Kanto: El Cuarto Interludio
Bitácora del teniente Nathan Surge. 15 de marzo, 11:00 PM.
Grande fue mi alivio al regresar a la base y hacer el chequeo médico correspondiente con las pocas herramientas que teníamos a nuestra disposición para llegar a la conclusión de que la niña estaba ilesa; el pokémon, por otro lado, requeriría de un largo reposo para poder recuperarse.
La pequeña no hablaba; ya fuese por desconfiar de nosotros o porque no nos entendía, se negaba a decirnos su nombre o si sabía dónde estaba su familia, mas aceptaba sin chistar la escasa comida que podíamos ofrecerle. No se despegaba de aquel pokémon que la había protegido hasta que la encontramos. Tras hablarlo entre todos, decidimos dejarlos a cuidado de Stanley. Sabíamos que si algo nos pasaba, el loco Urrutia y su Stunfisk pelearían para protegerlos a ambos hasta morir.
Otra noche en la que a Teddy y a mí nos fue muy difícil dormir. Acostado sobre el duro colchón de la litera que había elegido y con Sparky durmiendo plácidamente a mi izquierda, podía oír a lo lejos las voces de Marie y de Joseph, el líder de la banda de motoqueros, comandando al resto para construir barricadas y continuar patrullando el perímetro en busca de posibles espías o ataques sorpresa.
No podía dejar de pensar en aquella chiquilla. No sabíamos nada de ella, y sin embargo su mirada y la tonalidad de su piel me permitían hacerme una idea de todo el dolor y sufrimiento por los que debía de haber atravesado. Tenía que averiguar de dónde era, y más importante a qué especie pertenecía aquel pokémon psíquico. Si era el que creía que era.
Al despertar y ser llamado por el resto a la enfermería nada podría haberme preparado para el increíble milagro que allí me aguardaba: como si hubiese sido obra de una intervención divina, Stanley se hallaba completamente curado y en paz, hablando en excelente y fluido unovés y con una sonrisa en los labios. Las quemaduras en su rostro y el vendaje con el que habíamos cubierto la zona expuesta de su cerebro eran el único vestigio que quedaba de su fatal accidente, como el recuerdo de una época deprimente y angustiosa que ya había pasado.
La única explicación que pudimos hallarle en ese momento fue que había sido obra del pokémon. Su poder psíquico debía de haber restaurado la psique de nuestro amigo, ignorando el tejido dañado y haciéndole retornar a un estado previo de sapiencia y de felicidad. Ninguno de nosotros había visto antes algo igual.
Tenía que ingerir este insólito suceso. Pedí permiso para salir a dar un paseo, y cuando estuvimos lo suficientemente lejos de la base me di cuenta gracias al agudizado olfato de Sparky que contra todo pronóstico la infanta me había seguido a pie sin que nadie se diese cuenta. Estaba pegada a mí como una cría de Kangaskhan al marsupio de su madre, rehusándose a alejarse de mi lado. Y aunque su rostro seguía sin expresar ningún tipo de emoción, pude sentir por la forma en la que se sujetaba a mi pierna que estaba agradecida por haberla rescatado. Que me veía como alguna clase de…héroe.
Me era imposible no encariñarme con la mocosa pese a su frialdad. Le dije que la cargaría y la llevaría conmigo con la condición de que no hiciese ruido alguno, a lo que ella me contestó asintiendo con la cabeza. Para ser una niña de probablemente cuatro años demostraba ser muy inteligente, algo que me agradaba tanto como me desconcertaba.
Caminamos brevemente en dirección sur, hasta que hice que nos detuviésemos frente a la silente y abandonada ruta 1. Sabía gracias al mapa que nos habían enseñado días antes de la misión que si seguía de largo llegaría hasta Pueblo Paleta, el cual según reportes previos había sido evacuado por las fuerzas kantonesas comenzada la guerra; por ende, si el enemigo planeaba atacarnos su ofensiva vendría desde el norte y desde el oeste.
Hacer en ese momento una misión de reconocimiento en la ruta 22 al oeste representaba la muerte, y más teniendo que cuidar de la pequeña: estando tan cerca de los cuarteles de la Liga Pokémon, el sendero estaría fuertemente vigilado. Sin embargo, debíamos prever la siguiente jugada del enemigo antes de que éste estuviese sobre nosotros. Si perdíamos la base, podíamos dar la batalla-y nuestras vidas-por concluida.
Pero no contaba con lo que nos íbamos a encontrar tras aproximarnos al pequeño lago situado en el medio de dicho sendero: en la otra orilla, vigilado de cerca por un soldado que claramente se encontraba patrullando la zona rifle en mano, un mastodóntico Pinsir devoraba sin cuidado a una colonia de inocentes e indefensos Rattata recién nacidos, habiendo dejado el cadáver de su madre a medio comer en un costado; impío y sañudo, sus ojos daban indicios de algún tipo de posesión. Una furia ciega que iba mucho más allá de lo racional, obligándole a continuar con su atroz acción de triturar a los pequeños bebés con sus fuertes mandíbulas pese a sus desgarradoras súplicas en forma de agudos chillidos.
Y cuando esos mismos ojos se posaron en mí inmediatamente tomé a la pequeña y salí pitando de allí, con Sparky siguiéndome detrás. Con el corazón prácticamente en la boca mientras llegábamos a la base, mi instinto ya me advertía que el ataque de los Nidoking y Nidoqueen pasaría a ser recordado como un agradable paseo por el parque comparado con el horror que muy pronto llegaría hasta nosotros.
Para nadaoriginal: totalmente, lo de Serena y Blue es un ejemplo de cómo muchas veces una mala elección de palabras puede arruinar una relación. Con algo de suerte se darán cuenta de lo tontos que están siendo el uno con el otro. O quizás no. Habrá que esperar a ver ;)
