Nota: puede contener spoilers de algunos personajes que salen mas adelante.

bien espero que les guste, como siempre si notan errores no duden en decirme :)


El sonido de las voces llenaba la sala como un torrente descontrolado. Discusiones acaloradas estallaban, algunos representantes alzaban la voz intentando imponerse, mientras otros respondían con firmeza o, incluso, se reían de las propuestas ajenas. El caos continuaba hasta que un poderoso llamado al orden resonó:

—¡Silencio, por favor! —exclamó Koda con autoridad.

La sala se sumió en un silencio paulatino, las miradas de todos se posaron en él. Koda, aprovechó el momento para imponer su presencia junto al consejo.

—Sé que todos están preocupados por los recientes eventos —dijo con un tono firme, paseando su mirada por la mesa—. Pero debemos mantener la calma frente al público general.

Nadie respondió. Koda tomó su silencio como una señal de aceptación y continuó.

—Bien. Sigamos con el tema de hoy, presentado por la embajadora Else.

Todas las miradas se dirigieron hacia Else, sentada en una de las sillas de la mesa central. Su porte era elegante, pero su nerviosismo era evidente en la forma en que sus dedos jugueteaban con el borde de un documento. Respiró hondo y, tras un instante, comenzó:

—Es… la petición de la embajada humana. Quieren que algunos estudiantes de la escuela Cherryton viajen durante las vacaciones con los dos humanos que están asistiendo a clases allí.

La reacción fue inmediata y explosiva. Voces se alzaron con furia desde todas las direcciones.

"¡¿Qué?! ¡Eso es una locura!"
"¡Ese lugar está lleno de demonios!"
"¡Sabía que traer humanos era una pésima idea!"
"¡Son la especie más detestable! ¡Expúlsenlos de nuestra nación!"

Else podía sentir cómo la tensión en la sala se transformaba en un torbellino. Aunque los gritos y acusaciones llovían por todas partes, ella intentaba mantener la calma, su sonrisa nerviosa traicionando su intento de serenidad.

—¡Silencio! —bramó Koda, cortando las discusiones de golpe.

La sala quedó nuevamente en silencio, aunque el ambiente seguía cargado de tensión. Koda los miró con seriedad antes de hablar con un tono más mesurado.

—Escuchen, por favor. Los estudiantes humanos vinieron aquí sin conocernos, confiaron en nosotros. ¿Es que acaso nosotros no podemos confiar en ellos? —preguntó Koda, con una mezcla de firmeza y razonamiento.

El comentario pareció calar en los presentes. Los representantes se miraron entre sí, pensativos, pero nadie se atrevió a romper el silencio. Else, sintiendo el peso de la situación, aprovechó la oportunidad para añadir algo más.

—Hay… algo más que me gustaría agregar —dijo, luchando contra su nerviosismo.

Todos los ojos se volvieron hacia ella, y Else notó cómo su pulso se aceleraba. Una jirafa, sentada al lado de Koda, levantó el cuello inquisitivamente.

—¿Qué es? —preguntó, con un tono algo seco.

Else tragó saliva antes de responder.

—Bueno… el embajador Hughes también solicito un médico y me invitó personalmente. Dijo que, con su permiso, podría invitar a alguien más a unirse al viaje —reveló, titubeando.

El silencio que siguió fue pesado, como si cada palabra de Else estuviera siendo medida y evaluada con detenimiento. Los representantes la miraban con una mezcla de sorpresa y escepticismo, mientras ella intentaba mantener la compostura bajo el peso de tantas miradas.

Koda rompió el silencio con su voz firme y tranquila.

—Bien, es bueno ver que el embajador confía mucho en nosotros... a pesar de que algunos de nosotros todavía no.

Todos los presentes dirigieron su atención a él, escuchando atentamente.

—Y bien, embajadora Else, por lo que veo, el viaje se realizaría durante las vacaciones de los estudiantes. Creo que sería un buen gesto de su parte aceptar la invitación de la embajada humana... pero no la presionaré para que lo haga —agregó Koda, dejando la decisión en sus manos, aunque su tono transmitía una cierta expectativa.

Else sentía cómo las miradas de todos caían sobre ella. Nerviosa, pensó en las implicaciones y en las posibles consecuencias, pero sabía que no tenía muchas opciones. Finalmente, forzó una sonrisa y respondió:

—Bueno... sí, claro que lo haré.

—¡Qué bien, embajadora! —exclamó Koda con amabilidad—. Así podremos mejorar nuestros lazos con ellos. Además, usted podrá informarnos sobre la situación de la nación humana.

Las palabras de Koda no hicieron más que aumentar la inquietud de Else, pero ella mantuvo la compostura. Tragó saliva disimuladamente mientras Koda volvía su atención a todos los presentes.

—Bueno, ¿quién está a favor de la propuesta de enviar a los estudiantes de Cherryton al viaje? Que levante la mano.

Más de la mitad parte de los presentes levantó la mano, apoyando la propuesta.

—¿Y quién está en contra?

Una quinta parte de los asistentes alzó la mano, mientras el resto permaneció en silencio, optando por no tomar partido.

—Bien, queda decidido. Por mayoría, se aprueba la petición —anunció Koda con autoridad, sin que nadie lo objetara.

Else respiró profundamente, intentando calmarse mientras Koda volvía a dirigirse a ella.

—Embajadora Else, se le brindará todo el apoyo necesario para esta misión.

Ella asintió rápidamente, tratando de disimular su nerviosismo.

—Pero dígame, ¿tiene alguna sugerencia sobre a qué médico solicitar? —preguntó Koda, mirando directamente hacia ella.

Else tragó saliva antes de responder.

—S-sí. De hecho, hubo una sugerencia de la embajada. Venía en una de sus cartas. Nos informaron que uno de los alumnos, que tiene contacto con los humanos, recomendó un doctor. Es un panda llamado Gouhin.

Algunos murmullos comenzaron a surgir entre los asistentes, pero Else continuó con voz temblorosa, esforzándose por mantener la calma.

—Lo investigamos y tiene un título médico extenso, además de conocimientos en varias áreas médicas.

Koda asintió mientras los murmullos continuaban, mostrando que había captado el interés de algunos de los presentes.

—Bien, si tiene la recomendación, confiaremos en su criterio —dijo Koda con una leve inclinación de cabeza, dejando claro que el tema avanzaría sin mayores obstáculos.

Else se encontraba evaluando las posibilidades mientras hablaba en la asamblea. Aunque las opciones planteadas parecían razonables, no lograban calmar del todo su preocupación.

—Bueno, también quisiera sugerir llevar a un segundo médico por si el primero enferma o sufre un accidente. No conocemos las condiciones de la nación humana y no quiero tener que dejar a los chicos solos si algo llega a pasar —dijo Else, reflexionando en voz alta.

El comentario generó un murmullo entre los presentes. Koda, sentado junto al resto de los representantes, la observaba, reconociendo que era una idea sensata en caso de emergencia.

—Claro, pero ¿a quién sugiere? —preguntó Koda, mostrando interés.

—El director Gon sugirió que llevemos a la médico de la escuela. Ella conoce de cerca las condiciones médicas de los alumnos —respondió Else con rapidez y calma.

—Bien, petición aceptada —respondió Koda de manera tranquila antes de continuar—. Espero que este viaje tenga éxito, embajadora Else. Se le darán los días necesarios para completar esta importante misión. En cuanto a las notificaciones a los familiares de los alumnos, se enviarán de inmediato una vez que termine esta asamblea.

Else asintió, agradecida aunque inquieta por la magnitud de la responsabilidad.

—Gracias —dijo con un leve tono de nerviosismo. "Mi maldita suerte" pensó, intentando mantenerse firme mientras Koda volvía a hablar.

—Una cosa más, embajadora Else. ¿A quién piensa llevar como su invitado? —preguntó Koda, con un dejo de curiosidad. El resto del consejo la observaba atentamente.

Else no tenía una respuesta clara, pero, impulsivamente, dijo el primer nombre que cruzó por su mente.

—Ese sería...


En una de las oficinas del instituto, el director Gon lidiaba con un grupo de padres. En las sillas de la sala, algunos padres lucían molestos, otros consternados, y unos pocos claramente preocupados. Gon, con su habitual semblante estoico, no podía evitar sentirse irritado por la situación. Un estornudo escapó de su nariz mientras hojeaba los documentos frente a él.

"¿Por qué tengo que lidiar con esta jaqueca?" pensó con fastidio, aunque se obligó a mantener la calma.

—Entiendo que esto sea muy difícil para ustedes, pero quiero que comprendan que estas solicitudes de permisos fueron enviadas porque sus hijos desean ir de vacaciones con los dos humanos que asisten a esta institución. Esto es algo que el gobierno nos pidió facilitar para fortalecer las relaciones entre las especies —explicó Gon por tercera vez, manteniendo su tono tranquilo.

Pero su paciencia comenzaba a agotarse. Un tigre de temperamento explosivo se levantó de su silla, alzando la voz.

—¡¿Qué?! ¿Esperan que aceptemos que nuestros hijos vayan a ese lugar lleno de monstruos? ¡No pago esta escuela para que lo envíen a un sitio tan peligroso! —rugió, con los ojos chispeando furia.

—¡Sí! Mi hijo no irá. Es demasiado peligroso. ¡No quiero que esos demonios le hagan algo! —agregó una madre coyote, cruzándose de brazos mientras miraba a Gon con severidad.

El resto de los padres comenzó a gritar sus quejas, llenando la sala con un caos ensordecedor. Gon sentía que la paciencia se le agotaba rápidamente cuando, desde el fondo, una voz grave y tranquila se alzó sobre el tumulto.

—¿Por qué no traen a los humanos aquí para que podamos hablar directamente con ellos? —preguntó un dragón de Komodo, sentado en una de las últimas sillas.

La sala quedó en silencio. Las miradas de los presentes se dirigieron al dragón, algunos intimidados, otros molestos. Gon levantó la vista de sus documentos y se encontró con la figura imponente del hombre. Al leer la referencia en los papeles que tenía frente a él, le costó creer lo que veía, el abuelo de Legoshi.

—Mire, señor Gosha, entiendo que pueda estar molesto con esta situación —dijo Gon, intentando no titubear ante la presión—. Pero deben comprender, y lo digo para todos aquí, que esto se hace para mejorar las relaciones diplomáticas entre nuestra nación y la de los humanos. Sus hijos, en particular su nieto, han decidido asistir porque son amigos de ellos.

Gosha lo miró fijamente con una seriedad que hizo que se pusiera nervioso Gon, consciente del peligro que representaba la saliva venenosa del dragón.

—Lo entiendo. Pero aun así, quiero hablar con ellos. Y supongo que los demás padres también quieren hacerlo. Necesitamos estar seguros de que podemos confiar en esos humanos —dijo Gosha con firmeza, clavando su mirada en los ojos de Gon.

El resto de los padres asintió enérgicamente, mostrando su aprobación. Gon suspiró, dándose cuenta de que la situación se complicaba aún más.

Gon suspiró con cansancio antes de hablar, su voz firme pero con un deje de preocupación.
—Está bien, los traeré. Pero les recuerdo que están bajo mi responsabilidad y, si les pasa algo o les hacen algo, ustedes serán los que respondan ante las autoridades. Están protegidos por la embajada.

A pesar de su tono firme, Gon no podía evitar sentirse nervioso por la actitud tensa de los padres. Estos asintieron en silencio, su expresión seria.
—Bien, ahora vuelvo —dijo el director, saliendo de la oficina hacia los pasillos.

Elias, María, Jack, Legoshi y los demás estudiantes que asistirían estaban sentados en la rectoría, esperando en silencio. Los maestros trabajaban en sus escritorios, sin prestarles mucha atención, hasta que la puerta se abrió, y todos se giraron al unísono.

—María, Elias, vengan conmigo. Los padres de sus amigos quieren verlos —anunció Gon con tranquilidad.

María y Elias se levantaron de inmediato, intercambiando miradas nerviosas con los demás. Jack y los otros los observaron con preocupación hasta que Legoshi rompió el silencio.

—¿Director? ¿Podemos acompañarlos? —preguntó Legoshi con cierta inseguridad en la voz.

Gon los miró durante unos segundos, sopesando su petición antes de responder con calma:
—Vengan, pero primero entrarán ellos. Luego ustedes.

Los estudiantes asintieron y se levantaron para seguir al director. Caminaron en silencio por los pasillos hasta llegar a la oficina donde los padres aguardaban. Gon se detuvo frente a la puerta, girándose hacia Elias y María.

—Pasen —dijo, abriendo la puerta con un movimiento firme.

Elias y María entraron lentamente, sintiendo cómo el nerviosismo crecía con cada paso. Gon les dio espacio mientras ellos avanzaban hasta el centro de la sala, donde los padres de sus amigos esperaban. La atmósfera era densa, cargada de tensión. No se escuchaba ni un murmullo, pero las miradas de todos los presentes lo decían todo.

María y Elias reconocieron a los padres de cada uno de sus amigos, pertenecientes a las mismas especies lobos, zorros, felinos y otros. Sin embargo, hubo alguien que destacó entre todos, un reptil que los observaba con intensidad. La inquietud creció en ambos.

—"Hermano, ese es…" —murmuró María en su idioma, casi sin mover los labios.

—"Sí, no te le acerques mucho. Son extremadamente peligrosos" —respondió Elias en el mismo tono bajo, sin apartar la vista del reptil.

Gosha, miraba con sorpresa a los dos hermanos humanos, como si no pudiera creer lo que veía. No era el único, los demás padres también parecían cautivados y curiosos, observando detenidamente a los dos jóvenes, que parecían idénticos en apariencia.

El silencio se prolongó hasta que Gon volvió a hablar, rompiendo la tensión,
—Bien, estos son los estudiantes humanos que son amigos de sus hijos. Él es Elias y su hermana, María.

Gon los señaló con un gesto sobrio. Elias y María tragaron saliva, sintiéndose aún más nerviosos bajo las miradas fijas de los padres. María se obligó a esbozar una sonrisa cordial y dio un paso adelante.

—Hola, es un gusto conocerlos —dijo con amabilidad, su voz firme pero suave.

Elias, conteniendo su nerviosismo, también se adelantó ligeramente.
—Es un gusto conocerlos —repitió, esforzándose por mantener la calma.

Las miradas de los padres seguían siendo atentas y penetrantes, pero ya no había solo desconfianza en ellas; había también curiosidad. María notó que los padres de Jack eran muy parecidos a él y sintió cómo la tensión en su pecho disminuía ligeramente. Sin dejar de sonreír, se mantuvo en su lugar, mientras Elias permanecía a su lado, en silencio pero alerta.

La sala se quedó en un incómodo silencio cuando una voz grave rompió la tensión.

—¡Así que ustedes son los amigos de mi hijo! —dijo el tigre con seriedad, mirando a los presentes.

María y Elias intercambiaron una mirada rápida, deduciendo al instante quién era.

—S-sí, usted es… el padre de Bill, ¿verdad? —preguntó Elias, intentando sonar calmado a pesar de los nervios.

—Sí, él es mi hijo. Pero quiero saber una cosa. ¿Por qué debo permitir que mi hijo vaya con ustedes, demonios? —respondió el padre de Bill, su mirada severa posándose en Elias y María.

Afuera, el murmullo de los demás podía escucharse con claridad. Bill, que estaba entre ellos, se sintió pequeño y avergonzado por la manera en que su padre los estaba tratando.

—De hecho, nosotros no lo invitamos… o, mejor dicho, no invitamos a ninguno —dijo Elias con voz tranquila, aunque su postura era firme.

Los padres de los demás los miraron incrédulos, procesando lo que acababan de escuchar.

—¡¿Estás diciendo que nuestros hijos son unos mentirosos?! —espetó un lobo, con un tono severo que hizo que algunos se tensaran más.

Juno reconoció la voz y se sobresaltó. Mientras tanto, Elias mantenía una calma inquebrantable, sin reaccionar a la agresividad.

—No, no estoy diciendo eso. Fueron ellos quienes me pidieron ir. Yo no los obligué en ningún momento —respondió Elias serenamente, buscando que las palabras calmaran los ánimos—. Desde el principio les dije que sería una mala idea acompañarnos…

Su tono pausado y sincero comenzó a suavizar las miradas más duras.

—Aunque aprecio la compañía de cada uno de ellos, me preocupa mucho lo que pueda pasarles si vienen con nosotros. No sé cómo los tratarán o cómo reaccionará la gente en mi país al verlos —añadió Elias, dejando que sus palabras transmitieran su genuina preocupación.

Los padres lo observaron con mayor atención, notando que lo que decía era sincero.

—Sí, realmente nos preocupa a los dos. Les hemos advertido muchas veces que quizás la gente de allá no sea como nosotros —intervino María con voz calmada, pero firme—. Pero… ellos insisten en ir con nosotros. Mi hermano y yo apreciamos mucho a todos. Fueron muy amables con nosotros desde que llegamos.

María sonrió ligeramente, aunque en sus ojos había una mezcla de gratitud y nerviosismo. Los padres, que antes parecían listos para estallar, empezaron a relajarse un poco.

—Entonces… conocen a mi nieto —dijo de pronto una voz profunda y rasposa.

María y Elias giraron la cabeza al instante, encontrándose con Gosha, quien se levantó de su asiento y comenzó a caminar hacia ellos.

El corazón de Elias y María se aceleró al instante. Aunque su expresión permanecía neutral, podían sentir una presión enorme al ver la imponente figura del abuelo de Legoshi acercarse a pesar de ser casi de la misma estatura. El sudor frío comenzaba a asomar en sus frentes.

—¿Qué les pareció mi nieto Legoshi? —preguntó Gosha, acercándose aún más.

Elias y María se miraron con incredulidad, intentando procesar lo que acababan de escuchar.

—¡Ehhhhh! ¡¿Cómo es que usted es abuelo de Legoshi?! ¡Nunca nos mencionó nada de eso! —exclamaron Elias y María al unísono, su sorpresa reflejándose en sus rostros.

Legoshi no pudo más y abrió la puerta de golpe, con Jack justo detrás de él intentando detenerlo, seguido por el resto del grupo que los miraba con nerviosismo.

—¡Legoshi, espera! ¡No…! —exclamó Jack, pero era demasiado tarde.

Cuando todos entraron, se encontraron con la mirada atónita de sus padres. El director Gon, que estaba en medio de la sala, solo suspiró con evidente cansancio, llevándose una mano al puente del hocico.

"Qué fastidio, ahora esto…", pensó Gon, intentando contener su frustración. Los chicos se quedaron quietos como estatuas, mirando al director y esperando un inevitable regaño.

—Pasen de una vez, ya entraron —dijo Gon con resignación, agitando una garra para que se movieran. Su voz sonó agotada, como si estuviera lidiando con demasiadas discusiones ese día.

Los jóvenes asintieron rápidamente, entrando con paso titubeante. Jack no paraba de mirar hacia abajo, sintiendo el peso de todas las miradas en la habitación. Mientras tanto, Legoshi miraba a su abuelo, Gosha, quien lo observaba con una mezcla de sorpresa y expectación.

"¿Qué se supone que debo decirle? No he hablado con él en cinco años… Espero que pueda perdonarme…", pensó Legoshi, sintiendo una punzada de arrepentimiento. Antes de que pudiera articular palabra, sintió cómo unos brazos fuertes lo envolvían en un abrazo inesperado.

—¡¿Cómo has estado?! —exclamó Gosha con una calidez que sorprendió a todos, sus amigos quedaron incrédulos ante lo que veían.

Legoshi se quedó sin palabras por un momento, parpadeando de incredulidad, pero lentamente correspondió al abrazo, sintiendo una inesperada alegría en su pecho.

—H-h-hola, abuelo… He estado bien —respondió Legoshi, un poco nervioso pero aliviado al sentir que aún había un vínculo.

—¡Me alegra que estés bien! —dijo Gosha con una sonrisa sincera, separándose de él para tomarlo por los hombros.

Legoshi abrió la boca, intentando disculparse, pero Gosha lo interrumpió con un gesto.

—Pero dejemos las discusiones para después. Dime, ¿esos dos son tus amigos? —preguntó Gosha, señalando a Elias y a María, quienes se quedaron rígidos en sus lugares.

Legoshi giró para mirarlos y asintió con firmeza.

—Sí, de hecho, ellos son muy agradables y siempre han sido respetuosos con nosotros. Nunca nos faltaron al respeto —respondió tranquilamente, tratando de poner a ambos en una buena luz.

Gosha los observó detenidamente, como si evaluara cada movimiento o gesto de los dos. Elias, sintiéndose juzgado, sonrió nerviosamente mientras María mantenía una calma estoica, aunque claramente tensa.

—¿Y tú quieres ir a conocer su país? —preguntó Gosha con tono serio, clavando su mirada en Legoshi.

Legoshi giró su cabeza hacia su abuelo y, aunque la pregunta lo tomó un poco por sorpresa, no dudó en responder.

—Bueno… sí, quiero ir. Confío en ellos. Sé que es peligroso, pero me da curiosidad, y mis amigos también quieren ir —dijo con seguridad, sin apartar la mirada.

Gosha lo observó por unos segundos, su expresión seria, pero de pronto sonrió con un gesto de aprobación.

—Está bien. Si dices que confías en ellos, te dejaré ir. Después de todo, tu amigo no parece tenerme miedo —añadió Gosha, dirigiendo una mirada a Elias, quien se tensó aún más pero logró mantener su sonrisa nerviosa.

El resto de los padres no podían creer lo que estaban escuchando. Susurros llenaron el lugar mientras intercambiaban miradas de desconcierto y preocupación. La tensión era palpable. Mientras tanto, Jack, escondido tímidamente detrás de Legoshi, observaba a sus padres con cierta inquietud.

"¿Qué me dirán si les hablo de María? ¿O del viaje?" pensó Jack, incapaz de dejar de mirarlos.

Fue entonces cuando el padre de Bill habló con voz grave, rompiendo el murmullo.

—¿Y tú también quieres ir? —preguntó con seriedad, fijando su mirada en Bill.

El tigre se tensó al instante, sus orejas bajando ligeramente.

—S-sí… ellos han sido muy buenos amigos —respondió Bill, intentando sonar firme, aunque su nerviosismo era evidente.

Su padre lo miró durante un largo momento antes de suspirar, suavizando un poco su tono.

—Está bien, te dejaré ir —dijo con calma, lo que hizo que Bill suspirara aliviado—. Pero si causas problemas, te castigaré. ¿Entendido? —añadió con severidad.

—Sí, lo entiendo —respondió Bill apresuradamente, asintiendo con la cabeza.

Al escuchar esto, los demás padres comenzaron a hablar con sus hijos también, sus voces mezclándose en el aire. Elias y María, aunque algo aliviados, no lograban sacudirse del todo la preocupación. Jack, por su parte, finalmente se armó de valor y se aproximó a sus padres. Ellos lo recibieron con sonrisas cálidas.

—Hola, hijo —dijo su madre, abrazándolo cariñosamente.

—Hola, ¿cómo has estado? —añadió su padre, pasándole la mano por la cabeza con afecto.

Jack les devolvió la sonrisa, sintiéndose un poco más relajado.

—Muy bien. ¿Cómo están mis hermanos? —preguntó con curiosidad.

—Bien. Querían verte en las vacaciones, pero… creo que te irás con tus amigos —respondió su padre, su voz teñida de ligera preocupación.

Jack bajó la mirada, sintiéndose culpable.

—Sí, lo sé… pero no quiero preocuparlos, y mis hermanos… —empezó a decir, intentando explicarse, cuando su madre lo interrumpió con una sonrisa tranquila.

—Tranquilo. Sabemos que es muy importante para ti ir. Y si tu amigo Legoshi confía en ellos, supongo que podemos confiar en su palabra también —dijo con dulzura.

Los ojos de Jack se iluminaron de felicidad.

—¿De verdad? —preguntó, casi sin poder creerlo.

—Sí —respondió su padre con firmeza, aunque sonriendo.

Jack sintió una oleada de alegría que le calentó el pecho. Su sonrisa era tan amplia que apenas podía contenerla. Sin embargo, su dicha fue interrumpida cuando notó que María se acercaba desde atrás, con su característico andar tranquilo y una sonrisa en el rostro. Los padres de Jack la vieron y sus expresiones cambiaron ligeramente: ambos se tensaron al percatarse de lo alta que era la joven.

Jack sintió un escalofrío nervioso recorrerlo. Volteó hacia María y, de repente, toda la felicidad que sentía se transformó en pura vergüenza.

—A-a-ahhhhh… p-p-papá, mamá, quiero presentarles a mi-mi-mi-mi… —Jack tartamudeaba sin poder completar la frase, el pánico evidente en su voz. "¿Qué hago?" pensó desesperado.

Antes de que pudiera hablar aún más, María tomó la iniciativa. Lo abrazó con suavidad y habló con naturalidad.

—Soy su amiga —dijo con voz firme y una sonrisa amable, mintiéndoles sabiendo que no sabría cómo reaccionarían si les dijera la verdad.

Jack sintió su cara arder mientras María lo decía tan despreocupadamente. No podía entender cómo ella se veía tan tranquila, mientras él apenas podía mantenerse de pie de la vergüenza.

María aprovechó el momento para observar mejor a los padres de Jack. La madre tenía unos llamativos ojos azules y un pelaje predominantemente blanco con reflejos dorados, mientras que el padre lucía unos ojos café claros y un pelaje más dorado, con un semblante algo serio pero amable.

La madre de Jack relajó un poco su postura al ver la naturalidad con la que María abrazaba a su hijo.

—Te llevas muy bien con nuestro hijo, por lo que veo —comentó la madre, esbozando una sonrisa más tranquila.

—Sí —respondió María alegremente—. Jack es muy bueno conmigo. A veces me ayuda a estudiar o me muestra cosas interesantes de la ciudad. Incluso vamos de paseo. Su hijo es una gran persona; siempre se preocupa por mí y por mi hermano —añadió con genuino entusiasmo.

Jack sentía que su cara se volvía cada vez más roja con cada palabra que María decía sobre él. Miraba el suelo, completamente incapaz de mirarlos a los ojos.

Los padres de Jack no tardaron en notar la actitud inusual de su hijo. La ligera agitación de su cola delataba que algo lo tenía inquieto.

—¿Qué pasa, hijo? —preguntó su padre con curiosidad, inclinando la cabeza ligeramente.

Jack se sobresaltó, tensando los hombros al escuchar la voz de su padre.

—N-n-n-nada, estoy bien —respondió rápidamente, su nerviosismo evidente.

Sus padres intercambiaron una mirada de confusión, claramente percibiendo su comportamiento extraño, especialmente estando cerca de María.

—¿P-p-papá, mamá, podemos hablar en un lugar privado cuando termine la reunión? —preguntó Jack en voz baja, avergonzado y sin atreverse a mirarlos directamente.

Ambos lo miraron aún más extrañados, pero el padre de Jack asintió con calma.

—Sí, claro —respondió, intentando no presionarlo.

La madre de Jack, sin embargo, dirigió su atención a María con una curiosidad notable.

—¿Ustedes los humanos son así de altos todos? —preguntó con naturalidad, provocando que tanto María como Jack voltearan hacia ella.

Jack tragó saliva, sintiéndose aún más preocupado por las posibles preguntas incómodas de su madre. María, por su parte, respondió con su característica amabilidad.

—No, algunos son de la altura de Jack. Somos de diferentes tamaños; mi hermano y yo somos una excepción —explicó con calma, dedicando una sonrisa tranquila a los padres de Jack.

Los padres del joven escucharon con interés, analizando cada palabra.

—Entonces ustedes dos son únicos —añadió la madre de Jack, observando detenidamente a María—. Además, tienes ojos azules como yo. Nunca pensé que los humanos se vieran así. De hecho, te ves muy linda.

Jack sintió una oleada de alivio al ver que sus padres parecían aceptar a María con tanta naturalidad.

—Gracias. Usted también se ve linda —respondió María con sinceridad, devolviendo el cumplido con una sonrisa radiante.

El padre de Jack intervino con una ligera sonrisa burlona al notar lo cómodo —y avergonzado— que su hijo parecía con la joven.

—Ya veo por qué les caíste bien a mi hijo. En especial tú, ya que parece muy cómodo cuando lo abrazas.

El rostro de Jack se tornó rojo como un tomate, incapaz de esconder su vergüenza. María no pudo evitar reír suavemente al ver su reacción. La conversación continuó con fluidez, mientras los demás padres conversaban con los amigos de Elías y María.

Por su parte, Juno se encontraba al margen, con sus padres observándola con rostros serios y estrictos. La tensión se sentía en el aire, y Juno no sabía cómo comenzar hasta que su padre rompió el silencio.

—Dime, ¿realmente confías en ellos? —preguntó él, cruzando los brazos y mirándola con firmeza.

Juno bajó ligeramente la mirada, pero respondió con voz suave y segura:

—Sí. Como dijo mi compañero, ellos son amables y siempre nos ayudan en algunas cosas.

Sus padres continuaban observándola en silencio, evaluando cada palabra. Juno respiró hondo antes de agregar con tranquilidad:

—Pero, de hecho, yo fui quien les habló primero para ser su amiga.

La confesión pareció suavizar las expresiones de sus padres. Su madre incluso esbozó una pequeña sonrisa.

—Veo que realmente te caen muy bien. ¿Por qué no los presentas? —preguntó la madre de Juno, esta vez con un tono más alegre.

Juno sintió cómo un peso desaparecía de sus hombros y se animó un poco más al ver que el enojo había desaparecido de sus rostros.

—¡Sí, claro! —respondió con entusiasmo.

Sus ojos buscaron a María, pero ella seguía conversando animadamente con Jack. Luego, volteó hacia Elías, quien estaba parado algo incómodo, más cerca del director. Sin dudarlo, Juno se acercó a él.

—¡Elías, ven! Mis padres quieren conocerte —dijo con decisión, tomándolo del brazo repentinamente.

—¿Eh? ¿Qué? —Elías apenas pudo reaccionar cuando Juno comenzó a arrastrarlo hacia sus padres.

El tragó saliva nervioso mientras sentía cómo las miradas de ellos dos se centraban en él. Los padres de Juno lo observaron detenidamente, con expresiones curiosas pero menos estrictas que antes. Elías intentaba mantenerse firme, pero el sudor nervioso comenzaba a aparecer en su frente.

—Papá, mamá, él es mi amigo. Supongo que ya saben su nombre —dijo Juno, presentando a Elias con una leve sonrisa. Sus padres asintieron, observándolo con atención.

Elias, aunque nervioso, mantuvo una postura calmada mientras extendía la mano para saludarlos.

—Hola, es un gusto conocerlos —dijo con cortesía. Al hacerlo, pudo observarlos más detenidamente. Notó que la madre de Juno no era un lobo, sino una especie de perro que no lograba identificar. Sus ojos eran de un azul intenso, y su pelaje, castaño, era muy similar al de Juno, con orejas caídas que le daban un aire amable. Por otro lado, el padre de Juno era un lobo gris, de ojos café claros, que parecía analizarlo con seriedad.

Aunque al principio no parecía dispuesto a corresponder el saludo, el padre de Juno finalmente le estrechó la mano con un leve gesto de aprobación, aunque claramente intimidado por la altura de Elias.

—Hola, es un gusto —dijo el padre, apretando la mano de Elias con firmeza. Elias correspondió el gesto con la misma seguridad antes de soltarla, devolviendo una sonrisa cortés.

—No sabía que tú… eras un híbrido. Realmente me toma por sorpresa —comentó Elias con cuidado, intentando no parecer irrespetuoso. Miró a Juno de reojo, preocupado por su reacción.

—S-s-sí… no quería que muchos lo supieran ya que… me molestaban en otras escuelas por eso —respondió Juno, bajando la mirada mientras su voz se teñía de tristeza al recordar esos momentos difíciles.

—Vaya, realmente no lo sabía. Lo siento por decir eso —se disculpó Elias, pasándose la mano detrás de la cabeza, sintiéndose un poco torpe.

—No es tu culpa. Después de todo, no les conté a ti ni a tu hermana antes —respondió Juno, intentando aliviarlo con una sonrisa suave.

Sus padres observaban en silencio la interacción, evaluando la confianza entre los dos. Finalmente, la madre de Juno intervino con una voz amable:

—Veo que te llevas bien con mi hija.

Elias y Juno voltearon a verla. Elias asintió con una leve sonrisa.

—Sí, cuando tuve mi primer día de clases, ella fue la primera en hablarme. La mayoría me tenía miedo —dijo Elias, recordando el momento con gratitud.

—Mi hija siempre trata de ver las cosas de manera positiva, siempre trata de hacer muchos amigos —comentó la madre de Juno, sonriendo con orgullo. Juno, sonrojada por el halago, desvió un poco la mirada.

—Sí, lo note cuando insistía para hacer se mi amiga. Una vez que se le mete una idea en la cabeza, no la deja hasta lograrlo —respondió Elias con una sonrisa, provocando que Juno sintiera aún más vergüenza.

El padre de Juno permanecía en silencio, pero su expresión se relajó un poco, mientras que su madre continuó.

—Mmmhh, ya veo. Pero me alegra que realmente ustedes no sean como esas historias que cuentan sobre ustedes —dijo con serenidad, refiriéndose a las historias sobre humanos.

—Sí, yo también me di cuenta de que muchas cosas son distintas a como las contamos allá. Realmente las cosas han cambiado mucho —respondió Elias, notando que empezaba a sentirse más cómodo en su presencia.

El ambiente en la sala era tenso, como si cada palabra que se pronunciara pudiera cambiar el rumbo de la conversación. El padre de Juno, con una expresión seria y calculadora, miró directamente a Elias.

—Entonces, dime... ¿Elias? —preguntó, buscando confirmar su nombre. Elias asintió, un poco inquieto bajo la mirada inquisitiva del hombre.
—¿Es seguro que viajen? Solo quiero que mi hija esté segura —añadió el padre de Juno con tono grave.

Elias respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos antes de responder.

—Bueno... es difícil decirlo —empezó, desviando la mirada—. La mayoría de los que somos jóvenes no los odiamos. Es más bien miedo... por las historias y los libros. Pero hay algunos que quisieran verlos realmente, aunque...

Elias hizo una pausa, sintiendo el peso de lo que estaba a punto de decir. Juno y sus padres lo observaban con incredulidad. No parecía mentir, pero sus palabras eran inquietantes.

—...pero, así como nosotros queremos verlos, hay otros que con solo mirarlos los odiarían hasta la muerte —añadió Elias, volviendo a mirarlos con preocupación.

Juno ya lo sabía, pero no le importaba. Su determinación por ir no había cambiado. Sus padres, en cambio, parecían un poco inquietos, aunque también comprensivos.

—Eso es lo que realmente me preocupa —continuó Elias, mirando a Juno con sinceridad—. Juno es muy buena amiga, y no quisiera que alguien le hiciera daño... o a los otros que vendrán con nosotros.

Elias suspiró, los nervios evidentes en su rostro. Los padres de Juno intercambiaron miradas en silencio, deliberando entre ellos, mientras Juno los observaba con expectación. Finalmente, su padre rompió el silencio.

—Ya veo... Te dejaré ir, Juno —respondió con calma.

Elias y Juno lo miraron incrédulos, como si no pudieran creer lo que acababan de escuchar.

—¿¡De verdad!? —exclamó Juno emocionada, sin poder contener su alegría.

—Sí —respondió su padre, esbozando una pequeña sonrisa—. Veo que este muchacho se preocupa genuinamente por ustedes... y por ti. Eso no lo hace cualquiera.

Las palabras del padre de Juno hicieron que ella se llenara de felicidad.

—¡¿Ya oíste, Elias?! ¡Sí podré ir con ustedes! —dijo Juno alegremente, dándole un pequeño empujón a Elias, quien apenas asintió, aún procesando lo que estaba ocurriendo.

El padre de Juno volvió a mirar a Elias, esta vez con una mirada firme y directa.

—Bueno, Elias, ¿puedo confiar en ti para que cuides de ella? —preguntó con seriedad, mirando al chico a los ojos.

Elias sintió cómo su garganta se secaba. No podía creer la responsabilidad que ahora recaía sobre él. Por otro lado, Juno se sonrojó profundamente, avergonzada por las palabras de su padre.

—S-s-sí, claro. Me aseguraré de que no le pase nada —respondió Elias, nervioso pero sincero.

El padre y la madre de Juno sonrieron, como si acabaran de tomar una decisión que los dejaba en paz.

—Bien, entonces te la dejamos en tus manos —dijo el padre de Juno, sonriendo.

Elias no sabía cómo reaccionar. La presión y la preocupación se mezclaban en su pecho. Mientras Juno sonreía de oreja a oreja, lista para el viaje, él solo podía pensar en el peso de la promesa que acababa de hacer.

—Cuídala muy bien, ¿sí? Es nuestra única hija —dijo la madre de Juno con un tono cargado de preocupación mientras miraba a Elias.

Juno, algo incómoda, volteó hacia su madre, mientras Elias sonreía alegremente.

—Claro que lo haré. Después de todo, valoro mucho la presencia de Juno. Siempre está tan animada y le encanta platicar —respondió Elias con entusiasmo.

Juno sintió cómo el calor subía a sus mejillas, visiblemente avergonzada por las palabras de Elias, mientras ellos sonreían continuaron platicando animadamente con los padres de sus amigos Elias y Maria.

Al mismo tiempo, Gon observaba la escena desde una distancia prudente, ya más relajado. La situación había perdido algo de su tensión inicial, y parecía que las conversaciones estaban dando frutos.

"Bien, así no tendré que lidiar con esto de nuevo" —pensó Gon, dejando escapar un leve suspiro de alivio mientras sus ojos recorrían la sala. Observó a Elias conversando tranquilamente con los padres de Juno, y a María dialogando con los padres de Jack. Pero algo en particular captó su atención, un detalle que lo había sorprendido más temprano.

"Quién lo diría… ese dragón es el abuelo biológico de Legoshi" —pensó Gon, recordando el documento que lo confirmaba, decidió continuar para terminar lo más rápido posible.

La voz grave pero tranquila del tigre resonó en la sala, captando la atención de todos los presentes.

—Bien, veo que la mayoría de ustedes está convencido de que Elias y María no son peligrosos, y en ningún momento incitaron a sus hijos a ir con ellos —declaró Gon con autoridad.

El lugar quedó en completo silencio mientras todos se giraban hacia él, expectantes.

—Elias, María, vengan acá —pidió el director Gon, esta vez con un tono más amable.

Ambos se dirigieron hacia él, intercambiando una breve mirada entre ellos antes de pararse frente al grupo.

—Espero que comprendan que ellos son muy diferentes a lo que sabíamos de los humanos antes. Sus hijos se llevan bien con ellos, y no hay razón para preocuparse —dijo Gon, dirigiéndose a los padres—. Además, el embajador humano nos envió una carta de aviso donde asegura que estarán protegidos por su guardia personal. También se emitirá un boletín informativo para que los habitantes de su país no se alarmen al verlos.

A pesar de las palabras de Gon, una de las madres aún mostraba inquietud. La madre de Miguno levantó la mano, interrumpiendo con una voz temblorosa.

—¿Pero si se enferman o se lastiman, quién los atenderá?

María y Elias intercambiaron miradas mientras Gon respondía con serenidad.

—Irán dos médicos con ellos, uno de ellos es el de la escuela. La embajadora Else me lo confirmó por teléfono. Además, ella misma los acompañará durante el viaje para asegurarse de que todo estará bien —explicó Gon.

El alivio pareció extenderse poco a poco entre los padres, quienes asintieron, menos tensos que antes.

—Bien, entonces… ¿cuántos irán al viaje? Necesito confirmarlo para que la embajadora Else les dé la autorización —preguntó Gon tranquilamente, escaneando a todos con su mirada.

—Por favor, pasen al frente los que irán al viaje —anunció el director Gon con su voz firme.

Los estudiantes comenzaron a pasar uno por uno. Entre ellos estaba Haru, acompañada de sus padres, quienes la observaban con evidente preocupación.

—¿Estás segura de que quieres ir? —preguntó su madre, mirándola con inquietud—. Eres la única herbívora del grupo.

Haru sostuvo su mirada, calmada pero firme.

—Bueno… sí quiero ir, pero sé que es peligroso —respondió tranquilamente. Luego volteó a ver a Elías y María, quienes estaban entre los demás estudiantes—. Pero confío en ellos. Sé que no me harán daño.

Sus palabras no parecieron tranquilizar del todo a sus padres, aunque lograron que asintieran con resignación.

—Bien… te dejaremos ir, pero recuerda que debes tener mucho cuidado —dijo su madre, todavía preocupada.

—Sí, lo tendré. Confío en ellos —repitió Haru, esta vez con una sonrisa que intentaba darles algo de seguridad. Se separó de sus padres y caminó hacia donde estaba el director.

Gon observó cómo las familias parecían aceptar la situación y suspiró aliviado.

—Bien, como veo que todos han dado su aprobación, se informará a la embajadora para que proceda con los preparativos. Solo necesito que firmen los permisos para entregarlos —dijo Gon, manteniendo su tono tranquilo y profesional.

Uno a uno, los padres firmaron los documentos y los entregaron al director, quien revisó cada uno con atención.

—Bueno, si tienen más dudas sobre el viaje, no duden en preguntarme —agregó Gon, con los papeles aún en las manos.

Entonces, el padre de Jack levantó la mano y habló.

—Director, ¿cuándo se irán de viaje? —preguntó, curioso.

Gon volteó hacia él y respondió con calma.

—Mañana. La embajadora y el embajador humano acordaron que debía ser ese día, ya que necesitan tiempo para organizar todo.

Todos asintieron, comprendiendo la urgencia.

—Muy bien. Ya pueden retirarse si lo desean. Si tienen alguna duda adicional, estaré aquí para resolverla —finalizó Gon.

Mientras las familias comenzaban a levantarse de sus asientos y los estudiantes se reunían con sus padres para conversar, Gon suspiró para sí mismo.

"Qué bueno que este dolor de cabeza ya terminó. Solo quiero relajarme un poco…" pensó. Pero su alivio fue breve, ya que algunos padres se acercaron rápidamente con más preguntas.

"Ahhh, todavía no… perfecto…" pensó con fastidio, aunque mantuvo su semblante tranquilo y respondió pacientemente a cada una de las consultas.

Mientras tanto, María siguió a Jack y ambos se acercaron a los padres de él.

—Papá, mamá, ¿podemos hablar en privado? —pidió Jack, visiblemente nervioso.

Sus padres intercambiaron miradas antes de asentir. Salieron de la oficina y caminaron por los pasillos del edificio hasta encontrar un rincón tranquilo junto a una escalera.

Jack se veía inquieto, mientras María lo miraba con calma.

—¿Estás seguro? —le preguntó ella en voz baja, tratando de apoyarlo.

—Sí… solo necesito un poco de tiempo —respondió Jack, intentando calmarse.

Sus padres lo miraban con evidente confusión.

—¿Jack, cariño? ¿Qué pasa? —preguntó su madre, preocupada por el nerviosismo de su hijo.

—Sí, hijo. ¿Qué sucede? —añadió su padre, también intrigado por la situación.

Jack tragó saliva, sintiendo el peso del momento.

—Ahhh… papá, mamá… hay algo que quiero decirles… —pausó, intentando encontrar las palabras adecuadas mientras la ansiedad lo invadía—. Solo quiero que no se alteren ni lo tomen a mal, ¿de acuerdo?

Sus padres se miraron entre ellos, comenzando a preocuparse.

—¿Qué pasa? ¿Por qué estás así? —preguntó su padre con el ceño fruncido.

—Sí, hijo. Puedes decirnos. No nos enojaremos. ¿Hiciste algo malo? —insistió su madre, claramente ansiosa.

—No, no, no. No es eso… —dijo Jack apresuradamente—. Es solo que… bueno, yo… tengo…

Las palabras parecían atorarse en su garganta, pero finalmente logró decirlo:

—Novia.

Jack se quedó quieto, su rostro ardiendo de vergüenza mientras esperaba la reacción de sus padres.

Su madre pasó rápidamente de la preocupación a una expresión de alegría.

—¿Eso era lo que querías decirnos? No tienes por qué ponerte así, ¿sí? Por un momento pensé que habías hecho algo malo —dijo con una risa suave antes de abrazarlo.

—Sí, hijo. Es algo natural —dijo su padre con una sonrisa, aunque su mirada se dirigió rápidamente hacia María, quien seguía a su lado—. Pero… ¿por qué tu amiga sigue aquí?

La confusión en el rostro de su padre hizo que Jack volviera a ponerse nervioso, mientras María sonreía tranquilamente, disfrutando del momento.

Jack se separó de su madre, claramente nervioso, evitando el contacto visual directo con sus padres. Su respiración era errática, como si las palabras que estaba a punto de decir pesaran toneladas.

—Eso es lo otro de lo que quería hablarles… —murmuró, echando un breve vistazo a María antes de bajar la mirada, avergonzado.

Los padres de Jack lo observaban con una mezcla de confusión y expectativa.

—Ella no es solo mi… amiga. Es mi… mi… mi… —Jack balbuceó, su voz temblando mientras trataba de reunir el valor necesario para terminar la frase. Finalmente bajó la cabeza, incapaz de soportar la presión, mientras María sonreía divertida por su reacción.

—¿Tu qué? —insistió su padre, alzando una ceja, con los brazos cruzados.

Jack tragó saliva y, en un tono apenas audible pero lo suficientemente claro, dijo.

—…mi novia.

El silencio que siguió fue tan profundo que Jack podía escuchar el latido de su corazón resonando en sus oídos. Con cautela, levantó la vista, solo para encontrarse con sus padres mirándolo con expresiones de absoluta incredulidad y la boca ligeramente abierta.

—¡¿Qué?! —exclamaron ambos al unísono, casi gritando, sus voces cargadas de sorpresa.

Jack retrocedió un paso, preocupado por sus reacciones.

—¡Hijo, ¿estás bien?! ¡¿Estás seguro de lo que estás diciendo?! —preguntó su madre, con el rostro lleno de preocupación.

—¡Sí, hijo! ¡Ella ni siquiera es como nosotros! ¡¿Estás seguro de lo que dices?! —intervino su padre, mirando de reojo a María con una mezcla de desconcierto y cautela.

Jack los miró, incrédulo por sus palabras. Sentía que su pecho ardía, una mezcla de enojo y frustración.

—¡Sí, mamá y papá! Estoy saliendo con ella. —Su voz era suave, pero firme, dejando claro que no iba a retractarse.

Los padres de Jack intercambiaron miradas, todavía preocupados, pero sabían que su hijo no mentía. Finalmente, dirigieron su atención hacia María, que seguía sonriendo, mirándolos tranquilamente.

—¿Tú… no nos odias? —Preguntó el padre de Jack, su voz teñida de inseguridad—. Por lo que sucedió en el pasado, quiero decir…

Antes de que María pudiera responder, Jack reaccionó rápidamente, alzando la voz con evidente molestia.

—¡Papá! ¡¿Por qué le preguntas eso?! —dijo, alterado, temiendo que María se sintiera ofendida.

Para su sorpresa, sintió las manos de María sobre sus hombros, suaves pero firmes. Cuando levantó la mirada, encontró sus ojos cálidos y una sonrisa tranquila que lo desarmó por completo.

—No, no los odio… —comenzó María con serenidad—. Bueno, al principio, cuando llegué, fui un poco grosera con todos, incluso con Jack. Pero mi hermano habló conmigo, me hizo ver las cosas de otra manera, y decidí intentar llevarme bien con ellos… y con Jack. Me disculpé con él porque, en el fondo, solo tenía miedo de lo que podrían hacerme.

Los padres de Jack escuchaban atentamente, sin interrumpirla.

—Pero su hijo… —continuó María, mirando a Jack con dulzura—, me hizo cambiar mucho de parecer. Es muy amable, y… aparte, se ve muy adorable.

Jack sintió cómo el calor subía a su rostro hasta ponerse completamente rojo. No sabía si mirar a María, a sus padres, o simplemente desaparecer en ese momento.

Los padres de Jack se miraron nuevamente. Aunque aún parecían un poco preocupados, la forma en que María hablaba de su hijo, con tanta sinceridad y afecto, comenzó a tranquilizarlos. La tensión empezó a disiparse, y una pequeña sonrisa asomó en el rostro de la madre de Jack.

—Bueno… —murmuró finalmente—. Supongo que si nuestro hijo te hace feliz…

Jack apenas podía creer lo que estaba escuchando, pero su corazón latía con fuerza. Sabía que aún quedaba mucho por hablar, pero ese pequeño momento le dio esperanza.

El padre de Jack los miró seriamente, tratando de medir sus palabras. Su expresión reflejaba una mezcla de preocupación y comprensión mientras se dirigía a ellos.

—Pero, ¿están seguros de esto, ustedes dos? Saben que muchos no aceptarán esto —dijo con voz firme, aunque no podía ocultar cierta calidez en su tono.

Jack lo miró directamente, sin titubear.

—Sí, estoy seguro. No me importa que los demás nos vean mal o raro. Yo realmente… quiero estar con ella —respondió, aunque su rostro se tiñó de un leve rubor al expresar lo que sentía con tanta sinceridad.

María, conmovida por sus palabras, lo abrazó con una sonrisa radiante.

—Veo que tienes mucho valor para decirles eso a tus padres —dijo, juguetona, mirándolo con picardía—. Tal vez deba darte una recompensa después.

Jack se puso rojo como un tomate, balbuceando sin poder formular una respuesta coherente. Sus padres se quedaron atónitos, sin poder creer cómo ella hablaba con tanta confianza. María soltó una pequeña risa y lo abrazó aún más fuerte.

—Solo estoy jugando. Te ves muy tierno cuando te pones así —dijo, todavía riendo, su tono lleno de cariño.

Los padres de Jack observaban la escena en silencio. Aunque la actitud de María los desconcertaba un poco, era evidente que se preocupaba por su hijo. De pronto, un ruido en el pasillo llamó su atención. Elias apareció con calma y todos giraron para mirarlo.

—¿Qué pasa? —preguntó María, alzando una ceja mientras seguía abrazando a Jack.

Elias vio la escena sin inmutarse.

—Quería hablar contigo en privado —respondió con tranquilidad, mirando directamente a María.

Ella asintió, separándose de Jack con suavidad.

—Ahora vuelvo —dijo, mirando a Jack con una sonrisa tranquilizadora.

Elias también sonrió, dirigiéndose a Jack.

—Lo siento, Jack, ahorita te la devuelvo —comentó con tono ligero antes de llevarse a María por el pasillo.

Cuando quedaron solos, los padres de Jack no pudieron ocultar su incredulidad.

—¿A él no le importa? —preguntó su madre, claramente sorprendida por la actitud despreocupada de Elias.

Jack negó con la cabeza, respondiendo con calma.

—No, de hecho, él fue quien me alentó a confesarle mis sentimientos.

La pareja se miró entre sí, tratando de procesar lo que escuchaban. Finalmente, Jack, algo nervioso, rompió el silencio.

—Bueno, ¿y qué les pareció ella? Sé que solo la han conocido por unos minutos, pero realmente me gustaría saber si ustedes… aprueban que salga con un humano —dijo con un poco de vergüenza, pero esperanzado.

Sus padres intercambiaron miradas, buscando la respuesta adecuada. Después de un momento, la madre de Jack le sonrió con ternura.

—Jack, hijo… creo que lo más importante es que ella te hace feliz. Y por lo poco que hemos visto, parece que realmente se preocupa por ti.

El padre de Jack asintió, aunque su expresión seguía siendo seria.

—Si ella está dispuesta a enfrentarse a lo que venga por estar contigo, entonces yo también puedo aceptarla. Pero recuerda que esto no será fácil, hijo.

Jack, al escuchar sus palabras, sintió un alivio inmenso. Sonrió con una gratitud genuina.

Respiró profundamente, tratando de mantener la calma mientras enfrentaba la mirada seria de su padre.

—Sí, lo sé, pero quiero intentarlo —respondió con determinación. Había tomado su decisión, y no dejaría que nada lo desanimara.

Sus padres lo miraron con orgullo. Su madre lo abrazó primero, seguida de su padre, quien lo mantuvo en sus brazos unos segundos antes de soltarlo. Después, lo miró fijamente, como si estuviera a punto de darle un sermón.

—Me alegro por ti, hijo. Pero recuerda, primero los estudios. No quiero ser abuelo muy pronto —dijo su padre con una seriedad que hizo que Jack se ruborizara instantáneamente.

—¡Papá! Apenas estamos saliendo, ni siquiera hemos... —balbuceó Jack, rojo como un tomate, agitando las manos nerviosamente mientras trataba de defenderse. La implicación de su padre lo dejaba completamente expuesto y avergonzado.

El padre de Jack cruzó los brazos, sin ceder en su postura.

—Lo sé, pero también sé que eres joven, curioso, y no quiero que tomes decisiones apresuradas. Solo te estoy advirtiendo —añadió con firmeza.

Jack deseó que la tierra se lo tragara en ese instante. La incomodidad lo invadía de pies a cabeza, y apenas podía mirar a su padre.

—Y si llegas a hacerlo, usa protección. No quiero que me salgas con algo inesperado —concluyó su padre, completamente serio.

—¡Papá! —exclamó Jack con los ojos muy abiertos, mientras sentía que su cara estaba a punto de explotar de la vergüenza. "¿Por qué se le ocurre hablar de estas cosas aquí?" pensó con desesperación. Quería desaparecer, desintegrarse, cualquier cosa menos seguir en esa incómoda conversación.

Mientras tanto, su madre se reía disimuladamente detrás de su mano, disfrutando del espectáculo que se desarrollaba frente a ella.

—Bueno, cariño, al menos tu padre está siendo honesto —dijo su madre con una sonrisa divertida, intentando calmar el momento, aunque en el fondo parecía estar entretenida con la reacción de Jack.

Jack solo suspiró y se llevó las manos al rostro, pensando que esta conversación sería una que jamás olvidaría… para su desgracia.

Legoshi estaba con su abuelo Gosha afuera de la oficina. La atmósfera entre ambos era tranquila, pero había una tensión subyacente, como si las palabras que Legoshi estaba a punto de pronunciar fueran difíciles de sacar.

—Oye… quisiera disculparme por no haberte hablado en mucho tiempo. Yo realmente lo siento —dijo Legoshi, su voz teñida de arrepentimiento mientras bajaba la mirada.

Gosha lo miraba con calma, su expresión reflejaba comprensión en lugar de reproche.

—Lo sé, sé cómo te sientes, pero tranquilo, no estoy molesto ni nada por el estilo. Entiendo que necesitabas tiempo para sanar después de todo lo que pasó —respondió Gosha, colocando una mano en el hombro de su nieto y ofreciéndole una pequeña sonrisa.

A pesar de las palabras tranquilizadoras de su abuelo, Legoshi no podía evitar sentirse culpable por cómo lo había tratado en el pasado.

—Aun así, quiero pedirte disculpas. Sé que no hablarte durante todo este tiempo debió haberte preocupado. Y ahora, cuando finalmente te hablo, es solo para pedirte un permiso… Lo siento. De verdad, me siento mal por todo esto —admitió Legoshi, con un nudo en la garganta.

Gosha suspiró, pero su expresión seguía siendo amable.

—Lo sé, y acepto tu disculpa. Pero quiero que sepas que nunca estuve molesto contigo. Siempre te he querido porque eres mi nieto, y siempre me recuerdas a ella. Ven, dame un abrazo —respondió Gosha, abriendo los brazos para recibir a Legoshi.

Legoshi no pudo evitar sentir que una parte de la culpa que cargaba empezaba a disiparse mientras devolvía el abrazo. Permanecieron así unos momentos, hasta que finalmente se separaron.

—Ahora dime, ¿esos humanos son tus amigos? —preguntó Gosha con curiosidad, refiriéndose a Elias y María.

—Sí —respondió Legoshi con tranquilidad—. Al principio desconfiaba de Elias porque era la primera vez que veía a un humano. Además, por las historias que me contabas de la abuela cuando era más pequeño. Pero con el tiempo, me di cuenta de que son completamente distintos a lo que esas historias decían de ellos.

Gosha lo miró, intrigado.

—¿En qué aspecto son diferentes? —preguntó con más interés.

Legoshi reflexionó un momento, tratando de recordar las cualidades de Elias y María.

—Ambos son amables. Siempre se preocupan por los demás y no son hostiles. De hecho, siempre quieren ayudar a todos. Además, les caemos muy bien —respondió con una leve sonrisa.

Gosha lo escuchaba con atención, aunque lo que Legoshi añadió a continuación lo dejó perplejo.

—Y algo curioso que nos pidieron fue… acariciarnos.

Gosha lo miró incrédulo, frunciendo el ceño.

—¿Qué? ¿Cómo que acariciarte? —preguntó, sin dar crédito a lo que su nieto le decía.

—Sí, sé que suena extraño, pero les gusta mucho tocarnos la cabeza y las orejas. Al parecer, al hacerlo liberan algunas hormonas que hacen que todos a su alrededor se sientan tranquilos. Yo podía olerlo cuando María me tocó las orejas. Su olor era muy intenso —explicó Legoshi, intentando aclarar la situación.

Gosha seguía con una expresión escéptica, pero al ver la sinceridad en los ojos de su nieto, dejó de lado sus dudas.

—Mmm… interesante. Nunca pensé que pudieran hacer algo así. Me alegra saber que confías en ellos y que no son como esas historias que te contaba tu abuela —dijo Gosha, con un tono más relajado, mientras asimilaba lo que Legoshi le había contado sobre sus nuevos amigos.

Gosha sentía tranquilidad al notar que Legoshi parecía estar mejor después de tanto tiempo. Una cálida sonrisa iluminaba su rostro mientras discutían, animados por una conversación que fluía con naturalidad.

—Veo que has hecho muchas cosas durante todos estos años —comentó Gosha alegre, contento por el progreso de su nieto.

—Sí —respondió Legoshi tranquilamente, con su típica calma.

Después de un rato, Gosha miró el reloj y suspiró.

—Bueno, creo que es hora de irme. Tengo algunas cosas que hacer —dijo mientras se ponía de pie.

Legoshi lo miró con cierto dejo de melancolía.

—Quisiera pasar un poco más de tiempo contigo —admitió, bajando la mirada brevemente.

Gosha le sonrió con ternura.

—Claro que sí. ¿Qué te parece si después vamos a comer algo? Así puedes seguir contándome tus cosas —respondió animado.

Legoshi le devolvió una pequeña sonrisa.

—Sí, claro. Tal vez este invierno vaya a visitarte —dijo, con un toque de esperanza en la voz.

—Te estaré esperando —afirmó Gosha con una sonrisa alegre.

Finalmente, Gosha se acercó para despedirse con un cálido abrazo. Legoshi lo devolvió con firmeza, aunque sin decir nada más. Se separaron lentamente, y Gosha le dedicó una última mirada antes de marcharse, dejándolo en paz con sus pensamientos.

Mientras tanto, Jack seguía conversando con sus padres, aún un poco avergonzado por la discusión que había iniciado su padre.

—Sí, ya lo sé, papá. Solo… no digas eso frente a María. No podría verla a la cara —dijo Jack, ruborizado, mientras desviaba la mirada.

—Bien, espero que hayas entendido —respondió su padre con tono tranquilo, pero autoritario.

La madre de Jack no pudo evitar reír ante la reacción sonrojada de su hijo. Sin embargo, el sonido de pasos acercándose interrumpió el momento. Al voltear, vieron a María regresando, con una sonrisa brillante.

—Ya regresé —dijo ella al llegar, saludando con naturalidad antes de caminar directamente hacia Jack.

Él, al verla tan cerca, desvió la mirada rápidamente, recordando con incomodidad lo que su padre había dicho. Su rostro se tornó de un rojo evidente.

—Mmm… ¿Qué pasa? —preguntó María con curiosidad, inclinando ligeramente la cabeza al notar que Jack no la miraba.

Jack reaccionó de inmediato, levantando las manos como si quisiera desviar cualquier sospecha.

—¡No, no es nada! —respondió con torpeza, la voz ligeramente elevada y el rubor intensificado en su rostro.

María lo miró con una mezcla de curiosidad y diversión, mientras que la madre de Jack no pudo contener una ligera risa.

Jack sintió como si el calor subiera desde sus pies hasta sus mejillas cuando escuchó la voz de su madre.

—Veo que quieres mucho a mi hijo —dijo ella con una sonrisa cálida, dirigiéndose a María.

Ambos voltearon hacia ella, y Jack deseó poder desaparecer en ese momento.

—Sí, lo amo —respondió María alegremente, con una sonrisa sincera.

Jack quería que la tierra se lo tragara.

—Eres muy cariñosa con él. Espero que Jack te lleve en invierno para que conozcas a sus hermanos —continuó su madre, todavía con ese tono amable.

María abrió los ojos con entusiasmo y se volvió hacia Jack.

—¿¡Tienes hermanos!? —preguntó, claramente emocionada.

Jack, sorprendido por la repentina atención, apenas pudo asentir.

—S-s-sí… —respondió, nervioso, mientras sus padres intercambiaban miradas cómplices.

—Bueno, hijo, ya nos vamos —intervino su padre, mirando su reloj. Era evidente que no querían interrumpir más su tiempo con María.

—Sí, cuídate mucho y tú tambien María, cuídalo bien cuando estén allá —añadió su madre, dedicándoles una última sonrisa antes de girarse para marcharse.

—Claro, lo cuidaré —respondió María con amabilidad, y Jack sintió que el rubor en su rostro se intensificaba.

—Entonces, nos vemos, adiós —dijo su padre mientras ambos se alejaban. Sin embargo, antes de dar unos pasos más, su padre se detuvo y volvió a hablarle.

—Ah, hijo, recuerda lo que hablamos. No quiero sorpresas —advirtió con un tono serio.

Jack asintió rápidamente, sin atreverse a mirarlo. La vergüenza lo estaba consumiendo por completo.

—Bien —dijo su padre, y finalmente se marcharon.

Cuando quedaron solos, María miró a Jack con una sonrisa juguetona.

—¿De qué hablaron? —preguntó, inclinándose un poco hacia él con curiosidad.

Jack sintió una oleada de vergüenza aún más grande.

—¡De nada! —respondió rápidamente, nervioso y evitando su mirada.

—¿Nada? Hmm… —dijo María, fingiendo pensarlo, mientras su sonrisa traviesa permanecía intacta.

Jack solo bajó la mirada, deseando que el momento pasara rápido. María rió suavemente, disfrutando de su reacción.

—Vamos, hay que preparar las cosas —dijo María, tomando la mano de Jack con naturalidad y jalándolo suavemente para que la siguiera.

Jack sintió la calidez de su mano y su corazón empezó a latir más rápido. Mientras caminaban, trató de calmarse, pero no podía ignorar el hecho de que estaban tomados de la mano. María, en cambio, parecía completamente despreocupada, como si fuera lo más normal del mundo.

Cuando salieron al campus, notaron a algunos estudiantes mirándolos. Jack sintió el peso de sus miradas, como si lo juzgaran. Su inseguridad creció, y su instinto fue apretar ligeramente la mano de María, buscando algo de seguridad en ese gesto.

María no pareció notar su nerviosismo o, si lo hizo, no le dio importancia. Continuó caminando a su lado, sonriente, irradiando confianza mientras él la seguía en silencio, intentando ignorar los murmullos y miradas de los demás.


El director Gon se encontraba sentado en su oficina, disfrutando de un raro momento de calma tras una jornada agotadora atendiendo a padres y estudiantes. Reclinado en su silla, suspiró profundamente.

—Ahhhhhh, por fin un poco de tranquilidad —murmuró para sí mismo, cerrando los ojos por unos segundos.

En su escritorio, un montón de documentos aún lo esperaba. Estiró un brazo para tomar uno de los archivos y se habló a sí mismo en voz baja.

—Bien, ahora solo debo entregarle esto a Else... —dijo mientras revisaba las hojas rápidamente.

De repente, su teléfono comenzó a sonar, interrumpiendo la paz del momento. Gon lo tomó y miró la pantalla con cierta resignación al ver el nombre en el identificador de llamadas.

—Else... ¿ahora qué querrá? Espero que sea por lo de esos dos con el asunto del secuestro —murmuró con un dejo de frustración antes de contestar.

—Hola, Else —saludó con tono tranquilo, sosteniendo el teléfono en la oreja.

—Hola, Gon, ¿cómo estás? —respondió Else al otro lado de la línea, con un tono que Gon detectó como ligeramente nervioso.

—Bien, pero dime, ¿por qué me llamas? ¿Ha sucedido algo? Si necesitas los documentos que me pediste, ya los tengo listos —preguntó Gon, y una ligera inquietud comenzó a formarse en su interior.

—Bueno... es algo muy importante —respondió Else, claramente nerviosa.

El tono de su voz puso a Gon en alerta.

—Sí, dime, ¿qué es? —preguntó Gon, sintiendo una creciente incomodidad al pensar en que podría estar relacionado con el secuestro reciente de los dos humanos.

—Verás... ¿recuerdas cuando el embajador Hughes me invitó a esa reunión y me dio permiso para llevar a un invitado? —preguntó Else, con vacilación evidente.

Gon, que ya empezaba a intuir hacia dónde iba la conversación, suspiró pesadamente.

—Sí... ¿por qué preguntas? —respondió, apretando el puente de su nariz con una mano mientras esperaba lo peor.

—Bueno... puede que haya dicho algo al consejo, y por los nervios... respondí lo primero que se me ocurrió... —Else hizo una pausa, lo suficientemente larga como para que el silencio comenzara a poner nervioso a Gon.

—¿Else? —preguntó Gon, tratando de mantener la calma mientras su inquietud crecía.

—Sí, es solo que... no te alteres, pero les dije que tú serías mi invitado. Y, bueno, aceptaron y nos han dado los permisos necesarios para asistir con los estudiantes durante sus vacaciones. Perdón, Gon.

La confesión de Else cayó como un balde de agua fría. Durante unos segundos, todo lo que se escuchó fue un silencio absoluto al otro lado de la línea.

Y luego, Gon explotó.

—¡¿QUÉEEEEEEEEEEEEEE?! ¿¡Por qué me recomendaste a mí?! ¡¿Qué hice para merecer esto?! —gritó Gon, poniéndose de pie con tal fuerza que su silla rodó hacia atrás, golpeando ligeramente la pared.

En la rectoría, algunos maestros se detuvieron, mirando con nerviosismo hacia la puerta cerrada de la oficina. Los gritos de Gon eran lo suficientemente fuertes como para que cualquiera escuchara cada palabra con claridad.

—¡Lo siento, Gon! No podía con la presión, solo respondí lo primero que se me vino a la mente —se disculpó Else rápidamente, su tono reflejando una mezcla de arrepentimiento y miedo.

Pero Gon no paraba de quejarse.

—¡Siempre soy yo! ¡Yo ni siquiera quería estar involucrado en esto! ¡¿Y ahora tengo que ir a ese lugar?! ¡Nooooooo!

Los gritos continuaron, mientras los maestros en el pasillo intercambiaban miradas incómodas. Algunos ya estaban considerando si deberían tocar la puerta o simplemente fingir que no habían escuchado nada.

—¡Sí, lo sé! Pero aceptaron darte un presupuesto más grande para el próximo año, además de otorgar reconocimiento a la escuela por los humanos admitidos, colocándola en una posición privilegiada. También mencionaron que, si necesitas algo para la escuela, puedes pedirlo sin problemas —respondió Else, tratando de calmar y reconciliarse con Gon.

El director respiró hondo, claramente tratando de contener su molestia.

—¡Escúchame, Else! ¿Por qué debería ir contigo a ese lugar? —preguntó Gon, todavía irritado pero haciendo un esfuerzo por mantenerse tranquilo.

Else sintió cómo los nervios la consumían, pero logró responder con firmeza:

—Bueno, ya lo aprobó el consejo, y no hay forma de cancelarlo.

Gon se quedó en silencio durante unos segundos, su mirada reflejando un profundo descontento antes de soltar con determinación:

—¡Entonces diles que no iré! No me importa si me imponen una falta administrativa. ¡No voy a ir!...


A la mañana siguiente, Gon revisó su reloj de mano: 8 a.m.. Estaba en la entrada de la escuela, acompañado por los estudiantes seleccionados para el viaje y la médica del grupo, todos con sus maletas listas. Aún sentía el cansancio del día anterior y la acalorada discusión que había tenido con Else. Al final, había terminado aceptando la invitación y disculpándose por su comportamiento.

El director suspiró profundamente, tratando de aliviar la tensión acumulada.

—Bueno, al mal tiempo, buena cara —murmuró para sí mismo, justo cuando una camioneta de transporte llegó escoltada por patrullas.

La puerta del vehículo se abrió, revelando a Else, quien iba vestida de manera casual pero sin perder su toque formal. Gon, por su parte, también vestía con sencillez pero cuidando los detalles. Else se mostró tan animada como pudo.

—¡Bien, chicos, suban! —dijo con un tono alegre, aunque forzado.

Gon la miró con una expresión de cansancio antes de subir, siendo el último en abordar. Una vez dentro, notó a un panda sentado con los brazos cruzados, aparentemente un miembro adicional del equipo. Tras cerrar la puerta, el vehículo comenzó a moverse, descendiendo por la colina hacia la ciudad.

El silencio inicial fue roto por Gon, quien miró a Else con cierta incomodidad.

—Oye… lo siento por lo de ayer —dijo en voz baja, haciendo un esfuerzo por disculparse.

Else volteó hacia él, notando su gesto sincero.

—Sí… yo también me disculpo. No era mi intención arrastrarte conmigo a esto —respondió ella, con un toque de arrepentimiento.

Gon suspiró, sintiéndose un poco más relajado.

—Bueno, ya qué. Al menos se las cobraré caro al consejo —dijo con un leve tono de humor.

Mientras pasaban los semáforos rumbo al puerto, Else se inclinó un poco hacia él, hablando en voz baja:

—De cierta manera, me alegra que vinieras. Así tú también puedes tomar nota de lo que veamos… por si no me creen.

Gon la miró intrigado por el comentario.

—¿Por qué dices eso? —preguntó, manteniendo el tono bajo.

—El consejo me pidió que informara sobre las condiciones en las que viven los humanos —respondió Else, su voz casi un susurro.

Gon asintió lentamente, entendiendo el peso de la situación.

Cuando llegaron al puerto, el vehículo se detuvo, y Gon fue el primero en abrir la puerta y bajar, seguido por los demás.

—Bien, creo que llegamos —anunció, mientras su mirada analizaba el lugar, anticipando lo que estaba por venir.

Todos bajaron del vehículo y contemplaron el bullicioso puerto resguardado por oficiales con algunos periodistas tomando fotos y video. Los trabajadores iban y venían, moviendo contenedores con maquinaria pesada, mientras los barcos atracaban y zarpaban constantemente. El sonido de las olas chocando contra la costa se mezclaba con el ruido de las grúas y las voces de los trabajadores. A lo lejos, sus padres ya los esperaban, listos para despedirse. Ansiosos, pero también algo nerviosos, caminaron hacia ellos.

Aunque todos compartían una mezcla de ansiedad y nerviosismo por lo que estaba por venir, Elias y María parecían más tranquilos que el resto. Jack permanecía cerca de María, mientras Elias se adelantaba con ella para saludar a los padres de Jack.

—¡Hola! —dijo María con su habitual energía.

—¡Hola, María! —respondió la madre de Jack, igual de animada. Su padre asintió, también saludándola, aunque su atención se centró en Elias, observándolo con curiosidad. Era la primera vez que lo veían de cerca.

—Hola —dijo la madre de Jack, algo nerviosa.

—Hola, señora. Es un gusto conocerlos a ambos —respondió Elias, sonriendo amablemente para disipar cualquier incomodidad.

—Hola... Tú eres su hermano, ¿verdad? —preguntó el padre de Jack, aún algo tenso.

—Sí, supongo que puede notar el parecido —respondió Elias, soltando una leve risa, reconociendo la obviedad de su comentario.

Los padres de Jack intercambiaron una mirada rápida. La similitud entre Elias y María era evidente, casi como un espejo que reflejaba sus versiones masculina y femenina. Sin embargo, la madre de Jack, aún preocupada, decidió hablar.

—¿No te molesta que nuestro hijo salga con tu hermana? Digo... él no es humano —preguntó con un tono algo inseguro.

Jack reaccionó de inmediato, frunciendo el ceño.

—¡Mamá! Ya te había dicho que está bien —dijo, molesto pero tratando de mantener la calma.

—Lo sé, pero solo quiero escuchar su opinión —respondió ella con tranquilidad, mirando a Elias, quien mantenía una expresión serena.

—No me molesta en absoluto. Si mi hermana es feliz con él, para mí no hay problema —dijo Elias con una sonrisa tranquila.

Los padres de Jack parecieron relajarse un poco al escuchar esas palabras. La sinceridad en la voz de Elias era evidente.

—Además, él fue el primero con quien hablé cuando llegué aquí. Fue amable conmigo, incluso cuando me tenía miedo al principio —añadió Elias, sonriendo con calma.

Las palabras de Elias aliviaron aún más a los padres de Jack. Su madre esbozó una sonrisa.

—Entonces, son muy buenos amigos. Me alegra que se lleven bien —dijo, más relajada.

Elias asintió, y junto con María, continuaron conversando animadamente con la madre de Jack. Mientras tanto, el padre de Jack tomó una pequeña mochila que llevaba consigo y se acercó a su hijo. Le puso una mano en el brazo para llamar su atención.

—Ven —dijo con firmeza, pero sin brusquedad.

Jack lo miró con curiosidad y lo siguió, alejándose un poco del grupo. Aunque intrigado por el gesto, no dijo nada y esperó a que su padre rompiera el silencio.

Jack se detuvo un momento cuando su padre lo llamó. Este le extendió una pequeña mochila.

—Toma —dijo con voz tranquila.

Jack la tomó y la abrió con curiosidad. Dentro encontró alcohol, gasas, vendajes y otros suministros médicos. Frunció el ceño ligeramente, confundido.

—¿Para qué es esto? —preguntó.

—Es por si lo necesitas en alguna emergencia. Nunca sabes cuándo te hará falta —respondió su padre con calma, su voz cargada de una mezcla de preocupación y confianza.

Jack asintió, cerrando la mochila cuidadosamente.

—Gracias, papá —dijo con una sonrisa, agradecido.

—Solo quiero que tengas cuidado allá —agregó su padre con un tono más serio.

Jack le sonrió para tranquilizarlo, aunque sentía un leve nudo en el estómago. Antes de que pudieran decir algo más, el sonido de la bocina del barco resonó por el puerto, cortando el aire con su eco metálico. Ambos voltearon hacia el muelle.

El barco en el que Elias había llegado inicialmente, un imponente acorazado, estaba atracando lentamente, vieron como los hombre de Hughes lanzaban las cuerdas para que los trabajadores las amarraran. Else y Gon observaban la escena con expresión tensa, mientras la pasarela metálica del barco bajaba y hacía contacto con el muelle con un ruido estridente.

De la embarcación apareció Hughes, pero esta vez su apariencia era distinta a la habitual. Vestía un elegante traje blanco de oficial militar decorado con detalles dorados y pequeñas cadenas que colgaban con delicadeza. Llevaba un cinto negro ajustado alrededor de su pantalón, zapatos impecables y una gabardina militar blanca colgando de sus hombros con las hombreras decoradas en dorado y sus guantes negros. Todo su atuendo estaba diseñado con un detalle exquisito que emanaba autoridad y sofisticación, mientras la brisa movía su gabardina.

Sobre su rostro, su característica máscara blanca ocultaba sus facciones, dejando visibles los lentes rojos de la máscara. Su cabello negro caía en mechones que simulaban cubrir sus orejas, y su gorra militar negra con su rango bordado en dorado completaba la imponente imagen.

La presencia de Hughes dejó a todos impactados. Su porte elegante y su andar tranquilo emanaban confianza y control. Tras él, dos guardias descendieron del barco, vestidos de manera habitual, pero con un aire más sobrio.

Else y Gon intercambiaron una mirada impresionada, sus expresiones reflejando tanto nerviosismo como admiración. Hughes caminó con calma hacia ellos, su silueta impecable destacándose contra el fondo del acorazado.

—H-h-hola, embajador Hughes —dijo Else, apenas encontrando las palabras.

Hughes, como siempre, respondió con su tono alegre y característico, inclinando ligeramente la cabeza en señal de saludo.

—Hola, embajadora Else. Buenos días. Espero que todos estén listos —respondió, esbozando una leve sonrisa que, aunque oculta tras la máscara, se percibía en su tono.

Hughes miró a Gon con curiosidad.

—¿Él será su invitado? —preguntó Hughes, curioso, señalando al tigre.

—Sí, él aceptó ir —respondió Else, algo nerviosa, lo que no pasó desapercibido para Gon, quien sabía exactamente por qué estaba tan inquieta.

—¡Bien, vamos! —exclamó con energía.

—S-s-sí, embajador —respondió Else, esbozando una sonrisa nerviosa.

—Mei, Geruft, ayúdenlos a subir —ordenó Hughes a dos de sus asistentes.

—¡Sí, señor! —respondieron ambos al unísono.

Geruft, sin ningún esfuerzo aparente, tomó las maletas de Else y Gon como si no pesaran absolutamente nada, sorprendiendo a ambos. Mei, por su parte, se acercó con un aire más calmado.

—Vamos, síganme —dijo Mei, esforzándose por sonar amable.

Aunque tanto Else como Gon seguían sintiéndose nerviosos, asintieron y comenzaron a seguirla hacia la pasarela. Cada paso parecía más pesado que el anterior, un reflejo de su tensión. Hughes los observaba desde abajo, atento. Entonces, se giró hacia el grupo de padres que los miraban con expresiones de preocupación. Aclaró su garganta antes de hablar con firmeza, pero sin perder la calidez.

—¡Hola a todos! Soy el embajador de la nación humana. Sé que están inquietos por el viaje que emprenderán sus hijos, pero quiero que sepan que estarán bien. Les doy mi palabra de que cuidaré de ellos como si fueran mis propios hijos, y los devolveré a salvo. Les pido que confíen en mí, así como Elias y María confiaron en ustedes.

La tranquilidad en su voz ayudó a calmar las ansiedades de los padres, quienes comenzaron a despedirse de sus hijos. Hughes, satisfecho, añadió amablemente.

—Si necesitan tiempo para despedirse, no hay prisa. Los esperaremos.

Mientras tanto, los chicos se acercaban a sus familias para dar las últimas palabras de despedida. Elias caminó hacia Hughes con una sonrisa en el rostro.

—"Buenos días, señor Hughes" —dijo Elias alegremente en su idioma.

Hughes respondió con una sonrisa amplia.

—"Buenos días, Elias. ¿Cómo te ha ido en la escuela?" —preguntó con tono amistoso.

—"Muy bien, pero ahora espero poder descansar un poco" —respondió Elias con tranquilidad.

—"Bien, pero recuerda que todavía no hemos terminado tu entrenamiento" —dijo Hughes con una sonrisa, recordándole el compromiso.

—"Sí, ya lo sé" —respondió Elias con un suspiro, algo desanimado por el recordatorio. Hughes rió ligeramente y le dio unas palmadas en el brazo, como gesto de ánimo.

En ese momento, sus ojos se posaron en María, quien tomaba a Jack de la mano.

—"Oh, ¿tu hermana y él ya están saliendo?" —preguntó Hughes con curiosidad.

Elias miró hacia ellos y asintió.

—"Sí, empezaron a salir después del festival" —respondió con naturalidad.

Hughes sonrió de forma satisfecha.

—"Eso hará más fácil su entrenamiento" —comentó de manera despreocupada.

Elias frunció el ceño, confundido.

—"¿Por qué necesita entrenamiento Jack?" —preguntó intrigado.

La expresión de Hughes se volvió un poco más seria.

—"Bueno, cuando una bestia está en una relación amorosa con un humano, puede haber situaciones en las que el instinto de la bestia se active debido a las hormonas que liberamos. Eso puede ser demasiado para ellos y, en algunos casos, difícil de controlar" —explicó Hughes con serenidad.

Elias lo miró, intentando procesar la información.

—"¿Pero no se supone que la especie de Jack es más dócil en cuanto a sus instintos?" —preguntó, recordando lo que había leído en un libro.

—"Sí, pero con los humanos es la excepción. Aunque sean dóciles, eso no significa que no tengan instintos" —respondió Hughes tranquilamente.

Elias frunció ligeramente el ceño, preocupado por lo que esto podría significar para María y Jack. La idea de que algo pudiera salir mal entre ellos empezó a pesarle en el pecho.

Hughes notó la inquietud en el rostro de Elias, quien no podía evitar lanzar miradas hacia Jack y María.

—Tranquilo, me encargaré de que su instinto esté bajo control —dijo Hughes con voz serena, intentando apaciguar sus preocupaciones.

Elias lo miró de reojo, dejando escapar un suspiro.

—Bueno, si usted lo dice, confiaré en usted —respondió, aunque su inquietud no desaparecía del todo. —Pero aun así me preocupan los dos.

Elias dirigió su mirada hacia Jack y María, quienes se acercaban tomados de la mano. Hughes, notando la preocupación persistente, le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—Tienes mi palabra. Haré lo posible para que ambos estén bien.

Elias lo observó unos segundos antes de asentir con un ligero alivio reflejado en su rostro.

—Bien, entonces los dejaré en sus manos —respondió con un tono más relajado.

En ese momento, Jack y María llegaron hasta ellos. María saludó con entusiasmo:

—¡Hola, señor Hughes!

Por su parte, Jack, claramente avergonzado por la cercanía de María y el hecho de que aún le sostenía la mano, apenas logró balbucear.

—H-h-hola…

Hughes rio suavemente al ver la escena.

—Tranquilo, parece que te estás divirtiendo —comentó con tono alegre, disfrutando del momento.

Jack solo se ruborizó aún más, incapaz de responder. María lo notó y le sonrió, apretando ligeramente su mano. Hughes observó el intercambio con una expresión de calma antes de señalar:

—Bien, suban. Mei seguramente los está esperando.

Ambos asintieron y comenzaron a subir con sus cosas. Antes de continuar, Jack volteó para mirar a sus padres, quienes se despedían desde lejos. Hughes, mientras tanto, notó cómo Sakane, la médico de la escuela, se acercaba tímidamente. Sus manos temblaban un poco mientras se presentaba.

—H-h-hola, soy Sakane… e-e-es un gusto conocerlo.

Hughes la observó con amabilidad, notando lo nerviosa que estaba.

—Hola, tranquila, no te haré nada —respondió con una risa ligera, intentando calmarla.

Sakane respiró hondo, aunque su timidez seguía evidente.

—S-sí… soy la médico de la escuela. Fui solicitada para…

Antes de que terminara, Hughes levantó una mano con suavidad.

—Tranquila, no necesitas decirme todo. Puedes subir si lo deseas —le dijo en un tono calmado.

Sakane asintió rápidamente y subió con sus cosas. Hughes la observó mientras se apresuraba, dejando escapar una risa ligera. Sin embargo, su atención se desvió cuando vio a Gouhin aproximarse con pasos firmes y los brazos cruzados.

—Ohhh, ¿no era suficiente con que yo viniera? —preguntó Gouhin en tono seco, vistiendo su clásica bata de doctor sobre ropa casual y cargando unas mochilas.

Hughes sonrió, relajado.

—Vamos, ellos insistieron en traer refuerzos. Nos avisaron en caso de que te enfermaras o algo te pasara.

Gouhin asintió, comprendiendo.

—Ya veo —murmuró, aunque una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. —Realmente no esperaba que se tragaran esa historia que les inventaste a esos políticos.

Hughes rio abiertamente.

—Bueno, pero funcionó, ¿no?

—Sí, eres muy bueno mintiendo —admitió Gouhin, soltando una risa.

—Aprendí del mejor —respondió Hughes, devolviéndole la sonrisa.

Tras un breve momento de camaradería, Gouhin suspiró, relajándose un poco.

—Bueno, espero que estos días allá sean más tranquilos.

Hughes asintió con entusiasmo.

—Lo serán, ya verás. Te gustará.

—Bueno, será mejor subir. Solo faltan ellos —dijo Gouhin, mirando a los estudiantes que aún no habían abordado.

—Sí, yo me encargo —respondió Hughes con tranquilidad.

Gouhin asintió y subió a la pasarela, observando el enorme acorazado frente a él. Alzó la mirada hacia su imponente estructura metálica y murmuró para sí mismo.

—Vaya, a los humanos les encantan las cosas grandes.

Continuó caminando hasta la entrada del barco, donde Mei ya lo esperaba.

—Hola, Gouhin —lo saludó Mei con una voz calmada.

—Hola, Mei. ¿Estás bien? —respondió Gouhin, devolviendo el saludo mientras analizaba su semblante.

—Sí, pero vamos, lo llevaré al área médica —dijo Mei tranquilamente, dándose la vuelta para guiarlo al interior del acorazado.

Mientras tanto, Jack y Elias estaban en una de las habitaciones asignadas para dejar su equipaje. Elias, despreocupado, se tumbó en una de las camas, sintiendo que aunque no era muy cómoda, al menos cumplía su propósito.

—Bien, me quiero recostar —dijo Elias con alegría mientras cerraba los ojos.

Jack sonrió ligeramente antes de sentarse en su propia cama, maravillado por lo que veía a su alrededor.

—Este lugar es increíble —comentó Jack, impresionado por los detalles del acorazado.

—Veo que te fascina la vieja tecnología —dijo Elias, soltando una leve risa mientras permanecía acostado, mirando al techo—. Este barco es de la guerra entre los humanos y las bestias, pero nunca llegaron a usarlos.

Jack lo miró intrigado.

—¿Había más de uno? —preguntó con curiosidad.

—Sí, pero los desmantelaron. Este es el último que queda, y lo transformaron en un museo —respondió Elias con tono relajado.

Jack escuchaba con atención, encantado por la historia del acorazado y ansioso por aprender más sobre el pasado humano.

—Pero bueno, ¿no quieres dar un paseo? —preguntó Elias, girándose para apoyar la cabeza en su mano mientras miraba a Jack.

—Sí, solo quiero ordenar mis cosas primero —respondió Jack, tomando la pequeña mochila que su padre le había dado.

Elias se dio la vuelta nuevamente, acomodándose de espaldas a Jack.

—Avísame cuando termines. Quiero descansar un poco —dijo Elias antes de cerrar los ojos.

—Sí —respondió Jack mientras abría la mochila. Rebuscó entre sus cosas, comprobando que todo estuviera en su lugar. Era un kit preparado por su padre en caso de emergencias. Sin embargo, al inspeccionar más a fondo, notó un cierre oculto. Algo estaba atascado dentro, así que abrió el compartimiento y sacó un papel. En él, había un mensaje escrito: "Úsalos en caso de emergencia."

Jack frunció el ceño, intrigado. "¿Por qué mi padre pondría esto aquí?" pensó mientras abría un poco más el cierre. Dentro, encontró un pequeño recuadro de plástico de color rosa. Al mirar de cerca, alcanzó a leer unas letras antes de cerrar rápidamente el compartimiento, "Co…." completamente avergonzado.

"¡Papá! ¿¡Por qué!? ¡¿Qué hago con esto?!" pensó Jack, sintiendo cómo el calor subía a su rostro. Su corazón latía rápido mientras luchaba por procesar lo que acababa de encontrar.

Decidido, respiró hondo y murmuró para sí mismo. "¡Lo dejaré ahí! Así nadie se dará cuenta." Se aseguró de cerrar bien el compartimiento y acomodó la mochila como si nada hubiera pasado, intentando calmarse. "No puedo creer que mi padre haya puesto eso…" pensó con frustración y una pizca de vergüenza mientras desviaba la mirada, esperando que Elias no notara nada.

Jack volteó hacia Elias, quien respiraba plácidamente dormido dándole la espalda. Soltó un suspiro de alivio, pero la tranquilidad duró poco cuando escuchó pasos acercándose. La puerta de la habitación se abrió, y María entró sonriendo. Jack se sobresaltó, nervioso.

—¡María! —exclamó, asustado y sorprendido, esperando que no preguntara nada sobre la mochila que le había dado su padre.

—¿Qué pasa? —preguntó María con una sonrisa, notando el nerviosismo en Jack.

—Nada, nada —respondió él, todavía nervioso pero tratando de disimular.

—¡Vamos! Mei me pidió que fuéramos al comedor del barco para que la tripulación los conociera —dijo María tranquilamente.

Jack se relajó un poco, aunque aún sentía cierta incomodidad.

—Sí, pero creo que... tu hermano está dormido —dijo Jack, señalando a Elias con un gesto de cabeza.

María volteó hacia su hermano, quien seguía acostado, y se acercó para despertarlo.

—¡Elias! ¡Elias, despierta! —dijo mientras lo sacudía suavemente.

Elias se movió entre sueños.

—Sí, sí, sí, ya voy... —murmuró, levantándose con los ojos entrecerrados.

—Bien, vamos —dijo María con calma, mientras los tres salían de la habitación.


En el comedor del barco, Gon y Else estaban sentados juntos, mirando a la tripulación con evidente nerviosismo. Los soldados, todos vestidos con uniformes militares blancos con líneas azules que delineaban el cuello y las muñecas, llevaban guantes, cascos azules y máscaras del mismo color, sin insignias. La presencia de esos hombres llenaba el lugar con una tensión palpable, y Else no pudo evitar murmurar en voz baja.

—¿Gon, no tienes un poco de miedo? —preguntó, inquieta.

Gon suspiró, bajando la mirada.

—Sí, Else. ¿Por qué decidí venir? —respondió con voz temblorosa, cuestionándose su decisión. A medida que pasaban los segundos, su arrepentimiento crecía.

De repente, unos pasos resonaron desde detrás de ellos. Los soldados abrieron paso de inmediato, dejando entrar a un hombre con un uniforme distinto. Era evidente que se trataba del capitán. Su mirada recorrió la sala, evaluando a todos los presentes. Gon y Else se tensaron aún más bajo su escrutinio.

Poco después, llegaron los estudiantes, acompañados por Gouhin y Sakane. Hughes, como siempre serio y atento, caminaba detrás de ellos. Una vez que todos tomaron asiento, Hughes se adelantó, dirigiéndose a los presentes.

—Bienvenidos al acorazado Gabriel. Este será nuestro capitán durante el viaje —anunció Hughes, presentando al hombre, quien los saludó con un gesto de la mano.

—Hola, sean bienvenidos a este viejo buque de guerra —dijo el capitán con un tono tranquilo—. Espero que lo pasen bien mientras navegamos hacia Edén, que está a unas cuantas horas de aquí. Si sienten mareos, no duden en decírselo a nuestro equipo médico o al suyo. También debo aclarar un par de reglas, si salen a cubierta, asegúrense de informar a la tripulación o a alguien, ya que existe el riesgo de caer al mar. Créame, ha pasado antes. Además, hay áreas restringidas, como la sala de máquinas, porque es muy peligroso estar ahí. ¿Entendido?

—¡Sí! —respondieron todos al unísono.

El capitán asintió, satisfecho.

—Bien, espero que podamos llevarnos bien. Si tienen dudas, no duden en preguntar a nuestra tripulación o a cualquiera de nosotros —añadió con una sonrisa.

Los estudiantes asintieron nuevamente. Hughes se adelantó otra vez para dar las últimas instrucciones.

—Bien, espero que hayan entendido. Ahora, salgamos a cubierta para despedirse de sus padres antes de zarpar. Síganme —indicó, comenzando a caminar hacia la salida.

Todos se levantaron para seguirlo, mientras el capitán y la tripulación se dispersaban hacia sus puestos. Jack caminaba con sus amigos y Maria detrás de los demás, todavía inquieto, pero sabía que el viaje apenas comenzaba.

La cubierta estaba llena de emoción contenida mientras los chicos se acercaban a la barandilla para despedirse de sus padres. Desde allí, podían ver cómo los trabajadores soltaron los amarres y la pasarela se retraía lentamente hacia el barco. El sonido profundo de la bocina anunció el inicio del viaje, resonando en el puerto mientras el barco comenzaba a moverse.

Todos agitaban sus manos, despidiéndose en un último adiós, sus figuras alejándose poco a poco en la distancia. El silencio se instaló entre ellos, una mezcla de inquietud y expectativa palpable en el ambiente. La partida era definitiva; no había vuelta atrás.

—¡Bien! Vamos adentro. Les daré un paseo por el acorazado, ¿qué dicen? —propuso Hughes con entusiasmo, rompiendo el momento para aliviar la tensión. Su tono animado logró captar la atención de los jóvenes, quienes asintieron casi al unísono.

—¿Ustedes también vendrán, embajadora Else y director Gon? —añadió Hughes, volviendo la vista hacia ellos. Ambos se veían nerviosos, pero intentaron disimularlo.

—Sí, claro, me gustaría —respondió Else, tratando de calmarse mientras asentía.

—Sí, tal vez pueda tomar algunas notas para que nuestros estudiantes aprendan más sobre la historia del acorazado —dijo Gon, esforzándose por proyectar profesionalismo, aunque su nerviosismo era evidente.

Hughes sonrió bajo su máscara, aunque nadie pudo notarlo.

—¡Perfecto! Entonces, vamos —dijo con amabilidad, liderando el grupo hacia el interior del acorazado.

Los pasillos eran estrechos y metálicos, y cada paso resonaba ligeramente. Hughes iba explicando detalles sobre el acorazado: su historia, su lugar de origen y las diversas funciones que cumplía. Los jóvenes escuchaban con atención, fascinados por el recorrido, y poco a poco el ambiente se relajó. El tiempo pasó mientras exploraban las distintas áreas del barco, hasta que finalmente todos regresaron a sus habitaciones asignadas. Hughes, por su parte, volvió al puente para reunirse con el capitán.


En una habitación aparte, Haru estaba sola. Desde la cama, que parecía inmensa para su pequeña figura, podía ver a un guardia apostado afuera, vigilándola de espaldas. Ella suspiró, observándolo en silencio mientras sus pensamientos vagaban.

"Y pensar que me dieron mi propia escolta personal. Supongo que quieren que me sienta segura", pensó Haru, recordando la conversación que había tenido con Hughes antes de que el recorrido por el acorazado terminara.

—¿Tú... Haru? —le había dicho Hughes, dudando un poco sobre su nombre.

Ella simplemente asintió.

—Bien, Haru. Uno de mis guardias te seguirá todo el tiempo. Eres una herbívora, y no quiero que nada te pase. Si necesitas algo, no dudes en decírselo —explicó Hughes con tranquilidad.

—Sí, gracias —respondió Haru con una ligera inclinación de cabeza, agradecida por la consideración.

De vuelta en su habitación, Haru suspiró nuevamente, recordando aquel momento. Miró el techo y, aunque el ambiente era tranquilo, no podía evitar que sus pensamientos divagaran.

—Bueno, al menos todo parece ir bien. Me pregunto cómo le estará yendo a Legoshi —susurró para sí misma, con una mezcla de curiosidad y preocupación, antes de cerrar los ojos por un momento.

Legoshi se encontraba con Elias, Jack y sus compañeros de habitación mientras Bill hablaba animadamente, llenando el ambiente con su energía habitual.

—¡Qué bien, por fin podemos descansar! —exclamó Bill con entusiasmo, mientras se acomodaba en la cama.

Tao y Aoba, sentados a su lado, asintieron en acuerdo.

—Sí, lo sé. Caminar por este lugar tan largo, con esos pasillos estrechos, es bastante agotador —respondió Aoba con tranquilidad.

—Este lugar también es pequeño. ¿Cómo es que los humanos duermen en esto? —comentó Tao, mientras sentía la dureza de la cama con cierto desdén.

—No lo sé, pero estas camas parecen muy incómodas. Creo que son incluso peores que las de la academia —añadió Durham, examinando la colcha con una expresión de desagrado.

Mientras hablaban, observaron a Legoshi y Elias intentando agacharse, ya que ambos apenas cabían en el reducido espacio de la habitación.

—Mira a Elias y a Legoshi, apenas si caben aquí —dijo Miguno, riendo un poco mientras los miraba desde su posición más cómoda.

—Sí, lo sé… —suspiró Elias, enderezándose un poco—. Pero bueno, ustedes querían que viniera con ustedes, y ahora estamos aquí. Aunque, si me hubieran dejado elegir, habríamos terminado en la habitación más espaciosa, donde Jack, Legoshi y yo podríamos estar más cómodos. Pero claro, esta es para Bill y ustedes tres —añadió, señalando a Tao, Aoba y Durham.

—Pero bueno, qué se le va a hacer. ¿Para qué querían que vinieramos todos juntos? —preguntó Elias, curioso.

Bill, emocionado, se inclinó hacia adelante con una sonrisa pícara.

—Bueno, ya que somos solo machos aquí, podemos hablar con más libertad —dijo, casi susurrando.

Aoba lo miró con expresión cansada, ya anticipando a dónde iba aquello.

—Ya vas a empezar de nuevo —respondió Aoba, llevándose una mano a la cara.

Bill simplemente sonrió, ignorando el comentario, mientras los demás lo miraban confundidos, excepto Tao, que ya parecía acostumbrado.

—¿Ya se han acostado con una chica? —preguntó Bill con total naturalidad, como si fuera la cosa más común del mundo.

Aoba suspiró pesadamente, mientras Elias lo miraba con seriedad.

—Eh… ¿qué clase de pregunta es esa? —respondió Elias, claramente incómodo.

—Solo quería saber. No tiene nada de malo. Quizás hasta pueda darles algunos consejos —dijo Bill, encogiéndose de hombros mientras miraba a Elias con una sonrisa.

Elias lo observó con seriedad antes de soltar una pequeña risa.

—Lo dices como si fueras todo un pervertido —comentó, haciendo que Tao y Aoba soltaran una risa discreta ante el comentario.

Bill frunció el ceño ligeramente, pero no respondió. Elias, en cambio, suspiró y continuó hablando con calma.

—Si quieres saber, no, no lo he hecho. Como les dije a ellos, no he tenido tiempo. Salí con tres chicas, y a todas las dejé plantadas. Mi tiempo es escaso, y menos aún para algo serio con alguien —explicó, con un tono cansado pero relajado.

Bill abrió la boca para decir algo, pero Elias lo interrumpió.

—Sí, lo soy. Y si quieres burlarte, adelante, no me importa. Ahora que tengo más tiempo libre, me tomaré las cosas con calma —añadió Elias, suspirando con tranquilidad mientras se acomodaba mejor en la cama.

El grupo lo miraba sorprendido, especialmente por lo relajado que estaba al hablar de algo tan personal.

—¿Qué? No es la primera vez que me preguntan esto. Cuando estaba en el servicio militar, mis compañeros de cuarto sacaban este tema debes en cuando. Tanto así que ya se me hace muy fácil responder —comentó Elias, encogiéndose de hombros mientras intentaba ajustar su postura en el reducido espacio.

Miguno alzó las cejas, sorprendido por la respuesta de Elias.

—Bueno, quién lo diría. Se nota que no tienes miedo a responder —comentó, cruzando los brazos con una sonrisa.

Elias no tardó en lanzar otra pregunta, mirando a sus amigos con interés.

—¿Y ustedes? ¿Han tenido alguna relación seria? —preguntó con curiosidad.

Bill fue el primero en responder, casi sin pensarlo.

—Sí, pero mi novia siempre se queja. Esta es la quinta vez que terminamos…

A partir de ahí, la conversación tomó un giro animado. Todos empezaron a compartir sus experiencias, riendo y discutiendo entre ellos. Jack, sin embargo, permanecía en silencio, nervioso, mientras que Legoshi escuchaba con atención, intrigado por las historias de sus compañeros.

De repente, Bill se giró hacia Jack, interrumpiendo sus pensamientos.

—Oye, Jack.

El llamado de su nombre lo hizo saltar en su asiento.

—S-s-sí, ¿qué? —respondió, nervioso, sintiendo las miradas de todos sobre él.

—¿Cómo se siente salir con la… hermana de Elias? —preguntó Bill, dudando un poco pero cuidando su tono para no incomodar a Elias, quien lo miró de reojo.

Jack sintió cómo el calor subía a su rostro. Estaba ruborizado y consciente de cada mirada que lo observaba, especialmente la de Elias.

—B-b-bueno… es algo difícil de describir —balbuceó, buscando las palabras adecuadas mientras trataba de calmar sus nervios—. Pero trataré. Se siente muy tranquilo, como si fuera tranquilidad. Aunque también hay… calidez. Es… difícil de explicar, realmente no sabría decirlo con precisión.

Aoba, que había estado escuchando atentamente, inclinó ligeramente la cabeza mientras pensaba en voz alta.

—Mhh, ya veo. Aunque suena complicado, parece que lo sientes profundamente. Los humanos te pueden hacer sentir raro… —comentó, rascándose la cabeza.

Elias se acercó un poco más a Jack, colocándole una mano en el hombro con una expresión amable.

—Me alegra que te estés llevando bien con mi hermana, Jack —dijo con una sonrisa.

Jack lo miró y le devolvió una pequeña sonrisa, aunque todavía sentía el nerviosismo revoloteando en su pecho.

—Sí, me hace muy… feliz —respondió sinceramente.

La sonrisa de Elias se desvaneció un poco, y su expresión se tornó seria. Todos en la habitación se tensaron al notar el cambio en su semblante.

—Bien, pero déjame decirte algo. No quiero que lo tomes a mal, pero… —Elias hizo una pausa, mirando directamente a Jack.

El silencio se volvió pesado, y todos esperaron expectantes.

—Solo no hagas llorar a mi hermana y no te sobrepases con ella. —dijo finalmente con un tono grave.

Jack tragó saliva, atemorizado por el peso en sus palabras, y asintió rápidamente.

—No quiero asustarte ni intimidarte —continuó Elias, suavizando un poco su voz—, pero hay algo que no te he dicho sobre ella y por qué rechazaba a salir con otros chicos.

La tensión en el ambiente creció, y todos en la habitación miraron con preocupación mientras Elias hablaba.

—Verás, no siempre fue tan alegre. Antes de conocerte, salió con otro chico… no recuerdo su nombre. Al principio, todo parecía normal. Salían, hablaban como cualquier pareja. Pero un día, llegué a casa y lo encontré tratando de sobrepasarse con ella mientras ella le gritaba que se detuviera, por suerte llegue a tiempo antes de que pudiera hacerle algo.

Jack sintió un nudo de enojo en el estómago mientras escuchaba. Elias continuó, su tono cargado de seriedad.

—Hice lo que cualquiera habría hecho por su familia. Lo agarré y lo golpeé varias veces. No recuerdo cómo terminó exactamente, pero cuando volví en mí, estaba manchado de sangre y siendo arrestado por los oficiales. Al final, me liberaron porque mi hermana les conto que paso pero no presento cargos contra él.

El relato dejó a todos en silencio. Jack sintió una mezcla de enojo y nerviosismo ante lo que había escuchado. Finalmente, logró hablar.

—¿Y… él sigue viviendo donde están ustedes? —preguntó, con la voz temblorosa.

Elias negó con la cabeza.

—No. Sus padres se fueron de la ciudad. Nunca más volvimos a verlo —respondió con calma.

Jack dejó escapar un suspiro de alivio, mientras el resto seguía procesando la intensidad de lo que acababan de escuchar.

Elias se acomodó mejor en la cama, mirando a Jack con una expresión seria pero tranquila.

—Tardó unos cuantos años en volver a ser como es ahora. Durante un tiempo asistió a una escuela solo para mujeres. Por suerte, con el tiempo sanó, aunque aún tiene unas cuantas cicatrices mentales —dijo con tono reflexivo.

Jack asintió, sintiéndose más tranquilo y comprensivo ante la explicación.

—Pero veo que tú eres diferente. Tal vez sea porque eres una bestia o simplemente porque te ves distinto. Es la primera vez que la veo genuinamente feliz como antes... —añadió Elias, suavizando su expresión.

El ambiente pareció aliviarse un poco con esas palabras. Elias entonces miró directamente a Jack a los ojos.

—Por eso te pido que la cuides bien. ¿Puedo confiar en ti?

Jack no dudó un instante, devolviendo la mirada con seriedad.

—Sí, te lo prometo. Nunca le haría algo así. Tienes mi palabra —respondió con firmeza.

Elias sonrió, satisfecho.

—Bien, aunque tranquilo. Sé que no la forzarías a hacer algo que no quiera. Pero también sé que ella si lo ara y sentirá mucha curiosidad por ti. Ahora que formalmente eres su primer novio, no dudo que termine arrastrándote con ella —dijo, soltando una pequeña risa.

Jack sintió una mezcla de vergüenza y alivio, pero no pudo evitar reír también.

—Pero bueno, espero que no tardemos en llegar. Ya me está dando náuseas estar aquí —añadió Elias con una ligera sonrisa.

Los demás rieron ante el comentario.

—Sí, lo sé. Yo también he estado aguantando los mareos. Por alguna razón siento que nos movemos más rápido —respondió Tao, claramente algo mareado.

La conversación se relajó, y los demás comenzaron a mostrar curiosidad.

—Oye, Elias, tenía una duda. ¿Qué idioma hablan ustedes? —preguntó Miguno, intrigado por las veces que había oído a Elias hablar con María.

Elias inclinó ligeramente la cabeza, pensativo.

—Hablamos Edelian. La mayoría de la isla lo habla. También sabemos su idioma, es obligatorio aprenderlo —respondió con tranquilidad.

La respuesta llamó aún más la atención de los demás.

—¿Por qué nuestro idioma es obligatorio? —preguntó Aoba, con curiosidad.

Elias hizo una pausa, eligiendo cuidadosamente sus palabras.

—Bueno, se supone que lo aprendemos en caso de toparnos con ustedes. Para saber identificarlos en caso de... —se detuvo, mirando al grupo por un momento.

El silencio se volvió algo tenso hasta que Elias lo rompió.

—...en caso de que nos invadan. Así sabríamos qué dicen —terminó con calma.

La inquietud creció entre ellos al comprender las implicaciones: toda la isla podría entenderlos, mientras que ellos no tendrían manera de entender Edelian.

—A todos se les enseña desde pequeños. ¿Saben que cuando hablan, sus voces emiten como un sonido rasposo, como si hablaran muy profundo? —añadió Elias, compartiendo un detalle curioso.

Los demás se miraron sorprendidos.

—¡Espera, ¿así sonamos para ustedes?! —exclamó Collot, tan asombrado como los demás.

Elias asintió con una ligera sonrisa.

—Sí. De hecho, puedo distinguir quién es quién solo con oírlos. Cada uno suena diferente, incluso a la distancia.

La conversación entre los chicos quedó interrumpida cuando las alarmas del buque comenzaron a sonar, seguidas por una repentina sacudida que hizo que todo en la habitación vibrara. Sobresaltados, se levantaron rápidamente, pero antes de que pudieran salir, un guardia de Hughes apareció en la puerta y les bloqueó el paso.

—¡Regresen a la habitación! Es peligroso salir —ordenó el guardia con firmeza.

Elias lo miró con preocupación antes de preguntar.

—¿Qué está pasando?

Antes de que el guardia pudiera responder, el megáfono del barco se activó con la voz autoritaria de Hughes.

—A toda la tripulación, se les avisa que se mantengan en sus puestos. Hay una tormenta, y el mar está muy agitado. Todos los que se encuentren en habitaciones, permanezcan en ellas. Siéntense y agárrense bien; será un viaje complicado.

El mensaje cesó, dejando tras de sí el sonido constante del oleaje y el viento golpeando el casco. Los chicos intercambiaron miradas llenas de preocupación antes de volver su atención al guardia.

—Ya oyeron. Tomen asiento, esto puede ponerse más agitado —dijo el guardia con un tono más tranquilo, aunque su postura tensa revelaba que también estaba alerta.

Asintieron en silencio y regresaron a las camas. Se aferraron con fuerza mientras el barco comenzaba a balancearse cada vez más con el movimiento del oleaje. Los crujidos metálicos del buque y el rugido del mar eran el único sonido en la habitación, intensificando la sensación de incertidumbre que pesaba sobre ellos.


En el puente de mando, Hughes observaba junto al capitán el salvaje oleaje a través de las ventanas empapadas de lluvia. Afuera, el agua parecía estar en guerra con el buque, y cada ola golpeaba el casco con una fuerza aterradora.

—Señor, creo que tendremos que desviarnos. No podemos llegar al puerto de Ainthen, el buque no resistirá. Es demasiado viejo para estas condiciones —informó el capitán, manteniendo la calma mientras evaluaba la situación.

Hughes permaneció en silencio, sus ojos fijos en las furiosas aguas que se extendían ante ellos. El capitán lo observó, esperando su decisión.

—¿Cuál es el puerto más cercano? —preguntó Hughes finalmente, su tono firme pero controlado, aunque el viento y el vaivén del buque lo obligaban a aferrarse a la barandilla.

—El Yunque, señor —respondió el capitán, revisando los instrumentos junto a su tripulación.

Hughes meditó por unos segundos antes de asentir.

—Está bien. Llévennos allá.

Apenas terminaba de hablar cuando una ola gigantesca golpeó el barco, haciendo que Hughes tambaleara.

—¡Sáquenos de aquí! —ordenó con un tono más urgente.

—¡Sí, señor! —respondió el capitán rápidamente, dando instrucciones a su equipo para cambiar la dirección del buque.

Mientras el barco viraba con dificultad, el mar seguía mostrando su ferocidad. El viento aullaba, y cada embestida parecía un recordatorio de lo frágiles que eran frente a la fuerza de la naturaleza.

El interior del acorazado se estremecía con cada crujido del metal, como si la tormenta misma quisiera desmantelarlo pieza por pieza. En el ala médica, Gouhin maldecía en voz alta mientras se aferraba a una silla con todas sus fuerzas.

—¡Mierda! Esta lata vieja no aguantará mucho más —exclamó, su tono cargado de frustración.

Sakane, temblando de miedo, se aferraba desesperadamente a una de las mesas empotradas, incapaz de moverse. Gouhin la observó de reojo, notando su estado.

—¡Hey! Tome asiento. Si sigue ahí, podría salir volando al otro lado de la sala —dijo Gouhin, elevando un poco la voz para hacerse oír sobre el ruido ensordecedor del metal crujiendo.

Sakane lo miró con ojos desorbitados, apenas capaz de responder.

—L-lo haría... si no estuviera tan asustada —balbuceó, su voz quebrada y temblorosa.

Gouhin suspiró profundamente, tratando de encontrar las palabras adecuadas para calmarla.

—¿Cómo se llama? —preguntó en un tono más suave, intentando distraerla.

—Yo... yo... me llamo Sakane —respondió con dificultad, mientras el miedo seguía atenazándola.

—Bien, señorita Sakane, es un gusto. Yo soy Gouhin. Ahora, por favor, tranquilícese y tome asiento. Es muy peligroso estar de pie en una situación como esta —dijo con firmeza, pero manteniendo la calma en su voz.

Sakane asintió con torpeza y, moviéndose lentamente, logró llegar a uno de los asientos. Se sentó, aferrándose al respaldo con fuerza. Sus ojos buscaron los de Gouhin, esperando alguna certeza.

—¿Cuánto cree que falta para que esto pase? —preguntó con temor, temblando cada vez que el barco se sacudía violentamente.

Gouhin vaciló. No tenía una respuesta certera, pero sabía que debía decir algo para calmarla.

—No creo que dure mucho más. En un rato estaremos bien —contestó con voz tranquila, aunque por dentro sabía que todo dependía de la resistencia del acorazado.

El tiempo transcurrió de forma agónica, pero finalmente el buque salió de la tormenta, adentrándose en aguas más tranquilas. Dentro, los pasajeros comenzaron a relajarse poco a poco, sintiendo cómo las sacudidas cesaban.

En otra parte del barco, María y Juno permanecían juntas, todavía asustadas. María seguía aferrada con fuerza al marco de la cama, temblando, mientras Juno intentaba recuperar la compostura.

—¿Estás bien? —preguntó Juno, su voz aún cargada de inquietud.

—Sí... pero nunca había estado en una tormenta así —respondió María, su tono débil, mientras su cuerpo seguía temblando.

Un guardia se acercó a ellas, su expresión más relajada.

—Ya pueden salir. Hemos pasado la tormenta —anunció con tono tranquilo.

—Gracias —respondió Juno, aliviada, antes de girarse hacia María—. Vamos afuera a tomar un poco de aire fresco —sugirió, extendiendo una mano para ayudarla.

—Sí... —respondió María, intentando ponerse de pie, pero sus piernas aún temblaban. Juno, viendo su dificultad, la ayudó a levantarse.

—Gracias —dijo María, agradecida, mientras lograba estabilizarse. Ambas comenzaron a caminar lentamente hacia la salida del cuarto.

Ambas salieron de su habitación y se encontraron con Gon y Else en el pasillo.

—¿Van afuera también? —preguntó Else, visiblemente afectada por el reciente temblor del barco.

Ambas asintieron al unísono.

—Bien, ¿por qué no vamos todos? Seguro que los demás también están asustados —dijo Else, tratando de calmarse.

Juntos fueron a buscar a los demás pasajeros en sus habitaciones. Una vez reunidos, salieron a cubierta acompañados por uno de los guardias. El aire estaba impregnado con el olor de la lluvia, y pequeñas gotas caían sobre ellos. Al mirar hacia la popa, todos se quedaron sorprendidos al ver las densas nubes negras que se alejaban en el horizonte. La tormenta había quedado atrás.

Fue entonces cuando Hughes apareció en la cubierta con su característica calma.

—Ya pasamos la tormenta —dijo en un tono tranquilo, observando las caras aún tensas del grupo.

—Vamos adentro. Hubo un cambio de planes —añadió Hughes, señalando hacia el interior del barco.

Aunque inquietos, todos lo siguieron. Else no podía evitar sentir una creciente desconfianza. Su mirada escudriñaba cada movimiento de Hughes, pero decidió mantener la calma y confiar, al menos por ahora.

El grupo caminó hasta llegar al puente, un espacio amplio con ventanales que ofrecían una vista panorámica del océano. Desde allí podían ver el mar agitado, aunque más tranquilo ahora que la tormenta había pasado. Hughes se detuvo en el centro de la sala y habló con serenidad:

—Bien, quiero que mantengan la calma. Tuvimos que cambiar de curso debido a la tormenta.

El ambiente se llenó de murmullos y miradas preocupadas.

—¿Entonces a dónde vamos? —preguntó Else, con un tono que revelaba su creciente escepticismo.

Hughes la miró directamente.

—Nos dirigimos al Yunque. Es una... base. Es lo más cercano que tenemos para desembarcar, ya que no podemos permanecer en mar abierto mucho tiempo.

El grupo intercambió miradas inquietas. Else frunció el ceño, incapaz de ocultar su incomodidad.

La tensión era palpable en el aire. Else había decidido reclamar, pero antes de que pudiera hacerlo, la voz autoritaria del capitán interrumpió se adelantó.

—¡Tierra! Llegamos al Yunque, señor —anunció el capitán con firmeza.

Hughes giró su atención hacia las ventanas, y todos los demás hicieron lo mismo. En la distancia, una inmensa muralla metálica se erguía como una fortaleza imponente. Sus cañones gigantes apuntaban al mar, proyectando una amenaza inconfundible. A medida que la nave avanzaba, los detalles de la muralla se hacían más claros: los cañones se desplazaban sobre rieles, y el muro estaba armado con una asombrosa cantidad de armamento pesado. Torretas antiaéreas, cañones menores y otras armas decoraban la pasarela, como un recordatorio del poderío humano.

Else y los estudiantes sintieron un escalofrío recorrer sus espinas. Era un espectáculo aterrador. Aquel muro separaba el océano del interior con una eficiencia mortífera. El silencio en la cabina fue roto abruptamente por la estática del radio.

—"Nave no identificada, confirme su identidad o abriremos fuego" —dijo una voz fría y mecánica.

Else no comprendió las palabras, al igual que muchos de los demás, pero bastó con mirar las expresiones pálidas de Elias y María para darse cuenta de que aquello no era bueno. Hughes, sin embargo, no vaciló. Tomó el radio con calma y respondió con autoridad.

—"Aquí el Ministro Hughes, a bordo del acorazado Gabriel. Abran la compuerta" —dijo, su tono firme como el acero.

Hubo un breve silencio, segundos que se sintieron eternos, hasta que el radio volvió a activarse.

—"Entendido, señor ministro" —respondió finalmente la voz, y el canal se cortó.

El rugido metálico de los mecanismos de la muralla resonó cuando la compuerta comenzó a abrirse. Todos en el barco estaban ansiosos, sus miradas oscilando entre el puerto que se revelaba frente a ellos y la gigantesca fortaleza que los rodeaba. El Gabriel se adentró lentamente en el puerto, sus motores rugiendo al maniobrar.

El lugar era inmenso, una colmena de actividad. Edificios industriales y hangares se alzaban por doquier, repletos de soldados y vehículos. Las tropas se movían como engranajes en una maquinaria perfectamente aceitada. Más allá, una segunda muralla aún más imponente se levantaba, armada con baterías de artillería pesada y ametralladoras. La visión de aquel despliegue de fuerza heló la sangre de Else, Gon y los demás estudiantes.

"¿Qué pasó con los humanos? ¿Por qué tienen tanto armamento?" pensó Else, incapaz de apartar la vista de la escena.

El acorazado comenzó a atracar. Las cuerdas fueron lanzadas al puerto, para que fuera asegurado por los trabajadores. Todo el lugar estaba en silencio, expectante, mientras los trabajadores y soldados observaban la llegada del Gabriel. De repente, un contingente de soldados apareció en formación. Portaban ametralladoras MG42 adaptadas para ser llevadas con ambas manos, y sus cuerpos estaban protegidos por armaduras blindadas de diseño robusto. Cada uno llevaba cascos negros con máscaras en forma de cráneo, los ojos brillando con un rojo ominoso con una capa pequeña en su hombro que representaba su division.

Eran quince por fila, y rodearon el acorazado en un movimiento sincronizado, apuntando hacia la pasarela y el puente, la pasarela comenzaba a descender lentamente. El silencio se volvió casi opresivo. Los estudiantes no podían apartar la mirada de aquellos soldados, cuya apariencia era como un recordatorio viviente de viejas heridas.

El ambientede calma era solo el preludio de algo mucho más grande, el barco estaba cargado de tensión. Else sintió cómo sus músculos se tensaban, reflejando el estado de todos los presentes. Hughes, notando el nerviosismo, trató de calmarlos.

—Tranquilos. Bajaremos, y ustedes estarán detrás de mí. Yo hablaré con ellos —dijo Hughes con un tono firme, pero su intento de tranquilizarlos no logró más que incrementar su inquietud.

Desde el puente, Else, Gon y los estudiantes se movían apenas, como si el miedo los hubiera anclado en el lugar. Sin embargo, finalmente siguieron a Hughes hasta la salida, donde Geruft, Mei y un grupo de soldados ya los esperaban. Hughes los observó con seriedad antes de volver su atención a Else.

—Embajadora Else, sé que está asustada, pero le pido que confíe en mí. No harán nada —dijo Hughes, su voz tranquila pero cargada de determinación.

Else asintió lentamente, con la garganta seca, mientras trataba de encontrar palabras.

—S-s-sí, lo haré —respondió tartamudeando, su voz apenas audible.

—Bien, vamos —ordenó Hughes, tomando la iniciativa.

El grupo comenzó a avanzar. Hughes lideraba, seguido de Else y Gon, con Mei y Geruft cuidando la retaguardia. Detrás de ellos iban los estudiantes, sus pasos nerviosos resonando en la estructura metálica, mientras los soldados de Hughes cerraban la formación. La pasarela que conectaba el barco con el puerto parecía interminable, y cada paso hacía que el miedo creciera.

Al llegar a la mitad, un grito desgarrador rompió el silencio.

—"¡Bestias!" —vociferó uno de los soldados en el puerto, alarmado al verlos.

El caos se desató de inmediato. Los soldados en el puerto comenzaron a moverse rápidamente, tomando sus armas y apuntándoles sin titubear. Los que rodeaban el buque también reaccionaron, centrando su atención en el grupo que descendía por la pasarela. A pesar de la presencia de Hughes, la tensión era tangible.

Else podía sentir las miras de innumerables armas fijas en ellos. Su respiración se tornó errática, y un temblor incontrolable recorrió su cuerpo. Gon, a su lado, compartía la misma sensación; estaba seguro de que sería su último día con vida. Los estudiantes apenas se atrevían a mirar alrededor, tragando saliva mientras luchaban por mantener la compostura.

De repente, un sonido diferente rompió el silencio: pasos firmes, resonando con un ritmo autoritario. Las botas de alguien se aproximaban desde detrás de los soldados en el puerto. Los hombres se apartaron rápidamente, formando un camino para una mujer que emergió con una presencia imponente.

Su uniforme, similar al de Hughes pero en gris con bordados rojos, estaba adornado con medallas relucientes. Su gabardina negra, decorada con hombreras doradas, ondeaba ligeramente al ritmo de su caminar. Su gorra militar llevaba una insignia que brillaba bajo el sol. Sus ojos miel, fríos y calculadores, parecían penetrar en el alma de quien se cruzara con su mirada. Su cabello rubio caía como un río dorado, y aunque su altura no era mayor que la de Jack, su porte la hacía parecer gigantesca.


estoy revisando el capitulo para editar hay cambios minimos