Capítulo 8: Alianza.
Yo era consciente de la posibilidad de que la princesa estuviese en la academia. Había chances reales de ello, no voy a insistir en mi completa ignorancia al hecho, pero de ninguna manera esperé que nuestros caminos se fuesen a cruzar de esa manera. Diablos, ¿cuáles eran las posibilidades? Fue como si hubiese sido empujado al encuentro, como si una fuerza más allá de mi comprensión hubiese deseado que nos encontrásemos a como diera lugar. Fue eso, o nada más tuve mala suerte… cosa que tiene bastante más sentido.
—Su majestad, ¿le conoce? —preguntó el noble.
—No, pero tal parece que él si me conoce a mí. ¿Estoy en lo correcto, jovencito?
Me acomodándome en la silla para conservar un poco de elegancia y no parecer el vago local de un bar.
—Por nombre más que nada, pero conozco a gente que tiene un historial bastante interesante con su familia. ¿El apellido «Vulture» le suena de algo?
Casi al instante de que ese apellido haya salido de mis labios, el frío semblante de su guardia personal fue perturbado abandonó su solemne formalidad por un atisbo de shock absoluto; y tras esto, el desprecio más profundo y sincero se dibujó en sus semblantes. Luke alargó su espada hacia mí, apuntándome al cuello tal vez considerando la idea de terminar conmigo ahí mismo.
—Luke, cálmate —solicitó su alteza de forma calmada—. ¿No te das cuenta que está intentando hablar?
Por supuesto, el muchacho no iba desobedecer a su señora. Recibí su disgustada respuesta a través de un suave gruñido, gesto al que repliqué con burla cuando vi la hoja retirarse.
—Buen chico. Ahora, si mi compañero aquí presente terminó de jugar con su cuchillo de carnicero, quisiera tener un momento para aclarar dudas.
Ariel, haciendo alarde de su elegancia, dio un paso atrás y tomó asiento en una de las sillas. Mi petición fue aceptada. Los demás, indecisos a la par que inquietos, tomaron lugar a ambos lados de su figura sin despegar un solo ojo de mi persona. Y es que claro, con la sola mención de la familia que apoyó a su casi muerte, era evidente que estaban a la espera de cualquier desliz para saltarme encima. Las presiones estaban a la vista, y decir que ya empezaban a afectarme sería atenuar el hecho.
Ahora, diré las cosas como son. Estaba planeando esta charla sobre la marcha. Tenía un bosquejo del plan en mis manos, pero fuera de eso no había preparado nada para un posible encuentro con Ariel. Debía actuar de manera rápida y precisa. El desliz más pequeño, el solo decir algo fuera de lugar podría acabar con la condena de mis posibilidades o incluso la mía. Dicho esto, el mayor de mis problemas:
—A ver… ¿Por dónde empezar?
No podía decirle quien era. No había chances de que esa respuesta les agradase; correría mejor suerte convenciéndoles de que era un roñoso de la calle. Sin embargo, tampoco podía arriesgarme a plantar una mentira que no sería capaz de sostener. Por lo tanto, la tercera opción y la que decidí sería la mejor, era tratar de obviar el tema de mi identidad; esconderla, no decir nada al respecto. Era arriesgado y demasiado sospechoso, pero de funcionar habría ganado el tiempo para inventar algo más consistente. Por ahora lo más seguro era seguir en el anonimato.
Este era un trabajo para Gaucho, no para Filiu.
Fuera de eso fui bastante sincero. Les conté solo lo que necesitaba saber: que era un fugitivo, que llevaban años buscándome, que Rufford estaba completamente loco, y claro, que necesitaba su ayuda. Ariel, por su parte, escuchó cada palabra que salió de mi boca. Nada de lo que dije consiguió forzar una reacción en ella; su semblante se mantuvo inerte, congelado en la misma posición neutral y analítica con la que empezó. Sus emociones fueron un libro cerrado que no pude abrir. Dicho de otra forma, tenía una excelente cara de póker.
—Lo que dices suena como una farsa demasiado rebuscada —esbozó cuando hube finalizado—. Es difícil creer un mínimo de lo que está diciendo si a cada instante dice algo incluso más desfazado que lo anterior.
—Esa es la vida que me tocó para usted. Espero le haya hecho pasar un buen rato como mínimo.
—Un poco, en realidad. Pero supongamos por un momento que está diciendo la verdad; supongamos que el patriarca de los Vulture escondió a su descendencia y que ahora busca matarlo por usted ser poseedor de esta información. ¿Cómo nos afecta eso a mí compañía y a mí? ¿Por qué debería tomar el riesgo de ayudarle en mi posición actual? Porque como ya sabrá, no estamos en nuestro mejor momento.
—Bueno, la razón es muy simple. Porque nuestros intereses son mutuos, y porque nos conviene a ambos que el patriarca de los Vulture «se vaya con el barba», como decíamos en mi barrio. Usted lo quiere muerto. Yo lo quiero muerto. Y además tengo un plan para eso.
La princesa arqueó una ceja. Esas eran las palabras que quería escuchar, no me cabe duda.
—Continue —declaró enderezándose en su asiento.
—Planeo buscar a los hijos de Rufford. Ellos están en algún lugar de Runoa, escondidos y probablemente pasando un mal momento. Mi idea es usar a uno de ellos como chivo expiatorio; que sea él quien lleve a cabo el golpe y luego ponerlo al mando de la familia.
—Lo haces sonar tan sencillo —carcajeó con ironía—. Sabe de las implicaciones que tiene matar a un noble, ¿verdad? Peor aún, uno con las influencias de Rufford Vulture. Incluso si por algún decreto divino consigue el éxito, tendrá más problemas de los que puede imaginar una vez establecido su mandato.
—Esa es la mejor parte —sonreí de regreso—. Con algo de su ayuda, quisiese «ayudar» a este pequeño grupete; refinarlos, entrenarlos un poco, prepararlos para lo que se viene. Quiero allanar el terreno para que marchen directo a «nuestra» victoria, y que sean ellos quienes den la cara por nosotros. El mundo lo verá como nada más que una disputa familiar por el poder, y nosotros no seremos sino «aliados que lucharon por su causa».
—Un plan muy malicioso, si me lo pregunta —esbozó sin sorpresa—. El problema es que de todas formas nos reconocerán como sus afiliados. No seremos el foco principal, pero tendremos muchas miradas sobre nuestras cabezas.
—Verdad, pero los recursos que ganaremos serán invaluables. Piénselo bien; información, espías, la influencia de nobles que están siendo extorsionados en estos momentos. Ganaremos enemigos, sí, pero también mucho poder.
Usé hasta la última gota de mi Viveza Argentina. Me esmeré al máximo, eligiendo con cuidado para mínima palabra que salía de mi boca. Sus resultados… bueno. Ariel se reclinó en su asiento y reflexionó con cuidado sobre lo que había dicho. En primera instancia, creí que la había convencido. Mis habilidades con el habla, mi elocuencia y carisma parecían haber cautivado el corazón de la princesa bastarda… pero la realidad estuvo bastante lejos de esto.
—Es tentador —admitió regresándome la mirada—. Sin embargo, hay un ligero problema en su planteamiento, señor Cooper…
—Que su plan tiene más agujeros que un colador —continuó Luke.
—Tiene razón en una cosa —agregó la elfa—. Los Vulture poseen alianzas con medio Asura. Tienen un numero incalculable de espías, y más recursos e influencias que la mayoría de familias del continente. Sabrán de tu llegada meses antes de siquiera partir.
La cosa no tardó en empezar a caerse…
—A ver… esperen, por favor —suspiró Ariel frotándose el entrecejo—. Escuche, señor Cooper. No quiero que crea que estoy despreciando sus intenciones. Pero el hecho es que sus enemigos son muchos y muy influyentes. Protegerán al patriarca Vulture a toda costa, e incluso si consigue acabar con él nada asegura su impunidad, ni mucho menos nuestro beneficio. Después de todo… mi hermano está con ellos.
—La realidad es que no tengo más enemigos por ganar —repliqué un tanto molesto—. Estoy contra el mundo, pero al menos tengo la disposición de dar pelea. ¿Y usted qué? ¿Cuál es su plan? ¿Tiene alguna idea, algún aliado además de estos dos, o nada más se están escondiendo a la espera de que caiga un milagro?
—¡No nos estamos escondiendo, basura mentirosa! —exclamó el noble con ofensa.
La princesa volteó, frunciendo el ceño con reprimenda en dirección al muchacho. Esta vez sí expresó su disgusto, haciendo que este reconociese su error de inmediato. Luke apartó la mirada con pena y regresó al silencio sin atreverse a continuar.
Tras esto, ella abandonó su asiento; dejó que su figura vagara a través del cuarto, solo deteniéndose frente al marco de la ventana. Su visión contempló los hechos, dejándose guiar por su corazón pero templando sus palabras con la mente. Fui capaz de reconocer esa mirada. Ese gesto ausente, esos atisbo distante que divagaba hacia el pasado, perdido en los recuerdos que bebían de emociones añejadas.
—Es verdad —admitió solemne—. Estamos en decadencia. No tenemos mucho de donde agarrarnos, y es por eso que nos escondemos del ojo público. La realidad es, que nuestra situación no es muy distinta la suya, señor Cooper. Pero no por eso estamos dispuestos a arriesgarlo todo en una jugada de fe.
—Es un salto de fe, sí… pero también una oportunidad. No me puede decir que los resultados no son atractivos.
—He perdido a muchos hombres en el viaje hasta aquí —replicó, volteando hacia mí—. Todos ellos amigos, personas que juraron lealtad a mi nombre y dieron hasta lo último por mí. Depositaron su confianza en que yo logrería mi cometido, y ahora viene usted a decirme que debería lanzar todo eso por la borda. ¿Y si algo saliese mal? ¿Y si ese pequeño desliz se llevase la vida de Luke, o la de Fitts… o la mía? Está viendo los resultados favorables, pero no contempla el escenario completo. Hay mucho que puede salir mal, jovencito.
Mierda… ¿Qué responder a eso? Tenía las intenciones de hacerlo, de decirle lo equivocada que estaba por pensar así, de no querer ver las cosas con un atisbo de esperanza pero… pero cualquier argumento hubiese sido en vano. No es posible convencer a alguien así. ¿Cuán grande era su razón? Un rascacielos comparado con la mía. No podía ganar este argumento, no podía hacer que se pusiese de mi lado. El sentimiento tras cada frase dejaba en evidencia su determinación; había ira, pena, dolor, pero también cariño, amor, esperanza y la mescla de todo eso… creaba su fuerza. El ardor en su pecho no le dominaba, al contrario, templaba su juicio. Y yo apenas era un muchacho perdido, con una idea que nunca sería capaz de concretar por mí mismo.
—Creo entender su punto —respondí bajando el tono—. Pero déjeme decirle una cosa. Yo también he pasado tiempos por de mierda, no crea que el camino hasta aquí fue todo color de rosa. No he conocido el descanso o la tranquilidad en mis últimos seis años, señorita Asura; es la mitad del tiempo que llevo vivo, y lo pasé caminando, acampando y viviendo de lo que buenamente conseguía. ¿Y todo por qué? Déjeme decirle por qué… Por la más minúscula y remota chance de que yo y mi tío pudiésemos vivir en paz… No quiero riquezas, no quiero prestigio, no quiero comerme el mundo… solo eso. Pero supongo que esa vida no es para nosotros, ¿verdad?
Nuestras miradas se encontraron por breves instantes. Las palabras no fueron necesarias, el solo atisbo en sus ojos fue suficiente para transmitir lo que sentía. Logré llegar a ella; golpear en el lugar indicado. No pasó mucho hasta que volteó de regreso a la ventana, dejando salir suspiro cansado mientras se dirigía a sus subordinados.
—Desátenlo por favor.
Sin decir nada más y buscando evitar el contacto visual, el noble se acercó y cortó las sogas con su espada. En cuanto se me dio lugar para ello, me reincorporé, y continué:
—No sé cuál de los dos haya tenido la peor suerte, pero una cosa es cierta. No vamos a llegar a ningún lado si nos quedamos a la espera de que algo pase. Yo tengo otras opciones… o al menos eso me gusta pensar. Lo voy a intentar, por más fea que se vea la cosa.
—Luchas sin saber cómo —esbozó con frialdad—. Es una batalla perdida desde su concepción… y lo peor es que lo sabes. ¿Puedo preguntar el por qué? ¿Qué vale esta pelea?
Otra vez esa pregunta; esa maldita y condenada pregunta. ¿Quería un motivo? ¿Una razón más allá de lo evidente? ¿Y para qué? ¿Cuál era el punto detrás de decidir semejante estupidez? En su momento, lo asocié a nada más que el idealismo de su gente, al creer que se necesitaba de un motivo mejor que nosotros mismos para justificar una lucha.
—¿Una vida tranquila no es suficiente?
—No —sus ojos se clavaron en mí—. Le aseguro que no es motivo suficiente.
Por supuesto que iba a decir eso…
—Allá ustedes entonces. Sigan con lo suyo.
Las miradas del trío me escudriñaron mientras andaba hacia la salida. El atisbo de Luke, mismo que flameando con desprecio y desconfianza. Los ojos de Fitts, llenos ahora de dudas y confusión. Y el semblante de Ariel, solemne e inamovible, pero a su vez expectante; atento a cualquier cambio.
La fría quietud del pasillo me abrazó con su soledad. Ahí estaba ahora, con una mano aún posada sobre el picaporte, procesando en profunda consternación lo que acababa de suceder. Demasiadas emociones en mi cabeza como para definirlas todas, y bien claro el por qué. Nada salió como hubiese deseado, y aunque esto ya era costumbre, en este caso hubo un giro un poco más pesimista de lo usual.
«Bueno Erron… La cagué» posé la frente sobre el marco de la puerta.
Ya no tenía sentido estar ahí. Era hora de abandonar el lugar. Cabizbajo, di media vuelta y me dispuse a afrontar la retirada. Y con cada paso, el sentimiento de perdida y arrepentimiento se intensificaba; avivaba las llamas del nerviosismo y del pánico. Sentí que me faltaba el aire. Las entrañas me ardían y mi visión se tornaba borrosa. Parecía estar caminando sobre nubes mientras un carbón ardiente era presionado contra mi pecho. Mi cabeza estaba desconectada; en piloto automático.
Ignoro el tiempo que pasé en ese estado, solo sé que, de manera eventual, mi conciencia fue arrastrada de regreso por el tranquilo parloteo de los estudiantes, el suave soplar de la brisa en mi oído y la lejana risa de los guardias en el portón de entrada. Estaba fuera. Había caminado hasta ahí sin siquiera darme cuenta.
Y de nuevo, lo sentí; esa sensación extraña, el singular abrazo de la realización por haber cumplido con algo. ¿Con qué, por qué o para quién? No lo sé… pero, una vez más, nadie respondería esto por mí. Volteé entonces hacia lo alto del edificio, contemplando así la ventana de la sala de reuniones. No hubo una razón en particular para hacer esto, no quise llamar su atención, no les grité ni busqué de ninguna forma. Solo me quedé ahí, mirando como rarito mientras atraía las miradas de los alumnos.
«Tienes que hacerte revisar la cabeza, amigo» me dije a mí mismo.
Y así dejé atrás la escuela de magia. Regresé al pueblo mientras el sol se ponía tras las montañas en el horizonte. El día acababa, y mi resolución había sido simple; lo había arruinado de manera monumental.
Braier me brindó un pequeño lugar en su morada; una habitación vacía en la parte de atrás, misma que adorné con lo poco que tenía en la mochila, y mi triste saco de dormir. Pasaría mucho tiempo hasta que pudiese volver a ostentar la comodidad de un colchón, pero podemos decir que esto era mejor que hojas y ramas. Era una mejora.
Posado contra el marco de la puerta, el elfo me observó mientras desempacaba.
—Esa cara larga sugiere que todo te salió como de costumbre.
—Justamente; como el culo. Aunque… hoy fue especialmente malo, amigo.
Frustrado, lancé la vacía mochila hacia la esquina más cercana y me dejaba caer sobre mi excusa de cama. No me sentía de ánimos para nada, y Braier no tardó en darse cuenta de ello. Aun así, en vez de retirarse y dejarme solo en mi miseria, el orejón dio un paso al frente y tomó lugar junto a mi persona.
Se sentó en el suelo, con la espalda la pared y el semblante en alto, aunque un tanto melancólico.
—Sí, sé cómo es eso. No creas que a mí me fue mucho mejor que eso.
Suspiré con desgane antes de voltear a verle. Ya podía sentir el aroma a problemas en el ambiente.
—¿Qué explotaste? ¿Quién murió?
Por supuesto, mi pregunta le causó más gracia que otra cosa.
—Nada, nada… por ahora. Pero ya que lo mencionas, podría decirse que un par de cosas me estallaron en la cara. Digamos que tuve una pequeña discusión con los proveedores de Sharia; hay un pedo muy gordo con los delegados aduaneros y se niegan a venderme material.
—¿Este mundo de porquería tiene aduanas? —arqueé una ceja—. Qué raro, no me suena habernos cruzado con ninguna… A no ser que seamos ilegales y no me lo hayas dicho.
—¿Qué? ¡No, claro que no! Las instalaron un tiempo después de que saliéramos de Ars. Parece que el gobierno actual quiere regular el cruce entre zonas. Dicen que es un cambio temporal, pero fijo que debe ser alguna mamadota relacionada con las familias involucradas. Política, lo de siempre.
Las palabras «Familias» y «Política» me activaron varias alarmas.
—¿De casualidad el apellido Vulture está escrito en alguna parte?
—Pues sí we, creo que hasta fueron los primeros en abogar por esta decisión. Cosa extraña si me lo preguntas. No pensé que una familia de comerciantes estaría a favor de meter palos en su propia rueda… han de ser comunistas. ¿Por qué la pregunta?
En cualquier otro momento hubiese relinchado como caballo y posiblemente hasta me habría tirado de los pelos. Pero en mi estado actual no me sentía de ánimos para sufrir otro ataque de pánico, por lo que nada más me quedé mirando a la pared con mi mejor cara de «puta vida».
—Una corazonada nada más, no me hagas caso… —me levanté un poco para estar cara a cara con el elfo—. Por cierto, gracias por dejar que me quede. Te debo una grande.
—Hey, ni lo menciones, ya sabes lo que dicen. «Una mano lava la otra».
—Por lo general uno dice esa frase cuando va a pedir algo a cambio. Y por supuesto esperaste hasta que hubiese desempacado todo para decirme, ¿no es verdad?
Braier rio al ser descubierto.
—Soy un comerciante we. ¿Qué esperas de mí? ¿Crees que pasé las últimas décadas rompiéndome la espalda como pendejo?
—Bueno… mínimo trabajando limpio, ¿no?
—Trabajando limpio dice. Esa es buena.
Una declaración tan sinvergüenza nunca fallaría en hacerme reír, y esta no fue la excepción.
—Bueno dale, pago por ver. ¿Qué tienes en mente?
La sonrisa del elfo se ensanchó, y su postura se inclinó un poco hacia adelante para enfatizar la seriedad de su oferta.
—Seré claro, necesito materiales para trabajar; carne, especias, plantas, todo lo que sea más o menos comestible, ya sabes. Mi prioridad en estos momentos es abrir el restaurante lo antes posible, y no puedo hacerlo sin nada que ofrecer. Dicho esto, hasta que esa mugre de la huelga aduanera se solucione, me preguntaba si querrías…
—Trabajar para ti —me adelanté—. Mira, aprecio la idea, pero tal vez no es…
—ESPERA, déjame terminar —interrumpió presionando un dedo contra mis labios—. Mira, no sé en qué andas metido, pero una cosa es segura. Vas a necesitar chamba más temprano que tarde. Runoa no es un reino precisamente barato, y vas a necesitar unas cuantas monedas si no quieres acabar tirado por ahí como paleta de fresa.
«Crudo, pero es un buen punto.»
—Además, puedes quedarte con las pieles, huesos y todo lo que yo no necesito. Eso es un dinerito extra, amigo. O incluso… puedes valerte de esa maña tuya para fabricarte un mejor equipo. No te vendrían mal unos juguetitos nuevos —me sonrió con picardía a la par que extendía una mano—. Entonces, ¿qué me dices, socio?
Una cosa es segura, el orejón de mierda sabía dónde apretar. En su momento sonaba convincente, pero hoy en día y repasando lo ocurrido, diría que su petición no era sino fruto de alguien desesperado; quiero decir, ¿pedir semejante cosa a el pibe que apenas movió un dedo en todo el viaje hasta aquí? El pobre tipo necesitaba ayuda, y la mano de obra barata y fácil estaba frente a él. ¿Cómo culparlo?
—Está bien, me compraste —estreché su palma con firmeza—. Eso sí, voy a necesitar unos días para estudiar la zona y poner un par de trampas. No te puedo prometer milagros.
—Tú sabes lo que haces, no cuestiono tus métodos. PERO, trata de no malograr demasiado la mercancía. No quiero que mis clientes se topen con un puñal a mitad de su cena.
—Podrías decir que es parte de la presentación, y de paso aprovechas y le metes una promoción para que vuelvan. «Estofado Cavernícola», se vende solo.
—Hey, eso… no es mala idea. ¿Ves? ¡Ya estamos pensando como socios!
Ahora, mi hermano en cuestión sí tenía razón en algo. No importa la decisión que tomase en ese punto, iba a necesitar el dinero para llevar a cabo. La realidad era que las monedas que tenía en el bolsillo no durarían mucho, y eso considerando que me estaban ofreciendo rancho prácticamente gratis. Trabajo remunerado a cambio de carne y plantitas no sonaba nada mal. ¿Entonces por qué no? Si el tipo quería sus bichos muertos, yo le traería sus bichos muertos.
Y de repente, la onda expansiva de un rugido atronador interrumpió el momento; una cacofonía abrupta, simple y a la vez estridente que nos sobresaltó con su llegada. Bajé la mirada a mi estómago, momento en que el suceso se repitió con fuerza.
—¿Tienes comida? —esbozamos al unisón.
Braier se burló de mí con un gesto exagerado.
—¿Comida? ¿En un restaurante? Ay no sé mijo, tendría que ir a fijarme…
—¿Me vas a hacer rogar? Qué amigo resultaste, wacho… Dejar padecer a tu hermano del alma, ¡viendo cómo se come a sí mismo de dentro hacia afuera! Yo me la hubiera jugado por ti.
—Mi «hermano del alma», no has vivido lo suficiente para experimentar lo que es el hambre de verdad. ¡Déjate de chingaderas y vamos a asaltar el refri!
—¿Hay refrigeradores en esta época?
—¡Me vale como le llamen! ¡La caja fría!
Al final lo consiguió; el hijo de perra no solo me levantó el ánimo, sino que logró asociarme a su emprendimiento. Hay que saber valorar lo que se tiene, y Braier sin duda estaba hecho para los negocios. Eso fue todo por la noche, decidí apagar la cabeza un rato. Enterré mis preocupaciones y ahogué sus pesares con comida asquerosa y añeja. Y todo saben que nada viene mejor para dormir que el estómago lleno, por lo que incluso con los problemas en mi cabeza, logré conciliar el sueño como un bebé recién nacido. Visto por ese lado, no todo fue malo.
Importante, sin embargo; el tiempo no se detiene para nadie, y yo tenía esto más que presente. Sabía que cuanto más pospusiese las cosas más cerca estaría Cassandra de ganarme la mano. Descartada la opción de recibir ayuda de Ariel, solo me quedaba el plan de emprender la búsqueda de los muchachos. Pero claro, esto sería imposible sin dos cosas; información, y dinero, y para conseguir la primera debía tener la segunda a mano. Entonces y como diría Mr. Increíble, «a laburar».
La mañana siguiente me recibió con el arrullo de la briza invernal. No, no fue agradable, pero consiguió despabilarme del todo. Frente a mí, una nueva arboleda se abría en todo su esplendor. Llegado este punto me sentía más parte de ese tipo de ecosistema que del mundo exterior y «civilizado». Teniendo en cuenta el tiempo que pasé perdido en estas, no sorprende en lo absoluto. En particular, esta me pareció bastante más triste que las que había recorrido en por allá en Asura; los árboles eran grises, sus hojas pequeñas y frágiles, sus truncos gruesos y sus frutos permanecían escondidos bajo capas de escarcha y nieve. Era hermoso, sí, pero también bastante lúgubre.
«Esta cosa ardería como el infierno bajo las condiciones adecuadas» me dije acariciando uno de los abetos.
Los más viejos tenían una corteza dura y resistente, pero los árboles verdes eran flexibles y de un tamaño óptimo para la tarea. Aproveché esto para plantar un par de trampas simples; usé un poco de cuerda y escondí los disparadores con lo que tenía a mano. Me dio hasta un poco de miedo, eran prácticamente invisibles.
Continué mi camino guiándome del entorno, en ocasiones marcando cruces y dejando pequeñas señales para ubicarme en los alrededores. Pisadas en la nieve, ramas rotar, arbustos aplastados, el lugar estaba lleno de pistas que sugerían la presencia animales medianos. Si el tata me hubiese visto no me cabe duda que hubiese estado orgulloso de ver a su borrego cazando como buena cría campestre.
Sonreí para mí mismo con esta idea.
«Heh, mira nomas a tu gauchito, viejo… Ojalá estuvieras acá para echarme en cara todas las veces que no te quise escuchar.»
Y de repente volvieron a mí; todas esas veces en que salimos para el campo, en que el viejo quiso servirme de su sabiduría paisana. Tantos consejos, tantas historias que en su momento parecían una tontería. Pero el señor no quiso escuchar, no, claro que no… Estaba demasiado ocupado pensando en lo mío, en los muchachos, la gira, en… bueno, en estupideces. ¿Qué me importaba lo que tuviese que decir un viejo del campo, no?
Apreté los dientes, reteniendo el enojo que sentía hacia mí mismo.
«Ya casi doce años. ¿Cuánto más me voy a seguir golpeando la cabeza con esto? Ya está, hombre… Seguro que ya ni piensan en mí, ¿por qué lo harían? Si toda la vida fui… nah, no importa.»
Sacudí la cabeza tratando de despegarme de este pensamiento.
—Basta, BASTA —me dije a mí mismo—. Basta ya con eso. Estamos acá y ahora. Hay que pensar en el ahora.
Ojalá fuese tan sencillo, ¿no? Nada nunca lo es.
Continué un poco más hasta encontrar el sitio donde la naturaleza creó uno de sus tan gallardos paisajes. Vi entonces un hermoso claro se abría entre los frondosos árboles, de un tamaño entre cuatro y cinco metros más o menos. El cielo quedaba a la vista, permitiendo que la nieve se acumulase y evaporase con libertad sin reparo. Era como ver una laguna blanca, solo perturbada por los pequeños espacios donde las criaturas moraron hace no mucho. Y es que, de estos había muchos, y en varias formas y tamaños.
«Una zona muy concurrida.»
Decidí quedarme en los alrededores para observar. Tomé carrera y subí a una rama usando el tronco como punto de apoyo. Colgué la mochila en uno de sus gajos y me ubiqué de manera cómoda para pasar el rato. Ahí estaba ahora; inmóvil y a la espera, listo para aprender de todo lo que este lugar quisiese enseñarme. Y para no aburrirme, alcancé el cuchillo de carpintería y el tarugo que sobrevivió al viaje. Ni corto ni perezoso, empecé a tallar.
Ahí me quedé, sumido en la tranquilidad sin nada más que el minucioso sonido del metal rasgando la madera una y otra vez. Apoyaba y cortaba, apoyaba y cortaba, una y otra vez a mi propio ritmo.
«El tata era un tipo muy sabio en realidad. Él hubiese sabido que hacer en mi lugar, seguro que ya habría encontrado una solución a todo el quilombo.»
El sonido de las aves se hizo presente a mi alrededor.
«Ariel Anemoi de Asura… Doble apellido, nombre más de cheta no había. ¿Quién se cree que es? Claro, si yo tuviese gente y plata a mi disposición también me daría el lujo de elegir.»
Las tiras del madero caían tras cada corte. Mis menos apretaban las herramientas con más fuerza tras cada tajo, y cada uno de estos realizado de manera robótica y automática; sin pensar siquiera. Como las manecillas de un reloj, constantes, medidas y perfectas.
«Al final, casi que es mejor así. ¿En qué me beneficiaria estar con esa gente? Tienen cara de estar más perdidos que yo. Es más, por lo menos yo sí intento solucionar las cosas, ¿qué han hecho ellos por sí mismos? Esconderse en su escuela de lujo, mirando a la gente desde arriba…»
Apreté los dientes y fruncí el ceño sin darme cuenta. Y un corte, y un giro, un corte, y un giro, un corte, y un giro…
«Se esconden y ya está, escapándose de papi el rey y de su hermano violín. Si es que al final seguro me iban a dejar todo el trabajo a mí. ¿Entonces para qué? ¿Por qué siquiera molestarse?»
Un corte, y un giro, un corte, y un giro, un corte, y…
—¡AHHH!
El cuchillo se me escapó de las manos. El tarugo cayó sobre la nieve a la par que un par de gotas de tinte rojizo mancharon su blancura. La sangre brotó como el agua de un río, emergiendo desde un corte profundo a lo largo del pulgar. Y entonces, exploté.
—¡AAAAHHH! ¡LA CONCHA DE SU MADRE!
Mi voz se esparció a través del eco mientras desquitaba mi furia en la herramienta. La arrojé, usando todas mis fuerzas para clavar su hoja en el tronco del árbol de en frente. El mango vibró por la fuerza con la cual se incrustó. Me aferré la herida tratando de cortar un poco el sangrado. Dolía, pero eran más las emociones del momento que el corte en sí. Seguí maldiciendo, gritando a todo pulmón hasta que el enojo acabó por disiparse. Solo en ese momento fue que me di cuenta de lo triste de la situación. Y ante esto, no pude sino aguantarme la bronca; morderme la lengua… y contener las lágrimas de enojo.
Levanté la mano frente a mis ojos, apreciando con cuidado el daño que yo mismo me había provocado. Reparé en lo profundo del corte, el cómo el fluido poco a poco bajaba por la muñeca y se metía por la manga manchando mi camisa. Suspiré dejando salir algo de la tensión, y sin más remedio acepté lo evidente. Pero entonces, algo ocurrió. Una criaturita, pequeña e inofensiva voló frente a mí desviando la corriente de pensamientos.
Una mariquita, o «vaquita de San Antonio» como solíamos decirles en casa. Dio un par de vueltas a mi alrededor antes de posarse sobre la punta de mi dedo índice. Su cabeza apuntaba hacía mí; su mirada fija como si sus ojos estuviesen perforando directo hacia mi alma. De repente cualquier otra sensación que hubiese tenido desapareció; el dolor, la rabia, la confusión, la desesperación, todo se desvaneció. Me quedé en completa quietud, paralizado por la extrañez del momento, dando vía libre para que el animal reanudara el movimiento.
Escuché algo bastante particular sobre ellas una vez; el hecho de que, según los científicos, no deberían ser capaces de volar. Y sin embargo ahí estaba la muy desgraciada, con las alas abiertas y revoloteando a mi alrededor, como si se burlase de mí por creer semejante rumor. Pero no era solo ella, no había solo una que fuese capaz de desafiar esta hipótesis; eran millones, miles de millones repartidas entre dos o más mundos. ¿Quién les dio permiso? ¿Porque podían sobreponerse a la lógica e ir más allá de todo? ¿Era acaso algo que ellas desearan o la vida se lo había impuesto? Tal vez… Tal vez ellas ni siquiera eran felices con ello. Tal vez solo eran por el hecho de ser.
A medida que más la miraba, con cada segundo que pasaba admirando aquella danza a salvaje, un sentimiento se avivaba en mi interior; una pequeña llama que poco a poco iba tomando control de mis acciones. Desagrado, odio, asco incluso. Sentí verdadero desprecio hacia aquella criatura, desprecio hacia su creador, desprecio hacia el universo mismo que la había atraído hacia mí. Odio, odio y odio. Su sola presencia me frustraba; me sentí ofendido, indignado, faltado al respeto. Y con cada misero instante que pasaba este sentimiento crecía, se avivaba como las llamas de un incendio. Me estaba envenenando.
Desenvainé a Faca'lis, y con una ligera estocada atrapé al insecto en medio del aire. Acto seguido, acerqué la punta de la hoja a mi rostro, encontrándome así con la escena de aquella criatura retorciéndose con su cuerpo atravesado. Se movía de manera errática, sufría, luchaba en agonía y deseos de una salvación o de un final rápido y misericorde. Y este mismo llegó apenas unos segundos después, cuando sus nervios se contrajeron y su espíritu quebró al fin.
Solo entonces me percate de lo que había hecho.
Sentí… verdadero arrepentimiento. Pero, ¿por qué? Era solo un bicho, una criatura insensible que ni sabía ni le importa mí existencia. Tal vez hubiese hecho lo mismo en mi lugar, tal vez incluso hubiese algo peor. ¿Y quién lo culparía? ¿Quién me culparía a mí por ello? No había razón para sentirse mal, para sentir remordimiento… ¿Verdad?
—¡AAAAAHHHHH!
Me sobresalté. La daga casi se me resbala de las manos en el instante en que el eco de aquel grito llegó a mí. Las ramas crujieron cuando la trampa se activó; el gajo de aquella planta se agitó, y sus ramas rompiendo el viento a alta velocidad al levantar a su presa. De manera inmediata giré en dirección al sonido. Vi entonces la figura de una joven colgada por su pierna, suspendida cabeza abajo y luchando por tratar de zafarse mientras su abrigo no dejaba de molestar y cubrir su rostro. del nudo alrededor de su pierna. A pesar de esto último, pude ver bien en claro los lentes oscuros, las orejas largas y el pelo blanquecino. Se trataba de esa elfa, Fitts el Silencioso como se hacía llamar.
—¿Qué onda esta mina? —me pregunté guardando la daga en su sitio.
Por supuesto, no me iba a quedar sin investigar. Con tranquilidad bajé del árbol y me acerqué al lugar. La pobre tanteaba su figura con ambas manos como si estuviese buscando algún objeto escondido en su haber. Y en un vistazo más cercana al hecho, me di cuenta de lo que se trataba. Su varita, igual o más pequeña que un tenedor de asador, yacía enterrada con aquella gema roja sobresaliendo de la fría nieve.
Entonces se percató de mi presencia, momento en el que dejó de moverse y trató de forzar la peor mirada amenazante que he visto en mi vida.
—Eh… ¿Buenos días? —le extendí el instrumento.
Casi al instante, su mano voló hacia mí para arrancármela de las manos. Invocando el filo de una ráfaga de viento, Fitts cortar la soga y cayó de nuevo a tierra. Seguido a esto se reincorporó, alzándose con una postura tensa que sugería la desconfianza. Palabras sobran cuando tu cuerpo es capaz de expresar tanto con un solo gesto.
—Mínimo las gracias, ¿no? ¿Por qué los nobles siempre tan agresivos? ¿Tanto les cuesta tratar bien a otros?
—¡No soy de la nobleza! —se sobresaltó—. Es decir… bueno, técnicamente sí lo soy, pero… ¡N-No importa! No debería estar hablando contigo de cualquier forma.
—Aja… pero, entonces… ¿sí me estabas espiando?
Su ceño se frunció aún más al oír esto; su mirada se apartó y sus brazos se cruzaron en desacuerdo.
—No sea ridículo. Estaba dando un paseo, eso es todo.
—Ah, claro. Y da la casualidad que fuiste a pasar justo arriba de una de mis trampas. Una ubicada entre unos arbustos, mismos que dan visión al lugar en que estaba sentado —le sonreí con picardía.
Tenía mis dudas sobre esta teoría, pero era innegable que la situación se prestaba a la evidente. Fitts permaneció en silencio por unos momentos mientras la realización poco a poco la carcomía por dentro. Es probable que haya estado buscando una excusa o salida fácil para el embrollo, mas estaba claro que no había forma de arreglar esto.
—Ugh, ya da igual —suspiró dándose por vencida—. La señorita Ariel me pidió que le vigilara. Es solo para asegurarnos de que no está tramando nada extraño, por favor no se lo tome a mal.
—En realidad sí estaba tramando algo extraño. Tenía pensado usar uno de los arbustos de por allá, pero ahora hasta me siento un poco mal al respecto.
—¡No sea cochino! —replicó con el rubor a flor de piel—. Y además… uh… Se me hace muy extraño que de repente decidiera adentrarse a los bosques a poner trampas.
—Estoy cazando, ¿qué hay de raro en eso? Un amigo va a abrir su restaurante extranjero raro y me puso de socio.
—¿A-Ah sí? Bueno eso se escucha sospechosamente conveniente, señor Cooper.
La pobre estaba intentándolo demasiado. No pude hacer más que encogerme de hombros en respuesta a sus esfuerzos; fue eso, y el hecho de que no supe qué decir al respecto. ¿Cómo respondes a algo así para empezar?
Su mirada me escudriñó de arriba abajo en un intento por parecer intimidante. El silencio más incómodo jamás concebido continuó por unos momentos excesivamente largos hasta que Fitts aceptó que esto no estaba fusionando. Agradecí al cielo al ver que, de manera paulatina, empezó a dejar de lado estos esfuerzos y a comportarse de manera más natural.
—Ugh… Lo siento. Creo que lo arruiné.
—Sí, y muy fuerte diría yo —se me escapó una carcajada—. Hey a mi no me importa que me estén mirando, pero mínimo podrías ser sincera al…
La sonrisa en mi rostro fue borrada de manera repentina. Sentí entonces una poderosa punzada a lo largo de mi pulgar. Levanté la mano, admirando de nueva cuenta la horrible cortada que en este yacía. El desgraciado seguía supurando como si no hubiese un mañana, y para colmo la zona ya se había enfriado, por lo que el dolor iba en aumento.
—Bueno, creo que el que más la cagó fui —resoplé con desanimo.
Al ver esto, la mirada de Fitts se levantó en sorpresa. De manera instintiva, alargó un brazo y posó su palma sobre la herida, acción que me tomó por sorpresa. Poco después me di cuenta de sus intenciones. El mismo hechizo que usó Cassandra era ahora realizado por la joven elfo. Este, sin embargo, fue bastante más efectivo que el de mi hermana. Sentí un leve cosquilleo mientras los tejidos empezaban a crecer y juntarse. El flujo de sangre fue poco a poco atenuado por la magia hasta no quedar más que su mancha superficial; ni costras, ni cicatrices, ni nada.
Sonreí aliviado.
—Hey, eso está mucho mejor. Muchas gracias, eh… ¿Fitts era tu nombre?
La elfa asintió con un gesto y una pequeña sonrisa.
—Prefiero que me llamen así.
—Perfecto, y ya que estamos usando nombres en clave, yo soy Gaucho para los amigos.
Noté un ligero cambio en el ambiente; cierta tranquilidad naciente. Sus hombros se suavizaron, su semblante se suavizó y sus orejas se levantaron un poco. Había puesto un pie en la zona de confianza.
—«Gaucho» es la primer aves que escucho un apodo así.
—Ah, sí, es jerga local de mi tierra. Un termino demasiado complejo para explicarlo con palabras; es un sentimiento —bromeé con un tono serio.
—Claro… Oiga, siento mucho haber sido tan brusca antes. Hemos pasado por tiempos muy difíciles, y creo que todos estamos un poco paranoicos. En especial yo.
—Hah, paranoia… sí, creo que estoy familiarizado con el termino —repliqué con ironía—. Yo también traté un poco mal a tu patrona… No me arrepiento, solo quería recordártelo.
Fitts rio a regañadientes.
—Sí, estoy segura de que también tenía sus razones —bajó la mirada a la par que su sonrisa desaparecía—. Oye… debo preguntar, ¿cómo sabías que yo… ya sabes?
—¿Que te trasvistes? —repliqué sin reparar demasiado en el tono—. No lo sabía. Para empezar, ni siquiera los estaba buscando a ustedes. Vine hasta aquí por mi hermana, y dio la casualidad de que te le pareces bastante.
Su mirada se ensanchó unos momentos e incluso dio un paso hacia atrás; tal vez por las implicaciones, tal vez por la comparación, o tal vez por ambas. Puede ser que hablé de más ahí.
—A-Ah… vaya, qué pena…
—Solo quería ver si se encontraba por acá, pero en vez de eso me crucé con una elfa, una varita, y una corriente de aire.
—Hey, dije que lo sentía…
—Ya sé, solo me gusta joder —esbocé con astucia—. A todo esto, me supongo que vas a querer que guarde tu secretito, ¿no?
—¡Sí, por favor! —respondió de inmediato—. Me metería en muchos problemas si se descubriera que no soy un chico.
—Ah, tranquila. En casa también teníamos de esos prejuicios.
—¿Prejuicios…? Eh, no importa… Solo has como si no me hubieras visto, ¿ok? Tengo que cumplir con mis obligaciones y ya sabes…
De manera apresurada la elfa dio media vuelta, y con paso apresurado comenzó a caminar en dirección opuesta al claro. Por supuesto, no iba a dejar que se fuese tan fácil.
—¡Hey! —alcé la voz para llamar su atención—. ¡Si tienes que cumplir horario no me molestaría tener alguien con quien hablar!
Fitts se detuvo en seco. La desconfianza regresó a postura una vez más. Su mirada recayó sobre mí, considerando esto por unos breves instantes antes de regresar. Esta vez su seriedad era genuina.
—No debería fraternizar con usted, y usted no debería tratarme así. No somos amigos —esbozó sin dudar.
—Ouch… qué fría. Y yo que te iba a invitar a un asado con Braier —carcajeé un tanto incomodo.
—No entiendo la mitad de los términos que usa —frunció el ceño con cierta suavidad—. Aunque… sí tendré que estar cerca suyo por un tiempo.
Sonreí para mis adentros.
—Mira, por la paz te diré mis tiempos. Voy a estar por aquí en las mañanas, y puede que hasta el mediodía. Podemos hablar si gustas o te puedo enseñar donde están las trampas para que no te comas una estaca de madera por accidente. ¿Suena bien?
Está claro que esto le pareció extraño. Tal vez me pasé un poco con la confianza en este punto, pero la verdad es que me interesaba mantenerla tan cerca como fuese posible. Lo bueno es que Fitts lo consideró bastante.
—Está bien —replicó sin estar convencida del todo—. Y supongo que no debería pasar nada por conversar un poco de vez en cuando.
—¡Perfecto! Lo que sea con tal de no estar a solas en mi cabeza. Suelo ponerme un poco… ugh… nervioso.
Fitts arqueó una ceja, pero el tono en que lo dije sirvió para sacarle una carcajada.
—Está bien, me convenciste… ¡Pero a la mínima que se le ocurra algo…! —sacó su barita y me apuntó al cuello con ella.
—Ah… Ya te pareces más a mi hermana. Creo que nos llevaremos bien —le sonreí con amabilidad, gesto que ella regresó—. Y retomando la idea del asado…
—Que no sé qué sea eso…
Tras esto, acompañé a Fitts a través del bosque. Mientras caminábamos, vislumbré a la muchacha con el rabillo del ojo. Le vi ahí, andando con cierta despreocupación mientras desperdiciábamos saliva en temas sin importancia. Su semblante amable decía todo lo que necesitaba saber. El tata solía decir «Cuando Dios cierra una puerta, abre una ventana». Y ante esta idea pensé:
«Puede ser que el plan de la alianza no esté del todo perdido. Habrá que jugar bien las cartas entonces, y saber convencer al conejo blanco.»
