—¿Esto que demonios se supone que es…?
Empresas Fathom. 16:50PM. Oficina de Félix.
—Es lo que es, niño. No pongas esa cara de atolondrado —explica Amelie, sentada frente a su escritorio—. Necesito que le hagas llegar a Tsurugi, este documento. Lo quiero firmado antes de la boda, que es el sábado.
—Pe-pero…madre. No comprendo —tartamudea, circuspecto. Relee— «Contrato prenupcial» ¿De qué va esto? Son muchísimas páginas. Como mínimo 20…
—Lo sé, cariño. Gracias por aclarármelo. Yo también se contar —ironiza su madre, caminando hacia la salida—. Es imperativo que lo firme.
—Madre, con todo respeto —profesa su hijo, confundido tras leer varios términos—. Hay términos bastante radicales aquí. Algunos, que involucran la libertad de expresión de Kagami. Como, por ejemplo, ir a ruedas de prensa sola o no asistir a reuniones sin mi…
—Félix, te conozco. Eres demasiado celoso. Solo estoy velando por tus seguridades y, además, intereses familiares —relata Graham de Vanily—. Te hago un favor. Si este matrimonio no llegase a funcionar, el divorcio seria inminente y bajo ningún punto de vista puedo permitir que se lleve una tajada de nuestro patrimonio. Por lo demás, si logras que lo firme, tu padre está dispuesto a traspasarte de inmediato la empresa.
—Pero ¿Qué tiene de malo? —sugestiona, desalentado—. Es la madre de mi bebé y lo de la empresa me parece bien, sin embargo…
—Bueno. Eso se verá para cuando el bebé nazca —asegura, saliendo por la puerta—. Si es que nace…
—…
—¡Wow! ¡Señora Fathom! —Luka la intercepta de salida— ¿Ya se va? ¿No se queda para un café?
—Hola, Luka. No, lo siento. Llevo prisa —masculle, a regañadientes—. A ver si logras que mi hijo cambie esa cara de muerto que trae y lo haces recapacitar. Hasta pronto.
—¿Recapacitar? —repite Couffaine, extraviado en el contexto. Cierra la puerta—. Amigo… ¿Estás bien?
—No tengo ganas de hablar sobre esto ¿Sí? Por favor —rehúye el inglés, arrojando la carpeta hacia un costado. Se da un giro sobre la silla, en angustias—. Demonios, Luka. De haber sabido que el matrimonio era tan complicado, me hago la vasectomía y ya.
—Como siempre tan melodramático —carcajea su amigo, vertiendo un poco de whisky en su té—. No hace falta caer en esos extremos. Tan solo gastar un par de euros en una farmacia y ya.
—No funciona así, tonto —le reprocha de vuelta, tragando por completo el brebaje—. Los preservativos no se hicieron para evitar embarazos. Si no para prevenir enfermedades venéreas. En tal caso de no buscar una concepción, debes correr con los gastos médicos de la chica y sus medicamentos. Ya está.
—Es el precio que debes de pagar por una noche de afecto —esboza, preocupado— ¿O no? Eres un hombre responsable dentro de tu irresponsabilidad. Siempre lo fuiste. ¿Qué falló ahora?
—La chica me gusta de verdad.
—¿Y por eso decidiste no costear lo demás…?
—No…nada que ver…—exhala el rubio, derrotado—. Es mucho más complicado que eso. Si te lo cuento, no me creerías. Nadie lo haría. Mi fama me ha crucificado.
—Félix. Soy tu mejor amigo. El único que tienes, por lo demás —declara el ojiazul, conmovido—. Puedes confiar en mí. Yo siempre estaré del lado de la verdad.
—¿Me creerías si te digo, que Kagami no está embarazada?
—A ojos cerrados —sentencia—. Y no me sorprende, la verdad. Yo ya lo sabía.
—Como. ¿Eres ginecólogo ahora?
—Que payaso. Kagami me preguntó lo mismo —bufa, enternecido—. Ustedes dos están igual de desquiciados. No lo notan, pero se parecen muchísimo. Sobre todo, si han urdido juntos este maquiavélico plan de fingir un embarazo.
—Aish…ya no quiero hablar de Kagami ¿Bien? —masculle en desdén, rellenándose el tazón de más whisky y algo de café—. Mejor hablemos de mi despedida de solteros. ¿Quiénes irán? ¿Las hermanas Bourgeois?
—Amigo, eres todo un caso —resuella el diseñador, de jovial sonrisa—. Ni si quiera te has casado aún y ya estas pensando en otras chicas.
—¿Y que demonios quieres que haga, a ver? —bebe un sorbo, enajenado— ¿Qué piense solo en ella? ¡Joder, Luka! ¡Es en todo lo que pienso día y noche! ¡Ya me tiene harto! —se pasea por la oficina, agitando brazos— ¡Me acuesto pensando en ella y me levanto pensando en ella! ¡Esa mujer me hizo magia negra! ¡Tengo mal de amor! ¡¿Cómo huyo de esto?! ¡Se me ha descontrolado el corazón!
—No. Lo que tienes descontrolado son las hormonas —suspira, girándose por la silla hacia el—. Te conozco desde los 10 años, Félix. Te obsesionas rápido cuando no obtienes lo que quieres. Y para cuando lo logras obtener, te desencantas igual de rápido.
—¡Ni si quiera me deja darle un misero beso! ¡Ni un piquito! ¡Nada!
—Ya veo. Así que ese es el problema ¿Mh? —Couffaine reposa la mejilla sobre el puño—. Kagami Tsurugi es una obra de arte del Louvre. Su cara lleva un cartel encima que dice: "Se mira, pero no se toca".
—No estás ayudando, cabrón…
—De acuerdo, de acuerdo. Te ayudaré entonces —recula, levantándose. Lo toma de los hombros—. Organizaré la mejor despedida de solteros de la vida. Para que, de alguna forma, te quites de encima estas ganas que tienes.
—Gracias. Por ahí nos vamos entendiendo mejor —admite Fathom, azorado—. Mira que luego del matrimonio, dudo mucho poder volver a lo mismo…
—Estarás casado, amigo. No muerto —lo alienta, de palmadas sobre la espalda— ¿Por qué tan desahuciado?
—¿Me estas sugiriendo serle infiel? —pregunta, pasmado.
—¿Desde cuando lo eres, en primer lugar?
—No jodas —Graham de Vanily lo empuja hacia atrás, ofendido—. Yo no soy un hombre infiel. Seré medio puto y cobarde, pero jamás le he sido infiel a una chica.
—No. Es verdad. Te pido una disculpa —flaquea—. Para ser infiel, primero debes tener una relación formal. Y lo cierto es que nunca tuviste una con nadie. No hubo quien te dominara.
—Luka. No te ofendas. Pero comienzo a pensar que eres una pésima influencia —le reprocha, asumiendo que es una realidad que soporta—. Y lo peor de todo, es que ni te gustan las mujeres. Vaya infeliz saliste.
—¡Jajajaja! ¡Pastelero a sus pasteles! ¡Yo no te digo nada por tu gusto a las chicas! —ríe a dientes— ¡No me saques en cara mis gustos ahora!
—Ya no quiero serlo…—revela el ojiverde, cabizbajo—. Kagami no se merece esto. Podré ser mucha mierda. Pero eso no…
—Hablas como si ella realmente sintiera algo por ti.
—No. Solo estoy fantaseando en voz alta —reconoce, regresando a su silla cual peso muerto cae sobre ella—. Kagami no me ama, Luka. Nada. Nadita de nada. Ni si quiera le gusto un poquitín. Se ríe a veces de mis chistes malos y de vez en cuando, me sonríe. Pero hasta ahí. Creo que este compromiso, tan solo asegurará mi herencia. Más no mi felicidad.
—Lo que dices no tiene pies ni cabeza ¿Sabes? No seré experto en relaciones heterosexuales —le comenta Couffaine, de voz templada—. Pero ninguna persona que no esté dispuesta a profesar un mínimo de cariño por otra, se prestaría para semejante engaño. Kagami siente cosas por ti. Lo que pasa es que está insegura.
—¿Insegura? ¿De qué? —no se entera.
—¿Es una broma o naciste ayer?
—Ya. Ya entendí —despabila, mosqueado—. Si, lo sé. Es mi reputación. Bueno, lo que soy. Es natural que me tenga miedo. Probablemente jure que estoy jugando con ella al igual que con todas. Aunque ya le he repetido hasta el cansancio que no es así. No me cree ni una puta palabra. Incluso la otra noche le dije que la amaba, y-…
—¡Wow! ¡Wow! ¡Wow! Alto ahí, semental —Luka se para violentamente, dando un paso hacia atrás como quien ve un fantasma— ¿Co-como que le dijiste que la amas…? ¿Estás de coña?
—Deja de mirarme así, baboso. Lo dije en serio…
—¿Estás…enamorado de verdad de esa chica? —lo escucha y no lo cree.
—Si no es amor ni tampoco calentura ¿Qué otra cosa será? —advierte.
—¿Obsesión?
—No. No es obsesión…—manifiesta Félix, de cara hacia el ventanal que da hacia la ciudad—. Al principio, puede que si lo haya sido. Me la pasé muchos años coqueteándola. Intentando que me notara. Luego, ella lo hizo. Comenzó a mirarme más y a saludarme. Con el tiempo, logré que me dirigiera la palabra en mas de un monosílabo. Y fue en ese entonces, que comencé a seguirla a escondidas. A todas partes que iba. Deseaba saber mas de su vida, a que se dedicaba, que le gustaba. Finalmente me vi envuelto en una maraña de pensamientos cariñosos que no profesaba con ninguna otra. Y yo…—acalla, haciendo una pausa meditativa sobre sus sentimientos—. Yo me moría de ganas por tener una cita con ella. Sin necesidad de querer llevarla a mi cuarto. No hacía falta quitarle la ropa para saber cómo se sentiría su calor. Podía imaginarlo, con tan solo palmarme los dedos. Así que cambié de estrategia y busqué otros métodos. Le escribí un par de poemas cortos. Le enviaba flores y le dejé correos. La invité a tomar un helado de André. Aun así, ella…continuaba rechazándome.
—Estoy…en shock…
—Gracias. Que amable.
—No, tonto. Es un shock bueno —corrige Luka, envolviéndolo en un abrazo cándido—. En verdad, me has dejado sin palabras.
—¿No te gusto, o sí? —se ruboriza.
—No empieces con tus degeneraciones —bufa, apartándolo—. Félix. Lo que me cuentas, es serio. Muy en serio. Creo que Kagami debería saber de todo esto. Al menos, revelárselo con sinceridad.
—Lo he intentado…pero ¿Cómo lograr que me crea? —reconoce, cabizbajo—. Es mi fin…jamás lograré nada con ella. Es tal como dices. "Se mira, pero no se toca". Se acabó…
Te equivocas, Félix. Lo cierto, es que he oído cada palabra que ha salido de tus labios, con lujo y detalle. Es esta manía que tengo, de quedarme escuchando tras bambalinas. Benditos sean los dioses por haberme permitido pasar por fuera de tu oficina, en el momento crucial. Y no miento al confesar que me muero de ganas por creerte. Tan solo…dame el tiempo de hacerlo. Te prometo, que pondré de mi parte, para confiar en ti. No desesperes. Tómalo con calma. Se dará…yo lo sé.
Mierda. Viene alguien. Es momento de huir.
—¿Interrumpo?
—¿Marinette?
—Nada. Yo ya me iba de salida —concurre el diseñador, cogiendo su chaqueta—. Los dejo, chicos. Sigan haciendo grande a esta empresa. Nos vemos en la cafetería —se va.
Una vez a solas.
—Félix…
—Perdona. Estaba terminando una reunión muy importante con mi socio y olvidé que los lunes vienes con el reporte —esclarece Fathom, regresando a su asiento. Recompone la postura, templado— ¿Qué me traes?
—Son las proyecciones de marketing que me pidió el señor Fathom —Dupain-Cheng le deposita la carpeta sobre el escritorio—. Van con la tablilla de perdidas. Personalmente quise incluirlas esta vez, porque te escuché quejarte que nunca estaban.
—¿Yo me quejé? —parpadea, absorto.
—Descuida. Disculpa si sonó así. Es una menudencia. De todas formas —murmura la chica, llevándose un mechón de cabello tímidamente detrás de la oreja—. Lo puse sin autorización, para ahorrarte el trabajo de tener que entrar a la base de datos del departamento de economía. Espero sea de tu agrado.
—Gracias, Marinette. Eres una chica muy eficiente como de costumbre —halaga el inglés, complacido con su reporte. Lo examina, echándole una ojeada—. La verdad no soy bueno para las matemáticas. Se me da bien gastar dinero, pero no adquirirlo. Tú ya me conoces.
—Lo sé, Félix. Te conozco. Lo hago desde los 8 años, de hecho…—murmura, timorata—. Fuimos a la escuela juntos y luego a la universidad.
—Eso…es cierto, Marinette —reconoce el varón, dejando a un lado el documento para prestarle atención—. Lo tengo muy presente. Tú estabas en la facultad de relaciones publicas y yo, en la de leyes.
—Aunque no quisiste terminar la carrera y abandonaste al tercer año —le refresca la memoria—. Creo que hubieras sido un excelente abogado. Te gusta mucho defender ideales de otros. Y no tanto los tuyos…
Félix frunce el ceño.
—De acuerdo. Comienzo a entender —masculle Fathom, arrojándose de codos hacia el escritorio—. Adelante. Dime lo que tengas que decirme. Soy todo oídos. ¿Que te perturba?
—Nada me perturba, Félix. Temo que seas tú, el perturbado —expresa la peliazul, acongojada—. Siempre supe lo que quería. Mientras que tú, experimentabas para ver que cosas eran más de tu agrado y cuales no, viviendo de incertidumbres. Yo remarcaba mi futuro con certezas. Aunque al principio me haya perdido un poco en el sendero hacia la plenitud, con el paso de los años comprendí que tú gozabas el extraviarte. No saber a dónde ibas, que camino tomar, cual decisión era mejor.
—Solía ser un joven descarriado. No lo niego —acepta Félix, impávido—. Eso me llevó a cometer muchos errores de los cuales, me arrepiento profundamente.
—¿Eso me incluye?
—…
—¿Yo soy parte del cumulo de errores, del joven descarriado? —cuestiona.
—No…—asegura el británico, agraviado—. No lo eres. Ni nunca lo serás. No olvidaré jamás, que tu fuiste mi primera mujer. La ignición fugaz del despegue hacia el paraíso. Me entregaste tus bondades, Marinette. De la misma forma en la que yo lo hice. No puedo obviar el pasado y borrarlo tapizándolo por encima. Eres y serás, quien se lleva la medalla de honor.
—Más no el trofeo ni mucho menos la corona.
—La corona…—sopesa el muchacho, gesticulando una sonrisa ladina—. Esa no la tiene nadie.
—¿Ni si quiera esa chica?
—Marinette, no…
—Félix. Tu serás muchas cosas. Pero cruel no eres —sentencia la muchacha, ultrajada—. Por favor…
—Teníamos 19 años…
—El tiempo es tiempo, solo para quien no lo ve relativo —asegura—. Eso me dijiste tú. Yo tampoco olvido ni obvio. Mucho menos palabras.
—Jamás te prometí nada a futuro.
—Y sin embargo aquí estamos. En el futuro. Trabajando juntos. Compartiendo reuniones, tazas de té, ideas para mejorar la empresa de tu padre que, con indulgencia, pagó mis estudios —remembra, de ojos humedecidos—. El mismo, que nos comprometió esa noche y que tú, vilmente huiste.
—Marinette. Escúchame —Graham de Vanily se levanta, sosteniendo su rostro entre manos. De voz apacible, confiesa—. Te ruego. No. Mejor aún. Te imploro, no me guardes rencor. Lo que ocurrió en mi casa durante esa cena, ni si quiera yo lo vi venir. Me hicieron una encerrona descabellada y como bien dices conocerme, era natural que no pudiera con ello. No fue algo personal hacia tu persona. Por el contrario. Si las cosas se hubieran dado distinto, tal vez hubiera funcionado.
—Ella no te ama, Félix.
—¿Y tú sí?
—Más de lo que pudiese haber callado durante todos estos años, niño ingenuo —corresponde, acariciando aquellos dedos que con infamia sujetan sus mejillas—. Nunca me importó tus aventuras. Ni la forma errática que tenias para salirte del molde moral. Te acepté así.
—No debes esperar tanto de las personas, Marinette. Mucho menos de alguien como yo…—cuenta Félix, restándose de su anatomía con amargura—. Creí que tu relación con mi primo funcionaría.
—Adrien es un chico dulce y amable, caballeroso por lo demás. Todo lo que una mujer aspiraría a tener a su lado. Pero Adrien, es Adrien. No eres tú —relata la chica—. Es absurdo intentar reemplazar a alguien, por otro. Imagino eso te pasa con la terapeuta.
—Su nombre es Kagami Tsurugi —proclama—. Y es la futura madre de mi hijo.
—Kagami no está embarazada de ti —determina Dupain-Cheng, azarosa—. Podrás haber engañado a todos, pero no a mí. En cuanto el señor Fathom se entere de que todo esto es un bulo, se irá por el caño. Y no. No me salgas con la típica bromita de que soy ginecólogo. No tengo que serlo —masculle, entre labios—. Soy mujer. Mi intuición me invita a hacerle caso al esoterismo de mi propia humanidad.
—Tendrás que tener pruebas de lo que dices, Marinette —rezonga el caucásico—. Es muy grave lo que insinúas.
—¿Grave? —rebate, ironizando su salida—. Grave es el engaño que te has montado. Buena suerte.
—Lo mismo digo…—la ve partir y desaparecer por el pasillo. Una vez a solas, se arroja contra la alfombra, jalándose de las greñas— ¡Arg! ¡AHHH! ¡MALDITA SEA! ¡¿Por qué mierda tengo que ser así?! ¡Si pudiera tomar una digna terapia decente…! Un momento —retrocede, analizando las manecillas del reloj— ¡Ya casi es la hora! ¡Tengo cita con mi terapeuta! Aunque…esperen —se olfatea las axilas—. Necesito un baño. Debo estar presentable.
¿Qué demonios acabo de escuchar? Si. Me había escondido detrás de una planta para poder oírlos. Marinette…está completamente loca.
[…]
—Y como ya le conté, señorita Tsurugi —exclama, jocoso—. Soy un chico muy exigente en cuanto a mis rutinas alimentarias. Es por eso que no puedo consumir tanta proteína animal en el día.
Sesión de terapia #1. Oficina de Kagami. 17:30PM.
—Todo muy bonito, señor Fathom. Pero hay algo que no entiendo —reprocha Kagami, iracunda— ¿Por qué coño viene recién salido de la ducha?
—¿Eh? ¿Qué? ¿Cómo? ¡N-no! ¡Por nada en particular! —desmiente, simulando demencia—. Suelo hacerlo cuando visito a una bella dama como usted, jejeje…
—Esto no va a funcionar, Félix —niega Tsurugi, cerrando la tapa de su libreta—. No puedes ser más obvio. Al menos finge un poco conmigo ¿Quieres? Estoy intentando ser profesional.
—¡Yo estoy siendo muy profesional también!
—Y si lo eres tanto. ¿Qué llevas en tu bolsillo derecho?
—¿En…mi bolsillo? —traga saliva, afrentado—. N-nada…solo mi celular.
—Muéstrame.
—Ka-Kagami. Te digo que solo tengo mi móvil y un par de pelusas, jeje…
—Que me muestres.
—Dios…que genio —admite Fathom, al total descubierto. Sin mucho por lo cual renegar, se desprende de sus bolsillos— ¿Ve? Nada malo, supongo…
Este chico me va a terminar sacando canas verdes. De plano se los digo. Sus pertenencias caen al suelo. Recojo la evidencia y se la enseño, sin nostalgia.
—Voy a asumir, que la tira de preservativos va siempre a la mano —rueda los ojos, arrojándola al bote de basura—. Todo normal.
—Es que soy un chico muy responsable, Kagami —se cruza de dedos.
—Y una mierda. Viniste a una sesión de terapia cognitiva —lo reprende, amonestada—. No a una clase del jodido Kamasutra. La próxima vez que te pille algo como esto, te juro que te mando a la mierda.
—¡Está bien! ¡Perdón! —junta las palmas, en un rezo pueril— ¡Fue…instintivo! ¡Lo juro!
—Si. Sé que es instintivo. Pero ese instinto, tiene solución —exhala la peliazul, retomando sus apuntes—. Vamos a la infancia. ¿Sufriste alguna clase de abuso alguna vez?
—Que palabra tan horrible —expresa agravio.
—¿Me respondes? —alza una ceja.
—Por supuesto que sí. Creo que todos hemos sido abusados de alguna forma —se encoge de hombros, restándole importancia—. Pero no es el tipo de abuso que insinúas. Si bien mi madre y mi padre no estaban siempre conmigo, me críe con Nathalie y algunos veranos con mi primo hermano. Nada morboso.
—Adrien Agreste. Lo mencionas mucho, evocando buenos momentos —anota— ¿Qué representa para ti?
—Un modelo a seguir. El es todo lo que no soy ni nunca seré —asegura el inglés, frotando la espalda contra el sofá—. Por cierto, este colchón es muy cómodo. Si cambias de idea, puedes devolverme la tira y-…
—¿Por qué crees tú, que somatizas el amor en impulsos sexuales?
—¿Cómo…?
—Perdona si no se entiende. Lo repetiré de otra forma de modo que un infante lo comprenda —incursiona, repitiendo la sentencia de la oración—. Más bien, digo. Los celos y el afán compulsivo de querer controlar a otros. ¿A que se debe? ¿A quien se lo adjudicas? ¿Acaso veías que a tu primo hermano, lo querían más que a ti?
—Esa pregunta es demasiado personal.
—Es mi trabajo. Tengo que hacerla —demanda—. Lo siento.
—…
—Félix…
—A mi primo siempre lo quisieron más. Eso no es cuestionable —confiesa, afrentado—. No digo que mis padres sean malas personas. Pero cada vez que necesitaba un consejo o la venia de una orientación adulta, no era precisamente a ellos a quien recurría.
—¿Era a Adrien?
—No. Era a mi tía Emilie.
—Ya veo. Una mujer…
—Una mujer. Adulta y madura —añade.
—Su tía Emilie es entonces, el foco de atención hacia el sexo femenino y, por consiguiente, el detonante que gatilla la carencia del amor —escribe—. La admirabas mucho. ¿Alguna ves la viste como una madre?
—Era más que solo una madre —relata el rubio, de parpados cerrados—. Dios, Emilie era todo lo que me dio la vida. Fuerte, vigorosa, moralmente correcta y con convicciones puritanas. Era católica, aunque nunca profesé su religión. Muchas veces la acompañé a la iglesia y fingía rezar con ella. Mamá en cambio es anglicana. Nunca se pusieron de acuerdo con eso. Y tampoco entendí la diferencia. Me vale mierda ahora.
—Idealización religiosa entorno a un dogma eclesiástico. Convicciones. Moral. El bien y el mal —asiente— ¿Qué edad tenías?
—Unos…7 u 8 años. Ya no recuerdo bien.
—El umbral del paradigma consciente. Félix creció…desviado de sus propias insignias —Kagami sacude la cabeza, altiva— ¿Alguna vez, Emilie te comentó, inquirió o sin querer te inculcó, que la sexualidad era pecado?
—N-no lo sé…—repara.
—¿No lo sabes, no te acuerdas o no quieres contarlo?
—Supongo que las tres juntas —admite el ojiverde, nervudo y sutilmente acomplejado—. Kagami… ¿Estoy muy grave? ¿Debo internarme en un loquero? ¿Me iré al infierno?
—No lo estas, bobito. Solo una ultima pregunta y terminamos por hoy —interfiere la nipona, socarrona— ¿Aun sientes celos de Adrien? Y de ser así ¿Qué es lo que te irrita de el?
—Me molesta…que haya salido con la chica con la cual perdí mi virginidad —masculle—. No lo entenderías, porque eres mujer.
—Ya lo tengo. Dios, es mucho mas sencillo de lo que pensé —prescribe—. Ya veo. Así que ambos compartieron el amor de la misma chica, que indiscriminadamente veían como una madre. Es mucho mas burdo de lo que se muestra.
—¿Disculpa?
—No te ofendas. Desde un punto de vista psicológico, es mas normal de lo que dimensionas —asegura, entre risas—. Félix, no eres celopata. Ni tampoco un sátiro.
—¿Qué cojones es un sátiro? —resuella por la nariz—. A mi háblame en español.
—Es algo así como una ninfómana, pero del lado masculino —rueda los ojos.
—¿Y eso que significa? —no se entera— ¿Tiene cura?
—Claro que la tiene, niño —se levanta, estirándole la mano—. Yo puedo sanearlo.
—¿De qué forma…?
—Demostrándote, que no estás solo ni desamparado en el mundo —asegura, briosa. Lo jala hacia arriba, parándolo—. Todo va a estar bien, Félix. Tengo la formula. Es más, estaba pensando en escribir una obra para mis pacientes. Pero de momento, has aportado valiosos conocimientos a él.
—¿Un libro?
—Un manual —revela la especialista, regresando a su lugar cada libro—. En caso de emergencias.
—¿Qué emergencias? —despabila— ¿Virales?
—No. Un manual de emergencia para celosos. Y ya deja de preguntarme todo, pareces un crío —escarmienta, caminando hasta su escritorio—. De momento, te noto demasiado ansioso. Si bien no tengo licencia para recetar medicamentos, bien puedo comentártelos como un especialista recomendaría a otro. Ten estos. Te harán bien —le extiende un papelillo—. No soy quien para decirte esto ni tu para saberlo, pero la farmacia de la avenida Saint Louis vende sin recetas.
—Eso suena ilegal, señorita terapeuta —suelta una bufonada en respuesta, coqueteándole en el proceso— ¿Es un usted una malhechora? Eso me gusta mucho…
—Ya quisieras —lo empuja de hombros, entretenida—. Ya vete. Hemos finalizado.
—¿Quizás sería bueno que ambos compartiéramos esta terapia? Quiero decir, no soy el único ansioso por el matrimonio.
—No le temo a los compromisos, Félix —sentencia la japonesa, briosa— ¿Por qué intentas proyectarte en mí?
—Porque no considero que sea el único celoso en esto —sugestiona.
—Pff…que boberías dices —desmiente, glorificándose de una altanería orgullosa—. No quieras compararte conmigo. No soy celosa. Nunca sentí celos de nadie. Tengo el amor propio por las nubes.
—Eso está por verse —propone, sugerentemente antes de salir por la puerta—. Mañana es mi despedida de solteros. Y pretendo tirar todo por la ventana.
—Es chistoso que menciones cavilar, intentar ser fiel luego de la boda —se encoge de hombros, despreocupada—. Sé que no lo serás. Aunque intentes engañar a todos, jurando blasfemo frente a un altar.
—Lo voy a intentar, de eso puedes estar segura —le guiñe el ojo derecho—. Pero solo para aclarar, un fútil adeudo incauto…—añade—. Será en casa de mi mejor amigo Luka. Vive en el distrito 7. Ya sabes, entre la calle Compagnie y la avenida Sasie.
—¿Qué mierda haces? —gruñe Kagami, fulminándolo con la mirada— ¿A mi que cojones me importa su dirección?
—Nos vemos~
—¡FÉLIX!
Maldito idiota engreído. ¿Qué esperaba conseguir con eso? ¿Confundirme? ¿Humillarme? ¿Provocarme? No soy tan ingenua como para caer en sus maliciosos intentos de provocación. Que él sea un celopata empedernido no me convertía en una también. Suficiente tengo con batallar frente a mis propias inseguridades. Paso de la terapia, regresando a casa como de costumbre. Me di una ducha, cené algo austero y me retiré al cuarto para revisar el móvil. Si bien seguía la cuenta de empresas Fathom en Instagram, jamás sentí necesidad de meterme en sus redes sociales. Por esas cosas de la vida, la cuenta de X llamada "Moda y tendencias Vanily" cautivó mi curiosidad. Pues había subido una nota sobre novedosas prendas de vestir, entorno a la inclusión. La presentaron como "Sublime". Un nombre estrambótico que le hacía honores a su prestancia. Era una chica rubia platinada, de ojos azules. La onírica representante de la Europa responsable y fascista que, de antaño, hubiese sacado aplausos. Pero no eran sus rasgos genéticamente caucásicos los que embobaron a los internautas. Si no, su proscribe condición. Pues no tenia extremidades inferiores. Posaba, cual modelo en pasarela, con metálicas prótesis. Demasiados comentarios elogiándola y muy pocos, criticándola. Detractores habrá siempre.
Yo no era una chica fisgona. Sin embargo, entre el cumulo de acotaciones que ostentaba, solo uno me robó el aliento y logró paralizarme de sopetón. La cuenta de Félix Fathom. La reconocí por el verificado azul a un costado y la pornográfica foto de su perfil; en bañador. Típico. Un idiota como este, pagaría para tener más audiencia y monetizar su contenido. Lo siguiente que llegué a leer…me sacó de quicio.
«Tal y como su nombre. Es sublime y muy hermosa. Me muero de ganas por conocerla en persona. ¿Será que le pueda robar un besito?»
1.508 likes a esa jodida glosa. Ella respondió con el doble de atiborrada aceptación.
«Ansiosa por haber sido invitada a compartir una velada contigo. Nos vemos esta noche».
Y un puto emoticón siniestro de beso y corazón. Te cocinaste, Félix. Se te acabó la maldita fiesta. Eres mi marido ahora, te guste o no. No permitiré que nadie, intervenga. Declaro que no son celos ¿Bien? Solo…pretendo resguardar lo que es de mi propiedad.
[…]
—¿Quién es el DJ de esta fiesta? —consulta Graham de Vanily, de cerveza en mano— ¡Súbanle a la música o de plano lo despedimos! ¡Jajaja!
Casa de Luka Couffaine. Fiesta en la piscina. 22:56PM.
—¡Eu! —sopesa el peliazul— ¡Mi amigo Félix vino, banda! ¡Ya conocen sus gustos! ¡Pónganle una tecno de los 90! ¡Hoy lo despedimos!
Suena de fondo «I love to love you – La Bouche – Club Remix»
—Dios, esta si es música de verdad —brinca, de trago en mano— ¡Vine con mi mejor atuendo! —se arranca el pantalón, exteriorizando un traje de baño corto, color azul— ¿Te gusta?
—¿Te gusta el mío? —le enseña su tanga roja, entretenido— ¡Jajaja! ¡Estamos a la onda!
—Que sucio eres, Luka. Por eso me caes bien —bufa, entregándole su botella—. Ténmela un momento. He visto sirenas merodeando las aguas del Bósforo y necesito navegar con la brújula descompuesta —se da un chapuzón— ¡Al abordaje muchachos!
—¡Que nadie te cambie, amigo! —lo alienta Couffaine, bebiéndose su trago—. Se te va a entibiar si no lo hago, jeje…
—B-buenas noches, Luka —murmura nervuda la muchacha—. Gracias por invitarme a tu fiesta. Yo soy-…
—¡Sublime! ¡Que encanto tener a una "sublime" mujer como tú en mi morada! ¡Por favor, no escatimes en encantamientos! —chilla al aire, ofreciéndole un porro— ¿Fumas?
—N-no…lo siento. No me gustan las drogas —niega la rubia, escamada—. Solo quería decirte que estoy honrada de estar aquí esta noche. Supe que el joven Fathom se casa y quería ser parte de su buena fortuna. Mi padre me confeccionó estas prótesis resistentes al agua —se las muestra, con orgullo—. Puede que sea débil de piernas, pero de brazos…
—Sublime…—balbucea Félix, saliendo del agua en un gesto coqueto. Lleva sus cabellos hacia atrás, a modo varonil; besando el dorso de su mano—. Encantado. Félix, para servirte.
—Señor Fathom…—tartamudea, abochornada—. Sublime…para usted.
—Solo dime Félix, a secas —alardea, envolviendo una toalla alrededor de su cintura— ¿Te gusta la música o me crees anticuado?
—Y-yo creo q-que tienes buen gusto, Félix —reconoce la ojiazul, ruborizada—. Escuché muchas cosas de ti. Pero ahora que te veo en persona, nada se asemeja a ellas.
—Espero no hayan sido malas.
—Las peores, sin duda —revela—. Pero no te enojes. La gente es envidiosa.
—Por la mierda —se cae de culo, reculando— ¡Sublime! No creas tanta farándula ¿Sí? No soy un hombre pérfido. Solo intento gozar de mi juventud. Algo que, sin duda, tu deberías aprovechar también ahora que estamos solos.
—¿Solos? —espeta, observando a los asistentes con incrédula prestancia—. No lo estamos del todo ¿O sí?
—Bueno, es verdad. Son algo evangélicos por acá. Pero ya lo estaremos —esclarece Fathom, de sonrisa picaresca. Pasa su brazo por el hombro de la muchacha con total confianza—. Vamos, se que no eres tan sosa como estos burdos. Luka —lo increpa— ¿Por qué sublime no tiene un trago en la mano? ¿Esto de que va?
—La chica no bebe y no fuma, amigo —se encoge de hombros, aspirando el porro en el proceso— ¿Qué quieres que le ofrezca? ¿Leche?
—Sin duda no. Pero habrá infusiones de algo en la cocina o un zumo nectarino, idiota —lo empuja hacia atrás, dándoselas de valiente—. Ven conmigo. No necesitas tomar alcohol para pasarla bien. ¿Ya probaste la piscina? El agua está esplendida.
—Gracias, Félix. Eres muy tierno. Ya luego me lanzo. Me encantaría degustar un juguito de frutas frescas, primero. Tengo algo de sed —repara la fémina, encantada. Le sigue el paso— ¿Te la pasas bien?
—Ya te cuento, querida…
Que asco. ¿Qué es esta basura? ¿Una fiesta o un prostíbulo clandestino? Acabo de llegar y ya pulso el nauseabundo aroma de la trasgresión en el aire. Puede que sea producto del fétido perfume de la Marihuana. O de plano los pendejos que vi jalando coca en la alberca. ¿En verdad Félix era esta clase de persona? Creí tontamente que solo profesaba gusto por las mujeres. Pero ahora que me doy un amplio paneo del ambiente, se codea de puro traficante y las malamente llamadas "creadoras de contenido adulto". ¿En que momento el Onlyfans se volvió una profesión? Son prostitutas virtuales, joder. Dejen de normalizar la decadencia femenina. Entre el mar de cabelleras, logré identificar a Luka. Lo reconocí, porque trabajaba con Félix en la empresa y de cierta manera, algo echaba de ver sus marranos gustos. Se estaba besuqueando con un muchacho de baja estatura, que poco y nada vestía cual nudista en plena playa ibérica.
Me vi envuelta en una ira indómita, que casi no logro apaciguar. Estaba furiosa. Esa es la palabra que mejor describe mi malestar. Incomoda, sería poco. Pero si quería atestiguar desde adentro la situación, debía templarme y adaptarme al entorno malsano de la reunión. Así que me cambié de ropa, infiltrándome como una anónima invitada más. Vistiendo un bikini ceñido que odié desde el comienzo, pues detesto prestarme para obscenidades, me colé hasta la alberca. Me zambullí y esperé ahí, prendida; simulando entablar conversaciones profundas con ebrios y morfinómanas.
—¿Eres amiga de Félix o de Luka? —exclama una chica, de escleróticas carmesí— ¡Estás muy guapa!
—En efecto. Soy de Félix. Lo conocí en una fiesta —miente Kagami, entre burbujeos húmedos.
—Yo cogí con él, una vez —admite, desprolija— ¿Qué te parece a ti? ¿Es bien dotado? No sabría decírtelo. Algunas dicen que sí. Otras dicen que no. Estaba drogada. No recuerdo.
—Y sigues drogada, amiga. Es muy pequeño para tanta parafernalia —desmiente Tsurugi, nadando en dirección contraria—. Nos vemos…
—¡Pierdes tu tiempo, compañera! —carcajea la chica, desprovista de moral— ¡Félix se la llevó a la cocina! Cuando hace eso, nadie se salva. Tiene su encanto.
—¿La cocina? —espeta, reformulando su camino—. Gracias. Pero deja las drogas, te hacen mal.
Conque la cocina, cabrón. Bueno, se te acabó la fiesta. Tienes lo segundos contados. Salgo de la piscina, revistiendo simular otra entrañable de tus conquistas. Que ahora más que nunca veo, todas tus invitadas lo son o de plano gozaron de intentarlo. Incursiono como una criminal en el interior de la morada. Las luces, me llevan hasta la culnaria habitación. La única, que mantiene el albor encendido. Me escondo y escucho a puerta semi abierta. Diviso a Félix sirviéndole una mescolanza de naranjas recién exprimidas y toques de cubos de hielo. La chica, es Sublime. La reconocí por las publicaciones en internet.
Félix… ¿Tan bajo has caído? ¿Ahora abusas de muchachas invalidas? Si tan solo…
—No te voy a mentir —admite Fathom, sirviéndose una copa de vino—. En cuanto te vi, me pareciste increíble. Tanto como tu nombre te precede. Solo me gustaría aclararte una cosa…
—Lo sé. Esta es tu despedida de soltero —reconoce Sublime, tomando un gustoso sorbo de su bebida frutal—. Me enteré que estas comprometido y te vas a casar.
—En realidad, quería confesarte que tengo un problema…—admite, descalabrado—. Que, si bien no negaré, soy…
—¿Un mujeriego? —bufa, divertida.
—No —espeta, a gruñidos—. Soy celoso…muy, celoso. Es por eso que las mujeres huyen de mí. Más que yo, de ellas. Comprenderás, que no me siento parte de nadie y nadie se siente parte de mí. Pero en cuanto intentan dominarme o viceversa, pierdo el control.
—Entiendo —asiente la chica—. No veo problema en ello, Félix. Muchas personas lo son. Lo que pasa es que no lo admiten con tanta soltura. Es admirable de tu parte.
—Estoy en terapia ahora ¿Sabes? —relata Graham de Vanily, templado—. Con una muy buena psicóloga. La mejor de todas.
—¿De que me quieres convencer? —carcajea Sublime, jocosa— ¿Qué no tenias intenciones de llevarme a la cama?
—Lo juro que no —niega, abochornado—. No te traje engañada a la cocina como a otras lo hice en el pasado. Sucede que es mi forma de hacer las cosas, sin que me cuestionen. Hasta ahora, eres la única con la cual me he sentido cómodo para revelar mis intenciones —añade, bebiendo un sorbo de su copa—. Sublime, en estos momentos estoy envuelto en algo así como un "triángulo amoroso"
¿Un triangulo amoroso? ¿Cuál, del que no me enteré?
—Una persona como tú, podría estar involucrada en más de un triangulo —advierte su compañera, acabando su jugo—. Yo diría que pudiese ser un hexágono o alguna figura más extensa.
—No me digas eso. En el fondo de mi corazón…me enamoré —admite Félix, descalabrado—. Pero la mujer a la cual amo, jamás me creerá. Mi pasado me ha marcado y precede mi futuro. Posiblemente, esté aquí en estos momentos.
—¿Ha venido? —parpadea, estupefacta.
—Yo así lo quise —revela.
¡Maldito cabrón! ¡¿Por qué no me sorprende?! ¡Vete a la mierda, Félix! Doy cuatro pasos hacia atrás. Me voy. Estaba dispuesta a escapar de la escena, si no fuera porque Luka y alguien más me interceptó. ¿Qué cojones? ¡Oigan! ¡No me-…!
—Por favor, no te vayas —advierte Adrien, de actitud serena—. Quédate, Kagami. Mi primo te necesita ahora más que nunca. Está algo confundido…
—¿Qué clase de encerrona es esta? —rebate Tsurugi, hostil.
—No es nada de eso —esclarece Couffaine, mermado—. Félix ya nos ha dejado en claro que te ama y tiene sentimientos por ti. Te prométenos, no contarle sobre tu incursión nocturna esta noche. Solo vete sin hacer mucho escándalo y menos ruido.
—¡¿Sin hacer escándalos?! ¡Es lo primero que haré! —aúlla Kagami, soltando barullos y enajenados comentarios hacia la piscina— ¡Escúchenme bien, niñatas! ¡Félix Fathom es mío ahora! ¡Ni osen en ponerle los ojos encima o les juro que las abriré la panza con una cuchara y me beberé sus tripas! ¡Se va a casar conmigo, eh! ¡Recuerden este rostro y este nombre! ¡Kagami Tsrugui! ¡Pero muy pronto, seré la señora Fathom para ustedes, tropa de hormonales zorras!
—¿Quién rayos grita tanto, ahí afuera? —Sublime estira el cuello, curioseando por el ventanal.
—Dios santo. Esto es mi culpa ¡Kagami me va a matar antes de que llegue al altar! —berrea Félix, acobardado. Se esconde tras la muchacha—. Yo le di la dirección a propósito. Pensé que le daría celos…
—¿No es eso lo que precisamente conseguiste? —arquea una ceja.
—¡S-si! ¡Pero no de esta forma tan bestial! ¡Es peor que yo! ¡Esa mujer tira fuego por la boca! ¡Es un dragón milenario! —lloriquea, descalabrado—. Tendré que ir a sosegarla antes de que alguien llame a la policía. Por favor, reza por mi ¿Quieres? Quizás termine con un brazo menos.
—Cualquier cosa, mi papá puede ponerte una prótesis de las que hace —le da palmaditas en la espalda—. Es experto.
—Que extraño humor te cargas…
[…]
—¡Félix Fathom! ¡Si! ¡A ti te hablo, cola suelta! ¡¿En donde estás?! —brama la nipona, jalando de las greñas a otra chica— ¡Sal de donde te escondas, inmundo cobarde! ¡O dejaré a tu amante sin cabeza!
—¡Ouch! ¡Se-señorita Tsurugi! —protesta la muchacha, adolorida entre tantos tirones cabelludos— ¡Ya le dije que no soy amante del joven Fathom! ¡Literalmente solo iba pasando por aquí!
—A mi no me engañas, infeliz. Eres pelirroja. Todas son iguales —la zarandea, con aún mas fuerza— ¡Quítate la peluca!
—¡Kagami! ¡Cariño! ¡Tesoro de mi alma, jeje! —interrumpe Félix, taciturno—. Te ruego, no agrandes más esto ¿Quieres? Creo que ha habido un mal entendido. Mira, aún llevo mi anillo de compromiso ¿Lo ves? —se lo enseña—. Para mañana a estas horas, estaremos felizmente casados y ya no tendrás que preocuparte por nada. ¡Seré solamente tuyo y de nadie más! ¡Lo prometo! Pero, por favor… ¿Serías tan amable de soltar a la camarera? Ni si quiera la conozco…
—Jm. ¿Esto es lo que querías? Pues esto es lo que obtienes —la suelta, enfurruñada—. Llévame a casa.
—¡Cla-claro que sí, mi vida! ¡La fiesta se acabó y ya me estaba entrando sueño! —suelta Graham de Vanily en una hipócrita bufonada. De llaves en mano, la encamina hacia el carro— ¡Nos vemos, amigos!
—Esa chica Kagami, es de armas tomar —musita Adrien, confundido— ¿Ahora que haremos? ¿Debemos cancelar todo e irnos o cómo?
—Nah, amigo. Ni loco. Seguiremos celebrando. Te invité a alguien muy especial que de seguro querrás ver, jeje —admite Couffaine. Con sugerente sonrisa, pesca el móvil y escribe— ¡Y de hecho acaba de llegar! Menos mal que Félix se fue a tiempo.
—Dios…no me digas que llamaste a…
—¡Marinette Dupain-Cheng! ¡Toda una modelo a seguir! —alardea el peliazul, invitándola a pasar al patio— ¡Chica, llegas en el momento preciso! Adrien estaba muy aburrido sin ti.
—Ay, no…Marinette…—Agreste la saluda, de trémulo besito—. H-hola…ha pasado un tiempo.
—No hace falta que pongas esa cara, Adrien. Somos amigos, independientemente de todo lo demás —corresponde la fémina, de socarrona voz—. En realidad, no vine para celebrar nada. Necesito que ustedes dos, me ayuden.
—Estamos para lo que necesites, hermosa —expresa el ojiazul—. Solo dinos, para que somos buenos.
—Yo sé que ustedes están al tanto de que el matrimonio de Félix y esa mujer está arreglado —sentencia, yendo al hueso sin mayores rodeos—. Kagami no está embarazada. No tengo pruebas, pero mucho menos dudas. Así que será mejor que hablen ahora o callen para siempre.
—U-un momento, muchachos —ríe el rubio, por la nariz— ¿Co-como es eso de que Kagami no está embarazada? A mi nadie me dijo nada al respecto. ¿Luka…?
—Vamos, amiga. No es necesario caer en falsas acusaciones como estas ¿O sí? —desmiente Luka, liado—. Ellos se van a casar mañana y luego ya nadie recordará esto.
—Está bien, Luka. Sé que eres la mano derecha de Félix y le cubres todas las cagadas que hace —advierte Dupain-Cheng, extrayendo su móvil para marcar—. Pero te recomiendo que esta vez, elijas bien tus bandos. Porque ahora mismo estoy llamando al señor Fathom y no me temblará la voz para confesarle todo el dinero de la empresa, que durante años has mal gastado en fiestecitas con ese bribón. Me pregunto si para mañana, seguirás con empleo.
—Carajo. Esto si es caer bajo. Debe de estar demasiado desesperada como para recurrir a tal artilugio —Couffaine hace una pausa, exhalando en derrota—. No estoy de ningún bando ¿Sí? Solo del mío. Y parte de eso, es cuidar mi empleo. Lo que no comprendo, es que pretendes hacer con todo esto. ¿Acaso irás hasta la iglesia a oponerte en medio de todo? Ya no se estilan esos tiempos.
—Tal vez no pueda evitar que se lleve a cabo. Pero si que se consume legalmente, tras una previa nulidad por engaños y malversaciones —asume Marinette, dándose por victoriosa—. Es obvio que Kagami solo busca el dinero de los Fathom. No tengo que ser muy inteligente para verlo. A la señora Graham le interesará esto.
—Perdóname, amigo. No tengo…más opción…
[…]
—¿Leíste esto si quiera, antes de mostrármelo? —rezonga Kagami, totalmente descompaginada—. Estás demente si crees que voy a firmarte eso. Encima ¿Qué esa clausula de "no haré nada sin mi esposo al lado"? ¿Qué quiere tu familia? ¿Una nuera o una esclava? No me jodas.
En el estacionamiento delantero de su casa. 1:20AM.
—Kagami, por favor te pido seas sensata ¿Sí? No es tan malo como se ve —relata el rubio, con serenidad—. Es cierto que algunos términos suenan un tanto radicales. Pero en la práctica, te benefician demasiado. Luego del escandalo que montaste hoy en la fiesta, es obvio que eres celosa. Incluso más que yo. Piénsalo. ¿No querrías tenerme bajo control 24/7?
—Ya te dije que no te proyectaras conmigo —repara la terapeuta—. Lo de la fiesta fue un show montado para que pudieras salir de ella. No soy celosa.
—Mhm…pues sería una pena que no lo fueras entonces —expresa abatido—. Realmente se sintió bien que, por primera vez en años, alguien se preocupara por mi y no por mi bolsillo.
—No finjas. Se ve que a esa tal Dupain-Cheng le importas mucho más que el resto —enuncia la especialista, mosqueada—. No me agrada que ande por los pasillos merodeando tan sínicamente, cuando está claro que está enamorada de ti. Me rehúso a trabajar con ella.
—Si esos no son celos ¿Qué son realmente? —reflexiona Fathom, tímidamente conmovido—. Lamento si llegaste a oír algo incomodo sobre Marinette. Comprenderás que a veces debemos lidiar con compañeros no muy gratos. Pero te prometo que, si firmas, no tendrás que preocuparte de ella. Es un trato justo. Serás mi esposa. Papá me dará su empresa y técnicamente será como la tuya.
—Si. Tienes razón —sisea Tsurugi, de tono sarcástico—. No siempre se puede trabajar con gente que te agrada. A veces debes hacerlo con quienes odias y quieres ver muerto o descuartizado en una zanja, porque se la pasan de mujeriegos.
—Estás enferma de celos, Kagami. Y no dimensionas cuanto me excita que lo estés —. Jejeje…
—Acepto el trato —dictamina—. Creo que no eres tan descerebrado como creía.
—Ni tu tan maldita —no se entera.
—Sin embargo, lo haré luego de haberlo leído por completo —añade la japonesa, bajándose del vehículo—. Son muchas páginas y hay cosas que no me quedan claro.
—¡Cariño, debes firmarlo antes de la boda o no tendrá efecto legal! —chilla Félix, angustiado.
—Me importa un pepino lo legal —rechaza, altiva—. Estoy cansada ahora. Nos vemos mañana para la boda y pobre de ti, que llegues tarde —da media vuelta, entrando en la reja.
—Tsk. A la mierda. Mi madre fue clara en esto. No me permitirá casarme si no le entregaba esto suscrito primero. De igual forma, conozco la firma de Kagami —incursiona, sacando pluma y papel en blanco—. Es cosa de practicar un poco y…ya está. Ahora, a lo concreto —tras haber repasado variados intentos, termina por firmar el mismo, dicho documento— ¡Aja! Eso fue pan comido, jeje…
—¡Ah! Casi se me olvidaba —recula la fémina, regresando al vehículo—. Una ultima cosa. Quiero que esa tal Marinette, se-…
¿Qué fue eso? De pronto da un bote en el asiento, como quien ve un fantasma y del espanto, se retuerce con dolor intestinal. ¿Qué está haciendo con la maldita carpeta entre las piernas? Genial. Lo que faltaba. A mí no me vas engañar, Fathom.
—Dame eso —demanda.
—¿Q-que te de esto? ¿Qué es esto? —simula demencia, entre risitas infantiles—. Por favor, no me mires tanto la entrepierna. ¿Te refieres a "esto"?
—¡Que me des el maldito contrato!
Me arrojo por el ventanal del carro, luchando campal entre sus manos y las mías; mientras la mitad del cuerpo patalea por fuera. Me vi forzada a hacerle cosquillas para que abriera las piernas y soltara el bendito documento. ¡Este chico me hace caer en ridículas artimañas! Consigo arrebatárselo, releyendo. El se baja y me sigue detrás, sudando de pies a cabeza.
—¡¿Falsificaste mi firma?! —berrea, dándole carpetazos en la cabeza cual enajenada— ¡Como te atreves, idiota! ¡Eres un pirata!
—¡Y-ya! ¡Está bien! ¡Pero no me pegues por favor!
—¡No te voy a pegar! ¡No, señor! ¡Te voy a estrangular con mis propias manos! —lo envuelve entre los dedos— ¡Hijo de tu madre! ¡Y así quieres que confíe en ti! ¡Que sepas que no pienso sacarte un ojo de encima, Félix Fathom! ¡Como que hay un dios que todo lo ve!
—¡Eres una celopata encubierto! ¡¿Quién es la que engañó a quien primero?! —gruñe el muchacho, estrangulado— ¡Admítelo de una vez, antes de cometer homicidio calificado en primer grado! ¡Uhg!
—¡¿Y que si lo soy?! ¡Indigno de ser humano! —lo suelta, dándole una patada en las canillas— ¡Mira lo que me haces hacer o decir! ¡Límpiate el trasero con estos papeles, porque te haré la vida imposible a partir de ahora!
Me fui indignada. Y esta vez, no estaba montando ningún show carente de emocionalidad. No recordaba haberme comportado…tan errática en mi vida. Tantos años de estudios y académicos textos sobre como combatir pensamientos nocivos, se habían ido por el escusado. ¿Será posible…que Félix tenga razón? ¿También soy una celosa de mierda? Es una tragedia griega, si resulta ser cierto. Porque no solo he condenado su vida, si no mi sanidad mental. Corrí al segundo piso, desesperada por leer mi propio manual de emergencias. Aunque lo hubiese repasado mil veces, todos los síntomas concordaban conmigo. Sobre todo, el último párrafo, que hacía referencia a sentimientos amorosos por el objeto deseado.
Soy…celosa. Es mi fin…
—¿Por qué…? ¿Acaso…también me he enamorado de este tipo? Tiene que ser una broma…
¿Quieren agregarle algo más de drama al asunto? Mañana me caso. Y ya no sé como va a salir esto. Me di una ducha al punto de sentir congelada el agua. Necesitaba lacerarme la piel, para por lo menos sacarme de la cabeza todas estas inseguridades. Temo que Félix tan solo las incremente con el devenir de mis días a su lado. Si no freno esto yo, será un huracán sin control. Tomo el teléfono y le escribo a mis amigos. Los que aún me quedaban de antaño. No como un escaparate a mi toxicidad, si no para recordarles que sean puntuales a la hora de asistir. Van del lado de la novia y necesito dejarle en claro a esa familia, que también valgo oro.
[…]
—Querida, la familia de esta chica no puede entrar ni salir de casa a gusto. Cierra puertas y ventanas. Podrían robarnos algo —advierte Amelie, a la servidumbre—. Y si te preguntan por el baño, llévalos al de afuera.
—Co-como usted ordene, lady Amelie —acata la muchacha, un tanto incomoda.
Mansión Fathom. 15:45PM.
—¡Y aquí vienen mis flamantes recién casados! —aplaude Colt, dándoles la bienvenida— ¡Que comience la celebración, muchachos!
Como era costumbre, primero firmamos por el civil y luego nos fuimos a la iglesia. Ya de argollas en dedo y acomodados atuendos de gala, regresamos a la casa de mi ahora; esposo. El señor Fathom nos esperaba con una apoteósica cena. Estaban mis amigos. Pero también los de Félix. Que no está demás recalcar, no aguanto. Quizás a su primo y a su amigo gay. No lo sé, tienen cara de idiotas. La presencia de Marinette me revuelve el estómago. Se que va a intentar demostrarle a la señora Graham que fingimos el embarazo. Es por eso, que mi misión cambia de rumbo y se concentra exclusivamente en atajarla. No la perderé de vista.
—¡Psst! Kagami —sisea Sabrina, sentada en la mesa de la novia. Ha atraído su atención, metiéndole un sobre de manera indiscreta en el interior de su vestido—. Te traje el documento que me pediste. No fue fácil, eh. En el hospital nos tienen a todos bien vigilados, por el secuestro del bebé el mes pasado.
—Gracias, en verdad me salvaste la vida —murmura Tsurugi, a escasos centímetros de su oreja—. Créeme, es por un acto noble. No sientas pena. Aquí hay serpientes que reptan ponzoña en vestidos rojos —apunta hacia Marinette.
—No se ve una mala persona.
—No tienes que verte mala persona, para serlo —masculle Kagami, garbosa—. Una mujer despechada, es más peligrosa que mono con navaja.
—Tú siempre tan divertida —resuella Raincomprix, detrás del puño—. Voy a extrañar tu sentido del humor.
—No hables como si me hubiese muerto. Solo me casé —declara, jocosa—. El que realmente acaba de fallecer, es mi marido.
—Es cierto ¿Cómo va esa terapia? —consulta la pelirroja, curiosa—. Escuché de pasillo, que las exs amantes de Félix salieron corriendo luego de tú "pequeña" intervención nocturna.
—Horrenda. No quiero hablar ni de ella ni de ellas —dictamina, estrujando las cejas—. De igual forma, no volverá a ver a nadie. Solo tendrá ojos para mí.
—Wow…nunca te vi siendo tan posesiva. Me gusta tu nuevo yo —carcajea—. Es todo un caso, señorita Tsurugi.
—Señora Fathom a partir de ahora, Sabrina —elucida, de semblante triunfal—. Tal vez no pueda llegar a ser una persona digna de muchas cosas. Pero ten por seguro, que esta familia aprenderá a respetarme. Sobre todo, la señora Graham. Tiene la mala costumbre de humillar a otros, solo por mero capricho. ¿Sabias que obligó a Félix a que firmara un contrato nupcial? Se acaba de dar un disparo en el pie. Yo soy una nuera mucho más implacable de lo que cavila.
—¿De verdad? —balbucea la enfermera, apabullada—. Solo espero que todo salga bien y no haya complicaciones…
—Complicaciones siempre habrá —explica la novia, bebiendo una copa de champaña—. Lo que no habrá, son quienes las cometan. Ahí va. Marinette a las 10. Tengo que irme. Luego seguimos —se levanta, siguiéndole con la mirada—.
—¡Es-espera! ¡Kagami!
—¿Qué sucede? —consulta Zoé, del otro lado de la mesa—. Te ves pálida.
—Es que…olvidé mi inhalador en el auto, jeje. ¡Ya regreso!
Eres demasiado predecible, Marinette. Era cuestión de tiempo para que intentaras abordar a mi suegra en un momento de descuido. Para mi fortuna y mala tuya, Félix está de mi parte. Así que ambos urdimos un plan previamente al encuentro. Éramos más que solo marido y mujer. Si no cómplices, del mismo delito que intentarías sabotear. Nos escabullimos en la mansión, pisándole los talones hasta la cocina. En ella, Amelie batallaba contra los empleados y el correcto funcionamiento de las mesas. Dupain-Cheng la acomete en un descuido, a portas de contarle todo.
—Dios santo, ya me duele la cabeza. Creo que tengo migraña —se queja la rubia, abrumada— ¿Qué demonios pasa con los hielos que aún no salen? ¡Muévanse!
—Lady Amelie —irrumpe Marinette, ofreciéndole jovialmente una pastilla—. Tenga. Bébala. La hará sentir mejor.
—Gracias, querida. Tú siempre tan buena conmigo —la acepta, bebiéndola en un vaso de agua colmado—. Hubieras sido una excelente esposa para mi hijo. Es una lastima que no puedas hacer nada para ir en contra del corazón. No me atrevería a separar a dos jóvenes enamorados.
—Respecto a eso, señora…—inmiscuye la peliazul, de ojos maquiavélicos—. Hay algo que debe saber.
—¿Qué pasa? —se retrae, espantada—. No me pongas nerviosa, niña por dios.
—Verá. Sucede que-…
—¡Suegra querida! ¡Que bueno que la encuentro aquí! Con mi esposo estábamos preguntándonos por qué no está gozando del rico banquete que, con tanto esmero, nos ofreció esta tarde —interrumpe Kagami, acompañada de su marido— ¿Verdad, Félix?
—¡Claro, esposa! —exclama en dejo de algarabío—. Vi que te importunan los hielos. No te preocupes, Kagami lo resolverá. Es experta en ellos. Ven conmigo al jardín. No le negarías un vals a tu amado hijo ¿O sí?
—Oh, por supuesto que no —niega la aristócrata, esbozando una sonrisa candorosa— ¡Vamos a bailar! Ya me moría de ganas por salir de esta cocina.
—Toda tuya —Félix asiente con la cabeza en dirección a su cónyuge, en lo que arrastra a su madre a la salida—. Te ves hermosa esta tarde, por cierto. Siempre tan elegante.
—¡Lady Amelie! —Marinette da un paso hacia adelante— ¡Espere!
—Me temo que se te acabó la ruta, Marinette —la increpa Kagami, frenándola con el cuerpo—. Ahora tendrás que ayudarme con los hielos.
—Pierdes tú tiempo en venir a convencerme de algo que ya todos sabemos —la interpela, ofuscada—. Sé perfectamente que lo de tu embarazo es falso. Una treta que inventaste para apoderarte de Félix y su fortuna.
—Que anticuadas muestras de celos profesas, Marinette —Tsurugi cierra la puerta, de llave en mano—. En mi época, las mujeres eran mucho más intimidantes que tú. Lo mínimo que podías esperar de ellas, era que envenenaran tu comida o te empujaran por las escaleras.
—¿Estás demente? ¿Por quién me tomas? —farfulle Dupain-Cheng, injuriada—. Esos ni si quiera son celos. Es psicopatía.
—Créeme, soy psicóloga —soslaya, de actitud altanera—. Me he pasado la mitad de mi vida, tratando con personas como tú. Incluso peores.
—Gracias. Pero no me interesa tener una sesión de terapia con una mentirosa —rechaza—. Déjame ir. No puedes retenerme aquí para siempre.
—Marinette. En realidad, no vine a secuestrarte ¿Ok? A pesar de que Félix lo planteó así en un comienzo, para callarte —suspira, de voz serena. Su contrincante desfigura el rostro—. No pongas esa cara y actúes como si no lo conocieras. Es un hombre con actitudes sumamente cuestionables. De la misma forma en la que yo podría operar, si veo en peligro mi integridad. Pero lo cierto es que más allá de nuestra inmoral actitud, no somos malas personas. Sé que te consta —señala, paseándose por la cocina—. Dado que eres una chica sumamente sensata, culta, inteligente, de buena familia. Comprenderás que, a estas alturas, es mejor declinar de tus intenciones. No porque hayamos roto las reglas, nadando contra la corriente. Si no, porque sabes en el fondo de tu corazón, que tú y Félix, no nacieron para estar juntos. Son prácticamente agua y aceite. Tan solo eres una niña encaprichada con el juguetito mas cotizado del mercado.
—¿Cómo osas en declarar tan burdamente algo como eso? —desmiente, colérica— ¡Tú no me conoces! No conoces nuestra historia ni nuestros sentimientos. ¡No sabes nada! ¡Solo eres una aparecida!
—Aparecida no soy —niega con los dedos, sacudiendo la cabeza al compás—. Llevo más o igual de años que tú, trabajando para la familia Fathom. Te recuerdo que mi madre, fundó la compañía. El hecho de que hayas compartido un par de clases universitarias con Félix, no te da más lugar que el mío —adiciona, furtiva—. Yo también me fijé en él, siendo más joven. La diferencia entre tú y yo, es que me di el tiempo de llegar a conocerlo; antes de caer enredada en sus sortilegios de príncipe azul. Yo conocía muy bien a mi enemigo, antes de hacerlo mi amigo. Tal vez si hubiera sido inocente como tú, probablemente estaría igual de trastornada. Mi diagnóstico es simple —sentencia—. Estás celosa. No te dejes manipular por algo tan infantil.
—Muy lindo discurso, Kagami —bufa la peliazul, derrotada—. Pero eso no quita el hecho de que no estás embarazada.
—¿Segura? —desmiente, extendiéndole un sobre por el mesón—. Esa ecografía muestra todo lo contrario.
—Tsk…no caeré tan fácilmente —debate, devolviéndole las muestras—. Claramente es falsa.
—Como. ¿Eres ginecólogo ahora? —ríe, de cejas libertinas— ¿Quieres meter tu cabeza aquí dentro y averiguarlo por ti misma? No me gustan las mujeres, te aviso. Pero he de admitir que no estás nada de mal. Por ti podría volverme lesbiana.
—¡Payasa! ¡No me engañas! —chilla, abrumada— ¡Tú no amas a Félix! ¡Ni el a ti! ¡Yo no-…!
—Kagami y yo nos amamos de verdad, Marinette —consciente Félix, quien era el único que podía entrar desde afuera—. Y por primera vez en mi vida, te lo puedo jurar con el alma. Nunca antes, sentí nada igual. Lamento mucho…el daño que te causé y el cómo terminaron las cosas. Nunca quise jugar contigo.
—¿Por qué…Félix? —murmura Marinette, entre lágrimas.
—¿Por qué, que cosa? —redunda el joven.
—¿Por qué haces todo esto…?
—Porque ya te lo dije en el pasado. Este soy yo. No voy a cambiar…—confiesa Fathom, de camino hasta envolverla en su regazo— ¿Qué no lo entiendes? Esa es la razón por la cual nunca pudimos terminar juntos. Tú, merecías otra clase de hombre. Uno que fuese acorde a tus propios preceptos morales. No uno libertino, irresponsable, cobarde. El que huyó de la mesa cuando nos comprometieron. Yo, te abandoné. De la misma manera que lo hice esa tarde de otoño en el café.
—¿Por qué no llegaste? Te esperé…
—Porque sabía que ibas a pedirme noviazgo y no me sentía listo para tal compromiso —revela, tan angustiado como su compañera—. Esa misma tarde, abandoné la universidad. ¿De que forma podía entregarte un futuro digno? Era absurdo. Simplemente, no di el ancho.
—¿Y ahora sí? —hipa, de mejillas coloradas.
—Bueno, tarde o temprano debía hacerme cargo de mis cagadas —admite, observando a Kagami por sobre el hombro—. Quiero tener un hijo con ella. Casarme y vivir a su lado hasta viejitos. Me siento listo para dar el salto. Y esto, lo estoy diciendo de verdad.
—Félix… ¿Qué estupideces dices, idiota? Eso no iba en el guion —Tsurugi se ruboriza, desviando la mirada.
—Jamás te vi tan seguro de algo —comenta Marinette, apartándolo con amargura—. Suena lo más sincero que he escuchado salir de tus labios.
—Para que veas que no miento. No lo hago, lo juro jeje…—saca la lengua.
—Y-yo…no sé…como…—la joven diseñadora da un paso hacia atrás, agobiada por la vergüenza que la acomete. De lánguido arrepentimiento, inclina la cabeza en una honorifica reverencia—. Les pido una disculpa. A ambos. Por intentar arruinar esto. Kagami tenia razón. Estoy…celosa. Me dejé llevar por los celos de una manera enfermiza y de paso, estuve a nada de cometer el peor error de todos. Creo que las personas tienen derecho a redimirse…si es por amor.
—Le demostraré al mundo, que esto es serio —asegura el rubio, tomando la mano de su esposa—. Kagami es todo para mí. Te prometo, recompensar los dolos haciendo las cosas bien.
Vi a Marinette en completo despojo y sentí…
¿Qué cosa sentí? No lo sé, exactamente. Era una mezcolanza entre lastima, pena y algo de bronca. Rabia, conmigo misma. Por haber tenido que traspasar todos los limites de la honestidad, asumiendo responsabilidad por ambos. La cagamos, es cierto. No voy a intentar blanquear mi imagen a estas alturas. No debí en primer lugar, falsear con algo tan delicado como un bebé. Ni mucho menos, caer en estrategias morbosas para hacerlo mío. Sin embargo ¿Qué más podíamos hacer? Félix acababa de declarar sin tapujos, amor de verdad. Y yo…no pienso engañarme. Creo que estoy loca por él. Si es sano o no, la forma en la que lo expresamos, ya se verá. De momento, tuve que devolverle la reverencia. Mi honor, empañado o no, seguía siendo la piedra angular de mi corazón. Los juicios que mi madre me inculcó desde pequeña.
Todo acabó ahí. Satisfecha con el resultado, era asumir arrogancia. Pues no lo estaba tanto, como para celebrar un triunfo sobre la marcha. Nadie puede disfrutar de alevosía, ver a otra chica llorar delante de ti. Marinette se retiró de la fiesta y tras caer la noche, Félix y yo nos hospedamos en un hotel.
Por supuesto que no nos fuimos a dormimos juntos de un sopetón. Tanto el como yo, decidimos mantener una distancia prudente. No porque no nos amaramos. Si no, por hacer un solemne respeto funerario a lo acontecido. A los dos días después, Marinette presentó su renuncia a la empresa. El señor Fathom se deshizo en regalías y compensaciones económicas, luchando por no perderla. Fue en vano. La decisión, estaba tomada. Me la topé por el pasillo de menesteres, cargando una cajita con sus pertenencias. Noté que Félix la observaba de lejos, petrificado. Mientras vaciaba su oficina, Luka y algunos empleados la despidieron de abrazos y mimos. No era el final que esperaba para esta historia ¿Ok? Ya no siento rencor hacia ella.
Me arrimé a Fathom, propinándole un empujoncito socarrón.
—¿Te sientes bien?
—Lo intenté —murmura el inglés, cabizbajo—. Papá y mamá hablaron con ella. Incluso yo lo hice. No funcionó. No quiero que se vaya, Kagami. Es mi amiga. La única que he tenido…
—Cuando una mujer se decide a algo, nadie puede impedírselo —resopla Kagami, igual de afligida—. Marinette debe darse un tiempo para sanar también. El tema de los celos, no es algo sencillo de manejar.
—Lo sé. Incluso yo estoy trabajando en ello. Pero…—observa a su pareja, conmovido— ¿No habrá otra forma para poder evitarlo? Al menos, ayudarla.
Si bien no poseía una respuesta fidedigna que aliviara su dolor, aún podía recurrir a mis conocimientos para dejarle una guía de aliento. Jalé a mi esposo del antebrazo y juntos, entramos a la oficina. Le extendí a Marinette mi manual de emergencia para celosos. Ella poco y nada entendió el contexto. Se limitó a sonreír ladina. Y me dijo.
—Gracias, Kagami. De no haber sido por ti, quizás seguiría obsesionada torpemente con un amor imposible —consciente Dupain-Cheng, vapuleando el texto entre sus dedos—. Lo cierto es que estos días me sirvieron para reflexionar y darme cuenta, de que Félix estaba en lo correcto.
—¿En serio? —sugestiona el varón— ¿Sobre qué?
—Que no eres digno para mí, bobo —le azota el libro contra la nuca—. Yo ya tenía a alguien que esperaba por este corazón. No debí dejarlo, en primer lugar. Lo bueno es que no es rencoroso —lo saluda, entrando por la puerta—. Gracias por ayudarme con las cajas, eres un sol.
—¿Adrien? —gruñe Fathom, injuriado—. Cabrón ¿Otra vez me robas las mujeres?
—Controla esos celos, marido —Kagami le pellizca un pezón.
—¡Arg! ¡Ouch! ¡Oye! —salta, avergonzado.
—¿Qué te pasa, primo? ¿Te salieron hemorroides de nuevo? —se mofa Agreste, cargando cojines entre risas—. Ya escuchaste a Marinette. Nunca debimos terminar. Ahora que le propuse matrimonio, nos iremos de viaje al mediterráneo.
—¡No puedes casarte con ella! —protesta el inglés— ¡Es mi ex novia!
—Ahora es mi novia, genio —se encoge de hombros.
—¡Si, pero yo la vi primero! —se resiste.
—Que te controles, carajo —Tsurugi le pellizca el otro.
—¡AY! ¡Mujer! ¡Deja mis tetas! —se soba, adolorido— ¡A ver si me dejas hacerte lo mismo a ti!
—No me toques —le palmotea la mano.
—¡Jajaja! En verdad, chicos. Les deseo lo mejor de lo mejor —alardea Marinette, despidiéndose de ambos con un beso cariñoso— ¡Les escribiremos desde Mikonos! ¡Cuídense! ¡Y gracias por el manual! ¡Lo estudiaremos juntos!
Dios…que alegría. Al menos ahora si puedo decir, que salió mejor de lo que esperaba. Tengo el pecho almidonado de sensaciones novedosas, que me invitan a sonreírles desde el fondo de mi alma. Son muy lindos, si los veo bien. Hacen una excelente pareja. Aunque mi marido siga tirando humo como una condenada fumarola. Se agarró de un par de papeles, triturándolos entre dientes. Vaya niñato.
—Bueno, me retiro. Tengo una sesión ahora.
—¡Espera!
—¿Qué quieres?
—Aún no me respondes el mensaje que te mandé ayer —la interpela.
—¿Cuál, de los 1.543 mensajes que enviaste? —bufa, revisando su móvil—. Todos son bastante expresivos. Creo que tendré que tacharlos de spam si no te detienes.
—No juegues conmigo. Te pregunté sobre que decidiste al final —sopesa, nervudo— ¿Ya escogiste una casa para nosotros o de plano pretendes que vivamos con mis papás?
—Ni de coña viviría con mis suegros —niega, huraña—. El apartamento de la avenida Saint-Louis me parece agradable, ya te lo dije. Compra ese y deja de acosarme.
—¡¿Cómo que te acoso?! —parpadea, pasmado— ¡Soy tu marido!
—Eso no quita el hecho de que seas acosador, cariño —le pica la naricita con un lápiz—. Compra ese y me avisas cuando todo esté listo, para mudarme.
—¡Genial! Ese será entonces —pega un saltito, primoroso—. Te va a encantar. El cuarto matrimonial es increíble, jeje ¿Puedo ponerle un espejo en el techo?
—¿Tú quieres una casa o un motel? No seas puerco —lo patea—. Tengo trabajo. Nos vemos a la salida.
—Tal vez un espejo no, pero si un lindo cuartito de juegos —Fathom le tira un beso volador—. Te amo, miss Grey~
¿Cómo chucha me llamó? ¡Félix! Me giré, pero era demasiado tarde. Huyó como siempre ¡Este tipo…!
—¿Se siente bien, señora Fathom? —consulta una de las trabajadoras—. La noto afiebrada.
—Estoy bien, Anna —carraspea Tsurugi, cubriéndose el rubor con ambas manos—. Es la alergia de primavera. ¿Me llevarías un café helado a la oficina por favor? Con doble hielo, si es posible…
—Claro…—no se entera.
No es nada, Kagami. Tranquilízate. Solo estas ovulando o algo así. De momento, me metí de lleno en mis consultas. Ahí estaba otra vez, como infinidad de veces. Escuchando problemas ajenos de los que me importaba mucha verga. ¿Recuerdan como inició todo esto? Yo, sentada, más concentrada en la fotografía que tenia con Félix, que otra cosa.
—Que perfección de hombre…—exhala Kagami, mordisqueando la punta de un lápiz.
—¿Disculpe? ¿Cómo me llamó? —reprocha el chico, dándose por aludido.
—N-no. Perdone. No era para usted. Estaba…pensando en voz alta sobre alguien más —se retracta, roncando en el proceso. De espalda recta, reanuda la plática—. Retomemos el…el…ah…mhm…—despabila, sintiendo la cabeza abultada de aire—. Dios, cuanto lo siento. Creo que no me siento muy bien que digamos.
—Eso comencé a experimentar cuando mi marido me engañó —protesta la muchacha—. Luego pesqué una migraña horrenda.
—¡Que yo no te engañé, mujer! ¡Ya te lo expliqué un millón de veces! —relata el joven, malogrado—. Solo estaba intentando retomar nuestra relación, buscando probar cosas nuevas.
—¿Y por eso tuviste que entrar a ese sex shop y hablar con esa señorita de vestido ceñido? ¡Eres un sucio! —lo reprende.
—¿Ya probaron leer mi manual de emergencias pa-…?
Ya casi no los escucho. Ni si quiera logré terminar la oración. Sus gritos se han diluido en el ambiente, formando una espesa capa de mutismo que no distingo si es real o no. El retrato de mi marido, comienza a dar vueltas sobre el escritorio. Experimento un sofoco, a falta de aliento. ¿Qué es este calor que me impide hablar con coherencia? Las palabras no quieren salir. Tengo la lengua entumecida y los labios cuajados. Cada célula de mi anatomía, vibra con la fuerza de mil megatones cegándome la vista. ¿Qué me pasa? ¿Qué mierda he estado haciendo todos estos años con estas pobres almas? El psicoanálisis es bueno. Pero no lo suficientemente bueno como para arreglar los problemas del mundo. Estaba tan empecinada en sanarle la cabeza a las personas, que me olvidé de lo primordial. La esencia misma de los conflictos. El meollo de una falta de comunicación, previa a un irremediable desenlace.
Que estúpida fui. Si la vida se tratase solo de pensar las cosas, nada de esto me hubiera pasado. En realidad, el único motor que da impulso a mi ser, es…
—¿Señorita Kagami? ¿Se encuentra bien?
Me pregunta la muchacha, taciturna.
—He leído su manual. Creo que no-…
Al diablo esto.
—¿Saben qué? Olviden todo —sentencia Kagami, levantándose del asiento. Coge el texto y lo tira a la basura—. Es más, este manual es una reverenda puta mierda. La cagada más grande del planeta. Al igual que todos los problemas que tienen, par de niños infantiles.
—¿Cómo dice…? —pestañea el varón, estupefacto.
—¿Ustedes se aman? —los reprende Tsurugi, enérgicamente— ¡¿Se aman?! ¡¿Si o no, cabrones?!
—¡S-si! ¡Yo sí! —admite el— ¡Jamás lo dudé!
—Por supuesto que amo a mi marido —admite ella—. Para eso vinimos ¿No?
—No. Vinieron porque son unos imbéciles incapaces de demostrarlo sin sentir vergüenza en el proceso —decreta, sacando un nuevo libro desde el estante. Se los avienta por la cara—. Ahí tienen. Vayan a casa y estúdienlo a fondo. Si me disculpan, tengo que irme —toma su chaqueta y sale por la puerta— ¡SEAN FELICES!
Ambos se miran, en completo hermetismo. ¿Qué fue todo eso? La chica toma el libro y traga saliva pasmada, tras releer la sugerente portada.
—¿El…Kamasutra…?
[…]
—¿Dónde ponemos esto, señor Fathom? —pregunta el obrero, cargando cuadros.
—En la esquina superior derecha. Gracias, muchachos —apunta— ¡Justo ahí! ¡Ah! Y no olviden las flores en el balcón. Mi esposa adora el Ikebana.
Avenida Saint-Louis. Apartamento. 19:20PM.
—La alfombra la he colocado como me dijo, señor —anuncia otro, se sudorosa expresión— ¿Desea que armemos la cama ahora?
—Nah, la cama para el final —exhala Félix, azaroso—. Mi mujer no vendrá a dormir conmigo por ahora —. Y quizás no lo haga nunca, jojo…
—¡FÉLIX!
—¿Ka-Kagami…? —brinca el rubio, asustado. Se asoma por la puerta, tras escuchar un golpe hueco en la calle— ¿Qué te pasó? Pareciera que vienes llegando de una maratón.
—Si, es que, ahh… —jadea, exhausta—. Me vine corriendo, ahh…de hecho.
—¿Desde la empresa misma? —lo escucha y no lo cree— ¿Te volviste loca? Son por lo menos 10 kilómetros. ¿Y que fue ese ruido?
—¡Kyagh! ¡Alguien chocó nuestra camioneta! —chilla el empleado, tomándose la cabeza.
—¡¿Qué demonios…?! —Graham de Vanily sale al balcón. Es el carro de Kagami, el que ha tirado dos botes de basura, un grifo y dejó la cagada— ¡¿Tú hiciste todo est-…?!
—Largo todos. Están despedidos.
—¡Pe-pero…!
Kagami echa a todo el personal de a bastonazos y patadas. Cierra la puerta de la calle y se gira, a punto de expirar.
—¿Qué te ocurre? —consulta su esposo, intimidado— ¿Te sientes bien…?
—Me siento bien, Félix. Nunca antes me sentí mejor. Es más, me siento tan pero tan bien que vine a decírtelo personalmente —gimotea, subiendo las escaleras a saltos agigantados—. Mira ¿Qué no ves lo bien que me siento? ¿No te parece así? ¿Crees que miento? —insiste, fuera de si—. Estoy de maravillas.
—U-un momento, cariño. Estás un tanto errática —murmura trémulo—. Si tan solo te calma-…
Lo abofetea.
—¿Me acabas de golpear…? —se fue a la chucha.
—Si. Y ahora te voy a besar ¡Ven acá, pedazo de imbécil!
Ruidos van y ruidos vienen. Cruje la madera, vidrios por el suelo, golpes contra la pared. Los transeúntes que pasaban por ahí, se detienen estupefactos frente a semejantes estruendos. Los que sin duda serían dignos de despertar a toda una cuadra, pero en la china. No hay tregua que valga. No hay chance de escapar. La escultura que alguna vez se pudo mirar, pero no tocar, ha sido vandalizada por una criminal muchacha, tras años de haberse encadenado a su propio corazón. Tenían prohibido enamorarse. En el papel, debió haber sido así. Pero ya que los celos no son parte del contrato ni tampoco la pasión, a veces se pueden romper ciertas normas
Si no vamos a transgredir nuestras propias reglas ¿Para que se inventaron, en primer lugar?
Que buena terapia es el amor ¿No creen?
