Nota:
aqui la primera parte del capitulo disfrutenlo pronto subiere la siguiente.
Los chicos caminaban temprano en la mañana hacia la cafetería. Jack y Legoshi iban detrás del grupo, caminando juntos a un ritmo más lento.
—¿Qué pasa, Jack? Te noto muy nervioso —preguntó Legoshi mientras lo observaba con atención.
—N-n-no es nada, ya sabes… —respondió Jack con una sonrisa nerviosa, claramente incómodo.
Legoshi lo miró con curiosidad, sabiendo bien lo que realmente le preocupaba.
—Tranquilo, todo estará bien —dijo en un tono calmado. Jack asintió, tratando de calmarse mientras seguían caminando.
Cuando llegaron a la cafetería, los ojos de Jack buscaron instintivamente a María. Ella estaba sentada en una mesa con Elias y Juno, conversando. Jack intentó mantener la compostura mientras sentía que su corazón latía con fuerza.
—Vamos —dijo Legoshi, llevándolo hacia la fila para recoger su desayuno.
Mientras esperaban, Juno, con una curiosidad natural, seguía conversando con Elias.
—Por cierto, Elias, ¿ustedes no celebran nada especial en verano? —preguntó Juno con interés.
Elias, que estaba terminando de masticar, se tomó un momento antes de responder.
—Sí, hacemos una ceremonia y un desfile para... —comenzó a decir, pero fue interrumpido por la llegada del grupo de chicos, que los saludaron antes de tomar asiento.
—Ustedes sí que madrugan, ¿eh? —comentó Miguno, dejándose caer en una silla mientras los demás hacían lo mismo.
Legoshi se sentó junto a Elias, mientras que Jack, intentando mantener la calma, ocupó un lugar junto a María. Trataba de aparentar normalidad, aunque por dentro seguía siendo un manojo de nervios.
Mientras todos comían, hubo un momento de silencio. Los chicos intercambiaban miradas, esperando que Durham se animara a preguntar lo que habían acordado. Legoshi, por su parte, comía tranquilo, ajeno a la tensión que sentía Jack.
Finalmente, Durham tomó la iniciativa.
—Oye, Elias, quería preguntarte algo —dijo con un tono casual.
Elias levantó la mirada, curioso.
—Sí, dime —respondió amablemente.
—Quería saber si ustedes también tienen algún festival parecido a este —preguntó Durham, sonriendo nervioso.
Elias lo pensó un momento antes de responder.
—Sí, de hecho, le contaba a Juno sobre uno. Pero, si te refieres a uno parecido a este, sería el del final del verano. Es bastante tradicional, la gente suele ir acompañada de alguien especial —dijo con una sonrisa.
Jack sintió que su corazón se aceleraba. Sus nervios iban en aumento, pero antes de que Durham pudiera continuar, Legoshi se adelantó.
—Entonces, ¿tú también has invitado a alguien a uno de esos festivales? —preguntó, intrigado.
El silencio se apoderó de la mesa. Jack sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. Juno escuchaba con atención, mientras los demás esperaban la respuesta.
—Mmh, sí. He salido con un par de chicas antes, pero ninguna soportó estar conmigo —respondió Elias, con tranquilidad.
—¿Por qué? —preguntó Legoshi, genuinamente curioso.
Elias suspiró con un tono de resignación.
—Porque nunca tenía tiempo para ellas. Siempre estaba ocupado y rompía muchas promesas. No las culpo, la verdad —contestó con amargura, antes de añadir con una sonrisa más optimista—. Pero no me desanimo. Ahora que tengo más tiempo libre, podría reconsiderarlo en el futuro.
Todos miraron instintivamente a María, que comía tranquilamente, ajena a las miradas hasta que las notó.
—¿Qué? —preguntó, confundida.
Elias también notó las miradas y sonrió.
—Con ella es un poco distinto —dijo, generando más intriga en los demás.
—¿Distinto cómo? —preguntó Legoshi, mientras Jack intentaba mantener la calma.
—¿Se refieren a que si he salido con alguien? —preguntó María, entendiendo a medias la situación. Todos guardaron silencio, y María lo tomó como un "sí".
—Nunca he salido con nadie, pero… —se quedó callada, pensando en las palabras correctas.
—Mi hermana se ganó el apodo de "la princesa de hielo" —respondió Elias por ella con una sonrisa divertida.
María lo miró con un puchero, visiblemente molesta.
—¿Por qué ese apodo? —preguntó Durham, algo nervioso, al igual que los demás. Incluso Jack, aunque curioso, temía la respuesta.
—Bueno, es porque muchos lo han intentado y ninguno ha logrado nada. He visto cómo destroza el corazón de muchos —respondió Elias, sin ocultar su diversión.
—¡La mayoría de ellos eran unos engreídos! Solo me veían como si fuera un reto —protestó María, cruzando los brazos y frunciendo el ceño.
Jack sintió un extraño alivio al escucharla, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza, preguntándose si él sería la excepción a esa regla.
Jack miraba a María con cierta inquietud mientras reflexionaba. "¿Por qué siento que estoy al pie de la montaña, viendo a María en la cima?" Su mente evocaba la imagen de todos aquellos que lo habían intentado antes, ahora congelados por el frío rechazo, y pensaba en lo difícil que sería escalar hasta ella.
—Pero bueno, eso ya no importa. Al menos no tendré que estar soportándolos a todos ellos —comentó María, aliviada, con una sonrisa tranquila.
Jack sintió una punzada en el pecho al escucharla, pero también una pequeña chispa de alivio. No había nadie más, y eso le daba cierta esperanza. Mientras tanto, Legoshi seguía conversando con los demás, cambiando ligeramente el rumbo de la charla.
—¿Hacen algo más en ese festival? —preguntó Legoshi con curiosidad.
—Sí —respondió María, animada, con una sonrisa —Cuando cae la noche, encendemos luces a lo largo de un río y lanzamos pequeñas luces dentro de flores que flotan hasta el mar. Es algo hermoso.
—Es mi parte favorita —añadió Elias, sonriendo también —Mi hermana y yo tenemos un lugar especial para verlo. Siempre le toma fotos con su cámara.
La conversación fluyó con naturalidad entre ellos. Jack, por su parte, apenas notaba las palabras, inmerso en sus propios pensamientos. Miraba su bandeja de comida sin tocarla, reflexionando. "Entonces, ¿tengo una oportunidad? ¿Qué debo hacer? ¿Cómo se lo digo?"
María, quien había estado observándolo discretamente, notó su distracción.
—¿Estás bien, Jack? —preguntó con una sonrisa amable.
Jack, sobresaltado, salió de sus pensamientos, un poco nervioso.
—S-s-sí, no es nada. ¿Por qué preguntas? —respondió, tartamudeando.
—Es que no has tocado tu comida, solo la estás mirando —dijo María con tranquilidad.
—Ah, es solo que pensaba en algo —contestó Jack, intentando sonar despreocupado, aunque sus nervios eran evidentes.
Para disimular, empezó a comer, pero en su torpeza un pequeño trozo de comida cayó sobre su mejilla. María lo notó y sonrió divertida.
—Tranquilo, te veo muy nervioso. Si comes así, podrías ahogarte —dijo con un tono cariñoso.
Jack apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando María tomó una servilleta y se la pasó suavemente por la mejilla, quitándole el trozo de comida.
—Mira, casi ensucias tu uniforme —añadió con una sonrisa tranquila mientras terminaba de limpiarlo.
Jack sintió su rostro arder. Las palabras se le atoraban en la garganta mientras intentaba mantener la compostura.
—Gr-gr-gracias… —logró decir, tartamudeando, sin atreverse a mirarla directamente.
María simplemente rió, divertida por su reacción. Su risa era ligera, casi musical, y aunque Jack sentía una vergüenza enorme, también había algo reconfortante en ese pequeño momento compartido.
Los chicos observaban de reojo a Jack y María mientras ella le limpiaba con cuidado el trozo de comida de su mejilla.
—Oigan, ¿ya vieron eso? —murmuró Miguno, inclinándose hacia Durham con una sonrisa traviesa.
—Sí, parece que Jack lo está tomando bastante bien —respondió Durham en un susurro, apenas conteniendo una risa al notar la expresión nerviosa de Jack.
—Bueno, al menos tiene un camino un poco más fácil por delante. Ya oyeron lo que dijo Elias sobre su apodo —comentó Collot, uniéndose a la conversación mientras comía con calma, aunque sus ojos no se apartaban de la escena.
Los tres intercambiaban comentarios en voz baja, entretenidos por la interacción. Mientras tanto, Legoshi también miraba de reojo a Jack y María. A pesar de que intentaba concentrarse en su comida, no podía evitar que un pensamiento se colara en su mente."Jack parece estar disfrutándolo."
Sin embargo, ese pensamiento pronto se tornó en una ligera punzada de celos. La imagen de Haru cruzó su mente, recordándole cuánto deseaba compartir momentos así con ella, tener esa cercanía que parecía tan natural entre Jack y María. Bajó la mirada a su bandeja por un momento, pero la voz de Elias lo sacó de sus pensamientos.
Cuando levantó la vista, vio que Juno estaba completamente absorta en lo que Elias le contaba. Su atención hacia él parecía genuina, y Legoshi sintió un extraño vacío. Volvió a observar a Jack y María, quienes seguían en su pequeño mundo, y no pudo evitar preguntarse. "¿Algún día tendré un momento así con Haru?"
Mientras tanto, los chicos a su alrededor continuaban murmurando y riendo entre ellos, ajenos a las emociones que se agitaban en el interior de Legoshi.
El día transcurrió entre clases, y ahora Legoshi caminaba junto a Jack por los pasillos vacíos. Mientras avanzaban, Legoshi no podía evitar notar que Jack parecía animado, pero también algo preocupado.
—Oye, Jack, parece que te lo tomaste bien... lo de esta mañana —comentó Legoshi, rompiendo el silencio.
Jack volteó a verlo, cambiando rápidamente su expresión a una más seria.
—Sí, pero no estoy seguro de que realmente le vaya a gustar —admitió Jack, bajando un poco la mirada. Su tono denotaba una mezcla de inseguridad y desaliento.
Legoshi lo observó en silencio por un momento, buscando las palabras adecuadas para animarlo.
—Se nota que le agradas. No creo que le importe que seas diferente —respondió con sinceridad.
Jack levantó la vista, mostrando una leve sonrisa antes de volver a fruncir el ceño.
—Sí, lo sé... pero me cuesta imaginar que realmente pueda salir con ella. ¿Crees que su familia me aceptará? ¿Y qué dirá la gente de su país? ¿O incluso los demás? —Jack hablaba rápido, como si intentara vaciar todas las preocupaciones que lo abrumaban.
Legoshi se detuvo por un segundo, reflexionando sobre sus palabras. "Tal vez tenga un poco de razón," pensó, recordando cómo las relaciones interespecie aún eran un tema delicado y más si era una humano. Pero rápidamente sacudió esos pensamientos. "Eso no debería ser un problema si ambos están felices."
—Al menos sabes que a Elias no le importa mucho —añadió Legoshi, al recordar lo que Elias dijo aquel día, tratando de ofrecerle algo de consuelo.
—Sí, lo sé. Pero mis padres, ¿qué dirán? ¿O la gente de aquí? ¿Y si... —Jack empezó de nuevo, pero Legoshi lo interrumpió con un firme gesto, colocando una mano sobre su hombro.
—Tranquilo, estás haciendo una tormenta en un vaso de agua. Por ahora, trata de relajarte.
Jack respiró hondo, asintiendo lentamente mientras su amigo lo miraba con calma.
—Gracias, Legoshi... creo que estoy pensando demasiado. Ni siquiera sé si tendré el valor de decírselo —admitió, soltando un suspiro.
Legoshi sonrió, dándole un leve apretón en el hombro.
—Claro que puedes hacerlo. Después de todo, tú me diste una razón para hablarle a esa chica que conocí. Si yo puedo intentarlo, tú también puedes.
Jack lo miró por un momento antes de devolverle una pequeña sonrisa.
—Bueno, supongo que tienes razón. Vayamos a la siguiente clase.
Legoshi asintió, sintiéndose aliviado al ver que Jack lucía un poco más tranquilo. Sin embargo, en el fondo, no podía ignorar que compartía muchas de las mismas inquietudes que su amigo. Él también sabía que no sería tan fácil... pero al igual que Jack, estaba dispuesto a intentarlo.
Jack se levantó de su asiento junto a Legoshi, guardando sus cosas con calma mientras el sonido de otros estudiantes llenaba el salón.
—Tengo clases de geografía —dijo, despidiéndose con una ligera sonrisa antes de salir del aula.
El pasillo estaba iluminado por la tenue luz del sol que se filtraba a través de las ventanas altas. Mientras caminaba hacia su próxima clase, Jack levantó la vista y vio a María a lo lejos. Su corazón dio un pequeño salto al verla sonreír, irradiando esa calidez que siempre parecía acompañarla. Pensó en saludarla, pero su paso se detuvo al notar que no estaba sola.
Junto a ella caminaba alguien más, un joven que Jack reconoció de inmediato. Era Louis, el actor principal de la obra que se había presentado la semana anterior, y también compañero de Legoshi en el club de drama.
Sin saber exactamente por qué, Jack rápidamente se escondió en uno de los pasillos laterales, pegándose al muro para no ser visto. Observó en silencio cómo pasaban frente a él, sus risas llenando el aire. Vio cómo Louis decía algo que hizo que María riera con genuina alegría, su expresión iluminándose aún más.
Jack sintió una punzada en el pecho, algo desconocido que lo inquietaba profundamente.
—¿Por qué me siento así? —murmuró en voz baja, llevando una mano a su pecho mientras sus ojos seguían a los dos.
El dolor se intensificó cuando los vio desaparecer al dar vuelta en el pasillo. Permaneció unos segundos más allí, inmóvil, con los pensamientos enredándose en su mente. La imagen de la sonrisa de María y la forma en que Louis la había hecho reír no dejaban de repetirse.
Apretó ligeramente los puños y suspiró, apartando la vista.
—Tengo que ir a clase... —se dijo a sí mismo, intentando ignorar ese peso extraño que había aparecido en su pecho mientras continuaba caminando hacia su destino. Sin embargo, el eco de las risas seguía persiguiéndolo en el silencio del pasillo.
Pasaron las últimas horas de clases hasta llegar el momento de los clubes. En el club de teatro, los miembros ya se estaban reuniendo. Elias llegó con paso relajado, captando la atención de todos mientras entraba en el club.
Maria, al verlo, se acercó con su usual energía.
—Listo, al parecer los demás chicos no nos acompañarán, solo Jack —comentó Elias tranquilamente, encogiéndose de hombros.
—Ah, sí, se me olvidó decírtelo —respondió Maria alegremente, como si no fuera algo importante. Luego miró alrededor. —¿Y dónde está Jack? Pensé que venías con él.
—Sí, pero me dijo que dejaría unas cosas en el dormitorio. No tardará en llegar —contestó Elias con calma.
Maria asintió con una sonrisa.
—Bien, espero que no tarde. Ya todos están listos —dijo animada, observando a los miembros del club.
Elias echó un vistazo rápido al grupo. Allí estaban Legoshi, Juno, Tao y Bill, quienes charlaban tranquilamente. También notó a Louis, que se acercaba con su habitual porte serio.
—¿Tu hermano vendrá? —preguntó Louis, dirigiéndose a Maria primero, aunque luego fijó su mirada en Elias.
—Sí, y un amigo más —respondió Elias, manteniéndose sereno.
Louis lo observó unos segundos antes de suspirar ligeramente.
—Bien, un par de manos extra no están de más —dijo antes de girarse y volver con los demás miembros del club.
Elias lo siguió con la mirada, sintiendo una ligera incomodidad.
—"Ese tipo es un raro" —murmuró en su idioma, lo suficientemente bajo como para que solo Maria lo oyera.
—"¿Por qué dices eso?" —preguntó Maria, curiosa por el comentario.
—"Porque cuando lo conocí, se me acercó y me abrió la boca para ver mis dientes" —respondió Elias con absoluta tranquilidad.
—"¿¡Él hizo eso!?" —exclamó Maria, claramente sorprendida, antes de voltear a ver a Louis al otro lado del salón.
—"Mhh, supongo que tenía curiosidad, ya que no saben mucho de nosotros" —añadió Maria, volviendo la vista a Elias.
—Sea lo que sea, es muy extraño —concluyó Elias, cruzándose de brazos.
Ambos continuaron conversando en su idioma, atrayendo la atención de los demás por el curioso sonido que emitían al hablar.
—Mhh... ¿no es curioso cómo suena su idioma? —comentó Juno, mirando con interés a Elias y Maria.
—Sí, aunque me ha dado curiosidad preguntarles sobre ello —respondió Legoshi, con una expresión pensativa mientras observaba a la pareja.
Louis, por su parte, también los escuchaba, aunque desde una distancia prudente, con los brazos cruzados.
"¿Qué forma de hablar tan extraña?" pensó, recordando los fragmentos que había leído en antiguos libros de Ogma. "Esos textos mencionaban que su lengua tenía un sonido peculiar, pero nunca imaginé que sonara así."
Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando la puerta se abrió de golpe, llamando la atención de todos en la sala.
—¡Ya vine! —dijo Jack, con entusiasmo mientras entraba al lugar.
Maria se giró hacia él y le regaló una gran sonrisa.
—¡Bien, ya podremos irnos! —dijo Maria con entusiasmo, aplaudiendo una vez que Jack llegó.
—S-sí, lo siento si me tardé... —respondió Jack algo nervioso, desviando la mirada al encontrarse con la sonrisa de Maria.
—Es una lástima que los demás no pudieran acompañarnos —comentó Elias casualmente, estirándose con las manos cruzadas detrás de la cabeza.
Jack observaba a Louis que estaba, junto a Legoshi y los demás estudiantes, mientras esa punzada familiar volvía a su pecho, incomodándole más de lo que estaba dispuesto a admitir. Se esforzaba en disimular, apartando la mirada de vez en cuando, pero inevitablemente volvía a posarla en Louis, como si algo lo empujara a seguir mirando.
"Ahí está, otra vez esa punzada...", pensó, apretando los dientes mientras trataba de mantenerse firme.
No pudo evitar sentirse irritado cuando Louis se acercó hacia el donde estaba con Maria y Elias. Sin pensarlo demasiado, Jack decidió actuar con normalidad, lo vio caminando hacia ellos con pasos firmes, aunque por dentro luchaba por mantener la calma.
—Tú eres amigo de Legoshi, ¿verdad? —preguntó Louis al notar la presencia de Jack, sus ojos examinándolo con la misma compostura característica que siempre mostraba.
Jack se esforzó por sonreír, aunque era evidente que esa sonrisa no era del todo genuina.
—Sí, soy su amigo —respondió, tratando de sonar tranquilo, aunque la incomodidad lo carcomía.
Louis lo miró un instante, como si intentara descifrar algo en él, antes de responder con una breve inclinación de cabeza.
—Ah, por cierto, Louis, ¿después me ayudarás a ensayar? —preguntó María, interrumpiendo el momento. Su sonrisa radiante y su tono dulce hicieron que Jack desviara la mirada hacia ella.
—Sí, claro, cuando volv... —respondió Louis, pero Jack apenas podía escuchar el resto de la conversación.
La punzada en su pecho se intensificó al ver la cercanía entre María y Louis. Esa sensación de incomodidad y molestia se mezclaba con algo que finalmente pudo identificar, aunque no quería aceptarlo.
"¿Por qué no se va? ¿Por qué me molesta tanto que se acerque a ella? ¿Son... celos?", pensó, sintiendo cómo su mente se llenaba de preguntas mientras miraba a los dos discutir con naturalidad, como si él no estuviera ahí.
Intentando apartar esos pensamientos, Jack mantuvo una expresión neutral, pero por dentro estaba inquieto, tratando de entender lo que realmente sentía y cómo lidiar con ello.
Antes de que pudieran seguir, Sanu, encargado del club, llamó su atención.
—Bien, ya es hora de irnos. ¿Ya estamos todos? —preguntó amablemente.
Todos asintieron, confirmando que estaban listos.
—Perfecto, entonces vayamos —respondió Sanu con tranquilidad.
El grupo salió del edificio y tomó el metro rumbo a la plaza. Durante el trayecto, Jack no pudo evitar notar algo inusual.
—Oye, Elias, ¿no se supone que deberían escoltarte unos guardias? —preguntó, mirando alrededor con curiosidad.
Elias volteó hacia él con una expresión relajada.
—Ah, sí. El director me dijo que consideraron que el camino a la plaza es muy seguro, ya que estará vigilado. Además, voy con ustedes, así que no hay problema —explicó Elias con calma.
Jack asintió, más tranquilo con la respuesta.
Cuando llegaron a la plaza, el lugar estaba lleno de actividad. Estudiantes de distintos clubes terminaban de montar sus puestos y decoraciones. El ambiente estaba lleno de risas y conversaciones animadas. El grupo se dividió para ayudar en diferentes tareas, Jack acompañó a Maria y Juno, mientras Elias se unió a Legoshi y los demás del club de teatro.
El tiempo pasó rápidamente entre risas, trabajo. Cuando el sol comenzó a ocultarse, la plaza quedó iluminada por las cálidas luces de las lámparas, dando al lugar un ambiente tranquilo y acogedor.
Juno, que se encontraba a un lado, observaba en silencio cómo Legoshi hablaba con algunos miembros del club, agachado y concentrado en su tarea.
"Me pregunto si ya tiene novia... Siempre que intento acercarme, parece que esquiva todos mis intentos", pensó Juno, distraída con sus pensamientos, hasta que un suave toque en su mejilla la hizo sobresaltarse.
—¡Boop! —dijo Elias juguetonamente, retirando el dedo.
—¡Ah! Elias, eres tú... —respondió Juno, ruborizándose ligeramente al darse cuenta de lo que acababa de pasar.
—Toma, te veo un poco cansada —dijo Elias alegremente, ofreciéndole una botella de agua.
—G-gracias... —dijo Juno, sintiendo su corazón acelerarse al ver la sonrisa despreocupada de Elias.
—Quién lo diría... Terminé otra vez manchado de pintura —bromeó Elias, señalando las pequeñas manchas en su rostro y uniforme.
Juno rió suavemente al notar las manchas.
—Deberías tener más cuidado, o acabarás arruinando tu uniforme —comentó ella con una sonrisa amable.
Juno, intrigada, decidió aprovechar el momento para hacer una pregunta que tenía en mente.
—¿Qué te parecen nuestro evento? —preguntó con curiosidad.
Elias se quedó pensativo por un momento antes de responder.
—Me parecen agradables. Me recuerdan un poco a las de mi hogar. Además, parecen bastante divertidas —respondió con una sonrisa tranquila.
—Me alegra escucharlo. Sabes, me estoy esforzando mucho para convertirme en una Beastar y...
Antes de que pudiera terminar, notó cómo la expresión de Elias cambiaba de repente a una mucho más seria. Alarmada, Juno se inclinó un poco hacia él.
—¿Estás bien? ¿Dije algo malo? —preguntó preocupada.
—Ah, no, Juno. No es eso, es solo que... —Elias dudó por un momento antes de continuar. —Es que, bueno... Esa palabra es un insulto en mi idioma.
Juno parpadeó sorprendida antes de apresurarse a disculparse.
—¡Lo siento, Elias! No fue mi intención...
—No, no es tu culpa. No es un insulto hacia nosotros... es hacia ustedes —aclaró Elias, desviando la mirada con cierto nerviosismo.
Juno lo miró con curiosidad.
—Entonces... ¿qué significa? —preguntó suavemente.
Elias la miró, indeciso sobre si debía explicárselo. Finalmente suspiró, dándose cuenta de que Juno parecía genuinamente interesada.
—Bueno... significa "Beasta Bastarda" o Bestia Bastarda para que me entiendas, suena como Beastar por la forma en que lo decimos. Es un término que se usaba para referirse a ciertos individuos que cazaban humanos durante la guerra. Eran despiadados, sin misericordia, incluso con los heridos... —explicó Elias con seriedad, sus palabras cargadas de un peso que Juno no había anticipado.
Ella bajó la mirada, sintiéndose incómoda por lo que acababa de escuchar.
—Lo siento mucho, Elias. No sabía que tuviera un significado tan... fuerte —dijo Juno, apenada.
Elias negó con la cabeza, dándole una pequeña sonrisa para tranquilizarla.
—Está bien, Juno. No podías saberlo. Sólo quería que entendieras por qué esa palabra me incomoda —respondió, tratando de aliviar la tensión entre ellos.
El ambiente se había calmado ligeramente después de la conversación, pero la tensión de las palabras aún flotaba en el aire. Juno, con un suspiro más relajado, miró a Elias, tratando de hacerle entender lo que significaba para ellos ese término.
–Aun así, lo siento. No sabía que ustedes fueron los que le dieron ese nombre –dijo con una voz más tranquila, intentando mostrar empatía por lo que habían pasado los humanos.
Elias asintió despacio, notando la sinceridad en su tono. –Sí, muchos de los nombres que he visto por aquí provienen de cosas que decíamos allá. Pero no te preocupes, no es tu culpa. Perdón si me puse así. Después de todo, ustedes le dieron otro significado, ¿no? –respondió, tratando de suavizar el momento.
Juno pareció relajarse aún más. –Bueno, significa un título muy importante y reconocido por todos. Normalmente es entre estudiantes de diferentes escuelas, y se elige a uno por instituto. Es como un puesto que trasciende el miedo y la discriminación –explicó mientras Elias escuchaba atentamente, intrigado.
–¿Ah, sí? –añadió Juno, bajando un poco el tono–. También significa velar por los problemas de la sociedad y ayudar a mejorar día a día.
Elias se cruzó de brazos, pensativo, mientras apoyaba una mano en su barbilla. –Interesante. Así que prácticamente son como oficiales o algo así –dijo, tratando de comprender el nuevo significado.
Juno asintió. –Sí, pero tiene mucha importancia para nosotros. Los que logran graduarse pueden alcanzar carreras de alto nivel. Es por eso que… me esfuerzo mucho –confesó, bajando la mirada un poco, pero con una voz firme.
Elias asintió, comprendiendo. –Mhh, ya veo. Prácticamente es como sacar las mejores calificaciones para obtener una recomendación. Pero… es bueno que le hayan encontrado otro significado y no sea lo mismo de esos tiempos –añadió con una sonrisa, intentando aliviar cualquier peso que pudiera sentir Juno.
Ella respondió con una leve sonrisa. –Sí, es bueno saber que las cosas pueden cambiar –dijo, sus palabras cargadas de esperanza.
–¿Por qué no vamos con ellos? –propuso Elias, señalando a Legoshi y los demás. Juno asintió con alegría, pero justo cuando se disponían a moverse, las luces se apagaron repentinamente, sumiendo el lugar en la oscuridad.
–¿Qué pasa? ¿Por qué se fue la luz? –preguntó Elias, mirando a su alrededor con desconcierto. De repente, sintió que Juno le tomaba la mano, sorprendiéndolo.
–Ven, sígueme. Está muy oscuro para que veas –dijo Juno, con tono alarmado mientras lo jalaba.
–Eh… pero te puedo ver –dijo Elias tranquilamente, mirando su silueta borrosa en la penumbra.
Juno se detuvo un momento, volteando hacia él con sorpresa. –¿Puedes ver en la oscuridad? –preguntó, intrigada.
–No exactamente, pero alcanzo a verte un poco por la poca luz que hay. Solo te veo borrosa –explicó Elias. Juno frunció el ceño, aún algo intrigada, pero decidió no insistir y lo llevó con más rapidez.
–Ven, vamos. Es peligroso para ti, seguramente alguien está depredando –dijo Juno con tono de urgencia mientras lo conducía hacia el grupo.
Sin embargo, Elias se detuvo en seco, alarmado. –Espera, Juno… ¿y mi hermana? –preguntó con preocupación, su voz casi quebrándose.
Juno lo miró con seriedad. –Tranquilo, está con Jack. Te dejaré con los demás para ir por ellos –respondió, intentando calmarlo mientras apuraba el paso.
Al llegar al grupo, los demás miembros del club estaban formando un círculo protector alrededor de los herbívoros, listos para cualquier eventualidad. Elias miró el caos que comenzaba a formarse a su alrededor, sintiendo una creciente ansiedad.
–Juno, no puedo quedarme aquí. Tengo que ir por mi hermana –insistió, soltándose suavemente de su mano. Juno lo miró con duda.
Juno soltó la mano de Elias con decisión, dejándolo con los demás miembros del grupo. –No, quédate aquí. Yo iré –dijo con firmeza antes de desaparecer en la oscuridad. Elias la observó hasta que su silueta se desvaneció completamente, sintiendo un nudo de preocupación en su pecho.
En una de las bancas cercanas, María y Jack descansaban tras un día agotador. El cansancio se reflejaba en el rostro de María, quien bostezó y se estiró con un suspiro. –Haaah, sí que fue un día largo –comentó con un tono relajado. Jack, por su parte, permanecía inquieto, moviendo las manos nerviosamente mientras algunos estudiantes pasaban cerca de ellos.
María notó su comportamiento y frunció ligeramente el ceño, curiosa. –¿Qué pasa, Jack? Desde que llegamos no has dicho nada –preguntó, inclinándose un poco hacia él para mirarlo mejor.
Jack tragó saliva y trató de controlar sus nervios. –N-n-n-no es nada, es solo que estaba concentrado –respondió, tartamudeando y evitando mirarla directamente a los ojos. La vergüenza lo mantenía atado, aunque luchaba contra ella.
María sonrió suavemente, girando su atención hacia donde estaban los demás. Jack, desde el rabillo del ojo, la miraba con una mezcla de inseguridad y determinación. Finalmente, respiró hondo y, con valentía, se atrevió a hablar.
–Oye, María… ¿te puedo preguntar algo? –dijo en un tono titubeante, tratando de sonar tranquilo.
María volvió a mirarlo, intrigada. –Sí, dime –respondió con amabilidad, dedicándole una sonrisa que solo hizo que el corazón de Jack latiera con más fuerza.
"¡Vamos, díselo! ¿Por qué no puedo? Es como si mi voz no quisiera salir..." pensó Jack, luchando internamente. Finalmente, logró abrir la boca para continuar.
–M-m-m-me preguntaba si tú querías sa… –empezó a decir, pero fue interrumpido abruptamente cuando la luz se fue, sumiéndolos en la oscuridad total. Gritos de pánico comenzaron a resonar en el ambiente.
Jack se levantó rápidamente de la banca, alarmado, y tomó a María de la mano. –¡Ven, María! ¡Hay que ir con los demás! –dijo con urgencia, tirando de ella para que se moviera.
María lo miró con confusión. –¿Por qué? Solo se fue la luz, no es para tanto –respondió, manteniendo un tono tranquilo.
Jack giró hacia ella, claramente nervioso. –¡Ven, es peligroso! Tal vez alguien está… –se detuvo un momento, mirando a su alrededor con cautela–. Depredando –concluyó en voz baja, aún preocupado por ella.
María frunció el ceño, confundida. –¿Depredar? –preguntó, mirándolo directamente, mientras Jack sentía que los nervios volvían a dominarlo.
Tomándola con firmeza por la mano, Jack insistió. –¡Te lo explicaré luego! ¡Vamos, sígueme! Está muy oscuro para que veas –dijo, intentando arrastrarla hacia un lugar seguro.
María, sin embargo, no se movió de inmediato. –Pero te puedo ver un poco… solo tu silueta, pero te veo –respondió, tomando la mano de Jack con suavidad, lo que lo sorprendió.
Jack se quedó perplejo por un momento, procesando sus palabras. –¿Entonces puedes ver en la noche? Pensé que los humanos no podían –comentó, mirándola con una mezcla de preocupación y sorpresa.
–Sí, te veo, pero apenas puedo distinguirte. La poca luz residual me ayuda –respondió María con calma, mirando directamente a Jack.
Jack sintió cómo el calor subía a sus mejillas de vergüenza al darse cuenta de tomo su mano sin pensarlo, consciente de que ella podía verlo claramente. Sin embargo, decidió apartar esos pensamientos por ahora.
–¡Bien! ¡Vamos! No podemos quedarnos aquí –dijo con determinación, apretando su agarre y llevándola con él. María lo siguió sin resistencia, permitiendo que la guiara.
Cuando salieron de la zona en la que estaban, ambos vieron una figura familiar acercándose rápidamente. –¡Jack, María! Aquí están –dijo Juno, aliviada–. Vamos con los demás –añadió con urgencia, instándolos a seguirla. Sin más preguntas, los tres comenzaron a moverse juntos, con Jack aún sintiendo la calidez de la mano de María entre la suya, pero enfocado en mantenerla a salvo.
Agata e Ibuki, junto con los demás miembros del Shishigumi, estaban reunidos en un callejón cerca del panel de control de las luces del lugar. El ambiente estaba cargado de tensión. –Cuando te diga, apaga las luces. Hay que hacer esto rápido –ordenó Ibuki mientras uno de los leones instalaba un dispositivo en la caja eléctrica.
–Sí, solo durará unos minutos –respondió el miembro mientras ajustaba los últimos detalles en el dispositivo. Agata, por su parte, no podía ocultar su nerviosismo ante el plan. Se acercó a Ibuki con cautela.
–Oye, Ibuki... ¿estás seguro de esto? ¿No intentaste persuadir al jefe? –preguntó con evidente inquietud, su voz temblorosa.
Ibuki giró la cabeza hacia él, sus ojos tranquilos pero firmes. –Sí, lo intenté. Le conté lo que pasó aquel día, pero me dijo que los demonios no se atreverían a adentrarse más allá de la costa. No pueden hacerlo sin llamar la atención –respondió, exhalando una bocanada de humo de su cigarro.
A pesar de la respuesta, la preocupación de Agata no disminuyó. –Sigo sintiendo que esto es una mala idea –murmuró, su mirada reflejando su creciente ansiedad.
Ibuki, aunque tranquilo en apariencia, compartía en parte el sentimiento. –Lo sé. Yo también tengo el presentimiento de que esto puede salir mal –admitió mientras apagaba su cigarro, su tono casi filosófico.
–¡Listo, ya está instalado! –anunció el león que terminaba de colocar el dispositivo, dándole una señal de aprobación a Ibuki.
–Bien. Movámonos. Te avisaré por el radio cuando sea el momento. Recuerden que la plaza está vigilada –ordenó Ibuki, asegurándose de que todos tuvieran clara la estrategia–. Uno de nuestros informantes en la policía nos dejará pasar.
Antes de continuar, añadió algo más. –Ah, y otra cosa: nuestro contacto también vio a tres estudiantes cerca de los árboles en el centro de la plaza. Prepárense para encontrarlos –dijo, su tono grave.
Agata, aún inseguro, levantó la voz con otra duda. –Espera, Ibuki. ¿Cómo vamos a llevarnos a los demonios sin que hagan ruido o nos den pelea? –preguntó, recordando que los demonios eran más fuertes que una presa habitual.
Ibuki asintió, como si ya hubiese previsto la pregunta. –Usaremos somníferos. Solo pónganselos en la cara. Con eso bastará para dormirlos –respondió, manteniendo la calma mientras los demás asentían.
–Bien. Vamos. Dispérsense y no llamen la atención. Les diré por radio cuándo acercarse –concluyó Ibuki antes de salir del callejón.
El grupo se dispersó con precisión, mezclándose entre las sombras y dirigiéndose hacia la plaza. Ibuki observó cómo cada uno tomaba su posición, sus pensamientos cargados de preocupación por lo que estaban a punto de hacer. "Esto podría salir terriblemente mal...", pensó, aunque mantuvo su compostura mientras se preparaba para dar la señal.
Ibuki y Agata se movieron con cautela hacia el punto que su informante había indicado. Ambos permanecían en silencio, con los nervios a flor de piel. Ibuki miró la escena frente a ellos, dudando durante unos segundos antes de sacar su radio. –Es ahora o nunca –murmuró para sí mismo, dando la orden–. Hazlo.
De inmediato, las luces del lugar se apagaron, dejando todo en una oscuridad absoluta. Cambió el canal en su radio y dio la siguiente instrucción. –Muévanse.
Los dos comenzaron a moverse entre los árboles y arbustos, Ibuki liderando con pasos firmes, mientras Agata lo seguía, claramente nervioso. –Puedo olerla. La chica está cerca –dijo Ibuki en voz baja, señalando en dirección a un arbusto. Al asomarse, la vio sentada en una banca junto a alguien más.
Ibuki frunció el ceño y se mantuvo agachado, observando. Agata se acercó, susurrando con voz temblorosa. –Creo que esto es una mala idea. Está con alguien.
–Silencio, te oirán –respondió Ibuki, molesto pero sin alzar la voz. Ambos aguzaron el oído, escuchando la conversación.
–¿Puedes ver en la noche? –preguntó el perro que estaba con la chica.
Ibuki y Agata intercambiaron miradas, sus expresiones reflejando sorpresa. –Mierda... lo que faltaba. También pueden ver en la oscuridad. Esto ya era difícil, ahora lo es más –masculló Ibuki, frustrado.
Agata, por su parte, estaba entrando en pánico. –¡Los demonios pueden ver en la oscuridad! –dijo en voz baja, aunque con evidente miedo. Recordó el incidente en el muelle, y su mente casi colapsó en el mismo terror. Ibuki lo zarandeó ligeramente.
–Contrólate. Tenemos que buscar la manera de llevárnosla
–dijo, pero se detuvo al notar que la banca estaba vacía. La chica y el perro habían desaparecido.
–¡Mierda, se fueron! Ahora hay que buscarlos –gruñó, pero antes de que pudieran hacer algo, las luces volvieron a encenderse.
–Tenemos que salir de aquí. Vamos –ordenó Ibuki, tomando a Agata del saco y arrastrándolo mientras ambos corrían hacia un lugar seguro. Al llegar a un callejón, se detuvieron, ambos jadeando por el esfuerzo.
–¿¡Qué diablos pasó!? –gritó Ibuki, furioso, golpeando una pared con el puño.
Agata, todavía recuperándose, se encogió de hombros. –No lo sé, pero alguien definitivamente va a estar en problemas –respondió, aliviado de haber escapado pero frustrado por el giro de los acontecimientos.
Ibuki asintió con un gruñido. –Vamos a comprobar.
Salieron del callejón y se dirigieron a la calle donde estaba el panel de control de las luces. Al llegar, encontraron a varios oficiales acordonando la zona. Uno de los miembros del Shishigumi estaba siendo arrestado, mientras otro oficial examinaba el dispositivo que habían instalado.
–Mierda... se dieron cuenta. Vámonos –dijo Ibuki, haciendo un gesto para que Agata lo siguiera. Ambos caminaron rápidamente para alejarse, tratando de parecer tranquilos para no llamar la atención.
–Ibuki, ¿qué haremos ahora? –preguntó Agata en voz baja, todavía nervioso.
–Tendremos que planear una mejor estrategia. No esperaba que el lugar estuviera tan vigilado... Aunque algo me dice que esto es una mala idea desde el principio. Hay una razón por la que los cuidan tanto –respondió Ibuki, su tono firme pero con una sombra de inquietud.
Agata asintió, consciente de que la misión estaba lejos de terminar y que el desafío solo se hacía más grande.
–¡María! –gritó Elías al verla aparecer junto con Jack.
–Estoy bien –respondió María, llegando tomada de la mano de Jack.
Elías dejó escapar un suspiro de alivio al verlos. –Ya me estaba preocupando. Gracias, Jack, por cuidarla –dijo, relajándose visiblemente.
Jack asintió con una sonrisa tranquila. –No hay problema. Pero, ¿qué fue lo que pasó? –preguntó mientras miraba alrededor, notando la oscuridad y el caos de los estudiantes corriendo.
–No lo sé, tal vez un apagón –respondió Elías, observando lo poco que podía distinguir a su alrededor.
–¿Dónde está Legoshi? –preguntó Juno, preocupada, mirando a su alrededor en busca de alguna señal de él.
Jack también buscó con la mirada, pero no logró encontrarlo. –Lo vi correr hace un momento, parecía estar buscando a alguien –respondió Elías, señalando la dirección por la que Legoshi se había ido.
–¡Yo iré! Quédense aquí –dijo Juno, tomando rápidamente la dirección que Elías señaló y dejándolos atrás.
Mientras tanto, los miembros del club murmuraban entre ellos, preocupados por la situación. Pasaron unos segundos de incertidumbre, hasta que la luz regresó repentinamente, iluminando toda la plaza y calmando el alboroto.
Elías suspiró, aliviado. –Bueno, ya volvió la luz.
–Sí. Espero que todos estén bien –respondió Jack, aunque todavía con una sombra de preocupación por su amigo Legoshi.
María miró a Jack con una sonrisa agradecida. –Gracias, Jack, por cuidarme –dijo suavemente.
Jack se sonrojó al escucharla y apartó la mirada, nervioso. –S-sí, de nada –tartamudeó, olvidando completamente que aún sostenía su mano.
María lo notó y, con una pequeña sonrisa traviesa, le tocó el hombro con el dedo. –Jack, ya puedes soltar mi mano –dijo en tono juguetón.
Jack parpadeó sorprendido, y al darse cuenta de lo que estaba haciendo, soltó su mano rápidamente, su rostro completamente rojo. –¡Lo-lo siento! No me di cuenta –balbuceó, desviando la mirada mientras trataba de ocultar su vergüenza.
María soltó una pequeña risa y sonrió. –Está bien, no te preocupes –dijo, tranquilizándolo con un tono amable.
Juno corría por la oscuridad, su respiración agitada mientras sus ojos buscaban a Legoshi entre las sombras. "¡¿Dónde estará?!", pensó, el corazón latiéndole con fuerza por la preocupación. Finalmente, lo vio de pie junto a unos árboles. "¡Ahí está!", pensó aliviada mientras aceleraba el paso para alcanzarlo.
–¡Legos…! –comenzó a llamarlo, pero se detuvo en seco cuando las luces volvieron a encenderse de golpe. Sus palabras se quedaron atrapadas en su garganta al ver a Legoshi junto a una chica conejo. Ella lo abrazaba, y Juno sintió una punzada dolorosa en el pecho.
Observó cómo la chica se separaba de él, y Legoshi se agachaba con una sonrisa amable, extendiéndole la mano. –Legoshi… –murmuró Juno en voz baja, su tono teñido de tristeza.
"Esa debe ser la chica que le gusta", pensó mientras bajaba la mirada, incapaz de ignorar el peso que sentía en el corazón. Sus labios temblaron un poco antes de fruncir el ceño, como si luchara contra sus propios pensamientos. "¡No, no me rendiré!", se dijo a sí misma, recobrando algo de fuerza al verlo marcharse con la chica, acompañándola como siempre hacía.
Con un suspiro, Juno se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso hacia los demás.
Mientras tanto, Sanu estaba reuniendo al grupo, mirando con preocupación el ambiente después del apagón. –Bien, será mejor que regresemos. Se nos ha hecho demasiado tarde; creo que es suficiente por hoy –dijo con calma, aunque no ocultaba su preocupación.
–Sanu, ¿dónde está Louis? –preguntó Bill, al notar su ausencia.
–Ya se fue –respondió Sanu con un gesto de asentimiento.
Todos aceptaron la respuesta y comenzaron a prepararse para volver.
–Bien, volvamos –indicó Sanu.
Jack, sin embargo, se quedó un momento en su lugar, mirando a su alrededor. –¿Pero dónde está Legoshi? –preguntó, la inquietud reflejada en su voz.
En ese momento, Juno llegó al grupo, escuchando la pregunta. –Legoshi ya se fue –respondió con seriedad, su expresión algo tensa. Algunos notaron su tono, pero nadie quiso indagar más.
Sanu tomó la palabra, apresurándolos con cierto nerviosismo. –Será mejor que nos vayamos. Puede ser peligroso quedarse por aquí. Mañana volveremos para terminar los detalles –dijo, intentando mantener la compostura.
Todos asintieron, de acuerdo con la decisión. Jack, por su parte, asumió que Legoshi había acompañado a la chica que le había mencionado. Se quedó pensando en ello por un instante, pero sus reflexiones fueron interrumpidas cuando sintió que alguien le jalaba del brazo.
–Vamos, ya todos están avanzando –le dijo María con una sonrisa amable.
Jack reaccionó rápidamente, asintiendo mientras comenzaba a caminar. Elías se unió a su lado mientras el grupo entero se dirigía hacia la salida de la plaza, en dirección al metro que los llevaría de vuelta a la academia, esperando al día siguiente.
En el dormitorio, el sonido de las noticias llenaba el ambiente mientras Jack y los demás escuchaban atentos.
–Ahora pasamos a la información del clima –anunció el locutor con su tono profesional. –El día de hoy se pronostica soleado y despejado, pero con una probabilidad de lluvia del 89% a partir del mediodía, que continuará hasta la noche.
Miguno, que estaba sentado junto a Jack, asintió al oír el pronóstico. –Mhh, hoy lloverá. Será mejor que lleve mi paraguas –comentó, mirando la pantalla del teléfono de Jack.
La transmisión continuaba: –En otras noticias, ayer por la noche se arrestó a un crimi…
Antes de que la frase terminara, Jack apagó la transmisión, dejando la pantalla en negro. –Sí, creo que yo también lo llevaré –dijo mientras se levantaba del suelo, preparándose para las clases del día.
Miguno, sin embargo, no lo dejó ir tan rápido. Le sonrió pícaramente, poniendo una mano sobre su hombro. –Jack, dime, dime, ¿cómo te fue ayer? –preguntó con un tono que hizo que Voss, Collot y Durham levantaran las orejas con interés, mientras Legoshi seguía dormido en su cama.
–¿La invitaste? –insistió Miguno, divertido al notar la reacción nerviosa de Jack.
–¡Sí, vamos, dinos! –se sumó Durham, animado, mientras los demás los miraban con curiosidad.
Jack se sentó de nuevo, sintiéndose un poco acorralado. Su cola se movió nerviosamente mientras trataba de responder. –Bueno… yo iba a decirle, pero…
Se detuvo por un momento, creando un silencio tenso que solo aumentaba las expectativas de los demás.
–¿Pero qué? –preguntó Miguno, ahora algo preocupado por su amigo al notar su vacilación.
Jack suspiró y finalmente explicó. –En ese momento, la luz se fue, dejando toda la plaza a oscuras. No tuve tiempo de preguntarle porque tuve que llevarla con los demás; la situación era peligrosa.
Los demás lo escucharon en silencio, asimilando lo que había pasado.
–Entonces, no pudiste porque hubo un apagón ayer –concluyó Miguno, con un gesto comprensivo.
Jack asintió, pero levantó la mirada con una leve sonrisa. –Sí, pero hoy también la acompañaré, así que… lo intentaré nuevamente –dijo con algo más de ánimo, moviendo la cola con determinación.
–Bueno, no pierdes nada con intentarlo –dijo Durham, cruzándose de brazos mientras lo observaba con tranquilidad.
El grupo asintió en señal de apoyo, aunque no sin lanzarle alguna que otra sonrisa burlona. Jack respiró hondo.
El día transcurrió con calma en la academia hasta que llegó la hora en que saldrían para volver a la plaza para ayudar con algunas tareas. Mientras tanto, Jack se quedó ayudando con Juno y Legoshi en otros asuntos.
–Parece que está muy nublado hoy, ¿no lo crees? –comentó Elías, observando el cielo gris mientras descansaba junto a María en una banca cercana.
–Sí, Jack trajo un paraguas –respondió María con una sonrisa, mirando de reojo cómo otros estudiantes pasaban de un lado a otro en la plaza.
De pronto, ambos notaron la figura de alguien que se acercaba caminando frente a ellos. Elías entrecerró los ojos y rápidamente reconoció la figura, un león con una expresión peculiar. María, por su parte, se estremeció y tomó del brazo a Elías al notar la extraña apariencia del león. Su rostro tenía algo antinatural que era difícil de ignorar.
–¡Hola, Elías! –saludó el león con entusiasmo.
–Hola, alcalde –respondió Elías con cierto titubeo, intentando sonar relajado a pesar de su incomodidad. María lo miró de reojo, aún agarrándolo con fuerza.
–Ella debe ser tu hermana, ¿verdad? –preguntó el león, clavando su mirada en María.
–Sí –respondió Elías de forma breve.
El alcalde sonrió ampliamente y miró a María, inclinándose un poco hacia ella. –¡Hola! Soy el alcalde de esta ciudad. Es un gusto conocerte...
Se quedó en silencio unos segundos, esperando que María respondiera.
–M-María, me llamo así –dijo ella con voz temblorosa, apretando aún más el brazo de su hermano.
–¡María! Es un gusto conocerte –exclamó el alcalde con una sonrisa que no ayudó a calmar la incomodidad de los hermanos.
–S-sí, el gusto es mío –respondió María con esfuerzo, tratando de mantener la compostura.
–Bien, me alegra haberlos encontrado. He venido varias veces, pero no los había visto. En fin, los veré después –dijo el alcalde mientras se despedía con una sonrisa que envió escalofríos a ambos.
Elías y María asintieron, observando cómo el león se alejaba caminando entre las carpas de la plaza.
–¿E-es él el alcalde de esta ciudad? –preguntó María, aún temblorosa.
–Sí, lo conocí cuando llegué aquí –respondió Elías, frotándose el cuello incómodo.
–Su cara es rara. Me incomoda –dijo María en voz baja, como si temiera que él pudiera escucharla aunque ya estuviera lejos.
–Sí, yo también lo noté –admitió Elías, suspirando.
Tratando de distraerse, María cambió de tema. –Bueno, como sea, ¿damos una vuelta? –propuso, poniéndose de pie con una leve sonrisa.
Elías asintió, también levantándose. –Bien, ¿a dónde quieres ir?
María miró a su alrededor y, tras unos segundos, señaló un puesto de flores. –Ahí –dijo, animada.
Elías notó que el puesto estaba algo alejado, pero no dijo nada. Ambos caminaron hasta llegar al pequeño stand lleno de flores vibrantes.
–¡Mira, son como las que hay en casa! –exclamó María, admirando los arreglos florales.
–Sí, parece que son del club de jardinería –comentó Elías, sonriendo mientras observaba las flores.
De repente, una pequeña figura salió de detrás del mostrador cargando una maceta. Era Haru. Al ver a Elías y María, se quedó paralizada por un momento, claramente nerviosa, pero intentó hablar.
–H-h-hola –balbuceó Haru con voz temblorosa.
María sonrió amablemente y se inclinó un poco hacia ella. –Hola, Haru. ¿Este puesto es tuyo?
Haru asintió con dificultad. –S-sí. Es para vender flores –respondió, aunque su voz temblaba.
María lo notó y la miró con curiosidad. –¿Nos tienes miedo? –preguntó con tranquilidad, aunque la pregunta sorprendió tanto a Haru como a Elías.
–¡María! Déjala, no la molestes. Recuerda lo que decía el abuelo de ellos –dijo Elías en un tono firme, regañándola.
Haru los miraba con asombro, sin comprender bien de qué hablaban.
–¡Ya sé, pero…! –María sonrió de repente y señaló a Haru con entusiasmo. –¡Es que es muy bonita! ¡Su pelaje parece tan suave!
Haru frunció el ceño, confundida. "¿A qué se refiere? ¿Por qué está diciendo eso?" pensó, sin quitarles la mirada de encima mientras discutían. Finalmente, interrumpió.
–¿Qué quieren decir con lo que su abuelo decía? –preguntó Haru, sintiendo una mezcla de curiosidad y nervios.
Elías y María voltearon a verla al unísono, provocándole un escalofrío.
María sonrió ampliamente. –Mhhh… ¿quieres saber? –preguntó con un tono juguetón, haciendo que Haru asintiera lentamente, aunque no estaba segura de si quería oír la respuesta.
María sonrió cálidamente antes de empezar a hablar.
–Bueno, verás... durante la guerra, nuestro abuelo y bisabuelo fueron rescatados por una coneja de tu especie, blanca como la nieve. Nuestro abuelo nos contaba esta historia siempre. Decía que, en pleno invierno, él y mi bisabuelo huían de una ciudad que había sido ocupada por el ejército de las bestias. Intentaron escapar, pero les resultó imposible porque la ciudad estaba llena de soldados que buscaban humanos entre las casas y los edificios. Así que mi bisabuelo tomó una decisión arriesgada: escapar por las cloacas de la ciudad.
Haru, intrigada, escuchaba atentamente mientras María continuaba con la historia.
–En el camino, se encontraron con una coneja de tu especie –relató María, su voz cargada de emoción. –Ella los observó por unos segundos, y en ese momento oyeron las patrullas de soldados acercándose. Mi bisabuelo decidió correr hacia las cloacas, pero la coneja lo detuvo. Él pensó que sería su fin, pero en lugar de entregarlos, ella lo tomó del brazo y le señaló que la siguiera.
Elías permanecía en silencio, dejando que María contara la historia. Haru, aunque todavía algo nerviosa, no pudo evitar dejarse absorber por el relato.
–Mi bisabuelo dudó al principio, pero se dio cuenta de que no tenía malas intenciones, así que la siguió por un callejón lejos de las patrullas. Llegaron a una puerta que ella abrió rápidamente para esconderlos dentro. Les permitió descansar, les dio comida caliente y fue muy amable a pesar de que eran tan diferentes.
María hizo una breve pausa antes de continuar.
–Ella no podía hablar nuestro idioma con fluidez, pero intentó comunicarse con las pocas palabras que sabía. Les dijo: "Ayudar. Salir. Ciudad." Mi bisabuelo entendió que quería ayudarlos. Cuando él le mencionó como pudo las cloacas, ella le respondió: "Cloacas. Peligro. Vigilada." Fue entonces que comprendió por qué los había detenido: los soldados vigilaban las cloacas para atrapar a los que intentaran escapar.
Haru abrió los ojos con asombro, totalmente concentrada en la narración.
–Ella les permitió quedarse esa noche –continuó María–, y al día siguiente, por la mañana, los guió por un camino seguro hacia las afueras de la ciudad, sin que los vieran. Cuando llegaron, mi bisabuelo y mi abuelo, aunque él era solo un niño pequeño, le agradecieron como pudieron. Ella les sonrió y se despidió. Gracias a su ayuda, lograron escapar.
María hizo una pausa y miró a Haru, quien estaba impactada y también un poco incrédula.
–Con los años, durante el resto de la guerra, muchos otros también contaron historias de cómo esta coneja los rescató. Por eso, nuestra ciudad le hizo un pequeño monumento. La mayoría de las familias que viven allí fueron salvadas por ella.
María terminó su relato con una sonrisa radiante. Haru se quedó en silencio, procesando lo que acababa de escuchar.
–Es gracias a ella que estamos aquí –añadió María, con un tono lleno de admiración.
Haru, impresionada, no supo qué decir al principio.
Haru miró a María con cierta confusión, procesando la historia que acababa de escuchar.
–¿Entonces ustedes no nos odian a todos nosotros? –preguntó, aún dudosa pero llena de curiosidad por las palabras de María.
María sonrió cálidamente antes de responder.
–No –dijo con naturalidad.
Haru se quedó en silencio, tratando de comprender.
–Aunque... –continuó María, mirando alrededor como si reflexionara sobre lo que iba a decir– nuestra estancia aquí nos ha enseñado que ustedes han cambiado mucho. Tanto, que mi opinión sobre ustedes también cambió. Todos son muy amigables, y espero que en un futuro podamos llevarnos bien.
La honestidad en el tono de María hizo que Haru se relajara un poco.
–Entonces, ¿ustedes aprecian mucho a mi especie? –preguntó Haru, ahora sonriendo con más confianza.
Elías, que había permanecido en silencio hasta ese momento, respondió con tranquilidad.
–Sí, prácticamente –dijo con una ligera sonrisa.
Haru ladeó un poco la cabeza, visiblemente más confiada.
–¿Y qué era eso de que mi pelaje es muy suave? ¿De verdad lo piensan? –preguntó con un tono divertido.
María no pudo contener su emoción y exclamó.
–¡Sí! ¿Puedo tocar tus orejas?
Haru se quedó perpleja, dudando por unos segundos. La petición de María era inesperada, pero no percibía malas intenciones. Finalmente, suspiró y asintió.
–Está bien, te dejo intentarlo.
Los ojos de María se iluminaron como los de una niña emocionada. Haru dejó la maceta que cargaba en el suelo y se acercó lentamente. Haru, aunque nerviosa, trató de mantener la calma. Cuando sintió la mano de María acariciar sus orejas con cuidado, algo extraño ocurrió: su miedo desapareció. Una sensación de paz y tranquilidad la envolvió.
"Esto es raro... me siento en paz. Quién lo diría, por alguna razón esto me hace sentir tranquila." –pensó Haru mientras observaba a María, quien no podía ocultar su alegría.
De repente, María la abrazó con entusiasmo.
–¡Lo siento, Haru, eres muy suave y bonita! ¡No me puedo resistir! –exclamó, riendo de felicidad.
Haru, un poco aturdida, sintió cómo María la apretaba como si quisiera quedarse con su olor. La situación se volvió aún más peculiar cuando María miró a Elías y le dijo con una gran sonrisa.
–¡Hermano, deberías intentarlo! Sé que quieres acariciarla, ¡es tan suave!
Elías, visiblemente avergonzado, miró a Haru como si estuviera pidiendo permiso. Haru, divertida por la situación, asintió ligeramente.
Elías se acercó con cautela y pasó la mano por la cabeza de Haru, acariciando sus orejas. Poco después, también la abrazó con una sonrisa que reflejaba la misma alegría de María. Haru, sorprendida, se encontró atrapada entre ambos hermanos, pero no se sintió incómoda. Al contrario, había algo cálido en su sinceridad.
"Estos humanos son raros, pero... me agradan. Me hacen sentir segura y tranquila. Me pregunto si realmente odian a todas las bestias. Parece que nos aprecian, a pesar de todo lo que han pasado." –pensó Haru mientras los abrazaba a ambos.
Finalmente, María soltó a Haru, seguida por Elías, quien parecía un poco más tímido.
–¡Gracias, Haru! –exclamó María, todavía radiante de felicidad.
–Sí, gracias –añadió Elías, algo avergonzado pero sonriente.
Haru simplemente les devolvió la sonrisa.
–No hay problema –respondió con amabilidad.
Recogió la maceta que había dejado antes y añadió:
–Bueno, debo volver a ordenar el lugar.
María la observó, notando que aún quedaba trabajo por hacer.
–¿No quieres que te ayudemos? –preguntó con amabilidad.
Haru se detuvo por un momento, pensativa. Finalmente, asintió.
–Claro, me vendría bien un par de manos. Vengan.
Con esa invitación, María y Elías la siguieron detrás del puesto, donde había más macetas cerca de unos árboles. No había muchos estudiantes en esa zona, lo que les facilitaba el trabajo. Haru les indicó cuáles macetas mover, y juntos comenzaron a trasladarlas de un lado a otro hasta que terminaron.
Cuando terminaron, Haru se quedó de pie bajo el árbol, observando el resultado a lo lejos en el puesto.
–Bien, eso será todo. Muchas gracias. –dijo Haru amablemente mientras observaba el trabajo terminado.
–Me alegra haberte ayudado, Haru. Si necesitas más ayuda, no dudes en pedírmelo –dijo María con entusiasmo.
–Sí, lo mismo digo –añadió Elías con una sonrisa.
Haru los miró con gratitud.
–Gracias a ambos.
Haru les sonrió, relajada por primera vez en mucho tiempo, pero antes de que pudieran despedirse, algo inesperado ocurrió. Un ruido entre los arbustos llamó la atención de los tres. Haru dio un respingo, su cuerpo se tensó, y rápidamente se acercó a María y Elías, buscando ocultarse detrás de ellos.
De los arbustos emergieron dos figuras conocidas para Elías y María.
–Hola, Ibuki y Agata –saludó Elías, con naturalidad.
Haru los miró desconfiada y luego volteó a Elías con una mezcla de confusión y miedo.
–¿Los conoces? –preguntó en un susurro nervioso.
–Sí –respondió Elías con calma–, son los guardaespaldas que nos asignaron para protegernos cuando salimos a la ciudad.
Haru relajó un poco su postura, aunque todavía se mantenía alerta. Elías dirigió su atención a los recién llegados con el ceño fruncido.
–¿Qué hacen aquí? Pensé que ya no los necesitábamos porque era seguro –dijo cruzando los brazos.
Ibuki y Agata intercambiaron miradas rápidas, evidentemente incómodos.
–Nos reasignaron por el incidente de ayer –dijo Ibuki, tratando de mantener la calma.
–¿El apagón de anoche? –preguntó Elías, arqueando una ceja. Después de unos segundos de reflexión, agregó con una sonrisa educada–. Bueno, me alegra que nos cuiden. Muchas gracias.
Ibuki apenas logró ocultar su incomodidad mientras asentía.
–Sí, pero nos han dado la orden de llevarlos de regreso a la academia. El lugar se ha vuelto peligroso; hay informes de alguien merodeando cerca y está depredando. Así que venimos a recogerlos antes de que despejen la zona –dijo, mintiendo con un tono serio. "Espero que esto funcione, o estaremos en problemas," pensó Ibuki mientras hablaba.
–¿De verdad? –preguntó Haru, alarmada.
El nerviosismo en el rostro de María y Elías no pasó desapercibido, pero Agata intervino rápidamente para calmar los ánimos.
–Tranquila, no te preocupes. Los oficiales seguramente ya están evacuando a los demás –dijo, aunque su tono traicionaba su creciente ansiedad.
–Bien, entonces vamos –aceptó Elías, liderando el camino con Haru y María siguiéndolo.
Caminaron a través de los arbustos hasta llegar a un pequeño sendero de la plaza. Había poca gente alrededor, lo que reforzaba la sensación de aislamiento.
–Me alegra que vinieran por nosotros –comentó Elías, girando la cabeza hacia Ibuki.
Ibuki se detuvo y lo miró, con Agata también en silencio detrás de él.
–Sí, hay que tener mucho cuidado –respondió Ibuki, aunque su mirada era inescrutable. Luego respiró hondo, como si estuviera preparándose para algo.
–Oye, niño –dijo Ibuki, su tono más grave.
–¿Sí? ¿Qué pasa? –preguntó Elías, con Haru y María a su lado.
Ibuki lo miró fijamente y soltó un suspiro pesado antes de hablar.
–Lo siento por esto.
Antes de que Elías pudiera procesar lo que sucedía, una figura desconocida apareció detrás de él. Un paño fue presionado contra su boca y nariz, y por mucho que intentó forcejear, el agarre del atacante era demasiado fuerte. Elías trató de gritar, pero su fuerza se desvaneció rápidamente. Mientras su visión se volvía borrosa, alcanzó a ver a María luchando de manera desesperada contra otro agresor, quien la inmovilizó con la misma técnica.
Haru intentó gritar, pero una gran mano cubrió su boca. Un tercer león la levantó sin esfuerzo, ignorando sus patadas y su intento de liberarse. Los ojos de Haru se llenaron de pánico al ver a Elías y María inconscientes.
–Bien, llévenlos al carro. Hay que salir de aquí rápido –ordenó Ibuki con un tono urgente.
Antes de irse, se detuvo abruptamente.
–¡Esperen! Revisen sus bolsillos. Seguro traen teléfonos –dijo con firmeza.
Los otros leones obedecieron y encontraron los dispositivos de Elías y María. Sin dudar, los arrojaron entre la maleza cercana.
–Perfecto. Ahora vámonos –añadió Ibuki, apresurándolos.
Haru continuó luchando contra el león que la sujetaba, incluso logró patearlo asiendo que una pequeña tarjeta cayera en el suelo, perdiendo un zapato en el proceso. Sin embargo, su fuerza no era rival para la de su captor, quien la mantuvo sujeta firmemente.
Con rapidez y discreción, los tres leones cargaron a los inconscientes Elías y María, junto con Haru, hasta un vehículo que los esperaba más allá de la plaza. Una vez dentro, el auto arrancó y desapareció entre las calles, alejándose del lugar antes de que nadie pudiera darse cuenta de lo sucedido.
Legoshi estaba con Jack mientras Juno se retiraba hacia la carpa para recoger algunas cosas.
–Ahora vuelvo –dijo Juno con una sonrisa antes de alejarse.
Jack observó a Legoshi mientras lo ayudaba con las tareas del lugar.
–Por cierto, Jack, ¿ya le preguntaste? –preguntó Legoshi con curiosidad, rompiendo el silencio.
Jack lo miró mientras cargaba unas cajas.
–No, aún no, pero lo haré en cuanto termine de ayudarte –respondió con un toque de entusiasmo en su voz. Luego, cambió el tema–. ¿Y tú? ¿Cómo te ha ido?
Legoshi suspiró y se pasó una mano por la oreja, claramente incómodo con la pregunta.
–No lo sé –admitió, mirando hacia el suelo–. Últimamente he estado pensando en apartarme de ella.
Jack lo miró desconcertado, dejando momentáneamente las cajas a un lado.
–¿Por qué? Si hace unos días me dijiste que ibas a hablarle de tus sentimientos –dijo Jack, genuinamente confundido.
Legoshi evitó su mirada y respondió con tono apagado.
–Es que… creo que le gusta alguien más.
Jack frunció el ceño, sintiendo una mezcla de sorpresa y tristeza por su amigo.
–¿Quién? –preguntó con suavidad.
Legoshi lo miró de reojo antes de soltar el nombre.
–Es Louis.
Jack parpadeó, incrédulo.
–¿Louis? ¿El actor principal de la obra de Adler? Es compañero tu yo en el club –preguntó, asegurándose de haber escuchado bien.
Legoshi asintió lentamente.
Jack observaba en silencio, sus ojos dirigidos hacia Louis que se encontraba a la lejanía mientras este conversaba animadamente con Legoshi. Una punzada familiar se instaló en su pecho, haciéndolo sentir incómodo una vez más.
"Otra vez ese tipo..." pensó, intentando no dejarse llevar por sus emociones. Su mirada se desvió hacia Legoshi, quien parecía ajeno a las tensiones que Jack sentía.
"No sabía que le gustaba otra chica... y tenía que ser justo la que le gusta a Legoshi," continuó reflexionando, su mente sumida en un torbellino de pensamientos confusos.
De repente, una idea inquietante cruzó su mente, haciendo que su corazón latiera más rápido. "¿Me pregunto si también está tras María?"
La posibilidad lo inquietó profundamente, y aunque intentaba concentrarse en lo que Legoshi decía, no podía dejar de mirar a Louis. Su presencia lo desestabilizaba, y cada palabra que intercambiaba con los demás parecía resonar más fuerte de lo necesario en su cabeza.
Jack apretó los labios, tratando de calmarse. No quería que su incomodidad fuera evidente, pero la duda y los celos comenzaban a crecer dentro de él como una sombra persistente. "¿Por qué me afecta tanto esto?" pensó, mientras intentaba desviar su atención de la escena frente a él, sin mucho éxito.
–Sí, y parece que a él también le gusta. No me había dado cuenta hasta ahora, pero desde lo de Tem, Louis sigue visitando ese lugar solitario del incidente para dejarle flores. Realmente le importaba cada uno de los miembros del club.
Jack escuchaba en silencio mientras Legoshi continuaba.
–Después de eso, me encontré con otro estudiante que intentaba atacarlo. Lo detuve a tiempo y le pregunté qué quería. Resulta que algunos carnívoros están enojados con Louis porque no quieren que se convierta en un Beastar. Temen que los carnívoros pierdan estatus social en la escuela.
Legoshi suspiró profundamente, con la mirada perdida.
–Realmente siento que no debo interferir con ellos, pero aun así… mi amor no es correspondido –concluyó, con una serenidad que contrastaba con la tristeza en su tono.
Jack no sabía qué decir. Su corazón se encogía al ver a su amigo lidiar con tanto en silencio.
–Ya veo –dijo finalmente, tratando de procesar todo.
Mientras hablaban, Jack dirigió la mirada hacia donde estaban María y Elías, notando que se acercaban a uno de los puestos cercanos.
–Sabes, he decidido proteger a Louis para que pueda convertirse en Beastar. Creo que es lo mejor –añadió Legoshi, su tono tranquilo, pero decidido.
Jack asintió, aunque en el fondo no podía evitar sentirse mal por la situación de su amigo.
–Está bien. Será mejor que terminemos pronto. Parece que va a llover; se está nublando mucho –dijo Jack, mirando el cielo encapotado.
Legoshi asintió, recogiendo sus cosas en silencio mientras la brisa empezaba a cargar el aroma de la lluvia que se avecinaba.
Jack y Legoshi caminaron por la plaza, observando cómo todo estaba casi listo para el festival. El ambiente estaba cargado de expectación, aunque en el fondo Jack seguía preocupado por su amigo.
–Oye, Legoshi, voy a ver a Elías y a María. ¿No quieres venir? –preguntó Jack, intentando distraerlo.
Legoshi asintió, aunque su expresión seguía siendo pensativa.
–Bien. Creo que los vi por el puesto de flores –comentó Jack mientras comenzaban a caminar.
Legoshi sabía a dónde se dirigían, pero decidió no decir nada. Caminaron hasta llegar al puesto, donde los colores vivos de las flores contrastaban con la ausencia de las personas que buscaban.
–Qué raro. Los vi por aquí cuando te estaba ayudando –dijo Jack, mirando alrededor mientras fruncía el ceño.
–Tal vez estén detrás, ayudando al encargado –sugirió Legoshi, aunque tampoco veía a Haru.
–Sí, vamos –respondió Jack, entrando al área detrás del puesto, seguido por Legoshi.
Pasaron por un pequeño jardín donde había varias macetas bajo un árbol. Sin embargo, no había nadie a la vista. Se acercaron para inspeccionar el lugar.
–Oye, no están. ¿Crees que hayan ido a ayudar a alguien más? –preguntó Jack mientras revisaba los alrededores.
Legoshi no respondió. Su mirada se fijó en una maceta abandonada detrás del árbol. Algo no le parecía normal. Sus orejas se movieron, captando sonidos lejanos, y su nariz detectó un rastro peculiar. Sin previo aviso, Legoshi avanzó entre los arbustos.
–¡Hey, Legoshi! ¿Qué pasa? –preguntó Jack, inquieto, siguiendo a su amigo.
Ambos captaron un aroma inconfundible: el de Elías, María y Haru. Pero había algo más. Un olor dulce y penetrante que no encajaba. La preocupación creció en sus rostros.
Jack sintió un nudo en el estómago.
–¿Qué es este olor? –murmuró, acelerando el paso detrás de Legoshi.
El miedo comenzó a apoderarse de ellos mientras corrían entre la maleza, siguiendo el rastro. Finalmente, salieron a un pequeño camino en la plaza, desierto y silencioso. El aroma era más intenso allí, como si algo grave hubiera sucedido.
Fue entonces cuando lo vieron. En el suelo, un zapato pequeño descansaba solitario con una targeta, y entre la maleza cercana, dos teléfonos.
Jack se detuvo en seco, su corazón se hundió como una piedra en el agua. Se acercó rápidamente a los teléfonos, sus manos temblaban mientras los recogía y olía.
–Es… es el olor de María y Elías –dijo Jack con un hilo de voz, mirando a Legoshi con los ojos llenos de preocupación.
Jack sentía cómo su corazón latía con fuerza, casi desbordando su pecho. No sabía qué hacer; el miedo lo envolvía como una niebla espesa.
"¡Alguien se llevó a María y Elías! ¡María! ¡Elías!" pensó desesperado mientras recogía los teléfonos del suelo con manos temblorosas.
Legoshi, por su parte, miraba fijamente el zapato y la tarjeta junto a él. Sus pensamientos se oscurecieron al recordar a Haru. La posibilidad de que ella también estuviera en peligro lo llenó de urgencia. Sin dudarlo, recogió el zapato y la tarjeta, enfocando toda su atención en encontrar respuestas.
–¡Legoshi, hay que avisarle a alguien! –dijo Jack con voz temblorosa, su alarma evidente.
–¡Sí, vamos! Avisaremos a las autoridades –respondió Legoshi, compartiendo la preocupación mientras comenzaban a correr entre los arbustos.
Al salir apresuradamente del puesto de flores, casi chocaron con Louis, quien también parecía estar buscando algo.
–¡¿Qué les pasa a ustedes dos?! –exclamó Louis molesto por la repentina interrupción.
–¡Louis, alguien se llevó a Haru, Elías y María! –dijo Legoshi con urgencia, su voz quebrándose ligeramente.
Louis lo miró incrédulo, procesando lo que decía.
–¿De qué estás hablando? –preguntó, ahora alerta.
Legoshi le mostró el zapato de Haru. Louis lo reconoció de inmediato, y la preocupación nubló su rostro.
–¡Este es su zapato! También encontramos las pertenencias de Elías y María tiradas entre la maleza. ¡Alguien los raptó! –explicó Legoshi con seriedad.
Louis respiró hondo, intentando mantener la calma.
–Bien, vamos a la recepción. Tal vez puedan contactar a las autoridades –dijo, apretando los dientes mientras el miedo empezaba a asentarse en su interior.
Los tres corrieron por la plaza hasta llegar a la recepción. Allí encontraron al encargado y al alcalde, quienes conversaban con una cebra. La repentina aparición de los jóvenes alarmó a los adultos.
–¿Qué pasó? ¿Por qué vienen corriendo? –preguntó la cebra, observándolos con preocupación.
Louis tomó la palabra mientras trataba de recuperar el aliento.
–Se llevaron a tres estudiantes. Alguien los raptó –dijo con voz firme.
La cebra abrió los ojos con preocupación, pero antes de que pudiera responder, el alcalde intervino, su tono frío y controlado.
–¿Es cierto lo que dicen? –preguntó con seriedad, su mirada clavada en los jóvenes.
Legoshi asintió rápidamente.
–Sí, encontramos este zapato, las pertenencias de los otros dos estudiantes y esta tarjeta –dijo, mostrando los objetos.
El alcalde tomó la tarjeta lentamente de las manos de Legoshi, observándola con una expresión que no pudieron descifrar.
–Ya veo… –murmuró, guardando un momento de silencio antes de continuar–. Me encargaré de esto. Ahora mismo contactaré a las autoridades para que los encuentren. No se preocupen –dijo en un tono tranquilizador que a Jack no le pareció sincero.
El alcalde giró hacia Louis, señalándolo con la mirada.
–Tú eres el futuro Beastar, ¿verdad?
Louis asintió con determinación.
–Bien, ven conmigo. Necesito hablar contigo sobre algo importante –dijo el alcalde antes de volverse hacia Legoshi y Jack.
–En cuanto a ustedes, no se preocupen. Pronto los encontraremos –añadió con un tono que pretendía calmar, aunque su voz no lograba transmitir convicción.
Jack frunció el ceño mientras el alcalde salia de la carpa y se alejaba con Louis. Legoshi permaneció inmóvil, reflexionando sobre las palabras del alcalde.
–¡Legoshi, no creo que lo que dijo sea cierto! –dijo Jack, su preocupación evidente en su tono–. Siento que sus palabras son vacías.
Legoshi lo miró con seriedad, asintiendo lentamente.
–Lo sé… Pero, ¿qué podemos hacer? Por ahora esperemos a ver qué le dice a Louis. Vamos a esperarlo –sugirió Legoshi, intentando mantener la calma.
Jack asintió, aunque el miedo seguía latente en su pecho. Se quedaron allí, con la incertidumbre pesando sobre ellos como una sombra, esperando que Louis regresara con respuestas.
Elias abrió lentamente los ojos, recuperando la conciencia. Miró a su alrededor, buscando desesperadamente a María, hasta que la vio a su lado, también despertando.
—¿Dónde estamos? —preguntó Elias, con la voz cargada de confusión.
No hubo respuesta. Solo el eco de su pregunta resonó en el lugar. De repente, una voz rompió el silencio.
—¡Hey, despertaron! —gritó alguien.
Elias oyó un forcejeo cercano, seguido de una voz que reconoció de inmediato.
—¡Suéltame! ¡Déjenme ir!
A medida que su vista se aclaraba, vio a varios leones que los observaban con curiosidad. Frente a ellos, arrojaron a Haru, quien cayó al suelo con fuerza. Elias, alarmado, intentó incorporarse, pero notó que sus manos estaban atadas.
—¡¿Quiénes son ustedes?! —gritó con rabia mientras luchaba contra las ataduras.
María reaccionó con un grito, asustada, y se aferró más a Elias. Los leones retrocedieron levemente, incómodos por el estruendo.
—¡Elias, quiénes son ellos! —exclamó María, con lágrimas en los ojos.
Elias, tan asustado como ella, observó con atención cuando dos figuras se acercaron entre los leones. Su expresión pasó del miedo a la incredulidad al reconocerlos.
—¡Ibuki! ¡Agata! ¿Qué está pasando aquí? —preguntó, ahora más confundido que antes.
Ibuki se inclinó ligeramente hacia él, mirándolo con seriedad.
—Lo siento, niño, pero mi jefe quiere verte. —Su voz era firme pero sin rastro de malicia.
Elias lo observó con desconfianza mientras Ibuki se alejaba. Otro de los leones habló, dirigiéndose al grupo.
—¿Qué hacemos con ellos?
—No sé, pero tengo curiosidad por la chica demonio. Veamos si es igual que nosotros —dijo otro con una sonrisa burlona.
María se estremeció, retrocediendo lo más que pudo. Uno de los leones se adelantó y la agarró del tobillo, arrancándole un grito desesperado.
—¡Suéltame! —rogó, llorando de terror.
El grito de María despertó algo en Elias. Su mirada, antes confusa, se llenó de furia.
—¡Suéltala! —rugió—. ¡Si le haces algo, te las vas a pagar!
Los leones rieron con desdén. Uno de ellos se burló, sujetando aún a María.
—¿Qué va a hacer un mocoso demonio como tú?
Elias vio cómo la mano del león comenzaba a subir por la pierna de María. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Con un esfuerzo sobrehumano, rompió las ataduras que lo mantenían inmovilizado.
—¡TE DIJE QUE LA DEJARAS! —gritó, lanzándose contra el león.
El golpe en el rostro lo derribó de inmediato. Los demás leones observaron, incrédulos, cómo Elias atacaba con una fuerza que no esperaban de alguien tan joven. Uno de ellos se apresuró a intervenir, intentando inmovilizarlo. Elias esquivó el primer golpe, pero pronto fue derribado al suelo con una llave. Un peso abrumador lo dejó sin aliento.
—¡Deténganlo! —gritó alguien, alarmado.
Un león sacó un arma, pero una voz autoritaria lo detuvo en seco.
—¡No usen armas! Ni garras ni dientes —ordenó el jefe del grupo, que ahora observaba con interés—. Quiero ver de qué es capaz uno de ellos.
Los leones retrocedieron, siguiendo las órdenes. Uno de ellos, Dolph, avanzó con rapidez hacia Elias, lanzando un golpe directo. Elias lo esquivó con agilidad, haciéndolo tropezar. Antes de que pudiera recuperarse, Elias lo recibió con una rodilla en el rostro. Dolph cayó al suelo, sangrando y agonizando del dolor.
La pelea estaba lejos de terminar.
Elias apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando vio a uno de los leones correr hacia él, empuñando un cuchillo con una expresión de furia. Con movimientos rápidos, Elias esquivó el ataque, retrocediendo mientras su mente se enfocaba en una sola cosa: sobrevivir. Aprovechó un descuido, tomó la mano del atacante y la dobló con fuerza hasta que un crujido desgarrador llenó el aire. El león soltó un grito de dolor, pero no cedió del todo. Antes de que Elias pudiera continuar, recibió un golpe en la rodilla que lo hizo caer con un grito ahogado.
Elías jadeaba, su respiración irregular mientras trataba de reponerse. Con la vista nublada y el dolor pulsando en su cuerpo, intentó alcanzar el cuchillo, pero otro de los leones lo empujó con fuerza, haciéndolo rodar por el suelo.
—¡Eres un maldito demonio! —rugió el atacante, su voz llena de odio.
Elias, casi sin aliento, se obligó a levantarse, tambaleándose. Adoptó una postura defensiva, sus ojos brillaban con determinación.
—¡Deja de burlarte de mí! —gritó el león, levantando un palo improvisado para golpearlo.
Elías lo observó, calculando. Cuando el león lanzó el primer golpe, Elias lo desarmó con un movimiento rápido y, sin vacilar, agarró el palo y lo usó contra él. Los golpes resonaron en el aire, cada uno cargado de furia y desesperación. La sangre comenzó a salpicar, manchando a Elias mientras su respiración se volvía cada vez más errática.
Los otros leones, que hasta ahora habían observado con desdén, dieron un paso atrás, claramente asustados. Sus miradas se clavaron en el rostro ensangrentado y sudoroso de Elias.
—¡Es un demonio de verdad! —susurró uno de ellos, aterrorizado.
El jefe de los leones observaba la escena con una mezcla de entretenimiento y desinterés.
—¿Por qué van uno por uno? ¡Atrápenlo ya! —ordenó con un rugido.
Ante la orden, todos los leones se abalanzaron sobre Elias al mismo tiempo. María miraba horrorizada cómo él luchaba con todo lo que tenía, mientras que Haru, pálida, observaba la sangre que salpicaba en todas direcciones. Elias repelía a los atacantes con golpes desesperados, pero su resistencia comenzaba a flaquear. Su cuerpo, agotado, ya no respondía como antes. Finalmente, los leones lograron derribarlo, inmovilizándolo entre varios.
—¡Rápido, el sedante! —gritó uno de los leones, esforzándose por mantenerlo en el suelo.
Elias, atrapado, seguía luchando con todas sus fuerzas. Sus gritos de furia resonaron en el lugar como una promesa.
—¡SUÉLTENME! ¡SI LES HACEN ALGO A ELLAS, ME LAS PAGARÁN, MALDITOS BASTARDOS!
Ibuki corrió hacia él, llevando un pañuelo empapado en un líquido somnífero. Cuando lo presionó contra el rostro de Elias, el lo mordió con fuerza, arrancándole un gruñido de dolor.
—¡Maldito mocoso! —espetó Ibuki, colocando el pañuelo con más firmeza.
Elias forcejeó con una furia casi sobrehumana, pero poco a poco su resistencia disminuyó. Su cuerpo finalmente cedió, y los gritos se apagaron en un silencio inquietante.
Todos respiraron aliviados al ver que Elias dejó de moverse, aunque la calma estaba lejos de regresar. En el suelo, varios de los hombres del Shishigumi agonizaban, gimiendo de dolor mientras la sangre se mezclaba con el polvo. Ibuki observaba la escena con el ceño fruncido, inquieto por el caos.
A pocos metros, Agata se había agachado, encogiéndose detrás de un sofá mientras murmuraba para sí mismo, sus ojos fijos en los cuerpos inmóviles.
—Los demonios son reales... los demonios son reales...
Estaba en trance, temblando. La visión de los heridos y el hedor a sangre fresca lo tenían al borde del colapso. Tragó saliva con dificultad y susurró:
—Realmente son unos monstruos...
—¿Qué hacemos con él? —preguntó uno de los leones que seguía sujetando el cuerpo de Elias.
Ibuki giró hacia ellos, su rostro endurecido por la tensión.
—Amárrenlo bien y déjenlo junto a la chica. No quiero más sorpresas.
Los leones asintieron rápidamente, lo amarrarlo asegurándose de que las cuerdas estuvieran firmes antes de arrastrar a Elias hacia María. Ibuki echó un vistazo alrededor hasta que sus ojos encontraron a Agata, aún escondido detrás del sofá.
Con pasos firmes, Ibuki se acercó y lo tomó del hombro, sacándolo de su trance.
—¡Agata! —gruñó, haciendo que el joven diera un respingo—. Ve y asegúrate de que la chica esté bien atada. No quiero que se libere como el chico.
Agata lo miró con ojos desorbitados, el miedo evidente en cada uno de sus gestos. Asintió lentamente, levantándose con movimientos torpes y temblorosos. Caminó hacia María, quien lo observaba con una mezcla de terror y furia. Ibuki le lanzó una soga, y Agata la atrapó con manos temblorosas antes de comenzar a atarla.
María forcejeó, pero los nudos de Agata, aunque temblorosos, eran efectivos. Mientras tanto, otros leones trajeron a Elias, reforzando las ataduras que ya lo sujetaban. Dolph, uno de los leones, se levantó tambaleándose, limpiándose la sangre que brotaba de su labio roto con el dorso de la mano.
—¡Mierda! ¡Ahh! Ese maldito demonio sabe luchar... —gruñó Dolph con furia, lanzando una mirada de odio hacia Elias, ahora inmóvil.
El jefe, que había estado observando todo desde la distancia, comenzó a acercarse. Había algo en su expresión, una mezcla de asombro y satisfacción, mientras analizaba la escena.
—Esto es increíble... —dijo, con una sonrisa torcida en los labios—. ¿Quién lo diría? Ese demonio logró enfrentarse a varios de ustedes. Las historias son ciertas... No se rinden, aunque estén sobrepasados en número.
Se inclinó ligeramente hacia María, su interés claramente captado por la niña. Ella, contagiada por la furia de su hermano, comenzó a hablar en su idioma natal, su voz llena de odio.
—"¡Eres un maldito bastardo, asquerosa bestia! ¡Espero que te pudras en el infierno!"
El tono áspero y extraño de sus palabras hizo que Agata retrocediera rápidamente, recordando pesadillas de aquella noche. Haru, paralizada de miedo, observaba sin saber qué hacer. Todos en la habitación quedaron momentáneamente congelados, perturbados por la voz de María sin lograr entender lo que decia.
El jefe inclinó la cabeza, intrigado.
—Aunque no entienda lo que digas, eres una niña muy valiente... igual que tu hermano. —Su tono era calmado, pero había algo siniestro en sus palabras—. Es interesante ver a los hijos de los demonios en persona.
Con un gesto despectivo, añadió.
—Amordácenla. No quiero escuchar más de ese idioma diabólico.
Ibuki tomó una tela y se acercó a María con cautela, pero ella lo vio venir y trató de morderlo, como lo había hecho Elias antes. Ibuki retiró la mano justo a tiempo y gruñó, irritado.
—¡Maldita niña! Parece que piensan igual...
Con un movimiento rápido, ajustó la mordaza alrededor de su boca, apagando los gritos de María. Retrocedió con un suspiro, revisando la mordida que había recibido de Elias antes. La herida seguía sangrando.
—Mierda... tendré que revisarme esto.
El jefe, ignorando los murmullos de sus hombres, dio unas últimas órdenes con tono autoritario.
—Bien, limpien esto y salgan de aquí.
Los leones restantes comenzaron a recoger a los heridos y a limpiar el desastre. A pesar del aparente control del jefe, la atmósfera en la sala era pesada y opresiva, como si algo aún peor estuviera a punto de suceder.
Cuando todo quedó en silencio, el jefe permaneció solo en la habitación. Se dejó caer en el sofá del centro, cruzando una pierna sobre la otra con una tranquilidad inquietante. Sus ojos recorrían lentamente el lugar, deteniéndose en Haru y María, quienes permanecían junto a Elias, aún inconsciente.
—Muy bien, ahora que todo está en orden, podemos empezar. —Su voz resonó en la habitación, calmada pero cargada de autoridad. Dibujó una sonrisa ligera mientras miraba a las chicas—. Me disculpo por todo el alboroto de antes.
Haru temblaba visiblemente, con los ojos fijos en el suelo, mientras que María lo observaba con una mezcla de odio y desesperación, luchando inútilmente contra sus ataduras.
El jefe se inclinó hacia adelante, sus palabras saliendo con frialdad calculada:
—Ahora, quítate todo.
La habitación pareció congelarse. Haru levantó la vista, sus ojos reflejando incredulidad y horror. María trató de gritar algo, pero la mordaza ahogó sus palabras, convirtiéndolas en un murmullo desesperado.
—¿No me escuchaste? —continuó el jefe, inclinándose un poco más—. Si no lo haces, ellos lo harán. —Con un gesto de la mano señaló hacia la puerta, refiriéndose a los hombres del Shishigumi que habían salido momentos antes.
Haru apretó los puños, incapaz de contener las lágrimas que comenzaban a deslizarse por sus mejillas. Temblando, comenzó a quitarse las prendas con movimientos lentos y torpes, cada acción cargada de una vergüenza desgarradora. El jefe la observaba con una mirada indiferente, como si estuviera evaluando un objeto más que a una persona.
María, incapaz de intervenir, se retorcía en sus ataduras, sus ojos fijos en Haru, rogando en silencio por que algo, lo que fuera, interviniera para detener aquello.
—Dije todo —insistió el jefe con un tono más severo al notar que Haru todavía tenía su ropa interior puesta.
Haru obedeció, sus hombros encorvados por la humillación, incapaz de mirar al hombre que tenía frente a ella. Su cuerpo temblaba mientras el jefe la estudiaba con una mirada crítica, como si estuviera inspeccionando una mercancía, ella se cubría con sus manos lo mejor que podia.
—Bien —dijo, levantándose del sofá con un movimiento fluido. Caminó hacia una pared al fondo de la habitación y sacó un pequeño control de su bolsillo. Presionó un botón, y la pared se deslizó hacia arriba, revelando una bañera de mármol blanco rodeada de un decorado lujoso y opresivo.
—Toma un baño —ordenó, señalando con un dedo hacia la bañera—. Luego revisaré personalmente debo asegurar me que mi cena este en perfectas condiciones.
El corazón de Haru latía desbocado mientras daba unos pasos hacia el agua, su vergüenza y miedo alcanzando su punto máximo. En ese momento, el ambiente pareció cambiar, las nubes afuera se tornaban más oscuras, cubriendo el cielo con una capa gris amenazante.
Louis estaba sentado frente al alcalde dentro de una carpa cercana al escenario. La atmósfera se sentía pesada, como si cada palabra cargara un peso invisible. El alcalde, de pie junto a una mesa de madera, miraba con atención un maletín cerrado antes de hablar.
—Bien, Louis, como futuro Beastar, hay algo que debes saber. —Su tono era serio, casi sombrío.
Louis lo miró con el ceño ligeramente fruncido, confundido por la gravedad de sus palabras.
—¿Qué es? —preguntó, tratando de descifrar las intenciones del alcalde.
El león giró hacia él, apoyando las manos sobre la mesa.
—Necesitas entender cómo funciona el mundo de los adultos —dijo, con una calma inquietante.
Louis mantuvo la mirada fija en él, expectante.
—Y cuando te conviertas en un Beastar, es probable que el grupo de Shishigumi comience a molestarte también. No serán fáciles de manejar. —El alcalde sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y la mostró viendo que era la tarjeta que Legoshi tenía hace unos momentos.
—¿Qué? ¿Por qué me dice esto solo a mí? —Louis se incorporó ligeramente, su tono dejaba entrever desconfianza.
El alcalde suspiró, como si estuviera explicando algo obvio.
—Es necesario. Ahora dime, ¿conocías a la chica y a los otros dos involucrados? —preguntó, clavando sus ojos en él.
Louis se tensó.
—Sí, pero… los otros dos eran humanos. —Su preocupación era evidente.
El alcalde pareció sorprendido por un instante, pero recuperó su compostura.
—Ya veo. No te preocupes por ellos. Los Shishigumi son supersticiosos y no se atreverán a tocar a los humanos. —Desvió su atención de Louis por un momento, pero luego retomó con otra pregunta.
—¿Y la chica? ¿Era del club de jardinería?
Louis guardó silencio. El alcalde levantó una ceja, pero terminó encogiéndose de hombros.
—Bueno, no importa.
Louis apretó los puños.
—¡Encubrir esto no solucionará nada! ¿Qué pasa si el gobierno humano se entera y provoca problemas aquí? —exclamó, claramente indignado.
El alcalde no pareció alterarse por sus palabras.
—Debes entender esto, Louis ¿verdad? dijo en un tono tratando de recordar su nombre.
—Para las masas, la información es increíblemente importante. Controlar lo que saben es esencial. Debes resignarte a que nunca se sabrá la verdad. En cuanto al gobierno humano, dudo que hagan algo drástico. Aun así, haré unas llamadas para garantizar que esos dos regresen sanos y salvos.
Louis lo miraba, incrédulo ante su cinismo.
El alcalde entonces cambió de tema.
—¿Sabías que me reemplacé los colmillos con dientes falsos antes de entrar a la universidad? También me hice varias cirugías plásticas para parecer más… confiable. Todo esto para ser alcalde. —Se detuvo un momento, observando a Louis con una mirada penetrante.
—¿Y sabes por qué? Porque si la imagen del "león bondadoso" se desmorona, la división entre herbívoros y carnívoros será aún mayor. Esta ciudad caería en un caos incontrolable.
Louis lo observaba, atrapado entre la indignación y la impotencia.
El alcalde abrió su maletín y sacó un libro desgastado.
—Esto es un registro de carnada viva del mercado negro. —Lo hojeó lentamente, dejando que el peso de sus palabras cayera sobre Louis.
—Tu nombre está aquí anotado.
Louis sintió que su estómago se hundía.
—Si cooperas y dejas esto atrás, borraré tu registro. Considéralo… un favor. —El alcalde extendió la mano hacia él, con una sonrisa que parecía más una amenaza.
Louis lo miró con una mezcla de furia y asco. Dudó un momento, pero lentamente estrechó la mano del alcalde, sellando el trato.
—Bien, entonces esto está hecho. —El alcalde apretó su mano firmemente, dejando claro quién tenía el control.
Louis apartó la mirada, sintiéndose sucio, como si hubiera perdido algo de sí mismo en ese intercambio.
Louis salió de la carpa con el rostro tenso y los pasos pesados. Maldijo en voz baja al alcalde y al grupo criminal, dejando escapar su frustración en cada palabra murmurada. Apenas avanzó unos metros cuando Legoshi y Jack se acercaron rápidamente.
—¡Louis! ¿Qué te dijo? —preguntó Legoshi, con la preocupación escrita en su rostro. Extendió una mano para detenerlo, sujetándolo del brazo.
Louis se detuvo, girando para mirarlo con frialdad antes de apartar su brazo bruscamente.
—No hay nada que hacer. Ya es demasiado tarde. —Sus palabras eran un muro de determinación y resignación mientras retomaba su paso, alejándose lentamente.
Legoshi y Jack se miraron, atónitos ante su respuesta.
—¡Pero Elias y María también…! —intentó decir Legoshi, pero Louis lo interrumpió con un grito.
—¡Ellos estarán bien! Lo más probable es que vuelvan a salvo. —Louis hablaba con un tono molesto, como si buscara evitar una conversación que sabía que no podía ganar.
Legoshi se quedó quieto un instante, su mente procesando esas palabras.
—¿Qué? —murmuró con incredulidad, antes de avanzar unos pasos hacia Louis. —Entonces hay que ir por ellos. ¿No irás a rescatarla? —La última pregunta llevaba un peso evidente, refiriéndose a Haru.
Louis se detuvo de golpe y giró para mirarlo con una mezcla de furia y cansancio.
—¿Y qué harán ustedes dos contra una organización llena de criminales? —espetó con dureza, clavando su mirada en Legoshi. —Si quieres salvarla, hazlo tú mismo.
Legoshi apretó los dientes y avanzó hacia Louis, su cuerpo temblando de emoción contenida.
—¿La amas, no? Al igual que Haru te…
Antes de que pudiera terminar la frase, el puño de Louis lo golpeó directamente en la cara, deteniéndolo en seco. Jack abrió los ojos con sorpresa, corriendo hacia ambos mientras Legoshi retrocedía, llevándose una mano al rostro.
—¡No me hables así! —gritó Louis, con la furia brotando de cada palabra. —Eres alguien que vive despreocupado, fingiendo ser débil. ¡Dime, Legoshi! ¿Qué sabes tú de lo que estoy cargando?
Legoshi, aún tocándose la cara, lo miró con una mezcla de rabia y dolor. Su paciencia finalmente se quebró.
—¡Ya basta! —gruñó, tomando a Louis de los hombros y empujándolo con fuerza antes de devolverle un golpe.
La situación estalló en un caos mientras ambos comenzaban a intercambiar golpes. Jack, alarmado, corrió hacia ellos junto con otros estudiantes que se habían acercado por el ruido.
—¡Detente, Legoshi! ¡Te irá peor si sigues! —gritó Jack, sujetándolo del brazo para detenerlo. Otros estudiantes también intervinieron, separando a ambos antes de que la situación escalara más.
Legoshi, con el pecho agitado por la ira, lanzó una última mirada hacia Louis mientras se calmaba lentamente. Susurró algo que hizo que todos alrededor se congelaran.
—Entonces, Haru será mía.
Louis apretó los puños, pero no dijo nada, mientras Legoshi se zafaba de quienes lo retenían y salía corriendo.
—¡Legoshi, espera! —gritó Jack, siguiéndolo rápidamente, dejando a Louis atrás, respirando pesadamente y con el rostro marcado por la ira.
Jack corría tras Legoshi, llamándolo a gritos.
—¡Legoshi, espera! ¡Espera! —Su voz estaba cargada de preocupación mientras intentaba alcanzarlo, apretando el paso hasta llegar a su lado. Con un movimiento decidido, lo tomó del brazo, obligándolo a detenerse en plena acera.
—Espera, detente. —Jack respiraba agitadamente, su pecho subiendo y bajando mientras trataba de recuperar el aliento. —Sé que estás enojado y preocupado, yo también lo estoy, pero así no podemos encontrar una solución.
Legoshi lo miró por unos segundos, su expresión suavizándose ligeramente.
—Tengo una idea de dónde podrían estar. —Sus palabras eran serias, su tono firme.
Jack lo miró, incrédulo al principio, pero también esperanzado.
—¿De verdad? —preguntó, aunque su preocupación no desaparecía del todo.
—Sí, pero… —Legoshi desvió la mirada, incómodo. —No es un lugar agradable.
Jack lo miró fijamente, su inocencia contrastando con la dureza en los ojos de su amigo.
—Dímelo, no importa. Solo hay que ir por ellos. —La determinación en su voz intentaba ocultar su nerviosismo.
Legoshi suspiró.
—Lo entenderás cuando lo veas.
Antes de que pudieran seguir avanzando, Jack pareció recordar algo, deteniendo a Legoshi una vez más.
—Espera, Legoshi. —Sacó el teléfono de Elias de su bolsillo y lo sostuvo frente a él.
—¿Qué haces? —preguntó Legoshi, mirándolo con curiosidad y algo de desconfianza.
—¿Recuerdas cuando le preguntaste a Elias por qué se sentían seguros? —Jack lo miró de reojo mientras manipulaba el teléfono.
Legoshi asintió lentamente, empezando a entender a dónde iba su amigo.
—Bien, él dijo que este teléfono era para emergencias. ¿Y si lo usamos para llamar a quien se supone que deben contactar? —Jack navegaba por las aplicaciones, aunque no entendía el idioma. Sin embargo, reconoció el icono de la agenda y, al abrirla, encontró un único número guardado.
Cuando Jack iba a presionar para llamar, Legoshi lo detuvo, tomando su muñeca.
—Espera… —La preocupación se reflejaba en su tono. —No sabemos cómo reaccionarán si respondemos y no hablamos su idioma.
Jack lo miró, titubeante.
—Pero si esta es la única forma de encontrarlos… —Su voz estaba llena de una esperanza frágil, que se tambaleaba pero aún resistía.
Legoshi lo miró en silencio por unos segundos antes de asentir.
—Lo haré yo. —Tomó el teléfono de las manos de Jack y marcó el número con cierta torpeza.
El sonido de los timbres parecía eterno. Cada vez que sonaba, la tensión crecía en el aire. Finalmente, alguien contestó, y una voz amigable se escuchó al otro lado.
—¿Hola? ¿Elias, eres tú?
Legoshi y Jack se congelaron al escuchar que hablaban en el idioma de Elias. Aunque no entendieron las palabras, reconocieron su nombre. Tragando saliva, Legoshi decidió hablar.
—Hola, soy amigo de Elias… yo… —La inseguridad dominaba su tono mientras esperaba una respuesta que no llegó de inmediato.
—Oh, ¿eres amigo de Elias? —respondió la voz, esta vez en el idioma de Legoshi.
—S-sí. —Legoshi asintió, a pesar de que no podían verlo.
—¿Dónde está Elias? —preguntó la voz, aún amable.
Legoshi dudó, mirando a Jack, quien también parecía nervioso. Finalmente, decidió responder con sinceridad.
—Él… fue secuestrado por un grupo criminal. Encontramos este teléfono, y Elias nos dijo que era para emergencias.
Hubo un silencio que hizo que ambos se sintieran aún más inquietos.
—¿Tienes también el teléfono de María? —preguntó la voz al fin.
—Sí. Por eso llamamos. Elias nos dijo que, si algo pasaba, el podía usar este teléfono en caso de emergencia. —Legoshi habló rápidamente, tratando de sonar convincente a pesar de sus nervios.
El otro lado guardó silencio por unos segundos más antes de responder.
—Bien. ¿Conoces la clínica del mercado negro?
Jack frunció el ceño, claramente confundido por la pregunta.
—Sí. —Legoshi asintió sin dudar, para sorpresa de Jack.
—Dirígete allí. Te estaremos esperando. Da tres golpes en la puerta para que te reconozcamos. No tardes. —La voz colgó sin esperar una respuesta.
Legoshi y Jack se quedaron mirándose por un momento antes de que el primero comenzara a caminar apresuradamente.
—Bien, hay que ir. —Su determinación era evidente.
—Espera. ¿Qué es ese mercado negro, Legoshi? ¿Por qué sabes de ese lugar? —preguntó Jack, su confusión y preocupación aumentaban con cada palabra.
Legoshi lo miró seriamente, deteniéndose solo un segundo.
—Te lo explicaré luego. —Su tono era firme, dejando claro que no había tiempo para más preguntas.
Jack apretó los labios, pero decidió seguirlo. Ahora, lo único que importaba era encontrar a Elias y María.
Nota:
digame que les parecio en los comentearios :)
