XIV
Después que el cochero que había llevado a la hija del molinero con las novicias de la Diosa se marchó de su despacho, Takemaru soltó un pesado suspiro y se permitió, por primera vez en ese espantoso día, dejar caer su espalda sobre el respaldo de su asiento. Agotado, llevó ambas manos a su cabeza para masajear sus sienes y así de alguna manera bajar el dolor que le aquejaba.
—Luces radiante —la cínica voz de su hijo se coló por sus pensamientos obligándolo a abrir de nuevo los ojos para encontrarse con él justo en el umbral de la puerta principal de su salón privado.
—No quiero más bromas —le advirtió bajando sus manos hasta su escritorio—. Tu hermano solo ha hecho lo que mejor sabe hacer desde que nació, causarme problemas.
—¿A eso vino el cochero?, ¿a traerte más problemas relacionados con InuYasha? —preguntó Bankotsu al mismo tiempo que se sentó en una de las sillas frente al escritorio de su padre.
—Sólo espero que no se hagan más grandes —explicó despacio—. Sabía que las hijas de la Diosa no aceptarían a la muchacha como novicia porque no es virgen, y tal cual me lo confirmó el cochero.
—¿Quieres decir que regresó a su casa?
—No. Mis hombres iban con la instrucción de pedirles asilo a la muchacha como se les suele dar a las jovencitas de alta cuna que…bueno, dan el mal paso y deben permanecer ahí para que nadie las vea —Takemaru tomó de su escritorio su abrecartas y comenzó a juguetear con el filo entre sus dedos—, Un favor que no le hacen a cualquiera, mucho menos a una campesina, por supuesto.
—Pero después de un buen donativo del señor de los molinos y la promesa de que su majestad el rey les enviaría otro más generoso después, aceptaron, ¿no es así? —se adelantó Bankotsu sonriente, conociendo las artimañas de su padre.
—Por lo menos hasta que pase la boda de tu hermano —afirmó pero no estaba satisfecho— pero si resulta que está encinta tendrá que quedarse más tiempo ahí y, claro, costará más dinero, ni hablar del problema gigante que sería eso.
—Vaya —Bankotsu dejó salir un suspiro de sorpresa—, espero que InuYasha no haya sido tan tonto para preñar a la muchacha…
—Quién sabe —harto, Takemaru se levantó de su silla y caminó un par de pasos para despabilar sus piernas—. estaba tan entusiasmado con esa campesina, que de solo pensarlo me provoca jaqueca.
—Bueno, si resulta que lo está supongo que te avisarán de inmediato, ¿no? —Takemaru miró a su hijo y asintió a su pregunta—. No le diremos nada a InuYasha y ha prometido no buscarla, lo conozco, cumplirá. Aunque sea para que no te ensañes con la familia de la chica.
—Más le vale —advirtió Takemaru al mismo tiempo que caminó hacia la puerta de su despacho—. Con suerte, esto ha terminado hoy.
—No sabía que conocieras tan bien las reglas de las hijas de la Diosa… —escuchó a su hijo especular cuando lo escuchó girar la perilla de la puerta para abrirla.
El señor de los molinos dio un pesado trago de saliva antes de responder—. El señorío es su principal benefactor, ¿por qué no las conocería?
—¿Es eso?, ¿o ya habías requerido de su asistencia antes? —preguntó sin la menor intención de darle tregua—, ¿tal vez otra jovencita que dio el mal paso y querían esconder?
Molesto por el interrogatorio, Takemaru giró para encarar a su hijo—. ¿Qué es lo que quieres averiguar?, ¿si tu madre llegó a pisar ese lugar después de que el infeliz de Taisho la sedujo? —ahora preguntó él, lanzando cada palabra como un dardo, la forma en la que su hijo endureció la mirada le confirmó que era esa duda al empezar tan bochornoso interrogatorio—. Lo único que necesitas saber es que todo lo que hice por ella fue bajo el permiso de tu abuelo y solo pensando en su bien.
—Y con eso la condenaron a ser una infeliz hasta el día de su muerte…
—¿No me dirás ahora que te compadeces de la hija del molinero por su destino?
—Por supuesto que no —se defendió Bankotsu—, solo me resulta curioso pensar que no es la primera vez que mueves tus hilos de esta manera…
—En lo que respecta a tu madre. Actué con toda la intención de protegerla de la vergüenza —sentenció—. Si no lo logré fue por culpa de ese soberbio imbécil que teníamos por rey, que a buena hora dejó este mundo.
Sin permitirle una palabra más, salió del despacho azotando la puerta tras de él y, a paso furioso, caminó por el largo corredor con dirección a su dormitorio. Claro, a buena hora Inu no Taisho había muerto pero, ahora, parecía que el engendro que había sembrado en el valle parecía apunto de convertirse en su verdadero heredero.
Ojalá, donde sea que estuviera, el fuego y el sufrimiento eterno no le permitiera verlo…
