XV

NOTA: Hoy he podido traerles capítulo doble! muchas gracias por todo su apoyo, lo aprecio muchísimo. Sé que puede ser un poco pesado el ritmo de la historia pero les prometo que valdrá toda la pena la espera! Cada vez falta poco para que InuYasha y Kagome por fin se conozcan :)


Los listones de colores parecían danzar por sí mismos mientras las danzantes ejecutaban su coreografía al ritmo de las gaitas y el laúd. Kagome, junto a sus amigas y primas, acompañaban la música con sus palmas mientras el resto de personas presentes en el festival hacían lo mismo al tiempo que cantaban o vitoreaban con alegría cuando llegaron del campo los agricultores con barreños llenos hasta el borde con uvas redondas y de un perfecto rojo-violeta.

Los ánimos se avivaron aún más cuando, uno tras otro, arrojaban las uvas en las grandes tinajas de madera colocadas al centro de la plaza principal listas para la ceremonia de la pisa de uva, la cual representaba un gran valor para todo el territorio de la viña.

Todas las jóvenes solteras, incluída Kagome, ataviadas con un vaporoso vestido largo de vino blanco y alpargatas rojas, se acercaban animadas al centro de la plaza cerca de las tinajas.

—¡Kagome! —escuchó la voz de Koga llamarla a sus espaldas, ella de inmediato se dio la vuelta para verlo, de inmediato notó que su mano derecha estaba oculta detrás de su espalda.

—¿Tu familia ya ha vaciado sus uvas en las tinajas, Koga? —preguntó con entusiasmo, el joven de piel morena asintió.

—Ya están en eso —respondió sonriente—, pero quise adelantarme para traerte algo —antes de que ella pudiera decir algo más, Koga le tomó el brazo con su mano libre y la alejó un poco del grupo de personas que continuaban viendo el llenado de las tinajas.

Los ojos de Kagome se abrieron de par en par cuando, en aquel rincón en el que los había llevado a ambos, Koga reveló que en su mano oculta llevaba dos rosas bellamente abiertas y de un intenso color rojo.

—En cada uno de los viñedos se planta un rosal —le explicó en voz quieta, una que solo ellos dos podían escuchar entre tanto alboroto del festival—. Sus flores nos ayudan a saber si el viñedo está saludable. Las de este año han florecido hermosas.

—Eso es una buena señal, ¿no es así? —preguntó sin apartar su mirada del par de flores de color carmín.

—Sin duda, las uvas que hemos cosechado este año son perfectas —respondió después de reír ante la pregunta de Lady Higurashi—. Solo te he traído dos porque el resto de ellas decorarán nuestra fiesta de compromiso cuando tu abuelo me conceda tu mano.

Como si una fuerza mayor a ella la hubiese obligado a levantar el rostro, por fin miró a los ojos a Koga, donde ni un solo ápice de duda se asomaba. Solo veía en él ilusiones y promesas, promesas de un futuro juntos, uno donde sería cuidada y amada.

Con su mano firme, sujetó el par de rosas que el joven de ojos verdes le obsequiaba y él, aprovechando la cercanía, volvió a besarla como lo había hecho un día antes. Ella, de nuevo, solo cerró los ojos y le permitió el gesto sin saber exactamente cómo corresponderle.

Se separaron uno del otro cuando escucharon el sonar de un par de trompetas que anunciaban que la ceremonia pronto comenzaría.

—¡Atención a todas las doncellas y jóvenes solteros de la viña! —la voz del maestro de ceremonias era potente y clara—. ¡Acérquense a las tinajas y suban con cuidado!, ¡La pisa de la uva está por comenzar!

El corazón de Kagome latió con emoción, no solo se trataba de su actividad favorita del festival anual de la tierra en la que nació, sino que este año era especial. Este sería su último año participando…

Sintió sus mejillas enrojecerse cuando Koga la tomó de la mano con la que sostenía las flores que recién le había regalado, invitándole a avanzar junto a él.

—¡Lady Kagome! ¡Aquí! —escuchó a sus amigas llamarla desde la tinaja más grande del festival—. ¡Suba aquí!

Con una sonrisa en los labios, la joven de cabello azabache, aún de la mano del joven que la acompañaba, se apresuró a la pequeña escalera de madera, se quitó las alpargatas con cuidado y, con ayuda de Koga, subió uno a uno el par de escalones hasta subir a la tinaja.

Todas sus amigas y primas la recibieron alegres cuando se unió a ellas y soltaron una risita cómplice cuando notaron que Koga también había subido a la misma tinaja que ellas para estar cerca.

Cuando el maestro de ceremonias anunció el comienzo de la ceremonia, la música de nuevo volvió a sonar a un son jubiloso que invitó a todos los jóvenes a comenzar a bailar dentro de las tinas de madera.

Kagome comenzó a pisar los racimos de uvas bajo sus pies las cuales reventaron por el peso soltando su jugo en pequeñas y frías explosiones que le comenzaron a manchar los pliegues de su falda blanca.

La risa que compartía en ese momento con sus amigas le resonaba como un eco en su cabeza mezclados con el sonido de las gaitas que las invitaban a seguir danzando entre los racimos que aún no exprimían todo su jugo.

En un momento se encontró de frente con Koga quien, jugueteando con sus amigos quienes pisaban las uvas con energía y carcajeaban cuando uno de ellos resbalaba, también disfrutaba del momento tanto como ella. Después de todo, esta también sería la última ocasión en la que participaría…

Se miraron el uno al otro por un buen rato, ignorando al resto de jóvenes que iban y venían danzando entre las uvas. Kagome de nuevo notó esa mirada en Koga, esa que, una vez más, le reafirmaba promesas dispuesto a cumplir.

Promesas en las que ella deseaba fervientemente creer…

Parpadeó un par de veces para despabilarse cuando de pronto la música paró…

Todos, confundidos, miraron hacia el estrado colocado frente al gran templo del dios Sabio, conocido protector de la viña.

Kagome sintió su corazón contraerse cuando, entre la multitud que observaba la ceremonia, vio a una de las doncellas de su madre siendo escoltada por dos guardias del palacio Higurashi.

—Mi Lady —le susurró la doncella cuando estuvo cerca de la tina donde danzaba con sus amigas—, por favor, venga conmigo. Su señor abuelo necesita hablar con usted…