nuevo tú… las cosas se torcieron bastante.

Entendí de inmediato lo que estaba implicando. No sonaba tan descabellado; era algo que podía creer, pero no viniendo de él. No quería aceptarlo.

—Yo no le hice esto —negué con la cabeza, encerrándome en la negación.

—Tristemente sí, mi estimado. Tu transformaste su futuro, la volviste un poco más… «proactiva», por así llamarlo. Y ya viste el resultado; todo ese potencial en una niña de doce años.

—¡BASTA! ¡No es mi culpa!

—¡Hey! —alzó la voz, mas sin aparentar molestia—. Está bien… No es tu culpa. No tienes que aceptarlo si no quieres aceptarlo. Tu solo apareciste, caído del cielo sin saber lo que pasaría. No tuviste elección. PERO, sí sería tu culpa el no hacer nada al respecto.

Arrugué el entrecejo mientras la deidad explicaba.

—Piensa en esto. Tú y yo, compañeros, amigos, y tal vez algo más si se da la ocasión. La línea temporal está dañada por tu presencia, pero podemos arreglarla. Es lo que he estado intentando hacer desde el principio Fil. Lo único que necesito es que tu linda cabecita reencarnada deje de dudar tanto de tu buen amigo Hitogami, y todo se solucionará.

—Amigo… ¿Amigo?

Esa maldita palabra, esos dientes salidos y esos ojos brillantes que no dejaban de mirarme; me extendía una mano mientras preparaba el puñal en la otra. Se burlaba en mi cara, de mí, de mi miseria y desgracia. Él lo sabía. Podía leerme como un libro, sabía que no me tragaría una sola palabra suya, pero incluso así, tenía la confianza de tenerme entre sus garras. Porque estaba desesperado… porque tenía miedo, porque estaba dudando.

—¿Hace falta mi respuesta? —musité antes de alzar la mirada, clavando mis ojos sobre los suyos—. No…

En primera instancia no obtuve una reacción. Su semblante se quedó en blanco, esperando a un posible cambio de opinión que pudiese ocurrir; apostando por el arrepentimiento. Mas al no recibirlo, vi la forma de su sonrisa desaparecer de manera paulatina, una vez más regresando a la amarga seriedad, y de esta… cayendo en la molestia.

—¿No?

—¡No! —reiteré con fuerza—. ¡No voy a ser tu títere! ¿Y de cualquier forma para qué? Ni siquiera estás cuando te necesito, ni siquiera me das las respuestas que me hacen falta. Nada más apareces cuando te conviene, o cuando algo esta por moverse en tu contra. Ese es tu juego, ¿no? Bueno te explico el mío. No pienso seguir con esto. Punto.

Ay amigo… eso no le gustó nada. Si creía que lo había hecho enojar antes, ahora sí le había cortado los cables. Su rostro no cambió, no hubo demostración de rabia por su parte. Pero podía sentir la pesades en la atmosfera; su respiración, el cómo su pecho parecía comprimirse para regular sus emociones, la intensidad en sus ojos. Estaba fuera de sí. Lo había provocado de más.

—No estás en tus cabales, querido amigo —resopló con aparente calma—. Y yo que pensé que todo se arreglaría al dejarte el espacio suficiente para que te tranquilices. Pero, parece que tomaste una decisión. Bien, eso es una pena.

En un abrir y cerrar de ojos, la divinidad elevó su cuerpo sobre mí. Ahí estaba, flotando a metros de mi cabeza, mirándome con la misma prepotencia con la que los hombres observan a los insectos. Y es que eso era yo para él, una alimaña, o incluso menos que eso.

—Pero soy un hombre paciente. Incluso con tus faltas de respeto, estoy dispuesto a darte más tiempo para que reflexiones —proclamó solemne—. Sigue luchando, Filiu Vulture… sigue cavando tu propia tumba, y espera a las consecuencias de tus acciones. Y cuando estas te abrumen, cuando te estén aplastando y hayas perdido el ultimo resquicio de esperanza que te queda… entonces, no dudes en llamarme. Te prometo que estaré listo para recordarte la pequeña alianza que hicimos hace años.

Tragué saliva. Sentí el sudor la frialdad del sudor el mi cuerpo, fruto maldito de sus palabras. Podía sentirlo en mis huesos, nada bueno podía salir de esto; pero estaba decidido. No iba a ceder, no me iba a regalar a sus exigencias ni arriesgarme con sus planes enfermizos. Aún así, ¿qué decisión era la buena? ¿Cuál era la elección correcta en esta historia? ¿Había una para empezar?

En menos de un chasquido de dedos, la entidad desapareció. Hitogami se esfumó frente a mis ojos, dejándome solo y abandonado en ese vacío reminiscente. El peso de su mirada era aún palpable, existente más imposible de contemplar. El sueño no acabó, porque él no se había ido. Quería verme, observar como la desesperación y el peso de mis pensamientos me comían. Pero de nuevo, no iba a darle lo que quería.

En su lugar, dejé salir un profundo suspiro para calmarme. Caí de espaldas sin sentir el duro impacto del suelo, el abrazo del césped, ni las caricias del viento. Y ahí me quedé, con la mirada perdida en aquel cielo artificial, a la espera del tenue deterioro de su luz. Las nubes desaparecieron al cabo de un par de horas, y el vacío de sonido fue reemplazado por el cantar de las aves y el relinchar de los caballos de la caravana. Abrí entonces los ojos, y me entregué al arrullo de la realidad. Estaba de vuelta.

Ahora, es verdad que intenté no pensar demasiado en lo ocurrido. El problema fue que mientras más lo ignoraba, el tema parecía hacerse más importante; más preguntas parecían surgir, preguntas para incógnitas que podía o no ser verdad. Y es que, mi mayor preocupación no era el no contar con su supuesta «presencia divina», sino el peso constante de estar a la espera de su reprimenda; una venganza, para acortar. Misma que, como era de esperarse de ese bastardo, podía llegar hoy, mañana, en una semana, un mes, o tal vez nunca. ¿Pero llegaría siquiera? Exacto…

Traté entonces de centrarme en otras cosas. Incluso si pensaba en ello de manera recurrente, nada podría hacer sino esperar, y para ponerme nervioso ya tenía muchos otros temas. Lo dejé estar, como una vocecita que seguía susurrándome al oído; un Hitogami chiquito podríamos llamarlo. Por ahora, mi objetivo central estaba claro. La academia.

Dicho esto, continuamos con el viaje. Tras un último estirón de tres semanas, conseguimos arribar por fin a las tierras de Runoa. El grupo de aventureros nos abandonó un poco antes de lo esperado; en la primera parada, un pequeño pueblito en medio del monte. Cumplieron con su contrato y partieron camino hacia el reino de Neris, nada más que señalar. Yo, por otra parte, acompañé a Braier hasta su último destino. Mismo que, para mi buena fortuna, se encontraba en la misma ciudad que la escuela mágica; Sharia.

Era una ciudad bastante más pequeña que Ars, pero no por eso menos agradable. Las calles limpias, las hogareñas y acogedoras casas de madera, las estatuas que en ocasiones encontrábamos en puntos importantes; todos parecía sacado de una fábula infantil. Se sentía cálido y agradable, cosa muy valiosa en este tipo de sitios.

Arribamos entonces al terreno que el esfuerzo y la dedicación del elfo acabaron comprando. Era una casa mediana ubicada en el centro, un tanto humilde pero que tenía todo lo que un elfo emprendedor podía necesitar; espacio, disposición, y una buena cocina. Por buena voluntad, lo ayudé a acomodar un par de cosas; la ropa, las herramientas y un poco de la comida que nos sobró del viaje.

En medio de esto, el desgraciado tomó un respiro para apreciar la magnitud de su morada. Se paró frente al edificio, y con una enorme sonrisa se refirió a mi persona:

—¡Será un gran negocio! ¡Estoy que no quepo en mí mismo!

—Va a necesitar mucho trabajo, amigo —señalé como voz de la razón.

—Sí, como todo en la vida, compadre. Las cosas buenas no llegan sin sacrificio. Piensa en eso cada vez que quieras tirar la toalla y verás como se hace un poco más sencillo.

Ante esto, no pude evitar reír un tanto amargo.

—Tu optimismo es sorprendente para alguien que ha visto lo peor del mundo. Bueno, de dos mundos en realidad. Uno pensaría que acabarías bastante mal del coco… Peor de lo que ya estás.

—Hace falta probar lo amargo antes que lo dulce. Una vez sientes el desagradable picor de la vida, te vuelves capaz de apreciar lo mundano y sencillo; lo agradable se vuelve muchísimo más satisfactorio, y las emociones fuertes, muchísimo más placenteras.

Ensanché la mirada al oír esto. Momentos así no eran tan comunes en el elfo, puedo recordar apenas un puñado de ellos. Sin embargo, a pesar de sus sonrisa y la aparente felicidad en su rostro, cierta melancolía se escapaba en su voz. Me figuro que solo se permite mostrarse así en momentos concretos; cuando por el motivo que sea logramos conectar con «esa» etapa tan dura de su vida. Yo no estaba muy feliz de tocar esos temas, y cuando me di cuenta del hecho me arrepentí de inmediato por haberlo mencionado.

—Pero eso… es algo que espero nunca seas capaz de entender —continuó ofreciendo unas palmadas en mi espalda—. Ahora que lo pienso, ese también es un secreto para disfrutar la comida. Tengo que ver donde conseguir esencia de menta o algo similar…

Tardé unos instantes, pero eventualmente me permití reír.

—Sí… me suena a que lo tienes todo controlado. Por mi parte, creo que ya me voy yendo. No va a ser una reunión sencilla.

—Oye, si necesitas lo que sea, no dudes en pagarme una visita. Echo en falta algún que otro asociado de confianza, sobre todo uno con el que pueda hablar de… ya tú sabes —esbozó un ligero gesto con su mirada.

—¿Mujeres-bestia?

—¡Mujeres-bestia, sí que sí!

—Se te va a meter algún bicho extraño.

No dejaría pasar su oferta, desde luego, pero de momento mis prioridades estaban en otra parte. Era bueno saber que por lo menos tenía un sitio para caer muerto; no es que esperase con ansias el hacerlo. Eso agilizó un poco las cosas y podía tachar el «buscar aposentos» de la lista de qué haceres. Dicho esto, con un fuerte apretón de manos me despedí del orejón. Calenté motores, clavé mirada al frente y empecé a patear alejándome del futuro restaurante.

He de admitir que, en primera instancia, subestimé la importancia de esta escuela. Apoyándome en los conocimientos de un pibe de campo, tenía en mente que el lugar no excedería la distancia de una manzana o dos; tal vez un poco más en caso de tener cancha de futbol (¿existe siquiera el futbol en Runoa?). Imagínate la cara que puse cuando me di cuenta que el lugar, no solo era más grande de lo esperado, sino más grande que la mayoría de pueblos que había visitado.

Parecía un lugar sacado de libros de fantasía, y no es para menos. Castillos, torres con puntas que parecían rasgar el cielo, murallas de tremendo espesor, magos practicando sus trucos y haciendo que mi quijada cayese a tierra cada treinta segundos; ese lugar no dejaba de fascinarme y ni siquiera había entrado aún. La cosa prometía bastante, remarcar eso. Pero por mucho que me hubiera gustado sentarme y apreciar la vista, debía estar centrado. Lo principal ahora era localizar a la loca de mi hermana. El porqué de esto es bastante sencillo:

Cassandra, al igual que yo, buscaba a nuestros otros hermanos. Claro está que con sus contactos, experiencia y habilidades, sería capaz de encontrarlos con un décimo del esfuerzo que yo necesitaría. Por lo cual, si resultaba que ella había llegado antes al reino, no tendría sentido siquiera intentar buscarlos; sería una pérdida de tiempo y un riesgo innecesario. En su lugar, asumí que sería lo mejor tan solo retomar el plan de Erron y buscar una alianza con Ariel. Más plausible, no por eso sencillo.

En resumidas cuentas: Si el lobo no estaba en casa, buscaba a los cerditos. Si el lobo ya se los había comido, buscaba a caperucita. Y si el lobo ya se los había comido a todos, pateaba para el norte y me volvía un esquimal. No fue el caso, claramente, pero no por eso descarté la posibilidad.

En la entrada, dos guardias se acercaron a mí y preguntaron sobre el motivo de mi visita. Les expliqué mi situación, obviando las partes que me hacían ver como un criminal buscado o un posible asesino, como es evidente. Bajo esta narrativa, yo no era sino un hermano preocupado que buscaba saludar a su hermana para corroborar que ella estuviese bien. Y por muy inocente que intenté hacer sonar esta historia, no pude evitar que ellos levantasen una ceja en desconfianza. No es que no entendiese sus razones para ello, pero hubiese sido más sencillo que fuesen como los patovicas de casa.

—Sí sabes qué lugar es este, ¿no? —inquirió uno de ellos.

—¡Por supuesto que lo sé! —repliqué con aparentando ofensa—. Es una escuelita muy lujosa, o al menos eso quieren vender ustedes. ¿Para mí? Eh… diría que está más o menos. He visto mejores.

No sé si fue mi evidente ignorancia, la falsa seriedad que traté de aparentar, o una combinación de ambas lo que provocó su respuesta. El punto es que a poco de haber respondido, ambos guardias estallaron en carcajadas. O sea… quiero decir, literalmente se me cagaron de risa en la cara. Me sentí un poco avergonzando, pero para no quedar mal, intenté de reírme con ellos.

«Si empezamos así…»

—Está bien, puede pasar. Pero que lo escolten a la oficina del director por si acaso.

«Hehehe, métodos dudosos, pero resultados incuestionables.»

Algo que me pareció bastante extraño fue el hecho de que decidieran no quitarme las armas. Sí, un niño de nueve años probablemente no representa una amenaza para alguien que puede lanzar fuego de los dedos, pero no quita que sea peligroso; al menos un poco. De cualquier modo, y siendo el posible eslabón más débil del lugar, decidí no cuestionar esta decisión. Un pedazo de hueso con filo es mejor que nada, supongo.

El compañero de ese sujeto me acompañó a través del campus. Con tan solo un par de pasos hacia el interior del distrito ya me sentí como pez fuera del agua. Todos vestían igual; elegantes, con camisa, pantalón y zapato, mucho más caros que los trapos viejos que tenía puesto. Atraje más miradas incomodas de las que me hubiese gustado, pero eso no me detuvo de saludar a varios de ellos. Muchos ni me devolvieron el gesto, pero me gusta pensar que eso me convierte en mejor persona que ellos.

«Ugh… chetos… Todos iguales» pensé mientras forzaba una sonrisa.

Fui llevado al interior del edificio central, un lugar enorme donde presumo se llevaban a cabo las clases, y actividades por las que te quemarían en una hoguera si las hicieras en casa. Lo peor de todo es que era… exactamente igual que las escuelas en teníamos allá; un lugar gris, triste y con un eco retumbante que te hacía sentir en un panteón. Pero al menos no había paredes pintadas, podríamos llamarlo una mejora.

El cuarto del principal me recibió con una montaña de documentos cayendo sobre mi acompañante cuando este empujó la puerta. Vi entonces una decena de torres blanquecinas que se elevaban en torno a un viejo escritorio, mismo en el cual residía el anciano de túnica azul. Su mirada cayó sobre nosotros con aires de intriga. La amabilidad era palpable en su tono y manierismos, como un viejo amigo recibiéndote luego de mucho tiempo. Esto me hizo sentir un poco más cómodo. ¿Su nombre? Jinas Halfas.

Por supuesto, tomé asiento frente a él y le extendí mi identificación.

—Señor «Valley Copper» —levantó una ceja.

—Gaucho está bien —corregí.

—Señor Gaucho entonces. Jovencito, debo preguntar… ¿Hay algún motivo por el qué tratas de engañarme con una tarjeta de aventurero falsificada?

Esta acusación me tomó por sorpresa, no tanto por ser descubierto sino por la tranquilidad con la cual esbozó aquello. Sonreí un tanto incomodo. Incluso sin verlo, podía sentir los ojos de guardia clavándose sobre mi espalda mientras buscaba las palabras indicadas para proseguir. Mi primera opción era seguir con la mentira, tratar de convencerle de que estaba en un error. Pero claro, lo más probable era que eso no me llevase a ningún lado más que fuera del distrito. Además, el tipo me estaba dando la chance para explicarme, por lo que no supuse que sería bueno probar su paciencia.

—Primero que nada, lo siento. Segundo, podría decirse que no soy muy bien visto por estos lares. Son tiempos difíciles… o bueno, ya van siendo desde hace bastante.

Su semblante permaneció inmaculado, analizándome en silencio como si estuviese leyendo a través de mi ser. Esto no fue algo que tardase en hacerme saber.

—Pertenece a la nobleza —concluyó.

—… ¿Disculpe?

—Sus facciones lo delatan. Se viste como aventurero, pero no tiene los rasgos de uno; no está en sus ojos, no puedo sentir su fiereza. Ese disfraz podrá distraer a su tabernero habitual, pero yo he visto demasiados jóvenes como usted como para saber sus motivos. No busca sangre. Es más, diría que todo lo contrario; trata de esconderse. ¿Estoy en lo correcto?

—Algo así —resoplé—. Estoy buscando a mis hermanos; a mi hermana, más concretamente. Ella me dijo que estaría estudiando aquí por lo que decidí pasar para ver si ya había llegado.

El director arqueó una ceja.

—Suponiendo que no pueda decirme su verdadero nombre… ¿Podría describir como se ve, por favor?

Asentí casi al instante.

—A ver, deje pensar. Pelo blanco, ojos rojos, demasiado seria, marimacha pero conservando su femineidad… podría estar de encubierto, y es muy probable que lo esté.

Con solo decir eso, la mirada del director se iluminó. Fue como si la imagen de dicha joven se hubiese sido dibujada en su mente. Carcajeó entonces y se reclinó sobre su silla con cierta fascinación.

—Vaya, no esperaba esto. Sí, creo que sé de quien está hablando.

«¡Mierda!» maldije para mis adentros.

—Ella, o mejor dicho, «él», lleva un par de meses con nosotros. Un estudiante ejemplar, en verdad una de las joyas de nuestra institución.

—Su estudiante ejemplar me rompió tres costillas y me perforó un pulmón —respondí sin mérito de broma.

—¡Ha! ¿En serio? No sabía que el Silencioso Fitts tuviese ese temperamento. Siempre parece tan apacible y calmado.

«¿Silencioso Fitts? Vaya apodo.»

—Es parte del consejo estudiantil —comentó con ánimos—. Si mal no me equivoco debe estar en el salón de reuniones en este mismo instante. Puede ir a hablar con él si desea.

«NO GRACIAS» era la respuesta que más deseaba darle. Pero claro, no podía irme sin confirmar que ella realmente fuese Cassandra y no alguien que se le pareciera. Incluso si prometió no hacerme daño hasta que terminase sus estudios, no podía estar del todo seguro del alcance de dicho arreglo. En otras palabras, podía sentir en los huesos una segunda barricada de golpes viniendo hacia mí.

Aun así, al mal tiempo buena cara. Suspiré y le respondí sin ánimos.

—Si no es mucha molestia, ¿me podría llevar con ella?

La sonrisa del anciano no dejó su rostro ni por un segundo. No era como la de Hitogami, no me sentí presionado ni molesto, pero tampoco es que ayudase. Con un gesto de su mano, dio la orden para que se me escoltase hacia el lugar marcado. Le di las gracias por su tiempo, y con tristeza seguí al guardia como un prisionero al que empujan a su calvario.

Estaba nervioso. Tenía miedo de ver cómo iba a reaccionar Cassandra cuando me viese. De la forma que lo veía, las posibilidades de ser recibido con un abrazo o una patada en los riñones eran las mismas. ¿Alguna vez recibiste una de esas? Espero que no, son muy dolorosas.

El pasillo terminaba en una puerta doble de madera. Mi acompañante se quedó atrás, dándome vía libre para que actuar. Golpeé la puerta un par de veces, y tras unos momentos, la silueta de un muchacho de cabello castaño apareció; alto, un par de años mayor que yo, con un mal genio que se reflejaba en su rostro. Me miró de arriba abajo. Pude distinguir unos aires de asco en su mirada, y me figuro que ese mismo gesto fue el que le devolví. Se paraba como si se limpiase el culo con rosas. Odio a la gente así.

—¿Cómo puedo ayudarte?

—Buenos días, supongo… Estoy buscando a alguien de ahí adentro; un tal ¿«Silencioso Fitts», puede ser?

—Fitts no espera visitas, y mucho menos de un aventurero extraño… —replicó un tanto condescendiente.

—Sí, eso me lo puedo imaginar, pero esto es importante. Nada más le voy a robar unos minutos de su tiempo, es para preguntarle como está y… limar asperezas.

—El Silencioso Fitts es una persona muy ocupada —frunció el ceño—. No pude estar atendiendo a un desconocido que llega sin avisar solo porque «es importante». A no ser que tenga un nombre que pueda reconocer.

—Mira, ese es el punto, no soy un extraño… o bueno, más o menos en realidad. Si lo llamas seguro que va a entender, dile que soy Valley Coo…

Por supuesto, me cerró la puerta en la cara sin dejarme acabar la frase. Tuve que quedarme unos momentos apreciando la belleza de la madera tallada a mano (y aguantándome las ganas de escupirle bilis a la cara de ese sujeto) antes de volver a golpear. Esta vez fui un poco más insistente. No pensé que lo fuese a hacer, pero qué sorpresa más grande cuando sí me abrió de regreso.

—Qué modales enseñan en esta escuela —esbocé sarcástico—. ¿Así tratan a sus invitados? Uno pensaría que con tantos lujos tendrían un poco más de dignidad que eso.

—No eres un invitado, y ya recibiste nuestra respuesta. Recomiendo que te marches antes que puedas meterte en problemas. No nos gustan la gente irrespetuosa —replicó, usando una vez más ese tonito irritante.

—Escucha… —tomé aire para calmarme—. Voy a tener problemas incluso más grabes si no hablo con «Feets» o como se quiera hacer llamar. Lo estoy pidiendo de buena manera. Un minuto de su tiempo, es todo.

Recibí una mirada contemplativa por parte del noble. En verdad pensé que lo estaba considerando, mas esta fantasía se deshizo en menos de lo que canta un gallo.

—No.

Y con esto, el desgraciado intentó darme otro portazo, mas esta vez fui más rápido que él. Alcancé a poner un pie entre la puerta y el marco para impedir que se cerrase; el golpe fue bastante más doloroso de lo que esperaba, por cierto. Y claro, esta respuesta no le hizo ningún tipo de gracia a mi amigo el estirado, quien yacía ahora frente a mí, arrugando el semblante sin ningún cordialidad alguna y empujando la puerta para obligarme a salir.

—¿Qué cree que hace? Esta es una violación al código de estudiantes, le pido que desista.

—¿Y tratar de romperle el pie a tus invitados no es una violación? Dale, loco…

Estoy seguro de que el idiota pensaba que estaba intentando entrar por la fuerza, cuando mi intención no era otra que evitar que siguiese aplastándome la pata. El guardia debió reírse bastante al ver a dos tontos forcejeando e insultándose entre sí; de otro modo no me explico por qué no intercedió.

—No estás siendo razonable…

—Mi deber no es ser razonable. ¡Le digo que Fitts no espera visitas! ¡No lo voy a repetir, LARGATE DE UNA VEZ!

—Y yo te vuelvo a repetir lo mismo, NECESITO HABLAR CON ELLA. ¡NO PUEDO IRME SIN PRIMERO CONVERSAR CON LA PUTA ESA LOCA!

Y de repente, algo extraño ocurrió. La fuerza de su empuje se atenuó; cambió, pasando de la ofensiva a un mero intento por mantener la posición de la puerta. La dureza de su mirada fue reemplazada por la confusión, y sus ojos me observaron con desconcierto.

—¿Qué dijiste? Repite eso.

—¿Qué cosa? ¿Lo de «loca de mierda»? Ah perdón, se supone que es un secreto, ¿no? Bueno lo siento. Me suelo alterar un poco cuando me ponen a un tarado altanero adelante.

Dio entonces un paso al atrás, abriendo la entrada lo suficiente como para escaparse del cuarto. Entonces, se paró frente a mí y recuperó un poco de su etiqueta, pero aun conservando parte del arrebato.

—Tú la conoces… —señaló bajando la voz—. Dime tu nombre. ¿Quién eres para conocer la verdadera cara de Fitts?

—Ah, lo siento. Creo que no lo mencioné, mi nombre es «Quet», apellido «EImporta».

Ya estaba bastante alterado. Estaba al tanto de que no era la mejor opción actuar así, pero por una vez decidí dejarme llevar y decirle todo lo que tenía a la cara.

—Mira, hermano… No estoy acá para hablarle a ti ni a tu gente. No te debo explicaciones, y mucho menos te las voy a dar después de tratarme como me trataste. No me importa tu consejo de mierda, por mi puedes ser el soldado de la reina de Francia, NO ME INTERESA. ¡Solo llama de una vez a ya sabes quién para poder irme al carajo de aquí!

Síp… tal vez se me pasó un poco la mano. Lo mínimo que hubiese esperado por su parte era una bofetada, mas su respuesta fue bastante diferente. Recibí una mirada fría y pensativa; se me quedó mirando, sumido en medio de un silencio inescrutable que distaba mucho del sarcasmo anteriormente mostrado. Esta vez en verdad lo estaba considerando; pero, para mi desgracia, no era lo que parecía.

Tras su contemplación, volvió la mirada hacia el guardia a mis espaldas.

—¿Podría dejarnos a solas?

El hombrecillo se vio sorprendido por esta petición, mas no lo pensó demasiado antes de dar media vuelta y desaparecer en el pasillo.

—Espere un momento por favor… —requirió antes de volver a las profundidades del cuarto.

Un mal presentimiento me invadió en ese entonces, pero teniendo en cuenta la situación actual asumí que cualquier resultado posible acabaría siendo malo. Me refería a Cassandra después de todo. Nos habíamos visto una vez, pero su primera impresión fue todo lo que necesitaba.

Los minutos corrieron. Murmullos moraban al otro lado de esas puertas; un sonido que anticipaba los problemas a venir. Algo se estaba cociendo ahí dentro, algo que no me permitía bajar la guardia ni despistarme. Y cuando oí el rechinar de las bisagras, mi corazón saltó y mi cuerpo se enderezó, firme como estatua.

Una figura emergió de aquella sala. La imagen de mi hermana se dibujó frente a mis ojos y por instantes la vi; su pelo blanco, su postura elegante y aquellos ojos rojos que… eran cubiertos por unos lentes negros. Entonces me golpeó. Su altura era diferente. Sus orejas eran largas y puntiagudas. Su forma de andar no se parecía en nada a la suya. Y su rostro… no era el de ella.

Compartimos una mirada larga y pesada, como si ambos estuviésemos tratando de caer en cuenta de la persona que teníamos delante. Incluso con aquellos lentes, podía distinguir el atisbo confusión que portaba.

—¿Quién demonios eres tú? —preguntamos casi al unisón.

Ella no era a quien yo buscaba, e irónicamente yo no era quien ella esperaba.

Y la cosa podría haber quedado ahí; dejarlo pasar como un simple malentendido y partir cada quien para su casa. Pero, para mi buena o mala fortuna, las situación eran más complicada de lo que podía entender. ¿Qué tanto? Bueno… lo suficiente para justificar que la elfa levantase su varita y castease una ráfaga de viento directo a mi pecho.

No me quería muerto; de ser así habría terminado hecho pedazos en el suelo, pero no era el caso. El impacto fue una sensación similar a cuando estábamos en la llanura con Erron, pero mucho más violenta. El aire frío me golpeó, lanzando mi cuerpo a toda velocidad contra la pared más cercana. Sentí la dureza del revestimiento resquebrajarse cuando mi nuca golpeó contra él. Si hubiese sido concreto, lo más seguro es que mi cabeza se habría partido en dos.

Caí al suelo, apenas tan consciente como para escuchar la voz de mis captores.

—No era él…

—Era demasiado bueno para ser verdad. Vamos, llevémoslo adentro antes que alguien venga.

—Sí… claro. Quítale las dagas y revísalo por si acaso.

Sentí sus manos aferrándose y arrastrando a mi cuerpo inerte como si fuera un saco de papas. Y así volvemos al comienzo; conmigo capturado y a punto de ser macheteado por una elfa engañosa y un cheto con mala leche.

Un baldazo de agua helada ayudó a traerme de regreso a la realidad. Las miradas de esos dos parecían juzgar cada aspecto de mi ser; como si fuesen agujas que se clavaban en mi alma. La cabeza me daba vueltas, pero logré conseguir una visión clara de los alrededores. La suave luz del atardecer entraba por los pequeños espacios libres de la ventana, apenas iluminando mesa alargada y antigua, misma que me separaba un tercero en el extremo contrario. Estaba escondida entre las sombras, pero pude distinguir la silueta de una mujer.

Y de repente, la voz de la elfa interrumpió mi introspección.

—¿Quién eres? ¿Quién te envía?

Aún aturdido, entrecerré los ojos y me dirigí a ella.

—Claus… —musité de manera dramática.

—¿Quién es ese tal Claus?

—Santa Claus…

Traté de aguantarme las ganas de reír lo más que pude, pero un par de carcajadas se me escaparon. En respuesta, un más que merecido puñetazo me cruzó la cara.

—Hacer bromas no te llevará a ningún lado —replicó el noble.

—Ah, qué manos más suaves tienes, amigo. ¿Te importaría darme otro en dirección contraria? Aún estoy un poco dormido.

Por supuesto, no dudó en hacer caso a mi petición. No exageraba en realidad; sus golpes, aunque intensos, palidecían ante la fuerza y la destreza de Erron. En comparación, no eran la gran cosa y no parecían tan dolorosos. Supongo que este era el punto de sus entrenamientos.

—Se debe sentir muy bien abusar de alguien indefenso, ¿eh? ¡Qué hombre más malote! Uuuuhh…

—¡Basta! —la elfa apuntó su varita a mi rostro—. Parece que no entiendes el problema en que estás metido. Puede que un par de cortes bajo las uñas te aclaren las cosas.

Asentí sin tomarle demasiado en serio.

—No me las he lavado en un buen tiempo, ¿crees que tu viento sea capaz de tanto?

—¿Qué te pasa, imbécil? —el noble me tomó del cuello de la camiseta—. ¿Acaso quieres que te maten? ¿No sabes quiénes somos?

—Tengo un par de ideas, pero… El hecho es, «imbécil», que ninguno aquí está pensando en hacerme daño.

—¿Ah sí? —la elfa volvió con escepticismo—. ¿Y cómo estás tan seguro de eso?

—Porque si fuesen a hacerme algo no estaríamos hablando. El hecho de que estén intentando razonar conmigo sugiere que, o no tienen idea de como se hace esto, cosa que duda; o hay cierto interés en mi persona. Dicho esto, ¿no sería mejor hablar como personas civilizadas?

El dueto permaneció en silencio por unos instantes. Compartieron un par de miradas, y por un momento parecía que iban a decir algo en respuesta. Pero la situación cambió. El sonido de una silla siendo empujada por el piso de madera precedió al movimiento de la figura en el fondo; se levantó.

—Luke, Fitts… es suficiente.

Recibí una expresión de odio de mi amigo el noble antes de que me soltase. Poco a poco la mujer se acercó a mí, blandiendo en su rostro un semblante tranquilo y una sonrisa que despilfarraba gallardía. Lo primero que vi fue un cabello rubio; largo y dorado como un rio de oro.

—Eres un muchachito muy extraño, Valley —lanzando la identificación falsa a mis pies—. No eres un sicario, y no estoy muy segura de que siquiera seas un aventurero. Pero aun así vienes hasta aquí con la valentía de dirigirte así a tus captores… a mi gente.

Fue entonces cuando me di cuenta. Sus ojos azules se posaron sobre mí, y su cuerpo entero fue revelado por el resplandor de la ventana. Volteé entonces a la elfa, y las palabras de Hitogami resonaron en mí. «Sigue al conejo blanco y encontrarás a Alicia». Esta chica no era solo una figura importante, mucho menos una estudiante.

—Me tenes que estar puto jodiendo… —se me escapó el español.

La muchacha dejó salir una suave risa ante mi reacción, y se inclinó hacia mí hasta que nuestros rostros estuvieron apenas a centímetros de distancia.

—Creo que ya descubriste quien soy. Princesa Ariel Anemoi de Asura, el placer es todo mío.