—¡Estoy harta de que me mientas! ¡Tus horarios no concuerdan y no me dejas revisarte el celular!
—¡¿Es así como funciona esto?! ¡Estás loca, mujer! ¡Jamás te dejaría hacerlo! ¡Es privado!
—¡Quiero el maldito divorcio! ¡Eres un infiel! ¡Solo alguien que oculte cosas malas se negaría!
—¡¿Cómo te atreves a pedirme que nos separemos?! ¡Tenemos un hijo!
Sip. Ese es el tipo discurso cliché del romcom moderno, al que debo tediosamente sometérteme a diario. Es el precio que debo pagar, por ser una terapeuta. ¿Mi especialidad? Las parejas de amores débiles, de mente obtusa y el honor por el suelo. Ni hablar de respetarse o comprenderse un poco. Si bien asumí hace años, que estudiar y desempeñar un rubro psicológico eran harinas de distinto costal, jamás llegué a dimensionar que al final del día, me aburriera. Lo cierto es que me hubiera encantado seguir prestándoles atención. Pero estos dos chicos no tienen idea de donde tienen el culo y entre tantas blasfemias que se lanzan de un lado a otro, me he dejado cautivar por el atractivo retrato que reposa sobre mi escritorio. Ambos salimos muy bien. Es que somos guapos, hay que admitirlo con humildad.
Félix Fathom es la clase de fantasía sexual con la que fácilmente te podrías ir a las vegas un fin de semana y luego olvidarlo, para nunca más verle la cara. Contemplar su perfección a nivel idílico, es algo digno solo de quienes tenemos paladar culinario. Algo así, como el caviar. Elegante, costoso de adquirir, pero con un repugnante toque de amargura que te invita cordialmente a vomitarlo en el baño. Sus encantos fluctúan entre la sensibles del chico más inteligente y encantador de todos. Y el de un hijito de papá que huye de la responsabilidad afectiva. No hay mujer que lo cace. No es presa, si no depredador. Y para mi lastimosa fortuna…solo me ve como una amiga.
—Que desperdicio de hombre…—exhala Kagami, mordisqueando la punta de un lápiz.
—¿Disculpe? ¿Cómo me llamó? —reprocha el chico, dándose por aludido.
—N-no. Perdone. No era para usted. Estaba…pensando en voz alta sobre alguien más —se retracta, roncando en el proceso. De espalda recta, reanuda la plática— ¿Cómo decía?
Y ahí van de nuevo con los gritos.
Suspiro.
Para hacerles un breve repaso, trabajo para el conglomerado de la familia Graham de Vanily. No soy parte de su staff de elite, pero presto servicios a honorarios para un programa de beneficencia que la lady Amelie fundó años atrás. Todo esto, en honor a mi madre. Y es que verán, su esposo, el CEO de la compañía, Colt Fathom, era no solo un socio de mi mamá. Si no que también entrañables amigos. Antes de que el señor Fathom amasara su fortuna en la industria automotriz, era un pobre y triste diablo. Inició sus primeros pasos a gateos de bebé, como un simplón y ordinario mecánico. No es ingeniero. No tiene ni un solo título que lo preceda. Vivió a expensas de pasarse debajo de las carrocerías, embetunado en grasa para vehículos y tuercas. Pero su garra y ambición por ser alguien respetado en la sociedad, lo llevó demasiado lejos. Al punto, de contraer matrimonio con una aristócrata londinense. Fue estratégico y astuto. Ahora, más viejo y más zorro que nunca, es el dueño del imperio que industrias Tsurugi dejó. Como un último favor a Tomoe, me consiguió un lugar honorable entre sus filas. No es un mal hombre. Siempre me trató con respeto y cariño. Constantemente preocupado de si me sentía cómoda, me llegó a ofrecer adelantos, vacaciones pagadas e incluso un aumento.
La razón por la cual me vi forzada a rechazar esto último, fue precisamente por la presencia de su primogénito. Félix, es un casanova peligroso. Al ser hijo único, fue tratado como un mimado desde que nació. Se adjudicaba un montón de rumores de pasillos que sentenciaron su mala fama con las mujeres. Los paparazzi vivían pisándole los talones. Y lugar al que iba, siempre salía con algún chisme indecoroso. Vamos, que tampoco esté diciendo que sea un mal muchacho. Solo…es mejor mantenerlo a raya. En mi calidad profesional, profesa todo el almanaque de la A, a la Z, de toxicas actitudes. Es altanero, soberbio, infantil y jodidamente mundano.
La clase de persona que no recomiendo, tener como novio. Ni mucho menos de esposo.
En el último escándalo de la semana, una desdeñada chica le había montado una protesta fuera de la empresa. Naturalmente fue sacada a patadas por el cuerpo de seguridad y solapadamente, silenciada con una cuantiosa suma de dinero que el mismo señor Fathom pagó. Aunque esta vez…me temo que no le saldrá barata la jugarreta.
A juzgar por los gritos que provenían desde el interior del despacho, se ve que metió la pata a fondo. Más bien, se estrelló.
—¡¿Embarazada?! —vocifera Colt, de puñetazo contra el escritorio— ¡¿Para qué mierda me molesto en gastar mi fortuna en ti, si ni si quiera la usas para comprar unos malditos preservativos?! ¡¿Eres estúpido?!
—¡Papá, ya te lo expliqué! —berrea Félix, azorado— ¡Te digo que no es verdad! ¡Annie no está embarazada, te lo puedo jurar! ¡Solo está despechada porque la rechacé!
—¡¿Y por qué cojones despecharías a una mujer?! —aúlla el mayor— ¡¿Esos son los modales que te enseñé?! ¡Te dije que las respetaras, cabrón!
—Colt, por favor no le hables así al niño —espeta Amelie, de té en mano—. Somos una familia decente. ¿Qué pensarán los trabajadores?
—"Al niño" —berrea su esposo, colérico—. Tú estás igual de desquiciada que él, mujer. Si tanto te preocupara el "qué dirán", hace bastante ya que hubieras reprendido a este mocoso libertino.
—N-no soy libertino ¿Ok? —sisea el rubio, agraviado—. Tan solo…estaba estresado del trabajo y salí a distraerme un poco con mi amigo Luka. ¿Desde cuándo me prohíbes un momento de relajo?
—Momento de relajo —Colt se arroja hacia el menor, jalándole la oreja derecha en reproche—. Momento de relajo. ¡Momento de relajo! ¡¿De qué trabajo hablas?! ¡Ni si quiera has pisado un solo día la empresa! ¡Debería darte vergüenza ser un Fathom y no tomar el lugar que te corresponde!
—¡Ouch! ¡Ouch! ¡Hey! ¡Espera, que me duele! —brama un atormentado Félix— ¡Eres muy injusto, papá! ¡Tú me pides que esté debajo de los carros, hediondo a grasa y sucio! ¡No nací para eso!
—¡No tienes 5 años, Félix! ¡Acabas de cumplir los 27! —exclama furibundo su padre, propinándole un empujón hacia el costado— ¿Ahora te crees una princesa o algo así? Eres un hombre hecho y derecho. Yo a tu edad, ya había manchado todas mis camisas nuevas.
—Bueno, ese fuiste tu…—sopesa el inglés, acomodándose la corbata entre la camisa—. Pero yo no soy así, papá. A mí me gusta vestir bien y detesto estropear mis outfits. Sobre todo, porque sé, que son caros y te ha costado dinero de tu esfuerzo. Por favor, no exageres…
—Dios santo, que voy a hacer con este tipo —gruñe, frotándose el frondoso bigote—. Marinette. ¿Tú qué opinas sobre esto? ¿Acaso piensas que exagero?
—Con todo respeto, señor…—balbucea Dupain-Cheng, abochornada y de un costado de la oficina—. Yo solo soy la encargada de relaciones exteriores y marketing. ¿Qué tengo que opinar al respecto?
—Ustedes dos se criaron juntos de pequeños, prácticamente. Son como hermanos ¿No? Fueron a la misma escuela —relata el empresario, hastiado— ¿No se supone que deberías estar de acuerdo conmigo?
—Estoy de acuerdo con ambos, señor —asiente la fémina, de manera respetuosa—. Félix tiene un punto sobre no querer estropear su ropa y usted, por querer enmendar su camino.
—Marinette es una mujer sensata. Me gusta mucho —sentencia Amelie, de sonrisa socarrona—. Colt, quiero que venga a cenar esta noche a casa. Es una excelente trabajadora por lo demás.
—Yo regañando a nuestro hijo y tu pensando en cenitas de mierda. Ya entiendo, estoy solo en esto. Lo pillo —farfulle Colt, masajeándose la cabeza en un intento por controlar sus impulsos—. Félix. Quiero que vayas y te disculpes personalmente con esa muchacha. No te permito que vuelvas a hacernos pasar por estos bochornos públicos. Y te lo advierto, infeliz —amenaza—. Pobre de ti que realmente resulte estar embarazada…porque te juro que te desheredo.
—Está bien, papá. Te prometo que lo haré —el ojiverde asiente, satisfecho con su decisión—. Y en serio, debes creerme. No lo está. Me aseguraré de que se retracte de la barbaridad que dijo. Aunque, ahora mismo…jejeje…—propone, esbozando una mueca infantil— ¿Podrías prestarme tu tarjeta? Es que la mía agotó los fondos y deb-…
—Eres un sinvergüenza —Colt le avienta un puñado de hojas— ¡LARGO DE MI VISTA!
—Uy, que mal genio…
Así es. ¿Ya ven lo que les digo? Ese es el famoso Félix. El prodigio. El triple campeón de vaya a saber cuántas porquerías. Es un tonto de pacotilla. Aunque bueno, yo no sé realmente que hacía escuchando todo detrás de la puerta como una chismosa. Carajo. Ahí viene. Finjo demencia como quien pasaba por ahí. Lo natural en él, obviamente no tarda ni un segundo en abordarme con su increíble humor de alcantarilla.
—¡Señorita Tsurugi! —bufa el rubio, chocando su hombro contra el suyo—. Que placer visual verla por estos pasillos. ¿Para cuándo ha agendado mi cita? Realmente me urge una terapia.
—Buenas tardes, joven Fathom —responde Kagami, de actitud recelosa y rehuyendo de su visual— ¿Sigue con lo mismo? Ya le he dicho, que no hay terapia que pueda curarlo de su anomalía. Es patológica.
—Vamos. No exagere tanto. Ya casi se parece a mi padre —carcajea, pasando el brazo por su espalda—. Podría recetarme algún medicamento para esta aflicción. Estoy tan, pero tan enfermo…
—Qué bueno que lo reconoce —rueda los ojos, irónica. Le quita el brazo a regañadientes—. Y ¿De qué enfermedad se supone que padece?
—Uhhh…pues, de la única por la cual los incautos hombres caen a sus pies —sisea con picardía, tocándose el pecho— ¡My heart!
—Que payaso —dictamina, templada—. Como si pudiera ser capaz de enamorarse.
—Me ofende, Tsurugi-san. Yo soy un chico enamorado del amor. Todo lo que hago, gira en torno a él. Es un musculo que late brioso cada vez que la veo~
—Me parece que se está equivocando de musculo, señor. Y si me permite —rechaza, llamando el ascensor—. Ya acabé mi turno por hoy. Me retiraré.
—¿Va para los estacionamientos? ¡Genial! La acompaño.
Ay, no puede ser. Se ha montado sobre el elevador. El mismo que yo tomé. ¿Para qué? Bien pudo esperar el siguiente. Estaba lista para tomar las escaleras, de no ser porque la maldita puerta se me cerró en toda la nariz. Ahora me toca aguantarlo unos 10 pisos hacia abajo. No voy a mentir. Félix me gusta ¿Ok? Me resulta muy interesante. Obviar el hecho de que su presencia me pone nerviosa, es ridículo a estas alturas. Sin embargo, no puedo dejar pasar que también me incomodan sus obstinados intentos de conquista. ¿A quién quiere engañar? No siente ni un poco de amor por mí. Tan solo quiere llevarme a la cama, como a todas. No estoy dispuesta a terminar como esa tal "Annie". No soy una meretriz nocturna. Y el, no es precisamente un príncipe dorado.
Demonios. ¿Por qué pareciera que bajamos tan lento? Del piso 9 al 1, la espera es eterna. La música ambiental no ayuda demasiado. ¿Quién fue el idiota que puso jazz de fondo? Me siento dentro de una película porno de los 80. Mi compañero se tambalea de talones, silbando una melodía ridícula que no llego a reconocer. Es un niño en el cuerpo de un adulto. ¿Por qué mierda me fijaría en un niño?
—Hoy huele muy bien, madame.
—Félix, ya deja ese trato ¿Quieres? —Kagami frunce el ceño—. Siempre me has tuteado.
—Lo entiendo. Eres una mujer decidida y valerosa. Fuerte y con el carácter de un samurái —expresa Fathom, de sonrisa afable—. Es por eso mismo que no te doblegas frente a nadie. Pero no miento cuando te digo que me pareces especial. Es esa misma flama que desprendes, que enciende la fragua de mi corazón.
—No empieces…—. ¿Quién chucha paró el ascensor? ¡Baja rápido!
—No respondiste mi correo del lunes —murmura el varón.
—¿Cuál de los 100 que me has enviado? —masculle la chica.
—El ultimo. En donde te invité a tomar un helado.
—Te rechacé los 99 anteriores —exhala— ¿Cuál es la diferencia?
—Porque esta vez no es un helado común y corriente —insinúa el muchacho, torciendo la cabeza hacia ella—. Es el helado de André.
—¿Ese quién es?
—¿Cómo no lo conoces? Es famoso en parís —Félix ríe, enseñándole una nota en su celular— ¿Lo ves? En redes sociales es catalogado como "el heladero del amor". Toda pareja que se junte a tomar uno, termina comprometida.
—Bien que lo conoces, eh —asume Tsurugi— ¿Cómo cuantos helados te has tomado con él y tus chicas?
—¿La verdad…? —se rasca la nuca, desalentado—. Ninguno…
—¿Y esperas a que te crea?
—Es escurridizo, lo admito —Fathom se encoge de hombros—. El cabroncillo se desplaza en su carrito a toda hora y nunca sabes cuando te lo vas a pillar. Pero dado que sé, eres una chica gallarda, pensé en que te animarías a seguirlo conmigo.
—¿Desde cuándo sabe tanto de mí? Que presuntuoso. Siempre asumiendo cosas. ¡Arg! El ascensor más lento del mundo, con un demonio. ¡Al fin! —se expulsa hacia afuera—. Lo siento, no te ofendas. Pero de donde yo vengo no creemos en esas fantasías de adolescentes. No es personal.
—¡Espera! —Graham de Vanily la ataja del antebrazo, de pómulos carmesí—. Al menos… ¿Lo vas a pensar? Medítalo ¿Quieres? Siento que últimamente estás mucho más distante que de costumbre. Y no quisiera que me vieras con malos ojos. Más que mal, trabajamos en la misma empresa.
—Si supieras con que ojos te veo…—Tsurugi cae rendida ante tanta persecución, asintiendo—. Vale. Lo voy a pensar.
—¡Genial! —brinca, ansioso—. Estaré a la espera. Solo si salgo vivo de esta, claro. Jejeje…
¿Qué sucede? De pronto, se le ha desfigurado la cara. ¿Será aquella chica? ¿Annie? Pero ¿Por qué tanta angustia? Si yo misma escuché que no era la gran cosa. ¿O acaso será que si…tiene miedo de que sea real? Con un demonio, Kagami. Siempre tú y tú esquizofrénico complejo de querer dártelas de salvadora mundial. No eres ninguna heroína ¿Bien? Y si Félix realmente las cagó con todo y huevos, es la oportunidad que se merece para terminar con sus pueriles métodos de cortejo. No era tan complicado. Era muy simple. Solo debía despedirme de él, dar media vuelta y largarme a mis quehaceres. Regla de oro #1 inquebrantable. Jamás, pero JAMÁS de los jamases, le expreses preocupación sentimental al chico que te acosa. Es el primer paso en falso que darás, para que crea que le importas y tiene un mínimo chance contigo. Me arrepentiré toda la vida, de este momento. Lo veo venir.
—¿Que te ocurre, Félix? Te noto angustiado —examina la peliazul—. Bueno, si es que me permites preguntar. No es que me importe realmente la vida ajena.
—Ya lo sé. Siempre tan profesional —masculle el inglés, desviando la mirada con desazón—. La gente te paga para que escuches sus problemas. No deberías hacer esto de manera gratis.
—¿Qué me cuenta? ¿Desde cuándo tan responsable de sus dolos? —desmiente, de mirada serena—. No. Descuida. No es ningún problema para mí. Tienes razón. Somos colegas de trabajo. Tenderle una mano amiga a otro compañero es honorable.
—En realidad…tengo miedo —confiesa, compungido sobre su eje—. Estoy cagado de susto. Sé que es un mal entendido. Más bien, quiero creerlo. Pero la verdad, no recuerdo mucho de los acontecimientos. Estaba ebrio y ella también. La conocí en una fiesta en casa de un amigo hace un par de meses y ya sabes…pasaron cosas —agrega, ruborizado—. Sinceramente, no estoy tan seguro ahora de que no la haya cagado…
—¿Qué hiciste?
—Ella dice que está esperando un bebé mío. Pero…
—No creo sea verdad —dictamina Kagami, sin mostrar un ápice de remordimiento—. Tu fama te hace juicio y últimamente los tiempos apremian para abusar del feminismo contemporáneo.
—Nunca creí escuchar algo así de ti —cuestiona, pasmado—. Pensé que apoyabas a las mujeres.
—Lo hago…—musita, en reproche a sus propias palabras—. Pero tampoco soy tan estúpida. Bien dijiste que soy profesional ¿No? Lo soy…
—Creo que de verdad necesito terapia, Kagami —resuella por la nariz.
—La necesitas. Ahora me queda claro, que no estabas bromeando con eso —asevera Tsurugi, tocando su hombro de manera cariñosa—. Te daré una hora. Es momento de que sanes algunos problemillas.
—Gracias. Que amable de tu parte…—contesta, tentado a robarle un beso.
—No abuses —lo aparta, enfurruñada—. Lo hago como un favor, en agradecimiento a Colt y a lo que le debo a mi madre. Con eso, me daré por pagada.
—Bien. Entonces…—Félix camina hacia la salida, depurando una partida amarga—. Deséame suerte. Nos vemos luego...
¿Qué le desee suerte? Por dios, Félix. Si tuviéramos que recurrir a la magia o el esoterismo empírico, tú viniste a este mundo con una estrella bendita bajo la axila. No existe pendejo más favorecido por las bondades de la providencia, que tú. Sin embargo, por el bien de todos y el mío, rogaré a los dioses…de que sea mentira. Porque de ser real todo esto, me veré en la obligación de renunciar a ti. Y a todo…lo que tengo.
[…]
—Realmente no sé qué mierda estamos celebrando —retoza Colt, elevando su copa—. Así que fingiré que tiene relación con las proyecciones de venta del próximo mes. Que, sin duda, son prometedoras.
Mansión de los Fathom. 21:18PM.
—Está celebrando una excelente noticia, señor —esboza Nathalie, vertiendo el vino—. Al final, todo resultó ser un bulo. La chica fue examinada por los especialistas y no estaba en cinta como dijo.
—¿Desde cuándo se ha normalizado el festejar la irresponsabilidad sexual de un idiota? —protesta el presidente, mosqueado—. Mujer, te lo juro como hay un dios en el firmamento. La próxima vez que Félix nos haga pasar por un mal entendido, lo haré pagar.
—¿Y de qué forma pretende hacer eso? —debate la asistente—. Sabe que no puede desheredarlo.
—No. Ciertamente no puedo —farfulle Fathom, abrumado—. Estoy cansado, Nathalie. Me duelen las rodillas y me tiemblan las manos. A veces incluso no reconozco mi propia firma. He pensado demasiado en mi retiro. Pero no le dejaré mi empresa a este mequetrefe de cuarta. Si no enmienda su camino, me encargaré personalmente de encontrar un reemplazo.
—¿Incluso si no es de la familia?
—No hace falta ¿O sí? —propone, arqueando una ceja con sagaz autoridad. A lo lejos, divisa como su esposa plática con su invitada de honor. Marinette Dupain-Cheng—. Al principio me pareció descabellado el movimiento de Amelie. No entendí bien sus intenciones. Ahora lo veo con claridad —adiciona—. Dupain-Cheng tiene talento y potencial.
—¿Para heredar su empresa, señor? —Sancoeur parpadea, extrañada.
—No. Para casarse con mi hijo —sentencia, jocoso—. Ya me convencí. La única manera que veo para detener la fiebre de este mocoso, es sentando cabeza. Si Marinette demuestra estar a la altura, con gusto aprovecharé la velada para comprometerlos.
—Pero, señor presidente —le sigue más atrás, de camino al patio—. Eso de consumar matrimonios arreglados, es demasiado arcaico para los tiempos. Félix puede rechazarlo tanto como Marinette. No están obligados a aceptar, si no se aman.
—Al diablo con sus aprensiones. La juventud se desbocó. Han confundido la hinchazón con la gordura —frunce el ceño, irritado—. Una persona que no es capaz de tomar decisiones por sí misma, queda a merced de que otros la tomen por él. Veamos como resulta esto.
—No creo…funcione…
—Me alegra tanto que hayas venido, querida —halaga Amelie, de sonrisa jovial—. Félix estará encantado con tu presencia. Y que lindo vestido traes. ¿Lo diseñaste tú misma?
—Le agradezco la invitación, señora Fathom —complace Dupain-Cheng, de timorato rubor—. Si. En efecto, yo lo hice jeje. Aunque no estoy aquí por Félix. En realidad, yo no-…
—Tonterías, Darling —la rubia le resta importancia, gesticulando una mueca austera—. Por supuesto que estás aquí por todos. Solo fue un comentario inocente ¡Jajaja!
—Y aun así, no veo que vaya a llegar a tiempo…—murmura Marinette, haciendo un paneo rápido por la escena. Ni rastros del muchacho—. Puede que sea en vano.
—Descuida. Vendrá —asegura la ojiverde, despreocupada—. Llegó hace poco y está dándose una ducha. Le pedí que viniera presentable y-… ¡Ah! Hablando del rey de roma. ¡Ahí viene! Tan elegante como de costumbre.
—Madre. Marinette —Félix las saluda, de beso en mano—. Déjenme decirles que se ven radiantes a la luz de luna. La primavera ha hecho florecer todos los madrigales de Paris~
—¡Jajaja! ¿No te lo dije? —su madre le tironea la mejilla, cual niño pequeño—. Es encantador.
—Si que lo es. No recordaba…esta faceta en el —piensa la ojiazul, retraída y nervuda ante tales almidonadas palabras—. Eres muy tierno, Félix. Gracias. Tú también te ves guapo esta noche.
—Estamos celebrando ¿No? Permíteme —Graham de Vanily asiste a su invitada, corriéndole la silla de manera caballerosa— ¡Ah! ¡Papá! ¡Ven acá! ¡Te tengo buenas noticias!
—Ahora no es el momento, Félix —rechaza su progenitor, sumándose a la cena—. Omite amargos detalles. Ya estoy al tanto.
—Disculpa. Tienes razón —ríe el británico, de mejilla a mejilla— ¡Vamos a comer entonces! Me muero de hambre. ¿Qué hay de rico? Uff, esa ensalada de pollo se ve bien. Con permiso.
—Bueno. Ya que estamos todos reunidos aquí —manifiesta Colt, de añoranza y complicidad—. Lo he pensado bastante. Meditado y conversado con mi querida esposa. Lo cierto es que Marinette nos resulta una muchacha extraordinaria. Acorde a un jardín de rosas. Esta cena se hizo especialmente para ella.
—¿Para mí? —Marinette carraspea en respuesta, ligeramente aturdida—. Disculpe. Me perdí. ¿Acaso pretende darme un ascenso?
—¿Ya la oíste cariño? —Amelie suelta una risita—. Es una chica ambiciosa.
—Me gusta esa actitud, Dupain-Cheng —acepta Colt, con orgullo—. Eres perfecta para esto.
—¡Nathalie! —aúlla Félix, exigiendo más papás en lo que traga como puerco— ¡Dame más!
—Aunque lamento decepcionarte. Por el momento, eso tendrá que esperar. No es una idea que no se me haya pasado por la mente. Lo tengo presente —veredicta el CEO—. Sin embargo, si todo sale bien esta noche. Puede que estés a un paso de ello.
—¿Cómo…? —no comprende.
—¡La salsa de camarones está estupenda! —vocifera Félix, masticando con deleite— ¡Mis felicitaciones al Chef! ¿Hay más maní?
—Marinette Dupain-Cheng —revela el señor Fathom, en algarabía—. Quisiera pedirte que te pudieras comprometer con mi hijo Félix. ¿Te casarías con él?
—Aquí tiene, joven Fathom —Nathalie le esparce trozos de maní por el plato— ¿Un poco de aceite balsámico para sus pepinos?
—¡¿QUE?! —Félix da un bote en su asiento, atragantado hasta la medula. Comienza a toser violentamente, hasta que el rostro se le torna morado— ¡Agua! ¡Cof! ¡Cof! ¡Cof! ¡Nathalie!
—¿Se puede saber qué haces, infeliz? —lo amonesta su padre.
—¡Cof! ¡Recordé que soy alérgico al maní, papá! —Graham de Vanily finge ahogo, tomando grandes sorbos de agua— ¡Me estoy muriendo! ¡Llamen a una ambulancia!
—Tú no eres alérgico a ninguna mierda, idiota —Colt se levanta, golpeando la mesa y tirando lejos su servilleta— ¡SOLO ERES ALERGICO A LA DECENCIA! ¡CALLATE O AHOGATE!
—¡Colt! —protesta Amelie, injuriada— ¡¿Cómo osas en decir que quieres que nuestro hijo se muera?!
—¡No se va a morir, mujer! ¡El único que se muere de la vergüenza, soy yo! —brama enajenado, apuntándole con el cuchillo— ¡Deja de simular que estás muriéndote, cabrón! ¡No te creo nada!
—¡Papá! ¡Cof! ¡Lo hago! ¡Cof! —el menor se levanta de la mesa, corriendo hacia la casona en un intento por huir de la escena— ¡Debo ir al baño! ¡Cof! ¡Cof! ¡Ya vuelvo!
—¡¿A dónde vas, cobarde?! ¡Vuelve aquí ahora mismo! —el anciano patea su silla, soltando abruptos y blasfemias al aire— ¡Con un demonio, Amelie! ¡Esto es tu culpa! ¡Le crees todo este show pobre!
—¡Bien pudo haber desarrollado intolerancia al maní, Colt! —protesta su cónyuge.
—¡Intolerancia al compromiso tiene, Ame! ¡Eso tiene! —Fathom chasquea los dedos— ¡Vayan por ese bueno para nada y tráiganmelo ahora mismo! ¡Que no escape!
—¡Ya basta, Colt! —la rubia lo increpa, iracunda— ¡Félix sería incapaz de huir! ¡¿Por quién lo tomas?!
—Se-señor Fathom…—advierte el guarda espaldas, tímidamente—. El joven Félix…acaba de llevarse el auto.
—¡¿QUÉ?! —enloquece.
—¡Ay no! ¡Ay no, por san Jorge! —Amelie se abanica con una servilleta, derrotada sobre la silla— ¡Me está dando algo, Colt! ¡Te juro que sí! ¡Me muero, Colt!
—¡No estoy para tus soponcios de anciana! —el pobre hombre se retuerce en su lugar, pisoteando el suelo con furia— ¡¿FÉLIIIIIIIIX?!
—Increíble…—Marinette se jala la botella de vino de golpe.
[…]
Bueno. Yo supongo que…a Félix le fue bien ¿No? Quiero decir. En tal caso que todo haya salido de la mierda, me hubiera contactado. El suele recurrir a mi cuando tiene problemas. Aunque siempre lo ignore. No lo hago porque sea mala persona ¿Bien? Es que tiene la manía de escribirme a horas poco prudentes. Ahora mismo, son las 1:10 de la madrugada. Y tontamente, estoy aquí. Sin pegar ojo alguno. De brazos cruzados, mirando fijamente mi teléfono. No ha sonado en toda la noche. ¿Será que me precipité? Que estúpida, Kagami. Esta actitud tan predispuesta y libre, se ve muy mal. Parezco desesperada por algo de atención. Ten algo de valor, mujer. Eres una samurái. ¿En qué momento comencé a mostrar vulnerabilidad? No hay manera de que ese hombre pueda tener tanto poder sobre mí. No. Me rehúso. Lo voy a apagar mejor. Así no tendrá oportunidad de importunarme.
—Apágate…
¿Por qué no se apaga solo? Lo tomo. El pulgar me tirita. Es cuestión de presionar por unos 5 segundos el botón y ya está. Fácil ¿No? Simple. Para críos.
—Que te apagues, te digo.
Coño. ¿No vas a obedecer? Mueve el dedo. Vamos, tu puedes. Muévelo. ¡MUEVELO! No…me responde. Ya. Listo. Lo apagué. ¿Habré enloquecido? De pronto, un golpe hueco contra mi ventana. ¿Qué fue eso? Aguardo unos segundos más en silencio. Otra vez. Y otra vez. Y otra vez. ¿Qué significa esto? Suena como una piedra contra el vidrio. Ya. Estoy alucinando. Mi casa es segura. No por nada contraté un sistema de alarmas patentado por mi madre. O sea, no digo que sea la gran mansión. Pero es una morada relativamente acomodada. Tengo mi propio jardín con cierre perimetral. Una piscina amplia. Reja eléctrica. Hay que ser muy descerebrado para intentar asaltarme en medio de la noche. Sobre todo, a sabiendas que soy experta en esgrima y judo.
Si. Es obvio que imagino cosas. Me iré a la cama. Para cuando amanezca, yo habré hec-…
—¡Uwah!
¡¿Pero que…?! De peso muerto, escucho como cae algo dentro de la alberca y de chapoteos, se postra. Estoy segura de que fue un grito masculino. Aunque no reconozco a su protagonista. ¡No puede ser! ¡¿Me quieren robar?! Se encienden las alarmas en rojo. Se va a enterar, joder. Cogí el Bokken de madera de mamá y salí al balcón, dispuesta a amedrentar al intruso. En efecto, un malhechor enfrentando la gravedad planetaria. Espero se haya electrocutado antes.
—¡¿Quién anda ahí?! —enfrenta Kagami, con valentía— ¡Vete ahora mismo o llamaré a la policía!
—¡Auxilio! ¡No sé nadar!
Que basura. ¿Cómo puedes si quiera intentar robar una casa sin saber nadar? Pobre diablo. Se ve es amateur en el bajo mundo.
—¡Que bueno! —chilla— ¡Ojalá te ahogues!
—¡Kagami! ¡Yo no…ngnhm!
Esperen un momento. Esa voz…
—¡¿FÉLIX?!
Se hunde.
¡¿PERO QUE HACES?!
[…]
—Es absurdo. Bueno, al menos para mí lo es. Tendrás que darme una muy buena explicación para esto —retoza Kagami, de manos sobre la cintura—. Literalmente cagas dinero. Eres un genio en todo. ¿Y no sabes nadar?
—Está bien. Puedes burlarte si gustas ¡Achu! —Félix estornuda, tembloroso—. Podré jugar con muchas cosas. Pero no con ¡Achu! Mi vida…
Es…patético. Lo llega a ser. Mírenlo. El increíble Félix Fathom, ahora está en la sala completamente empapado, pegado a su costoso traje de Gucci. Tiritando como un viejo decrepito. Solo porque me dio pena ajena, le pasé una mantita. Pero está demás decir que no es suficiente. Extrañamente, pareciera que quiere llorar. O al menos esa impresión da. ¿Tiene sentimientos este sujeto? Ya no sé qué pensar de el…
—Vas a pescar un resfriado.
—Tal vez me lo merezco y ya de una buena vez por todas, me muera —revela, desahuciado—. Así le daría en el gusto a mi papá.
—¿Desde cuándo se victimiza tanto? Que mala puesta en escena —Kagami suelta un suspiro, sentándose frente a él en calidad de oyente—. De acuerdo. Esa actitud tan melodramática, no te sienta. ¿Por qué dices esa clase de cosas?
—¿Te sorprende? —le contesta, entre estornudos—. Se ve que no me conoces para nada.
—¿Qué insinúas?
—Yo soy, melodramático —confiesa Fathom, retraído—. Es uno de mis muchos defectos que tú catalogarías como tóxicos.
—¿Cómo sabe que lo considero nocivo…? —se endereza—. El melodrama se basa en la exacerbación de un sentimentalismo existencial, Félix —relata Tsurugi, serena— ¿Me vas a decir que te consideras sensible?
—Bueno…júzgame como quieras ¿Qué importa ya? —se encoge de hombros, cabizbajo—. No buscaba darte pena. En realidad…no tenia a quien más acudir. Discúlpame si irrumpí como un ladrón en tu casa. No contestabas mis mensajes. Y te lancé piedritas pequeñas al ventanal para que me oyeras.
—¿De qué mensajes habla? Si no me escribió nada. A menos que lo haya hecho justo cuando apagué el celular —desaoja, corregida—. Lo siento. Soy un tanto rigurosa con mis horas de sueño y desconecté mi teléfono — ¿Por qué me estoy excusando y dando explicaciones lógicas? Ni yo me entiendo ya…—despabila— ¿Qué te pasó? Nunca antes, cruzaste tanto la línea conmigo.
—Estaba desesperado. Ocurrió una tragedia familiar y cobardemente, hui.
—No me sorprende viniendo de el —recula—. Ya veo. Tenias razón. Sin duda tiendes a agrandar cosas que son pequeñas. No hay tragedia más grande, que la perdida o la muerte. Si no falleció nadie, he de suponer que tan grave no es.
—¿Qué te comprometan en matrimonio contra tu voluntad, suena poco grave?
—¿Qué? ¿Cómo que…lo comprometieron? ¿Esto fue idea de Colt? —Kagami aparenta no sentirse avasallada, cuando en el fondo los celos…comiencen a pasarle la cuenta— ¿Cómo podrían hacer eso? Tú eres un hombre libre — En mi mente, eres mío.
—Yo no sé. Supongo que es el resultado de muchos años de hacer lo que se me vino en gana sin medir consecuencias —relata Graham de Vanily, trémulo—. Pe-Perdona…tengo mucho frio. Creo que me voy a-…
—¿Félix?
Se desploma contra la alfombra.
—¡¿Félix?!
Dios mío. Estaba destilando en humedad. Toqué sus manitas y las sentí congeladas como un tempano de hielo. Tonto. ¿Cómo se te ocurre tirarte a mi piscina en pleno otoño? Este chico, por alguna razón, ya no me resulta tan desagradable. Suena macabro y algo sádico de mi parte, pero contemplarlo tendido sobre mi piso, me atiborra de autoridad. ¿En que momento, lo comencé a ver como un trofeo? Posiblemente, por haberlo enmendado inalcanzable durante tantos años de trabajo. Flecto las rodillas, examinando su rostro de cerca. Es…mucho mas tierno de lo que cavilé. Es verdad que parece un niño. Pero no lo es. Es un hombre, adulto. Y los dedos me queman por tocarlo. Deseo ayudarlo. Deseo salvarlo. No me lo pienso más y lo cargo como un cadáver hasta mi cuarto. Le quito la manta y de paso, lo desvisto. Lentamente y con la parsimonia de una madre a un hijo. Tenia mojado hasta los calzoncillos. ¿Sería prudente indagar en su intimidad de esta forma? Félix, me gusta más de lo que imaginé. Lo quiero mucho. ¿Podría ser que esto…sea amor? Porque si no lo es, no podría dimensionar el como lo llegué a desnudar y vestir con un pijama de polar, sin caer en dobles intenciones. Ni mucho menos, lascivia. Con ayuda de una toalla, seco su cabello. Tantas lunas que fantasee con su pelo. Es tan amarillo y suave. Desprende un bálsamo aromático embriagador. Se ve que lo cuida y usa productos de calidad. Enredo mis dedos por aquellas hebras, peinándolo un poco hacia el costado. Su flequillo cae dócilmente sobre su frente, regalándome una pintura digna de lo renacentista. Que hombre tan lindo, por la mierda. ¿No te duele la cara de ser tan lindo? Estúpido engreído…
Ahora que te he visto como dios te trajo al mundo, no entiendo el como las mujeres te rinden tantas pleitesías. Me equivoqué. No era algo anatómico lo tuyo. No hay adónico placer en lo escuálido que eres ni mucho menos, la virilidad de un dios griego. Tienes algo, espiritual. Estoy segura de eso. Veo en ti, esa sensitiva necesidad del melodrama del que te jactas con timidez. Eres un buen chico, Félix. Pero…
Lo he dejado dormir, arropado. Ya no tengo cabeza para seguir pensando en ti. Por la mañana, me enteraré de todo. Buenas noches, tontorrón.
[…]
—13 rondas —ríe Félix.
—¿Disculpa?
Casa de Kagami. A la mañana siguiente. 9:25AM.
—Todo en tu casa es increíble, Kagami —expresa Fathom, alardeando jovial de manos y pies—. Es como si la hubiera construido un arquitecto del greco-romano. ¿No lo notas? El numero 13 va en todo. 13 minutos se demora el termo en calentar en el punto exacto. 13 vueltas se da el microondas, para el calor. 13 segundos, el hornito para el pan —brinca— ¡Eres un numero perfecto! ¿O será que practicas brujería?
—¿Qué tanto balbucea este idiota? Miren las cosas que dice ¿Tendrá TEA? —Kagami suelta una risita endeble, detrás del puño—. No es brujería. Se llama Kanso. Que significa "atención plena para el hogar". Lo similar al famoso «Feng Shui» de los chinos. Buscaba armonía en mi casa, es todo.
—Oohh…ya veo —expresa incredulidad frente a su relato—. Así que eso profesan en tu nación. Porque eres japonesa ¿No?
—Me deleita que sepas diferenciar entre un japones un coreano y un chino —ríe Tsurugi, entretenida—. Es cierto. Aunque ¿Quién te dio permiso para indagar en mi cocina? —frunce el ceño.
—Perdona. Fue automático —exclama el inglés, rascándose la nuca—. Es que como vi que me cambiaste de ropa, creí que-…
—Alto ahí, pervertido —aclara la fémina, abochornada—. No te pases películas en tu telenovela diaria. Estabas a portas de vivir un shock de hipotermia. Te desmayaste en mi alfombra. ¿Qué vas a cuestionar de eso?
—Na-nada…no he dicho nada sobre aquello —sisea Félix, ruborizado—. Gracias, por cierto. Me cuidaste y te preocupaste por mi salud. Siempre supe que no eras como las otras chicas. Te lo dije.
—¿En qué te basas al declarar que soy distinta? —desmiente.
—Porque no has hecho comentarios sobre mi físico, como otras —revela Fathom,
—¿De qué me intentas convencer? ¿A ver? —bufa, incrédula— ¿De que no te esfuerzas por suplir "menudencias" en cuerpos ajenos? Eso se llama inseguridad, te lo presento.
—No. Nunca podría negarlo. Es verdad. Y que bueno que seas terapeuta. Has dado en el clavo —reconoce su compañero, socarrón—. Contigo me siento muy a gusto al contarlo. No me roba el sueño. Solo…digamos que me sentía pequeño.
—Pero no lo eres, Félix —refuta, acabando con su inseguridad—. Yo soy nipona. Tú eres caucásico. Son cuerpos acordes al continente. No intentes llenar huecos que no son para ti. Eres suficiente y confórmate con tus habilidades.
—Gracias…—asume, ruborizado hasta las orejas—. Eres muy tierna…
—¿Tierna? —no comprende—. Pero si solo fui sincera. Yo me-…
—Te he preparado el desayuno —interrumpe, altivo— ¿Comemos?
—No —refuta, altanera—. No comeremos nada, hasta que me cuentes con lujo y detalle, que mierda te pasó y por qué tuviste que recurrir a mi de una manera tan delictiva. No aceptaré mentiras, Félix. O te juro que no te daré la cita terapéutica.
—Bien. Dado que ya no nos iremos con rodeos, te lo cuento —admite el ojiverde, deslizando la taza de café hacia un costado—. Mi papá me hizo una encerrona anoche. Invitó a una compañera de trabajo a cenar, porque tenia planeado casarme con ella. Comprometernos. Como una forma de "curar" mi locura, según cree. Lo cierto es que hui de casa y vine hasta a ti, buscando un consejo maduro —añade, desmenuzado—. Kagami, no quiero casarme con ella. No la amo. Le tengo cariño, no lo niego. Sin embargo, jamás podría verla como algo más. Ni si quiera intenté cortejarla como lo hice contigo.
—Ah. ¿Encima reconoces que si intentaste seducirme?
—Bueno…—cruza los dedos, admitiendo culpa sin cortedad— ¿Sí?
—…
—¿No te agradé? —consulta el muchacho, con humildad—. Creí que te gustaba que te coqueteara…
No pienso confesarle lo mucho que me excita esto…
—N-no diré nada sobre eso —carraspea, estimulada—. Solo que fue muy incómodo, que fueses tan insistente.
—¿Te parezco un acosador?
Me tuve que morder la lengua y el labio inferior, para decirle que moralmente si me parecía un maldito perseguidor. Pero ¿A quién quiero amedrentar con esto? Me encantó…que fuese tan insistente. Hay cierto dejo de masoquismo en esta historia, no lo negaré. Puede ser cuestionable para muchos. Incluso para mí. Pero dado que me gusta tanto, apelaré a que me ofende, que me haya acosado…
—Un poco…
—Es que me gustas de verdad, Kagami —admite el ojiverde, injuriado—. Pero comprendo que hayas puesto tus límites. En fin, solo quiero que sepas qu-…
—¿De qué forma pretendes desertar de este compromiso? —reanuda Kagami, poniendo paños fríos a su propia cordura amorosa—. Es oficial. No bastará solo con que hayas escapado de casa. No puedes huir por siempre de tus responsabilidades ni menos, de tu familia. Es ridículo a estas alturas —asume—. Por favor dime que tienes un plan.
—Lamento desilusionarte, pero no soy tan inteligente como parezco. Soy nulo en relaciones sociales ya bien lo habrás notado —ríe el británico, circunspecto—. Y desencanto con la brisa. Es muy sencillo para mí, que la gente se decepcione.
—¿Cómo le podría exponer sin sonar como una zorra caliente, que no me desencanta? Al contrario. Me tiene prendida a el como una cerilla a una vela…—traga saliva, apabullada—. Bien. Algo se nos ocurrirá. Por el momento, será mejor que tomes una mera distancia de tus asuntos. Porque como tú padre sepa que estás en mi casa, yo no-…
—¡SAL DE AHÍ AHORA MISMO, FÉLIX!
Ay no. Por la chucha. ¿Habré hablado de más? Era cosa de tiempo para que su familia hubiese descartado posibilidades para esconderse. Era la voz del señor Fathom. Iracundo y repleto de rabia, se presentó a portas de mi hogar. En compañía de su mujer y Luka Couffaine, el mejor amigo de Félix. No era momento de sospechar de su lealtad. No había que ser demasiado inteligente y conectar dos neuronas, para saber que primero lo afrentó a él. Yo era la siguiente en la lista.
—¡¿Cómo te atreves a molestar a Tsurugi-san?! —berrea su progenitor— ¡Le prometí a su madre que cuidaría de ella! ¡¿Ahora te refugias en las trabajadoras de la empresa?! ¡Da la cara, infeliz!
Félix se derrite en su asiento, expresando abiertamente un pavor indómito que jamás le vi esculpida en la cara. Está aterrado. Asustado hasta la medula. Colt vino para reclamar su vida. En un momento tan propicio que determinaría su futuro. Me alegra estar en conocimiento que no tuvo que embarazar a otra tonta. Sin embargo, un plan para esta ocasión no ostentábamos. El me mira. Yo lo miro. Mis neuronas ya no encuentran conexión viable. Era momento de improvisar. O lo hacía el o lo hacía yo. No parece, estar en su sano juicio. Comienza a sollozar.
Contra la espada y la pared, de manera automática; salgo al balcón. Y grito, a los cuatro vientos.
—¡Señor Fathom! ¡Félix no me ha injuriado! —determina, briosa— ¡Sucede que estamos enamorados y ya no podemos ocultar nuestro amor!
—¡¿Qué cojones?! —protesta Colt, en shock.
Félix abre los ojos como dos focos en medio de la noche, en completo espasmo. Me jala del brazo y me susurra.
—¡¿Qué haces, Kagami?!
Perdóname. Lo siento. No tuve opción. Era esto…o nada.
—¡Es lo que escucha, señor! —declara Tsurugi, creyente de su mentira— ¡Félix y yo…! —. Perdón…aquí acaba todo — ¡Félix y yo ya intimamos y estoy…!
—¡Kagami! ¡NO LO DIGAS! —Félix se descompagina.
—¡Y estoy esperando un hijo de el! —falsea, atormentada— ¡Como lo oye! ¡Estoy embarazada de su hijo, señor! ¡Y lo siento mucho, pero no renunciaré a nuestro amor! ¡Se acabó! ¡Por favor, déjenos libres!
—Me muero…—Amelie se tambalea.
Que escándalo. Amelie pierde el conocimiento. Luka se toma la cabeza. Colt se desconfigura. Y Félix, cae desplomado contra el suelo, totalmente desmayado frente a mi declaración. Se acabó. Todo…salió como la puta mierda.
¿Qué hiciste, Kagami? Que hiciste….
[…]
—Primo. Oye —lo palmotea contra las mejillas—. Félix. Hey. ¿Estás de vuelta? Primo…
—¿Adrien…?
Empresas Fathom. 2:56AM.
—¿Qué pasó? —Félix recobra el conocimiento, posesionándose de un dolor de cabeza denigrante—. Mierda…creo que…me desmayé.
—Es entendible, primo.
—¿Tú que cojones haces aquí? —cuestiona el inglés, afrentado— ¿No estabas de gira por Latinoamerica?
—Andale. Que manerita de responderle a tu primo favorito es esa, eh. Volví anoche —explica Agreste, preocupado—. Pero no importa ahora. Enhorabuena. Vas a ser padre.
—¿Qué mierda…?
—¿No te enteras de lo que haces o como funciona la cosa? —su familiar suelta una broma, en medio de la incertidumbre—. Ten. Nathalie te trajo un vaso de agua.
—No quiero agua, tarado. Necesito un trago fuerte —lo aparta con la mano, rechazando el brebaje—. Dame un whisky a la vena. Te lo pido.
—Tranquilo. Es normal la reacción —murmura el francés, sirviéndole un vaso de alcohol—. Toma esto. Te sentirás mejor.
—Dame la botella, cabrón —espeta Fathom, empinando el codo hasta arrugar la nariz. Acto seguido hace una pausa prolongada, examinando el panorama. A lo lejos, divisa a su padre y a Kagami conversando en el despacho. Se retrae, absorto—. Adrien, te juro que no hice nada. No soy tan imbécil como para no saber en donde incursiono. Esto es un error. Un mal entendido. Colt me intentó comprometer con una mujer que no amaba. Y yo no-…
—Bueno —interrumpe Colt, regresando al taller—. Ya todo está hablado y predispuesto. Kagami me explicó todo y espero seas responsable esta vez.
—¿Qué te explicó Kagami? —la fulmina con la mirada, insurrecto—. Papá. Ella y yo-…
—Estoy contenta, señor Fathom —reverencia Tsurugi, sin un ápice de soberbia—. Sepa que cuidaré de su hijo como si fuese mío.
—Kagami. Has cruzado la línea —desmiente Félix, malogrado— ¿Cómo de pronto me haces esto?
—Perdónalo por favor —inquiere el CEO, de tono frustrado—. El suele hacer esto. No le gusta asumir sus cagadas y siempre se acobarda. Solo quisiera dejar en claro, que no pretendemos que te hagas cargo de él, como si fuese tu hijo. Zanjamos muy tajantemente, que lo que esperamos es que Félix deje su papel de niño malcriado y se convierta en un hombre adulto, como su edad lo precede —añade—. Cuento contigo para eso, Kagami. En honor a Tsurugi-san. Y que ese bebé crezca lozano y lleno de amor.
—¡Papá! ¡Yo-…!
—Félix —el mayor lo afrenta con la mirada—. A mi despacho. Ahora.
—…
Los veo perderse en el interior de la oficina. A Colt bastante molesto. Pero a su hijo, mucho más. Ya no puedo hacerme cargo de otras responsabilidades. Es verdad que me sobrepasé en la idea. Fue improvisado ¿Ok? No obstante, bien dijo que yo le gustaba y tenia otras intenciones conmigo. Así que. Si eres tan honesto y menos cuestionable como mencionas. ¿Qué harás ahora, Félix? ¿Cómo pretendes sobrellevar esta situación? ¿Huiras de nuevo? ¿O buscas algo más?
—Te llamas Kagami ¿No? —consulta Luka, preocupado— ¿Tienes un minuto?
El flamante Luka Couffaine, me pide una audiencia a destiempo. Tengo experiencia en reconocer hipócritas mujeriegos. Comienzo a sospechar, que todas las malas actitudes de mi jefe, se las debe a este mal aventurado sujeto. No tengo nada en contra de la gente tatuada. Pero Luka ostenta más de alguno en sus brazos. Solo espero…que Félix y Colt limen asperezas. Es todo lo que necesitamos.
Vamos, Félix. No me desacredites. Te salvé la vida. ¿Es tan terrible?
—Ya no es momento de cuestionarte. Me pasé la vida entera en ello. Se lo comenté a Nathalie y te lo advertiré a ti, solo para ser honesto conmigo mismo —sentencia su progenitor—. Le dije que la próxima vez que nos deshonraras como familia, te obligaría a hacerte cargo de la porquería o de plano te quitaría todo. Esperaba que fuese otro tópico. Pero dado ostentas un incontrolable comportamiento promiscuo, no me dejaste alternativas —aclara, brioso—. Es oficial. Te casarás con Kagami Tsurugi. ¿Algo que quieras aportar?
—Si. Muchas cosas, la verdad —resuella Félix, por la nariz—. Pero antes de malgastar tiempo y saliva en vano. Quisiera saber si estás dispuesto a creerme. Al menos mi versión de los hechos.
—No, Félix. Lo cierto es que no lo estoy —rebate, hastiado—. Lo siento. Esto es lo que es. Y te harás cargo. Por lo demás, consulté con muchas personas. No creas que fue una decisión antojadiza —revela, de voz metálica—. Me di el lujo y el tiempo de indagar con variadas personalidades. Incluso nuestras trabajadoras. Todos y cada uno de ellos, determinaron lo mismo. No tienes cura. Solo un compromiso loable te quitará las mañas.
—¿Dices que, porque estaré casado, declinaré en frecuentar mujeres? —Félix se encoge de hombros.
—En efecto no. Eso sería muy soso de mi parte —jacta—. No soy tan ingenuo. Pero tengo fe y firme convicción, que, al lado de una honorable chica como Kagami, al menos te lo pensarás dos veces a la hora de decidir en qué sabanas te enredas.
—Sigues pensando que se trata de algo físico —declina su hijo.
—Es lo que demuestras sin vergüenza, tonto —decreta su padre.
—Todos ustedes no entienden nada más que sus propios timos —asegura—. No ven más allá.
—Anda —proclama— ¿Entonces el mundo te odia y tú estás bien?
—No dije eso —niega—. Pero es obvio que no comprenden mi sed.
—¿Y cuál es esa? Si me permites preguntar —examina.
—Amor, Colt —determina el menor, azorado—. Tan solo quiero sentir el amor. El que muchas películas, poemas e historias, se presumen alardear de él. Lo digo, porque tengo la firme convicción que cuando te casaste con mi madre, no la amabas. Jamás terminaré como tú. En un acuerdo político y meramente económico.
—Estas cometiendo un grave error, hijo —soslaya, abnegado—. Tu imagen del amor, se ha distorsionado. Por supuesto que amo a tu madre. Amelie es todo para mí. Aunque eso no se vea reflejado en nuestro trato.
—Mi madre siempre me amó y me lo hizo saber. Eras tú, quien no me demostraba ese sentimiento. En el fondo, no me amas, Colt. No amas a nadie…—esclarece Félix con soberbia—. Te gusta el poder y de cara a él, estarías dispuesto a sacrificar todo.
—Craso error, niño —rebate el magnate, cabizbajo—. Puedo estar abierto a sacrificar al mundo entero. Pero a mi familia jamás.
—No lo entiendes.
—Tu menos —el señor Fathom se levanta, paseándose hasta la puerta. Gira el picaporte, permitiéndole abandonar el cuarto a potestad—. Vete ya. No hay nada que podamos hablar. No hay razones a dos tercos que simplemente se combaten en sus cuadradas cabezas. Te irá bien con Tsurugi. Después de todo, espera un hijo de ti.
—Eso…—Félix aprieta los labios, enmudecido. Acto seguido, se retira de la contienda—. Hasta mañana.
—Félix.
—Que.
—Se feliz. Es todo lo que pido…—sisea, derrotado—. Hazlo de una buena vez. Y abandona este papel de vagabundo. No lo eres. Solo existe una prisión capaz de encarcelar al hombre. Y esa, es su mente.
—…
Despacho de Luka. A esa misma hora.
—Conocí a tu madre. La señora Tsurugi. Una excelente empresaria —relata Couffaine, ofreciéndole una taza de té de manera cordial—. Aunque nunca tuve el privilegio de entablar un diálogo social con ella, más que el puramente profesional. Yo apenas iba en segundo año de la facultad y, el señor Fathom ya me había asegurado un puesto en su empresa. Dijo que Tomoe había descubierto talento en mí. No lo niego. Soy un excelente ingeniero. Sin embargo —añade, frotándose el mentón—. Siempre me pregunté el por qué a mí. Y no a su propia hija.
—¿Por qué eso sería motivo de cuestionamientos, justo ahora? —retoza Kagami, de mirada afilada.
—Bueno, porque te vas a casar con mi mejor amigo —expone Luka, de ceja alzada—. Y, por lo bajo, el heredo de la compañía. Comprenderás que una posición como esa, requiere de mucho talento para los negocios.
—No es el príncipe de Inglaterra ¿O sí? —ironiza.
—No. Ciertamente no lo es. Pero si el príncipe de industrias Fathom —resuella, con altanería—. La señora Graham no está del todo complacida. Aunque no es momento de juzgarla. Teme por el futuro de su único hijo.
—No tenía ni una relación con lo laboral ¿De acuerdo? —exclama Tsurugi, esbozando una mueca renuente de su interrogatorio—. Dejando de lado el hecho de que estudiaba psicología por esos años y no era compatible con esto, simplemente fue una decisión que yo le pedí, pasara por alto.
—Comprendo. Así que se trataba de una rencilla familiar.
—Mira, Luka. No te conozco mucho. Y me caes relativamente bien, dentro de mis parámetros —exhala la chica, mosquead—. Pero no estoy en la obligación de contarte todas mis intimidades personales. Además, no es un misterio de que mi madre y yo, no congeniábamos en casi nada. El señor Fathom estaba al tanto. Aun así, se comprometió con ella a cuidarme luego de que falleciera. Fue honorable de su parte y es por eso, que estoy aquí. Si mis aspiraciones personales tuvieran algo que ver con el poder, hace bastante tiempo que lo hubiera tomado.
—Tsurugi-san le cedió su parte a Colt.
—Lo hizo. En parte. No del todo —confiesa la peliazul, de actitud socarrona—. Aún hay un porcentaje que me corresponde por derecho, en caso de que el señor Fathom fallezca. Así que, sea cual sea tu miedo infundado, descártalo. No pasa por eso. Y si me disculpas, quiero regresar a casa. Es tarde ya —se retira en una reverencia hosca, caminando hacia la salida.
—No es verdad —determina el varón.
—¿Disculpa?
—No es cierto de que estas embarazada de Félix —asegura Luka.
—¿Ahora eres ginecólogo?
—No necesito serlo para darme cuenta —manifiesta, de hombros encogidos—. Conozco a Félix como la palma de mi mano. El jamás hubiera sido tan irresponsable. Es un picaflor nato y le encanta juguetear. Pero estúpido no es. Por lo demás, viví de cerca su historia contigo. Lleva sus buenos años, intentando cortejarte de manera obsesiva y nunca vi un ápice de interés de tu parte. Eres demasiado lista como para dejarte engatusar por sus métodos.
—Jm. Eres elocuente, Luka. Te lo concedo —admite Kagami, divertida—. Pero Félix es el experto en la materia aquí. Yo nunca tuve semejante poder.
—¿El experto? —no comprende.
—Para alcanzar la maestría de la conquista, se necesita más que solo insistir durante años —indica la terapeuta, en una sonrisa garbosa—. Su talento no se basa en el cómo, te aborda. Si no el por qué. Estoy segura de que al igual que muchos, creías ingenuamente que Félix solo deseaba llevarme a la cama. Natural, era lo que siempre hacía con las demás. Pero yo, no soy como las demás. Soy distinta. Y si iba a permitir premiarlo por sus esfuerzos, ni por asomo lo hubiera dejado escapar tan fácilmente. ¿Me explico?
—Suena como si te hubieras dejado embarazar a propósito para atraparlo…
—No. Jamás usaría de esa forma a un hijo —esclarece, inequívoca de sus palabras—. Fue consensuado. Félix me gusta y yo a él. Así funciona el amor.
—¿El amor? Pero, Kagami —cuestiona el muchacho, confundido—. Tú no lo amas…
—¿Quién te dijo que no? —sugestiona, altiva—. Será mejor que te hagas un reseteo mental. Las cosas están por cambiar. Más bien, Félix, lo hará. Ya sea por gusto a la misma fuerza de ser necesario.
—¿Realmente me puedo tragar este cuento…? No lo sé. Es demasiado soso para ser real. Félix jamás dejaría de ser quien es, por alguien. Mucho menos por una mujer. Será mejor, que lo hable personalmente con él.
Que idiota. Ya sé que no me creyó ni una sola palabra de lo que le dije. He comenzado a navegar en aguas profundas. Sé que dije que Félix era un obsesivo psicópata conmigo por no dejarme en paz durante un par de años. Pero ¿Yo en que grado voy? Porque no puedo ocultar el hecho de que si bien, me rehúse a todos sus encantos, lo disfruté bastante. Ahora que por fin lo tengo entre la espada y la pared. ¿Cuál es la ganancia? Temo que he de perder más de lo que cavilé ganar. Si ya no hay nada que nos separe. ¿Se acabaron los coqueteos? ¿No más intentos de citas, ni mensajes a las 4 de la mañana? ¿El helado…se derritió antes de ser comido? Demonios. Esta situación, es un arma de doble filo. Y comienza a cortar de la misma forma para ambos.
Me estimula el saber que le gusto a Félix. Sin embargo, sospecho que no será suficiente. Como dije, el es experto. Con la brisa de una primavera, así como vamos…seré yo quien se enamore primero. Ruego que para cuando eso pase, al menos el me ame de igual forma de vuelta.
Le veo venir por el pasillo, en dirección opuesta. Desde que recobró la consciencia, que no hemos cruzado palabras. ¿Me odiará? De seguro me aborrece. No debí hacer esto. Colt le debe de haber dado el sermón de su vida. Opto por pasar de largo, de cabeza agacha y, acelerando el paso. Demasiado tarde. Me ataja del antebrazo. Espero no sea tan duro conmigo, porque no sé de que manera vaya a reaccionar.
—¿Cómo te sientes?
—¿Eh? ¿Por qué me pregunta eso…? —. Yo estoy bien, Félix. Solo…un tanto abrumada —reconoce Kagami, circunspecta—. Eso debería preguntártelo yo. Te desmayaste y caíste como saco de papas al suelo. Fácilmente una contusión craneal te dejó.
—Descuida. Soy duro incluso del coco —señala, puñeteandose la cabeza. Acto seguido, examina el lugar de lado a lado—. Óyeme, no quiero quedarme aquí. ¿Te parece si te llevo de vuelta a tu casa? Me siento ahogado en este lugar y me haría bien conducir para distraerme.
¿Qué está pasando? ¿En verdad no está…enojado? Pareciera que no. O de plano, le importa un comino. ¿Lo habré juzgado demás? Vamos, tampoco es como que conozca a este chico. Tanto tiempo evitándolo, se me hace un extraño incluso en situaciones como estas. Es obvio que Félix tampoco es un tipo corriente como los demás. Sus extrañas formas de reaccionar son bien atípicas. Voy a reforzar la idea de que tiene un grado de autismo, eh. Aunque no le diré nada sobre eso o podría ofenderse. Acepté su invitación, con la esperanza de indagar un poco sobre los pormenores de la reunión con Colt. Debido a que fue a puertas cerradas y ya que lo veo cadavérico, debe de haber sido potente la cosa.
No pude. Me resultó titánica la tarea de poder encontrar un espacio grato al dialogo. Un silencio que no fuese tan mortuorio, como el que traía al volante. Circunspecto, la radio a medio volumen, las luces parisinas, los pocos transeúntes que quedaban, el aroma de su desodorante ambiental. ¿De que forma podría romper el hielo que nos divide? Soy la profesional psicóloga aquí. Estamos entre expertos. ¿O no? Tanteo con los dedos, mi asiento. Me agrada su carro. Por dentro es cómodo y está muy limpio. Estuve a nada de tirarle un comentario fútil sobre eso, cuando baja la ventanilla y enciende un cigarrillo. Entonces, me dice.
—Te debo una disculpa, Kagami. Todo esto, lo provoqué yo. Si no hubiera sido un maldito cobarde, en estos momentos estaría comprometido y tú seguirías durmiendo plácidamente en tu cama —confiesa, agraviado—. Yo te empujé a que te inventaras esa historia. Terminaste metida hasta el cuello. Suelo arrastrar a las personas sin darme cuenta a mi propio mundo de caos. Si tan solo pudieras perdonarme y…hacer como que nada de esto ocurrió.
—Félix. Detente ahí —zanja Kagami—. No es del todo cierto. Yo también accedí a ayudarte y cooperar. En parte también asumo mi responsabilidad. Fue torpe de mí, en declarar algo tan delicado como eso. Soy muy mala mintiendo…
—Creí que era parte de tu trabajo hacerlo —parpadea, absorto.
—Mi profesión me obliga muchas veces a simular. Más no, en tergiversar los hechos —aclara la muchacha, sobándose los dedos—. La verdad siempre va por delante. Así que ya no te martirices tanto. Estamos juntos en esto.
—Aún podemos solucionarlo ¿Sabes? Solo tenemos que convencer a mi papá de que nos equivocamos y si estas dispuesta a retractarte…
—¿Quieres anularlo?
—Yo no puedo —sisea Fathom, derrotado—. Pero tú sí. Para Colt, tú eres mi victima y yo tu victimario. Si le dices la verdad, ten por seguro que te dejará en paz.
—¿Y que pasará contigo? —cuestiona, preocupada— ¿Qué destino te espera?
—Colt ya me lo advirtió. Fue tajante en ello. Ya no está dispuesto a aceptar que yo le haga pasar estos malos ratos —asume el rubio, de atisbo extraviado—. Me va a desheredar.
—No puede hacer eso.
—Por supuesto que puede —admite, bufando por la nariz—. Tiene todo el derecho y la potestad para hacerlo. La empresa es fruto de su esfuerzo y sudor. No es mía realmente.
—Bu-bueno…pero…—balbucea, liada—. En parte también vendría siendo mía.
—¿Y que pretendes? —ríe, con zozobra— ¿Amenazarlo con quitarle financiamiento? Las acciones de Tsurugi-san en estos momentos deben de ser muy precarias ya. Un porcentaje mínimo de sus ganancias, no lo intimidará. Apretarlo con dinero, no funciona a estas alturas.
—Tal vez, no. Pero si lo presiono un poco con el qué dirán…
—Kagami. ¿Por qué insistir en esto? —Félix estaciona el vehículo hacia un costado de la acera. Se gira, examinándola con detenimiento y apaga el cigarrillo—. Tú no quieres casarte conmigo. Más bien, nadie debería de querer casarse conmigo. No soy un hombre de familia. Nací para ser libre y se ve que tu transitas ese mismo camino. Por lo demás, no me amas. Ni si quiera te gusto un poco. ¿Cómo puedes aspirar a construir algo sin amor?
—No sé que clase de concepto idílico tengas del maridaje. Pero no todos se casan por amor ¿Sabias? —espeta su camarada, clavándole los ojos de vuelta—. En los tiempos de mis abuelos, las bodas siempre fueron una cosa política. Los matrimonios son eso. Empresas. Por algo firmas un contrato civil frente a un representante de la ley.
—No lo entiendes ¿Verdad? Ni si quiera como socio comercial, soy bueno. Mírame —proclama Graham de Vanily, en angustias—. Mira como soy. Mira lo que visto. Ve el auto en donde te sientas. Hace solo dos días reventé la tarjeta que mi papá me dio. Me gustan los lujos y no escatimo en ellos. Soy pésimo para las finanzas y ni hablar del ahorro. Solo se administrar la cantidad de perfume que me echo encima.
—Aprenderás. No seas tan infantil, por favor.
—¡Es que ese es el punto, Kagami! ¡Comprende, mujer! —berrea Fathom, descalabrado— ¡Soy infantil! ¡Soy así! ¡No tengo remedio! ¡Soy un cero a la izquierda! ¡La oveja negra de mi familia! ¡Todos me odian! ¡Nadie me aguanta! ¡Ojalá me hubiera ahogado en tu piscina para que-…!
Lo abofeteo.
Listo. Que fácil fue ¿No? La habilidad con la que entrar en crisis este chico es de estudio clínico. Peor que una mujer. Maldito histérico.
—Compórtate ¿Quieres? —lo reprocha, de ceño hosco—. Y no me levantes la voz. No soy tu empleada.
—Perdón…—murmura, abochornado—. A veces me salgo de mis casillas.
—Demasiados cambios drásticos de humor en tan poco tiempo. Te diagnosticaría bipolaridad, pero ni cabes dentro del concepto —suspira, hastiada—. Félix, no me interesa como seas. Las personas no cambian, yo mejor que nadie lo sabe. Y tampoco pretendo hacerlo ni por asomo. Estás bien así. Solo necesitas mejorar algunas actitudes y ya está. Partiendo por la aberrante idea de que eres así y así morirás. Nadie se va de este mundo tan cagado como para no haber aprendido una o dos cosas —añade, rectando la espalda con templanza—. No eres un niño. Deja de repetir eso. Eres un adulto, que se comporta como uno. Comprendo a la perfección lo que quiere Colt contigo. Se lo prometí y no declinaré. Lo siento, pero no anularé este compromiso.
—Soy…celoso…
—¿Ah? —Kagami se descompagina con el comentario— ¿A qué viene eso de pronto?
—Lo que escuchaste…—revela, de pómulos febriles y ojos desviados—. Soy celoso, Kagami. Muy, celoso.
—No seas ridículo. ¿Cómo vas a ser celoso si vives de mujer en mujer?
—Y aún así lo soy. No te estoy mintiendo —admite, avergonzado—. Probablemente por eso mismo, es que me urge salir con todas. Son tan lindas que no quiero que otros las tengan.
—No me vengas con ese discurso cliché, por favor —Tsurugi lo reprente, injuriada—. La típica excusa del machista. ¿Qué me dirás ahora? ¿Qué lo haces porque quieres protegerlas? Tu mismo las lastimas en el proceso, no insultes mi inteligencia.
—Pero te estoy siendo sincero…
—El señor Fathom tiene razón. Eres un sinvergüenza.
—Puede ser…—asume—. Pero también soy celoso.
—Deja de repetir eso o me bajaré del auto —le advierte.
—No. No irás a ningún lado. Ya te dije que yo te llevaré a casa —refuta molesto, retomando el camino hacia la avenida—. Ya casi estamos.
Genial. Esto tiene que ser una puta broma de críos. ¿Cómo coño vas a ser celoso, Fathom? Encima que te la pasas comiendo de platos ajenos y vienes con ese discurso. No le creo nada. Ni la más mínima palabra. Está haciendo esto para intimidarme y que rechace el compromiso. No caeré tan fácilmente.
—Ya llegamos.
—Félix. No voy a recular con esto —sentencia Kagami, briosa—. Si tú quieres cancelarlo, hazlo. Pero a mi no me pidas que lo haga porque no tengo ganas ni tiempo de verte tirado en la calle sin un euro en los bolsillos. Soy una mujer pragmática.
—Entonces no te importa que yo sea un celopata de mierda —redunda, sutilmente sagaz.
—La celopatía es mi campo ¿Ok? Trato a diario con parejas que pasan por ese problema —se encoge de hombros, abriendo la puerta entre tanto—. Se como lidiar con eso. El siguiente paso es saber, como haremos con el compromiso.
—Pues ahora debemos hablar con mi madre y convencerla de que esto es real, jejeje…—masculle el rubio, rascándose la cabeza—. Ella no nos cree ni lo que rezamos. Así que tendremos que ir a darle una visita mañana mismo.
—Iremos entonces —le adjudica— ¿Me darás tu dirección para llegar o el señor celoso vendrá por mí?
—Yo vendré por ti —demanda—. Tú no te muevas de tu casa hasta que yo llegue.
—Tengo que ir a trabajar mañana, tonto —resopla, taciturna—. Ven por mi luego de que regrese.
—No vayas.
—No haré eso. Adiós —le propina un portazo.
Como si no tuviera suficiente. El muy pendejo se baja del auto y me grita desde la calle.
—¡Soy tu esposo ahora! ¡Tienes que hacerme caso!
—¡Pues sigue soñando, tarado! —lo rechaza, desde la escalera— ¡Hasta que no vea una argolla en mi dedo no te haré caso ni mierdas! ¡Adiós!
—Ghng…tsk. Eso está por verse, Tsurugi —sonríe, perspicaz.
¿Quién demonios se cree? Ni que fuese su esclava. Dentro de su absurda cabeza enfermiza, debe de estar planeando que en cuanto nos casemos, yo seré de su propiedad. Estás muy equivocado si piensas que te debo pleitesías, Félix. Tú serás celoso. Pero yo, soy implacable. Y para asegurarme de que no se diera el lujo de seguir hostigándome, apagué el cel. Fin del asunto. Ya veremos mañana, como le lavamos el cerebro a Amelie. Solo espero…que esté de humor.
[…]
—¿En dónde está tu querida novia, Félix? —consulta Amelie, arqueando una ceja— ¿No se supone que debías ir por ella?
Mansión de la familia Fathom. 19:35PM.
Félix se pasea de un lado a otro cual león enjaulado. No importa cuantas veces saque el celular del bolsillo y marque, Kagami no da señales de vida. Ofuscado, se desordena la corbata.
—Arg. Es lo que le dije, madre. Fue el trato que hicimos —gruñe Fathom, vuelto una maraña de caos—. Pero la muy orgullosa hizo lo que quiso. Para cuando llegué a su casa, no estaba y no contesta ni mis llamadas ni mis mensajes.
—¿Esa es la clase de mujer con la que te quieres casar? —sopesa la rubia, desconfiada—. Aún sigo sin entender el como se conocieron para llegar a este punto. Jamás los vi interactuar ni una sola vez en la empresa.
—Por supuesto que no, madre. Yo no hago esa clase de indecorosas muestras de afecto delante de los trabajadores —miente, sin un ápice de descaro—. Nos conocimos fuera, ya te lo dije. Kagami no es de planta. Tiene contrato a honorarios. Y yo no-…
—Lady Amelie. Joven Fathom —interrumpe Nathalie Sancoeur—. Madame Tsurugi está aquí.
—Que bien. A pesar de su falta de compromiso, llega puntual —la señora Fathom se levanta del sofá—. Hazla pasar.
—Yo iré por ella, madre —rezonga su hijo, predispuesto a enfrentarle. Una vez en el vestíbulo, Félix la encara de voz baja contra el oído—. ¡Kagami! ¿Se puede saber por qué me haces esto? Teníamos un acuerdo.
—Tú y yo no quedamos en nada, Félix. Te lo dije anoche —murmura Kagami, de camino hacia el salón—. Y espero hayas repasado la historia que comentamos porque de no estar alineados, nos cae encima.
—Tal vez esté considerando fingir alzhéimer —bromea, ocurrente.
—Cierra la boca, bobo —lo pellizca del brazo—. Si no quieres que le diga a tu madre que eres un loco trastornado.
—¿Por qué me dices eso? ¡Ouch! —gruñe, adolorido—. Yo no soy ningún trastornado.
—Ni tampoco eres mi esposo. No aún. Así que te callas y cooperas —Tsurugi se presenta frente a Amelie, en una reverencia oriental casi perfecta—. Muy buenas tardes, honorable señora Graham.
—Ya veo. Con que aquí está la mujer que le robó el corazón a mi niño —responde la aristócrata, simulando su mas falsa sonrisa en inmodestia—. Espero no intente robar algo más.
Mierda. No será un hueso fácil de roer. De entrada, ya me tiró un saco de basura encima. Me voy a tener que morder la lengua hasta sangrar, en más de una ocasión. Porque el panorama se presenta contra la marea. Tengo experiencia tratando con personas de comentarios pasivos-agresivos. Sin embargo, Amelie no es un paciente de la cual, conozca su ficha clínica. Durante la tarde, traté de indagar sobre sus archivos privados. No presenta ningún cuadro patológico declarado. Solo el de una mujer relativamente arrogante que defiende con garras, los intereses de su familia. Como me hubiera gustado que Colt estuviera aquí presente. El siempre supo hablarme con cariño y respeto. Su esposa, no va a desaprovechar ni un solo chance, de humillarme. Vengo preparada. Me tomé dos infusiones de pasiflora, un té de melisa, dos sahumerios en el culo y alguna wea para la indigestión. ¿Habré exagerado? Con esta gente nunca se sabe. Capaz envenene mi café.
De momento nos hace pasar al balcón que da hacia el jardín. Nathalie, la asistente y ama de llaves de la mansión me ofrece bocadillos y fastuosos sabores para endulzar mi brebaje. Ella me da buena espina, entre tanta hostilidad. Al menos sonríe de manera honorifica. A lo lejos, noto a un gordo panzón cortando el césped, que de a ratos se suena la nariz. Que familia tan excéntrica. ¿Así son todos los ricos? Me ayudaría a recopilar un poco de valiosa información. Entender al menos el por qué, Félix creció tan torcido, a pesar de ostentar tanto lujo apoteósico, la sobreprotección de una madre y la exigencia de un padre ausente.
—Fue durante el baile de diamantes ¿Verdad, Félix?
—Es cierto, madre —repite Félix, siguiendo la corriente del relato—. Ya sabes, el que organiza mi tío Gabriel una vez al año.
—Mhm…que extraño. No recuerdo haberte visto en él —inquiere la señora Fathom, dubitativa—. Y yo tengo muy buena memoria para reconocer rostros.
—Es-es que…fue el que hizo hace dos años ¿Te acuerdas? —falsea el rubio, nervudo—. Al que no pudiste asistir, porque estabas de viaje por china.
—Comprendo. Si, es verdad que me lo salté —exclama, de té en labios—. Pero aún así, sé reconocer el rostro de alguien importante.
—Tal vez fue por eso, señora Fathom —esboza Kagami, de sonrisa loable—. No soy nadie importante, jejeje.
—Tonterías. Eres la hija de la difunta Tsurugi-san. Desconocida no eres —desmiente la aristócrata, de cejas serenas—. Pero tampoco puedo admitir que seas relevante.
—He de imaginar que la futura candidata que tenía para Félix, lo era —Tsurugi baja la cabeza, afrentada—. Le pido una disculpa por no estar a la altura de sus expectativas.
—Al contrario. Era incluso menos notable que tú —alardea, llevándose a la boca un par de aceitunas—. Solo quiero que tengas en claro una cosa. No estamos buscando una princesa para Félix. Dinero nos sobra y no necesitamos alianzas comerciales. Tan solo que sea digna de su corazón y pueda amarlo de verdad. Es un muchacho al que le gusta demasiado hacer las cosas al revés —masculle, fulminando a su hijo con la mirada—. Lo educamos para que respetara el orden natural de la vida. Sin embargo, insistió en hacerlo a su manera y empezó de atrás para adelante.
—Ma-madre, tu sabes que a veces el orden de los factores, no altera el produ-…
—El orden natural, Félix —sentencia su progenitora, desaprovechada—. Conoces a la persona, te comprometes, te casas y luego, te pones a hacerle hijos. No vives en la selva como los monos ni andas en taparrabos. Suficiente tuve con aguantarte todas tus clandestinas aventuras. En esto, no pude discutir con tu padre. El tiene razón. Te toca sentar cabeza.
—L-lo sé, mamá…—admite su primigenio, restado—. Y créeme que con Kagami estamos ansioso por contraer pronto este compromiso.
—Realmente nuestro amor es verdadero, lady Amelie —asiente la muchacha, tomando la mano de su compañero—. Amo a Félix con toda mi alma. Estoy dispuesta a aceptarlo con todos sus pasados devenires.
—Mmhm…se ve que no te ha contado mucho de esos "errores" ¿O sí? —propone, sagaz—. Félix tiene una imaginación demasiado nutrida. Y últimamente la ha estado usando para modificar la realidad a su antojo, más de lo que podemos tolerar. Es por culpa de sus malas juntas. Se ha vuelto todo un mentirosillo.
—¡Ma-mamá! —el rubio da un bote en su asiento, pasmado— ¡Por favor, no le digas esas cosas a mi novia o la espantarás!
—Con todo respeto, madame. No soy quien para juzgar el pasado intimo de mi pareja —declara la japonesa, de autoritario tono—. Al igual que él tampoco lo hace.
—¿Y lo conoce, si quiera? —carcajea, solapadamente morbosa—. Porque no sé si no te has enterado aún, pero Félix es sumamente celoso.
—…
Carajo. Esta jugada si que no la vi venir. Félix enmudece de sopetón y suelta mi mano de manera automática. Sé perfectamente lo que debe de estar pensando y los comentarios nocivos de Amelie no están ayudando. Solo lo empeoran, acrecentando miles de inseguridades que no vienen al caso. Que forma tan infame de boicotearnos, señora. Pero conmigo, no podrá. Instintivamente, lo jalo del brazo y finjo un cariñoso afecto por él. Cosa que pueda notarme lo más despreocupada posible. Sorpresivamente, tomo ventaja. Mi compañero ya no profesa ese rostro compungido de desdén. Lo relaja, ruborizándose en el proceso.
—Estamos trabajando para mejorar eso —asegura Kagami, jocosa—. Soy experta en el tema. Está en buenas manos, se lo puedo asegurar. Más que mal, soy terapeuta.
¿Ya…está? ¿Eso fue todo? ¿Lo he…conseguido? Amelie ya no me mira con esa cara de perros y amargos enemigos. Al igual que su hijo, se ha dejado embaucar por mis encantos, doblegándose a mi farsa. ¿La convencí?
—De acuerdo. Te creo, querida —delega la británica, ordenando que el té sea cambiado por una botella de champaña y tres lustrosas copas—. Vamos a brindar entonces. Por el futuro de su matrimonio. Y ese bebé que viene en camino. ¡Salud!
Me siento…expatriada de mi propia nación. Como quien se ausenta lánguidamente de la tierra al cielo y emprende un viaje sin retorno al paraíso. Está hecho. Para cuando acaba la velada, Amelie ostenta un indulgente aprecio por mi persona. Ya no hay quien le borre la sonrisa del rostro. He desenterrado años de mala calaña, en un par de horas. Desde transmutar resquemores, hasta cotejar un futuro prometedor para los dos. ¿Así es como funcionan los acuerdos nupciales? ¿O es que acaso solo soy buena comerciante? Comienzo a enterarme, tarde, pero lo hago. De que esta no era una reunión sentimental. Si no, una de negocios. Una, en la que me vendí al mejor postor. Y de paso, me llevé un bonus extra en el bolsillo. Un pobre y desorientado muchacho. Que ya poco y nada entiende de lo que está haciendo.
Este nunca fue un mundo de hombres. Es el mundo de las mujeres. Ellos habrán creído gobernar imperios milenarios, dejando vestigios de su paso por el cosmos. Cuando en el fondo fueron ellas, urdiendo tras las sombras, cada hilo que movían. Un sultán, es sultán por derecho. No así su esposa. Quien no vivirá con la cabeza pegada al cuerpo si la madre de ese sultán, la desaprueba. Está bien. Quizás no sea el mejor ejemplo para tiempos modernos. No es un rey ni un príncipe. No obstante, muy alejado de la realidad no está. Se da incluso en las familias más humildes.
Estoy exhausta. Félix conduce de regreso a mi casa. No sé que tanto le habrá parecido a su satisfacción, la noche. Solo sé que, en más de una ocasión, intenta colarme la mano por el muslo. Lo palmoteo. Bien me lo advirtió su madre. Si que es un jodido experto.
—Como se nota que te gusta hacer todo al revés —farfulle Kagami, delimitando espacios—. Respeta el orden.
—Vamos, Kagami. Ya no hace falta que finjamos. Estamos solitos ahora —exclama Félix, de febriles mejillas—. No está mi madre aquí. Para el mundo entero, tú esperas un bebé mío.
—Tú lo has dicho. Para el mundo. Pero no para mi —le recuerda, desertando de su idea—. No te hagas falsas ilusiones conmigo, Félix. No me vas a tocar un solo pelo, hasta que estemos casados.
—¿Ni si quiera un besito? —juguetea, estirando la trompita—. Uno. Moac.
—Te aguantas. No te vas a morir tampoco —murmura, ligeramente cautivada por su intento—. Te la pasaste años besando bocas ajenas. La mía no es la gran cosa.
—¿Es cierto lo que insinuó mi madre? —consulta, al volante— ¿También tienes un pasado libertino como el mío?
—Por favor, no seas tan ingenuo —bufa Tsurugi, desviando la mirada hacia el ventanal—. Esa cosa de la virginidad, es muy retrograda para estos tiempos. Funciona igual tanto para hombres como mujeres. Ya nadie llega al matrimonio como un casto beato.
—¿Entonces no lo eres?
—Lo soy…—traga saliva, apretando los labios—. Por supuesto que no…
—¿Quién fue? —gruñe.
—¿El que? —no se entera.
—El bastardo hijo de puta que te robó cochinamente tú honor.
—¿Me robó? —¿Qué le pasa? Este chico vive en el medioevo. Pero ¿Por qué me entretiene que se ponga en ese plan? Dios…es tan exquisito y ni enterado está —Kagami se lleva el puño a la boca, carraspeando—. Félix, nadie me ha robado nada ¿Bien? Además. ¿Hace falta que te refieras así de forma tan despectiva? Pareces molesto.
—Lo estoy —admite el ojiverde, frenando frente a su casa—. Es más, me irrita saberlo. Como lo pille en la calle, lo reviento a puñetazos. Dime ya, quien fue. Que obsceno.
—Un momento. Parale ahí —advierte la japonesa, de descontento furtivo— ¿Qué me cuentas? ¿Acaso le robabas la virginidad a todas?
—Por supuesto que no. ¿Por qué clase de monstruo me tomas? —reniega, ofendido—. Ni si quiera me fijé en eso. Al contrario, ellas ya mostraban experiencia antes.
—¿Y se puede saber por qué te molesta tanto, lo mío?
—Porque me gustas. Ya te lo dije.
—¿Y no te gustaban las otras chicas?
—Si, claro. Pero no de esta forma.
—¿De qué forma?
—¿Estás jugando conmigo? —protesta el inglés.
—Si, cabrón. De la misma forma que jugaste antes con otras —Kagami lo jala de la camisa, colérica— ¡Respóndeme! ¡¿Por qué conmigo?!
—¡Oye no te violentes así conmigo porque me estimulo y luego no respondo! —chilla.
—Arg…maldito degenerado ¿Para que me molesto? —se baja del auto—. Ya lárgate.
—¡Kagami! ¡Espera! —la sigue detrás, arrojándose al suelo cual sirviente desamparado— ¡Por favor! ¡Tienes que ayudarme! ¡No es personal! ¡Es solo que de verdad jamás antes sentí algo como esto! ¡Te lo juro por lo mas sagrado! ¡Te digo que si me gustas!
—Mírate. Eres experto incluso para falsear lagrimas de cocodrilo —rebate la muchacha, desanclando sus piernas hacia atrás— ¿Sabes qué? Está bien. Te dije que te ayudaría. Pero respetarás el orden natural de las cosas y lo harás en una cita médica. ¿Está claro?
—Está bien…
—Ahora párate, que se ve terrible que me andes rogando por el piso —lo tira hacia arriba— ¿Qué van a pensar los vecinos?
—¿Que soy un hombre enamorado? —repite Graham de Vanily, en un jadeo caliente—. Lo estoy.
—¿Ahora pasamos del gusto al enamoramiento? —niega con la cabeza, descalabrada—. Vete a casa, Félix. Tienes cita conmigo para el lunes a las 17:30. No llegues tarde.
—¡Ahí estaré! —brinca, cual niño en un parque de diversiones. Se lleva un par de dedos a la boca y le lanza un beso— ¡Te amo! ¡Buenas noches, mi reina! Jejeje…
—Que payaso…—. Ay...también me gusta tanto…
Esto es el colmo. Resulta que de la nada, este chico ahora me ama por la vida. Cuando hace un par de minutos confesaba toda clase de incoherentes sentimientos. ¿Y si Félix sufre de personalidad limítrofe? Voy a analizar bien este caso. Porque lo cierto es que no estoy dispuesta a tratarlo sin antes primero tomar resguardos. Mi sanidad mental está en juego y no puedo permitirme, caer en su locura.
Porque finalmente, terminaremos siendo dos locos…de amor.
