Kanto: El Segundo Interludio

Bitácora del teniente Nathan Surge. 13 de marzo, 11:00 PM.

Con los restos de nuestros compañeros ya incinerados, seguimos nuestro camino hasta alcanzar los límites de la jungla. Sabíamos que el enemigo nos estaría esperando para rellenarnos de plomo apenas nuestras cabezas asomasen entre la maleza, por lo que unimos fuerzas para construir una suerte de barricada improvisada con lo que teníamos a mano.

Tomando el liderazgo, decidí que Marie y yo diseñaríamos la estrategia, mientras que Teddy se encargaría de vigilar a Stanley y a su Stunfisk. El pobre desgraciado rugía y arañaba como un Purrloin arrinconado, siendo incapaz de quedarse quieto en un solo sitio. El sólo verle me causaba pena tanto como me revolvía el estómago. El hecho de que no tuviese que seguir viendo la parte expuesta de su cerebro gracias a las vendas y al casco que le habíamos colocado era en aquellos momentos un alivio.

El enemigo nos superaba ampliamente en número, por lo que un contraataque directo era no sólo imposible, sino también suicidio: subiéndonos a la copa del árbol más alto y espeso, pudimos notar que el campamento del pelotón que nos aguardaba contaba con numerosos Gyarados y Onix en su arsenal. Si bien los primeros podrían ser fáciles de someter atacando por los flancos, los ataques sísmicos de los segundos no debían ser subestimados. Un simple movimiento de Magnitud y harían añicos a nuestros pokémon.

Esperamos a que llegase la hora del almuerzo para que bajasen la guardia, y gracias a las sugerencias por parte de Marie, logramos orquestar un plan que podía funcionar: contando con el factor sorpresa, utilizamos a Sparky, al Eelektross de Teddy y al Stunfisk de Stanley para formar un campo eléctrico alrededor del claro que debilitó a los Gyarados en cuestión de segundos. Antes de que nuestros confundidos oponentes pudiesen siquiera responder acorde, Marie y Stanley abrieron fuego desde los arbustos, liquidando a la mayoría de ellos.

Aquella distracción permitió a la Zebstrika de La Metralleta entrar a la acción: moviéndose con mayor rapidez que cualquier impulso que el cerebro pudiese recibir, la cebra eléctrica utilizó su potente técnica de Sofoco para producir mortales quemaduras que inmovilizaron a los Onix, haciéndoles retorcerse de dolor hasta que fueron consumidos por las llamas.

No negaré que sentí un poco de pena por aquellas pobres serpientes marinas y de roca. Después de todo probablemente habían sido adiestrados en contra de su voluntad para seguir órdenes. Pero eran ellos o nosotros. Y tras todos los horrores y penurias que habíamos padecido el día anterior por culpa de nuestros enemigos, no podíamos vacilar. Por ello me aseguré de terminar el trabajo con el mismo lanzallamas con el que había puesto fin al dolor de mis camaradas.

El campamento pasó a ser nuestro en menos de una hora. Tras saquearlo hasta abastecernos con las provisiones suficientes, tomamos un tanque sin usar que había sobrevivido a nuestra acometida. En el proceso hallamos un par de piedras trueno que el comandante a cargo de la emboscada había guardado en su tienda, junto con algunas otras posesiones de gran valor.

Se nos había informado los días previos al despegue que las tropas kantonesas llevaban meses manteniendo una relación de negocios con la región de Johto, quien les proveía diversas piedras evolutivas para poder tener los pokémon más fuertes en sus filas. Decidí utilizar una de ellas en Sparky para poder evolucionarle en un poderoso Raichu, puesto que él también me había leído la mente. Si queríamos tener aunque fuese la más mínima chance de poder luchar hasta el final, necesitaríamos estar a nuestro máximo potencial. Kanto aprendería a temernos.

Fue otra noche en la que no pude pegar el ojo. Mientras Teddy dormitaba y Marie conducía el tanque hasta nuestro objetivo en Ciudad Verde por la vacía y silenciosa carretera, Stanley le aullaba a la luna como si fuese un Mightyena herido tras un combate mortal, ignorando las pequeñas descargas eléctricas que su Stunfisk soltaba sobre su cuerpo para mantenerle bajo control. Teníamos que callarlo antes de que revelase nuestra posición, así que resolví tranquilizarle escogiendo uno de los muchos libros que habíamos tomado del campamento para leérselo, y mis ojos seleccionaron por mí el más llamativo: era una suerte de libro con tapa y lomo duros y de color rojizo, con la ilustración de un gran y extraño árbol que claramente había sido estampado en caliente. El título, en una caligrafía fina y elegante del mismo color dorado y grosor que el árbol, rezaba "Mitos y leyendas de la región de Kalos".

Ya saltaba a la vista que aquel comandante tuvo en vida un gusto muy particular en lo que respecta a la literatura: la mayoría del contenido de aquel libro consistía en cuentos muy breves, muchos de ellos relatados en la forma de pequeños poemas y sonetos. Algunos hasta llegaban a ser confusos por su prosa enrevesada, por lo que tras hojear un poco terminé recitando el que más me había llamado la atención, lo cual sirvió para que Stanley se durmiese como un niño al que acababan de desearle buenas noches con un gentil beso. Una melancólica fábula que en ocasiones asalta el baúl de mis recuerdos como el rugido de guerra de un Druddigon que sirve como preludio al despedazamiento de su desafortunada y ya condenada víctima.

Han ocurrido ya tres mil años de aquel momento,

Pero aún resuena entre nosotros su triste lamento.

Infinidad de vidas se extinguieron.

Humanos que lloraron, pokémon que sufrieron...

Kalos se vio asolada por una sombra de tristeza;

La atribulada región no recuperaba su grandeza

Dos hermanos, tan distintos como el día y la noche

Una da, el otro quita

De sus poderes ocultos un hombre creó una bella muñeca a la medianoche

Que desde la luz de su ser, la ira de los caídos se desquita

Mientras el gran protector contempla cual alimoche

Para asegurarse de que el ciclo de la vida se repita

Con la bendición de la dama de piedra el sueño se hace realidad

La fuerza de cuatro milenarios guerreros retorna

Y con sus cuerpos pletóricos de ferocidad

Su líder de lágrimas escarlata el cielo y las nubes adorna