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Acto II ~ El deseo de Nodoka
—Ranma, hijo —dijo su madre con una sonrisa cálida cuando él llegó junto a ella bajo el pórtico que daba a la calle—. Tengo deseos de dar una caminata. ¿Me acompañarías un momento?
Por supuesto, el joven Saotome aceptó de inmediato. No habría podido negárselo. Ya había dejado atrás la época en la que se ocultaba de su madre por miedo a que el contrato de "varonilidad" se cumpliera con un sable en su cuello. No sería nada varonil de su parte ocultarse ahora, aunque cada fibra de su ser le decía que lo que encontraría al final de esa caminata no sería agradable. Debía ser valiente y, más importante, varonil.
Intentando mantener la compostura, dejó escapar un carraspeo para despejar los nervios. Su madre caminaba unos pasos por delante de él, avanzando con sorprendente gracia y ligereza a pesar del kimono tradicional que llevaba. Ranma, como era su costumbre, seguía su propio camino sobre el travesaño de la reja que separaba el camino del riachuelo.
«Se nota que es la esposa de un artista marcial —pensó con cierta jactancia—, aunque solo se trate de mi viejo».
Amable, gentil, hermosa y distinguida. Nodoka era la madre que todo hombre quisiera tener, yélla tenía. Era una de las pocas cosas que podía admitir con orgullo sobre su familia. Quizás lo único bueno que había hecho su padre en la vida: convencerla de casarse con él. Sin embargo, su relación con ella no había sido nada normal, cortesía también de su viejo. De haberlo sido, quizás no sentiría el vacío incómodo en el estómago ni el temor que lo embargaba mientras caminaba detrás de ella. Porque estaba seguro de una cosa: aquella caminata tenía un propósito.
«Quizás estoy exagerando —pensó, dándose cuenta de lo poco acostumbrado que estaba a pasar tiempo a solas con ella—. ¿Qué podría decirme que sea tan terrible?»
Pero apenas terminó de pronunciar esto último en su cabeza, el rostro de Kasumi volvió a aparecérsele en la mente: rostro tenso, sonrisa forzada, ojos brillantes y afectados. Ranma no era ni el más sensible ni el más brillante de las personas al momento de leer las emociones de los demás, no valía la pena ocultarlo, pero Kasumi había resultado pésima ocultando sus propios sentimientos. El nudo en su estómago se apretó cuando un subidón de mala espina lo atenazó con fuerza y la tensión casi lo hace caer de la baranda. Para peor, en cuanto se las arregló para no perder el equilibrio un nuevo escalofrío le recorrió toda la espina dorsal. Enterró con más fuerza las manos en los bolsillos del pantalón donde las tenía escondidas y maldijo nuevamente no haberse cambiado la camiseta sin mangas. ¡Qué frío hacía! De no ser por esa boba escandalosa de Akane hubiera podido cambiarse por algo más abrigado.
«Si me resfrío será culpa de ella —decidió con un resignado suspiro—. Parece que éste no es mi día».
—Mira —dijo su mamá de pronto, sacándolo de sus pensamientos—. Pero qué parque tan hermoso.
Y Ranma volteó los ojos hacia donde su madre se había quedado mirando: era un parque infantil que la jefatura del distrito había instalado hacía poco por el camino que llevaba al instituto, y cuya gran característica era un resbalín con forma de una criatura que Ranma ni siquiera se atrevía a identificar. También había dos columpios desgastados que ponían en riesgo la integridad de los niños cada vez que los utilizaban. Había escuchado en la escuela que algunas madres ya estaban iniciando campañas para cerrar el parque y devolverlo al terreno baldío que había sido siempre, pero a su propia madre, por algún motivo, ese sitio le había parecido un lugar espléndido.
—¿Te gustaría pasar el tiempo conmigo ahí? —le preguntó de pronto a su hijo, sonriéndole de forma irresistible.
Ranma miró de un lado a otro, esperando que nadie lo viera cerca de ese lugar.
—Te das cuenta que tengo ya soy adulto, ¿verdad? —respondió nervioso, imaginándose lo mal que se vería que un artista marcial como él estuviera dentro de un parque para niños. Pero Nodoka no le prestó atención e ingresó al parque entre risitas.
«¿De verdad es la esposa de un artista marcial?», se descubrió preguntándose, incrédulo ante un gesto que definitivamente no esperaba de parte de su mamá. Al ver que no le quedaba más remedio, bajó de la reja completamente tenso y avergonzado (toda emoción de miedo esfumada de su mente), y mientras continuaba vigilando a su alrededor para que nadie lo reconociera, fue tras de su madre.
—¡Ranma, ven! —la llamó ella y con pavor él la vio montada en la parte más alta del resbalín, llamándolo con una mano.
—¡¿Quieres que vaya al resbalín?! —chilló, completamente avergonzado—. ¡Mamá, eso es para niños!
Su madre, en cambio, no parecía prestarle atención y reía como si fuera una niña, yendo y viniendo de aquí allá en el parque, disfrutando de los juegos junto a su hijo, quien se sintió obligado por honor a seguirla arriba del resbalín, y luego alrededor de los columpios, y luego nuevamente al resbalín, y ¡oh, sorpresa!, luego a la trampa de arena que alguien había instalado ahí en algún momento, y ¡ay, no!, tuvo que ocultarse el rostro con una mano debido a una madre de trillizos que pasó con todo su séquito y se lo quedaron mirando (y riéndose) mientras él hacía florituras y malabares para seguir a su mamá; pero a Nodoka parecía no importarle, pues seguía revoloteando por todos lados con el alma de un infante, divirtiéndose y dejándose llevar como si estuviera pasando el tiempo de su vida.
—¡Sabía que iba a ocurrir algo malo! —exclamó Ranma cuando ya no pudo continuar conteniéndose, con una mano apoyada en el monstruo del resbalín en un intento por recuperar el aliento tras lo que para él fueron varios años de castigo (aunque con suerte habían pasado más de cinco minutos), todo rojo de vergüenza y sudado de cansancio por sus músculos tensos—. ¡Pero jamás imaginé que pasaría por la peor humillación de mi vida!
«¿Qué está pasando aquí? —se preguntó, absolutamente incrédulo y con el orgullo que había sentido antes tambaleándose peligrosamente—. ¿Qué clase de embrujo está provocando que mamá se comporte de esa manera?»
Pero al cabo de un rato Nodoka se dejó caer agotada y divertida sobre uno de los columpios, y se dio un momento para recuperar el aliento.
—Hace muchos años que no hacía algo como esto —le dijo riendo, y luego llevó los ojos hacia su hijo, quien le devolvió la mirada despavorido, temiendo que su madre fuera a saltar del columpio para hacer alguna otra tontería—. Lo lamento, Ranma —dijo; y como si comprendiera lo que se cruzaba por la cabeza de su hijo, añadió—: sé que mi conducta te resultó inesperada, me disculpo por eso.
—Des… —intentó decir Ranma con una voz que le salió saltarina—. Descuida…
«¡Me queda mucho por conocer de mi madre!», exclamó al mismo tiempo en su fuero interno, todavía sorprendido y con el corazón corriéndole a mil.
—La verdad es que tan sólo quería recuperar un poco de tiempo perdido con mi hijo —volvió a añadir ella, comenzando a respirar cada vez con mayor calma—. Siempre soñé con venir contigo a un lugar como este —Le sonrió sin tapujos al decir esto, mirándolo abiertamente; Ranma sintió que su corazón daba un latido de más—. Fuiste muy varonil al cuidar a tu madre en sus locuras, hijo.
La sonrisa de su madre dejó a Ranma sin palabras, tan solo atinó a asentir con la cabeza, avergonzado por su propia conducta y por haber sentido miedo de que ambos pudieran pasar un tiempo a solas. Y es que hasta él admitía que su madre tenía razón: ya era casi un adulto, pero ésa era la primera vez que ambos habían podido compartir algo así. De todas formas, y lo lamentaba de veras, la situación aún le resultaba muy extraña y desconocida.
—Hijo, ven un momento —Nodoka lo invitó a sentarse en el columpio contiguo con un gesto.
Ranma carraspeó y haciendo caso omiso de sus pensamientos, se encaminó hacia su madre. Cuando por fin se sentó junto a ella no supo ni qué hacer ni qué decir, y el silencio que se formó entre ambos le resultó incómodo, especialmente tras lo que acababa de vivir. Sin embargo, Nodoka no había perdido la sonrisa y sentada en ese columpio para niños había recuperado por fin su postura de dama tradicional y gentil. Nadie que la viera creería que minutos atrás disfrutaba de los juegos de ese parque como una niña más.
—Te preguntarás —comenzó a hablar pasado un momento— por qué quise que me acompañaras, ¿me equivoco, hijo?
Ranma tragó saliva, sintiendo que su nerviosismo regresaba de pronto, y asintió nuevamente con la cabeza. Nodoka volvió a sonreírle.
—Verás, Ranma —continuó con toda tranquilidad—, he estado pensándolo mucho y creo que ha llegado el momento de que yo intervenga en tu camino a la adultez.
—¿Eh? —Ranma no comprendió muy bien a qué se refería su madre, pero para variar tenía la impresión de que no iba a gustarle.
Por un momento Nodoka permitió que la sonrisa de su rostro perdiera algo de vigor, adquiriendo su semblante un tono un poco más serio. Se puso de pie lentamente y en silencio, dando los pasos necesarios para posicionarse erguida frente a su hijo. Ranma levantó la vista para mirarla, pues como estaba sentado en el columpio, su madre lo superaba en altura por casi una cabeza.
—Tu padre me separó de tu lado cuando no eras más que un bebé para poder entrenarte en el estilo Saotome sin nada que lo distrajera —continuó hablando ella—. Me prometió que cuando te volviera a ver serías un hombre entre los hombres —la sonrisa en su rostro regresó de a poco— y con gusto puedo decir que cumplió dicha promesa con creces.
—Je, je, sí… —rio Ranma tontamente, rascándose la nuca y desviando la mirada mientras recordaba todas las veces que se escondió de ella tomando el papel de Ranko.
Pero un gesto de su madre lo sacó de su timidez de golpe y nuevamente sintió que el corazón le daba un vuelco, pues ella se acercó a él y con todo el amor que solo una madre como la suya podría entregar, comenzó a juguetear con uno de los mechones de la frente de su hijo, observándolo con ojos que hasta Ranma logró interpretar como de orgullo profundo. Por un momento estuvo seguro de haberse ruborizado.
—Alcanzaste y superaste todas mis expectativas —le dijo Nodoka, y su sonrisa hizo palidecer a la luz anaranjada del atardecer en cuanto a belleza—; eres un joven fuerte y apuesto, lleno de energía y coraje. Me siento orgullosa de ser tu madre.
Ranma se sentía mareado y con el corazón en la garganta; estaba seguro de haber soñado alguna vez con que su madre le decía algo como eso, pero quede verdadhubiera vivido lo suficiente como para escuchar esas palabras saliendo de su boca... Nunca, jamás, una mujer lo había hecho sentirse así…
—Pero aún no puedo considerarte un hombre de verdad.
…y esa última sentencia de Nodoka provocó que todo lo que sentía se estrellara de cabeza en tierra como una aeronave que había quedado sin piloto.
—¿Eh? —fue lo único que atinó a responder, enterrándose las uñas en la nuca de la pura sorpresa.
«¿Eh?», fue lo único que atinó a pensar; la cabeza de pronto se le había quedado tan vacía y liviana como un globo con helio.
Entonces, y como si nuevamente supiera interpretar el cúmulo de emociones recorriendo el cuerpo de su hijo, Nodoka se llevó una mano la manga del kimono y comenzó a hurguetear. Al cabo de un rato, sacó de ahí una pequeña caja de una tonalidad oscura de gris y de un tamaño no mucho mayor al de una nuez, y se la tendió a su hijo con el amor que sólo una madre orgullosa podría expresar; y Ranma la tomó en una mano con el desgano que un solo un hombre sacudido por la decepción podía mostrar.
La examinó por un momento, percatándose de que nuevamente sentía un vacío en la boca del estómago, y no tardó en notar que en el centro de la cajita había una hendidura. Hizo un poco de fuerza y esta se abrió sin ofrecer mucha resistencia, revelando en su interior, como si se tratara de una almeja, un objeto metálico y brillante cubierto hasta la mitad por una tela roja recubierta con algodón blando.
—¿Qué es esto? —Preguntó, mirando a su madre con curiosidad— ¿Otra vez medicina? —pues recordaba la ocasión en que Akane recibió un regaló similar por parte de su madre, pero que había resultado ser una elaborada caja para guardar todo tipo de fármacos y tranquilizantes.
Sin embargo, cuando jaló del objeto metálico para quitar la tapa del espacio oculto que, asumía, que había dentro de la caja, se encontró de pronto sosteniendo un anillo de compromiso entre los dedos. Ahogó un nuevo chillido.
—Esta vez no —respondió su madre, sonriéndole nuevamente—. Ese es el anillo de compromiso que me obsequió tu padre cuando me propuso matrimonio.
—Pero, pero… —en ese momento Ranma comprendió que todos sus temores habían estado justificados: no le gustaba para nada el rumbo que había tomado esa caminata con su madre.
—¿Hace cuánto tiempo que estás comprometido con Akane, hijo? —terció Nodoka.
—Espera un momento —interrumpió él con un gesto de mano antes de que la conversación se saliera absolutamente de su control—. No estarás pensando en que le entregue este anillo a esa chica, ¿verdad?
Nodoka asintió muchas veces a modo de respuesta.
—¿No crees que esto es demasiado? —terció él—. Quiero decir, estoy comprometido y todo eso, pero no lo decidimos nosotros, fue algo que se le ocurrió a papá y al señor Tendo sin consultarnos, así que…
—Eso ya lo sé, Ranma —lo interrumpió su madre con cierta gravedad, recuperando sin dificultad alguna el control de la conversación—. Genma y el señor Tendo decidieron tu compromiso sin consultarme tampoco a mí, pero al ser la esposa de un artista marcial, lo acepté de inmediato, pues es lo que me correspondía. —dio una breve pausa—. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Y Ranma lo entendía. Curiosamente, lo entendía a la perfección: él también era un artista marcial, hijo único y heredero de una familia de artistas marciales cuyo honor los llevaba a hacer sacrificios más allá del gusto personal, pero…
—¡Pero es una chica muy poco femenina, mamá! —fue la única respuesta que se le ocurrió como débil defensa.
—Hijo mío… —suspiró Nodoka, casi resignada.
A Ranma volvió a hundírsele algo en estómago, pensando que quizás se estaba comportando de manera muy poco varonil frente a su madre. No quería que ella se arrepintiera de las palabras que le había dicho momentos antes. Pero las risitas que salieron de la boca de Nodoka antes de que volviera a hablar lograron tranquilizarlo un poco, aunque también lo dejaron con una sensación extraña y que no sabía muy bien cómo explicar.
—La verdad —dijo su madre al tiempo que bajaba la vista hacia Ranma para mirarlo directo a los ojos con mansedumbre y ternura— es que eres muy parecido a mí cuando tenía tu edad.
—¿Eh? —nuevamente, Ranma se sorprendió.
—Tu padre me ofreció matrimonio muchas veces, pero yo siempre encontraba alguna excusa para rechazarlo. Incluso cuando se consiguió ese anillo, le dije "¡Pero es que es muy feo!", y eso que Genma se había esmerado en conseguirlo…
Ranma echó un vistazo al anillo que sostenía en la mano y puso en duda esa versión. Por el estado del objeto, sospechaba que su papá lo había encontrado tirado por ahí y no había hecho más que aprovecharse de la ocasión.
—Tan sólo acepté casarme con él una vez que comprendí que era yo la que estaba cometiendo un error.
—¿Un error peor que casarte con mi viejo? —terció Ranma por costumbre. Aunque, a decir verdad, siempre se había preguntado cómo era que un déspota como su papá había logrado convencer a una dama como su madre para que se casara con él.
—Mucho peor —admitió Nodoka y Ranma levantó ambas cejas en gesto de sorpresa—. Yo también provengo de una familia con tradición en el camino del guerrero y mis padres me educaron para dejar en alto el honor de nuestro nombre, pero cuando llegó el momento en que debía honrarlos y continuar con su legado casándome con el miembro de una familia tan renombrada como los Saotome, no pude evitar acobardarme —Ranma escuchaba muy atento; no recordaba otra ocasión en que su madre le hablara de su pasado y escucharla había capturado por completo su interés—. Me sentí avergonzada, pero… —Nodoka se llevó una mano a la boca y dejó escapar otra risita— ya conoces a tu padre. ¿De verdad crees que cumplió con mis expectativas cuando lo vi?
Ranma no pudo evitar sonreírse también, sintiéndose por primera vez en la vida cómplice de su madre, una emoción que le resultaba absolutamente grata.
—Claro que no.
—Claro que no —repitió Nodoka—. Pero entendí que el camino del guerrero tiene muchas formas y que lo único que me impedía verlas era mi propia inmadurez. Era una niña entonces y toda niña sueña con un hombre de verdad para compartir su vida.
«Y todo niño sueña con una mujer ideal para tener a su lado —escuchó una voz de pronto dentro de su cabeza, y solo tras un momento comprendió que se estaba hablando a sí mismo—. ¿Acaso soy…?»
Y nuevamente, como si su madre pudiera leerlo como a un libro abierto, Nodoka añadió:
—Era una niña, pero cuando acepté casarme con tu padre, a pesar de su personalidad, sentí que me había convertido en una mujer de verdad —miró a su hijo nuevamente con orgullo—. Para mí eres todo un hombre, Ranma, pero aún te falta un paso para abandonar la niñez por completo y convertirte en un hombre de verdad.
Y Ranma calló.
Si cualquier otra persona lo hubiera llamado un niño, como acababa de hacerlo su madre, lo más seguro es que se hubiera sentido ofendido en su hombría, llevándolo a hacer lo que fuera para dejar en claro lo muy hombre que era. Pero en ese momento, todo era distinto. Sentía que su madre, en una sola tarde, había logrado entregarle una enseñanza muy superior de la que ni su padre ni ninguna otra persona había conseguido en años de entrenamiento. Era una de las sensaciones más extrañas que el joven Saotome había experimentado en la vida.
Nodoka, pareciendo entender que su mensaje había calado tal como ella esperaba, no pudo evitar dibujar una última sonrisa en su rostro, y guardándose las manos entre las mangas del kimono para capear el frío que se había levantado con la despedida del día, concluyó:
—Sé que me harás sentir orgullosa, Ranma.
Y sin decirle más ni esperar respuesta, como entendiendo que lo que más necesitaba su hijo era un momento a solas entre él y sus pensamientos, le acarició con gentileza el rostro y le hizo una pequeña reverencia a modo de despedida. Y mientras su madre se alejaba de aquel parque, dejándolo a él sentado sobre un columpio para niños con el anillo en una mano y la pequeña cajita en la otra, Ranma no hizo ademán de seguirla.
Se sentía extraño, entre liviano y reflexivo; pero más que nada, se sentía agradecido de haber disfrutado de esa charla con su madre y de que esta le hubiera dado el espacio suficiente para darle vuelta a sus pensamientos.
Tenía mucho en qué pensar.
Ranma 1/2 © Rumiko Takahashi
