PARTE I
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
J. L. Borges, EL AMENAZADO
—Y por eso moriré sin descendencia, igual que mi padre.
Lo decía cada sábado por la mañana, todavía en bata y en chinelas, después de hacerse el té y antes de que apareciese el retoño de la discordia arrastrando los pies. Cabeza gacha, ojos delatores. Buscaba una pizca de complicidad, un capote, un salvoconducto, pero Levi era implacable:
—¡Carla, ya está aquí!
—¡Estoy buscando el alcoholímetro! —dijo una voz desde la cocina.
—Ay, ay, ay —se quejaba Eren con las manos en la cabeza. El muy iluso no hacía más que empeorar la situación con su numerito—. Ay, ay, ay…
—Me cago en la puta —Levi se horrorizó ante la arcada—. Aquí no, hombre, que lo tengo todo como una patena. ¡Corre al baño y límpialo cuando termines!
—Escalera imperial. —Kenny enseñó sus cartas y sus dientes—. ¡Más sabe el Diablo por Kenny que por Diablo!
—Que no, que haces trampas. —Zeke dio un golpe a la mesa y se levantó—. Tres putas escaleras imperiales en tres partidas. ¡Y una mierda!
—La boca —advirtió Carla. Empezó a barajar de nuevo—. Yo también creo que hay gato encerrado en este asunto. No digo trampas, ¿eh? Dios me libre a mí de acusar, pero…
—Ni pero ni pera —insistía Zeke, ahora echando vaho en los cristales de sus gafas—. Este se las sabe todas, el viejo del demonio. Me enteraré, vaya si me enteraré de lo que haces, pero por lo pronto yo no vuelvo a jugar más contigo. No es que las trampas me parezcan injustas, cómo si hubiera algo justo en la vida, es que yo también quiero ponerlas en práctica.
Levi languidecía en el sofá. Se había casado con conocimiento de causa. Aparte del hijito pazguato, merodeaba habitualmente por la casa el hijastro desaliñado de Carla. «Su madre no lo quiere, así que hay que quererlo más», solía decirle, y eso había bastado para que Levi lo mirase con algo menos de recelo.
—Yo no pierdo, chico —se jactaba Kenny.
—Imposible. En esto se pierde más de lo que se gana.
—Vaya si ha perdido —murmuró Levi.
—¡Da igual! Pa ganarme a mí tienes que echar más pelos y no en la barba, ¿eh? Baraja, sobrina. ¡El JB, Levi!
—¿Soy tu criado o qué? Ve tú y a ver si quiere Dios que te ahogues bebiendo.
—A mí solo me ahogan las que tienen que ahogarme.
—¿Y quiénes son esas, Kenny? —Zeke disfrutaba.
—De esas no se habla, nene, y menos con una dama delante. ¿Es que no tienes modales o qué? A esas hay que conocerlas a fondo. Un día te las presentaré. ¿Qué edad tienes?
—Veintiséis.
—Ya estás en edad de merecer.
—Juro por Dios que no vuelves a poner un pie en esta casa si sigues hablando de burdeles —advirtió Carla con total seriedad.
—Mi sobrino también las conoce.
—Eso es mentira —Levi saltó del sofá—. Me llevaste a un antro cuando era joven, pero yo me quedé en el bar y tú subiste a… ¡Carla, no, no te vayas! Que me muera ahora mismo si lo que digo es mentira: nunca he pisado una casa de putas. Jamás, ¡en la vida! Viejo verde de los cojones, ¡me vas a costar el divorcio!
—Estoy que me fumo. ¿Puedo fumar aquí dentro? —A Kenny le pendía un largo habano de la boca—. ¿No? Bueno, pues yo voy a fumar igual, que me lo ha mandao el médico pa la circulación. Dame fuego, rubito. Morirse con los pulmones impolutos, ¡qué desperdicio!
—Mal asunto esto del divorcio —Zeke sacó una pitillera— porque están en gananciales.
Carla encontró una caja de galletas mientras ordenaban el altillo. Dentro había hilos y fotografías.
—Antes me bastaba una caja —dijo Levi— para guardarlo todo.
Se sentaron en el suelo. Un jovencísimo Kenny en la playa con un nene a coscoletas. Kenny sonreía, pero el nene no.
—Nunca te ha gustado la playa —comentó Carla.
—Pues claro que no. Arena, algas y mierda por todas partes, pero a mi madre sí le gustaba. Esta foto… Sí, la hizo ella. Harán más de treinta y cinco años. Ha llovido mucho.
—Hay que ir a verla, a limpiarle la lápida y ponerle flores. Se lo dije a tu tío, pero ese solo vale para quejarse y empinar el codo.
A veces Levi se ensimismaba y pensaba en su madre, en paz descanse, a la que veneraba silenciosamente en el altar de la fotito en la cartera. Hablaba poco del asunto. A Kenny, en cambio, le parecía que mentar a su hermana le insuflaba vida. Levi solía escabullirse cuando empezaba. «Es que es ya mayor y no puede», decía Kenny, «porque se nos murió mu joven y de mala manera, consumía. Mi Kuchel, qué lástima. Una santa».
—Yo iré. No hace falta que me acompañes.
—Sí hace —respondió Carla—. Se vendrá el crío también y pasaremos a ver a Grisha. Es mi suegra, aunque no la haya conocido. Tu caja de galletas también es mía. Tírala.
—¿Qué?
—Vacíala y tírala. Pondremos las fotos con las demás. No puedes guardar todo lo que quieres en una caja. No cabe.
Él asintió. Guardaba un extraordinario parecido con la mujer del retrato entre sus manos.
—Ya no estará sola, Levi.
—¿Lo sabe mi madre?
—No.
—¿No se lo has dicho? Si se lo dices todo.
—¿Debería? No se lo diré. Díselo tú si quieres. A mí me da igual.
—¿No vas a preguntarme nada?
Levi lo miró de soslayo. Al idiota le habían pegado y no paraba de revisarse la cara en el espejo del copiloto.
—Yo no soy tu padre. Si me lo cuentas, te escucharé, pero no voy a ir detrás de ti preguntándote. A ver si adivino: empezó el otro.
—¡Pues claro! —Eren estalló—. ¿Qué hago? No me voy a quedar de brazos cruzados si llaman puta a mi madre.
—No te he dicho que te quedes de brazos cruzados. Te digo que si un imbécil te pone un ojo negro, tú le pongas los dos.
—¿No me vas a reñir?
—Haré algo mejor —decidió Levi—. Te enseñaré a dar más fuerte, como dábamos en la mili. Te enseñaré cómo, cuándo y a quién. Tú decidirás por qué, pero decide bien y no des disgustos a tu madre. Sus disgustos son mis disgustos.
—Yo creo que no follan. —Zeke se había fumado todo el paquete y daba caladas al último cigarro con fruición—. Lo creo porque no los puedo imaginar. Que no, que te digo que se juntaron para hacerse compañía. Los dos en la mediana edad, él solterón de toda la vida y ella viuda. Buf, yo haría lo mismo. Eso sí, se lo pasan genial juntos: cuando no están a la gresca, están ordenando la casa o viendo true crime juntos.
—Nene, que mi sobrino iba pa cura, te lo digo yo —aventuró Kenny, haciendo oes con el humo de su habano—. O cura o maricón, o las dos cosas. Yo no le he conocío ni una gachí, y eso mu normal no es. A los hombres de mi familia nos gustan las hembras, los naipes, el fumar y el beber. En fin, hijo, ¿qué te voy a contar? Si tú eres de los míos. A mi sobrino, ¡na de na! Toa la vida trabajando, salió de la mili y se metió a barrendero, pero na más. Trabajar y pagar, ni un vicio. Vivir sin vicios no es vivir. Yo decía: «A este le van las po…». Oye, a mí esas modernidades no me molestan, pero siempre lo pensé. Cuando vino a decirme que se casaba, ¡bueno!, me tuve hasta que sentar. «¿Y de dónde la has sacao?», le dije, porque con la cara de mierda que lleva siempre, ¿quién se le va a acercar? ¡Ni los pedigüeños! «Pos la he conocío en el cementerio», me suelta. ¡Coño, en el cementerio! Si es que es raro hasta pa eso. A estos la muerte no los separa, como dicen los asotanaos, a estos los une.
—Esta no me la sé yo. ¿Cómo que en el cementerio?
—Pos sí, en el camposanto, en el puesto de las flores. Compraron las mismas, según parece. To esto lo sé por ella, el enano no me da ni la hora. Total, que mi sobrino iba a ver a su madre, Dios la tenga en gloria, y tu madre a tu padre.
—Que en gloria esté.
—Amén. Pos el caso es que, fíjate tú por dónde, hablaron. Bueno, yo creo que hablaba ella, pero ¡oye!, se ve que a él no le molestó (cosa rara, le molesta hasta su sombra) y siguieron hablando y hablando.
—Y aquí estamos. A mí también me sorprendió. No por Levi, sino por Carla. Lo pasó muy mal cuando palmó mi padre, yo pensaba que se iba ella detrás. Mal mal. Entonces era yo ya mozo y podía ayudarla con el crío. El crío, por cierto, descarriado desde aquello, siempre metido en follones. Yo no he podido meterlo en vereda, pero Levi sí.
—¿A Eren? Pos mira, no me extraña. Eso es porque no ha tenío hijos. Oye, aquí entre nos, ¿y si se lo están pensando…?
—¿El qué? ¡No, hombre! ¿Tú crees…? Que no, que ya están mayores. Bregar a su edad con un nene, qué locura. Además, está mi hermano, que suficiente trabajo da.
—Pos el nene sería bonico. Seguro que sacaría nuestros pelos negros.
—¿Tú tienes hijos, Kenny?
—Hijos discretos, como tos los andobas de mi ralea. El enano es como si fuera mío. Si lo he criao yo, es mi orgullo, pero de esto no digas ni mu, ¿eh?, y de lo otro tampoco. Yo no te he contao na. En la vida hay que saber cuándo hacer trampas y cuándo callarse como una puta.
Si Levi decía que algo le dolía, es que le dolía mucho.
—Estaba quitando las hojas del parque de aquí al lado —contaba desde la cama, recostado sobre un montón de cojines— y noté molestias en la espalda baja, pero como estoy acostumbrado, no le di importancia y seguí con lo mío.
—¡Y ahora no puedes ni andar! —gritaba Carla desde el cuarto de baño—. Mañana pides cita.
—Es la hernia. El médico me va a decir lo de siempre: «Si te operas, te puede pasar esto y aquello y lo otro». Ya se me pasará, y si no, pues…
—¡Pues nada! Que te tomes tan a la ligera el dejarme viuda…
—Solo me duele la espalda.
—A Grisha solo le dolía el brazo.
—No te vas a quedar viuda. ¿Quién te crees que soy? Yo jamás te haría un desplante así.
—Más te vale. Si te mueres, te mato. —Apareció, al fin, después de ponerse la crema de noche—. Seguro que tienes mal de ojo, por eso te pasan estas cosas. Llamaré y que te lo corten.
Levi no contestó. Se la traían al pairo las supercherías, pero algo de verdad había en ellas.
—Qué disgusto —refunfuñó Carla, se metió en la cama y cogió el libro de su mesilla.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Por darte disgustos.
—Yo sí te doy disgustos. Tengo un hijo problemático y un hijastro que no te cae bien.
—Por favor, Kenny es un indeseable.
—Es verdad.
—Es que…
—¿Qué?
—Nada.
—Levi.
—Convalecer era imposible viviendo bajo el mismo techo que mi tío. Se me hace raro, pero es agradable.
—Por supuesto que es agradable. No te pienses que mañana vas a levantarte y limpiar solo porque creas estar recompuesto. Te quedas guardando la cama y yo hago todo.
—No —resolvió Levi—. Nosotros nos quedamos aquí y que Eren lo haga todo.
—¿Tan joven y echando el bofe? Enderézate y coge la azada con propiedad. Mira, hazlo así. Procura no romperte la espalda. Hay que hacer más caballones y recoger los tomates.
Levi lo miró de arriba abajo. Este no ha pegado un palo al agua en la vida, pensó. Eren se enjugó el sudor.
—¿Por qué estamos haciendo esto? ¡Venden patatas y tomates en el supermercado!
—Porque lo digo yo, porque tu madre y yo queremos el huerto cultivado y porque así aprendes algo de provecho. ¿Crees que sabe igual un tomate comprado que uno plantado, regado y recolectado por tu mano? Con esta actitud de mierda llevarás una vida de mierda, pero estoy a tiempo de corregirlo. Venga, sigue. Voy a por un refrigerio. ¿Sabes por qué yo sí puedo ir y tú no? Porque yo he levantado muchas azadas y me lo he ganado. Sigue, sigue. Espero que hayas acabado cuando vuelva.
En la cocina las quejas de Kenny opacaban el canto ininterrumpido de las chicharras de agosto.
—Esto de enseñarle trucos nuevos a perro viejo —decía, parapetado en un delantal— no acaba bien.
—Por las llaves de san Pedro —Carla estaba atenta al estropicio sobre la tabla de cortar—, ¿qué comes cuando estás solo?
—Lo que uno encuentra aquí y allá.
—Comíamos con sus amigas. —Levi sacó el tinto de verano del frigorífico—. Como tenía varios centenares, podíamos comer en una casa distinta cada día del año.
—Eres un impresentable.
—¿Yo? ¡Si estaban contentísimas de alimentarnos!
—Ve a ver al nene —dijo Levi a su tío— y no le des tregua.
Kenny desapareció raudo.
—Que Dios me perdone por lo que voy a decir —Carla se sentó y él le llenó un vaso—, pero que tú tengas la misma sangre que ese hombre… No he conocido mayor haragán. ¿Sabes qué idea tiene ahora?
—Es imposible saber qué le pasa en y por la cabeza.
—Pues me ha dicho que quiere vivir aquí.
—¿Cómo?
—Sí, en esta casa. Que Zeke le dijo que sí, que no hay problema, que le da su cuarto.
—Ese condenado. ¿Y si cambiamos la cerradura para que no entre más?
—Es el hermano de mi hijo y ha crecido aquí, aunque esté independizado. No puedo hacer eso.
—¿Y ha dicho mi tío por qué coño quiere venirse aquí? Algún interés tiene, como siempre.
—Míralo, Levi.
—Lo tengo muy visto.
—Míralo bien.
La ventana daba al huerto. Lo vio a lo lejos, de espaldas, un tipo enjuto en bermudas y tirantes. Otrora siniestro, ahora simpático. Su tío estaba contando algo y Eren tenía el gesto desencajado.
—Lo veo estupendamente. Ese carcamal tiene una salud de hierro. Nos enterrará a todos.
—Pero es viejo y está solo desde que te viniste al pueblo. ¿Por qué crees que pasa tanto tiempo aquí y no con sus amigas?
—Disfunción eréctil o vete tú a saber. Las cochambres de la edad.
—Somos su única familia.
Levi resopló, bebió, se apartó los pelos de la frente y volvió a resoplar.
—Bueno, pero como fume o mee de pie, lo metemos a una residencia, a ver si le toca una enfermera maltratadora.
—Además, se lleva bien con Eren.
—Hablando de Eren…
—¿Qué ha hecho ahora?
—Nada malo, lo tengo atado en corto. Le he buscado trabajo porque no quiere seguir estudiando.
—Lo he parido, sé lo que quiere incluso antes de que lo quiera. ¿Dónde lo has colocado?
Contra todo pronóstico, Eren cuajó como mecánico —el dueño, Mike, era un viejo conocido de la mili— y aquella Navidad invirtió el sueldo en regalos: dulces de todo tipo para su madre, mazapanes, polvorones, alfajores, yemas; un guante de béisbol y una camiseta de Tom Ksaver para su hermano; un whiskey de los caros para Kenny, que se lo pimpló antes de Año Nuevo; y un cacharro para Levi.
—¿Dices que esto limpia? ¿No se choca?
—No, no. Tiene sensores. Mira, te descargas esta aplicación y lo controlas. ¿A que es genial? Es el mejor valorado.
—No sé, no sé. Tanta modernidad…
—Es un regalo —terció Kenny—. Da las gracias.
—Gracias, Eren. Lo utilizaré para limpiar la mierda de este parásito.
—La boca —riñó Carla—. Estamos en fechas señaladas, nada de tacos.
—Pues a mí me encanta mi regalo, hermano. —Zeke conservaba una ilusión envidiable—. Vamos a jugar antes de la cena.
—Pero no sudéis —advirtió Levi—. Si venís sudando como cerdos, no os sentáis a la mesa.
—Que sííí. ¡Vamos, Eren!
Kenny cató el whiskey. La borla del gorro de Papá Noel caía graciosamente a un costado de su rostro.
—Oye, viejo, no empines tanto el codo.
—Echa aquí, Kenny —dijo Carla.
—Es Navidad, enano, y también tu cumpleaños. —Su tío se encogió de hombros y llenó los vasos—. Hay que beber, hay que celebrar. ¿Oís a los mozos reír? Esta podría ser la última vez que estamos todos juntos.
Levi no dijo nada. De súbito, Kenny se volvió mortal. El más abyecto de los hombres se había atrevido a envejecer. Un día se irá, pensó, un día se irá y no volverá. Un día llegará, dirá que está cansado, se meterá en la cama y se irá. Ojalá no se fuera nunca, ojalá pudiéramos estar siempre así.
—Sí —respondió al fin, una tenue sonrisa bailándole en los labios—. Bebamos.
A Carla le gustaba ir a misa y ni siquiera Kenny podía escaquearse de aquella tradición. Había sido monaguillo en una época remota y luego, cuando pasó de la parroquia a los parroquianos, se volvió devoto de los calices, de los que contenían vino y de los que no. Puesto en la fila para comulgar, ataviado en su traje lleno de remiendos, vio en el cura a un correligionario de la fe verdadera.
—¡Coñe, Nick! ¡Cuántas veces hemos sío socios en el dominó!
Se conocían de los bares y decidieron ir a comer. Eren estaba en el monte con Armin y de Zeke no se sabía nada, gracias a Dios.
—¡Tenemos la casa para nosotros! —exclamó Carla.
—Deprisa, que volverán a la noche y se acabará la paz. —Levi no andaba, trotaba y estaba a punto de cogerla de la mano y echar a correr—. ¿Qué hacemos?
—El amor.
—Me refería a qué hacemos de comer —señaló—, pero si prefieres eso…
Un día de primavera, al volver de la pachanga con los buenos para nada que contaba entre sus amistades, Eren no reparó en el ruido de la olla a presión, a la que temía infantilmente, porque en la casa flotaba una esencia desconocida —¿acaso los rosales del huerto?— y había maletas en el salón.
—Hola —fue lo único que atinó a decir. Estaba como turbado y se sentó. Cuando recuperó el habla, ella ya no estaba—. ¿Quién es?
—De mi parentela. —Levi cerró el periódico y meditó—. Primos terceros o cuartos, ya no recuerdo qué somos. El caso es que es prima mía. Estuvo en la boda. ¿No te acuerdas o qué?
—No.
—Pues eso, una prima de por ahí. Es medio-algo, nunca me acuerdo. Mikasa, ¿de dónde coño es tu madre?
—De Hizuru —respondió desde la cocina.
—De donde Cristo perdió la alpargata. Es dama de honor en una boda y Carla le ofreció el altillo. El año pasado lo limpiamos y hemos puesto una cama.
—¿Qué edad tiene? Cuéntamelo todo.
—¿Yo? Es más mayor que tú. Estas cosas se me olvidan. Mikasa, ¿cuántos años tienes ya?
—Qué preguntón estás, enano. Veinticuatro. ¿Por qué cojones quieres saberlo?
—Es que te ha salido un pretendiente. —Levi se volvió hacia Eren, que se había cubierto la cara—. Tu madre y yo también nos llevamos un lustro.
—¿Dónde está?
—Comprando el pan. Por cierto, esas maletas no se van a subir solas. Lo haría yo, pero no me da la gana. Además, la mejor forma de ganarse a una mujer…
—Ya está bien.
—Es siendo útil. —Cruzó las piernas, abrió el diario y cogió el bolígrafo—. Vaya crucigramas de mierda.
—Las hembras de mi familia son así —dijo Kenny—. Un carácter de aúpa. Casi toas divorciadas o solteras porque tienden a dar con gandules y subnormales. ¿Mi hermana? Buf, te faltaba calle pa correr si la enfadabas. Desgraciadamente, la preñó un subnormal y no abortó En fin, cosas de la época. Eren, tú ten cuidao.
—¡Que no voy a hacer nada! Seguro que tiene algo en Hizuru. Yo soy una mierda a su lado.
—Eso es verdad —asintió Levi.
—Oye, no me desanimes aún más.
—Hombre, hermano, échale huevos —se sumó Zeke—. Así no se puede ir por la vida. Feo, lo que se dice feo, no eres. A ver, tienes… Pues, buf, tienes los ojos bonitos.
—Se podría decir que sí —apoyó Kenny—. Y tiene buen brazo desde que trabaja.
—Esta conversación me cansa —rezongó Levi—. Háblalo con tu madre.
—¡No, Levi, no! —Zeke dio unas palmaditas a su hermano—. ¡Esto es una conversación de hombres!
—Sí, por eso me cansa.
—Pos dale tú un consejo, sobrino. ¿Cómo conquistaste a la Carla? ¡Por altura no sería!
—¿Que cómo…? Yo qué sé. Simplemente pasó. Dejadme.
—Le da vergüenza —azuzaba Zeke.
—Es como cuando le preguntaba si le gustaban las nenas del cole. —Kenny se echó a reír.
—Podéis chincharme todo lo que queráis, pero una cosa sigue siendo cierta —Levi los miró de hito en hito—: yo he logrado una relación estable y exitosa con una mujer. ¿Podéis decir lo mismo vosotros?
