Capítulo 17: Nuevas promesas.

Habían pasado unas horas desde la confesión de Izumi. Afuera, la ciudad se cubría poco a poco con un manto blanco mientras la primera nevada de la temporada caía con suavidad. En la habitación de Takuya, la luz tenue de la lámpara proyectaba sombras cálidas sobre las paredes, creando una atmósfera íntima y acogedora.

Ambos estaban recostados sobre la cama, abrazados en silencio. Takuya la sostenía con firmeza, como si temiera que, si la soltaba, todo desaparecería como un sueño efímero. Su mentón descansaba sobre la cabeza de Izumi, sintiendo la suavidad de su cabello y el aroma dulce que siempre lo había reconfortado.

Izumi escuchaba los latidos de su corazón, sintiendo la calidez de su cuerpo. No necesitaban palabras en ese momento, pero Takuya sabía que había algo que debía decir, algo que había guardado por mucho tiempo y que ahora, por primera vez, sentía que podía compartir.

—Izumi… —murmuró, rompiendo el silencio.

—¿Hmm? —Ella levantó un poco la cabeza para mirarlo, con los ojos brillando bajo la luz tenue.

Takuya tragó saliva, intentando ordenar sus pensamientos. No quería arruinar el momento, pero tampoco podía callar más.

—Quiero pedirte perdón —dijo al fin, con voz firme pero cargada de emoción.

Izumi parpadeó, sorprendida.

—¿Perdón? ¿Por qué?

Takuya desvió la mirada hacia la ventana, observando cómo los copos de nieve caían lentamente. Su mandíbula se tensó antes de volver a mirarla.

—Por lo que pasó hace unos años atrás, cuando empezamos a salir… por ese maldito beso con esa chica.

Izumi sintió su pecho apretarse un poco. No había esperado que Takuya mencionara eso, no ahora.

—En ese entonces —continuó él—, realmente pensé que habías exagerado al terminar conmigo por eso. Creí que estaba bien, que no era la gran cosa porque no significó nada para mí… pero ahora lo veo diferente. —Suspiró y bajó la mirada—. Ahora entiendo que lo arruiné. No solo te lastimé, sino que rompí la confianza que apenas estábamos construyendo. Y, para ser honesto, me comporté como un imbécil.

Izumi no dijo nada de inmediato. Se limitó a mirarlo con atención, observando el remordimiento en sus ojos.

—Me dejé llevar por la popularidad, por la atención que recibía en la preparatoria. Disfrutaba ser el centro de todo, y en el proceso, descuidé lo que realmente importaba. Tú importabas… y yo fui un idiota que no supo verlo a tiempo.

Izumi bajó la mirada, sus dedos jugueteando con el borde de la manta.

—Takuya… eso es parte del pasado. Lo superé hace mucho —dijo con suavidad—. Si hubiera decidido seguir a tu lado en ese momento, nuestra relación se habría vuelto tóxica.

Takuya la miró con el ceño ligeramente fruncido. —¿Por qué dices eso?

—Porque no confiaba en ti —confesó sin rodeos—. Tal vez te perdoné en su momento, pero en el fondo seguía con miedo. Tenía el temor constante de que lo volvieras a hacer, de que cualquier chica pudiera aparecer y…

Se interrumpió, dejando escapar un suspiro.

—No quería vivir con esa inseguridad. No quería convertirme en alguien que revisara tu teléfono, que dudara de cada palabra tuya o que sufriera cada vez que no estuvieras conmigo. Yo no deseaba eso… tampoco quería terminar contigo ni perderte como amigo, pero en ese momento era lo mejor.

Takuya sintió un nudo en la garganta. Entendía cada palabra que decía, pero saber que su inmadurez había causado todo eso lo hacía sentirse aún peor.

—Por eso me alejé —continuó Izumi—. Necesitaba sanar… pero nunca imaginé que terminaría enamorándome de Yutaka.

Su voz se entrecortó al mencionar ese nombre. Takuya sintió cómo su cuerpo se tensaba al instante.

Izumi lo notó. Era inevitable. Desde la muerte de Yutaka, cada vez que su nombre surgía en una conversación, el ambiente entre ellos cambiaba.

—Yo… lo amé con todo mi corazón —dijo en un susurro—. Me enseñó lo que era el amor… lo que significaba confiar en alguien sin miedo. Su partida fue… devastadora para mí.

Takuya cerró los ojos por un momento, intentando calmar la sensación opresiva en su pecho. Nunca se lo había dicho, pero había noches en las que se preguntaba qué habría pasado si Yutaka no hubiera fallecido. ¿Izumi seguiría con él? ¿Habría tenido siquiera una oportunidad de estar donde estaba ahora?

—Sufrí mucho su pérdida… pero ahora siento que estoy lista para seguir adelante —continuó ella, su voz temblando levemente—. Y más aún contigo.

Takuya levantó la mirada y la encontró con los ojos llenos de sinceridad.

—Tú estuviste ahí para mí cuando más lo necesité. Me apoyaste, me cuidaste… y aunque al principio pensé que nunca volvería a sentir algo por alguien, me di cuenta de que mi corazón siempre tuvo un lugar especial para ti.

El castaño sintió su corazón acelerarse.

Izumi le sonrió con dulzura y, con un pequeño destello de picardía en los ojos, añadió con una risa ligera: —Después de todo, tú fuiste mi primer amor.

Takuya sintió su rostro calentarse. —¿Eh?

—Mi primera ilusión —continuó, riendo—. En su momento, creí que estaríamos juntos para siempre.

Takuya la miró fingiendo indignación. —¿Y ahora ya no lo crees?

Izumi fingió pensarlo, llevándose un dedo a los labios. —Mmm… eso depende de ti.

Takuya la sostuvo con más fuerza, mirándola con una determinación que hizo que el pecho de Izumi se encogiera.

—Izumi… esta vez, voy a hacer las cosas bien. Te lo prometo. No voy a hacer nada que dañe tu confianza otra vez. No voy a cometer los mismos errores.

Ella lo miró en silencio por un momento, sintiendo la sinceridad en sus palabras. Luego, con una sonrisa suave, deslizó su mano sobre la mejilla de Takuya. —Y yo te prometo que pondré todo de mí para enamorarme de ti.

Takuya abrió los ojos sorprendido. —¿Izumi…?

—Voy a abrir mi corazón para ti —susurró—. No quiero vivir en el pasado. Quiero rehacer mi vida y que sea contigo.

Takuya sintió que el aire abandonaba sus pulmones por un instante, pero luego, sin pensarlo más, la besó con toda la emoción que tenía dentro.

Afuera, la nieve seguía cayendo, pero dentro de esa habitación, dos corazones que habían estado rotos comenzaban a sanar juntos.

La noche siguió transcurriendo entre risas, recuerdos y caricias contenidas. Después de la conversación en la habitación, ni Takuya ni Izumi querían separarse, como si soltar al otro significara romper el frágil equilibrio que acababan de recuperar. Él insistió en que se quedara a dormir, asegurándole que no esperaba nada más que su compañía.

Izumi dudó al principio, pero al ver la forma en que Takuya la miraba—con una mezcla de ternura, necesidad y un anhelo profundo—no pudo negarse.

Se quedaron juntos en la cama, abrazados, compartiendo besos suaves y caricias tímidas que hablaban más que cualquier palabra. No hubo urgencia, ni prisa, solo el deseo de disfrutar ese momento. En algún punto de la madrugada, entre susurros y risas, se quedaron dormidos, envueltos en la calidez del otro.

Ahora, el sol de la mañana filtraba su luz a través de las cortinas, llenando la habitación con una calidez dorada. Takuya, aún sumido en el letargo del sueño, estiró una mano en busca de Izumi, esperando encontrar su cuerpo junto al suyo. Pero en su lugar, solo sintió el espacio vacío y el leve frío de las sábanas desordenadas.

Frunció el ceño, todavía con los ojos cerrados, y murmuró con voz ronca:

—Izumi…

No obtuvo respuesta.

Parpadeó lentamente, despertando por completo, y se incorporó en la cama. Miró alrededor de la habitación, con la esperanza de verla aún allí, pero estaba solo.

Justo cuando el desconcierto empezaba a instalarse en su pecho, un aroma familiar llegó hasta él: café recién hecho.

Takuya sonrió con suavidad, pasó una mano por su cabello desordenado y se levantó, tirando de la camiseta que estaba en el respaldo de la silla para ponérsela mientras salía de la habitación.

Al llegar a la cocina, la encontró de espaldas a él, vestida con una de sus camisas, que le quedaba algo grande y caía holgadamente sobre sus muslos. Se movía con soltura, terminando de colocar el desayuno en la mesa con una tranquilidad que lo hizo sonreír.

Se apoyó en el marco de la puerta y la observó por un momento, grabando la imagen en su memoria. Se veía hermosa así, tan natural, como si esa escena siempre hubiera estado destinada a ocurrir.

—¿Desde cuándo sabes cocinar? —preguntó con una sonrisa divertida.

Izumi dio un pequeño respingo y volteó hacia él, con una taza de café en la mano. —¡Oh! No te escuché levantarte —respondió con una risa nerviosa—. Y sobre lo de cocinar… no es nada del otro mundo, solo tostadas y café.

Takuya caminó hacia la mesa y tomó asiento, observándola con detenimiento. —De todas formas, se siente bien despertar y que alguien me prepare el desayuno.

Izumi rodó los ojos con una sonrisa mientras le pasaba una taza de café. —No te acostumbres.

Takuya tomó un sorbo, cerrando los ojos por un instante mientras saboreaba el café caliente. —Perfecto.

Izumi se sentó frente a él y empezó a untar mermelada en una tostada. —Hoy tienes entrenamiento, ¿verdad?

Takuya hizo una mueca, apoyando la cabeza en una mano con fingido dramatismo. —Sí… pero preferiría quedarme contigo.

Izumi soltó una risa suave y le dio un leve golpe en la mano con la suya. —Lo mismo digo, pero también tengo que trabajar. Hoy tengo una sesión de fotos para una marca de perfume.

Takuya arqueó una ceja con curiosidad. —¿Perfume? Suena elegante.

—Lo es —asintió ella—. Es una campaña importante, así que debo estar al cien.

Takuya dejó la taza sobre la mesa y suspiró, jugando con el asa entre sus dedos. Luego, sin levantar la vista, dijo con voz firme: —Voy a dejar a Kanna.

Izumi se detuvo a medio camino de llevarse la tostada a la boca y lo miró, sorprendida por la declaración repentina. —¿Eh?

Takuya levantó la vista y sostuvo su mirada con seriedad. —Es lo correcto. No quiero jugar con ella, no quiero seguir con algo que no tiene sentido. Si quiero empezar bien contigo, tengo que hacerlo de la mejor manera posible.

Izumi apartó la vista por un momento, procesando sus palabras. —¿Cómo crees que se lo tomará?

Takuya se encogió de hombros y pasó una mano por su cabello. —No lo sé… pero ese ya no es mi problema. No debí haber empezado algo cuando mi corazón aún estaba contigo.

Izumi asintió lentamente y tomó un sorbo de su café antes de hablar. —Yo haré lo mismo con John.

Takuya frunció el ceño al escuchar ese nombre. —¿John?

Izumi dejó su taza sobre la mesa y lo miró con sinceridad. —Voy a romper el trato que teníamos. No quiero seguir con eso, no cuando ahora estoy contigo.

Takuya la miró fijamente, su mandíbula apretándose con molestia. —Bueno… supongo que de tu parte no habrá problema, ¿verdad? Porque según tú, John no siente nada por ti, solo era… ¿contención?

Izumi mordió su labio y bajó la mirada. —Sí, eso era —respondió en voz baja—. Ninguno de los dos buscaba amor, solo compañía.

Takuya apartó la vista, sintiendo un nudo en el estómago. —No me gusta —admitió en voz baja.

Izumi suspiró y alargó su mano para tomar la de él. —Eso ya quedó atrás, Takuya. Ahora lo único que importa eres tú.

Takuya la miró y su expresión se suavizó al sentir el calor de su piel. —¿Aún vas a seguir viéndolo?

Izumi asintió. —Sí. A pesar de todo, sigue siendo mi representante.

Takuya chasqueó la lengua. —No me gusta —repitió con fastidio.

Izumi sonrió y entrelazó sus dedos con los de él. —¿Estás celoso?

Takuya soltó una risa seca y desvió la mirada. —No.

—Lo estás —respondió ella, divertida.

—Izumi…

Ella apretó su mano con ternura.—Tienes que confiar en mí.

Takuya suspiró y la miró fijamente antes de sonreír de lado. —Lo haré… pero si ese tipo se pasa de la raya, voy a matarlo.

Izumi rió y negó con la cabeza.—Típico de ti.

Takuya la miró con ternura y, sin pensarlo demasiado, llevó su mano a su mejilla, acariciándola suavemente con el pulgar.

—Gracias por quedarte anoche.

Izumi cerró los ojos y sonrió.—Siempre.

Y en ese instante, en la calidez de su toque, Takuya supo que no había mejor forma de empezar de nuevo.

Mientras tanto, en el hospital de Shibuya nunca dormía. Desde el amanecer, los pasillos estaban llenos de pacientes, médicos y enfermeras en constante movimiento. Sin embargo, la cafetería ofrecía un pequeño respiro del caos.

Ayemi y Akemi, ambas enfermeras del hospital, estaban desayunando en una de las mesas junto a la ventana. La bandeja de Ayemi tenía solo una taza de café negro, mientras que Akemi disfrutaba de un sándwich y jugo de naranja.

Akemi era una mujer enérgica y bromista, con una sonrisa que rara vez desaparecía de su rostro. De estatura media, su cabello castaño siempre estaba recogido en una coleta desordenada, y sus ojos avellana brillaban con picardía. Era conocida por su sentido del humor y su talento para hacer que cualquiera se sincerara sin darse cuenta.

—Mmm… este sándwich está buenísimo —murmuró con la boca llena, señalándolo con entusiasmo—. Seguro que después de esto sobrevivo al turno de la tarde.

Ayemi sonrió levemente, removiendo su café sin mucho interés. —Qué suerte. Yo ni hambre tengo.

Akemi la observó con una ceja arqueada. —¿Y eso? ¿Te peleaste con alguien?

Ayemi suspiró y apoyó un codo en la mesa. —Algo así…

Akemi dejó su sándwich en el plato y la miró con atención. —A ver, suéltalo.

Ayemi dudó un momento antes de hablar. —Es sobre los gemelos.

Akemi parpadeó antes de soltar una sonrisa divertida. —Oh, ¿los chicos guapos? ¿Qué pasa con ellos? ¿Te hicieron algo?

Ayemi tomó aire y luego lo soltó pesadamente. —No exactamente. Es solo que… Kouichi está aquí, en el hospital, como residente. Nos hemos cruzado varias veces y… es imposible no notar lo diferentes que son.

—¿En qué sentido?

—Kouji es más frío, más serio, siempre parece que está a la defensiva. Kouichi, en cambio, es todo lo contrario. Es cálido, atento, tiene una paciencia infinita con los pacientes. Parecen polos opuestos, pero al mismo tiempo…

Akemi entrecerró los ojos con una sonrisa. —Te gustan ambos.

Ayemi la miró con fastidio. —No es tan simple.

—¿No?

Ayemi apretó los labios y miró su café, como si tratara de encontrar las palabras correctas. —Sé que ambos están sintiendo algo por mí. Lo noto en la forma en que me miran, en cómo actúan cuando están conmigo. Y eso me molesta, Akemi.

Akemi frunció el ceño. —¿Por qué?

—Porque no quiero ser ningún trofeo. No quiero ser la razón por la que dos hermanos terminen peleando entre ellos.

Akemi asintió lentamente, comprendiendo la situación. —Lo entiendo… no quieres hacer daño a ninguno.

—Exacto —respondió Ayemi, frustrada—. Pero al mismo tiempo, no puedo ignorar que me siento… confundida.

Akemi la observó por un momento y luego sonrió de lado. —Entonces, lo que tienes que hacer es aclarar tus sentimientos antes de que esto se vuelva un lío. Así no lástimas a ninguno y ni a ti misma.

Ayemi apoyó la barbilla en su mano, pensativa. —¿Y cómo se supone que haga eso?

Akemi chasqueó la lengua y se encogió de hombros. —Bueno, podrías salir con los dos y ver cuál te gusta más.

Ayemi la miró con los ojos entrecerrados. —Akemi…

Akemi soltó una carcajada. —¡Es broma! Relájate. Aunque bueno, si lo piensas bien, la elección es fácil… definitivamente Kouji.

Ayemi frunció el ceño, sorprendida por su comentario. —¿Qué?

—Vamos, todos sabemos que Kouji es más guapo —bromeó Akemi, dándole un codazo—. Tiene ese aire misterioso y rudo que lo hace más interesante.

Ayemi parpadeó un par de veces antes de soltar una carcajada. —¡Akemi!

—¿Qué? Solo digo la verdad. Además, te pusiste más tensa cuando hablaste de él.

Ayemi la miró con una mezcla de incredulidad y diversión. —Eres imposible.

—Lo sé, por eso me amas.

Ambas rieron, y aunque Ayemi seguía teniendo muchas dudas en su mente, al menos por un momento pudo olvidarse de ellas.

Unos minutos más tarde. Después de su conversación con Akemi, Ayemi suspiró profundamente y tomó su café antes de ponerse de pie. Aún tenía un largo turno por delante, así que decidió volver a su piso para continuar con su trabajo.

Mientras caminaba por los pasillos del hospital, sus pensamientos seguían enredados en la conversación. ¿Cómo podía aclarar sus sentimientos cuando cada vez que pensaba que tenía una respuesta, algo la hacía dudar?

Cuando pasó cerca del piso de pediatría, una voz familiar la detuvo en seco.

—¿Sabes? Creo que los superhéroes de los cuentos también necesitan descansar a veces. Si no, se quedarían sin energía para seguir salvando el mundo.

Ayemi parpadeó y giró la cabeza hacia la dirección de la voz. Reconoció de inmediato a Kouichi. Con cautela, se acercó al umbral de la puerta de una de las habitaciones y se escondió parcialmente detrás del marco, asomándose lo suficiente para ver lo que ocurría dentro.

Kouichi estaba sentado junto a la cama de un pequeño paciente de seis años. El niño tenía la cabeza cubierta con una gorra azul y sostenía un peluche de un león entre sus brazos. Sus ojos reflejaban cansancio, pero también una chispa de ilusión al escuchar las palabras de Kouichi.

—¿Entonces los superhéroes también duermen? —preguntó el niño con voz débil, abrazando su peluche con fuerza.

Kouichi sonrió con ternura y apoyó un codo en la baranda de la cama, inclinando levemente la cabeza para estar a su altura. —Por supuesto. Hasta los más fuertes necesitan descansar para volverse más poderosos. ¿Sabes qué más hacen los superhéroes?

El niño lo miró con curiosidad y negó con la cabeza.

—Se preparan para sus misiones —continuó Kouichi con voz suave—. A veces, sus trajes necesitan algunos arreglos, como cuando Iron Man mejora su armadura o cuando Batman repara su cinturón de herramientas.

Los ojos del niño brillaron con interés. —¿Yo también tengo un traje?

—¡Claro que sí! —Kouichi le dio un leve toque en el pecho, justo donde latía su corazón—. Y justo aquí dentro tienes el motor que te da toda tu energía. Pero a veces, incluso los motores más fuertes necesitan una pequeña revisión para seguir funcionando al máximo.

El niño bajó la mirada hacia su pecho, pensativo. —¿Y quién lo arregla?

—Un equipo de súper expertos —respondió Kouichi con entusiasmo—. Son como los mejores ingenieros de superhéroes. Saben exactamente qué hacer para que tu motor funcione aún mejor.

El niño frunció el ceño con una mezcla de duda y curiosidad. —¿Dolerá?

Kouichi negó con la cabeza y le sonrió con calma. —No sentirás nada, porque te pondrán a dormir con una poción especial, como cuando los astronautas se preparan para un gran viaje. Cuando despiertes, tu corazón estará más fuerte y listo para nuevas aventuras.

El niño abrió mucho los ojos. —¿Como un astronauta?

—Exactamente. Es como si fueras en una misión espacial y, cuando regreses, estarás más poderoso que nunca.

El niño sonrió tímidamente y apretó su peluche contra su pecho. —Entonces… ¿cuando despierte seré más fuerte?

Kouichi asintió con cariño. —Mucho más. Pero recuerda, incluso los héroes más grandes piden ayuda cuando la necesitan. Si alguna vez te sientes cansado o triste, aquí estaremos para apoyarte, ¿de acuerdo?

El niño lo miró fijamente por un momento y luego asintió con determinación. —¡De acuerdo!

Kouichi revolvió con suavidad su cabello y le guiñó un ojo. —Esa es la actitud de un verdadero héroe.

Ayemi sintió su corazón dar un vuelco. Ver a Kouichi en ese momento, tan paciente y comprensivo con su pequeño paciente, la desarmó por completo. Sabía que él era amable, pero nunca lo había visto con esa calidez tan genuina.

Su pecho se llenó de una sensación cálida y, sin darse cuenta, su rostro empezó a arder.

¿Desde cuándo lo miro así?

El Kouichi que tenía frente a ella no era solo el hermano gemelo de Kouji. No era una sombra de nadie. Era su propia persona… y, admitiéndolo o no, la estaba afectando más de lo que pensaba.

Tragó saliva y dio un paso hacia atrás, alejándose con cuidado para que no la descubrieran.

Necesitaba volver al trabajo, pero su corazón seguía latiendo más rápido de lo normal.

Más tarde ese día. El entrenamiento estaba por terminar, y la luz anaranjada del atardecer comenzaba a teñir el cielo. Takuya, aún en la cancha, conversaba con algunos de sus compañeros mientras estiraban los músculos tras la intensa práctica.

Justo cuando estaba a punto de agacharse para tocar la punta de sus pies, un movimiento en la entrada del campo llamó su atención.

Kanna acababa de llegar.

Su cabello castaño se balanceaba suavemente con la brisa mientras se acercaba con una sonrisa radiante. Sus ojos brillaban con entusiasmo al verlo, y sin dudarlo, le lanzó un beso en el aire.

Takuya sintió un nudo en el estómago.

Intentó devolverle la sonrisa, pero solo logró hacer una mueca nerviosa.

Que todo salga bien... pensó mientras pasaba una mano por su cabello, deseando que la conversación con ella fuera más fácil de lo que imaginaba.

Unos minutos después, Takuya caminaba hacia los vestuarios con la toalla colgada en el cuello, listo para darse una ducha antes de buscar a Kanna.

Pero no tuvo oportunidad de hacerlo.

Antes de que pudiera reaccionar, sintió una figura lanzarse sobre él, y en cuestión de segundos, Kanna tenía sus manos en su rostro, atrapándolo en un beso inesperado.

Su cuerpo se tensó. No correspondió al beso.

En cambio, sus manos quedaron a los costados de su cuerpo, sin saber qué hacer, mientras un profundo malestar se instalaba en su pecho.

Kanna se separó ligeramente y lo miró, confundida. —¿Qué pasa? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Por qué estás tan raro?

Takuya respiró hondo, sintiendo su corazón latir con fuerza por los nervios.

—Necesito hablar contigo… pero en un lugar más privado —dijo, intentando mantener la calma.

La expresión de Kanna cambió al instante. Cruzó los brazos y lo miró con una mezcla de molestia y desconfianza.

—No —respondió con firmeza—. Si tienes algo que decirme, dilo ahora.

Takuya apretó la mandíbula.

—Está bien… —inhaló profundamente, reuniendo el valor necesario—. Kanna, lo nuestro tiene que terminar.

Los ojos de la chica se entrecerraron.

—¿Qué?

—No quiero seguir engañándome… ni engañándote a ti —dijo con sinceridad—. No siento nada, Kanna.

Kanna sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su pecho se oprimió con una mezcla de incredulidad y rabia mientras sus uñas se clavaban en la palma de sus manos.

Dolor. Orgullo herido. Despecho.

Todo se arremolinó dentro de ella como un huracán mientras miraba a Takuya, esperando—deseando—que dijera que era una broma. Pero la seriedad en sus ojos le confirmó que no había vuelta atrás.

Un calor abrasador subió por su garganta, quemándole la lengua con palabras que no debía decir. Se mordió el labio con fuerza, intentando contener el temblor en su voz, pero al final no pudo evitar soltar una risa amarga.

—Es por ella, ¿no?

Su propia voz le sonó extraña, como si viniera de alguien más. Sentía un vacío en el estómago, pero al mismo tiempo, una ira punzante se aferraba a su pecho. ¿Cómo podía desecharla tan fácil? ¿Cómo podía dejarla por esa maldita chica?

Los celos y la humillación la sofocaron. Kanna sintió ganas de gritar, de hacer que él sintiera al menos una fracción del dolor que la atravesaba en ese momento. Pero en lugar de eso, levantó el mentón con altivez, fingiendo una seguridad que no sentía.

Si Takuya creía que podía simplemente dejarla y seguir adelante sin consecuencias, estaba muy equivocado.

Takuya sintió un escalofrío recorrer su espalda. Se llevó una mano a la nuca, incómodo, lo que solo sirvió como confirmación para Kanna.

—Sí… —murmuró ella con desprecio—. Es por Izumi.

El joven alzó la vista, sorprendido por el tono de su voz. —No es así…

—¡Claro que lo es! —exclamó, fulminándolo con la mirada—. Me estás dejando por una mujer que no te quiere.

Takuya apretó los puños. —Izumi sí me quiere.

Kanna dejó escapar una carcajada seca. —Te quiere como amigo. Pero sigues ciego. Sigues aferrándote a alguien que jamás dejará de amar a su ex prometido muerto.

Takuya sintió un leve golpe en el pecho al escuchar esas palabras. —No tienes idea de lo que dices —espetó, intentando controlar su enojo.

Kanna lo miró con una mezcla de furia y lástima. —¿De verdad no lo ves? —su voz se tornó más suave, pero también más venenosa—. Izumi nunca va a superar a Yutaka. Él siempre será su amor, y tú… tú solo eres su segunda opción.

Las palabras de Kanna golpearon más fuerte de lo que Takuya esperaba. Intentó responder, pero su garganta se secó.

Kanna lo miró un momento más, disfrutando del silencio que había logrado imponer en él. —Eres un idiota si crees que algún día te va a amar como lo amó a él —susurró con desprecio

Takuya sintió su mandíbula tensarse. Quería ignorar las palabras de Kanna, quería creer que no tenían peso en su mente, pero el veneno ya estaba ahí, filtrándose en su corazón.

Kanna, al ver su silencio, supo que había tocado un punto débil y decidió ir más allá. —¿Sabes qué es lo peor de todo? —dijo con una sonrisa amarga—. Ni siquiera como amante te eligió.

Los ojos de Takuya se abrieron un poco, y Kanna aprovechó la grieta en su seguridad para continuar.

—Cuando se sintió sola, ¿a quién buscó? A John. No a ti.

Takuya sintió un latido fuerte y errático en su pecho. —Eso no tiene nada que ver… —murmuró, pero su voz carecía de firmeza.

—¿No? —Kanna rió con burla—. Dime entonces, ¿por qué no fuiste tú? Si tanto dice que te quiere, si eres tan especial para ella, ¿por qué eligió a otro en lugar de correr a tus brazos?

Takuya desvió la mirada.

Sabía lo que Izumi le había dicho. Sabía que ella estaba confundida, que había sido un error, que no significaba nada… Pero Kanna estaba despertando un miedo que había intentado enterrar.

—Izumi… no es así —intentó decir, pero Kanna no lo dejó terminar.

—Claro que lo es. Izumi te quiere a su lado, pero no porque te ame, sino porque le gusta que siempre estés a sus pies.

Takuya sintió como si le hubieran dado un golpe en el estómago.

—Ella…

—Admítelo, Takuya. Izumi nunca te ha valorado realmente. Siempre ha sabido que estarías ahí para ella, sin importar lo que hiciera. Y si en algún momento de verdad se enamora de ti, ¿cuánto crees que le tome compararte con Yutaka?

El nombre de Yutaka resonó en su mente como un eco molesto.

—Tú solo eres un sustituto —continuó Kanna, dando un paso más cerca de él—. Un consuelo. ¿De verdad crees que algún día te va a amar como lo amó a él?

Takuya no podía seguir escuchando eso.

La rabia y la confusión se mezclaron en su interior, creando una tormenta insoportable. —Ya basta, Kanna.

Dio media vuelta, decidido a marcharse antes de que esas palabras lo afectaran más de lo que ya lo habían hecho.

Pero Kanna no había terminado.

Se quedó de pie, viéndolo alejarse, con los puños apretados y la respiración agitada.

Dolida. Furiosa.

¿Cómo podía elegir a Izumi en lugar de a ella?

Apretó los dientes, sintiendo cómo la ira se convertía en una determinación retorcida.

—Si crees que me voy a quedar de brazos cruzados… —susurró con amargura—. Haré lo que sea para que seas mío, Takuya.

Su mirada oscurecida se clavó en la espalda del joven mientras desaparecía en el vestuario.

Lo que sea.

Mientras tanto, Ayemi ajustó su bufanda con movimientos rápidos mientras salía del hospital. La brisa helada de la noche le rozó el rostro, y un escalofrío recorrió su cuerpo. La nieve comenzaba a caer con más intensidad, cubriendo las calles con un manto blanco.

Suspiró, disfrutando por un momento de la quietud del invierno, hasta que una voz familiar la llamó desde la entrada.

—Ayemi…

Se detuvo en seco.

Alzó la vista y allí estaba Kouji, de pie junto a la salida, con una pequeña bolsa de regalo en la mano.

Su corazón dio un brinco.

No esperaba verlo ahí.

Dudó en acercarse. Su relación con los gemelos era complicada y cada vez más confusa. Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Kouji, algo en su pecho se apretó.

Había calidez en su mirada, pero también un dejo de nerviosismo que la hizo sentir vulnerable.

Decidió avanzar.

—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó, con un tono más suave de lo que había planeado.

Kouji desvió la mirada un instante, como si buscara las palabras correctas, y luego, con las mejillas levemente sonrojadas, extendió la bolsa hacia ella.

—Esto es para ti.

Ayemi frunció el ceño, sorprendida. —¿Eh?

—Solo… ábrelo.

Tomó la bolsa con cierto recelo, pero la curiosidad le ganó. Abrió el envoltorio con cuidado, y cuando sus dedos rozaron la superficie de la caja en su interior, sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Era una caja musical.

Sus manos temblaron un poco al sacarla y abrirla con delicadeza. En su interior, una pequeña bailarina giraba con gracia al compás de una melodía familiar. Su canción favorita.

Los recuerdos de su infancia golpearon su mente con fuerza. Los días en los que se sentaba a ver la bailarina girar una y otra vez… hasta que un día, la caja cayó al suelo y se rompió. Su tesoro más preciado había desaparecido para siempre.

O eso creyó.

—¿C-cómo sabías…? —susurró, sin poder ocultar la emoción en su voz.

Kouji se cruzó de brazos, desviando la mirada con cierto aire de incomodidad, aunque en su rostro había una pequeña sonrisa.

—Hace tiempo, me contaste que de niña amabas el ballet y que tuviste una caja musical como esta… pero se rompió. Dijiste que era tu mayor tesoro y que nunca volviste a tener una.

Ayemi parpadeó, sorprendida. No recordaba haberle contado eso.

No recordaba siquiera cuándo lo había mencionado.

Pero él sí.

Él lo recordó.

Se quedó en silencio, mirando la caja con una mezcla de asombro y calidez en el pecho.

—Kouji… —susurró su nombre sin darse cuenta, y cuando levantó la vista, lo encontró observándola con atención.

Su corazón latió con fuerza.

Nunca había imaginado que alguien pudiera recordar algo tan pequeño, tan insignificante… pero para ella significaba el mundo.

Kouji desvió la mirada, notoriamente incómodo por la intensidad del momento. —No es gran cosa… solo pensé que te gustaría.

Ayemi cerró la caja con cuidado, sujetándola contra su pecho. —Me encanta… —dijo, con una sonrisa genuina—. De verdad, gracias.

Kouji carraspeó, claramente intentando ocultar su propio sonrojo. —Bueno… me alegra.

La nieve seguía cayendo a su alrededor, cubriendo la escena con una sensación casi mágica.

Ayemi bajó la mirada, aún con la emoción latiendo en su pecho.

Tal vez… solo tal vez, Kouji no era tan frío como creía.

La música de la caja musical llenó el aire con su suave melodía, mientras la pequeña bailarina giraba con gracia bajo la atenta mirada de Ayemi.

Era imposible no sentir el calor en su pecho, la nostalgia de su infancia reviviendo con fuerza.

Kouji se mantuvo en silencio, observándola con atención, su expresión seria pero con un leve rubor en sus mejillas.

—Kouji… —su voz salió en un susurro.

Él entrecerró los ojos, como si esperara que dijera algo más.

Pero Ayemi no podía.

Porque su corazón latía con fuerza, porque su mente era un torbellino de emociones que no podía controlar.

Nunca pensó que Kouji, con su actitud reservada y distante, fuera capaz de recordar algo tan pequeño y significativo para ella.

Que se tomara el tiempo de buscar algo así… para ella.

Sintió que su rostro ardía, y, de repente, la sensación de vulnerabilidad se hizo insoportable.

—Y-yo… tengo que irme.

Cerró la caja musical con torpeza y dio un paso atrás.

Kouji frunció el ceño. —¿Por qué tan de repente?

—T-tengo cosas que hacer —dijo rápido, evitando su mirada.

Intentó alejarse, pero él reaccionó al instante, sujetando suavemente su muñeca.

—Ayemi…

Su voz sonó grave, casi como una súplica.

Ayemi sintió su pecho apretarse.

No podía quedarse ahí.

No con él mirándola de esa manera, con su corazón latiendo como loco y su mente cada vez más confusa.

Se liberó suavemente de su agarre y sin decir nada más, se giró y se marchó apresurada, sintiendo su respiración acelerada y las manos temblorosas.

Kouji se quedó de pie, con la mano aún extendida y una expresión de desconcierto en el rostro.

El frío de la noche pareció calarle más hondo.

—Con un detalle así… se nota que la quieres de verdad.

Una voz femenina interrumpió sus pensamientos.

Kouji giró la cabeza y se encontró con Akemi, quien lo observaba con una sonrisa divertida, los brazos cruzados y una mirada perspicaz.

—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó, con un ligero tono de incomodidad.

—Suficiente como para ver esa escena de película. —Akemi se acercó a él con paso ligero—. Fue un hermoso detalle… pero ella está muy confundida. Si de verdad la quieres, tienes que ser paciente.

Kouji entrecerró los ojos.—Yo no…

—Oh, vamos, Kouji —lo interrumpió, inclinándose un poco hacia él—. No tienes que decirme nada. Se nota a kilómetros.

Él se puso tenso cuando ella acortó la distancia entre ambos, acercándose peligrosamente a su rostro.

—¿Qué… qué haces? —murmuró, visiblemente incómodo.

Akemi sonrió con picardía y luego se alejó con un aire juguetón.

—Nada, solo quería ver tu reacción.

Kouji frunció el ceño, aún con un leve rubor en las mejillas.

Akemi soltó una risa ligera antes de girarse para irse, pero antes de marcharse, se volteó un poco y le guiñó un ojo.

—Kouichi tiene lo suyo… pero tú eres más guapo.

Dicho eso, se alejó con paso relajado, dejando a Kouji completamente desconcertado y con el rostro encendido por la audacia de aquella mujer.

La noche había caído sobre la ciudad, y el frío se colaba por las rendijas de las ventanas del departamento de Takuya. Afuera, las luces de los autos se reflejaban en las calles mojadas por la llovizna de la tarde. Dentro, Takuya estaba solo, sentado en el sofá con un vaso de agua en la mano, esperando la llamada de Izumi. La habían planeado con anticipación, era su noche juntos.

El celular vibró sobre la mesa y al ver su nombre en la pantalla, sonrió con suavidad antes de contestar.

—¿Izumi?

—Takuya... —Su voz sonaba algo apurada—. Perdón, pero no voy a poder verte esta noche. Se me olvidó que tenía una cena con mis padres, y además, el trabajo se atrasó más de lo esperado.

Takuya suspiró, sintiendo un ligero pinchazo de decepción, pero lo ocultó bien.

—No pasa nada. Podemos desayunar juntos mañana. Estoy por salir de vacaciones.

—Sí, me encantaría —respondió ella con ternura, y él sintió el calor de su voz atravesando la línea.

Pero antes de que pudiera contestar, escuchó otra voz en el fondo.

—Izumi, regresa, el fotógrafo ya está listo —dijo John con naturalidad.

Takuya se tensó de inmediato. Sus dedos se aferraron al vaso con más fuerza, y su mandíbula se endureció. Recordó lo que Kanna le había dicho. ¿Y si tenía razón? ¿Y si Izumi nunca llegaba a amarlo como él quería? Su expresión se oscureció.

—Takuya, ¿sigues ahí? —preguntó Izumi al notar su silencio.

—Sí… —su tono cambió drásticamente, volviéndose frío y distante—. No hay problema. Nos vemos mañana.

Izumi pareció notar su cambio de actitud.

—¿Pasa algo? Tu voz suena…

Pero antes de que pudiera seguir preguntando, Takuya cortó la llamada.

La noche avanzaba lentamente, con el frío

calando hasta los huesos. A pesar de que la calefacción estaba encendida, Takuya no podía sacudirse la sensación de escalofrío que recorría su espalda.

Después de cortar la llamada con Izumi, se quedó mirando el teléfono en su mano, inmóvil. El eco de la voz de John aún resonaba en su cabeza;

"Izumi, regresa, el fotógrafo ya está listo."

Apretó la mandíbula. Sabía que era ilógico molestarse por algo así, pero no podía evitarlo. John solo era su compañero de trabajo con el que tuvo una aventura… que ya terminó.. ¿cierto? Sin embargo, la familiaridad con la que la llamó, la naturalidad en su tono… Todo eso se enredaba en su mente, avivando algo incómodo dentro de él.

Dejó el teléfono sobre la mesa con más fuerza de la necesaria y se dejó caer en el sofá, pasándose una mano por el cabello con frustración. Trató de calmarse, pero entonces, la voz de Kanna volvió a su mente.

"Izumi nunca va a dejar de amar a Yukata. Aunque se esfuerce, aunque lo intente, su corazón seguirá perteneciendo a él. Tú eres su segunda opción."

Un nudo se formó en su estómago. ¿Era cierto? ¿Izumi solo estaba con él porque no podía estar con Yukata?

Suspiró y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, cerrando los ojos por un momento. Quería confiar en ella, pero la duda ya se había instalado.

El sonido del celular vibrando sobre la mesa lo sacó de su ensimismamiento. Parpadeó un par de veces y estiró la mano para ver el nombre en la pantalla.

—¿Estás en casa? —preguntó Kouji del otro lado de la línea.

—Sí.

—Estoy cerca. Voy para allá.

—Te espero.

Cortó la llamada y dejó el celular a un lado, exhalando pesadamente.

"Debo hacer algo. No puedo dejar que esto me consuma."

Conversaciones y Whisky

El timbre sonó poco después, y Takuya se levantó con desgana para abrir la puerta. Kouji estaba ahí, con las manos en los bolsillos de su chaqueta y una botella de whisky bajo el brazo.

—Traje algo para relajarnos —dijo con una media sonrisa, sacudiendo la botella frente a él.

Takuya rodó los ojos, pero lo dejó pasar.

—Pasa.

Kouji entró y dejó la botella sobre la mesa, luego se dejó caer en el sofá con un suspiro pesado, como si estuviera cargando el peso del mundo.

—Necesitaba esto —comentó mientras sacaba dos vasos y servía el licor sin titubear.

Takuya tomó el suyo y le dio un pequeño sorbo, sintiendo el ardor recorrer su garganta. Se recargó contra el respaldo del sofá, observando a su amigo con detenimiento.

El silencio se instaló entre ellos, hasta que Takuya finalmente habló.

—¿Cómo van las cosas con Kouichi?

Kouji bufó y apoyó un codo en su rodilla, girando el vaso en su mano con aire pensativo.

—Cada vez peor —admitió—. Intento acercarme, pero él siempre está a la defensiva. No quiero discutir con él, pero cada vez que hablamos, terminamos peleando. Vivir juntos se ha vuelto insoportable.

Takuya frunció el ceño.

—¿Vale la pena pelearte con tu hermano por una mujer?

Kouji no respondió de inmediato. Se quedó mirando el líquido ámbar en su vaso como si ahí pudiera encontrar una respuesta.

—No lo sé… —murmuró al final—. Ayemi puso distancia con los dos, pero eso solo hizo que Kouichi se obsesionara más. Él está haciendo de todo para conquistarla y yo… yo no puedo quedarme atrás. Realmente la quiero.

Takuya suspiró y dejó su vaso sobre la mesa.

—Kouji, escúchame —dijo con seriedad—. Entiendo que te guste Ayemi, pero esto no puede volverse una competencia con Kouichi.

—No es una competencia —respondió de inmediato Kouji, pero su tono sonó incierto.

Takuya arqueó una ceja.

—¿No? Porque eso parece. Si de verdad quieres a Ayemi, entonces hazlo bien. No la presiones, no te enfoques en qué está haciendo Kouichi. Pregúntate si estar con ella vale la pena si el costo es tu relación con tu hermano.

Kouji apretó los labios y apartó la mirada.

—Es que… No quiero rendirme. Si Kouichi termina ganando su corazón y yo no hice nada, me voy a arrepentir.

—¿Y si Ayemi realmente no quiere a ninguno de ustedes? —Takuya lo miró con fijeza—. ¿Y si solo está tratando de alejarse porque no quiere que sigan peleando por ella?

Kouji pasó una mano por su rostro con frustración.

—No lo sé, Takuya… Solo sé que cuando la veo, siento que quiero estar con ella.

—Entonces demuéstraselo de una forma que no destruya lo que tienes con Kouichi. Si ella realmente te quiere, no va a hacer falta pelear por ella.

Kouji dejó escapar un suspiro largo. —Supongo que tienes razón…

El silencio volvió a instalarse entre ellos, apenas interrumpido por el suave crujido del hielo derritiéndose en sus vasos. Kouji tamborileó los dedos contra el cristal antes de soltar un resoplido y reclinarse en el sofá.

—¿Y tú? ¿Cómo van las cosas con Izumi?

Takuya se tensó levemente. Sujetó su vaso con ambas manos, sintiendo el frío del whisky contra su piel. Hablar de Izumi significaba enfrentar sus propios miedos, pero Kouji era su mejor amigo. Si no podía confiar en él, ¿en quién más?

—Me buscó… —exhaló con cierta pesadez—. Me pidió una oportunidad. Dijo que abriría su corazón para enamorarse de mí.

Kouji arqueó una ceja, observándolo con interés.

—Eso suena bien. ¿Entonces por qué tienes esa cara?

Takuya bajó la mirada, girando el vaso entre sus manos. El reflejo dorado del whisky oscilaba con cada movimiento, como si su propio interior estuviera igual de revuelto.

—Porque Kanna me metió una idea en la cabeza… —murmuró, frotándose la frente con frustración.

Kouji lo miró con atención.

—¿Qué idea?

Takuya tragó saliva y soltó una risa seca.

—Dijo que Izumi nunca va a dejar de amar a Yukata. Que aunque se esfuerce, aunque lo intente, su corazón seguirá perteneciendo a él. Que yo soy su segunda opción.

Kouji chasqueó la lengua y apoyó un codo en el respaldo del sofá, cruzando una pierna sobre la otra con aire pensativo.

—Eso es una estupidez.

Takuya dejó escapar una risa amarga y apoyó un codo en su rodilla, cubriéndose la boca con la mano.

—¿Lo es? ¿Y si tiene razón?

Kouji lo observó en silencio durante unos segundos antes de sacudir la cabeza con firmeza.

—Takuya, Izumi no es así. Nunca jugaría con tus sentimientos. Si te dijo que abriría su corazón, tienes que confiar en ella. Tú y yo la conocemos desde que teníamos once años.

Takuya cerró los ojos un instante. La idea de confiar en Izumi debería ser fácil… pero el miedo seguía ahí, arraigado como una espina en su pecho.

—Quiero hacerlo. Pero… tengo miedo.

Kouji suspiró y le dio una palmada en el hombro, firme pero amigable.

—No hagas caso de las palabras de Kanna. Ella quiere herirte. Confía en Izumi y, si tienes dudas… —hizo una pausa y sonrió de lado—, haz todo lo que puedas para que se enamore de ti.

Takuya lo miró con el ceño fruncido, inclinando la cabeza con escepticismo.

—¿Cómo?

Kouji se encogió de hombros y tomó un sorbo de su whisky antes de responder.

—Llévala a citas, pasen más tiempo juntos. Haz que se divierta contigo, que te vea de otra forma.

Takuya exhaló por la nariz y negó con la cabeza.

—No quiero lo típico. Quiero algo más especial.

Kouji lo miró con una sonrisa ladeada.

—¿Quieres algo especial? Pues, amigo, el amor no es una fórmula mágica. Se trata de compartir momentos.

Takuya entrecerró los ojos.

—Lo sé, pero no quiero que esto se sienta como una tarea. Quiero que sea algo genuino, que nazca entre nosotros.

Kouji apoyó su vaso en la mesa y lo miró fijamente.

—Entonces, en lugar de enfocarte en "enamorarla", ¿por qué no te enfocas en recordarle por qué le gustabas en primer lugar?

Takuya parpadeó, procesando sus palabras. Kouji continuó.

—Las citas no son solo cenas románticas y flores. ¿Recuerdas cuando eran niños? Se reían por cualquier cosa, competían todo el tiempo, ella te retaba sin miedo… Tal vez deberías volver a eso.

Takuya frunció el ceño, sintiendo cómo las palabras de su amigo calaban hondo.

—¿Hacer que se divierta conmigo?

—Exacto. —Kouji sonrió—. Que te vea como el Takuya del que se enamoró cuando ni siquiera se había dado cuenta de que estaba enamorada.

Takuya desvió la mirada hacia la ventana, donde los copos de nieve caían en un lento vaivén. Sus dedos se deslizaron inconscientemente sobre el borde del vaso.

—¿Qué puedo hacer? —murmuró, casi para sí mismo.

Kouji rió entre dientes y tomó otro sorbo de su whisky.

—No lo sé. No soy el típico hombre romántico.

Takuya lo miró de reojo. De repente, sus ojos brillaron con una chispa de emoción, como si una idea acabara de tomar forma en su mente.

—Ya sé lo que tengo que hacer.

Kouji arqueó una ceja, inclinándose un poco hacia él.

—¿Y qué es?

Takuya sonrió con confianza, con esa seguridad suya que siempre lo caracterizaba.

—Sorpresa.

Kouji dejó escapar una carcajada, sacudiendo la cabeza.

—Solo no la asustes.

Takuya volvió la vista hacia la ventana. Afuera, la nieve seguía cayendo en un paisaje blanco e inmutable. Pero dentro de él, la decisión ya estaba tomada.

Kouji lo observó en silencio por un momento más, luego apoyó el codo en la mesa y lo miró con seriedad.

—Takuya, escucha. Si las cosas no funcionan… si al final Izumi se da cuenta de que no puede amarte como tú la amas, no te sientas mal. Y tampoco le eches la culpa a ella.

Takuya parpadeó, sorprendido por el giro en la conversación.

—¿A qué te refieres?

Kouji suspiró y giró su vaso entre las manos.

—A veces, por más que lo intentemos, algunas cosas simplemente no están destinadas a ser. No porque uno no sea suficiente, ni porque el otro sea malo. Solo… porque así es la vida.

Takuya frunció los labios, sin saber qué responder. Kouji continuó.

—Si no es Izumi, será otra mujer. Alguien que te ame como mereces, sin dudas ni miedos. Así que haz lo que tengas que hacer, pero si al final ella no te elige… prométeme que seguirás adelante.

Takuya bajó la mirada a su vaso, reflexionando sobre sus palabras. Luego, tomó aire y asintió con firmeza.

—Lo prometo.

Kouji sonrió con aprobación y levantó su vaso.

—Bien. Ahora, basta de charlas serias. Brindemos por tu plan misterioso.

Takuya sonrió de lado y chocó su vaso contra el de su amigo.

—Por mi sorpresa.

Ambos bebieron al mismo tiempo, mientras la nieve seguía cayendo afuera, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.

Mientras tanto, Tomoki llegó a casa más tarde de lo habitual. Había acompañado a Ai a su consulta con el obstetra y ahora, en sus manos, sostenía la ecografía de su bebé. Apenas tenía diez semanas, pero para él, esa pequeña imagen en blanco y negro significaba un nuevo comienzo.

Cruzó el umbral de la casa de su familia y se encontró con su padre en el pasillo, poniéndose el abrigo.

—Saldré un rato —dijo el señor Himi con voz cansada, sin mirarlo realmente.

Tomoki asintió en silencio, observándolo. Su padre se había vuelto más distante desde la muerte de Yutaka, y la relación con su madre tampoco era la misma. Había un peso constante en la casa, una tristeza que parecía haberse instalado en sus vidas y que ninguno de los tres sabía cómo enfrentar.

Suspiró y continuó avanzando, pero se detuvo al ver que la puerta de la habitación de Yutaka estaba entreabierta. Desde allí, pudo escuchar la respiración temblorosa de su madre.

Se acercó con cautela y la vio sentada en la cama, abrazada a la chaqueta de cuero que Yutaka solía usar. Su rostro estaba hundido en la tela, como si intentara aferrarse a su esencia, a un recuerdo que se desvanecía con el tiempo.

El corazón de Tomoki se oprimió. Quería hablar con ella, contarle sobre Ai y el bebé, pero la escena delante de él le dejó claro que ese no era el momento.

Cuando la señora Himi lo notó en la puerta, su expresión se endureció.

—¿Qué quieres? —preguntó con frialdad, sin soltar la chaqueta—. ¿Por qué no me dejan en paz?

Tomoki sintió un nudo en la garganta.

—No es eso, mamá… Solo quería hablar contigo.

—Si es para decirme que deje de estar aquí, ahórrate las palabras —respondió ella con dureza—. Sé que piensan que estoy obsesionada, pero esta es mi casa, mi hijo vivió aquí, y si quiero recordarlo, lo haré.

Tomoki cerró los puños, sintiendo la frustración crecer dentro de él.

—Mamá, no se trata de eso… Es que… —Se interrumpió, sintiendo la ecografía en su mano. Respiró hondo, dándose cuenta de que no podía decirlo, no ahora. No cuando su madre aún se aferraba al pasado con tanta fuerza.

Ella lo miró con ojos enrojecidos, esperando que hablara. Pero Tomoki solo negó con la cabeza.

—Olvídalo… No importa.

La señora Himi suspiró con fastidio y apartó la mirada, volviendo a hundirse en el silencio.

Tomoki entendió que esa noche, como muchas otras, su madre seguiría atrapada en su dolor. Y él, por más que quisiera, no podía sacarla de ahí.

Cuando la puerta se cerró tras Tomoki, la señora Himi dejó escapar un suspiro tembloroso y hundió aún más el rostro en la chaqueta de Yutaka.

¿Por qué no la dejaban en paz? Su esposo y su hijo seguían adelante, como si el mundo no se hubiera detenido el día que Yutaka murió. Como si su ausencia no pesara cada día en su pecho, sofocándola.

Ellos no la entendían. Pero Izumi sí.

Recordó la última pelea que tuvo con ella. Izumi le había dicho que necesitaba avanzar, que no podía seguir aferrándose solo a los recuerdos. Su voz había temblado, pero sus ojos eran firmes, decididos. Ese fue el momento en el que supo que la había perdido.

Izumi ya no estaba a su lado. No venía a la casa, no la acompañaba al cementerio, no hablaban de Yutaka juntas.

Y todo era por culpa de Takuya.

La ira se encendió en su pecho. Desde que ese chico apareció de nuevo en la vida de Izumi, ella había cambiado. Se alejaba más y más, como si quisiera olvidar a Yutaka. Y eso era inaceptable.

Entonces, en un suspiro, una imagen apareció en su mente: su hijo, Yutaka, en su habitación, hablando con ella, revelando sus miedos. Recordó perfectamente sus palabras, aquella vez cuando Yutaka le confesó lo que sentía hacia Takuya.

Takuya... siempre me hace sentir que no soy lo suficientemente bueno para Izumi —le había dicho, con el rostro sombrío y los ojos bajos, como si la vergüenza lo abrumara. —A veces siento que no merezco su amor, mamá. Él tiene algo que yo nunca podré ser. Tengo miedo de que Izumi siga sintiendo algo por él.

La señora Himi había escuchado aquellas palabras con el corazón apesadumbrado, porque sabía que Yutaka no era de aquellos que se dejaban arrastrar por inseguridades. Siempre había sido tan fuerte, tan protector, tan dedicado. Pero Takuya… había tocado una fibra en su hijo.

En esos días, ella no comprendió del todo, pero ahora lo veía claro. Takuya había sido el catalizador de esa inseguridad, el que hizo sentir a Yutaka como si no fuera digno de lo que Izumi le ofrecía. Y, aún ahora, su presencia en la vida de Izumi la hacía temer que esa distancia entre ellos fuera irreparable.

La rabia y la tristeza se mezclaron en su pecho.

No podía dejar que eso siguiera. No podía permitir que Izumi se alejara aún más, que se dejara influenciar por él.

Tomó la decisión de pedir disculpas a Izumi. No porque creyera que había hecho algo malo, sino porque la necesitaba de vuelta. Juntas podrían seguir recordando a Yutaka. Juntas, tal vez, podrían encontrar una manera de vivir sin él, aunque siempre con su memoria viva en sus corazones.

Y lo haría, a cualquier costo. Haría todo lo posible para alejarla de Takuya.